domingo, 21 de diciembre de 2014

El Primer Conservatorio de Música

En la casa que forma la esquina de las avenidas de Guatemala y del Brasil, se estableció el primer Conservatorio de Música que hubo en México, que fue fundado por Lucas Alamán. Esta institución tuvo un gran éxito con el que alcanzó la prosperidad, pues muchos fueron sus alumnos.
Aunque en una de las extensas salas de la antigua Casa de Moneda (Museo Público de Historia Natural, Arqueológico y de Historia), se instaló una escuela de música, en donde se ofrecían clases relativas a este tema, nunca llegó a ser un conservatorio, sino una simple academia para fomentar esos estudios. El primero fue el que se abrió gracias a la buena iniciativa de don Lucas Alamán y duró funcionando muchos años, pero después vinieron varios inconvenientes que nadie quiso enfrentar, y al fin está casa terminó cerrando sus puertas y ya no hubo en México escuela especial para la enseñanza musical.
Don José María Tornel dio que hacía mucha falta aquella escuela para encausar en ella de manera conveniente la vocación de muchos, y entonces solicitó al gobierno que abriese aquel establecimiento, lo cual pidió en un Remitido que fue publicado en el periódico El Telégrafo el 23 febrero 1834.
En el año de 1866, un grupo de señores amantes de la buena música formó la agrupación "Sociedad filarmónica mexicana" y en la calle que el Factor, fundaron una escuela para el aprendizaje musical, y en poco tiempo acudieron muchos alumnos que ya no cabían en el reducido local, por lo que se le hizo la petición al Presidente don Benito Juárez, quien les concedió el edificio de la antigua Universidad, que por aquel entonces estaba sin ningún empleo, pues la Secretaria de Fomento se estableció en otro lugar.
Aquella escuela la sostenida únicamente con fondos de la "Sociedad filarmónica" y estando muy próspera a la nacionalizó el gobierno de don Porfirio Díaz, pues dijo que él y sólo él debería entenderse con la armonía, y no los particulares. Su primer director fue don Alberto Balderas, después le siguieron en ese cargo don Alfredo Bablot y don José Rivera, ya más actuales se encuentran don Ricardo Castro, don Gustavo Campa y don Carlos J. Meneses.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Las pastorelas

Los teatros daban funciones alusivas a la solemnidad del nacimiento de Jesús, y entre ellas las más populares eran las Pastorelas, cuyo fin y carácter revelo en la siguiente descripción.
La Pastorela da principio con un famoso Conciliábulo. Al alzarse el telón aparece en uno de los antros del infierno Luzbel, cuyo vestido es como sigue: camiseta y calzón de malla color de carne, con zapatilla negra bordada de lentejuela; tonelete de mangas perdidas, con forro rojo y adornado de cintas del mismo color y brichos de oro, ceñida la cabeza con corona de laurel. Preséntase triste y apenado por la próxima venida al mundo del Mesías, y medita en los medios que para vengarse ha de poner en juego a fin de perder al hombre, oponiéndose al decreto divino de su redención. Los improperios salen de su boca, y para llevar a cabo sus designios, con acento iracundo llama al Pecado, furia infernal que ha de prestarle eficaz ayuda. Este diablo sale por escotillón, diciendo con toda arrogancia: -¿Quién me llama?- Y responde Luzbel: -Tu príncipe señor. Enseguida disponen su plan de operaciones, mas como para realizarla, engañando al hombre, necesitan de la Astucia, demonio de tonelete y corona como los otros, sale al llamado de Luzbel, de entre los bastidores que figuran, con el telón de fondo, las lóbregas cavernas del infierno, haciendo igual pregunta que el Pecado y recibiendo idéntica respuesta.
Animado Luzbel, por las exhortaciones y baladronadas de sus compañeros, se enfurece y amenaza al cielo, haciéndole aquellos coro. Cuando la exaltación está en toda su fuerza, gran cantidad de cohetes chisperos, encendidos entre las bambalinas, arrojan una copiosa y persistente lluvia de fuego; los diablos van y vienen levantando los brazos y lanzando sus amenazas con voz iracunda, como quienes van a comerse al mundo, hasta que ya fatigados, agotada la pólvora y terminada a tiempo la perorata, cae el telón dando fin al Conciliábulo, cuyas infernales escenas, para mayor persuasión, dejan apestando a azufre todo el recinto del teatro.
A esta furiosa tempestad de fingidas pasiones y del arte pirotécnico, síguese en los demás actos el desarrollo de la pastorela, cuyos caracteres principales son: la calmuda sencillez de los pastores, vestidos a la usanza de los Elvinos y Nemorinos de las Operas; las desavenencias y riñas domésticas de Bato y Gila; las sandeces de Bato y Bras, tan perseguidos por la saña de Luzbel; la aparición del Arcángel San Gabriel a los pastores para anunciarles el nacimiento del Mesías, en los momentos en que, sentados en rueda, platican y cenan a mandíbulas batiente, y la gran contienda sostenida por los tres arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael contra Luzbel, el Pecado y la Astucia.
Después de muchos dimes y diretes, los batalladores, ya con el colmo de la exaltación, acaban por desnudar las espadas y empieza la lid, más no en silencio, sino acompañando a los golpes de los aceros las fanfarrón nadas propias de los valientes callejeros, excepción hecha de las palabras malsonantes, hasta que al escucharse el grito de Miguel: -¿Quién como Dios, bestia fiera?, Caen desplomados los tres diablos a los pies, respectivamente, de los arcángeles sus vencedores. Aquellos, humillados, desaparecen al fin por escotillones, a tiempo que la música y el canto de los pastores que se escuchan a lo lejos, celebran el triunfo alcanzado contra el infierno. Libres ya los pastores de las asechanzas del demonio se dirigen al portal de Belén para decir requiebros y ofrecer sus dones al recién nacido.
Yo también, de niño, fui actor en uno de esos coloquios, pues era costumbre que las familias los representaran en teatros caseros y algunas veces en teatrillos alquilados. Una tía lejana que en una pastorela desempeñaba el papel de Ardelia, me tomó por su cuenta: púsome un lujoso vestido de respingo, medias de seda y sandalias de raso con sus ligas correspondientes; ajustóme unas alas de hojadelata, sobre las que caía recogido un manto de seda verde y sobre mi rizado pelo colocó una diadema adornada de piedras, al parecer preciosas, la que terminaba con una airosa pluma, también verde; y de esta manera en un abrir y cerrar de ojos me convirtió en el arcángel Gabriel. Ensayado bien mi papel que no era otro que el de anunciar a los pastores la buena nueva y la de dar mandobles a diestra y siniestra y tener por algún tiempo humillado bajo un pie al demonio de la Astucia, di con todos los de la comparsa en el teatrillo conocido con el prosaico nombre de Pambazo, o de casas y baños de Murguía, calle del Puente Quebrado. Figúrate, caro lector, mis apuros al actuar ante un público escogido, como era de invitación, en el momento en que asentado mi pie izquierdo en el tablado y hollando con el derecho el cuerpo hercúleo de la Astucia, a la vez que tenía que tomar la actitud del vencedor, sosteniendo en alto la espada triunfadora. Las contorsiones de aquel diablo blasfemo, cegado por la cólera, no me permitían guardar el cuerpo en equilibrio y poco faltó para que viniese a tierra mi celestial persona; sin embargo, mantúveme firme a costa de mil esfuerzos.
Tales eran las famosas pastorelas que, si no han desaparecido, del todo, de nuestros hábitos, han perdido mucho de su antiguo carácter.
También era costumbre de los teatros en aquellos tiempos, poner en escena, en tiempo de Navidad, la pieza titulada: El mayor contrario amigo, o el Diablo Predicador, cuyo protagonista, el lego, Fray Antolín, era caracterizado, unas veces por la festiva María Cañete que vino a México siendo casi una niña, y otras por Antonio Castro, ambos de muchísimo gracejo.
Cuando sea tiempo y haya Posadas caseritas, cuidaré, amable lector de llevarte a ellas.

