domingo, 20 de noviembre de 2016

Picardías y anécdotas Revolucionarias

CARRANZA Y EL ÁGUILA

Carranza expidió un decreto ordenado que se hiciera uso en todo documento oficial del águila emblemática que hasta la fecha sigue utilizándose: de perfil, con la cabeza baja y las alas recogidas. Hasta entonces el águila se había representado de frente, con la cabeza en alto de las alas desplegadas. El ingenio del pueblo discurrió esta cuarteta:

Desde que la Aguilar anda con el pico bajo,
a esta nación se la llevó el carajo.
Y como sigue en el poder Carranza,
el pobre pueblo trae vacía la panza.

Pero no fue la única vez que durante el mandato de don Venustiano el águila dio pábulo a sátiras populares. El gobierno carrancista mando retirar de circulación la plata y el oro para sustituirlos por 500 millones de pesos emitidos en billetes que ostentaban el águila recientemente decretada, a los que se dio el nombre de “infalsificable”; y que hacían honor a su denominación porque valían tampoco y se depreciaban tan de prisa, que a nadie se le hubiera ocurrido la estupidez de ponerse a falsificarlos.
Una mañana aparecían pintados en céntricos muros callejeros de la Ciudad de México unos versillos que pronto se divulgaron de boca en boca, y que decían:

El águila carrancista
es un animal muy cruel.
Se come toda la plata
y caga puro papel.

Indignado por la burla, Carranza ofreció una recompensa a quien denunciara ante las autoridades al autor de los versillos, lo que dio ocasión a que nacieran estos otros:

¿Recompensa se propone?
¿Y con qué va a hacer la paga?
¿Con lo que el águila come?
¿Con lo que el águila caga?

EL RELOJ DEL EMBAJADOR

Obregón inventó un chascarrillo que no tuvo empacho en referirle al novelista Vicente Blasco  Ibáñez. Según el relato de don Álvaro, el embajador de España presentó sus credenciales ante Carranza, quien decide ofrecerle un banquete oficial, por ser España el primer país que reconoció su régimen. Dispuesta la suculenta mesa en el Castillo de Chapultepec, don Venustiano -de riguroso frac- se sentó frente al embajador, teniendo junto a él a Juan Barragán. A un lado del diplomático español se colocó Obregón, ministro mexicano de la Guerra. Y del otro, Cándido Aguilar, yerno del Primer Magistrado y secretario de Relaciones.
De pronto, la hora de los postres, el homenajeado se llevó la mano al chaleco, palideciendo. ¡No tengo mi reloj, me lo han robado! Es un reloj de oro y brillantes, una verdadera joya, herencia de familia. El embajador escrutó con desconfianza a los comensales sentados junto a él. Obregón carecía del brazo del lado en que se encontraba el diplomático español. No podía ser el ladrón. Del otro lado se sentaba Cándido Aguilar, quien tiene paralizada la mano que quedaba junto al distinguido huésped. El embajador no cesaba de lamentarse.
-¡Me han quitado mi reloj, me lo han robado! ¡Esto no es un gobierno, es una cueva de bandidos!
Pero al levantarse de la mesa el afligido embajador, concluido el banquete, se acercó a él don Venustiano, con su gesto digno y grave, para hacerle entrega de su reloj y decirle:
-Ya, hombre, no haga escándalo. Tome calle de una vez. Lleno de admiración, el embajador de España dijo entonces a Carranza:
-¡Señor Presidente, tiene usted unas manos prodigiosas! ¡Con razón le llaman el “Primer Jefe”!

EL PRIMER JEFE

Mucho fue lo que se ironiza acerca de la falta de honradez de los carrancistas, acuñando ser el verbo “carrancear” como sinónimo de “robar”. Y en vista de que sus partes militares solían mencionar los avances logrados en campaña, el idioma se enriqueció con el término “avanzar”, que tuvo el nuevo significado de apoderarse de lo ajeno, que era lo primero que las tropas carrancistas hacían en todo poblado sobre el que avanzaban. Aunque, a decir verdad, en el hurto rivalizaban los distintos bandos revolucionarios.
Asimismo se comentaba que antes de Carranza hubo en México generales de brigada; pero que con él surgieron brigadas de generales. Y algún ocurrente ideó este diálogo:
-¿Quién es el general Villa?
-Un jefe de bandidos.
-¿Y el general Obregón?
-Otro jefe de bandidos.
-¿El señor Carranza?
-Ah, no, ese es el Primer jefe.

