domingo, 26 de octubre de 2014

La cabeza errante

Crispante en todos sus detalles es esta leyenda del siglo XVI, que forma parte de la rica policromía de nuestras leyendas, la ofrecemos aquí con todas las reservas que es de imaginarse. Tú sabes si comprendes, cuídate de no andar por las noches de luna entre las sombras de copales y pirules porque puedes toparte con… ¡Ella!

Porque tus pies pueden hechizarse, porque tus ojos pueden hechizarse. ¡Porque tu vida puede acabar de pronto! Así dice textualmente cierto antiguo manuscrito, en el que se relata esta leyenda. ¿Quién es ella? ¿Qué cosa es lo que causa el terror y la muerte? Yo te lo voy a decir, porque ésta es cosa que han dicho los antiguos y los que la han visto. Si vas a caballo por los caminos de esta tierra, en noches de luna, desviarlo de estas sombras; si no lo haces, puedes tropezar con ella, y tú y tu cabalgadura, quedar allí muertos. Porque allí te quedarás, paralizado de pavor, mientras “ella” ríe con una risa sin sonido y te mira con unos ojos que no ven.
Tampoco, si eres caminante, pases sobre esas sombras que proyectan los ramajes bañados de luna; sus ojos taladran el corazón, y sus labios, que no hablan, pero al moverse perturban la mente. “Ella”, camina aunque no tiene pies y puede llegar hasta ti; bañarte con su aliento fétido inmortal, y te quedarás allí, muerto el grotesco, con mueca de terror. Mientras la cabeza errante, la cabeza horripilante, continuará reptando, vagando por las noches en los caminos. Siete veces, siete te lo digo, para que siete veces lo recuerdes. ¡No tropieces con esa cabeza errante!

