domingo, 24 de julio de 2016

La monja y la decapitada (Sucedió en las calles del Apartado, hoy Corregidora)

¿Quién es esa monja de la voz doliente que gime por los patios conventuales? ¿Quién es el espectro a quien persigue sin lograr darle la paz? ¡Son la monja y la decapitada! Reza esta conseja colonial del siglo XVII. Sabor colonial y misterioso el de esta casa de los condes de Villaverde, que se levantaba en donde hoy es la plazuela Aquiles Serdán. En su frontispicio, fueron quedando grabados los escudos condales de las rancias familias que la habitaron, en sus hornacinas, los santos que fueron de la devoción de los linajudos barrios, Quesadas y los López, de Peralta y Villar y Villamil. Famosa fue la casa que quedaba frente al “Colegio de las Bonitas”, hoy escuela de la Corregidora, porque en ella vivió la “Güera” Rodríguez.
En la época en que ocurrieron estos hechos, habitaron la casona don Genaro García de Villanueva y su esposa, la condesa doña Mariana de Pedroza; casados por conveniencias familiares, y de índole económica, don Genaro y doña Mariana casi eran niños cuando se desposaron. Se dijo que el conde no amaba a la condesa, y que ella lo amo con locura, y todos los días ella le pedía a la virgen por su amado conde para que nunca se alejara de su lado. Nunca, hasta que vio acercarse a la madurez, la condesa temía tanto perder el cariño del conde.
En casi toda la colonia era sabido que el conde sostuvo amoríos con una joven y bella mujer llamada Juana de Armendáriz, que vivía en la calle del Apartado, después de la Moneda. Era costumbre del maduro galán, el despedirse de la amante no bien amanecía. Como desde hacía varios meses, al llegar a su casa el conde se encontró con la misma escena: su esposa lo aguardaba en vela. La condesa no hizo dramáticas escenas al marido, pero cada día, cada noche, sentía que los celos y el rencor corroían más su corazón.
Al fin, después de semanas y semanas de noches de lloros y de angustias, la condesa decide actuar contratando a alguien para que averiguara el nombre de aquella mujer y en donde vivía. Días después, con los datos que comprara, la condesa se dirigió a la casa de la amante de su esposo. Si ningún plan de violencia; además sentía a veces temor de enfrentarse esa mujer y en muchas ocasiones trato de desistir de aquella empresa. Más los celos y su orgullo herido, le daban fuerzas, sabía que Juana estaba sola, según le informara el espía que ella pagara.
Su mano trémula levanta el pesado aldabón y al fin, después de una pausa, lo dejó caer varias veces… Las dos mujeres comenzaron a discutir muy acaloradamente, hasta que la condesa cansada de escuchar las ofensas de Juana y sorda por la ira y la desesperación, sacó un puñal y lo tiro hacia el pecho de su odiada rival, más quiso el destino que la punta pegara sobre un medallón y quebróse la hoja sin cumplir su trágica misión. Al ver aquello, Juana se llena de soberbia y se burla de la condesa diciéndole que era una anciana y una vieja decrépita; loca, ciega de ira, doña Mariana reparo en una espada que se encontraba colgada en la pared y la cogió decidida, y acto seguido lanzó furioso, diabólico mandoble contra aquella mujer que sea burlándose. Fue tan tremendo el golpe, llevaba tanta furia, que la filosa espada degolló a la mujer.
Durante unos minutos, la condesa permaneció muda ante aquel cuadro macabro, sangriento y espantoso, después, sus ojos se hicieron enormes; su mente se dislocó y presa de una enajenación comenzó a reír y creyó oír como la cabeza se burlaba de ella. Fuera de sí, furiosa, impulsada por el diablo, doña Mariana pateó la cabeza de su víctima. Pero poseída de esa locura que suele invadir a los criminales, siguió oyendo a la cabeza burlarse de ella, trató de cubrirla pero todo fue inútil. Siguieron unos momentos espantosa confusión, en que pareció que la condesa vencía al fin y a veces, que aquella cabeza se defendía, y al fin vencida por sus nervios, por no poder resistir aquella emoción terrible, la mujer se desmayó. Más quiso la suerte que despertará antes de la hora en que llegaría el conde según le informaron, y al ver la sangre se da cuenta del crimen que acaba de cometer; entonces aprovechando la ausencia del conde quema las ropas manchadas de sangre. Ordenó al cochero que enganchara el tiro de caballos y aprovechando la oscuridad de la noche, se alejó de la ciudad.
Horas después llegó a su casa de campo, situada en lo que hoy es calle del Doctor Garciadiego, colonia de los Doctores, y ordenó a los criados que si preguntaban, dijeran que ella llegó desde el día anterior por la tarde.
Al día siguiente, la colonia se espantó al saber la noticia de la muerte de doña Juana de Armendáriz. Ante aquel espantoso crimen, el Santo Oficio decide investigar a fondo, al final de cuentas, por orden del virrey, por lo que se le pide a la condesa regresar a su casa de la calle de Villamil, en donde le interrogaron, pues todo apuntaba a que ella era la asesina. Los investigadores del Santo Oficio se retiraron ante la insistencia de la condesa de sostener su inocencia.
En el interior de la casa de los condes, la candente acusación brotó de labios del dolido esposo, pero la cara impasible, fría de la condesa, no reveló sino un rictus de burla en la comisura de sus labios. Huyendo de la maledicencia popular y de la continua acusación del conde, la mujer regresa esconderse a su casa de campo, afuera de la traza, esa misma noche; de pronto, los caballos relincharon espantados, se encabritaron y se negaron a seguir. ¡Hacia delante había algo que les causaba miedo! Presa de terror, la condesa se dio cuenta que apareció ante ella el espectro de Juana sin cabeza, el cual extiende sus manos en actitud de imploración hacia aquella que le había dado muerte, y cuanto más se acercaba aquel fantasma decapitado, creció el pavor de la mujer. Logró al fin la condesa eludir aquella aparición y fustigó a los caballos huyendo del lugar a toda carrera.
Al día siguiente, la condesa trató inútil y desesperadamente de recordar en donde pudo esconder la cabeza de Juana de Armendáriz, pero si ella trataba de recordarlo durante el día, por la noche alguien llegaba a refrescarle la memoria: el espectro de Juana que imploraba ante el balcón. Noche a noche la condesa escuchaba el macabro arrastrar de aquellos pies y sentía que le tocaban esas manos suplicantes; al mismo tiempo, el conde agobiado por el dolor de la muerte de su amante, se ahoga en vino, y como el vino no lograba aminorar su pena, decidió poner fin a todo escándalo y se ahorcó.
Temerosa y transida de dolor por la muerte del esposo, la condesa decidió refugiarse en un convento y llevando una cuantiosa dote, ingresó como novicia en el convento de las Carmelitas Descalzas, que se localiza, aún en nuestros días, junto a la iglesia del cerrito en la Villa. La mujer cayó el secreto que la atormentaba, mientras pedía a Dios la iluminación para encontrar la cabeza de Juana de Armendáriz, porque el espectro le imploraba y la seguí hasta el convento y la llamaba noche a noche. Era ya un tormento horrible aquel arrastrar de pies hasta cerca del ventanillo de su celda. Y es tanta la frecuencia con que se apareció el espectro, que varias monjas pudieron verle.
La noche del 14 de octubre de 1689, la condesa sufrió un intempestivo ataque, cayendo presa de estertores delirantes, se levantó como una sonámbula, y con la astucia que suele ayudar en estos casos, salió a la calle por la puerta de la capilla, y sin que nadie la vea, continuó hacia la calle repitiendo: “¡ya la veo… Ya la veo… Si… Al fin sé en dónde está”. Rascando con sus propias manos, hizo un hoyo en un solar baldío, y después de excavar con febriles movimientos, extrajo la cabeza descarnada de Juana de Armendáriz, a la que la luna ilumina en forma espantosa.
Con aquella cosa horripilante, volvió por sus pasos tomando la misma calle de Medicinas; mientras tanto, la hermana Refugio de Carabantes, que parecía disentería, salió al patio descubriendo la puerta interior de la capilla abierta, e inmediatamente da noticia de ello. Con gran estupor las monjas viejas comprobaron que lo dicho por la hermana Refugio era verdad, por lo que se convocó a una reunión urgente para ver si alguna de las novicias se había escapado; aún no se cumplía la orden, cuando la portera descubrió algo en el interior de la capilla: una novicia venía entrando con una cabeza humana en las manos. Doña Mariana, presa de una extraña hipnosis, extendió hacia las monjas la cabeza de doña Juana de Armendáriz, y cuando presas del terror no la recibieron, la condesa la dejó caer para ella misma dar sobre el suelo, desmayada.
Fray Juan Manuel de Pazos se hizo cargo al día siguiente del despojo humano, al que dio sepultura junto con su cuerpo, en el cementerio en donde fuera enterrada la mujer por su amante conde.
Y cuenta esta leyenda que jamás volvió a merodear por el convento, ni las calles de la capital de la Nueva España, aquel espectro sin cabeza. ¿Más, que fue de la condesa-novicia después que hubo entregado aquel despojo? Se  supo muy muy poco al respecto, pero se dice que reveló el secreto que agobiaba su alma. Los anales conventuales son secretos, más se dijo en ese tiempo que la condesa fue despojada del hábito de novicia, pues con el pecado que traía cuestas no le permitieron profesar. Su cuerpo fue cubierto con una saya gris de penitente, se le mantuvo encerrada en una celda.
La leyenda termina aquí. ¡Nunca se supo que fue de ella! Ni cómo ni cuándo, la noche del asesinato oculto la cabeza de su rival. ¿Cómo explicárselo del fantasma decapitado?, lo de la cabeza. ¿Demencia de la condesa o castigo divino?… Ustedes dirán

