domingo, 7 de febrero de 2016

La esposa que volvió de las sombras (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo)

El alma de los muertos no tendrá punto de reposo, cuando alguna pasión insana la detenga en este mundo. Sí, porque algunas almas han sido perturbadas en sus siglos de reposo, gracias a fuerzas diabólicas y perversas. Este relato verídico traído para ustedes desde el siglo XVI, nos habla de un acto de poder sobrenatural, que perturbó el sueño eterno de una muerta.
Miremos por el carcomido hueco hacia el pasado, para ver cómo era la hoy avenida Hidalgo, en el último tercio del siglo XVI. Era en ese siglo virrey en Nueva España, don Martín Enríquez de Almanza, cuya administración fue trágica y siniestra. Vivían en la casa marcada con el número 22 de la que entonces se llamó calle del Portillo de San Diego, dos alegres personas; llamábase ella doña Leonor de Azpeitia y el don Juan de  Rivera y Villavicencio, amantes y fieles esposos llegados de Castilla. Pocos meses tenían de casados y se amaban tan entrañablemente, que no gustaban de separarse ni un momento. Venidos con la corte del virrey de Almanza, todos temían que les contagiara de un trágico destino, más parecía que su amor intenso y puro, los ponía a salvo de toda desdicha y calamidad que azotaba a Nueva España.
Cierto día fundían su amor y su pasión en un abrazo cuando fuertes ruidos vinieron a turbarles el momento: se trataba de la criada, quien traía noticias nefastas diciendo que había espíritus malignos en la calle, pero no era otra cosa más que  la tan temida peste. La peste que asoló en aquellos días la capital de la Nueva España, fue de 1576 a 1577. Nadie conoce a fondo las causas de esta enfermedad que causaba inmensa mortandad entre los naturales; era de presumirse que, los hispanos habían acaparado el agua limpia que entraba la capital.
Entre tanto, los indios se veían obligados a beber agua de las atarjeas y canales navegables contaminados; lo cierto era que los indios caían como moscas a lo largo y ancho de las calles de la entonces capital de Nueva España, había ya en la capital varias órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos y acababan de llegar los jesuitas. Todos con fervor piadoso ayudaban a los miserables apestados, ya tratando de curarlos, ya impartiéndoles los últimos auxilios cristianos.
La campana fúnebre, de la carreta de los apestados, causaba escalofríos. Pronto resultó insuficiente el servicio fúnebre y el virrey ordenó abrir cepas en cualquier calle, y en esas cepas se arrojaban a los muertos apestados y a veces, a muchos que aún alentaban, pero que no vivirían más. Entre las medidas tomadas por algunos particulares, destacó la tomada por el doctor don Juan de la Fuente; este galeno citó en una sala del Hospital Real, a todos los médicos residentes en ese siglo, en la capital de Nueva España, en donde se acordó que se llevaría a cabo una autopsia de los cuerpos para determinar la causa de la enfermedad.
Algunos indios y mestizos que se dieron cuenta de aquellas autopsias comenzaron a murmurar que aquellas personas eran quienes los envenenaban y les hacían todo mal. Así, mientras el doctor de la Fuente y los demás galenos trataban inútilmente de averiguar la causa de la peste, don Juan así otra cosa: lograba ser oído por el virrey de Almanza y por el entonces Arzobispo Moya de Contreras, para saber si se estaba tomando alguna medida para controlar la peste y para ofrecer su ayuda. Don Juan regreso a su casa, satisfecho de sus gestiones y contar a su esposa Leonor todo cuanto había logrado, quien se ofreció a llevar alimentos, ropas y alivio aquellos desdichados. Don Juan no tuvo otro remedio que dejar ir a su esposa, a llevar ayuda para quien lo necesitaba tanto. Todos los jacales de indios eran nido del mal y adentro había quejidos y muerte. Durante días y semanas, la mano blanca y bondadosa de doña Leonor llevó auxilio y consuelo a los enfermos, su presencia daba ánimos a los indios, que recibían comida y frases de aliento de aquella hermosa y rica dama, y tanto trato con los apestados, que al fin ella también pareció sucumbir al mal, y a su esposo no le quedó otro remedio que aguardar el triste desenlace.
La voluntad del creador fue que la hermosa, joven, rica y bondadosa dama, muriese de la terrible peste. Horas y horas pasó junto a la tumba el atribulado esposo, que no se resignaba a tan sensible pérdida, dos de sus criados que le acompañaban se acercaron a suplicarle que debía irse a descansar a su casa, y fue necesario llamar a los caballeros amigos de don Juan para poder sacarlo del cementerio. Durante muchos días, visitó la tumba de su amada, sobre la cual dejó lágrimas y flores después se encerró en su casona, y decidió que no saldría de allí, pues su esposa estaba muerta, esa estancia sería su tumba y muerto estaría muy pronto. Transcurrieron los meses, las vigilias, la pena y su desesperación, fueron perturbando su mente, hasta que enloquecido comenzó a rebelarse contra la voluntad del cielo, maldiciendo a Dios.
Llamó entonces a la criada para preguntarle sobre aquel brujo muy poderoso que había mencionado durante la peste, y le ordenó que lo llevara ante él. Obedeciendo las órdenes de su amo, la india condujo a don Juan hasta una casucha por el entonces barrio de la Candelaria de los Patos; ahí se encontraba a un hombre de avanzada edad con apariencia un poco desagradable.
Don Juan sin rodeos le pidió al brujo que resucitará su esposa y que a cambio le pagaría una muy buena cantidad de dinero; el anciano le advierte que su poder está limitado por otro superior y que el acto que pide es un reto y puede vencerlo cuando menos lo espere. Sin importarle, don Juan acepta cualquier riesgo, con tal de ver otra vez a su esposa viva; entonces el brujo comienza a invocar a los seres de la oscuridad para qué devuelvan a la vida a la mujer. Don Juan pensando que el brujo era un charlatán, se marcha furioso su casa, pero al llegar encuentra la puerta de la casa abierta, y con no sería su sorpresa cuando de pronto una grácil figura emergió del jardín: ¡era su esposa!
Renacieron los días felices, doña Leonor estaba aún más bella y don Juan aún más enamorado, de su enfermedad, su muerte y resurrección no se hablaba una palabra, pues eso parecía haber sido sólo un horrible sueño. Todo parecía normal, sólo de vez en cuando ocurrían cosas extrañas, como cuando las aves huían de su presencia, y como cuando el minino al sentirla cerca, maullaba y erizaba los pelos. Pero eso nada les importaba, ni se daban cuenta de ello, ocupados como estaban en dar rienda suelta a su amor y su pasión, todavía pasado ya, ninguna nube de temor enturbiaba su vida y sus amores. Así pasaron los meses, entregados al amor y a la pasión, sin preocuparse por los sucesos de la vida exterior.
Mientras tanto, allá en el cubil, el viejo brujo leyendo antiguos manuscritos hace un inesperado descubrimiento: el término de aquella vida se aproximaba, no podría vencer nuevamente a la muerte; por una verdadera rareza, el brujo abandonó su cubil para dirigirse a la ciudad y dar aviso al caballero. Con la rapidez que le permitían sus flácidas y temblorosas piernas, se aventuró por las calles solitarias de la capital de la Nueva España, pero quiso el destino que al cruzar la calle pasara una diligencia con los corceles desbocados, y cuando menos se dio cuenta le pasaron encima, causándole una muerte instantánea.
En esos momentos, allá en la casa de don Juan, doña Leonor sintió que algo extraño lo ahogaba, y sin darle mucha importancia se fueron a dormir. Jamás pensaron los amantes esposos, que ese iba a ser un sueño definitivo y cruel y que el despertar les aguardaba pavoroso. Al día siguiente, tras de despertarse alegre y feliz, don Juan se acercó despertar a su esposa, juguetón y alegre levantó la sábana y entonces se halló ante aquel cuadro horroroso: el rostro antes bello de su esposa, era una máscara horrible, llena de gusanos y carne putrefacta, levantó más las mantas y se halló con que todo el cuerpo era una llaga purulenta cubierta de larvas asquerosas, y ante sus ojos tuvo lugar aquella transformación de horror; los gusanos devoraban la carne de la muerta y poco a poco, quedaba el esqueleto mondo y blanco. Don Juan de ribera y Villavicencio contempló anonadado, que de aquellos lindos ojos sólo quedaban negras oquedades, y de aquellos dientes, de esa boca, una abertura descarnada, que dibujaba una mueca sarcástica y siniestra.
Las sienes de don Juan parecían estallar, su corazón la que aceleradamente su cerebro enloquecía, no podía creer que su esposa había vuelto a morir, gritaba desesperado una y otra vez para que volviera a la vida.
Días más tarde encontraron muerto a don Juan Manuel de Rivera, abrazado al esqueleto de su esposa. Nadie conoce la horrible historia, ni se supo entonces la verdad, creyeron que loco de amor, don Juan había robado el esqueleto. Tal es la verídica historia ocurrida en esta casona hoy en la avenida Hidalgo, que en aquel siglo fue del Portillo de San Diego. Mientras calman sus nervios, dejaré pasar una semana.

