domingo, 20 de julio de 2014

El fantasma del preso (Antigua Penitenciaría de Lecumberri)

Era una noche común, como cualquier otra. Yo estaba terminando de limpiar las oficinas de recepción, que era la parte que dejaba al final de la jornada, porque era donde el personal pasaba los últimos momentos antes de salir. Recogí la basurilla que quedaba en el piso y pasé el trapeado húmedo por el mismo lugar, para después llevar todos los utensilios de limpieza a la pequeña bodega donde guardo mis cosas.
La bodeguita está al final de un pasillo largo, lleno de eco, donde algunas veces había ya sentido sutil escalofrío, que con el paso de los 10 hacía más y más intenso. Aquella noche había terminado aún más tarde que de costumbre. Cuando comencé a caminar por el corredor, escuché un suspiro prolongado, que me hizo saltar del susto, pero no encontré  a nadie. Me quedé algo sugestionado y ya no pude estar en paz, hasta que salí y me fui a mi casa a descansar. Nunca, en los dos años que apenas llevaba de trabajar ahí, había escuchado algo así, a pesar de los comentarios de muchos compañeros de que ahí “espantaban”.
Los siguientes días escuchaba lo mismo, pero nunca encontré a nadie ni me sentí con la confianza de contárselo a algún compañero de trabajo, por temor a las burlas, o a qué pensarán que estaba volviéndome loco y correr el riesgo de perder mi trabajo. Una semana después del primer incidente, me lleve el peor susto de mi vida.
Al caminar por el oscuro corredor escuché de nuevo el suspiro, y al volver la vista vi un hombre de aspecto demacrado sentado en una silla de la recepción. Sentí que el corazón me daba un vuelco y que perdía el conocimiento, pero sería tal vez mayor mi curiosidad que, en vez de desvanecerme, me acerqué con un intenso temblor en todo el cuerpo, a pasos muy lentos hacia dónde se hallaba ese misterioso personaje.
-¿Quién es usted…? ¿Cómo entró aquí?-Pregunté con una voz que casi causaba risa, del temor que me embargaba.
El hombre suspiró de nuevo con una profunda melancolía. Me miró con absoluta indiferencia y después agachó la mirada. Volvió a suspirar.
-Otra vez no vino, ¿verdad?
-¿No vino, quien?-Pregunté yo.
-Amalia… No vino. ¿No la vio usted?
Ahora caigo en la cuenta de que me interese más en seguir el hilo de la conversación, en vez de averiguar quién era ese personaje y que hacía ahí. Pregunté de nuevo:
-¿Quién es Amalia? ¿Trabaja aquí?
-Amalia es mi esposa.
“Me di cuenta entonces que portaba un uniforme gris, a rayas. Se veía gris por lo desgastado y sucio. Era el uniforme de un reo de los años cuarenta. No parecía ser un fantasma. Más bien se veía como un hombre enfermo, agotado, abatido y con una profunda tristeza.
-¿Por qué está usted aquí estas horas? Ya se fueron todos.
Volteé un momento para dejar mi cubeta en el piso y el trapeador recargado en la pared, mientras hacía una pregunta más.
-¿Trabaja usted a…?
Al volver la vista, ya no estaba.
Sentí, ahora sí, que perdía el conocimiento. Tuve que poner mi mano en la pared para no perder el equilibrio, mientras revisaba con la mirada cada rincón de la habitación. El hombre había desaparecido así como así, sin hacer ruido alguno, sin una sola puerta que estuviera cerca, para atravesarla velozmente. Sólo aquel lúgubre pasillo, tan largo que era imposible que un hombre lo recorriera en un parpadeo para desaparecer al final de él.
Corrí por todas partes buscándolo. Aumentaba mi sorpresa y mi temor al ver que todas las puertas de acceso estaban cerradas con llave y gruesos candados. Aunque tuviese llaves, aquel misterioso sujeto no tendría tiempo de abrir las chapas y salir. Simplemente se esfumó en el aire.
Después de esa noche ya no fue fácil quedarme a trabajar por las noches. La sugestión y mis temores me jugaban bromas muy a menudo y comencé enfermarme de los nervios. Las sombras parecían cobrar vida y acercarse a mí amenazadoramente. No obstante, pasaron varios días sin que algún incidente me sorprendiera.
Yo sé que usted no me lo va a creer, pero fíjese que este hombre volvió a aparecer ante mí, y así lo hizo durante un tiempo.
Todos los viernes terceros de cada mes aparecía, siempre preguntándome por su esposa Amalia, aquella que según me contó, nunca fue visitarlo. Pero, ¿quién era este hombre? En efecto, en un fantasma.
Su nombre era Jacinto. Le apodaban el “Venado”, en son de burla, pues su esposa le había jugado chueco con su compadre, y le habían “puesto el cuerno”. Además, para colmo, lo “venadearon”. El compadre y la esposa infiel planearon un robo y un asesinato. Los adúlteros mataron a una señora muy rica, que había contratado a Jacinto para que trabajara en su casa, haciendo algunas reparaciones. Al darse cuenta de que la señora tenía mucho dinero, la mataron y robaron las cosas de valor, usando el juego de llaves de la casa que Jacinto tenía su poder. En un largo juicio, la esposa testificó en contra de Jacinto, alegando que éste había planeado todo. El “Venado” no quiso que su esposa se fuera a la cárcel, así que aceptó los cargos que le imputaron, con la falsa promesa de eterno amor por parte de Amelia.
Jacinto esperó y esperó en cada viernes de visita, a que su amada esposa lo visitara, pero ella nunca vino. Desapareció con el compadre del “Venado”, llevándose todo el dinero que habían robado. Jacinto nunca más supo de ella, así que se hundió en una profunda depresión. Estuvo sólo dos meses y medio en prisión, pues el último viernes que no tuvo la visita de Amelia, se quitó la vida, colgándose del barandal del segundo piso del pabellón cuatro, el que ahora es la enorme oficina que colinda con el pasillo por donde pasa guardar mis cosas.
Todo esto él mismo me lo dijo, aunque nadie me cree que platiqué con un fantasma, por más de dos meses.
En una ocasión le dije a Luis, un compañero de trabajo, lo que pasaba, y él solo me dijo que estaba loco y que me tomaba mis cervezas en horas de trabajo, pero yo le dije que era cierto y lo invité a que se quedara conmigo la noche del viernes, para que lo viera con sus propios ojos.
Así lo hicimos y el viernes en la noche Luis estaba conmigo, pero Jacinto no se apareció esa noche. Tal vez no quiere ser visto por cualquier persona; sólo por mí. Luis se volvía burlar y me dijo que estaba loco.
Una noche en que Lupita, la chica que tiene las llaves de los cajones donde están los registros, me dejó revisar en las bitácoras, descubrí, para mi asombro, que Jacinto si existió y que todo lo que me contó fue verdad.
La última noche en que vi el fantasma de Jacinto, se veía muy triste y me dijo que no podía vivir así, con esa pena a cuestas. Él cree que está vivo, y actúa como si así fuera. Cada vez que yo le decía que era un fantasma y que ya estaba muerto, me cambiaba la conversación, o simplemente ignoraba mis comentarios. Tal vez sea la verdadera condena que debe pagar, aun después de muerto; vagar eternamente, cada año, reproduciendo los momentos más tristes y motivos que pasó en esa prisión, cuando injustamente fue privado de su libertad, cargando con la intensa pena de sentirse traicionado por la mujer que amaba.
Estoy seguro que mi compañía de algo le debe haber servido.


