domingo, 22 de marzo de 2015

La redención del escultor

Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta, bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos, hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento, en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le era  en aquellos momentos el dinero, aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le adelantara  una tercera parte del pago, igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento y hasta que no tuviera  terminada la escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes, Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y, reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada. Excitado pidió  a gritos que le entregaran unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado. Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación, para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente. Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor, que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más. Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el  conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes, atraídos por el inesperado quejido  en la noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y la vida eternas.

BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.


domingo, 15 de marzo de 2015

El Barrio de Santa María la Redonda

Este barrio fue habitado por una cantidad considerable de gente que vegetaba en pocilgas y en el que las costumbres se perpetuaron, aunque algunas eran tan repugnantes y discrepan tanto de lo que exigen la cultores de la civilización actual, que puede decirse que subsistieron únicamente porque están como olvidadas y las practicara la ínfima clase de la sociedad, entre la cual sostienen las costumbres la misma boga que gozaban en remotas épocas y se sigue actualmente la rutina que siguieron en los pasados siglos; es de notar que en las clases en que falta la educación siquiera mediana, son más permanentes los hábitos y hasta el carácter, circunstancia que hace que entre los campesinos se transmitan sin cambio las costumbres.
Durante el siglo XIX subsistía aún en el barrio de Santa María la costumbre del velorio; el padrino de la criatura costear los gastos: en una accesoria o salita, según las condiciones del caso, se reunían multitud de individuos de ambos sexos, colocándose en uno de los rincones los músicos; el aguardiente y al son de la música baila jarabes y otras canciones, entonando los músicos coplas que aumentan el buen humor de la concurrencia; mezcal corren en vasitos de mano en mano, acompañándolos algunos bizcochos o tortitas de cuajada; en medio de la sala, sobre una pequeña mesa o en el suelo, colocan el cadáver del niño, alumbrándolo cuatro velas de sebo, cubierto con flores y adornada la cabeza con una corona de ellas; al son de la música baila jarabes y demás, entonando los músicos coplas que aumentan el buen humor de la concurrencia; haga la tienen los padrinos hacer el velorio en el que gastan más de lo que les permiten sus recursos. Toda la noche siguen los concurrentes alternando los jarabes con las rociadas de aguardiente absorbido a traguitos y masticando algunos bizcochos; las voces van subiendo de tono, el entusiasmo crece y los parabienes porque ahí un nuevo ángel en el cielo; se toma tamil chocolate y aún cenas, según las condiciones de los compadres, pasando de esta manera toda la noche, sin que a tan extraña diversión pueda ponerse otro límite que la aparición de la aurora.
Parece increíble, pero es cierto, que las costumbres lleguen a embotar hasta los sentimientos más nobles del corazón; olvidándose las madres de que lo que son para dar pábulo a la costumbre, suele conservarse en las casas hasta dos o más días el cadáver, pretexto principal de la diversión, y aun se ha llegado a presentar el caso de que las familias se presten al difunto hito para el objeto deseado. Los velorios de adultos y viejos varían en cuanto a la música y baile, pero hay también algunos medios de que usan los dolientes para entretener el tiempo y jamás se olvida el licor y el chocolate. Es extraño, pero es un hecho, que el velorio aún subsiste refugiado en los barrios de esta capital.
Parroquia de Santa María.
Esta iglesia fue fundada en el año de 1524 por fray Pedro de Gante, y la administraron los franciscanos como parroquia de indios, hasta que en virtud de una cédula real, dirigió el virrey don Francisco de Güemes y Horcasitas un oficio al Arzobispo don Manuel Rubio y Salinas, para que eligiera clérigo idóneo que desempeñara el curato. En consecuencia, para obedecer lo dispuesto, el provisor don Francisco Jiménez Caso, acompañado del alcalde de Corte, pasó a la parroquia de Santa María el 26 de junio de 1753, e hizo saber al padre guardián y religiosos la determinación del virrey, que obedecieron, y desde entonces esa parroquia fue administrada por clérigos.
En el año de 1569 hubo un encuentro entre los clérigos y los franciscanos el día de la Asunción, con motivo de la misa que se había de celebrar en Santa María la Redonda, parroquia de uno de los cuatro barrios principales de México, perteneciente a la doctrina de San José. Todos los años iban los franciscanos en procesión a aquella iglesia o ermita, se cantaba misa solemne y se predicaba; pero en esa ocasión los clérigos quisieron impedir el acto porque pretendían que pasara a ellos la administración de la ermita. Se hicieron el firme propósito de estorbar para que la procesión no llevara a cabo lo que dictaba la costumbre; iba el guardián fray Melchor de Benavente, acompañándole los diáconos y el famoso fray Pedro de Gante. Salió la procesión del patio de San Francisco acompañada de muchos indígenas y algunos españoles; pero se interpusieron los clérigos en la mitad de la calle, al pasar la acequia que la dividía. Los franciscanos insistieron en pasar, protestando requiriendo los clérigos para que no fueran causa de algún motín; uno le contestó dándole un empujón, que lo hizo irse de espaldas y habrá caído si no lo hubiera detenido fray Pedro de Gante. Al ver lo que pasaba se juntaron los indios, se reunieron muchos más y se dirigieron a los clérigos, que les decían que dejarán pasar la procesión, pero los clérigos no hayan razones y continúan empujando y deteniendo la comitiva en su marcha; entonces los indígenas recogieron piedras para arrojarla sobre los agresores quedan muchos e iban preparados para cualquier trance; las piedras llovían sobre éstos el crecido número; los castellanos, poniendo mano en las espaldas, se apresuraron a defender a los clérigos y el alcalde Sandi quiso interponer sus oficios; pero ni los unos ni el otro lograron contener a los indios y solamente se calmó el motín con la fuga de los clérigos; el alcalde se libró arrojándose en la acequia de la que salió muy mojado; hubo muchos lastimados y los indios quitaron las espadas a dos españoles, la voz de los frailes no bastaba para detener el ardor y entusiasmo de los indios y hasta las mujeres arrojaban puños de tierra a clérigos y seculares; entonces el guardián creyó conveniente no pasar adelante, sino que regresó y dijo la misa en la iglesia de San José.

