domingo, 22 de mayo de 2016

Piratas y corsarios

“¡He aquí Panamá!” -exclamó Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú. Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a latigazos, o seguiría!”.
Así escribía en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas riquezas a la costa atlántica.
Los 18 marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran llamados corsarios.
Desde mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
Bajo el reinado de Isabel, la guerra de corso era estimulada en toda forma. La reina protegió y subvencionó no sólo las empresas de Drake, sino también las de otros famosísimos corsarios, tales como Tomás Cavendish, Ricardo Hawkins, Martín Frobisher, Jorge Clifford y otros.
En muchos libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos: deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura, pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas, etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador de los trópicos.  Las ropas, si se las puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto de indumentaria, a tono con su figura siniestra.

domingo, 15 de mayo de 2016

La escuela de los espectros



Nos encontramos en el municipio de Atizapán de Zaragoza, donde había sido construida una nueva y flamante secundaria de dos pisos; aquel día tan especial era por demás soleado y la alegría emanaba de todos los asistentes a dicho evento. Durante aquel tiempo, aquella región apenas  comenzaba con la urbanización, sus calles de terracería fueron sustituidas por el pavimento, las unidades habitaciones empezaron a proliferar como hongos, algunos lugares de tradición fueron destruidos en aras de la modernidad, usos y costumbres fueron reemplazados por escandalosos motores, al igual que el silencio de la noche por el bullicio de los jóvenes estudiantes, quienes se reunían en pequeños grupos en las calles para comentar su día a día; todos estos cambios propiciaron que más personas se fueran a vivir por aquellos rumbos, lo que ocasionó la desconfianza de los antiguos pobladores hacia los recién llegados, pues temían que sus vicios y malas costumbres corrompieran aquellas tranquilas y pacíficas comunidades.
Pero por más modernidad y vanguardia que pueda haber en una población, su pasado nunca puede ser enterrado del todo, porque a veces le da por hacer de las suyas, recordándonos que debemos respetar el lugar que habitamos, pues no olvidemos que muchas personas estuvieron antes que nosotros, dejando en esta tierra sus vivencias, sufrimientos, alegrías y tristezas; la gran cantidad de estas emociones que quedan flotando en el aire, donde desde tiempos remotos  hay asentamientos humanos, resultan evidentes para aquellos que tienen la sensibilidad para observarlas, es decir, el poder establecer contacto con seres del más allá. Este tema es sobre el que girará nuestra narración escalofriante del día de hoy. ¿Me acompañan?
Había mucha reticencia entre los viejos pobladores para comunicarse con los nuevos habitantes, también era la causa de que además la inmobiliaria había prometido escuelas en la zona para atraer potenciales compradores y que ningún intruso debía saber que le predio donde se iba a levantar la escuela había sido un panteón durante muchos años.
Los albañiles y el velador, quienes habitaban un cuartucho de madera, habían ido con el ingeniero de la obra en varias ocasiones para advertirles sobre seres de ultratumba que los golpeaban, les movían las herramientas de su lugar, e incluso le daban de nalgadas a la secretaria del ingeniero.
Cuando comenzaron a excavar para poner los cimientos, encontraron una gran cantidad de ataúdes de madera carcomidos por el paso del tiempo; a los albañiles les fue prohibido hablar de dichos descubrimientos para no infundir pavura entre los padres de los futuros estudiantes. Los cadáveres fueron trasladados en el más absoluto de los secretos en un carro de volteo, a lo que unos ancianos que observaban la obra, predijeron que aquellos muertos iban a reclamar su tierra y que las cosas no iban a ir bien de ahora en adelante.
No mucho tiempo después la obra fue terminada, algunos ancianos sonreían con cierta malicia, pues suponían que no iba a tardar mucho en suceder algo terrible y que aquella escuela no tardaría en ser abandonada.
El primer suceso sobrenatural fue durante la víspera de la inauguración del plantel. Los protagonistas de los sucesos son un matrimonio, conformado por Juan, Azucena, su hija Laurita de doce años y Ramiro de trece años. Todo comenzó cuando una noche los esposos bajaban del autobús en la esquina del plantel, ya la noche había caído desde hacía un rato, siempre llegaban tarde a su casa debido a que su lugar de trabajo estaba en la Ciudad de México, pero eso no importaba porque ya contaban con su propia casa aunque fuera algo retirada.