FUENTE: Leyendas del México sobrenatural. Héctor López.

domingo, 13 de julio de 2014

La monja y el clérigo

Nos encontramos en el siglo XVII en el monasterio de Jesús María, donde una serie de extraños acontecimientos inquietaban de sobremanera a las religiosas. Pero había un lugar en especial donde las manifestaciones sobrenaturales eran más intensas, ahí podían escucharse, ver y sentir cosas que ponen los pelos de punta hasta al más valiente; el aposento en cuestión, era la sala de labores de las monjas, donde pasaban la mayor parte de tiempo dedicándose a los ejercicios que se acostumbraban en la época, como la costura.
El horario no era implicaba un impedimento para las manifestaciones, pues la monjas podían experimentar cualquiera de éstas a plena luz del día. Por la mañana para ir a rezar a la capilla, debían de cruzar el patio central con una hermoso jardín lleno de rosas, pero al pasar por ahí siempre escuchaban unos pasos que se alejaban entre los matorrales. Al caer la medianoche terminaban sus últimas oraciones y se iban las religiosas a recoger a sus aposentos, pero cuando estaban a punto de conciliar el sueño escuchaban que alguien tocaba a su puerta y acto seguido una voz ronca y apagada pronunciaba el nombre de la aterrorizada hermana. Otra cosa que ya se les había vuelto una costumbre era cuando encendían una veladora, se apagaba de la nada, sin ninguna corriente de aire que lo pudiera provocar; y se decía también que al momento que se apagaba el fuego de la veladora se podía ver una sombra, que con su sola presencia extinguía las luces. Otro fenómeno que llenaba a las religiosas de pavor, era  cuando se encontraban rezando, detectaban un aroma inconfundible de una fragancia que poco a poco se apoderaba del lugar; se trataba de un olor agrio y penetrante, el cuál era tremendamente parecido al de un cementerio.
Algunas monjas aseguraban haber visto durante dos Jueves Santos seguidos la figura de un monje que subía de las escaleras principales lentamente, con un aire cansado y silencioso; y a juzgar por la apariencia que tenía, aseveraban que estaba muerto, es decir, se trataba nada menos que de un alma en pena; pero debido al terror que tenían las hermanas a aquel espectro, siempre trataban de evitar que este tema saliera en alguna conversación.
Los meses y años pasaron sin pena ni gloria en aquel monasterio, con todo y su fantasma incluido que seguía haciendo de las suyas; pero todo cambiaría un día en que llegara al convento una viuda llamada Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza, que su esposo había fallecido hacía apenas dos días, quien llevase el nombre de don Francisco Pimentel. Y grande era la pena de Tomasina ante aquella pérdida pues al morir le dejó una raquítica cantidad de dinero como herencia; pues en el testamento de este hombre decía claramente lo siguiente: “La única condición a la que tiene que responder doña Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza para acceder a esta suma de dinero, es que entre de monja al convento de Jesús María”.
La pobre de Tomasina no había tenido una vida feliz, pues desde su infancia había sufrido terriblemente al lado de su madre, quien era una mujer muy mala que no tenía el menor reparo en golpearla o encerrarla; trataba también a su desdichada hija con excesivo rigor, siempre la tenía entre tablas hilando oro, la reprendía por cualquier cosa y la golpeaba con el huso hasta que  la descalabraba. No satisfecha la progenitora con los malos tratos que le daba a Tomasina, decidió recluirla en el convento de Jesús María apenas cumplió los quince años de vida; sin embargo a la señora poco le duraría el gusto, pues no la muchacha se las ingenió para escaparse a las pocas semanas de estar ahí, pues sentía que la vida religiosa no era para ella, así que en cuanto puso un pie en el exterior, se dedicó a explorar y conocer el mundo que se la había negado a su corta edad.
En aquella época las calles eran sucias y muy insalubres, así que Tomasina no tardó en contraer varias enfermedades, y una de ellas la puso al borde de la muerte. Sin saber qué hacer, agonizante y desesperada por no tener nada que comer, decidió regresar al lado de su madre para pedirle ayuda; debido a la situación en que se encontraba, la muchacha le prometió a Dios y a su progenitora que si lograba recuperar la salud, se iría de motu proprio a recluir al convento, dedicándose en cuerpo y alma a llevar una vida religiosa hasta su muerte.
Pero como toda jovencita, Tomasina tenía ganas de vivir y no cumplió su promesa, pues apenas se recuperó volvió a llevar la vida de libertades que tanto le gustaba; pero su madre no toleró esta situación y movió cielo, mar y tierra para encerrarla en el convento de Santa Isabel, donde las monjas eran educadas bajo reglas muy estrictas; y como en el caso anterior, poco le duró el gusto a la señora, pues su destrampada hija logró darse a la fuga. Ya fuera del santo lugar, encontró a un hombre del cual cayó perdidamente enamorada y con quien se casara a los pocos meses de conocer, y se trataba de nada menos que de don Francisco Pimentel.
¡Pobre de Tomasina! La mala suerte parecía perseguirla a donde quiera que fuera, pues la vida de sufrimiento que llevó con su madre no tuvo comparación con la que llevaría con su esposo, pues al segundo de día de contraer  nupcias don Francisco cubrió todas las ventanas de la casa para impedir que su mujer se asomara o alguien la viera desde el exterior; cuando el caballero salía a la calle se aseguraba de encerrar a su esposa en el más apartado y frío de los cuartos, colocando decenas de candados y cadenas.; pero otra cosa que tenía el señor Pimentel es que era muy celoso, razón por la cual siempre peleaba con su mujer.  
Para buena suerte de Tomasina, su “adorado” marido murió a los dos meses y dos semanas de haberse desposado; y cuando llegó la hora de leer el testamento, se dio cuenta de que tendría que entrar de novicia al convento de Jesús María para poder disponer de la herencia. Y como dice el dicho, no hay día que no llegue  ni plazo que no se cumpla, pues finalmente Tomasina tuvo que cumplir aquella promesa que había hecho años atrás, que era dedicarse a la vida religiosa hasta el día de su muerte.
Una vez que ingresó al convento, la igual que las demás monjas, comenzó a escuchar aquellos extraños ruidos. Al principio creyó era producto de su imaginación y de su mente tan confundida; pero conforme pasaba el tiempo, aquellas manifestaciones se hicieron más frecuentes y ocurrían en cada vez más lugares; para lo que ella, al igual que otras religiosas, decidió callar, pues el solo hecho de pronunciar lo que todas sabían la hacía estremecerse y paralizarse de miedo.
Las cosas comenzaron a empeorar cuando Tomasina comenzó a tener extraños sueños, en donde se le aparecía el clérigo que todas las monjas aseguraban haberlo visto por una de las escaleras del monasterio. En ese sueño, el religioso le pedía a Tomasina que ella y sus hermanas, le elevaran oraciones para ayudar a la salvación de su alma, con el fin de que pudiera salir de los tormentos y castigos del Purgatorio, lugar donde se encontraba desde hace mucho tiempo, pues no había logrado que alguna monja lo escuchase.
Tomasina le relató aquellos sueños a su confesor, pero este le dijo que todo era pura fantasía, pero ella estaba totalmente convencida de que todo era real. Por varias noches la pobre monja tuvo ese mismo sueño, pero en una de esas ocasiones fue diferente, pues aquella alma le pidió de una manera tan desgarradora le ayudara a que su pena terminara, que sus hermanas le elevaran oraciones y un ayuno a pan y agua, que solo ella debía hacer. En cuanto Tomasina aceptó ayudar a aquella alma terminar con su pena, el difunto tomó su brazo y  al instante la monja sintió un terrible dolor que la hizo gritar y acto seguido todas las religiosas se hallaban despiertas.
Tomasina les relató todo lo ocurrido a sus hermanas y les enseñó la marca de la mano que tenía impresa en su brazo, quien no paró de llorar  y gritar por el terrible dolor que le causaba.
Se cuenta también que los medicamentos de la época no ayudaron a sanar aquella herida, que las quemaduras no eran de este mundo, pues dicen que se podían observar las marcas de las yemas de los dedos y poros del difunto. Este acontecimiento hizo que se mandaran decir misas y se rezaran rosarios; a pesar de que Tomasina no pudo hacer su ayuno debido a su estado delicado de salud, muchas monjas se ofrecieron a suplantarla, y así finalmente los ruegos desesperados de la pobre ánima fueron escuchados.
Pocos días después el clérigo se le volvió a aparecer a Tomasina, pero no en sueños, para manifestarle su agradecimiento por lo que ella y sus hermanas estaban haciendo por él, que su sufrimiento en el Purgatorio ya no era tan grande, que por las quemaduras no se preocupara, pues tan pronto subiera al Cielo aquellas marcas y dolores desaparecerían por completo, y que le sabría recompensar todas las bondades que había tenido con él, pues solo ella lo había escuchado y ayudado.  
Al fin, después de que el pobre clérigo anduvo penando en el convento por cuarenta años, finalmente logró que su atormentada alma lograse descansar; y cuando por fin consiguió subir al cielo, los malestares de Tomasina desaparecieron. Después de estos acontecimientos la vida que llevó aquella monja fue ejemplar hasta el día de su muerte. Cambió sus atuendos hechos de delicadas telas por unas túnicas que la cubrían incluso en los días en que el calor era fuerte; en vez de usar finos colchones y sábanas, durmió en dos toscas tablas de madera tapándose solo con una delgada colcha; incluso llegó a colocar en sus zapatos algunas piedritas y algunos clavos. Tomasina casi no hablaba, pues guardaba su dulce voz para las oraciones y los cantos de medianoche, aunque algunas de sus hermanas decían que la oían platicar con alguien ya muy avanzada la noche, y cuando esto ocurría se podía percibir en el ambiente un olor a carne quemada, que después se convertía en un intenso aroma a flores marchitas. Se decía que cuando esto ocurría, el clérigo visitaba a Tomasina en medio de la oscuridad y silencio de la noche.       
Así que ya sabes: si transitas por la calle de Jesús María y observas a una monja y un clérigo, ya sabrás quienes son… dulces sueños.

