domingo, 24 de mayo de 2015

La calle de Donceles

Cuando los conquistadores vinieron a la Nueva España, algunos nobles jóvenes que fundaron mayorazgos y títulos en México escogieron para vivir, las calles que en la actualidad conocemos con el nombre de Justo Sierra y Donceles. Como mucho se podrán imaginar, el nombre de Donceles, que se le dio a la calle, se deriva de la juventud y alcurnia de sus habitantes. Aún después de la primera época de la colonia, esta calle fue la preferida por los principales vecinos de la ciudad, de manera que allí se aposentaban los Záldívar, los Medrano, los Villegas y otros no menos ilustres varones.
Después de consumada la conquista y resuelta la reedificación de la ciudad, se repartieron los solares para que edificarán en ellos los conquistadores sus residencias. Sin embargo, se desconoce cómo fue la designación de estos pedazos de terreno, lo que nos deja en penumbra para poder identificar los predios, además de que en aquella época no se acostumbraba poner el nombre de la calle, si es que lo tenía, sino solamente el de los colindantes del solar. Más hay una prueba para demostrar que el nombre de los Donceles vino de la repartición de los solares, y es el acta del primer Cabildo celebrado en esta ciudad después de haberse instalado su Ayuntamiento.
En dicha acta se lee que Antonio Marmolejo hizo una petición al Cabildo exponiendo que: se le había dado un solar en la calle de los Donceles, a espalda de la casa de Gregorio Ávila, pero que como aquel escribano no lo había asentado, demandaba que se le informase la donación y se hiciera constar, escribiéndolo como era debido. El Capitán don Sebastián de Barreda, en 1634 como albacea de su esposa doña Mariana Castillo y Lazcano, procedió a fundar un vínculo o mayorazgo a favor de su hijo don Nicolás Antonio, en tres casas: una en la Plazuela del Rastro y la calle de Donceles, y la otra en la de San Juan.
Con el paso del tiempo, las diversas fracciones de la calle de los Donceles fueron tomando diferentes nombres, quedando el de los Donceles reducido a la porción comprendida entre la calle de Cordobanes y la de la Canoa, en tanto que en la antigüedad se llamaba de ese modo todas las calles que corrían en línea recta, desde la Espalda de San Andrés hasta la de Chavarría.
En la casa que forma esquina con la primera calle de Santo Domingo, marcada ahora con el número 80, nació el bienaventurado fray Bartolomé Gutiérrez, según consta en la causa de su beatificación, y por ella se sabe también que fue el 4 de septiembre de 1580, siendo hijo de Alonso Gutiérrez y de su mujer Ana Rodríguez. Sus padrinos lo fueron Juan Fernández y Catalina Rodríguez. Fray Bartolomé Gutiérrez perteneció a la orden de los Agustinos habiendo tomado el hábito en el convento grande de la ciudad de México y procesado el 1 de junio de 1597.

Al decir de los cronistas, la carrera apostólica del padre Gutiérrez fue más gloriosa que la de San Felipe de Jesús, pues habiéndose dedicado a la conversión de los infieles en el Japón, fue quemado vivo a fuego lento en Nagasaki, el 3 de diciembre de 1632, a los 52 años de edad. A pesar de su glorioso martirio, su beatificación se tardó bastante, siendo hasta el 7 de mayo de 1867, cuando el Papa Pío IX dio la Bula correspondiente. Desde entonces se hicieron en la catedral de México, el día 2 de marzo, funciones muy solemnes con procesión y sermón, en honor a fray Bartolomé, estando los oficios a cargo siempre de algún religioso agustino.

