lunes, 27 de abril de 2009

El puente del clérigo (Sucedió en la hoy calle séptima y octava de Allende)


La calle de Allende actualmente es poblada, ruidosa y conflictiva; llena de comercios y una que otra casa vetusta, que por su carcomida fachada, nos recuerda los pasados siglos coloniales. En una de las esquinas de ésta calle pasaba una de las acequias por donde corría agua durante el siglo XVII, y sobre dicha acequia existía un puente que, por el suceso escalofriante que voy a relatarles, se llamó “El Puente del Clérigo”.

Allá por el año 1649 y siendo virrey de la nueva España Don García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, llegó cierto caballero. Se trataba del rico y noble, joven y apuesto además, Don Duarte de Sarraza, de origen portugués; criado y educado en España, traía cartas reales y se le tenía en mucha estima, pues además de ser dueño de gran fortuna, poseía dos títulos de nobleza; debido a esto, Duarte de Sarraza fue bien recibido y atendido en la corte y por toda la clase palaciega de la Nueva España; el joven portugués era invitado a las fiestas y saraos del Palacio Virreinal y a otras casas señoriales. Su fortuna y apostura despertó el interés de varis damas españolas y criollas, casaderas.

Don Duarte de Sarraza vivía solo en la entonces calle de Medinas (hoy González Obregón) rodeado de sirvientes; de donde salía noche a noche, embozado para no denunciar su identidad, con las armas listas y el talego lleno de oro caminaba por la calle, siempre dispuesto a descubrir cualquier asecho, una amenaza, por callejas oscuras, hasta llegar a una de las casas alegres que entonces existían en la calle de las Gayas (hoy calle de Mesones).

El 19 de septiembre de 1543, se había dado permiso para, instalar la primera mancebía, o casa de “Gayas” (mujer pública); y allí asistía a divertirse y a entregarse al vicio, el portugués Don Duarte de Sarraza; muy pronto los vicios y depravaciones de Sarraza, fueron conocidos por todos los habitantes de la entonces muy pequeña capital, pero al portugués, que tenía influencias ente el virrey, nada le importaba que le vieran en sus actos viles y abyectos, y que siendo un buen espadachín, por cualquier motivo retara a duelo a hombres que no eran de armas tomar y nada jóvenes como el, ni que se tentara el corazón, para dar muerte a un hombre desarmado, solo por una simple sospecha.

Pasaba el tiempo y cierta tarde, durante un sarao en una casa de linaje hispano, Duarte de Sarraza vio a al mujer más hermosa que sus ojos hayan visto; se trataba de Margarita Jauregui, hija de un rico hacendado hispano, muerto años atrás, pero heredera de tierras y fortuna; la joven había quedado al cuidado de su tío, el respetable sacerdote Don Juan de Nava, que era caballero de la orden de Calatrava.

Verla Don Duarte de Sarraza y acercarse a ella fue todo una, pues la abordó al momento presentándose y saludándola muy cortésmente; la dama quedó prendada de la galanura del mancebo. Desde ese día, se vio rondar a Don Duarte de Sarraza por las cercanías del puente que sobre la acequia había y que aún no tenía nombre; había calles sin nombres y un callejón que llamaban del Carrizo, al oriente, solo se veían lotes baldíos, sábese que en una de esas callejas vivía el cura Juan de Nava, que oficiaba en el templo de Santa Catarina, y por ello rondaba por allí el enamorado portugués. Noche a noche se apostaba el embozado Duarte de Sarraza cerca de la calleja y el puente, esperando ver a quien le había sorbido el seso; no había dejado sus vicios y parrandas, porque después de espiar a su amada, volvía a las casas de escándalo y conocidas mancebías.

Presintiendo la presencia de Sarraza, de quien ya Margarita de había enamorado con locura, también se asomaba a la ventana, levantaba un poco los visillos y miraba suspirando hacia las sombras, tratando de ver la silueta fugaz de su adorado. Al fin un día se encontraron en la iglesia y el le ofreció sus dedos mojados en agua bendita, y allí mismo aprovechó el momento, para declararle que la amaba y diciendo algo que no sentía señaló al altar; la dama le correspondió declarándole su amor al caballero. Acto seguido salieron juntos del templo, sin saber que los ojos tristes y severos del padre Juan de Nava los habían descubierto, y que el viejo cura, sabedor de las cosas de la vida, había adivinado en ella un amor puro y en el, el engaño y la mentira; esa noche, al regresar el padre, después de rezar el rosario, decidió hablarle a su sobrina a cerca del mancebo, sus mentiras, traiciones y su vida disipada; Margarita expuso su amor con gran vehemencia y como era costumbre en esa época, le dio una orden que debía cumplir: que se olvidara de Sarraza.