domingo, 6 de julio de 2014

La hija del encomendero (Sucedió en la Piedad San Miguel Amantla)

Sabido es que entre los aventureros venidos con Hernán Cortés fue que se hizo el primer reparto de tierras en lo que había sido la gran Tenochtitlán. La razón, fue que decepcionados los conquistadores cuando entraron en una ciudad en ruinas, donde no había las riquezas que esperaban, exigieron tierras en compensación y fue así como nacieron las encomiendas.
Mucho se ha hablado de las crueldades y abusos de esa soldadesca enriquecida y vencedora, ebria de sangre y poder,  hasta que el 20 de noviembre  de 1542 el emperador Carlos V expidió las leyes de indias, tendientes a evitar los desmanes del sistema de encomiendas; no obstante, los viejos conquistadores continuaron cometiendo aquellos abusos, sin obedecer el real mandato.
Tal fue el caso de don Eloy de Chavarría y Sánchez, mayorazgo de uno de los soldados de Cortés que había heredado en encomienda las tierras de San Miguel Amantla, en el rumbo de Tacuba. Hombre déspota y cruel, no solo heredó las tierras, sino también los gustos sanguinarios de su padre y su afición a abusar de las jóvenes indias, de quienes siempre se escuchaban sus gemidos y alaridos de auxilio. Los infelices encomendados oían y callaban, aunque no siempre podían disimular el gesto de rabia y amargura que se pintaba en sus rostros por aquello.
En esta ocasión le tocó ser víctima a una hermosa joven india descendiente de los nobles tecpanecas. Los alaridos de la infeliz muchacha cesaron al anochecer, y más tarde, amparada por las sombras de la noche, una silueta femenina se deslizó hasta las chozas de los encomendados, hasta que llegó a la de su padre, en donde le platicó todas las atrocidades que le había  hecho don Eloy, diciéndole que ya no era digna de ser su hija. En un arranque desesperado la muchacha quiso abrirse el pecho con un cuchillo de pedernal que su padre tenía oculto, entonces el cacique comenzó a gritarle a su hija desesperadamente; al escuchar  el escándalo Alfonso acudió rápidamente a auxiliarlo. La vida de los naturales se había convertido en un verdadero infierno desde que la llegada de los españoles, pasando de ser los dueños de estas tierras, a ser sus esclavos. Para poder escapar de aquella terrible pesadilla, con el permiso del padre de la muchacha; sin más tiempo que perder, esa misma noche burlando la estrecha vigilancia de los guardianes de don Eloy, la juvenil pareja se alejó de los campo de encomienda, perdiéndose al poco tiempo en la lejanía para no verse nunca más.
Si se advirtió la fuga de los dominios de don Eloy, no le dieron importancia, por lo que el incidente de la india Catalina pareció olvidarse para siempre. Melchor, el cacique tecpaneca murió meses después sin haber vuelto a saber de su hija, y todo habría quedado sumido por siempre en el olvido, de no ocurrir que años después un caballero que iban cabalgando por tierras bastante lejanas se encontró con una grotesca figura, que la verla el caballo salió huyendo como alma que lleva el diablo;  aquel ser hacía varias muecas extrañas, y sin  dejar de sonreír extrañamente hizo al español la seña de que la siguiera para perderse en la espesura, mientras caminaba se escuchó en la lejanía el aullido de un coyote, seguido de un soplo de viento helado que calaba hasta los huesos. Nuevamente se movió algo entre los matorrales y alcanzó a ver la grotesca figura femenina haciéndole figuras y muecas, brillando atrás de ella el resplandor de una hoguera y eso acabó haciendo que el español se decidera en seguir a la criatura para pasar una caliente y confortable noche. La enana hizo una nueva cabriola y se alejó hacia el monte, seguida esta vez del jinete derribado.
Días después en la casa de don Eloy el anciano padre del  español extraviado el bosque, don Urbano, acudió a hablar con este para que investigara la muerte de su hijo, ya que el cuerpo semidevorado por las fieras había sido encontrado en los terrenos del encomendero. Después de una fuerte discusión en la que don Eloy se negaba a hacer investigaciones y dándole a entender que no le importaba, el padre del muchacho se marchó indignado mientras el otro dejaba escapar una estrepitosa carcajada.
El anciano había abordado su carruaje y se alejaba hacia la ciudad, pero al doblar en un recodo los animales se detuvieron, el cochero los fustigó con furia, pero los caballos se negaron a seguir, antes bien cayeron al suelo dolidos por los golpes. Don Urbano se apeó del vehículo para ver si podía auxiliar, pero en ese momento la grotesca figura de la enana había surgido de pronto y obstruía el paso al coche. L a pequeña monstruosidad empezó a hacer muecas y a sonreír de modo espantoso, cosa que hizo que se erizaran los cabellos de don Urbano; entonces el caballero tuvo el acierto de santiguarse al tiempo que murmuraba una nueva jaculatoria, aquello operó el prodigio de que la extraña criatura diera un salto descomunal y se perdiera corriendo en la espesura, el cochero había enmudecido de asombro, entonces reaccionó cuando las bestias se pusieron nuevamente en pie, y acto seguido reanudaron la marcha lo más pronto que pudieron para salir de ese endemoniado lugar.