Antes de dar la vuelta a la esquina para dirigirse a su hogar, la mujer descubrió en la calle a un niño como de tres años, que jugaba con sus caballitos de madera, sus ropas eran humildes y calzaba huarachitos, el pequeño levantó el rostro y le sonrió cuando ella se detuvo unos segundos a verlo; por otro lado el marido venía preocupado por  sus hijos porque se la pasaban solo todo el día, y absorto en sus pensamientos no notó la presencia del niño. Entonces la mujer le dijo que no podían dejar ahí a la pobre criatura pasando frío, pero al voltear se dio cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro, el marido no le dio importancia y la animó para que siguieran su camino. La mujer decidió no comentar nada a sus hijos.
Mientras Azucena preparaba a Laurita para que se fuera a acostar, le pareció ver a un grupo de personas andrajosas observando su ventana desde el otro lado de la calle, sintió que la sangre se le helaba y acto seguido apagó la luz para poder ver mejor a los intrusos; ahí estaban, con ropas hechas jirones, cubiertos de barro y polvo, se acercó a la ventana para observar sus rostros; pero estuvo a punto de desmayarse cuando vio que los ocho visitantes tenían las parte de los ojos y la nariz demasiado oscuras, como si las tuvieran huecas, en ese momento sintió una presencia atrás de ella y volteó gritando, Laura despertó sobresaltada y encendió la luz, frente a ellas estaba Juan, extrañado por la reacción de su esposa, entonces ella soltó a llorar y lo abrazó. El trató de que sus hijos se fueran tranquilos a la cama y tranquilizó a su mujer, tal vez el cansancio la había hecho alucinar.
Al día siguiente, después de la inauguración, Laura y su hermano se retiraron a sus respectivos salones; el jovencito con su alegre carácter hizo amigos inmediatamente y salió con ellos en tropel al recreo, en cambio su tímida hermana prefirió quedarse sentadita en su banca, para ella era muy difícil socializar y aquel día más porque estaba consternada con el ataque de pánico que había tenido su madre. No tardaron en acercarse a la muchacha otras dos compañeras de su grupo, Angélica y Margarita; Laura comenzó a platicar con ellas, y salió el tema de lo sucedido con su mamá, la primera chica esbozó una sonrisa burlona, y la otra palideció de inmediato, pues ella y su hermana habían vivido algo similar. Estas experiencias sobrenaturales hicieron que entre las jóvenes naciera una gran amistad, sabían que desde aquel momento serían inseparables. Siempre damos las cosas por hecho o que nuestro día va a terminar como lo planeamos, pero a veces el destino decide cambiar todo esto, ya sea para bien o para mal; algo similar pasaría con la amistada de las chicas.
Acabó el recreo y regresaron a su aula de clases, al poco tiempo de comenzada la jornada, Laura pide permiso para ir al baño, su amiga iba levantar la mano para acompañarla, pero una voz cargada de maldad resonó en su cabeza: ¡No lo hagas! Laura le sonrió antes de salir, sin saber que sería la última vez en su vida que lo haría…
Sin saber lo que le esperaba, caminó tranquilamente por el pasillo, hasta llegar a los alejados y fríos baños, entró a ellos sin ninguna preocupación, el lugar estaba completamente solo, se metió en el último sanitario mientras tarareaba una canción de moda, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió un escalofrío al ver por la parte de abajo un par de pies cubiertos de barro, que calzaban unos huaraches carcomidos por el tiempo. La muchacha respiró profundamente y con su temblorosa mano entreabrió la puerta, ante sus ojos se encontraba un niño sucio con harapos, que sostenía en la mano un crucifijo de metal con los orificios por medio de los cuáles se había atornillado a su ataúd. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de su boca salió un aire pestilente al mismo tiempo que una amenaza: ¡Lárgate de aquí!
En ese momento entraron otras niñas, pero se detuvieron en seco cuando encontraron a Laura en el fondo temblando de miedo, su timidez le había impedido gritar, por lo que todo el terror que sentía se le quedó guardado, en ese momento la muchacha cayó desmayada.
Margarita fue la última persona en escuchar frases más o menos coherentes de su amiga, quien había perdido la razón, por lo que fue llevada a una institución psiquiátrica donde recibe atención.  
Las autoridades se han negado rotundamente a clausurar la escuela y ninguna persona volvió a mencionar haber visto seres de ultratumba deambulando por la escuela. Mientras tanto, Margarita decide abandonar sus estudios en dicho plantel, temerosa de tener visiones aterradoras; en cuanto al hermano de Laura, con dificultades terminó su formación académica, habiendo perdido su alegre carácter y siempre evitó ir a los baños de la escuela.
El último hecho del que se tiene registro, es cuando un niño perdió un juguete en un hueco que se había formado por las lluvias bajo la acera de los salones de primer grado; pero al meter la mano en aquel hueco fue mordido con mucha fuerza, a tal grado que estuvo a punto de perder un dedito de la mano derecha. Al principio se pensó que había sido una rata, pero cuando el doctor analizó con detenimiento las marcas de la mordida, confirmó que se trataba de una dentadura humana; y como en el caso de Laurita, se decidió guardar silencio ante la Sociedad de Padres de Familia.