domingo, 31 de enero de 2016

Poesía Indígena

Canto de la Mujer Serpiente (Cihuacóatl)
El Águila, el Águila Quilaztli, la pintada con sangre de serpientes,
cuyo penacho es de plumas de águila,
el Sabino de los de Chalma, la de Colhuacan.

Ah, el sostén de nuestro alimento, el maíz, en el campo divino:
el bastón de sonajas en su bastón.

Espina, espina tengo en la mano:
espina tengo en la mano, en el campo divino:
el bastón de sonajas en su bastón.

Escoba tengo en la mano, en el campo divino:
el bastón de sonajas es su bastón.

Trece-Águilas, nuestra madre, la reina de los de Chalma,
con la coa de cactus labra para mí la sementera:
ella es un prodigio: mi hijo Mixcoatl.

Nuestra madre, la Guerrera; nuestra madre, la Guerrera,
el Ciervo de Colhuacan , ya está aderezado con plumas.

Ah, ya salió el sol: sazonado el grito de guerra;
ya salió el sol: sazonado el grito de guerra.
¡Sean arrastrados hombres cautivos: perezca el país entero!
El Ciervo de Colhuacan ya está aderezado con plumas.

Plumas de águila son vuestro aderezo,
oh, el que combate valiente en la guerra,
ese es vuestro aderezo.

Canto del Atamalcualoyan

Mi corazón está brotando flores en la mitad de la noche.

Llego nuestra madre, llegó la diosa Tlazoltéotl.

Nació el Dios del Maíz en Tamoanchan,
en la región de las flores, Una-Flor.

Nació el Dios del Maíz en la región de la lluvia y la niebla,
donde se hacen los hijos de los hombres,
donde se adquieren los peces preciosos.

Lleva a relucir el día, ya va levantarse el alba:
libando están las variadas preciosas aves,
en la región de las flores.

En la tierra te has puesto en pie en la plaza,
oh, el Príncipe Quetzalcóatl.

Haya alegría junto al Árbol Florido, variadas aves preciosas: 
alégrense las variadas aves preciosas.

Oye la palabra de nuestro Dios: oye la palabra del Ave preciosa:
no hay que disparar contra nuestro muerto:
no hay que lanzar el tiro de la cerbatana.

Ah, yo he de traer mis flores:
la flor roja como nuestra carne, la flor blanca y bien oliente,
de allá donde se yergue en las flores.

Juega la pelota, juega la pelota el viejo Xólotl,
en el encantado campo de pelota juega Xólotl,
en un hueco hecho de jade.

Mira, empero, si se coloca el dios-Niño
en la mansión de la noche, en la mansión de la noche.

Oh, Niño, oh Niño: con amarillas plumas tú te atavías:
te colocas en el campo de juego de pelota:
en la mansión de la noche, en la mansión de la noche.

El de Oztoman, el de Oztoman, a quien Xochiquétzal rige,
el que manda en Cholula.

Teme mi corazón, teme mi corazón que aún no venga el
Dios del Maíz.

El de Oztoman, que tiene cangrejos, cuya mercancía son
orejeras de turquesa,
cuya mercancía son pulseras de turquesa.

Dormido, dormido, duerme.
Con la mano he enrollado  aquí a la mujer, yo el dormido.

Canto de Nuestro Señor del Desollado, Bebedor de la Noche (Xippe Totec Yohuallahuana)

Oh bebedor de la noche, ¿porque ahora te disfrazas?
Ponte tu ropaje de oro, revístete de la lluvia.

Oh mi Dios, dádiva de piedras preciosas tu agua,
al bajar sobre los acueductos, trueca en plumas de quetzal al sabino.
La preciosa serpiente de fuego al fin me dejó.

