domingo, 21 de agosto de 2016

Dar lo más por lo menos



¡Qué mala, que malísima suerte, era la de Nabor Orihuela! Nunca le podía salir nada bien al pobre hombre; como dicen por ahí, andaba con el santo de espaldas. La fortuna era inconstante señora en la vida de este triste ser: clavó su rueda con firmeza y con los fuertes clavos que le puso ya no la dejó subir. No había cosa que emprendiera Nabor que le saliese bien. Decían que desde antes de nacer le echó terribles maldiciones una tal que fue amasia de su padre, quien la dejó en abandono para casarse, como Dios manda, con la buena y apacible madre de Nabor, el de la siniestra ventura.
La viruela le dejó múltiples e indelebles marcas en el rostro; la tiña le exterminó mucha parte del pelo; un mal de estómago le descompuso la salud para siempre la salud y le dejó permanentes agruras que le quemaban como brasas el esófago, también lo dejó muy flaco, los huesos se le transparentaban por la piel, toda arrugada y reseca. En sus tiempo de juventud anduvo en la soldadesca, y en una escaramuza sin maldita importancia, una bala de arcabuz mal dirigida le partió en dos el hueso de una pierna y para siempre se quedó con el paso desnivelado; en otra ocasión un lanzazo por poco le quiebra un ojo, solamente le quedó una ancha cicatriz que le pasaba desde la nariz hasta la oreja. Se casó después con  una buena y excelente mujer, y al poco tiempo viudo se quedó. Probó el amor con sufrimiento, su corazón estaba hecho un mar crecido de amargura, pasaron por él grandes avenidas de penas. Cada día traíale un sufrimiento nuevo y así tantos dolores y angustias le tenían hecho a prueba de trabajos, armó a su alma de resignación y no salía de paciencia; bienaventurados los mansos porque de ellos es el reino de los Cielos.
Fue Nabor oficial de péñola en el Consulado de Comercio; desempeñó bajo oficio con el almotacén del Ayuntamiento; después aún más ínfimo al lado del balanzario de la Real Casa de Moneda; en seguida sirvió como portero de la Alhóndiga; al poco tiempo en el hospital de San Andrés daba unciones en la sala del morbo gálico, pues allí quitaba Mercurio lo que daba pródigamente doña Venus; lo hicieron bedel en el Colegio de Infantes Músicos de la Catedral Metropolitana; fue criado que repartía comida en las oscuras mazmorras de la Acordada; pasó a la Sala del Crimen a atar legajos con el rojo balduque y de ahí lo bajaron a mozo de retrete. Cada vez empeoraba más el infeliz Orihuela, iba dando más miserable caída.
Andaba todo traspillado, roto y lleno de flecos, aunque algunos agujeros de sus viejísimas ropas los tapó de inhábil manera con remiendos a grandes puntadas. Prácticamente se moría de hambres en un cuartucho de extramuros de la ciudad; muebles no había entre aquellas cuatro paredes llenas de telarañas, de adobe descubierto, ahí el duro suelo tenía por cama el pobre Orihuela. Su fortuna y ajuar lo llevaba a cuestas y el testamento en una uña. Lo apretaba la necesidad y ya estaba en lo último de la miseria; no tenía en que caerse muerto, ni cosa que llevarse a la boca. Era Nabor Orihuela el más pobre entre los pobres.
Encontróse una mañana en el portal de Agustinos, también llamado de la Preciosa Sangre, con su amigo Oropeza, quien le comento que un alto ministro de nombre Tadeo Grajales, estaba buscando a una persona de fiar que mantuviera bien  barrida y sin telarañas, una finca que llevaba tiempo sin rentar. Nabor aceptó ir a presentarse con aquel personaje para que le diera el puesto. Don Tadeo le vio a Orihuela cara de hombre muy de bien y sacó de un cajón de su bufete una gran llave de hierro, y le dijo el número de la casa, el precio del arrendamiento, y le recomendó mucho el cuidadoso aseo de la finca para  que tuviera mejor ver a los ojos del interesado alquilador. Loa casa era muy vieja y maciza, del siglo XVI, con bastos balcones de hierro vizcaíno, dos enormes patios de elevados muros; el aspecto de la casona deshabitada era por demás asombroso.
Nabor Orihuela recorría aquellas vastas habitaciones vacías. ¿Quiénes habrían vivido en aquellos cuartos de elevada techumbre? ¿Cuál era la ocupación de esas gentes? ¿Alegre o plácida fue su vida, o acaso, se metió en ella como en la suya, la malaventura? ¿Cuántos habrían muerto en esas estancias? Pensando en esto le saltó inquieta en su cerebro esa idea peregrina: ¡”Ay, qué bueno sería si alguno de los que vivieron aquí hubiese enterrado dinero, se me apareciera y me dijese dónde está;  yo en recompensa, para el bien de su alma le mandaría decir dos misas!”
Desde aquel día Orihuela traía ese pensamiento metido en la cabeza, con  él se dormía y levantaba; a diario acudía a misa a las iglesias cercanas: Santo Domingo, la capilla del señor de la Expiación, San Lorenzo, la Enseñanza, y no hacía otra cosa más que pedir a Dios que le concediera aquel milagro que tanto anhelaba su corazón, repitiendo a su vez el ofrecimiento de las misas. No solo se le imploraba al creador, sino que también a toda la corte celestial; dicha petición la hacía a todas horas del día. Gastaba la noche en la oración y durante el día replicaba sus ruegos con más llanto y sollozos.
Una noche después de su miserable cena, Orihuela se hallaba sentado en el tranco de la puerta de la estancia anchurosa que tenía por morada en aquel caserón; mientras pensaba como escapar de su pobreza vio un bulto alto y blanco que salía de atrás del brocal del pozo, que caminó con pasos tácitos y lentos y al fin se paró inmóvil bajo el arco que unía a los dos patios. Tremendo susto se pegó Orihuela, estaba totalmente fuera de sus sentidos, y con el corazón a mil por hora. Aquella figura espectral sacó un brazo de entre la vaporosidad de la túnica que la envolvía y varias veces, con enérgico ademán, señaló un punto entre los cipreses; después desapareció de la misma manera en que había venido.
A Orihuela se le metió un frío muy sutil hasta el tuétano de los huesos y los seguían bañando copiosísimos trasudores. Por fin le entró el sosiego y con él una leve y graciosa alegría que le recorría el cuerpo. Apenas hubo amanecido salió en busca de las herramientas necesarias para sacar el tan anhelado tesoro de sus sueños. Poco después volvió a la vetusta casona, trayendo pala y zapapico y con diligencia se puso a abrir un ancho hoyo en el lugar indicado por el aparecido. Pronto quedó abierta una zanja, en donde aparecieron los amarillos huesos de un esqueleto humano, entre las costillas estaba un orinecido puñal. De pronto apareció un panzudo cantarillo; de puro gusto se frotaba las manos Orihuela.  “Allí están los dineros que voy a recibir como justa  recompensa de tantas y tantas desdichas y trabajos que me ha dado la vida. Ese oro es el que merezco, pues que oro ha de ser por lo pequeñín de la vasija”, se dijo a sí mismo seguro convencimiento y rebosante regocijo.  Y añadió: “Tu querido difunto, cuenta con un triduo de misas de sufragio con ornamentos negros, con  tus responsos, además de los rosarios y de los quince sudarios ya ofrecidos”.
Con un contundente golpe rompió el cantarillo, y en vez de encontrar un fabuloso tesoro, lo único que obtuvo fue veinticuatro centavos de cobre, negros y orinecidos. Orihuela estaba pasmado, no podía creer que el espectro se burlara así de su esperanza. Otra vez quedó ajeno a sus sentidos. Cuando le volvió el alma al cuerpo dio un gran puñetazo en el aire y comenzó a echar chispas por los ojos y hasta humadas por la narices, ¡y ni se diga lo que salió de su boca!, ¡puras maldiciones y más pestes!
Pronto se le bajó aquella terrible llama de furor al infeliz Orihuela, pues era de natural manso y pacífico, y con pasos arrastrados se vino caminando, lente y trabajosamente, con el cuerpo inclinado con agobio hacia delante. Se sentó en el quicio de la puerta y se puso a llorar.