domingo, 17 de julio de 2016

Sin morir estaba muerto (Calle Segunda de República de Bolivia)

No le importaba a don Gonzalo que fuesen bonitas que fuesen feas. Don Gonzalo Venegas de Quesada era ecléctico en la elección; le gustaban todas las mujeres, absolutamente todas, sin preferencias. Pero de ninguna mujer se enamoraba, sino que únicamente tenía el obstinado capricho por ella hasta que satisfacía sus malos deseos, y luego, abandonada dejábala y se iba a otra con exaltado incansable, sin apagar nunca sus ansias quemantes.
Era un ejercicio singular andar robando corazones y ensuciando virginidades. ¡Maldito hombre éste! A su voluntad había encadenado muchas voluntades. Detrás de sí no dejaba el mal caballero, a los largo de toda su vida, sino desesperaciones, lágrimas y arrepentimientos, que fueron a refugiarse muchas veces en los conventos para esperar allí el perdón por sus pecados de amor.
¡Qué vida esa de don Gonzalo! Dedicada toda ella, por entero, a menoscabar honras, a derribar la entereza de las vírgenes. Su vida siempre estaba cautiva en los lazos de la concupiscencia más abyecta, salpicando de verano las flores de las virtudes. Su gozo era inquietar doncellas, manchándoles los candores de su pureza. Envenenaba el sagrario de la conciencia si  el menor remordimiento, todo risas, con suavidad melosa en sus palabras, con las que sabía derretir negativas.
El pérfido y ruin don Gonzalo Venegas de Quesada. Todas las maldades resplandecían en el fondo de sus ojos verdes. Era un enamorador de oficio, hidrópico de deseos; el diablo lo guiaba hábilmente en su camino de perdición; estaba Belcebú declarado en favor suyo y le allanaba con toda delicia cualquier dificultad para que alcanzara la flor del placer, para que su pasión gozase satisfecha. No le bastaba todo el corazón para la plenitud de su gozo. Por un solo deleite daba años de vida don Gonzalo.
Pasaba sus días en sones, bailes y danzas, bañándose como en agua rosada en sus vicios. Navegaba como por un mar de dulzor, era un Aranjuez de todos gustos. Vivía éste hombre prosperado y abastado de riquezas, pues que siempre le corrió buena dicha; pero eso sí, no daba paso sin pecar, no hacía cosa buena nunca, no había torpeza que no ejecutara y con escándalo siempre; este marco del escándalo lo ponía, alegre, a sus hechos. Estaba oscurecido en abominaciones y por eso tenía el alma sucia como un corral de vacas. A juzgar por lo que hacía, parece que se declaró por enemigo de Dios, desatendiendo todas sus santas leyes; iba totalmente contra la razón pues siempre tuvo malas intenciones y peores obras y se deslizaba contantemente en perversos deleites y superfluidades. No era don Gonzalo Venegas de Quesada sino una mala bestia como un serón de estiércol a cuestas; un muladar cubierto de nieve.
Con padres, con maridos, con hermanos de las desdichadas seducidas, que lo llamaban a disputa, tuvo desafíos frecuentes y siempre salió victorioso, pues era hábil y artero esgrimidor. Con mañosa habilidad se ponía en armas contra cualquiera, y sólo una que otra vez le pasó muy de cerca la muerte en la punta de una espada, en la bala de un pistolete; pero, gallardo, salaz y feliz, seguía en sus constantes conquistas sin importarle el decoro de ninguna mujer, ni tampoco el hombre que se interpusiera, pues buenos medios tenía don Gonzalo para deshacerse de él.
Por todo esto era el terror contante de la pacífica ciudad. Y lo que se contaba de este caballero no tenía fin, y aun sus cosas se hacían mayores al ir de labio en labio, aumentándole la fama siniestra. A todos los corazones puros, ingenuos, los llenaba de miedos y espantos. Atemorizaba como visión de infierno. Apenas ponía el verde maléfico de sus ojos encima de una doncella, la pobre criatura sentíase toda frágil y desvalida y su ingenuidad candorosa no podía oponer ninguna resistencia a aquella atracción mala, irresistible.
Para conquistar la gratitud de una dama que lo desdeñaba, pagó bien al cochero, a fin de que desbocase a las mulas del coche, y él partió en su ligero caballo cuatralbo a darle alcance al carruaje y sacó en sus brazos desmayada a la desdichada señora cuyo marido, lleno de agradecimiento, lo llevó a su casa hidalga para regalarlo espléndidamente por el bien que le había hecho de salvarle a la esposa. El cándido, el buen señor, no supo lo que hizo al meter al gavilán en el palomar; porque son Gonzalo, con su terrible habilidad, le robó pronto a la mujer y al poco tiempo se la devolvió como cosa inútil.
Se enamoró de la hija de don Donato Pérez Beleña, cirujano que era del Hospital Real de Indios, en donde tenía habitación, y el 19 de enero de 1722, después de que se representó la pieza Las piezas de Jerusalén o Desagravios de Cristo en el teatro que había en esa enorme casa y el que alquilaban los hipólitos para con sus productos sostener la benéfica institución que tenían encomendada a sus cuidado, después de esa comedia, no se supo de qué medios se sirvió el tal don Gonzalo, el caso es que ardió el coliseo y parte del hospital, y luego se presentó, decidido y valeroso, a salvar a la muchacha en quién había puesto sus pensamientos pérfidos, y tras de arrodillarse muy beato frente el Santísimo Sacramento que entre cánticos llevaron los padres agustinos ante el formidable incendio para que los extinguiera, se lanzó decidido, entre las llamas y sacó en brazos a la damisela, que a poco fue una de sus desventuradas víctimas, pues en el tumulto de la quemazón se la llevó a donde él sólo sabía.
También en un lujoso paseo que en el lago de Texcoco ofrecían a sus amigos unos ricos señores, barrenó la canoa en la que iba una cierta dama a quién cortejaba, y como procuró que la frágil embarcación estuviese aislada cuando el agua la invadió, hizo el simulacro de un arriesgado salvamento, con gran derroche de valor, lo que ya le valió lo que él quería: el favor de la señora, y aprovechó su agradecimiento de  manera perversa el diabólico de don Gonzalo. Sabía fingir oportunos desmayos para caer en un tibio regazo de mujer y darle así largo gusto al tacto.
La ciudad estaba indignada contra él, llena de furor por una gran villanía que cometió. Don Gonzalo Venegas de Quesada no sabía hacer sino cosas indignas. Se andaba bebiendo los vientos tras la gracia inocente y pueril de la hija de los ricos señores Torregrosa, pero era desdeñado de la frágil doncella, Matilde, de tersos ojos azules. Para vengarse de que se resistiera a sus malos deseos, dio una fuerte suma de dinero a la lavandera de la casa por toda la ropa sucia que estaba encargada, y el muy bellaco la fue a tender en los balcones y ventanas de sus morada con un rótulo cada pieza que decía a quién pertenecía, si al grave de don Anastasio, si a su mujer doña Susana, o si a Matilde, la de ojos ensoñadores, o bien a su tía, la gruñona y repolluda doña Filomena. Además cada prenda tenía alguna explicación adecuada y terrible para aclarar algo que en ella se miraba.
