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domingo, 8 de noviembre de 2015

El Libro Negro del Inquisidor

La década comprendida entre 1570 y 1580, fue testigo de muchos acontecimientos trascendentales, como el establecimiento del tribunal de la Inquisición en 1571.
En 1576 tuvo lugar el primer auto de fe; el Santo Oficio había declarado guerra sin cuartel a herejes y judaizantes. Uno de los casos más extraordinarios, por espeluznante y sobrenatural, fue el que tuvo como protagonista al inquisidor fray Alonso de Figueroa y Bermúdez, llegado por el año de 1578. Era rígido, a veces en demasía, su obsesión de acabar con los brujos, lo había llevado a hacer  concienzudos estudios de libros prohibidos y jeroglíficos cabalísticos. Considerado experto en aquellos menesteres, fue comisionado para un caso especial: se le encomendó la misión de presidir una orden de cateo en la morada de cierto hechicero llamado Bulmaro Álvarez; era un espectáculo sobrecogedor, ver a los inquisidores en procesión cuando se dirigían a la casa de algún acusado. Terminada la procesión llegaron a la casa del hechicero, éste sorprendido abrió la puerta, fue sujetado por dos guardias que acompañaban a los inquisidores en su misión y acto seguido procedieron al cateo volviendo al revés la casa, sin consideración alguna.
Fray Alonso permanecía a la expectativa, y pudo ver como Álvarez palidecía intensamente al observar que uno de los frailes descubría un compartimento secreto en cierto armario; la desesperación de Bulmaro llegó al máximo cuando el inquisidor encontró un pequeño libro negro, similar a un misal.
El pobre hombre empezó a gritar desesperado, implorando que no se llevaran ese libro y advirtiendo de los horrores de éste; sin escuchar los gritos de desesperación de Álvarez, fray Alonso se colocó al frente de la procesión y salió de la casa rezando a gritos el padre nuestro.
Bulmaro Álvarez fue confinado en una oscura y húmeda galera, donde siguió gritando hasta enloquecer a los guardias, entraron su celda y lo golpearon, dejándolo medio inconsciente. Los reclusos de las celdas contiguas a la de Álvarez empezaron a oír poco después de que los guardias salieron a tomar un poco de vino, espantosos alaridos del nuevo preso.
Los celadores, una vez que saciaron su sed, regresaron a su puesto, percibiendo fuerte olor a quemado al acercarse a la celda de Bulmaro Álvarez. Lo que el guardia vio al asomarse al interior de aquella mazmorra le erizó los cabellos, su compañero le preguntó que pasaba, pero no pudo articular palabra, solo señalaba asustadísimo el cerrojo de la puerta y su compañero sacó la llave para abrir; ante sus ojos apreció un espectáculo inusitado: Bulmaro estaba totalmente quemado. Asustados los guardias, pensando que esto era cosa del diablo, fueron a dar aviso a la Inquisición.
Los inquisidores se presentaron poco después en el lugar de los hechos, los guardias los miraban recelosos; fray Alonso justificó los hechos como justicia divina. Dejó el lúgubre recinto ordenando que fuera bendecido y sellado por unos días, sin recordar al parecer las advertencias que le había hecho el hechicero.
El fraile procedió esa noche a examinar los pergaminos y el libro negro encontrado en la casa de Bulmaro Álvarez, recorrió página por página aquel volumen, sin poder entender una palabra de los escritos en esos raros caracteres, y al llegar a la página final, vio el retrato hecho a pluma de un hombre de extraña expresión, en la que destacaba una mirada luminosa y penetrante, no pudo resistir la contemplación de aquella figura y cerró el libro de golpe, perturbado por la imagen decidió rezar unas oraciones para ahuyentar los aires malignos que habían impregnado la celda. Al dejar su mesa para arrodillarse