domingo, 28 de septiembre de 2014

México en el siglo XIX

Debido a la situación de la época, los criollos encontraron la gran oportunidad de concretar el sueño que tanto anhelaban: la independencia, que empezó desconociendo a Bonaparte como monarca español, y que se hizo más evidente en el altiplano con el grito de Hidalgo en 1810; el ensayo de libertad después de 12 años de lucha con un fallido emperador mexicano en el 21, y finalmente una auténtica República en el 23, con el primer presidente que adoptó un nombre falso, un seudónimo adecuado para semejante ocasión: Guadalupe Victoria.
En la historia de México, el siglo XIX fue el más intenso, después del de la conquista. Todo lo que no sucedió en trescientos años, ocurrió de golpe en cien. Un largo siglo que terminaría con lo que dejó a medias: una verdadera transformación social, la de 1910.
Comienza el siglo con la visita del barón alemán Alexander von Humboldt en 1803, aquel increíble intérprete de la naturaleza que en un año ya había inventariado cuatro millones de kilómetros cuadrados con sus riquezas, sus carencias y sus grandes desigualdades; indicándonos el desperdicio y el desaprovechamiento de nuestra enorme cantidad de recursos, y describiendo en su soberbio: ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Gracias a él, se supo por primera vez lo que éramos y tenemos al alcance de la mano. Cuenta Madame Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español después de la Independencia, que a su paso por México, aquel Humboldt de 34 años se enamoró de la Güera Rodríguez, “más cautivado por su ingenio que por su hermosura”.
El siglo XIX se caracterizó por ser de los viajeros, de los descubridores y cronistas, y después de los fotógrafos. Todos descubrían maravillados nuestra nación, excepto nosotros, mexicanos independientes, liberales o conservadores, desgastándonos en cuartelazos y en profundizar en esa extraña novedad de una identidad independiente, de un carácter que tenía que ser propio. Para ello volvimos a fijarnos en lo extranjero, que al final no era más familiar. Ahora ya no teníamos que ser españoles de segundo tercera, parecía más fácil imitar a los estadounidenses o franceses, a quienes parecía irles tan bien en todo lo que hacían. Hasta nuestros días la identidad mexicana sigue siendo el acertijo predilecto de la sobremesa de sabios e intelectuales.
El siglo XIX fue el de la luz eléctrica, el fonógrafo, los primeros coches, el telégrafo, el teléfono, el ferrocarril, los tranvías eléctricos que atropellaban gente y caballos a montón; pero también fue el siglo de terribles epidemias de tifo, cólera, influenza; de algunos fuertes temblores, inundaciones catastróficas y el característico grito que se escuchaba cuando por las calles se iba: “agua va”, y de las ventanas salían volando hacia la calle los restos de las bacinicas con orines y excremento, debido a las malas cañerías de la ciudad.
En el siglo XIX uno podía observar la ciudad entera desde el Castillo de Chapultepec, esa ciudad que en 1880 llegó a tener 100,000 habitantes con sus pueblos, rancherías y haciendas todavía en las afueras de la ciudad: Tacubaya, Coyoacán, San ángel, la Hacienda de los Morales, etcétera. Se veía el paseo de la Reforma con la estatua de Carlos IV, mejor conocida como el “Caballito”. Se pueden observar también los volcanes y el valle, todavía se podía ver el único canal que sobrevió a la colonia: la Viga, desde Xochimilco hasta la Merced, al igual que lo que quedaba de lago de Texcoco.
Dicho siglo fue el de dos intervenciones devastadoras: la estadounidense en 1847, en donde Santa Anna perdió más de la mitad del territorio y la vida de los niños héroes. Y la francesa de 1862, con el triunfo de la batalla del 5 de mayo que cada año recordamos y que tiene una calle que pasa por detrás de la Casa de los Azulejos. Fue siglo de Maximiliano y Carlota, que nos dejaron su triste historia y la Calzada del Emperador, o llamado Paseo de la Reforma y unos músicos que juntos se hicieron llamar “mariachis”, del francés marriage.
En este siglo estuvieron presentes don Lucas Alamán, Manuel Ignacio Altamirano, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera, Urbina, Tablada, Díaz Dufoo, entre tantos otros.
El siglo XIX también fue el de dos oaxaqueños impresionantes, uno más indio que el otro, soberbios, contradictorios y geniales cada uno a su modo, que nos marcaron para siempre: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Dicen que Juárez nunca aprendió a sonreír, y un Díaz que se desinfló con tanta medalla y pompa y protocolo para olvidar su origen zapoteca tratando de ser un francés absolutista y conservador. Con Juárez aprendimos que el vicio español de arrasar lo pasado para instaurar el presente había llegado para quedarse en nuestra conciencia nacional: con las leyes de Reforma se tiraron iglesias y conventos, entre ellos el primero de América y uno de los más soberbios de México: el convento de San Francisco, frente a la Casa de los Azulejos. Y Porfirio Díaz hizo lo propio con su moda francesa que “por ley” mandó deshacer fachadas barrocas y neoclásicas, y también tira de edificios enteros, mientras Carmen Romero Rubio de Díaz servía a sus invitados en el Castillo de Chapultepec menos rotulados en francés: huachinango á la voulavaise. La Casa de los Azulejos sufrió al decidirse abrir el segundo tramo de la calle de 5 de mayo en 1881, cuando se tiró una buena parte trasera de la casa para abrirle paso.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Fantasmas en la Casa de los Azulejos