Pero a pesar de todos los obstáculos, ambos estaban empecinados, encaprichados en esos amoríos y aprovechando el que el anciano cura estaba en Santa Catarina diciendo el rosario, ellos se veían, y noche a noche, el empecinado portugués, le repetía su amor por ella y le juraba un aor eterno. Sabiendo que era imposible separar a los enamorados con palabras, el cura fue a ver al virrey para pedirle pudiera prohibir que los enamorados se siguieran viendo; pero esto hizo el efecto contrario y acrecentó las visitas de Duarte al balcón de Margarita.

La noche del 3 de abril de 1649, estaban los dos enamorados conversando, cuando el mancebo vio venir al cura; fingiendo tener ciertos negocios con el virrey, Duarte de Sarraza se despidió de Margarita; malévolo y cobarde, el joven se escondió cerca del puente, para aguardar el paso del cura y sorprenderlo, y así lo hizo, en cuanto lo tuvo cerca, lo atacó con fiereza a puñaladas; una y otra vez el cobarde portugués sepultó su puñal en el cuerpo del desdichado cura Juan de Nava, muerto el sacerdote, el cobarde criminal lo arrastró hasta llevarlo a lo alto del puente. Oscura la noche, negra su conciencia, nadie había como testigo en los alrededores, que pertenecían a la parcialidad de Santiago Tlatelolco, y haciendo gala de su fuerza y juventud, levantó el cadáver del cura Juan de Nava y lo arrojó hacia abajo; su cuerpo cayó a las aguas negras de la acequia, que en esos tiempos eran profundas y su caudal desembocaba en La Laguna (Lagunilla), y ahí permaneció el portugués, hasta que vio que el cuerpo ensangrentado de hundía totalmente.

Desde el día siguiente, estuvo cerrada su casa de la calle de Medinas, dijo a sus criados que comunicaran, a quien viniese a buscarle, que estaba ausente de la capital, y a Margarita Jauregui le envió una esquela, diciéndole que partía a un negocio a Veracruz, que lo iba a retener algún tiempo.

Pasaron las semanas y los meses y, como viera que nadie hablaba de su crimen ni se sabía nada acerca de la muerte del cura, fue a ver a su amada, encontrándola triste e indispuesta y esto aceleró sus malas intenciones, pidiéndole su mano para desposarla, la muchacha confundida dijo que no le podía contestar nada, hasta saber el paradero de su tío; fuera de si el portugués sujetó con furia la blanca mano de la dama, diciéndole que vendría por ella al otro día y sin casamiento de por medio la haría suya; Margarita respondió asustada negándose a hacer tal cosa. Dispuesto a volver al día siguiente y raptar a la joven, el caballero se alejó de la casa maldiciendo, ella tembló de miedo al probando aquella noche, que de verdad, el era un malvado. Entonces ocurrió lo insólito e inexplicable, cuando al día siguiente pasaron por el puente, los primeros madrugadores, se llevaron el susto de su vida, allí sobre el puente, estaba el esqueleto amarillento, lleno de lodo y hierbas, con un puñal calvado, estrangulando al portugués, el cuál estaba muerto; las manos descarnadas del clérigo, lo habían ahorcado desde la noche anterior.

Llenos e terror, empavorecidos, los dos descubridores de aquel macabro espectáculo, corrieron a dar parte a la autoridad; los señores de la justicia, al examinar el puñal que tenía clavado aquel horrible esqueleto, reconocieron a su dueño al ve los escudos de armas gravados en el arma; las autoridades cerraron el caso, diciendo que el portugués había asesinado al cura y éste había regresado para vengarse (por muy descabellado que pareciera, eso era lo que había ocurrido).

Y fue tan cierto este suceso, que años después, la tétrica aparición volvió a verse sobre el puente.

