domingo, 26 de junio de 2016

El Puente del Cuervo (Hoy Tercera de República de Colombia)

Allá por el siglo XVI había en ésta calle un puentecillo, sobre el que se posaba lóbrego cuervo, animal siniestro de negrura imponente, que tuvo gran parte en la tradición que se refiere por el vulgo, y que vamos a contar, haciéndonos eco de lo que se comentaba sobre la vida y costumbres de don Rodrigo de Ballesteros, que vivía por aquel barrio a espaldas del colegio de los Jesuitas por el año 1593.
Fue capitán de arcabuceros don Rodrigo de Ballesteros, en los reales ejércitos españoles; salió herido en la batalla de San Quintín, y para premiar sus servicios el Rey Felipe II, lo envió a estas tierras de la Nueva España a una encomienda de Azcapotzalco.
Era un hombre fuera de lo común el señor de Ballesteros; alcanzaba ya los 70 años, de baja estatura, de voz estentórea, con sus ojos disparejos, de genio violentísimo, odiaba a los niños que veía y hasta los maltrataba, resultando antipático a cuantos lo conocían y trataban.
Habitaba una casa de hermosa apariencia y comodidades, haciéndose servir por creados de librea vistosa, y usando a las comidas rica vajilla de plata, pero como contraste con todo este boato en muebles y tapices, lo Rodrigo en su persona daba la impresión de la abandonó más completo, vistiéndose un traje raído y lleno de remiendos por todas partes. Por muchos años sólo se le vio un capellán de damasco aplomado salpicado de manchas, descolorido por completo, hasta el punto de parecerse a una paleta de pintor llena de colores de diversos matices, y sobre todo esto lucía la roja cruz de Santiago, con verdadero cinismo de hombre despreocupado.
La voz pública del barrio hablaba pésimamente de su conducta licenciosa, pues tenía íntimas amistades y tratos con judíos y gentes por el estilo y de esa ralea. Jamás iba a misa, lo cual en aquellos tiempos de rigurosas observancias católicas causaba escándalo a las gentes, quienes acabaron por llamarle el “excomulgado”.
Otra de sus rarezas consistía en la preferencia que por los animales sentía; su casa era una Arca de Noé. Les hablaba como si lo entendieran, y la gente aseguraba que él entendía muy bien el lenguaje de los irracionales, siendo de todos el de su absoluta predilección un cuervo horrible de negrura pavorosa, pero que era el dueño de la casa, gozando en ella de grandes privilegios. Su dueña lo llamaba el “diablo”, y ¡ay de los servidores que se propasaran haciendo algo molesto para el animalucho!
Los sirvientes se disculpaban ante cualquier cosa que se rompiera o se estropeara con el “diablo”; lo ha hecho el “diablo”, decían, y don Rodrigo contestaba: “Bien está así lo ha hecho el “diablo”… De manera que como tantas veces se dijera semejante nombre de “diablo” y como se supieran sus costumbres relajadas, rodeó al español arcabucero malísima fama, y hasta se decía que tenía tratos con el mismísimo demonio, y el colmo de las murmuraciones fue cuando de pronto, sin que nadie supiera como, desaparecieran de la casa del señor y el cuervo, envolviendo esta doble ausencia el misterio más absoluto.
Por más pesquisas que se hicieron, nada se supo, encontrándose solamente un Santo Cristo manchado de sangre y cubierto con plumas del cuervo, lo que hizo suponer que habían azotado la sagrada imagen y así lo repetía la voz popular, que añadía que estarían en el infierno sufriendo el castigo de tanta infamia como habían ejecutado en la tierra.
Ni de regalo quería nadie irse a vivir a aquella casa que fue de don Rodrigo de Ballesteros. El polvo, la polilla, las telas de araña lo ocuparon, convirtiéndose la mansión en una ruina enterrada en aquellos barrios, esperando aquel tiempo la aniquilada por completo.
Como algo misterioso, al año de todo esto apareció, como antes dijimos, el maldito cuervo sobre el puentecillo referido, dando graznidos tétricos, siniestros, que helaba la sangre, y a las 12 de la noche desaparecía el animal. A la madrugada del siguiente día, de nuevo estaba graznando cual si deseara algo, pues al parecer una ronda, volaba al balcón de la vieja morada donde seguía en sus gritos infernales y horripilantes.
Desde entonces la calle se llamó de “El Puente del Cuervo”, y se decía que en las noches oscuras y lluviosas, cuando el vendaval movía las ventanas produciendo chirridos como quejas conmovedoras, y los relámpagos deslumbraban momentáneamente, se escuchaban las risas de un esqueleto producidas por el chocar de sus mandíbulas huesosas y sus manos descarnadas acariciaban un cuervo con cariño…

