domingo, 1 de marzo de 2015

La fuente embrujada (Sucedió en las fuentes brotantes de Tlalpan)

El pavoroso secreto de la magia no ha desaparecido, dormido durante algunos siglos aún no tenemos cerca, a nuestro lado. Este crispante relato ocurrido  en Nueva España, allá por el siglo XVI en lo que hoy son fuentes brotantes de Tlalpan, nos dará la razón.
Este suceso tuvo lugar allá por el mes de mayo de 1664, siendo virrey provisorio el arzobispo don Diego Osorio de Escobar y Llamas, en el sitio que hoy conocemos como el Pedregal, que entonces se llamaba el Carrascal y más allá, en lo que hoy son fuentes brotantes, había otra fuente; sin embargo, el sitio era frecuentado por cazadores de ciervos, que en ese siglo los sabía y muchos, uno de estos avezados cazadores lo era don Fernando Lorenzo de Guevara, sobrino mimado del efímero virrey-arzobispo. Cierto día, el caballero andaba de cacería, cuando logra herir a un siervo, el cual herido buscaba refugio entre la vegetación y más allá, donde ésta era cada vez más abundante; la herida infligida por don Fernando era mortal, así que pronto caería por tierra muerto, sin embargo, parecía como que, a medida que se acercaba al bosque, mayor energía recobraba; Don Fernando salto del riachuelo en persecución de su presa, no la dejaría por nada.
Al ver que el amo saltaba el arroyuelo, los criados acicatearon sus caballos y trataron de alcanzarlo, pero al llegar ante el arroyuelo, se quedaron mudos, quietos, con el terror pintado en sus rostros. Por más que le advertían y le gritaban a su amo que no se acercara a la fuente embrujada, porque corría el riesgo de perder su alma, él los ignoro por completo pensando que eran solamente supercherías y continuó su persecución.
Durante algunos minutos don Fernando persigue al ciervo agonizante, siguiendo su cada vez más grueso rastro de sangre, y al fin llegó hasta un lugar donde le era imposible continuar a caballo, dejó entonces libre su cabalgadura y continua tras las huellas de sangre. Así llegó hasta una cascada de aguas diamantinas, que se precipitaba desde lo alto de un risco, el sol ya cayendo hacia el poniente, daba toques dorados y rojizos a la cascada cantarina; de pronto don Fernando se quedó arrobado, las aguas cantaban una extraña melodía, y de la parte de abajo escapaban voces, cánticos, letanías dulces y acogedoras. El caballero perdió la noción del tiempo y siguió la corriente del arroyo que continuaba emitiendo raras sonoridades; de súbito, se halló bajo las frondas de un fresco boscaje que rodeaba una laguna, sus aguas eran tranquilas, doradas por el sol muriente de la tarde y sus ondas parecían dos enormes ojos garzos.
Mientras tanto, los dos criados temerosos por la suerte del amo, nos atrevían a cruzar el arroyo. De pronto, entre las sombras que comenzaban a invadirlo todo, descubrieron la figura de su amo; sin embargo, él parecía idiotizado, ebrio, fuera de sí, anonadado. Don Fernando no dijo una sola palabra, sus ojos idiotizados, parecían estar viendo aun lo que había visto allá en el bosque; mudo, ido de la mente, fue conducido por los criados hasta su casona que fuera más tarde el Palacio del Arzobispado; dicho palacio fue reconstruido en el siglo XVII por el famoso arquitecto don Jerónimo de Balbás, introductor de la estípite arquitectónica.
Allí se encerró don Fernando, dejando transcurrir las horas, sentado en escaño de alto espaldar, taciturno, silencioso, con esa misma mirada que trajo después de salir del bosque halla en el Pedregal. Su único paseo era el de salir al patio y ver la fuente en su interminable chorrear de agua cantarina, y allí pasaba las horas y dejaba caer la tarde, creyendo escuchar un misterioso mensaje en el surtidor. Largas horas de la noche las pasaba al caballero en vela, a veces su mente enfebrecida lograba conciliar el sueño, y entonces le asaltaban extrañas pesadillas; los gritos y risotadas del amo atraían a los criados que acudían hasta su lecho a indagar. Despertó sobresaltado y ordenó que le tuvieran los caballos y los perros listos al amanecer para ir de cacería al Pedregal.
Don Fernando corría y corría, fingiendo que iba en pos de algún siervo o una liebre, pero en cuanto llegaba al arroyo, se apeaba del caballo, ordenaba a los criados atar a los perros y marchaba. Pasaba por la cascada cantarina, musical, y continuaba si el bosque, después, extasiado, de pie, aguardaba a la orilla del estanque misterioso… ¿Qué aguardaba?
Regresaba y volvía a cerrarse en la casona arzobispal, taciturno, silencioso, ido, y cada vez más desmejorado; parecía que una rara enfermedad minaba su cuerpo y algo sobrenatural se había posesionado de su espíritu, palidecía como sin enfermedad interior, desconocida, le fuese dejando sin sangre. En ese estado ni tan siquiera se dio cuenta que su tío, a los dos meses dejaba de ser virrey, pues tomaba posesión del virreinato don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, el 15 de octubre de 1664.
Una noche en que todo parecía propicio para lo macabro y diabólico, pues soplaba viento y ululaban calles, don Fernando mando llamar al viejo, criado de su tío, para preguntarle cuáles eran los secretos que guardaba la fuente embrujada a cerca de aquella hermosa mujer que ahí se aparecía, pues él ya estaba loco de amor por ella. Ante la terquedad del mancebo, el anciano le contó la historia:
“Hace ya casi un siglo, llegó a la capital de la Nueva España una rica joven damita de brillante linaje. Jamás se quitaba el velo que obscurecía su rostro, pero a juzgar por sus bondades, se creía era muy bella; socorría a la Iglesia, daba de comer al hambriento y medicinas al enfermo, dama más caritativa no la hubo jamás. Al saber la bella y afortunada, varios galanes la pidieron por esposa, mas ella, por alguna causa, rechazaba a todos; entonces el vulgo comenzó a correr la versión de que no rechazaba ella los galanes, sino ellos a ella, porque al ver su feo rostro salían huyendo. Dicen que recorrió a la magia negra para obtener amores y a la magia blanca para hacerse bella, y para lograrlo se embijaba el rostro con la sangre de animales y niños que ofrecía en holocausto al demonio; de pronto su rostro adquiría belleza, pero sólo por la noche y entonces salía a buscar al galán que su corazón le indicara. Quién sabe cómo ella adivinaba si movía al galán una pasión insana y le castigaba de horrible manera, transformando su rostro en un animal cualquiera, y ante tal impresión, la víctima salía corriendo como alma que lleva el diablo.
Pasaron los años, no se sabe si desaparece esta mujer, si se la llevó el demonio, pero su casa queda abandonada y en ruinas; y tal es la mujer que habita a la orilla de la fuente embrujada y qué aguarda a un galán.” Don Fernando no le creyó al anciano aquella historia tan descabellada, y lejos de asustarse, se encaprichó más con su adorada Blanca de Gazcón, como se llamara en vida.
A la madrugada siguiente el caballero salió a todo galope de la ciudad, iba en pos de aquella misteriosa mujer; pasaba ya el mediodía, cuando sobre su caballo sudoroso llegó a las inmediaciones del Pedregal. Esta vez no le importaba la caza del ciervo, por la cacería consistía en atrapar un sueño, un imposible; llegó al arroyo y bajó del caballo, de allí debería continuar a pie, y le ordenó a su animal que regresara a la casa. Salto el arroyo que esta vez le pareció que llevaban brillantes y mil pececillos dorados, después a la cascada cantarina, que está vez dejaban escapar frases de amor envueltas en una musicalidad ultra terrena.
Cuando llegó a la entrada del bosque, su alma estaba hechizada de amor y su corazón daba vuelcos de emoción porque esta vez, podía llamar a la extraña mujer por su nombre, y sin pensarlo más así lo hizo. De pronto sopló una brisa fresca y sobre las aguas irisadas se reflejó la figura de aquella mujer extraña, quien emergió de las aguas extendiendo los brazos llamando a su amado. Sin importarle si aquel espíritu era errabundo o alma del averno, don Fernando camino sobre las aguas para reunirse con Blanca.
Como dos amantes separados por el tiempo y la distancia, juntaron sus labios y se fundieron en un solo amor, después, sin sentirlo, sin darse cuenta, Fernando se fue hundiendo en las azules aguas de la fuente, así abrazado a ella; entonces brazos viscoso se extendieron en el fondo de la fuente, lianas y raíces pútridas los aprisionaron.
Mil estrellas estallaron en los ojos de Fernando, mientras escuchaba aquella voz ultra terrena, pero de pronto, el rostro bello de aquella mujer fue convirtiéndose en una máscara de horror, ya descarnado mostró una amarillenta calavera de ojos huecos y boca grotesca horripilante. De su cuerpo, de su pelo, sólo quedaban restos llenos de fango putrefacto, pero don Fernando Lorenzo de Guevara ya no vio aquel horror, su alma había sido arrastrada al fondo de un abismo ignoto.
Nadie supo explicar aquel misterio, pero desde entonces, dejó de ser aquella la fuente embrujada, volvieron a sus orillas los siervos y coyotes y furtivos cazadores que iban sin temor; aunque algunas veces, alguien creía escuchar, partiendo de las aguas, un murmullo de amor y de ternura.
Hoy en día conocemos este sitio como fuentes brotantes de Tlalpan y nadie habla de aquel hecho añejo y olvidado. Sin embargo, no será difícil que una noche, no un cazador furtivo, sino un transeúnte, logré ver a la pareja de doña Blanca y don Fernando.