No vaya yo a perecer, yo la tierna mata del maíz:
mi corazón es cual esmeralda: he de ver el oro.
Mi corazón se refrigerará: el hombre madurará,
habrá nacido el caudillo de la guerra.

Oh mi dios, haya abundancia de maíz:
la tierna mata de maíz se estremece ante ti,
tiene fija en ti la vista hacia tus montañas, te adora.

Mi corazón se refrigerará: el hombre madurará,
habrá nacido el caudillo de la guerra.

Canto de Siete- Serpientes (Chicomecóatl)

Oh, Siete- Mazorcas, levántate, despierta,
¿qué, tú, nuestra madre, has de dejarnos huérfanos,d
has de partir a tu mansión, la morada de Tláloc?

¡Levántate, despierta!
¿Qué, tú, nuestra madre, has de dejarnos huérfanos,
has de partir a tu mansión, la morada de Tláloc? 

domingo, 24 de enero de 2016

Vendetta (Leyenda de Campeche)

Por la marisma de levante avanzaba hacia las costeras del puerto de Campeche los miembros de una banda de corsarios. La colonial población dormía plácidamente la silenciosa madrugada, y nadie en ella sospechaba siquiera la inminencia del peligro que se cernía amenazante sobre un pacífico sueño. Por el rumbo del convento franciscano, y a pocas brazas de la playa, en la nocturnal negrura de la hora, desvanecía su aviesa mole la barca que transportara a los impíos y crueles forbantes.
Las huestes piratas habían escogido al rico puerto peninsular para comenzar una serie de saqueos en dependencias españolas, a inspiración nefanda de su jefe y director, campechano de origen, hombre de mar y de no muy baja extracción. Apodado “El Romanero”, este audaz capitán huyó años antes de esos sucesos, de las cárceles coloniales donde fuera recluido por delitos contra la propiedad. Llegado que hubo a su necesario destino como presidiario que era, la  Isla de la Tortuga, y poniendo en juego sus grandes dotes de organizador y conductor, reunió a un grupo de aventureros ingleses, firmando con ellos la tradicional Charte-partie y armando en guerra la nave El Corcel, que amparó bajo las banderas de la rubio Albión, cuyo gobierno le concediera una patente de corsos para atacar toda clase de posesiones españolas. Y ya jinete en el nuevo azote de los mares, se dedicó a la más cruel piratería.
Durante los últimos años vividos en Campeche. “El Romanero” estuvo enamorado de una bella muchacha, hija única de la familia con blasones y talegos, nombrada Doña Elena del Carmen. Como lógica consecuencia de sus requiebros, en aquellos tiempos de orgullo de sangre y apellido, la más fría indiferencia respondió sus amorosos requerimientos, pese a que socialmente provenía de la clase media y que su educación y trato dejaban bien poco que desear. Con tal motivo, y obedeciendo su natural ambición y sin escrúpulos dedicó sus oficios de procurarse dineros por todos los medios a su alcance, habiendo conseguido labrar una fortuna respetable por medio del fraude y el despojo, cuando cayó sobre él todo el peso de una justicia por demás estricta.
Es por ello que sus ojos brillaban con gozosa ferocidad al aproximarse en la noche a la ciudad dormida, guiando con seguro paso a la horda aventurera que organizara. Su cerebro cesó la soga maliciosamente imaginando las depredaciones que habrían de cometer en el puerto que fue su cuna, pero que tan duramente había cortado el vuelo de sus más caras aspiraciones económicas y sentimentales. Y la idea motriz que llevaba entraban en la mente era devengar el desprecio de doña Elena, obteniendo por la fuerza lo que no pudo alcanzar de buen grado.
Los habitantes del puerto, tomados de sorpresa y no obstante haber peleado con singular bravura, sucumbieron ante el arrollador impulso de la fase invasora, haciendo honor a su hidalguía y bien sentada fama de valientes. La población quedó inerme a la brutalidad de la hueste pirática. Asaltos, robos, violaciones, saqueos, asesinatos e incendios, presencia aterrada la gente campechana por espacio de dos largos días y una más larga noche, durante los cuales “El Romanero” tuvo oportunidad de llevar a cabo su sonado desquite, apoderándose de doña Elena del Carmen y cometiendo en ella gravísimos ultrajes.
Por fin, un puñado de valientes y denodados individuos, que se habían guarecido en las inmediaciones de la asolada población, por el rumbo de tierra adentro y en las colinas de la Sierra Alta, de la batalla que tras encarnizada lucha obligó a los piratas a soltar la rica presa que significaba por ellos la ciudad de Campeche. Y de tal suerte violenta fue la estampida huyeron los forbantes, que no pudieron llevar consigo ninguno de los tesoros obtenidos en el despojo, ni siquiera la bella y deseada doña Elena, la que había sido sacada a viva fuerza de la casa que habitaba con su esposo hacía ya dos años y conducida a la presencia del vengativo Romanero, quien la vejó y ultrajó con los excesos de su crueldad y su lujuria.
Una vez libre en la ciudad de la espantosa pesadilla de aquellos días de horror, el marido de doña Elena, caballero distinguido ciudadano, de juventud fogosa y decidida y quien recibió con las aguas lustrales el nombre de Carlos, para desahogar la indignación y furia que lo ha pasa llevan por lo sucedido su señora, a la que no pudo socorrer por encontrarse viajando los días del asalto y a quien adoraba con pasión entrañable, coste o de su peculio particular, que era abundante, los gastos necesarios para armar en guerra una nave de alto bordo con la que se dispuso a perseguir y exterminar en los mares la infección que sufrían de bucaneros de toda laya y jaez, pero principalmente con el ánimo de dar caza al navío de “El Romanero”. Con esta idea partió el mismo en el barco que bautizó con el alusivo nombre de Vengador.
Durante luengos meses navegó el Vengador por aguas del Golfo de México, en continua lucha con los piratas y corsarios que lo infestaban. Luego de haber obtenido varios triunfos y no habiendo encontrado la nave buscada con sin igual ahínco, arribaron por tercera vez a las playas de la bahía de Campeche para avituallarse y embarcarse de nuevo, salir del Golfo y atravesar el canal de Yucatán en busca del huidizo Romanero. Al saltar a tierra recibió don Carlos la nueva de que le había nacido un heredero, y cuando el sucesor esperado, no dejó de ser para él una encantadora sorpresa el advenimiento de su primogénito. Al chiquillo, recibido con grande alborozo, le fue puesto el nombre de su padre, quien para hacer honor al fausto acontecimiento, retrasó varios días el inicio de su viaje. Antes de zarpar, el dueño del Vengador llamó a su medio hermano, don Sebastián, de mucha mayor edad que él y que le quería con sincero afecto, recomendándole la educación del pequeño para el caso de que sucumbieron en la arriesgada empresa que acometía.
A las cuatro horas de la madrugada del siguiente día, entre rojos celajes de aurora partió de las playas campechanas para no volver a verla nunca, el navío de don Carlos con sus animosos tripulantes. “El Romanero”, enterado de la búsqueda de que era objeto, así como de la demoledora artillería del Vengador, organizó un crucero de cinco velas, salió al encuentro de sus perseguidores y los abatió feroz entre las negras ondas del Atlántico.
Meses después, y al recibirse la infausta nueva, se apagaron en la Muy Noble y Liberal Ciudad y Puerto de San Francisco de Campeche, las lámparas votivas encendidas permanentemente por el buen eximo de la partida contra los piratas, y se prendieron sirios por el eterno descanso de las almas de los frustrados vengadores.
En el hogar de doña Elena ocurrían también profundos trastornos. La adolorida viuda se trasladó a la capital de la Nueva España, profesando en un convento de teresianas y dejando a su hijo bajo el solícito cuidado de su tío don Sebastián, a quien dejó el encargo de entregarle con sus bienes, cuando llegase a su mayoría de edad, una carta en la cual explicaba los motivos que la indujeron a separarse de él siendo aún niño.
El austero don Sebastián educo al huérfano dentro del ambiente severo rígido de las rancias tradiciones familiares, haciéndole llevar siempre traje negro en dolorosa recordación de la misión de venganza que tenía su vida. Continuamente inculcaba el niño en la idea de un implacable castigo contra quien mancilló la honra de su madre procuró la prematura muerte de su padre. Cuando el muchacho tuvo pleno uso de sus facultades y siendo todavía un adolescente, su tío le tomó el juramento de quería cruento desquite en “El Romanero”, donde quiera que éste se hallase, y que ninguna circunstancia como no fuera la de su propia muerte, le impediría cumplir ese propósito.
Al ocurrir el deceso de don Sebastián y por orden previa del mismo, el apoderado de los bienes del joven entregó a este cierta cantidad de numerario para que fuera dizque a hacer estudios a la capital cubana, o a otro sitio cualquiera que se le antojase, dándole así ocasión de cumplir su juramento. Partió el mozo de Campeche con el decidido empeño de ejecutar su designio y, llegando a La Habana, comenzó a ser sutiles investigaciones. Tras un año de viajar por la isla de realizar frecuentes visitas a ciertos puntos del continente, obtuvo la ansiada noticia sobre paradero de su hombre. “El Romanero” vivía en aquel entonces en los alrededores de la posesión portuguesa que con el tiempo había de ser capital de la República brasileira, bajo el nombre de don Augusto el Catalán, como un rico armador y olvidado ya de sus hábitos de marino y de pirata, dedicado a mantener el fuego de un hogar que adornaban dos preciosas jovencitas.
Torno Carlos a Cuba luego de averiguar minuciosamente todos los pormenores referentes a la situación y custodia de la finca en que pasaba sus últimos días el audaz aventurero de otros tiempos. Pidió dinero a su apoderado en Campeche, armó una expedición y partió personalmente ejecutar su venganza como en otro tiempo y desde playas campechanas hiciera su malogrado padre.
El asalto fue dado de noche y, pese a haber encontrado la resistencia inesperada de una milicia portuguesa, llevaron a cabo su propósito. Nada fue respetado, Carlos sacrificó de su propia mano a “El Romanero” y sus hombres asesinaron a la servidumbre, en medio de una impresionante orgía de sangre, que tuvo por trágico corolario el atentado contra la honestidad de las jóvenes Carmencita y Laura, hijas del pirata; siendo esta última mancillada por el vengativo joven, en brutal complemento de una venganza que así sacrificaba víctimas inocentes. Y luego de asesinar, saquear y robar en la residencia del tristemente célebre corsario, levaron anclas sin volver siquiera el rostro al fuego y la desolación que marcará su paso, al igual que 24 años antes hiciera en Campeche un grupo semejante.
Con el amargor de la venganza consumada impregnando todavía sus labios, el joven Carlos arriba a Campeche para hacerse cargo de su cuantiosa herencia y usufructuar los placeres de una vida que se le ofrecía prometedora por delante. Y un día memorable rasgo el sobre que contenía la carta en que su madre le explicaba por qué la había abandonado a un niño para profesar, y se enteró horrorizado don espantoso secreto: él era hijo de “El Romanero” y hermano de Laura, la joven sacrificada para saciar su insano deseo de venganza.
Durante muchos años vivió en el Convento de San Francisco de Campeche un fraile humilde que había sido muy rico y poderoso; joven aún donó sus bienes a la Iglesia y se cerró por siempre en sus paredes grises, que todavía hoy reflejan por las noches la sombra tormenta del hijo de un pirata.

