domingo, 27 de diciembre de 2015

Anecdotario político del ayer

Desde la época de Colonia han existido esta clase de burlas hacia las figuras relacionadas con la política, con la diferencia de que antes se hacían de manera clandestina, pues esto acto se consideraba un delito.
A continuación se citan algunas burlas que en distintas épocas, siempre han sido hechas hacía los aspirantes al poder. ¡Que las disfruten!

VIRREY DON MIGUEL LA GRÚA TALAMANCA, MARQUÉS DE BRANCIFORTE
Fue despedido por el pueblo con este pasquín, que refleja el odio que atizó la conducta servil del adulador del Príncipe de la Paz y del Rey Carlos IV.

Aunque el mismo infierno aborte,
Escogido, un condenado,
no podrá ser tan malvado
que te iguale, Branciforte.

Esperamos que en la Corte
lo que mereces te den,
y a Valenzuela también;
interim de tu partida
y de Aranza tu venida,
te damos el parabién.
Sal ya de San Juan de Ulúa,
Talamanca y Ungues fortes,
y por aquí más no aportes,
infamíssimo la Grúa.

Ladrones hay con ganzúa,
con sogas y con escalas,
con puñales y con balas…
¿alguno te ha competido?
¡no! Que ninguno ha tenido
(tu sí) de Godoy las alas.

DE SANTA – ANNA Y SATANÁS SON DE UNA MISMA OPINIÓN


De Santa – Anna y Santanás
son de una misma opinión,
uno azote del infierno
y el otro de la nación.

Muy parecido a Luzbel
es Santa – Ann en su aventura,
éste por fatal criatura,
por ángel soberbio aquel:
a uno venció San Miguel
por soberbio y pertinaz,
y este déspota y audaz
descendió por su imprudencia:
y así es que no hay diferencia
de Santa – Anna a Satanás.

Quiso Santa – Anna imprudente
su gran solio colocar,
en el más alto lugar
más sublime y eminente:
¿Qué más que ser Presidente
de toda esta gran Nación?
más lo arrastró su ambición
a querer ser absoluto,
él y el demonio en lo astuto
son de una misma opinión.

Con sus ardides Santa – Anna
subió sin ningún trabajo:
y luego de un escobazo
cayó como telaraña;
ya la nación mexicana
desconoció su gobierno,
que se vaya ahora al averno,
si aún quiere tener mando,
porque allí lo estará esperando
uno, azote del infierno.

Los dos para descender
un mismo origen tuvieron,
porque ambos ser más quisieron
que el mismo que les dio el ser
a ambos los vino a perder
la soberbia y la traición,
y así son, en conclusión,
de un mismo modo los dos,
un enemigo de Dios
y el otro de la nación.

PAN, PRI Y CIRCO
Inolvidable por borrascosa y divertida fue la sesión de la Cámara de Diputados del 21 de agosto de 1979; y sobre todo animada por el bombardeo de insultos  que entre sí se lanzaron  varios legisladores de los partidos políticos allí representados.
Roberto Blanco Moheno – tildado por otros diputados de corrupto, mercader del anticomunismo, ladrón, calumniador y chantajista –, al subir a la tribuna para contraatacar, dijo:
 –Les confieso que he estado muy nervioso, pero no por miedo a esos señoritos – afirmó a la vez que señalaba a los comunistas – que se parecen al pájaro de las pampas que se llama chingolo – y me perdonan pero así se llama –, que canta en algún lugar pero los huevos los tiene en otro continente.
De los palcos brotaron gritos de “cerdo”, “ladrón”, “reaccionario”, a los que Blanco Moheno respondió también con injurias.
Federico Ling, de Acción Nacional, ocupó la tribuna para  impugnar a Blanco Moheno, al que reprochó no haber efectuado campaña política, alardeando de tener ya el voto del Presidente de la República.
Y expresó:
– ¿Cómo podía Blanco Moheno hacer campaña política, si no tenía tiempo, pues estaba escribiendo su vigésimo tercer libro sobre la corrupción, que sin duda debe contener elementos autobiográficos?
Po su parte, Humberto Pliego, del Partido Popular Socialista, definió a Blanco Moheno como un chaquetero que según conveniencia cambia de trinchera, y que llegó a la Cámara apoyado por el PRI, pese a haber sido un enemigo del Congreso y del partido oficial.
Y en la andada de recriminaciones, Gerardo  Urzeta, del Partido Comunista Mexicano, manifestó:
– Quiero decirle a Roberto Blanco Moheno que los señoritos de la izquierda a quienes él se ha referido, son gente que ha pasado por la cárcel, por la represión, esa represión que Blanco Moheno ha apoyado, esa represión que él ha justificado; y que de ninguna manera tienen los huevos en otra parte, sino precisamente en México.
Y añadió:
– Sería bueno que Blanco Moheno se comprara un espejo de cuerpo entero, para que pueda ver que en todo caso el chingolo es el.
Unzeta leyó después unos párrafos de las memorias de Lázaro Cárdenas, en los que el general denuncia y previene sobre la corrupción del Blanco Moheno.
Cuando Roberto Blanco Moheno volvió a subir a la tribuna, acusó al hijo de Cárdenas, Cuauhtémoc, de haber alterado las memorias de don Lázaro. Y expresó:
– Nadie le ha cantado más a Cárdenas que yo. Nadie. Pero desde que conocí a su familia, soy lazarista, no cardenista. No tengo la culpa de que los grandes hombres suelan tener moralmente enanos por familiares.
Los palcos eran un manicomio. Adversarios y partidarios de Blanco Moheno gritaban improperios contra éste o contra sus impugnadores.
El escándalo llegó al clímax cuando Lázaro Rubio Félix, del PPS, dijo:
– El caso de Blanco Moheno no es un caso político, sino un caso clínico, de psiquiatría.
Un  grupo de esas personas que concurren a los palcos para oír a los diputados y echarles porras a sus favoritos, comentaba la sesión a la salida de la Cámara. Una de ellas afirmó:
– Hace mucho que no me divertía tanto. Hoy estuvo buena como pocas veces la función del circo.


