domingo, 23 de noviembre de 2014

Picardías y anécdotas Revolucionarias

HUERTA SOMETIDO A INHUMANAS TORTURAS

A veces guarda el destino refinados sarcasmos para los brutales y los soberbios, a los que de pronto exhibe en toda su ridícula debilidad. Buen ejemplo de ello es el caso de Victoriano Huerta que aquí se relata.
Obligado por las circunstancias, el usurpador renunció al poder a mediados de julio de 1914. El mensaje de dimisión que dirigió a los mexicanos -obra maestra de la hipocresía-finalizaba así: “Que Dios los bendiga ustedes y a mí”.
El ex dictador marchó a Europa junto con su familia. Estuvo en Londres y luego en Barcelona, ciudad esta última en la que se hizo asiduo de un restorán en el que el mesero, tan pronto le veía parecer, descorchar una botella de coñac que el dipsómano agotaba sumido en tétrico silencio.
Poco después, Victoriano entró en contacto con agentes del gobierno alemán, que le ofrecieron armas y dinero para retomar la Presidencia de México y declarar la guerra a los Estados Unidos, que en esa forma -pensaban-se abstendrían de intervenir en la conflagración europea a favor de los aliados.
Aceptado el compromiso, el general embarcó hacia Nueva York, a donde arribó a mediados de abril de 1915.
El contraespionaje norteamericano descubrió la conjura. Y Huerta fue aprehendido el 25 de junio de ese año en la estación ferrocarrilera de Newman, Nuevo México, junto con Pascual Orozco, que se le había unido para sacar adelante los planes de reconquista del poder. Conducidos a El Paso, se les dejó libres bajo fianza, a condición de residir en esa ciudad. Mas como a los pocos días huyó Orozco de la urbe, Huerta fue detenido una vez más y encerrado en el presidio militar de Fort Bliss, en el cual permaneció de julio a noviembre.
Y fue en Fort Bliss en donde se produjo el episodio grotesco, divertido y delirante que protagonizó El Chacal.
Algunos periodistas norteamericanos fueron enviados por sus respectivos diarios a entrevistar al militar mexicano prisionero. Y entonces Victoriano -el soldadote brutal que no vaciló en traicionar a Madero y asesinarlo, el hombre despiadado y sin escrúpulos que ensangrentó a su desdichada patria y pudo sustentar su dictadura en el crimen sistemático, la inhumanidad de los horrores-, convertido en un guiñapo desconsuelo, exclamó ante los sorprendidos reporteros:
-¡Señores, es terrible lo que me sucede! ¡Con una falta absoluta de sentido humanitario se me ha negado el coñac! ¡Véanme! ¡Tengo 12 días sin probar una copa y me siento morir! ¡Por caridad, hagan algo, no me dejen sufrir así!
Y la fiera, vencida y acobardada por la forzosa abstinencia, rompió el llanto siniestro.
Al verlo agravarse por la falta de alcohol y la angustia, las autoridades norteamericanas le permitieron salir del presidio y reunirse con su familia, que había llegado de España. Y Huerta pudo al fin escanciar, con temblorosa mano, el coñac profundamente anhelado.
Murió en su cama, de cirrosis hepática, el 14 de enero de 1916.

CARRANCISTAS DESHONESTOS

En agosto de 1918, dos hombres de negocios coahuilenses radicados en la Ciudad de México, y amigos personales de Carranza, fueron a verlo al Palacio Nacional para informarle, indignadísimos, que cuatro de sus generales se estaban enriqueciendo en forma ilícita e inmoderada.
Dijo uno de ellos:
-Le traemos documentos que prueban la rapacidad esos malos elementos de su ejército, así como testimonios de personas honestas a las que han despojado.
Agregó el otro:
-El nombre de nuestra antigua amistad, le pedimos que intervenga para castigar a esos militares indignos que manchan el nombre de usted y el de su régimen.
Carranza les escucho con atención. Después, mesando sus barbas blancas con la estudiada lentitud que le era característica, les dijo:
-Señores, ustedes son mis viejos y muy queridos amigos, y seguramente no desean mi mal. Por eso les ruego que traten de comprenderme. Yo sé, sin necesidad de examinar los papeles que me han traído, que mis generales -los cuatro que mencionan y todos los restantes- son una punta de bandidos. Pero si me pusiera a exigirles responsabilidades se alzarían contra mí, y en menos de una semana me quedaría sin ejército.

UN PERFUME DE GLORIA

El 2 de mayo de 1913 tuvo lugar en la capital del país una manifestación de apoyo a Victoriano Huerta, el asesino de Madero.
Daba principio el gobierno de la usurpación. Y aceptaron colaborar con él diversos intelectuales, entre ellos Carlos Pereyra, Nemesio García Naranjo, Toribio Esquivel Obregón y Federico Gamboa.
Se dio también el caso de que el gran poeta Salvador Díaz Mirón aceptara ser diputado huertista y director de El Imparcial, periódico subvencionado por la dictadura.
Alguna vez, durante aquella temporada de oprobio, el general Huerta hizo una visita al local del diario mencionado. Y al siguiente día, el poeta publicó un artículo ditirámbico en el que aseguraba que Huerta se había retirado “dejando a su paso un perfume de gloria”.
El chiste que entonces se hizo fue este:
- De creerlo a Díaz Mirón, la gloria tiene un olor del carajo, porque a lo que apesta Huerta es a coñac trasudado.

