domingo, 18 de enero de 2015

El Malleus Malefucarum (El Martillo de las Brujas)

Henry Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el siglo medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio.
El Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería. Dos años más tarde, 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania, y para ello escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el Martillo de las Brujas.
Krämer y Sprenger presentan este libro a la facultad de Teología de la Universidad de Colonia en espera de que fuese aprobado; pero fue declarado ilegal y antiético, ya que su demonología no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores ediciones. Fue un auténtico best seller y durante tres siglos lectura obligada de inquisidores y jueces.
Actualmente, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería, que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.
El intrincado mundo de lo mágico, y de conexiones diabólicas, dejó una profunda huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de creencias, más creíbles cuanto más disparatadas; por ejemplo, las largas y frías noches que dan pie a toda clase de imaginativas representaciones, hasta concebir al demonio copulando y pactando con mujeres tildadas de brujas que, en virtud de dicho pacto satánico, tenían poder para hacer daño, causar grave enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.
El libro Malleus Maleficarum gira en torno a los maleficios que se atribuían a las brujas. Apoyada la frase bíblica “A los hechiceros no los dejaréis con vida” (Éxodo 22,18), en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de Hipona, en Tomás de Aquino y en otros relevantes teólogos elabora su doctrina sobre la brujería con una concepción llena de prejuicios y sexista de la mujer.
En la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y la hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una extensa gama de males “con el permiso de Dios todopoderoso” para que el Diablo no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.
La segunda parte del libro describe las formas de brujería, como lanzan hechizos y como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha información sobre hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y copula con el Diablo.
La tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y sentenciar a las brujas. La tortura, como en todo proceso inquisitorial, es práctica habitual. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar
En el fragmento del Malleus Malefucarum presentado por Agustín Celis, al contestar a la pregunta que los autores asimismos se hacen de porque la superstición es eminentemente femenina, presentan una verdadera sarta de lindezas misóginas:
“¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!
Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.”
En el segundo libro de La retórica, Cicerón dice:
“Los muchos apetitos de los hombre los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia.”
Detrás de todo esto, están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan de lascivia, apetito carnal. Y en su apoyo están muchos mitos que el patriarcado, con perversa intención fabricó. A esto se le añade la ignorancia de la psicología femenina, que brillaba por su ausencia. También desde el matriarcado, con sus mitos, prejuicios y estereotipos, se podría escribir algo parecido, o peor de los hombres; prejuicios culturales sexistas.
Los inquisidores actuaban en virtud de unos prejuicios religiosos y dogmáticos, provenientes de religiones ancestrales, que afectaban sus vidas, sus valores y su visión del mundo. Ellos mismos serán víctimas del adoctrinamiento recibido en su proceso de educación en los conventos y las instituciones religiosas, que no estaba exento, más bien impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la concepción de la vida, lo que les hacía mucho daño, como los complejos de culpa y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban sobremanera, pensando que con ello hacen el bien. Los prejuicios religiosos contra la mujer la hicieron víctima de infinitos oprobios, vejaciones, sufrimientos y angustias, al ser marginada y al asignarle roles de subordinación y sumisión, como terminamos de comprobar. Todos dirigidos por el Papa Inocencio VIII último responsable de los asesinatos que produjo la caza de brujas.

FUENTE: La Inquisición. El lado oscuro de la Iglesia. Primitivo Martínez Fernández. 

