domingo, 24 de abril de 2016

Nachito (Guadalajara)

Nachito, a decir de los testigos, se pasea desde hace décadas por el cementerio (panteón de Belén, en el centro de Guadalajara) cuyo valor histórico es tal que cuenta con la protección del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y está arreglado como Tesoro Arquitectónico Nacional. Y no sólo eso; es que además allí se encuentra la tumba del pequeño, sobre la que siempre flores frescas…
La historia que da pie a esta leyenda no es menos siniestra. Los comienzos los encontramos en el año del hambre, de 1785 y 1786, cuando la ciudad se vio asolada por una terrible hambruna que llevó por delante a demasiada gente. Los cadáveres se repartían por las calles, delgados, muertos de hambre. Los cementerios se vieron saturados de difuntos, por lo que el obispo fray Antonio Alcalde ordenó la construcción de un camposanto junto al hospital. Esta orden se dio 1792, y por una serie de vicisitudes que no vienen al caso, no se terminó hasta julio de 1843, cuando al fin fue inaugurado con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, más tarde Belén y Santa Paula, para finalmente quedarse con el actual Panteón de Belén. Pues bien, es en ese período cuando comienzan a producirse fenómenos extraños, que acaban por dar una fama tremenda a uno de estos supuestos fantasmas: el de un niño llamado Nachito.
Pero, ¿quién es este Nachito? En el libro Fantasmas, la otra realidad; se afirma que “Ignacio Torres Altamirano nació el 24 de mayo de 1881. Se dice que al nacer, el médico que atendió el parto, quedó aterrado al ver que el niño lloraba cuando se quedaba en la oscuridad. El padre de Nachito ordenó colocarle lámparas de aceite alrededor de su cuna, las cuales debían estar encendidas toda la noche. Un descuido hizo que los sirvientes olvidaran agregarle aceite a las lámparas, haciendo que esta se apagaran durante la madrugada. El niño despertó y al darse cuenta que estaba en plena oscuridad, murió a causa del terror que sintió”.
La cuestión es que una vez fue enterrado, apenas transcurridas 24 horas, el sepulturero se quedó helado al comprobar que aliena había desenterrado el ataúd. Asustado, devolvió la caja a su agujero, pero un día después comprobó que de nuevo había sido desenterrado. Y así durante dos semanas…
Los responsables del cementerio hicieron saber a los familiares de Nachito lo que estaba ocurriendo, y éstos decidieron dejar el féretro en el exterior, iluminado por cuatro antorchas que no deben apagarse jamás el motivo es sencillo: los familiares determinaron que el miedo de Nachito a la oscuridad no cesó ni después de muerto…
Continuaba el citado libro relatando que “a partir de este momento, surge la leyenda de que en el Panteón de Belén se aparece el fantasma de Nachito. Los panteoneros dicen haberlo visto, así como los días de turistas (estos con mayor razón) al igual que los pseudo investigadores de lo paranormal, han aprovechado esta leyenda para hacer sus fraudes y montajes”.
Montaje o no, lo cierto es que los testigos se cuentan por decenas, y conforme se acerca la Navidad parece que aumentan. Primero porque son más los que deciden visitar su tumba y dejar una enorme cantidad de muñecos sobre la misma. Y segundo, porque la tradición asegura que sale a pasear durante la noche, buscando a alguien entre lamentos que le dé dulces, como el niño que es. Lamentos que han sido grabados en otras ocasiones a través de grabadoras digitales, en las que se pueden escuchar voces muy sugestivas. Y todo ello junto a una tumba que siempre está iluminada…

Fuente: Revista Enigmas. Número 234.