Esta es la terrible advertencia de un viejo hechicero, tal y como obra en aquellos manuscritos. Más veamos la historia de esta leyenda aterradora.
Corría el siglo XVI: en los terrenos que hoy ocupa el Hospital Juárez, se levantaba una casona sombría y aislada, edificada por don Antón García y Ballesteros. Érase éste un español natural de Guipuzcoa, que ante el repudio de la colonia se había casado con bella mestiza; ella era se hacendosa, callada y buena, atributos que la hacían buena mujer para el español. Más parecía que una onda, profunda pena la embargaba y que la melancolía mordía su corazón, porque de tarde en tarde, la mestiza permanece estática muchas horas contemplando hacia lo lejos, lo que había sido señorío azteca, a lo que siempre su esposo acudía para saber porque siempre hacia lo mismo, pero ella respondía que solamente le gustaba mirar.
Pasaron los días y los meses y la mestiza parecía cada vez más triste, más ensimismada. A medida que aumentaba el refinamiento de la esposa de don Antón, así aumentaban sus celos, hasta que una noche, asaltado por un inexplicable presentimiento, fue hasta la habitación de la mestiza y misteriosa mujer. Mas iba a abrir la puerta cuando escucha fuertes ruidos y relinchos se caballos en la caballeriza. Se arma de paso y en cosa de segundos se planta ahí para averiguar con uno de sus criados lo que pasaba, quien le comentó que a  uno de sus caballos algo le había asustado, pues había salido huyendo desbocado y relinchando por el pantano, tampoco había visto a la mestiza. En ese momento voltearon y encontraron abierta la puerta del huerto, pero al salir al sólo advirtieren sombras ominosas que forma el follaje bañado por la luna, entonces el criado se percata de unas huellas frescas que hay en la tierra, siguen el rastro hasta que llegan ante la mestiza, pero no se percatan de su transformación. Bajo la impresión recibida por la repentina presencia de la mujer, el hermoso no se atreve a decir nada, hasta que mira hacia unos matorrales en donde hay un animal al que le comieron las entrañas; asustados prefieren irse a un lugar seguro, y cuál no fue su sorpresa cuando vieron que la mujer ya no estaba.
Cuando don Antón hubo subido a sus aposentos, encontró a su mujer profundamente dormida. ¿Cómo había logrado llegar tan rápido? Finalmente el hispano comprobó que su esposa sólo salía a dar esos paseos, las noches de los martes y los viernes, y eso le hizo avivar el fuego de los celos, pues amando a la mestiza, natural era que la celara.
Y una noche de martes, don Antón decide velar para ver cuándo su esposa abandona la casa; así era, si la mestiza se iba a entrevistar con alguien, ese alguien o era invisible o se tornaba en sombras y misterios. Un silencio absoluto, imponente, invadía huerto, los caminos, la tezcalera y el pantano.  Y ese silencio y el gran misterio que flotaba bajo la luz misteriosa de la luna, hicieron caer al español en un profundo sueño, y al despertar ya había amanecido, y su mujer ya se estaba levantando para arreglarse.
Envenenado por los celos, el esposo hizo un plan: fingiría alejarse de su casa, para volver en la noche y sorprenderla, aquel día era viernes. Escondida en una cueva cercana, Antón deja caer la noche, para poner en práctica su plan; después de amarrar el hocico del caballo, para evitar un relincho que lo denunciara, se dirigió hacia su casa. Como si fuese un taimado bandido, ata a su caballo a la sombra de un árbol grueso, con sigilo y emoción llega hasta el huerto, y empuñando su espada abre la puerta de la recámara de su esposa, comprobando la vacía. Más furioso aún porque piensa que su esposa se encuentra con su amante, vuelve a bajar para dirigirse al huerto, pero al pasar ante la puerta de la cocina, tuvo un extraño presentimiento, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Creyendo que su esposa está en el interior, ingresa para buscarla, algo se mueve entre las sombras, algo viscoso y terrorífico, Antón retrocede en busca de una gran luz; con su espada de la luz, penetrar la cocina con el temor invadiendo su alma, pero al alumbrar con su farol se halla con un espantoso descubrimiento: ¡la cabeza cercenada de su esposa! Más de pronto se detiene, se da cuenta de que no hay ni una gota de sangre en torno al cuello, ni en las cercanías, también movía los labios y de sus ojos brotaban lágrimas. El pobre hombre sale gritando desesperadamente para pedir auxilio, creyendo que a su mujer le habían dado muerte; entonces de la nada se le aparece un indio hechicero diciéndole que él es el único que lo puede ayudar; entonces le comienza a contar de su larga lucha a través de los siglos contra brujas como su esposa, y cabe aclarar que el español no debe contarlo a nadie: la mujer tiene la capacidad de abandonar su cabeza separándola del cuerpo; la cabeza pierde el habla, pero no la vida y el movimiento, y en muy raras ocasiones puede recuperar la voz; el cuerpo así tomar la cabeza de un animal o de otro ser deforme, y se va por el mundo a causar males. Cuando se aproxima al amanecer, vuelve a casa, recupera el cuerpo la cabeza que suya, y el hechizo termina. ¡Vuelve a ser normal!
Al enterarse don Antón de aquellos horrores, quiere salir corriendo de su casa lo más pronto posible, acto seguido el brujo le advierte que no lo debe hacer, porque si no la bruja lo perseguirá hasta hacerlo víctima de sus malas artes. ¿Entonces qué había que hacer? El español debía seguir al lado de ella, contando con la ayuda del indígena para destruirla, y la única manera de lograrlo es evitando que su cuerpo vuelva a recuperar su cabeza humana. Ambos hombres hicieron un pacto, y si el español llegaba a flaquear, caerían sobre él todas las maldiciones.
Amanece cuando don Antón vuelve a casa, encontrando ya normal a la mestiza. Transcurrieron los días sin incidentes y así llega el martes. Aquel amor que alguna vez había sentido por ella, ahora era una inmensa pavura.
Hace horas que le huerto, el tezcal y el pantano se han sumido en el silencio, cuando Antón se dirigió a la cocina; todo estaba quieto, la puertecilla abierta indicaba que la bruja había salido.  Entonces comienza por verter sal molida y blanca dentro de una escudilla, principio de aquel rito contra brujas, y hace las siete señales que indican la hechicería antigua, después se sitúa en el oriente sur de la cocina y rocía la sal a los cuatro vientos. Venciendo su pavor de acercarse a la horripilante cabeza cercenada, lleva la sal sobre la que ha trazado los siete signos, y recordando las palabras del hechicero: “… Coge la cabeza y aunque veas que sus ojos lloran, y aunque oigas que hable úntale la sal en el cuello, si demoras la bruja tendrá tiempo de recuperar su cabeza; hazlo sin titubear, porque ella ya se ha enterado de todo”.
Y sucedió una cosa horrible: mientras Antón le untaba la sal en el cuello, la cabeza movía los ojos abriéndolos desmesuradamente, y fue tanto su esfuerzo que al fin, de aquellos labios pavorosos  escapó una voz infrahumana, preguntándole,  ¿por qué le había hecho daño tan grande?, ¿qué mal le había hecho para condenarla a no volver a su vida natural?; También le dijo de lo mucho que lo amaba y lo feliz que era su lado, pero también debía dedicarse al oficio que había heredado de sus padres. Entonces la cabeza dejó caer amargo y doloroso llanto que conmovió a don Antón, quien después de todo había amado a la mestiza, retrocede horrorizado; más a pesar de todo su arrepentimiento, el mal ya estaba hecho, la sal hechizada escarchaba el cuello de aquella cabeza horrible.
Y dice la leyenda que Antón huyó enloquecido de dolor y arrepentimiento, y no se le volvió a ver por la Nueva España. Días después de este suceso, unos amigos que llegaron a visitar al matrimonio, hallaron el cuerpo sin cabeza de la mestiza; en el acto llegaron al Santo Oficio y los alguaciles, que en vano buscaron la cabeza de la mujer, a quien suponían asesinada por el esposo.
Pero la cabeza de la bruja había huido hacia los montes, buscando las sombras que proyecta bajo la luna el ramaje de los árboles; allí aguarda el paso de sus víctimas, a quienes mata para saciar la venganza que originó su muerte injusta a manos de su esposo. Sube a las ramas nudosas, se confunde entre ellas ¡porque es ella misma, nudos y muerte!
Y así dice la leyenda que ha ido rodando, rodando, y ha de rodar por los siglos y los siglos ¡eternamente! Muchos casos se cuentan de hombres muertos entre esas ramas, por donde rampante y siniestra se esconde la cabeza errante. En la misteriosa península yucateca, existe una leyenda similar que haya conocen por “pol”, que el lenguaje maya quiere decir cabeza. ¿Más, quien puede decirnos que esa cabeza con sus tremendos poderes, no pueda ser la misma? 