en el oratorio, fray Alonso sintió una presencia extraña a sus espaldas, volteó y lo que vio le hizo pegar un alarido de terror; una figura fantasmal lo miraba con los mismos ojos penetrantes y luminosos del hombre del retrato de la última página del libro. Sin pronunciar palabra, solo sin dejar de verlo, el horrible espectro lo seguía continuamente, mientras fray Alonso buscaba alguna manera de librarse de su horrísima presencia; de nada le sirvió que le mostrara la cruz, la aparición no se desvanecía, y seguro de que era obra de una maleficio del libro, lo acercó a la flama de una vela, pero la llama chisporroteó y se apagó sin haber quemado ni un ápice de aquel volumen infernal. Sintió entonces que el ser espectral que lo acompañaba se estremecía, y al mirarlo, lo vio reír; acto seguido, el fraile metió el libro una caja que contenía sándalo bendito, teniendo la esperanza de que el espectro se esfumara, pero ni cuando el extraño objeto estuvo encerrado en aquella caja, cesó la aparición.
Decidió a librarse para siempre de aquello, salió de la celda y fue en busca del padre superior, quien miró asombrado el aspecto singular que presentaba fray Alonso, sus ojos parecían de un enajenado y daba la impresión de haber envejecido de pronto veinte años; el fraile suplicó al padre se hiciera cargo del objeto para que fuera destruido cuanto antes.
Dejando la cajita sobre la mesa del superior, fray Alonso regresó a la celda, aunque sin haberse librado aún de su fantasmal compañía. El superior prosiguió sus oraciones, y de pronto algo llamó su atención: la cajita de sándalo estaba en llamas y al mismo tiempo un angustioso alarido se escuchó en la celda de fray Alonso. Los inquisidores acudieron a ver lo que pasaba y minutos después llegaron al aposento del padre superior comunicándole que el fraile había muerto. El reverendo, alarmado, se apersonó en la celda del padre Figueroa y lo encontró carbonizado en su camastro, después recordó la cajita de sándalo en llamas, pensando que la pesadilla había terminado para siempre.
El superior dispuso las exequias del infortunado fray Alonso, y regresó a su celda, donde vio algo que lo paralizó de terror: el libro se encontraba intacto, sin rastro alguno de quemaduras. Temblando de miedo lo tomó en sus manos, y sin atreverse a abrirlo salió de la celda con intensiones de destruirlo muy lejos de allí; no había dado arriba de diez pasos fuera del edificio, cuando tropezó con la ronda, pidiéndole arrojase en una acequia lejana aquel siniestro libro. El religioso regresó a la casa, seguro de haber acabado con el maléfico poder del misterioso libro.
El capitán miró y remiró el pequeño volumen, mientras uno de sus hombres le advirtió los horrores ocurridos a causa de éste, su superior le hizo caso omiso guardándolo en uno de sus bolsillos, sin saber que después iba a lamentarlo.
El capitán acabó su jornada de trabajo y se dirigió a su casa; al desvestirse, sus manos palparon el duro objeto que había guardado en el bolsillo, lo hojeó en su totalidad, hasta llegar a la última página, encontrándose con el retrato a pluma del hombre misterioso, no bien cerró el libro, tuvo la sensación de no encontrarse solo en la habitación, se volvió rápidamente y al verse ante el ser infernal que lo acompañaba, dejó escapar un grito. El prodigio se repetía, no hubo manera de que el capitán se librara de la compañía de aquella aparición que no hablaba, pero sonreía malignamente.
Sin haber podido dormir, el militar salió a la calle y fue en busca del dominico que le había dado el libro. El padre superior vio sorprendido llegar al capitán, que empezaba a presentar el mismo aspecto del desdichado fray Alonso; reclamó y pidió al padre le ayudara con ese libro maldito, pues el pobre hombre no quería sufrir el mismo destino que los demás; el religioso le dijo que lo único que podía hacer para no sufrir el mismo fin era que nunca debería separarse de aquel objeto.