Las historias que a continuación se presentan tienen que ver con estos raros sucesos inesperados, las que conocemos como manifestaciones del más allá. Todo sucedió en uno de los edificios más emblemáticos que hay en el Centro Histórico. Debido a su carga histórica y a la gran cantidad de personajes que estuvieron involucrados con este edificio, lo colocan como una estructura arquitectónica llena de magia y misterio.
Allí se desarrollaron sucesos trascendentes y determinantes para quienes la habitaron y también para trabajadores, visitantes y comensales que por alguna razón han llegado hasta sus instalaciones, para ser testigos involuntarios de la presencia de raros acontecimientos, que al parecer han quedado atrapados en el tiempo.

Historias del más allá
Las personas que ahí laboran, afirman que deambulan seres que por distintas circunstancias quedaron atrapados en el espacio-tiempo, y son los que reporta esporádicamente la gente; algunos son:
Una señora que llevaba trabajando tres años, habló sobre un hecho que le ocurrió cierta noche hace como dos años. En una ocasión le tocó ser una de las últimas meseras en retirarse, cuando le tocaba servir en el comedor de la parte alta del restaurante. Recuerda que vio de reojo a una persona parada inmóvil en la parte de atrás ese piso, en la zona que sirve para reuniones y celebraciones, y en ese momento no le dio mucha importancia, pero se extrañó cuando notó que aquella persona no salía; llena de curiosidad va a buscarla y no le encontró, parecía que se lo había tragado la tierra. Pensó que tal vez, en un descuido, aquella persona había salido y ella no se había percatado, pero no quedó muy convencida. Más tarde se lo comento a uno de los cocineros, quien sin extrañarse, le dijo que no se espantara, pues en ocasiones él también había visto cosas. Entonces, le comentó acerca de otro compañero de ese mismo turno, que en cierta ocasión había escuchado que se caían muchos trastes, pero cuando fue investigar todo estaba en calma. De la misma forma comentó lo “natural” que es el hecho de que objetos como tenedores, cucharas o servilletas se muevan o caigan frente a ellos.
Cierta mesera habló sobre un personaje que llegó y se paró junto a una de las mesas del segundo piso, por el corredor, y aseguró que varios testigos involuntarios que han hecho referencia a esa situación, pues se lo han indicado preguntándole, a lo que extrañada las meseras no saben qué contestar. También varias trabajadoras del restaurante, dicen que en las escaleras que llevan al segundo piso, han visto un personaje que se dice murió ahí hace años, cerca de los escalones de los baños.
Un señor que trabaja en el turno nocturno en el área de baños de caballeros, en una ocasión cuando revisaba los sanitarios junto con sus compañeros, y sin haber nadie más, les abren alguna llave del agua, o escuchan como si le jalaran la palanca los baños, pero al revisar no encuentran a nadie. Como esto sucede frecuentemente, aprendieron a tomarlo con normalidad.
Otro acontecimiento del que habló un cocinero, es que hay ciertos lugares del restaurante en donde a nadie le gusta estar, hace frío, y cuando les toca laborar en esos sitios, tienen una sensación incómoda, hay una energía negativa que quedó atrapada a través de los años.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Las inundaciones más célebres de la Valle de México