Llegado todo a oídos del virrey don Martín Enríquez, comenzaron a aprehender a los que iban en la procesión, entre ellos los cuatro alcaldes; pero acabo el asunto por no tratarse más de él. En los siguientes años volvieron a salir los frailes en procesión y yendo a Santa María a decir misa el día de la Asunción. La fiesta de Santa María fue decayendo mucho con el tiempo. 

domingo, 8 de marzo de 2015

El arte culinario de Sor Juana Inés de la Cruz

Durante el siglo XVII Sor Juana Inés de la Cruz se dedicó a recopilar las deliciosas recetas del convento de San Jerónimo; al mismo tiempo que estudiaba y escribía, ocupaba su tiempo en preparar y crear platillos, junto con las demás religiosas. Ahora vamos a conocer algunos de los guisos, que en algún tiempo se llegaron a preparar entre aquellos gruesos muros:

Pollas Portuguesas (seis porciones)
Toma los jitomates, perejil, hierbabuena y ajos, pícalos y con bastante vinagre, aceite y todo género de especies, menos azafrán, y las pollas con sus pedacitos de jamón ponlo a cocer bien cubierto, y así que estén cocidas, hecha tornachiles, aceitunas, alcaparras y alcaparrones.

Ingredientes.
1 pollo entero o seis piezas al gusto.
1/2 cebolla rebanada.
3 dientes de ajo picados.
2 jitomates sin piel y sin semillas cortados en cuartos.
4 ramas de perejil.
2 ramas de hierbabuena.
1 taza de vinagre de manzana.
1/4 taza de aceite de oliva.
100 gramos de jamón serrano en cuadros.
1 hoja de laurel.
1/4 de cucharadita de tomillo.
1/2 cucharadita de orégano.
6 tornachiles.
12 aceitunas.
12 alcaparras chicas.
12 alcaparras grandes.

