martes, 12 de julio de 2011

La Escuela de Cristo

En el convento – hospital del Espíritu Santo hubo una Escuela de Cristo, como también la había establecida en otras casas monásticas e iglesias de la ciudad, que tenía como objetivo “enmendar  la vida y aprender a servir mejor a Dios”, cosa ideal y pura, pero difícil para la mayoría de los mortales. Estas “Santas Escuelas” se diferenciaban unas de otras porque cada una tenía un patrón especial, y como maestro común el mismo Jesucristo para aprender de él, según nos dicen los Evangelios. Los religiosos que formaban este instituto eran setenta y dos, podían ser indistintamente eclesiásticos o personas seglares mayores de veinte cuatro años; para darle entrada a  una persona, se investigaba todo lo que hubiera acontecido en su vida y costumbres. Ya aceptado entraba como novicio, y con el paso del tiempo se le podía aceptar como hermano en una ceremonia solemne.
La escuela se encontraba regida por un hermano eclesiástico, al que se le llamaba Obediencia, también había una Junta de Ancianos para que resolvieran los casos graves que surgieran, se encontraba formada por quince hombres que fueran de ejemplo para la comunidad. Existía un cargo bastante desagradable, pero alguien lo tenía que hacer, esto le correspondía a los Nuncios, quienes tenían la tarea de repartir las disciplinas  con las que se daba los hermanos sendas golpizas; pero no todo era desagradable en este cargo, pues también eran encargados de cuidar las cosas del altar y oratorio, dar las cédulas con los puntos de meditación, impedir la asistencia de extraños a oficios privados, como en la confesión mutua de los cófrades, la meditación, o cuando con mucho fervor se aplicaban las golpizas y azotes con cuerdas torcidas con canelones de alambre bien afilada. Recordemos que en aquella época la disciplina dentro de los conventos era muy estricta, tanto con monjas, como con monjes.
Una de los ejercicios que más practicaban aquellos religiosos, al igual que en otros templos, era el del Retiro; y para que los devotos no asistieran a sus casas durante este periodo, la Escuela del Espíritu Santo ideo para estas ocasiones construir en el patio del hospital un entresuelo dividido en aposentos pequeños para que ahí descansaran los retirados, y se entregasen por completo a la meditación, aislados del mundo exterior.
 En la parte baja había un comedor adornado con cuadros de pálidas coloraciones una pequeña cocina para preparar el riquísimo chocolate cada mañana y la comida, que les llevaban de sus casas que les llevaban a los retirados  en canastas cubiertas con  servilletas bordadas.
Las Cortes dieron por terminadas en 1820 las ordenes hospitalarias en toda España, así como también las casas que ahí regían; este decreto vino a cerrar el hospital del Espíritu Santo  y a eliminar a los hipolitanos, camilos o padres agonizantes, betlémicos, antoninos y juaninos, dando por terminada la labor tan noble, que habían realizado los religiosos con tanta paciencia y cariño hacia sus enfermos.
Los hospitales de la ciudad quedaron a cargo del Ayuntamiento, que fueron atendidos no por caridad y amor al prójimo, sino por una paga y la diferencia fue notable. Los bienes de las órdenes hospitalarias pasaron a ser propiedad del Estado y sus templos a los Ordinarios, para que sus Señorías Ilustrísimas discutiesen y decidieran cuáles debían de seguir funcionando para el culto y cuáles debían ser clausurados.
Pasaron los años y llegó la Independencia de México, y el convento de Jesús María estuvo desocupado por mucho tiempo, eso se debía a que algunas personas que se aventuraban a entrar en el recinto, aseguraban se podían escuchar voces y pisadas de un pasado que se negaba a desaparecer. El hospital de Betlemitas pasó a ser  Escuela de Medicina, que llevaba por nombre  Establecimiento de Ciencias Médicas,  El Gobierno cedió a las monjas de  la Enseñanza Nueva el convento del Espíritu Santo, y se dispuso por decreto que el 9 de agosto de 1836 se trasladase con todo y sus cátedras, mientras se les daba a las religiosas un lugar adecuado para su asiento definitivo, y ahí quedo establecida la escuela para curar enfermedades, ya fuera con medicinas o bisturí. La escuela quedó instalada ahí definitivamente y no hubo la prometida mudanza, ya que por decreto se les otorgó la propiedad el 15 de octubre de 1842.