domingo, 22 de febrero de 2015

Fuente de Salto del Agua

Uno de los barrios que tiene la fortuna de contar con agua en abundancia, era el del Niño Perdido (Eje Central). Por el acueducto de Belém llegaba la capital el agua que se le conocía como “gorda”, ya que ésta era más pesada que la delgada, superándola en que no se enturbiaba en tiempo de lluvias, pero es de más baja calidad para saciar la sed. Terminando la arquería, descansaba una fuente de tosca construcción toda de cantería y del estilo original llamado churrigueresco; el tiempo y el uso fueron destruyendo parte de aquella fuente, reflejo del romanticismo en la arquitectura. Estaba situada en un arrabal y en una plazuela, que diariamente era un punto de reunión, en donde se podían conocer muchas anécdotas del barrio y las historias populares; en aquella fuente a ciertas horas, se formaba una auténtica tertulia, en que además de los asuntos de cocineras recamareras, se hablaban de los efectos de primera necesidad, de la despedida del ahorcado, de celos y pleitos.
La fuente fue construida en el reinado de Carlos III, siendo virrey de la Orden de San Juan Frey don Antonio María de Bucareli y Urzúa, cuadragésimo virrey de Nueva España, el cual dio su nombre al Paseo que se tituló Nuevo. La obra fue terminada el 20 de marzo de 1779, siendo juez conservador de propios y rentas don Miguel Acevedo y regidor comisionado don Antonio de Mier y Terán.
El nombre que adquirió después esta fuente se debe a la hermosa cascada en miniatura que forma el agua, cayendo del tazón de piedra sostenido por un grupo de tres niños sobre delfines, hacia el receptáculo en que la recogía el público. El trabajo de la obra es bastante curioso, destacando el gran relieve que se halla en la parte frontal de la fuente, representando las armas de la Ciudad de México, tales como se usaban en la época en que fue construido aquel monumento: se ve un águila con las alas abiertas y una cruz en el pecho; entre las salas están los estandartes españoles y en las garras las macanas indígenas; pendiente del pecho de la misma águila está un  medallón  que representa las armas de la ciudad, esto es, sobre el fondo hay un castillo en medio de tres puentes que parte de y sirven de base a dos leones que apoya sus garras en el castillo; aparecen allí las características hojas de nopal y en el remate tuvo la corona imperial; el escudo fue borrado después de la independencia y ha quedado modificado el conjunto.

Acueducto de Belém.
Este acueducto daba paso al agua denominada gorda, el cual comenzaba junto a  Chapultepec, recorriendo la calzada de Belém y terminaba en la fuente del Salto del Agua. Desde donde brotaban las aguas en la alberca, hasta la fuente, hay una distancia de 4673 varas (3915.974 metros), contándose 904 arcos desde el puente de Chapultepec. Para dar la mayor elevación posible al agua, y por consiguiente mayor impulso, se logró aumentar en vara y tres cuartas (1.4665 metros)  la altura que antiguamente tuvo al levantarse la arquería, habiéndose ya elevado una vara sobre el nivel anterior. El agua gorda era utilizada por los que habitaban la parte Sur de la ciudad, comprendiendo las zonas de Belém, La Piedad, San Antonio Abad y la Viga.
Esta agua que nació el Chapultepec, antiguamente sirvió para abastecer la ciudad azteca, y uno de los trabajos de los primeros conquistadores fue arreglar los caños y ponerlos en corriente. Se pueden encontrar muchas disposiciones en el primer libro de cabildos para formar la zanja, repararla y componerla, nombrando guarda que la cuidara; los manantiales del bosque también sirvieron para abastecer del vital líquido. El primer registro que se tiene de esta agua, fue la que se le concedió al convento de San Francisco en el cabildo del 23 de enero de 1526.
Antes de la conquista venía para la capital de la ciudad el agua potable nacido Chapultepec por dos acueductos. Llegando a épocas más recientes, fueron utilizadas bombas movidas por máquinas de vapor para elevar el agua.

Parroquia del Salto del Agua.
Fue mandada erigir por el rey Carlos III a solicitud del Arzobispo don Francisco Antonio Lorenzana. La actual parroquia es una iglesia nueva, cuya primera piedra fue colocada el 19 de marzo de 1750 por don Francisco Navarro Navarijo, asistiendo un crecido número de clérigos y distinguidas personas seculares. El padrino de la ceremonia fue don José Gorraez, primogénito del mariscal de Castilla, quien en agradecimiento porque su hijo había sido invitado para semejante acto, prometió dar para la obra de la Iglesia seis de esos semanales, lo que cumple por espacio de 10 años sin haber faltado una sola vez, dando un total de más de $3000. La licencia para colectar limosnas destinadas a la fábrica de la iglesia, fue concedida en enero de 1729.
Treinta y dos años después, fue erigida la iglesia del Salto de Agua en ayuda de la parroquia de la Santa Veracruz, atendiendo a que se hallaba comprendida en el territorio de la jurisdicción de esta feligresía; pero cuando se hizo la división de la capital en 14 parroquias, por el Señor Arzobispo Lorenzana, quedó independiente la del Salto en el año de 1772. 