Modo de preparar.
Macere toda la noche el pollo con la cebolla, los ajos, las hierbas de olor, el vinagre, la sal, la pimienta y el aceite. Al día siguiente fría el pollo hasta que dore ligeramente. En una olla con tapa que cierre perfectamente, ponga el pollo con el resto de los ingredientes, menos los tornachiles, las aceitunas y las alcaparras. Cuézalo 20 minutos. Sírvalo con las aceitunas, las alcaparras y los tornachiles.

Ante de cabecitas de negro (ocho a 10 porciones).
Un real de cabecitas, uno ídem de leche, una libra de azúcar, medio de agua de azahar, todo junto se pone a hervir hasta que tome punto. Se ponen capaz de mamón y esta pasta. Se guarnece como todos estos antes.
Seguramente las cabecitas de negro que menciona el recetario son la guanábana o chirimoya, pues así se llamaba a estas frutas, las cuales además presentan las características necesarias para preparar este dulce que se puede comer solo o en ante.

Ingredientes.
3/4 de kilo de pulpa de guanábana chirimoya.
2 tazas de leche.
2 tazas de azúcar.
1/4 de taza de agua de azahar o unas gotas de esencia de azahar.
1 mamón o pastel esponjoso de 900 g.
1/2 taza de pasas para decorar.

Modo de preparar.
Ponga a hervir la leche con el azúcar a que reduzca a la mitad; añada la guanábana y siga cocinando hasta que tome punto de cajeta: agregue el agua de azahar necesaria para que quede tersa. Deje enfriar y proceda como todos los antes. Decore con el resto de la pasta y las pasas.

Buñuelos de queso (20 a 25 porciones).
Seis quesitos frescos, una libra de harina, una mantequilla de a medio, derretido y el queso molido. Se aplanan después de bien amasados con palote, se cortan con una tasa y se fríen.

Ingredientes.
170 gramos de queso crema doble crema de buena calidad.
2 tazas de harina.
1 pizca de sal.
150 gramos de mantequilla para freír.
1 taza de manteca o aceite para freír.

Para acompañar.
2 tazas de miel de piloncillo.
1 taza de azúcar.
3 cucharadas de canela molida (opcional).

Modo de preparar.
Una todos los ingredientes y amase durante cinco minutos. Envuelva en un plástico y deje reposar media hora en el refrigerador. Extienda con un palote dando un grosor de aproximadamente medio centímetro. Con un cortador de galletas o una taza recorte los buñuelos de unos 10 a 12 cm de diámetro y dórelos en la manteca y la mantequilla calientes. Sírvalos con miel o azúcar y canela espolvoreada al gusto.


Para ver más recetas puedes consultar el libro de “Sor Juana en la Cocina”.

domingo, 1 de marzo de 2015

La fuente embrujada (Sucedió en las fuentes brotantes de Tlalpan)

