domingo, 28 de junio de 2015

Los Autos de Fé

Los autos de fé eran eventos que se celebraban con mucha pompa, era todo un espectáculo para la gente que llegaba a recorrer largas distancias para presenciar alguno de estos. Podemos encontrar tres tipos de autos de fé, que son:

  • Autos de fé generales: Eran llevados a cabo en la plaza pública con las autoridades e instituciones de la localidad correspondiente, además del enorme público que se congregaba a ellos como auténticas fiestas. A tal extremo llegaban, que convocaban al público con un mes de anticipación, y constituían con todo un acto de solemnidad, pretendiendo ser una demostración de la fé y la unidad doctrinal de una pueblo. Una noche antes del magno evento se comunicaba la sentencia a los condenados a muerte y una procesión recorría las calles de la cuidad para colocar una cruz verde (que era el emblema de la Inquisición) en la plaza destinada para el espectáculo. Al día siguiente, después de la hora de la comida se iniciaba la procesión en la que los condenados eran ataviados con los sambenitos que les correspondieran y con tocados de corazas; acto seguido se les colocaba en el lugar donde iban a ser quemados y se procedía a la lectura de las sentencias (se pronunciaban sentencias de relajación para al brazo secular para que el juez ordinario dictara la sentencia de muerte por fuego), un sermón y el juramento de la Inquisición. Estos actos eran celebrados con ocasión de visitas oficiales del rey ó importantes cargos eclesiásticos a una determinada localidad.
  • Autos de fé particulares: Eran celebrados sin solemnidad en una iglesia y sin asistencia de las autoridades ni corporaciones. Se podían dictar relajaciones del  brazo secular
  • Autos de fé singulares: Este era destinado a un solo prisionero; eran llevados a cabo en salas del tribunal y se les denominaba autillos.


A lo largo de la historia del Santo Oficio hubo muchas personas condenadas por diferentes delitos, la mayor parte eran inocentes; aquí podemos ver la cantidad de condenados que hubo a lo largo de las diferentes etapas de la historia

                                                1575-1610                          1648-1794
Reconciliación                             207                                      445
Sambenito                                   186                                      183
Confiscación                                185                                      417
Prisión                                         175                                      243
Exilio de la localidad                   167                                      566
Azotes                                          133                                        92
Galeras                                          91                                        98
Relajación en persona                 15                                          8
Relajación en efigie                      18                                        63
Reprimenda                                 56                                       467
Absoluciones                                51                                          6
Rechazos y suspendidos            128                                       104

domingo, 21 de junio de 2015

El emparedado de la calle de San Francisco (Sucedió en la hoy avenida Madero y Motolinia)