domingo, 19 de octubre de 2014

Representaciones de la muerte

Aunque la Santa Muerte parezca una novedosa veneración popular mexicana y no católica, se sabe que desde fines del siglo antepasado se comparte su culto con otros países latinoamericanos de tradición cristiana. Aunque se presentan algunas variantes y diferentes nombres, su origen y su esencia son los mismos. Para conocer estos orígenes, tenemos que remontarnos hacia el medioevo, cuando la Iglesia Católica predicó la Buena Muerte, cuyos creyentes conformaron cofradías y congregaciones para evitar tener una Mala Muerte.
Por tales motivos y otros de índole histórica-epidemiológica, como la peste, la muerte tuvo una larga gesta católica que se remonta en Europa hasta el siglo XIII y se insertó en el Nuevo Mundo después de la conquista en sus distintas versiones en todos los virreinatos.
Su representación iconográfica fue manejada en cinco versiones: el cráneo con los fémures cruzados, el cráneo simple, el cuerpo humano casi etéreo, el semidescarnado y el esqueleto seco.
Sin embargo, entre los siglos XVII y XVIII, en algunos lugares de Nueva España y Guatemala la muerte ya había sido bautizada por algunos grupos, como San Pascual Rey, Justo Juez o Presagiadora; en tanto que hoy en día se le llama San la Muerte, la Santa Muerte, la Santísima, San Bernardo, San Pascualito Bailón, la Blanca, Niña o Hermana Blanca.