domingo, 11 de enero de 2015

Una bruja peligrosa

En la Edad Media, las mujeres europeas vivían en familia. Aquellas que no llegaban a contraer matrimonio, permanecían al lado de sus padres y se dedicaban a cuidar a sus sobrinos. Una de aquellas solteras, era una mujer portuguesa llamada Lucila, quien estaba enamorada de un hombre que la despreció, y por tal motivo, no quiso casarse con ninguno de sus pretendientes. Cuando la mujer hubo pasado la edad de casamiento, sus padres y hermanos comenzaron a presionarla, diciéndole que se olvidara de aquel hombre, ya que al ser bonita pretendientes le sobraban.
Ella no contestaba a las réplicas, pues no tenía caso alguno explicarles lo que no entenderían; a pesar de muchas insistencias, todo permanecía en un nivel tolerable, hasta que un día el padre le dijo que no estaba dispuesto a tener una hija solterona, y que si no se casaba la recluiría en un convento.
Como en cualquier otra casa, las órdenes del padre se acataban sin discusión, pero Lucila tuvo la osadía de replicarle, que no estaba de acuerdo con ninguna de las dos opciones, y que solamente se casaría con su único amor; pero tampoco quería ser monja.
El valor y la firmeza que demostró al expresar su decisión, dejó atónitos a todos los de su familia, siendo su padre el más impresionado; una réplica de uno de sus hijos habría sido una osadía inaceptable, pero viniendo de una de sus hijas ¡era algo terrible! ¡Qué mujer se atreve a desobedecer a su padre! ¡Con qué derecho toma sus propias decisiones! El padre se la quedó viendo como si fuera el mismísimo demonio y le dijo: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva!
El hombre no discutió más con la muchacha y arregló su matrimonio con el hijo de uno de sus amigos. A Lucila se le informó de la fecha en que se celebraría la boda, y estando su madre presente, recibió varias visitas de su futuro marido. Siempre fue grosera y fría con él, pero cuando el joven se marchaba, ella se encerraba en su cuarto a llorar.
Su madre la veía con los ojos enrojecidos, sintiendo una enorme pena por ella y trataba de consolarla, diciéndole que era un buen muchacho y que sabría hacerla feliz. Días antes de la boda, Lucila empacó sus cosas, escribió varias cartas de despedida y se fue para siempre en medio de la noche.
En un pueblo lejano de su ciudad natal encontró trabajo como cocinera de una fonda, en cuya parte trasera había un cuarto que el dueño le rento. Mientras vivió en aquel lugar, se ganó el respeto de todos porque casi formaba parte de la familia del dueño de la fonda. Pero Lucila se comportaba como una mujer muy adelantada a su época, pues tenía la loca idea de independizarse, por lo que decidió irse a vivir a una cabañita situada en las afueras del pueblo, que le rento una viuda.
Desde el momento en que se instaló en su nuevo hogar, comenzó a despertar sospechas. Durante aquellos tiempos se creía que sólo las brujas vivían solas, porque necesitaban la soledad para planear sus fechorías y entrevistarse con Satanás; otro punto en contra, era que la casa estaba completamente aislada. La gente comenzó a murmurar y a mal pensar las peores cosas de la muchacha.
Para aquella sociedad ignorante y prejuiciosa, cualquier mujer que se comportara de un modo diferente a lo que establecían los roles de su sexo, tenía que ser bruja. Lucila perdió su empleo porque su patrón no podía arriesgarse a que lo acusaran de su cómplice. A todos los sitios donde fue a pedir trabajo, le cerraron las puertas. Los amigos que había logrado hacer, le dejaron de hablar, quedándose completamente sola y sin dinero.
A su casa no podía volver, porque aunque su madre la recibiría con los brazos abiertos, estaba segura que su padre ya la había dado por muerta y nunca le perdonaría su desobediencia. Tenía un miedo horrible, pero no al hambre ni a la pobreza ni al rechazo de la gente, si no a la terrible Santa Inquisición. Debía de huir lo antes posible, a un sitio lejano donde nadie la conociera, antes de que la acusaran de bruja ante el Tribunal del Santo Oficio.
Una noche hizo sus maletas y se acostó temprano para escapar a primera hora del día; pero antes de la media noche, sonaron unos fuertes golpes en la puerta, despertó sobresaltada y aterrada. Estaba segura de que detrás de la puerta se encontraban los alguaciles de la temida institución. Aliviada suspiró cuando vio que su casera venía en compañía de unos hombres; la mujer le pidió que abandonara inmediatamente la casa, pues no quería tener una bruja como inquilina. Salió inmediatamente de la vivienda, pues ya estaba preparada y solamente tuvo que tomar sus cosas.
Al pueblo no podía dirigirse, era muy peligroso, tal vez ya la habían denunciado o la gente podría lincharla y hacer justicia por su propia mano. Entonces decidió cruzar el bosque para llegar al pueblo más cercano; entre la vegetación podía haber animales feroces o ponzoñosos, pero era preferible enfrentarse a esas criaturas que a los humanos.
Caminó durante varias horas bajo la más completa oscuridad y sintiendo mucho miedo por los sonidos que la rodeaban. Tuvo la mala suerte de tropezar con una roca, y al caer se dio un fuerte golpe en la mejilla. Cuando eran ya las siete de la mañana, llegó sana y salva a la entrada del pueblo; pero minutos antes, una serpiente había mordido a una niña, su madre había arrojado una piedra al animal, mientras éste huía, y alcanzó a darle un golpe en la cabeza.
Cuando Lucila se presentó, aquella mujer vio que traía un golpe en la mejilla y gritó: ¡Fue ella! ¡Fue ella! La muchacha sintió un fuerte dolor de angustia en el estómago, no sabía de qué se le acusaba, pero temió que ya hubieran llegado los rumores de sus supuestas prácticas de brujería. Varias personas se reunieron alrededor de las dos mujeres, y la madre de la niña mordida, dijo que Lucila era una bruja que se convertía en serpiente venenosa, señalando el golpe que tenía en la mejilla.
Las explicaciones salieron sobrando, pues todos le creyeron a la supersticiosa aldeana. Amarraron a Lucila, la montaron en una mula y la llevaron al pueblo donde había vivido, porque allí estaban las oficinas de la Santa Inquisición. El grupo de hombres, mujeres y niños que ingresó al pueblo, llamo la atención de todos y lo siguieron por curiosidad; se detuvieron ante las puertas del Tribunal, bajaron violentamente a Lucila de la mula y la arrojaron a los pies del inquisidor que salió a recibirlos. La madre de la niña explicó todo lo sucedido.
Esa misma mañana ya habían empezado a buscar a la muchacha, pues se había levantado una denuncia su contra.
La llevaron a la cámara de tortura, la desnudaron y la ataron de pies y manos. Un verdugo enmascarado le arranco los pezones con unas pinzas, otros se encargó de desgarrarle los senos con unas picas, y finalmente le metieron un hierro al rojo vivo por la vagina. Después la arrojaron a una celda inmunda y la dejaron allí varios días sin comer y obligándola a beber sus propios orines.
El auto de fe fue celebrado una semana más tarde, el pueblo entero se reunió para ver cómo quemaban a la bruja, todos estaban contentos de que si hubiera hecho “justicia”. Mientras Lucila se consumía en las llamas todos le gritaban maldiciones. En medio del horrible sufrimiento de ser quemada viva, recordó las palabras de su padre: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva! 