domingo, 8 de mayo de 2016

Historia de una madre (Juan Cristián Andersen)

En una fría noche de invierno, la Muerte, bajo la apariencia de un pobre viejo, entró en una casucha donde una madre velaba desde hacía tres días y tres noches a su enfermo hijito. La pobre mujer, cansadísima, se durmió un momento; pero cuando volvió a abrir los ojos poco después, ya no vio al viejo ni al pequeñín. Se precipitó fuera de la casa, desesperada, y la Noche, que estaba envuelta en un gran manto negro y sentada en la nieve, le dijo:
-He visto pasar a la Muerte con tu niño en brazos. Si me cantas todas las canciones de cuna que acostumbras cantarle a él, te indicar el camino que han tomado.
La madre, llorando, cantó, y la Noche, satisfecha, le indicó el camino del bosque. La pobre mujer penetró en el sin miedo, pero no tardó en encontrarse ante dos caminos.
- Si me calienta sobre tu corazón, te indicaré que camino ha tomado la Muerte -le dijo un rosal que crecía allí cerca.
La mujer lo estrecho con tanta fuerza contra su pecho, que las espinas le penetraron en las carnes y las hicieron sangrar, y el rosal bañado en aquella sangre, germinó milagrosamente. Después, indicó el camino a la mujer, que reanudó su fatigosa marcha; pero al llegar a la orilla de un lago, quedó perpleja porque no veía puente ni barca para poder pasar al otro lado.
-Si me das tus ojos, que son las perlas más relucientes que visto, te llevaré a la a la orilla -murmuró el lago.
Y la mujer, sin vacilar un momento, dio sus ojos; pero como quedó ciega, no sabía hacia dónde dirigirse cuando llegó a la orilla opuesta. Entonces, la guardiana del lugar le dijo:
-Si me das tus cabellos negros, te llevaré al gran invernadero de la Muerte.
La madre dio sus cabellos, y la mujer la condujo a un invernadero inmenso, donde crecían millones y millones de plantas, cada una de las cuales representaba una vida humana. En medio de ellas, la pobre ciega reconoció enseguida la plantita frágil de su hijo y se puso ante ella para protegerla contra la Muerte, que precedida por un viento glacial, se estaba aproximando.
-Devuélveme a mi hijo -sollozó la madre.
-Escúchame mujer -contestó la Muerte -, y ante todo toma tus ojos, que he cogido en el fondo del lago, y mira en este arroyo. Ahí, verás reflejadas dos existencias, una de las cuales es la reservada a tu hijo en caso de que continúe viviendo. Pero no te puedo decir cuál de las dos es.
La mujer miró y vio una vida llena de felicidad y de bondad, y otra llena de dolores y culpas.
-Pues bien, ¿qué quieres? ¿Deseas que viva o que lo lleve conmigo al país desconocido?
Con el corazón angustiado, sin saber que desear, en la horrible duda de que a su hijo le estuviera reservada la vida desgraciada de penas y dolores, la pobre madre cayó de rodillas y oro:
-Dios Omnipotente, haz lo que quieras de mi hijo. Lo que tú hagas estará bien hecho. Entonces, la Muerte partió con el niño en brazos hacia el país lejano y desconocido.

domingo, 1 de mayo de 2016

La Cruz de Culiacán (Leyenda de Guanajuato)

La Santa Cruz, que se celebra el 3 de mayo, es una festividad que se remonta a la época del México colonial; aunque en la actualidad está casi por desaparecer, sólo los albañiles siguen con ésta bonita celebración, colocando una cruz adornada con flores y papel picado de muchos colores. Para celebrar el día de la Santa Cruz, dejemos que el cronista Luis González Obregón nos relate la siguiente leyenda del bonito Estado de Guanajuato:

I

En el antiguo camino que seguían los viajantes para ir de Celaya a Salamanca, estaba la charca famosa, lugar muy pantanoso donde las diligencias se atascaban, dándose el caso que para recorrer el corto tramo que había entre aquellas poblaciones se emplearan hasta tres o cuatro días, con desesperación infinita de los pasajeros y a costa de gran pujanza de los pobres animales.
Siguiendo este camino se descubría a la izquierda un alto y riscoso cerro -llamado de Culiacán-, y en su elevada cima una cruz bastante venerada de los campesinos de los alrededores, principalmente de los de Salvatierra y Cortázar, pues el legendario cerro se eleva en los límites de estas dos municipalidades.
La cruz podía verse en los días apacibles, y en las noches serenas y estrelladas, a la simple vista; no así en las mañanas frías y nebulosas de invierno, o en las tardes o noches de tempestad, porque entonces las espesas neblinas o los negros nubarrones la ocultaban.
En las noches de luna, durante un período de 20 años y por el segundo tercio del siglo XVII, las buenas gentes de las rancherías y estancias circunvecinas escuchaban un llanto tristísimo, doloroso y prolongado, como de persona angustiada a quien atormentasen materialmente o sufriese cruel pena para la que no hallaba consuelo; y a la vez veían, o se imaginaban ver, una blanca y vaporosa sombra, a modo de fantasma, que recorría errante en torno del cerro, lanzando desgarradores gemidos…
Noche con noche se oía aquel llanto, y las muchachas y mozos despreocupados decían con desdén: “Son aullidos de lobos o coyotes”; las viejecitas de rugosos rostros y blancos cabellos aseguraban que sería la Llorona, porque ella vive en la imaginación popular desde antes de la Conquista; y la mayoría de los sencillos labradores de aquellos lugares afirmaban que eran almas en pena, y todos santiguábanse devotamente.