Don Urbano contó a su confesor lo ocurrido y le pidió que hiciera llegar bajo secreto de confesión, aquel relato macabro a los tribunales, solo que el santo tribunal actuaba con rapidez en contadas ocasiones cuando de personas influyentes se trataba, y él no lo era. El anciano se encontraba en su estudio meditando sobre aquella situación, cuando su hija ingresó a la habitación para informarle que don Eloy le había mandado en muchas ocasiones cartas de amor, pidiéndole también una entrevista. Don Urbano quiso entonces arreglar el ingreso provisional de su hija en un convento, pero tropezó con serias dificultades, pues en todas partes le pedían el pago de la dote, dinero con el que no contaba.
Mientras tanto, en casa del anciano uno de los criados le dice a la joven que su padre fue arrollado y que debe acudir inmediatamente a auxiliarlo, y sin sospechar que todo era un engaño, acudió a salir en seguimiento de aquellos indígenas; caía la tarde ya, y al doblar en una esquina, un grupo de hombre embozados le taparon fuertemente la boca y en vilo la subieron a un carruaje, que partió velozmente en el acto. El vehículo tomaba camino a San Miguel Amantla poco después, los enloquecidos caballos habían emprendido una veloz carrera que hicieron volcar el carruaje metros adelante. Por algunos minutos todo quedó en silencio, tal parecía que nadie había salido con vida; el primero en levantarse fue uno de los indígenas, que había dado con su humanidad a varios metros de distancia, pero al despertar se encontró con aquella grotesca criatura y lo único que el pobre infeliz hizo fue pedir perdón a la que creía era la madre de todos los indios (Cihuacóatl), antes de dejar de existir. Su compañero en el pescante había muerto al golpearse la cabeza contra una roca; en tanto que, en el interior del carruaje, alguien empezaba a salir: la portezuela se abrió trabajosamente y la joven salió del vehículo, tras ella aparecía una de sus secuestradores en ese momento. En ese instante, los cabellos de aquel hombre se erizaron de pavor ante la aparición de aquella deforme indígena, enloquecido de terror se echó a correr perdiéndose en la oscuridad, escuchándose la poco tiempo un desgarrador alarido. Doña Clara Inés quedó paralizada de sorpresa, miraba a la grotesca figura que ante ella hacía infinidad de muecas y cabriolas;  entonces el aspecto de la pequeña mujercita se hizo horrible, más aún de lo que era naturalmente, y sin poder resistir tan espantosa impresión, doña Clara se desplomó sin sentido.
Don Eloy entre tanto, se impacientaba por la tardanza de los lacayos que había comisionado para secuestrar a la joven, el reloj dio las ocho campanadas y a los lejos aullaban los coyotes, los perros comenzaron a ladrar con furia en ese instante y se originó un gran alboroto entre los indios encomendados, pues alguien hizo sonar la puerta de manera desesperada: era uno de los sobrevivientes del accidente que venía a contarle a su patrón todo lo que había visto y de cómo la criatura se había llevado a su amada. Lleno de ira, don Eloy esa misma noche organizó una expedición a los montes cercanos, hasta que llegaron al lugar de los hechos, pero los hombre que hasta entonces lo había seguido valerosamente, se detuvieron en seco: los caballo se negaban a caminar. El encomendero siguió solo el camino, mientras su comitiva se miraba sobrecogida de temor, santiguándose y elevando plegarias al cielo.
Don Eloy cabalgó y cabalgó por el bosque, que cada vez adoptaba un aspecto más extraño, y de pronto se encontraba al borde de un abismo, que era de donde salía un resplandor rojizo. La pequeña indígena volteó a ver al caballero en ese momento, gritándole que por fin su padre había venido para estar con ella por siempre. El hombre miró a su alrededor, y cuando menos se dio cuenta, estaba rodeado de indígenas que presentaban un aspecto aterrador, entonces la mujercita le dijo que eran todas sus víctimas ya muertas; don Eloy creyó reconocer de pronto a uno de aquellos personajes: la hermosa india Catalina. El encomendero creyó que era víctima de una horrenda pesadilla, echó a correr despavorido sin saber a dónde, pero en ese momento la enana dio nuevos saltos y gesticuló de modo horripilante ante él, que se daba cuenta de que no había escapatoria. La criatura tomó a su padre de la mano, este quiso librarse de la prisión de aquella viscosa y gordezuela manita, pero era como si una extraña fuerza se hubiera apoderado de su cuerpo y su voluntad…
Al amanecer, dos caminantes que pasaban por el camino hacia San Miguel, vieron surgir de la espesura a una hermosa joven. Doña Clara les contó entonces su terrible experiencia, y en compañía de los dos hombres regresó al fin a su casa. Lo dicho por ella hizo que se organizara una expedición para buscar a don Eloy, que fue encontrado en el monte, al parecer devorado por los coyotes.
Pero doña Inés siempre supo cuál había sido el fin del cruel encomendero, cuya historia se pudo reconstruir con datos aportados por otras personas. Lo que no se explicaron jamás fue la razón de que virtuosa joven se hubiera salvado. Muchos piensan que solo fue el anzuelo para atraer a don Eloy. Aunque por el populoso barrio que hoy es San Miguel Amantla, se afirma que aún vaga por las calles el espectro de la monstruosa hija del señor de Chavarría y Sánchez.    

