domingo, 25 de septiembre de 2016

La Llorona de Lagos (Leyenda de Lagos de Moreno Jalisco)

Una de las tradiciones que nuestra tierra atesora y quizá, la más antigua que corre de boca en boca entre personas que gustan de relatos fantásticos; la leyenda de la Llorona. En tiempo de la Revolución muchas familias emigraron tanto de Zacatecas como de Aguascalientes, Durango, León y otros Estados, a la ciudad de Lagos de Moreno, la que se convirtió en el lugar propicio para refugiarse las acaudaladas familias, por el temor de ser saqueadas por revolucionarios, lo que hasta las hijas les querían robar. La ciudad de Lagos de Moreno, era un lugar atractivo, aristocrático, muy culto y acogedor, en donde las familias que emigraron encontraron un oasis. Todas eran personas conocidas o emparentadas en alguna manera.
Muchas veces se reunían en numerosas tertulias; realizaban recitales poéticos, musicales, o se juntaban a escuchar algún relato del diestro cuentista, que nunca falta. Y entre estos se platicaba que la Llorona, la que también echó sus reales en la pintoresca ciudad de Lagos, cuna de grandes escritores, poetas y artistas plásticos. Dice la leyenda que en una de las mejores familias del lugar, después de varios años de espera, llegó a este mundo una hermosa niña. El lugar de los señores Peón Valdez y Ariscorneta se llenó de alegría por aquel deseado advenimiento.
Blanca Rosa se llamó la primogénita de don Rubén y doña Blanca Peón Valdez, a la que le dieron todo su cariño y sus cuidados. Era una niña dulce, tan blanca que parecía de porcelana y tan sonriente como una sonaja. Pasaron los años y el matrimonio tuvo otro hijo, Francisco, al que también querían entrañablemente, pero Blanca Rosa, la “niña de mis ojos”, como le llamaba el padre, tenía un lugar muy especial en el corazón de sus progenitores.
Pertenecían a la flor y nata de la sociedad laguense, y quienes tenían fama por ser muy buenos anfitriones y recibir en su casa que era un palacio a lo más granado de la aristocracia lugareña. Blanca Rosa, era muy bella, tenía pretendientes de su alcurnia, jóvenes apuestos que pretendían su blanca mano, pero ella, mustiamente los despreciaba, al grado que sus padres pensaban que su vocación era de religiosa, por lo que estaban muy contentos. Pasaron algunos años y Blanca Rosa, “no daba color”, ni se metía al convento, ni aceptaba relaciones con ninguno de los partidos que la acosaban.
Una noche, como todas, la niña fue a que sus padres le dieran la bendición y las buenas noches. Se retiró a su aposento…
Las campanas de la iglesia llamaban a misa de seis, el sol empezaba a salir y doña Blanca lista para salir a su acostumbrada misa mañanera, a buscar a su hija, su fiel acompañante. Llevó una gran sorpresa; la cama no estaba destendida, la niña no se encontraba en su aposento y de la ventana a medio abrir, colgaba una cuerda. La madre dando de gritos salió del cuarto; preguntaba a la servidumbre por su hija y nadie daba razón de su paradero. Se registraron los pasillos, la azotea, las bodegas, las covachas, y ni su luz de Blanca Rosa. Pensaron que había sido un plagio. Se hacían cruces, no era posible la desaparición de la niña. La justicia tomó providencias, pero todo fue inútil, la niña no se encontraba y la noticia corría como reguero de pólvora por toda la ciudad.
Como en todos los pueblos se empezó a hablar de Blanca Rosa, y pronto salió un corrido que se escuchaba en la Plaza de Armas, en el atrio de la iglesia, en las esquinas. “Año de 1900 presente lo tengo yo, que en la casa de los Peón, una tragedia paso, una tragedia paso… Dejaron la jaula abierta y Blanquita se escapó y Blanquita se escapó”. Nunca se supo el paradero de la niña. Decían las malas lenguas que Chicho el caballerango se había enamorado de ella, y como no era de malos bigotes, también Blanca Rosa se perdió por los soñadores y chinos ojos de Narciso Romo. Como sabían que era imposible su matrimonio, decidieron huir; no se sabía si para San Pancho en Aguascalientes, o a Valparaíso en Zacatecas en donde Chicho tenía parientes.
Pasaron muchos años, la señora Peón Valdez falleció de la pena de no saber nada de su hija, y poco a poco, en la memoria del pueblo se fue olvidando aquel suceso que fuera un escándalo y que se había quedado en el misterio más profundo, sepultado por el pueblo el que había lanzado un rumor, y que sobre él, se bordaban toda clase de historias. También se habló de que Narciso Romo, el caballerango de los Peón Valdez, se había aburrido de la aristócrata dama, y la había dejado llevándose a sus cuatro hijos. De esto no se supo a ciencia cierta, pero cuenta la Leyenda que el día que murió don Rubén, se vio una silueta envuelta en un velo blanco, la que cruzaba las calles y plazas de la ciudad; llevaba en sus brazos un bulto y como una sombra se veía correr después de las 12 de la noche, hasta llegar al río en donde desaparecía.
El bulto lo tiraba al río, pero antes daba un alarido y gritando: ¿En dónde los hallaré?, Parecía que caminaba por encima del riachuelo, dando unos hondos quejidos y luego se perdía. Otros cuentan que a los niños, Chicho los mató por haberla encontrado con otro hombre. Y estaba pagando su pecado. Lo cierto es que por muchos años se vio y escuchó aquella cosa sobrenatural, lo que todos decían era el alma de Blanca Rosa, la “niña de los ojos” de don Rubén y doña Blanca, la que por su mala cabeza los había abandonado, y arrepentida lloraba sus pecados. El pueblo le comenzó a llamar la Llorona, y así se le conoció por mucho tiempo; hasta que un buen día, sin saber cómo, jamás volvió a aparecer esta figura blanca con un bulto en los brazos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El Palacio del Arzobispado