II

Pero la Cruz del riscoso y elevado cerro tiene su leyenda. Poco tiempo había transcurrido de la fundación de Salvatierra -que según unos fue en 1673 y según otros en 1674-cuando un indio anciano, en unión de su mujer y de una hija suya de 16 años, llegó cierto día a la cima del cerro con los pocos muebles de su humilde hogar; y sin que nadie los ayudara, los tres construyeron una choza, que desde entonces fue la habitación de aquella familia, la cual vivía aislada, casi sin comunicarse con los pueblos y ranchos situados en los bajos y en las laderas de dicho cerro.
Madre e hija iban los domingos a oír misa a la iglesia de San Ángelo, del convento carmelita de Salvatierra, pero el indio anciano tenía fama de hechicero e idólatra, y algún campesino contaba que lo había visto hacer sacrificios de aves, ofrendas flores y quemar oloroso copal ante un idolillo labrado en forma de culebra con plumas, que quizá figuraba al dios Quetzalcóatl.
Otros lo habían sorprendido exhortando a su hija, y poco más o menos la habían oído decir: “Tú, hija mía, eres preciosa como cuenta y pluma rica; eres carne de mi carne y sangre de mi sangre; y pues tienes ya sobrado uso de razón y muchas veces has visto crecer las cañas de las milpas, reverdecer el pasto de los campos, florecer las rosas en los jardines y madurar los frutos en los huertos, es preciso que entiendas que en este mundo no hay verdadero placer ni descanso, sino sólo trabajos, aflicciones, abundancia de miserias y pobrezas.”
“¡Oh, hija mía, botón tierno en tu niñez llora flor en tu juventud! ¡Nuestra diosa Xochiquetzal te ha dado perfumes y belleza! Pronto serás amada de los hombres, pero huye de los blancos que son malos como el Dios Tlacatecólotl. Ellos se apoderaron de nuestras tierras; han esclavizado a los nuestros para que encorvados con el arado labren las cementeras; para que sepultados en las profundas tinieblas de las minas saquen el oro; para que muevan como bestias las piedras de los molinos, y para martirizarlos a fin de que entreguen los tesoros. Los encomenderos destruyen teocalis y quiebran dioses; azotan y abofetean hasta hacer salir sangre; predican la humildad, y son soberbios; predican la caridad, y despojan a los pobres; dicen: “Sed castos”, y raptan doncellas; dicen: “No matarás”, y acuchillan mujeres, niños y viejos al apoderarse de los pueblos.
“¡Oh inocente flor de estas montañas! ¡No pierdas tu lozanía con su liviano aliento! Se cauta y huye de ellos como el cervatillo cuando se acerca el cazador artero. Aborrécelos. Esos hombres no se saciarán con todo el oro de las entrañas de nuestra tierra ni con el que arrastran las aguas de nuestros ríos.
“Por esto, ¡oh virgen de estas soledades! Te he traído a vivir en la cima del cerro del Dios de nuestros antepasados. Y primero te daré muerte, quitaré la vida tu madre me sacrificaré yo mismo, antes que consienta que seas de alguno de esos hombres blancos, que son malos como el Dios Tlacatecólotl.”
Dicen que después guardó silencio el indio anciano y retórico como eran los indios ladinos, que de seguro no pertenecía la bárbara tribu otomí, principal pobladora del territorio de Guanajuato; y que por los dioses que invocaba, el culto que les tenía y haber establecido su hogar en el cerro de Culiacán, debe haber sido descendiente de los toltecas; tal vez sacerdote gentílico, que en el silencio y apartamiento de aquella sima continuaba oficiando con sus antiguos ritos.
La joven nada respondió: bajo los negros ojos, púsose en pie y fue a escardar en un pequeño campo que cultivaba lado de la choza.

III

¿Por qué aquel silencio de la joven india? Porque amaba con pasión a un hombre blanco que vivía en las inmediaciones de Salvatierra, y que la había conocido en esta ciudad, cuando, ya adulta, un buen misionero la había bautizado poniéndole el nombre de María.
La rara y extremada hermosura de María había cautivado a Pedro Núñez, que así se llamaba este joven de gentil presencia; y ella, a hurtadillas de sus padres, había correspondido con inmensa ternura; pero pasado algún tiempo el indio anciano lo supo y le dijo: “Nada ignoro, y como te tengo advertido, primero te veré muerta que en brazos de uno de los hombres enemigos de mi raza”.
María lloró mucho, y arrodillada ante el anciano le pidió perdón por haberle desobedecido; mas dicen que no podía prescindir de aquel amante, que la amaba con el más intenso amor, y que la iba a hacer su esposa, pues aquel hombre, aunque blanco, era bueno.
El anciano, fiero e iracundo, no se convenció, y la joven tuvo que ser depositada en la casa del Alcalde de Salvatierra, y un mes después se verificó el matrimonio en la iglesia parroquial, con cantos, música y flores.
María y Pedro Núñez eran felices. Se continuaron amando como cuando eran novios, y como entonces, solían ir a pasear en las tardes tranquilas cerca de la margen del río Lerma. Al oscurecer de una de esas tardes un campesino encontró el cadáver de María y vio que un anciano indio trepaba como fiera por los riscos del alto cerro; lo siguió, y ya en la cima, contempló un vivo fuego de incendio que consumía la choza.
Desde la noche siguiente los moradores de aquellos sitios comenzaron escuchar el tristísimo llanto de que ya se ha hablado, y creyendo ver el fantasma blanco y vaporoso por las cercanías del cerro. Los prolongados gemidos y las nocturnas apariciones duraron 20 años, y nadie podía darse cuenta de los misteriosos alaridos y de las visiones espantables.
El campesino que encontró el cadáver de María, temeroso de que sobre él pudieran recaer sospechas, no dijo a nadie nada; se contentó con abrir una fosa en el mismo sitio en que halló a la joven muerta, y la sepultó como si hubiera sido deuda suya.
Otra tarde, al cabo de los 20 años citados, todos los que estaban cerca vieron que paso a paso, y con mucha dificultad por la pesada cruz que llevaba las espaldas, subía por el alto y riscoso cerro un fraile carmelita, y que una vez que llegó a la cima, dejó caer, para descansar, la pesada cruz; que enseguida cavaba afanoso la tierra, y que por último, afincada allí la cruz; cruz que desde esa memorable tarde abriría sus amorosos brazos para proteger a los buenos campesinos de la comarca, y ante la cual en las noches tranquilas iría a orar el mismo fraile carmelita, que en el mundo llamose Pedro Núñez.
Cuenta la leyenda que entonces cesaron para siempre los gemidos espantables que perduraron tantos años, y que al resplandor de la silenciosa luna solía verse junto al fraile la figura vaporosa de María.