domingo, 19 de junio de 2016

Sobre el museo Franz Mayer, localizado en el Centro Histórico de la Ciudad de México frente a la Alameda, se sabe que el predio donde se levanta el edificio se remonta a los inicios del Virreinato. En ese espacio se ubicaba la alhóndiga destinada al peso de la harina. En 1582, el inmueble fue cedido al doctor Pedro López, primer doctor en medicina graduado en la Real y Pontificia Universidad de México, que lo convirtió en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. A principios del siglo XVII, el hospital quedó a cargo de la orden religiosa y hospitalaria de San Juan de Dios; también fue sede del noviciado y sitio de preparación para los hermanos en el cuidado de enfermos y fundación de nuevos hospitales. Al suprimirse las órdenes hospitalarias en 1820, el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados pasó a manos del Ayuntamiento de la ciudad y posteriormente las Hermanas de la Caridad se hicieron cargo de él. En 1865, cuando el emperador Maximiliano de Habsburgo reglamentó la prostitución, el edificio se convirtió en un hospital destinado a la atención de mujeres con enfermedades venéreas. Las Hermanas de la Caridad lo administraron hasta 1874, en tanto Benito Juárez decretó la suspensión de las comunidades religiosas. En 1875, el sanatorio tomó el nombre de Hospital Morelos, pero fue mejor conocido como Hospital de la Mujer hasta 1876.
En la actualidad es un museo, y el nombre de éste procede de su fundador, Franz Mayer, coleccionista y filántropo mexicano de origen alemán, que donó al pueblo Mexicano todas las obras que había conseguido reunir durante su vida a la muerte del señor Franz Mayer, en 1975, el patronato que él mismo nombrara decidió exhibir la colección en un espacio que fuera de fácil acceso para el público de la Ciudad de México. Después de algunas gestiones, se consiguió un inmueble cuyos antecedentes se remontaban al siglo XVI, y que sufrió múltiples cambios, adaptaciones y reconstrucciones. El museo posee una de las mejores colecciones de arte del país. Franz Mayer también legó un importante fondo de libros que al día de hoy constituyen la prestigiosa biblioteca del Museo, en la que existe un gran número de ediciones de Don Quijote de la Mancha. Anteriormente, en lo que era la sala de textiles de ese museo, que estaba ubicada en la segunda planta de este antiguo predio y que por muchos años fue utilizada como anfiteatro, un lugar destinado a la disección de los cadáveres, es donde se encontró una prueba o los elementos que podrían ser parte de los sucesos extraños que se comentan en torno a esta edificación.

Los testimonios

Don Graciano, que lleva más de 15 años trabajando a unos metros de la iglesia de San Juan de Dios, sabe muchas leyendas y relatos que le han contado amigos y gente que se acerca a su puesto. Esta persona cuenta que cierta tarde fría del mes de julio lloviznaba y estaba ahí uno de los muchachitos que viven en la calle (anteriormente ahí se juntaban y vivían muchos de los llamados “niños de la calle”; todos vivían en una coladera); el muchacho en cuestión sufría de alguna enfermedad porque se quejaba mucho, ahí estuvo por varias horas y probablemente días.
Tanto fue el dolor, que llegó una ambulancia por él y, lamentablemente murió. Lo extraño es que sus amigos y algunas personas que no sabían de este suceso, aseguraban oír los quejidos del joven, y esto ocurrió por un buen tiempo; incluso hasta lo llegaron a ver.
Una de las trabajadoras del museo que contó su experiencia, bajo consigna de omitir su nombre por cuestiones laborales, relató que cuando le asignaban el cuidado de alguna de las salas del Franz Mayer, la de  textiles es la que más miedo le daba. Por todo lo que se contaba de esa sala, ya que fue anfiteatro por mucho tiempo, y además la sensación tan especial que se sentía en esa área que realmente incomodaba, esta mujer prefería mandar ahí a las nuevas trabajadoras que no sabían la historia de la sala. También se averiguó con otros miembros del personal que tienen ya tiempo laborando en el museo, que en ciertas partes hay ligeros cambios de temperatura (a pesar de la calefacción), ruidos, pasos y se ven personas o bultos caminar rápidamente cuando uno está mirando para otro lado, pues ellos los notan con el rabillo del ojo, pero que no lo cuentan porque hay quienes se burlan o no entienden estas cuestiones, pero esta serie de pequeños sucesos es un secreto a voces entre el personal de ese inmueble.