FUENTE

El libro de mis recuerdos. Antonio García Cubas

domingo, 7 de diciembre de 2014

El Milagro de la Virgen

En aquella sosegada tertulia de pueblo tranquilo, que se hacía tarde con tarde en la botica de don Florestán Henestrosa, escucho referir muchas veces Venancio Riquelme, de las grandes riquezas de México y el Perú, reinos en los cuales las piedras de plata y oro estaban regadas a manos llenas por todos los montes, diciendo que había minas de esos metales preciosos y que con sólo remover un poco la tierra, surgían relucientes para dar bonanza perpetua, se hacía poderoso con muy poco trabajo el feliz descubridor. Estas historias fantásticas, eran contadas por el inca Garcilaso de la Vega, y el famoso capitán Bernal Díaz del Castillo.
Venancio Riquelme era un personaje muy activo en la botica del licenciado don Florestán Henestrosa, y frecuentemente dejaba de moler en el mortero, de revolver los ingredientes que le decía su patrón y de redondear pastillas, para oír con atención la conversación de aquellos señores de lento hablar y ademanes parsimoniosos.
Decían que Roque Pedraza dejó el arado y la azada, se fue a México y fue señor de varias tierras, con un suntuoso palacio y muchos criados para servirle; que Teobaldo Carmona, era dueño de vastas riquezas, se le trataba con gran respeto y todos le pedían consejo; que Torcuato Antúnez en cierta ciudad mexicana, era dueño de tienda de paños y sedas, que iba en creciente bonanza su dicha, cuando apenas hace menos de un año, andaba por las calles de Osuna pregonando ropa vieja; que Domitilo Alderete poseía todo bien y felicidad; que ahora era todo un caballero acaudalado Melchor Dorantes…
Venancio se la pasaba todas las noches sin dormir, imaginando que iba a México y pronto encontraba una mina de oro, que vivía lleno de opulencia entre terciopelos en un palacio imponente, las mejores telas, vajillas de oro, los mejores muebles; debido a su crecida fortuna y a su espíritu dadivoso, tenía el apodo de Fúcar Oxoniense.
Con estas continuas y deslumbrantes fantasías ante sus ojos, dejó Venancio Riquelme la apacible ciudad de Osuna, sin más capital que el día y la noche y el testamento en las uñas. A pie, bajo el quemante sol andaluz de los días de agosto, llegó a Cádiz para buscar trazas para ir al fabuloso México de sus sueños de pobre. Uno de los galones iba a zarpar y en uno de ellos se acomodó como paje de escoba, además de ser vigilante del reloj. Venancio querría ir de polizón y encontró trabajo remunerado.
La flota corrió con viento prosperó. Después de tocar diferentes tierras se pusieron las proas hacia Veracruz y ya navegaron sin variar el rumbo; por fin tocaron el puerto y la deseada ribera. El corazón de Venancio se llenó de un gran gozo cuando sus pies se posaron sobre la tierra de la Nueva España; llegó falto y miserable, sin tener casa en que abrigarse y sólo el suelo duro por cama, pero ya embarcaría, se dijo, unos años después con ostentosa riqueza, porque tendría muy prósperos sucesos, cada vez con nuevos y grandes acrecentamientos.
Iba a estar cargado de muchas honras y haberes. En la calle principal de Osuna construiría un palacio al que le iban a llamar todos los osunenses “el de plata”, porque todo en el sería de este metal labrado con el mayor primor, y Su Majestad el rey por lo mucho que le iba a dar para sus reales cajas y cámara, le echaría gustoso sobre los hombros un hábito de Santiago, o de Montesa o de Calatrava y hasta lo haría conde o marqués. Viendo sus paisanos toda aquel fausto el poderío, la envidia les iba a corroer las entrañas.
Venancio se puso en marcha hacia la ciudad de México en larga conducta, acompañado de varias mercancías que los buques traían en su seno con destino a los comerciantes de todo el reino: sedas granadinas, paños de Segovia y de Béjar, cántaros con aceite, barriles con buenos vinos de los mejores viñedos, hierro de Vizcaya, cueros de Córdoba, muebles de maderas preciosas, jabones, tapices, alfombras, vajillas, variedad infinita de cristales, y muchas cosas más para el adorno de las casas.
Venancio iba con los ojos fijos en el suelo, agrandados para ver mejor, y a cada rato se bajaba del bamboleante carro para recoger con ansiosa avidez un pedrusco que brillaba orillas del camino, y anhelante el observaba para ver si era oro o plata, lo cual despertaba las risas entre los concheros. Durante toda la marcha lo repetía una y otra vez, y también era sin fin las burlas que le hacían, mezcladas con carcajadas. Toda esta faramalla duró hasta que la conducta entró por las calles de la ciudad y llegó al mesón de “Las cinco estrellas”, donde terminó el viaje.