domingo, 14 de agosto de 2016

La paz colonial

La llamada paz colonial, es cierto que en un periodo de tres siglos sólo se alteró contadas veces por movimientos de carácter político, pues el único que se puede citar de esta clase, por su trascendencia fue el promovido por los hijos de Cortés y los hermanos Ávilas, que intentaron separar formalmente en el siglo XVI la Colonia de la Metrópoli. Algunos otros intentos semejantes se registraron en el curso de los siglos XVII y XVIII, pero las ambiciones, más o menos notables, no vinieron a ser de importancia, sino a fines de la última de aquellas centurias y a principios de la siguiente, en que se crearon cuerpos de ejército permanente o se acantonaron tropas, cuando asomaba el peligro de ataque de enemigos extranjeros.
Las conspiraciones y sublevaciones que fueron más frecuentes obedecían a insurrecciones de indios que pretendían restablecer sus antiguos cultos idolátricos, o que eran víctimas de vejaciones en los minerales, maltratados por los corregidores y alcaldes de los pueblos, o que se levantaban en armas cuando el hambre los acosaba por la carestía de los víveres, que alzaban altos precios durante las pérdidas de las cosechas, por las heladas, escasez de lluvias y punibles monopolios.
En la llamada paz colonial, estuvo siempre en constante tensión la tranquilidad de los habitantes de rancherías, haciendas, pueblos y ciudades, por otro orden de acontecimientos, a saber: los asaltos, rapiñas y robos, de que eran víctimas los citados habitantes de estos lugares, que muchas veces fueron teatro de escenas en las cuales imperó la violación, el incendio y el asesinato.
Es interesante llamar la atención sobre algunas cosas y hechos, que demuestran el estado continuo de alarma en que vivían los vecinos y las mismas autoridades en aquellos tiempos, que por no ser bien conocidos se han juzgado de paz envidiable. Las casas, los templos, los monasterios y los edificios públicos, eran verdaderas fortalezas por su aspecto exterior. Gruesos los muros, coronadas las azoteas de torreones y almenas; con fuertes rejas las claraboyas, las ventanas y los garitones. Las puertas de sólidas maderas forradas de láminas sostenidas con grandes clavos, y aseguradas en el interior por sendas chapas, pasadores y cerrojos de hierro, como si no fuera bastante todo esto, atrancadas con vigas que se introducían por sus extremos en agujeros hechos al efecto en los alféizares de las puertas y ventanas. Todavía más. Pesadas cadenas cruzaban por el interior de las puertas, con objeto de que, al entreabrirlas, se pudiese observar sin peligro quien era el que llamaba por fuera al sonar los aldabones. Otras tenían pequeñas ventanillas, bien enrejadas para ver también a los que las tocaban.
En el interior de las habitaciones, las puertas estaban provistas a su vez de trancas, picaportes, cerrojos y aldabones; y aún las ventanas que caían a los patios, estaban aseguradas con fuertes rejas; y los cubos de los zaguanes y en la parte superior de las escaleras, a la entrada de los corredores, había casi siempre portones de hierro o de madera.
No satisfecho los vecinos de la Nueva España con tal lujo de seguridades, despiertos o dormidos, estaban siempre armados y sus joyas y dinero, los encerraban en herrados arcones, en muebles llenos de secretos, en alacenas cubiertas con tapices, y muchos los enterraban para tenerlos más seguros. Vivían en continua alarma, temiendo los de las poblaciones lejanas de la capital del virreinato los asaltos de los indios bárbaros, que no respetaban sexo ni edad en sus rapiñas y homicidios. En las ciudades se repetían, noche a noche, en las calles, los robos a mano armada, y los escalamientos de las casas, a pesar de las rondas de corchetes y alguaciles, que con sus varas y farolillos por más prisas que se daban, al oír los gritos de auxilio socorro, casi siempre llegaban tarde.
Los caminos eran un doble problema para los viajeros y las autoridades. El que viajaba, previa confesión general y otorgamiento de disposiciones testamentarias, encomendaba su ánima a Dios y a todos los santos de que era devoto. Buscaba la compañía de los arrieros que conducían sus recuas sobre los convoyes de carros. Si era rico capitalista o hacendado, aparte de ir en cómoda litera o en coche monumental, tirado por dos o más troncos de mulas, se hacía seguir y rodear de números escolta de criados, que cabalgaban en buenos caballos con buenas monturas, vestido de cuero, y armados hasta los dientes, con espadas, machetes, puñales, pistolas, mosquetes y al arcabuces, llevando, además, recias reatas que también le servían como un arma de defensa.
No obstante tamañas precauciones, en las goteras de la ciudad, en medio del camino, al pie de una loma o cerro, junto a un río, a la entrada, en el centro a la salida de un bosque, al pasar un puente o al llegar un pueblo, los viajeros eran detenidos, vejados, despojados de sus vestidos, robados de todo lo que llevaban, incluso sus armas, y si ponían mucho poca resistencia, los mataban o cuando menos salían apaleados o aporreados.
Desde el siglo XVI, los caminos estuvieron infestados de ladrones y asesinos, los cuales formaban cuadrillas con sus respectivos capitanes, de a pie o de a caballo, bien armados o provistos sólo de garrotes, y unas veces eran indios que pertenecían a broncas e irreductibles tribus, y otras eran españoles, negros, mulatos o mestizos, desechos repugnantes del vicio o de la vagancia que imperaban en las ciudades coloniales; y no fue raro el caso en que tales cuadrillas estuviesen constituidas al mando de los hijos de nobles corrompidos arruinados.
En tiempos del virrey don Luis de Velasco, así el año de 1554, por el poniente noroeste de la Nueva España los asaltos de indios chichimecas fueron muy frecuentes. Por el año de 1569, los chichimecas estaban muy insolentes, haciendo gran daño a los viajantes que iban a Zacatecas, por lo cual había dado orden el virrey de que de distancia en distancia se erigieran presidios, principalmente en los puestos que llaman Ojuelos y Portezuelos, sitios a propósito para las emboscadas de aquellos bárbaros, y que aunque en el gobierno de don Luis de Velasco se habían mandado fortificar, parece que en aquella obra no se había puesto mano. En esto entendía cuando fue avisado de los indios huachichiles, que eran un ramo de los chichimecas, que hacían excursiones hasta Guanajuato, robando y matando cuanto encontraban.
Los reyes sucesores de Velasco y de Enríquez continuaron estableciendo colonias, que a medida que se poblaban se erigían sucesivamente en villas, pueblos y ciudades. En la parte más septentrional de la Nueva España, los asaltos de indios bárbaros llegaron a ser un permanente azote no sólo para los viajeros, sino también para los pacíficos vecinos de las pequeñas poblaciones, y aun para las ciudades de alguna importancia. Los asaltos eran seguidos de robos, violaciones, martirios de misioneros abnegados.
El pánico que sembraron los salvajes, obligó a los virreyes a no dejar de seguir estableciendo nuevas colonias militares, llamadas “Presidios”, que además del cuartel, tenían una iglesia, donde reside a los misioneros, pero cuartel e Iglesia presentaban en su construcción toda la solidez de una fortaleza.
En el interior del país, los bandoleros de otras razas y castas se multiplicaron durante los siglos XVII y XVIII. No hubo camino ni poblado que no asaltaran y robaran. Viajeros y habitantes vivían en perpetuo alarma. El gobierno español, reflexionando que no eran suficientes los cuadrilleros de la Santa Hermandad que infatigables recorrían los caminos, persiguiendo sin tregua colgando de los árboles a los bandidos, resolvió instituir el célebre Tribunal de la Acordada, privativa para perseguir, aprisionar y juzgar a los ladrones. Los jueces de este Tribunal, ejecutaron centenas de bandoleros, que como el famoso “Pillo Madera”, llegaron ser legendarios por sus crímenes.
En la misma ciudad de México, los asaltos y robos a mano armada tenían aterrorizados a los vecinos, por lo frecuentes que eran y por las circunstancias trágicas que algunos revistieron. Los azotes que se daban a los ladrones por las calles, montados en sendas cabalgaduras, eran espectáculos repugnantes, casi diarios, pero necesarios. La horca y el garrote funcionaban de continuo en la Plaza Mayor, frente a frente del Real Palacio.
Se necesitó, para atenuar tanta plaga de bandidos, que el talento y la mano férrea de un Revillagigedo, organizara un verdadero servicio de policía, y que con ejemplar actividad y severidad procediera a formar causas tan ejecutivas como la celebérrima de los asesinos de Dongo.
Resumiendo: la llamada paz colonial, relativamente a las conjuras políticas y a los intentos de emancipación, se mantuvo con más o menos dificultades y con sólo una guardia de alabarderos y las milicias que se organizaban al asomar una guerra, al estallar un motín, en los corregimientos y alcaldías; pero aquella paz colonial fue casi un mito en tratándose de la seguridad pública.

