domingo, 12 de abril de 2015

La Calle de la Joya (Hoy 5 de febrero)

La florida leyenda colonial que nos habla de una maldita joya ensangrentada, clavada sobre una recia puerta, dio nombre a la que hoy es calle 5 de febrero, desde finales del siglo XVIII la gente la conoció como: la Calle de la Joya. Durante años aquella joya estuvo expuesta sin que nadie osara robarla, pero un día un sujeto quiso quitarla de su sitio y entonces se le apareció el demonio.
¿Qué poderoso maleficio pesaba sobre aquella joya ensangrentada? Algunos historiadores y gentes ancianas, dicen haber visto todavía el agujero que hizo el puñal sobre la madera, pero muy pocos fueron testigos de los momentos en que el Cabildo ordenó abrir las puertas de aquella casa, para ver lo que en su interior había.
Empieza nuestra historia allá por las calles de Mesones, donde felices de su amor un nido habían formado, don Gaspar y doña Violante, compañera fiel y de limpio corazón; mas era tanta la belleza de la esposa, que Gaspar la tenía rodeada de espinas, altos muros y de rosas, para protegerla de las miradas de los hombres. La inmaculada mujer veía así pasar las horas, presa entre flores y el canto de su aves.
Don Gaspar, de las intrigas de la corte ajeno, sabía que su tesoro estaba allá escondido, y que de salones palaciegos, mejor era el tibio perfume de su nido. Toda la gente de la colonia sabía que aquel hombre tenía a su mujer encerrada por temor a la infidelidad. Cuanto más demoraba don Gaspar en la calle, más tardaba en regresar al lado de su esposa amada. En tanto la azafata de Violante, una negra atrevida llamada Maravatía, y tan prieta como tunante, aprovechando la ausencia del patrón, la mujer la tentó como el diablo lo hizo con Lucía, para que saliera a la calle y la acompañara a la casa de la gitana. Vacila la dama, pero finalmente acepta y sube al lujoso carruaje, tirado por finos caballos de negro pelaje, y en ese carro Violante y la negra fueron en aquella ocasión a preguntarle a la adivina las cosas del corazón; la bella mujer se detiene ante la puerta, asustada del talante de una gitana tuerta, quien le hace la predicción de que en poco tiempo vendrá un caballero que prendado de su belleza perderá a tal punto la cabeza, y acabará matándola. Espantada por aquellas palabras de la vieja, Violante la negra corren prestas a la calle.
Pocos meses han pasado desde aquel vaticinio de la bruja, y la mujer con labores de la aguja, pasa el tiempo con su esposo amado; olvidada estalla la gitana, lejos muy lejos sus temores, cuando se escuchan redobles de tambores, cuyo eco traspasa la ventana. Al escuchar tal cosa, ambos corrieron asomarse a la ventana; llegaba el capitán Diego Fajardo, doncel de noble cuna poseedor de gran fortuna y de un porte muy gallardo, y quiso el destino ¡oh desdichada! Que el mancebo mirara la hermosura de Violante allí asomada. Montado en su yegua Jerezana, cuenta la leyenda que desde aquel instante no pudo arrancar su corazón de la ventana; entonces detuvo el paso, la miró extasiado y fuese volviendo el rostro a cada instante, mientras que Gaspar confuso y agitado quería desbaratar aquel semblante; desde ese instante el capitán Fajardo sentía encajado como dardo, la sublime belleza de Violante. Y a su gente plática de aquella que le absorbido la mente, y poco le importó saber que la mujer era casada, estaba dispuesto a conseguir su amor al que tuviera que pagar con su propia vida.
Desde entonces, las sombras protectoras rondando aquella calle le envolvían y unas tras otras, siempre las auroras en el mismo lugar le sorprendían, buscando de Violante los favores siempre se topaba con el muro cubierto de cardos y de flores. Al fin desesperado un día decidió atentar a la infiel Maravatía dándole una buena cantidad de oro para que le entregara una esquela. La astuta negra metió bajo la puerta aquella esquela llena de ternura, más para la honesta y fiel bella Violante, era más que letra muerta aquella petición de una aventura. No obstante así, el galán no se cansaba de rondar la casa de la bella, y a veces pensaba que sería más fácil para el echar mano a una estrella, hasta que una noche la azafata impía, al galán se acerca cautelosa para ofrecerle la llave de la puerta a cambio de una muy buena cantidad de oro. Tres noches más tarde la maldita condujo al enamorado galán hasta los aposentos; de súbito la dama se estremece, cuando se abre la puerta y a sus ojos, el capitán Fajardo se aparece, y va a apostarse ante sus pies para pedirle calme esta pasión que inflama su pecho, pero ante aquel caballero suplicante, la honesta de Violante con encaje el llanto enjuga y le ordena salir de su aposento. Todito el capitán corrido salió de la casa de la dama.
Más no faltó ni infame, quien a don Gaspar dijera que su esposa le era infiel con don Fajardo, y dos días después hizo sus planes, inventando que salía aquella noche y fingiendo alejarse en raudo coche. Brillaba el pomo de su espada cuando Fajardo entró en pos del amor de la casada, pero obtuvo una vez más la misma respuesta de rechazo. Ya que no le podía pagar a la dama a un pecado, entonces sería por su honestidad: un brazalete de oro cincelado que vierte vivos resplandores, en el que con diamantes se ha formado el escudo condal de sus mayores.
En tanto Gaspar entre la negra sombra, mira salir al hombre de su casa, y cuando junto a él airado pasa le reconoce y hasta nombra en voz alta. Como león que su melena agita, lanzó un rugido y a su mansión se precipita; trémulo, vacilante, loco, ciego, siente del odio el espantoso fuego, al descubrir la joya de Fajardo en las manos de aquel ángel silencioso. Está celoso, entonces descubre aquella daga con que Violante estaba dispuesta a defender su nombre, ni la inquiere ni  la insulta; pero en tremenda cólera desechó 100 veces el puñal sobre el honrado pecho de su esposa. Aunque la mujer lo mira con ternura, más el odio en su corazón se inflama; y la sangre en ardorosa llama, tiñe de rojo la blancura. Muerta ya, así sin clemencia, la pálida Violante parece pregonar más su inocencia; entonces su marido recoge con crispada mano aquella joya que dejó el villano, y la ve llena de sangre, tibia, ardiente de la esposa que así cobró una infamia según el punto, solamente alcanza a pensar a devolver la joya, y consumar en sangre la venganza.
Recorre la ciudad con talante fiero, descubre al fin la casa del artero en lo que hoy es 5 de febrero, sus ojos encendidos de fuego, son ojos de un ente poseído por el diablo; su pecho se agita en 1000 espasmos y la sangre se agolpan sus venas. Ante la puerta de la casa aquella, siente que flaquea, que va a caer y que su corazón estalla, entonces toma la joya ensangrentada y clavel filoso puñal; la gruesa puerta de madera cruje y las piedras preciosas a la luz de la luna, iluminan el rostro del hombre cruel. Echa mano al pomo de su espada, pues a cobrar con sangre va lo que supone una afrenta, pero quiere el cielo que el celoso Gaspar que de allí muerto, es víctima de un ataque y no termina lo que su venganza sería.
Encuentran con gran desconcierto a don Gaspar muerto, ante la casa de Fajardo, y la joya ensangrentada pendiente del puñal en la puerta ya clavado; por temor y por respeto a los representantes de la leí aguardaron hasta que el capitán salió, y se da cuenta con pavura de la joya ensangrentada, adivinando de Violante su fin. El llanto enjuga y sus ojos se tornan fieros, y ordena la ronda ir a la casa de la bella mujer para que le informaran de todo lo que hubiera pasado. De los funerales de tan bella como casta dama, encargóse el audaz capitán, causante indirecto de tan triste drama, y ordenó que del portón de su casa nunca fuera arrancado el puñal, ni la joya manchada de sangre. Desde entonces el capitán Fajardo no abandonó su casa, embargada como el de honda tristeza, no comía, no dormía y se oía gemir dolientemente, la culpa no lo dejaba vivir; y dice la crónica y el cuento que después de llorar su desventura, fue a sepultarse un convento.
Lejos del mundo y sus mentidas galas, a Cristo Jesús tendió sus alas, mientras la gente que pasaba por su casa miraba con codicia la joya; más cuando alguien trató de robar la joya, como por arte de magia comenzaba de nuevo a llenarse de sangre, y a muchos les marchó el rostro; otros al tratar de tomar aquella alhaja, vieron que su sombra se perfilaba al diablo. Tiempo hacía que ni guardia había, y aquella casa por maldita se tenía, y es de creerse que algún maleficio hubo, pues muchos fueron los que tomar la joya creyeron, otros aseguraron que quedar presos parecieron cuando afianzaban aquella maldita joya, y no faltó quien dijese que la guardia que antes un soldado hizo, Lucifer ocupaba después. Hasta cronos frailes mandados por el Santo Oficio, desprendieron el puñal y la joya de la puerta de la casa de Fajardo, y la autoridad abrió la casa, encontrando en su interior joyas y dinero diseminados por doquier. Aquí termina este colonial cuento, y según el Provincial Montoya  que vivió con Fajardo en el convento, por esto se le dio el nombre de la Calle de la Joya, que hoy es 5 de febrero.   