Está ubicada en las calles de Moneda y Licenciado Verdad, antes llamada Cerrada de Santa Teresa la Antigua. Antes estuvo ahí el adoratorio de Tezcatlipoca, muy cerca del gran teocalli de los mexicas. Cuando llegaron los españoles este lugar fue destruido y en su lugar se edificó el Palacio del Arzobispado.
El predio fue adquirido por Juan de Zumárraga en 1530 durante los trabajos de contrucción; se dice que ahí el indio Juan Diego le mostró al obispo la tilma donde quedó plasmada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Pasaron los años y las inclemencias del tiempo fueron deteriorando la construcción, pero en el siglo XVII el virrey arzobispo don Antonio de Vizarrón y Eguiarreta lo reedificó en su totalidad. Entre el estípite (espacio ente dos columnas de tipo estípite) del lado izquierdo se lee la frase: “Ecce nova Facio Omnia”, que se traduce así: “He aquíque todo se hace de nuevo”.
El encargado de hacer estas obras fue el reconocido arquitecto y artista de origen sevillano Jerónimo de Balbás, quien fuera el encargado de introducir en Nueva España la columna estípite; se cuenta que el balcón central alguna vez estuvo en la primitiva catedral.
Funciono como Arzobispado hasta 1859, cuando al clero le fueron confiscados sus bienes pasando a ser propiedad del Gobierno, quien lo destinó primero a Contaduría Mayor de Hacienda, después jardín de niños y luego bodega; actualmente es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Don Ernesto Pallares narra en su libro de casonas sobre la reconstrucción del Palacio y la felicidad que implicó este acontecimiento:
“…se habían puesto a dialogar las campanas de la cuidad. Doña María, San José y la Santa Bárbara, de la Catedral; platicaban con sus hermanas María de los Ángeles, María de Guadalupe y San Joaquín, de la Santísima.
La esquila de San Miguel Arcángel y la sonora de San Agustín, de Santa Catalina, tenían coloquios con la tiple de San Gregorio y de San Rafael, de Loreto.
La grave de San Juan Bautista, el Evangelista y las dobles de San Pedro y San Pablo, de la Enseñanza, respondían a las llamadas de los esquilones de La Purísima, de Santiago el Apóstol y del Ángel Custodio, de la Encarnación. A lo lejos, San Lorenzo platicaba con la Concepción.
De la primera, el esquilonete de Jesús se entrelazaba con la de Santo Domingo de Guzmán. De la segunda, la peregrina de San Ignacio, abrazaba con sus ecos a la acordonada de San Francisco…”.
Para conocer más a fondo todo lo que se hacía en el Palacio del Arzobispado, Manuel Romero de Terreros lo relata en su libro “La vida social en la Nueva España” y Francisco de la Maza en su obra “La Cuidad de México en el Siglo XVII”.

domingo, 11 de septiembre de 2016

El libro del cáliz (Leyenda de Veracruz)

Un hombre anciano llegó procedente de Europa, a la Villa Rica de la Vera Cruz; la gente lo miraba con extrañeza pues traía consigo varios baúles. No llegó buscando hospedaje, pues, se decía, ya había comprado un lugar para vivir. Sin embargo y lejos de lo que todos pensaban, su nueva morada no era lujosa ni grande, por el contrario, era un sitio pequeño en el que solamente cabía una persona. El viejo era misterioso, no platicaba con nadie, sólo se le veía los domingos en misa, entraba a la miscelánea a dotarse de víveres y por las noches se le oía cortar, que clavar y pegar madera. La incertidumbre invadía a los curiosos, pues el ruido nocturno había aumentado.
Al siguiente día, su duda fue disipada. El anciano abrió una pequeña librería de viejo, todos los textos serán suyos pero había decidido venderlos, intercambiarlos y a su vez comprar otros tantos. Afortunadamente hubo varias personas interesadas en el nuevo lugar y gustosos entraban a hojear los textos, se maravillaban de la antigüedad de los mismos y sobre todo muchas personas se sorprendían al contemplar las ilustraciones.
Joaquín era un joven ávido de emociones, gustaba de los libros de historia pero sobre todo de los religiosos, pues era castizo y necesitaba saber bajo que convenciones sus antepasados fueron sometidos y obligados a profesar la religión católica. La librería que había abierto el anciano le brindó una puerta hacia temas desconocidos y una visión distinta, ya que había textos en otros idiomas. Durante varias semanas visitó la librería, y aunque el viejo ya lo conocía, se negaba a entablar cualquier tipo de relación con él; Joaquín por su parte, trataba de interrogarlo sobre el origen de los libros y los autores, pero el dueño no aportaba ningún tipo de información. Por tanto, el joven se vio en la la necesidad de hojear todos los libros religiosos existentes; en el fondo de un anaquel se encontró con un texto que no había visto, aún tenía polvo y las portadas estaban descuidadas y muy viejas; ahí estaba la ilustración de un cáliz que llamó mucho su atención, pues hasta ahora no había visto algo similar.
Pregunto por el precio y el costo era muy elevado, a pesar de pertenecer a una familia un tanto adinerada, no alcanzaba a cubrir el monto. Varios días pasaron y no había juntado ni siquiera la mitad del dinero, por lo que decidió llevárselo a escondidas del viejo, leerlo, estudiar la ilustración y regresarlo nuevamente a  la librería. No tuvo mayor dificultad para sacarlo. El camino a casa fue diferente, pues a pesar de recorrer siempre la misma distancia, esta vez había fatigado un poco. Al entrar en su alcoba miró la ilustración, el cáliz se mostraba reluciente, contrastaba con el resto de las imágenes y de las páginas que lucían amarillentas y carcomidas, sin embargo la imagen le parecía distinta a cuando la había observado por primera vez.
Se había concentrado tanto en la lectura que se olvidó de comer, solo pasaron unas horas y se sentía muy extraño. Se dirige al sanitario y lo que vio en el espejo lo dejó horrorizado ¡había envejecido por lo menos15 años!, parecía un hombre de por lo menos 35 años, cuando ni siquiera rebasaba los 20. Volvió a mirar la imagen del cáliz y se encontró con que se veían aún mejor, sin embargo sucedía todo lo contrario con él, cada minuto que pasaba se volvía más viejo. Rápidamente tomó la decisión de regresar el texto la tienda, pues pensó que el origen de su mal radicaba en el libro sustraído; al llegar a la librería, se encontró con que aquel viejo, dueño del local, lucía notablemente más joven.
Joaquín atemorizado dejó el libro donde lo encontró pero su aspecto continuaba igual, la piel comenzaba a arrugarse, habían aparecido algunas canas y los achaques, propios de la edad, se hacían presentes. En vano intentó cuestionar al viejo sobre lo que sucedía, pues éste no respondía ninguna pregunta; Joaquín notaba que entre más viejo se volvía el dueño de la librería adquiría una juventud portentosa. La gente al entrar en la tienda confundía al dueño con el viejo Joaquín, quien desesperado trataba de explicar a los visitantes lo que sucedía, sin embargo, sus argumentos fueron desdeñados, ya que el dueño, hábilmente, dijo que debido a la edad tan avanzada de su padre, los desvaríos de éste eran constantes; así que los compradores hicieron caso omiso de los gritos de Joaquín.
Con una malicia inusitada, el dueño de la librería corrió a Joaquín del lugar, le pidió no volverse a parar por ahí, que su acto atrevido había tenido consecuencias, por lo que le sugirió no volver a tomar sin permiso algo que no fuera suyo. El librero aventó el texto del cáliz al fondo de un anaquel y dijo que mientras existieran curiosos como Joaquín, él se mantendría vivo, pues su rejuvenecimiento estaba garantizado.
Cuenta la leyenda que Joaquín murió a los pocos días de causas naturales, nadie reclamó su cuerpo, pensaron que se trataba de algún mendigo; por su parte los padres del muchacho dieron aviso a las autoridades de la desaparición de su hijo e iniciaron la búsqueda. Mientras el dueño de la librería se había convertido en un hombre atractivo para las damas solteras de la ciudad. Se dice que el hombre había vendido su alma al diablo y que éste le devolvería su juventud, a cambio de almas nuevas  y joviales; curiosos que fueran capaces de todo por conseguir el libro del cáliz.