domingo, 7 de agosto de 2016

El Callejón de la Condesa (Leyendas de Guanajuato)

Uno de los lugares de provincia en donde más se cuentan leyendas, es sin duda en Guanajuato, sitio evocador en donde parece que se detuvo el tiempo, dando la idea de que en cada bocacalle saldrá un conde de capa y espada, o una carretela tirada de caballos de donde descenderá una elegante dama.
Cada residencia o callejón tiene su propia historia, relatos amorosos, trágicos, espeluznantes o cómicos, los que fueron conocidos y el vulgo se encargó de esparcirlos y que al paso del tiempo se convierten en una leyenda que se multiplica y no se pierde por ser parte de la vida misma del pueblo.
El Callejón de la Condesa, era una calle estrecha llamada de los Depósitos (conocida hoy como calle de Pocitos) a donde daba la puerta de la servidumbre de la Casa del conde de Valenciana. Esta residencia obra del arquitecto Eduardo Tresguerras, (al lado del antiguo Palacio de Gobierno de esta capital), fue escenario de importantes acontecimientos, de los cuales el que más destaca es sobre la vida de la condesa María Ignacia de Obregón de la Barrera, esposa del que fue primer conde don Diego Rul, llamado “Conde de Valenciana”.
Se dice que don Diego, bizarro y donjuanesco, cortesano y galante, caballeroso y diabólico, fue un aventurero hispano que vino a México a mediados del siglo XVIII, sin más recursos que los que traía puestos.
Cuenta Juan José Prado, que se estableció en la villa de Salamanca, provincia de la entonces intendencia de Guanajuato, en donde abrió un pequeño negocio de compraventa de semillas; pero ambicioso y audaz se relacionó con las autoridades de la Intendencia y de la Corona de España, logrando primero el título de Vizconde de las Tetillas de la provincia de Zacatecas y más tarde, el de Conde de Valenciana.
Comerciar con semillas se le hizo de poca categoría, más sabiendo de la bonanza minera en Guanajuato, con el descubrimiento que se hizo en 1767 de plata y oro, nuestro personaje cambió se dedicó a la minería.
Con el fin de descollar y hacerse indispensable, don Diego que ya para entonces tenía muchos amigos, gestionó ser nombrado comandante de las milicias provinciales, y se sabe que en varias ocasiones peleó al lado del general Félix María Calleja del Rey, distinguiéndose por su valor y disciplina.
El entonces vizconde de las Tetillas, era buen tipo, tenía unos enormes ojos soñadores, nariz larga, boca fina. Según el retrato que eligiera el pintor Roberto Montenegro, es un caballero pleno de marcialidad, de rasgos nobles y finos, lleva con bizarría el vistoso uniforme del coronel de las Milicias Provinciales. Era tan fino y caravamiento que parecía un embajador japonés, con actos de cortesía que enloquecían a las mujeres.
Este hombre ambicioso y enamorado, conoció a la condesa doña María Ignacia Obregón de la Barrera, hija de don Antonio Obregón y Alcocer y de doña María Guadalupe Barrera y Torrescano (este matrimonio tuvo tres hijos, don Antonio Obregón de la Barrera, doña María Ignacia que se casó con Diego de Rul y doña María Gertrudis, esposa de don Antonio Pérez de Andújar Gálvez, Crespo y Gómez, primer conde de Pérez Gálvez). Después de algún tiempo de noviazgo, pensaron en casarse, siendo ella una condesa, don Diego quiso obtener un título igual y logró el de “Conde de Valenciana”, entroncando con la casa de Valenciana, al unirse en matrimonio con doña María Ignacia.
Poco tiempo después de casados, empezaron las dificultades. Las hazañas militares en que participó siguieron en ascenso, contándose entre las más notables el asalto y toma de Zitácuaro, villa que redujo a cenizas por órdenes de Calleja casi en los albores de la Guerra de Independencia, acción que le valió la designación de gobernador de la Villa. Sus hechos de guerra se sucedían, así como sus aventuras amorosas.
Doña María Ignacia conocía sus andanzas, las “amigas”, se desvivían por irle a contar lo que sabían del Vizconde de las Tetillas, Conde de la Casa Rul y esto, le entristecía cada vez más. Se “murió” para el mundo, jamás volvió a salir por la puerta principal de su residencia, cuando tenía necesidad de arreglar algún asunto en la calle, lo hacía por la puerta de la servidumbre, quedaba el callejón de los Depósitos, y eso, a la hora en que nadie pudiera verla.
Se cuenta que doña María Ignacia la condesa de la Casa Rul y Valenciana, encareció como María Antonieta -en una noche- su pelo era completamente blanco, y su rostro, que aún era joven, se le enjuto poniéndosele apergaminado; sus ojos, de tanto llorar le quedaron chiquitos y saltones.
El tiempo corría su marcha irremediable y la condesa sólo sabía de su marido por lo que le contaban, las hazañas militares eran constantes, él acumulaba triunfos y ella, decepciones. Cuando incógnita salía la condesa, acompañada de sus doncellas, sentía que la gente la miraba, y ella, sin hacer aprecio aparente, sólo veía con el rabo del ojo las miradas de curiosidad que le lanzaban algunas personas. Un día en el mes de mayo, doña María Ignacia tuvo noticias de que su esposo, el intrépido don Diego de Rul, el conde de Valenciana, había muerto. Su deceso, en el cumplimiento de su deber, había sido en Cuautla, lugar glorioso para las gestas insurgentes. En el mensaje que le fue entregado decía, que el que fuera comandante de las Milicias Provinciales había recibido los honores militares póstumos que a su jerarquía y valor, correspondían…
La condesa no quería creerlo, aún amaba a don Diego su esposo, del que tenía esperanza regresara algún día pidiéndole perdón de sus calaveradas y ella, seguramente lo perdonaría. Con un dolor intenso, y un rasgo de nobleza, quiso ver a su esposo y emprendió el viaje hasta Cuautla, recogió el cadáver y se lo llevó a la Ciudad de México en donde le dio cristiana sepultura en la iglesia de San Hipólito, previas las solemnes y lujosas exequias que en su memoria hizo celebrar.
Sobre la muerte del conde, relata don Luis González Obregón: “Entonces un niño de 12 años de edad, llamado Narciso Mendoza, natural del pueblo y que a la sazón se hallaba oculto entre las casuchas del lado norte de la Plaza de San Diego, vio venir a la columna enemiga, de Dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y arrojado Jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba un alazán hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos ahogándose de fatiga, por el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron al parapeto donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y yacente soldados muertos, que habían caído allí mortalmente heridos, vitoreando a nuestra causa y a nuestro gran Morelos. El Niño Narciso Mendoza no espero más, saltó sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y allá, y corre en dirección a la pieza. Uno de los jinetes, prevenido de lo que el niño iba ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera, ella Narciso en el brazo derecho.
El niño, para no caerse se afirmó en su estaca, y rápido como el pensamiento que había concebido, tomó la antorcha encendida que se hallaba enclavada y dio fuego al cañón. Relampagueante la luz del fogonazo; el humo de la pólvora enciende los aires; el disparo base ensordecer los oídos estremecer el piso, la trinchera y las casas de la calle. El Conde de Casa Rul, cae herido y es llevado por los suyos para morir después. Su muerte fue el 19 de abril de 1814.”
Después de que la condesa de Casa Rul y Valenciana sepultó a su marido, regresó a Guanajuato. Aún se encerró todavía más. No quería ver a nadie, y sólo acompañada de sus dos fieles servidoras, asistía a misa. Jamás volvió a salir por la puerta principal de la residencia y dio instrucciones de que ni a su muerte, se violara su voto de no hacer más uso de la puerta principal de la casa de los Condes de Valenciana. Pocos meses le sobrevivió su esposo y su cuerpo fue sacado por la puerta trasera, la de la servidumbre, como muestra decía Juan José prado; “reiterada de su desagrado ante la infidelidad de su esposo, pues la noble dama, con ello, quiso significar que no se consideraba como la dueña de la casa, sino humilde servidora de su desleal marido…”
Después de la muerte de la condesa el callejón de Güirles, como se le conocía, se le empezó a decir “Callejón de la Condesa”, y así se le sigue llamando en recuerdo de aquella silenciosa mujer que como un espectro, salía de su elegante mansión por la puerta de servicio, para hacer patente su tristeza de ser “ninguneada” y despreciada por el hombre que había amado.
Esta historia es relatada con frecuencia por guías, en su mayoría niños, al hacer un recorrido por las calles de Guanajuato, como algo insólito, de pasión, o de locura…
Sin embargo, recién a la muerte de la condesa de Casa Rul y Valenciana, doña María Ignacia de Obregón de la Barrera, mucho se dijo que a alguna hora determinada, se escuchaba cómo se abría la puerta del Callejón de Güirles, y en silencio sale una mujer vestida de negro, que recorría las calles, llegaba a la Iglesia, y se perdía.
Otras personas llegaron a decir que por el callejón de la Condesa se veía caminar una mujer, como una sombra, la que rezaba en voz alta y que al seguirla, desaparecían una pared. A la fecha, al hacer un relato sobre esta leyenda en el propio Callejón de la Condesa, aseguran los relatores que ellos han visto “con estos ojos que sean de, los gusanos”, salir una mujer vestida de negro, con un manto en la cara, acompañada de dos jóvenes sirvientas. Esto sucede todos los días por la mañana.
Otros, aseguran, que las han visto sentadas frente al kiosco de la plaza, del lado en donde se encuentra la Posada de Santa Fe, propiedad de los Herrera Romo. Lo cierto es que en este bello Guanajuato, parece que se detuvo el tiempo y se advierte en el nostálgico Callejón de la Condesa, el espíritu de doña María Ignacia Obregón de la Barrera, la desdichada esposa de don Diego Rul, a quien tan mal sentaron la ambición, las mujeres… y los insurgentes.