Gran muchedumbre había ante la casa de don Gonzalo, en contemplación de aquellas ropas sucias, leyendo las chocarreras explicaciones que tenían. Airadísima estaba toda la gente en México por aquella acción indigna; pero ansiosa iba a fisgonear y a leer aquellos letreros que, muy en secreto, se confesaba, con íntima complacencia, que eran chistosos.
Fueron mandados alguaciles a retirar aquellas ropas, y don Gonzalo los dejó entrar a la casa, sin resistencia alguna;  pero en el patio se les echaron encima los numerosos criados, juntos con muchos hampones pagados para el caso, y les dieron una gentil tunda, tremenda, horrorosa paliza, y a las ocho que fueron los echaron luego, uno tras otro, a la calle por los balcones, y al que con la caída no se le rompieron las piernas , se le quebró un brazo o ambos, o se le rajó el cráneo, o se le estropeó el costillaje de modo lamentable o se le hizo trizas la nariz. Quedaron los desgraciados alguaciles hechos un desastre por las graves consecuencias de las caídas, empeoradas éstas con la rociada de leña que antes habían recibido, muy a disgusto suyo. Más subió el indignado enojo de la ciudad por este proceder de don Gonzalo.
Pero como temió el bárbaro señor que fuese más fuerza a aprehenderlo, pues no era tan sandio para darle coces al aguijón, se retiró a los secreto y escindido de la casa de un fulero, su amigacho, mientras que se ponía a derramar plata y oro para comprar la impunidad, torciendo el rigor de la ley. Pronto, con esos medios, volvería a salir a la calle, no sólo perdonado de sus delitos, sino hasta con disculpas y exquisitas satisfacciones  por haber cometido con él el imperdonable error de perseguirlo por una cosa tan insignificante, tan baladí; tal vez hasta se lamentara no haberle dado un buen premio. El necesitaba salir a la calle porque tenía ya entre ceja y ceja el sabroso antojo de una sobrina del prebendado Castorena y Sánchez.
Una noche se echó a la calle don Gonzalo Venegas. Solitaria, en gran quietud, estaba la del Relox, por la que iba muy envuelto en su capa. De pronto salió de la Perpetua una dama; don Gonzalo pensó en el acto que sería una de las del cinturón dorado. Blanco y vaporoso era su traje, pero la espesa neblina negra de un velo le cubría el rostro. Acelerada iba la dama; ágil, airoso era su andar; dejaba tras de sí una estela de perfume suavísimo.
Don Gonzalo apresuró el paso y ella volvía de cuando en vez la cabeza, como para invitarlo a que la siguiese. Sonreía satisfecho el caballero; fácil era la conquista. ¿Qué importaba que fuera loca de su cuerpo, fácil moza de partido, de las de casa llana y venta común, o dama de recato, de alta alcurnia? Una calle, otra más y varias, hasta llegar a la calle de Arcinas (hoy República de Bolivia). Ya le iba a dar alcance don Gonzalo cuando ella se lo esquivó, empujando una puerta que cedió en el acto a la ligera presión de su mano enguantada, y se fue veloz por el zaguán en sombra, sonando el leve cascabel de una risa, como  respondiéndole a la voz buena de la fuente que estaba adormeciendo a un ciprés que ya cabeceaba de sueño en medio del patio ancho, con columnas.
Don Gonzalo la siguió gozoso; la casa estaba envuelta en un gran silencio; sólo el agua que fluía mansa lo turbaba melodiosamente. La dama subió la escalera, don Gonzalo tras ella. Cruzó rápido el corredor y ya casi re rozaba don Gonzalo la vestidura blanca y olorosa, y hasta la iba a tomar por un brazo, cuando entró ella por una puerta de talladas jambas en un pasillo estrecho, resonante, al final del cual se veían unas luces. Penetraron en una habitación. En el centro de la desmantelada estancia estaba en el piso un gran paño negro y sobre él tendido un ataúd con un difunto tendido con cuatro cirios, no en blandones, sino pegados en el suelo. Junto al féretro se hallaban de rodillas un caballero y una dama, enlutado él, con amplio manto ella.
La señora fugitiva se arrodilló también y le puso al cadáver un beso leve en las manos descoloridas que tenía cruzadas. Se alzó y se fue ágil, ligera, a la hitación contigua, cuya puerta de cuarterones se abrió sola y lentamente para darle paso. Un ceñudo anciano estaba junto a esa puerta, por el lado de adentro; tenía una de sus manos, blanca, larga y fina, puesta sobre el pecho; de ella le pendía un rosario. Don Gonzalo se estremeció largamente; un grito se le quedó ahogado en la garganta.
Ese anciano caballero era su abuelo, don Lesmes de Virraurritia; su actitud era la misma que tenía en un viejo retrato resquebrajado que estaba en una cámara de su casa. Se empezó a llenar de pavor y sobresalto don Gonzalo. Alagó la mirada y descubrió que el caballero arrodillado era don Pedro Antonio, su padre, muerto hacía más de diez años, y la dama del manto su madre, doña Guadalupe de Quesada, también fallecida había mucho tiempo. Ellos lo miraron a su vez con una mirada apacible, pero llena de dolor, de piedad, inclinaron luego la cabeza con abatimiento.  
Don Gonzalo estaba inmóvil, el vigor huyó de su ánimo; le temblaban las carnes de espanto, se le quedaron heladas. Fueron sus ojos a posarse,  llenos de ansia azorada, en el difunto y un escalofrío le subió en el acto por toda la espalda, ramificándosele, muy sutil, por todos los miembros. El que estaba rígido en el ataúd era él, él mismo. Su barba rubia y su cabellera ensortijada eran aquellas; su traje recamado era igual al que llevaba puesto, dorado y negro, y hasta tenía el desgarrón que se tocaba en ese momento. Estaban sus ojos abiertos, y se le veía el verde líquido de las pupilas satánicas, sus mismos ojos. Dio un enorme grito don Gonzalo al reconocerse idéntico en aquel muerto y sintió como que se le iban las fuerzas, desvaneciéndose.
En gran conmoción estaba el convento del Carmen. En la portería había aparecido esa mañana un humilde ataúd de pino con el cadáver de don Gonzalo Venegas de Quesada. No sabían los nuevos frailes carmelitanos quién lo llevó allí. Cuando el hermano portero, viejecito suave y candoroso, abrió el portón, vio en el zaguán ese féretro entre cuatro cirios, ya casi consumidos, pegados en el suelo entre chapas de cera cuajada. Un Padre dijo que oyó por la noche doblar las campanas de la iglesia; otro fraile también aseguró que había escuchado ese toque funeral, largo y gemebundo. Eso era todo. 