Una de las leyendas más tenebrosas con que se enriquece la historia de la Nueva España, es ésta sin duda alguna, ocurrió allá por el siglo XVIII en el centro de nuestra capital. La historia que hoy les relato, ya en 1771, tuvo lugar en lo que era el palacio del Marqués de Prado Alegre, título que fuera de Don Francisco Fernández de Tejada y Arteaga; fachada de petatillo de tezontle, puerta rica en relieves, balcón y escudo nobiliario de la rancia familia y marquesado. Sin embargo, allá por 1766 en que ocurrieron los hechos que el tiempo convirtió en leyenda, la casona presentaba otro aspecto, era de fábrica menor y aún no sentaban sus reales, los personajes linajudos de pocos años después.
Ocupaba la casa, que ubicábase en la calle de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo, Doña Lucinda de la Helguera, la acompañaba una tía llamada Doña Clara, que había traído a Lucinda a casarla en ventaja, pero la joven no deseaba desposarse con aquel hombre llamado Don Cristóbal de Villalba y Calderón, pues no sentía amor por el; en esos momentos el caballero se hallaba en el Palacio de los Virreyes haciendo una petición singular, al entonces virrey de Nueva España, Don Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix; Don Cristóbal le pidió fuera su padrino de bodas con Doña Lucinda de Helguera, contento, momentos después el caballero llegaba a la casa de la muchacha, para darle la buena nueva y fijar la fecha de la boda para el día de San Genaro.
El hombre pone y Dios dispone, nadie puede cambiar el destino de las cosas…aquellos días eran de época difícil, los monjes jesuitas habían llegado a representar un peligro más para el gobierno y la sociedad; fundada la compañía de Jesús en 1540, a esa fecha ya se decía de ella que era una sociedad anticrisitiana, precursora del anticristo. Los jesuitas en la Nueva España se reunían secretamente, haciendo un balance de sus fuerzas y energías, el clero y el gobierno sentían profundo temor hacia los jesuitas formados en un poderoso ejército.
Portugal fue el primer país que echó de sus tierras a todos los jesuitas, sus doctrinas se consideraban heréticas y peligrosa su asociación con legos y particulares de diversas clases sociales; la noche del tres de septiembre de 1758 había sido asesinado el monarca portugués, José I, cuando regresaba al palacio de Tacuba, principales cabecillas y cómplices, fueron el Duque de Abeiro y el Conde de Astougia. Hechas las pesquisas, se supo que los jesuitas habían inspirado tal asesinato y apresaron a varios culpables, ambos fueron ejecutados el tres de febrero de 1759, para escarmiento de este temido movimiento religioso civil, y pocos días después, la inquisición de Lisboa mandó dar muerte en la hoguera, al padre jesuita Malagrida.
Carlos III de España y su ministro el conde de Aranda, decidieron enviar emisarios al Perú, Guatemala y Nueva España, estos emisarios traían al misión real de investigar a los jesuitas y procurar su expulsión de las colonias; y quiso el destino que uno de esos enviados reales, fuese Don Pedro de Villalba y Calderón, hermano de Don Cristóbal.
Por aquel entonces Don Cristóbal vivía en una casona cerca al palacio del real de Moneda, y hasta allá se fue de inmediato Don Pedro, en busca de su hermano, que no se encontraba en su casa en ese momento, entonces los sirvientes le informaron que lo podía encontrar en la vivienda de Doña Lucinda de Helguera; dadas la señales, el caballero se fue a la casona de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo en busca de su hermano.
Pero el destino tenía ya atrapados a los personajes de la historia; Lucinda fue la que abrió la puerta al joven caballero, durante unos minutos quedaron estupefactos, mirándose mutuamente, embelesados, entre flotaba un aire de misterio, de atracción, de interés, que estalló como tempestad interna; al fin el acertó a preguntar por su hermano, el cual tenía poco de haberse ido; la tía de Lucinda recibió muy amablemente al caballero y le habló sobre los dos jóvenes comprometidos. Pero los dos jóvenes había quedado prendados uno del otro, sintiendo que ya no podrían estar uno sin el otro, todavía no se llevaba a cabo el matrimonio y en ese lapso de tiempo pueden pasar muchas, muchas cosas…, pensando en esa posibilidad, los enamorados ambos las miradas y lo que no dijeron sus labios, lo expresaron ardientemente sus ojos; si Lucinda había subyugado con su belleza a Don Pedro, el también había hecho vibrar las cuerdas de su corazón a ella, y fueron acercado sus cuerpos y sus rostros, como embrujados por un soplo pasional, hasta que la tía interrumpió aquel momento, llamando a gritos a su sobrina; afortunadamente no se dio cuenta de nada, en ese momento Don Pedro se despidió y se fue.
Al despedirse el caballero, llevaba la decisión de volver a ver a Doña Lucinda, pero no para saludarla solamente, sino para tratar de lograr su cariño, y hacerle saber el amor que en el había despertado de una manera rotunda.