El pavoroso secreto de la magia no ha desaparecido, dormido durante algunos siglos aún no tenemos cerca, a nuestro lado. Este crispante relato ocurrido  en Nueva España, allá por el siglo XVI en lo que hoy son fuentes brotantes de Tlalpan, nos dará la razón.
Este suceso tuvo lugar allá por el mes de mayo de 1664, siendo virrey provisorio el arzobispo don Diego Osorio de Escobar y Llamas, en el sitio que hoy conocemos como el Pedregal, que entonces se llamaba el Carrascal y más allá, en lo que hoy son fuentes brotantes, había otra fuente; sin embargo, el sitio era frecuentado por cazadores de ciervos, que en ese siglo los sabía y muchos, uno de estos avezados cazadores lo era don Fernando Lorenzo de Guevara, sobrino mimado del efímero virrey-arzobispo. Cierto día, el caballero andaba de cacería, cuando logra herir a un siervo, el cual herido buscaba refugio entre la vegetación y más allá, donde ésta era cada vez más abundante; la herida infligida por don Fernando era mortal, así que pronto caería por tierra muerto, sin embargo, parecía como que, a medida que se acercaba al bosque, mayor energía recobraba; Don Fernando salto del riachuelo en persecución de su presa, no la dejaría por nada.
Al ver que el amo saltaba el arroyuelo, los criados acicatearon sus caballos y trataron de alcanzarlo, pero al llegar ante el arroyuelo, se quedaron mudos, quietos, con el terror pintado en sus rostros. Por más que le advertían y le gritaban a su amo que no se acercara a la fuente embrujada, porque corría el riesgo de perder su alma, él los ignoro por completo pensando que eran solamente supercherías y continuó su persecución.
Durante algunos minutos don Fernando persigue al ciervo agonizante, siguiendo su cada vez más grueso rastro de sangre, y al fin llegó hasta un lugar donde le era imposible continuar a caballo, dejó entonces libre su cabalgadura y continua tras las huellas de sangre. Así llegó hasta una cascada de aguas diamantinas, que se precipitaba desde lo alto de un risco, el sol ya cayendo hacia el poniente, daba toques dorados y rojizos a la cascada cantarina; de pronto don Fernando se quedó arrobado, las aguas cantaban una extraña melodía, y de la parte de abajo escapaban voces, cánticos, letanías dulces y acogedoras. El caballero perdió la noción del tiempo y siguió la corriente del arroyo que continuaba emitiendo raras sonoridades; de súbito, se halló bajo las frondas de un fresco boscaje que rodeaba una laguna, sus aguas eran tranquilas, doradas por el sol muriente de la tarde y sus ondas parecían dos enormes ojos garzos.
Mientras tanto, los dos criados temerosos por la suerte del amo, nos atrevían a cruzar el arroyo. De pronto, entre las sombras que comenzaban a invadirlo todo, descubrieron la figura de su amo; sin embargo, él parecía idiotizado, ebrio, fuera de sí, anonadado. Don Fernando no dijo una sola palabra, sus ojos idiotizados, parecían estar viendo aun lo que había visto allá en el bosque; mudo, ido de la mente, fue conducido por los criados hasta su casona que fuera más tarde el Palacio del Arzobispado; dicho palacio fue reconstruido en el siglo XVII por el famoso arquitecto don Jerónimo de Balbás, introductor de la estípite arquitectónica.
Allí se encerró don Fernando, dejando transcurrir las horas, sentado en escaño de alto espaldar, taciturno, silencioso, con esa misma mirada que trajo después de salir del bosque halla en el Pedregal. Su único paseo era el de salir al patio y ver la fuente en su interminable chorrear de agua cantarina, y allí pasaba las horas y dejaba caer la tarde, creyendo escuchar un misterioso mensaje en el surtidor. Largas horas de la noche las pasaba al caballero en vela, a veces su mente enfebrecida lograba conciliar el sueño, y entonces le asaltaban extrañas pesadillas; los gritos y risotadas del amo atraían a los criados que acudían hasta su lecho a indagar. Despertó sobresaltado y ordenó que le tuvieran los caballos y los perros listos al amanecer para ir de cacería al Pedregal.
Don Fernando corría y corría, fingiendo que iba en pos de algún siervo o una liebre, pero en cuanto llegaba al arroyo, se apeaba del caballo, ordenaba a los criados atar a los perros y marchaba. Pasaba por la cascada cantarina, musical, y continuaba si el bosque, después, extasiado, de pie, aguardaba a la orilla del estanque misterioso… ¿Qué aguardaba?
Regresaba y volvía a cerrarse en la casona arzobispal, taciturno, silencioso, ido, y cada vez más desmejorado; parecía que una rara enfermedad minaba su cuerpo y algo sobrenatural se había posesionado de su espíritu, palidecía como sin enfermedad interior, desconocida, le fuese dejando sin sangre. En ese estado ni tan siquiera se dio cuenta que su tío, a los dos meses dejaba de ser virrey, pues tomaba posesión del virreinato don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, el 15 de octubre de 1664.