domingo, 10 de julio de 2016

El perro del agarrotado y La maldición del hombre lobo

El perro del agarrotado


Como era bien sabido, la mezcla de razas en la Nueva España era mal vista, tanto por los conquistadores como por los nativos, de tal manera que los mestizos eran discriminados en la región; por los consideraban como la conjunción de lo peor de ambas estirpes.
Lázaro, hijo de una indígena y de un soldado español -que abandonó a la mujer en cuanto supo que estaba embarazada-, estaba enamorado de una damisela criolla, quien le correspondía su amor.
La pareja decidió entablar un amorío y mantenerlo en secreto, pues sabían que los padres de la joven se opondrían y harían hasta lo imposible por separarlos. No se sabe cuánto tiempo duro su relación, sin embargo, se cuenta que una tarde el padre de la criolla los descubrió; lleno de cólera juró vengar con sangre el ofensa que Lázaro había cometido en contra de su familia.
Sin perder tiempo, interno a su hija en un convento; se dirigió hacia el Santo Oficio y acusó al muchacho de ser brujo y practicar hechicería, ya que sólo de esa manera había logrado que la criolla se enamorara de él. Los inquisidores atendieron el llamado del caballero y por lo tarde se presentaron en casa del acusado para capturarlo.
Con la ayuda de la hermana de Lázaro, este fue aprehendido y llevado a los calabozos; debido a las influencias que el padre de la criolla tenía ante el tribunal inquisitorial, la sentencia fue cosa de días, se le condenó a morir mediante el tormento del garrote. El mestizo falleció pero al poco tiempo, un extraño perro apareció por la ciudad, se dice que es su aullido amedrenta va todo si mantenía alerta a la población. El rumor de que algunas personas perdían la vida cuando el animal se aparecía corrió por todos los rincones, por ello, hombres y mujeres evitaban salir a la calle, no querían encontrarse con la criatura infernal.
Una noche, la ronda observó como el perro entraba a la casa de un caballero adinerado; el hombre se había casado con la hermana de Lázaro y tenían apenas unos días de vivir juntos. La muchacha miró hacia la puerta de su alcoba, sintió como se materializaba tras ellos, un espectro que les parecía conocido. La mujer grito aterrorizada cuando se percató que aquel aparecido era su hermano Lázaro; inmediatamente se arrodilló ante él y le suplico perdón, dijo estar arrepentida de haberlo entregado. Las lágrimas le brotaron y la desesperación la invadió al darse cuenta de que sus ruegos no causaban ningún efecto en Lázaro. Cegada por el miedo y tal vez por la culpabilidad tomó un cuchillo y sin pensarlo, se lo clavó en el pecho quitándose la vida.
Su marido fue testigo de los hechos y no pudo más que decir que un perro se había parecido en su casa. Alterado por el suicidio de su mujer, perdió la razón y a los pocos días falleció, no sin antes advertir que el perro se vengaría de todos. A partir de entonces la gente empezó a decir que ese animal era un mensajero de la muerte; por ello, la gente oraba y pedía en misa no escuchar nunca sus terroríficos aullidos.
Los rumores corrieron por toda la capital, incluso se extendieron hasta la ciudad de Puebla, donde llegaron a muy altos oídos, entre ellos, los del padre de la criolla, quien sintió como se le erizaban todos los vellos de su cuerpo al recordar lo ocurrido, meses atrás. No olvidaba que un mestizo había osado enamorar a su hija y él, lleno de rabia, lo acusó falsamente de hechicería ante el Santo Oficio; recordó también que había sobornado a la hermana de Lázaro para que lo delatara y se sintió culpable, aunque más que la culpabilidad, lo inundaba el terror; lo paralizaba el pensamiento horrible de que Lázaro hubiera vuelto de la tumba para vengarse de los que habían acabado con subir injustamente.
Salía a la calle con cierto temor, sin embargo, prefería creer que la venganza no llegaría hasta esa región. Una tarde, luego de convivir con amigos en la taberna, se dispuso a regresar a su casa. Las calles lucían sombrías y se sentía un ambiente lúgubre; caminó lentamente, sólo se oía el eco de sus pisadas y el ruido de su respiración. De repente, tuvo la sensación de que alguien lo seguía, sin embargo, por más que se esforzaba no vio a nadie. Cuando por fin llegó a su casa, intento abrir el portón, al tiempo que notó una sombra que se cernía sobre él, sintió que se le erizaban los vellos de su nuca y percibió un viento helado. Se volteó súbitamente y lo que vio lo dejó paralizado de terror; sólo escucho un grito estrangulado que brotó de sus labios.
El cuerpo del hombre fue encontrado a la mañana siguiente ya sin vida; tenía en el cuello la marca de unos colmillos. No tardó en correr la trágica noticia por toda la ciudad: el perro había atacado de nuevo. Todo indicaba que se trataba de Lázaro, el mestizo que había muerto injustamente a manos de la Inquisición. Las autoridades encargadas del Santo Oficio se enteraron de lo sucedido, sabían que ellos eran los que faltaban en la lista de Lázaro. Temerosos ante su inminente asesinato, se les ocurrió exculpar post mortem al agarrotado, para limpiar su nombre. Enviaron a varios pregoneros a todas las ciudades para que informarán a los pobladores de la reivindicación del joven.
La noche en que se estaba oficiando la última misa, todos los asistentes comenzaron estremecerse a sentir un repentino viento helado. En ese instante se escuchó el espeluznante aullido de un perro, además de golpes y arañazos. Todos permanecieron como clavados en su sitio, sin poder articular palabra ni moverse, pues creían que la muerte había llegado pasta ellos. La puerta del templo se abrió bruscamente, aparecieron dos seres, un hombre acompañado de un perro. Era Lázaro quien pidió a los feligreses no tener miedo, pues no buscaba venganza, sólo pedía que le dieran cristiana sepultura a su amada, quien había muerto lentamente al escapar del convento.
La figura del agarrotado se fue desvaneciendo y sólo quedó el perro para guiar a las personas hasta la capital, a la humilde choza donde el cadáver de la criolla permanecía sin ser descubierto. Se dice que aún a pesar de que el perro término su misión, los pobladores continúan escuchando su lastimero aullido; otros juran que en ocasiones se le ve vagar por las calles, junto a una pareja de enamorados.