domingo, 4 de enero de 2015

Palacio de la Aduana


En las calles de “La Aduana Vieja”, hubo una casa que perteneció a la marquesa de Villamayor, descendiente de los primeros conquistadores, la vendió al gobierno que la destinó para Aduana, hasta que se pasó a donde sería su destino final.
El actual edificio perteneció al Consulado, que estableció ahí las oficinas cuando cobraba las alcabalas; el tribunal dio inicio a la construcción de la Aduana en el sitio donde podemos ver el edificio actualmente, en 1729, concluyéndola seis años más tarde, después de arreglar las dificultades surgidas por el convento de la Encarnación que se oponía a que les fuera quitada la luz, ya que por las azoteas del nuevo edificio podían ingresar los ladrones. Las religiosas había querido comprar la casa que servía de Aduana y que tenía un gran corral en 1731; en dicho año ya se había reunido allí el juzgado, la antigua Oficina de Alcabalas y la Dirección General de Aduanas. En el patio ya no cabía el cada vez más grande número de recuas que conducían la carga, situación que causaba mucha confusión.
Al concluir el año de 1753, terminaba ya el noveno arrendamiento de las alcabalas, que había tenido a su cargo el Consulado desde enero de 1639 en México y sus alrededores, y aunque el tribunal y el comercio de México habían dirigido cartas al Rey para que continuara el sistema de arredrar las alcabalas; en un acto desesperado hasta llegaron a ofertar por el triple de lo que pagaba el Consulado, que tuvo a su cargo este cobro por ciento quince años, durante los cuáles subieron de manera considerable para el erario los productos de los demás ramos. Las peticiones al Rey no lograron nada, ya que las alcabalas le pertenecía a la Corona de Castilla y León; por el contrario, se mandó al Consulado que entregara el edificio destinado para la Aduana.
Resuelto el problema, el Rey estableció los sueldos y las reglas más convenientes para el fin buscado, entre las cuáles estaba la siguiente: “que desocupe y desembarace desde luego el Real tribunal del Consulado, la casa de la Aduana, para que en ella se establezcan los ministros que por cuenta de Su Majestad, hubieren de correr con ésta administración”. Al Consulado también se le exigió que entregara las garitas.
Fueron acondicionadas las habitaciones para las viviendas de los empleados y señaladas aquellas en que se habían de establecer la contaduría, tesorería y demás oficinas, procurando que el edificio no perdiera su estructura original; las bodegas, almacenes y todos estos espacios quedaron libres para depositar y cuidar las mercancías. En una de las habitaciones que quedaba junto a la puerta principal,  se dispuso el alojamiento de ocho soldados y un acabo para cuidar de todo lo que se encontraba resguardado en el edificio.
Por el aumento de la población, el Rey dispuso en el año de 1777 que se ampliara la Aduana de México para que se pudiera hacer el reconocimiento de los costales, barriles y demás mercancías transportadas por la multitud de recuas que contantemente arribaban a la Capital; para tal proyecto,  fueron adquiridas las casas contiguas: por el frente hacia la Inquisición, unos edificios que pertenecieron al convento de la Encarnación, levantados en el año de 1692, en que fueron compradas a la familia de doña Francisca Belvis de Belvis, marquesa de Venabitis y condesa de Villamonte; antes habían pertenecido al mayorazgo que fundó  don Francisco Pacheco y Bocanegra.
Hemos mencionado el cobro de las alcabalas, pero ¿de dónde surgió? El derecho de alcabala cobrado en la Aduana por lo que se vende o cambia, tuvo su origen en España por acuerdo y concesión espontánea de los vasallos en la Corte; en el año de 1342, bajo el reinado de don Alonso XI y se confirmó en 1349, quedando agregado de manera permanente al fondo del Real Patrimonio. El valor de la alcabala fue variando, hasta que se estableció en el diezmo.
Las zonas de América que estaban incorporadas a la corona de Castilla por derecho de conquista, fueron libertados en 1522 de la alcabala; pero quedaron sujetos a los mismos estatus que la Metrópoli, y en una junta de ministros que formó Felipe II en el año de 1558 para tratar los asuntos de Indias, se acordó que se cobrara en estos dominios el real derecho de alcabalas, encargando a los virreyes ésta tarea. Se expidió entonces una real orden a los diez años y otra a los tres, en que hacía referencia a la falta de fondos en el Real Patrimonio, debido a que las batallas lo habían consumido; por lo que se mandó establecer el derecho de dos por ciento de alcabalas sobre las primeras ventas o cambios de todo género de mercancías. El virrey don Martín Enríquez publicó el 17 de octubre de 1574, que quedaban exentos de pagar la alcabala los indios, las iglesias y personas eclesiásticas en todo lo que fuere vendido o cambiado por vía de negociación.
Ahora vamos a dar un tremendo salto en el tiempo y nos vamos a ubicar en el año de 1922, cuando José Vasconcelos era el Secretario de Educación, quien consideró que era necesario que dicha institución contara con su propio edificio, para así poder tener en un solo lugar los distintos departamentos que la conformaban: Departamento Escolar, Departamento de Bibliotecas y Departamento de Bellas Artes, así como también el personal que ahí desempeñaría sus funciones.
El entonces presidente la República, el general Álvaro Obregón, aceptó encantado la propuesta del Secretario. El edificio elegido para tal fin, fue el que había sido por mucho tiempo la Aduana; una vez arreglados los trámites correspondientes, en el inmueble se llevaron a cabo los trabajos de acondicionamiento y remodelación, tratando de conservar su arquitectura original. Después del arduo trabajo, la nueva sede de la Secretaría de Educación Pública fue inaugurada con bombo y platillo el 9 de julio de 1922.
Sin embargo, Vasconcelos no estaba contento con los resultados, sentía que el edificio no reflejaba la esencia de la Cultura Nacional; después de mucho pensar, decide invitar a Diego Rivera para que en sus muros plasmara el mensaje que quería proyectar a todos los ciudadanos de esta gran ciudad.