domingo, 17 de abril de 2016

Donde comienza la calle de 16 de septiembre el Banco de Londres y México concluía el Portal del Coliseo, que después fue del Coliseo Viejo, y enseguida de él se alzaban dos caserones, toscos y amplísimos. En los bajos de la amplia casa de la esquina, que era la del Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo, estuvo instalado el antiquísimo café de Veroli, llamado así por el apellido de su fundador. En el año de 1785, durante el gobierno del virrey don Bernardo de Gálvez, conde de este dictado, se establece en la calle de Tacuba el primer café que hubo en la ciudad. Quedaba este un poco más adelante del esquina que así esa calle con la de Cereros, después del  Empedradillo y hoy en día a Monte de Piedad. A sus puertas estaban los camareros o mozos gritando en constante invitación a los transeúntes: “Entren a tomar café con molletes a estilo de Francia”. Este estilo consistían ponerle leche y endulzar la mezcla, lo cual constituyó en México una verdadera novedad y fue acogida con entusiasmo. La gente babeaba con sólo pensar en semejante sabrosura. Como dato curioso, diré que en ese lugar se cantó por primera vez La Marsellesa. Pues bien, después del café de Tacuba, fue en Veroli donde se empezó a vender, antes que en ninguna otra parte, esa combinación deliciosa y hasta se decía que ahí era superior, pues que el café que en ella se empleaba era de calidad sobresaliente y más fragante, y la leche más cremosa, por lo que se paladeaba mejor la exquisita mezcla, de todos tan alabada.
Además de estas excelencias, el café con leche no se tomaba con un simple mollete con mantequilla, sino con los buenos panes y bizcochos que allí mismo se amasaban y salían de sus hornos esparciendo insuperables olores que llegaban al corazón. Había los estribos y tostados de agua, los ojos de Pancha, los volcanes, los cuernos, las chilindrinas, las novias, los pellizcos, las chorreadas, los cocoles con su gustoso espolvoree o de ajonjolí, las coyotas rellenas de pasta de calabaza de camote o con jalea, las cotorras, los abrazos, los besos, las campechanas, y muchas otras más variedades que la gente pudiera imaginar. Cualquier cosa de estas magníficas con el café con leche resulta un deleite hondo, un puro gozo como para alabar a Dios.
Se acabó el Veroli y lo reemplazó otro similar y bueno. En el piso bajo se puso un café y en los saltos una fonda. Entre ambos establecimientos tenían el nombre común de la Sociedad del Progreso, pero el café, simplificándole la designación, le llamaban solamente el Progreso. Era de los más concurridos en esta calle, en la que había muy buenos y bien montados, que le comunicaban viva animación con su continuo bullicio. En él, como en todos, entretenidas tertulias de amenos conversadores, pero en éste, y no en los demás, se jugaba pacientemente el ajedrez y el ruidoso dominó.
Don Antonio García Cubas lo describe de esta manera en El Libro de mis Recuerdos: “Un gran patio cubierto de cristales, forma como ves, el salón principal de este establecimiento, uno de los más concurridos de la Capital; gruesas pilastras de madera sostienen los corredores, tras cuyos barandales se ven simétricamente colocadas las puertas del hotel y del comedor de la gran fonda; observa en la parte baja, al frente la cantina y detrás del mostrador al cantinero con su gorra de terciopelo, en la que flota una gran borla de seda; a la derecha una portada, que de entrada a las salas de billar; a la izquierda una puerta y un pasillo que comunica con el Teatro Principal, y frente de la cantina, la puerta que da entrada al café por la calle del Coliseo, las mesas, distribuidas con simetría, están formadas por grandes discos de mármol montados sobre tripiés pies de fierro, y todas están ocupadas por distintas clases de individuos. En una se halla un grupo de rancheros, ellos con anchos sombreros de palma y sus cotonas de gamuza, y ellas de trenzas sueltas con sus rebozos de bolita. Con qué placer toman aquellos sus soletas y nieve de limón, que instintivamente soplan antes de cada sorbo, como para comunicar a aquella algún calor, y estas son tazones de café con leche y sendas tostadas de pan con manteca. En otra mesa un honrado padre de familia contempla como sus pequeños saborean el buen mantecado o el helado de zapote o fresa, en tanto que en la de más acá un individuo abstraído en la lectura de un periódico, apenas fija su atención en el que está su lado, muy pensativo y cabizbajo, haciendo apuntes en su cartera. Debajo de los corredores, varios grupos de individuos que rodean las mesas, unos de pie y otros sentados, denuncian a los concienzudos jugadores de ajedrez, o a los que se entretienen en el trivial juego de las damas o en el no menos inocente del dominó, haciendo los últimos escuchar el continuo repiqueteo producido por las fichas al ser barajadas sobre el mármol.”
Don Guillermo Prieto también pinta con su suelta pluma en el Café del Progreso, incluyendo detalles distintos a los de García Cubas: “El patio del café se extendía bajo clara techumbre de cristales, corriendo más sombrío bajo los corredores de la parte alta, subdividida en cuartos pequeños y salones para servicio de la fonda. Todo el patio y bajos de los corredores lo ocupaban en todas direcciones y a cortos trechos mesitas de tripié de fierro y lámina barnizada, y en que se hacía el servicio del café y se jugaba ajedrez y dominó. Cada mesita estaba dotada de una gruesa botella de vidrio y un enorme brasero de metal amarillo con ceniza y brasas para alimento del fuego sacro de cigarros y puros. En el fondo del café, y teniendo como respaldo un gran espejo, estaba el armazón de la cantina, trastos de servicio y el mostrador con charolas, pozuelos y tasas, servilletas etcétera; para servirse café solo y con leche, tostadas, molletes, roscas de manteca, té, copas de catalán y de licor, y a hora oportuna ponches y refrescos. La concurrencia del café la fomentaba el teatro, y los actores que allí se estacionaban era como el pie veterano de aquella célebre negociación. En la tarde, militares y empleados ociosos, vejetes calaveras tahúres empedernidos, niños finos y polluelos pretenciosos envolvían en una atmósfera de humo de tabaco y formaban grupos en las mesas, ya de disputadores políticos, ya de obscenos oficiales que escupían por el colmillo y daban alas a la crónica escandalosa, ya de gentes de estas que se dicen decentes, sin oficio ni beneficio, que viven de parásitos de su familia, de sus amigos y del erario, que ven como capital enemigo al trabajo honrado.”
Años después la fonda de La Sociedad del Progreso fue un hotelucho de mala muerte, sucio nido de palomas duendes; se alejó entonces de tan sórdido lugar y sea adecuó convenientemente para que tuviese asiento el Casino español. En sus bajos se instaló una cantina bien servida, que por esto era lugar preferido de muchos parrandistas, llamada a La Noche Buena. Tiempo después cambió de nombre y también de dueño, lo fue un meloso francés de apellido Catillon. Ya entonces se llamó Café Inglés. 

domingo, 10 de abril de 2016

Satán, Luzbel y compañía (Sucedió en Avenida Hidalgo)