La Cuenca de México se formó después de cincuenta millones de años de actividad volcánica, relacionada con frecuentes hundimientos tectónicos. En los últimos 700,000 años la mayor parte de la actividad volcánica ocurrió al sur; con las potentes erupciones del Chichinautzin, la lava obstruyó el drenaje que iba al río Balsas y transformaron los valles en una cuenca cerrada de 9600 km2. Para el postclásico (750 – 1519 A. C.) ya contaba con siete lagos: Apan, Techac, Tecocomulco, Zumpango, Xaltocan, Texcoco y Chalco – Xochimilco.
Fue en el islote central del lago de Texcoco en donde se asentaron Tlatelolco y Tenochtitlán, que después se le conocería como “Isla de México”;  fueron fundadas durante el primer tercio del siglo XIV, impulsados por la necesidad de guarecerse de la contante hostilidad de los pueblos vecinos y por el mensaje que un dios les había mandado a sus sacerdotes. Ya establecidos comenzaron con las obras de control hidráulico, que incluían calzadas, calzadas – diques, canales, diques, suelos creados de forma artificial con fin habitacional o productivo (chinampas), puentes y embarcaderos, entre otros.
Después de la conquista, los españoles comenzaron la construcción de la ciudad colonial, pero también debían de enfrentarse a las frecuentes  inundaciones que vendría a ser uno de sus mayores dolores de cabeza.
Francisco de la Maza registró como inundaciones notables las de 1604, 1607 y la de 1629; pero como el agua siempre iba a tender a retomar su cauce natural, la ciudad volvió a quedar bajo el agua en 1647, 1691 y 1697; pero también estuvieron las de 1555 y 1580.
En 1555 el español Francisco Gudiel propuso la construcción  de un desagüe general por el pueblo de Huhuetoca, sin embargo  en el mes de octubre del mismo año hubo abundancia de lluvias, lo que provocó que se desbordaran las lagunas sobre la ciudad y todas las poblaciones ribereñas, provocando que durante más de tres días solo fuera posible trasladarse en rústicas embarcaciones; este problema se estuvo presentando en los siguientes años, unos con mayor intensidad que otros,  así lo consta la documentación fechada el 3 de septiembre de 1607 en donde el cabildo pidió al virrey a causa de la inundación: “que respecto a que ya los bastimentos ya no pueden entrar por las acequias principales de la ciudad y calzada, y en muchas calles no pueden salir de las casas los vecinos si no es en canoas, que Su Excelencia se sirva mandar que los naguatlatos hagan traer algunas canoas de los pueblos comarcanos de la laguna para que se repartan por la ciudad y en calles particulares.”
Se llevaron a cabo numerosos proyectos para solucionar el gravísimo problema de las inundaciones, hasta que después de la de 1607 el virrey don Luis de Velazco  elige el proyecto de Enrico Martínez por ser el más viable, que consistía en perforar un cerro para permitir la salida de las aguas; sin embargo la mayoría de los hombres que trabajaban en la obra murieron y para colmo la paga era muy poca. Después de enfrentar muchas dificultades, el túnel fue inaugurado, pero por falta de mantenimiento se fue tapando y en 1627 el río de Cuauhtitlán se desbordó para inundar una vez más la ciudad. Entonces se volvió a analizar lo que según ellos era el único proyecto que daría la solución definitiva: cortar el cerro de Nochilstongo, removiendo toneladas de tierra para darle salida al agua, pero no tuvieron mucho tiempo para pensarlo, ya que otra calamidad les iba a venir poco tiempo después.
Transcurría el mes de septiembre del año en gracia de 1629, cuando cayeron sobre la ciudad lluvias torrenciales. Cuando finalmente cedieron y el sol salió, todos con horror se dieron cuenta de que la ciudad había quedado bajo las aguas, y el río de Cuahtitlán se había vuelto a desbordar sobre la laguna de Zumpango y a la vez ésta se vació en el lago de Texcoco, quedando todo el valle como un enorme lago, en donde solo se podían ver las torres de las iglesias y algunas construcciones de dos pisos. La gente ya estaba acostumbrada a que en época de lluvia la ciudad quedara nadando, pero en aquella ocasión los daños fueron titánicos, ya que el agua alcanzó una increíble altura de dos metros sobre el nivel de las calles. A diferencia de otros años, esta vez no paró de llover en varios días. Como era de esperarse, los alimentos y el agua potable escasearon, muchos murieron; los que quedaron vivos necesitaban algún consuelo espiritual, por lo que  las autoridades eclesiásticas comenzaron a oficiar misas en canoas y a llevar altares portátiles en las mismas.
Cuando las aguas bajaron un poco su nivel, se podían ver a las órdenes religiosas de hombres y mujeres, llevando en procesión a la Virgen de los Remedios por toda la ciudad; pero al ver que la Santa no les hacía caso, decidieron llevar esta vez la tilma en donde estaba impresa  la imagen de la Virgen de Guadalupe, en un  procesión de canoas; no paso mucho tiempo, cuando milagrosamente dejó de llover y las aguas descendieron. Los años siguientes hubo poca lluvia y los lagos tuvieron sus cauces normales, situación que hizo muy felices a los habitantes.
En el siglo  XVII se pensó incluso  mudar la capital de Nueva España a Tacuba y Tacubaya, poniéndose en tema en discusión después de la terrible inundación que duró de 1629 a 1635, la cual provoco que la ciudad casi quedara despoblada.
Durante la colonia se trató de solucionar el problema de las inundaciones sin éxito alguno; esta lucha seguía todavía hasta época independiente. Fue entonces que de muchos proyectos que se habían propuesto, se eligió el de Francisco de Garay en 1857, que consistía en construir un canal de 50 km que saliera desde San Lázaro, atravesando los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango, para canalizar sus aguas y la de los ríos que se cruzaran en su camino, después otro túnel de 9 km colocado al final, conduciría el líquido al río Tequixquiac; también se construirían otros canales similares en los lagos de Chalco y Xochimilco, comunicándolos con el de Zumpango.
La gente creyó que con la obra porfiriana el problema de las inundaciones sería cosa del pasado, pero el destino les jugó una mala pasado cuando en el año de 1920 la ciudad volvió a quedar nadando; luego a mediados de los años cincuenta hubo grandes inundaciones porque la urbe comenzó con los problemas de hundimiento, debido a la extracción de agua del subsuelo.
La obra porfiriana finalmente colapsó y en 1975 se comienza la construcción de una gigantesca obra de ingeniería, que vendría a ser el drenaje profundo, pero también ha resultado perjudicada por los hundimientos.
De las inundaciones que se tienen registro de lo que va en este milenio, es la ocurrida en el año 2000 en Chalco porque las coladeras se taparon por falta de mantenimiento; y en el año 2003  se pudo ver que el drenaje profundo ha comenzado a perder su efectividad en la Avenida San Antonio y Periférico.
Como pudieron ver ustedes amigos lectores, la historia se repite una y otra vez: el hombre contra la naturaleza. Recordemos que el sitio donde se cimentó la ciudad originalmente fue un lago, y recordemos también que siempre las aguas van a reconocer su sitio de origen, aunque pasen los siglos. ¿Ustedes quien creen, que sea el vencedor de la batalla?