El misterioso rostro en una manta

Este sitio cuenta con toda la parafernalia para que sucedan hechos raros, ya que por antigüedad e historia posee lo necesario para que se hable de encuentros misteriosos como sucede en otros sitios de características similares.
En esa sala anfiteatro, que era la de textiles, uno podía apreciar entre las vitrinas la enigmática cara de un niño que se forma entre los bordes, reflejos y doblados de una de las mantas, observándose sólo desde cierta perspectiva, lugar y ángulo.
En la actualidad, y después de varios reacomodos, esta interesante sala que en su momento fungió como anfiteatro y hasta como la sala de textiles del museo, tiene ahora una muestra extraordinaria de objetos de plata que llevan por nombre El esplendor de la Plata. Una excelente salida para un fin de semana es este museo para ver los objetos cargados de historia; y si ya te picó mucho la curiosidad puedes preguntar discretamente a los trabajadores sobre los extraños acontecimientos, seguramente encontrarás testimonios muy interesantes y que te harán reflexionar sobre hacia dónde vamos todos al morir.

Fuente: El Centro Histórico, experiencias del más allá

domingo, 12 de junio de 2016

Las elecciones de otros tiempos

En aquellos tiempos ya pasados, en que su Majestad del Rey de ambas Españas, la Vieja y la Nueva imperaba en lo absoluto en sus dominios de Europa y de  Indias; en aquellos tiempos en que las hogueras del Santo Oficio de la Inquisición se encendían de cuando en cuando, para achicharrar herejes, aunque no con la frecuencia ni en el número que el espíritu moderno de partido les atribuye; en aquellos tiempos en que la libertad de pensar tenía sólo las válvulas del pasquín o del anónimo, y los autores de libros divinos o profanos para publicarlas necesitaban de licencias que llenaban sus primeras páginas; en aquellos tiempos, el Sufragio Libre se había refugiado en las celdas y en los claustros, como muchas cosas del mundo moral, literario y político.
Pero sucedió con frecuencia que, en las elecciones de prelados en los monasterios de religiosas, y de priores o guardianes en los conventos de frailes, la mansedumbre de aquellas y la humildad de éstos, tornaba se en soberbia insurrección, cuando el inimicus homo, bajo las tocas monjiles o bajo de los sayales frailunos, enroscaba las víboras de la envidia o de la intriga, tentándolas y tentándolos con la diabólica libertad democrática del Sufragio Libre. El odio entre criollos, los nacidos aquí y gachupines, los españoles advenedizos, no intrigaba poco en las elecciones conventuales; pero los criollos pretendiendo ser inferiores en saber, virtud y religión a los españoles y éstos a pesar de ser de la misma raza de sus descendientes, presumían de más talentos, austeros y observantes; y de aquí nacieron los dos partidos, de los cuales resultaban en cada elección facciones al designar cada uno prelado de su respectiva nacionalidad.
Con el fin de remediar el mal, Virreyes hubo que solicitaron del Soberano y del Papa, Cédulas reales y Letras apostólicas, a fin de introducir reformas en las elecciones; y se ordenó que los cargos y puestos de las religiones se alternasen cada tres o cuatro años entre gachupín es y criollos, esto es, que en un trienio y en un cuatrienio gobernarían los españoles en otro los nacidos en esta tierra, y “con su observancia -dice el Marqués de Mancera- disminuyeron aunque no cesaron los inconvenientes”. Más las divisiones o partidos no sólo existieron entre europeos y nacionales, alcanzaron también a las “castas” y con este motivo la antigua Orden de San Francisco, que por contener mayor número de individuos tuvo mayor diversidad de castas, necesito compartir la alternativa en tres clases: entre la de los españoles, la de los criollos y la de los mestizos; significándose en la primera los naturales y profesos en la Península española; en la segunda los hijos del reino de la Nueva España, en nacimiento y hábito, y en la tercera los que habiendo nacido en Europa tomaron el hábito en Indias.