LA ACTUALIDAD

Hoy en día las burlas hacia los políticos se han trasladado a medios como la televisión y el internet, como Política Cero en el canal de Milenio; La Isla Presidencial y  El Planeta de los Monos en internet, donde  a través de una caricatura cargada de ingenio y picardía, nos muestra la actualidad política.
También podemos ver los debates de los candidatos a diferentes puestos populares, junto con sus posteriores mesas redondas en las diferentes televisoras, según el gusta y afiliación política de cada quien. Opciones para informarnos hay muchas, solo debemos escoger la que más nos guste y acomode. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

La poseída por Lucifer (Sucedió en la calle de Palma)

En los oscuros tiempos del mito y las supersticiones, se creía que la locura era producida por artes del demonio; hoy después de mucho tiempo se sigue creyendo lo mismo…
Esta historia terrífica y diabólica, que ha pasado a convertirse en otra página más del libraco de leyendas de la Nueva España; a no ser porque una triste y lúgubre aparición tenía lugar a cualquier hora del día, el vulgo la habría confundido por la horrible llorona, porque la figura de aquella desdichada mujer era idéntica a aquella remota aparición y casi idéntico su grito de dolor. ¿Por qué vagaba esta infeliz lanzando al aire ayes tan lastimeros? ¿Estaba loca como decía la gente  o era un ánima en pena? Vamos averiguarlo.
Viajaremos en el tiempo y no ubicaremos en el año de 1566, que estaba bajo la regencia del virrey don Gastón de Peralta, marqués de Falces, a quien tocó juzgar a Martín Cortés y conjurados; más si el famoso juicio contra el hijo del conquistador atraía la atención de toda la colonia, esta también era en ese tiempo importante.
La casa que se encontraba ubicada en el número seis de la calle de Jerónimo López, hoy de Palma, la ocupaba linajuda familia González de Gomara, formada por don Felipe Lope, su esposa Francisca, y sus hijos Beatriz y Gil. Erase Beatriz joven y bellísima y allí radicaba la importancia de la casa, pues la familia asistía a misa todos los días en la Perpetua, todos se iban en el carruaje a excepción de la muchacha que siempre iba a pie, la larga travesía que efectuaba era el mayor motivo de atención para muchos jóvenes galanes, que como era costumbre siguieron a distancia y con gran respeto a la hermosa Beatriz que irradiaba belleza y señorío. Muchos creían que la caminata de la muchacha era con el fin de exhibirse y ser admirada por todos los galanes que se apostaban a su paso y para escuchar encendidos piropos que en ese tiempo se estilaban, como por ejemplo: “Un ángel bajo del cielo para causarme sonrojos, señora, dejadme veros, aunque se cierren mis ojos”.
Sin embargo, el diario peregrinar de Beatriz tenía el dulce motivo de dar limosna a los mendigantes que hallaba a su paso, incluso sus manos blancas y finas llevaban alivio a los enfermos dándoles algún remedio para aquello que los aquejaba.
Cuando Beatriz llegaba al templo, ya estaba aguardando para verla varios galanes que eran flor y nata de la capital de Nueva España, sin embargo todo se les iba en ilusiones y suspiros, pues la bellísima mujer tenía un algo de místico y extraño que no les dejaba acercarse; siempre aquellos galanes tenían la ilusión de que Beatriz posara su mirada en alguno de ellos, pero en el fondo sabían que Dios era el único, y eso parecía lo más seguro pues ella era la damita más religiosa de toda Nueva España. De corazón noble, generosa y buena, dada a la fe y la caridad, sus padres y quienes la conocían creían que iba a ser monja; pero el destino suele cambiar las cosas muchas veces, pues se dice que el demonio mete su cola entre las personas buenas.
Beatriz se aprestaba para llevar comida y abrigo a dos enfermos, pero su madre le advirtió que no fuera sola, sino en compañía de sus nana, a lo que la muchacha ignoró los consejos maternales y salió de inmediato; sin embargo, esta vez la madre de Beatriz tenía razón, pues aquel era un barrio humilde pero en extremo peligroso, era reducto de rufianes y perversos individuos. Y dio la causalidad que ese mismo día dos de ellos la estaban espiando, prestos esperando el momento ideal para entre en acción y así lo hicieron, como fieras montaraces las dos rufianes aguardaron a su presa y la atacaron de inmediato aventándole una piedra en la cabeza, y al ver que la inerme damita había quedado turbada, se le echaron encima con el fin de despojarla de sus pertenencias.  En esos momentos críticos para Beatriz, apareció de improviso elegante y apuesto caballero, quien en un santiamén emprendió de “pajuelazos” contra el par de malandrines, y mientras esto pasaba la dama le suplicó que los perdonara, y ante tan noble petición el caballero quedó sin palabras;  como aún le durase el efecto del golpe de la piedra, Beatriz quedó estupefacta  y confusa ante el apuesto caballero, estaba embelesada, como si el nombre de aquel caballero, que era Juan Manuel García de Monte Alegre, hubiese sido una dulce flecha que se clavara en mitad del corazón, y sin saber cómo ni porque, con profunda emoción interior pronunció su nombre.
Desde aquel día, Beatriz dejó de caminar sola por los barrios humildes de la Nueva España, pues Juan Manuel se convirtió en su guía y guardián, y pronto, muy pronto, aquellos recorridos para hacer obras benéficas  se convirtieron en reuniones amorosas; la muchacha había centrado su amor, tantos años dormido, en la apuesta figura del mancebo y este a su vez estaba enamorado de ella, y ese amor, esa pasión  arrebatadora y loca fue creciendo  y creciendo a medidas que pasaban los días y las horas.
La figura y el amor hacia Don Juan Manuel se hicieron una obsesión en la mente de Beatriz, que despierta se soñaba en brazos del apuesto caballero. Aunque ahora repartido su amor entre Dios y aquel hombre, la muchacha continuaba yendo a la iglesia y dando limosna a mendigantes; pero fue precisamente uno de esos días cuando ocurrió aquello que iba a ser su desdicha. Al salir del templo se topó de buenas a primeras con Don Juan Manuel, que venía acompañado de una dama que sin duda era su esposa, a lo cual Beatriz sintió un golpe peor que aquel que le dieran los rufianes y acallando sus gemidos echó a correr, quería que la tierra se abriese, desaparecer, volar lejos, muy lejos de allí ¡Juan Manuel era casado!
Durante varios días la destrozada Beatriz se encerró en su alcoba negándose a abrir y a probar alimento. Por fin al cuarto día la muchacha abrió la puerta, pues había pensado en su congoja y que ya que había estado tan apegada al cielo, el cielo podía ayudarla; y acto seguido loca de pena y desesperación corrió ante el cristo al que le pediría, le exigiría un milagro, se dejó caer de rodillas y comenzó a implorar que a Don Juan Manuel se le castigara con la muerte, pero en seguida se arrepintió y mejor pidió aquello para la esposa del caballero.