domingo, 17 de enero de 2016

Hospital del Divino Salvador de mujeres dementes

Hacia el costado sur de la Cámara de Diputados está dicho hospital. Cerca de la casa donde gozan muchos afortunados políticos, está otra en que multitud de seres gimen, ríen, hablan, amenazan y desligan de mil modos entre sufrimientos que comprimen el corazón y destrozaron el alma; aquella multitud de infelices no se dan cuenta de su terrible estado; no conocen a sus más queridos parientes, ni encuentran distracción en la lectura o en los trabajos mecánicos; más fuerte, más tenaz y desconsoladora la locura en la mujer que en el hombre. ¡Nada conmueve más que un hospital de locas!
Lo fundó un carpintero llamado José Sáyago, quien se dedicó, en compañía de su esposa, a recoger locas que vagaban por las calles; las llevaban a su casa, frente a la Iglesia de Jesús María, para cuidarlas y mantenerlas, encontrando celoso protector en el arzobispo Francisco Aguiar y Seijas, quien ayudó a Sáyago para el sustento de las enfermas y el pago de otra casa que se consiguió más extensa, frente al colegio de San Gregorio. Ningún recuerdo se hace del artesano Sáyago, de ese bienhechor que con su personal trabajo sostuvo por muchos años a las dementes que recogía de las calles; Sáyago fue uno de los varones designados por la Providencia para verdaderos héroes, porque sus obras los separan completamente de la pobre condición de los demás hombres.
En aquel sitio permaneció el hospicio hasta que en 1698, muerto el Arzobispo, quedó a cargo de la Congregación del Divino Salvador, la que compró un nuevo edificio y erigió allí el hospital por el año de 1700. Extinguida la Congregación al ser expatriados los jesuitas, pasó el patronato al gobierno; éste reformó la casa, le dio mayor amplitud al comenzar el siglo antepasado, gastando en la obra $50.000, con lo cual se logró que las enfermas quedaran cómodamente y muchas sanaron con el mejor sistema higiénico y la aplicación de buenos métodos curativos.
En 1824 un decreto declaró aquel establecimiento, hospital General; en el siguiente año se le concedió una lotería que subsistió hasta 1861, en que se desvincularon y tomaron los fondos que ascendían a $69.000, devueltos al hospital en 1863. El plantel también estuvo a cargo de las Hermanas de la Caridad y cuando fueron expulsadas pasó al Ayuntamiento y después a la Junta de Beneficencia. Muchos individuos cuya filantropía estuvo al nivel de su generosidad, contribuyeron para los gastos de aquella mansión de sufrimientos y dolores.
Los médicos encargados de cuidar la salud de las infelices dementes, han puesto de su parte escrupulosa atención, y uno de ellos, el señor Miguel Alvarado, introdujo grandes reformas, consagrándose al estudio arduo y difícil de la locura. Desde marzo de 1845 dispuso el gobierno que la administración del hospital del Divino Salvador fuera entregada a la sociedad de las Hermanas de la Caridad; ninguna constancia existe de si se verificó la entrega y hasta el 31 de octubre de 1855 se firmó un convenio entre el presbítero don Ramón Sanz, director de la Congregación de San Vicente de Paul, y los señores coronel don Pedro y turbia y don Domingo Pozo, como individuos de la Comisión directiva del hospital.
Hubo un registro que se lleva desde el año de 1876, en donde se pueden encontrar numerosos datos para el estudio de la locura en México; allí están algunos de los supuestos motivos que pueden haber determinado el extravío de la razón en cada enferma y el tratamiento que debe aplicarse en cada caso. Los accesos más frecuentes entre las locas se refieren a los afectos por la familia; presentándose casos de un desorden completo de las funciones intelectuales, manifestado por concepciones delirantes o incoherentes, en que no intervienen la memoria, ni la atención, ni la conciencia, ni el juicio; otras veces se exaltan los sentimientos más naturales, o se desvían o pierden completamente; pervirtiéndose los instintos, y el ejercicio de ciertas facultades sufre importantes turbaciones; pasan algunas dementes de la alegría al furor, de la risa las lágrimas sin que haya motivos aparentes, y por medio de los gestos, la voz y el lenguaje, atestiguan el desorden del espíritu; las dementes sufren a menudo alucinaciones e ilusiones de los sentidos; al locas por herencia, otras por lesiones en el cráneo y muchas en quienes la autopsia no ha revelado ninguna lesión en los centros nerviosos.
Las infelices locas manifiestan su mal por inquietud constante, mal humor, irritabilidad, tristes y repugnancia para las ocupaciones habituales; el dormir es agitado y están constantemente en el estado intermedio entre el sueño de la vigilia; hay otras en quienes la locura se declara por accesos de furor. Se procuró en el hospital estudiar a las dementes para convencerlas por medios inteligentes, despertando sentimientos que vayan en auxilio de la medicina; está proscrito el aislamiento absoluto y se procura llevar a las enfermas a las costumbres ordinarias de la vida; se guardan consideraciones a las jóvenes dedicadas y se emplea energía con las resueltas y bruscas; el tratamiento medical es muy variado, según los casos; se usan los purgantes, los antiespasmódicos, los revulsivos, el galvanismo y los baños fríos, de pies, tibios, de ducha y la aplicación de agua en otras formas.
El hospital del Divino Salvador es amplio, tiene salones bien ventilados, con mucha luz, limpios y alegres; hay dormitorios destinados para las tranquilas, para las niñas epilépticas, donde se ve una serie de pequeñas escamas; el dormitorio de las mujeres epilépticas, tiene pavimento pintado de rojo; también en el refectorio hay división de mesas para las tranquilas, las desafiadas, las epilépticas y demás, de manera que cada una pueda estar perfectamente atendida.
Las enfermas indigentes son admitidas presentando la rector una boleta que da el administrador, previa la certificación del facultativo. Hay distinguidas que pagan una pensión moderada.
El hospital tiene buenos baños, con las condiciones de presión y llaves indispensables. Reinan allí el orden y el aseo; pero no satisface las necesidades y las condiciones para un buen hospital de dementes. En febrero de 1877 pasó el hospital a la Junta de Beneficencia. Para el año de 1910 fueron trasladadas las enfermas al Manicomio General de la Castañeda, hospital fundado durante el gobierno de Porfirio Díaz para las celebraciones del Centenario de la Independencia de México.
El edificio que albergó el Hospital del Divino Salvador, actualmente es la Secretaría de Salud y el archivo histórico de la misma institución. Si deseas visitarlo, se encuentra ubicada en la Calle de Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