La maldición del hombre lobo

Fray Bernardo pertenecía a la congregación de los Agustinos, tiene la misión de dirigirse hasta Valladolid para informar al padre superior acerca de la construcción del nuevo convento que alojaría a la hermandad. Como desconocía la zona, llevó consigo a Felipe, un muchacho huérfano, de apenas 14 años y quien sería su bien la travesía. El camino estaba muy accidentado y ello dificultaba el paso del carruaje, ya se habían retrasado por lo menos un día. Decidieron descansar en un paraje solitario, pues para llegar al siguiente pueblo todavía debían recorrer una gran distancia.
La luna llena iluminaba su velada, mientras cenaban un aullido los alertó. Inmediatamente creyeron que una jauría de lobos los rondaba, su mayor preocupación eran los 2 caballos, los cuales se mostraban inquietos y no paraban de moverse. De repente, algo entre la maleza comenzó a moverse y lentamente se acercó hasta ellos.
Fray Bernardo se armó con un palo y Felipe observaba todo desde la carreta. Un lobo se acercó sigilosamente hasta donde se encontraba el religioso, paralizado por el miedo no se atrevió a apalearlo; temblaba ante la animal y este al percibir su temor, le dijo que se tranquilizara que no le haría daño. El fraile estaba a punto de desmayarse, cuando su acompañante lo sostuvo de la cintura; el lobo se sentó. Un poco más tranquilo fray Bernardo miraba con curiosidad al animal que comenzó a sollozar; el religioso sin soltar el palo le preguntó qué era lo que le sucedía. Entonces se lobo procede a narrar su desdicha. Dijo que él y su esposa eran unos indígenas, quienes presas por el temor que infundieron los conquistadores, aceptaron ser evangelizados y abrazar la religión católica; el principal motivo de esta decisión es que esperaban un bebé.
Luego de que su tribu se enteró, fueron llamados por uno de los sabios ancianos, quien les advirtió que un terrible castigo caería sobre ellos y su descendencia, si continuaban traicionando a los suyos. Como el terror hacia los españoles era mayor, pronto se bautizaron. Una noche fueron sorprendidos por otros indígenas quienes los condujeron hasta donde yacía el hechicero. Este, enojado, les recriminó su traición y la osadía de abandonar sus costumbres. Entonces el hombre pronunció algunas palabras y celebro un ritual, un par de horas después dio un brebaje a los esposos y les dijo que estaban a punto de recibir su castigo:
-¡Serán convertidos en bestias y así estarán condenados a vivir por el resto de sus días! Su descendencia correrá con la misma suerte, pagará su traición.
Esa noche de luna llena, el hombre y la mujer sufrieron una terrible transformación.
-Y así hemos vivido durante muchos años- dijo el lobo.
Fray Bernardo no podía creer lo que escuchaba; el hombre lobo por su parte, le pidió acompañarlo hasta una madriguera, pues ahí se encontraba su esposa, gravemente enferma. El animal pidió el clérigo darle los santos óleos y rezarle un oración. Incierto el padre caminó al lado de lobo, Felipe los esperaba en la carreta, ya que si algo malo sucedía, el sería el encargado de avisar a las respectivas autoridades. Cuando llegaron vio a un lobo moribundo que jadeaba con dificultad, terminó el rito que los sacerdotes realizan en un caso como éste pero no ofreció la eucaristía. Preocupado, fray Bernardo rasgó la carne de la loba y debajo de ella descubrió la piel arrugada de una ancianita; con lo que confirmó la historia de lobo. Dio la comunión y la bestia dejó de respirar.
El padre fue conducido por el lobo donde estaba la carreta, en el camino, Bernardo preguntó por el hijo que esperaban. Afligido el animal respondió que nació lobito y se unió a una jauría por lo que no habían vuelto a saber de él.
Cuenta la leyenda que el fraile prometió al hombre lobo visitarlo, sin embargo, se cree que este también murió, pues nunca más se le volví a ver. Así que cada vez que se escucharon lobo aullar muy probablemente se trate de los descendientes de aquellos que traicionaron a su raza.