Pasaron los años, con la nueva traza de la cuidad, cambiaron el curso y cegaron las zanjas que por allí corrían; cegada la acequia, no hubo necesidad del puente y desde entonces, la calle, hoy de Allende, se llamó calle “Del Puente del Clérigo”.

jueves, 9 de abril de 2009

La venganza del encadenado (Sucedió en la calle del Empedradillo, hoy Monte de Piedad)


El Empedradillo fue el nombre que recibió esta calle por haber una de las primeras que se empedraron en la capital de la Nueva España, muchas eran residencias de nobles y cortesanos que se levantaban a lo largo de aquella calle, pero destacaba sobre todo la de Don Sebastián Medina del Campo, descendiente de un grande de España; fue en los alrededores de esta mansión, que a fines de 1681 empezaron a suceder ciertos acontecimientos que sobrecogieron de temor a los vecinos del Empedradillo; mucho sorprendía a quienes habían sido testigos de aquellas apariciones y que éstas ocurrieran precisamente en las cercanías de la casa de Don Sebastián; en una ocasión dos caballeros se encontraban cerca la casona de aquel noble, pero se vio interrumpida por un espectro, el cuál se dice, que la persona que se atreva a verlo, incluso el más valiente termina loco; aquellos hombres se esbozaron en sus capas, caminaron calle abajo mientras el espectro misterioso se detenía a las puertas del señor Medina del Campo. Don Sebastián, era en efecto hombre de gran estimación en la corte del virrey Tomás de la Cerda y Aragón, Conde de Paredes, que había subido al poder el 30 de noviembre de 1680. Por esas fechas Don Sebastián le pidió la mano a una hermosa y noble muchacha llamada Doña Soledad de Sarmiento y Osorio, sumamente agradado recibió Don Íñigo de Sarmiento aquella noticia.
La dama no se sentía menos halagada, puesto que Don Sebastián, además de ser uno de los caballeros más ricos de la colonia, era también muy apuesto; y como le había prometido el virrey, se efectuó un sarao anunciando el compromiso, evento al que concurrió lo más granado de la nobleza virreinal, fue en esa ocasión también que Doña Soledad y Don Sebastián se dieron cuenta de que serían muy felices, puesto que se amaban y no solo se casarían por las conveniencias de la corte, saboreando aquellos momentos pasados al lado de su amada regresaba más tarde el caballero a su casa del Empedradillo; pero de repente el cochero detuvo el carruaje a las puertas de la mansión, donde un mendigo cerraba el paso, acto seguido Don Sebastián se dirigió al pordiosero, y con gran asombro se dio cuenta de que era su hermano Felipe pidiéndole limosna; entonces Don Sebastián y su infinita bondad que lo caracterizaba insistió hasta que hizo subir a aquel pordiosero a su carruaje, que al fin pudo entrar en la mansión. Felipe había perdido sus propiedades en juegos de apuestas y de puro milagro había podido escapar de las galeras y se conmovió profundamente por la bondad de su hermano, que lo había recibido tan bien.
Mientras Felipe saciaba su apetito, Don Sebastián le habló de lo feliz que era por su próximo enlace con la señorita de Sarmiento y Osorio, su hermano le dijo que no quería causarle momentos vergonzosos debido a su aspecto y se negó a ser presentado a otras personas, pero el otro de ninguna manera se avergonzaba de el, y tuvo que aceptar lo que le pedía, sin embargo no permitió que se marchara de ahí.
Don Felipe se desempeñó muy bien y Don Sebastián estaba seguro de que su hermano estaba realmente arrepentido por su azarosa existencia pasada, lejos estaba de imaginarse que el joven, siendo como era de mala índole, empezaba a maquinar un diabólico plan: tomar el lugar de su hermano; la confianza de Don Sebastián le había permitido inspeccionar la casa de lado a lado, conocía perfectamente el acceso a las bodegas, y en una ocasión hizo cierto descubrimiento; una puerta secreta que conducía a una oscura galería abovedada a cuyos lados se abrían tétricas mazmorras, Don Felipe recorrió aquel corredor hasta llegar a donde terminaba en una puerta condenada, en ese momento una diabólica sonrisa se dibujó en su rostro y cuando salió de ahí llevaba ya formulado cierto plan.