En esta posada, cercana al convento de la Merced, Venancio tomó un descanso en su estrecha alcoba y salió, pero no a conocer la ciudad, ni las calles, ni los templos, ni los palacios, ni sus anchas plazas, ni los portales, ni los canales, ¡nada! El inocente hombre iba a lo suyo, y se dirigió lo más pronto que pudo al campo en busca de riquezas. Pensaba encontrar en el acto gruesas bolas de oro o grandes trozos de plata rodando por los caminos.
Venancio anduvo buscando y rebuscando por aquí y por allá, por todas las montañas del Ajusco, por el cerro del Chiquihuite y todos los demás de la Villa de Guadalupe y hasta se fue a trepar a las sierras nevadas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sin miedo alguno de caer al vacío. Todas sus expediciones resultaban en vano; pero a pesar de todo, siguió buscando aquellas fantasías: su palacio, sus carruajes relucientes, sus hermosos caballos, sus vajillas, sus incontables criados y su fastuoso casamiento.
Cuando le hubo contado a los huéspedes el motivo por el que había venido a la Nueva España, Venancio fue el hazme reír de todos ellos, no lo bajaban de idiota y estúpido. Para divertirse todavía más a sus costillas, le inventaron que en este reino existían unos árboles con hojas de perpetuo tintineo, en un repique continuo y claro, eran árboles musicales. Venancio se lo creyó todo, dedicándose a tener el oído alerta para escuchar el campanilleo del árbol música, el cual nunca llegó.
Aunque permanecía atento al  sonido de los árboles, sus ojos seguían afanosamente buscando por los suelos, aquellos pedazos rodantes de oro y plata. Vino en pos de esas riquezas fáciles y no alcanzó nada, todo su trabajo y tiempo fueron malgastados. Ya Venancio había caído en calamidad y miseria, no había pagado el alojamiento y asistencia en el mesón y varios huéspedes le cobraban los préstamos. Para poder vivir y saldar sus deudas, se metió trabajar en la  botica “Buen Suceso” de don Bruno Otea, en la calle de las Damas.
En los días de descanso, se dirigía el tontuelo a los campos en busca de oro y plata o aquellos árboles que campanilleaban dulcemente. En la botica Venancio conoció a una anciana que compraba ungüentos para calmar sus achaques, quien con dulce tono maternal le dijo que, todo aquello que buscaba con tanto afán eran puras patrañas, y que el mejor método para enriquecerse de la noche a la mañana era acudir al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y pedirle con fervor lo que quisiera, pues ella se lo iba a dar.
Venancio echo cuentas, llegando a la conclusión de que sólo necesitaría ochocientos cincuenta mil pesos para levantar un suntuoso palacio y darse la gran vida durante dos años, después le pediría más a la dadivosa Virgen mexicana. Acudió varias veces al Santuario para implorarle le diera pronto aquella suma, pero los meses pasaron y el dinero no le cayó del cielo.
Entonces un día pensó: ¡tonto de mí!, Dándose un sonoro manotazo en la frente, ¿cómo me va a escuchar la Guadalupana, si cuando le pido ese favorcito, hay una multitud de gente rogándole les haga distintas mercedes? El trabajo se le carga a la divina Señora. La idea ver cuando esté más desocupada, para que sólo a mí me preste atención.
Venancio acudía a verla a eso de las dos de la tarde, cuando no había nadie en el santuario, se arrodilló ante la imagen y le volvió a pedir la nada despreciable suma de dinero que necesitaba para cumplir sus fantasías.
En esos momentos escucho una voz angustiada, la cual entre lágrimas le suplicaba a la Virgen, que lo socorriera con dos pesos que necesitaba para pagar al médico y comprar las medicinas, que salvarían a su esposa María Antonieta de la pulmonía que la aquejaba. Venancio levantó la voz y repitió su ardiente imploración, después el afligido sujeto volvió a repetir su súplica.
Entonces Venancio, cansado de que el sujeto distrajera a la Virgen con sus simplezas, le da dos pesos para que de una vez se calle la boca. ¡Tanto pedir y pedir por dos pesos! El angustiado hombre le abrió tamaños ojos y con gesto de sorpresa, ya con los dos pesos en la mano y lleno de llanto le dio gracias a la Virgen.
Venancio se quedó sólo en el santuario, gozoso y frotándose las manos; entonces le volvió a pedir encarecidamente de su infinita piedad, para que le mandará los ochocientos cincuenta mil pesos que tanto necesitaba. Verdaderamente este pobre diablo, tenía en los desvanes del cerebro cinco libras de burro.