Una noche en que todo parecía propicio para lo macabro y diabólico, pues soplaba viento y ululaban calles, don Fernando mando llamar al viejo, criado de su tío, para preguntarle cuáles eran los secretos que guardaba la fuente embrujada a cerca de aquella hermosa mujer que ahí se aparecía, pues él ya estaba loco de amor por ella. Ante la terquedad del mancebo, el anciano le contó la historia:
“Hace ya casi un siglo, llegó a la capital de la Nueva España una rica joven damita de brillante linaje. Jamás se quitaba el velo que obscurecía su rostro, pero a juzgar por sus bondades, se creía era muy bella; socorría a la Iglesia, daba de comer al hambriento y medicinas al enfermo, dama más caritativa no la hubo jamás. Al saber la bella y afortunada, varios galanes la pidieron por esposa, mas ella, por alguna causa, rechazaba a todos; entonces el vulgo comenzó a correr la versión de que no rechazaba ella los galanes, sino ellos a ella, porque al ver su feo rostro salían huyendo. Dicen que recorrió a la magia negra para obtener amores y a la magia blanca para hacerse bella, y para lograrlo se embijaba el rostro con la sangre de animales y niños que ofrecía en holocausto al demonio; de pronto su rostro adquiría belleza, pero sólo por la noche y entonces salía a buscar al galán que su corazón le indicara. Quién sabe cómo ella adivinaba si movía al galán una pasión insana y le castigaba de horrible manera, transformando su rostro en un animal cualquiera, y ante tal impresión, la víctima salía corriendo como alma que lleva el diablo.
Pasaron los años, no se sabe si desaparece esta mujer, si se la llevó el demonio, pero su casa queda abandonada y en ruinas; y tal es la mujer que habita a la orilla de la fuente embrujada y qué aguarda a un galán.” Don Fernando no le creyó al anciano aquella historia tan descabellada, y lejos de asustarse, se encaprichó más con su adorada Blanca de Gazcón, como se llamara en vida.
A la madrugada siguiente el caballero salió a todo galope de la ciudad, iba en pos de aquella misteriosa mujer; pasaba ya el mediodía, cuando sobre su caballo sudoroso llegó a las inmediaciones del Pedregal. Esta vez no le importaba la caza del ciervo, por la cacería consistía en atrapar un sueño, un imposible; llegó al arroyo y bajó del caballo, de allí debería continuar a pie, y le ordenó a su animal que regresara a la casa. Salto el arroyo que esta vez le pareció que llevaban brillantes y mil pececillos dorados, después a la cascada cantarina, que está vez dejaban escapar frases de amor envueltas en una musicalidad ultra terrena.
Cuando llegó a la entrada del bosque, su alma estaba hechizada de amor y su corazón daba vuelcos de emoción porque esta vez, podía llamar a la extraña mujer por su nombre, y sin pensarlo más así lo hizo. De pronto sopló una brisa fresca y sobre las aguas irisadas se reflejó la figura de aquella mujer extraña, quien emergió de las aguas extendiendo los brazos llamando a su amado. Sin importarle si aquel espíritu era errabundo o alma del averno, don Fernando camino sobre las aguas para reunirse con Blanca.
Como dos amantes separados por el tiempo y la distancia, juntaron sus labios y se fundieron en un solo amor, después, sin sentirlo, sin darse cuenta, Fernando se fue hundiendo en las azules aguas de la fuente, así abrazado a ella; entonces brazos viscoso se extendieron en el fondo de la fuente, lianas y raíces pútridas los aprisionaron.
Mil estrellas estallaron en los ojos de Fernando, mientras escuchaba aquella voz ultra terrena, pero de pronto, el rostro bello de aquella mujer fue convirtiéndose en una máscara de horror, ya descarnado mostró una amarillenta calavera de ojos huecos y boca grotesca horripilante. De su cuerpo, de su pelo, sólo quedaban restos llenos de fango putrefacto, pero don Fernando Lorenzo de Guevara ya no vio aquel horror, su alma había sido arrastrada al fondo de un abismo ignoto.
Nadie supo explicar aquel misterio, pero desde entonces, dejó de ser aquella la fuente embrujada, volvieron a sus orillas los siervos y coyotes y furtivos cazadores que iban sin temor; aunque algunas veces, alguien creía escuchar, partiendo de las aguas, un murmullo de amor y de ternura.
Hoy en día conocemos este sitio como fuentes brotantes de Tlalpan y nadie habla de aquel hecho añejo y olvidado. Sin embargo, no será difícil que una noche, no un cazador furtivo, sino un transeúnte, logré ver a la pareja de doña Blanca y don Fernando.