Pero transcurrieron los días y las ansiada venganza divina no era consumada, Beatriz se sentía enloquecida día con día, casi perdió el juicio por su penar amoroso, hasta que un día decidió castigar a quien no le había escuchado, y sin medir el alcance de su sacrilegio comenzó a golpear al cristo con una espada, arrancaba esquirlas de la escultura mientras seguía echando en cara al señor crucificado el hecho de que no hubiese escuchado su petición; en ese momento su nana, que le llevaba alimento la sorprendió en tan horrible acto y acto seguido, la muchacha arrojó lejos de si la espada y se escondió en el regazo de su nana buscando tan urgente refugio, quien le dijo que esa clase de milagros Dios no los hacía, sino otra clase de seres malignos más poderosos…
Esa misma noche, cuando Beatriz trataba de encontrar la paz espiritual en el sueño, escuchó un dulce silbido bajo su ventana, corrió a asomarse  y miró hacia la calle, ahí estaba un galán apuesto y enjoyado, pero no era Don Juan Manuel, sino un caballero más hermoso, más apuesto, que hizo que el corazón de la muchacha diese vuelcos de emoción. El galante caballero miró fijamente a Beatriz y ella sintió como una chispa que le recorría todo su ser, entonces él le arrojó  una rosa, y al impulso de rara sensación se llevó la flor a su fresco rostro.
Esa noche, la muchacha creyó tener sueños espantosos, vio que tres brujas y un trasgo la rodeaban en su lecho, y que la llamaban, tiraban de ella con sus dedos afilados como garfios aprisionándola, sacándola del lecho sin que osara salir de su garganta un grito; entre aquellas horribles brujas se encontraba su nana transfigurada por la maldad. Sin voluntad para negarse, Beatriz montó sobre el repulsivo enano, entonces las brujas entonaron siniestra letanía y no bien se había dejado escuchar aquel conjuro, la muchacha se sintió  transportada por los aires a lomos del enano y seguido de las brujas, se remontaron alto, alto, ella sentía el aire frío de la noche azotándole las mejillas; no supo cuánto tiempo duró el viaje, pero recordaba haber visto hacia abajo las luces de la capital de la Nueva España; de pronto comenzaron a descender en el centro de una árida montaña, donde enormes piedras formaban un extraño anfiteatro, pero Beatriz no podía despertar del horrible sueño y así, se vio frente  un tálamo rojo vigilado por brujas horribles y seres monstruosos, las luces rojizas de las antorchas y las hogueras en torno a la cual se reunían las brujas daba a aquel espectáculo tintes infernales. Entonces, sin que tuviera tiempo de reaccionar, la muchacha se sintió sujeta por dos brujas horribles que la conducían hacia el tálamo, y lo peor del caso era que ella no podía resistirse, solo al abrirse las cortinas Beatriz estuvo a punto de gritar, pues allí en el lecho la aguardaba el ser más horrible que jamás hayan visto ojos humanos, lo último que vio fueron unos belfos que se pegaban a sus labios y garras peludas que la abrazaban.
Transcurrió mucho tiempo antes de que Beatriz pudiese gritar, abrir los ojos y darse cuenta de donde estaba; entonces se vio en su propio lecho y a sus pies aquel galán hermoso y varonil, que recién dejaba su cama aún caliente de su cuerpo, aquel desconocido la calmó de su sobresalto y ella aún presa de aquel horrible sueño lo abrazó, quien por cierto llevaba por nombre Jabel; el galán se vistió y en un santiamén se salió por la ventana, acto seguido Beatriz corrió a la ventana, pero solo vio la calle escueta, el misterioso caballero se había evaporado sin que ella viera como había podido llegar a su alcoba.
Al día siguiente la muchacha se encontraba de buen humor, más algo se había operado en su alma, algo que no reflejó el espejo, pero que salía al exterior con cualquier motivo, se había tornado mala y perversa, un ejemplo de ello era cuando aquellos mendigos y enfermos que ella socorría le pedían ayuda, lo único que ella les decía era que se marcharan y se murieran, situación a la que su madre le asustaba, pues el rostro de su hija se había vuelto afeado y sus ojos duros.
Dos días más tarde, Beatriz volvía a tener aquel sueño horrible donde las brujas la sacaban de su lecho, y nuevamente en lomos del enano volaba por los aires hacia aquel tálamo infernal en donde le aguardaba el rey de las tinieblas; y de nueva cuenta se vio empujada hacia el tálamo rojo, lugar en que sabía que la aguardaba un ente horrible que iba a poseerla, y al despertar esta vez, pudo darse cuenta que el apuesto y varonil galán Jabel estaba a su lado en su mismo lecho, además estando cerca el alba era hora de que se marchara, y en la forma audaz en que entraba, volvió a salir aquel galán de la alcoba de la muchacha.
Al día siguiente, sus padres vieron a Beatriz muy desmejorada, pálida y ojerosa, además había perdido el apetito. Transcurrieron los días  y más días, y ella estaba cada día más taciturna y pensativa, parecía extrañar al galán que hace mucho no veía, pero a medida que transcurrieron los meses, el antes bello y sonrosado rostro de Beatriz se tornó pálido, demacrado y falto de belleza, parecía como si extraña enfermedad minara su cuerpo y a pesar de todo, ella nada decía a su madre acerca de ello, hasta que al fin cuando la naturaleza finaliza su obra asombrosa, ocurrió cierta noche lo inevitable ¡¡Beatriz dio a luz a un niño!!
Y su sorpresa fue grande al ver que sus parteras habían sido aquellas horribles brujas de sus sueños, y entre ellas logró reconocer a su nana. La muchacha exigió se le devolviera a su hijo, pero aquellas mujeres le aclararon que no era de ella, sino del Demonio, y ante los mismos azorados ojos de Beatriz, las dos brujas y el enano desaparecieron esfumándose en las sombras de la alcoba, la muchacha empezó a gritar como loca por si hijo y sin tener más energías cayó desmayada.
Al día siguiente, su madre la encontró sin conocimiento, yaciente en el piso de su propia alcoba, y cuando la muchacha pudo volver en si dijo palabras incoherentes, cosas que nadie iba a creer; ante las cosas que dijo su hija, la mujer llamó a su marido, y ante los gritos angustiosos de Doña Francisca acudió Don Lope, el padre de la infortunada chica.
Llamado con premura el doctor Illescas dio un asombroso veredicto sobre la enfermedad que afligía a Beatriz: en efecto, había dado a luz un niño y debía de permanecer encerrada hasta que se le pasara su enajenación. La muchacha fue encerrada los primeros días, pero más tarde se ablandó el corazón maternal y se le dejó vagar libre por la casa; después la vigilancia decayó y la chica se dio mañas para salir a la calle, su mente desquiciada la impelía a buscar a su hijo. Su aparición por las calles no causaba miedo, pues vagaba durante el día preguntando a los transeúntes sobre el paradero de la nana y su hijo, siempre argumentando que el demonio era su padre y era el príncipe al que el mundo adoraría.
Aunque la leyenda nos oculta el fin de Beatriz, parece que murió muchos años después en una celda para dementes; la conseja popular dijo entonces que un día su padre le había dado muerte, de todos modos, aquel suceso aún nos aterra y sobrecoge. Nos vemos la próxima semana.