La Buena Muerte

La Iglesia Católica sembró en las mentes a todos sus devotos desde el medioevo estar preparados cada día en espera de la ineludible muerte, habiendo cumplido con todo un ritual: tener una vida de sacrificios, respetar los diez mandamientos, hacer testamento o profesión de fe contando con buena salud, confesarse, comulgar y recibir los santos óleos en las vísperas finales para obtener el perdón de sus pecados. Así también, el cuerpo en descomposición debía ser enterrado según el ritual judaico, anhelando la resurrección y la vida eterna, promesas básicas que dicho credo ejemplifico con la crucifixión de Cristo y la muerte de algunos santos. Por otro lado, el alma acompañada por San Miguel, aguardará el juicio final en el cielo, en el purgatorio o en el infierno.
El temor por la vida eterna en el averno representó una de las preocupaciones más grandes de los católicos. El mundo creyente vivió angustiado por tener una Buena Muerte y se organizaron en  cofradías, las cuales garantizaron a sus miembros el cumplimiento de todos esos servicios antes y después de expirar, recibir el hábito escogido para que el Santo en devoción lo sacara del purgatorio, y cumplir con la obligación de orar hasta el fin de sus días para salvar el alma de sus iguales, así como darle a su cuerpo un sitio cercano al altar. En el fondo, todas las cofradías tuvieron como objetivo proporcionar a sus miembros un seguro de Buena Muerte. La efigie utilizada por la Cofradía de la Buena Muerte fue el Calvario con la Virgen, María Magdalena y Señor San José, y este último fue conocido como su protector.
Cuando los fieles ricos no tuvieron descendientes o herederos, su alma se convirtió en la única beneficiaria sus bienes se dedicaron a misas, rosarios, oraciones, obras pías, etcétera, para su rescate. Se cuenta el caso excepcional del poblano Andrés de Carvajal, quien dejó pagadas 600,000 misas.
Éstas disposiciones fueron para aquellos que tuvieron algo que testar, ya que la mayoría no gozo de ellas por no contar con los recursos económicos, a decir de las actas de defunción; sus almas esperaron la compasión de sus familiares y de los demás cuando se rezó por el ánima sola. Aunque la muerte fue democrática, la Iglesia no, así que los pobres fueron enterrados en los atrios o fueron a la fosa común, ayudados por alguna Cofradía penitencial.
Entonces, la Mala Muerte, como contraparte de la Buena Muerte, significó no tener al alcance dicho sacramentos, morir súbitamente o por accidente, ser enterrado fuera de sagrado o no haber dejado en orden sus últimos deseos, lo que garantizó al creyente terminar eternamente ardiendo en las llamas del infierno, para su gran horror.

Iconografía católica de la muerte

La calavera cruzada por dos fémures
Según nos dice la Biblia, la muerte surgió cuando Dios castigo a los primeros hombres, Adán y Eva, entre otras cosas con la muerte y los expulsó del Paraíso en donde hubieran sido inmortales. Por lo tanto, para recrear dicho dogma junto al más importante de los misterios de la religión católica, la Pasión de Cristo por la redención de los pecadores y su resurrección al tercer día, los teólogos utilizaron el cráneo cruzado por dos fémures para simbolizar al padre Adán, y con él la mortalidad de todos los hombres y el memento mori; la calavera empezó a ser el icono en la base de todas las cruces y éstas representaron “el triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte”.
Por su parte, los piratas y corsarios tomaron el cráneo cruzado como metáfora de “peligro de muerte”, razonamiento que debían de hacer inmediatamente quienes enfrentaran con ellos; hoy en nuestra cultura alegórica continua teniendo el mismo significado.

La calavera simple
Por su parte, la calavera simple se utilizó como símbolo para promover entre los católicos la reflexión sobre la sabiduría de la muerte. Este emblema acompañó a los santos y ermitaños que se retiraron del mundo para filosofar sobre la proximidad de la otra vida y la vanidad de los bienes terrenales. El mismo Niño Dios como “Niño de la Pasión” o de “las Suertes” duerme sobre ella, figurando al recogimiento sobre su futuro sacrificio.