domingo, 22 de febrero de 2015

Fuente de Salto del Agua

Uno de los barrios que tiene la fortuna de contar con agua en abundancia, era el del Niño Perdido (Eje Central). Por el acueducto de Belém llegaba la capital el agua que se le conocía como “gorda”, ya que ésta era más pesada que la delgada, superándola en que no se enturbiaba en tiempo de lluvias, pero es de más baja calidad para saciar la sed. Terminando la arquería, descansaba una fuente de tosca construcción toda de cantería y del estilo original llamado churrigueresco; el tiempo y el uso fueron destruyendo parte de aquella fuente, reflejo del romanticismo en la arquitectura. Estaba situada en un arrabal y en una plazuela, que diariamente era un punto de reunión, en donde se podían conocer muchas anécdotas del barrio y las historias populares; en aquella fuente a ciertas horas, se formaba una auténtica tertulia, en que además de los asuntos de cocineras recamareras, se hablaban de los efectos de primera necesidad, de la despedida del ahorcado, de celos y pleitos.
La fuente fue construida en el reinado de Carlos III, siendo virrey de la Orden de San Juan Frey don Antonio María de Bucareli y Urzúa, cuadragésimo virrey de Nueva España, el cual dio su nombre al Paseo que se tituló Nuevo. La obra fue terminada el 20 de marzo de 1779, siendo juez conservador de propios y rentas don Miguel Acevedo y regidor comisionado don Antonio de Mier y Terán.
El nombre que adquirió después esta fuente se debe a la hermosa cascada en miniatura que forma el agua, cayendo del tazón de piedra sostenido por un grupo de tres niños sobre delfines, hacia el receptáculo en que la recogía el público. El trabajo de la obra es bastante curioso, destacando el gran relieve que se halla en la parte frontal de la fuente, representando las armas de la Ciudad de México, tales como se usaban en la época en que fue construido aquel monumento: se ve un águila con las alas abiertas y una cruz en el pecho; entre las salas están los estandartes españoles y en las garras las macanas indígenas; pendiente del pecho de la misma águila está un  medallón  que representa las armas de la ciudad, esto es, sobre el fondo hay un castillo en medio de tres puentes que parte de y sirven de base a dos leones que apoya sus garras en el castillo; aparecen allí las características hojas de nopal y en el remate tuvo la corona imperial; el escudo fue borrado después de la independencia y ha quedado modificado el conjunto.

Acueducto de Belém.
Este acueducto daba paso al agua denominada gorda, el cual comenzaba junto a  Chapultepec, recorriendo la calzada de Belém y terminaba en la fuente del Salto del Agua. Desde donde brotaban las aguas en la alberca, hasta la fuente, hay una distancia de 4673 varas (3915.974 metros), contándose 904 arcos desde el puente de Chapultepec. Para dar la mayor elevación posible al agua, y por consiguiente mayor impulso, se logró aumentar en vara y tres cuartas (1.4665 metros)  la altura que antiguamente tuvo al levantarse la arquería, habiéndose ya elevado una vara sobre el nivel anterior. El agua gorda era utilizada por los que habitaban la parte Sur de la ciudad, comprendiendo las zonas de Belém, La Piedad, San Antonio Abad y la Viga.
Esta agua que nació el Chapultepec, antiguamente sirvió para abastecer la ciudad azteca, y uno de los trabajos de los primeros conquistadores fue arreglar los caños y ponerlos en corriente. Se pueden encontrar muchas disposiciones en el primer libro de cabildos para formar la zanja, repararla y componerla, nombrando guarda que la cuidara; los manantiales del bosque también sirvieron para abastecer del vital líquido. El primer registro que se tiene de esta agua, fue la que se le concedió al convento de San Francisco en el cabildo del 23 de enero de 1526.
Antes de la conquista venía para la capital de la ciudad el agua potable nacido Chapultepec por dos acueductos. Llegando a épocas más recientes, fueron utilizadas bombas movidas por máquinas de vapor para elevar el agua.