Los dos hermanos se estrecharon y conversaron largamente de lo que habían hecho durante el tiempo que estuvieron alejados; el tiempo trascurrió y la noche llegó y Don Pedro se dirigió a la casa de Doña Lucinda, y se situó bajo el balcón de la hermosa dama, ansiando verla y recibir una mirada de sus ojos, ella, que la esperaba la llegada de aquel hombre que le había cautivado, se asomó a la ventana y se cambiaron suspiros y se dijeron frases de amor ardiente que la noche cobijó entre sus sombras; y así noche tras noche, fueron diciéndose sus amores, haciéndose promesas y finalmente, la petición…
Doña Lucinda arrojó una soga para que Don Pedro escalara hacia el balcón de la dama, ella cayó en brazos del feliz amante y ambos dieron rienda suelta a su pasión irrefrenable, en ese momento no hubo remordimientos y temores, se amaron y continuaron amándose hasta casi cuando llegaba el alba, acto seguido Don Pedro partió en su caballo, para que aquel amor se mantuviera en secreto. Convertidos en ardorosos amantes, Doña Lucinda y Don Pedro vieron pasar juntos en el lecho varias noches, su pasión arrebatadora crecía y crecía, sin importarles que la fecha del matrimonio con Cristóbal se acercara; entregados así a ese desenfreno traidor, nunca trataron de cuidarse de una mala sorpresa, y así una noche, fueron sorprendidos por el mismísimo Don Cristóbal, éste enfurecido al ver tal escena desenvainó su espada, retando en un duelo a muerte a su hermano; finalmente Don Pedro fue el vencedor y por petición de su amante de darle muerte, obedeció aquella orden cruel, Don Pedro hundió varias veces el acero en el pecho de su hermano, hasta que finalmente falleció; para ocultar el cuerpo los dos amantes lo llevaron al sótano y acto seguido se retiraron.
Al día siguiente, Doña Lucinda sacó a la tía para que Don Pedro su amante, pudiera emparedar al muerto, febrilmente, el joven dio término a su macabra obra de emparedar a su propio hermano. Al saber la desaparición de Don Cristóbal, el virrey montó en cólera y ordenó buscarle por toda Nueva España, días después, Don Pedro llevó su casa a Lucinda, como amante y a la tía Clara, para darle amparo.
Todo transcurrieron lo días y los meses, hasta que cierto día, Don Pedro clavó horrorizado sus ojos, sobre su mano había aparecido una mancha escarlata, corrió a la fuente y metió la mano para lavar aquel estigma sangriento, pero al día siguiente allí estaba nuevamente aquella marca infamante de la sangre de su hermano, pero ésta vez, la marca sangrienta no se borró, permaneció allí roja y fresca y para poderla ocultar se puso un guante y así, ocultando la marca infamante de su crimen, Don Pedro fue a cumplir su misión; se echaron de sus conventos a los jesuitas, comprobándose que la riqueza de esa compañía de religiosos era excesiva; 22 colegios, misiones en Sonora y California, 123 fincas, edificios urbanos y grandes sumas de oro les fueron confiscadas, varios caballeros y familias ricas, pagaban fuertes sumas de dinero como tributo a los jesuitas…se les conocía como jesuitas de capa corta y formaban parte de la poderosa fuerza de esa orden religiosa. El 22 de noviembre de 1771, Carlos III de España, concedió junto con el vizcondado de Tejada, al alcalde de México, que era Don Francisco Fernández de Tejada y Arteaga, quien reconstruyó la casona que habitaba Doña Lucinda de la Helguera; y fue cuando al hacer las reparaciones interiores, se descubrió el esqueleto de Don Sebastián de Villalba y Calderón; en ese momento el esqueleto pidió a los trabajadores le hicieran un favor a cambio de un poco de oro, les contó su triste historia y su gran deseo de vengarse de los amantes.
Armados de valor, los albañiles oyeron las instrucciones dadas por el amarillento esqueleto, y esa misma noche, aquellos hombres cumplieron, no sin temor, con la petición del esqueleto, dejándolo a la entrada de la casona donde vivían los amantes; Don Cristóbal le dio a los albañiles todo su dinero y joyas, y sin resistir más su nerviosismo, los trabajadores se alejaron de allí a toda prisa.
El esqueleto entró al cuarto de la pareja, pero de la muerte que por horror sufrieron los amantes, nadie fue testigo. Al día siguiente Doña Clara reconoció en seguida, por sus carcomidas ropas, a Don Cristóbal, el que fuera el prometido de Lucinda, el esqueleto mostraba una risa burlona entre sus dientes amarillos y helados; Doña Clara los descubrió así, muertos, con un rictus de pavor en sus rostros descompuestos.
Y ahora hagan ustedes, amables lectores, sus propias conjeturas. ¿Pagó Doña Clara a los dos albañiles para que llevaran el esqueleto hasta el lecho de los dos amantes culpables?, ¿O fue la mancha de sangre y esta venganza, obra de la maldición de los jesuitas?
Nos veremos la próxima semana.
                