El capitán fue a buscar por otra parte alguien que le pudiera ayudar. Consultó a un brujo allá por el barrio de Romita, habitado casi en su totalidad por indígenas y mulatos, pero el “nahual” miró el libro y abrió la primera página, para arrojarlo lejos de si aterrorizado.
El capitán se alejó de ahí y se dice que vagó desde entonces por las calles de la cuidad, presentando cada vez un aspecto más extraño y sobrecogedor, siempre acompañado de aquel siniestro libro bajo el brazo, con el temor de sufrir una espantosa muerte.
Un día, hallándose el capitán en una taberna, un apuesto comerciante llamado Don Julián de Villa y Gómez, ávido de aventuras y placer, se acercó al militar con intenciones de divertirse un poco a costa suya. Se acomodó en un asiento contiguo al del capitán, sin disimular una divertida sonrisa al advertir que este trataba de ocultar el libro que descansaba sobre la mesa; como el militar se negaba a contar lo que le atormentaba, Don Julián le invitó a beber. Los vapores del alcohol le soltaron la lengua, haciéndole hablar del libro y la desgracia que los perseguía, el capitán bebió hasta quedar inconsciente. Don Julián aprovechó el momento y se llevó el libro.
Momentos después las manos del capitán se ennegrecieron, acto seguido se despertó lanzando un horrible alarido, mientras un fuego interno parecía consumirlo; todos los presentes miraron petrificados la escena, hasta que los gemidos de aquel hombre se extinguieron.
Don Julián cometió el mismo error que sus antecesores, pero al aparecer el horrendo espectro, que después adoptó la forma de Lucifer, le relató su historia: en vida fue un mortal como cualquier otro, hasta que vendió su alma al diablo a cambio de poseer sus secretos, pero cometió el error de escribirlos, ganándose el castigo de vagar por el mundo para impedir que esa información sea conocida, condenándole a morir si alguna vez desea reconciliarse con Dios.
A partir de ese día Don Julián se dedicó vivir disipadamente, sin recato, para cometer toda clase de horribles pecados: violando doncellas y matando inocentes. En los duelos el siempre salía victorioso. Con el tiempo su rostro empezó a adquirir un aspecto extraño y sobrecogedor.
Pero cierto día su destino daría un giro repentino. Su corazón quedó prendado de una virtuosa y hermosa joven, trato de cortejarla, pero sus esfuerzos eran en vano. Si no podía tener aquella hermosa doncella por su voluntad, la tendría por la fuerza.
Don Julián montó guardia permanente cerca de ella, hasta que se le presentó la oportunidad: como ave de rapiña, se lanzó sobre ella, matando a la criada que le acompañaba. Se llevó en sus brazos a la aterrorizada doncella, si poder gritar por el susto; de repente ocurrió algo extraordinario: el hombre dejó caer a su presa y acto seguido lanzó un sobrecogedor alarido, sus manos se ennegrecieron y sufrió el mismo destino del capitán.
Según cuenta la crónica, consignada en los archivos de la Inquisición, al parecer unos ladrones habían entrado en la casa de Don Julián y hurtaron el libro.
Las autoridades eclesiásticas mandaron pregonar la historia del libro, exhortando al que lo había hurtado, que lo devolviese para evitarse males mayores, pero nadie acudió al llamado, ignorándose el paradero del libro. ¿Habría sido destruido al fin y el maléfico habrá cesado?, ó quizá aún anda de mano en mano con su siniestro espectro, acosando al que lo posee. No está por demás advertir que, si llegas a ver algún día un libro como ese, ¡no lo abras!, puede ser el del inquisidor fray Alonso de Figueroa.