domingo, 31 de julio de 2016

Un niño juguetón

La calle de Alfonso Herrera, ubicada en la colonia San Rafael, es un rumbo tranquilo; los días son sorprendidos con el sol mañanero, que es fresco y aparece poco a poco en las montañas tímidamente. Pero las noches son diferentes en la casa marcada con el número 91 de dicha calle. Con una fachada al estilo de los años 40: balcones, puerta central con medio arco, ventanas pequeñas, pisos de madera y techos altos.
Se contaba que las noches son diferentes en esa calle, especialmente en aquella casa. Aparentemente, el tiempo pasa igual, pero no es así. Allí, a las horas y los minutos, hasta los segundos, parecen dar marcha atrás, como si las manecillas del reloj se movieran en una carrera desenfrenada contra el tiempo. La luna oculta sus verdaderas intenciones y la casa se remonta al pasado para revivir su tragedia una y otra vez.
Los vecinos dicen que escuchar los pasos apresurados de un niño, pero eso no puede ser porque ahora alberga oficinas y durante el día sólo se escuchan los rumores de poses adultas, computadoras, y todo el ruido característico de una oficina. Pero la noche, todo cambia. Con el silencio, únicamente se oyen los pasos cansados y tranquilos de don Facundo, el velador; cuya presencia anuncia con su linterna, cuando le da flojera prender las luces. Si está arriba, oye aquellos pasitos que corren por la planta baja exista abajo, las carreras escuchan arriba.
Al principio se asustaba, se pone nervioso, le sudaban las manos y prendía toda la casa. Así dejaba que las horas se desgranara lentamente, sobre todo las de la madrugada, las más pesadas y largas. Don Facundo llevó a pensar que tenían más de los 60 minutos de rigor y les tomó el tiempo. Efectivamente, las horas de la madrugada sólo tenían los 60 minutos ordinarios, sin embargo, por su nieve sus nervios parecían más largas. Pero don Facundo, con el tiempo, dejó de asustarse, se acostumbró tanto que resignaría los pasos del chamaco.
Una noche escuchó el silencio se aterrorizó más que con las corretizas. Estaba abajo y alumbró las escaleras que llevaban a las recámaras. En el pasillo vio claramente la silueta de un niño que se metió una de las piezas. Don Facundo subió despacio, cuidando de no hacer ningún ruido, para cerciorarse de que estaba completamente solo en la planta alta. Esta vez no se asustó, pero estaba muy intrigado, juraba haber visto al causante de aquellas carreras nocturnas.
Platicando con los vecinos fue como se enteró de la tragedia. Allí vivió una familia cuyo nombre se perdió en el tiempo. Lo cierto es que sólo tenía un vástago, un pequeño que era la adoración del matrimonio. El niño creció, era travieso, corre gritaba por toda la casa dándole vida y alegría todo lo que sus manitas tocaban. Para qué decir que sus padres se reflejaban en él. Ese chiquillo era lo más preciado que tenían, hasta el nefasto día en que corre por los pasillos de las recámaras, como era su costumbre, tropezó con un bote y cayó desde lo alto. Estupefacta, su madre observó la cruel escena; inmediatamente, bajo las escaleras y alzó en sus brazos al pequeño; no lo soltó hasta que por la fuerza se lo arrebataron: había perdido la razón.
De esa familia no se volvió a saber nada. El esposo, adolorido y deprimido, dejó la casa en la que fue tan feliz y miserable a la vez.
La puerta principal de medio arco se cerró y no volvió a abrirse en años. Finalmente se vendió y se convirtió en una casa para oficinas. Ahora, el inmueble incluye las carreras de unos pies pequeños y traviesos, todas las noches. No hay por qué asustarse, sólo se trata de un niño que pretende darle vida y alegría a una antigua casona de la colonia San Rafael.

domingo, 24 de julio de 2016

La monja y la decapitada (Sucedió en las calles del Apartado, hoy Corregidora)