domingo, 5 de abril de 2015

Los ojos del Nazareno

En la hermosa iglesia del convento de las pobres capuchinas se honraba y reverenciaba con adoración una imagen de Jesús Nazareno, que fue elaborada por diestras  manos guatemaltecas para la capilla privada del palacio de los condes de Santiago de Calimaya, y un señor de esta noble estirpe regaló la imagen a las monjas.
En una figura alta, delgada, descolorido rostro, lleno de las rojas llagas que le fueron abiertas a golpes y de las cuales le corrían hilillos de sangre  que le corrían ondulantes hasta el cuello y de ahí a todo el cuerpo; su mirada se hallaba caída con humildad, pero aún así, la fijeza de sus ojos de vidrio parecía muy real; su entretejida corona cuyas múltiples espinas le claveteaban la frente, hincábanse en torno de la cabeza, de la que colgaba revuelta cabellera humana, y de ella, mechones pegoteados de sangre y sudor, le llegaban hasta los hombros y otros le colgaban lacios de la frente lacerada y se mecían por delante de su rostro. Sus manos descarnadas llenas de heridas y uñas de marfil ya amarillo, a las que llegaba la sangre que descendía de los brazos; aquellas flacas manos se mantenían unidas con fuerte nudos de una cuerda; vestía una floja túnica morada, de donde se dejaba ver los pies desgarrados con anchas heridas, terribles.
Esta imagen llena de angustioso dolor, salía en la dramática procesión del Viernes Santo por las calles de la ciudad y la rodeaban personas, cuyas espaldas desnudas y iban mostrando la rojez de los azotes que se daban fuertemente, y que hacía saltar la sangre sobre la multitud que presenciaba silenciosa del desfile de cristos y dolorosas, seguido de sus enlutadas cofradías con cirios en las manos.
La cofradía que lo tenía designado como su santo patrono, le celebraba cada año un lucido novenario, y durante esos nueve días lo ponen en un lindo altar provisional en el presbiterio; se le reemplazaban sus tres lisas potencias de plata por unas magníficas de oro, y de sus rayos uno era de esmeraldas, otro de rubíes, otro de diamantes, alternando todas estas gemas para formar un conjunto resplandeciente, que tenía por base una gran amatista rodeada de perlas.
El altar lucía hermosas telas cocidas con hilos de oro por las pacientes monjas, y lo adornaban jarros con exquisitas flores, y altos candeleros dorados de plata mestiza se erguían con majestuosidad cuando eran colocadas sus numerosas velas escamadas por las mágicas manos de las madres capuchinas.
Una tarde, a horas de siesta, en que todo quedaba hundido en un gran silencio y la Iglesia permanecía cerrada; el sacristán, Domitilo Alderete se encontraba en el altar arreglando el pesado cortinaje de damasco carmesí, pues no estaba del todo convencido de cómo caían los pliegues. Este personaje había sido en años anteriores un hombre diestro y gracioso, pero en cierta ocasión al realizar algunos peligrosos equilibrios en una maroma que estaba a varios metros del suelo, se quebró algunos huesos y quedó mal de por vida; con este accidente ya no pudo hacer sus ejercicios acrobáticos, por lo que se dedicó a la pacífica profesión de sacristán de monjas, pero le quedó viva su agilidad y fuerza.
En aquella tarde cuando Domitilo andaba haciendo los arreglos de la cortina, escuchó cómo alguien hacía llave o ganzúa en la chapa en la fornida puerta de acceso al templo, después la puerta apenas se abrió, y acto seguido un hombre se deslizó prontamente en el interior y torno a cerrar con gran cuidado, quedando todo otra vez silencioso. El sacristán se ocultó detrás de las cortinas y vio que aquel sujeto andaba velozmente en puntillas para no hacer el menor ruido, se dirige entonces al altar del Nazareno para trepar en él con gran agilidad, y rápidamente arrancó a la imagen de la lacerada cabeza una de las refulgentes potencias, que en un abrir y cerrar de ojos guardó; ya está por quitarle las otras, pero Domitilo con suma delicadeza tomó una de las jarras, se enderezó con rapidez y por encima del hombro del Nazareno le asestó en la cabeza al sacrílego un tremendo porrazo, que lo sacó por completo de concentración.
El ladrón cayó rodando altar abajo, ya en el suelo abrió los ojos y se encontró con la alucinante mirada del ensangrentado Nazareno, una mirada húmeda como si hubiese llorado, y dio tan grandísimo grito que retumbó en todos los rincones del templo; el cuerpo le temblaba, hielo de mortal pavor se derramaba en sus venas y en su rostro había toda expresión de miedo y horror de que es capaz el semblante humano. Su rostro era de color de cera en los ojos alocados. El ladrón sacrílego se llamaba Teodosio Liñán, en quien desde niño perdido la vergüenza, entregándose a los vicios, y con la edad fue perfeccionándolos con el mayor empeño hasta llegar a ser un depravado sobresaliente de la peor calaña; cómo era un bellaco de lo peor, frecuentemente le faltaba el dinero, pues todo lo despilfarraba en los pecados del vicio y la lujuria.
Domitilo descendió rápidamente del altar, y con su agilidad de acróbata que conservaba intacta, levantó a Teodosio como si fuese una liviana viruta, salió con él a la calle y lo condujo al Palacio Virreinal, y ante todos los alcaldes de la Corte lo acusó de sacrílego. El ladrón no escuchaba ni atendía nada, sólo echaba por la boca cosas incoherentes, entonces lo enviaron a la Cárcel de Corte y allí no paraba de dar gritos de furioso y temblaba lleno de susto por las cosas extrañas que veía y que lo perseguían. Como se convencieron con evidencia de razón de que estaba sin seso, lo condujeron al hospital de San Hipólito, en el cual se albergaba a los pobres dementes con el juicio perdido. En dicho lugar, el ladrón se la pasaba sentado en un rincón, toco encogido; la quijada la tenía clavada en el pecho y con las manos se tapaba el rostro, pues no se le apartaba en ningún momento la penetrante fijeza de los ojos del Nazareno, que con empeño lo buscaban. Lleno de pavura, lanzaba tremendos alaridos de angustia con todo el cuerpo tembloroso, como si tuviera un recio frío; a todas horas se veía a aquel hombre lleno de pavor y espanto.
Entre sus frases sobresalía una que decía bien clara y la repetía con insistencia, tocándose la cabeza: "Aquí medió Él una bofetada", y volvía con sus gritos de desesperada angustia. El miedo lo hizo entrar en congoja continua, y no lo podía echar fuera de sí, era algo que no le cabía en el pecho.
Así pasaron los meses y muchos años, en los que Teodosio vivió sumido en los abismos del miedo, con aquel perpetuo terror y sin tener punto de paz, con la mirada del Nazareno delante de sí. Por fin la muerte le dio el sosiego deseado, pero hasta el último momento tuvo adelante la tétrica imagen de aquellos ojos inmóviles, inquietantes, que unas veces preguntaban imperiosamente y otras, lloraban llenos de ternura.