domingo, 3 de julio de 2016

El misterio del fantasma

Antiguo era el caserón, recio y simple, sin los afiligranados primores de cantería que tienen otros en México. Fuerte, robusto y sombroso, daba impresión de eternidad. Lo labró el conquistador Martín Oyarza, que anduvo con el intrépido Francisco Vázquez de Coronado en aquella larga expedición en busca de las misteriosas ciudades de Cíbola y Quivira. Sus cimientos fueron macizados con ídolos y piedras que se arrancaron a los templos de los indios; junto al basto portón sobresalía del suelo la redonda cabeza de una serpiente espantable de las de la cerca, zompantle, que rodeaban el Templo Mayor. Martín Oyarza , ya viejo, vendió ese caserón a un fulano Vega, quien casó con una doña Rosario Vique; ambos fundaron un mayorazgo y establecieron en una de sus cláusulas que si en su sucesión llegaba a haber un clérigo, pasara ese inmueble al mayor, si es que era varón, de la línea lateral, siempre y cuando no fuese del clero regular nivel secular; y como, a fines del siglo XIII, apareció en la descendencia de los Vega y Vique un sacerdote, apenas se ordenó, le puso pleito su primo Salvador Vega de Cosío, para hacer cumplir a disposición testamentaria de los fundadores del mayorazgo.
La casona quedó en lamentable abandono durante mucho tiempo, y empezó a derruirse, al grado de que, muy a menudo, caían a la calle gruesas piedras, con riesgo de transeúntes y vecinos; varios de estos se quejaron al obrero mayor, pidiéndole que se reparase la finca, porque peligraban sus vidas, y entonces él hicieron revocos, se le puso el pretil de arcos invertidos con sus retorcidos estípites de piedra chiluca; pero el alarife de ciudad declaró, mediante nimio examen pericial, que esas piedras no se desprendían por sí solas, pues que la fachada no estaba en estado tal de miseria que se desmoronase, sino que, indudablemente, las arrancaba alguien que era el que echábalas a la rúa con grave peligro de aplastar a transeúntes descuidados.
Por dondequiera tenía sombras esta casona vieja de la calle de la Encarnación; aún en pleno día, el sol no podía barrer esa oscuridad perenne; pero en la hosca mansión estaba presente la suave alegría de una fuente que cantaba en medio de su patio enlosado y con robustas columnas que sustentaban el corredor alto de tosco barandal de forja. Rumor inocente, grácil, el del agua en aquella sombría vetustez, y quién sabe qué cosas alborozadas le contaba al ciprés que estaba en un arriate, que asentía a todo cabeceando grave rígido.
A don Luis Dorantes vino a parar esta casa ombrajosa y ancha de los Vega y Vique, y decían que por ella andaba vagando un fantasma misterioso, alma en pena que no tenía paz. Don Luis afirmaba que ese bulto era un gallardo caballero envuelto en amplia capa o en un manto santiaguista, y que siempre traía un fino tintineo de espuelas de plata; pero la dueña, doña María Barquín -enjuta, almidonada y con gran peineta- juraba y perjuraba que era un fraile de hábito mercedario. Los criados, unos lo vieron como decía don Luis, y otros, como lo miraba doña María; pero todos los de la casa estaban de acuerdo en que se desvanecía como vaga neblina contra los muros, frente a los muebles en los que parece que se embebía, y muchas veces se le vio que, en medio del patio o de los anchos corredores, se evaporaba, desleyéndose inconsútil en el aire como vapor. Entonces, todos los de la casa se afirmaron en la creencia de que aquellas grandes piedras que a diario caían en la calle, ese fantasma fue quien las había tirado.
Hombre de muchas letras y de esclarecida virtud era don Luis Dorantes. No se sabía de ese señor que era más grande, si su saber o su bondad. De todo tenía gran copia. Inagotable era su mansa cordialidad que a todos extendíase. Al pensamiento bueno añadía la ponderación. Sus manos se hallaban siempre revolviendo en papeles añosos o en libros que subía y bajaba de los repletos plúteos de su extensa biblioteca, o estaba escribiendo, pues siempre tuvo levantada la mente a la consideración intelectual. Había compuesto, admirable labor de muchos años, un grueso volumen en el que quedó impresa su sabiduría. Todos ponderaban ese libro, tanto por lo terso del estilo, como porque resplandecían sus páginas una gravedad ingenua. Andaba de mano en mano de las personas más doctas de la ciudad, que le hallaban muchas excelencias. Un maestro de la Universidad había llamado Crónica espiritual de las flores del claustro plantadas en el Real Monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación de la Ciudad de México y fue estampado en 1688 por la viuda de Bernardo Calderón, que tan bellas cosas sacaba de su oficina; lo adornaban lindas capitulares y grabados que abrió en boj un ingenuo xilógrafo.
Las manos de la dueña estaban siempre afanadas, ora en un levísimo tejido de gancho, o haciendo deshilados en el grueso, fragante y fresco lino de sábanas y manteles, ora bordando paños de terciopelo con un primor minucioso; volcaba en ellos su aguja y sus sedas una reluciente flora de quimera, o ya hacían sus manos guisados de magníficos, de insuperables sabores, o dulces que, bella ¡válgame Dios!, Desde que se veían, entraba un inefable gozo en el cuerpo y se saboreaban con la boca del alma. Estos dulces y estos guisados de sabrosos mojes, muchos de cuyas deliciosas recetas venían del cercano convento de la Encarnación, eran para darle goce infinito a la boca golosa de don Luis, que con todo ello sentía los subidos y peregrinos toques del amor de Dios. Pero tanto las manos de él, como las de ella, dejaban sus ocupaciones para santiguarse devotamente al mirar el fantasma blanco, caballero o fraile, que pasaba lento, sonando ya fuese el rosario o ya fuesen sus leves espuelas de plata. Con una entrecortada ¡Ave María Purísima!, Acompañaban don Luis y doña María el vuelo de la temblorosa mano por el rostro lleno de asombro.
El padre don Mariano Grutas, jesuita, había dicho eficaces exorcismos; roció agua bendita en pisos, techos y muros, para volver al otro mundo aquel ser extraño; pero no valieron y rezos, ni asperges; se retiraba el fantasma algunos días, unos cuantos meses, y tornaba otra vez a sus paseos constantes por los corredores, por el patio penumbroso; se detenía junto a la fuente como oyendo, en misteriosa quietud, el musitar del chorrillo que caía hacia lo sinfín, o cruzaba por las amplias estancias con grave lentitud procesional. Así fuese de día o ya oscuro, salía a sus andanzas, sembrando terror en los que alcanzaban a verlo. A la luz del día se miraba como más etéreo y más leve; al atardecer o en la noche, resaltaba su blancor fluido y movedizo, pero el rostro nadie en la casa había alcanzado a mirárselo, blancura entre blancura, y toda ella deslizándose impalpable como empujada por un blanco viento.
Ya no había sosiego en aquella casa montañosa; había alterado el siniestro aparecido el ritmo de su vivir pacífico. Todos los ojos estaban estupefactos, de todas las bocas brotaban, de continuo, largos gritos despavoridos. Se rompió la dulce calma de doña María; la pausa de los días uniformes de don Luis quedó rota. Hasta en sus sueños se mete el espectro y le apretaba el corazón con pesadillas angustiosas. Una noche se llenó toda la casa con un tremendo grito de don Luis; los ecos se levantaron, finos y largos, extendiendo más el pavor del erudito caballero. Acudió rápida doña María al lecho de su señor y lo halló con la amplia ropa de excusa casi desfallecido en un sillón, comportándose con leves traguillos de moscatel.
Refirió que, sin saber si estaba despierto o si estaba dormido, había visto el fantasma blanco que se hallaba junto a su padre, don Pablo, que fue un cumplido abogado de la Real Audiencia, quien, con mano temblorosa se lo señalaba y le decía:
 -Pregúntale, Luis, sin temor, en donde estaba oculto el tesoro. Pregúntaselo, no tengas miedo. Anda, háblale.
Que entonces él quiso obedecer el mandato de su padre, pero no pudo articular palabra; se le acabaron todas al ver los ojos grandes, negros, luminosos, que llenaban la cara del aparecido, y se le clavaron en la suya, insistentes, como queriéndosela perforar.
-¡Pregúntale, pregúntale; no tengas miedo! -volvió a mandar con imperio don Pablo.
Entonces quiso hacerlo, pero brotó de su boca árida, en vez de palabras, un confuso estertor; su voz se había ausentado, y sólo pudo tender hacia el extraño personaje los brazos agitados en súplica; el aparecido se puso de rodillas y se afanaba por levantar una de las tablas del piso, y se oía claro, distinto, el aseverado arañar de sus manos ansiosas sobre la madera. “¿Qué, ahí está el dinero?” preguntó con gusto don Pablo, pero el difunto, sin contestarle, se alzó rápido, como empujado por la violencia de un resorte potente, y en el acto, como si fuese de una sola pieza, se fue de espaldas sobre don Luis y al caerle encima sintió como si se le hubiese posado en todo el cuerpo desnudo una gran lámina de hierro, mojada, que le enfrió hasta los mismos tuétanos y le sacó helado sudor de la frente, y de la boca el grito aquel que se dilató por toda la casa y despertó ecos, largos, finos, ondulantes.
Esa misma tarde don Luis y doña María decidieron levantar las tablas que, en el sueño, señaló el difunto, y ayudados de barreta y martillo lo hicieron con facilidad descubriendo gran hueco. “¡El tesoro!”, Gritó don Luis lleno de gozo. “¡El tesoro!”, Como un eco alegre, repliqué doña María. Una cosa blanca estaba en el fondo de aquel agujero, alargó un brazo don Luis y le extrajo. Era un envoltorio liviano atado con rojo balduque. Por su leve peso no era dinero, no. Los dedos ansiosos y ágiles de la dueña deshicieron los nudos, el envoltorio después, y quedó un cuaderno manuscrito.
-¡Ay, son papeles! ¡Solamente papeles! -exclamó con desfallecido desconsuelo doña María.
-¡Son papeles! -Dijo don Luis con festivo alborozo; pero, de pronto palideció, se le fue toda la sangre al carcañal y se quedó como amor decido a leer unos cuantos renglones de la primera página-. ¡Ahí, que cosa tremenda, Dios mío! -murmuró bamboleándose como si le hubiesen descargado en la cabeza un golpe potente.
-¡A ver, a ver qué cosa es! -dijo doña María, y le arrebató con ansiosa curiosidad una parte de sus papeles; pero apenas fijó los ojos en un folio grito consternadísima-: ¡Jesús mil veces! ¡Santa Cruz de Querétaro! ¡La Virgen María y el Seráfico me valgan! Yo ignoraba completamente esto, yo sabía que don…
Pero no acabó la frase, ni dijo lo que sabía de ese señor que iba a nombrar, porque le extinguió la palabra un desmayo súbito que la puso de golpe en el suelo, en donde lo Luis ya estaba tirado cuan largo era, apretando sobre el pecho el resto de aquellos papeles misteriosos.
Del patio, entró lento, rígido, el bulto aquel, envuelto en su amplia vestimenta blanca, se inclinó sobre don Luis, después sobre doña María, y les quitó los papeles y con ellos se fue despaciosamente por la estancia, y desapareció tras de una roja cortina de labrado damasco, que se quedó ondulando, llena de cambiantes.

domingo, 26 de junio de 2016

El Puente del Cuervo (Hoy Tercera de República de Colombia)