Don Valerio Antuñano, don Indalecio Lares y don Federico Sánchez Osores, siempre andaban juntos, no se separaban jamás; a donde iba uno de ellos, los otros dos lo acompañaban contentos. Los tres eran jóvenes y adinerados, los tres alegres y viciosos. Sus padres poseían juros, fincas, minas, haciendas, un grueso caudal; y se dolían mucho de verlos solo derrochar sin ocuparse nada; únicamente andaban de gastadores de aceras y de sostenedores de esquinas. Vida inútil de mancebos ricos. Lo que querían lo lograban, pues eran muy francos de manos, de ellas nos faltaba jamás el oro, y con alegría lo desperdiciaban como pródigos.
A las madres de estos mancebos no les quedaban en los ojos lágrimas que llorar al verlos constantemente en tan disolutas disipaciones; los tres padres de los tres indignábanse, les daban ora castigos, ora consejos, lo que era tanto como si con un estambre se quisiese sujetar a un león; y los tres jóvenes no metían sus pasos por el sendero trillado por dónde van contentos, tranquilos, los hombres de bien. Usaban mal de sus haciendas en vivir perverso, a cualquier crecido caudal le dieran fin comparando contentos. Los tres se echaron en la cama de la desenvoltura, derramáronse por todos los vicios y dormían muy a su sabor en ellos.
Eran como aves nocherniegas; todo lo hacían de noche y con escándalo. Temor de Dios no lo conocían, con Él jugaban y de herirle hacían entretenimiento; a nadie miraban con ojos de respeto, y al que tenía nombre honroso se lo quitaban. A ninguno hablábanle con el acato y reverencia debidos; de todo y de todos hacían mofa y escarnio. Ponían lengua venenosa en toda la gente, afrentaban a cualquiera, dándole el rostro con lo malo que sabían de él. Los tres eran sepulcros abiertos para enterrar la honra y fama que quizás vivían. Las bondadosas palabras de consejo de las personas mayores, las recibían con grandes risadas y les decían en dichas injuriosas, lástimas muchas y cantares afrentosos.
Los sucesos más nobles, los que debían infundirles mayor respeto y miramiento, los pasquinaban continuamente. No vivían sino disparando crueles sátiras, chistes y malicias, y multiplicaban oprobios e injurias. Con la desvergüenza diabólica tenían siempre desplegada la lengua. Largos maitines cantaban en versos, uno diciendo injurias, los otros dos respondiendo con blasfemias. Y así era como caían cada vez más y más hondo en el pozo negro de la maldad los tres mancebos. Satán, Luzbel y compañía, llamaban en México estos tres ricos y pervertidos jóvenes, malintencionados siempre, irritables, aviesos.
Como tenían abundante dinero que derrochar, no andaban solos nunca; una corte de bellacos por donde quiera los seguía, y con sus interesadas adulaciones los alentaba, fomentándoles sus vilezas y les reía con gozo sus maldades inacabables. Eran una zote en la paz de la ciudad. En muchas de sus calles, viejas, nobles, ya no se escuchaba el silencio, sino la alocada algazara que venían derramando en aquel sosiego los tres amigos pérfidos. La ciudad dormía en la noche profunda y  callada. Su sueño, en el quieto nocturno, era la prolongación más intensa del sueño del día, de todos los días, de su calma cotidiana.
Pero Satán, Luzbel y compañía, como los apodaban con justicia, rompían aquella tranquilidad grata y dulce al esparcirse en sus ilícitos contentos. ¡Dios nos valga! ¡E el Señor nos cuide!, Y otras pías exclamaciones daban llenas de congoja las pobres gentes al verlos pasar, les temían de ellos cualquier espantoso desacato, porque de todo eran capaces los desapoderados mancebo. La encantada tranquilidad de México hallábase alterada por aquel loco vivir.
Una noche iban por el callejón de Santa Isabel (Avenida Hidalgo), rumbo a una de las calles de Santa María la Redonda, por donde vivía una tal Jacobita, habilísima zurcidora de gustos, que juntaba en su casa a tocadores de guitarra y a preciosas damas, de esas damas de achaque, pecatrices, tuzonas de ocultís, comblezas de clérigos o barraganas de algunos señores pudibundos, las que van allí no sólo a esparcir el ánimo, sino a mejorar sus aumentos; y, además, poseía esa vieja, entre sus preciosidades, una magnífica colección de botellas de vino de los más rancios viñedos españoles y, por descorcharlas, cobraba buenas piezas de plata, porque cada gota bien valía un florín, pues apenas entraban en el cuerpo dos copillas le ponían fino regocijo el corazón.