domingo, 7 de septiembre de 2014

Chiles en nogada

Eran tres de doncellas hermosas, y también tres mozos igualmente galanes. Dichos Mancebo serán los afortunados novios de estas damiselas. Ellos con todo ánimo andaban bajo la obediencia de don Agustín de Iturbide. Este hombre vino a México para responder ante las acusaciones graves que le hacía la gente principal de Querétaro y después de haber salido bien librado de sus cargos y tras las juntas de la Profesa, partió hacia el sur del reino, con la firme decisión de hacer la independencia de México y también, bajo sus banderas, se pusieron los tres apuestos mozos novios de las tres doncellas.
Estas bellas jóvenes de señorial distinción, vivían felices y tranquilas en la callada Puebla de los Ángeles; poblanos también eran los apasionados hidalgos, sus novios. Una de ellas alababa a su amado tanto por su elegante gallardía como por ser muy valiente. La otra engrandecía a su galán por ser esforzado y constante amador y porque cantaba magistralmente lindas canciones en las que jugaba la voz armoniosamente, y la otra, decía más halagos, ponderando a la vez su arrojo en los peligros y ser un devoto cristiano y en el amor humilde.
Estos tres galanes de Puebla se hallaban de guarnición en México, con su regimiento, retenidos por los rigores de la disciplina que les multiplicaba inconvenientes para no dejarlos ir a su apacible ciudad y darse el gusto de estar con las gentes de su familia y con sus respectivas novias, que en las misivas que les escribían, les decían que los aguardaban con grandes ansias del corazón y que sembraban fatigas con la esperanza de verlos.
Al fin los apuestos mancebos salieron con sus deseos y llegaron felices a la Angelópolis, con los corazones dilatados de gozo. Ellas bebían el raudal del deleite y ellos se llenaban de gran gozo con la vista de lo que adoraban. La alegría les repicaba en sus corazones festivas campanitas de plata. Las palabras eran toda una miel. A las ventanas de las tres doncellas iban por las noches sus galanes repitiendo amores.
Después de rezar la novena que hacían a la Virgen del Rosario en la suntuosa capilla de la iglesia de Santo Domingo, se iban las tres damitas a casa de una de ellas para platicar largo y tendido de sus galanes y los hermosos regalos que recibían de ellos. Para agasajar a sus novios a una de ellas se le ocurrió prepararles exquisitos manjares. Después de mucho discutir, una de las jóvenes sugirió mandarles un guisado estupendo que contuviera bien definidos y claros los colores del distintivo que portaban, que son los tres bellos colores de su bandera trigarante: rojo, verde y blanco. Entonces decidieron echar a la suerte que color le tocaría a cada una para decorar el platillo; la lluvia de ideas comenzó con el chile, jitomate, el queso, entre otros ingredientes. Tenían que inventar una cosa nueva y exquisita, nada que se encontraran recetario alguno, algo de un positivo valor gastronómico, como si fuese sacado de la fértil fantasía monacal o del grandioso cerebro del cocinero de su majestad imperial Carlos V. Si lograr ponerse de acuerdo, cada una se retira a sus respectivas casas, para mañana verse otra vez con ideas nuevas. Pidieron con fervor aquella noche a la Virgen del Rosario que les iluminara el entendimiento; le rogaron también a San Pascual Bailón, patrón eficaz de las cocineras.
A la mañana siguiente, un 28 de agosto de 1822, fiesta titular del señor San Agustín, las tres doncellas acudieron con ánimo alegre; se regocijaban en su espíritu como si vieran el cielo abierto. Se cubrieron sus ampulosas faldas con unos grandes delantales blancos, se comunicaron sus pensamientos y el gusto se asomaba a sus semblantes, conforme iban hablando. Los santos les habían dado su preciosa ayuda en negocio tan importante y delicado. Y aquellas delicadas manos de doncellas ricas, se empezaron a mover con singular gracia en los distintos menesteres que se habían impuesto para realizar aquella obra que iba a llevar un nuevo contento a los hombres.
Compraron dos docenas y media de chile poblano, que crujían deliciosamente al frotar, y su verde de tan profundo que era llegaba casi a los confines del negro, y tenían un olor que atizaba delicadamente la gula, alborotando violentamente el apetito. Con sólo olerlos se llenaba la boca de agua y el corazón de gozo. Tostaron aquellos chiles, después los arroparon por buen rato entre una servilleta bien mojada, y enseguida los despojaron de su delgado pellejito con gran cuidado, les hicieron una rajadura en medio no muy larga, para despojarlos de sus venas y semillas. En tanto, prepararon un rico aderezo; un suculento picadillo de lomo de cerdo, aderezado con especia fina, la puntita de ajo y dos hojitas de laurel, le añadieron también trozos de durazno, piña manzana, pera, pasas y almendras y unos pedacitos de acitrón. Con todas estas maravillas rellenaron abundantemente los chiles; después batieron huevos con singular destreza y bañaron cada chile en las pumas a mezcla, y uno a uno, los echaban en una cazuela con manteca bien caliente. Enseguida trituraron en el metate una cantidad bastante generosa de nueces de Castilla, moliéndola finamente hasta formar una pasta a la que se le añadió canela y azúcar, un chorrito de jerez; queso fresco, y para aligerar la masa la agregaron un poco de leche.
Toda esta mezcla se le vertió encima a los chiles, formando filas en torno de una fuente de porcelana que era parte de una vajilla suntuosa que trajo el galeón de Manila. Con lo cual salió a las mil maravillas la damisela que tuvo a su cargo el difícil color blanco. La del rojo también se llevó la gala, quedando como las propias rosas, al echar sobre la blancura de la nuez, una buena porción de granos de granada. La ingeniosa doncella a quien le correspondió el color verde, todavía colocó unas ramitas de perejil para darle un toque extra. Aquello era una alegre fiesta para los ojos. Y así quedaron bien dispuestos, los magníficos colores de la bandera, gracias al sutil ingenio de estas damiselas poblanas.
Quedo un plato de artística presentación y seguro provecho. Superaba a todo sabor y nadie lo podía censurar por picante, quedando este guiso plasmado en los recetarios de cocina para la posteridad.
Cuando los tres gallardos militares, novios de las muchachas, comieron de aquel magnífico manjar, los celebraron de manera muy entusiasta. No abrían la boca sino con encarecidas palabras. También a los frailes de San Agustín, por ser día de su santo patrono, les fueron enviadas dos preciosas fuentes con la magnificencia de sus chiles soberanos. Después de probar los religiosos aquel manjar, resonó todo el lugar con gloriosas aclamaciones, celebrando ese bocado inapreciable. Lo hacían los buenos frailes sino engrandecer esos chiles por sus perfecciones y encarecían sobre el oro las manos primorosas de aquellas doncellas que parecía estuvo gran tocadas de la gracia divina de Dios. Estos santos varones ayudaron, alegres a la celebridad de las tres damiselas, no hacían sino coronarlas de gracias al publicar sus grandezas, y aún las dirigían mil bendiciones y muchos de ellos se ponían llenos de gozo.
Pronto por toda la Puebla de los Ángeles, se extendió la famosa receta, siendo un éxito rotundo. No había persona que se perdiera el gusto de probar aquella joya culinaria.
Se sabe con precisión hasta en que casa se inventó la inminente receta de los chiles enojada, que fue gesta del mayor aprecio para Puebla: la que forma esquina con las calles de Micieses y Victoria. 