Parroquia del Salto del Agua.
Fue mandada erigir por el rey Carlos III a solicitud del Arzobispo don Francisco Antonio Lorenzana. La actual parroquia es una iglesia nueva, cuya primera piedra fue colocada el 19 de marzo de 1750 por don Francisco Navarro Navarijo, asistiendo un crecido número de clérigos y distinguidas personas seculares. El padrino de la ceremonia fue don José Gorraez, primogénito del mariscal de Castilla, quien en agradecimiento porque su hijo había sido invitado para semejante acto, prometió dar para la obra de la Iglesia seis de esos semanales, lo que cumple por espacio de 10 años sin haber faltado una sola vez, dando un total de más de $3000. La licencia para colectar limosnas destinadas a la fábrica de la iglesia, fue concedida en enero de 1729.
Treinta y dos años después, fue erigida la iglesia del Salto de Agua en ayuda de la parroquia de la Santa Veracruz, atendiendo a que se hallaba comprendida en el territorio de la jurisdicción de esta feligresía; pero cuando se hizo la división de la capital en 14 parroquias, por el Señor Arzobispo Lorenzana, quedó independiente la del Salto en el año de 1772. 

domingo, 15 de febrero de 2015

El callejón del beso

Una triste historia de dos jóvenes que se profesaban un tierno amor, eran Ana y Carlos. Ella, hermosa y pura, tenía cerca de veinte años y era cariñosa y única hija. Él era un apuesto mancebo como de veinte años, alto y fornido, de tez morena y carácter arrogante, adornado de las mejores cualidades morales, como la de no padecer ningún vicio y dedicarse empeñosamente a cumplir con el trabajo de su tío, el escribano, que le proporcionaba en su oficina; motivado además con la promesa de que a la muerte de éste, heredaría la escribanía. En estas circunstancias llegó a su vida doña Ana por casualidad, y como dicen los cuentistas románticos, tan pronto se miraron, un lazo indescriptible ató a los jóvenes. A partir de aquel momento, Carlos pasaba frecuentemente por la casa de doña Ana durante las tardes, porque era la hora en que salía de su trabajo. Y ella, con el mismo entusiasmo de verlo se paraba en  el balcón, con su especial belleza, blanquísima, de grandes y expresivos ojos negros, luciendo un hermoso mantón de Manila que su padre le había obsequiado; de manera que cuando pasaba su galán, ella le regalaba una encantadora sonrisa.
Así fueron transcurriendo varias semanas, hasta que él se atrevió a saludarla y la joven le correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se inició la plática, titubeante al principio, pero cordial, como empieza todo noviazgo, y más tarde, como les correspondía a los dos enamorados, acompañada de dulces frases y promesas de amor. Las semanas pasaron rápido y los meses también, envueltos en las esperanzas de realizar pronto sus dorados sueños ante el altar, contando con la venia de la madre de ella, de doña Matilde, digna y virtuosa matrona que había aceptado con buenos ojos la relación de su hija con aquel joven de conducta intachable, aunque de escasos recursos económicos.
Pero no todo era miel sobre hojuelas, pues tenía la oposición del padre, que tenía planeado casarla con un amigo suyo, potentado residente en la Península, a quien Ana jamás había visto. Tal situación hizo pensar a doña Matilde que aquellas pretensiones no tenían más fuerza que las de un pago proyecto, y de acuerdo con los jóvenes, juzgo pertinente darle a conocer al padre aquellas santas relaciones, que no habían pasado de meros coloquios al pie de la ventana de su casa.
En una ocasión el padre sorprendió a los jóvenes en una amena charla, y después de haber corrido a Carlos, le prohibió que volviera hablarla su hija; en cuanto a ella, la amenazó que si continuaba aquellas relaciones, la recluiría en un convento. Doña Matilde fue objeto de duros regaños.
Aquel romance prácticamente había quedado roto; sin embargo, ninguno de los dos amantes quedó conforme con la actitud irascible del padre, y Carlos decidió reanudar sus relaciones espaldas de éste. Entonces alquiló una habitación en una casa situada frente a la de su novia, donde había una especie de postigo a la altura de la ventana, en donde él podría hablar libremente con su amada, sin que nadie se diera cuenta, y fraguar algún plan que llegara a ablandar la voluntad del padre. En el momento en que urdían un plan, tan pronto venía por tierra, para dar lugar a otro que les parecía mejor. Las semanas pasaron, escondiendo su noviazgo a la luz del día, y viéndose únicamente altas horas de la noche, desde la ventana de la joven y el escondrijo de él, cuando el padre de la doncella estaba entregado al sueño. Pero como nada se puede ocultar para siempre, un día la desgracia abatió de manera intempestiva aquel amoroso diálogo, pues el padre habiendo sospechado aquellas misteriosas entrevistas, se levantó furtivamente de su lecho, sacó de su buró una filosa daga, y ciego de ira se dirige hacia la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de disuadirlo; mas él siguió su camino y llegó hasta donde estaba la joven, quien al ser sorprendida, aturdida, pretendió dar una explicación sin que le diera tiempo, pues el padre le clavó en mitad del pecho aquella aguda arma.
Moribunda Ana, quedó boca arriba en el pretil de la ventana, inclinada levemente a un costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento la luz de la luna alumbró aquel dramático cuadro, y se vio como el joven amante, presa del más intenso dolor, tomó la blanquísima mano de su novia, le imprimió un tierno beso, y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Desde entonces se le llamó a esta callecita romántica, El Callejón del Beso.