¿Quién es esa monja de la voz doliente que gime por los patios conventuales? ¿Quién es el espectro a quien persigue sin lograr darle la paz? ¡Son la monja y la decapitada! Reza esta conseja colonial del siglo XVII. Sabor colonial y misterioso el de esta casa de los condes de Villaverde, que se levantaba en donde hoy es la plazuela Aquiles Serdán. En su frontispicio, fueron quedando grabados los escudos condales de las rancias familias que la habitaron, en sus hornacinas, los santos que fueron de la devoción de los linajudos barrios, Quesadas y los López, de Peralta y Villar y Villamil. Famosa fue la casa que quedaba frente al “Colegio de las Bonitas”, hoy escuela de la Corregidora, porque en ella vivió la “Güera” Rodríguez.
En la época en que ocurrieron estos hechos, habitaron la casona don Genaro García de Villanueva y su esposa, la condesa doña Mariana de Pedroza; casados por conveniencias familiares, y de índole económica, don Genaro y doña Mariana casi eran niños cuando se desposaron. Se dijo que el conde no amaba a la condesa, y que ella lo amo con locura, y todos los días ella le pedía a la virgen por su amado conde para que nunca se alejara de su lado. Nunca, hasta que vio acercarse a la madurez, la condesa temía tanto perder el cariño del conde.
En casi toda la colonia era sabido que el conde sostuvo amoríos con una joven y bella mujer llamada Juana de Armendáriz, que vivía en la calle del Apartado, después de la Moneda. Era costumbre del maduro galán, el despedirse de la amante no bien amanecía. Como desde hacía varios meses, al llegar a su casa el conde se encontró con la misma escena: su esposa lo aguardaba en vela. La condesa no hizo dramáticas escenas al marido, pero cada día, cada noche, sentía que los celos y el rencor corroían más su corazón.
Al fin, después de semanas y semanas de noches de lloros y de angustias, la condesa decide actuar contratando a alguien para que averiguara el nombre de aquella mujer y en donde vivía. Días después, con los datos que comprara, la condesa se dirigió a la casa de la amante de su esposo. Si ningún plan de violencia; además sentía a veces temor de enfrentarse esa mujer y en muchas ocasiones trato de desistir de aquella empresa. Más los celos y su orgullo herido, le daban fuerzas, sabía que Juana estaba sola, según le informara el espía que ella pagara.
Su mano trémula levanta el pesado aldabón y al fin, después de una pausa, lo dejó caer varias veces… Las dos mujeres comenzaron a discutir muy acaloradamente, hasta que la condesa cansada de escuchar las ofensas de Juana y sorda por la ira y la desesperación, sacó un puñal y lo tiro hacia el pecho de su odiada rival, más quiso el destino que la punta pegara sobre un medallón y quebróse la hoja sin cumplir su trágica misión. Al ver aquello, Juana se llena de soberbia y se burla de la condesa diciéndole que era una anciana y una vieja decrépita; loca, ciega de ira, doña Mariana reparo en una espada que se encontraba colgada en la pared y la cogió decidida, y acto seguido lanzó furioso, diabólico mandoble contra aquella mujer que sea burlándose. Fue tan tremendo el golpe, llevaba tanta furia, que la filosa espada degolló a la mujer.
Durante unos minutos, la condesa permaneció muda ante aquel cuadro macabro, sangriento y espantoso, después, sus ojos se hicieron enormes; su mente se dislocó y presa de una enajenación comenzó a reír y creyó oír como la cabeza se burlaba de ella. Fuera de sí, furiosa, impulsada por el diablo, doña Mariana pateó la cabeza de su víctima. Pero poseída de esa locura que suele invadir a los criminales, siguió oyendo a la cabeza burlarse de ella, trató de cubrirla pero todo fue inútil. Siguieron unos momentos espantosa confusión, en que pareció que la condesa vencía al fin y a veces, que aquella cabeza se defendía, y al fin vencida por sus nervios, por no poder resistir aquella emoción terrible, la mujer se desmayó. Más quiso la suerte que despertará antes de la hora en que llegaría el conde según le informaron, y al ver la sangre se da cuenta del crimen que acaba de cometer; entonces aprovechando la ausencia del conde quema las ropas manchadas de sangre. Ordenó al cochero que enganchara el tiro de caballos y aprovechando la oscuridad de la noche, se alejó de la ciudad.
Horas después llegó a su casa de campo, situada en lo que hoy es calle del Doctor Garciadiego, colonia de los Doctores, y ordenó a los criados que si preguntaban, dijeran que ella llegó desde el día anterior por la tarde.
Al día siguiente, la colonia se espantó al saber la noticia de la muerte de doña Juana de Armendáriz. Ante aquel espantoso crimen, el Santo Oficio decide investigar a fondo, al final de cuentas, por orden del virrey, por lo que se le pide a la condesa regresar a su casa de la calle de Villamil, en donde le interrogaron, pues todo apuntaba a que ella era la asesina. Los investigadores del Santo Oficio se retiraron ante la insistencia de la condesa de sostener su inocencia.
En el interior de la casa de los condes, la candente acusación brotó de labios del dolido esposo, pero la cara impasible, fría de la condesa, no reveló sino un rictus de burla en la comisura de sus labios. Huyendo de la maledicencia popular y de la continua acusación del conde, la mujer regresa esconderse a su casa de campo, afuera de la traza, esa misma noche; de pronto, los caballos relincharon espantados, se encabritaron y se negaron a seguir. ¡Hacia delante había algo que les causaba miedo! Presa de terror, la condesa se dio cuenta que apareció ante ella el espectro de Juana sin cabeza, el cual extiende sus manos en actitud de imploración hacia aquella que le había dado muerte, y cuanto más se acercaba aquel fantasma decapitado, creció el pavor de la mujer. Logró al fin la condesa eludir aquella aparición y fustigó a los caballos huyendo del lugar a toda carrera.
Al día siguiente, la condesa trató inútil y desesperadamente de recordar en donde pudo esconder la cabeza de Juana de Armendáriz, pero si ella trataba de recordarlo durante el día, por la noche alguien llegaba a refrescarle la memoria: el espectro de Juana que imploraba ante el balcón. Noche a noche la condesa escuchaba el macabro arrastrar de aquellos pies y sentía que le tocaban esas manos suplicantes; al mismo tiempo, el conde agobiado por el dolor de la muerte de su amante, se ahoga en vino, y como el vino no lograba aminorar su pena, decidió poner fin a todo escándalo y se ahorcó.
Temerosa y transida de dolor por la muerte del esposo, la condesa decidió refugiarse en un convento y llevando una cuantiosa dote, ingresó como novicia en el convento de las Carmelitas Descalzas, que se localiza, aún en nuestros días, junto a la iglesia del cerrito en la Villa. La mujer cayó el secreto que la atormentaba, mientras pedía a Dios la iluminación para encontrar la cabeza de Juana de Armendáriz, porque el espectro le imploraba y la seguí hasta el convento y la llamaba noche a noche. Era ya un tormento horrible aquel arrastrar de pies hasta cerca del ventanillo de su celda. Y es tanta la frecuencia con que se apareció el espectro, que varias monjas pudieron verle.
La noche del 14 de octubre de 1689, la condesa sufrió un intempestivo ataque, cayendo presa de estertores delirantes, se levantó como una sonámbula, y con la astucia que suele ayudar en estos casos, salió a la calle por la puerta de la capilla, y sin que nadie la vea, continuó hacia la calle repitiendo: “¡ya la veo… Ya la veo… Si… Al fin sé en dónde está”. Rascando con sus propias manos, hizo un hoyo en un solar baldío, y después de excavar con febriles movimientos, extrajo la cabeza descarnada de Juana de Armendáriz, a la que la luna ilumina en forma espantosa.
Con aquella cosa horripilante, volvió por sus pasos tomando la misma calle de Medicinas; mientras tanto, la hermana Refugio de Carabantes, que parecía disentería, salió al patio descubriendo la puerta interior de la capilla abierta, e inmediatamente da noticia de ello. Con gran estupor las monjas viejas comprobaron que lo dicho por la hermana Refugio era verdad, por lo que se convocó a una reunión urgente para ver si alguna de las novicias se había escapado; aún no se cumplía la orden, cuando la portera descubrió algo en el interior de la capilla: una novicia venía entrando con una cabeza humana en las manos. Doña Mariana, presa de una extraña hipnosis, extendió hacia las monjas la cabeza de doña Juana de Armendáriz, y cuando presas del terror no la recibieron, la condesa la dejó caer para ella misma dar sobre el suelo, desmayada.
Fray Juan Manuel de Pazos se hizo cargo al día siguiente del despojo humano, al que dio sepultura junto con su cuerpo, en el cementerio en donde fuera enterrada la mujer por su amante conde.
Y cuenta esta leyenda que jamás volvió a merodear por el convento, ni las calles de la capital de la Nueva España, aquel espectro sin cabeza. ¿Más, que fue de la condesa-novicia después que hubo entregado aquel despojo? Se  supo muy muy poco al respecto, pero se dice que reveló el secreto que agobiaba su alma. Los anales conventuales son secretos, más se dijo en ese tiempo que la condesa fue despojada del hábito de novicia, pues con el pecado que traía cuestas no le permitieron profesar. Su cuerpo fue cubierto con una saya gris de penitente, se le mantuvo encerrada en una celda.
La leyenda termina aquí. ¡Nunca se supo que fue de ella! Ni cómo ni cuándo, la noche del asesinato oculto la cabeza de su rival. ¿Cómo explicárselo del fantasma decapitado?, lo de la cabeza. ¿Demencia de la condesa o castigo divino?… Ustedes dirán

domingo, 17 de julio de 2016

Sin morir estaba muerto (Calle Segunda de República de Bolivia)