ADOLFO EL PURITANO

Considerándolo un elemento de lealtad comprobada, Obregón, al asumir la presidencia de la República, llamó a Adolfo de la Huerta a colaborar en su gabinete, nombrándole secretario de Hacienda.
Por cierto que De la Huerta se hacía insoportable como persona, pues siendo abstemio puritano (purito ano, decían sus malquerientes) acostumbraba soltar prédicas moralizantes a todo mundo. Y tenía fastidiados a los demás colaboradores presidenciales, que echaban pestes del sermoneador ministro.
Pero Obregón y Calles lo defendían. “Fito es un hombre bien intencionado, y sólo quiere hacerlos a ustedes menos parranderos y borrachotes”.
El 25 de septiembre de 1923, De la Huerta renunció al ministerio de Hacienda para aceptar su postulación como candidato presidencial. Y en vista de que Obregón lo menospreció, dando todo su apoyo a Plutarco Elías Calles, partió hacia el puerto de Veracruz y allí se levantó en armas, desconociendo al régimen del 7 de diciembre de ese año.
Furioso, Calles comentó Obregón:
- ¡Qué te parece! Fito, a quien suponíamos un alma de Dios, se rebela contra tu gobierno.
Obregón estalló:
- ¡Hijo de su putísima madre! A su virtud pendejada de no tragar alcohol agrega ahora la infamia de traicionar a sus amigos.

HERMANOS IDÉNTICOS

En 1915, Venustiano Carranza creó la Fuerza Aérea Mexicana. Dos años más tarde, se estableció en nuestro país la primera escuela militar de aviación, cuyo director fue Alberto Salinas. De esa escuela surgieron dos magníficos pilotos: los hermanos jaliscienses Guillermo y Rafael Ponce de León, quienes después de alcanzar varios ascensos en su carrera de aviadores militares, participaron en la política como diputados por su entidad, en el año de 1925.
Cierto día, un general que necesitaba hablar con uno de los referidos hermanos, llamó por teléfono a la casa donde ambos vivían. La llamada fue recibida por un asistente, con el que el general sostuvo este diálogo:
- Bueno, ¿a dónde hablo?
- A la casa de los hermanos Ponce de León.
- Deseo hablar con uno de ellos, pero no recuerdo cómo se llama. Es un gordito él.
- Los dos son gorditos, señor.
- No la joda. Ya sé, con el que se aviador militar.
- Lo siento, señor, pero los dos son aviadores militares.
Ya alterado, el general dijo entonces:
- ¡Me lleva el carajo! Comuníqueme entonces con el que sea más hijo de la chingada de los dos.
- Lamento no poder servirle, pues los dos son igual de hijos de la chingada -dijo el asistente y  colgó la bocina.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La fundación de México-Tenochtitlán