Unas casas bajas ocupaban la acera de enfrente a la espalda de la Iglesia del convento; sólo puertas y ventanas tenían todas, pero puertas y ventanas alabeadas, carcomidas, que junto con los muros derrubiados, llenos de grietas, denunciaban claramente el lamentable estado de ruina en que estaría el interior, y por eso, por lo derruido, por su inminente derrumbe, nadie las ocupaba; años hacía que estaban deshabitadas esas casas y hasta se ignoraba quien fuese su dueño. Por algunas hendiduras de las paredes o por agujeros de las apolilladas puertas o ventanas, se veían los techos desfondados o llenos de boquetes, por dónde se metía la luz, y de los que colgaban los encajes largos, polvorientos, de las telas de araña, y se divisaban en los muros los hondos surcos que abrieron las goteras constantes.
Iban los tres amigos por el callejón de Santa Isabel y les llamó la atención que de una de las ventanas de esas casillas viejas saliera mucha luz que tendía su cuadrilátero amarillo en la sucia calle, y aún ponía tembloroso reflejo en los altos muros del convento. Curiosos, apresuraron el paso, creyendo que habría holgorio, y al llegar a donde brotaba aquella claridad, vieron con asombro las hojas abiertas de par en par, y en medio de la habitación, tendido en el suelo, un cadáver amortajado entre cuatro cirios, y echada sobre él lloraba con desconsuelo una mujer vestida de negro; su cabellera se volcaba copiosa sobre el blanco sudario; su cuerpo se veía conmovido todo por los sollozos.
-¡Desgraciada mujer!- Dijo don Valerio Antuñano.
-¡Pobre mujer!- Murmuró apenas don Indalecio Lares.
-¡Infeliz!- Exclamó con gran lástima don Federico Sánchez Osores.
Se alejaron silenciosos. Se les acabo el ruidoso contento que traían. Todavía en la esquina de la calle del Mirador de la Alameda, ya para salir a la de la Mariscala de Castilla, volvieron los rostros y contemplaron el fulgor que se tendía trémulo en la acera, que subía por el alto paredón del convento. Una vaga piedad se les metió en el pecho por aquella desdichada mujer que lloraba sola con su muerto. En la casa de la fina Jacobita estuvieron los tres, tristes, sombríos; no les sacaban regocijadas palabras ni los dichos de las damas, ni las gracias movibles de su cuerpo opulento, ni las copas del de lo caro que se echaron a pechos y que antes, con una sola de ellas, estremecían el aire con sus felices carcajadas de juerguistas. Como al amanecer, dijo don Indalecio:
-No se aparta de mi memoria la mujer que vimos, tan abandonada en aquel cuarto miserable.
-Yo no lo olvidó tampoco; se conoce que está en la pobreza más hostil- respondió don Valerio.
-¿Y si la fuésemos a ver? ¿Y si le llevásemos algo de dinero? De paso miraremos si es bonita y entonces la consolaremos con cuidado, le daré un socorro y al fin y al cabo caerá, qué duda cabe, resignada en mis brazos amorosos- dijo don Federico.
Dejaron a la exquisita celestina con los apreciables y ajados encantos de que se rodeaba, y se marcharon al callejón de Santa Isabel, pero ya no vieron pintado en la acera el amarillo cuadrilátero de luz, y pensaron que, tal vez, la madrugada lo había disuelto, pero quedáronse atónitos viendo cerradas, como siempre lo habían estado, las ventanas y puertas de toda aquella serie de casillas derruidas. Señalaron los tres, casi el mismo tiempo, la ventana ante la que se habían detenido; en el travesaño de la reja en que apoyó los codos don Indalecio estaban aún impresas las huellas marcadas en el polvo acumulado allí durante años, y don Federico miró en el alféizar un pañuelo, que reconoció por suyo y que sin duda se le cayó allí cuando se detuvo ante esa ventana polvorienta.
Sin la menor dificultad rompieron la puerta, con sólo arrimar a las carcomidas tablas sus hombros robustos. Quedo ante ellos una amplia estancia desmantelada y  telarañosa, con los muros llenos de descorchar duras y de grietas serpenteantes. Pasmado se vieron los tres mancebos. Estaban muy turbados de semblante, la frente rociada de trasudores de miedo, ellos que ante nada ni nadie lo habían tenido nunca. Se volvieron a sus casas, pensativos, cabizbajos. Despidiéronse en silencio. Esa noche no salió ninguno de ellos a sus correrías; tampoco salieron la siguiente. Los padres estaban llenos de asombro ante aquel cambio súbito en las alocadas vidas de sus hijos. Eran otros. No hablaban, casi no comían; en sus habitaciones encontrábanse encerrados de continuo. Se juraron al fin los tres una mañana. Hablaron. En sus almas se habían abierto las suaves luces de un nuevo amanecer. Lleno de alegría se fue don Valerio al convento de Nuestro Padre de Santo Domingo, don Indalecio dirigió sus pasos al Real Monasterio de San Agustín y al de descalzos de San Diego entró don Federico. Los tres más cebos comenzaron vida nueva. Tuvieron por maestros sus mismos errores para hacer completa mudanza de lo antiguo y enderezar el ánimo antes tan torcido. Recompensaron las ofensas con que enojaron a Dios y le ofrecieron una vida de penitencia satisfacción convirtieron sus pecados en misericordia.