domingo, 14 de junio de 2015

Maratón "Tortura y Muerte"

Los temibles piratas en México

Filibusteros de la Cofradía de los Hermanos de la Costa.
Iniciado el siglo XVII, fray Diego López de Cogolludo relata el saqueo sufrido por la villa de Campeche el 11 de agosto de 1633, llevado a efecto por “más de 500 infantes de diversas naciones, holandeses, ingleses, franceses y algunos portugueses”, llegando en 10 navíos de los cuales siete eran de medio porte. Tan constante se volvieron los ataques piratas a este puerto, que desde entonces comenzó un largo periodo de fortificación de la villa, lo que sin embargo no impidió los asedios de James Jackson en 1644, acompañado de 1500 hombres y 13 navíos de alto bordo; de Henry Morgan, el 17 de enero de 1661, cuando asalto y robó dos fragatas españolas cargadas de mercancías, y su posterior desembarcó dos años después, junto con Christopher Myngs, apoyado con una escuadra de 11 naves.
En noviembre de 1642, la villa de Salamanca Bacalar (o el Chetumal), en el extremo meridional de la península yucateca, fue saqueada por piratas comandados por Diego el Mulato. Desde ese momento aquella comarca quedó abierta al arribo de corsarios y filibusteros, tienes 15 años después establecerían en el territorio de Belice, con el propósito de explotar los bosques y crear una base de operaciones.
En 1667 filibusteros ingleses se dirigieron a las costas de Tabasco, apoderándose más tarde de la villa de Santa María de la Victoria (después Villahermosa), en donde sólo lograron un “pingüe botín”. Pero 10 años después fue trasladada intencionalmente esa villa, refundándose como San Juan Bautista, ante el acoso constante de los piratas ingleses procedentes de la Isla de Términos, que denominaba “de Txis” y utilizaban como base de operaciones.
Aunque el número de incursiones piratas fue mayor en Campeche, el puerto de Veracruz no resultó ajeno a los asedios. El 17 de mayo de 1683 una armada de más de 10 naves, comandada por Francois  Gramont, Lorencillo, o Laurens de Graaf, se abalanzó sobre la ciudad, la cual fue tomada en el transcurso de un “cuarto de hora”. La actividad pirata comenzó con el asalto a las casas reales y al cuerpo de guardia. Los vecinos sorprendidos fuera de casa fueron atacados por los asaltantes, y una orden de  Lorencillo las casas fueron saqueadas. Los habitantes aprehendidos fueron conducidos a la plaza central, y luego encerrados en la parroquia principal.
El sitio duró casi una semana, lo mismo que el encierro de los rehenes, quienes fueron sometidos a severos castigos y amenazas a fin de que entregaran los bienes exigidos por sus captores. Al final fueron desnudados y utilizados como bestias de carga para trasladar todo lo robado a las naves piratas. El monto del botín sumado al costo de las pérdidas y destrozos ascendió a la cantidad de 7 millones de pesos. 300 fueron los muertos.
La lamentable historia volvería repetirse el 6 de julio de 1685, pero ahora en la villa de Campeche, asaltada por una armada filibustera compuesta de 10 navíos, seis balandras, un “barco luengo” y 22 piratas, al mando de los odiados y temidos Lorencillo  y Grammont. Sorpresivamente, 700 filibusteros desembarcaron en el paraje del Beque y formaron cuatro escuadrones de asalto.
Les bastaron unos días para lograr el control total de la comarca, dedicándose a talar los bosques, y saquear las haciendas, ranchos y retiros, robando ganado y cuanto encontraron; todo ello en un perímetro que abarcaba más de 20 poblaciones.
56 días duró la toma del puerto, y la devastación dejada por los piratas resultó más grave que la acometida en Veracruz. A ello contribuyó la huida de los campechanos y la negativa de la autoridad meridense a pagar un rescate por la población y prisioneros de $80,000 y 400 reses mayores. Esa negativa provocó la violenta respuesta de Grammont, quien quemó la villa e inició la ejecución de los cautivos. Antes de zarpar rumbo a Isla Mujeres, los piratas destruyeron todos los cañones del castillo y llevaron consigo a 200 prisioneros. Más tarde, los sobrevivientes describieron el desolador escenario: “Todo estaba arrasado y quemado: casas y barrios enteros; las calles con cuerpos insepultos y degollados. Lo mismo se veía en el interior de las casas y en los pozos. Todo estaba lleno de hediondez de caballos y mulos muertos.”

domingo, 7 de junio de 2015

El negrito poeta

Una de las figuras mexicanas más simpática, arraiga de popular es la del Negrito Poeta, el ingenioso improvisador de tantos versos célebres, que la gente no olvida a pesar de los siglos, por la agudeza de su creatividad y la amada figura del juglar de los tiempos virreinales.
Todo investigador, bibliógrafo, cada cronista que se precie, ha dedicado un estudio, un saludo, un recuerdo a aquel humilde Vasconcelos desconcertante que no usaba papel y pluma para rimar, sino que en cualquier lugar, a cualquier hora, estaba listo para recitar sobre un asunto forzado o de cualquier índole. Es así que, el asunto presenta dos aspectos interesantes; el Negrito Poeta llevaba en sí una dualidad personal: la populachera, que todos conocen, y la de expresión profunda que fue admirada por los mismos maestros de retórica y de literatura del Colegio de San Ildefonso, en cuya puerta improvisó ante los doctos, sin haber estudiado nunca.
Claro que, la obra que más perdura y que es más conocida del peregrino rimador callejero, es aquella que por su sencillez y tino está al alcance de la comprensión del vulgo y que, pertenece al folclor nacional, habiendo hecho su propaganda la propia facilidad de los versos que están clavados en el corazón del pueblo. A continuación reproduciremos algunas de las improvisaciones que más fama le dieron; pero antes cabe destacar que la vida del negrito José Vasconcelos discurrió entre los años de 1734 a 1789, abarcando el periodo gubernamental de varios virreyes, con todos los cuales se metió en sus gracejos, aplicándoles sentenciosos versos o sátiras llenas de sal, lo que divertía a Sus Altezas y levantaba comentarios de admiración entre el público amante de su ingenio.
En todos los ámbitos del país son conocidas estas producciones tradicionales del Negrito Poeta: aludiendo a que él era tuerto y el virrey también padecía un defecto ocular, exclamó entre la imagen de Santa Lucía:

Señora Santa Lucía,
por tu singular clemencia,
dame un ojo, Santa mía,
y otro para Su Excelencia.