La boda de Don Sebastián se aproximaba y eso lo tenía distraído y ocupado en otras cosas, casi no se fijaba en los informes que su hermano le daba de sus negocios, y cierta noche decidió llevar a cabo su maquiavélico plan y le dio de beber, con el pretexto de que había que tratar un asunto muy importante; Don Sebastián accedió y a poco los dos hermanos se encontraban libando en abundancia, y Don Felipe acuciaba a su hermano a seguir bebiendo mientras le hablaba de su prometida; absorto en hablar de su dama no advertía que su hermano no bebía tanto como el, así sucedió, Don Sebastián acabó durmiéndose sobre la mesa y Don Felipe se apresuró a levantarlo de ahí; tan bebido estaba Don Sebastián que no se dio cuenta del sitio a que su hermano lo conducía, Don Felipe abrió la puerta que conducía al subterráneo y dejó caer el cuerpo de su hermano en una de las mazmorras, procedió luego a encadenarlo, y sin que Don Sebastián hubiera recobrado el sentido salió de ahí; los criados no se dieron cuenta de la desaparición de su amo, pues Don Felipe tomó su lugar desde esa noche ocupando su propia habitación y ese mismo día fue a conocer a Doña Soledad, los criados obedecieron y a poco se encontraba el señor de Medina del Campo en compañía de la muchacha, sin embrago ella notó algo diferente en su futuro esposo, su comportamiento ya era el de un educado y galante caballero, sino el de alguien vulgar y poco galante y eso lo demuestra, que el joven le dijo que toda duda se le quitaría cuando la tuviera en sus brazos la noche de bodas; aquellas palabras ofendieron el pudor de la dama y ofendida le ordeno la llevara a su casa.
Como los criados seguían intrigados por la ausencia de el que ellos creían Don Felipe, el nuevo amo les dio una explicación aceptable, argumentando que se aburría en la casa y se había ido a recorrer mundo.
Aquella noche, cuando los criados se hubieron retirado, Don Felipe bajó a las mazmorras del subterráneo, Don Sebastián había llegado a un grado de desesperación tal que no le importaba actuar como loco maldiciendo y jurando venganza ante el regocijo de su malvado hermano, aún oyendo los gritos de Don Sebastián, Don Felipe salió de ahí, porque a partir de ese día se dedicó a atormentar despiadadamente a su hermano, llevándoles comida para cerdos, burlándose de el y hablándole de Doña Soledad. Después Don Sebastián ya no protestaba, sufría aquellas humillaciones en silencio, sus ojos brillaban con fulgor extraño al oír todo lo que le decía su hermano, pero ni eso lo hacía pronunciar palabra.
Así llegó el día de la boda de Don Felipe y Doña Soledad, fue una suntuosa ceremonia, se ofreció después un banquete en la misma casa del señor de Medina; la joven miraba a su esposo sintiendo una extraña congoja en el pecho, Don Felipe bebía sin parar y en un momento pidió que se le disculpara un instante; mientras la dama obedecía la indicación de su marido, el se dirigía a la bodega, tambaleándose llegó Don Felipe a la mazmorra en que su hermano estaba prisionero agonizando, pidiendo un sacerdote para ser confesado; pero sin hacer caso de las súplicas de su hermano, Don Felipe dio la vuelta para dejarlo solo de nuevo, la voz de su hermano fue haciéndose más débil hasta que no pudo hablar más y se desplomó sin vida; en ese momento entraba Don Felipe al salón del banquete, donde todos se divertían regocijados, las copas se levantaron y fue cuando sucedió algo espantoso: las puertas se abrieron violentamente y un hombre barbudo y andrajoso apareció en el umbral, Don Felipe retrocedió asustado, reconociendo en aquel hombre a su hermano; el extraño intruso avanzó hacia Don Felipe señalándolo con dedo de fuego, todos se asombraron de su extraña palidez y el sudor sanguíneo que perlaba su frente, algunas damas se desmayaron y mientras los caballeros sentían que los cabellos se les erizaban, aquella horrible aparición lanzando una furiosa mirada a Don Felipe, se desvaneció en el aire. EL perverso hermano no aceptó responder ninguna de las preguntas que le llovieron a continuación.