domingo, 3 de abril de 2016

El paseo más importante de México: La Alameda


El paseo más antiguo de la ciudad de México y en el que se podía ver a toda hora del día un gran número de gente, era sin duda alguna la Alameda. Fue una amplia extensión cubierta de árboles, situada al oeste de la traza y en los terrenos que el Regidor Ruy González había robado a la laguna cuando la desecó abriendo las acequias.
Bajo el octavo gobierno de la Nueva España, el virrey don Luis de Velasco, hijo del que había sido segundo virrey, decidió que se hiciese en la Ciudad de México una Alameda para recreación de los vecinos; el Cabildo de la ciudad aceptó muy gustoso la idea en acuerdo del día 13 enero de 1572, citando a los Regidores para que al siguiente día asistieran en compañía del virrey, para decidir cuál sería el sitio más adecuado para dicho proyecto.
Y como hubo de suceder, al día siguiente siendo un  de 14 de enero, como a las dos de la tarde salieron los Regidores junto con el virrey y se acordó que se hiciese una Alameda adelante del tianguis de San Hipólito y que se pusiese en ella una fuente y árboles que sirvieran de ornato la ciudad y de recreación a sus vecinos; para tal trabajo se mandó que Cristóbal Carballo, alarife de la ciudad, hiciese un proyecto de cómo había de ser, con las plantas que más convinieran y que un caballero Regidor fuera designado superintendente de la obra y que un ciudadano asistiera a su ejecución, con alguna paga.
Las dimensiones originales de la Alameda fueron primeramente cuadradas; tenía por el lado oriente la plazuela de Santa Isabel, donde hoy se levanta el Palacio de Bellas Artes; por el poniente la plazuela de San Diego, en donde se encontraba el Quemadero de los judíos; al norte le quedaba la calzada de Tacuba, por donde venía la cañería que traía el agua Santa Fe; y por el sur la calzada del Calvario. En sus inicios sus dimensiones eran de 1500 varas (1253.85 m) en su perímetro, rodeada por una zanja ancha y profunda, que la mayor parte del tiempo estaba llena de agua lamosa y fétida, y se le colocó en el centro una gran pila. Se mandaron traer indios del pueblo de Iztapalapa para qué sin sueldo; sino únicamente por la comida que les daba el Ayuntamiento, se encargarían de abrir la zanja, las calles y plantar los árboles, que en un principio fueron álamos, de donde le vino el nombre de "Alameda".
Rodeada de una acequia ancha y profunda, no se puede entrar sino por una puerta ubicada en su lado oriente, causando gran incomodidad para la gente que quería ir a dar una vuelta en ese lugar; por lo que el ayuntamiento dispuso en el año de 1618, que se le mandara hacer otra puerta por el lado de San Diego con su respectivo puente y reja; tomando esta iniciativa se hicieron otras dos puertas, una para el tianguis de San Hipólito y otra para la Calzada Real (hoy Avenida Juárez), cuyas llaves tenía el Alcaide o Jefe de la Alameda, para el cual se construyeron también habitaciones dentro del propio jardín.
El paseo favorito de los ciudadanos tampoco se salvó de las inundaciones que padece y sigue padeciendo la ciudad de México, ya que en cierta estación pluvial, el lugar quedó muy maltratado; para lo que el virrey marqués de Cerralvo dispuso que se hiciera una nueva plantación de árboles, agregando fresnos y Sauces, pues los álamos no tenían un bonito aspecto. La mayoría de los virreyes y autoridades municipales siempre se preocuparon por embellecer la Alameda, como el virrey don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, quien dispuso que se viera el modo de ampliar la Alameda con las plazuela de Santa Isabel y San Diego; por fortuna el dictamen fue favorable y en el año de 1771 se inauguró esta mejora; además se construyeron cinco pilas y se cercó con una reja de madera. Las dimensiones del lugar cambiaron, pasando a tener la forma de un paralelogramo, con cuatro calzadas interiores que se destinaron para el paseo de coches y jinetes, y se mandó cerrar con un muro de piedra.
 La zanja o acequia del perímetro fue cegada hasta el año de 1874, durante el gobierno del Presidente Lerdo de Tejada. Al concluir el siglo XVIII la Alameda tenían 1995 árboles, que eran en su mayoría fresnos, álamos y sauces.
A mediados del siglo XIX, a consecuencia de los frecuentes cambios de gobierno, la pobreza y la desidia del Ayuntamiento y el abandono en el que se encontraba toda la Ciudad de México, la Alameda presenta un aspecto desolador y está asqueroso; las acequias de los alrededores estaban llenas de inmundicias que despedían un olor nauseabundo, las banquetas se encontraban derruidas, los árboles crecían para todos lados, la maleza le había invadido su totalidad. Nadie ya se atrevía entrar, pues como era de suponerse se había convertido en guarida de ladrones y malhechores que habían construido en su interior sus viviendas. ¿Y qué creen amigos lectores? Por pura casualidad se descubrió esta peligrosa guarida hasta mayo de 1873, lo que afortunadamente origino, que se retirara toda la maleza acumulada.
Después de la guerra de independencia en los primeros años de la República, la Alameda fue rescatada del olvido, con la remodelación de sus estatuas, fuentes, glorietas, reforestación; cabe destacar que fue construida una fuente de una mujer que representa la libertad. Así la gente vuelve a retomar la costumbre de dar el ya tradicional paseo vespertino en la Alameda. 
Durante todo este tiempo a nadie se le había ocurrido alejar las espesas tinieblas con algo de luz; hasta que en el año de 1868 se instalaron 36 faroles que se alimentaban con una mezcla de trementina y aguardiente, pero a duras penas medio iluminaban. En 1872 se quitaron y sustituyeron con 100 mecheros de gas y se embaldosaron las cuatro calles que la rodeaban;  la luz eléctrica se puso hasta el año de 1892.
Durante la época del Porfiriato, la Alameda contaba con numerosas fuentes y quioscos para los músicos que jueves y domingos realizaban conciertos; al costado sur, del lado de la avenida Juárez, se levantaba un edificio de hierro y cristal, conocido con el nombre de Pabellón Morisco, donde se llevaban a cabo los sorteos de la Lotería de la Beneficencia. Frente a la Iglesia de Corpus Christi se encontraba el Pabellón, pero después desapareció para ser reemplazado por el Hemiciclo a Juárez en 1910, con motivo de las fiestas del Centenario. En cuanto al quiosco morisco, fue retirado en 1904 para ser trasladado a la Alameda de Santa María la Ribera.
En la actualidad el nombre de "Alameda", se usa como un simple recuerdo, dado que los árboles que predominan son los fresnos; el cultivo de los álamos tuvo que abandonarse por considerar su desarrollo demasiado lento. Tiene la forma de un paralelogramo, cuyos lados mayores, de oriente a poniente miren 513 m; su anchura es de 259 m. Es importante destacar las antiguas pérgolas (plantas de ornato), el monumento a Beethoven hecho en bronce negro, el cual fue obsequio de la colonia alemana a la ciudad en el centenario de la Novena Sinfonía (1921).
El 26 noviembre 2012 durante el gobierno de Marcelo Ebrad, la Alameda fue remodelada con la plantación de árboles, la mejora de los prados, la restauración de sus fuentes, sus esculturas y el Hemiciclo a Juárez; tampoco debemos olvidar la construcción de cuatro fuentes en las esquinas de la Alameda, instalación de más alumbrado público para garantizar la seguridad de los ciudadanos, y convertir en peatonal la calle de Ángela Peralta.