Como la propiedad era inmensa, Don Vicente García Torres solicitó una buena porción del convento para establecer sus oficinas tipográficas, lo que consiguió muy fácilmente porque le caballero era un mañoso de primera y siempre tenía “amigos” que les hacían favores. Así pues, el convento- hospital se hallaba ocupado por la imprenta que abarcaba parte de los altos y bajos del primer patio, el ruido era tremendo; el resto del patio era de la Escuela de Medicina con el bullicio del ir y venir de los alumnos; en el segundo piso se encontraba el señor Chausal con sus habitaciones particulares y su bulliciosa amiga (no piensen mal), así se les llamaba a las escuelas de letras en aquella época.
E los únicos lugares donde se podía tener algo de silencio el convento y la Santa Escuela de Cristo, pues en el resto de la propiedad siempre había ruido. La Escuela de Medicina estuvo a punto de tener en propiedad todo el edificio, quiso quedarse sin compañías que les estorbaran para poderse expandir a sus anchas, pero los demás ocupantes se negaban rotundamente a marcharse porque se hallaban muy  a gusto y contentos, pues no pagaban renta; y mientras la Escuela pensaba en la mejor forma de echar a sus vecinos, llegaron a México el 18 de noviembre de 1844 los padres de la Congregación de San Vicente de Paul, junto con las beneméritas Hermanas de la Caridad; don Antonio López de Santa Anna expidió en Tacubaya un decreto  el 6 de julio de 1856, donde se le quitaba una gran parte a la Escuela de Medicina para darla  a los paulinos, y así la escuela tuvo que abandonar el edificio.
El convento del Espíritu Santo fue vendido a particulares al igual que la iglesia. El patio fue vendido en $9,600, el resto del convento y la iglesia se dividieron en 3 lotes, que fueron valuados en $74,613. La iglesia pasó a convertirse en una amplia tienda de ropa, el convento en un hotel según dicen bastante feo. A pesar de que el almacén se encontraba bien surtido, la gente no le gustaba ir a comprar ahí porque sentía que profanaba el lugar, contribuyendo así a que este comercio siguiera funcionando, llevando en poco tiempo a los dueños a una quiebra irremediable.
Después fue establecida una tienda de comestibles, el cual tuvo la misma suerte que la tienda de ropa, pues ni las moscas se paraban a comprar; y viendo el destino que habían tenido los dos negocios anteriores, ningún comerciante se quiso arriesgar a establecer ahí local alguno, por lo que el sitio fue destinado para almacenar carros y coches, y después bodega de ultramarinos. Después de un tiempo se convirtió en un salón de patinaje, del que fuera dueño don Fernando Veraza, en donde daba tumultuosos bailes de carnaval. Donde estuvo el atrio del templo se construyeron unas casas de mala muerte, destinadas a comercios pobres, como estanquillos y tahonas; poco tiempo después fue comprado todo el ex convento  y ex iglesia para edificar un casino, el cual se encontraba mal instalado y falto de espacio en parte de la casa que fuera de Don José de Borda, por el lado de la calle de Plateros.
El Casino Español fue construido por el arquitecto don Emilio González del Campo y se inauguró en 1903. En esta calle existía una dulcería francesa llamada Gramout, que se volvió toda una moda durante aquella época, en especial los que adquirieron fama eran los exquisitos bombones, piezas de chocolate o azúcar con interior de licor o crema, saboreándolo lentamente hasta el último bocado.