Aún temblando por el susto Don Felipe llegó a la alcoba donde esperaba Doña Soledad, el acercó su boca a la de ella, pero entonces se empezaron a escuchar unos quejidos lastimeros, Doña Soledad volvió de pronto el rostro a sus espaldas y dejó escapar una alarido al ver aquella aparición horrible, gritando maldiciones a Don Felipe y jurando venganza. Doña Soledad no pudo soportar la impresión y se desplomó desmayada mientras el espectro de Don Sebastián acosaba a su hermano, y exhalando un angustioso, aquella espantable figura desapareció; y a partir de aquel día empezaron las apariciones en la calle del Empedradillo, los que habían tenido la mala suerte de toparse con el lo veían surgir de entre las baldosas de la calle unas cuadras más adelante.
Tras de recorrer las cuadras que separaban el lugar en que se aparecía de la casa de Don Sebastián, aquel espectro se detenía ante las puertas de la mansión, y todos lo veían traspasar la pesada puerta al tiempo que lanzaba un pavoroso alarido. Dentro de la casa nadie tenía ya tranquilidad; Doña Soledad rechazaba la compañía de su marido porque siempre que estaban juntos, aquel horrible fantasma se hacía presente; los sirvientes empezaron a abandonar la casa y llegó el día en que la propia Doña Soledad lo hizo también.
Don Felipe vio desesperado como se quedaba solo y trató de irse también, pero estaba a punto de salir, cuando el fantasma se lo impidió; solo se podría ir cuando fuera al templo de Santo Domingo a pedir la sepultura de su hermano y la absolución de sus pecados. Don Felipe, con tal de irse de ahí juró a su hermano en falso, que iba a cumplir aquella petición; los huecos ojos del espectro brillaron extrañamente y luego su esquelética mano la clavó en el cuello de su hermano, el dolor hizo a Don Felipe perder el sentido, mientras la horrenda aparición se alejaba gimiendo dolorosamente.
Los religiosos de Santo Domingo empezaron a intrigarse por aquellas apariciones que ocurrían muy cerca de donde estaba su convento, entonces, dos de ellos decidieron esperar esa noche a que el prodigio ocurriese; una vez que se tornó todo oscuro, en escalofriante gemido surcó los aires en ese momento, del suelo surgía en ese momento el horrible espectro de Don Sebastián y sin hacer caso de las palabras de los religiosos, que rezaban con febril ansiedad, el espectro prosiguió su camino.
Al día siguiente los frailes comunicaron lo sucedido a su superior, y en aquella época no había porque dudar de la palabra de dos religiosos y menos si eran de la orden de Santo Domingo, y se ordeno una investigación; así se hizo, y fue grande la sorpresa de todos al dar con la galería subterránea donde había muerto Sebastián Medina, bajaron a continuación y vieron al infeliz encadenado en aquella espantosa mazmorra, al final había una puerta, entonces clérigos y civiles avanzaron a lo largo de la galería hasta llegar a la puerta que conducía a la bodega de la mansión de Don Sebastián, todos traspusieron el umbral y subieron por la escalera que daba a la casa; Don Felipe apareció en ese momento, presentaba un extraño aspecto, no soportó tantas emociones y cayó de rodillas ante los clérigos, confesó todo, causando gran asombro en los presentes; de repente Don Felipe abrió mucho los ojos clavándolos en un rincón de la habitación, gritando de horror; pero aquellas fueron sus últimas palabras, pues el infeliz se desplomó agonizante, con la frente perlada por el mismo sanguíneo que se aprecia en el espectro de su hermano.
La casa fue bendecida y el cadáver de los hermanos gemelos sepultados en tumbas contiguas, pero aunque se creyó que con aquello cesarían las apariciones, días después se supo que había sido así. ¿Don Felipe ó Don Sebastián?, uno de ellos debió seguir penando hasta expiar todas sus culpas; se dijeron misas y se rezaron novenarios, y aunque la crónica en que se consigna esta historia es muy precisa para dar datos y fechas, no habla de cuando cesaron las apariciones.
Todo es posible en ésta vida y quizá aún por lo que antes era el Empedradillo, se oigan en ciertas noches las lamentaciones del encadenado ¿Quién sabe?