domingo, 17 de mayo de 2015

Maestro que hizo escuela

El decir maestro denotaba hambre y necesidades; estas van unidas como la carne con la uña. No desean tener beneficios, se conforman con que no les falte un buen plato de caldo, un trozo de carne, los indispensables frijoles duros propios para apedrear en un motín o si están agusanados mucho mejor, pues así son demás alimento; como olvidar también el jarrito de café. Con el estómago pegado a la espalda y bostezos continuos, con estómago exhausto y con hambre a toda hora, así viven sin vivir, estos escuálidos y abnegados seres. El hambre es su sopa caliente, su pan y su agua, así como su padre nuestro y suave María.
Hombres con menos carne que un leño, pero con grandes ojeras, al borde del desmayo, con su ropa raída, agujerada y desgastada, todos roñosos y desgreñados. De estos tristes mortales, que a duras penas viven, era Cristóbal de Trujillo, descarnado y de mandíbula transparente, ocioso de boca y liso de barriga. Estaba el infeliz casi sin alientos, exánime, y su andar era como de sonámbulo, sin moverse, tieso y erguido, como forjado en una sola pieza; pero esta lentitud sólo era una precaución para no desarmarse al hacer un movimiento brusco. La sotana era un puro lamparón; contenía más, mucho más grasa que una tocinería, pero los puños y en los bajos colgábanle abundantes arambeles y flecos que combinaban muy bien con aquellas greñas llenas de liendres, que traía siempre revueltas ya sobre los ojos, ya le colgaban todas lacias y enmantecadas casi hasta los hombros.
Tenía este hambreado Trujillo abierta escuela en donde atendía hasta dos docenas de chicos revoltosos. Era fraile profeso de Santo Domingo y clérigo ordenado de corona; enseñaba a deletrear, a decorar, a leer de corrido; enseñaba la doctrina y las cuatro reglas; hacer palotes, luego letra bastarda, y redondilla después, y todo esto entre palmetazos horrendos que sacaban hasta humo de las manos, de disciplinazos feroces que procuraba con gran cuidado cayeran en lo más carnoso del cuerpo, y se pasaba el día con amenidad desdentando a diestra y siniestra con bélicos mojicones a los chicos analfabetos; o si no tenía el humor sulfurado, ponía a sus educandos las orejas de burro.
Pero de pronto este ser diáfano de flacura, empezó a cubrirse los huesos con buenas carnes, se le sonrosaron  los pellejos de su cara y hasta tomó cierto balance al andar, grácil, como de pluma en brisa. Ya tenía en su mesa abundancia de buenos guisados, pan rebanado a pasto y cántaros de vino. Ya andaba el escuálido Padre Trujillo en grandes regodeos con aquello que en otros tiempos era sólo un sueño, pechugas de pavo, lonjas mantecosas de cerdo, pescados y pollos. Recordaba sus antiguos bodrios y escupía de repugnancia. Pero ¿de dónde salieron esos guisos que ya comía a diario con buen acompañamiento de pan blanco y de vino? Pues eran debidos a la peregrina invención de su muy peregrino ingenio. Como los chicos no le pagaban, y si por acaso le pagaban era tarde y mal, él se vengaba dándoles, por lo que hacía o por lo que podían hacer, aquellas tremendas golpizas diarias en parte blanda, desnuda y noble con las que temblaba el misterio y ésta se ponía a valar el cordero pascual. Lo que discurrió un terrible ingenio el magro pedagogo para acrecentar los músculos y tener una poca de grasa de reserva, fue enseñar a sus discípulos a robar. Singular enseñanza con la que les perfeccionaba y pulía los naturales instintos a la rapiña de los más de sus alumnos, ya con hábil precocidad para este arte u oficio que recibieron en herencia con la primera leche.
Les enseñaba a hurtar y les mandaba que hurtasen los bienes y hacienda de sus padres, y así por su mandato los discípulos lo hacían, y si no lo hacían les amenazaba imponía temores infinitos. Y por todo el señor Juan Bautista, fiscal y alguacil mayor de la ciudad de Oaxaca, lo denunció el 22 de septiembre de 1571 ante el provisor de la Santa Iglesia Catedral, bachiller Leandro Martínez, y desde luego le abrió proceso el deán en oficio de juez eclesiástico. Se citaron a numerosos muchachos y todos declararon como los obligaba el señor maestro aquel le dijesen los objetos que había por sus casas, y que escogía entonces los que le parecía mejor y más adecuados para que se los trajesen, y que al que no quería hacerlo le amenazaba horriblemente con penas que llenaban de escalofríos, y que por temor y hasta por respeto lo obedecían sin chispar, y además les tenía mandado que cuando fuesen a confesar no dijeran nada de los hurtos. Los muchachos decían osadamente lo que les enseño; ya sin miedo le aclaraba sus buenas enseñanzas, pero inerme de disciplinas y palmetas con las que les hizo terribles estragos en sus carnes para demostrar que la letra con sangre entra. Pero Cristóbal de Trujillo contestaba medio riendo, que quien le daba crédito a muchachos, que se necesitaba ser bobo de nacimiento para tomarles en cuenta sus dichos, y con fecha de 5 de octubre de 1571 escribía su defensa; en la cual aclara que los muchachos no rebasan los dos años de edad, y que todo aquello que declararon carece de veracidad alguna porque ellos solo quieren su mal; así también exigía su pronta libertad porque al ser inocente no tenía el por qué estar en prisión.
Entre afirmaciones contundentes de los chicos y sus padres, y de la gente a quien le fue a vender lo que habían robado, para satisfacer su hambre atrasada de años, se pasaron largos meses, y al fin el reverendo deán provisor dictó la sentencia: el maestro Cristóbal Trujillo fue condenado a prisión y a un año de destierro, entre otras más. El 9 de octubre de ese año fue llevado a la Santa Veracruz a cumplir la penitencia a la que se le condenó. Lo pusieron en el presbiterio en una alta tarima para que se le viese bien desnudo de pie y pierna y con vela en la mano, tal como se mandaba en la sentencia; el pobre hombre estaba descolorido, como en sus desastrosos tiempos de hambre, con la barbilla pegada al pecho, sus largos y aceitosos cabellos le colgaban sobre la frente, tapándole los ojos. Al terminar de leer el Evangelio el sacerdote oficiante, el fiscal se puso de pie y con preciosa voz dijo una tremenda oración a los fieles en la que les explicaba, pormenorizadamente porque se hallaba allí aquel “maestro de niños”, cosa enteramente inútil porque todos los concurrentes lo sabían a las 1000 maravillas. Cristóbal de Trujillo se afana escrupulosamente en sacar discípulos competentes y bien logrados en las disciplinas de Caco para que tuvieran después sonada reputación. Lástima de esfuerzos.