domingo, 24 de abril de 2016

Nachito (Guadalajara)

Nachito, a decir de los testigos, se pasea desde hace décadas por el cementerio (panteón de Belén, en el centro de Guadalajara) cuyo valor histórico es tal que cuenta con la protección del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y está arreglado como Tesoro Arquitectónico Nacional. Y no sólo eso; es que además allí se encuentra la tumba del pequeño, sobre la que siempre flores frescas…
La historia que da pie a esta leyenda no es menos siniestra. Los comienzos los encontramos en el año del hambre, de 1785 y 1786, cuando la ciudad se vio asolada por una terrible hambruna que llevó por delante a demasiada gente. Los cadáveres se repartían por las calles, delgados, muertos de hambre. Los cementerios se vieron saturados de difuntos, por lo que el obispo fray Antonio Alcalde ordenó la construcción de un camposanto junto al hospital. Esta orden se dio 1792, y por una serie de vicisitudes que no vienen al caso, no se terminó hasta julio de 1843, cuando al fin fue inaugurado con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, más tarde Belén y Santa Paula, para finalmente quedarse con el actual Panteón de Belén. Pues bien, es en ese período cuando comienzan a producirse fenómenos extraños, que acaban por dar una fama tremenda a uno de estos supuestos fantasmas: el de un niño llamado Nachito.
Pero, ¿quién es este Nachito? En el libro Fantasmas, la otra realidad; se afirma que “Ignacio Torres Altamirano nació el 24 de mayo de 1881. Se dice que al nacer, el médico que atendió el parto, quedó aterrado al ver que el niño lloraba cuando se quedaba en la oscuridad. El padre de Nachito ordenó colocarle lámparas de aceite alrededor de su cuna, las cuales debían estar encendidas toda la noche. Un descuido hizo que los sirvientes olvidaran agregarle aceite a las lámparas, haciendo que esta se apagaran durante la madrugada. El niño despertó y al darse cuenta que estaba en plena oscuridad, murió a causa del terror que sintió”.
La cuestión es que una vez fue enterrado, apenas transcurridas 24 horas, el sepulturero se quedó helado al comprobar que aliena había desenterrado el ataúd. Asustado, devolvió la caja a su agujero, pero un día después comprobó que de nuevo había sido desenterrado. Y así durante dos semanas…
Los responsables del cementerio hicieron saber a los familiares de Nachito lo que estaba ocurriendo, y éstos decidieron dejar el féretro en el exterior, iluminado por cuatro antorchas que no deben apagarse jamás el motivo es sencillo: los familiares determinaron que el miedo de Nachito a la oscuridad no cesó ni después de muerto…
Continuaba el citado libro relatando que “a partir de este momento, surge la leyenda de que en el Panteón de Belén se aparece el fantasma de Nachito. Los panteoneros dicen haberlo visto, así como los días de turistas (estos con mayor razón) al igual que los pseudo investigadores de lo paranormal, han aprovechado esta leyenda para hacer sus fraudes y montajes”.
Montaje o no, lo cierto es que los testigos se cuentan por decenas, y conforme se acerca la Navidad parece que aumentan. Primero porque son más los que deciden visitar su tumba y dejar una enorme cantidad de muñecos sobre la misma. Y segundo, porque la tradición asegura que sale a pasear durante la noche, buscando a alguien entre lamentos que le dé dulces, como el niño que es. Lamentos que han sido grabados en otras ocasiones a través de grabadoras digitales, en las que se pueden escuchar voces muy sugestivas. Y todo ello junto a una tumba que siempre está iluminada…

Fuente: Revista Enigmas. Número 234.