domingo, 28 de diciembre de 2014

La importancia de saber latín



Sor Javiera de la Asunción era monja concepcionista, profesa en el Real Monasterio de Santa Inés; la mujer llevó el nombre de Casilda Ibarra antes de entrar de lleno en la religión. Este sor se caracterizó desde su niñez, por ser en extremo golosa; no existía en su casa un escondite o alguna llave de alta seguridad que valiera, para tener a buen recaudo las jaleas, conservas, mermeladas, jericallas, cajetas y todo género de cosas apetitosas para la muchacha. Todo lo encontraba en el acto y sin aguardar un segundo sus dientes hacían su trabajo.

Moza muy donosa,
almendra, dulce y pan,
aunque las guarde el ángel
¡me lo descubrirán!


No había otra cosa que Casilda disfrutará hacer en esta vida que darle gusto a la lengua, por lo que aplicó todas sus energías en aprender a hacer dulces; se dedicó en cuerpo y alma a estudiar en los viejos y sapientísimos recetarios de la abuela, en los magníficos conventuales y en otros de autores famosos, ya fueran sacados de estampa en oficinas mexicanas o en buena imprentas de España. Fueron tantos los libros que consultó y el empeño que puso en aprender, que con el tiempo la autodidacta se volvió toda una experta en el arte de la repostería fina, nadie le ganaba en sus habilidades. Todo su ingenio lo ponía en los almíbares de sus confituras; en los puntos adecuados de sus cocadas y yemates; en que durase solidificada de la leve espuma de las claras batidas, para poner con ellas airosos copetes blancos a las copas de amarilla boca de dama, o con nítidos turrones de almendra o con sonrosados de fresas, que podían conservar por un largo tiempo su textura blanda; como pasar por alto las peras y duraznos cristalizados, que más bien parecían unas hermosas joyas: duros por fuera y por dentro una exquisita suavidad. Casilda llegó a perfeccionar su arte a tal grado, que todo mundo la llenaba de halagos, pues saborear todo lo que ella preparaba era casi como tocar el cielo; al aquellas delicias casi se podían oír sones arpas, de liras, de flavioletes, la laúdes tañidos por celestiales manos de ángeles y serafines.
Casilda desde niña fue mandada a estudiar en el convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza, escuela de María, larguísimo nombre que le diera su fundadora coahuilense,  doña María Azlor y Echéverez, pero por obvias razones la gente solo le decía “La Enseñanza”, pues era prácticamente imposible aprenderse ese nombre de memoria.
Con la diestra dirección de las monjas, la muchacha aprendió a leer, contar, rezar, labores caseras y saber dirigir con habilidad un hogar; supo también labrar de aguja ropas blancas, confeccionar vestidos, bordados matizados con lindos colores, arácnidos deshilados, sutiles draperías, hermoso tejidos de gancho, donde la perfección y el gusto eran más que evidentes. Las religiosas de dicho convento tenían fama de ser muy buenas en el arte culinario, pero en caso de Casilda, ella se las llevaba de frente a todas; mientras se la pasaba metida en la cocina preparando delicias, entre las probaditas que daba y lo que quedaba ya terminado, se dedicaba a comer y comer hasta saciarse, aunque para su gran apetito no había golosina que le bastara. En el convento amplió su menú: alfajores, huevitos de faltriquera, peteretes del piña y coco, almendrones de azúcar, palanquetas, panochitas de leche, gajorros, alfeñiques, cabellos de ángel, rosquetes y gusanillos de almendra y frutillas de los mismo, picones de todas frutas y de sabores insignes. Desde que Dios amanecía, y hasta que anochecía, la glotona de Casilda también le entraba bonito a los jamoncillos, pirulíes, almendras garapiñadas, piñones cubiertos, pepitorias, calabazates, nogada, acitrones, correosas, cabezonas charamuscas.
Con esos atracones que se daba, no era raro verla con frecuencia con  males estomacales, los cuáles curaba con tecitos de manzanilla, de cedrón, de muicle, de suelda, de estafiate, del amargosísimo hojasén y de otras hierbas astringentes y purgantes, que le ayudaban a barrer todas las golosinas que se empaquetaba alegremente.
Finalmente la gula en dos pies salió de La Enseñanza con toda la buena maestría. Como sus señores padres eran gente muy importante en la ciudad, con frecuencia tenían en su lujosa casa saraos muy lucidos; convidaban también a meriendas en su residencia en San Cosme y a días de campo en San Ángel o bajo las frescas arboledas de Tacubaya, en los que había bailes y deliciosas comidas.
En una de esas fiestas Casilda conoció a un guapo y rico mancebo, de nombre Florián Rey de Alarcón, del cual quedó enamorada perdidamente; y el caballero logró ganarse el corazón de la joven gracias a los poemas de sus platillos favoritos:

Eres miel con requesón,
cocada y calabazete,
el más suculento uvate
que llena mi corazón.