Allá por el siglo XVI había en ésta calle un puentecillo, sobre el que se posaba lóbrego cuervo, animal siniestro de negrura imponente, que tuvo gran parte en la tradición que se refiere por el vulgo, y que vamos a contar, haciéndonos eco de lo que se comentaba sobre la vida y costumbres de don Rodrigo de Ballesteros, que vivía por aquel barrio a espaldas del colegio de los Jesuitas por el año 1593.
Fue capitán de arcabuceros don Rodrigo de Ballesteros, en los reales ejércitos españoles; salió herido en la batalla de San Quintín, y para premiar sus servicios el Rey Felipe II, lo envió a estas tierras de la Nueva España a una encomienda de Azcapotzalco.
Era un hombre fuera de lo común el señor de Ballesteros; alcanzaba ya los 70 años, de baja estatura, de voz estentórea, con sus ojos disparejos, de genio violentísimo, odiaba a los niños que veía y hasta los maltrataba, resultando antipático a cuantos lo conocían y trataban.
Habitaba una casa de hermosa apariencia y comodidades, haciéndose servir por creados de librea vistosa, y usando a las comidas rica vajilla de plata, pero como contraste con todo este boato en muebles y tapices, lo Rodrigo en su persona daba la impresión de la abandonó más completo, vistiéndose un traje raído y lleno de remiendos por todas partes. Por muchos años sólo se le vio un capellán de damasco aplomado salpicado de manchas, descolorido por completo, hasta el punto de parecerse a una paleta de pintor llena de colores de diversos matices, y sobre todo esto lucía la roja cruz de Santiago, con verdadero cinismo de hombre despreocupado.
La voz pública del barrio hablaba pésimamente de su conducta licenciosa, pues tenía íntimas amistades y tratos con judíos y gentes por el estilo y de esa ralea. Jamás iba a misa, lo cual en aquellos tiempos de rigurosas observancias católicas causaba escándalo a las gentes, quienes acabaron por llamarle el “excomulgado”.
Otra de sus rarezas consistía en la preferencia que por los animales sentía; su casa era una Arca de Noé. Les hablaba como si lo entendieran, y la gente aseguraba que él entendía muy bien el lenguaje de los irracionales, siendo de todos el de su absoluta predilección un cuervo horrible de negrura pavorosa, pero que era el dueño de la casa, gozando en ella de grandes privilegios. Su dueña lo llamaba el “diablo”, y ¡ay de los servidores que se propasaran haciendo algo molesto para el animalucho!
Los sirvientes se disculpaban ante cualquier cosa que se rompiera o se estropeara con el “diablo”; lo ha hecho el “diablo”, decían, y don Rodrigo contestaba: “Bien está así lo ha hecho el “diablo”… De manera que como tantas veces se dijera semejante nombre de “diablo” y como se supieran sus costumbres relajadas, rodeó al español arcabucero malísima fama, y hasta se decía que tenía tratos con el mismísimo demonio, y el colmo de las murmuraciones fue cuando de pronto, sin que nadie supiera como, desaparecieran de la casa del señor y el cuervo, envolviendo esta doble ausencia el misterio más absoluto.
Por más pesquisas que se hicieron, nada se supo, encontrándose solamente un Santo Cristo manchado de sangre y cubierto con plumas del cuervo, lo que hizo suponer que habían azotado la sagrada imagen y así lo repetía la voz popular, que añadía que estarían en el infierno sufriendo el castigo de tanta infamia como habían ejecutado en la tierra.
Ni de regalo quería nadie irse a vivir a aquella casa que fue de don Rodrigo de Ballesteros. El polvo, la polilla, las telas de araña lo ocuparon, convirtiéndose la mansión en una ruina enterrada en aquellos barrios, esperando aquel tiempo la aniquilada por completo.
Como algo misterioso, al año de todo esto apareció, como antes dijimos, el maldito cuervo sobre el puentecillo referido, dando graznidos tétricos, siniestros, que helaba la sangre, y a las 12 de la noche desaparecía el animal. A la madrugada del siguiente día, de nuevo estaba graznando cual si deseara algo, pues al parecer una ronda, volaba al balcón de la vieja morada donde seguía en sus gritos infernales y horripilantes.
Desde entonces la calle se llamó de “El Puente del Cuervo”, y se decía que en las noches oscuras y lluviosas, cuando el vendaval movía las ventanas produciendo chirridos como quejas conmovedoras, y los relámpagos deslumbraban momentáneamente, se escuchaban las risas de un esqueleto producidas por el chocar de sus mandíbulas huesosas y sus manos descarnadas acariciaban un cuervo con cariño…

domingo, 19 de junio de 2016

Sobre el museo Franz Mayer, localizado en el Centro Histórico de la Ciudad de México frente a la Alameda, se sabe que el predio donde se levanta el edificio se remonta a los inicios del Virreinato. En ese espacio se ubicaba la alhóndiga destinada al peso de la harina. En 1582, el inmueble fue cedido al doctor Pedro López, primer doctor en medicina graduado en la Real y Pontificia Universidad de México, que lo convirtió en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. A principios del siglo XVII, el hospital quedó a cargo de la orden religiosa y hospitalaria de San Juan de Dios; también fue sede del noviciado y sitio de preparación para los hermanos en el cuidado de enfermos y fundación de nuevos hospitales. Al suprimirse las órdenes hospitalarias en 1820, el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados pasó a manos del Ayuntamiento de la ciudad y posteriormente las Hermanas de la Caridad se hicieron cargo de él. En 1865, cuando el emperador Maximiliano de Habsburgo reglamentó la prostitución, el edificio se convirtió en un hospital destinado a la atención de mujeres con enfermedades venéreas. Las Hermanas de la Caridad lo administraron hasta 1874, en tanto Benito Juárez decretó la suspensión de las comunidades religiosas. En 1875, el sanatorio tomó el nombre de Hospital Morelos, pero fue mejor conocido como Hospital de la Mujer hasta 1876.
En la actualidad es un museo, y el nombre de éste procede de su fundador, Franz Mayer, coleccionista y filántropo mexicano de origen alemán, que donó al pueblo Mexicano todas las obras que había conseguido reunir durante su vida a la muerte del señor Franz Mayer, en 1975, el patronato que él mismo nombrara decidió exhibir la colección en un espacio que fuera de fácil acceso para el público de la Ciudad de México. Después de algunas gestiones, se consiguió un inmueble cuyos antecedentes se remontaban al siglo XVI, y que sufrió múltiples cambios, adaptaciones y reconstrucciones. El museo posee una de las mejores colecciones de arte del país. Franz Mayer también legó un importante fondo de libros que al día de hoy constituyen la prestigiosa biblioteca del Museo, en la que existe un gran número de ediciones de Don Quijote de la Mancha. Anteriormente, en lo que era la sala de textiles de ese museo, que estaba ubicada en la segunda planta de este antiguo predio y que por muchos años fue utilizada como anfiteatro, un lugar destinado a la disección de los cadáveres, es donde se encontró una prueba o los elementos que podrían ser parte de los sucesos extraños que se comentan en torno a esta edificación.

Los testimonios

Don Graciano, que lleva más de 15 años trabajando a unos metros de la iglesia de San Juan de Dios, sabe muchas leyendas y relatos que le han contado amigos y gente que se acerca a su puesto. Esta persona cuenta que cierta tarde fría del mes de julio lloviznaba y estaba ahí uno de los muchachitos que viven en la calle (anteriormente ahí se juntaban y vivían muchos de los llamados “niños de la calle”; todos vivían en una coladera); el muchacho en cuestión sufría de alguna enfermedad porque se quejaba mucho, ahí estuvo por varias horas y probablemente días.
Tanto fue el dolor, que llegó una ambulancia por él y, lamentablemente murió. Lo extraño es que sus amigos y algunas personas que no sabían de este suceso, aseguraban oír los quejidos del joven, y esto ocurrió por un buen tiempo; incluso hasta lo llegaron a ver.
Una de las trabajadoras del museo que contó su experiencia, bajo consigna de omitir su nombre por cuestiones laborales, relató que cuando le asignaban el cuidado de alguna de las salas del Franz Mayer, la de  textiles es la que más miedo le daba. Por todo lo que se contaba de esa sala, ya que fue anfiteatro por mucho tiempo, y además la sensación tan especial que se sentía en esa área que realmente incomodaba, esta mujer prefería mandar ahí a las nuevas trabajadoras que no sabían la historia de la sala. También se averiguó con otros miembros del personal que tienen ya tiempo laborando en el museo, que en ciertas partes hay ligeros cambios de temperatura (a pesar de la calefacción), ruidos, pasos y se ven personas o bultos caminar rápidamente cuando uno está mirando para otro lado, pues ellos los notan con el rabillo del ojo, pero que no lo cuentan porque hay quienes se burlan o no entienden estas cuestiones, pero esta serie de pequeños sucesos es un secreto a voces entre el personal de ese inmueble.