domingo, 15 de febrero de 2015

El callejón del beso

Una triste historia de dos jóvenes que se profesaban un tierno amor, eran Ana y Carlos. Ella, hermosa y pura, tenía cerca de veinte años y era cariñosa y única hija. Él era un apuesto mancebo como de veinte años, alto y fornido, de tez morena y carácter arrogante, adornado de las mejores cualidades morales, como la de no padecer ningún vicio y dedicarse empeñosamente a cumplir con el trabajo de su tío, el escribano, que le proporcionaba en su oficina; motivado además con la promesa de que a la muerte de éste, heredaría la escribanía. En estas circunstancias llegó a su vida doña Ana por casualidad, y como dicen los cuentistas románticos, tan pronto se miraron, un lazo indescriptible ató a los jóvenes. A partir de aquel momento, Carlos pasaba frecuentemente por la casa de doña Ana durante las tardes, porque era la hora en que salía de su trabajo. Y ella, con el mismo entusiasmo de verlo se paraba en  el balcón, con su especial belleza, blanquísima, de grandes y expresivos ojos negros, luciendo un hermoso mantón de Manila que su padre le había obsequiado; de manera que cuando pasaba su galán, ella le regalaba una encantadora sonrisa.
Así fueron transcurriendo varias semanas, hasta que él se atrevió a saludarla y la joven le correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se inició la plática, titubeante al principio, pero cordial, como empieza todo noviazgo, y más tarde, como les correspondía a los dos enamorados, acompañada de dulces frases y promesas de amor. Las semanas pasaron rápido y los meses también, envueltos en las esperanzas de realizar pronto sus dorados sueños ante el altar, contando con la venia de la madre de ella, de doña Matilde, digna y virtuosa matrona que había aceptado con buenos ojos la relación de su hija con aquel joven de conducta intachable, aunque de escasos recursos económicos.
Pero no todo era miel sobre hojuelas, pues tenía la oposición del padre, que tenía planeado casarla con un amigo suyo, potentado residente en la Península, a quien Ana jamás había visto. Tal situación hizo pensar a doña Matilde que aquellas pretensiones no tenían más fuerza que las de un pago proyecto, y de acuerdo con los jóvenes, juzgo pertinente darle a conocer al padre aquellas santas relaciones, que no habían pasado de meros coloquios al pie de la ventana de su casa.
En una ocasión el padre sorprendió a los jóvenes en una amena charla, y después de haber corrido a Carlos, le prohibió que volviera hablarla su hija; en cuanto a ella, la amenazó que si continuaba aquellas relaciones, la recluiría en un convento. Doña Matilde fue objeto de duros regaños.
Aquel romance prácticamente había quedado roto; sin embargo, ninguno de los dos amantes quedó conforme con la actitud irascible del padre, y Carlos decidió reanudar sus relaciones espaldas de éste. Entonces alquiló una habitación en una casa situada frente a la de su novia, donde había una especie de postigo a la altura de la ventana, en donde él podría hablar libremente con su amada, sin que nadie se diera cuenta, y fraguar algún plan que llegara a ablandar la voluntad del padre. En el momento en que urdían un plan, tan pronto venía por tierra, para dar lugar a otro que les parecía mejor. Las semanas pasaron, escondiendo su noviazgo a la luz del día, y viéndose únicamente altas horas de la noche, desde la ventana de la joven y el escondrijo de él, cuando el padre de la doncella estaba entregado al sueño. Pero como nada se puede ocultar para siempre, un día la desgracia abatió de manera intempestiva aquel amoroso diálogo, pues el padre habiendo sospechado aquellas misteriosas entrevistas, se levantó furtivamente de su lecho, sacó de su buró una filosa daga, y ciego de ira se dirige hacia la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de disuadirlo; mas él siguió su camino y llegó hasta donde estaba la joven, quien al ser sorprendida, aturdida, pretendió dar una explicación sin que le diera tiempo, pues el padre le clavó en mitad del pecho aquella aguda arma.
Moribunda Ana, quedó boca arriba en el pretil de la ventana, inclinada levemente a un costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento la luz de la luna alumbró aquel dramático cuadro, y se vio como el joven amante, presa del más intenso dolor, tomó la blanquísima mano de su novia, le imprimió un tierno beso, y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Desde entonces se le llamó a esta callecita romántica, El Callejón del Beso.

domingo, 8 de febrero de 2015

Día de la Candelaria

La religión en las fiestas populares

La fiesta del 2 de febrero en México, se encuentra vinculada con la tradicional Rosca de Reyes. A todos aquellos que les haya tocado el niño, deberán presentarlo en el templo el Día de las Candelas; para tal evento deberán ataviarlo con los ropones correspondientes, así como sus tronos para aposentarlos.
Después del festejo del nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes Magos, una de las fiestas más arraigadas a nuestra cultura es la llamada “de la Candelaria” o de las Candelas, ya que en dicha celebración, son bendecidas la imagen del Niño Dios y las velas que llevan con el niño. Esta costumbre tiene sus orígenes en la celebración litúrgica de la fiesta de la purificación en la presentación del Niño Dios.
La imagen de la presentación del Niño en la Parroquia de Coyoacán, antecede la Bendición de los Niños Dios vestidos de púrpuras y sedas; los podemos encontrar negros, blancos, cobrizos y bronceados; así como también sentados en sus tronos o recostados en cestos de flores. Las Candelas son bendecidas, para ser encendidas cuando surjan tribulaciones durante el año; al igual que las semillas de chía que una vez germinadas, se colocarán en el Altar de Dolores.
La fiesta concluye con la merienda de los compadres en la cual se sirven los deliciosos y tradicionales tamales; los cuales pueden rellenarse con pollo, puerco, frijoles, mole, rajas, elotes, queso y hasta fresas con pasas, acompañados de salsas, atoles de sabores y chocolate.