domingo, 13 de diciembre de 2015

La manta de Juan Diego


¿Qué milagro encierra tu imagen grabada en la manta de Juan Diego? ¿Fueron tus celestiales manos las que bordaron la celestial efigie como prueba de la verdad de tu aparición al humilde indio convertido a la fe? ¿O fueron los ángeles los que, prendados de tu bondad y misericordia, quisieron que los hombres se recreasen en tu contemplación y tuviesen una visión de tu presencia para que acudiesen a ti en busca de paz consuelo? Sea cual fuere la causa oigamos el relato de la maravillosa aparición.
Diez años habían  transcurrido desde que la antigua ciudad azteca fue conquistada y sobre sus ruinas se empezó a edificar la que española ciudad de México. Diez años en que la labor de los conquistadores guerreros se unía la no menos gloriosa conquista de tantos miles de almas que permanecían en la ignorancia de la verdadera fe de Cristo. Miles y miles de personas que desconocían la existencia de María, la Reinas de los Cielos, madre del Redentor.
Un humilde indio llamado Juan Diego, había sido de los primeros que se convirtieron a la fe que predicaban los sacerdotes que acompañaban a los guerreros conquistadores de su tierra, de su México tan querido. ¿Será posible que el Dios que adoraban aquellos hombres fuese tan bondadoso y humilde como decían? ¡Qué diferencia entre los sanguinarios y altivos dioses de sus antepasados que a él, a Juan Diego, habían enseñado a idolatrar! En su primitiva inteligencia no cabía la idea que con  humildad y amor se pudiese conquistar el mundo. Él estaba acostumbrado a ver como los poderosos sojuzgaban y oprimían a los débiles y no acaba de comprender que Jesús, el Cordero Divino como le llamaban los misioneros, pudiese hacerse querer y respetar siendo tan humilde y generoso.
Como todo buen cristiano, el indio cumplía con los deberes que le imponía su nueva fe y cada domingo iba a la capilla de los misioneros y se postraba ante la crucificada imagen del Hijo de Dios, rezando las oraciones que los padres les habían enseñado sin atreverse a levantar los ojos hasta la ensangrentada imagen. Infundíale profundísimo respeto y hasta algo así como remordimiento, pues se consideraba un tanto culpable de su muerte. En cambio, la Madre de Jesús, María, a ella sí que podía mirarla a los ojos y pedirles remedio a sus tribulaciones. La bella Señora sí que sabía consolarle. Los ojos de la Virgencita, con solo mirarlos, llenaban su alma de inefable dicha. 
A impulsos de sus pensamientos se habían acelerado los pasos de Juan Diego. De pronto se detuvo como si sus pies hubiesen echado raíces en el suelo. ¿Qué era aquello? Una luz vívida, resplandeciente, inundaba el camino. ¿Se había ocultado el sol y solamente uno de sus rayos alumbraba el mundo? Dirigió una mirada en torno suyo y vio que el astro seguía iluminándolo todo como momentos antes. Entonces, ¿Qué era aquella luz que obscurecía la del mismo sol? Despavorido volvió los ojos… y entonces una dulcísima voz, la misma que tantas veces había oído en sueños, llegó hasta él. Juan Diego cayó de rodillas en medio del camino. La voz decía:
“No temas, Juan Diego. Soy María; la madre de Jesús, que vengo a ti para que seas mensajero de mis deseos.”
Los trémulos labios del indio musitaban:
-María…, la Virgen… ¡Mi Virgencita adorada…!
Lentamente una celestial figura avanzaba hacia él. ¡Era ella, la Señora ante la que tantas veces se había inclinado en la capilla de los misioneros!
La divina voz continuó diciendo:
“Quiero que vayas al palacio del Obispo y le expreses mi voluntad de que aquí, en Guadalupe, se me erija un templo donde podáis venir vosotros a que yo os consuele, quiero ser la patrona de muy amado pueblo mexicano.”
Desvanecióse la aparición y todo volvió a quedar como antes.
Juan Diego hundió el rostro en el polvo, besando las huellas dejadas por los divinos pies mientras de su garganta brotaban sollozos de felicidad…
Cuando Juan Diego se hubo calmado un tanto corrió al palacio del Obispo y le expuso los deseos de la Virgen-
-Padre, creedme –dijo al terminar su relato-, no ha sido un sueño, no. He visto a la Patroncita con mis propios ojos  y oído su voz. Creedme, Padre, creedme.
Eran tan sinceras las palabras del pobre indio que el Obispo se sentía inclinado a darlas fe. No obstante, respondió:
-Sí; hijo mío. Creo que es cierto lo que me dices, pues eso y más puede hacer la Señora, pero como comprenderás no está en mi mano tomar una resolución sin más pruebas que tus palabras.
Algo desanimado salió Juan Diego del palacio del prelado. ¿Cómo, Virgencita, obtener las pruebas que convenciesen al Obispo y demás interesados? ¡Ilumíname, Virgencita Guadalupana! Cayó la noche, las horas transcurrían lentamente y el infeliz no podía dormir, torturado por  haber fracasado en la misión que le había confiado la Señora.     
Al amanecer se echó la manta al hombro y salió al camino, dispuesto a volver al sitio en que se produjo la aparición, al llegar se arrodilló en busca del auxilio de la Virgencita. La misma voz de la víspera se oyó de nuevo:
“Ya sé, Juan Diego, la causa de tu congoja. EL Obispo desea pruebas y vamos a proporcionárselas. Sube a lo alto de aquel cerro, llena tu manta con las flores que allí encontrarás y llévaselas al prelado. Eso le convencerá”.
-¡Oh señora! –respondió muy compungido Juan Diego-. ¿Cómo queréis que hayan flores entre esos pedregales en lo que no puede crecer ni la más ni la más pequeña brizna de hierba?
“Ten fe y obedece Juan Diego.”
El indio, arrastrando la manta, emprendió l ascensión de la empinada cuesta. Sudoroso llegó a la cumbre y, ¡oh, milagro!, vio que entre los riscos habían brotado las más hermosas flores: rosas, nardos, azucenas… Llenó su manta con ellas y volvió al palacio del Obispo.
Ya en presencia del eclesiástico explicó la nueva aparición del Virgen y lo que le había ordenado. Sacó las flores, extendiéndolas por encima de la mesa. El aposento se inundó de fragancia.  El Obispo movió tristemente la cabeza. Dijo:
-Muy bellas son estas flores, Juan Diego, pero no son pruebas de lo que dices. Lo siento hijo mío, pero nada puedo hacer.
Dos lágrimas resbalaron por las atezadas mejillas del indio, el cuál cogiendo la manta que había dejado caer al suelo la desplegó para echársela sobre los hombros. ¡Y  entonces sí que todos creyeron en el milagro! En el revés de la manta, por la parte que había estado en  contacto con las flores, éstas, destilando sus más puras esencias, habían dibujado la silueta de la Virgen María, la que sería Virgencita Guadalupana.
Todos cayeron de rodillas, disipadas sus dudas ante lo que veían sus ojos.
Algún tiempo después ya estaba construido el templo y desde entonces se venera en él la imagen de María Inmaculada, la Virgencita Guadalupana, patrona de todos los mexicanos.
    