Después de mucho andar y discurrir por kilómetros, aquellos hombres encontraron un ojo de agua de gran belleza, en donde vieron cosas fantásticas y de gran admiración, las cuales habían ya pronosticado sus sacerdotes, diciéndole al pueblo por mandado de su ídolo: lo primero que encontraron en aquel manantial fue una sabina blanca muy hermosa al pie de la cual brotaba aquella fuente; después vieron que todos los sauces que rodeaban aquella fuente, eran todos blancos, sin tener una sola hoja verde, y todas las cañas y espadañas de aquel sitio eran blancas;  y al mismo tiempo que observaban tantas maravillas, comenzaron a salir del agua ranas todas blancas y muy vistosas; aquella agua salía de entre dos peñas, tan clara y tan limpia que asombraba.
Entonces los sacerdotes acordaron de lo que su Dios les había dicho, y comenzaron a llorar de gozo y alegría, y con gran placer dijeron: “ya hemos llegado al lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de este cansado pueblo mexicano; ya no hay más que desear; pues lo que nos prometió nuestro Dios ya lo hemos encontrado; pero callemos, no digamos nada, volvamos al lugar donde ahora estamos; donde guardaremos lo que nos mande nuestro señor Huitzilopochtli”. Regresaron al lugar de donde salieron, luego la siguiente noche apareció Huitzilopochtli en los sueños de uno de los hombres, y le dijo: “ya estaréis satisfechos como yo no os he dicho cosa que no haya sido verdadera y habéis visto y conocido las cosas que os prometí en este lugar, donde yo les he traído, pues esperar que aún les  hace falta ver más cosas; ya recordarán como os mande matar a Copil, hijo del hechicera que se decía mi hermana, y os mande que le sacaran el corazón y lo arrojasen entre los carrizales y espadañas de esta laguna, lo cual habéis hecho: saber que este corazón cayó sobre una piedra, y de él salió un tunal, que está tan grande y hermoso con águila habita en él, y allí encima se mantiene y come de los mejores pájaros que hay, y allí extiende sus hermosas y grandes salas, y recibe el calor del sol y la frescura de la mañana. Ir allá a la mañana, que encontrarán la hermosa águila sobre el tunal y alrededor de él, verán mucha cantidad de plumas verdes, azules, coloradas, amarillas y blancas de los pájaros con los que se alimenta del águila, y a este lugar donde encontrarán el tunal con el águila encima, le pongo el nombre de Tenuchtitlan”. Este nombre lo tiene hasta ahora hoy la Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada de los mexicanos se llama México, que quiere decir lugar de los mexicanos, y en cuanto a la disposición del lugar se llama Tenuchtitlan, porque tetl es la piedra y nochtli, que significa el tunal y la piedra en que estaba, y añadiéndole el tlan, que significa lugar del tunal en la piedra.
Al día siguiente sacerdote mandó juntar a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos, mozos y niños, sin que nadie faltara, y puestos de pie comenzó a contarles su revelación encareciendo las grandes muestras, mercedes que cada día recibían de su dios con una prolija plática, concluyendo con decir que “en este lugar del tunal está nuestra bienaventuranza, quietud y descanso, aquí ha de ser engrandecido y ensalzado el nombre de la nación mexicana, desde este lugar ha de ser conocida la fuerza de nuestro valeroso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón con que hemos de rendir todas las naciones y comarcas, sujetando de mar a mar todas las remotas provincias y ciudades, haciéndonos señores de oro y plata, de las piedras preciosas y joyas, plumas y mantas ricas, etcétera. Aquí hemos de ser señores de todas estas gentes, de sus haciendas, hijos e hijas; aquí nos han de servir y tributar, en este lugar se ha de edificar la famosa ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás, donde hemos de recibir todos los reyes y señores, y donde ellos han de acudir y reconocer como a suprema corte. Por tanto, hijos míos, vamos por entre estos cañaverales, espadañas y carrizales donde está la espesura de esta laguna, y busquemos el sitio del tunal, que pues si nuestro dios lo dice no duden de ello, pues todo cuanto nos ha dicho hemos hallado verdadero”.
Una vez terminada la plática del sacerdote, todos le dieron gracias a su dios, y por diversas partes entraron a la espesura de la laguna, buscando por una y otra parte, tratando de encontrar la fuente que el día antes habían visto y vieron que el agua que antes salía muy clara y linda, aquel día manaba una casi como sangre, que se dividía en dos arroyos, y en la división del segundo arroyo del agua salía tan azul y espesa, que era cosa de espanto, y aunque ellos pensaron en que aquello no carecía de misterio, no dejaron de pasar adelante a buscar el pronóstico del tunal y el águila, y después de andar por un rato, finalmente encontraron el lugar del tunal, encima del cual estaba el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él, y en las uñas tenía un pájaro con bellas plumas resplandecientes.
Apenas vieron los sacerdotes al ave, comenzaron a hacerle reverencia como si se tratara de cosa divina, y el águila al verlos, bajó la cabeza a todas partes donde ellos estaban, los cuales al ver el acto del águila y que ya habían visto lo que deseaban, comenzaron a llorar y a hacer grandes extremos, ceremonias y visajes con muchos movimientos en señal de alegría y contento, y en modo de agradecimiento decían: “¿Dónde merecimos tanto bien?, ¿Quién nos hizo dignos de tanta gracia, excelencia y grandeza? Ya hemos visto lo que anhelábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, ya hemos encontrado nuestra ciudad y asiento, sean dadas gracias al señor de lo criado, y a nuestro Dios Huitzilopochtli.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Etapas constructivas del Templo Mayor

Etapa III
Aquí podremos observar un drenaje hecho de tabiques, que data del año de 1900; durante su construcción se destruyó en un diámetro de 2 metros todas las etapas constructivas del templo y se encontraba debajo de la calle de Santa Teresa, que hoy conocemos como Guatemala. Es como un túnel de tiempo, que nos lleva a descubrir las diversas etapas del recinto. Una de ellas  destaca particularmente, pues se aprecian algunas copias de esculturas reclinadas sobre la escalinata del lado de Huitzilopochtli. Los originales se pueden visitar en el interior del museo. Al parecer representan a los centzohuitznahuas o 400 sureños, contra los que lucha Huitzilopochtli.
Cabe aclarar, que aquí nos relatan los viejos mitos como el de la diosa de la tierra, Coatlicue, quien hacía penitencia en su adoratorio cerca de Tula, cuando vio un plumón de algodón que tomó el guardó en su seno; de manera instantánea quede embarazada. Cuando sus otros hijos, los surianos y Coyolxauhqui, se enteraron de lo ocurrido, acordaron ir al cerro de Coatépec (Cerro de la Serpiente) para matar a su madre por aquel misterioso embarazo. Se preparan para la guerra y se ponen en marcha. Cuando iba subiendo por la ladera del cerro, nace Huitzilopochtli, dios de la guerra, quien ataca a sus hermanos, los separa y a Coyolxauhqui la captura, la decapita y arroja el cuerpo desde lo alto del cerro, el cual al caer se va desmembrando. De esta forma como se le representa a la diosa: muerta y mutilada después del combate.
Por medio de este mito, los aztecas justifican sus guerras de conquista, pues debe seguir el camino que el dios siguió desde su nacimiento: combatir al enemigo. Sin embargo, el mito se ha interpretado como la lucha entre los poderes diurnos, presentes en el dios solar Huitzilopochtli, y los poderes nocturnos, propios de la Luna, representada como Coyolxauhqui. Entonces los sureños serán las estrellas que día con día son dispersadas por el rayo solar, de ahí que el mito hable de la poderosa arma de Huitzilopochtli, la xiuhcóatl o serpiente de fuego, que no se trata de otra cosa, que el rayo matutino que  dispersa las tinieblas de la noche.
Dicha etapa constructiva corresponde al año 1430 aproximadamente, cuando Tenochtitlán era gobernada por Itzcóatl (1427-1440 d. C.). El tlatoani, junto con las ciudades de Texcoco y Tacuba, logró la independencia tenochca  de los tepanecas de Azcapotzalco, a quienes estaban sujetos los mexicas por aquel entonces.