domingo, 10 de mayo de 2015

Santos y Santas

En la religión católica existen una gran cantidad de santos y santas para todas las necesidades, y para abarcarlos a todos, el espacio en este nunca bastaría para mencionar una pequeña reseña de todos, así que mencionamos a algunos de los más conocidos. En posteriores publicaciones iremos hablando de estos personajes, que de tantos aprietos nos han sacado.
San Felipe de Jesús
Nació en la ciudad de México en 1572. Bajo la dirección de los jesuitas, estudió gramática en el Colegio de San Pedro y San Pablo, pero sería expulsado debido a su carácter hiperactivo, después se fue a puebla como novicio y más tarde de dedicó a la platería, oficio en el que duró muy poco tiempo.
Si tener un trabajo fijo, se embarcó hacia Manila para ayudarle a su padre en  los negocios, pero fue tentado por los juegos de azar, y ahí llevó una vida muy desordenada. Tiempo después sintió un tremendo vació por haberse olvidado de Dios, por lo que decide ir a tocar las puertas del convento de Santa María de los Ángeles, donde se convirtió en fray Felipe de Jesús.
Tres años más tarde recibe la noticia de que debía regresar a México para recibir instrucciones sagradas, ya que en Manila no se le podían otorgar por falta de obispo. Entonces en el mes de julio de 1596 se embarca en el galeón “San Felipe”, con destino al puerto de Acapulco, pero sucedió que la embarcación fue detenida en Japón, lugar donde fuera hecho prisionero, martirizado y crucificado. Murió en Nagazaki el 5 de febrero de 1597. Fue canonizado el 8 de julio de 1862.
A este santo lo podremos identificar, porque aparece ataviado con un hábito café de su orden religiosa, abrazando la cruz o sujeto a ella con argollas en el cuello, muñecas, tobillos, y su cuerpo atravesado por dos lanzas. Cuenta con su capilla ubicada en la Catedral Metropolitana.