domingo, 6 de diciembre de 2015

El callejón del Muerto


En la calle que hoy se le conoce como de República Dominicana, allá por los rumbos de la Villa de Guadalupe, fue ésta testigo de que las promesas que se les hacen a los santos hay que cumplirlas…vivos o muertos.
Nuestra historia comienza con don Tristán  de Alzucer, un buen hombre que tenía un hijo con su mismo nombre, a quien amaba por su parecido físico a él, de buena apariencia, pero sobre todo por ser buen hijo y buen cristiano. A los 25 años de edad aproximadamente, el joven regresó de  su viaje a las Filipinas, después de haber fracasado en el intento de obtener fortuna; el muchacho volvió a reanudar su vida en tierras mexicanas ahora como comerciante poniendo un estanquillo, en el que pondría todo su empeño y esfuerzo para que el negocio prosperara, pues apenas con lo que ganaba le alcanzaba para vivir modestamente.
Tiempo después, el joven se vio obligado a emprender un viaja a Veracruz porque iba escoger y comprar mercancía para su surtir su negocio; así emprendió su largo viaje hasta aquel lugar, y apenas hubo arribado a su destino, comenzó a escoger entre una gran cantidad de artículos de buena calidad, las mejores ropas que apenas habían llegado a la costa. Apenas había trascurrido dos días de su estancia en la costa, cuando cayó gravemente enfermo de una fiebre que se le conocía como terciaria, la cual le recorría todo el cuerpo sin permitirle respiro; su padre al enterarse fue presa de la desesperación y el dolor de no poder hacer algo por su hijo, pues era el único que tenía, sin saber qué hacer, se hincó ante una imagen de la Virgen de Guadalupe para pedirle que su retoño recuperara la salud, prometiéndole que si se recuperaba, se iría caminando hasta el templo del Tepeyac para agradecerle el favor concedido, y que si era necesario se iría de rodillas cargando una cruz .
Finalmente el milagro fue concedido, a pesar de que los médicos no le daba esperanzas de vida al muchacho, debido a las terribles fiebres terciarias que lo aquejaban, el excesivo calor de sangre, pero sobre todo porque venía de  una zona que se encontraba a varios metros sobre el nivel del mar y un clima templado, siendo en Veracruz todo lo contrario.
El milagro ya estaba hecho, entonces ¿Qué seguía?, pues cumplir la promesa, pero el problema era que a don Tristán se le había olvidado dicha promesa, más no la intención de llevarla  a cabo, pues pensaba hacerlo cuando  tuviera más tiempo , estuviera de mejor humor y que el negocio marchara mejor, pues en aquel momento era temporada de bajas ventas. Don Tristán que siempre fue buen cristiano, contaba con la amistad de don Fray Gama de Santa María Mendoza, arzobispo de México, por lo que cierto día, después de haber terminado la misa, se acercó al religioso para que le diera consejo. Le contó sobre la terrible enfermedad de la que logró aliviarse su hijo, y la promesa que le hizo a la virgen de Guadalupe si este recuperaba la salud, Fray Gama  de carácter bonachón, considerando a su buen amigo, le perdonó aquella promesa, pues según sabía él, la virgen era conocida por su generosidad y el amor que tenía al prójimo; así que lo más seguro era que lo dispensaría. Don Tristán salió muy contento de la plática sostenida con el religioso, centrando ahora su preocupación en sacar a la venta los artículos que tenía en bodega para que no se le echaran a perder con la humedad y el salitre que se formaba, pues recordemos que la ciudad de México siempre ha padecido de inundaciones.
El 12 de mayo 1608 el arzobispo fray García, se encaminó al Tepeyac como cada año solía hacerlo; cuando hubo arribado a su destino se la pasó ahí la mayor parte de día rezando y meditando, y ya para cuando el sol comenzaba a ponerse abordó su carruaje para que la noche no lo agarrara en el camino y llegar a buena hora. Cuando entro por la calle de San Andrés, grande fue su sorpresa al encontrar a don Tristán dirigiéndose hacia el norte, por lo que el religioso intrigado le preguntó a donde iba con tanta premura, a lo que su amigo le respondió que iba a cumplir su promesa porque Dios no le iba a perdonar un olvido tan grande, también le pidió que rogara por su alma. El buen hombre hablaba con una voz cavernosa que le retumbaba en el pecho y su rostro pálido presentaba las cuencas de los ojos hundidas, como si de un difunto se tratase.
Cuando fray García volvió a buscar a su amigo, se dio cuenta que este había desaparecido, así como había llegado: de la nada. Impresionado y temiendo lo peor, el religioso se dirigió a la casa de don Tristán, rogando a Dios en el camino que no fuera lo que estaba pensando y que aquella horrible visión fuera producto del cansancio de su viaje. Sin embargo, al llegar el arzobispo a la casa de su amigo, lo encontró tendido en la cama con las manos cruzadas y atadas sobre el pecho, sujetando con sus inertes dedos un Cristo de metal oscuro, el cuerpo estaba rodeado por cuatro cirios y su hijo al pie de la cama llorando desconsoladamente por la muerte de su amado padre. El religioso cayó de rodillas aterrorizado y arrepentido hasta lo más profundo de su alma, por haber mal aconsejado a su amigo.
Así que ya sabes, si alguna vez te llegas a topar a un hombre de estas características que vaya rumbo a la Villa, ya sabrás que se trata de don Tristán de Alzucer, pero no te asustes, mejor rézale una oración para pedir por el descanso de su alma.
¿Ya cumpliste tu promesa? No te vaya a pasar  lo que a don Tristán.

domingo, 29 de noviembre de 2015

La Navidad en las Montañas


I
El sol se ocultaba ya: las nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse un momento entre los obscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosamente de las agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habían desafiado ahí durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjeaban de oro y de púrpura estos enormes turbantes formados por la niebla, parecían incendiar las nubes agrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas del remoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras ya invadidas por la sombra, y desaparecían después de iluminar con su última caricia la obscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros del día anunciaban por donde quiera la proximidad del silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, a las orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas las vacadas, los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en busca de sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de la tarde, y descansaban en su lechos de ramas; en las rosas se encendía la alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba a agitarse entre las hojas.
II
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, en decir, que pronto la Noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con su sombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus alegrías íntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año, en su infancia, la poética leyenda del Nacimiento de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días de la vida?
Yo, ¡ay de mi!, al pensar que me hallaba en este día solemne en medio del silencio de aquellos bosques majestosos, aun en presencia del magnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo mis sentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimación de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación, y encerrarme en un religioso recogimiento, evoqué todas las dulces y tiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegres como un enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otros tiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa, ora al centro de populares ciudades, donde el amor, la amistad y el placer, en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para mi corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantes celebran a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes del Nochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas por Nacimientos y animadas por la alegría de la familia; recordaba la pequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso Belem, curiosamente levantado en el altar mayor; parecíame oír los armoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido, convocando a los fieles a la misa de gallo, y aun escuchaba con el corazón palpitante, la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre, excitándonos a mis hermanos y a mi a arreglarnos pronto para irnos a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buena y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio. Después me parecía llegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde nave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme, admirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con la escarcha, el semblante risueño de los pastores, el lujo deslumbrante de los Reyes Magos, y la iluminación espléndida del altar. Aspiraba con delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino y del heno que se enredaba en ellas, que cubrían el barandal del presbiterio y que ocultabas el pie de los blandones. Venía después aparecer al sacerdote revestido con su alba bordada, con su casulla de brocado, y seguido de los acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimos. Y luego, la voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotos murmullos del concurso, cuando comenzaban a ascender las primeras columnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árboles de mis bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como el perfume de la infancia, resonaban todavía en mis oídos los alegrísimos sones populares con que los tañedores de arpas, de mandolinas y de flautas, saludaban el nacimiento del Salvador. El Gloria in excelsis, ese cántico que la religión cristiana poéticamente supone entonado por ángeles y por niños, acompañado por alegres repiques, por el ruido de los petardos y por la fresca voz de los muchachos del coro, parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de mi madre, que lloraba de emoción, de mis hermanitos que reían, y de mi padre, cuyo semblante severo y triste, parecía iluminado por la piedad religiosa.
IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO

domingo, 22 de noviembre de 2015

Picardías y anécdotas Revolucionarias

SI EL RETRATO HABLARA

Carranza entró la capital de la República el 20 de agosto de 1914. Buscando dar lucimiento al suceso, se erigieron arcos triunfales en las principales calles por donde pasaría don Venustiano con su cortejo. En uno de ellos se colocó un enorme retrato, por cierto muy mal pintado, del famoso político coahuilense.
Algunos carrancistas comentaban con acritud el pésimo trazo y los colores horrendos de la efigie aquella. Pero el escritor y político Alfonso Cravioto dijo con gesto convencido:
- A ese retrato sólo le falta hablar.
- ¿Cómo que sólo le falta hablar?- Le reclamaron con indignación.
- Sí, para mentarle la madre al pendejo que lo hizo-aclaró Cravioto.

UN LIBERAL CLÁSICO

Hacia mediados de 1914, Venustiano Carranza comisionó a Samuel Santos -hombre de su confianza-para que a nombre suyo intentara convencer a varios intelectuales de que se unieran al movimiento constitucionalista. En algunos casos tuvo éxito. Más no logró persuadir al historiador Fernando Iglesias, quien tras muchos rodeos, se disculpó con estas palabras:
- Hágame el favor de comunicar a don Venustiano que considero un honor el que se haya fijado en mi persona para secundar su causa. Dígale también que en principio estoy de acuerdo con los postulados constitucionalistas, no así con los procedimientos seguidos en la lucha, ya que soy un “liberal clásico” y el proscrito en mis normas el derramamiento de sangre. Pero que debe tener la certeza de que hago votos por su triunfo, pues este “liberal clásico” comparte los fundamentos de la Constitución.
Luego de dar el mensaje a Carranza, Samuel Santos le hizo una pregunta.
- Disculpe, señor, ¿qué quiere decir Iglesias Calderón con eso de “liberal clásico”?
Repuso don Venustiano:
- Es solo un modo de hablar que tiene para decir que es un cabrón y un cobarde.

MADERO Y LA HOMEOPATÍA

Porfirio Díaz renuncia su cargo el 25 de mayo de 1911. Al día siguiente tomó posesión Francisco León de la Barra como Presidente provisional. Una semana más tarde, Díaz embarcaba rumbo a Europa, compañía de su familia y de un grupo de amigos.
Madero, por su parte, paso a través de territorio norteamericano a Piedras Negras y de allí se dirigió la capital del país, a donde llegó el 7 de junio. Fuera de discusión su ascenso a la presidencia, la campaña electoral giró en torno a la vicepresidencia. A la fórmula Madero-Pino Suárez se opusieron las de Madero-Vázquez Gómez y Madero-León de la Barra.
Por aquellos días, una Comisión de vazquezgomistas visitó a Madero, para proponerle que retirase su apoyo a la candidatura de Pino Suárez y se lo diera a la del doctor Vázquez Gómez. Madero no accedió a la petición y los comisionados se disgustaron mucho, en especial el joven Cándido Navarro, quien insulto al futuro Presidente, razón por la que tuvo que ser remitido a la cárcel de Belén, donde se declaró en huelga de hambre.
Preocupados, los familiares del muchacho resolvieron entrevistarse con Madero.
La madre del joven dijo a don Francisco:
- ¡Mi hijo se niega a comer desde hace cuatro días y podría morirse de hambre! ¡Le suplico a usted algo para remediar esta situación!
Madero respondió:
- No se preocupe, señora. Ahora mismo voy a solucionar el problema.
Y sacando de su escritorio recetario, anotó una prescripción homeopática, la cual entregó la madre de Cándido, diciéndole:
- Denle esos glóbulos según se indica y ya verá como su hijo recupera las ganas de comer gracias a la homeopatía, cuyas virtudes terapéuticas son maravillosas.

LA MEJOR PAREJA DE MÉXICO

Después de una tarde triunfal de Rodolfo Gaona en la vieja plaza El Toreo, los ganadores invitaron al torero y al general Huerta a un agasajo organizado su honor en una hacienda cercana la Ciudad de México.
Ya muy bebidos, el diestro y el usurpador se abrazaban e intercambiaban bromas. Y en un momento dado, el general levantó su vaso rebosante de pulque e hizo este brindis siniestro:
- ¡Brindo, Rodolfo, porque sigamos haciendo la mejor pareja de México: tú toreando y yo matando!

EL ADMINISTRADOR DE LA ADUANA

Un paisano y amigo del presidente Carranza fue nombrado por él, administrador de la aduana del puerto de Veracruz, donde empezó a robar desenfrenadamente.
Alarmado, el ministro de Hacienda, licenciado Luis Cabrera, le envió varias reclamaciones oficiales, mismas que el administrador ignoró tranquilamente. Ante la gravedad del caso, Cabrera decidió trasladarse al puerto, en donde se presentó ante el abusivo funcionario para exigirle cuentas y responsabilidades.
- ¡Ahora mismo me muestra la lista de los ingresos que ha tenido esta aduana durante los 43 días que tiene usted al frente de ella!
La respuesta fue:
- ¡Ah, qué señor Cabrera tan metiche! ¡Qué lista ni que sus narices le voy a mostrar! ¡Usted está loco, amigos! ¡Sépase que esta aduana me la dio Venustiano pa’ que yo me ayudara!


FUENTES: ANECDOTARIO MEXICANO. INGENIO Y PICARDÍA. JORGE MEJÍA PRIETO.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La niña sabia

- ¿Qué haces ahí, amor mío, con ese libro en la mano? Y ¿Dónde se ha metido el ama y te deja sola?
La voz de la madre le hizo levantar la cabeza a Juanita, que estaba sentada en el suelo, sosteniendo laboriosamente su volumen abierto.
- Vaya, no te muevas – añade la madre, acercándose –, que estás tan graciosa así, con el libro abierto en tus manecitas. Cualquiera diría que estuvieras leyendo. Déjame ver, que quizá tenga el libro cabeza abajo… Pero, no; lo tienes bien, por casualidad… Algún día, cuando seas mayor, aprenderás a leer. Te gustará, seguramente. Fíjate, están son las letras; esa redondita es una O, y ese palito que está al lado…
- E s una l – dijo la niña.
- ¡Dios Santo! – exclamó la madre, estupefacta –. ¿Cómo puedes tu saber eso?
- Y la letra que está al lado es una v – prosigue la pequeña –, y toda la palabra dice olvido  Y lo que vienes después se lee…
Y ante el asombro de la madre, a quien  la emoción ha hecho enmudecer, lee todo un párrafo, con pronunciación clara y correcta-
- Puedo también escribir lo que dice – añade la niña, al acabar la lectura.