domingo, 4 de septiembre de 2016

La Calle de los Ajusticiados (Leyenda de Guanajuato)

Una de las leyendas que a la fecha se siguen contando en  Celaya, es sobre el origen de la calle de Los Ajusticiados por haber sido una de las tantas injusticias que se cometen en nombre de la ley.
Después de consumada la Independencia de México, por muchísimos años hubo un desajuste natural en toda la República por cambiar un sistema de gobierno que había prevalecido por 300 años. Se cuenta que por el año de 1824, los generales dirigentes de tropas, eran los que tenían la mayor autoridad en los Estados, ya que todavía no se establecían en los municipios los tribunales que otorgaban justicia, así que la última palabra en cualquier acto de la vida política la determinaban los militares, cuyas órdenes no se discutían. Prevalecía el estado de ánimo o criterio de estos -muchas veces improvisados- que eran los que tienen a su cargo establecer la disciplina.
Por aquellos días en la ciudad de Celaya, el general don Nicolás Bravo estaba al mando del batallón que agrupaba a soldados que combatieron en la guerra de Independencia, pero también a su cargo había tanto indígenas como españoles, que al no conseguir trabajo por la escasez que existía, se habían enrolado en las filas para poder subsistir. La ciudad de Celaya, como todas las del país, estaba inquieta; en ese Estado se había fraguado la Independencia y aún había rencillas y malestar, al grado que las personas sólo salían a la calle para arreglar los asuntos más indispensables. Se acabó la alegría y el bullicio, y la mayoría de la gente no salía de su casa, cuando muchos se veían moverse los visillos de las ventanas para curiosear lo que pasaba afuera. Las “piadosas mujeres”, al clarear el día, salían de sus hogares para asistir a sus deberes religiosos y todos, a temprana hora, se recogían y no se veía ni alma en la calle.
Fue una época difícil, como siempre en una posguerra. Los comestibles escasearon, lo que había era caro y malo y la miseria se asomaba en cada puerta de las casas. En voz baja se comentaba la situación en la que se encontraba el país, la carencia de todo y la falta de trabajo. Esto no les era ajeno a los jóvenes que engrosaban el batallón al mando del general Nicolás Bravo y entre ellos, comentaban el grave problema por el que atravesaba el país, y la situación que ellos estaban pasando, así como la injusticia del nuevo gobierno al no pagarles puntualmente lo poquísimo que percibían, pensando que los alimentaban las golondrinas. Tenían hambre, y veían con una pena profunda que si no podían comer, mucho menos ayudar un poco a su familia, la que se encontraba a punto de morir de inanición.
Ellos platicaban; eran optimistas pensando que pronto cambiaría todo y México florecería, ya que es un país rico, con grandes recursos y trabajando todos, como un solo hombre, se normalizaría la situación. Pasaban los meses y todo era igual, deberían plantear su crítica a sus superiores para que en conciencia aumentaran su salario y sobre todo, que les pagarán puntualmente. Uno de ellos, el más audaz, pensando que la unión hace la fuerza, reunió a sus compañeros haciéndoles ver la conveniencia de que un grupo de ellos en representación del batallón, hablara con el General Bravo, le expusieron la situación y en nombre de todos, pidieron un pequeño aumento para que pudiera solventar con dignidad sus gastos más indispensables.
Pero, nunca falta un delator y entre los compañeros resultó un “Judas” que fue con el “chisme” con el general Nicolás Bravo. Lo escucho con paciencia y una vez que el acusante determinó con la información, se enfureció, no comprendió que el grupo de soldados estaba en su legítimo derecho de pedir un aumento de sueldo, defender sus intereses… Sino que tomó esto como un acto de rebeldía, desobediencia y traición…
Con el poder que tenía el General Bravo, y como si aún estuvieran en guerra, decretó la pena de muerte para aquel grupo de jóvenes que llamo sublevados, los que no se habían apegado a la disciplina del batallón, por lo que deberían morir, por traición a la patria. El soldado delator, al que llamó desleal con sus compañeros, también ideal paredón. Grupos de personas atrevieron a ver al General Bravo, parientes y amigos de los reclutas abogaron por ellos, pero el militar impertérrito, se negó a recibir a las personas y a alguna que lo paró en la calle suplicante, contestó: “La orden está dada”. Y fue en julio de 1824 cuando el grupo de soldados del batallón del general Nicolás Bravo salió del cuartel rumbo al barrio de San Miguel, y en la calle de Lerdo los formaron, siendo al delator a quien se le dio la orden de ejecutar a sus compañeros.