domingo, 16 de agosto de 2015

La bordadora de sambenitos

Cierto día se encontraron por casualidad dos jóvenes amigas: Rosa y Susana. Se manifestaron el gusto que les daba verse una a la otra y comenzaron a platicar sobre lo que había pasado en sus vidas.
A Susana la había abandonado su marido cuando estaba embarazada de su tercer hijo, por lo que se fue a vivir a casa de su madre, pero eran muy pobres, a duras penas le alcanzaba el dinero para medio darles de comer a sus hijos. Se dedicaba a la limpieza de  las casas, en donde recibía malos tratos y una miserable paga.
Por el otro lado, Rosa le estaba yendo muy bien como bordadora de sambenitos, pues era un oficio que los inquisidores pagaban generosamente. La mujer le recordó a su amiga los excelentes bordados que hacía, pudiendo explotar todo su talento y ya no tener más apuros económicos. Susana estaba espantada, ¿cómo podía Rosa dedicarse a un trabajo tan horrible?, Entonces le lanzó una mirada reprobatoria a su amiga y prefirió cortar la conversación.
Cuando llegó a su casa y enfrentó la pobreza en la que vivía, sintió envidia de la bordadora. ¿Y si le pidiera que le consiguieron trabajo? Acto seguido agitó la cabeza, tratando de sacar esa espantosa idea de su cabeza, y trató de pensar en otra opción. Los días pasaron, y por más que hizo para no contemplar esa posibilidad, la idea de irle a pedir ayuda a su amiga cada vez se fijaba más a su mente. Se enfrentaba a otro problema: el invierno estaba cerca, no tenía dinero para comprarles la ropa adecuada a sus hijos, pasarían hambre y frío. Cierta noche en la que la desesperación y la angustia no le permitieron conciliar el sueño, tomó la decisión de ir a buscar a Rosa muy temprano por la mañana.
Fue a buscar a su amiga a casa de sus padres para preguntarles dónde estaba su domicilio; el padre ya había muerto, pero la madre todavía estaba viva y pudo darle la dirección de su hija. Susana llego a casa de su amiga, pidiéndole disculpas por haberla tratado con tanta frialdad, le explicó entonces la difícil situación que tendría que enfrentar. Rosa acepta ayudarla y la lleva de inmediato al taller de la Inquisición.
Llegaron ante el administrador, quien recibió a la mujer con mucho júbilo; iba a ser celebrado un solemne auto de fe y necesitaban con urgencia muchos sambenitos. Susana se estremeció al pensar que trabajaría para tan siniestros patrones, pero no le quedaba de otra si quería sacar adelante a sus hijos. El administrador le mostró a la recién llegada como tenía que confeccionar los bordados, colocando sobre la mesa varios modelos y empezó a instruir a la nueva trabajadora:
  • Los negros son para los herejes obstinados y reincidentes: las imágenes debían de ser espeluznantes, cosas que espantaron hasta al mismísimo demonio; nunca debían faltar las llamas y los penitentes ardiendo en ellas, los rostros de las víctimas tenían que expresar un sufrimiento atroz, mientras los demonios disfrutan del espectáculo de lo lindo. Estos sambenitos debían que ser los más tétrico si mejor bordados, y la paga era mucho mayor.
  • Los amarillos son aquellos que usan los penitentes que se han arrepentido sinceramente o que son culpables de delitos menores. Aquí sólo se tenía que bordar la Cruz de San Andrés en rojo o anaranjado brillante; en algunos sambenitos la Cruz iba en el pecho, y en otros, en la espalda.