domingo, 29 de marzo de 2015

Las barberías de la Ciudad

Alfagemes, era como las Leyes de Partida les llamaban los barberos, que en esa época no tenían otra función más que la de cortar el pelo y afeitar; desde entonces, este oficio ha sido libre, y a los que lo han ejercido se les ha llamado rapistas, barberos y peluqueros. En el pasado desempeñaron otras labores por las que se les consideraba, como los últimos profesores en el arte de la cirugía y que ocupaban el primer escalón para ascender a cirujanos romanticistas.
Cuando desempeñaban dichas funciones se les conocían como flebotomianos, y dependían del Protomedicato, en donde se les aplicaban  rigurosos exámenes. Para obtener su examen debían de presentar su fe de bautismo, información de buenas costumbres y el certificado de práctica de cuatro años, con un maestro recibido. Durante el examen se les sometía a prueba práctica de sangrías y extracciones de muelas, de poner ventosas simples y sajadas, de poner y curar cáusticos, picados y supurados, de aplicar sanguijuelas y de abrir fuentes. La parte de teoría únicamente se reducía al conocimiento de las venas y de las arterias, y explicación de los medios para corregir los accidentes que ocurrían durante las operaciones. En la época de la colonia, la única autoridad que podía examinar y expedir los títulos, era el Protomedicato, que estaba conformado por tres médicos y el secretario; y como radicaba en la Ciudad de México, para los exámenes en el exterior, una vez cubiertos los requisitos preliminares, delegaban sus atribuciones en algún facultativo de la región. Los títulos eran expedidos en papel sellado, firmados por los tres médicos y por el secretario.
El 21 noviembre 1831 el Protomedicato dejó de existir, y desde aquel momento comenzó la anarquía, porque al crearse la Facultad Médica del Distrito, entre sus funciones no estaban incluidas las que desempeñará la extinta institución; sin embargo, sin estar regulados los estudios de flebotomianos por las leyes y sin tener en la escuela cátedras establecidas, todavía existieran dichos exámenes durante muchos años, también los de dentistas. Legalmente estos oficios desaparecieron, pero la tradición y la costumbre hicieron que los barberos siguieran ejerciendo, extendiéndose otros territorios, como en algunos pueblos apartados. En 1852, había un total de seis flebotomianos mexicanos y cinco dentistas extranjeros.
De los barberos no existen registros, sino hasta 1859, año en que había registradas 102 barberías y 11 peluquerías, nombre que fue traído por los barberos extranjeros, siendo uno de los primeros Pedro Montauriol, que estuvo establecido en la primera calle de Plateros número dos. En las peluquerías se pueden encontrar los servicios de afeitado, corte y rizado de cabello, elaboración de pelucas y otros trabajos: algunas vendían perfumes, cepillos para diversos usos, billetes y algunos efectos más. Los sillones serán fijos  y de buena presentación, algunas veces tenían cubiertas de mármol las repisas, y los espejos eran de regular tamaño; en el centro de la habitación había un aparato redondo de lámina de fierro calentado con carbón constantemente, con muchos agujeros alrededor, en donde estaban las tenazas calentándose para atender a cualquier hora a los que quisieran rizarse el pelo, según se usaba en aquel entonces; en la parte superior del aparato había un depósito para tener agua caliente. Las tijeras, navajas, peines, aceites y pomadas, eran de regular calidad y en las de lujo, de muy buena calidad.
Estos establecimientos que frecuentaba la gente acomodada, nada tenían que ver a las barberías; éstas eran de muchas clases y categorías. Había barberos que rasuraban y pelaban al aire libre en las plazuelas y en los corrales, uno de los lugares en donde siempre se veía, en el costado de la iglesia de Santa Ana, en donde los asientos eran huacales. En algunos barrios había accesorias, en donde muy temprano por la mañana se vendía atole y algunas otras cosas más, y más tarde, se podía ver a los clientes sentados en la silla rasurándose o cortándose el cabello. A medida que se caminaba hacia el centro de la ciudad, los establecimientos iban mejorando su aspecto y de categoría, pero puede decirse que en la mayor parte había lo siguiente: una accesoria con piso de ladrillo, las vigas al descubierto y con las paredes pintadas a la cal; todos usen maltratado. En el exterior un letrero que decía: BARBERÍA, y en ocasiones, el nombre del propietario, seguido de la leyenda BARBERO Y FLEBOTOMIANO; junto o separado, pero siempre había otro letrero que anunciaba la MÚSICA PARA BAILES.
Colgados a los lados de la puerta y hacia dentro, había unos pequeños aparadores, en donde se exhibían las navajas y demás instrumentos para las peleas de gallos, además de las muelas de las víctimas que habían caído en manos del sacamuelas, y que según el número le servían de anuncio y de crédito. En una mesa se podían ver los botes u ollas con las sanguijuelas que todos los días se sacaban a la orilla de la banqueta para que tomaran el sol; en un aparador estaban los vasos especiales para poner ventosas, en otra parte se guardaban las lancetas para sangrar y el gato para sacar las muelas. La guitarra y el bandolón nunca faltaban colgados en un clavo.
Enfrente de unos sillones corrientes había una mesita, sobre la que estaba el pomo con aceite de toronjil o de lináloe, los corazones de membrillo para pegar los rebeldes cabellos, y un bote con pomada de tuétano.
En cuanto al corte del pelo, no había más que tres formas: casquete bajo, casquete corto y a peine.
Después de afeitar a un cliente, el barbero la acomodaba en el cuello un trastecito con agua y un trapo para lavarle la cara. Cuentan las crónicas que cuando el cliente pedía chambelán, el barbero tomaba un buche de agua perfumada con toronjil y lo arrojaba medio pulverizado a la cara del cliente.
Una de las cosas más temidas por la gente era la extracción de muelas, pues se usaba un instrumento llamado gato, que era un T de fierro, provista en el pie de una pieza con tornillo que servía para apretar la muela que se desarticulaba, dándole vuelta al instrumento, pero para que la muela no se rompiera con la presión directa del fierro, se le enredaba una poca de cinta de manufactura especial.
Como las barberías eran de tan mal aspecto, las personas de categoría acostumbraban mandar traer al barbero a sus casas para cortar el pelo y afeitar, y por esta razón se veía constantemente a estas personas en las calles, a todo correr, con su trastecito bajo el brazo, las toallas y los paños en su interior. Los barberos tenían otras actividades: casi todos eran músicos, tocaban en los bailes y muchos formaban parte de las bandas de la guarnición. Durante los carnavales, en las barberías y peluquerías, se alquilaban los disfraces.
Hubo barberos y peluqueros que se hicieron famosos, como es el caso de Escabasse, quien tenía su peluquería en dónde estuvo la joyería de La Esmeralda (tienda de discos Mixup); y Micolo, que estuvo en frente. Contaba con la clientela más acomodada, y entre ellos estaban los hijos de los capitalistas, que todos los días estacionaban en la puerta por horas enteras, matando el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos.
En algunas peluquerías se jugaba al ajedrez; como en el caso de la peluquería de don Mariano Eguiluz, ubicada en el Coliseo Viejo número 13 y llegó a ser uno de los mejores jugadores de esta Capital. Villena y Padilla fueron los sucesores de la peluquería de Montauriol, en la primera calle que Plateros número 10; Villena fue por muchos años el peluqueros del General Díaz.