SER y NO SER

En 1914, la Convención de Aguascalientes nombró Presidente interino de la República al revolucionario coahuilense Eulalio Gutiérrez, cargo en el que duro del 6 de noviembre de ese año al 16 de enero de 1915. Según es sabido, Carranza desconoció los acuerdos de la Convención e instaló los poderes en el puerto de Veracruz.
Poco después de su efímera aventura presidencial, un amigo le dijo a Eulalio Gutiérrez:
-Feliz tú, Eulalio, ella sabe lo que se siente ser Presidente.
-Ay, hermano, lo que de veras se siente es dejar de serlo- replicó Gutiérrez.

QUE DIOS LOS CONTRAFASTIDIE

Cuenta José Vasconcelos en uno de sus libros autobiográficos que, poco después del asesinato de Madero y Pino Suárez, tomaba cerveza en una cantina con el escritor Carlos González Peña y el político Isidro Fabela.
Vasconcelos se  expresó con dureza de Victoriano Huerta y su camarilla. A lo que Fabela, agachando la cabeza, dijo:
-En fin, que Dios los perdone.
Saltó iracundo Vasconcelos:
-¡Nada, qué! ¡Que Dios los castigue y los contrafastidie!

FUENTES: ANECDOTARIO MEXICANO. INGENIO Y PICARDÍA. JORGE MEJÍA PRIETO.


domingo, 13 de noviembre de 2016

Enterrada viva (Leyenda de Jalisco)

La ira, la avaricia y la soberbia son tres de los pecados capitales que han orillado a los más aterradores crímenes de la sociedad. También son tres motivos para que sus hijos le dieran muerte. Esta es la leyenda de Victoriana Hurtado.
El matrimonio Hurtado, después de años de casados y sus múltiples intentos por tener hijos, vieron culminado su anhelo al tener una niña a la que bautizaron con el nombre de Victoriana. Sus padres por ser personas mayores, tenían la gran preocupación de dejarla sola y desamparada. Así que su padre, hombre rico, decidió seguir la tradición del siglo XIX, comprometiéndola en matrimonio a escasos días de nacida con un hombre también de familia acomodada de 23 años.
Victoriana creció en un hogar lleno de armonía y sus padres la complacían en todo. A sus 12 años, y convertida en un adolescente, su padre lo obligó a cumplir con la promesa de matrimonio, siendo desposada con su prometido de 35 años. A los 15 años Victoriana ya era madre de tres varones, su esposo se dedicaba a su trabajo y a otros placeres de la vida, pero nunca presta atención a los problemas de su esposa.
Con una vida triste y sola, al poco tiempo de nacer su tercer hijo, queda totalmente sola debido a la muerte de sus padres. Toda su fortuna pasa a sus manos como única heredera. Su esposo lleno de ambición y egoísmo dejó de trabajar para dedicarse a derrochar el dinero de sus suegros en mujeres y alcohol. Sin embargo, el gusto le duró muy poco, pues a escasos meses de recibir la cuantiosa herencia, muere también, convirtiendo a Victoriana en una de las mujeres más ricas del Estado de Jalisco.
Una mujer joven, rica y sola eran las características de Victoriana, pero tenía además la desgracia de que en sus hijos creció una ambición desmedida. Un día Victoriana enfermó y sus hijos la creyeron muerta, pues al paso de las horas no volvía en sí. Con su madre tendida en cama, los tres hermanos festejaban su muerte, cuando de pronto… Victoriana despertó. Sus hijos molestos no podían creer la mala jugada de la vida al hacer que su madre reviviera. Los años siguientes fueron una agonía, comentarios hirientes que si no la habían matado físicamente, si la habían herido de una forma sutil. Moral y emocionalmente Victoriana estaba muerta.
La sola idea de morir en manos de sus hijos por dinero le causaba una profunda decepción que la derrumbó moralmente. Se cuidaba de lo que bebía o comía y no confiaba en nada ni en nadie. Tal desilusión la llevó a sufrir nuevamente la rara enfermedad: ataques de catalepsia. En agosto de 1894 sufrió otro ataque de esta enfermedad, pero sus hijos, temerosos de que despertara nuevamente, no hicieron un funeral, la llevaron esa misma noche al panteón y, desesperadamente, con sus propias manos cavaron un profundo hoyo donde sepultaron a su madre.
Al día siguiente, ansiosos, con voz temblorosa, pero felices, se pusieron en contacto con el abogado para exigir la herencia que había causado tanto dolor y sufrimiento a su madre. Pero los trámites legales retrasaron unos días la lectura del testamento.
La Luna estaba resplandeciente, el viento soplaba con gran fuerza prediciendo una desgracia y el silencio conforme pasaban las horas se volvía profundo, desolador. La fría noche era testigo de un grito aterrador, y el cuidador salió despavorido para dar auxilio, y cuando se dio cuenta que provenía de una tumba, desesperadamente trató de cavar pero ya era tarde, sólo alcanzo a ver una mano ensangrentada.
Esta vez Victoriana estaba muerta, víctima de la asfixia, la avaricia, la ira y la soberbia de sus tres hijos. Al dar lectura a su testamento, los hijos descubren que su madre los desheredaba por tratar de matarla o enterrarla viva. Pidió que toda su fortuna, que tanto daño le causó en vida, fuera repartida entre los pobres, los enfermos y, también como última petición, rogaba a Dios que el corazón de sus hijos se convirtiera en piedra.
Cuenta la leyenda que cada uno de sus hijos murió por problemas del corazón, y el día que falleció el último de ellos, nuevamente apareció en la tumba de Victoriana la mano ensangrentada, como señal de que Dios escuchó su petición. En la actualidad se dice que la gente que se acerca a su tumba y le ora buscando solucionar sus problemas familiares, Victoriana intercede por ellos para que logren la armonía familiar.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Las marionetas (Leyenda de Celaya)