Etapa VI
En nuestro viaje por el tiempo, toca trasladarnos a las etapas posteriores. Ahora nos encontramos en la parte norte del templo, en donde veremos el piso de lajas del recinto ceremonial, que pertenece también a la penúltima etapa constructiva. Llaman poderosamente la atención los tres adoratorios alineados a lo largo de la plataforma; el más cercano está orientado hacia el poniente, mientras que el de en medio está decorado con más de 240 cráneos de piedra.
El que se ubica al oriente, se encuentra ricamente pintado en varios tonos, predominando el rojo; al norte de ellos hay un conjunto del que se destacan dos escaleras, en una de ellas se observan cabezas de águilas en las alfardas. No obstante, en dicha plataforma había otra etapa anterior que fue descubierta; su interior se puede apreciar si nos trasladamos hacia el sitio donde se ubica el enorme techo que protege lo que se ha denominado Recinto de las Águilas o Casa de las Águilas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Promesa cumplida


Pedro Arias era del Burgo de Osma; hombre de buenos bigotes, pero con la cabecita rellena de puro aire. Desde joven se podía apreciar su escaso cerebro, siendo siempre de cascos cerrados, no le entraba  ninguna idea, y de su boca solo salían puros desatinos.
La gente contaba que cuando este hombre era bebe, su madre le dio con bastante fuerza en la cabeza con una llave de hierro de dos cuartas, la cual lo dejó para que en su cabecita no entrara nada de razón. Lo mandaron a la escuela y a duras penas le entraron las letras, poquísima doctrina, y números todavía menos.
Era tan bronco, que su bruta simplicidad y habilidades no superaban a las de un caballo; y a pesar de todo esto, el hombre se fue a estudiar a Salamanca, pero su ingenio tan confuso,  dio como resultado que acabara saliendo tal como entró, sin saber nada; bien dice el dicho: “Lo que natura no da, Salamanca con empresta”. De posición acomodada, siempre vestía elegantemente, pero de nada le servía traer un empaque muy bonito, si el interior ya estaba defectuoso.
Total que sus padres murieron, quedando solo en el mundo; su vieja casa abolenga, las tierras paniegas, un molino triguero, el extenso olivar con su almazara, sus merinas, todas estas cosas y hasta los muebles pasaron a manos de acreedores y de cicateros prestamistas, quedando el pobre Pedro en la calle. Aunque su cerebro no le ayudaba en mucho, sus entendederas alcanzaban para que supiera que en los países de América había más oportunidades, y en ellos puso todo su anhelo  y hacia Nueva España se embarcó, pues creía que en aquellas tierras se hacía fortuna con facilidad.
Una vez que llegó pensó que obtener riqueza era con solo escarbar o dar dos pasitos, y ya ahí estaba; por este pensamiento tan equivocado que tenía, iba y venía de fracaso en fracaso, sin embargo el inocente no perdía la esperanza como otros tantos que venían a hacerse ricos, hasta que ya después de mucho tiempo se daban cuenta de su realidad.
Pedro con tristeza veía que cuando iba a cambiar sus piedras que recolectaba, por una buena cantidad de dinero, le bajaban el ánimo al decirle que sus pedruscos carecían de valor alguno, y a pesar de sus fracasos, todos los días se trepaba a todos los cerros existentes para recoger rocas, que él creía firmemente escondían en sus entrañas oro o plata, cuya presencia le avisaba el fulgente brillo exterior que echaba reflejos.
Cada vez se aferraba más a la idea de que en México los metales preciosos abundaban, a pesar de que siempre le rechazaban los guijarros que encontraba, pero eso en vez de desilusionarlo, hizo que se le metiera en la cabeza que las piedras que guardaba en su  casa tenían gran valor, y si recolectaba más con el tiempo tendría una gran fortuna. Lleno de felicidad y optimismo, un día se armó de un zapapico  y una pala para ir a cavar en todos los montes cercanos, para encontrar en poco tiempo la fabulosa mina con la que soñaba tanto su cándida alma. Parecía poseído por Xipe, el demonio de las minas de los antiguos mexicanos, que daba la locura a sus devotos para que estuvieran escarbando y escarbando  la tierra sin descanso. Al ver Pedrito que no encontraba el tesoro de sus sueños, poco a poco se le fueron cayendo las alitas del corazón, andaba desconsolado y sin gusto, con sus pensamientos entre tinieblas y sombras.