domingo, 17 de abril de 2016

Café del Progreso

Donde comienza la calle de 16 de septiembre el Banco de Londres y México concluía el Portal del Coliseo, que después fue del Coliseo Viejo, y enseguida de él se alzaban dos caserones, toscos y amplísimos. En los bajos de la amplia casa de la esquina, que era la del Coliseo Viejo y Coliseo Nuevo, estuvo instalado el antiquísimo café de Veroli, llamado así por el apellido de su fundador. En el año de 1785, durante el gobierno del virrey don Bernardo de Gálvez, conde de este dictado, se establece en la calle de Tacuba el primer café que hubo en la ciudad. Quedaba este un poco más adelante del esquina que así esa calle con la de Cereros, después del  Empedradillo y hoy en día a Monte de Piedad. A sus puertas estaban los camareros o mozos gritando en constante invitación a los transeúntes: “Entren a tomar café con molletes a estilo de Francia”. Este estilo consistían ponerle leche y endulzar la mezcla, lo cual constituyó en México una verdadera novedad y fue acogida con entusiasmo. La gente babeaba con sólo pensar en semejante sabrosura. Como dato curioso, diré que en ese lugar se cantó por primera vez La Marsellesa. Pues bien, después del café de Tacuba, fue en Veroli donde se empezó a vender, antes que en ninguna otra parte, esa combinación deliciosa y hasta se decía que ahí era superior, pues que el café que en ella se empleaba era de calidad sobresaliente y más fragante, y la leche más cremosa, por lo que se paladeaba mejor la exquisita mezcla, de todos tan alabada.
Además de estas excelencias, el café con leche no se tomaba con un simple mollete con mantequilla, sino con los buenos panes y bizcochos que allí mismo se amasaban y salían de sus hornos esparciendo insuperables olores que llegaban al corazón. Había los estribos y tostados de agua, los ojos de Pancha, los volcanes, los cuernos, las chilindrinas, las novias, los pellizcos, las chorreadas, los cocoles con su gustoso espolvoree o de ajonjolí, las coyotas rellenas de pasta de calabaza de camote o con jalea, las cotorras, los abrazos, los besos, las campechanas, y muchas otras más variedades que la gente pudiera imaginar. Cualquier cosa de estas magníficas con el café con leche resulta un deleite hondo, un puro gozo como para alabar a Dios.
Se acabó el Veroli y lo reemplazó otro similar y bueno. En el piso bajo se puso un café y en los saltos una fonda. Entre ambos establecimientos tenían el nombre común de la Sociedad del Progreso, pero el café, simplificándole la designación, le llamaban solamente el Progreso. Era de los más concurridos en esta calle, en la que había muy buenos y bien montados, que le comunicaban viva animación con su continuo bullicio. En él, como en todos, entretenidas tertulias de amenos conversadores, pero en éste, y no en los demás, se jugaba pacientemente el ajedrez y el ruidoso dominó.
Don Antonio García Cubas lo describe de esta manera en El Libro de mis Recuerdos: “Un gran patio cubierto de cristales, forma como ves, el salón principal de este establecimiento, uno de los más concurridos de la Capital; gruesas pilastras de madera sostienen los corredores, tras cuyos barandales se ven simétricamente colocadas las puertas del hotel y del comedor de la gran fonda; observa en la parte baja, al frente la cantina y detrás del mostrador al cantinero con su gorra de terciopelo, en la que flota una gran borla de seda; a la derecha una portada, que de entrada a las salas de billar; a la izquierda una puerta y un pasillo que comunica con el Teatro Principal, y frente de la cantina, la puerta que da entrada al café por la calle del Coliseo, las mesas, distribuidas con simetría, están formadas por grandes discos de mármol montados sobre tripiés pies de fierro, y todas están ocupadas por distintas clases de individuos. En una se halla un grupo de rancheros, ellos con anchos sombreros de palma y sus cotonas de gamuza, y ellas de trenzas sueltas con sus rebozos de bolita. Con qué placer toman aquellos sus soletas y nieve de limón, que instintivamente soplan antes de cada sorbo, como para comunicar a aquella algún calor, y estas son tazones de café con leche y sendas tostadas de pan con manteca. En otra mesa un honrado padre de familia contempla como sus pequeños saborean el buen mantecado o el helado de zapote o fresa, en tanto que en la de más acá un individuo abstraído en la lectura de un periódico, apenas fija su atención en el que está su lado, muy pensativo y cabizbajo, haciendo apuntes en su cartera. Debajo de los corredores, varios grupos de individuos que rodean las mesas, unos de pie y otros sentados, denuncian a los concienzudos jugadores de ajedrez, o a los que se entretienen en el trivial juego de las damas o en el no menos inocente del dominó, haciendo los últimos escuchar el continuo repiqueteo producido por las fichas al ser barajadas sobre el mármol.”
Don Guillermo Prieto también pinta con su suelta pluma en el Café del Progreso, incluyendo detalles distintos a los de García Cubas: “El patio del café se extendía bajo clara techumbre de cristales, corriendo más sombrío bajo los corredores de la parte alta, subdividida en cuartos pequeños y salones para servicio de la fonda. Todo el patio y bajos de los corredores lo ocupaban en todas direcciones y a cortos trechos mesitas de tripié de fierro y lámina barnizada, y en que se hacía el servicio del café y se jugaba ajedrez y dominó. Cada mesita estaba dotada de una gruesa botella de vidrio y un enorme brasero de metal amarillo con ceniza y brasas para alimento del fuego sacro de cigarros y puros. En el fondo del café, y teniendo como respaldo un gran espejo, estaba el armazón de la cantina, trastos de servicio y el mostrador con charolas, pozuelos y tasas, servilletas etcétera; para servirse café solo y con leche, tostadas, molletes, roscas de manteca, té, copas de catalán y de licor, y a hora oportuna ponches y refrescos. La concurrencia del café la fomentaba el teatro, y los actores que allí se estacionaban era como el pie veterano de aquella célebre negociación. En la tarde, militares y empleados ociosos, vejetes calaveras tahúres empedernidos, niños finos y polluelos pretenciosos envolvían en una atmósfera de humo de tabaco y formaban grupos en las mesas, ya de disputadores políticos, ya de obscenos oficiales que escupían por el colmillo y daban alas a la crónica escandalosa, ya de gentes de estas que se dicen decentes, sin oficio ni beneficio, que viven de parásitos de su familia, de sus amigos y del erario, que ven como capital enemigo al trabajo honrado.”
Años después la fonda de La Sociedad del Progreso fue un hotelucho de mala muerte, sucio nido de palomas duendes; se alejó entonces de tan sórdido lugar y sea adecuó convenientemente para que tuviese asiento el Casino español. En sus bajos se instaló una cantina bien servida, que por esto era lugar preferido de muchos parrandistas, llamada a La Noche Buena. Tiempo después cambió de nombre y también de dueño, lo fue un meloso francés de apellido Catillon. Ya entonces se llamó Café Inglés. 