domingo, 10 de enero de 2016

La Planchada

Este relato es cortesía de uno de los médicos de un conocido hospital, en el centro de la ciudad.
Cuando llega la noche, los pabellones internos del hospital comienzan a vaciarse. Las visitas se van, desconsoladas algunas, otras resignadas y, tal vez por ahí, alguien sale con la esperanza de un amanecer con buenas noticias. Margarita es una compañera enfermera, muy eficiente. Ella y yo hemos coincidido algunas veces en las guardias nocturnas. La última jornada de guardias estuvimos en el pabellón del enfermo crítico y presenciamos algunos hechos sobrenaturales. Yo ya he escuchado historias de fantasmas y aparecidos, pero, sinceramente, me cuesta trabajo creer en esas cosas.
En el turno nos acompañaba Raquel, otra eficiente enfermera que ya tiene algo de tiempo en este turno y esta área. Ella estuvo asesorándonos en un principio, para conocer los movimientos y procedimientos del área. Una noche, mientras yo revisaba cada uno de los enfermos y las enfermeras esperaban el material de curación, Raquel me dice:
-Muy bien doctor, ya se está adaptando al área, ¿verdad?
-Creo que si-le contesté.
-Sólo esperemos que no haya sorpresas.
Pensé que había dicho eso por los enfermos críticos que estaban a nuestro cargo. Dejo entonces a Margarita y Raquel en la central de esterilización y me retiro a mi lugar, un tanto extrañado, pensando en las palabras de esta última, pues no comprendí lo que quiso decir.
La noche transcurre sin mayores contratiempos, todo parece en orden; una de las pacientes delicadas es la señora Mariana, a quien operan mañana temprano, así es que hay que estar muy pendientes de sus signos vitales y de que no deben darle alimento, pues podría complicarse la cirugía. En la sección de hombres sólo está don Gabriel, quien desde su llegada está en coma debido a un grave accidente, y lo único por hacer es esperar su deceso.
No sé explicar las sensaciones que tuve unos instantes después. Entró un viento helado y brumoso que me estremeció por completo. Cuando esto sucedió, me pareció ver salir a una enfermera de la sección de hombres.
-Qué extraño-  pensé yo, pues sólo son dos las enfermeras que están en guardia. Alcancé a ver su espalda, con un uniforme blanquísimo y la cofia muy bien cuidada. Seguí a la misteriosa enfermera hasta que dio vuelta en un pasillo. Al llegar ahí me doy cuenta con gran desconcierto de que el pasillo no tenía salida. La única puerta era la de una pequeña bodega donde se guardan las cosas de limpieza e intendencia.
Revisé todo el piso, pero no había nadie más. Pensé que tal vez solo había sido mi imaginación, o el cansancio de una pesada jornada.
Amanece, el pabellón se ve muy tranquilo y en paz, como casi todas las mañanas. Deseo con ansia poder ir a tomar un buen desayuno caliente y dirigirme a casa a descansar un rato. Recorro las habitaciones colectivas de mis pacientes para ver como amanecieron.
-Buenos días, don Alberto, ¿cómo durmió?
-Bien, doctor, muchas gracias.
-Buenos días, doña Lupe, ¿qué tal amaneció la herida?
-Creo que mejor, doctor, con decirle que ya ni la siento.
Una voz que no esperaba me hizo voltear de súbito.
-Y a mí, doctor, ¿no me pregunta?
Mi sorpresa era enorme, don Gabriel estaba despierto, se le veía muy bien y me hablaba con una gran sonrisa. Sinceramente, no esperaba siquiera que amaneciera, debido a su mal estado. Ahora, literalmente, había vuelto a la vida.
-¡Don Gabriel, es increíble su semblante!, A ver déjeme revisar cómo están sus signos vitales… Está usted de maravilla, no pensé que mejorará tan pronto.
-Anoche abrí los ojos, sintiéndome muy mal, casi deseando morir… pero la enfermera que tan amablemente me atendió me dieron medicamento que me hizo sentir mucho mejor. Ella no se separó de mí, ni un momento.
Su respuesta me extraño, ya que Margarita y Raquel no estaban en las mismas habitaciones durante esa noche. Pensé fugazmente en la misteriosa enfermera que vi, pero justo en ese momento entró Margarita y me sacó de mis profundas cavilaciones.
-Perdone que interrumpa, doctor, pero ya vienen por la paciente de la cama ocho. La van a operar ya.
-Ah, sí, es la señora Mariana, veamos como está, y vaya preparándola.
Rápidamente nos dirigimos al otra sala del pabellón y entre a la habitación.
-Buenos días, doña Mariana, ¿ya está lista? Ya vienen por usted para prepararla para operarla. ¿Cómo se siente?
-¿Pues como quiere que me sienta, doctor? Muy mal… Ya estoy harta de estar aquí encerrada y que no me dejen comer nada… Pero eso sí, cuando salga de aquí voy a comer y hacer lo que se me dé la gana.
Sinceramente, me molestó la actitud con la que la señora me contestó. Sin embargo, comprendo que hay pacientes que suelen comportarse de esa manera, debido a la situación de salud bajo la que se hallan.
-Ya verá, doña Mariana, que después de la operación se sentía mucho mejor.
-Que voy a sentirme mejor, ni que nada… Aquí sufre uno más… Lo mismo le dije a la enfermera que me visitó anoche.
Yo sabía que no había recibido ninguna visita, pero ya no quise decir nada más serte por dejar a la señora con las enfermeras para que la prepararán en la llevarán a cirugía. Justo cuando salía de la habitación, Margarita se acercó y me dijo:
-Oiga, doctor… ¿Hubo algún cambio extraño sus pacientes esta noche?
-Pues sí… Sobre todo con don Gabriel, quien se recupera extraordinariamente. Pero creo que sólo fue él.
-Es que dice Raquel que anoche anduvo por aquí la planchada.
-¿Qué es eso de la planchada?