No le importaba a don Gonzalo que fuesen bonitas que fuesen feas. Don Gonzalo Venegas de Quesada era ecléctico en la elección; le gustaban todas las mujeres, absolutamente todas, sin preferencias. Pero de ninguna mujer se enamoraba, sino que únicamente tenía el obstinado capricho por ella hasta que satisfacía sus malos deseos, y luego, abandonada dejábala y se iba a otra con exaltado incansable, sin apagar nunca sus ansias quemantes.
Era un ejercicio singular andar robando corazones y ensuciando virginidades. ¡Maldito hombre éste! A su voluntad había encadenado muchas voluntades. Detrás de sí no dejaba el mal caballero, a los largo de toda su vida, sino desesperaciones, lágrimas y arrepentimientos, que fueron a refugiarse muchas veces en los conventos para esperar allí el perdón por sus pecados de amor.
¡Qué vida esa de don Gonzalo! Dedicada toda ella, por entero, a menoscabar honras, a derribar la entereza de las vírgenes. Su vida siempre estaba cautiva en los lazos de la concupiscencia más abyecta, salpicando de verano las flores de las virtudes. Su gozo era inquietar doncellas, manchándoles los candores de su pureza. Envenenaba el sagrario de la conciencia si  el menor remordimiento, todo risas, con suavidad melosa en sus palabras, con las que sabía derretir negativas.
El pérfido y ruin don Gonzalo Venegas de Quesada. Todas las maldades resplandecían en el fondo de sus ojos verdes. Era un enamorador de oficio, hidrópico de deseos; el diablo lo guiaba hábilmente en su camino de perdición; estaba Belcebú declarado en favor suyo y le allanaba con toda delicia cualquier dificultad para que alcanzara la flor del placer, para que su pasión gozase satisfecha. No le bastaba todo el corazón para la plenitud de su gozo. Por un solo deleite daba años de vida don Gonzalo.
Pasaba sus días en sones, bailes y danzas, bañándose como en agua rosada en sus vicios. Navegaba como por un mar de dulzor, era un Aranjuez de todos gustos. Vivía éste hombre prosperado y abastado de riquezas, pues que siempre le corrió buena dicha; pero eso sí, no daba paso sin pecar, no hacía cosa buena nunca, no había torpeza que no ejecutara y con escándalo siempre; este marco del escándalo lo ponía, alegre, a sus hechos. Estaba oscurecido en abominaciones y por eso tenía el alma sucia como un corral de vacas. A juzgar por lo que hacía, parece que se declaró por enemigo de Dios, desatendiendo todas sus santas leyes; iba totalmente contra la razón pues siempre tuvo malas intenciones y peores obras y se deslizaba contantemente en perversos deleites y superfluidades. No era don Gonzalo Venegas de Quesada sino una mala bestia como un serón de estiércol a cuestas; un muladar cubierto de nieve.
Con padres, con maridos, con hermanos de las desdichadas seducidas, que lo llamaban a disputa, tuvo desafíos frecuentes y siempre salió victorioso, pues era hábil y artero esgrimidor. Con mañosa habilidad se ponía en armas contra cualquiera, y sólo una que otra vez le pasó muy de cerca la muerte en la punta de una espada, en la bala de un pistolete; pero, gallardo, salaz y feliz, seguía en sus constantes conquistas sin importarle el decoro de ninguna mujer, ni tampoco el hombre que se interpusiera, pues buenos medios tenía don Gonzalo para deshacerse de él.
Por todo esto era el terror contante de la pacífica ciudad. Y lo que se contaba de este caballero no tenía fin, y aun sus cosas se hacían mayores al ir de labio en labio, aumentándole la fama siniestra. A todos los corazones puros, ingenuos, los llenaba de miedos y espantos. Atemorizaba como visión de infierno. Apenas ponía el verde maléfico de sus ojos encima de una doncella, la pobre criatura sentíase toda frágil y desvalida y su ingenuidad candorosa no podía oponer ninguna resistencia a aquella atracción mala, irresistible.
Para conquistar la gratitud de una dama que lo desdeñaba, pagó bien al cochero, a fin de que desbocase a las mulas del coche, y él partió en su ligero caballo cuatralbo a darle alcance al carruaje y sacó en sus brazos desmayada a la desdichada señora cuyo marido, lleno de agradecimiento, lo llevó a su casa hidalga para regalarlo espléndidamente por el bien que le había hecho de salvarle a la esposa. El cándido, el buen señor, no supo lo que hizo al meter al gavilán en el palomar; porque son Gonzalo, con su terrible habilidad, le robó pronto a la mujer y al poco tiempo se la devolvió como cosa inútil.
Se enamoró de la hija de don Donato Pérez Beleña, cirujano que era del Hospital Real de Indios, en donde tenía habitación, y el 19 de enero de 1722, después de que se representó la pieza Las piezas de Jerusalén o Desagravios de Cristo en el teatro que había en esa enorme casa y el que alquilaban los hipólitos para con sus productos sostener la benéfica institución que tenían encomendada a sus cuidado, después de esa comedia, no se supo de qué medios se sirvió el tal don Gonzalo, el caso es que ardió el coliseo y parte del hospital, y luego se presentó, decidido y valeroso, a salvar a la muchacha en quién había puesto sus pensamientos pérfidos, y tras de arrodillarse muy beato frente el Santísimo Sacramento que entre cánticos llevaron los padres agustinos ante el formidable incendio para que los extinguiera, se lanzó decidido, entre las llamas y sacó en brazos a la damisela, que a poco fue una de sus desventuradas víctimas, pues en el tumulto de la quemazón se la llevó a donde él sólo sabía.
También en un lujoso paseo que en el lago de Texcoco ofrecían a sus amigos unos ricos señores, barrenó la canoa en la que iba una cierta dama a quién cortejaba, y como procuró que la frágil embarcación estuviese aislada cuando el agua la invadió, hizo el simulacro de un arriesgado salvamento, con gran derroche de valor, lo que ya le valió lo que él quería: el favor de la señora, y aprovechó su agradecimiento de  manera perversa el diabólico de don Gonzalo. Sabía fingir oportunos desmayos para caer en un tibio regazo de mujer y darle así largo gusto al tacto.
La ciudad estaba indignada contra él, llena de furor por una gran villanía que cometió. Don Gonzalo Venegas de Quesada no sabía hacer sino cosas indignas. Se andaba bebiendo los vientos tras la gracia inocente y pueril de la hija de los ricos señores Torregrosa, pero era desdeñado de la frágil doncella, Matilde, de tersos ojos azules. Para vengarse de que se resistiera a sus malos deseos, dio una fuerte suma de dinero a la lavandera de la casa por toda la ropa sucia que estaba encargada, y el muy bellaco la fue a tender en los balcones y ventanas de sus morada con un rótulo cada pieza que decía a quién pertenecía, si al grave de don Anastasio, si a su mujer doña Susana, o si a Matilde, la de ojos ensoñadores, o bien a su tía, la gruñona y repolluda doña Filomena. Además cada prenda tenía alguna explicación adecuada y terrible para aclarar algo que en ella se miraba.