domingo, 22 de marzo de 2015

La redención del escultor

Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta, bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos, hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento, en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le era  en aquellos momentos el dinero, aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le adelantara  una tercera parte del pago, igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento y hasta que no tuviera  terminada la escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes, Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y, reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada. Excitado pidió  a gritos que le entregaran unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado. Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación, para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente. Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor, que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más. Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el  conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes, atraídos por el inesperado quejido  en la noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y la vida eternas.

BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.


domingo, 15 de marzo de 2015

El Barrio de Santa María la Redonda

Este barrio fue habitado por una cantidad considerable de gente que vegetaba en pocilgas y en el que las costumbres se perpetuaron, aunque algunas eran tan repugnantes y discrepan tanto de lo que exigen la cultores de la civilización actual, que puede decirse que subsistieron únicamente porque están como olvidadas y las practicara la ínfima clase de la sociedad, entre la cual sostienen las costumbres la misma boga que gozaban en remotas épocas y se sigue actualmente la rutina que siguieron en los pasados siglos; es de notar que en las clases en que falta la educación siquiera mediana, son más permanentes los hábitos y hasta el carácter, circunstancia que hace que entre los campesinos se transmitan sin cambio las costumbres.
Durante el siglo XIX subsistía aún en el barrio de Santa María la costumbre del velorio; el padrino de la criatura costear los gastos: en una accesoria o salita, según las condiciones del caso, se reunían multitud de individuos de ambos sexos, colocándose en uno de los rincones los músicos; el aguardiente y al son de la música baila jarabes y otras canciones, entonando los músicos coplas que aumentan el buen humor de la concurrencia; mezcal corren en vasitos de mano en mano, acompañándolos algunos bizcochos o tortitas de cuajada; en medio de la sala, sobre una pequeña mesa o en el suelo, colocan el cadáver del niño, alumbrándolo cuatro velas de sebo, cubierto con flores y adornada la cabeza con una corona de ellas; al son de la música baila jarabes y demás, entonando los músicos coplas que aumentan el buen humor de la concurrencia; haga la tienen los padrinos hacer el velorio en el que gastan más de lo que les permiten sus recursos. Toda la noche siguen los concurrentes alternando los jarabes con las rociadas de aguardiente absorbido a traguitos y masticando algunos bizcochos; las voces van subiendo de tono, el entusiasmo crece y los parabienes porque ahí un nuevo ángel en el cielo; se toma tamil chocolate y aún cenas, según las condiciones de los compadres, pasando de esta manera toda la noche, sin que a tan extraña diversión pueda ponerse otro límite que la aparición de la aurora.
Parece increíble, pero es cierto, que las costumbres lleguen a embotar hasta los sentimientos más nobles del corazón; olvidándose las madres de que lo que son para dar pábulo a la costumbre, suele conservarse en las casas hasta dos o más días el cadáver, pretexto principal de la diversión, y aun se ha llegado a presentar el caso de que las familias se presten al difunto hito para el objeto deseado. Los velorios de adultos y viejos varían en cuanto a la música y baile, pero hay también algunos medios de que usan los dolientes para entretener el tiempo y jamás se olvida el licor y el chocolate. Es extraño, pero es un hecho, que el velorio aún subsiste refugiado en los barrios de esta capital.
Parroquia de Santa María.
Esta iglesia fue fundada en el año de 1524 por fray Pedro de Gante, y la administraron los franciscanos como parroquia de indios, hasta que en virtud de una cédula real, dirigió el virrey don Francisco de Güemes y Horcasitas un oficio al Arzobispo don Manuel Rubio y Salinas, para que eligiera clérigo idóneo que desempeñara el curato. En consecuencia, para obedecer lo dispuesto, el provisor don Francisco Jiménez Caso, acompañado del alcalde de Corte, pasó a la parroquia de Santa María el 26 de junio de 1753, e hizo saber al padre guardián y religiosos la determinación del virrey, que obedecieron, y desde entonces esa parroquia fue administrada por clérigos.
En el año de 1569 hubo un encuentro entre los clérigos y los franciscanos el día de la Asunción, con motivo de la misa que se había de celebrar en Santa María la Redonda, parroquia de uno de los cuatro barrios principales de México, perteneciente a la doctrina de San José. Todos los años iban los franciscanos en procesión a aquella iglesia o ermita, se cantaba misa solemne y se predicaba; pero en esa ocasión los clérigos quisieron impedir el acto porque pretendían que pasara a ellos la administración de la ermita. Se hicieron el firme propósito de estorbar para que la procesión no llevara a cabo lo que dictaba la costumbre; iba el guardián fray Melchor de Benavente, acompañándole los diáconos y el famoso fray Pedro de Gante. Salió la procesión del patio de San Francisco acompañada de muchos indígenas y algunos españoles; pero se interpusieron los clérigos en la mitad de la calle, al pasar la acequia que la dividía. Los franciscanos insistieron en pasar, protestando requiriendo los clérigos para que no fueran causa de algún motín; uno le contestó dándole un empujón, que lo hizo irse de espaldas y habrá caído si no lo hubiera detenido fray Pedro de Gante. Al ver lo que pasaba se juntaron los indios, se reunieron muchos más y se dirigieron a los clérigos, que les decían que dejarán pasar la procesión, pero los clérigos no hayan razones y continúan empujando y deteniendo la comitiva en su marcha; entonces los indígenas recogieron piedras para arrojarla sobre los agresores quedan muchos e iban preparados para cualquier trance; las piedras llovían sobre éstos el crecido número; los castellanos, poniendo mano en las espaldas, se apresuraron a defender a los clérigos y el alcalde Sandi quiso interponer sus oficios; pero ni los unos ni el otro lograron contener a los indios y solamente se calmó el motín con la fuga de los clérigos; el alcalde se libró arrojándose en la acequia de la que salió muy mojado; hubo muchos lastimados y los indios quitaron las espadas a dos españoles, la voz de los frailes no bastaba para detener el ardor y entusiasmo de los indios y hasta las mujeres arrojaban puños de tierra a clérigos y seculares; entonces el guardián creyó conveniente no pasar adelante, sino que regresó y dijo la misa en la iglesia de San José.