domingo, 31 de agosto de 2014

Del sepulcro al escenario

Guadalupe Azcárate era hija única del abogado don Alejandro del mismo apellido. Era muy adinerado y pomposo este señor don Alejandro.  A Guadalupe –Guadalupita, como le decía de cariño-, le satisfacía todos sus deseos, ¿qué cosa le podía negar?, Y con esto poseía don Alejandro toda la felicidad y contento. Con una palabra que ella dijera, ya tenía el buen caballero dentro de sí todo un tesoro de alegría. El padre se desbarataba de amor por su hija, la quería con todo el extremo del mundo. No le hablaba sino con palabras llenas de dulzura y agrado, y constantemente le hacia todas las caricias que podía. Su gusto era darle gusto. Y así Guadalupe era dueña de todo cuanto quería y aun lo que no quería se lo daba su padre como prenda de amor y benevolencia, y por esto vivía sumida con encanto entre regalos.Gustaba la doncella de vestidos blandos y delicados. Siempre vestía ricas ropas. Toda ella se arreglaba con minuciosa curiosidad; desde el cabello con un peinado impecable, hasta el cuidado de su cara, manos y afeitado. Se perfumaba de arriba abajo y, al caminar, soltaba una suave fragancia. Todos los días siempre vestía de gala, pues le gustaba cuidar su apariencia, ornato de limpieza; nadie se ataviado en México con tanta galanura, hacia gloria de los trajes.¿Y qué decir de la preciosidad y riqueza de sus joyas? Se las colocaba con elegante sobriedad y así lucían más, echaban rayos de hermosura, y no las usaba en abundancia ostentosa. Ninguna señora tenía perlas como las de Guadalupe, en largos aretes temblorosos, en collares de muchas vueltas y gran caída con sus colgantes calabacines, en pulseras y en broches. Su pasión eran las perlas, las poseía de todos los tamaños imaginables y de todos los colores y de redondez perfecta, blancas, negras, rosadas, aceradas, etcétera.Guadalupe tenía un novio a cuyo poder y albedrío se hallaba gustosamente entregada. Su voluntad era la de su amado. Su nombre era José Ramón Mendieta, y entre ambos había correspondencia de amor. Don Alejandro Azcárate quería a José Ramón por yerno, pues éste era hombre muy de bien, con mucha fortuna inmobiliaria que no tiene una sola carga, sino muy saneada. Además, tenía título de médico, con excelente parroquia que cada día la aumentaba más y más por su saber, dedicación y lo escrupuloso de su conciencia.En razón de que tenía lo más excelente y de añadidura era apuesto, de buen porte, airoso en el manejo de su persona, y buen vestir, con aseo, compostura; era José Ramón el mejor partido de la ciudad entre todos los galanes que en ella florecían. ¿Cuál otro mejor valía? En su vida no se encontraba más que orden, pulcritud, elegancia, distinción muy señoril.Los enamorados se dieron la mano teórica al prometerse y luego la práctica al contraer esponsales y celebrar el matrimonio. Con solemnidad y fausto fue la boda en la iglesia del convento de las Bernardas; para la celebración fueron colgados terciopelos y colocadas flores de mil aromas. Después se festejó el enlace con gran banquete y un baile suntuoso al que acudió lo más principal y encumbrado de la ciudad, con sus vistosas y mejores galas en emulación refinada de lujo.Guadalupe portaba un vestido de damasco nácar, muy pesado por los múltiples hilos de oro que tenía entretejidos y con los que daba visos. Lucía sutiles encajes, adornos en mangas y escote, el suelo era rozado por un ancho y plegado olán entre blondas y lazos, y por doquier había cintas de raso con bordados áureos y minuciosos. Era un traje sobresaliente y lucido, lo más esmerado y exquisito que en México se había visto y sobre la seda caía un collar de perlas gruesas.Nos extinguían aún en los estrados elegantes de la ciudad las alabanzas y comentarios de la suntuosa boda, que tuvo agradable derroche de magnificencia, cuando se supo que Guadalupe su marido don José habían muerto de mala manera. Fueron en viaje de novios a una de las haciendas que poseía hacia Toluca el acaudalado señor, y salieron una tarde a merendar bajo los pinos de la sierra para recordarse su amor, y ambos se acercaron al borde de un abismo temeroso de mucha altura para ver el valle envuelto entre los oros del crepúsculo. Guadalupe dio un peligroso resbalón y quiso detenerse instintivamente, y  se abrazó desesperada de una de las piernas de su amado, y con su peso se lo llevó y los dos cuerpos empezaron a rodar por aquellos riscos y espantosos despeñaderos hasta no parar en la sima hechos andrajos.La ciudad se hallaba consternada con este triste suceso que preparo el Destino tras de tanta pompa. Don Alejandro se deshacía en lágrimas, no cabía en sí de dolor; hizo unos funerales suntuosos. Guadalupe y su marido fueron sepultados en la viejísima parroquia de la Santa Veracruz. El paso del tiempo, se fue llevando poco a poco el recuerdo de Guadalupe, la vida trajo otras cosas y el pasado se fue de la memoria. El único que no puede olvidar era don Alejandro, siempre tenía a su hija delante de sí. A todas horas estaba el caballero deshaciéndose en lágrimas, no podían los ojos de manifestar con llanto su pena.