En relación con los ojos, tuvo esta otra ocurrencia contestando un amigo que le preguntó:

-¿Qué haces aquí, negro tuerto?
-Lo que tú no habrás pensado:
en este mar agitado
navegando para el puerto…

Agradeciendo un peso que le dieron por un acertijo, improvisó:

-El que no llora no mama,
y no me vale ni aún eso.
Sin embargo, cayó un peso;
quien da fruta es buena rama.

Tiene mucha gracia lo que en le contestó a un indigente que le pidió un par de medias viejas, haciendo vieja ella:


¡Pobre de ti, que te quejas
a mí para tu remedio!
¡Qué te partan por en medio
y tendrás dos medias-viejas!

También es muy conocida aquella respuesta que dio la vez que le pidieron que sin ofender al Santo, versificara sobre la siguiente frase: “Santo Domingo es un perro”. En el acto contestó:

En esa opinión no hay yerro;
vive usted desengañado,
pues lo que tiene a su lado
Santo Domingo, es un perro.

Terrible bofetón que asestó a quien le sometió el pie de “El que nació para burro”:

El que nació para burro,
no es otra cosa, por cierto;
yo, dormido, más discurro
que vos estando despierto.

Sobre la impertinencia criolla de “El que nació para guaje”:

El que nació para guaje,
hasta acocote no para;
te ha costado, amigo, cara
la sandez de tu lenguaje.

A una coqueta la puso como no digan dueñas porque los ridiculizó al pasar. La cosa pasó así:

Coqueta:
-Adiós, Negrito Poeta
vestido de tafetán,
taralán, tan, tan.
Negrito:
Cuando nuestro padre Adán
comió la primera fruta,
ya te tenía por… astuta
y moza de un capitán,
taralán, tan, tan.

También se le atribuye, en este género, esta obra respuesta satírica a dos mujeres ligeras que le hicieron burla desde un balcón, tirándole una flor:

Dos flores habéis perdido,
ambas en edades tiernas:
una por abrir las manos
y otra por abrir…

domingo, 31 de mayo de 2015

La casa del Niño (Sucedió en la hoy calle República del Salvador)