domingo, 29 de junio de 2014

Las esmeraldas malditas de Hernán Cortés

Dios bendice a los hombres buenos, el diablo maldice a los hombres malos. La maldición es un fluido satánico que persigue a todas las gentes por igual: les causa apenas e incluso la muerte.
Esta leyenda nos habla de una terrible maldición que los siglos no pudieron borrar, ¿quién de nosotros ha sido maldito? Esta insólita y tremenda leyenda, tuvo su origen precisamente un día 13, día de San Hipólito, del mes de agosto de 1521 cuando cayó Tenochtitlán. Los soldados del vencedor Hernán Cortés corrían entre los muertos y la sangre que empapaba las calles, llevando en sus brazos todo el oro que podían; no fueron pocas las escenas bochornosas de soldados españoles peleando entre sí, por la posesión del oro azteca, en las cuales intervenía el capitán, y los soldados echando maldiciones, tienen que obedecer y llevar el oro hasta el sitio en donde lo concentra Hernán Cortés. Con él se encuentra la Malinche, y le pide que lo acompañe al templo; ambos ascendían las escalinatas sangrientas cuando a la mujer le asalto un presentimiento terrible, su acompañante la ignoró.
Mudos de espanto y sobrecogimiento quedan Hernán Cortés y la Malinche, al hallarse de pronto en el altar de una deidad monstruosa: ¡Coatlicue!, diosa de la fertilidad y de la muerte. La Malinche señala al conquistador un receptáculo al pie de la deidad, en donde destellan cinco maravillosas esmeraldas, los ojos del conquistador sienten una extraña atracción hacia las piedras y de sus garganta sale una sola exclamación: ¡qué belleza!, sus codiciosas manos se extendieron hacia las gemas; la Malinche le advirtió que las joyas estaban malditas y su simple contacto era peligroso, pero Cortés ignoró sus palabras.
Desde que tuvo en sus manos aquellas esmeraldas, el español sintió que un influjo misterioso, poderoso, corría por todo su cuerpo, se regocijaba al contacto de las piedras; cuando sintió la presencia de un extraño y al volver el rostro, descubrió una figura imponente, era un sacerdote que al ver que tenía las joyas, le advirtió que mientras las tuviera en su poder la buena suerte le acompañaría, pero si las perdía caería sobre él la más grande de las desdichas.
Pasó el tiempo, la colonia española se estableció, levantándose sobre los restos de la ciudad lacustre, todo le sonreía a Hernán Cortés que recibía triunfos y favores; mandó montar en oro la esmeralda. Poco después se vio el conquistador obligado a marchar a España, para poner en claro ciertas cosas.
Cuando llego desembarcó en la Rápida, adonde su llegada congregó a mercaderes y curiosos, entre ellos, los mercaderes genoveses que al ver la joya en la armadura, se le acercaron interesados para saber en dónde la había adquirido, después le hicieron varias ofertas muy tentadoras para que las vendiera, pero por obvias razones no lo hizo. Fue tanta la fama de aquellas esmeraldas, que en toda España no se hablaba de otra cosa, la noticia traspuso los muros palaciegos y llegó a oídos de la emperatriz Isabel, esposa del rey de España Carlos V, quien quería tener en su poder aquellas joyas.
A regañadientes, pues Cortés no tenía carácter de cortesano, accedió a permutar por dinero y concesiones en la Nueva España aquellas esmeraldas; entonces, no supo decir nunca si dormido despierto, vio ante él a la monstruosa Coatlicue y al sacerdote azteca, y sintió que la deidad gigantesca e impresionante se le caía encima. Atraída por los gritos, llega ante él una de las sirvientas para saber qué le ocurría, a quien le dijo que solamente había sido una pesadilla.
Al día siguiente, cuando el conquistador fue a ver al rey, había cambiado de opinión y se negó rotundamente a entregarle las joyas, explicándole que algo invencible lo obligaba a permanecer junto a las piedras. Deseoso de resarcirse de sus pérdidas, Cortés va en busca de su esposa Juana, a quien le exige la entrega de las gemas, después de luchar contra su marido, Juana logra zafarse de sus manos y sale aterrorizadas y el patio, gritando; furioso la alcanza y la toma por el cabello, intercambiando golpes e insultos, ante la mirada de los capitanes que se abstienen de intervenir. Vencida al fin la mujer, le grita mientras le arroja una llave en donde guardaba las esmeraldas, y apenas acabo de hacerlo se hizo presente la maldición, puesto que se estaba separando de ellas por propia voluntad: el conquistador le propina un golpe que la hace caer dentro de un pozo.Y dicen las crónicas orales que recogió la colonia, que Cortés nada hizo por sacar de allí a su esposa, y así ella se convirtió en la primera víctima del maleficio verde que despedían las esmeraldas malditas.
Transcurre el tiempo, y el conquistador es enviado a esa malhadada expedición a Argel, entonces uno de sus soldados repara en la joya, a quien le explicara que son un amuleto. Y Cortés tuvo suerte, mientras llevó las gemas encima, quedó demostrado durante aquella tormenta que sorprendió a la escuadra española; en la vía "Esperanza" en que viajaba, se hizo pedazos contra unos riscos. El conquistador envolvió las esmeraldas en un pañuelo, incluso la de su armadura y se lanzó al agua; de todos cuantos iban a bordo, fue el único en salvarse, pero al llegar a la playa y tocarse el costado en donde llevaba el pañuelo, palideció de angustia al darse cuenta que había perdido las gemas.
Desde entonces, tal y como se lo dijo el sacerdote ante la diosa Coatlicue, la desgracia y el infortunio persiguieron a Cortés ya que fracasó también en su expedición a California, en cuya preparación gastó 300.000 escudos, quedándose sin nada. Destrozados por las largas caminatas, hambrientos y enfermos, los soldados sólo hallaban un poco de reposo durante el sueño, menos el conquistador que noche a noche era perseguido por aquella visión, que nunca supo si era sueño o realidad.
La desgracia seguía cebándose sobre él, ya viejo el pobre. Así como le era imposible rescatar las esmeraldas, también le era trasponer las puertas de palacio, había vuelto a España tratando inútilmente de ser recibido por el rey. Meses y meses pasaron sin que Cortés pudiese entregarle al rey su memorial; en esa espera lo sorprendían las noches y la lluvia.
Al fin un día, la carroza del rey de España sale de palacio y el conquistador decide interceptarla, pero del monarca no recibió más que el desprecio. Y así, enfermo, abandonado y viejo, Hernán Cortés murió el 2 diciembre de 1547, en el pueblo de Castilleja de la Cuesta, en Sevilla, España.
¿Qué había sido pues de las esmeraldas malditas halladas por Cortés a los pies de Coatlicue? Cuenta la leyenda que en el siglo XVII, unos pescadores las hallaron en una playa del mar Mediterráneo. Si eran, las esmeraldas malditas cuya posesión y contacto, traían triunfos y fortuna, así lo había dicho al conquistador el sacerdote azteca, y así se cumplía la profecía. Y al pescador, las joyas le prodigaron ambas cosas poco tiempo más tarde, dándole éxito en el negocio pesquero mientras las tuvo en su poder, pero cuando se le ocurrió darlas en venta a un anticuario, y tres días más tarde encontró la muerte.
Ese mismo anticuario partió a Sevilla con el fin de vender las esmeraldas, sin saber que tras él llevaba la terrible maldición. Al día siguiente de su arribo, celebró un trato con el anticuario francés Pierre Leclerc, y casi al salir del negocio, el vendedor encontró una muerte inexplicable. En cambio Pierre, comenzó a tener una clientela que jamás sueño y al ganar dinero en negocios inmediatos; entre los clientes se encontró al matrimonio García de Gálvez, quienes compraron las joyas por una muy buena suma.
Al día siguiente los esposos nuevos poseedores de las gemas, embarcaron hacia la Nueva España, y al mismo tiempo allá en la tienda, la justicia hallaba muerto al anticuario. Fue así como llegaron de nuevo a su lugar de origen, aquellas cinco esmeraldas que protegían una maldición.
Como todos en este siglo, trataban de ostentar riquezas e influencias ante la corte virreinal de la colonia. Las joyas se mandaron mutilar y montar en un collar, para que doña Juana García de Gálvez lo luciera en uno de los bailes de la corte. La maldición decía que al separarse de las esmeraldas, caería la desdicha y el infortunio, ¿pero qué sucedió al destrozarlas? Una noche doña Juana tuvo un extraño sueño que la despertó, pero sin darle mucha importancia se volvió a dormir.
Al día siguiente, en su recorrido los esposos se detienen ante una excavación, en donde al fondo del agujero se encontraba la colosal imagen de la Coatlicue; la diosa se había padecido la noche anterior en el sueño de Juana, para advertirle que nunca se deshiciera de las joyas, sino ambos morirían. Al no poder mover la deidad, decidieron cubrirla nuevamente con tierra.
Y doña Juana lució durante años, su collar de esmeraldas en fiestas palaciegas, y cuentan las viejas crónicas que es su esposo gustaba ir de noche en noche, a admirar las extrañas gemas restantes.
Han transcurrido los siglos y esas esmeraldas parece que se han perdido definitivamente, y con ellas la maldición; pero ésta sigue persiguiendo a don Hernán Cortés, a pesar del correr de los siglos. Quizás si las gemas volvieran a los restos del conquistador, donde quiera que se encuentren, la paz definitiva, batalla que no ha ganado Cortés aún, sería factible.