FUENTE: Revista Arqueología Mexicana

jueves, 16 de octubre de 2014

Condes de San Bartolomé de Xala

Hermosa casona que hoy funciona como Sanborns, en tiempos de la Colonia perteneció a uno de los condes más acaudalados, quien no escatimó recursos para construir su suntuoso palacio. Lo puedes visitar en el Centro Histórico del DF en la calle de Venustiano Carranza número 73.


domingo, 12 de octubre de 2014

La hermana de los Ávila

El convento de la Concepción fue de los primeros en ser levantados en la recién conquistada Nueva España, y por consiguiente, de los primeros en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Durante aquella época vivían en la esquina de lo que hoy son las calles de Argentina y Guatemala, los hermanos Gil, Alfonso y doña María de Ávila; ella era una joven muy bonita y de gran elegancia, y esto sirvió para que tuviera pretendientes que no correspondían a su condición social. Entonces sucedió que la muchacha se enamoró de un mestizo de familia humilde, conocido como Arrutia, quien se aprovechó del amor que le tenía doña María para casarse, y así gozar de su fortuna y alcurnia.
Por obvias razones, los hermanos Ávila se opusieron rotundamente a que el mestizo cortejara a su hermana, en especial Alonso de Ávila, quien le prohibió buscar a su hermana; pero Arrutia con el mayor descaro le dijo que él nada podía hacer, si doña María lo amaba, y que poco importaba si se oponía, pues el corazón de la joven ya era suyo. Lleno de santa a ira, don Alonso fue en el acto a contarle lo sucedido a su hermano Gil, quien propuso que la mejor solución sería matar en duelo al oportunista, pero don Alonso pensó que no valdría la pena mancharse las manos de sangre porque solamente se trataba de un despreciable mestizo, y que lo mejor sería darle una pequeña lección. Después de meditar las cosas detenidamente, los hermanos decidieron ofrecerle una buena cantidad de dinero para que desapareciera de la capital de la Nueva España.
Al escuchar aquella jugosa propuesta, el mestizo aceptó sin pensarlo,  marchóse a Veracruz y de ahí a otros sitios; mientras tanto por dos años la desconsolada doña María sufría y lloraba sin consuelo.
Gil y Alonso, al ver sufrir y llorar a su querida hermana, la convencieron para que ingresara de novicia en un convento, pues tal vez en los rezos y la cercanía con Dios, la ayudarían a encontrar la paz espiritual. Finalmente eligieron el convento de la Concepción, y después de pagar como dote una fuerte cantidad de dinero; entonces la llevaron enclaustrar diciéndole que el mestizo, el amor de su vida y la razón de sus tristezas, jamás regresaría su lado, ya que sabían de muy buena fuente que había fallecido.
Sin mucho entusiasmo doña María ingresó como novicia al convento, en donde empezó a llevar una vida claustral, pero sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo entre rezos, ángelus y maitines. Durante las noches, en la soledad de su celda olvidaba su amor a Dios, su fe y de todo lo religioso, para dedicar sus energías a pensar en su adorado Arrutia, el dueño de su corazón.
Pasó el tiempo, y mientras se encontraba recluida en el convento, se enteró de que su amado había vuelto, pues había regresado a pedir más dinero a los hermanos Ávila. Finalmente una noche, cuando ya no pudo resistir más aquella pasión que la quemaba por dentro, decidió quitarse la vida ante la ausencia de su amado. Sujetó una cuerda, se hincó ante Jesucristo para pedirle perdón, y acto seguido se dirigió hacia la fuente que había en la huerta del convento, amarró la cuerda una de las ramas del árbol de duraznos, volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer, y por último se lanzó para así dar fin a su vida.
A la mañana siguiente, la madre portera del convento la encontró muerta, balanceándose de un lado a otro con el viento. Los restos mortales de María fueron bajados y sepultados esa misma tarde en el cementerio interior del convento, y hasta aquí parecía que está triste historia de amor había terminado. Un mes después, una de las novicias vio una aparición reflejada en el agua de la fuente; pero esta no sería la única, pues dichas apariciones se volvieron cada vez más frecuentes, por lo que se llegó a prohibir a las monjas que salieran a la huerta después de que se metiera el sol.
Durante muchos años en el antiguo convento de la Concepción, que hoy se ubicaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las religiosas veían en la huerta aquella figura blanca y espantosa de doña María en su hábito, colgada del árbol de durazno. Así, durante mucho tiempo las monjas veían aquella figura espantable; de nada les sirvieron los rezos, las misas y duras penitencias, para que el alma en pena se alejara del convento.