Meses después el par de tórtolos fijaron la fecha de la boda, con el consentimiento de los padres de por medio, pero el destino le tenía otra cosa preparada a la joven pareja, pues sucede que a pocos días del matrimonio, la muerte tocó las puertas de Florián al caerse de un caballo que se encabritó al tronar unos fuegos artificiales en el atrio de San Sebastián. El pobre hombre falleció al instante al golpearse la cabeza contra unas piedras. Al enterarse Casilda de la terrible noticia, se encerró en su habitación y lloró por varias semanas, hasta que después decide ir al convento de Santa Inés, donde sostenía largas conversaciones con las religiosas; palabras iban y palabras venían, por lo que decide entrar de monja en ese santo reclusorio de paz.
Pasó Casilda su noviciado y profesó en la religión concepcionistas, siendo ahora su nombre el de Sor Xaviera de la Asunción, desposándose llena de dicha con el creador y en consecuencia, con el paso del tiempo logró encontrar la paz que tanto necesitabas si alma. Llegó a ser muy querida por todas las monjas, gracias a su dulzura y por las maravillas que sus lindas manos hacían en la cocina; las asombraba aquel ingenio y capacidad de crear nuevas recetas, las cuales llegaron a ser muy famosas fuera del convento.
No había sarao, celebración en convento de frailes o festejo en Palacio, en que no figuraran las exquisiteces que salían del convento de Santa Inés. Sor Asunción, como buena glotona que se preciara, no solo dedicaba su tiempo a lamer los peroles hasta dejarlos rechinando de limpio, ya ni era necesario lavarlos, pues el cobre quedaba sin rastros de lo que ahí se había cocinado; también en su ardua labor de limpieza guardaba una “pequeña” porción, que en un dos por tres se la empacaba con singular alegría. Su fase célebre de la monjita era: “de lo bueno mucho y si es muy bueno, comerlo más de dos veces por lo menos”, pero el detallito era que ella repetía hasta cuatro veces. Después de atascarse venían los inevitables retortijones de panza, en donde ya la religiosa sentía arrepentimiento y lo tomaba como una manera de pagar su terrible pecado; poco le duraba su remordimiento, pues una vez que se aliviaba volvía a las andadas. No tardaría mucho en que la golosa monja pagara muy caro su insaciable vicio por las golosinas.
En cierta ocasión se les encargó a las religiosas la elaboración de jamoncillo de pepita, como era de esperarse, salió de las manos de sor Javiera uno de gran tamaño que lucía su franja escarlata de vino, después fue colocado en un plato enorme de talavera y sobre unos papeles de china que picaron pacientemente las monjas. Sor Xaviera elaboró un jamoncillo igual para ella sola, el cual se comió en menos de lo que canta un gallo, después se bebió un vaso de agua nevada de piña, y acto seguido se zampó un dulce de cacahuate y un platazo de hermoso postre de mamey y almendra. No era ni media tarde, cuando ya sufría uno grandísimos dolores en el vientre, que la despedazaban y traspasaban.
¡Ahora si la monjita sabía lo que era amar a Dios! Tal parecía que la Llorona estaba metida en el convento, con los contantes y largos quejidos de la enfermita. Le empezó a correr sudor frío por todo el cuerpo, mientras los tormentosos dolores iban en aumento, no paraba de invocar a toda la corte celestial, sentía que sus horas en este mundo estaban contadas. Mil y un hierbas curativas se le administraron, se le untaron pomadas, imágenes milagrosas de Santos eran sobadas en su vientre, las religiosas hacían ofrecimientos de promesas,  ayunos, penitencias rigurosas; pero todo cuanto hacían era inútil. Al ver la madre superiora que todos sus esfuerzos habían sido en vano, mando a alguien para que fuera en el acto por el médico don Antolín Antúnez, que trabajaba en el Hospital de Amor de Dios, y quedaba a contra esquina de la iglesia de Santa Inés.
Llegó al convento para ver a la enferma que se retorcía de dolor, entonces procedió con toda paciencia a auscultar el elevado y duro vientre. Don Antolín va rápido al Hospital para traer el remedio a los males de sor Xaviera; al poco tiempo traía unos envoltorios con polvos curativos y unos frascos con un líquido oloroso a acre que vaporizaba. También traía una jeringa de latón, de la que destellaba un brillo siniestro, a la que le cabían más de tres cuartillos de líquido.  Las religiosas le administraron la medicina milagrosa que don Antolín les proporcionara, y claro que con previas instrucciones.
El médico regresó después para ver como seguía sor Xaviera,  las madres  le dijeron que esa sustancia cáustica había sido de lo más terrible, pues en cuanto él se marchó se lo pusieron en el ínter mientras volvía. No lo había soportado por mucho tiempo y se lo tuvieron que quitar en el acto. Ahora la pobre monja tenía un nuevo dolor muy atroz, ya no sabía a cuál de los dos hacerle caso, si al del cólico o al de la quemadura del cáustico. ¿En dónde le habrán puesto a la enferma el cáustico las santas señoras?