Llegado todo a oídos del virrey don Martín Enríquez, comenzaron a aprehender a los que iban en la procesión, entre ellos los cuatro alcaldes; pero acabo el asunto por no tratarse más de él. En los siguientes años volvieron a salir los frailes en procesión y yendo a Santa María a decir misa el día de la Asunción. La fiesta de Santa María fue decayendo mucho con el tiempo. 

domingo, 8 de marzo de 2015

El arte culinario de Sor Juana Inés de la Cruz

Durante el siglo XVII Sor Juana Inés de la Cruz se dedicó a recopilar las deliciosas recetas del convento de San Jerónimo; al mismo tiempo que estudiaba y escribía, ocupaba su tiempo en preparar y crear platillos, junto con las demás religiosas. Ahora vamos a conocer algunos de los guisos, que en algún tiempo se llegaron a preparar entre aquellos gruesos muros:

Pollas Portuguesas (seis porciones)
Toma los jitomates, perejil, hierbabuena y ajos, pícalos y con bastante vinagre, aceite y todo género de especies, menos azafrán, y las pollas con sus pedacitos de jamón ponlo a cocer bien cubierto, y así que estén cocidas, hecha tornachiles, aceitunas, alcaparras y alcaparrones.

Ingredientes.
1 pollo entero o seis piezas al gusto.
1/2 cebolla rebanada.
3 dientes de ajo picados.
2 jitomates sin piel y sin semillas cortados en cuartos.
4 ramas de perejil.
2 ramas de hierbabuena.
1 taza de vinagre de manzana.
1/4 taza de aceite de oliva.
100 gramos de jamón serrano en cuadros.
1 hoja de laurel.
1/4 de cucharadita de tomillo.
1/2 cucharadita de orégano.
6 tornachiles.
12 aceitunas.
12 alcaparras chicas.
12 alcaparras grandes.

Modo de preparar.
Macere toda la noche el pollo con la cebolla, los ajos, las hierbas de olor, el vinagre, la sal, la pimienta y el aceite. Al día siguiente fría el pollo hasta que dore ligeramente. En una olla con tapa que cierre perfectamente, ponga el pollo con el resto de los ingredientes, menos los tornachiles, las aceitunas y las alcaparras. Cuézalo 20 minutos. Sírvalo con las aceitunas, las alcaparras y los tornachiles.

Ante de cabecitas de negro (ocho a 10 porciones).
Un real de cabecitas, uno ídem de leche, una libra de azúcar, medio de agua de azahar, todo junto se pone a hervir hasta que tome punto. Se ponen capaz de mamón y esta pasta. Se guarnece como todos estos antes.
Seguramente las cabecitas de negro que menciona el recetario son la guanábana o chirimoya, pues así se llamaba a estas frutas, las cuales además presentan las características necesarias para preparar este dulce que se puede comer solo o en ante.

Ingredientes.
3/4 de kilo de pulpa de guanábana chirimoya.
2 tazas de leche.
2 tazas de azúcar.
1/4 de taza de agua de azahar o unas gotas de esencia de azahar.
1 mamón o pastel esponjoso de 900 g.
1/2 taza de pasas para decorar.