En los tiempos de Jesús

La ley mosaica establecía en el Levítico, que toda mujer que hubiese dado a luz se debía de purificar. Si el recién nacido era varón, debía ser sometida circuncisión a los ocho días y la madre debería permanecer en su casa durante 33 días más, purificándose a través del recogimiento y la oración.
Una vez concluido el plazo, la mujer acudía en compañía del esposo a las puertas del santuario para llevar la ofrenda consistente en un cordero primal y una paloma o tórtola, ofrenda que los pobres podían satisfacer con el ofrecimiento de dos palomas o tórtolas. Sin embargo, la gente piadosa tenía por costumbre llevar al pequeño consigo, especialmente cuando se trataba de varón primogénito, para consagrarlo a Yahvé.
San Lucas nos narra, que María y José quisieron cumplir con este precepto llevando al Niño, y su deseo era hacerlo en Jerusalén. Como eran pobres, llevaron por ofrenda dos palomas blancas; y fue ahí donde el justo y piadoso Simeón, movido por el Espíritu Santo, al entrar María y José con el recién nacido, tomó en brazos a Jesús y lo bendijo con la oración: Et nunc servum tuum (Ahora te puedes llevar a tu siervo de la tierra).
Entre sus alabanzas, profetizó que el Niño sería la luz que iluminaría a los gentiles y la gloria de Israel. De ahí surge el simbolismo de las Candelas que representan la luz de Cristo en los hogares.

domingo, 1 de febrero de 2015

La tenebrosa cárcel de la Acordada (Sucedió en la hoy Avenida Juárez)