domingo, 30 de noviembre de 2014

La leyenda del maldito

Una de las más extrañas y desconocidas leyendas del México Colonial, habla de un fantasma al individuo que siempre se apareció en las grandes catástrofes que asolaron a la Nueva España en el siglo XVII; principalmente se le vio antes y durante la inundación de 1629, y la peste que sembró la muerte y la desolación años más tarde. Pero entre los hechos que fueron reales y fantasías pasmosas, se encuentra esta leyenda arcaica, y es un tesoro literario, como todas las leyendas y tradiciones de la Colonia. Esta sombría y natural leyenda colonial se le conoce como “La leyenda del maldito”. ¿Quién era? ¿De dónde llegó? ¿Cuál era su edad? ¡Nadie lo supo! Apareció por vez primera en el primer tercio del siglo XVII.
Corría el año de 1629 cuando un mediodía de agosto el herrero Juan Cedeño y su ayudante trabajaban en su herrería de la antigua calle de la Canoa, hoy segunda de Donceles; cuando don Juan que se encontraba trabajando, percibió una sombra junto al yunque, y a la vez su ayudante tuvo un mal presentimiento de que algo malo iba a suceder en la herrería. Quisieron olvidar lo sucedido y continuaron trabajando; y entonces al descargar el golpe, este es amortiguado por algo, algo blando que no lo deja golpear el hierro, y ante los ojos de los herreros un extraño ser se hace visible en el momento. Caen hierro y marro de las manos de los dos hombres, y con los ojos desorbitados miran la sangre sobre el yunque; de pronto aquella visión que estaba ahí, apenas unos segundos antes, se desvanece para volver a parecer en la puerta, y se escucha otro grito espantoso, escalofriante, que retumba en todos los ámbitos de la herrería. El siniestro y fantasmal sujeto llega a la calle pero allí mismo se vuelven nada, sólo su grito crispante resuena en la calleja.
Entonces el herrero manda en el acto a su ayudante a buscar al cura. Acude con presteza el religioso de Santo Domingo, a quien le relatan lo ocurrido; este llegó a la conclusión de que se trataba de un alma en pena que había salido del purgatorio, y para prevenir cualquier altercado futuro, echó agua bendita por todos los rincones, en la fragua y en el yunque (en el cual la sangre se desapareció). Momentos después, no muy seguros de que aquella aparición no volviera, despiden al cura de Santo Domingo; este llegó presuroso al convento de su orden, en donde se puso examinar viejos infolios, buscando explicación a la aparición aquella. Al no encontrar nada, se fue a postrar ante Jesucristo, pidiéndole lo minada su cerebro.
Esa misma tarde, el virrey es despertado por los gritos de una de sus sirvientas, quien le avisa de un caballero enviado por el rey, quién deseaba verlo con urgencia. La sirvienta invita a pasar al personaje aquel, cuya estampa lujosa hacía pensar en un caballero de importancia, pero no bien ha atravesado la puerta, se transforma en un grotesco personaje que hace lanzar una exclamación de horror al virrey. Por toda pregunta que si el virrey, sólo obtenía un impresionante mirada fija y silencio; después se dibujó en los labios tumefactos del espectro una sonrisa satánica, mientras decía, que sólo venía a prevenirlo, pues dentro de veinticuatro horas estaría sumergido en la desesperación, su llanto sería tan copioso como el agua que cubriría a esta capital de la Nueva España, el junto con sus súbditos se volverían locos. El virrey salió de su alcoba y mandó llamar a los guardias, para que sacaran al ente endemoniado, pero los soldados y el sirviente buscan por todos los rincones de sin encontrar a nadie. En esos mismos momentos, la sirvienta daba salida al elegante personaje de negro, quien le dio una propina, pero al caer en la palma de la mano de la mujer, la moneda se hace lumbre y humo; en el ambiente queda flotando un olor pestífero, olor de infierno. En esos momentos, los dos soldados y el sirviente palaciego, llegan ante la azafata para que describiera al caballero que había entrado con el virrey, y ella con el rostro desencajado repuso convencida, que todos le conocían y sabían quién era: ¡el Demonio!
Al día siguiente por la tarde, cuando el virrey se dispone a dormir su siesta, se veía por las ventanas que una tormenta estaba por avecinarse. Entonces cruzan los cielos rayos espantosos y se desata la tormenta y pronto se llenan las acequias, el agua escurre por los empedrados y azoteas en verdaderos torrentes; para las cinco de la tarde, las calles eran ríos que arrastraban muebles, utensilios y cuanto podía flotar en el agua, pronto comenzaron las escenas trágicas: las gentes comenzaron a ser arrastradas por las aguas, en vano trataron de sobrevivir. La corriente más poderosa y funesta fue la de la Villa, que arrastró hasta la capital con toda clase de animales ahogados; muchos rayos cayeron desgajando árboles en el centro de la ciudad aumentando el pánico entre los habitantes; y con el fin de pedir a Dios que calmase su ira, varias congregaciones religiosas sacaron al santo patrono de su orden en reverente procesión. Del convento de las monjas Carmelitas salió también una implorante procesión, más cuando transitaban por el callejón de Corpus Christi, recibieron el impacto de las aguas que habían aumentado en ese sector; las monjas, no por religiosas, se salvaron de ser arrastradas por las aguas y sus cuerpos, visibles por el hábito blanco, quedaron atorados en atarjeas y en sitios arbolados. Los muertos dentro de sus ataúdes fueron sacados del cementerio por las aguas.