Acudieron, no obstante estas equitativas disposiciones, a medios reprobados los exclusivistas y sucedió que, los nacidos en Indias sólo admitían a sus conterráneos en los conventos para eludir las alternativas; pero sucedió también, que habiendo habido necesidad de traer religiosos peninsulares, por la escasez que había de ellos en el país, luego éstos pretendieron entrar a ejercer los cargos preeminentes. Y de aquí tornaron a encenderse los odios, y volvieron a ser reñidas las elecciones en los conventos, degenerando muchas veces en tremendos motines; propinándose los contendientes, de los bandos o partidos que se formaban -lo mismo entre monjas que entre frailes- insultos y hasta golpes, y resistiéndose los vencidos a prestar obediencia a los que habían sido elegidos. Las crónicas y los diarios de sucesos notables de aquellos tiempos refieren muchos de esos motines, y como muestra citaremos ahora solamente dos de los más típicos.
Cuenta Tomás Gage -fraile dominico que vino a México hacia 1625- que estando él aquí, los religiosos del convento de la Merced se juntaron a capítulo para elegir un Provincial de su Orden. “Habían acudido -dice-los comendadores y padres graves de toda la provincia, pero estaban divididos en facciones, y sus opiniones no se podían conciliar. Se cruzaron los pareceres, siguieron las disputas; de las razones pasaron a las injurias, y de las palabras a las manos; el convento se convirtió en oficina de querellas, y la reunión canónica en motín. Ni se contentaron los reverendos padres con algunos pescozones y puñadas, sino que tiraron de los cuchillos y navajas, cayendo muchos heridos en la refriega. Al cabo fue menester que el virrey mediara con su persona, asistiera al capítulo y pusiera guardias hasta que salió elegido el Provincial”.
Las monjitas no eran menos bravas. Llegaba, por ejemplo, la elección de Abadesa. Al son de campana se reunían en el coro, en la sala capitular o en una capilla del monasterio. Iban desfilando unas en pos de otras la Vicaría, la que fungía de Secretaria, la Maestra de Novicias, las porteras, las provisorias, la sacristanas, las enfermeras, las celadoras y todo el resto menudo de la comunidad que no tenía cargos ni dignidades. Sucedía que la Madre Abadesa quería violar el Sufragio Libre, reeligiéndose o imponiendo candidata de su gusto; y aquí la democrática mansedumbre monjil armaba la gran bronca; y acontecía con frecuencia, lo que sucedió el viernes 30 de septiembre de 1701 -Así nos lo cuenta don Antonio Robles- que “como a las nueve del día, poco más o menos, fue el señor Arzobispo (Ortega y Montañez) en la carroza del provisor, el cual y el canónigo don Rodrigo Flores, fueron acompañándole al Convento de la Concepción, por habérseles dado aviso de que había motín entre las religiosas contra la abadesa, y que la querían matar, como hubiera sucedido si el señor Arzobispo deberá tardar una hora, el cual ha sosiego y compuso con harto trabajo, por estar tan inquietas, que al mismo arzobispo respondían y hablaban con resolución y claridad”.
¡Y todo esto, por el intrigante diablillo del Sufragio Libre, que entonces había entre monjas y frailes y en tiempos más actuales entre partidos políticos, pues vuelve fieras a las gentes más sencillas, humildes y bien intencionadas!