domingo, 5 de octubre de 2014

Etapas constructivas del Templo Mayor


Últimas etapas

Lo primero que podemos ver es el empedrado de la gran plaza  o espacio sagrado, que tenía alrededor de 450 m por lado y contaba con 78 edificios en su interior. El empedrado al sur del Templo Mayor corresponde a la penúltima etapa constructiva (alrededor 1500 d. C.). Seguimos avanzando y llegamos a un descanso en donde hay una lápida colonial empotrada en el muro, y muestra la siguiente inscripción: “Estas casas eran de A1° de Ávila Alvarado, vecino de esta ciudad de México, el cual fue condenado a muerte por traidor; fue ejecutada en su persona la sentencia en la plaza pública de esta ciudad; le mandaron derribar estas casas, que fueron las principales de su morada. Año de 15…” Esto hace referencia a la conspiración que protagonizaron algunos hijos de conquistadores para liberarse de España y entronizar como gobernante a Martín Cortés, hijo del conquistador; pero los descubrieron y después de un juicio sumario se les condenó por traidores a la corona. El hijo de Cortés se salvó, pero los demás no tuvieron tanta suerte. Los hermanos Ávila-cuyas casas se ubicaban sobre el Templo Mayor-fueron decapitados en lo que hoy es el Zócalo. Quienes habían sido los autores de la destrucción del templo indígena que se levantaba en aquel sitio, ahora se les daba muerte sus casas eran destruidas; curiosamente, debajo de ella se encontraría en 1978, a la diosa Coyolxauhqui, también decapitada y desmembrada.
Si levantamos la vista, tenemos la plataforma que sostenía el templo, correspondiente a la etapa constructiva IVb, hacia 1470 d. C., es decir, bajo el gobierno del Axayácatl, quien en Tenochtitlán entre 1469 y 1481 d. C. Del empedrado de la plaza se subía a la plataforma por cuatro escalones en cuyos extremos hay serpientes con el cuerpo ondulante. Escalera se ve interrumpida por un pequeño altar llamado de las Ranas, por tener dos de estos anfibios, que son asociados al dios de la lluvia. Sobre la plataforma hay restos de las dos escalinatas que conducían a la parte alta del templo, en donde se ubicaban los adoratorios de Tláloc y Huitzilopochtli; los cuales están separados por alfardas que rematan en cabezas de serpiente, que por fortuna todavía conservan sus colores originales. Se puede apreciar también una copia de la diosa Coyolxauqui, pues la original fue removida y se puede admirar en el museo de sitio.
Debajo del piso de la plataforma fueron encontradas una cantidad considerable de ofrendas; las cuales consisten en un objeto o varios de ellos (algunas tenían más de 300) dedicados en honor del templo y de los dioses en el presentes. Se pueden hallar directamente colocados en el relleno de piedra y lodo que cubría el edificio para construir una nueva etapa, o en cajas de piedra con su tapa o inclusive dentro de cámaras. Los objetos eran colocados de tal manera, tanto en posición horizontal como vertical, pues su carga simbólica era muy específica; dichas ofrendas fueron colocadas en ejes importantes, como la unión de los edificios de Tláloc y Huitzilopochtli, a la mitad de las escaleras, en las esquinas del templo y en las partes medias de éste.

Etapa II

El recorrido conduce a una etapa anterior, de la que se conserva la parte alta del templo con los dos adoratorios. A nuestro lado derecho se puede observar el templo de Huitzilopochtli, y en la entrada del adoratorio la piedra de sacrificios. Algunas urnas fúnebres, encontradas debajo del piso, constituyen las piezas más antiguas halladas en el Templo Mayor.
En nuestro lado izquierdo está el adoratorio de Tláloc, frente a cuyo acceso se localiza la figura de un Chac Mool; los pilares que conforman la entrada se conservan en buenas condiciones y todavía se pueden apreciar los colores originales. Esta etapa se ubica en el año 1390 d. C. por el glifo 2 conejo que se ven el último escalón del lado de Huitzilopochtli, en eje con la piedra de sacrificios antes mencionada.