domingo, 10 de abril de 2016

Satán, Luzbel y compañía (Sucedió en Avenida Hidalgo)

Don Valerio Antuñano, don Indalecio Lares y don Federico Sánchez Osores, siempre andaban juntos, no se separaban jamás; a donde iba uno de ellos, los otros dos lo acompañaban contentos. Los tres eran jóvenes y adinerados, los tres alegres y viciosos. Sus padres poseían juros, fincas, minas, haciendas, un grueso caudal; y se dolían mucho de verlos solo derrochar sin ocuparse nada; únicamente andaban de gastadores de aceras y de sostenedores de esquinas. Vida inútil de mancebos ricos. Lo que querían lo lograban, pues eran muy francos de manos, de ellas nos faltaba jamás el oro, y con alegría lo desperdiciaban como pródigos.
A las madres de estos mancebos no les quedaban en los ojos lágrimas que llorar al verlos constantemente en tan disolutas disipaciones; los tres padres de los tres indignábanse, les daban ora castigos, ora consejos, lo que era tanto como si con un estambre se quisiese sujetar a un león; y los tres jóvenes no metían sus pasos por el sendero trillado por dónde van contentos, tranquilos, los hombres de bien. Usaban mal de sus haciendas en vivir perverso, a cualquier crecido caudal le dieran fin comparando contentos. Los tres se echaron en la cama de la desenvoltura, derramáronse por todos los vicios y dormían muy a su sabor en ellos.
Eran como aves nocherniegas; todo lo hacían de noche y con escándalo. Temor de Dios no lo conocían, con Él jugaban y de herirle hacían entretenimiento; a nadie miraban con ojos de respeto, y al que tenía nombre honroso se lo quitaban. A ninguno hablábanle con el acato y reverencia debidos; de todo y de todos hacían mofa y escarnio. Ponían lengua venenosa en toda la gente, afrentaban a cualquiera, dándole el rostro con lo malo que sabían de él. Los tres eran sepulcros abiertos para enterrar la honra y fama que quizás vivían. Las bondadosas palabras de consejo de las personas mayores, las recibían con grandes risadas y les decían en dichas injuriosas, lástimas muchas y cantares afrentosos.
Los sucesos más nobles, los que debían infundirles mayor respeto y miramiento, los pasquinaban continuamente. No vivían sino disparando crueles sátiras, chistes y malicias, y multiplicaban oprobios e injurias. Con la desvergüenza diabólica tenían siempre desplegada la lengua. Largos maitines cantaban en versos, uno diciendo injurias, los otros dos respondiendo con blasfemias. Y así era como caían cada vez más y más hondo en el pozo negro de la maldad los tres mancebos. Satán, Luzbel y compañía, llamaban en México estos tres ricos y pervertidos jóvenes, malintencionados siempre, irritables, aviesos.
Como tenían abundante dinero que derrochar, no andaban solos nunca; una corte de bellacos por donde quiera los seguía, y con sus interesadas adulaciones los alentaba, fomentándoles sus vilezas y les reía con gozo sus maldades inacabables. Eran una zote en la paz de la ciudad. En muchas de sus calles, viejas, nobles, ya no se escuchaba el silencio, sino la alocada algazara que venían derramando en aquel sosiego los tres amigos pérfidos. La ciudad dormía en la noche profunda y  callada. Su sueño, en el quieto nocturno, era la prolongación más intensa del sueño del día, de todos los días, de su calma cotidiana.
Pero Satán, Luzbel y compañía, como los apodaban con justicia, rompían aquella tranquilidad grata y dulce al esparcirse en sus ilícitos contentos. ¡Dios nos valga! ¡E el Señor nos cuide!, Y otras pías exclamaciones daban llenas de congoja las pobres gentes al verlos pasar, les temían de ellos cualquier espantoso desacato, porque de todo eran capaces los desapoderados mancebo. La encantada tranquilidad de México hallábase alterada por aquel loco vivir.
Una noche iban por el callejón de Santa Isabel (Avenida Hidalgo), rumbo a una de las calles de Santa María la Redonda, por donde vivía una tal Jacobita, habilísima zurcidora de gustos, que juntaba en su casa a tocadores de guitarra y a preciosas damas, de esas damas de achaque, pecatrices, tuzonas de ocultís, comblezas de clérigos o barraganas de algunos señores pudibundos, las que van allí no sólo a esparcir el ánimo, sino a mejorar sus aumentos; y, además, poseía esa vieja, entre sus preciosidades, una magnífica colección de botellas de vino de los más rancios viñedos españoles y, por descorcharlas, cobraba buenas piezas de plata, porque cada gota bien valía un florín, pues apenas entraban en el cuerpo dos copillas le ponían fino regocijo el corazón.