A pesar del progreso de las grandes urbes, aunque el modernismo arquitectónico haya cambiado la fisonomía de las calles, ninguna fuerza es capaz de borrar maldiciones y leyendas, como es esta espeluznante leyenda que tuvo como escenario una de las calles de nuestra ciudad.
A fines del siglo XVI esta casa estuvo marcada con el número nueve y la calle se llamaba calle del Arco de San Agustín, pues hasta aquí llegaba el famoso convento de los frailes Agustinos; en aquel tiempo se conoció esta casa como “la casa del niño”, pero debido a esta hornacina, algunos se confundieron y llamaron “casa del nicho”. Sin embargo, los tenebrosos sucesos ocurridos tras sus recios muros escribieron con sangre la verdadera designación de esta casona. En el año de gracia de 1597 ocuparon esta casona don Francisco Ruiz de Tagle, su esposa doña Sol de Castrejón y sus hijos Erasmo Ruíz de Castrejón y Francisca; el señor de Tagle había comprado dos haciendas y un mineral y eran sus  intenciones de asentarse Nueva España, al igual que comprar la rica mina que poseía un tal don Mendo Garciadiego en Nueva Galicia
Al día siguiente, cuando don Francisco Ruiz y su esposa salieron a la calle, fueron testigos del espectáculo horrible deprimente: la ciudad era azotada por un gran brote de peste y escorbuto; al ver tal espectáculo ambos se apresuraron para llegar a la casa de don Mendo, y al poco andar ya se encontraban llamando a su casa, que estaba situada cerca del convento de Portacoeli. Una mujer sirvienta de la casa salió abrirles y los puso sobre aviso, pues la peste ya había entrado a aquella casa, y sin pérdida de tiempo los esposos se alejaron de la residencia, sólo para enfrentarse a ese cuadro de dolor y de muerte. Los ojos atónitos de doña Sol se fijaron en un hombre que parecía ir vivo aún en las carretas donde se acostumbraba llevar a los cadáveres, y sin medir las consecuencias la mujer corre hacia la carreta para dar aviso, pero los frailes exigieron que se alejara. Poco después, tristes y abatidos llegaban a su casa.
Y haya sido porque respiraron el aire malsano de la ciudad, o por el ligero contacto con los apestados, lo cierto es que doña Sol enfermo de gravedad, y que don Francisco tampoco se sintió bien de salud, y cierto también fue que a los tres días un médico fue llamado para curarles, pero no había curación posible porque habían sido contagiados por la peste y lo mejor era que los hijos dieran aviso a los frailes camilos. Pero quiso Dios que los esposos muriesen antes de ser llevados en carretas con todos los apestados; los dos hijos y los viejos criados los llevaron al panteón. No había pasado aún el dolor y las tumbas estaban frescas cuando Erasmo, enfermo de codicia quiso saber que sería de la cuantiosa fortuna de su padre, pero el problema era que la herencia iría manos del mayor de los hijos, siendo su hermana la que le llevaba ventaja. Francisca tenía a la sazón 23 años y su hermano tocaba penar los 19, ella comenzó a manejar haciendas y mineral por medio de fieles administradores; mientras tanto, Erasmo se debatían celos y desconfianza, al pensar que su hermana pudiese enamorarse casarse y por ende ser despojado de su herencia, y en su mente enferma de codicia y su juramento: jamás permitiría que se casara. Quiso el destino que esa misma noche Erasmo diera violentas muestras de su envidia y sus celos cuando escucho un silbido en la calle, y pensando que era un pretendiente de su hermana, sin medir peligros salió espada en mano a la calle para interceptar a un misterioso caballero embozado. A partir de entonces las escenas semejantes se repitieron con frecuencia.
Sin embargo, fue la misma Francisca quien días más tarde le expresó sus claros y urgentes deseos de matrimonio antes de que se le empezará notar más la edad; el hermano monto en cólera y la amenazó con que si se casaba el mismo mataría a quien se le acercara. Aquella fue la primera y última vez que Francisca habló de matrimonio con Erasmo, desde entonces se le vio discurrir silenciosa por la casa; él notó el cambio de comportamiento de su hermana, y aprovecho para interrogar a los criados y ellos le dijeron que estaba enferma. La enfermedad de Francisca avanzó a tal grado que pasaba días sin salir de su alcoba; y al fin una noche, un acontecimiento insólito vino a revelar la clase de enfermedad que padecía: en medio de la noche se escuchó el llanto de un recién nacido.
Erasmo corrió inmediatamente en busca del llanto del niño y llegó hasta la puerta de la alcoba de su hermana, el viejo criado tímido abrió después de largo rato, confirmándole que Francisca había dado a luz y que su esposa le había ayudado en el parto. Hecho una fiera se precipitó al interior como una tromba, pero su hermana se había desmayado, por lo que no le quedó de otra más que salir, lanzando maldiciones.
Al día siguiente apenas levantado el sol, Erasmo ya medio embriagado de vino corrió ver a su hermana para exigirle el nombre del padre del niño, pero ella se negó hablar. Transcurrieron los días, Francisca se restableció pero en vez de hablar y revelar su secreto parecía haber enmudecido; temiendo que un día llegase el padre del niño pretendiendo casarse con su hermana, Erasmo no dejaba de martirizarla en todas formas, y decidió dejarla encerrada en su alcoba. Al prolongado encierro siguieron las cadenas y el ayuno, sin que Erasmo consiguiera que Francisca soltará la lengua; finalmente el profirió una sórdida amenaza: si no revelaba su secreto le quitaría a su hijo y jamás volvería saber de él.
Dos días después, Erasmo mandaba construirla hornacina que durante muchos años remataba la casa de esta historia, enfatizando a los obreros que debían dejar un hueco suficiente para contener según él, un pequeño cofrecillo lleno de recuerdos familiares. Una semana después quedaba terminada la obra. Esa misma tarde, Erasmo volvía a exigir a su hermana la revelación de su secreto, y ante el mismo silencio lanzó su última amenaza.