En la iglesia del convento de San Fernando existía un crucifijo de gran tamaño en un colateral dorado, de complicaciones fastuosas; el vulgo decía que esta imagen  era muy milagrosa cuando se le pedía un favor desde lo más profundo del corazón, nada negaba este Cristo a quien le invocara con fe. Gran cantidad de gente  siempre había  ante el elevando oraciones, implorándole y contándole sus cuitas, entre los que se encontraba frecuentemente a Pedro Arias. El pobre hombre se arrodillaba ante la imagen, pasándose horas, horas y más horas en su ensimismamiento, todos los ahí presentes siempre sentían una enorme lástima por él. Su gesto lleno de optimismo, ahora se encontraba  lleno de profunda pena.
Una tarde había en San Fernando mucha gente, debido a que se le estaban dando gracias al Cristo milagroso; de pronto Pedro hace su aparición  entre el gentío, abriéndose paso a codo y a hombro, pero a diferencia de las demás ocasiones en que asistía a rezar el pobre inocente, ahora se presentaba con la cabeza cubierta de sangre, la cual le escurría  por el cuello hasta caerle por toda su ropita. La gente lo miraba atónita mientras el encaminaba sus pasos hacia el altar,  y cuando hubo llegado empuño un garrote y asestó un certero porrazo al milagroso Cristo, después  le planto otro más formidable. Con el primer golpe la imagen se partió en la cintura, y con el segundo, la rajó como si le hubiera dado con una filosa hacha; con esto la mitad del cuerpo giró sobre el clavo de los pies y cayó con un fuerte estruendo sobre el altar.
Los ahí presentes estallaron en santa ira al ver tal acción sacrílega, y acto seguido agarraron a Pedro hasta quedar bien acogotado. El interior de la iglesia se había un vuelto todo un caos, mientras al pobre tontito lo llevaron primero a la cárcel de la Corte, y de ahí a la tan temida Inquisición; el vulgo exigía contra él un castigo ejemplar, el cuál era que le partieran el cuerpo en dos, otros más querían que se le hiciera lo mismo que al Cristo.
Después se supo los motivos que orillaron a Pedro a cometer tal sacrilegio, quien dijo en su declaración que  ya cansado de tantos fracasos, fue a pedirle ayuda a la imagen de Nuestro Señor Crucificado, ofreciéndole la mitad de lo que le diesen por tres sacos  de piedras que él creía que eran de oro de la mejor calidad y plata pura; fue a ofrecer su valioso tesoro como tantas veces lo había hecho, pero esta vez con un comerciante español de Calahorra, quien tenía una tienda en la calle de los Alguaciles Mayores, y este hombre de mal genio todo el tiempo, al ver aquellas piedras carentes de valor, estalló en cólera, y acto seguido tomó un garrote con el que le asestó cuatro golpes en la cabeza a Pedro, los cuáles fueron con la suficiente fuerza para matarlo, pero solo lograron descalabrarlo. Como el pobre mentecato había prometido la mitad de lo que le diesen, el sin faltar a su palabra le dio dos golpes a la santa imagen. Eso fue lo que consiguió el Cristo; eso fue lo que le dio. El Cristo sabría porque logró para el esos formidables trancazos. ¡Ganas que tendría de la mitad!, pensaba el bárbaro Pedro Arias. ¿No se dice que hay gustos que merecen palos?

domingo, 26 de octubre de 2014

La cabeza errante

Crispante en todos sus detalles es esta leyenda del siglo XVI, que forma parte de la rica policromía de nuestras leyendas, la ofrecemos aquí con todas las reservas que es de imaginarse. Tú sabes si comprendes, cuídate de no andar por las noches de luna entre las sombras de copales y pirules porque puedes toparte con… ¡Ella!

Porque tus pies pueden hechizarse, porque tus ojos pueden hechizarse. ¡Porque tu vida puede acabar de pronto! Así dice textualmente cierto antiguo manuscrito, en el que se relata esta leyenda. ¿Quién es ella? ¿Qué cosa es lo que causa el terror y la muerte? Yo te lo voy a decir, porque ésta es cosa que han dicho los antiguos y los que la han visto. Si vas a caballo por los caminos de esta tierra, en noches de luna, desviarlo de estas sombras; si no lo haces, puedes tropezar con ella, y tú y tu cabalgadura, quedar allí muertos. Porque allí te quedarás, paralizado de pavor, mientras “ella” ríe con una risa sin sonido y te mira con unos ojos que no ven.
Tampoco, si eres caminante, pases sobre esas sombras que proyectan los ramajes bañados de luna; sus ojos taladran el corazón, y sus labios, que no hablan, pero al moverse perturban la mente. “Ella”, camina aunque no tiene pies y puede llegar hasta ti; bañarte con su aliento fétido inmortal, y te quedarás allí, muerto el grotesco, con mueca de terror. Mientras la cabeza errante, la cabeza horripilante, continuará reptando, vagando por las noches en los caminos. Siete veces, siete te lo digo, para que siete veces lo recuerdes. ¡No tropieces con esa cabeza errante!