domingo, 21 de diciembre de 2014

El Primer Conservatorio de Música

En la casa que forma la esquina de las avenidas de Guatemala y del Brasil, se estableció el primer Conservatorio de Música que hubo en México, que fue fundado por Lucas Alamán. Esta institución tuvo un gran éxito con el que alcanzó la prosperidad, pues muchos fueron sus alumnos.
Aunque en una de las extensas salas de la antigua Casa de Moneda (Museo Público de Historia Natural, Arqueológico y de Historia), se instaló una escuela de música, en donde se ofrecían clases relativas a este tema, nunca llegó a ser un conservatorio, sino una simple academia para fomentar esos estudios. El primero fue el que se abrió gracias a la buena iniciativa de don Lucas Alamán y duró funcionando muchos años, pero después vinieron varios inconvenientes que nadie quiso enfrentar, y al fin está casa terminó cerrando sus puertas y ya no hubo en México escuela especial para la enseñanza musical.
Don José María Tornel dio que hacía mucha falta aquella escuela para encausar en ella de manera conveniente la vocación de muchos, y entonces solicitó al gobierno que abriese aquel establecimiento, lo cual pidió en un Remitido que fue publicado en el periódico El Telégrafo el 23 febrero 1834.
En el año de 1866, un grupo de señores amantes de la buena música formó la agrupación "Sociedad filarmónica mexicana" y en la calle que el Factor, fundaron una escuela para el aprendizaje musical, y en poco tiempo acudieron muchos alumnos que ya no cabían en el reducido local, por lo que se le hizo la petición al Presidente don Benito Juárez, quien les concedió el edificio de la antigua Universidad, que por aquel entonces estaba sin ningún empleo, pues la Secretaria de Fomento se estableció en otro lugar.
Aquella escuela la sostenida únicamente con fondos de la "Sociedad filarmónica" y estando muy próspera a la nacionalizó el gobierno de don Porfirio Díaz, pues dijo que él y sólo él debería entenderse con la armonía, y no los particulares. Su primer director fue don Alberto Balderas, después le siguieron en ese cargo don Alfredo Bablot y don José Rivera, ya más actuales se encuentran don Ricardo Castro, don Gustavo Campa y don Carlos J. Meneses.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Las pastorelas

Los teatros daban funciones alusivas a la solemnidad del nacimiento de Jesús, y entre ellas las más populares eran las Pastorelas, cuyo fin y carácter revelo en la siguiente descripción.
La Pastorela da principio con un famoso Conciliábulo. Al alzarse el telón aparece en uno de los antros del infierno Luzbel, cuyo vestido es como sigue: camiseta y calzón de malla color de carne, con zapatilla negra bordada de lentejuela; tonelete de mangas perdidas, con forro rojo y adornado de cintas del mismo color y brichos de oro, ceñida la cabeza con corona de laurel. Preséntase triste y apenado por la próxima venida al mundo del Mesías, y medita en los medios que para vengarse ha de poner en juego a fin de perder al hombre, oponiéndose al decreto divino de su redención. Los improperios salen de su boca, y para llevar a cabo sus designios, con acento iracundo llama al Pecado, furia infernal que ha de prestarle eficaz ayuda. Este diablo sale por escotillón, diciendo con toda arrogancia: -¿Quién me llama?- Y responde Luzbel: -Tu príncipe señor. Enseguida disponen su plan de operaciones, mas como para realizarla, engañando al hombre, necesitan de la Astucia, demonio de tonelete y corona como los otros, sale al llamado de Luzbel, de entre los bastidores que figuran, con el telón de fondo, las lóbregas cavernas del infierno, haciendo igual pregunta que el Pecado y recibiendo idéntica respuesta.
Animado Luzbel, por las exhortaciones y baladronadas de sus compañeros, se enfurece y amenaza al cielo, haciéndole aquellos coro. Cuando la exaltación está en toda su fuerza, gran cantidad de cohetes chisperos, encendidos entre las bambalinas, arrojan una copiosa y persistente lluvia de fuego; los diablos van y vienen levantando los brazos y lanzando sus amenazas con voz iracunda, como quienes van a comerse al mundo, hasta que ya fatigados, agotada la pólvora y terminada a tiempo la perorata, cae el telón dando fin al Conciliábulo, cuyas infernales escenas, para mayor persuasión, dejan apestando a azufre todo el recinto del teatro.
A esta furiosa tempestad de fingidas pasiones y del arte pirotécnico, síguese en los demás actos el desarrollo de la pastorela, cuyos caracteres principales son: la calmuda sencillez de los pastores, vestidos a la usanza de los Elvinos y Nemorinos de las Operas; las desavenencias y riñas domésticas de Bato y Gila; las sandeces de Bato y Bras, tan perseguidos por la saña de Luzbel; la aparición del Arcángel San Gabriel a los pastores para anunciarles el nacimiento del Mesías, en los momentos en que, sentados en rueda, platican y cenan a mandíbulas batiente, y la gran contienda sostenida por los tres arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael contra Luzbel, el Pecado y la Astucia.
Después de muchos dimes y diretes, los batalladores, ya con el colmo de la exaltación, acaban por desnudar las espadas y empieza la lid, más no en silencio, sino acompañando a los golpes de los aceros las fanfarrón nadas propias de los valientes callejeros, excepción hecha de las palabras malsonantes, hasta que al escucharse el grito de Miguel: -¿Quién como Dios, bestia fiera?, Caen desplomados los tres diablos a los pies, respectivamente, de los arcángeles sus vencedores. Aquellos, humillados, desaparecen al fin por escotillones, a tiempo que la música y el canto de los pastores que se escuchan a lo lejos, celebran el triunfo alcanzado contra el infierno. Libres ya los pastores de las asechanzas del demonio se dirigen al portal de Belén para decir requiebros y ofrecer sus dones al recién nacido.
Yo también, de niño, fui actor en uno de esos coloquios, pues era costumbre que las familias los representaran en teatros caseros y algunas veces en teatrillos alquilados. Una tía lejana que en una pastorela desempeñaba el papel de Ardelia, me tomó por su cuenta: púsome un lujoso vestido de respingo, medias de seda y sandalias de raso con sus ligas correspondientes; ajustóme unas alas de hojadelata, sobre las que caía recogido un manto de seda verde y sobre mi rizado pelo colocó una diadema adornada de piedras, al parecer preciosas, la que terminaba con una airosa pluma, también verde; y de esta manera en un abrir y cerrar de ojos me convirtió en el arcángel Gabriel. Ensayado bien mi papel que no era otro que el de anunciar a los pastores la buena nueva y la de dar mandobles a diestra y siniestra y tener por algún tiempo humillado bajo un pie al demonio de la Astucia, di con todos los de la comparsa en el teatrillo conocido con el prosaico nombre de Pambazo, o de casas y baños de Murguía, calle del Puente Quebrado. Figúrate, caro lector, mis apuros al actuar ante un público escogido, como era de invitación, en el momento en que asentado mi pie izquierdo en el tablado y hollando con el derecho el cuerpo hercúleo de la Astucia, a la vez que tenía que tomar la actitud del vencedor, sosteniendo en alto la espada triunfadora. Las contorsiones de aquel diablo blasfemo, cegado por la cólera, no me permitían guardar el cuerpo en equilibrio y poco faltó para que viniese a tierra mi celestial persona; sin embargo, mantúveme firme a costa de mil esfuerzos.
Tales eran las famosas pastorelas que, si no han desaparecido, del todo, de nuestros hábitos, han perdido mucho de su antiguo carácter.
También era costumbre de los teatros en aquellos tiempos, poner en escena, en tiempo de Navidad, la pieza titulada: El mayor contrario amigo, o el Diablo Predicador, cuyo protagonista, el lego, Fray Antolín, era caracterizado, unas veces por la festiva María Cañete que vino a México siendo casi una niña, y otras por Antonio Castro, ambos de muchísimo gracejo.
Cuando sea tiempo y haya Posadas caseritas, cuidaré, amable lector de llevarte a ellas.