domingo, 28 de septiembre de 2014

México en el siglo XIX

Debido a la situación de la época, los criollos encontraron la gran oportunidad de concretar el sueño que tanto anhelaban: la independencia, que empezó desconociendo a Bonaparte como monarca español, y que se hizo más evidente en el altiplano con el grito de Hidalgo en 1810; el ensayo de libertad después de 12 años de lucha con un fallido emperador mexicano en el 21, y finalmente una auténtica República en el 23, con el primer presidente que adoptó un nombre falso, un seudónimo adecuado para semejante ocasión: Guadalupe Victoria.
En la historia de México, el siglo XIX fue el más intenso, después del de la conquista. Todo lo que no sucedió en trescientos años, ocurrió de golpe en cien. Un largo siglo que terminaría con lo que dejó a medias: una verdadera transformación social, la de 1910.
Comienza el siglo con la visita del barón alemán Alexander von Humboldt en 1803, aquel increíble intérprete de la naturaleza que en un año ya había inventariado cuatro millones de kilómetros cuadrados con sus riquezas, sus carencias y sus grandes desigualdades; indicándonos el desperdicio y el desaprovechamiento de nuestra enorme cantidad de recursos, y describiendo en su soberbio: ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Gracias a él, se supo por primera vez lo que éramos y tenemos al alcance de la mano. Cuenta Madame Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español después de la Independencia, que a su paso por México, aquel Humboldt de 34 años se enamoró de la Güera Rodríguez, “más cautivado por su ingenio que por su hermosura”.
El siglo XIX se caracterizó por ser de los viajeros, de los descubridores y cronistas, y después de los fotógrafos. Todos descubrían maravillados nuestra nación, excepto nosotros, mexicanos independientes, liberales o conservadores, desgastándonos en cuartelazos y en profundizar en esa extraña novedad de una identidad independiente, de un carácter que tenía que ser propio. Para ello volvimos a fijarnos en lo extranjero, que al final no era más familiar. Ahora ya no teníamos que ser españoles de segundo tercera, parecía más fácil imitar a los estadounidenses o franceses, a quienes parecía irles tan bien en todo lo que hacían. Hasta nuestros días la identidad mexicana sigue siendo el acertijo predilecto de la sobremesa de sabios e intelectuales.
El siglo XIX fue el de la luz eléctrica, el fonógrafo, los primeros coches, el telégrafo, el teléfono, el ferrocarril, los tranvías eléctricos que atropellaban gente y caballos a montón; pero también fue el siglo de terribles epidemias de tifo, cólera, influenza; de algunos fuertes temblores, inundaciones catastróficas y el característico grito que se escuchaba cuando por las calles se iba: “agua va”, y de las ventanas salían volando hacia la calle los restos de las bacinicas con orines y excremento, debido a las malas cañerías de la ciudad.
En el siglo XIX uno podía observar la ciudad entera desde el Castillo de Chapultepec, esa ciudad que en 1880 llegó a tener 100,000 habitantes con sus pueblos, rancherías y haciendas todavía en las afueras de la ciudad: Tacubaya, Coyoacán, San ángel, la Hacienda de los Morales, etcétera. Se veía el paseo de la Reforma con la estatua de Carlos IV, mejor conocida como el “Caballito”. Se pueden observar también los volcanes y el valle, todavía se podía ver el único canal que sobrevió a la colonia: la Viga, desde Xochimilco hasta la Merced, al igual que lo que quedaba de lago de Texcoco.
Dicho siglo fue el de dos intervenciones devastadoras: la estadounidense en 1847, en donde Santa Anna perdió más de la mitad del territorio y la vida de los niños héroes. Y la francesa de 1862, con el triunfo de la batalla del 5 de mayo que cada año recordamos y que tiene una calle que pasa por detrás de la Casa de los Azulejos. Fue siglo de Maximiliano y Carlota, que nos dejaron su triste historia y la Calzada del Emperador, o llamado Paseo de la Reforma y unos músicos que juntos se hicieron llamar “mariachis”, del francés marriage.
En este siglo estuvieron presentes don Lucas Alamán, Manuel Ignacio Altamirano, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera, Urbina, Tablada, Díaz Dufoo, entre tantos otros.
El siglo XIX también fue el de dos oaxaqueños impresionantes, uno más indio que el otro, soberbios, contradictorios y geniales cada uno a su modo, que nos marcaron para siempre: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Dicen que Juárez nunca aprendió a sonreír, y un Díaz que se desinfló con tanta medalla y pompa y protocolo para olvidar su origen zapoteca tratando de ser un francés absolutista y conservador. Con Juárez aprendimos que el vicio español de arrasar lo pasado para instaurar el presente había llegado para quedarse en nuestra conciencia nacional: con las leyes de Reforma se tiraron iglesias y conventos, entre ellos el primero de América y uno de los más soberbios de México: el convento de San Francisco, frente a la Casa de los Azulejos. Y Porfirio Díaz hizo lo propio con su moda francesa que “por ley” mandó deshacer fachadas barrocas y neoclásicas, y también tira de edificios enteros, mientras Carmen Romero Rubio de Díaz servía a sus invitados en el Castillo de Chapultepec menos rotulados en francés: huachinango á la voulavaise. La Casa de los Azulejos sufrió al decidirse abrir el segundo tramo de la calle de 5 de mayo en 1881, cuando se tiró una buena parte trasera de la casa para abrirle paso.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Fantasmas en la Casa de los Azulejos