-No se vaya asustar, doctor, pero dice Raquel que en este pabellón suceden cosas que uno no se explica. Dice que a veces se va la luz, se apagan y encienden sólo los aparatos, en otras ocasiones, sin motivo se formó una nube helada, que recorre los pasillos. Entonces un paciente muy mejorados se agrava y se muere en un instante. O tal vez algún enfermito. De expirar, en una noche mejora sorprendentemente.
Me quedé de una pieza escuchando lo que Margarita me decía. Yo generalmente no creo en este tipo de cosas, pero pensé en todo lo que había sucedido.
-Margarita tiene razón, doctor-intervino Raquel-. Aquí a veces pasan cosas que nadie puede creer, pero a todas ya nos ha tocado ver con estos propios ojos. Todos los sucesos extraños de este tipo son obra de la planchada.
-¿Quién es?- Preguntó de nuevo. Raquel me contó una historia que aún me es difícil creer.
-Es el fantasma de una enfermera que trabajó en este hospital hace muchos años. Dicen que era muy mal enfermera, inclusive, que era perversa. Se cuenta que les daba medicamentos contraindicados a los pacientes y todos se le morían, pero antes de matarlo les robaba, y con el dinero que obtenía de sus hurtos, se compraba ropa nueva. Dicen que usaba batas y cofias muy elegantes, andaba siempre muy limpia y bien almidonada, pararse siempre correcta, por eso, cuando aún vivía, todos le decían planchada.
Un buen día, finalmente alguien descubrió sus reprobables acciones y dieron parte a la policía. Cuando vinieron por ella para llevarlo a la cárcel, se encerró en un baño, donde tomó una serie de medicamentos tóxicos que daba a los enfermos. Cuando al fin pudieron entrar al lugar donde estaba oculta, la encontraron muerta; su rostro tenía una mueca terrible, como si lo hubieran torturado de formas inimaginables antes de morir.
Desde ese fatídico día, su fantasma se aparece por los pasillos de este pabellón. Sólo que ahora es un alma justiciera, pues ha salvado a muchos pacientes desahuciados, pero también, para su mala fortuna, mata otros que se ven muy mejorados o que parecen a punto de aliviarse. Si se busca un poco en el pasado de los enfermos que mueren, se pueden encontrar malas acciones, que son castigadas por esta fantasmal enfermera. En los pacientes que se mejoran, se saben buenas obras y antecedentes de una buena calidad de vida. Aunque es un alma que no descansa en paz, parece que la planchada cambió su comportamiento quizá como una condena que purga desde el más allá.
Margarita y yo no sabíamos qué decir a lo que Raquel nos había contado. Comencé a contarles lo que yo había visto esa noche.
-Es muy curioso, pero anoche, después de que platicamos, me fui a la oficina, y advertí que una niebla entró al hospital. Al pasar junto a mí, sentí un intenso frío que me hizo estremecer. De pronto, pude ver una figura vestida de enfermera que entraba y salía de los cuartos. Corrí a alcanzarla para pedir una explicación de su presencia, pero no la encontré. Por otra parte, don Gabriel estaba en coma y coma así como así, amaneció restablecido. Hasta me saludó y menciona con enfermera muy amable le había dado un medicamento que le hizo sentir mejor de inmediato.
-Oiga… ¿y no sucedieron cosas nefastas? - Preguntó Margarita.
-Pues no, nada más el caso de don Gabriel; los demás están estables, como los pueden ver. Solo la señora Mariana no está aquí. Se fue a cirugía hace un ratito.
-Esperemos que no le pase nada- dijo Raquel.
-¿Preguntamos al quirófano si no ha habido algún imprevisto?
-Sí, estén al tanto. Vayan a desayunar algo y yo me iré hasta tener noticias. No tardo.
-Sí, doctor. Buen provecho.
Caminé por los pasillos del hospital, hasta bajar y salir al jardín. Pasé gran parte de la mañana pensando en lo sucedido. A manera de charla trivial pregunté a algunos colegas médicos a cerca de las historias de la planchada. Mucha gente me dio versiones muy similares a lo que Raquel contó.
-Sólo son historias que se cuentan por ahí, para no aburrirse- me dijo un camillero.
Después de un buen rato en la cafetería, decidí subir de nuevo a ver cómo iban las cosas. Al llegar, Margarita me esperaba con noticias muy malas.
-Doctor, hablaron del quirófano a la dirección del hospital. ¿Sabe qué pasó? Doña Mariana falleció en la plancha; no soportó la cirugía.
Sentí un sobresalto. Sé que la señora no me pareció agradable por su forma de comportarse, pero nunca pensaría que se merecía morir. De pronto, la directora del hospital se acercó con un hombre que tenía apariencia amable. Traía consigo un portafolio.
-Buenos días, doctor, le presentó al Licenciado Ruiz, representa a la familia de doña Mariana.
-Mucho gusto, licenciado. Sabe que la señora Mariana fallece esta mañana, ¿verdad?
-Así es, doctor, a decir verdad, ya lo esperaba su familia.
-Si Licenciado, se sabía que la cirugía riesgosa, pero nunca es agradable saber que alguien no sobrevive.
-En este caso, como usted ve, ni siquiera los familiares de la finada desean hacer trámites. Doña Mariana fue un vida una mujer muy nefasta. Inclusive ocasionó problemas legales a la familia. Estuvo involucrada en fraudes y otras cosas.
El abogado lee con detenimiento algunos papeles que después me muestra, explicando algunos trámites a realizar. La directora del hospital también habla con él, mientras yo, perplejo por los hechos, estaba ahí sin escuchar realmente lo que se decía. Comencé a pensar seriamente que todo esto era hora de la planchada.
Margarita también estaba a mi lado, muy sorprendida por todo lo que había pasado. Me despedí de ella y entonces sí, fui a descansar a casa.
No supe qué pensar en aquel momento. Cada día mueren y se salvan cientos de pacientes en todos los hospitales del país, pero nunca había sentido todo lo que aquella noche sucedió.