Y sobre todo ese horror, sobre toda esa tragedia, se levantó la siniestra figura horrible, la figura espectral que vieran antes los artesanos y el virrey; algunos hombres que estaban trepados en un árbol tuvieron el infortunio de ver al ente, y llenos de miedo se alejaron del lugar, luchando además con la fuerte corriente del agua que todo lo cubría. La visión del tétrico personaje, en muchos lugares de la capital de la Nueva España, y la versión que criados del virrey dieron, dio motivo a que el vulgo lo designara desde entonces, con el nombre de “El Maldito”.
Muchos creían que este ser, había traído la desgracia por un desaire que le hizo el virrey; ni había habido tal desaire, ni mucho menos, pero lo cierto es que llovió torrencialmente durante tres días sus noches. Y tal y como se lo dijera aquel personaje, su llanto fue como la lluvia, inacabable.
Días más tarde, el virrey hacía un recorrido triste por la ciudad que era un cementerio. El Maldito no volvió aparecerse por mucho tiempo; pero se le vuelve a mencionar, en los días primeros de la tremenda sequía que azotó a la Nueva España.
Al calor se sumó la falta de agua, y comenzaron aparecer brotes de viruela negra, la peste hizo víctimas lo mismo entre los humildes que entre la gente acomodada, por el rumbo del puente de  la Tlaxpana había un manantial que fue necesario vigilar para evitar abusos y disturbios, y fue por ese tiempo cuando vuelve a hacer su aparición en esta capital de la Nueva España aquel espectro, el cual pedía agua a las personas que acudían a llenar su cántaro. Todos se alejaban espantados ante la presencia de aquel ser horripilante, sólo una mujer pareció compadecerse de él, entonces llevó el cantará sus labios pero ocurrió algo extraño, el líquido no llegó a su boca y al mismo tiempo ocurrió otra cosa increíble: ¡el manantial se había secado!
Efectivamente, el manantial que surtía de agua a la que fuera famosa fuente de la Tlaxpana, no manó ya nunca agua. Momentos después en otra herrería, la de don Félix Orvieto, ubicada en la calle del Portillo, el espectro volvió a hacer su aparición, y cuando el herrero menos se dio cuenta, el Maldito estaba cerca de la puerta y lanzaba su escalofriante grito de dolor. Su eco resonaba en todos los ámbitos de la calle; luego su figura se esfumaba, igual que en su primera aparición.
Poco a poco se extendía la peste en toda la ciudad, las gentes se retorcían por las calles y después morían. ¡Era el terrible Matlazahuatl! (viruela negra). Al tercer día de estallada la viruela, había muerto una tercera parte de la población. Se sacaba en carretas a todos los apestados, para sepultarlos en grandes zanjas al noroeste de la ciudad, y allí, sobre la carreta de apestados, apareció la figura horrible de el Maldito; tal parecía que gozaba con aquello, porque invariablemente lanzaba al aire enrarecido su hiriente carcajada.
Muchas fueron las veces en que el siniestro personaje que nos ocupa, apareció entonces, y los que no morían de la peste, morían del terror al verlo. Y las pocas gentes que no habían caído víctimas de la peste trataban de huir, aunque tuvieran que abandonar a los suyos que ya estaban enfermos. La noticia del ser maldito que presagiaba desastres, pestes, muertes y sequía, corrió por toda la ciudad; y esto dio margen a muchos actos de crueldad, ya que jorobados, deformes, cojos y feos, fueron muertos creyéndoles malditos. Esta conseja del Maldito yo también lugar a otros actos injustos,  pues se sabe que fueron varios los hombres pordioseros, con defectos físicos, condenados a la hoguera.
Lo cierto es que las versiones orales dicen que el Maldito volvió aparecerse muchas veces. Los hombres se hallaban cobardes y temerosos, a las mujeres les temblaban las carnes, no podían dar un solo paso, o se desmayaban. México vivió aterrorizado por largos años con la aparición del Maldito, al que se le conectó con epidemias, catástrofes, crímenes pasionales, venganzas, etcétera.
Esta leyenda tiene orígenes antiquísimos. Existía ya cuando los conquistadores entraron a la gran Tenochtitlán de Moctezuma, pues fray Bernardino de Sahagún la cita en su libro Historia General de las cosas de Nueva España. Escribía que los aztecas lo relacionaban con actos de mala suerte, destrucción y muerte; y que anunció la llegada de los españoles y la destrucción del reino indígena. Hasta los últimos años del siglo XVII, anduvo el Maldito por calles y campos de México, después desapareció para siempre.
Algunos dicen que el siniestro espectro se apareció el día del temblor de 1957, que tanto daño hizo la Ciudad de México. ¿Volverá a aparecer uno de estos días de catástrofes y maldad? ¡Quién lo sabe!