Las historias que a continuación se presentan tienen que ver con estos raros sucesos inesperados, las que conocemos como manifestaciones del más allá. Todo sucedió en uno de los edificios más emblemáticos que hay en el Centro Histórico. Debido a su carga histórica y a la gran cantidad de personajes que estuvieron involucrados con este edificio, lo colocan como una estructura arquitectónica llena de magia y misterio.
Allí se desarrollaron sucesos trascendentes y determinantes para quienes la habitaron y también para trabajadores, visitantes y comensales que por alguna razón han llegado hasta sus instalaciones, para ser testigos involuntarios de la presencia de raros acontecimientos, que al parecer han quedado atrapados en el tiempo.

Historias del más allá
Las personas que ahí laboran, afirman que deambulan seres que por distintas circunstancias quedaron atrapados en el espacio-tiempo, y son los que reporta esporádicamente la gente; algunos son:
Una señora que llevaba trabajando tres años, habló sobre un hecho que le ocurrió cierta noche hace como dos años. En una ocasión le tocó ser una de las últimas meseras en retirarse, cuando le tocaba servir en el comedor de la parte alta del restaurante. Recuerda que vio de reojo a una persona parada inmóvil en la parte de atrás ese piso, en la zona que sirve para reuniones y celebraciones, y en ese momento no le dio mucha importancia, pero se extrañó cuando notó que aquella persona no salía; llena de curiosidad va a buscarla y no le encontró, parecía que se lo había tragado la tierra. Pensó que tal vez, en un descuido, aquella persona había salido y ella no se había percatado, pero no quedó muy convencida. Más tarde se lo comento a uno de los cocineros, quien sin extrañarse, le dijo que no se espantara, pues en ocasiones él también había visto cosas. Entonces, le comentó acerca de otro compañero de ese mismo turno, que en cierta ocasión había escuchado que se caían muchos trastes, pero cuando fue investigar todo estaba en calma. De la misma forma comentó lo “natural” que es el hecho de que objetos como tenedores, cucharas o servilletas se muevan o caigan frente a ellos.
Cierta mesera habló sobre un personaje que llegó y se paró junto a una de las mesas del segundo piso, por el corredor, y aseguró que varios testigos involuntarios que han hecho referencia a esa situación, pues se lo han indicado preguntándole, a lo que extrañada las meseras no saben qué contestar. También varias trabajadoras del restaurante, dicen que en las escaleras que llevan al segundo piso, han visto un personaje que se dice murió ahí hace años, cerca de los escalones de los baños.
Un señor que trabaja en el turno nocturno en el área de baños de caballeros, en una ocasión cuando revisaba los sanitarios junto con sus compañeros, y sin haber nadie más, les abren alguna llave del agua, o escuchan como si le jalaran la palanca los baños, pero al revisar no encuentran a nadie. Como esto sucede frecuentemente, aprendieron a tomarlo con normalidad.
Otro acontecimiento del que habló un cocinero, es que hay ciertos lugares del restaurante en donde a nadie le gusta estar, hace frío, y cuando les toca laborar en esos sitios, tienen una sensación incómoda, hay una energía negativa que quedó atrapada a través de los años.