domingo, 22 de junio de 2014

Hospital de la Purísima Concepción o de Jesús Nazareno

El sitio que ocupa el hospital, antes de la conquista se llamaba Huitzillan, que fue en donde sucedió el primer encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés. En el libro de cabildo, en el año de 1524 se habla ya de este hospital, el primero establecido en el Continente Americano y cuya labor asistencial se ha mantenido sin interrupción hasta nuestros días.  Al hospital en los primeros años se le llamó Hospital de la Purísima Concepción, en los inicios de la Colonia el pueblo también le llamaba el Hospital del Marqués, después se le cambió a Hospital de la Limpia Concepción de nuestra Señora, más tarde Hospital de la Concepción y Jesús Nazareno, y al final se quedó con el nombre de Hospital de Jesús.
Cortés destinó para su fundación la manzana entera que ocupan la Iglesia, el hospital y otros edificios pertenecientes a este; la disposición de este lugar parece haber sido desde su origen la misma que ahora tiene, pues casi todas sus paredes son antiguas, sin que se advierta alguna alteración notable. Hernán Cortés y sus descendientes directos, estuvieron a cargo del Patronato perpetuo del Hospital de Jesús, por lo que el Segundo Patronato fue de su primogénito Martín Cortés, hijo de su segunda esposa doña Juana de Zúñiga, y después de él, lo fue don Pedro Cortés, tercer Marqués del Valle. Durante 400 años los descendientes del conquistador estuvieron ligados a la administración de esta institución, el último de los cuales fue el Príncipe Pignatelli, muerto en un accidente en Estados Unidos alrededor de 1932.
Es muy probable que los inmuebles fueron trazados por Pedro Vázquez. Las salas de enfermería forman un crucero, reuniéndose como punto central en la capilla, para que los enfermeros puedan escuchar misa; las habitaciones de capellanes facultativos y enfermero, independientes entre sí se comunican con la enfermería, y la iglesia separada de todo, sólo tiene por el hospital las entradas precisas para su servicio. Desde su inicio, contó con prácticamente dos departamentos, uno de 20 camas para hombres y otro de 11 camas para mujeres.
Esta fue probablemente la segunda Iglesia de México, pues antes de que se estableciera la parroquia que se formó en la plaza, dentro del recinto del templo mayor, que sirvió por mucho tiempo para la administración de los sacramentos; ya que Cortés había hecho establecer una capilla para la celebración de los oficios divinos en el templo de Huitzilopochtli, antes de la conquista de la ciudad, dejando esta por varios años sin Iglesia, hasta la venida de los franciscanos.
El hospital estuvo en su principio a cargo del padre fray Bartolomé de Olmedo, quien fue uno de los mejores administradores que haya tenido, ya que su persistencia e interés por esta obra pía, consiguió muchos donativos en aquel entonces a favor de esta institución, más aparte los fijados por don Hernando en su testamento; cuentan las crónicas que con este religioso murió los indios habían estado todo el tiempo, desde su fallecimiento hasta que lo enterraron, sin comer bocado.
Habían pasado ya 130 años sin que el hospital tuviera otra Iglesia, cuando dos circunstancias accidentales proporcionaron lo que hoy existe; vivió en México a mediados del siglo XVII un hombre extraordinario por su actividad, su celo y por el influjo que su virtud y caridad habían hecho adquirir; éste fue el Bachiller Antonio de Calderón Benavides, que nació en esta capital en el mes de junio de 1630. El capitán Pedro Ruiz de Colima, que gobernaba el Estado y Marquesado de Valle durante 1662, nombró Benavides capellán mayor del hospital.
Por aquellos días falleció Petronila Gerónima, india rica, en su oratorio tenía una imagen muy venerada de Jesús Nazareno, la que en su testimonio mandó se sorteará entre cinco iglesias que designó, debiendo ser donada a aquella quien la suerte favoreciera; entre ellas se encontraba la del hospital de la Purísima Concepción, y a ésta le tocó la suerte por tres veces el sorteo se repitió. El celo y relaciones del nuevo capellán, y la veneración de la imagen de Jesús Nazareno, hicieron abundar las limosnas, que ayudando a los fondos del hospital proporcionaron lo suficiente para qué en poco tiempo se terminara la Iglesia, a la cual el hospital mismo el uso común hizo cambiar de nombre, conociéndose desde ese entonces como el de Jesús Nazareno.