Esa noche, burlando el sueño de Francisca, el perverso hermano penetró su alcoba y se robó al niño; cosa increíble y terrible: Erasmo subió hasta la hornacina y colocó a la criatura en el hueco dejado por el albañil, después cubrir el hueco con piedras y argamasa, dejando allí al niño sepultado vivo. En cuanto Francisca se dio cuenta exigió la entrega del niño, pero de nada le valieron gritos, llantos ni gemidos. Creyendo que su hermano no atentaría contra la vida de su hijo, deja pasar los días hasta que una noche escucha unos llantos, y enloquecida, llena de ansiedad recorre la casa buscando a su hijo. En su desesperación llegaste el hecho de su hermano a quien despierta para exigirle le devuelva al niño, pero todo fue en vano. Durante varias noches la mujer recorrió la casa buscando ansiosamente a su hijo. Al fin, una noche Erasmo se despierta sobresaltado, pues también ha escuchado el llanto de su pequeña víctima, y sin darse cuenta que su hermana estaba atrás de él, grita en voz alta el horrendo crimen que cometió. Al escuchar aquel espantoso secreto, las manos ansiosas de Francisca buscan en la sombre y de pronto se arma de un puñal, y sólo tiene que aguardar unos pasos, unos segundos, entonces lo apuñala. Erasmo herido de muerte, rueda escaleras abajo, quedando muerto boca abajo, al pie del hogar.
La hoja del puñal aún brillaba en su espalda por donde manaba sangre en abundancia. Francisca obliga a los viejos criados a levantar el cadáver de su hermano, para enterrarle en el patio de su casa, quedando en el piso una extraña mancha de sangre en forma de mariposa. Tres días más tarde Francisca entrega fuerte suma en oro a sus dos viejos criados para comprar su silencio y los embarca rumbo a España, pero al entrar de nuevo a su casa queda atónita, al ver allí en el mismo sitio aquella extraña mancha de sangre. Pero una y 100 veces llega a las baldosas, sin lograr borrar aquella mancha.
Transcurre el tiempo, pasan los años. Francisca, cuyo secreto guardó siempre, no lleva a su casa a hombre alguno y vive sola y silenciosa. Ya casi a mediados del siglo XVII, los habitantes de la Nueva España ven salir de la casa nueve del Arco de San Agustín a un espectro de mujer; vieja, encorvada, desdentada y con los signos inequívocos de la demencia, nadie al verla pensó que era doña Francisca Ruiz de Castrejón. Sin embargo lo era, su cerebro perturbado la hizo lanzarse a la calle y al ver a un niño de pecho iba tras él.
Varias veces, durante una de sus desdichadas y dementes correrías, Francisca fue detenida por la guardia cuando pretendió arrebatar un niño, y otras veces fueron las mismas madres de las criaturas, ayudadas por sus siervas, quienes golpearon a la loca mujer.
Al fin, casi dos años después, dos religiosas detienen a la infeliz Francisca para enviarla al hospital para dementes en donde murió. En 1693 el Cabildo que se había posesionado de bienes y fortuna de los Ruíz Castrejón, vendió la casa a una familia de apellido Coronado. Nada hacía sospechar a los nuevos dueños la terrible historia que se había escrito dentro de los ya estéticos muros de la casa, hasta que quisieron lavar la mancha de sangre y vieron que no se quitaba. Aquello fue sólo el principio de los hechos sobrenaturales que iban a llenar de pavura a los nuevos propietarios. Una noche escucharon a una mujer gimiendo y clamando por un niño, y tras los lúgubres lamentos se dejó escuchar el llanto del niño. No bien había salido de su alcoba el señor Coronado se topó con una visión horripilante: el espectro de una mujer que pedía que le devolvieran a su hijo y que lo había matado. Aquella visión aterradora heló la sangre en las venas del señor, que parecía próximo a perder el conocimiento, cuando sonó un grito en la parte baja de la casa, y dándole la espalda a la muerta bajó con la prisa que el momento le permitía, al escuchar el grito angustioso de su hijo. No acababa de bajar el señor cuando estuvo ante otra aparición aterradora justo sobre la mancha de sangre.
Armándose de valor el señor Coronado se enfrentó al escalofriante espectro y le preguntó cuál era el motivo de su penar; entonces escucho una voz hueca, de ultratumba, que electrizaba de horror: dijo que su cuerpo se encontraba enterrado en esta casa por un espantoso crimen cometido y había sepultado viva a una criatura en la hornacina de la casa, y al sacarlos despojo del niño la mujer dejaría de perturbar con su siniestra aparición. Y como había aparecido, de la nada se esfumó el aterrador fantasma de don Erasmo, dejando temblando de miedo y próximos al desmayo a padre e hijo.
Al día siguiente don Coronado consultó el caso con fray Pedro Bracamontes y éste lo acompañó con dos hombres hasta el hornacina, se descubrió la improvisada tumba del niño y cuenta la leyenda que al destaparle y exponer los restos al aire lanzó un agudo llanto, y entonces ocurrió lo inexplicable, lógico a la fecha: al contacto del aire, los tiernos huesos del niño tantos años enterrados se desintegraron. Con la exhumación de los restos del infante, dejó de vagar el espíritu atormentado de Francisca y por ende, ya nos escucharon sus gemidos y lamentos. Sin embargo, el alma en pena de Erasmo aun perturbó varias noches al dueño de la casa; y cierta noche le pidió que llevara sus culpas ante un confesor y después que sacara sus huesos del patio y los llevara a camposanto.
Aconsejado por fray Bracamontes y corridos los trámites legales, fue exhumado también el cuerpo de don Erasmo, enterrado en el patio de la casa desde hacía muchos años. Con la cristiana sepultura dada a los despojos del criminal y codicioso Erasmo, su fantasma dejó de vagar por aquella casa. El hecho de que al exhumar los despojos del niño, se escucharon el llanto de éste, corrió de boca en boca y por eso el vulgo bautizó esta casa como “la casa del niño”; sin embargo, al transcurso de los años la gente que vio la hornacina o nicho vacío, torció las cosas y la designó como “casa del nicho”. Volvieron a pasar los años, sobrevino el movimiento de Independencia que vino a conformar la estructura de la patria, después la aplicación drástica de las leyes de Reforma y con ellas, el cambio de fisonomía de la que fuera capital de Nueva España.
La tétrica casa del niño, que fuera el nueve de calle del Arco de San Agustín, hoy República del Salvador, sufrió también modificaciones y nuevos moradores llegaron a ella. ¡Aún en nuestros días, nada es imposible! Nadie ha podido borrar esa mancha, ni aun utilizando líquidos químicos modernos. ¿Quieren verla y probar?