Cuántos crímenes espeluznantes, cuantas escenas de terror ocurrieron en el interior de la tenebrosa prisión de "La Acordada". Este relato que enmarca una leyenda tenebrosa, tiene todo lo suficiente para llenarnos el espíritu de horror; será difícil saber en dónde empieza y en donde acaba lo sobrenatural.
A principios del siglo XVIII, salteadores y bandidos infestaban todo el territorio de la Nueva España cometiendo mil desmanes, a pleno día, en las afueras de la capital, se cometían robos y asaltos, cientos de crímenes fueron cometidos en esa época cruenta. El bandidaje tomaba cada día un auge peligroso; tanto en la capital como en la provincia se cometieron actos de robo con violencia; en su osadía, los bandidos llegaron hasta entrar a casas habitadas. Ante la terrible situación, el virrey duque de Linares, llamó a la Audiencia de la Nueva España, para ver qué se "acordaba" al respecto, y de aquella reunión entre estos personajes, nació el Tribunal de la Acordada; y se "Acordó" también levantar unos galerones, que fue la primitiva cárcel de "La Acordada"; éstos estuvieron en Chapultepec.
Pero como sabía "Acordado" levantar un edificio propio para encerrar a los ladrones y asaltantes de camino, se comenzó a edificar este en parte de lo que fue elegido de la Concha, su frente daba a la antigua calle que el Calvario (o en Avenida Juárez), su costado oriente hacia lo que hoy es Balderas, y su parte poniente halago y calle de Humboldt. En el año de 1751 quedó terminado el tétrico edificio de piedra roja basáltica, con molduras, ambas pilastras y cornisas de recinto y cantería; se le llamó cárcel de "La Acordada", como derivados de aquella "Acordada" obsesión tenida entre el virrey duque de Linares y Audiencia. Pronto comenzaron a llegar remesas de bandidos y criminales para recibir el castigo acorde a sus delitos; entonces se nombró alcalde y jefe de Omnímodo de la tenebrosa prisión, a don Miguel de Velázquez que era cruel perseguidor de bandidos, la fama de este hombre sanguinario fue tremenda, se le temía y hasta los hombres más perversos temblaban ante su presencia. Como única condición para gobernar la prisión, de Velázquez pidió al virrey que se le dieran amplias facultades: sería juez y verdugo de los criminales.
Poco se le hacía el tiempo a aquel hombre para golpear brutalmente a los criminales y mandarlos al patíbulo; todos los días por la mañana y por la noche visitaba los prisioneros para castigarlos. Como lo hacía el cruel alcalde y verdugo, nunca antes una horca trabajo tanto como entonces. En cuanto a castigos, nunca tampoco los hubo más crueles, desde azotes, cadenas y hasta ratas que se devoraban vivas a las víctimas.
Contando con 2000 hombres armados, de las que salía a perseguir a los bandidos fuera de la capital, y así iba limpiando, dejando vestigios macabros de su paso, el cruel y sanguinario perseguidor de bandoleros; después de hacer justicia, el feroz sujeto no sentía la menor carga en la conciencia. Cuando llegaban nuevos envíos de hombres a la tenebrosa prisión los hacinaban materialmente; entonces don Miguel ordena una limpieza de cuerpos para recibir a las nuevas víctimas, y para llevar a cabo esta tarea, en el fondo de la cárcel existió un foso que se llenó varias veces al año como huesos y carroña. Allí fueron arrojados sin piedad, moribundos y viejos, enfermos y los que morían de hambre. A veces, a propósito para que vieran de cerca "su justicia", de Velázquez dejaba los huesos descarnados colgados de los muros.
Años después, el virrey mandó llamar al verdugo sanguinario para confiarle una delicada misión: la custodia de un importante personaje, que era el marqués de Torrecillas, que estaba próximo a llegar del Perú; tenía que traerlo con su esposa y servidores, sanos y salvos a la capital de Nueva España. Don Miguel con 11 hombres valientes y disciplinados, partió hacia el puerto de Acapulco, era seguro que nadie iba a estorbar la misión, pero en un lugar cercano a lo que hoy es Iguala, un soldado explorador regresó nervioso y les dijo que cinco jinetes se aproximaban. Don Miguel meditó un momento, y después impartir las órdenes a sus soldados, tendientes a sorprender a los cinco desconocidos jinetes, todo se ocultaron entre el follaje y tras las peñas; pronto aparecieron por el camino cuatro jinetes españoles y un monje negro de la orden de "Los Tenebrarios", venían deprisa, como si les urgiese llegar a un sitio determinado y no se dieron cuenta de la presencia de Velázquez. Cuando estuvieron aquellos desconocidos dentro del cerco de soldados, saltaron al camino; tomando siempre la ventaja, don Miguel les ordenó a los jinetes que desmontaran y se identificaran, y así lo hicieron, todos eran los hermanos García de Pimentel, y se dirigían a la capital de la Nueva España en busca del doctor de Silva, para que curara a su enferma madre.
Uno de los principales atributos de Velázquez era la desconfianza y la rapidez de movimientos, en instantes tomó la decisión de decir que aquel doctor no existía, y que ellos eran solamente unos bandoleros que pretendían asaltar y robar la diligencia del marqués de Torrecillas, y por lo tanto ordenó a sus guardias aprehenderlos y buscar un árbol para colgarles.