FUENTE

El libro de mis recuerdos. Antonio García Cubas

domingo, 7 de diciembre de 2014

El Milagro de la Virgen

En aquella sosegada tertulia de pueblo tranquilo, que se hacía tarde con tarde en la botica de don Florestán Henestrosa, escucho referir muchas veces Venancio Riquelme, de las grandes riquezas de México y el Perú, reinos en los cuales las piedras de plata y oro estaban regadas a manos llenas por todos los montes, diciendo que había minas de esos metales preciosos y que con sólo remover un poco la tierra, surgían relucientes para dar bonanza perpetua, se hacía poderoso con muy poco trabajo el feliz descubridor. Estas historias fantásticas, eran contadas por el inca Garcilaso de la Vega, y el famoso capitán Bernal Díaz del Castillo.
Venancio Riquelme era un personaje muy activo en la botica del licenciado don Florestán Henestrosa, y frecuentemente dejaba de moler en el mortero, de revolver los ingredientes que le decía su patrón y de redondear pastillas, para oír con atención la conversación de aquellos señores de lento hablar y ademanes parsimoniosos.
Decían que Roque Pedraza dejó el arado y la azada, se fue a México y fue señor de varias tierras, con un suntuoso palacio y muchos criados para servirle; que Teobaldo Carmona, era dueño de vastas riquezas, se le trataba con gran respeto y todos le pedían consejo; que Torcuato Antúnez en cierta ciudad mexicana, era dueño de tienda de paños y sedas, que iba en creciente bonanza su dicha, cuando apenas hace menos de un año, andaba por las calles de Osuna pregonando ropa vieja; que Domitilo Alderete poseía todo bien y felicidad; que ahora era todo un caballero acaudalado Melchor Dorantes…
Venancio se la pasaba todas las noches sin dormir, imaginando que iba a México y pronto encontraba una mina de oro, que vivía lleno de opulencia entre terciopelos en un palacio imponente, las mejores telas, vajillas de oro, los mejores muebles; debido a su crecida fortuna y a su espíritu dadivoso, tenía el apodo de Fúcar Oxoniense.
Con estas continuas y deslumbrantes fantasías ante sus ojos, dejó Venancio Riquelme la apacible ciudad de Osuna, sin más capital que el día y la noche y el testamento en las uñas. A pie, bajo el quemante sol andaluz de los días de agosto, llegó a Cádiz para buscar trazas para ir al fabuloso México de sus sueños de pobre. Uno de los galones iba a zarpar y en uno de ellos se acomodó como paje de escoba, además de ser vigilante del reloj. Venancio querría ir de polizón y encontró trabajo remunerado.
La flota corrió con viento prosperó. Después de tocar diferentes tierras se pusieron las proas hacia Veracruz y ya navegaron sin variar el rumbo; por fin tocaron el puerto y la deseada ribera. El corazón de Venancio se llenó de un gran gozo cuando sus pies se posaron sobre la tierra de la Nueva España; llegó falto y miserable, sin tener casa en que abrigarse y sólo el suelo duro por cama, pero ya embarcaría, se dijo, unos años después con ostentosa riqueza, porque tendría muy prósperos sucesos, cada vez con nuevos y grandes acrecentamientos.
Iba a estar cargado de muchas honras y haberes. En la calle principal de Osuna construiría un palacio al que le iban a llamar todos los osunenses “el de plata”, porque todo en el sería de este metal labrado con el mayor primor, y Su Majestad el rey por lo mucho que le iba a dar para sus reales cajas y cámara, le echaría gustoso sobre los hombros un hábito de Santiago, o de Montesa o de Calatrava y hasta lo haría conde o marqués. Viendo sus paisanos toda aquel fausto el poderío, la envidia les iba a corroer las entrañas.
Venancio se puso en marcha hacia la ciudad de México en larga conducta, acompañado de varias mercancías que los buques traían en su seno con destino a los comerciantes de todo el reino: sedas granadinas, paños de Segovia y de Béjar, cántaros con aceite, barriles con buenos vinos de los mejores viñedos, hierro de Vizcaya, cueros de Córdoba, muebles de maderas preciosas, jabones, tapices, alfombras, vajillas, variedad infinita de cristales, y muchas cosas más para el adorno de las casas.
Venancio iba con los ojos fijos en el suelo, agrandados para ver mejor, y a cada rato se bajaba del bamboleante carro para recoger con ansiosa avidez un pedrusco que brillaba orillas del camino, y anhelante el observaba para ver si era oro o plata, lo cual despertaba las risas entre los concheros. Durante toda la marcha lo repetía una y otra vez, y también era sin fin las burlas que le hacían, mezcladas con carcajadas. Toda esta faramalla duró hasta que la conducta entró por las calles de la ciudad y llegó al mesón de “Las cinco estrellas”, donde terminó el viaje.