Y, en efecto, se levanta y va en busca de lo necesario para escribir. Entre tanto, su madre, en un arrebato de satisfacción, fue a llamar a su esposo y otros deudos para que comprobasen el milagro. Y el milagro es real. La niña, a los tres años, ha aprendido a leer y escribir sin que se enterasen sus padres. Otro día hablan en presencia de Juanita  de las Universidades y Escuelas donde se enseñan ciencias y una cosa que ella no entiende y que ellos llaman Humanidades, pero que le parece buena, porque es preciso estudiar para aprenderla. Y ante el asombro de los mayores, la niña, que ya tenía seis años, exclamó de pronto:
- Yo iré a aprender a una de esas Universidades.
- ¡Lástima! – le contestó su padre, fingiendo gravedad –. Tú eres mujer, Juana, y en las Universidades solo pueden estudiar los hombres.
Juanita acusó una honda contrariedad; pero al cabo de uno momentos su semblante se animó y dijo:
- Entonces iré vestida de hombre.
Esta vez costó más trabajo persuadirla, y durante varios meses importunó a su madre pidiendo que le encargase un traje varonil y la enviase a alguna de aquellas Universidades.
Rendidos al fin por tanta tenacidad, sus padres le dieron un profesor de latín, y aunque solo tomó de él veinte lecciones, o sea, el número que necesitáis para aprender mediante las principales declinaciones, su esfuerzo y asiduidad le permitieron dominarlo perfectamente en tan poco tiempo. Posteriormente, posteriormente su madre advirtió cierto cambio en el tocado y para comprender lo que había le pidió que se volviera de espaldas.
- Si, mamá – dijo Juana con visible contrariedad –, me he cortado yo misma el pelo unos cinco o seis  dedos, como ves. Quiero aprender una cosa antes de que me vuelva a crecer, y si al tenerlo otra vez largo no hubiera conseguido aprenderla, me lo volveré a cortar… Es un buen método de disciplina, ¿no te parece? ¿Para qué he de tener tanto cabello en la cabeza, si me falta conocimiento?
La fama de la erudición e ingenio de Juana se extendió hasta alcanzar los oídos del Virrey, quien la llama a su palacio y la confía a la Virreina como dama de compañía. Y para comprobar si es merecida su fama, cuarenta profesores de la Universidad la someten en el palacio a un examen público y riguroso. Los hay de todas las facultades: teólogos, doctores en Sagradas Escrituras, filósofos, matemáticos, humanistas. Las preguntas y contrapreguntas llueven sobre la muchacha, y ella sale al paso de todas, defendiéndose, según lo expresa el Virrey, como una galera real embestida por un tropel de chalupas. No hay que decir que los cuarenta sabios y toda la corte virreinal quedan mudos de asombro, y se inclinan ante su genio. Quizá alguno de vosotros habrá adivinado que esta mocita de talento prodigioso era la que se llamó al entrar en religión Sor Juana Inés de la Cruz, la apasionada y sutil poetisa mexicana, a la sazón máxima figura de las letras en todo el vasto imperio español y uno de los mayores genios femeninos de todos los tiempos.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El Libro Negro del Inquisidor