Don José Oviedo, un hombre muy conocido y estimado en la ciudad de Celaya, quien falleció a la edad de 96 años en 1984, fue un cuentista simpático que sabía todas las historias del lugar por lo que era muy visitado por infinidad de amigos. Entre todas las fábulas que contaba, platicaba una historia tenebrosa que a él personalmente le sucedió y que ahora se cuenta como una leyenda graciosa de Celaya.
Toda la gente le decía “En Capi Oviedo”, y cuentan las personas que lo conocieron que era un joven simpático y muy alegre. Siempre fue el primero en todo, por eso le llamaban “Capitán”, y todos sus amigos lo seguían. Desde chamaco se manifestaron en él sus inquietudes artísticas y literarias al grado que en su madurez, fue nombrado mentor, apreciado por varias generaciones a los que impartió sus conocimientos. A este joven inquieto le gustaba el arte dramático pero como por aquel tiempo era mal visto que un muchacho se inclinara por la carrera de actor, pensó dar funciones de títeres para con toda tranquilidad dar representaciones de obras como Barba Azul, La Llorona y otras piezas más.
Dicen personas que lo conocieron que dentro de sus amenas charlas, el maestro José Oviedo relataba la experiencia que tuvo en su juventud. En su casa de la calle de Hidalgo,  hizo instalar el teatrito y pensó dar funciones los sábados y domingos. Ideó cómo realizar las decoraciones, las que obviamente deberían de cambiar según la obra que presentara. Comenzó estudiar las piezas, los personajes y los vestuarios de los polichinelas. Una vez que tuvo un elenco completo, mando hacer con un artesano de Guanajuato los muñecos. Los títeres tenían un tamaño regular y los trajes estaban hechos a conciencia por una viejita modista, la que los hacía de brocados, encajes y terciopelos.
Cuando el Capi Oviedo tuvo todo listo, los amigos con una corneta agujerada anunciaban en las esquinas que se estrenaría un teatro de títeres con las mejores marionetas del mundo…  en las calles de Hidalgo. Los muchachos de sus casas habían llevado sillas, las que acomodaron en el patio y el Capi había realizado el pequeño foro con gran ingenio. Por fin llegó el día de la inauguración. Fue tal el éxito, que muchas personas estuvieron paradas durante la función. El Capi y sus amigos eran los que movían los títeres cambiando magistralmente sus voces según el muñeco que actuaba. Sábados y domingos se llenaba el teatro. Oviedo iba agrandando su colección de muñecos, aquello tenía muy buenos resultados.
El Capi no dormía preparando nuevas obras, ideando personajes y sus vestuarios; también pensaba alquilar un local pues su casa era insuficiente para tanta gente que asistía a su espectáculo. Estaba nervioso, pero era tal su entusiasmo, que no le pesaba pasarse la noche en vela estudiando las piezas teatrales.
Así pasó algún tiempo; y era famoso en la ciudad y él se sentía feliz con su teatro. Pero un día don José estaba recostado leyendo, serían como las 11 de la noche, cuando escuchó algo extraño; el tendedero donde tenía colgados los muñecos se empezó a mover, oía cómo sonaba la madera al pegarse unos con otros. Por un momento pensó que sería el viento, iba a levantarse pero resolvió quedarse quieto, no quería ni respirar hasta comprobar si lo que estaba pensando era cierto… seguía escuchando extraños movimientos, pasos y como que los títeres bailaban en la tarima del foro. Se tallaba los ojos, movía la cabeza; estaba bien despierto pero ¿sería posible que sus marionetas fueran a moverse solas? Trató de dormir, cerraba fuertemente los ojos, y así lograba conciliar el sueño. A la vez, sentía temor de levantarse, le dio escalofrío y el miedo se apoderó de él y en ese estado pasó el resto de la noche.