Unas casas bajas ocupaban la acera de enfrente a la espalda de la Iglesia del convento; sólo puertas y ventanas tenían todas, pero puertas y ventanas alabeadas, carcomidas, que junto con los muros derrubiados, llenos de grietas, denunciaban claramente el lamentable estado de ruina en que estaría el interior, y por eso, por lo derruido, por su inminente derrumbe, nadie las ocupaba; años hacía que estaban deshabitadas esas casas y hasta se ignoraba quien fuese su dueño. Por algunas hendiduras de las paredes o por agujeros de las apolilladas puertas o ventanas, se veían los techos desfondados o llenos de boquetes, por dónde se metía la luz, y de los que colgaban los encajes largos, polvorientos, de las telas de araña, y se divisaban en los muros los hondos surcos que abrieron las goteras constantes.
Iban los tres amigos por el callejón de Santa Isabel y les llamó la atención que de una de las ventanas de esas casillas viejas saliera mucha luz que tendía su cuadrilátero amarillo en la sucia calle, y aún ponía tembloroso reflejo en los altos muros del convento. Curiosos, apresuraron el paso, creyendo que habría holgorio, y al llegar a donde brotaba aquella claridad, vieron con asombro las hojas abiertas de par en par, y en medio de la habitación, tendido en el suelo, un cadáver amortajado entre cuatro cirios, y echada sobre él lloraba con desconsuelo una mujer vestida de negro; su cabellera se volcaba copiosa sobre el blanco sudario; su cuerpo se veía conmovido todo por los sollozos.
-¡Desgraciada mujer!- Dijo don Valerio Antuñano.
-¡Pobre mujer!- Murmuró apenas don Indalecio Lares.
-¡Infeliz!- Exclamó con gran lástima don Federico Sánchez Osores.
Se alejaron silenciosos. Se les acabo el ruidoso contento que traían. Todavía en la esquina de la calle del Mirador de la Alameda, ya para salir a la de la Mariscala de Castilla, volvieron los rostros y contemplaron el fulgor que se tendía trémulo en la acera, que subía por el alto paredón del convento. Una vaga piedad se les metió en el pecho por aquella desdichada mujer que lloraba sola con su muerto. En la casa de la fina Jacobita estuvieron los tres, tristes, sombríos; no les sacaban regocijadas palabras ni los dichos de las damas, ni las gracias movibles de su cuerpo opulento, ni las copas del de lo caro que se echaron a pechos y que antes, con una sola de ellas, estremecían el aire con sus felices carcajadas de juerguistas. Como al amanecer, dijo don Indalecio:
-No se aparta de mi memoria la mujer que vimos, tan abandonada en aquel cuarto miserable.
-Yo no lo olvidó tampoco; se conoce que está en la pobreza más hostil- respondió don Valerio.
-¿Y si la fuésemos a ver? ¿Y si le llevásemos algo de dinero? De paso miraremos si es bonita y entonces la consolaremos con cuidado, le daré un socorro y al fin y al cabo caerá, qué duda cabe, resignada en mis brazos amorosos- dijo don Federico.
Dejaron a la exquisita celestina con los apreciables y ajados encantos de que se rodeaba, y se marcharon al callejón de Santa Isabel, pero ya no vieron pintado en la acera el amarillo cuadrilátero de luz, y pensaron que, tal vez, la madrugada lo había disuelto, pero quedáronse atónitos viendo cerradas, como siempre lo habían estado, las ventanas y puertas de toda aquella serie de casillas derruidas. Señalaron los tres, casi el mismo tiempo, la ventana ante la que se habían detenido; en el travesaño de la reja en que apoyó los codos don Indalecio estaban aún impresas las huellas marcadas en el polvo acumulado allí durante años, y don Federico miró en el alféizar un pañuelo, que reconoció por suyo y que sin duda se le cayó allí cuando se detuvo ante esa ventana polvorienta.
Sin la menor dificultad rompieron la puerta, con sólo arrimar a las carcomidas tablas sus hombros robustos. Quedo ante ellos una amplia estancia desmantelada y  telarañosa, con los muros llenos de descorchar duras y de grietas serpenteantes. Pasmado se vieron los tres mancebos. Estaban muy turbados de semblante, la frente rociada de trasudores de miedo, ellos que ante nada ni nadie lo habían tenido nunca. Se volvieron a sus casas, pensativos, cabizbajos. Despidiéronse en silencio. Esa noche no salió ninguno de ellos a sus correrías; tampoco salieron la siguiente. Los padres estaban llenos de asombro ante aquel cambio súbito en las alocadas vidas de sus hijos. Eran otros. No hablaban, casi no comían; en sus habitaciones encontrábanse encerrados de continuo. Se juraron al fin los tres una mañana. Hablaron. En sus almas se habían abierto las suaves luces de un nuevo amanecer. Lleno de alegría se fue don Valerio al convento de Nuestro Padre de Santo Domingo, don Indalecio dirigió sus pasos al Real Monasterio de San Agustín y al de descalzos de San Diego entró don Federico. Los tres más cebos comenzaron vida nueva. Tuvieron por maestros sus mismos errores para hacer completa mudanza de lo antiguo y enderezar el ánimo antes tan torcido. Recompensaron las ofensas con que enojaron a Dios y le ofrecieron una vida de penitencia satisfacción convirtieron sus pecados en misericordia.