La Fábula dice que el día que fueron fusilados los soldados llovía “a cántaros”, los rayos iluminaban la ciudad y después se soltó un aire que silababa como triste lamento que corriera por la ciudad. Los jóvenes, algunos casi niños, indígenas y españoles con estoicismo esperaron la muerte. Algunos invocaron a Dios pidiendo perdón para su verdugo, un patriota grito “Viva México” y otros maldecían a Bravo. Y así uno a uno fueron cayendo en el empedrado de la calle de Lerdo. Aquel acto de barbarie fue conocido por toda la ciudad, causando verdadero pánico entre los celayenses, los que veían y no podían creer; era el infierno de Dante. Las mujeres se santiguaban y lloraban, los hombres indignados guardaba su coraje y odio para los que aplicaban injustamente la “Ley”. ¿Esto era la Independencia de México? Nadie se lo explicada pero estaba sucediendo en Celaya, según la leyenda. La calle de Lerdo se convirtió en una pesadilla; desde entonces el ingenioso pueblo le cambio el nombre, le comenzó a llamar “La Calle de los Ajusticiados”. Nadie quería pasar por ese lugar, pues decían que se escuchaban lamentos, y que la sangre de aquellos “justos”, a pesar de la copiosa lluvia, permanecía allí.
Los soldados tenían temor de hablar, no quería ni pensar para qué no les fuera a leer el pensamiento don Nicolás Bravo y darle a conocer el odio que se había ganado a pulso…
Se bordaron muchas historias de la calle de Lerdo, así como en todo el barrio de San Miguel. Personas aseguraban que por las noches se veía pasear por todo el suburbio la figura de un general, la que llegando a la calle de Lerdo, se perdía. Otras gentes juraban que noche a noche se repetía la escena del fusilamiento; se escuchaban los rezos de los jóvenes soldados, el grito de “Viva México”, así como las maldiciones a Bravo y aún los disparos de aquel momento. Aquello aterra va a los vecinos los que fueron abandonando las casas de la calle de Lerdo, y algunas de las manzanas aledañas.
El tiempo va curando las heridas y olvidando los rencores, aquella historia que se contó de padres a hijos por muchas décadas; se fue olvidando en el tiempo y poca gente conoce este relato que indignó a los habitantes de esa región. Sin embargo, a la fecha se cuentan cosas extrañas que suceden en el barrio de San Miguel, pero nadie sabe el porqué de esos sucedidos. Se dice que un fuereño llegó a la ciudad y compró una propiedad en la calle de Lerdo, la que a su vez alquilaba. Decía que había sido una mala compra, que tenía mala suerte, ya que más tardaba en alquilarse, que en desocuparse al poco tiempo sin saber el motivo, pues era casa grande, agradable y la renta accesible.
Pero un día, uno de sus inquilinos le dijo que aunque tenía contrato, no iba a vivir más allí, porque con frecuencia se veían sombras las que se desvanecían lentamente hasta perderse en la pared de una habitación. Otras veces se escuchaban lamentos, gritos y rezos que salían, quién sabe de dónde, así como ruidos de cadenas que no dejaban dormir. Doña Tencha, la dueña de una tienda del barrio, decía que mucho se hablaba que en una de las casas del callejón de Lerdo, espantaban. Con frecuencia platicaban que veían sombras de figuras de hombres, los que veían cayendo lentamente uno a uno y desaparecían en el suelo. Que por las noches se escuchaba un lastimero ladrido de perro, que nunca se vio por más que lo buscaban en el patio o en la calle. Asimismo se rumoraba que cuando todo estaba en silencio, se escuchaba como si 100 gatos estuvieran peleando, pero al encender la vela, no había nada y el ruido terminaba.
Así se contaban muchas historias que recogía doña Tencha, la de la tienda de la esquina, -que se encontraba a un costado de la callecita de Lerdo,-y que ella oralmente iba transmitiendo, por lo que por mucho tiempo se habló que en el Barrio de San Miguel, a raíz del fusilamiento de los soldados, no se podía vivir en paz, como si en ese lugar se dieran cita todos los muertos de Celaya “a platicar o discutir diferencias”, por lo que los vecinos vivían aterrados. El tiempo fue acabando con esas fantasías hilo de la “Calle de los Ajusticiados”, sólo se cuenta como una de las tantas leyendas que corren y forman tradición de un pueblo.

domingo, 28 de agosto de 2016

La esquina del degollado (Ciudad de México)