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Gran entusiasmo y curiosidad corría por todo México porque anunciaron por todas partes que pronto iba a llegar al Coliseo una compañía de competentes danzarines galos que sólo bailando hacían a la perfección frívolas comedias y hasta representación de espantables tragedias. Las principales bailarinas serán cuatro damas: Ivonne Duperrier, Gabrielle Monval, Zenaïde Bouchard y Cosette Panetier; sobresalían entre los mimos  Abelard Bribiers, Philibert Paturot, Emmanuel Leplongeon; decían que Roland Nanteuil no tenía comparación. Figuraban otros artistas más en el elenco, anunciándose en los carteles con nombres y apellidos, aparte de un lucido cuerpo de baile de figurantes de ambos sexos, llenos de habilidades y gracias.Algo señor muy principal en la ciudad había visto actuar a estos buenos artistas en un teatro de La Habana, se puso a pregonar las maravillas que hacían y pronto andaba en boca de todo mundo la noticia, incrementando la fama de la farándula francesa y por eso era que había gran deseo en toda la ciudad de verla en el tablado del Coliseo.La noche de la ansiada representación de los bailarines, el teatro estaba a reventar de gente de toda condición. La farsa que se iba a representar se titulaba: Nubes que cubren el sol o el caporal y la dama. La escena representaba un parque bien poblado de árboles y al son de la música andaban los artistas de un lado para otro, simulando que paseaban por aquellos viales floridos; ellos con trajes de soldados llenos de armoniosos colores, ellas con gran escote y vestidos de gasa muy flotantes y vaporosos. Apareció en el tablado un mancebo, Philibert Paturot, portando un traje azul celeste con galones de plata, que representaba al caporal o cabo de escuadra que daba título a la pieza, y bailando con ligereza y gracia y haciendo continuos movimientos quería significar que andaba afanoso en busca de su dama.En  esto entró en la escena con una pirueta extraordinaria mademoiselle Ivonne Duperrier, la dama que daba título a la obra, dió enseguida dos aladas vueltas en el aire y luego giró con gallardía por todo el tablado, y se detuvo de pronto, quedándose sonriendo, parada sólo en la punta de un pie y con la otra pierna extendida, en espera de que el Coliseo resonará de aplausos y de gloriosas aclamaciones, ya que a todos sus compañeros, con hacer menos que ella, les había otorgado el numeroso público grandes y repetidas ovaciones.Pero en vez de los aplausos que esperaba, lo que escucho fueron largos gritos de espanto que salieron por todos lados de entre la ruidosa agitación de la concurrencia. Todo mundo estaba de pie con gran murmullo, el teatro entero se movía en una confusión espantosa. Madmoiselle Ivonne miraba azorada hacia todos lados sin saber a qué se debía tanto alboroto, cuando ella era ni más ni menos, la causa que lo motivaba por la razón de que traía el suntuoso traje con que Guadalupe Azcárate fue su boda y con el que después bajo a la sepultura.Ya corrida la cortina se vio toda confusa la mujer, rodeada de gente de la policía que le interrogaba de mil maneras para sacarle la verdad de donde como se había hecho con aquel vestido. Cuando supo la pobre danzarina que era el de una difunta, le entró un miedo tan helado que daba diente con diente como si estuviese sin abrigo entre una recia ventisca. Hablo al fin toda temblorosa y muy descolorida, dijo con voz entrecortada que ella no había profanado ningún sepulcro, sino que una modista se la ofreció y la pago a su paisana por un crecido precio.La justicia fue en el acto a la casa de una tal Madame Adelaide Laboulaye, y al enterarse del negocio que traían con ella los de la policía, soltó el grito y hasta le quiso dar una pataleta de lo agitada que se puso, ni a media voz, pues tenía todo el corazón atravesado en la garganta, contó que un desconocido se lo trajo a vender y como se lo ofreció barato no tuvo ningún inconveniente en comprárselo sin averiguar la procedencia de la preciosa prenda. Las señas que dio la Madame  del maldito vendedor que la puso en aquel aprieto, fueron que era regordete, chaparro, lleno de lunares, ojos anchos de pestañas largas, lucía un rizado copete, era paz y corto, y tenía voz aflautada.La autoridad hizo exquisitas y largas diligencias para dar con el sujeto, investigación que pagó muy bien don Alejandro Azcárate. Pronto se supo que el malvado profanador de tumbas fue ni más ni menos que Leovigildo Vega, el meloso sacristán de la Iglesia de San Sebastián. Gildito o Veguita, como le decían las beatas, hablaba con voz tan dulce que iba muy de acuerdo con la movediza suavidad de sus ademanes. A pesar de sus melosidades, andaba este hombre por el templo sin recato ni reverencia, trataba con desenvuelta profanidad las cosas sagradas y hacia desafueros contra los santos de los altares, como si se tratase de  trastos inútiles o cachivaches de desperdicio y no de respetables representaciones, sin tener para ellos ni miramientos ni cortesía.Se llevaron a la cárcel a Leovigildo, quien apretando las manos puestos los codos en alto y moviendo la cabeza de un lado para otro, juraba y perjuraba su inocencia, pero apenas con un somero tormento de arrimarle una plancha caliente a las espaldas, confesó su robo con todo detalle. Leovigildo pasó varios meses encarcelado en un calabozo y dizque allí se mató con sus propias manos dejándose caer sobre un cuchillo.De este robo se originó la costumbre que se tuvo en México durante mucho tiempo para evitar la codicia de los sacristanes, de ataviar primero con suntuoso lujo el cadáver de las señoras pudientes, adornándolas, además con las mejores joyas que tuvieron en vida, y después ya para ponerlas en el ataúd, les quitaban todas las ricas alhajas y el vestido pomposo y se los trocaban por uno más modesto, ya que aquella vistosa ostentación de sedas muy adornadas y de pedrería, no era necesaria en la estrechez de la caja mortuoria y en la verdad del sepulcro, la única e incontrastable verdad.