Santa Teresa de Ávila
Nació el 28 de marzo de 1515 en una familia acomodada, de carácter decidido y alegre. Pertenece al grupo de las tres doctoras de la iglesia, siendo las otras dos: Santa catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús. Reformó a las Carmelitas, llegando fundar treinta y dos conventos por todos los rincones de España.
Sus obras llenas de misticismo son consideradas obras maestras de la literatura, en las que relata sus visiones y experiencias espirituales de manera sencilla, sin exagerar los acontecimientos; entre sus obras más relevantes destaca: Camino a la Perfección, Fundaciones y el Castillo Interior.
Su vestimenta consiste en hábito de  las monjas carmelitas descalzas: color castaño con tocas blancas y velo negro, un amplio manto de lana blanca abrochado en el pecho y sandalias, se le puede ver también portado en birrete doctoral. Como todos los santos, tiene elementos que la caracterizan, los cuáles son: libro y pluma de escritura, bordón pastoral que termina en cruz de doble travesaño como fundadora, en algunas ocasiones la podremos  ver con una crucecita a modo de pectoral colgando en el pecho; también con una paloma (Espíritu Santo) junto al oído o sobre el hombro, ya que representa la inspiración divina en sus escritos.
Es frecuente la escena en que un ángel con un dardo  encendido le inflama el corazón cuando ella se encuentra en éxtasis, por ello a veces tiene un corazón llameante  en sus manos. Enamorada de los sufrimientos de Cristo, su lema era: “Padecer o morir”. El nombre de esta santa no es muy común para referirnos al recorrer el Centro Histórico, se le conoce más comúnmente  a sus templos como: Santa Teresa la Nueva  y Santa Teresa la Antigua.

San Felipe Neri
Segundo de los hijos y primer varón, nació en Italia, Florencia el 21 de julio de 1515. Hombre de buen corazón que toda su vida hizo obras de caridad para ayudar quienes más lo necesitaban, llegando incluso a vender sus libros para socorrer enfermos y pobres.
En 1544 tuvo su primera experiencia mística, en la que se cuenta que una bola de fuego se le metió a la boca, alojándose en su pecho, y lo curioso del asunto fue que cuando le hicieron la autopsia, tenía dos costillas rotas y arqueadas. En otra ocasión se le apareció la Virgen, que lo curó milagrosamente de una enfermedad de la vesícula. Su fama creció como la espuma, y tanto cardenales, como pobres recurrían a él para buscar consejo y ayuda.
Con el apoyo de su confesor, fundó en 1548 la Confraternidad de la Santísima Trinidad, dedicada a ayudar a los pobres, enfermos y peregrinos. En 1551 se ordenó como sacerdote e ingresó a la comunidad eclesiástica de Girolamo en Roma; y con el paso del tiempo sus oraciones se hicieron muy populares, para lo que hubo que mandar construir un recinto especial para que hubiera cupo para los cada vez más numerosos asistentes. Sus conferencias y reuniones eran acompañadas por composiciones musicales, que dieron origen a los llamados “oratorios”. Su fiesta es el día 26 demayo.

San Ignacio de Loyola
En diciembre de 1491, probablemente en un día de Navidad, nace un niño de nombre Iñigo en el seno de una noble familia guipuzcoana en el castillo de Loyola. Fue educado de acuerdo a las costumbres españolas, y de  carácter tenaz y orgulloso, decide entrar al ejército del virrey de Navarra. Durante la ocupación de la ciudad de Pamplona, Ignacio se negaba rotundamente a la rendición del castillo, persuadiendo a los capitanes para que se resistieran a la muerte; resistieron todos los obstáculos que les vinieron, hasta que una bala de cañón de destrozó una pierna y herida la otra. Fue recogido por los mismos enemigos y lo trasladaron al castillo de Loyola, donde su estado se agravó de tal manera, que por poco se muere, pero casualmente por aquellas fechas fue la vigilia de San Pedro, santo al que siempre tanto veneró y decide encomendarse a él; milagrosamente experimentó una notable mejoría y rápido entró en vías de recuperación.
Sin embargo, su convalecencia iba  a llevar un largo tiempo, para lo que solicito libros de caballería a los que tanto era aficionado,  pero a falta de estos, le ofrecieron una Vida de Cristo y un libro de vidas de Santos. Las lecturas religiosas le produjeron una fuerte crisis moral, después una aparición de la Virgen del Niño Jesús, lo hizo decidirse de manera definitiva a cambiar su vida y consagrarse al servicio de Dios.
El 27 de septiembre de 1540 Paulo II, autoriza de manera oficial la fundación de la congregación de la Compañía de Jesús, hecha por Ignacio de Loyola. Dicha compañía era sinónimo de obediencia voluntaria y alegría.
El santo varón murió cerca de Roma el 31 de julio de 1556 y está inhumado junto al altar de Jesús. Fue canonizado por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622.