Esquina de la Pila Seca, ubicada en los alrededores del Bosque de Chapultepec y a principios del siglo XVII, fue el escenario de un asesinato vil, perpetrado por un hombre despiadado que, tiempo después, recibiría su castigo. Sin embargo, los vecinos del lugar padecieron las consecuencias de esta muerte, pues desde entonces son espectros se aparecía para exigir justicia sobre todo, venganza.
Cuenta la leyenda que el espíritu en pena era el de un buen hombre llamado Fernando, quien había sido asesinado por un hacendado de nombre Matías; éste le clavó su espada en el pecho y luego cortó su cabeza, abandonando el cuerpo junto a la Pila Seca. Se dice que el amor de una mujer fue motivo del crimen, pues ambos pretendían a Margarita, una hermosa doncella, hija de un oficial real.
Fernando y Margarita mantenían un romance a escondidas, pues el padre de la joven había decidido comprometerla en matrimonio con el hacendado. Una vez hecho el trato, la mujer estaba obligada a contraer nupcias lo más pronto posible y eso la tenía hundida en una tristeza profunda, pues sólo deseaba casarse con su amado. Para que nada ni nadie lo separase, un buen día, los enamorados decidieron huir juntos, así que acordaron reunirse por la tarde y planear la fuga para esa misma noche. Margarita acudió puntual a la cita, pero Fernando nunca llegó.
Cuentan que aquella noche la joven decepcionada se sentó en la pila, a llorar, cuando sus oídos llegó un gemido triste que la hizo correr asustada. Como el temor se apoderó de ella, grito que alguien la ayudará y de entre los árboles apareció un caballero que al reconocerla le ofreció acompañarla hasta su casa. La joven no pudo contenerse más y estalló en llanto al ver que el hombre que la acompañaba era Matías, su futuro marido, quien le acariciaba el rostro y el cabello, tratando de tranquilizarla para que pudiera contarle lo sucedido. Ella por su parte, creía en la falsa bondad de aquel hacendado, quien debajo de ese aspecto bonachón, escondía  las más terribles intenciones.
Al arribar a la casa de Margarita, el hombre pidió hablar con su padre. Matías deseaba desposar lo más pronto posible a Margarita por lo que solicitaba que se adelantará la boda. Cuando lo supo la desbastada joven, se encerró en su alcoba y dio rienda suelta su dolor. Su corazón fue presa de los más terribles recuerdos, al imaginarse nuevamente junto a su amado, a quien reprochaba haberla abandonado en aquel lugar.
Fernando era el primer y único amor de Margarita, ambos decidieron mantener su relación en secreto debido a que él, pertenecía a una familia humilde y no poseía ningún tipo de fortuna por lo que sabía que el oficial real se opondría tajantemente este matrimonio. Luego de tanto llorar, Margarita se quedó dormida; las ventanas de su habitación se estremecieron con un viento terrible, por lo que la dama se levantó para asegurarlas. En el momento en que  aproximó la cara a los cristales, lanzó un grito de horror; un espectro se acercaba ella y le pedía lo escuchara. Ella se desmayó. Aquella pobre mujer ignoraba que, aquel siniestro ser, era el espíritu de su amado Fernando, quien días atrás estaba tan ilusionado, como ella, por la huida que emprenderían. La pareja nunca imaginó que Matías, siendo nombre celoso y poderoso, mandó espiar a su prometida. Así fue como se enteró de que Margarita entregaba su amor a otro hombre.
Aquel día en que escaparían, Matías se apostó a los alrededores de la Pila Seca, cuando vio que Fernando se acercaba, impidió que el joven enamorado llegara a su cita, hundiéndole sin piedad una espada en el pecho. Fernando cayó moribundo y sus últimas palabras fueron para su amada, que metros más adelante lloraba por su demora. Matías no conforme y cegado por la ira que sentía, cortó la cabeza del joven y la arrojó en el caudal más cercano. Luego del sangriento asesinato, el hacendado escuchó a la desesperada Margarita. La mujer, precisamente en este momento, echó a correr pero se topó con Matías, quien se ofreció llevarla hasta su casa.
Pasaron varios días y Margarita no tenía noticias de Fernando, iba todas las tardes al rosario, con la única finalidad de encontrarse con él, pero nunca hubo tal encuentro, por lo que su corazón se reaccionaba a cada momento. Asistía además, al lugar donde solían encontrarse, sin embargo, parecía no haber rastros del paradero del joven. Por entonces, la gente comenzó a rumorar que en la Pila Seca se apareció un espíritu que vagaba exigiendo justicia y venganza; los pobladores se resistían a pasar por el lugar, pues temían toparse con el espectro.
Este aparecido también se presentaba todas las noches en la alcoba de Margarita, quien aterrada, gritaba que la dejara en paz. Su padre y la servidumbre se convencieron de que la mujer estaba perdiendo la razón, motivo por el cual, se pidió a Matías aplazar la boda, debido al estado de salud de la novia. Así, llegó la víspera de la boda, la mujer no había parado de llorar y de recriminar a Fernando por haberla abandonado. Cuando parecía morir de dolor, las ventanas nuevamente comenzaron a estremecerse y una ráfaga helada la envolvió. Minutos después una voz hueca y sepulcral le dijo:
-Yo acudía a la cita, cuando la espada de un asesino acabó con mi vida.
Margarita reconoció la voz de Fernando, quien prometió llevarla a un lugar donde pudieran vivir su amor eterno, pero para que eso sucediera, tenía que ir hasta la Pila Seca. El padre de Margarita le impidió salir de la casa y la obligó a dormir, pues se casaría a la mañana siguiente. Luego de la ceremonia, Matías la condujo hasta su casa en el barrio de Coyoacán; ahí Margarita se encerró en la habitación y se negó a participar de la magna celebración que el hacendado había preparado.
Los días pasaban y el hacendado no recibía respuesta de su esposa, quien se mantenía oculta en la alcoba. Por tal motivo, Matías intentó forzar la puerta, pero la encontró fuertemente asegurada; lleno de ira ingresó a la habitación y con desdén se dirigió a Margarita:
-Enterado estoy de tu deshonor. Antes de ser mi esposa entregaste tu amor a otro hombre. Pero esta falta ya está reparada.
La mujer comprendió que el asesino de su amado Fernando había sido el propio Matías, por lo que no pudo soportar su presencia y salió corriendo de la habitación. Esta vez fue encerrada por Matías y le advirtió que por fin consumarían el matrimonio. El hombre bajó a cenar y bebió dos botellas de vino, regocijante se dirigía a la alcoba donde tenía presa a su mujer; con dificultad introdujo la llave en la cerradura de la puerta, y cuando al fin pudo abrirla, sus ojos se exaltaron al ver ante él la cabeza de su obstinado rival.
Aterrorizado Matías corrió por la casa, sentía sobre sí las acusadoras miradas del degollado. Al llegar a la escalera de piedra, perdió el paso rodó dando tumbos hasta estrellarse de cabeza en el suelo. En ese momento doña Margarita atravesó el recinto y salió de la casa, actuaba como si estuviera hipnotizada. Iba a encontrarse al fin con su amado sin importarle la gran distancia que tendría que recorrer para llegar a la Pila Seca.
Se dice que todos los habitantes de Coyoacán vieron pasar a aquella mujer que parecía estar en un profundo ensueño. Aquella caminata concluyó el amanecer. Por la tarde Margarita fue encontrada sin vida al pie de la pila. Se cuenta que sus zapatos estaban destrozados por la larga travesía y se dice también que desde aquel día, el degollado dejó de aparecer en la Pila Seca y la ciudad volvió a la normalidad.