Esta es la terrible advertencia de un viejo hechicero, tal y como obra en aquellos manuscritos. Más veamos la historia de esta leyenda aterradora.
Corría el siglo XVI: en los terrenos que hoy ocupa el Hospital Juárez, se levantaba una casona sombría y aislada, edificada por don Antón García y Ballesteros. Érase éste un español natural de Guipuzcoa, que ante el repudio de la colonia se había casado con bella mestiza; ella era se hacendosa, callada y buena, atributos que la hacían buena mujer para el español. Más parecía que una onda, profunda pena la embargaba y que la melancolía mordía su corazón, porque de tarde en tarde, la mestiza permanece estática muchas horas contemplando hacia lo lejos, lo que había sido señorío azteca, a lo que siempre su esposo acudía para saber porque siempre hacia lo mismo, pero ella respondía que solamente le gustaba mirar.
Pasaron los días y los meses y la mestiza parecía cada vez más triste, más ensimismada. A medida que aumentaba el refinamiento de la esposa de don Antón, así aumentaban sus celos, hasta que una noche, asaltado por un inexplicable presentimiento, fue hasta la habitación de la mestiza y misteriosa mujer. Mas iba a abrir la puerta cuando escucha fuertes ruidos y relinchos se caballos en la caballeriza. Se arma de paso y en cosa de segundos se planta ahí para averiguar con uno de sus criados lo que pasaba, quien le comentó que a  uno de sus caballos algo le había asustado, pues había salido huyendo desbocado y relinchando por el pantano, tampoco había visto a la mestiza. En ese momento voltearon y encontraron abierta la puerta del huerto, pero al salir al sólo advirtieren sombras ominosas que forma el follaje bañado por la luna, entonces el criado se percata de unas huellas frescas que hay en la tierra, siguen el rastro hasta que llegan ante la mestiza, pero no se percatan de su transformación. Bajo la impresión recibida por la repentina presencia de la mujer, el hermoso no se atreve a decir nada, hasta que mira hacia unos matorrales en donde hay un animal al que le comieron las entrañas; asustados prefieren irse a un lugar seguro, y cuál no fue su sorpresa cuando vieron que la mujer ya no estaba.
Cuando don Antón hubo subido a sus aposentos, encontró a su mujer profundamente dormida. ¿Cómo había logrado llegar tan rápido? Finalmente el hispano comprobó que su esposa sólo salía a dar esos paseos, las noches de los martes y los viernes, y eso le hizo avivar el fuego de los celos, pues amando a la mestiza, natural era que la celara.
Y una noche de martes, don Antón decide velar para ver cuándo su esposa abandona la casa; así era, si la mestiza se iba a entrevistar con alguien, ese alguien o era invisible o se tornaba en sombras y misterios. Un silencio absoluto, imponente, invadía huerto, los caminos, la tezcalera y el pantano.  Y ese silencio y el gran misterio que flotaba bajo la luz misteriosa de la luna, hicieron caer al español en un profundo sueño, y al despertar ya había amanecido, y su mujer ya se estaba levantando para arreglarse.
Envenenado por los celos, el esposo hizo un plan: fingiría alejarse de su casa, para volver en la noche y sorprenderla, aquel día era viernes. Escondida en una cueva cercana, Antón deja caer la noche, para poner en práctica su plan; después de amarrar el hocico del caballo, para evitar un relincho que lo denunciara, se dirigió hacia su casa. Como si fuese un taimado bandido, ata a su caballo a la sombra de un árbol grueso, con sigilo y emoción llega hasta el huerto, y empuñando su espada abre la puerta de la recámara de su esposa, comprobando la vacía. Más furioso aún porque piensa que su esposa se encuentra con su amante, vuelve a bajar para dirigirse al huerto, pero al pasar ante la puerta de la cocina, tuvo un extraño presentimiento, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Creyendo que su esposa está en el interior, ingresa para buscarla, algo se mueve entre las sombras, algo viscoso y terrorífico, Antón retrocede en busca de una gran luz; con su espada de la luz, penetrar la cocina con el temor invadiendo su alma, pero al alumbrar con su farol se halla con un espantoso descubrimiento: ¡la cabeza cercenada de su esposa! Más de pronto se detiene, se da cuenta de que no hay ni una gota de sangre en torno al cuello, ni en las cercanías, también movía los labios y de sus ojos brotaban lágrimas. El pobre hombre sale gritando desesperadamente para pedir auxilio, creyendo que a su mujer le habían dado muerte; entonces de la nada se le aparece un indio hechicero diciéndole que él es el único que lo puede ayudar; entonces le comienza a contar de su larga lucha a través de los siglos contra brujas como su esposa, y cabe aclarar que el español no debe contarlo a nadie: la mujer tiene la capacidad de abandonar su cabeza separándola del cuerpo; la cabeza pierde el habla, pero no la vida y el movimiento, y en muy raras ocasiones puede recuperar la voz; el cuerpo así tomar la cabeza de un animal o de otro ser deforme, y se va por el mundo a causar males. Cuando se aproxima al amanecer, vuelve a casa, recupera el cuerpo la cabeza que suya, y el hechizo termina. ¡Vuelve a ser normal!
Al enterarse don Antón de aquellos horrores, quiere salir corriendo de su casa lo más pronto posible, acto seguido el brujo le advierte que no lo debe hacer, porque si no la bruja lo perseguirá hasta hacerlo víctima de sus malas artes. ¿Entonces qué había que hacer? El español debía seguir al lado de ella, contando con la ayuda del indígena para destruirla, y la única manera de lograrlo es evitando que su cuerpo vuelva a recuperar su cabeza humana. Ambos hombres hicieron un pacto, y si el español llegaba a flaquear, caerían sobre él todas las maldiciones.
Amanece cuando don Antón vuelve a casa, encontrando ya normal a la mestiza. Transcurrieron los días sin incidentes y así llega el martes. Aquel amor que alguna vez había sentido por ella, ahora era una inmensa pavura.
Hace horas que le huerto, el tezcal y el pantano se han sumido en el silencio, cuando Antón se dirigió a la cocina; todo estaba quieto, la puertecilla abierta indicaba que la bruja había salido.  Entonces comienza por verter sal molida y blanca dentro de una escudilla, principio de aquel rito contra brujas, y hace las siete señales que indican la hechicería antigua, después se sitúa en el oriente sur de la cocina y rocía la sal a los cuatro vientos. Venciendo su pavor de acercarse a la horripilante cabeza cercenada, lleva la sal sobre la que ha trazado los siete signos, y recordando las palabras del hechicero: “… Coge la cabeza y aunque veas que sus ojos lloran, y aunque oigas que hable úntale la sal en el cuello, si demoras la bruja tendrá tiempo de recuperar su cabeza; hazlo sin titubear, porque ella ya se ha enterado de todo”.
Y sucedió una cosa horrible: mientras Antón le untaba la sal en el cuello, la cabeza movía los ojos abriéndolos desmesuradamente, y fue tanto su esfuerzo que al fin, de aquellos labios pavorosos  escapó una voz infrahumana, preguntándole,  ¿por qué le había hecho daño tan grande?, ¿qué mal le había hecho para condenarla a no volver a su vida natural?; También le dijo de lo mucho que lo amaba y lo feliz que era su lado, pero también debía dedicarse al oficio que había heredado de sus padres. Entonces la cabeza dejó caer amargo y doloroso llanto que conmovió a don Antón, quien después de todo había amado a la mestiza, retrocede horrorizado; más a pesar de todo su arrepentimiento, el mal ya estaba hecho, la sal hechizada escarchaba el cuello de aquella cabeza horrible.
Y dice la leyenda que Antón huyó enloquecido de dolor y arrepentimiento, y no se le volvió a ver por la Nueva España. Días después de este suceso, unos amigos que llegaron a visitar al matrimonio, hallaron el cuerpo sin cabeza de la mestiza; en el acto llegaron al Santo Oficio y los alguaciles, que en vano buscaron la cabeza de la mujer, a quien suponían asesinada por el esposo.
Pero la cabeza de la bruja había huido hacia los montes, buscando las sombras que proyecta bajo la luna el ramaje de los árboles; allí aguarda el paso de sus víctimas, a quienes mata para saciar la venganza que originó su muerte injusta a manos de su esposo. Sube a las ramas nudosas, se confunde entre ellas ¡porque es ella misma, nudos y muerte!
Y así dice la leyenda que ha ido rodando, rodando, y ha de rodar por los siglos y los siglos ¡eternamente! Muchos casos se cuentan de hombres muertos entre esas ramas, por donde rampante y siniestra se esconde la cabeza errante. En la misteriosa península yucateca, existe una leyenda similar que haya conocen por “pol”, que el lenguaje maya quiere decir cabeza. ¿Más, quien puede decirnos que esa cabeza con sus tremendos poderes, no pueda ser la misma? 