domingo, 3 de mayo de 2015

La calle de la Cruz Verde

Durante la época de la colonia se acostumbraba que al construir una casa, se colocara en su fachada la imagen de una cruz o de un santo al que la familia le tuviera devoción, este ornamento religioso era elaborado en cantera o mármol, siempre y cuando los habitantes contaran con los recursos económicos para costearlo.
Por lo general la imagen era colocada en la parte central de la fachada, y algunas veces se le ponía un pie de gallo elaborado en hierro, desempeñando la función de poder colgar un farol para que durante la noche el nicho donde permanecía la imagen pudiera ser contemplado por los habitantes de la capital. Si la familia era de alcurnia, en vez de tener imágenes religiosas llegaban aponer su escudo de armas. Sin embargo, la mayoría los habitantes de la capital de Nueva España prefirieron tener en la fachada de sus hogares una cruz, pero no podían poner la efigie nada más porque se les antojaba hacerlo, pues por si no lo sabías, las autoridades eclesiásticas regulaban todos estos menesteres; y esto lo prueba una Junta Eclesiástica  que se llevó a cabo en 1539, en la que se llegó al acuerdo de mandar tirar muchas cruces existentes, en especial las que se encontraban en casas de indios, eso sí, los españoles tenían autorizado colocar estas imágenes con absoluta libertad.
Con el paso del tiempo la Santa Inquisición se percató de que las casas que tenían una cruz en su fachada ya eran numerosas, para lo que se volvió a llevar a cabo otra Junta Eclesiástica a finales del siglo XVII, comisionando a un funcionario para que fuera a recorrer las calles  de la ciudad y revisara si los habitantes de las casonas contaban con la debida autorización.
La gente hizo caso omiso de estas leyes y continuó colocando cruces a placer, incluso se llegaron a contar dos en varias casonas, como una en la calle de la Aduana Vieja y San Jerónimo; además también cuentan las crónicas que la cruz colocada en frente de la casa marcada con el número 5 de la calle de Jesús María, era de color blanco tranzada sobre tezontle negro y tenía grabadas las imágenes de la Pasión de Cristo.
La Calle de la Cruz Verde se encontraba ubicada de poniente a oriente, después de la calle del Corazón de Jesús, pero conocida por el vulgo como  de San Camilo y que antes se llamase de Pachito; se encontraba una casa situada en la calle de Migueles y Cruz Verde, donde se colocara una cruz de ese color, pero no fue de bulto ni en nicho alguno.  De dimensiones grandes, fue tallada en el muro del cuerpo del edificio, de tal forma que su pie formó la esquina y los brazos se doblaban, quedando uno para la calle de la Cruz Verde y el otro para la calle de Migueles.
Según las crónicas, a la calle de que nos ocupa se le llamó así por la imagen de la cruz, pero la leyenda nos cuenta otra cosa diferente. ¿Quieres saber qué es? Sigue leyendo.
El 17 de septiembre de 1556 arribó a tierras mexicanas  Don Gastón de Peralta, que fuese nombrado por el rey Felipe II, virrey  de la Nueva España. Durante aquella época la llegada de un virrey era todo un acontecimiento  de gran solemnidad, con las calles abarrotadas de gente para no perderse la llegada de dicha autoridad.
El cortejo que acompañaba al joven virrey  era muy solemne, pues estuvo acompañado por las personas más importantes de la Nueva España, quienes iban montados en hermosos corceles rodeando a su excelencia, que hacía su triunfal entrada por la ciudad.