En esta posada, cercana al convento de la Merced, Venancio tomó un descanso en su estrecha alcoba y salió, pero no a conocer la ciudad, ni las calles, ni los templos, ni los palacios, ni sus anchas plazas, ni los portales, ni los canales, ¡nada! El inocente hombre iba a lo suyo, y se dirigió lo más pronto que pudo al campo en busca de riquezas. Pensaba encontrar en el acto gruesas bolas de oro o grandes trozos de plata rodando por los caminos.
Venancio anduvo buscando y rebuscando por aquí y por allá, por todas las montañas del Ajusco, por el cerro del Chiquihuite y todos los demás de la Villa de Guadalupe y hasta se fue a trepar a las sierras nevadas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sin miedo alguno de caer al vacío. Todas sus expediciones resultaban en vano; pero a pesar de todo, siguió buscando aquellas fantasías: su palacio, sus carruajes relucientes, sus hermosos caballos, sus vajillas, sus incontables criados y su fastuoso casamiento.
Cuando le hubo contado a los huéspedes el motivo por el que había venido a la Nueva España, Venancio fue el hazme reír de todos ellos, no lo bajaban de idiota y estúpido. Para divertirse todavía más a sus costillas, le inventaron que en este reino existían unos árboles con hojas de perpetuo tintineo, en un repique continuo y claro, eran árboles musicales. Venancio se lo creyó todo, dedicándose a tener el oído alerta para escuchar el campanilleo del árbol música, el cual nunca llegó.
Aunque permanecía atento al  sonido de los árboles, sus ojos seguían afanosamente buscando por los suelos, aquellos pedazos rodantes de oro y plata. Vino en pos de esas riquezas fáciles y no alcanzó nada, todo su trabajo y tiempo fueron malgastados. Ya Venancio había caído en calamidad y miseria, no había pagado el alojamiento y asistencia en el mesón y varios huéspedes le cobraban los préstamos. Para poder vivir y saldar sus deudas, se metió trabajar en la  botica “Buen Suceso” de don Bruno Otea, en la calle de las Damas.
En los días de descanso, se dirigía el tontuelo a los campos en busca de oro y plata o aquellos árboles que campanilleaban dulcemente. En la botica Venancio conoció a una anciana que compraba ungüentos para calmar sus achaques, quien con dulce tono maternal le dijo que, todo aquello que buscaba con tanto afán eran puras patrañas, y que el mejor método para enriquecerse de la noche a la mañana era acudir al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y pedirle con fervor lo que quisiera, pues ella se lo iba a dar.
Venancio echo cuentas, llegando a la conclusión de que sólo necesitaría ochocientos cincuenta mil pesos para levantar un suntuoso palacio y darse la gran vida durante dos años, después le pediría más a la dadivosa Virgen mexicana. Acudió varias veces al Santuario para implorarle le diera pronto aquella suma, pero los meses pasaron y el dinero no le cayó del cielo.
Entonces un día pensó: ¡tonto de mí!, Dándose un sonoro manotazo en la frente, ¿cómo me va a escuchar la Guadalupana, si cuando le pido ese favorcito, hay una multitud de gente rogándole les haga distintas mercedes? El trabajo se le carga a la divina Señora. La idea ver cuando esté más desocupada, para que sólo a mí me preste atención.
Venancio acudía a verla a eso de las dos de la tarde, cuando no había nadie en el santuario, se arrodilló ante la imagen y le volvió a pedir la nada despreciable suma de dinero que necesitaba para cumplir sus fantasías.
En esos momentos escucho una voz angustiada, la cual entre lágrimas le suplicaba a la Virgen, que lo socorriera con dos pesos que necesitaba para pagar al médico y comprar las medicinas, que salvarían a su esposa María Antonieta de la pulmonía que la aquejaba. Venancio levantó la voz y repitió su ardiente imploración, después el afligido sujeto volvió a repetir su súplica.
Entonces Venancio, cansado de que el sujeto distrajera a la Virgen con sus simplezas, le da dos pesos para que de una vez se calle la boca. ¡Tanto pedir y pedir por dos pesos! El angustiado hombre le abrió tamaños ojos y con gesto de sorpresa, ya con los dos pesos en la mano y lleno de llanto le dio gracias a la Virgen.
Venancio se quedó sólo en el santuario, gozoso y frotándose las manos; entonces le volvió a pedir encarecidamente de su infinita piedad, para que le mandará los ochocientos cincuenta mil pesos que tanto necesitaba. Verdaderamente este pobre diablo, tenía en los desvanes del cerebro cinco libras de burro.