domingo, 5 de junio de 2016

Los bucaneros

Hacia la mitad del siglo XVII, el poder marítimo español había disminuido sensiblemente. Esto era satisfactorio para el gobierno inglés en esa época, y consecuentemente, las andanzas de los corsarios disminuyeron. En cambio aumentaron, en torno a las islas y costas del mar de las Antillas, las de los piratas. Para éstos siempre había un barco que atacar una ciudad por saquear.
Fue en ese periodo cuando actuaron los bucaneros. Éste nombre fue dado primero a los habitantes de Haití. Eran blancos de diversos orígenes que se habían establecido en la isla como colonos. Comían carne que aunaban sobre el “boucan”, artefacto formado por palos usados precisamente para ese fin. Del nombre “boucan” derivó el de bucaneros, que vino a ser sinónimo de piratas.
Primero fueron simples cazadores y pastores. Cuando la isla se empobrecen productos y salvajina, y los bucaneros no encontraron con que vivir en los bosques, lo buscaron fuera de la isla, especialmente en el mar. Y siguiendo el ejemplo dejado por Drake y sus hombres, se hicieron piratas: en vez de seguir las pistas de los bueyes, casaron galeones. Los ingleses que se encontraban entre ellos se llamaban “freebooters” o sea merodeadores, término del que derivaron el francés “filibustiers” y el castellano “filibustero”. Durante un tiempo, los bucaneros se distinguieron de los filibusteros; pero luego los dos nombres sirvieran para designar, indiferentemente a los piratas de las Antillas de los piratas en general.
La guarida de los bucaneros estuvo situada, durante mucho tiempo, en una isla muy adecuada para ese fin. Tiene un sólo camino de acceso, y alrededor se elevaban costas altísimas y ripios completamente inaccesibles. Los descubridores de la isla la habían combatido al dorso de una enorme tortuga, y por eso la denominaron La Tortuga. De ese refugio, y luego de otro situado sobre las costas de Jamaica, partieron las expediciones de las más grandes y crueles piratas de la época: Bartolomé Portoghese, Francisco Nau, llamado “el Olonés”, Rock “el brasileño” y el famoso Enrique Morgan.
Estos canallas, que se llamaban entre sí “hermanos de la costa”, durante más de medio siglo sembraron el terror en las colonias españolas de América Central, de México y de sus costas septentrionales de América del Sur.

Táctica de combate
Era muy difícil que un barco enemigo, que pasará lejos, no fuera avistado por los piratas. Durante las travesías, todos los ojos estaban fijos en el horizonte, porque el primero que viera una presa tenía derecho a un premio. Cuando una vela estaba a la vista, la tripulación tomaba las armas y corría a su puesto de combate. En la proa se colocaban los que estaban armados de mosquete; otros se extendían sobre el puente para no ser vistos. Entre tanto, el timonel conducía el barco a toda velocidad sobre la estela del otro. En esa forma le presentaba siempre la proa, ofreciéndole un blanco estrecho en caso de que disparara.
Una vez junto a la presa, los piratas enganchaban su barco al otro. Una orden del capitán, saltaban sobre el puente enemigo. Cuando la tripulación de los barcos atacados se rendía, los piratas se apoderaban de todo lo de valor que encontraban a bordo.

Las Leyes de la Piratería
La vida de los piratas, en lo que se refería a la casa de cada uno, a los deberes hacia sus compañeros, ya los derechos al botín, era regulada por normas escritas que se llamaban “carta partida”.
Los feroces piratas, capaces de toda clase de infamias, solían comportarse entre ellos formando una especie de fraternidad delictuosa, nacida a veces en el mismo presidio. Por eso constituyeron una fuerza inmensa, regida por una disciplina feroz, impuesta por los más fuertes.
La parte de botín de los tripulantes aumentaba en caso de heridas, y cada herida tenía su precio. Así, por ejemplo, la pérdida de los ojos o de las piernas tenía un premio de 600 escudos; la pérdida del pulgar o del índice de la mano derecha, o de un ojo, 300 escudos; por cada otro dedo, 100 escudos, y así sucesivamente.
A menudo, los barcos y su material eran puestos a disposición de los piratas por una sociedad o un “caballero” particular. En ese caso correspondía a estos cómplices una tercera parte del botín.

domingo, 29 de mayo de 2016

El pirata de Barbillas (Leyenda de Campeche)