Entre estas celebridades había un joven de 27 años de cabello rubio, barba espesa y unos ojos verdes que emanaban amor y alegría por la vida; este caballero traía por vestimenta una trusa blanca bordada en oro, su espalda la cubría un capote de color azul con orlas blancas, y para completar llevaba ceñida a la cintura un hermosa espada con empuñadura de plata. El joven montaba un precioso caballo árabe con una montura bordada en plata; así lo veían los asistentes al evento, como un mancebo guapo, arrogante y por las damas solteras.
El joven caballero llevaba por nombre Don Álvaro Villafuerte y Mancera, quien iba acompañado de su paje, su recorrido podía haber sido más largo, sino se hubiera detenido en la esquina de una calle a ver a una hermosa dama asomada en su balcón, quien ante los ojos de él apareció con una mirada seductora, sintiendo el corazón dándole vuelcos de emoción. Tan impresionado quedo con esta mujer, que se dio a la tarea de averiguar quién era la que le había robado el aliento; tiempo después se enteró de que llevaba por nombre Doña María Alcántara y Sánchez, y era hija de un funcionario de la Real Hacienda pero sin llegar a un jerarquía muy alta.
EL joven comenzó a rondar la casa de su amada, sin embargo los padres de ella la tenían a buen reguardo, sabiendo  que a su edad se suelen cometer errores irreparables, y por tal motivo a los enamorados se les dificultaba poderse comunicar, no cabe duda que ambos habían encontrado a su alma gemela.
Don Álvaro se sentía frustrado de no poder encontrar alguna oportunidad de conocer a su amada; pero tiempo después para su buena suerte, la madre de Doña María cayó gravemente enferma, por lo que la vigilancia no era tan estricta y por fin pudo llegar a manos de la doncella una carta de amor de Don Álvaro, quien le escribía con una profunda pasión y su deseo de contraer nupcias con ella tal y como lo dicta la Santa Madre Iglesia.
El caballero le suplicó a la dama que si su sentimiento hacia él era correspondido y que si aceptaba ser su esposa; además también le indicó en la carta que si no podía enviarle la respuesta por la vigilancia tan estricta, le hiciera saber que no aceptaba esa propuesta colgando una cruz blanca, pero por el contrario, si la muchacha aceptaba debía de colgar una cruz verde, y la otra opción era responder las cartas del pretendiente.
Los días pasaron y el angustiado caballero no obtenía respuesta alguna, quien todos los días pasaba por la calle de la casa de la dama acompañado de un paje, esperando aquella tan ansiada respuesta; hasta que un buen día temprano por la mañana observó la tan anhelada señal y para su regocijo era de color verde, que era el símbolo de la esperanza.
Ante tal respuesta, Don Álvaro ayudado de un sacerdote intervino con los reacios padres de la muchacha para que aceptaran el compromiso; finalmente cedieron y tiempo después se llevó a cabo la ceremonia nupcial, a la cual asistió la más alta sociedad de la Nueva España, invitada por Don Álvaro, quien según nos cuenta la leyenda, en su pecho no cabía la felicidad.
Aquella señal que fue el motivo de felicidad del joven caballero, hizo que mandara colocar una cruz de piedra color verde en aquella casa, misma que todavía se conserva hasta nuestros días un poco deteriorada por el implacable paso del tiempo. Si deseas ver la cruz que dio origen a esta leyenda, solo tienes que ir a las calles de Correo Mayor y Regina.