Gran muchedumbre había ante la casa de don Gonzalo, en contemplación de aquellas ropas sucias, leyendo las chocarreras explicaciones que tenían. Airadísima estaba toda la gente en México por aquella acción indigna; pero ansiosa iba a fisgonear y a leer aquellos letreros que, muy en secreto, se confesaba, con íntima complacencia, que eran chistosos.
Fueron mandados alguaciles a retirar aquellas ropas, y don Gonzalo los dejó entrar a la casa, sin resistencia alguna;  pero en el patio se les echaron encima los numerosos criados, juntos con muchos hampones pagados para el caso, y les dieron una gentil tunda, tremenda, horrorosa paliza, y a las ocho que fueron los echaron luego, uno tras otro, a la calle por los balcones, y al que con la caída no se le rompieron las piernas , se le quebró un brazo o ambos, o se le rajó el cráneo, o se le estropeó el costillaje de modo lamentable o se le hizo trizas la nariz. Quedaron los desgraciados alguaciles hechos un desastre por las graves consecuencias de las caídas, empeoradas éstas con la rociada de leña que antes habían recibido, muy a disgusto suyo. Más subió el indignado enojo de la ciudad por este proceder de don Gonzalo.
Pero como temió el bárbaro señor que fuese más fuerza a aprehenderlo, pues no era tan sandio para darle coces al aguijón, se retiró a los secreto y escindido de la casa de un fulero, su amigacho, mientras que se ponía a derramar plata y oro para comprar la impunidad, torciendo el rigor de la ley. Pronto, con esos medios, volvería a salir a la calle, no sólo perdonado de sus delitos, sino hasta con disculpas y exquisitas satisfacciones  por haber cometido con él el imperdonable error de perseguirlo por una cosa tan insignificante, tan baladí; tal vez hasta se lamentara no haberle dado un buen premio. El necesitaba salir a la calle porque tenía ya entre ceja y ceja el sabroso antojo de una sobrina del prebendado Castorena y Sánchez.
Una noche se echó a la calle don Gonzalo Venegas. Solitaria, en gran quietud, estaba la del Relox, por la que iba muy envuelto en su capa. De pronto salió de la Perpetua una dama; don Gonzalo pensó en el acto que sería una de las del cinturón dorado. Blanco y vaporoso era su traje, pero la espesa neblina negra de un velo le cubría el rostro. Acelerada iba la dama; ágil, airoso era su andar; dejaba tras de sí una estela de perfume suavísimo.
Don Gonzalo apresuró el paso y ella volvía de cuando en vez la cabeza, como para invitarlo a que la siguiese. Sonreía satisfecho el caballero; fácil era la conquista. ¿Qué importaba que fuera loca de su cuerpo, fácil moza de partido, de las de casa llana y venta común, o dama de recato, de alta alcurnia? Una calle, otra más y varias, hasta llegar a la calle de Arcinas (hoy República de Bolivia). Ya le iba a dar alcance don Gonzalo cuando ella se lo esquivó, empujando una puerta que cedió en el acto a la ligera presión de su mano enguantada, y se fue veloz por el zaguán en sombra, sonando el leve cascabel de una risa, como  respondiéndole a la voz buena de la fuente que estaba adormeciendo a un ciprés que ya cabeceaba de sueño en medio del patio ancho, con columnas.
Don Gonzalo la siguió gozoso; la casa estaba envuelta en un gran silencio; sólo el agua que fluía mansa lo turbaba melodiosamente. La dama subió la escalera, don Gonzalo tras ella. Cruzó rápido el corredor y ya casi re rozaba don Gonzalo la vestidura blanca y olorosa, y hasta la iba a tomar por un brazo, cuando entró ella por una puerta de talladas jambas en un pasillo estrecho, resonante, al final del cual se veían unas luces. Penetraron en una habitación. En el centro de la desmantelada estancia estaba en el piso un gran paño negro y sobre él tendido un ataúd con un difunto tendido con cuatro cirios, no en blandones, sino pegados en el suelo. Junto al féretro se hallaban de rodillas un caballero y una dama, enlutado él, con amplio manto ella.
La señora fugitiva se arrodilló también y le puso al cadáver un beso leve en las manos descoloridas que tenía cruzadas. Se alzó y se fue ágil, ligera, a la hitación contigua, cuya puerta de cuarterones se abrió sola y lentamente para darle paso. Un ceñudo anciano estaba junto a esa puerta, por el lado de adentro; tenía una de sus manos, blanca, larga y fina, puesta sobre el pecho; de ella le pendía un rosario. Don Gonzalo se estremeció largamente; un grito se le quedó ahogado en la garganta.
Ese anciano caballero era su abuelo, don Lesmes de Virraurritia; su actitud era la misma que tenía en un viejo retrato resquebrajado que estaba en una cámara de su casa. Se empezó a llenar de pavor y sobresalto don Gonzalo. Alagó la mirada y descubrió que el caballero arrodillado era don Pedro Antonio, su padre, muerto hacía más de diez años, y la dama del manto su madre, doña Guadalupe de Quesada, también fallecida había mucho tiempo. Ellos lo miraron a su vez con una mirada apacible, pero llena de dolor, de piedad, inclinaron luego la cabeza con abatimiento.  
Don Gonzalo estaba inmóvil, el vigor huyó de su ánimo; le temblaban las carnes de espanto, se le quedaron heladas. Fueron sus ojos a posarse,  llenos de ansia azorada, en el difunto y un escalofrío le subió en el acto por toda la espalda, ramificándosele, muy sutil, por todos los miembros. El que estaba rígido en el ataúd era él, él mismo. Su barba rubia y su cabellera ensortijada eran aquellas; su traje recamado era igual al que llevaba puesto, dorado y negro, y hasta tenía el desgarrón que se tocaba en ese momento. Estaban sus ojos abiertos, y se le veía el verde líquido de las pupilas satánicas, sus mismos ojos. Dio un enorme grito don Gonzalo al reconocerse idéntico en aquel muerto y sintió como que se le iban las fuerzas, desvaneciéndose.
En gran conmoción estaba el convento del Carmen. En la portería había aparecido esa mañana un humilde ataúd de pino con el cadáver de don Gonzalo Venegas de Quesada. No sabían los nuevos frailes carmelitanos quién lo llevó allí. Cuando el hermano portero, viejecito suave y candoroso, abrió el portón, vio en el zaguán ese féretro entre cuatro cirios, ya casi consumidos, pegados en el suelo entre chapas de cera cuajada. Un Padre dijo que oyó por la noche doblar las campanas de la iglesia; otro fraile también aseguró que había escuchado ese toque funeral, largo y gemebundo. Eso era todo. 