A finales del siglo XVI, el puerto de Campeche se había convertido en uno de los más importantes del nuevo mundo; hasta este lugar llegaban, procedentes de Europa, comestibles, todo tipo de telas, vinos, entre otras cosas. Sin embargo, está situación de abundancia pronto acarreó problemas, pues los piratas arribaban al puerto para hacer de las suyas: secuestraban a personas de alto rango para pedir rescate, raptaban mujeres, y saqueaban los negocios e incendiaban las ciudades.
El puerto de Campeche, en innumerables ocasiones, fue víctima de estos actos criminales, sin embargo, el Pirata de Barbillas es el bandido que más se recuerda en la región. Cuenta la leyenda que luego de atacar y quemar la Torrecilla del Lerma (utilizada para alertar a las tropas de la presencia de los bárbaros marinos), el malandrín arribo al puerto con la intención de cobrar un rescate.
Una vez en tierra tomó otra identidad para pasar desapercibido, la gente creyó que era uno de los tantos extranjeros que llegaban a la ciudad con el propósito de establecer un negocio. Mientras caminaba disfrazado por las calles, el pirata observó a una mujer, cuya belleza era extraordinaria: la hija de un hombre importante de la región, perteneciente a una de las familias más acaudaladas.
El padre de la dama cuidaba con recelo a su única heredera, por lo que no permitía que cualquier hombre se acercara a la joven. Para poder cortejarla era requisito indispensable, provenido la familia respetable y con buena posición económica, pues la mujer estaba acostumbrada a vivir con el mayor de los lujos. Los deseos del patriarca eran que la vida de su hija no cambiase, al contrario, exigía que quien se comprometiera con ella, también debía cumplir al pie de la letra con sus caprichos.
El Pirata de Barbillas había logrado acercarse a la bella mujer, y ésta aceptó sin ninguna dificultad sus galanteos por lo que en un par de días logró enamorarla. Muy pronto la gente comenzó a  rumorar al respecto y estos comentarios llegaron a los oídos del celoso padre, quien a toda costa, ordenó investigar a los abro caballero.
El de Barbillas había engañado a todos cuantos se habían cruzado en su camino, les aseguro ser un hombre de gran riqueza e hijo de un hacendado radicado en Cuba. El padre prohibió a su hija sostener más encuentros con el hombre, mientras no lo conociese, pues aún no sería bien a bien quién era y de dónde venía. La orden molestó mucho a la joven, sin embargo, el amor por el supuesto cubano fue más fuerte y continuo viéndolo escondidas.
Una noche el padre encontró a su preciado tesoro en brazos del galante caballero, inmediatamente se percató de que no era quien decía ser, pues él si los había reconocido: era el temible Pirata de Barbillas quien había enamorado a su hija para divertirse durante su estancia en el puerto.
Lleno de ira el padre desenmascaró al pirata frente a su hija, quien desconcertada se echo a llorar por el engaño del cual había sido víctima. Ambos hombres protagonizaron una sangrienta pelea, en la que salió victorioso el pirata; sin piedad dió muerte al padre de la joven, e incrédula, no podía creer lo que había pasado. Se dice que la mujer jamás pudo recuperarse de la impresión que le causó presenciar el asesinato de su padre ni, superar el dolor que le causó el engaño de un pirata. Se le recluyó en un convento donde sólo se le escuchaba decir: ¡Pirata, pirata!
La joven murió y tiempo después, las personas allegadas a la familia, aseguraban que en ciertos días, se escuchaba lamento de una mujer que lloraba amargamente, mientras maldecía: ¡Pirata, pirata!

Fuente: Leyendas Mexicanas de todos los tiempos

domingo, 22 de mayo de 2016

Piratas y corsarios

“¡He aquí Panamá!” -exclamó Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú. Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a latigazos, o seguiría!”.
Así escribía en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas riquezas a la costa atlántica.
Los 18 marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran llamados corsarios.
Desde mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
Bajo el reinado de Isabel, la guerra de corso era estimulada en toda forma. La reina protegió y subvencionó no sólo las empresas de Drake, sino también las de otros famosísimos corsarios, tales como Tomás Cavendish, Ricardo Hawkins, Martín Frobisher, Jorge Clifford y otros.
En muchos libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos: deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura, pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas, etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador de los trópicos.  Las ropas, si se las puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto de indumentaria, a tono con su figura siniestra.