domingo, 26 de abril de 2015

La niña del cántaro/ El cráneo que grita

La niña del cántaro
Durante el reinado de Luis XI en Francia, la población entera sentía un miedo espantoso a la Santa Inquisición, situación por la cual debían de cuidar muy bien cada uno de sus actos y las palabras que salían de sus bocas.
En un bonito pueblo francés vivió una joven a quien todos apodaban “la niña del cántaro”, porque siempre se le veía con un cántaro lleno de agua fresca, y en las horas más calurosas del día ofrecía a los leñadores y campesinos, a cambio de lo que ellos desearán darle. Era huérfana de padre y su madre estaba muy enferma como para trabajar; por lo que ella tuvo que hacerse cargo de alimentar a su madre y a sus hermanos pequeños.
Al atardecer, diariamente regresaba a su casa con un poco de leña, granos, frutas y hortalizas, que se ganaba con su trabajo. Con la leña prendió el fuego y con los vegetales preparaba una comida deliciosa. Frecuentemente su madre asombrada siempre le decía, que resultaba increíble, que con vegetales tan sencillos pudiera preparar algo tan exquisito.
Sus hermanos también le halagaban mucho el gran talento culinario que poseía; y cuando le preguntaban cuál era su secreto, ella solo les decía que una buena cocinera no debía revelar sus secretos. Pero nada se le comparaba en lo delicioso como su agua, que no sólo saciaba la hacer sino que dejaba una sensación de profundo bienestar. La famosa niña del cántaro no era agraciada físicamente ni tenía ninguna gracia aparente, era más bien una chica del montón, pero después de que sus clientes probaban su agua, crean ver en ella a la más hermosa y graciosa joven del mundo.
Su fama se fue extendiendo, y como nunca falta la gente envidiosa llena de malicia, no tardaron en denunciarla ante la Santa Inquisición. Una tarde, mientras la muchacha preparaba su deliciosa comida, llegaron tres hombres a detenerla. La pobre niña se quedó asombrada de ver en los rostros aquellos hombres una maldad tan grande, que lo único que pude hacer fue sentir pena por ellos. Aquellos malvados corazones deben estar muy tristes, pensó ella y quiso ablandarlos con un poco de agua, pero a los policías se les había advertido que aquella agua estaba embrujada, por lo que se negaron a beberla y se la llevaron violentamente.
Las retorcidas mentes de los inquisidores decidieron que  la tortura ideal para la niña, sería la del agua; así que procedieron a atarla a una mesa para que quedara totalmente inmovilizada. El verdugo le metió un trapo en la boca hasta que le quedó la garganta, después le fue echando agua lentamente, produciéndole una terrible sensación de ahogamiento. Cuando el verdugo notaba que la muchacha no resistiría más, le sacaba el trapo de la boca y la dejaba descansar unos momentos; la pobre niña tosía y jalaba aire desesperadamente, con la boca bien abierta. Después aquel perverso hombre volvía a meterle el trapo y continuaba torturándola.
Cuando eran las dos de la mañana, el verdugo comenzó a sentir sueño y fue reemplazado por otro; pero éste decidió hacerle unos cambios al suplicio: le quitó el trapo y le echo en la boca varios litros de agua presión. La pobre niña del cántaro murió ahogada.
Cuenta la leyenda que en el sitio donde fueron enterrados sus restos mortales, surgió de pronto un arroyo y las personas que beben de sus aguas sienten una agradable sensación de bienestar.

El cráneo que grita
Durante el año en gracia de 1600, las hermanas Griffith de Burton, Agnes Hall en Humberside Inglaterra, se vieron envueltas en una terrible tragedia: la más chica de las tres, Anne fue herida gravemente por un salteador de caminos.
En su lecho de muerte les hizo prometer a sus hermanas que le cortarían la cabeza y la colocarían en una mesa en el salón de la casa. Aceptaron la última voluntad de la joven, pero fue sepultada sin cumplir su escalofriante deseo. Al poco tiempo comenzaron a escucharse extraños quejidos, que provocaron que los sirvientes salieran huyendo de la residencia. Cuando las hermanas hubieron desenterrado el cuerpo de Anne y llevaron el cráneo a la casa, los quejidos dejaron de escucharse.
Tiempo después, una mujer arrojó por descuido el cráneo una carreta, los caballos se encabritaron y la casa tembló hasta que el cráneo fue devuelto a su lugar. Hubo muchos intentos por deshacerse de él, pero todos resultaron inútiles y acababan mal. Finalmente el cuarto donde estaba el cráneo fue tapiado con un muro, donde permanece hasta nuestros días.

jueves, 23 de abril de 2015

Criptas de Arzobispos

Acompáñame a este recorrido por las Criptas de Arzobispos de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, en donde podrás conocer toda su historia y algunos datos curiosos que despertarán tu interés. Si al final de te quedaste picado, te invito a que visites mi otro video de la Primitiva Catedral y las publicaciones de mi blog en donde podrás conocer otros sitios de Catedral.


domingo, 19 de abril de 2015

El Señor del Buen Despacho

Esta leyenda causó revuelo en la capital de la Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia, asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño, acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan, anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas, se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña. Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado, hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos. Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al bulto hasta quedar exhausto;  llegó la media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un  Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.