Sin información de causa, sin escuchar razonamientos, don Miguel es sanguinario ordenó colgar a los cinco. Muertos los que se decían hermanos, le tocó el turno al fraile negro de la orden de los Tenebrarios, entonces en esos momentos en los ojos del fraile se cruzó una luz siniestra de venganza y abrió los labios para gritarles que aguardaran un momento, y en un rápido inesperado movimiento el religioso le arrojó a Velázquez un extraño medallón de plata redondo, con el símbolo de la eternidad, que lo perseguiría y conduciría hasta la muerte; echando una maldición lo lanzó lejos. Don Miguel y sus hombres galoparon hacia Acapulco, quedando atrás el fraile muerto, con su índice macabro apuntando hacia ellos. De Velázquez y sus hombres trajeron a la capital al marqués de Torrecillas y lo escoltaron hacia Veracruz; el ilustre viajero y su séquito no tuvieron contratiempo alguno y pudieron embarcarse rumbo a España que era su destino.
Transcurrió el tiempo... cierta noche un carcelero entró presuroso a dar un informe insólito al verdugo sanguinario: ¡tenían cinco prisioneros demás! El carcelero la aseguró que los había contado varias veces, y siempre le sobraban cinco. Dispuesto a sacarlo del error, don Diego decide ir el mismo, y para su asombro confirmar la cuenta. Al día siguiente se volvió a confirmar que era el mismo número, llevándose a cabo la misma operación durante siete días, pero siempre daba el mismo resultado; entonces para que las cuentas le salieran bien, ordenó que se sacaran a  cinco prisioneros y se les colgaran. Esa misma tarde se llevaron a cabo las ejecuciones ordenadas por aquel cruel hombre, para corregir un error en la población de presos.
Tres días después don Miguel se hallaba repasando las notas de su libro de presidio, cuando uno de los carceleros le interrumpió para decirle que había cinco prisioneros más nuevamente, y para darle fin a esta broma de una buena vez manda construir una macis ahorca para colgar a los prisioneros excedentes; la construcción duró varios días, según órdenes de Velázquez se recubrió con planchas de plomo. Esa noche el verdugo pensó estrenar la nueva horca, cuando creyó escuchar una voz siniestra que le decía que él mismo estrenaría su horca; creyendo que era alguien que quiere atemorizarlo, comenzó gritar y a blasfemar. Creyendo que era un sueño, alucinaciones y como la voz favor escucharse, se volverá dormir.
Al día siguiente muy temprano, don Miguel fue a recrearse con su horca terminada. ¡Ansiaba ponerla pronto en servicio! Conforme en iniciar sus ahorcamientos hasta el día siguiente, el verdugo se puso a hacer una lista de los que serían ajusticiados, pero en esos momentos penetró un frío helado, como de muerte, haciendo volar los papeles; mientras los recogía se dio cuenta de la presencia de cinco personajes, el viento había apagado las velas. Al momento levantó la vista para quedar frente a cinco espectrales formas que parecían confundirse con las sombras, uno de ellos habló con cavernosa voz, para decirle que venían en pos de justicia, de las que sintió en extraño escalofrío ¿en dónde había escuchado esa voz y cuándo? Entonces el espectro negro le volvió a hablar, ¡era el mismo que noches anteriores había venido a decirle que el estrenaría la horca! El verdugo quiso gritar, mas no pudo, un nudo en la garganta se le hizo y apenas balbuceó.
Don Miguel bajó la vista y descubrió horrorizado que tenía sobre su pecho aquel maldito amuleto que le lanzara el fraile, fuera de sí, abatirá su alma de horror, comenzó a retroceder; mientras lanzaba gritos espantosos, alaridos que extrañamente nadie escucho, los cinco espectros arrastraron hacia afuera a Velázquez, hasta que lo llevaron al pie de la horca revestida de plomo. El fantasma del fraile negro se quitó el cordón de su hábito para utilizarlo de soga, y con fuerza su romana los espectros arrastraron al horrorizado Velázquez por las escaleras,  le colocaron la cuerda alrededor del cuello y jalaron fuertemente. Para los seres de ultratumba nada hay imposible.
Al día siguiente los ojos profundos y apagados de los prisioneros, vieron colgado a su verdugo en la horca nueva, nadie pudo explicarse lo sucedido y menos cómo y por qué se ahorcó con un cordón viejo y podrido del hábito de un fraile tenebrario. Muerto Miguel de Velázquez, la prisión de la Acordada continuó funcionando bajo un régimen menos severo, pero igual de injusto y arbitrario.
Se aseguran documentos históricos que continuaron las ratas y el foso, llenándose de la carne de moribundos y  muertos; y asientan que en 1774 cuando se inauguró el "Hospicio de Pobres", niños y maestros frailes, comenzaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba, procedentes de la anexa cárcel de la Acordada. Luego en el año de 1788 ocurre un terremoto que causó grandes daños a dicha prisión, al grado de que todos creyeron que era un castigo divino; así la tétrica prisión casi fue reducida a escombros, cayeron sus muros y sus rejas, sepultando a muchos infelices.
Aunque se reconstruyó la macabra prisión, ya no funcionó igual, sino como una cárcel ordinaria y común; y años después los reos fueron trasladados a la cárcel de Belem y los años hicieron lo demás.