domingo, 15 de mayo de 2016

La escuela de los espectros



Nos encontramos en el municipio de Atizapán de Zaragoza, donde había sido construida una nueva y flamante secundaria de dos pisos; aquel día tan especial era por demás soleado y la alegría emanaba de todos los asistentes a dicho evento. Durante aquel tiempo, aquella región apenas  comenzaba con la urbanización, sus calles de terracería fueron sustituidas por el pavimento, las unidades habitaciones empezaron a proliferar como hongos, algunos lugares de tradición fueron destruidos en aras de la modernidad, usos y costumbres fueron reemplazados por escandalosos motores, al igual que el silencio de la noche por el bullicio de los jóvenes estudiantes, quienes se reunían en pequeños grupos en las calles para comentar su día a día; todos estos cambios propiciaron que más personas se fueran a vivir por aquellos rumbos, lo que ocasionó la desconfianza de los antiguos pobladores hacia los recién llegados, pues temían que sus vicios y malas costumbres corrompieran aquellas tranquilas y pacíficas comunidades.
Pero por más modernidad y vanguardia que pueda haber en una población, su pasado nunca puede ser enterrado del todo, porque a veces le da por hacer de las suyas, recordándonos que debemos respetar el lugar que habitamos, pues no olvidemos que muchas personas estuvieron antes que nosotros, dejando en esta tierra sus vivencias, sufrimientos, alegrías y tristezas; la gran cantidad de estas emociones que quedan flotando en el aire, donde desde tiempos remotos  hay asentamientos humanos, resultan evidentes para aquellos que tienen la sensibilidad para observarlas, es decir, el poder establecer contacto con seres del más allá. Este tema es sobre el que girará nuestra narración escalofriante del día de hoy. ¿Me acompañan?
Había mucha reticencia entre los viejos pobladores para comunicarse con los nuevos habitantes, también era la causa de que además la inmobiliaria había prometido escuelas en la zona para atraer potenciales compradores y que ningún intruso debía saber que le predio donde se iba a levantar la escuela había sido un panteón durante muchos años.
Los albañiles y el velador, quienes habitaban un cuartucho de madera, habían ido con el ingeniero de la obra en varias ocasiones para advertirles sobre seres de ultratumba que los golpeaban, les movían las herramientas de su lugar, e incluso le daban de nalgadas a la secretaria del ingeniero.
Cuando comenzaron a excavar para poner los cimientos, encontraron una gran cantidad de ataúdes de madera carcomidos por el paso del tiempo; a los albañiles les fue prohibido hablar de dichos descubrimientos para no infundir pavura entre los padres de los futuros estudiantes. Los cadáveres fueron trasladados en el más absoluto de los secretos en un carro de volteo, a lo que unos ancianos que observaban la obra, predijeron que aquellos muertos iban a reclamar su tierra y que las cosas no iban a ir bien de ahora en adelante.
No mucho tiempo después la obra fue terminada, algunos ancianos sonreían con cierta malicia, pues suponían que no iba a tardar mucho en suceder algo terrible y que aquella escuela no tardaría en ser abandonada.
El primer suceso sobrenatural fue durante la víspera de la inauguración del plantel. Los protagonistas de los sucesos son un matrimonio, conformado por Juan, Azucena, su hija Laurita de doce años y Ramiro de trece años. Todo comenzó cuando una noche los esposos bajaban del autobús en la esquina del plantel, ya la noche había caído desde hacía un rato, siempre llegaban tarde a su casa debido a que su lugar de trabajo estaba en la Ciudad de México, pero eso no importaba porque ya contaban con su propia casa aunque fuera algo retirada.
Antes de dar la vuelta a la esquina para dirigirse a su hogar, la mujer descubrió en la calle a un niño como de tres años, que jugaba con sus caballitos de madera, sus ropas eran humildes y calzaba huarachitos, el pequeño levantó el rostro y le sonrió cuando ella se detuvo unos segundos a verlo; por otro lado el marido venía preocupado por  sus hijos porque se la pasaban solo todo el día, y absorto en sus pensamientos no notó la presencia del niño. Entonces la mujer le dijo que no podían dejar ahí a la pobre criatura pasando frío, pero al voltear se dio cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro, el marido no le dio importancia y la animó para que siguieran su camino. La mujer decidió no comentar nada a sus hijos.