Modo de preparar.
Ponga a hervir la leche con el azúcar a que reduzca a la mitad; añada la guanábana y siga cocinando hasta que tome punto de cajeta: agregue el agua de azahar necesaria para que quede tersa. Deje enfriar y proceda como todos los antes. Decore con el resto de la pasta y las pasas.

Buñuelos de queso (20 a 25 porciones).
Seis quesitos frescos, una libra de harina, una mantequilla de a medio, derretido y el queso molido. Se aplanan después de bien amasados con palote, se cortan con una tasa y se fríen.

Ingredientes.
170 gramos de queso crema doble crema de buena calidad.
2 tazas de harina.
1 pizca de sal.
150 gramos de mantequilla para freír.
1 taza de manteca o aceite para freír.

Para acompañar.
2 tazas de miel de piloncillo.
1 taza de azúcar.
3 cucharadas de canela molida (opcional).

Modo de preparar.
Una todos los ingredientes y amase durante cinco minutos. Envuelva en un plástico y deje reposar media hora en el refrigerador. Extienda con un palote dando un grosor de aproximadamente medio centímetro. Con un cortador de galletas o una taza recorte los buñuelos de unos 10 a 12 cm de diámetro y dórelos en la manteca y la mantequilla calientes. Sírvalos con miel o azúcar y canela espolvoreada al gusto.


Para ver más recetas puedes consultar el libro de “Sor Juana en la Cocina”.

domingo, 1 de marzo de 2015

La fuente embrujada (Sucedió en las fuentes brotantes de Tlalpan)