domingo, 25 de enero de 2015

La cabeza rodante

Vivió durante la época colonial don Bernardo Alvar y Fuentes, conde de Lafragua y Loreto, quien era un apuesto caballero, arrogante como el mismo, pues tenían encomienda muchos pueblos y una renta incalculable en ducados de oro; por tal motivo se había rodeado de muchos enemigos, pero también por su mala costumbre de hablar de “vos”, incluso a las personas más encumbradas de la sociedad novohispana, lo cual tomaban como una gran ofensa.
Don Lucas Aldama y Rivas, un visitador del virrey, se preguntó quién era aquel tipo, después de habérselo encontrado en la Plaza Mayor, durante la ejecución a garrote vil de varios sospechosos de sedición y de algunos herejes reincidentes, que portaban sambenitos negros, en los cuales estaban plasmadas las llamas del infierno y demonios que las alimentaban. Un clérigo le dio a don Lucas santo y seña de aquel individuo, a lo que el visitador le dijo que ni siquiera se había quitado la gorra al verlo. Su comportamiento resultaba muy sospechoso, por lo que había que tenerlo muy vigilado, pues no dudaban que estuviera envuelto en una rebelión contra su majestad Carlos V.
Cuando el evento terminó, el carruaje de don Lucas le ganó el paso al caballo de don Bernardo, naciendo a partir de entonces una terrible rivalidad entre ellos; el arrogante caballero dirigió su malestar sonriendo mientras se acomodaba su gorra con detalles de oro y plumas de faisán.
Pocos días después, la tarde del miércoles de Tinieblas de Semana Santa, se dio el segundo y decisivo encuentro entre aquellos caballeros, luego de que los pífanos de la guardia anunciaran que el virrey salía de Palacio Real para decir vísperas en la Iglesia Mayor, ya decorada con los colores que marca la ocasión. En esta ocasión don Bernardo de los caballeros que la acompañaban quisieron ganar del paso al visitador del rey y a sus guardias en su camino a la misa de Tinieblas; dicho encuentro terminó en insultos y un golpe de guante dado por el funcionario real al petulante personaje. Era tanto el odio que se tenían, que programaron el duelo para el Domingo de Resurrección, poco les importo faltarle al respeto a Nuestro Señor.
El encuentro se dio en el bosque de Chapultepec, don Bernardo llevó ventaja desde un principio y término por herir al funcionario, quien cayó desangrándose sobre la hierba. En esos momentos los alguaciles de la Inquisición se dirigen al sitio, enterados del sacrílego evento. Don Bernardo fue avisado por uno de sus acompañantes, que el Santo Oficio se acercaba, pero antes de intentar la huida, alcanzó a rematar al visitador con su puñal; acto seguido monto en su caballo lo más rápido posible, pero no alcanzó a llegar muy lejos, ya que fue rodeado por un grupo de jinetes y decidió entregarse.
Cuando algunos de sus amigos fueron torturados, se les hizo jurar en falso que don Bernardo quería terminar con la autoridad virreinal y autoproclamarse rey, puesto que su padre y su abuelo habían contribuido a ganar esa tierra a los naturales. Por haber pecado contra Dios y el Rey, se le condenó a morir decapitado, como era costumbre hacer con los delincuentes, en especial con los salteadores de caminos de más baja categoría. El arrogante don Bernardo se puso a llorar por semejante humillación.
Llegó el día de la ejecución, después de decir sus pecados ante el sacerdote confesor, rezó los salmos penitenciales, fue exhibido ante el escarnio del público con cadenas a los pies. La gente cercana a él lo veía con una profunda lástima; pero no se la acusó solamente por el sacrilegio que cometió el Domingo de Resurrección al matar a un funcionario del rey, sino más bien porque su poder e influencia en aumento representaban un peligro para la autoridad virreinal.
Después de que su cabeza cercenada rodó sobre el tablado, su casa fue demolida y el terreno arado y regado con sal, para que la mala hierba no volviera a crecer ahí nunca, con lo que se quería decir que se daba por terminado su linaje. El arrogante don Bernardo no había tenido hijos, pero su viuda la ejecución le provocó un aborto, provocando la muerte del que hubiera sido el futuro heredero. En donde estuvo antes la casona se colocó un letrero que decía: “Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, la Real Audiencia y el Tribunal del Santo Oficio de México”.
La pobre viuda murió poco tiempo después en la más absoluta miseria, pues hasta el virrey le negó una pensión por los servicios que su difunto marido había ofrecido a la Corona en su calidad de caballero y encomendero. Con el paso del tiempo fue construido un hospicio para pobres en el terreno donde estuvo la propiedad de don Bernardo.
Cierta noche de tormenta, un par de monjas que se encontraban de guardia vieron rodar una cabeza barbada por las duelas del piso, dejando sangre regada su paso. Aquella espantosa visión duró lo suficiente para que la religiosa de más edad perdiera el conocimiento; la más joven relato aquel increíble suceso, el cual se repitió durante algunos años, siempre en un Domingo de Resurrección. La siniestra aparición cesó hasta que el edificio fue demolido para abrir una calle.