domingo, 23 de noviembre de 2014

Picardías y anécdotas Revolucionarias

HUERTA SOMETIDO A INHUMANAS TORTURAS

A veces guarda el destino refinados sarcasmos para los brutales y los soberbios, a los que de pronto exhibe en toda su ridícula debilidad. Buen ejemplo de ello es el caso de Victoriano Huerta que aquí se relata.
Obligado por las circunstancias, el usurpador renunció al poder a mediados de julio de 1914. El mensaje de dimisión que dirigió a los mexicanos -obra maestra de la hipocresía-finalizaba así: “Que Dios los bendiga ustedes y a mí”.
El ex dictador marchó a Europa junto con su familia. Estuvo en Londres y luego en Barcelona, ciudad esta última en la que se hizo asiduo de un restorán en el que el mesero, tan pronto le veía parecer, descorchar una botella de coñac que el dipsómano agotaba sumido en tétrico silencio.
Poco después, Victoriano entró en contacto con agentes del gobierno alemán, que le ofrecieron armas y dinero para retomar la Presidencia de México y declarar la guerra a los Estados Unidos, que en esa forma -pensaban-se abstendrían de intervenir en la conflagración europea a favor de los aliados.
Aceptado el compromiso, el general embarcó hacia Nueva York, a donde arribó a mediados de abril de 1915.
El contraespionaje norteamericano descubrió la conjura. Y Huerta fue aprehendido el 25 de junio de ese año en la estación ferrocarrilera de Newman, Nuevo México, junto con Pascual Orozco, que se le había unido para sacar adelante los planes de reconquista del poder. Conducidos a El Paso, se les dejó libres bajo fianza, a condición de residir en esa ciudad. Mas como a los pocos días huyó Orozco de la urbe, Huerta fue detenido una vez más y encerrado en el presidio militar de Fort Bliss, en el cual permaneció de julio a noviembre.
Y fue en Fort Bliss en donde se produjo el episodio grotesco, divertido y delirante que protagonizó El Chacal.
Algunos periodistas norteamericanos fueron enviados por sus respectivos diarios a entrevistar al militar mexicano prisionero. Y entonces Victoriano -el soldadote brutal que no vaciló en traicionar a Madero y asesinarlo, el hombre despiadado y sin escrúpulos que ensangrentó a su desdichada patria y pudo sustentar su dictadura en el crimen sistemático, la inhumanidad de los horrores-, convertido en un guiñapo desconsuelo, exclamó ante los sorprendidos reporteros:
-¡Señores, es terrible lo que me sucede! ¡Con una falta absoluta de sentido humanitario se me ha negado el coñac! ¡Véanme! ¡Tengo 12 días sin probar una copa y me siento morir! ¡Por caridad, hagan algo, no me dejen sufrir así!
Y la fiera, vencida y acobardada por la forzosa abstinencia, rompió el llanto siniestro.
Al verlo agravarse por la falta de alcohol y la angustia, las autoridades norteamericanas le permitieron salir del presidio y reunirse con su familia, que había llegado de España. Y Huerta pudo al fin escanciar, con temblorosa mano, el coñac profundamente anhelado.
Murió en su cama, de cirrosis hepática, el 14 de enero de 1916.

CARRANCISTAS DESHONESTOS

En agosto de 1918, dos hombres de negocios coahuilenses radicados en la Ciudad de México, y amigos personales de Carranza, fueron a verlo al Palacio Nacional para informarle, indignadísimos, que cuatro de sus generales se estaban enriqueciendo en forma ilícita e inmoderada.
Dijo uno de ellos:
-Le traemos documentos que prueban la rapacidad esos malos elementos de su ejército, así como testimonios de personas honestas a las que han despojado.
Agregó el otro:
-El nombre de nuestra antigua amistad, le pedimos que intervenga para castigar a esos militares indignos que manchan el nombre de usted y el de su régimen.
Carranza les escucho con atención. Después, mesando sus barbas blancas con la estudiada lentitud que le era característica, les dijo:
-Señores, ustedes son mis viejos y muy queridos amigos, y seguramente no desean mi mal. Por eso les ruego que traten de comprenderme. Yo sé, sin necesidad de examinar los papeles que me han traído, que mis generales -los cuatro que mencionan y todos los restantes- son una punta de bandidos. Pero si me pusiera a exigirles responsabilidades se alzarían contra mí, y en menos de una semana me quedaría sin ejército.

UN PERFUME DE GLORIA

El 2 de mayo de 1913 tuvo lugar en la capital del país una manifestación de apoyo a Victoriano Huerta, el asesino de Madero.
Daba principio el gobierno de la usurpación. Y aceptaron colaborar con él diversos intelectuales, entre ellos Carlos Pereyra, Nemesio García Naranjo, Toribio Esquivel Obregón y Federico Gamboa.
Se dio también el caso de que el gran poeta Salvador Díaz Mirón aceptara ser diputado huertista y director de El Imparcial, periódico subvencionado por la dictadura.
Alguna vez, durante aquella temporada de oprobio, el general Huerta hizo una visita al local del diario mencionado. Y al siguiente día, el poeta publicó un artículo ditirámbico en el que aseguraba que Huerta se había retirado “dejando a su paso un perfume de gloria”.
El chiste que entonces se hizo fue este:
- De creerlo a Díaz Mirón, la gloria tiene un olor del carajo, porque a lo que apesta Huerta es a coñac trasudado.