La década comprendida entre 1570 y 1580, fue testigo de muchos acontecimientos trascendentales, como el establecimiento del tribunal de la Inquisición en 1571.
En 1576 tuvo lugar el primer auto de fe; el Santo Oficio había declarado guerra sin cuartel a herejes y judaizantes. Uno de los casos más extraordinarios, por espeluznante y sobrenatural, fue el que tuvo como protagonista al inquisidor fray Alonso de Figueroa y Bermúdez, llegado por el año de 1578. Era rígido, a veces en demasía, su obsesión de acabar con los brujos, lo había llevado a hacer  concienzudos estudios de libros prohibidos y jeroglíficos cabalísticos. Considerado experto en aquellos menesteres, fue comisionado para un caso especial: se le encomendó la misión de presidir una orden de cateo en la morada de cierto hechicero llamado Bulmaro Álvarez; era un espectáculo sobrecogedor, ver a los inquisidores en procesión cuando se dirigían a la casa de algún acusado. Terminada la procesión llegaron a la casa del hechicero, éste sorprendido abrió la puerta, fue sujetado por dos guardias que acompañaban a los inquisidores en su misión y acto seguido procedieron al cateo volviendo al revés la casa, sin consideración alguna.
Fray Alonso permanecía a la expectativa, y pudo ver como Álvarez palidecía intensamente al observar que uno de los frailes descubría un compartimento secreto en cierto armario; la desesperación de Bulmaro llegó al máximo cuando el inquisidor encontró un pequeño libro negro, similar a un misal.
El pobre hombre empezó a gritar desesperado, implorando que no se llevaran ese libro y advirtiendo de los horrores de éste; sin escuchar los gritos de desesperación de Álvarez, fray Alonso se colocó al frente de la procesión y salió de la casa rezando a gritos el padre nuestro.
Bulmaro Álvarez fue confinado en una oscura y húmeda galera, donde siguió gritando hasta enloquecer a los guardias, entraron su celda y lo golpearon, dejándolo medio inconsciente. Los reclusos de las celdas contiguas a la de Álvarez empezaron a oír poco después de que los guardias salieron a tomar un poco de vino, espantosos alaridos del nuevo preso.
Los celadores, una vez que saciaron su sed, regresaron a su puesto, percibiendo fuerte olor a quemado al acercarse a la celda de Bulmaro Álvarez. Lo que el guardia vio al asomarse al interior de aquella mazmorra le erizó los cabellos, su compañero le preguntó que pasaba, pero no pudo articular palabra, solo señalaba asustadísimo el cerrojo de la puerta y su compañero sacó la llave para abrir; ante sus ojos apreció un espectáculo inusitado: Bulmaro estaba totalmente quemado. Asustados los guardias, pensando que esto era cosa del diablo, fueron a dar aviso a la Inquisición.
Los inquisidores se presentaron poco después en el lugar de los hechos, los guardias los miraban recelosos; fray Alonso justificó los hechos como justicia divina. Dejó el lúgubre recinto ordenando que fuera bendecido y sellado por unos días, sin recordar al parecer las advertencias que le había hecho el hechicero.
El fraile procedió esa noche a examinar los pergaminos y el libro negro encontrado en la casa de Bulmaro Álvarez, recorrió página por página aquel volumen, sin poder entender una palabra de los escritos en esos raros caracteres, y al llegar a la página final, vio el retrato hecho a pluma de un hombre de extraña expresión, en la que destacaba una mirada luminosa y penetrante, no pudo resistir la contemplación de aquella figura y cerró el libro de golpe, perturbado por la imagen decidió rezar unas oraciones para ahuyentar los aires malignos que habían impregnado la celda. Al dejar su mesa para arrodillarse en el oratorio, fray Alonso sintió una presencia extraña a sus espaldas, volteó y lo que vio le hizo pegar un alarido de terror; una figura fantasmal lo miraba con los mismos ojos penetrantes y luminosos del hombre del retrato de la última página del libro. Sin pronunciar palabra, solo sin dejar de verlo, el horrible espectro lo seguía continuamente, mientras fray Alonso buscaba alguna manera de librarse de su horrísima presencia; de nada le sirvió que le mostrara la cruz, la aparición no se desvanecía, y seguro de que era obra de una maleficio del libro, lo acercó a la flama de una vela, pero la llama chisporroteó y se apagó sin haber quemado ni un ápice de aquel volumen infernal. Sintió entonces que el ser espectral que lo acompañaba se estremecía, y al mirarlo, lo vio reír; acto seguido, el fraile metió el libro una caja que contenía sándalo bendito, teniendo la esperanza de que el espectro se esfumara, pero ni cuando el extraño objeto estuvo encerrado en aquella caja, cesó la aparición.
Decidió a librarse para siempre de aquello, salió de la celda y fue en busca del padre superior, quien miró asombrado el aspecto singular que presentaba fray Alonso, sus ojos parecían de un enajenado y daba la impresión de haber envejecido de pronto veinte años; el fraile suplicó al padre se hiciera cargo del objeto para que fuera destruido cuanto antes.
Dejando la cajita sobre la mesa del superior, fray Alonso regresó a la celda, aunque sin haberse librado aún de su fantasmal compañía. El superior prosiguió sus oraciones, y de pronto algo llamó su atención: la cajita de sándalo estaba en llamas y al mismo tiempo un angustioso alarido se escuchó en la celda de fray Alonso. Los inquisidores acudieron a ver lo que pasaba y minutos después llegaron al aposento del padre superior comunicándole que el fraile había muerto. El reverendo, alarmado, se apersonó en la celda del padre Figueroa y lo encontró carbonizado en su camastro, después recordó la cajita de sándalo en llamas, pensando que la pesadilla había terminado para siempre.
El superior dispuso las exequias del infortunado fray Alonso, y regresó a su celda, donde vio algo que lo paralizó de terror: el libro se encontraba intacto, sin rastro alguno de quemaduras. Temblando de miedo lo tomó en sus manos, y sin atreverse a abrirlo salió de la celda con intensiones de destruirlo muy lejos de allí; no había dado arriba de diez pasos fuera del edificio, cuando tropezó con la ronda, pidiéndole arrojase en una acequia lejana aquel siniestro libro. El religioso regresó a la casa, seguro de haber acabado con el maléfico poder del misterioso libro.
El capitán miró y remiró el pequeño volumen, mientras uno de sus hombres le advirtió los horrores ocurridos a causa de éste, su superior le hizo caso omiso guardándolo en uno de sus bolsillos, sin saber que después iba a lamentarlo.
El capitán acabó su jornada de trabajo y se dirigió a su casa; al desvestirse, sus manos palparon el duro objeto que había guardado en el bolsillo, lo hojeó en su totalidad, hasta llegar a la última página, encontrándose con el retrato a pluma del hombre misterioso, no bien cerró el libro, tuvo la sensación de no encontrarse solo en la habitación, se volvió rápidamente y al verse ante el ser infernal que lo acompañaba, dejó escapar un grito. El prodigio se repetía, no hubo manera de que el capitán se librara de la compañía de aquella aparición que no hablaba, pero sonreía malignamente.
Sin haber podido dormir, el militar salió a la calle y fue en busca del dominico que le había dado el libro. El padre superior vio sorprendido llegar al capitán, que empezaba a presentar el mismo aspecto del desdichado fray Alonso; reclamó y pidió al padre le ayudara con ese libro maldito, pues el pobre hombre no quería sufrir el mismo destino que los demás; el religioso le dijo que lo único que podía hacer para no sufrir el mismo fin era que nunca debería separarse de aquel objeto.
El capitán fue a buscar por otra parte alguien que le pudiera ayudar. Consultó a un brujo allá por el barrio de Romita, habitado casi en su totalidad por indígenas y mulatos, pero el “nahual” miró el libro y abrió la primera página, para arrojarlo lejos de si aterrorizado.
El capitán se alejó de ahí y se dice que vagó desde entonces por las calles de la cuidad, presentando cada vez un aspecto más extraño y sobrecogedor, siempre acompañado de aquel siniestro libro bajo el brazo, con el temor de sufrir una espantosa muerte.
Un día, hallándose el capitán en una taberna, un apuesto comerciante llamado Don Julián de Villa y Gómez, ávido de aventuras y placer, se acercó al militar con intenciones de divertirse un poco a costa suya. Se acomodó en un asiento contiguo al del capitán, sin disimular una divertida sonrisa al advertir que este trataba de ocultar el libro que descansaba sobre la mesa; como el militar se negaba a contar lo que le atormentaba, Don Julián le invitó a beber. Los vapores del alcohol le soltaron la lengua, haciéndole hablar del libro y la desgracia que los perseguía, el capitán bebió hasta quedar inconsciente. Don Julián aprovechó el momento y se llevó el libro.
Momentos después las manos del capitán se ennegrecieron, acto seguido se despertó lanzando un horrible alarido, mientras un fuego interno parecía consumirlo; todos los presentes miraron petrificados la escena, hasta que los gemidos de aquel hombre se extinguieron.
Don Julián cometió el mismo error que sus antecesores, pero al aparecer el horrendo espectro, que después adoptó la forma de Lucifer, le relató su historia: en vida fue un mortal como cualquier otro, hasta que vendió su alma al diablo a cambio de poseer sus secretos, pero cometió el error de escribirlos, ganándose el castigo de vagar por el mundo para impedir que esa información sea conocida, condenándole a morir si alguna vez desea reconciliarse con Dios.
A partir de ese día Don Julián se dedicó vivir disipadamente, sin recato, para cometer toda clase de horribles pecados: violando doncellas y matando inocentes. En los duelos el siempre salía victorioso. Con el tiempo su rostro empezó a adquirir un aspecto extraño y sobrecogedor.
Pero cierto día su destino daría un giro repentino. Su corazón quedó prendado de una virtuosa y hermosa joven, trato de cortejarla, pero sus esfuerzos eran en vano. Si no podía tener aquella hermosa doncella por su voluntad, la tendría por la fuerza.
Don Julián montó guardia permanente cerca de ella, hasta que se le presentó la oportunidad: como ave de rapiña, se lanzó sobre ella, matando a la criada que le acompañaba. Se llevó en sus brazos a la aterrorizada doncella, si poder gritar por el susto; de repente ocurrió algo extraordinario: el hombre dejó caer a su presa y acto seguido lanzó un sobrecogedor alarido, sus manos se ennegrecieron y sufrió el mismo destino del capitán.
Según cuenta la crónica, consignada en los archivos de la Inquisición, al parecer unos ladrones habían entrado en la casa de Don Julián y hurtaron el libro.
Las autoridades eclesiásticas mandaron pregonar la historia del libro, exhortando al que lo había hurtado, que lo devolviese para evitarse males mayores, pero nadie acudió al llamado, ignorándose el paradero del libro. ¿Habría sido destruido al fin y el maléfico habrá cesado?, ó quizá aún anda de mano en mano con su siniestro espectro, acosando al que lo posee. No está por demás advertir que, si llegas a ver algún día un libro como ese, ¡no lo abras!, puede ser el del inquisidor fray Alonso de Figueroa.