domingo, 19 de octubre de 2014

Representaciones de la muerte

Aunque la Santa Muerte parezca una novedosa veneración popular mexicana y no católica, se sabe que desde fines del siglo antepasado se comparte su culto con otros países latinoamericanos de tradición cristiana. Aunque se presentan algunas variantes y diferentes nombres, su origen y su esencia son los mismos. Para conocer estos orígenes, tenemos que remontarnos hacia el medioevo, cuando la Iglesia Católica predicó la Buena Muerte, cuyos creyentes conformaron cofradías y congregaciones para evitar tener una Mala Muerte.
Por tales motivos y otros de índole histórica-epidemiológica, como la peste, la muerte tuvo una larga gesta católica que se remonta en Europa hasta el siglo XIII y se insertó en el Nuevo Mundo después de la conquista en sus distintas versiones en todos los virreinatos.
Su representación iconográfica fue manejada en cinco versiones: el cráneo con los fémures cruzados, el cráneo simple, el cuerpo humano casi etéreo, el semidescarnado y el esqueleto seco.
Sin embargo, entre los siglos XVII y XVIII, en algunos lugares de Nueva España y Guatemala la muerte ya había sido bautizada por algunos grupos, como San Pascual Rey, Justo Juez o Presagiadora; en tanto que hoy en día se le llama San la Muerte, la Santa Muerte, la Santísima, San Bernardo, San Pascualito Bailón, la Blanca, Niña o Hermana Blanca.