domingo, 27 de marzo de 2016

El derroche en la época colonial

Muchos cronistas nos relatan sobre las enormes sumas de dinero que gastaba la gente en cuanta extravagancia se le ocurriera, llegando al punto de ser casi irreal; pero así como había a quienes le sobraba la riqueza, también como a lo largo de la historia, se encontraba el pueblo que vivía en la miseria.
Se podía encontrar imponentes palacios, enormes fortalezas, enormes patios y largos corredores, todas las comodidades y extravagancias que podamos imaginar; más lejos de la traza de la ciudad habitaban indios en chozas humildísimas con unos cuantos muebles, y a duras penas entraba la familia completa en su humilde morada. Si nos dirigíamos hacia la zona central de la ciudad, se podían encontrar las suntuosas casas de la clase privilegiada, quienes eran los descendistes de conquistadores y encomenderos, y gracias a la enorme riqueza de México habían amasado grandes fortunas en la explotación de minas, los hacendados poseedores de extensísimos terrenos, y los comerciantes protegidos por el monopolio habían también llenado su arcas.
Por el otro lado tenemos a los verdaderos dueños de estas tierras quietadas a la mala durante la conquista, los indios, los negros, los mulatos, los criollos; quienes vivían día a día luchando por sobrevivir, trabajando las minas, cultivando, aprendiendo los nuevos oficios y conservando los antiguos.
La clase noble no se preocupaba de cosas vagas y mundanas, ellos se dedicaban a pasarla bien asistiendo a los torneos, los juegos de cañas y sortijas, los saraos en Palacio, a comprar hermosos caballos, soberbias carrozas, las borlas y los grados universitarios, los más altos cargos en la Secretaría del virreinato, en la Audiencia, en la Real Hacienda y aún en las jerarquías eclesiásticas.
Todos aquellos pobres infelices que tenían que costear estos despilfarros, eran los que cultivaban el campo, extraían los metales de las entrañas de la tierra, levantaban los templos y palacios; tenían que sufrir el maltrato, los perros y el látigo del encomendero, la soberbia del conquistador y las contribuciones.
En la capital de la nueva España, las costumbres y el lujo de la aristocracia, crearon una regla no escrita de cómo se debía comportar la gente en aquella época. Una persona que cumplía al pie de la regla lo que dictaba la sociedad, era don Martín Cortés, segundo marqués del valle, quien una vez hubo llegado de España estableció en una lujosa casa; y para darnos una idea de hasta dónde llegaba su riqueza, les contó lo siguiente: sus partes y servidumbre vestían ricas en librerías, cuando el marqués sale a la calle montado a caballo, siempre se hacía acompañar de una especie de Escudero con celada en la cabeza, y para cerrar con broche de oro cargaba una lanza cubierta con una funda con borlas de seda. El noble caballero también mandó hacer un sello de plata para el despacho de sus negocios, que tuvo un tamaño similar al que empleaba para las provisiones reales: contaba con una pequeña corona y alrededor “Martinus Corteus primus hujus nominis Dux Marchio segundus”. Para asistir a sus deberes religiosos, mandó colocar para él y para su esposa sitiales de terciopelo con almohadas y sillas para que se sentaran cómodamente.
El medio de tanto lujo en riqueza, dignos de un príncipe, este hombre siempre se mostraba frío, reservado y altivo, sintiéndose siempre superior a la demás gente que no pudiera competir con él; pero cuando se trataba de individuos de su misma clase, era muy simpático y afable, buscando siempre en todo momento el trato de la primera autoridad del país, con el entonces virrey don Luis de Velasco. Así como don Martín, hubo muchos otros nobles que no tuvieron reparo en desplegar todo lujo que les fue posible; la gran mayoría tenían sus casas los muebles de las maderas más finas que se puedan imaginar, las más preciosas alfombras y riquísimas vajillas de plata. Pero no sólo en su casa derrochaban a más no poder, pues también ofrecían espléndidas fiestas y eran muy dispendiosos durante las ceremonias públicas; cuando uno de estos personajes se casaban o celebrar algún bautizo, era costumbre colocar barras de plata maciza desde el templo está la habitación del novio, o desde la parroquia hasta la alcoba. Y como modo buen caballero que se preciara, eran dueños de magníficos salones de armas y caballos con los mejores arneses.
Entre los años de 1624 y 1625, un viajero inglés de nombre Tomas Gage, fue testigo del derroche de riqueza de la Nueva España. Este hombre nos cuenta que en aquellos tiempos habían refrán, que decía que sólo se debían ver cuatro cosas: “Las mujeres, los vestidos, los caballos y las calles”; y podría añadirse un quinto elemento más, según nuestro viajero, serían los trenes de la nobleza, ya que eran mucho más espléndidos y costosos que los de la corte de Madrid y de todos los demás reinos de Europa. Tanto hombres como mujeres gastaban fortunas en sus ropas, siendo éstas por lo común de seda, las piedras preciosas y las perlas proliferaban como hongos, así que no era raro ver los sombreros con cordones y hebillas de diamantes, y en las gentes de oficio los cintillo de perlas.
Así era la vida en la época de la colonia, y todos estos hechos son relatados por veraces cronistas, por personas ilustres y Virreyes, quienes a través de sus palabras escritas nos dejaron una vívida imagen de cómo era la vida en aquella época, tanto con su riqueza como con su miseria. El extranjero nos afirma que hasta las esclavas negras traían muy buenas joyas y sus ropas con detalles de oro o de alguna fina tela. Por muy fantástico que pudiera parecer lo que nos cuenta el caballero inglés, todo esto fue real; sólo imagínense por un momento: si las esclavas vestían ropa costosa, ¡cuánto no lo serían los de sus dueños!
Pero estos nobles personajes no solo derrochaban el dinero en trenes, caballos, trajes y fiestas, pues no escatimaban en nada para los regalos a las iglesias y los conventos, y sin mencionar las espléndidas herencias y donaciones pías que tanta gente hizo a nuestra santa madre Iglesia.