ADOLFO EL PURITANO

Considerándolo un elemento de lealtad comprobada, Obregón, al asumir la presidencia de la República, llamó a Adolfo de la Huerta a colaborar en su gabinete, nombrándole secretario de Hacienda.
Por cierto que De la Huerta se hacía insoportable como persona, pues siendo abstemio puritano (purito ano, decían sus malquerientes) acostumbraba soltar prédicas moralizantes a todo mundo. Y tenía fastidiados a los demás colaboradores presidenciales, que echaban pestes del sermoneador ministro.
Pero Obregón y Calles lo defendían. “Fito es un hombre bien intencionado, y sólo quiere hacerlos a ustedes menos parranderos y borrachotes”.
El 25 de septiembre de 1923, De la Huerta renunció al ministerio de Hacienda para aceptar su postulación como candidato presidencial. Y en vista de que Obregón lo menospreció, dando todo su apoyo a Plutarco Elías Calles, partió hacia el puerto de Veracruz y allí se levantó en armas, desconociendo al régimen del 7 de diciembre de ese año.
Furioso, Calles comentó Obregón:
- ¡Qué te parece! Fito, a quien suponíamos un alma de Dios, se rebela contra tu gobierno.
Obregón estalló:
- ¡Hijo de su putísima madre! A su virtud pendejada de no tragar alcohol agrega ahora la infamia de traicionar a sus amigos.

HERMANOS IDÉNTICOS

En 1915, Venustiano Carranza creó la Fuerza Aérea Mexicana. Dos años más tarde, se estableció en nuestro país la primera escuela militar de aviación, cuyo director fue Alberto Salinas. De esa escuela surgieron dos magníficos pilotos: los hermanos jaliscienses Guillermo y Rafael Ponce de León, quienes después de alcanzar varios ascensos en su carrera de aviadores militares, participaron en la política como diputados por su entidad, en el año de 1925.
Cierto día, un general que necesitaba hablar con uno de los referidos hermanos, llamó por teléfono a la casa donde ambos vivían. La llamada fue recibida por un asistente, con el que el general sostuvo este diálogo:
- Bueno, ¿a dónde hablo?
- A la casa de los hermanos Ponce de León.
- Deseo hablar con uno de ellos, pero no recuerdo cómo se llama. Es un gordito él.
- Los dos son gorditos, señor.
- No la joda. Ya sé, con el que se aviador militar.
- Lo siento, señor, pero los dos son aviadores militares.
Ya alterado, el general dijo entonces:
- ¡Me lleva el carajo! Comuníqueme entonces con el que sea más hijo de la chingada de los dos.
- Lamento no poder servirle, pues los dos son igual de hijos de la chingada -dijo el asistente y  colgó la bocina.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La fundación de México-Tenochtitlán

Después de mucho andar y discurrir por kilómetros, aquellos hombres encontraron un ojo de agua de gran belleza, en donde vieron cosas fantásticas y de gran admiración, las cuales habían ya pronosticado sus sacerdotes, diciéndole al pueblo por mandado de su ídolo: lo primero que encontraron en aquel manantial fue una sabina blanca muy hermosa al pie de la cual brotaba aquella fuente; después vieron que todos los sauces que rodeaban aquella fuente, eran todos blancos, sin tener una sola hoja verde, y todas las cañas y espadañas de aquel sitio eran blancas;  y al mismo tiempo que observaban tantas maravillas, comenzaron a salir del agua ranas todas blancas y muy vistosas; aquella agua salía de entre dos peñas, tan clara y tan limpia que asombraba.
Entonces los sacerdotes acordaron de lo que su Dios les había dicho, y comenzaron a llorar de gozo y alegría, y con gran placer dijeron: “ya hemos llegado al lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de este cansado pueblo mexicano; ya no hay más que desear; pues lo que nos prometió nuestro Dios ya lo hemos encontrado; pero callemos, no digamos nada, volvamos al lugar donde ahora estamos; donde guardaremos lo que nos mande nuestro señor Huitzilopochtli”. Regresaron al lugar de donde salieron, luego la siguiente noche apareció Huitzilopochtli en los sueños de uno de los hombres, y le dijo: “ya estaréis satisfechos como yo no os he dicho cosa que no haya sido verdadera y habéis visto y conocido las cosas que os prometí en este lugar, donde yo les he traído, pues esperar que aún les  hace falta ver más cosas; ya recordarán como os mande matar a Copil, hijo del hechicera que se decía mi hermana, y os mande que le sacaran el corazón y lo arrojasen entre los carrizales y espadañas de esta laguna, lo cual habéis hecho: saber que este corazón cayó sobre una piedra, y de él salió un tunal, que está tan grande y hermoso con águila habita en él, y allí encima se mantiene y come de los mejores pájaros que hay, y allí extiende sus hermosas y grandes salas, y recibe el calor del sol y la frescura de la mañana. Ir allá a la mañana, que encontrarán la hermosa águila sobre el tunal y alrededor de él, verán mucha cantidad de plumas verdes, azules, coloradas, amarillas y blancas de los pájaros con los que se alimenta del águila, y a este lugar donde encontrarán el tunal con el águila encima, le pongo el nombre de Tenuchtitlan”. Este nombre lo tiene hasta ahora hoy la Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada de los mexicanos se llama México, que quiere decir lugar de los mexicanos, y en cuanto a la disposición del lugar se llama Tenuchtitlan, porque tetl es la piedra y nochtli, que significa el tunal y la piedra en que estaba, y añadiéndole el tlan, que significa lugar del tunal en la piedra.
Al día siguiente sacerdote mandó juntar a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos, mozos y niños, sin que nadie faltara, y puestos de pie comenzó a contarles su revelación encareciendo las grandes muestras, mercedes que cada día recibían de su dios con una prolija plática, concluyendo con decir que “en este lugar del tunal está nuestra bienaventuranza, quietud y descanso, aquí ha de ser engrandecido y ensalzado el nombre de la nación mexicana, desde este lugar ha de ser conocida la fuerza de nuestro valeroso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón con que hemos de rendir todas las naciones y comarcas, sujetando de mar a mar todas las remotas provincias y ciudades, haciéndonos señores de oro y plata, de las piedras preciosas y joyas, plumas y mantas ricas, etcétera. Aquí hemos de ser señores de todas estas gentes, de sus haciendas, hijos e hijas; aquí nos han de servir y tributar, en este lugar se ha de edificar la famosa ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás, donde hemos de recibir todos los reyes y señores, y donde ellos han de acudir y reconocer como a suprema corte. Por tanto, hijos míos, vamos por entre estos cañaverales, espadañas y carrizales donde está la espesura de esta laguna, y busquemos el sitio del tunal, que pues si nuestro dios lo dice no duden de ello, pues todo cuanto nos ha dicho hemos hallado verdadero”.
Una vez terminada la plática del sacerdote, todos le dieron gracias a su dios, y por diversas partes entraron a la espesura de la laguna, buscando por una y otra parte, tratando de encontrar la fuente que el día antes habían visto y vieron que el agua que antes salía muy clara y linda, aquel día manaba una casi como sangre, que se dividía en dos arroyos, y en la división del segundo arroyo del agua salía tan azul y espesa, que era cosa de espanto, y aunque ellos pensaron en que aquello no carecía de misterio, no dejaron de pasar adelante a buscar el pronóstico del tunal y el águila, y después de andar por un rato, finalmente encontraron el lugar del tunal, encima del cual estaba el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él, y en las uñas tenía un pájaro con bellas plumas resplandecientes.
Apenas vieron los sacerdotes al ave, comenzaron a hacerle reverencia como si se tratara de cosa divina, y el águila al verlos, bajó la cabeza a todas partes donde ellos estaban, los cuales al ver el acto del águila y que ya habían visto lo que deseaban, comenzaron a llorar y a hacer grandes extremos, ceremonias y visajes con muchos movimientos en señal de alegría y contento, y en modo de agradecimiento decían: “¿Dónde merecimos tanto bien?, ¿Quién nos hizo dignos de tanta gracia, excelencia y grandeza? Ya hemos visto lo que anhelábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, ya hemos encontrado nuestra ciudad y asiento, sean dadas gracias al señor de lo criado, y a nuestro Dios Huitzilopochtli.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Etapas constructivas del Templo Mayor