Al día siguiente, con lo fresco de la mañana, se sintió otro, se dio valor y fue al lugar en donde tenía a sus muñecos, y cuál sería su sorpresa que los muñecos que tenía separados en el tendedero, estaban todos juntos y una pareja de títeres que tenía en una caja, estaba afuera. Supuso que eran los mismos que habían bailado toda la noche. Aquello lo aterró, le entró un sudor frío que le corría por todo el cuerpo y sintió que se iba a desmayar, pero tomó fuerzas de flaqueza, se dio un baño con agua helada y se serenó.
Con nadie comento lo que le había sucedido, pero tuvo la idea de consultarlo con un sacerdote carmelita que era amigo suyo, el que le dijo que seguramente habían sido figuraciones de él; posiblemente estaba muy cansada y lo soñó dándolo por hecho. Que se fuera tranquilo y se olvidará del asunto. El Capi seguía obsesionado con lo que le había ocurrido, sabía que no era producto de su imaginación, que lo oyó y vio, fue real, pero trataba de consolarse diciéndose para sí que había sido un mal sueño.
Continuó dando sus funciones que cada día tenían más éxito, pero en una ocasión que presentaba en su teatrito una obra de un tribunal, uno de los muñecos, el que hacía de juez, le clavó sus ojos con una mirada tan penetrante, así como desafiante, que sintió “la muerte chiquita”. No quería mirar a la cara al muñeco que parecía le quería decir algo. Acabo la función de títeres y el pobre Capi, con la cara descompuesta, anunció a su público que por algún tiempo no habría función por tener que salir a la Ciudad de México para tratar un asunto urgente. Aquello llenó de pena a los asiduos asistentes a las representaciones, que se habían aficionado al espectáculo, pero él nervioso y preocupado, con su habitual simpatía les dijo que pronto regresaría, que iba a traer más obras y conseguir otros títeres.
Lo cierto es que estaba tan asustado, que llegó a pensar que era cosa del demonio, como si sus muñecos hubieran cobrado vida y fueran seres humanos. Decidió dejar los títeres para siempre. Don José contaba a sus oyentes que poco tiempo después de dejar su afición, tuvo un sofocón por haber perdido en un juicio su casa de las calles de Hidalgo. Y estando una tarde meditabundo, se acordó del muñeco juez, que al mirarlo fijamente a los ojos le advertía que algo estaba pasando, lo que él no entendía hasta que en el litigio perdió su residencia.
Poco tiempo después se corrió la voz por el pueblo que en la casa de los Oviedo, en la calle de Hidalgo, espantaban, que todas las noches se escuchaban zapateados de muñecos, así como cantos y aplausos, como si los títeres del Capi hubieran cobrado vida y salieron a dar función noche a noche. Mucho tiempo se habló de las cosas extrañas que sucedían las noches de los sábados y domingos en la casa de los Oviedo. La conseja se extendió por Celaya y sus alrededores, al grado que a la gente le daba miedo pasar frente a la residencia, en la que el Capi daba sus funciones, a la que el pueblo llamaba “La Casa de los Títeres”.
Y la historia que sucede a principios del siglo pasado, se convirtió en una leyenda que todavía se platican en la ciudad de Celaya, sobre todo a los jóvenes que descuidan sus estudios para jugar al teatrito.