Después de aquel incidente, me di a la tarea de investigar a fondo, en los archivos del hospital, acerca de cualquier antecedente sobre aquella mencionada enfermera que mataba sus pacientes. Efectivamente, encontré los datos expediente de ella. Se había existido en la versión que Raquel contó era totalmente cierta. De hecho, había algunas fotografías, que pude ver y, para mi sorpresa, comprobar que era la mujer que vi esa noche; me convencí de que yo había visto la planchada.

domingo, 3 de enero de 2016

Convento del señor de San Lorenzo



Su fundación se encuentra documentada en 1598, pero la iglesia y el convento de San Lorenzo fueron construidos hasta finales del siglo XVII. Esto fue posible gracias a las donaciones de don Juan de Chavarría y Valero y su mujer, doña María Saldívar Mendoza. La iglesia fue dedicada en 1650. Según varios historiadores existe un rarísimo folleto de Ignacio de Santa Cruz Aldana, impreso por los herederos de Juan Ruíz en 1676, que se refiere a la “feliz renovación de la iglesia y convento del señor San Lorenzo de ésta Corte”.
En éste folleto se da santo y seña de los retablos que hubo en ese año de la “feliz renovación”: el de San Lorenzo (el mayor), que fue sustituido por otro de Manuel de Nava en 1710, destruido en el siglo XIX; el de Santa Rosa de Lima; el del Prendimiento; el del Ecce Hommo; el de la Presentación; el de Guadalupe; y el de San Jerónimo. El monumento de Jueves Santo fue obra de Manuel de Velazco, quien lo contrató en 1682; fue costeado por Juan de Chavarría y Valero; del cual existe un dibujo de su desaparecido sepulcro en la mima iglesia; la reproducción fue hecha por Manuel Toussainy. De los retablos y decoración no queda ni rastro, pues fueron destruidos en el siglo XIX.
La iglesia fue empezada a construir en 1643 por Juan Gómez de Trasmonte y Juan Serrano.
Manuel Francisco de Álvarez transformó el antiguo convento en Escuela de Artes y Oficios. Luego sirvió de cuartel, y del edifico actualmente solo se conserva algunos muros antiguos; la iglesia se salvó y fue modernizado su interior por Ertze Garamendi.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Anecdotario político del ayer

Desde la época de Colonia han existido esta clase de burlas hacia las figuras relacionadas con la política, con la diferencia de que antes se hacían de manera clandestina, pues esto acto se consideraba un delito.
A continuación se citan algunas burlas que en distintas épocas, siempre han sido hechas hacía los aspirantes al poder. ¡Que las disfruten!

