domingo, 4 de noviembre de 2012

Misa macabra en el panteón de Saucito (Sucedió en San Luis Potosí)


De las ciudades de más sabor colonial, en América destaca San Luis Potosí; y al igual que la antigua capital de la Nueva España, es pródiga en leyendas y sucedidos. Macabra es esta leyenda potosina, que nos habla de misa oficiada y presenciada por espectros, teniendo como escenario el conocido cementerio de El Saucito.
Aún hay gentes en San Luis que recuerdan la cadena de hechos sobrenaturales que rodean este sucedido, y esto nos da pauta para iniciar el relato. La escena macabra mencionada, al parecer la vio  por penúltima vez en 1909 consuelo Meléndez viuda de Hinojosa; se sabe que alguien más la presenció, pero no vivió para contarlo. Con los ojos desorbitados por el miedo y sintiéndose desfallecer, la señora Meléndez logra llegar al centro de la ciudad y llamar desaforadamente ante la puerta de la casa del señor cura Antonio Cabañas; lo inoportuno de la hora y el estado de cosas de la época, hace que el cura tome tiempo y precauciones antes de abrir, al ingresar a la vivienda la mujer, le contó al religioso las macabras apariciones que había presenciado hace unos momentos. Curiosa la señora le pregunta de dónde surgieron los espectros, el cura  le contesta que estos sucedidos se remontan a la época de la Colonia, y decide contarle el origen de aquellas misas. Sentémonos y escuchemos ahora el relato del señor cura.
Este sucedido comienza en la entonces capital de Nueva España. Estamos en el segundo tercio del siglo XVI; de España había llegado en un maduro caballero llamado don Rodrigo de Quevedo y Coronado, con una cédula real que ordenaba se le debiese la mejor encomienda. el virreinato trataba de un millar a los descendientes de Cortés y por eso la encomienda que correspondía a Martín Cortés, se le dio a don Rodrigo. al caballero le parecía poco y creyéndose el mismo rey de España, exigía más y más; así era él, inconforme, y cada vez que alguien le preguntaba acerca de la encomienda, lo único que hacía era quejarse de todo el tiempo, acusando a sus esclavos del ladrones, patanes y haraganes.
Las condiciones en que trabajaban los indígenas en la encomienda de don Rodrigo, eran miserables e inhumanas, todo esto por su afán de enriquecerse  más rápidamente como lo había prometido al rey de España; y cada vez que el capataz le rendía cuentas del producto de su encomienda, estallaba el cólera, recortando cada vez más los gastos y matando de hambre a los esclavos. Los  pobres infelices en esas condiciones caían agotados sobre los surcos; y en esos momentos aparece la siniestra figura de don Rodrigo tiene hecho una fiera, descarga una tanda de latigazos sobre aquellos inocentes; una y otra vez cae el látigo sobre las espaldas desnudas y las flácidas de aquellos infelices, hasta que el capataz decide intervenir para decirle que lo único que está azotando son cadáveres, pues aquellos hombres ya habían muerto de hambre y agotamiento.
Tantos desmanes cometió don Rodrigo, tantas injusticias y muertes, que el virrey decidió intervenir para terminar aquello, para lo que manda llamar a Palacio al ilustre conde de Montalbán, a quien le dio tan delicada misión; ambos estuvieron cambiando impresiones, y entre la plática comentaron que era necesario dotar de tierras a un descendiente de Alvarado. Sin pérdida de tiempo el conde va a casa de un don Rodrigo y habla con él, explicándole que por fin el rey le había concedido el tan anhelado potosí que tanto había deseado; sin pensarlo dos veces aceptó y hechos todos los preparativos se encamina a buscar sus anheladas tierras. Semanas después llega al valle en donde hoy se levanta la hermosa ciudad es San Luis Potosí, viendo don Rodrigo que aquellas llanuras inhóspitas de las que ha sido nombrado dueño y señor, no son las tierras veraces que soñara, pero pidiendo información se dio cuenta que el verdadero tesoro se encontraba tierra abajo: ¡yacimientos de oro y plata!