domingo, 20 de marzo de 2016

Los Padres de la Buena Muerte

Se llamaba calle de la Buena Muerte, a la que hoy conocemos como quinta de San Jerónimo; y a esta calle daba la espalda del convento de San Camilo, mirando hacia el sur, y cuya fachada todavía podemos apreciar, ya que ocupa buena parte de la acera. Salta a la vista de entre las demás construcciones por su inconfundible estilo colonial, su estructura de tezontle con ventanas de altas jambas de cantera y balcones de hierro forjado, probablemente en Toledo.
Ahora vamos a utilizar la máquina del tiempo para retroceder unos cuantos siglos, y ubicarnos en la época colonial, tiempo en que los padres caminos habitaban el convento, suceso acontecido el 1  de mayo de 1746 y hasta han 1861, cuando le fue confiscado por el Gobierno Liberal de don Benito Juárez.  Además de la puerta principal que conducía la calle del Sagrado Corazón de Jesús, había otra posterior en la calle de San jerónimo, por donde entraban y salían los religiosos cuando eran llamados para ejercer su benéfica y caritativa labor de auxiliar a los enfermos agonizantes.
Allí no sólo acudían los vecinos de la ciudad, sino también los pueblos aledaños para pedir auxilio a los caritativos religiosos, que se prestaban con gusto a cualquier hora del día, para dirigirse a las casas de los moribundos e impartirles sus auxilios, no sólo espirituales, sino también materiales a los indigentes que carecían de recursos para curarse. En el cubo de la portería los caminos diariamente repartían alimentos a los pobres, y a las familias que les daba pena acudir, se les llevaba a su domicilio.
A las personas necesitadas se les proporcionaba habitación en alguna vivienda de las casas que pertenecían a la Comunidad; y sólo era necesaria la firma de alguno de los religiosos en una receta médica, para que en cualquier farmacia botica se le surtieran gratuitamente los medicamentos, pero por cuenta de la Comunidad, sólo aquellos enfermos que carecen de recursos para comprarlas, tenían derecho a este beneficio. A los estudiantes pobres se les ofrecen el convento de San Camilo habitación y alimentos, y en ciertos días del año se repartían limosnas en efectivo.
Al mencionar las cosas tan buenas hicieron los camilos por nuestros antepasados, no sería justo que estos buenos religiosos quedaran en el olvido; son dignos de veneración y gratitud porque siempre hicieron el bien en la Ciudad de México. Por desgracia, ni su bondad y buen corazón los pudo librar de las leyes de reforma, extinguiendo su benemérita Comunidad, incautándose su casa, y expulsando sus miembros del país; el Gobierno Liberal fraccionó las propiedades en lotes y las vendió al mejor postor, y no sustituyó de ninguna manera la obra caritativa de los religiosos por una opción igual o mejor.
La principal misión de los caminos en su vida era la de auxiliar a los enfermos, obligándose ellos mismos a un voto perpetuo, que eran los de obediencia, pobreza y castigar, agregando en su confesión religiosa lo siguiente: «y como principal ministerio que es de nuestro instituto, me obligó con voto a servir perpetuamente a los pobres enfermos, aunque sean apestados, según la forma de vivir en las letras apostólicas de nuestra Religión de Ministros de los Enfermos y en las constituciones ya hechas, y que en adelante se hicieren».
Para cumplir esa promesa, los religiosos de verdad se lo tomaban muy en serio; salían de día y de noche de su convento, y cuando la distancia que debían de recorrer en la larga montaban en una mula, que siempre era de color negro, y si era de noche siempre salían acompañados. Nunca aceptaba limosnas de los enfermos, ni de sus familias y los alimentos siempre los tomaban en su convento; y debido a que su principal oficio era auxiliar a los agonizantes para ayudarles a bien morir, la gente los bautizó como los «Padres de la Buena Muerte», y la calle de San jerónimo en donde se encontraba la portería trasera del convento de San Camilo, se le empezó a llamar como de la Buena Muerte.
Existe otra versión de porque a esta calle se le empezó a conocer con dicho nombre.  Eran tres estudiantes que cierta noche en que andaban de parranda vagando por las calles de México, y al estar en una taberna, comenzaron a relatar truculentos sucedidos; uno de los muchachos dijo que le habían contado, que en las espaldas del convento de San Camilo se aparecían espectros en horas avanzadas de la noche, llenando de pavura  con su presencia a los transeúntes que por allí osaban pasar. Entonces uno de ellos, dando señales de valentía, propuso que hicieran una apuesta, para ver quién de todos era el más hombres para ir hasta aquella solitaria y espantable calleja, a la que sólo acudían los afligidos para pedir auxilio a los camilos en favor de sus enfermos.
Todos estuvieron de acuerdo, y cómo todos estaban muy dispuestos a ir, acordando que fueran de uno por uno; y para comprobar que había llegado hasta el sitio, debían fijar un clavo en el muro del convento. El más aguerrido salió primero, se envolvió en su amplia capa, se acomodó su sombrero y llevando consigo un clavo y el martillo, emprendió la marcha. Sus compañeros hicieron intentos por espantarlo pero el no desistió; sin dar la menor señal de miedo, se alejó con paso firme hasta perderse en las sombras de la noche.
Al llegar al convento de San Camilo, con un poco de nervios, empuñó el clavo, asió el martillo y decidid clavó en el muro, pero al realizar dicha operación no se fijó que su capa se había quedado clavada en la pared. Así, que cuando dio la media vuelta parar emprender el camino de regreso, sintió como una potente mano le jalaba la capa y no lo dejaba caminar... Fue tan grande su susto, que cayó instantáneamente muerto en el suelo. Sus compañeros en vano lo estuvieron  esperando la noche entera en la taberna.
Al día siguiente, cuando los primeros rayos del sol comenzaban a salir, los muchachos fueron a los muros de San Camilo para ver que había pasado con su camarada; y gran fue su sorpresa al encontrarlo sin vida tendido en el suelo, y exclamaron diciendo: «Tuvo una buena muerte», puesto que nadie se la había ocasionado, no tuvo sufrimiento alguno como alguna enfermedad o tortura; pasó de este mundo al otro sin darse cuenta. Entonces comenzó a llamársele a esta calle como de la Buena Muerte.
Ahora solo te queda a ti escoger amigo lector, cuál explicación te agrada más, a cerca del nombre de esta misteriosa calle.  

domingo, 13 de marzo de 2016

De cómo en tierras de Yucatán fue perseguido Jesús (Leyenda de Yucatán)