domingo, 24 de mayo de 2015

La calle de Donceles

Cuando los conquistadores vinieron a la Nueva España, algunos nobles jóvenes que fundaron mayorazgos y títulos en México escogieron para vivir, las calles que en la actualidad conocemos con el nombre de Justo Sierra y Donceles. Como mucho se podrán imaginar, el nombre de Donceles, que se le dio a la calle, se deriva de la juventud y alcurnia de sus habitantes. Aún después de la primera época de la colonia, esta calle fue la preferida por los principales vecinos de la ciudad, de manera que allí se aposentaban los Záldívar, los Medrano, los Villegas y otros no menos ilustres varones.
Después de consumada la conquista y resuelta la reedificación de la ciudad, se repartieron los solares para que edificarán en ellos los conquistadores sus residencias. Sin embargo, se desconoce cómo fue la designación de estos pedazos de terreno, lo que nos deja en penumbra para poder identificar los predios, además de que en aquella época no se acostumbraba poner el nombre de la calle, si es que lo tenía, sino solamente el de los colindantes del solar. Más hay una prueba para demostrar que el nombre de los Donceles vino de la repartición de los solares, y es el acta del primer Cabildo celebrado en esta ciudad después de haberse instalado su Ayuntamiento.
En dicha acta se lee que Antonio Marmolejo hizo una petición al Cabildo exponiendo que: se le había dado un solar en la calle de los Donceles, a espalda de la casa de Gregorio Ávila, pero que como aquel escribano no lo había asentado, demandaba que se le informase la donación y se hiciera constar, escribiéndolo como era debido. El Capitán don Sebastián de Barreda, en 1634 como albacea de su esposa doña Mariana Castillo y Lazcano, procedió a fundar un vínculo o mayorazgo a favor de su hijo don Nicolás Antonio, en tres casas: una en la Plazuela del Rastro y la calle de Donceles, y la otra en la de San Juan.
Con el paso del tiempo, las diversas fracciones de la calle de los Donceles fueron tomando diferentes nombres, quedando el de los Donceles reducido a la porción comprendida entre la calle de Cordobanes y la de la Canoa, en tanto que en la antigüedad se llamaba de ese modo todas las calles que corrían en línea recta, desde la Espalda de San Andrés hasta la de Chavarría.
En la casa que forma esquina con la primera calle de Santo Domingo, marcada ahora con el número 80, nació el bienaventurado fray Bartolomé Gutiérrez, según consta en la causa de su beatificación, y por ella se sabe también que fue el 4 de septiembre de 1580, siendo hijo de Alonso Gutiérrez y de su mujer Ana Rodríguez. Sus padrinos lo fueron Juan Fernández y Catalina Rodríguez. Fray Bartolomé Gutiérrez perteneció a la orden de los Agustinos habiendo tomado el hábito en el convento grande de la ciudad de México y procesado el 1 de junio de 1597.

Al decir de los cronistas, la carrera apostólica del padre Gutiérrez fue más gloriosa que la de San Felipe de Jesús, pues habiéndose dedicado a la conversión de los infieles en el Japón, fue quemado vivo a fuego lento en Nagasaki, el 3 de diciembre de 1632, a los 52 años de edad. A pesar de su glorioso martirio, su beatificación se tardó bastante, siendo hasta el 7 de mayo de 1867, cuando el Papa Pío IX dio la Bula correspondiente. Desde entonces se hicieron en la catedral de México, el día 2 de marzo, funciones muy solemnes con procesión y sermón, en honor a fray Bartolomé, estando los oficios a cargo siempre de algún religioso agustino.