domingo, 21 de agosto de 2016

Dar lo más por lo menos



¡Qué mala, que malísima suerte, era la de Nabor Orihuela! Nunca le podía salir nada bien al pobre hombre; como dicen por ahí, andaba con el santo de espaldas. La fortuna era inconstante señora en la vida de este triste ser: clavó su rueda con firmeza y con los fuertes clavos que le puso ya no la dejó subir. No había cosa que emprendiera Nabor que le saliese bien. Decían que desde antes de nacer le echó terribles maldiciones una tal que fue amasia de su padre, quien la dejó en abandono para casarse, como Dios manda, con la buena y apacible madre de Nabor, el de la siniestra ventura.
La viruela le dejó múltiples e indelebles marcas en el rostro; la tiña le exterminó mucha parte del pelo; un mal de estómago le descompuso la salud para siempre la salud y le dejó permanentes agruras que le quemaban como brasas el esófago, también lo dejó muy flaco, los huesos se le transparentaban por la piel, toda arrugada y reseca. En sus tiempo de juventud anduvo en la soldadesca, y en una escaramuza sin maldita importancia, una bala de arcabuz mal dirigida le partió en dos el hueso de una pierna y para siempre se quedó con el paso desnivelado; en otra ocasión un lanzazo por poco le quiebra un ojo, solamente le quedó una ancha cicatriz que le pasaba desde la nariz hasta la oreja. Se casó después con  una buena y excelente mujer, y al poco tiempo viudo se quedó. Probó el amor con sufrimiento, su corazón estaba hecho un mar crecido de amargura, pasaron por él grandes avenidas de penas. Cada día traíale un sufrimiento nuevo y así tantos dolores y angustias le tenían hecho a prueba de trabajos, armó a su alma de resignación y no salía de paciencia; bienaventurados los mansos porque de ellos es el reino de los Cielos.
Fue Nabor oficial de péñola en el Consulado de Comercio; desempeñó bajo oficio con el almotacén del Ayuntamiento; después aún más ínfimo al lado del balanzario de la Real Casa de Moneda; en seguida sirvió como portero de la Alhóndiga; al poco tiempo en el hospital de San Andrés daba unciones en la sala del morbo gálico, pues allí quitaba Mercurio lo que daba pródigamente doña Venus; lo hicieron bedel en el Colegio de Infantes Músicos de la Catedral Metropolitana; fue criado que repartía comida en las oscuras mazmorras de la Acordada; pasó a la Sala del Crimen a atar legajos con el rojo balduque y de ahí lo bajaron a mozo de retrete. Cada vez empeoraba más el infeliz Orihuela, iba dando más miserable caída.
Andaba todo traspillado, roto y lleno de flecos, aunque algunos agujeros de sus viejísimas ropas los tapó de inhábil manera con remiendos a grandes puntadas. Prácticamente se moría de hambres en un cuartucho de extramuros de la ciudad; muebles no había entre aquellas cuatro paredes llenas de telarañas, de adobe descubierto, ahí el duro suelo tenía por cama el pobre Orihuela. Su fortuna y ajuar lo llevaba a cuestas y el testamento en una uña. Lo apretaba la necesidad y ya estaba en lo último de la miseria; no tenía en que caerse muerto, ni cosa que llevarse a la boca. Era Nabor Orihuela el más pobre entre los pobres.
Encontróse una mañana en el portal de Agustinos, también llamado de la Preciosa Sangre, con su amigo Oropeza, quien le comento que un alto ministro de nombre Tadeo Grajales, estaba buscando a una persona de fiar que mantuviera bien  barrida y sin telarañas, una finca que llevaba tiempo sin rentar. Nabor aceptó ir a presentarse con aquel personaje para que le diera el puesto. Don Tadeo le vio a Orihuela cara de hombre muy de bien y sacó de un cajón de su bufete una gran llave de hierro, y le dijo el número de la casa, el precio del arrendamiento, y le recomendó mucho el cuidadoso aseo de la finca para  que tuviera mejor ver a los ojos del interesado alquilador. Loa casa era muy vieja y maciza, del siglo XVI, con bastos balcones de hierro vizcaíno, dos enormes patios de elevados muros; el aspecto de la casona deshabitada era por demás asombroso.
Nabor Orihuela recorría aquellas vastas habitaciones vacías. ¿Quiénes habrían vivido en aquellos cuartos de elevada techumbre? ¿Cuál era la ocupación de esas gentes? ¿Alegre o plácida fue su vida, o acaso, se metió en ella como en la suya, la malaventura? ¿Cuántos habrían muerto en esas estancias? Pensando en esto le saltó inquieta en su cerebro esa idea peregrina: ¡”Ay, qué bueno sería si alguno de los que vivieron aquí hubiese enterrado dinero, se me apareciera y me dijese dónde está;  yo en recompensa, para el bien de su alma le mandaría decir dos misas!”
Desde aquel día Orihuela traía ese pensamiento metido en la cabeza, con  él se dormía y levantaba; a diario acudía a misa a las iglesias cercanas: Santo Domingo, la capilla del señor de la Expiación, San Lorenzo, la Enseñanza, y no hacía otra cosa más que pedir a Dios que le concediera aquel milagro que tanto anhelaba su corazón, repitiendo a su vez el ofrecimiento de las misas. No solo se le imploraba al creador, sino que también a toda la corte celestial; dicha petición la hacía a todas horas del día. Gastaba la noche en la oración y durante el día replicaba sus ruegos con más llanto y sollozos.
Una noche después de su miserable cena, Orihuela se hallaba sentado en el tranco de la puerta de la estancia anchurosa que tenía por morada en aquel caserón; mientras pensaba como escapar de su pobreza vio un bulto alto y blanco que salía de atrás del brocal del pozo, que caminó con pasos tácitos y lentos y al fin se paró inmóvil bajo el arco que unía a los dos patios. Tremendo susto se pegó Orihuela, estaba totalmente fuera de sus sentidos, y con el corazón a mil por hora. Aquella figura espectral sacó un brazo de entre la vaporosidad de la túnica que la envolvía y varias veces, con enérgico ademán, señaló un punto entre los cipreses; después desapareció de la misma manera en que había venido.
A Orihuela se le metió un frío muy sutil hasta el tuétano de los huesos y los seguían bañando copiosísimos trasudores. Por fin le entró el sosiego y con él una leve y graciosa alegría que le recorría el cuerpo. Apenas hubo amanecido salió en busca de las herramientas necesarias para sacar el tan anhelado tesoro de sus sueños. Poco después volvió a la vetusta casona, trayendo pala y zapapico y con diligencia se puso a abrir un ancho hoyo en el lugar indicado por el aparecido. Pronto quedó abierta una zanja, en donde aparecieron los amarillos huesos de un esqueleto humano, entre las costillas estaba un orinecido puñal. De pronto apareció un panzudo cantarillo; de puro gusto se frotaba las manos Orihuela.  “Allí están los dineros que voy a recibir como justa  recompensa de tantas y tantas desdichas y trabajos que me ha dado la vida. Ese oro es el que merezco, pues que oro ha de ser por lo pequeñín de la vasija”, se dijo a sí mismo seguro convencimiento y rebosante regocijo.  Y añadió: “Tu querido difunto, cuenta con un triduo de misas de sufragio con ornamentos negros, con  tus responsos, además de los rosarios y de los quince sudarios ya ofrecidos”.
Con un contundente golpe rompió el cantarillo, y en vez de encontrar un fabuloso tesoro, lo único que obtuvo fue veinticuatro centavos de cobre, negros y orinecidos. Orihuela estaba pasmado, no podía creer que el espectro se burlara así de su esperanza. Otra vez quedó ajeno a sus sentidos. Cuando le volvió el alma al cuerpo dio un gran puñetazo en el aire y comenzó a echar chispas por los ojos y hasta humadas por la narices, ¡y ni se diga lo que salió de su boca!, ¡puras maldiciones y más pestes!
Pronto se le bajó aquella terrible llama de furor al infeliz Orihuela, pues era de natural manso y pacífico, y con pasos arrastrados se vino caminando, lente y trabajosamente, con el cuerpo inclinado con agobio hacia delante. Se sentó en el quicio de la puerta y se puso a llorar.