Mucho y de gran alcance que decir sobre estas cosas. Fue en estas tierras del Mayab se dicen, donde el Hijo del Hombre también fue perseguido.
Oíd mi voz, dice el viejo chilam, que es como decir agorero; oíd mi voz los que estéis por oírla. Creed con vuestro corazón mejor que con vuestro pensamiento ya que El que todo lo dispone pudo hacer hasta lo que parece que no pudo ser. Todo en su voluntad pudo haber sido y puede ser.
Y tú que ves y oyes las cosas extrañas de esta Tierra, no te conformes con verlas y oírlas solamente, porque así no dicen nada. Mejor está el saber la razón de ellas.
El Gran Señor dio a los animales del campo la comida y el agua para su sustento. La comida en los granos, el agua en las sartenejas y en los cenotes. Y les dio también para mejor vivir los medios más propios. Al venado los pies para correr, las aves las alas para volar.
Pero hay sus diferencias.
No todos los animales alcanzan el agua de los cenotes, porque para alcanzarla fuerza es llegar hasta el fondo de las cavernas donde se asienta. Y no todas las aves pueden entrar a las cavernas. Pero el indio sabe que eso es un castigo. El indio sabe que allá en los primeros tiempos todas llegaban. Hay aves que vuelan muy alto, pero otras casi no vuelan. El indio sabe que allá en los primeros tiempos todas volaban alto. Ha sido un castigo.
El mundo es la casa del Gran Señor cuando baja la Tierra. Todo el mundo es su casa, y así cuando viene a ella las cosas de su vida ocurren en toda ella, lo mismo aquí que allí o más allá. Porque ni su persona ni su esencia son ni fueron limitadas.
Oíd entonces:
Ocurrió que un día Jesús pasó por tierras de Yucatán, en unión de la mujer que fue madre a pesar de ser virgen, perseguido por quienes querían matarlo.
-Son ellos-, decían los árboles del camino, y deseaban sacar sus raíces del seno de la tierra para correr a protegerlos, amparándolos con sus fuertes y largos brazos.
-Son ellos-, decían los animales y muchos hubieran querido ayudarlos levantándolos a cuestas. Pero la  naturaleza quedaba estupefacta al paso de la divina pareja, porque sentía en sus entrañas que una fuerza invencible le impedía socorrer a los fugitivos. Y eso fue así porque debía ser, para que se cumplieran las cosas que debían ocurrir. Afanosos iban los que perseguían a Jesús en pos de sus huellas, cuando una zacpacal, que es como decir la tórtola india, canto desde un árbol.
En el vasto silencio en que estaba sumida la naturaleza atónita ante la figura del Dios blanco, el canto se oyó claramente.
-Preguntemos al ave que canta- dijéronse entre sí los perseguidores-. Ella sabrá por dónde van los fugitivos-. Y dijéronle:-tú que estás allá arriba y puedes ver sobre las malezas y sobre las copas de los árboles, debes saber por dónde va Jesús. Dinos por dónde va.
La avecilla zacpacal es tímida y tuvo miedo. Poco antes había visto cruzar a los fugitivos, y canto así en su idioma, esto es, en su idioma indio:
Jalal pocché, jalal pocché, jalal, pocché, lo cual dice: “A por las orillas de la milpa quemada”.
Bordeando iban en efecto, Jesús y la Virgen, una milpa abandonada y así fue como la avecilla denunció su paso. Jesús sintió una gran tristeza en el alma porque uno de los pajarillos de su amor lo había denunciado. Pudo salvarse, sin embargo, pero desde entonces el pájaro zacpacal no puede entrar a los cenotes. Y así no bebe el agua que hay en ellos, que es fresca y abundante. Porque dicha estaba que las malas acciones deben ser castigadas. Dicho está esto desde el principio de la Vida. Así ocurre que durante las sequías en esta Tierra del Mayab son en demasía ardientes, el pájaro zacpacal sufre mucho de ser, pues las sartenejas del campo se agotan.
Continuaron los que perseguían a Jesús buscando sus huellas. Y de pronto dieron con el pájaro tzuy-tzuy y le preguntaron:
-¿Por dónde van los que van huyendo?
Tzul tzul bé, tzul tzul bé, tzul tzul bé, que fue como decir: “El camino está cerrado”, de donde entendieron los perseguidores que no debían seguir por él. Pero el camino no estaba cerrado. Franco estaba el camino, y por él huían Jesús y la Virgen. Hacienda año el pájaro tzuy-tzuy, desde entonces no sólo te está permitido entrar a los cenotes a beber agua, sino que toda caverna, aunque esté seca brotará agua para ti. Ese fue tu galardón por la generosa ayuda que diste a los fugitivos. Debe, pájaro tzuy-tzuy, no importa que la sequía consuman todas las aguas de los campos. Tú tendrás agua.
Los soldados dijeron: “No hagamos caso de lo que digan las aves. Mejor es ver lo que hacen. Por allí por donde levanten el vuelo han de andar los fugitivos. Su paso las ha de asustar y levantarán el vuelo”. Jesús y María iban por un sendero estrecho cerca del cual discurría una parvada de pajaritos beches, que así se llaman las codornices de esta tierra, y los cuales al sentir a los caminantes, azorados levantaron el vuelo tan ruidosamente, que la Virgen hubo de asustarse.
“Por allí van sin duda”, dijeron los perseguidores de Jesús que habían estado muy alertas, y corrieron aquel lugar. Los fugitivos escaparon. Siempre pudieron escapar porque aún no era llegada la hora de la Consumación, pero el pájaro bech, por haber denunciado con su vuelo el paso de aquellos, fue condenado a no poder volar alto, sino muy bajo apenas, y a no poder anidar sino en las breñas y montecillo bajos.
Fue el castigo. “Que el pájaro bech, dijo el Gran Señor, de hoy en más quede a merced de los animales feroces y más al alcance de los cazadores”. Y Jesús y la Virgen continuaron su peregrinación a través de los montes, por los anchos caminos rojos de kancab, por las sendas angostas, o abriéndose paso a través de los bejucales y las plantas espinosas. A la zaga les iban sus ensañados enemigos. Pero aun pájaro que va volando los divisó, divisó a unos y divisó a otros, a los que huían y a los perseguidores, ya batió el vuelo junto a las plantas de Jesús, cantando es idioma maya:
¡Chibilú, chibilú, chibilú!, Que fue como decirles: “Ya vienen, distan muy poco”.
Con este aviso Jesús y la Virgen se pusieron a salvo nuevamente. Desde entonces aquel pájaro se llama como canta, chibilú, que así lo quiso el Gran Señor que sabe disponer las cosas y llamarlas por los nombres que le son más propios, y desde entonces permitido le está volar muy alto y anidar en las copas de los grandes árboles, escapando así, como otros, de los peligros que lo cerquen. Y por eso también cuando canta, cantando su nombre, parece lleno de gozo y alegría.
Habréis de saber qué cosas semejante siguieron ocurriendo, mientras Jesús y la Virgen huían, con las aves que encontraban a su paso. Veréis que entre ellas las hay que cantan tan dulce y armoniosamente que su canto es igual a músicas divinas, y otras que cantan desapaciblemente o no cantan, y otras que apenas pueden levantar el vuelo, y que las hay de muy vistosos plumajes, ricos, ricos, ricos, tanto que es un deleite el mirarlas si las hay de plumas tan pobres que dan pena.
Y eso es así porque mientras las unas ayudaron en alguna forma a los fugitivos escapar de sus perseguidores, las otras en alguna forma los denunciaron. Todo esto es lo que dice la voz que viene de muy alto, rodando sobre las espaldas de los años, y es la que repite el viejo chilam.