Tiempo más tarde, como una atalaya que vigilaba adusta que el feudo interminable, le fue construida al caballero una casona de buena fábrica; desde ahí salían diariamente en busca del ansiado potosí grupos de indios mandados por un español. Bajo condiciones terribles recorrían grandes distancias, en busca del mineral que ansiaba don Rodrigo; los indios aquella comarca buscaban también riqueza empleando el método de sus ancestros, que consistía en tirarse de barriga hacia dónde sale el sol, buscando entonces un vapor que debía escapar de la tierra. Cuando descubrían ese vapor casi imperceptible corrían hacia allá sin perderlo de vista, y excavaban con manos rápidas y deseosas, como si temieran que la riqueza mágica se les fuese escapar. En efecto, varias piedras de colores con que los antiguos indios fabricaban collares y adornos, brillaban al sol en las manos de los indígenas; presa de emoción, pensando en servir a su amo y ser recompensado, el español las llevó ante él aquellas piedras brillantes, pero se le cayeron las salas del corazón cuando el señor le dijo que sólo eran guijarros que no servían para nada. Conforme pasaban los días, don Rodrigo enloquecía pensando en oro, pues sus nuevos dominios casi no producían, ya que la gente la dedicaba buscar afanosamente el mineral amarillo; con el crecimiento de la ambición del caballero, igualmente la población iba en aumento, ya ella llegaron un día dos hermanos expertos gambusinos. Eran los hermanos Juan y Pablo de la Rosa, recién llegados de España en busca de fortuna, y ambos naturalmente encontraron acomodo con el hombre a quien la ambición de oro consumía; buscaron y rebuscaron un indicio del valioso metal, pero no había indicios de éste por ningún lado. Después los dos hermanos se enteraron de que los indios, arcano se extraía mineral de un antiguo socavón y deciden experimentara, pero transcurrieron los meses y los hermanos finalmente admiten su fracaso ante su tirano patrón; el español fija su mirada llena de odio y de locura en el canal que corre cerca del túnel de la mina y entonces se le ocurren una idea monstruosa: le ordena a los hermanos que ingresen a la mina y que miran cuantas varas habían excavado, ellos penetran al interior en donde hay más de 200 indios; tan pronto como han enterrado, don Rodrigo ordena a dos de sus más serviles capataces que desvíen el canal hacia la mina, y bajo la amenaza de su patrón, desvían el agua que comienza a correr a raudales al interior de la mina. En el interior las escenas de muerte y desesperación son horrorosas: gritos, ingresos y hayes lastimeros. Después del acto tan criminal, durante varios días el hombre codicioso no sale de su casona, después se debe vagar enloquecido por el valle exigiendo oro.
Conforme pasan los días, los remordimientos empiezan a clavarse en el alma seca y dura de don Rodrigo, el castigo del Señor no se deja esperar y empieza a ver aterradoras visiones; tanto crimen, tanto mal lo está pagando el soberbio señor con noches y días plagados de imágenes terribles que empiezan a hacer que pierda la razón. Cuenta la leyenda que una noche se le aparece un rey, mas no el de España, si no San Luis rey santo patrono de San Luis, entonces el reaparecido le muestra un impresionante procesión fantasmal y lo incrimina, acto seguido don Rodrigo clama, implora y ruega por que algún día el perdón le  sea otorgado. Lo que sucedió aquella noche en el alma de don Rodrigo, se vuelve conjeturas; al día siguiente se le vio vagar por las calles del poblado, y a cuanto menesteroso encontraba a su paso, fuera indígena o hispano, le llenaba las manos de oro.