domingo, 10 de julio de 2016

El perro del agarrotado y La maldición del hombre lobo

El perro del agarrotado


Como era bien sabido, la mezcla de razas en la Nueva España era mal vista, tanto por los conquistadores como por los nativos, de tal manera que los mestizos eran discriminados en la región; por los consideraban como la conjunción de lo peor de ambas estirpes.
Lázaro, hijo de una indígena y de un soldado español -que abandonó a la mujer en cuanto supo que estaba embarazada-, estaba enamorado de una damisela criolla, quien le correspondía su amor.
La pareja decidió entablar un amorío y mantenerlo en secreto, pues sabían que los padres de la joven se opondrían y harían hasta lo imposible por separarlos. No se sabe cuánto tiempo duro su relación, sin embargo, se cuenta que una tarde el padre de la criolla los descubrió; lleno de cólera juró vengar con sangre el ofensa que Lázaro había cometido en contra de su familia.
Sin perder tiempo, interno a su hija en un convento; se dirigió hacia el Santo Oficio y acusó al muchacho de ser brujo y practicar hechicería, ya que sólo de esa manera había logrado que la criolla se enamorara de él. Los inquisidores atendieron el llamado del caballero y por lo tarde se presentaron en casa del acusado para capturarlo.
Con la ayuda de la hermana de Lázaro, este fue aprehendido y llevado a los calabozos; debido a las influencias que el padre de la criolla tenía ante el tribunal inquisitorial, la sentencia fue cosa de días, se le condenó a morir mediante el tormento del garrote. El mestizo falleció pero al poco tiempo, un extraño perro apareció por la ciudad, se dice que es su aullido amedrenta va todo si mantenía alerta a la población. El rumor de que algunas personas perdían la vida cuando el animal se aparecía corrió por todos los rincones, por ello, hombres y mujeres evitaban salir a la calle, no querían encontrarse con la criatura infernal.
Una noche, la ronda observó como el perro entraba a la casa de un caballero adinerado; el hombre se había casado con la hermana de Lázaro y tenían apenas unos días de vivir juntos. La muchacha miró hacia la puerta de su alcoba, sintió como se materializaba tras ellos, un espectro que les parecía conocido. La mujer grito aterrorizada cuando se percató que aquel aparecido era su hermano Lázaro; inmediatamente se arrodilló ante él y le suplico perdón, dijo estar arrepentida de haberlo entregado. Las lágrimas le brotaron y la desesperación la invadió al darse cuenta de que sus ruegos no causaban ningún efecto en Lázaro. Cegada por el miedo y tal vez por la culpabilidad tomó un cuchillo y sin pensarlo, se lo clavó en el pecho quitándose la vida.
Su marido fue testigo de los hechos y no pudo más que decir que un perro se había parecido en su casa. Alterado por el suicidio de su mujer, perdió la razón y a los pocos días falleció, no sin antes advertir que el perro se vengaría de todos. A partir de entonces la gente empezó a decir que ese animal era un mensajero de la muerte; por ello, la gente oraba y pedía en misa no escuchar nunca sus terroríficos aullidos.
Los rumores corrieron por toda la capital, incluso se extendieron hasta la ciudad de Puebla, donde llegaron a muy altos oídos, entre ellos, los del padre de la criolla, quien sintió como se le erizaban todos los vellos de su cuerpo al recordar lo ocurrido, meses atrás. No olvidaba que un mestizo había osado enamorar a su hija y él, lleno de rabia, lo acusó falsamente de hechicería ante el Santo Oficio; recordó también que había sobornado a la hermana de Lázaro para que lo delatara y se sintió culpable, aunque más que la culpabilidad, lo inundaba el terror; lo paralizaba el pensamiento horrible de que Lázaro hubiera vuelto de la tumba para vengarse de los que habían acabado con subir injustamente.
Salía a la calle con cierto temor, sin embargo, prefería creer que la venganza no llegaría hasta esa región. Una tarde, luego de convivir con amigos en la taberna, se dispuso a regresar a su casa. Las calles lucían sombrías y se sentía un ambiente lúgubre; caminó lentamente, sólo se oía el eco de sus pisadas y el ruido de su respiración. De repente, tuvo la sensación de que alguien lo seguía, sin embargo, por más que se esforzaba no vio a nadie. Cuando por fin llegó a su casa, intento abrir el portón, al tiempo que notó una sombra que se cernía sobre él, sintió que se le erizaban los vellos de su nuca y percibió un viento helado. Se volteó súbitamente y lo que vio lo dejó paralizado de terror; sólo escucho un grito estrangulado que brotó de sus labios.
El cuerpo del hombre fue encontrado a la mañana siguiente ya sin vida; tenía en el cuello la marca de unos colmillos. No tardó en correr la trágica noticia por toda la ciudad: el perro había atacado de nuevo. Todo indicaba que se trataba de Lázaro, el mestizo que había muerto injustamente a manos de la Inquisición. Las autoridades encargadas del Santo Oficio se enteraron de lo sucedido, sabían que ellos eran los que faltaban en la lista de Lázaro. Temerosos ante su inminente asesinato, se les ocurrió exculpar post mortem al agarrotado, para limpiar su nombre. Enviaron a varios pregoneros a todas las ciudades para que informarán a los pobladores de la reivindicación del joven.
La noche en que se estaba oficiando la última misa, todos los asistentes comenzaron estremecerse a sentir un repentino viento helado. En ese instante se escuchó el espeluznante aullido de un perro, además de golpes y arañazos. Todos permanecieron como clavados en su sitio, sin poder articular palabra ni moverse, pues creían que la muerte había llegado pasta ellos. La puerta del templo se abrió bruscamente, aparecieron dos seres, un hombre acompañado de un perro. Era Lázaro quien pidió a los feligreses no tener miedo, pues no buscaba venganza, sólo pedía que le dieran cristiana sepultura a su amada, quien había muerto lentamente al escapar del convento.
La figura del agarrotado se fue desvaneciendo y sólo quedó el perro para guiar a las personas hasta la capital, a la humilde choza donde el cadáver de la criolla permanecía sin ser descubierto. Se dice que aún a pesar de que el perro término su misión, los pobladores continúan escuchando su lastimero aullido; otros juran que en ocasiones se le ve vagar por las calles, junto a una pareja de enamorados.

La maldición del hombre lobo

Fray Bernardo pertenecía a la congregación de los Agustinos, tiene la misión de dirigirse hasta Valladolid para informar al padre superior acerca de la construcción del nuevo convento que alojaría a la hermandad. Como desconocía la zona, llevó consigo a Felipe, un muchacho huérfano, de apenas 14 años y quien sería su bien la travesía. El camino estaba muy accidentado y ello dificultaba el paso del carruaje, ya se habían retrasado por lo menos un día. Decidieron descansar en un paraje solitario, pues para llegar al siguiente pueblo todavía debían recorrer una gran distancia.
La luna llena iluminaba su velada, mientras cenaban un aullido los alertó. Inmediatamente creyeron que una jauría de lobos los rondaba, su mayor preocupación eran los 2 caballos, los cuales se mostraban inquietos y no paraban de moverse. De repente, algo entre la maleza comenzó a moverse y lentamente se acercó hasta ellos.
Fray Bernardo se armó con un palo y Felipe observaba todo desde la carreta. Un lobo se acercó sigilosamente hasta donde se encontraba el religioso, paralizado por el miedo no se atrevió a apalearlo; temblaba ante la animal y este al percibir su temor, le dijo que se tranquilizara que no le haría daño. El fraile estaba a punto de desmayarse, cuando su acompañante lo sostuvo de la cintura; el lobo se sentó. Un poco más tranquilo fray Bernardo miraba con curiosidad al animal que comenzó a sollozar; el religioso sin soltar el palo le preguntó qué era lo que le sucedía. Entonces se lobo procede a narrar su desdicha. Dijo que él y su esposa eran unos indígenas, quienes presas por el temor que infundieron los conquistadores, aceptaron ser evangelizados y abrazar la religión católica; el principal motivo de esta decisión es que esperaban un bebé.
Luego de que su tribu se enteró, fueron llamados por uno de los sabios ancianos, quien les advirtió que un terrible castigo caería sobre ellos y su descendencia, si continuaban traicionando a los suyos. Como el terror hacia los españoles era mayor, pronto se bautizaron. Una noche fueron sorprendidos por otros indígenas quienes los condujeron hasta donde yacía el hechicero. Este, enojado, les recriminó su traición y la osadía de abandonar sus costumbres. Entonces el hombre pronunció algunas palabras y celebro un ritual, un par de horas después dio un brebaje a los esposos y les dijo que estaban a punto de recibir su castigo:
-¡Serán convertidos en bestias y así estarán condenados a vivir por el resto de sus días! Su descendencia correrá con la misma suerte, pagará su traición.
Esa noche de luna llena, el hombre y la mujer sufrieron una terrible transformación.
-Y así hemos vivido durante muchos años- dijo el lobo.
Fray Bernardo no podía creer lo que escuchaba; el hombre lobo por su parte, le pidió acompañarlo hasta una madriguera, pues ahí se encontraba su esposa, gravemente enferma. El animal pidió el clérigo darle los santos óleos y rezarle un oración. Incierto el padre caminó al lado de lobo, Felipe los esperaba en la carreta, ya que si algo malo sucedía, el sería el encargado de avisar a las respectivas autoridades. Cuando llegaron vio a un lobo moribundo que jadeaba con dificultad, terminó el rito que los sacerdotes realizan en un caso como éste pero no ofreció la eucaristía. Preocupado, fray Bernardo rasgó la carne de la loba y debajo de ella descubrió la piel arrugada de una ancianita; con lo que confirmó la historia de lobo. Dio la comunión y la bestia dejó de respirar.
El padre fue conducido por el lobo donde estaba la carreta, en el camino, Bernardo preguntó por el hijo que esperaban. Afligido el animal respondió que nació lobito y se unió a una jauría por lo que no habían vuelto a saber de él.
Cuenta la leyenda que el fraile prometió al hombre lobo visitarlo, sin embargo, se cree que este también murió, pues nunca más se le volví a ver. Así que cada vez que se escucharon lobo aullar muy probablemente se trate de los descendientes de aquellos que traicionaron a su raza.