Mientras Azucena preparaba a Laurita para que se fuera a acostar, le pareció ver a un grupo de personas andrajosas observando su ventana desde el otro lado de la calle, sintió que la sangre se le helaba y acto seguido apagó la luz para poder ver mejor a los intrusos; ahí estaban, con ropas hechas jirones, cubiertos de barro y polvo, se acercó a la ventana para observar sus rostros; pero estuvo a punto de desmayarse cuando vio que los ocho visitantes tenían las parte de los ojos y la nariz demasiado oscuras, como si las tuvieran huecas, en ese momento sintió una presencia atrás de ella y volteó gritando, Laura despertó sobresaltada y encendió la luz, frente a ellas estaba Juan, extrañado por la reacción de su esposa, entonces ella soltó a llorar y lo abrazó. El trató de que sus hijos se fueran tranquilos a la cama y tranquilizó a su mujer, tal vez el cansancio la había hecho alucinar.
Al día siguiente, después de la inauguración, Laura y su hermano se retiraron a sus respectivos salones; el jovencito con su alegre carácter hizo amigos inmediatamente y salió con ellos en tropel al recreo, en cambio su tímida hermana prefirió quedarse sentadita en su banca, para ella era muy difícil socializar y aquel día más porque estaba consternada con el ataque de pánico que había tenido su madre. No tardaron en acercarse a la muchacha otras dos compañeras de su grupo, Angélica y Margarita; Laura comenzó a platicar con ellas, y salió el tema de lo sucedido con su mamá, la primera chica esbozó una sonrisa burlona, y la otra palideció de inmediato, pues ella y su hermana habían vivido algo similar. Estas experiencias sobrenaturales hicieron que entre las jóvenes naciera una gran amistad, sabían que desde aquel momento serían inseparables. Siempre damos las cosas por hecho o que nuestro día va a terminar como lo planeamos, pero a veces el destino decide cambiar todo esto, ya sea para bien o para mal; algo similar pasaría con la amistada de las chicas.
Acabó el recreo y regresaron a su aula de clases, al poco tiempo de comenzada la jornada, Laura pide permiso para ir al baño, su amiga iba levantar la mano para acompañarla, pero una voz cargada de maldad resonó en su cabeza: ¡No lo hagas! Laura le sonrió antes de salir, sin saber que sería la última vez en su vida que lo haría…
Sin saber lo que le esperaba, caminó tranquilamente por el pasillo, hasta llegar a los alejados y fríos baños, entró a ellos sin ninguna preocupación, el lugar estaba completamente solo, se metió en el último sanitario mientras tarareaba una canción de moda, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió un escalofrío al ver por la parte de abajo un par de pies cubiertos de barro, que calzaban unos huaraches carcomidos por el tiempo. La muchacha respiró profundamente y con su temblorosa mano entreabrió la puerta, ante sus ojos se encontraba un niño sucio con harapos, que sostenía en la mano un crucifijo de metal con los orificios por medio de los cuáles se había atornillado a su ataúd. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de su boca salió un aire pestilente al mismo tiempo que una amenaza: ¡Lárgate de aquí!
En ese momento entraron otras niñas, pero se detuvieron en seco cuando encontraron a Laura en el fondo temblando de miedo, su timidez le había impedido gritar, por lo que todo el terror que sentía se le quedó guardado, en ese momento la muchacha cayó desmayada.
Margarita fue la última persona en escuchar frases más o menos coherentes de su amiga, quien había perdido la razón, por lo que fue llevada a una institución psiquiátrica donde recibe atención.  
Las autoridades se han negado rotundamente a clausurar la escuela y ninguna persona volvió a mencionar haber visto seres de ultratumba deambulando por la escuela. Mientras tanto, Margarita decide abandonar sus estudios en dicho plantel, temerosa de tener visiones aterradoras; en cuanto al hermano de Laura, con dificultades terminó su formación académica, habiendo perdido su alegre carácter y siempre evitó ir a los baños de la escuela.
El último hecho del que se tiene registro, es cuando un niño perdió un juguete en un hueco que se había formado por las lluvias bajo la acera de los salones de primer grado; pero al meter la mano en aquel hueco fue mordido con mucha fuerza, a tal grado que estuvo a punto de perder un dedito de la mano derecha. Al principio se pensó que había sido una rata, pero cuando el doctor analizó con detenimiento las marcas de la mordida, confirmó que se trataba de una dentadura humana; y como en el caso de Laurita, se decidió guardar silencio ante la Sociedad de Padres de Familia.