Avances en la medicina y médicos destacados

El doctor Pedro López, el primero de la dinastía de este nombre de médicos famosos en la Nueva España, y que fue designado protomédico en 1527, por encargo de Román Cortés, estuvo en el Hospital de Jesús; este doctor había acompañado al conquistado en su viaje a las Hibueras, regresando años después a la Ciudad de México. Pedro López fue uno de los médicos más importantes de la época, que trabajó en esta pía institución, y según parece hizo las primeras disecciones.
Fray Bernardino Álvarez, después de trabajar por más de 10 años, enfermero, comenzó una cruzada en favor de la fundación de centros hospitalarios en la Nueva España; y para 1556 este fraile del Hospital de Jesús, fundó el primer Hospital para Enfermos Mentales, que fue el primero de su tipo en el Continente Americano, que conocemos como San Hipólito y desempeñó sus funciones durante tres siglos y medio.
En 1646, casi un siglo después de fundado el Hospital, se llevaron a cabo las primeras autopsias del Continente Americano, para el conocimiento de la enseñanza anatómica de los estudiantes de la Real y Pontificia Universidad de México, hechas por el médico Juan Correa y el doctor Andrés Martínez de Villavisiosa; este primero también era cirujano del Santo Oficio.
En 1715, gracias al impulso que le dio el personal del Hospital, se estableció en este lugar la "Regia Academia  Mariana Práctica Médica", que durante el siglo XVIII desempeñó una labor complementaria muy importante en la enseñanza médica de la Nueva España.
En tiempos más recientes, la administración de la institución, y después de cuatro siglos, ha estado en manos de médicos mexicanos sin relación filial con el conquistador de México. En 1932 asumió el Patronato un médico mexicano, trabajador y honesto que dedicó su vida profesional, mejorando las instalaciones, el equipo, entre otras; el doctor Benjamín Trillo, duró como Patrono 30 años, muriendo en 1962. En diciembre de 1963, Gustavo Baz, un eminente médico, toda una institución en la vida pública del país y un hombre que aportó mucho al mundo de la medicina, asumió el Patronato hasta agosto de 1976, dándole una nueva proyección a los servicios médicos asistenciales.

Para conocer más sobre el Hospital de Jesús, te puedes dirigir al sitio:


domingo, 15 de junio de 2014

Las barberías de la Ciudad

Alfagemes, era como las Leyes de Partida les llamaban los barberos, que en esa época no tenían otra función más que la de cortar el pelo y afeitar; desde entonces, este oficio ha sido libre, y a los que lo han ejercido se les ha llamado rapistas, barberos y peluqueros. En el pasado desempeñaron otras labores por las que se les consideraba, como los últimos profesores en el arte de la cirugía y que ocupaban el primer escalón para ascender a cirujanos romanticistas.
Cuando desempeñaban dichas funciones se les conocían como flebotomianos, y dependían del Protomedicato, en donde se les aplicaban  rigurosos exámenes. Para obtener su examen debían de presentar su fe de bautismo, información de buenas costumbres y el certificado de práctica de cuatro años, con un maestro recibido. Durante el examen se les sometía a prueba práctica de sangrías y extracciones de muelas, de poner ventosas simples y sajadas, de poner y curar cáusticos, picados y supurados, de aplicar sanguijuelas y de abrir fuentes. La parte de teoría únicamente se reducía al conocimiento de las venas y de las arterias, y explicación de los medios para corregir los accidentes que ocurrían durante las operaciones. En la época de la colonia, la única autoridad que podía examinar y expedir los títulos, era el Protomedicato, que estaba conformado por tres médicos y el secretario; y como radicaba en la Ciudad de México, para los exámenes en el exterior, una vez cubiertos los requisitos preliminares, delegaban sus atribuciones en algún facultativo de la región. Los títulos eran expedidos en papel sellado, firmados por los tres médicos y por el secretario.
El 21 noviembre 1831 el Protomedicato dejó de existir, y desde aquel momento comenzó la anarquía, porque al crearse la Facultad Médica del Distrito, entre sus funciones no estaban incluidas las que desempeñará la extinta institución; sin embargo, sin estar regulados los estudios de flebotomianos por las leyes y sin tener en la escuela cátedras establecidas, todavía existieran dichos exámenes durante muchos años, también los de dentistas. Legalmente estos oficios desaparecieron, pero la tradición y la costumbre hicieron que los barberos siguieran ejerciendo, extendiéndose otros territorios, como en algunos pueblos apartados. En 1852, había un total de seis flebotomianos mexicanos y cinco dentistas extranjeros.
De los barberos no existen registros, sino hasta 1859, año en que había registradas 102 barberías y 11 peluquerías, nombre que fue traído por los barberos extranjeros, siendo uno de los primeros Pedro Montauriol, que estuvo establecido en la primera calle de Plateros número dos. En las peluquerías se pueden encontrar los servicios de afeitado, corte y rizado de cabello, elaboración de pelucas y otros trabajos: algunas vendían perfumes, cepillos para diversos usos, billetes y algunos efectos más. Los sillones serán fijos  y de buena presentación, algunas veces tenían cubiertas de mármol las repisas, y los espejos eran de regular tamaño; en el centro de la habitación había un aparato redondo de lámina de fierro calentado con carbón constantemente, con muchos agujeros alrededor, en donde estaban las tenazas calentándose para atender a cualquier hora a los que quisieran rizarse el pelo, según se usaba en aquel entonces; en la parte superior del aparato había un depósito para tener agua caliente. Las tijeras, navajas, peines, aceites y pomadas, eran de regular calidad y en las de lujo, de muy buena calidad.
Estos establecimientos que frecuentaba la gente acomodada, nada tenían que ver a las barberías; éstas eran de muchas clases y categorías. Había barberos que rasuraban y pelaban al aire libre en las plazuelas y en los corrales, uno de los lugares en donde siempre se veía, en el costado de la iglesia de Santa Ana, en donde los asientos eran huacales. En algunos barrios había accesorias, en donde muy temprano por la mañana se vendía atole y algunas otras cosas más, y más tarde, se podía ver a los clientes sentados en la silla rasurándose o cortándose el cabello. A medida que se caminaba hacia el centro de la ciudad, los establecimientos iban mejorando su aspecto y de categoría, pero puede decirse que en la mayor parte había lo siguiente: una accesoria con piso de ladrillo, las vigas al descubierto y con las paredes pintadas a la cal; todos usen maltratado. En el exterior un letrero que decía: BARBERÍA, y en ocasiones, el nombre del propietario, seguido de la leyenda BARBERO Y FLEBOTOMIANO; junto o separado, pero siempre había otro letrero que anunciaba la MÚSICA PARA BAILES.
Colgados a los lados de la puerta y hacia dentro, había unos pequeños aparadores, en donde se exhibían las navajas y demás instrumentos para las peleas de gallos, además de las muelas de las víctimas que habían caído en manos del sacamuelas, y que según el número le servían de anuncio y de crédito. En una mesa se podían ver los botes u ollas con las sanguijuelas que todos los días se sacaban a la orilla de la banqueta para que tomaran el sol; en un aparador estaban los vasos especiales para poner ventosas, en otra parte se guardaban las lancetas para sangrar y el gato para sacar las muelas. La guitarra y el bandolón nunca faltaban colgados en un clavo.
Enfrente de unos sillones corrientes había una mesita, sobre la que estaba el pomo con aceite de toronjil o de lináloe, los corazones de membrillo para pegar los rebeldes cabellos, y un bote con pomada de tuétano.
En cuanto al corte del pelo, no había más que tres formas: casquete bajo, casquete corto y a peine.
Después de afeitar a un cliente, el barbero la acomodaba en el cuello un trastecito con agua y un trapo para lavarle la cara. Cuentan las crónicas que cuando el cliente pedía chambelán, el barbero tomaba un buche de agua perfumada con toronjil y lo arrojaba medio pulverizado a la cara del cliente.
Una de las cosas más temidas por la gente era la extracción de muelas, pues se usaba un instrumento llamado gato, que era un T de fierro, provista en el pie de una pieza con tornillo que servía para apretar la muela que se desarticulaba, dándole vuelta al instrumento, pero para que la muela no se rompiera con la presión directa del fierro, se le enredaba una poca de cinta de manufactura especial.
Como las barberías eran de tan mal aspecto, las personas de categoría acostumbraban mandar traer al barbero a sus casas para cortar el pelo y afeitar, y por esta razón se veía constantemente a estas personas en las calles, a todo correr, con su trastecito bajo el brazo, las toallas y los paños en su interior. Los barberos tenían otras actividades: casi todos eran músicos, tocaban en los bailes y muchos formaban parte de las bandas de la guarnición. Durante los carnavales, en las barberías y peluquerías, se alquilaban los disfraces.
Hubo barberos y peluqueros que se hicieron famosos, como es el caso de Escabasse, quien tenía su peluquería en dónde estuvo la joyería de La Esmeralda (tienda de discos Mixup); y Micolo, que estuvo en frente. Contaba con la clientela más acomodada, y entre ellos estaban los hijos de los capitalistas, que todos los días estacionaban en la puerta por horas enteras, matando el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos.
En algunas peluquerías se jugaba al ajedrez; como en el caso de la peluquería de don Mariano Eguiluz, ubicada en el Coliseo Viejo número 13 y llegó a ser uno de los mejores jugadores de esta Capital. Villena y Padilla fueron los sucesores de la peluquería de Montauriol, en la primera calle que Plateros número 10; Villena fue por muchos años el peluqueros del General Díaz.

domingo, 8 de junio de 2014

El Callejón de la Condesa

Cualquiera que camine por las calles de México conoce cierto callejón llamado de la Condesa, ubicado junto a la Casa de los Azulejos, y que fue célebre por cierta anécdota que se cuenta de dos hidalgos que demostraron un amor propio exagerado.
Al callejón que desde entonces ha sido estrecho, un buen día entraron por sus extremos opuestos dos hidalgos en sus respectivos coches, que eran enormes según la moda de aquellos años, de esos,  de amplias cajas para que dentro cupieran hasta cuatro personas, de alto pescante, y anchas portezuelas; y claro, no cabían ambos vehículos al mismo tiempo, de modo que para pasar uno tenía que ceder el paso al otro, y eso de retroceder no entraba en la voluntad de ninguno de los dos personajes.
Discutieron, alegaron razones más o menos contundentes, dijeron que su nobleza, que sus pergaminos, que el lema de sus cuarteles, que las hazañas de sus antepasados, no les permitían dejar el paso a nadie fuere quien fuere, y hubo un momento en que las tizonas iban a dirimir el pleito, lo que evitaron las autoridades reunidas en el lugar del suceso, terminando por meterse cada uno en su carruaje, en donde estuvieron por tres días sin salir del mismo, como si estuvieran en sus respectivas casas.
La condesita Martina, que vivía en una de las mansiones de aquella calle, se asomó a la ventana detrás de las cortinas, atraída por el escándalo que había afuera, entonces vio brillar las espadas y ordenó a su lacayo recurrir a las autoridades.
Pero daba la casualidad de que la condesa quería hacer salir su propio coche, y no tenía por el momento algún caballero que sacara la cara por ella; cansada de estos soberbios y prepotentes varones, hace una petición formal en una carta redactada y escrita por su confesor, para que acudieran las autoridades competentes lo antes posible a resolver el problema que le impedía salir de su propia casa.
Los jueces intervinieron, los abogados de los ilustres señores no dejaron de consultar textos legales, para probar que su respectivo cliente debería ganar el asunto, y hasta el mismo Virrey, después de reír bastante de la tenacidad de ambos contendientes, ordenó sin réplica alguna que los coches deberían retroceder al mismo tiempo, y salir por donde habían entrado, el uno hacia la calle de San Andrés, y el otro hacia la Plazuela de Guardiola, veredicto que se cumplió al pie de la letra, quedando así en su verdadero lugar la rancia nobleza que tenían aquellos tercos mancebos. Lo que no dice la tradición es el nombre de caballeros tan arrogantes y tan difíciles de convencer.
Desde aquel acontecimiento tan pintoresco, aquel lugar se le conoció como el Callejón de la Condesa, y todavía están nuestros días lleva dicho nombre.