Los españoles que llegaban para radicar en lo que sería San Luis Potosí, lo veían asombrados y extrañados cuando les detenía para rogarles les perdonara sus ofensas; en cuanto a leprosos y llagados que causaban repulsión de todos, don Rodrigo parecía buscarlos, no dudaba en desgarrar sus finas ropas y con ellas vendar las llagas putrefactas y espantosas. Y sucedió que un día llegó por estos lares, la dulce figura de un fraile franciscano misionero, llamado fray Benedicto de Guzmán, que de tan bueno tenía fama de Santo, y fue hasta este don Rodrigo para implorarle el perdón de sus pecados; le besa su saya polvosa t desgarrara, y besa sus pies con lobo de todos los caminos, después el fraile le impone 12 penitencias y que su confesor oficie una misa de cuerpo presente, cuando Dios le llamara al pecador a rendir cuentas.
Pero todavía tuvieron que transcurrir 24 largos años, antes de que don Rodrigo muriese. Entonces doña Soledad García Coronado, familiar del difunto, presenció la apertura del testamento del muerto, puesto mucho antes en manos del notario; en dicho documento tendría como última voluntad que  ciertas personas estuvieran presentes en su misa, el problema es que los hay nombrados ya estaban muertos. Con el fin de dar cumplimiento al testamento, doña Soledad viene a la capital, en donde habla con una hija de Juan de la Rosa para pedirle que asistiera a dicha misa, pero la muchacha se negó rotundamente; el segundo paso de la dama fue ir en busca del padre Ledesma, y se llevó la sorpresa de que había fallecido; después acude con el heredero del conde de Montalbán sin éxito alguno. La mujer regresa a su casa de San Luis, en donde rezagando cuenta a Dios de que hizo todo lo posible para que la misa se llevara a cabo.
Pero la voluntad de Dios es inmanente; tres años después, cuando doña soledad rezaba un rosario por el sufragio de don Rodrigo muerto tres años atrás, algo sucede: se escuchan cantos funerarios por la calle y como si la llamaran, se ve impulsada a asomarse a la ventana, y ante sus ojos aparece un cortejo fúnebre, y extrañamente aquellas personas se le hacían conocidas. Desde ese momento ya no tiene voluntad doña Soledad, y como si extrañas voces le ordenaran, se lanza en pos del cortejo; caminar deprisa pero no logra darles alcance, pero aún así les ve entrar al panteón de El Saucito, a la luz de la luna la mujer ve que se celebra una misa de difuntos, con cuerpo presente; da vuelta por entre unas tumbas para ver quién es aquella gente, y al verles el rostro descubre que son seres de ultratumba, no obstante los reconoce. Doña soledad no puede resistir aquello y se aleja con el corazón dándole tumbos, al llegar a su casa cae de rodillas y da gracias al cielo porque al fin don Rodrigo había obtenido el perdón que tanto había implorado en vida.
¿Morar en paz? ¡Eso fue lo que creyó! Mas lo sucedido a otras ramas prueban lo contrario. Veamos cómo termina el relato del sucedido del cura a la asustada dama potosina en 1909. El religioso le dice a la mujer, que Dios dispuso que aquella misa se celebre cada 100 años, y el total de estas deben sumar siete, entonces faltarían tres misas más. Faltan... faltan, pero se cree que esos hechos sobrenaturales se han repetido sin que hayan transcurrido los años necesarios. ¿Por qué? Eso sólo lo sabe el señor. Lo cierto es que en 1939 un panadero encontró muerta una mujer a las puertas del panteón de El Saucito. ¿Acaso presenció la misa macabra? ¡Y eso no es todo! En los años 60 un chofer de taxi llevó a una mujer hasta las puertas del panteón, y cuando éste trató de darle el cambio, con horror se dio cuenta de que su pasajera era un ser de ultratumba. ¿Misa es ahora, y en un panteón? No cabe duda alguna, es el fantasma iba a asistir a la misa macabra para don Rodrigo. ¿Desean averiguar la verdad? Vayamos pues a San Luis Potosí y esperemos la noche en el panteón de El Saucito... ¡si es que tenemos valor!