domingo, 14 de agosto de 2016

La paz colonial

La llamada paz colonial, es cierto que en un periodo de tres siglos sólo se alteró contadas veces por movimientos de carácter político, pues el único que se puede citar de esta clase, por su trascendencia fue el promovido por los hijos de Cortés y los hermanos Ávilas, que intentaron separar formalmente en el siglo XVI la Colonia de la Metrópoli. Algunos otros intentos semejantes se registraron en el curso de los siglos XVII y XVIII, pero las ambiciones, más o menos notables, no vinieron a ser de importancia, sino a fines de la última de aquellas centurias y a principios de la siguiente, en que se crearon cuerpos de ejército permanente o se acantonaron tropas, cuando asomaba el peligro de ataque de enemigos extranjeros.
Las conspiraciones y sublevaciones que fueron más frecuentes obedecían a insurrecciones de indios que pretendían restablecer sus antiguos cultos idolátricos, o que eran víctimas de vejaciones en los minerales, maltratados por los corregidores y alcaldes de los pueblos, o que se levantaban en armas cuando el hambre los acosaba por la carestía de los víveres, que alzaban altos precios durante las pérdidas de las cosechas, por las heladas, escasez de lluvias y punibles monopolios.
En la llamada paz colonial, estuvo siempre en constante tensión la tranquilidad de los habitantes de rancherías, haciendas, pueblos y ciudades, por otro orden de acontecimientos, a saber: los asaltos, rapiñas y robos, de que eran víctimas los citados habitantes de estos lugares, que muchas veces fueron teatro de escenas en las cuales imperó la violación, el incendio y el asesinato.
Es interesante llamar la atención sobre algunas cosas y hechos, que demuestran el estado continuo de alarma en que vivían los vecinos y las mismas autoridades en aquellos tiempos, que por no ser bien conocidos se han juzgado de paz envidiable. Las casas, los templos, los monasterios y los edificios públicos, eran verdaderas fortalezas por su aspecto exterior. Gruesos los muros, coronadas las azoteas de torreones y almenas; con fuertes rejas las claraboyas, las ventanas y los garitones. Las puertas de sólidas maderas forradas de láminas sostenidas con grandes clavos, y aseguradas en el interior por sendas chapas, pasadores y cerrojos de hierro, como si no fuera bastante todo esto, atrancadas con vigas que se introducían por sus extremos en agujeros hechos al efecto en los alféizares de las puertas y ventanas. Todavía más. Pesadas cadenas cruzaban por el interior de las puertas, con objeto de que, al entreabrirlas, se pudiese observar sin peligro quien era el que llamaba por fuera al sonar los aldabones. Otras tenían pequeñas ventanillas, bien enrejadas para ver también a los que las tocaban.
En el interior de las habitaciones, las puertas estaban provistas a su vez de trancas, picaportes, cerrojos y aldabones; y aún las ventanas que caían a los patios, estaban aseguradas con fuertes rejas; y los cubos de los zaguanes y en la parte superior de las escaleras, a la entrada de los corredores, había casi siempre portones de hierro o de madera.
No satisfecho los vecinos de la Nueva España con tal lujo de seguridades, despiertos o dormidos, estaban siempre armados y sus joyas y dinero, los encerraban en herrados arcones, en muebles llenos de secretos, en alacenas cubiertas con tapices, y muchos los enterraban para tenerlos más seguros. Vivían en continua alarma, temiendo los de las poblaciones lejanas de la capital del virreinato los asaltos de los indios bárbaros, que no respetaban sexo ni edad en sus rapiñas y homicidios. En las ciudades se repetían, noche a noche, en las calles, los robos a mano armada, y los escalamientos de las casas, a pesar de las rondas de corchetes y alguaciles, que con sus varas y farolillos por más prisas que se daban, al oír los gritos de auxilio socorro, casi siempre llegaban tarde.
Los caminos eran un doble problema para los viajeros y las autoridades. El que viajaba, previa confesión general y otorgamiento de disposiciones testamentarias, encomendaba su ánima a Dios y a todos los santos de que era devoto. Buscaba la compañía de los arrieros que conducían sus recuas sobre los convoyes de carros. Si era rico capitalista o hacendado, aparte de ir en cómoda litera o en coche monumental, tirado por dos o más troncos de mulas, se hacía seguir y rodear de números escolta de criados, que cabalgaban en buenos caballos con buenas monturas, vestido de cuero, y armados hasta los dientes, con espadas, machetes, puñales, pistolas, mosquetes y al arcabuces, llevando, además, recias reatas que también le servían como un arma de defensa.