La Buena Muerte

La Iglesia Católica sembró en las mentes a todos sus devotos desde el medioevo estar preparados cada día en espera de la ineludible muerte, habiendo cumplido con todo un ritual: tener una vida de sacrificios, respetar los diez mandamientos, hacer testamento o profesión de fe contando con buena salud, confesarse, comulgar y recibir los santos óleos en las vísperas finales para obtener el perdón de sus pecados. Así también, el cuerpo en descomposición debía ser enterrado según el ritual judaico, anhelando la resurrección y la vida eterna, promesas básicas que dicho credo ejemplifico con la crucifixión de Cristo y la muerte de algunos santos. Por otro lado, el alma acompañada por San Miguel, aguardará el juicio final en el cielo, en el purgatorio o en el infierno.
El temor por la vida eterna en el averno representó una de las preocupaciones más grandes de los católicos. El mundo creyente vivió angustiado por tener una Buena Muerte y se organizaron en  cofradías, las cuales garantizaron a sus miembros el cumplimiento de todos esos servicios antes y después de expirar, recibir el hábito escogido para que el Santo en devoción lo sacara del purgatorio, y cumplir con la obligación de orar hasta el fin de sus días para salvar el alma de sus iguales, así como darle a su cuerpo un sitio cercano al altar. En el fondo, todas las cofradías tuvieron como objetivo proporcionar a sus miembros un seguro de Buena Muerte. La efigie utilizada por la Cofradía de la Buena Muerte fue el Calvario con la Virgen, María Magdalena y Señor San José, y este último fue conocido como su protector.
Cuando los fieles ricos no tuvieron descendientes o herederos, su alma se convirtió en la única beneficiaria sus bienes se dedicaron a misas, rosarios, oraciones, obras pías, etcétera, para su rescate. Se cuenta el caso excepcional del poblano Andrés de Carvajal, quien dejó pagadas 600,000 misas.
Éstas disposiciones fueron para aquellos que tuvieron algo que testar, ya que la mayoría no gozo de ellas por no contar con los recursos económicos, a decir de las actas de defunción; sus almas esperaron la compasión de sus familiares y de los demás cuando se rezó por el ánima sola. Aunque la muerte fue democrática, la Iglesia no, así que los pobres fueron enterrados en los atrios o fueron a la fosa común, ayudados por alguna Cofradía penitencial.
Entonces, la Mala Muerte, como contraparte de la Buena Muerte, significó no tener al alcance dicho sacramentos, morir súbitamente o por accidente, ser enterrado fuera de sagrado o no haber dejado en orden sus últimos deseos, lo que garantizó al creyente terminar eternamente ardiendo en las llamas del infierno, para su gran horror.

Iconografía católica de la muerte

La calavera cruzada por dos fémures
Según nos dice la Biblia, la muerte surgió cuando Dios castigo a los primeros hombres, Adán y Eva, entre otras cosas con la muerte y los expulsó del Paraíso en donde hubieran sido inmortales. Por lo tanto, para recrear dicho dogma junto al más importante de los misterios de la religión católica, la Pasión de Cristo por la redención de los pecadores y su resurrección al tercer día, los teólogos utilizaron el cráneo cruzado por dos fémures para simbolizar al padre Adán, y con él la mortalidad de todos los hombres y el memento mori; la calavera empezó a ser el icono en la base de todas las cruces y éstas representaron “el triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte”.
Por su parte, los piratas y corsarios tomaron el cráneo cruzado como metáfora de “peligro de muerte”, razonamiento que debían de hacer inmediatamente quienes enfrentaran con ellos; hoy en nuestra cultura alegórica continua teniendo el mismo significado.

La calavera simple
Por su parte, la calavera simple se utilizó como símbolo para promover entre los católicos la reflexión sobre la sabiduría de la muerte. Este emblema acompañó a los santos y ermitaños que se retiraron del mundo para filosofar sobre la proximidad de la otra vida y la vanidad de los bienes terrenales. El mismo Niño Dios como “Niño de la Pasión” o de “las Suertes” duerme sobre ella, figurando al recogimiento sobre su futuro sacrificio.


FUENTE: Revista Arqueología Mexicana

jueves, 16 de octubre de 2014

Condes de San Bartolomé de Xala

Hermosa casona que hoy funciona como Sanborns, en tiempos de la Colonia perteneció a uno de los condes más acaudalados, quien no escatimó recursos para construir su suntuoso palacio. Lo puedes visitar en el Centro Histórico del DF en la calle de Venustiano Carranza número 73.