domingo, 8 de febrero de 2015

Día de la Candelaria

La religión en las fiestas populares

La fiesta del 2 de febrero en México, se encuentra vinculada con la tradicional Rosca de Reyes. A todos aquellos que les haya tocado el niño, deberán presentarlo en el templo el Día de las Candelas; para tal evento deberán ataviarlo con los ropones correspondientes, así como sus tronos para aposentarlos.
Después del festejo del nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes Magos, una de las fiestas más arraigadas a nuestra cultura es la llamada “de la Candelaria” o de las Candelas, ya que en dicha celebración, son bendecidas la imagen del Niño Dios y las velas que llevan con el niño. Esta costumbre tiene sus orígenes en la celebración litúrgica de la fiesta de la purificación en la presentación del Niño Dios.
La imagen de la presentación del Niño en la Parroquia de Coyoacán, antecede la Bendición de los Niños Dios vestidos de púrpuras y sedas; los podemos encontrar negros, blancos, cobrizos y bronceados; así como también sentados en sus tronos o recostados en cestos de flores. Las Candelas son bendecidas, para ser encendidas cuando surjan tribulaciones durante el año; al igual que las semillas de chía que una vez germinadas, se colocarán en el Altar de Dolores.
La fiesta concluye con la merienda de los compadres en la cual se sirven los deliciosos y tradicionales tamales; los cuales pueden rellenarse con pollo, puerco, frijoles, mole, rajas, elotes, queso y hasta fresas con pasas, acompañados de salsas, atoles de sabores y chocolate.


En los tiempos de Jesús

La ley mosaica establecía en el Levítico, que toda mujer que hubiese dado a luz se debía de purificar. Si el recién nacido era varón, debía ser sometida circuncisión a los ocho días y la madre debería permanecer en su casa durante 33 días más, purificándose a través del recogimiento y la oración.
Una vez concluido el plazo, la mujer acudía en compañía del esposo a las puertas del santuario para llevar la ofrenda consistente en un cordero primal y una paloma o tórtola, ofrenda que los pobres podían satisfacer con el ofrecimiento de dos palomas o tórtolas. Sin embargo, la gente piadosa tenía por costumbre llevar al pequeño consigo, especialmente cuando se trataba de varón primogénito, para consagrarlo a Yahvé.
San Lucas nos narra, que María y José quisieron cumplir con este precepto llevando al Niño, y su deseo era hacerlo en Jerusalén. Como eran pobres, llevaron por ofrenda dos palomas blancas; y fue ahí donde el justo y piadoso Simeón, movido por el Espíritu Santo, al entrar María y José con el recién nacido, tomó en brazos a Jesús y lo bendijo con la oración: Et nunc servum tuum (Ahora te puedes llevar a tu siervo de la tierra).
Entre sus alabanzas, profetizó que el Niño sería la luz que iluminaría a los gentiles y la gloria de Israel. De ahí surge el simbolismo de las Candelas que representan la luz de Cristo en los hogares.