El pavoroso secreto de la magia no ha desaparecido, dormido durante algunos siglos aún no tenemos cerca, a nuestro lado. Este crispante relato ocurrido  en Nueva España, allá por el siglo XVI en lo que hoy son fuentes brotantes de Tlalpan, nos dará la razón.
Este suceso tuvo lugar allá por el mes de mayo de 1664, siendo virrey provisorio el arzobispo don Diego Osorio de Escobar y Llamas, en el sitio que hoy conocemos como el Pedregal, que entonces se llamaba el Carrascal y más allá, en lo que hoy son fuentes brotantes, había otra fuente; sin embargo, el sitio era frecuentado por cazadores de ciervos, que en ese siglo los sabía y muchos, uno de estos avezados cazadores lo era don Fernando Lorenzo de Guevara, sobrino mimado del efímero virrey-arzobispo. Cierto día, el caballero andaba de cacería, cuando logra herir a un siervo, el cual herido buscaba refugio entre la vegetación y más allá, donde ésta era cada vez más abundante; la herida infligida por don Fernando era mortal, así que pronto caería por tierra muerto, sin embargo, parecía como que, a medida que se acercaba al bosque, mayor energía recobraba; Don Fernando salto del riachuelo en persecución de su presa, no la dejaría por nada.
Al ver que el amo saltaba el arroyuelo, los criados acicatearon sus caballos y trataron de alcanzarlo, pero al llegar ante el arroyuelo, se quedaron mudos, quietos, con el terror pintado en sus rostros. Por más que le advertían y le gritaban a su amo que no se acercara a la fuente embrujada, porque corría el riesgo de perder su alma, él los ignoro por completo pensando que eran solamente supercherías y continuó su persecución.
Durante algunos minutos don Fernando persigue al ciervo agonizante, siguiendo su cada vez más grueso rastro de sangre, y al fin llegó hasta un lugar donde le era imposible continuar a caballo, dejó entonces libre su cabalgadura y continua tras las huellas de sangre. Así llegó hasta una cascada de aguas diamantinas, que se precipitaba desde lo alto de un risco, el sol ya cayendo hacia el poniente, daba toques dorados y rojizos a la cascada cantarina; de pronto don Fernando se quedó arrobado, las aguas cantaban una extraña melodía, y de la parte de abajo escapaban voces, cánticos, letanías dulces y acogedoras. El caballero perdió la noción del tiempo y siguió la corriente del arroyo que continuaba emitiendo raras sonoridades; de súbito, se halló bajo las frondas de un fresco boscaje que rodeaba una laguna, sus aguas eran tranquilas, doradas por el sol muriente de la tarde y sus ondas parecían dos enormes ojos garzos.
Mientras tanto, los dos criados temerosos por la suerte del amo, nos atrevían a cruzar el arroyo. De pronto, entre las sombras que comenzaban a invadirlo todo, descubrieron la figura de su amo; sin embargo, él parecía idiotizado, ebrio, fuera de sí, anonadado. Don Fernando no dijo una sola palabra, sus ojos idiotizados, parecían estar viendo aun lo que había visto allá en el bosque; mudo, ido de la mente, fue conducido por los criados hasta su casona que fuera más tarde el Palacio del Arzobispado; dicho palacio fue reconstruido en el siglo XVII por el famoso arquitecto don Jerónimo de Balbás, introductor de la estípite arquitectónica.
Allí se encerró don Fernando, dejando transcurrir las horas, sentado en escaño de alto espaldar, taciturno, silencioso, con esa misma mirada que trajo después de salir del bosque halla en el Pedregal. Su único paseo era el de salir al patio y ver la fuente en su interminable chorrear de agua cantarina, y allí pasaba las horas y dejaba caer la tarde, creyendo escuchar un misterioso mensaje en el surtidor. Largas horas de la noche las pasaba al caballero en vela, a veces su mente enfebrecida lograba conciliar el sueño, y entonces le asaltaban extrañas pesadillas; los gritos y risotadas del amo atraían a los criados que acudían hasta su lecho a indagar. Despertó sobresaltado y ordenó que le tuvieran los caballos y los perros listos al amanecer para ir de cacería al Pedregal.
Don Fernando corría y corría, fingiendo que iba en pos de algún siervo o una liebre, pero en cuanto llegaba al arroyo, se apeaba del caballo, ordenaba a los criados atar a los perros y marchaba. Pasaba por la cascada cantarina, musical, y continuaba si el bosque, después, extasiado, de pie, aguardaba a la orilla del estanque misterioso… ¿Qué aguardaba?
Regresaba y volvía a cerrarse en la casona arzobispal, taciturno, silencioso, ido, y cada vez más desmejorado; parecía que una rara enfermedad minaba su cuerpo y algo sobrenatural se había posesionado de su espíritu, palidecía como sin enfermedad interior, desconocida, le fuese dejando sin sangre. En ese estado ni tan siquiera se dio cuenta que su tío, a los dos meses dejaba de ser virrey, pues tomaba posesión del virreinato don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, el 15 de octubre de 1664.