domingo, 24 de agosto de 2014

El teatro en México (Época Prehispánica)


Pasada la jornada de inevitable asombro, los conquistadores proceden a establecer en el nuevo dominio el viejo sistema feudal de la división del trabajo: cuerpos y almas. Soldados y misioneros trabajan intensamente: aquellos, preparando el tributo para el César; éstos, condimentando el fabuloso ofrecimiento a Dios.Los primeros enseñan el español a los indios; los segundos aprenden de éstos el secreto de las lenguas nativas. Unos buscan sólo el porvenir o, más bien, el presente; otros intentan penetrar el extraordinario pasado. Gracias a los soldados y los representantes oficiales, averigua España que hay en la tierra sometida minas nunca vistas de oro y de plata. Merced a los frailes, tenemos una idea amplia de la vida y de las artes de las grandes razas neolíticas que han perdido su señorío. Pero unos y otros son fatalmente medievales. Es el espíritu de la Edad Media el que dirige y anima en ellos todos los trabajos de construcción o destrucción. Para no ser absorbidos y trastocados por la fuerza de la raza que señorean -poderosa y completa hasta la Conquista- importan de España un duplicado de su vida occidental, cortado sobre un patrón que es medieval sin remedio, y condenan a México, para tanto tiempo, habrá de durar el dominio hispano, a vivir bajo el sol de una Edad Media más enorme y menos delicada que nunca.
Sabemos por fray Toribio de Benavente, por fray Diego Durán y por el propio Cortés, que entre otras ciencias y artes, poseían los indios la poesía lírica y la dramática, y que disponían de teatros, consistentes en terraplenes cuadrados y descubiertos, emplazados, ya en los mercados, ya en el atrio inferior de algún templo, a la altura necesaria para que pudiera todo mundo disfrutar de los espectáculos. Con o sin riesgo, puede aventurarse la suposición de que toda función teatral de los indios, incluyendo himnos, máscaras, danzas y farsas, tenía una base esencialmente esotérica, simbolista y ritual. No pueden citarse, más muestras de aquella literatura teatral que el himno a Tláloc y los himnos de Nezahualcóyotl. En efecto, una y otras composiciones tienen una estructura claramente definida de diálogos, sustentados en la mayoría de los casos, entre una divinidad y su adorador. Las siguientes réplicas, entresacadas del himno a Tláloc, apuntalan esta teoría:

  1. El Dios aparece en México; tu bandera se despliega en todas direcciones y nadie llora.
  2. Yo, el Dios, he vuelto otra vez; he vuelto otra vez al lugar que abunda en sacrificios de sangre; allí cuando el día envejece, yo soy visto como un dios.
  3. Tu obra es la de un hombre mágico; tú te has hecho de verdad ser de nuestra carne; tú te has hecho a ti mismo; y ¿quién se atreve a provocarte?
  4. Ciertamente, aquel que me provoca no se encuentra bien conmigo; mis padres tomaban por la cabeza a los tigres y a las serpientes.

Puede suponerse, sin embargo, que si estas suposiciones han llegado a la actualidad con pasaporte de himnos es porque “en el canto entonaban dos un verso y les respondían todos”, y porque tal vez, al suprimirse las grandes ceremonias nativas, siguieran siendo recitadas en forma de monólogos para su conservación a través de los tiempos.
Es cosa comprobada, no sólo históricamente, sino también por la observación del espíritu mexicano moderno, que los bailes y festejos -dirigidos siempre por un armonioso sentido del color y del movimiento- tenían una trascendencia particular para las antiguas razas de México. Cabe acotar que “el baile se hacía casi siempre con acompañamiento de canto; pero tanto este cuanto los movimientos de los que bailaban se sujetaban al compás de los instrumentos… En el intervalo que dejaban las líneas de bailarines, solían bailar algunos bufones, imitando a otros pueblos en el traje, o con disfraces de fieras y otros animales, y procurando hacer reír al pueblo con sus bufonadas… Tales eran las formas de la danza ordinaria; pero había otras muy diferentes, en que, o representaban algún misterio de su religión, o algún suceso de su historia, o alguna escena alusiva a la guerra, a la caza o a la agricultura”. La farsa era, por consiguiente, también familiar a los indios. Es probable, sin embargo, que en ellas improvisaran los diálogos los propios actores, y  en general, consistían según parece, en escenificaciones de los hechos, tal como se encontraban referidos o se suponía que debieran acontecer.
En los templos de Tlatelolco y de Cholula existieron terraplenes de los mencionados antes, y las representaciones de que ha quedado noticia tenían, aparentemente, lugar en Cholula, durante las fiestas en honor de Quetzalcóatl, divinidad que -por el reflujo de las cosas de los siglos- ha vuelto instalarse entre nosotros.
“Este templo tenía un patio mediano, donde el día de su fiesta se hacían grandes bailes, regocijos y muy graciosos entremeses, para lo cual había en medio de este patio un pequeño teatro de a treinta pies en cuadro, curiosamente encalado, el cual enramaban y aderezaban para aquel día, con toda la policía posible, cercándolo todo de arcos hechos de toda diversidad de rosas y plomería, colgando a trechos muchos pájaros y conejos, y otras cosas apacibles, donde después de haber comido, se juntaba toda la gente, y salían los representantes donde hacían entremeses, fingiéndose sordos, cojos, ciegos y mancos, viniendo a pedir sanidad al ídolo, los sordos respondiéndole adefesios; y los cojos cojeando decían sus miserias y quejas, que hacían reír grandemente a los del pueblo; otras salían en nombre de la sabandijas, unos vestidos como escarabajos, y otros como sapos, y otros como lagartijas, etcétera; y encontrándose allí referían sus oficios, y volviéndose cada uno por sí, tocaban algunas fábulas de que gustaban sumamente los oyentes; porque eran muy ingeniosas. Fingían asimismo muchas mariposas y pájaros de diversos colores, sacando vestidos a los muchachos del templo en estas formas, los cuales subiendo en una arboleda, que allí plantaban, los sacerdotes del templo les tiraban con cerbatanas, donde había en defensa de unos y ofensa de los otros graciosos dichos con que entretenían mucho a los circunstantes, lo cual concluido, haciendo un gran mitote o baile con todos estos personajes se concluya la fiesta, y esto acostumbraban hacer en las principales fiestas.”
Estas diversiones eran en cierto modo comunes a las diversas razas que poblaban a México. La representación de comedias originales entre los indios conversos del Estado de Yucatán es afirmada por fray Diego de Landa, y algunas de esas piezas -como las “conquistas” mezcladas con canto y baile- continuaron subsistiendo entre ellos por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Fuente: México en el Teatro. Rodolfo Usigli

jueves, 21 de agosto de 2014

La casa de los Azulejos (Segunda Parte)

En ésta última entrega de la historia de Casa de los Azulejos, haremos un viaje en el tiempo, a principios del siglo pasado, cuando Porfirio Díaz era presidente, recorriendo el exclusivo Jockey Club en la planta alta, y la tienda francesa de ropa para dama. La calle de Madero fue uno de los rumbos más chic a los que acudía la sociedad de la época, para ver y dejarse ver.
Años más tarde llegarían los hermanos Sanborns para fundar uno de los negocios más importantes de México. Difícil de creer, pero comenzaron en la calle de Madero con una droguería, a la que después le añadirían más productos para vender.