VIRREY DON MIGUEL LA GRÚA TALAMANCA, MARQUÉS DE BRANCIFORTE
Fue despedido por el pueblo con este pasquín, que refleja el odio que atizó la conducta servil del adulador del Príncipe de la Paz y del Rey Carlos IV.

Aunque el mismo infierno aborte,
Escogido, un condenado,
no podrá ser tan malvado
que te iguale, Branciforte.

Esperamos que en la Corte
lo que mereces te den,
y a Valenzuela también;
interim de tu partida
y de Aranza tu venida,
te damos el parabién.
Sal ya de San Juan de Ulúa,
Talamanca y Ungues fortes,
y por aquí más no aportes,
infamíssimo la Grúa.

Ladrones hay con ganzúa,
con sogas y con escalas,
con puñales y con balas…
¿alguno te ha competido?
¡no! Que ninguno ha tenido
(tu sí) de Godoy las alas.

DE SANTA – ANNA Y SATANÁS SON DE UNA MISMA OPINIÓN


De Santa – Anna y Santanás
son de una misma opinión,
uno azote del infierno
y el otro de la nación.

Muy parecido a Luzbel
es Santa – Ann en su aventura,
éste por fatal criatura,
por ángel soberbio aquel:
a uno venció San Miguel
por soberbio y pertinaz,
y este déspota y audaz
descendió por su imprudencia:
y así es que no hay diferencia
de Santa – Anna a Satanás.

Quiso Santa – Anna imprudente
su gran solio colocar,
en el más alto lugar
más sublime y eminente:
¿Qué más que ser Presidente
de toda esta gran Nación?
más lo arrastró su ambición
a querer ser absoluto,
él y el demonio en lo astuto
son de una misma opinión.

Con sus ardides Santa – Anna
subió sin ningún trabajo:
y luego de un escobazo
cayó como telaraña;
ya la nación mexicana
desconoció su gobierno,
que se vaya ahora al averno,
si aún quiere tener mando,
porque allí lo estará esperando
uno, azote del infierno.

Los dos para descender
un mismo origen tuvieron,
porque ambos ser más quisieron
que el mismo que les dio el ser
a ambos los vino a perder
la soberbia y la traición,
y así son, en conclusión,
de un mismo modo los dos,
un enemigo de Dios
y el otro de la nación.

PAN, PRI Y CIRCO
Inolvidable por borrascosa y divertida fue la sesión de la Cámara de Diputados del 21 de agosto de 1979; y sobre todo animada por el bombardeo de insultos  que entre sí se lanzaron  varios legisladores de los partidos políticos allí representados.
Roberto Blanco Moheno – tildado por otros diputados de corrupto, mercader del anticomunismo, ladrón, calumniador y chantajista –, al subir a la tribuna para contraatacar, dijo:
 –Les confieso que he estado muy nervioso, pero no por miedo a esos señoritos – afirmó a la vez que señalaba a los comunistas – que se parecen al pájaro de las pampas que se llama chingolo – y me perdonan pero así se llama –, que canta en algún lugar pero los huevos los tiene en otro continente.
De los palcos brotaron gritos de “cerdo”, “ladrón”, “reaccionario”, a los que Blanco Moheno respondió también con injurias.
Federico Ling, de Acción Nacional, ocupó la tribuna para  impugnar a Blanco Moheno, al que reprochó no haber efectuado campaña política, alardeando de tener ya el voto del Presidente de la República.
Y expresó:
– ¿Cómo podía Blanco Moheno hacer campaña política, si no tenía tiempo, pues estaba escribiendo su vigésimo tercer libro sobre la corrupción, que sin duda debe contener elementos autobiográficos?
Po su parte, Humberto Pliego, del Partido Popular Socialista, definió a Blanco Moheno como un chaquetero que según conveniencia cambia de trinchera, y que llegó a la Cámara apoyado por el PRI, pese a haber sido un enemigo del Congreso y del partido oficial.
Y en la andada de recriminaciones, Gerardo  Urzeta, del Partido Comunista Mexicano, manifestó:
– Quiero decirle a Roberto Blanco Moheno que los señoritos de la izquierda a quienes él se ha referido, son gente que ha pasado por la cárcel, por la represión, esa represión que Blanco Moheno ha apoyado, esa represión que él ha justificado; y que de ninguna manera tienen los huevos en otra parte, sino precisamente en México.
Y añadió:
– Sería bueno que Blanco Moheno se comprara un espejo de cuerpo entero, para que pueda ver que en todo caso el chingolo es el.
Unzeta leyó después unos párrafos de las memorias de Lázaro Cárdenas, en los que el general denuncia y previene sobre la corrupción del Blanco Moheno.
Cuando Roberto Blanco Moheno volvió a subir a la tribuna, acusó al hijo de Cárdenas, Cuauhtémoc, de haber alterado las memorias de don Lázaro. Y expresó:
– Nadie le ha cantado más a Cárdenas que yo. Nadie. Pero desde que conocí a su familia, soy lazarista, no cardenista. No tengo la culpa de que los grandes hombres suelan tener moralmente enanos por familiares.
Los palcos eran un manicomio. Adversarios y partidarios de Blanco Moheno gritaban improperios contra éste o contra sus impugnadores.
El escándalo llegó al clímax cuando Lázaro Rubio Félix, del PPS, dijo:
– El caso de Blanco Moheno no es un caso político, sino un caso clínico, de psiquiatría.
Un  grupo de esas personas que concurren a los palcos para oír a los diputados y echarles porras a sus favoritos, comentaba la sesión a la salida de la Cámara. Una de ellas afirmó:
– Hace mucho que no me divertía tanto. Hoy estuvo buena como pocas veces la función del circo.


LA ACTUALIDAD

Hoy en día las burlas hacia los políticos se han trasladado a medios como la televisión y el internet, como Política Cero en el canal de Milenio; La Isla Presidencial y  El Planeta de los Monos en internet, donde  a través de una caricatura cargada de ingenio y picardía, nos muestra la actualidad política.
También podemos ver los debates de los candidatos a diferentes puestos populares, junto con sus posteriores mesas redondas en las diferentes televisoras, según el gusta y afiliación política de cada quien. Opciones para informarnos hay muchas, solo debemos escoger la que más nos guste y acomode.