No obstante tamañas precauciones, en las goteras de la ciudad, en medio del camino, al pie de una loma o cerro, junto a un río, a la entrada, en el centro a la salida de un bosque, al pasar un puente o al llegar un pueblo, los viajeros eran detenidos, vejados, despojados de sus vestidos, robados de todo lo que llevaban, incluso sus armas, y si ponían mucho poca resistencia, los mataban o cuando menos salían apaleados o aporreados.
Desde el siglo XVI, los caminos estuvieron infestados de ladrones y asesinos, los cuales formaban cuadrillas con sus respectivos capitanes, de a pie o de a caballo, bien armados o provistos sólo de garrotes, y unas veces eran indios que pertenecían a broncas e irreductibles tribus, y otras eran españoles, negros, mulatos o mestizos, desechos repugnantes del vicio o de la vagancia que imperaban en las ciudades coloniales; y no fue raro el caso en que tales cuadrillas estuviesen constituidas al mando de los hijos de nobles corrompidos arruinados.
En tiempos del virrey don Luis de Velasco, así el año de 1554, por el poniente noroeste de la Nueva España los asaltos de indios chichimecas fueron muy frecuentes. Por el año de 1569, los chichimecas estaban muy insolentes, haciendo gran daño a los viajantes que iban a Zacatecas, por lo cual había dado orden el virrey de que de distancia en distancia se erigieran presidios, principalmente en los puestos que llaman Ojuelos y Portezuelos, sitios a propósito para las emboscadas de aquellos bárbaros, y que aunque en el gobierno de don Luis de Velasco se habían mandado fortificar, parece que en aquella obra no se había puesto mano. En esto entendía cuando fue avisado de los indios huachichiles, que eran un ramo de los chichimecas, que hacían excursiones hasta Guanajuato, robando y matando cuanto encontraban.
Los reyes sucesores de Velasco y de Enríquez continuaron estableciendo colonias, que a medida que se poblaban se erigían sucesivamente en villas, pueblos y ciudades. En la parte más septentrional de la Nueva España, los asaltos de indios bárbaros llegaron a ser un permanente azote no sólo para los viajeros, sino también para los pacíficos vecinos de las pequeñas poblaciones, y aun para las ciudades de alguna importancia. Los asaltos eran seguidos de robos, violaciones, martirios de misioneros abnegados.
El pánico que sembraron los salvajes, obligó a los virreyes a no dejar de seguir estableciendo nuevas colonias militares, llamadas “Presidios”, que además del cuartel, tenían una iglesia, donde reside a los misioneros, pero cuartel e Iglesia presentaban en su construcción toda la solidez de una fortaleza.
En el interior del país, los bandoleros de otras razas y castas se multiplicaron durante los siglos XVII y XVIII. No hubo camino ni poblado que no asaltaran y robaran. Viajeros y habitantes vivían en perpetuo alarma. El gobierno español, reflexionando que no eran suficientes los cuadrilleros de la Santa Hermandad que infatigables recorrían los caminos, persiguiendo sin tregua colgando de los árboles a los bandidos, resolvió instituir el célebre Tribunal de la Acordada, privativa para perseguir, aprisionar y juzgar a los ladrones. Los jueces de este Tribunal, ejecutaron centenas de bandoleros, que como el famoso “Pillo Madera”, llegaron ser legendarios por sus crímenes.
En la misma ciudad de México, los asaltos y robos a mano armada tenían aterrorizados a los vecinos, por lo frecuentes que eran y por las circunstancias trágicas que algunos revistieron. Los azotes que se daban a los ladrones por las calles, montados en sendas cabalgaduras, eran espectáculos repugnantes, casi diarios, pero necesarios. La horca y el garrote funcionaban de continuo en la Plaza Mayor, frente a frente del Real Palacio.
Se necesitó, para atenuar tanta plaga de bandidos, que el talento y la mano férrea de un Revillagigedo, organizara un verdadero servicio de policía, y que con ejemplar actividad y severidad procediera a formar causas tan ejecutivas como la celebérrima de los asesinos de Dongo.
Resumiendo: la llamada paz colonial, relativamente a las conjuras políticas y a los intentos de emancipación, se mantuvo con más o menos dificultades y con sólo una guardia de alabarderos y las milicias que se organizaban al asomar una guerra, al estallar un motín, en los corregimientos y alcaldías; pero aquella paz colonial fue casi un mito en tratándose de la seguridad pública.