Etapa III
Aquí podremos observar un drenaje hecho de tabiques, que data del año de 1900; durante su construcción se destruyó en un diámetro de 2 metros todas las etapas constructivas del templo y se encontraba debajo de la calle de Santa Teresa, que hoy conocemos como Guatemala. Es como un túnel de tiempo, que nos lleva a descubrir las diversas etapas del recinto. Una de ellas  destaca particularmente, pues se aprecian algunas copias de esculturas reclinadas sobre la escalinata del lado de Huitzilopochtli. Los originales se pueden visitar en el interior del museo. Al parecer representan a los centzohuitznahuas o 400 sureños, contra los que lucha Huitzilopochtli.
Cabe aclarar, que aquí nos relatan los viejos mitos como el de la diosa de la tierra, Coatlicue, quien hacía penitencia en su adoratorio cerca de Tula, cuando vio un plumón de algodón que tomó el guardó en su seno; de manera instantánea quede embarazada. Cuando sus otros hijos, los surianos y Coyolxauhqui, se enteraron de lo ocurrido, acordaron ir al cerro de Coatépec (Cerro de la Serpiente) para matar a su madre por aquel misterioso embarazo. Se preparan para la guerra y se ponen en marcha. Cuando iba subiendo por la ladera del cerro, nace Huitzilopochtli, dios de la guerra, quien ataca a sus hermanos, los separa y a Coyolxauhqui la captura, la decapita y arroja el cuerpo desde lo alto del cerro, el cual al caer se va desmembrando. De esta forma como se le representa a la diosa: muerta y mutilada después del combate.
Por medio de este mito, los aztecas justifican sus guerras de conquista, pues debe seguir el camino que el dios siguió desde su nacimiento: combatir al enemigo. Sin embargo, el mito se ha interpretado como la lucha entre los poderes diurnos, presentes en el dios solar Huitzilopochtli, y los poderes nocturnos, propios de la Luna, representada como Coyolxauhqui. Entonces los sureños serán las estrellas que día con día son dispersadas por el rayo solar, de ahí que el mito hable de la poderosa arma de Huitzilopochtli, la xiuhcóatl o serpiente de fuego, que no se trata de otra cosa, que el rayo matutino que  dispersa las tinieblas de la noche.
Dicha etapa constructiva corresponde al año 1430 aproximadamente, cuando Tenochtitlán era gobernada por Itzcóatl (1427-1440 d. C.). El tlatoani, junto con las ciudades de Texcoco y Tacuba, logró la independencia tenochca  de los tepanecas de Azcapotzalco, a quienes estaban sujetos los mexicas por aquel entonces.

Etapa VI
En nuestro viaje por el tiempo, toca trasladarnos a las etapas posteriores. Ahora nos encontramos en la parte norte del templo, en donde veremos el piso de lajas del recinto ceremonial, que pertenece también a la penúltima etapa constructiva. Llaman poderosamente la atención los tres adoratorios alineados a lo largo de la plataforma; el más cercano está orientado hacia el poniente, mientras que el de en medio está decorado con más de 240 cráneos de piedra.
El que se ubica al oriente, se encuentra ricamente pintado en varios tonos, predominando el rojo; al norte de ellos hay un conjunto del que se destacan dos escaleras, en una de ellas se observan cabezas de águilas en las alfardas. No obstante, en dicha plataforma había otra etapa anterior que fue descubierta; su interior se puede apreciar si nos trasladamos hacia el sitio donde se ubica el enorme techo que protege lo que se ha denominado Recinto de las Águilas o Casa de las Águilas.