El misterioso rostro en una manta

Este sitio cuenta con toda la parafernalia para que sucedan hechos raros, ya que por antigüedad e historia posee lo necesario para que se hable de encuentros misteriosos como sucede en otros sitios de características similares.
En esa sala anfiteatro, que era la de textiles, uno podía apreciar entre las vitrinas la enigmática cara de un niño que se forma entre los bordes, reflejos y doblados de una de las mantas, observándose sólo desde cierta perspectiva, lugar y ángulo.
En la actualidad, y después de varios reacomodos, esta interesante sala que en su momento fungió como anfiteatro y hasta como la sala de textiles del museo, tiene ahora una muestra extraordinaria de objetos de plata que llevan por nombre El esplendor de la Plata. Una excelente salida para un fin de semana es este museo para ver los objetos cargados de historia; y si ya te picó mucho la curiosidad puedes preguntar discretamente a los trabajadores sobre los extraños acontecimientos, seguramente encontrarás testimonios muy interesantes y que te harán reflexionar sobre hacia dónde vamos todos al morir.

Fuente: El Centro Histórico, experiencias del más allá

domingo, 12 de junio de 2016

Las elecciones de otros tiempos

En aquellos tiempos ya pasados, en que su Majestad del Rey de ambas Españas, la Vieja y la Nueva imperaba en lo absoluto en sus dominios de Europa y de  Indias; en aquellos tiempos en que las hogueras del Santo Oficio de la Inquisición se encendían de cuando en cuando, para achicharrar herejes, aunque no con la frecuencia ni en el número que el espíritu moderno de partido les atribuye; en aquellos tiempos en que la libertad de pensar tenía sólo las válvulas del pasquín o del anónimo, y los autores de libros divinos o profanos para publicarlas necesitaban de licencias que llenaban sus primeras páginas; en aquellos tiempos, el Sufragio Libre se había refugiado en las celdas y en los claustros, como muchas cosas del mundo moral, literario y político.
Pero sucedió con frecuencia que, en las elecciones de prelados en los monasterios de religiosas, y de priores o guardianes en los conventos de frailes, la mansedumbre de aquellas y la humildad de éstos, tornaba se en soberbia insurrección, cuando el inimicus homo, bajo las tocas monjiles o bajo de los sayales frailunos, enroscaba las víboras de la envidia o de la intriga, tentándolas y tentándolos con la diabólica libertad democrática del Sufragio Libre. El odio entre criollos, los nacidos aquí y gachupines, los españoles advenedizos, no intrigaba poco en las elecciones conventuales; pero los criollos pretendiendo ser inferiores en saber, virtud y religión a los españoles y éstos a pesar de ser de la misma raza de sus descendientes, presumían de más talentos, austeros y observantes; y de aquí nacieron los dos partidos, de los cuales resultaban en cada elección facciones al designar cada uno prelado de su respectiva nacionalidad.
Con el fin de remediar el mal, Virreyes hubo que solicitaron del Soberano y del Papa, Cédulas reales y Letras apostólicas, a fin de introducir reformas en las elecciones; y se ordenó que los cargos y puestos de las religiones se alternasen cada tres o cuatro años entre gachupín es y criollos, esto es, que en un trienio y en un cuatrienio gobernarían los españoles en otro los nacidos en esta tierra, y “con su observancia -dice el Marqués de Mancera- disminuyeron aunque no cesaron los inconvenientes”. Más las divisiones o partidos no sólo existieron entre europeos y nacionales, alcanzaron también a las “castas” y con este motivo la antigua Orden de San Francisco, que por contener mayor número de individuos tuvo mayor diversidad de castas, necesito compartir la alternativa en tres clases: entre la de los españoles, la de los criollos y la de los mestizos; significándose en la primera los naturales y profesos en la Península española; en la segunda los hijos del reino de la Nueva España, en nacimiento y hábito, y en la tercera los que habiendo nacido en Europa tomaron el hábito en Indias.
Acudieron, no obstante estas equitativas disposiciones, a medios reprobados los exclusivistas y sucedió que, los nacidos en Indias sólo admitían a sus conterráneos en los conventos para eludir las alternativas; pero sucedió también, que habiendo habido necesidad de traer religiosos peninsulares, por la escasez que había de ellos en el país, luego éstos pretendieron entrar a ejercer los cargos preeminentes. Y de aquí tornaron a encenderse los odios, y volvieron a ser reñidas las elecciones en los conventos, degenerando muchas veces en tremendos motines; propinándose los contendientes, de los bandos o partidos que se formaban -lo mismo entre monjas que entre frailes- insultos y hasta golpes, y resistiéndose los vencidos a prestar obediencia a los que habían sido elegidos. Las crónicas y los diarios de sucesos notables de aquellos tiempos refieren muchos de esos motines, y como muestra citaremos ahora solamente dos de los más típicos.
Cuenta Tomás Gage -fraile dominico que vino a México hacia 1625- que estando él aquí, los religiosos del convento de la Merced se juntaron a capítulo para elegir un Provincial de su Orden. “Habían acudido -dice-los comendadores y padres graves de toda la provincia, pero estaban divididos en facciones, y sus opiniones no se podían conciliar. Se cruzaron los pareceres, siguieron las disputas; de las razones pasaron a las injurias, y de las palabras a las manos; el convento se convirtió en oficina de querellas, y la reunión canónica en motín. Ni se contentaron los reverendos padres con algunos pescozones y puñadas, sino que tiraron de los cuchillos y navajas, cayendo muchos heridos en la refriega. Al cabo fue menester que el virrey mediara con su persona, asistiera al capítulo y pusiera guardias hasta que salió elegido el Provincial”.
Las monjitas no eran menos bravas. Llegaba, por ejemplo, la elección de Abadesa. Al son de campana se reunían en el coro, en la sala capitular o en una capilla del monasterio. Iban desfilando unas en pos de otras la Vicaría, la que fungía de Secretaria, la Maestra de Novicias, las porteras, las provisorias, la sacristanas, las enfermeras, las celadoras y todo el resto menudo de la comunidad que no tenía cargos ni dignidades. Sucedía que la Madre Abadesa quería violar el Sufragio Libre, reeligiéndose o imponiendo candidata de su gusto; y aquí la democrática mansedumbre monjil armaba la gran bronca; y acontecía con frecuencia, lo que sucedió el viernes 30 de septiembre de 1701 -Así nos lo cuenta don Antonio Robles- que “como a las nueve del día, poco más o menos, fue el señor Arzobispo (Ortega y Montañez) en la carroza del provisor, el cual y el canónigo don Rodrigo Flores, fueron acompañándole al Convento de la Concepción, por habérseles dado aviso de que había motín entre las religiosas contra la abadesa, y que la querían matar, como hubiera sucedido si el señor Arzobispo deberá tardar una hora, el cual ha sosiego y compuso con harto trabajo, por estar tan inquietas, que al mismo arzobispo respondían y hablaban con resolución y claridad”.
¡Y todo esto, por el intrigante diablillo del Sufragio Libre, que entonces había entre monjas y frailes y en tiempos más actuales entre partidos políticos, pues vuelve fieras a las gentes más sencillas, humildes y bien intencionadas!