Una noche en que todo parecía propicio para lo macabro y diabólico, pues soplaba viento y ululaban calles, don Fernando mando llamar al viejo, criado de su tío, para preguntarle cuáles eran los secretos que guardaba la fuente embrujada a cerca de aquella hermosa mujer que ahí se aparecía, pues él ya estaba loco de amor por ella. Ante la terquedad del mancebo, el anciano le contó la historia:
“Hace ya casi un siglo, llegó a la capital de la Nueva España una rica joven damita de brillante linaje. Jamás se quitaba el velo que obscurecía su rostro, pero a juzgar por sus bondades, se creía era muy bella; socorría a la Iglesia, daba de comer al hambriento y medicinas al enfermo, dama más caritativa no la hubo jamás. Al saber la bella y afortunada, varios galanes la pidieron por esposa, mas ella, por alguna causa, rechazaba a todos; entonces el vulgo comenzó a correr la versión de que no rechazaba ella los galanes, sino ellos a ella, porque al ver su feo rostro salían huyendo. Dicen que recorrió a la magia negra para obtener amores y a la magia blanca para hacerse bella, y para lograrlo se embijaba el rostro con la sangre de animales y niños que ofrecía en holocausto al demonio; de pronto su rostro adquiría belleza, pero sólo por la noche y entonces salía a buscar al galán que su corazón le indicara. Quién sabe cómo ella adivinaba si movía al galán una pasión insana y le castigaba de horrible manera, transformando su rostro en un animal cualquiera, y ante tal impresión, la víctima salía corriendo como alma que lleva el diablo.
Pasaron los años, no se sabe si desaparece esta mujer, si se la llevó el demonio, pero su casa queda abandonada y en ruinas; y tal es la mujer que habita a la orilla de la fuente embrujada y qué aguarda a un galán.” Don Fernando no le creyó al anciano aquella historia tan descabellada, y lejos de asustarse, se encaprichó más con su adorada Blanca de Gazcón, como se llamara en vida.
A la madrugada siguiente el caballero salió a todo galope de la ciudad, iba en pos de aquella misteriosa mujer; pasaba ya el mediodía, cuando sobre su caballo sudoroso llegó a las inmediaciones del Pedregal. Esta vez no le importaba la caza del ciervo, por la cacería consistía en atrapar un sueño, un imposible; llegó al arroyo y bajó del caballo, de allí debería continuar a pie, y le ordenó a su animal que regresara a la casa. Salto el arroyo que esta vez le pareció que llevaban brillantes y mil pececillos dorados, después a la cascada cantarina, que está vez dejaban escapar frases de amor envueltas en una musicalidad ultra terrena.
Cuando llegó a la entrada del bosque, su alma estaba hechizada de amor y su corazón daba vuelcos de emoción porque esta vez, podía llamar a la extraña mujer por su nombre, y sin pensarlo más así lo hizo. De pronto sopló una brisa fresca y sobre las aguas irisadas se reflejó la figura de aquella mujer extraña, quien emergió de las aguas extendiendo los brazos llamando a su amado. Sin importarle si aquel espíritu era errabundo o alma del averno, don Fernando camino sobre las aguas para reunirse con Blanca.
Como dos amantes separados por el tiempo y la distancia, juntaron sus labios y se fundieron en un solo amor, después, sin sentirlo, sin darse cuenta, Fernando se fue hundiendo en las azules aguas de la fuente, así abrazado a ella; entonces brazos viscoso se extendieron en el fondo de la fuente, lianas y raíces pútridas los aprisionaron.
Mil estrellas estallaron en los ojos de Fernando, mientras escuchaba aquella voz ultra terrena, pero de pronto, el rostro bello de aquella mujer fue convirtiéndose en una máscara de horror, ya descarnado mostró una amarillenta calavera de ojos huecos y boca grotesca horripilante. De su cuerpo, de su pelo, sólo quedaban restos llenos de fango putrefacto, pero don Fernando Lorenzo de Guevara ya no vio aquel horror, su alma había sido arrastrada al fondo de un abismo ignoto.
Nadie supo explicar aquel misterio, pero desde entonces, dejó de ser aquella la fuente embrujada, volvieron a sus orillas los siervos y coyotes y furtivos cazadores que iban sin temor; aunque algunas veces, alguien creía escuchar, partiendo de las aguas, un murmullo de amor y de ternura.
Hoy en día conocemos este sitio como fuentes brotantes de Tlalpan y nadie habla de aquel hecho añejo y olvidado. Sin embargo, no será difícil que una noche, no un cazador furtivo, sino un transeúnte, logré ver a la pareja de doña Blanca y don Fernando.