domingo, 18 de enero de 2015

El Malleus Malefucarum (El Martillo de las Brujas)

Henry Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el siglo medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio.
El Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería. Dos años más tarde, 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania, y para ello escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el Martillo de las Brujas.
Krämer y Sprenger presentan este libro a la facultad de Teología de la Universidad de Colonia en espera de que fuese aprobado; pero fue declarado ilegal y antiético, ya que su demonología no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores ediciones. Fue un auténtico best seller y durante tres siglos lectura obligada de inquisidores y jueces.
Actualmente, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería, que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.
El intrincado mundo de lo mágico, y de conexiones diabólicas, dejó una profunda huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de creencias, más creíbles cuanto más disparatadas; por ejemplo, las largas y frías noches que dan pie a toda clase de imaginativas representaciones, hasta concebir al demonio copulando y pactando con mujeres tildadas de brujas que, en virtud de dicho pacto satánico, tenían poder para hacer daño, causar grave enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.
El libro Malleus Maleficarum gira en torno a los maleficios que se atribuían a las brujas. Apoyada la frase bíblica “A los hechiceros no los dejaréis con vida” (Éxodo 22,18), en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de Hipona, en Tomás de Aquino y en otros relevantes teólogos elabora su doctrina sobre la brujería con una concepción llena de prejuicios y sexista de la mujer.
En la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y la hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una extensa gama de males “con el permiso de Dios todopoderoso” para que el Diablo no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.
La segunda parte del libro describe las formas de brujería, como lanzan hechizos y como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha información sobre hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y copula con el Diablo.
La tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y sentenciar a las brujas. La tortura, como en todo proceso inquisitorial, es práctica habitual. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar
En el fragmento del Malleus Malefucarum presentado por Agustín Celis, al contestar a la pregunta que los autores asimismos se hacen de porque la superstición es eminentemente femenina, presentan una verdadera sarta de lindezas misóginas:
“¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!
Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.”
En el segundo libro de La retórica, Cicerón dice:
“Los muchos apetitos de los hombre los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia.”
Detrás de todo esto, están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan de lascivia, apetito carnal. Y en su apoyo están muchos mitos que el patriarcado, con perversa intención fabricó. A esto se le añade la ignorancia de la psicología femenina, que brillaba por su ausencia. También desde el matriarcado, con sus mitos, prejuicios y estereotipos, se podría escribir algo parecido, o peor de los hombres; prejuicios culturales sexistas.
Los inquisidores actuaban en virtud de unos prejuicios religiosos y dogmáticos, provenientes de religiones ancestrales, que afectaban sus vidas, sus valores y su visión del mundo. Ellos mismos serán víctimas del adoctrinamiento recibido en su proceso de educación en los conventos y las instituciones religiosas, que no estaba exento, más bien impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la concepción de la vida, lo que les hacía mucho daño, como los complejos de culpa y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban sobremanera, pensando que con ello hacen el bien. Los prejuicios religiosos contra la mujer la hicieron víctima de infinitos oprobios, vejaciones, sufrimientos y angustias, al ser marginada y al asignarle roles de subordinación y sumisión, como terminamos de comprobar. Todos dirigidos por el Papa Inocencio VIII último responsable de los asesinatos que produjo la caza de brujas.

FUENTE: La Inquisición. El lado oscuro de la Iglesia. Primitivo Martínez Fernández.