Después del rápido “curso de capacitación”, el administrador le entregó una prenda para poner la prueba, y si le gustaba el bordado quedaría contratada inmediatamente. Al salir de la Inquisición, las amigas se fueron caminando silenciosamente hasta una esquina, después se despidieron y cada una tomó su camino.
Cuando Susana hubo llegado a su casa rompió en llanto, no sabía si podría algún día perdonarse por trabajar para personas tan crueles y malvadas. No podía perder el tiempo llorando, la responsabilidad de sus hijos lo obligaron a secarse las lágrimas y ponerse a trabajar. Además de ser una excelente bordadora, también era muy creativa e ingeniosa, tenía la capacidad de crear figuras y escenas muy originales: el infierno, sus horrores y el sufrimiento de los condenados.
Pasaron muchas horas sin que se le ocurriera nada, no podía representar el averno de ninguna manera. Entonces se le ocurrió una forma para hacerlo: trato de imaginar cómo sería el castigo que se merecía por haberse vendido a los inquisidores; su culpa era tan grande, que fue mucho más despiadada con ella misma de lo que habría sido Satanás. Sólo los inquisidores podían ver aquellas escenas sin que el horror y las pesadillas los abrumaran.
Su nuevo patrón quedó encantado con el bordado, estaba tan fascinado con la creatividad de la mujer, que decidió pagarle el doble. Susana estaba contenta, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando le dijo que la prenda iba a ser portada por un judío rico y acaudalado, por lo que consideraba justo que ella recibiera una parte de aquellos bienes.
Desde ese día, los problemas económicos de la bordadora de sambenitos se acabaron, pero las angustias y terrores comenzaron mucho más intensos de los que causaba la pobreza. Para que su madre y sus hijos lo descubrieran a que se dedicaba, pidió permiso a su patrón para que la dejara trabajar en el taller, y le dijo a su familia que hacía la limpieza en la casa del señor muy rico.
Ocultar su nuevo oficio la hacía sentirse muy culpable y fue a pedirle consejo a su amiga, quien le dijo que lo más honesto sería que confesara la verdad, pues tarde o temprano lo descubrirían. Los niños tenían que aprender a ver estas cosas con naturalidad; además  que representaba una ventaja trabajar para la Santa Inquisición, pues nunca iban a ser víctimas de alguna acusación en caso de alguna denuncia a amigos o familiares.
Después de la conversación que tuvo con Rosa, Susana se fue a su casa más perturbada que antes, se juró a sí misma que jamás sus hijos sabrían a que se dedicaba. Para evitar que la culpa alcanzará niveles insoportables, se limitaba a cumplir con su trabajo sin hacer preguntas. Nunca más se enteró de lo que su jefe le decía sobre las víctimas, ni conocía los procesos inquisitoriales y jamás había asistido a un auto de fe. Pero llegó un día en el que tuvo que enfrentarse a la espantosa realidad: el administrador del taller entrevistó a una joven costurera, que quiso saber exactamente cómo se hacían los autos de fe, y el hombre encantado le contó todo los detalles del “ciclo de vida” de un sambenito al ser portado por un condenado, o cuando era colgado en lo alto de la Iglesia o parroquia más cercana a la casa del acusado, para que todos recordaran su acto imperdonable.
Susana recordaba haber visto alguna vez unos trapos amarillos en lo alto de la parroquia la que asiste a los domingos con su familia, pero no les había dado importancia. Su otro trabajo consistía en bordar, en pedazos de tela amarilla los nombres y datos que su patrón le proporcionaba, pero nunca se había preguntado para qué se utilizarían.
Cuando salió del taller fue la Iglesia en cuyo atrio se detuvo y levantó la mirada, viendo en lo alto colgados tantos sambenitos como trozos de tela amarilla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, los remordimientos la torturaban cada vez más, ya no se podía perdonar nunca el haber sido cómplice de los despiadados inquisidores. Llevaba poco más de tres años bordando sambenitos y había juntado una buena suma de dinero para que sus hijos salieran adelante durante un buen tiempo.
Le di unas monedas al sacristán para que le permitiera subir a la torre de la iglesia, después se asomó por la ventana de la torre, y con la ayuda de un palo jaló un sambenito que se puso encima de su propia ropa, y luego subió al alféizar de la ventana para gritar a voz en cuello que había hecho cosas imperdonables, que era más culpable que nadie, que había ayudado a los inquisidores a esparcir el dolor y el sufrimiento. Acto seguido se arrojó al vacío. Cuando llegó al piso ya estaba muerta.


domingo, 2 de agosto de 2015

El franciscano sin cabeza

El padre franciscano de nuestra historia llevaba una vida ejemplar dedicada a servir a Dios; era muy querido respetado por los fieles y toda persona que lo conocía; pero no todo era perfecto, pues también tenía enemigos que lo envidiaban y lo acusaron a la Inquisición  de tener pacto con el diablo.
Una noche que el padre se encontraba cenando, el padre fue apresado  sin explicación alguna y llevado a una de las cárceles de la Inquisición. Pero como las autoridades eclesiásticas no tenían pruebas para culparlo, decidieron que confesara aplicándole la tortura de trato de cuerda.
El pobre padre al encontrarse a metro y medio de altura lo dejaron caer y lo levantaron de un jalón con dolores  terribles. El padre se confesó una y otra vez inocente; los inquisidores no se conformaron y le pusieron peso en sus pies para que el dolor fuera más intenso, pero aún así el religioso se seguía declarando inocente.
Después de una prolongada y dolorosa tortura el padre se declaró culpable de todos los cargos y fue juzgado y condenado.
El padre fue vestido con un gorro puntiagudo (capirote) y un capote amarillo de lana, que llevaba estampada una cruz de San Andrés, rodeada de llamas (sambenito) para que fuera la gente lo insultara y le arrojara cosas.
Pero como el religioso era muy querido la gente se encerró en su casa para no ver la humillación de la que era víctima.
Después de la procesión el padre fue ahorcado y decapitado. Cuentan los que presenciaron la ejecución que a la hora de ser ahorcado el religioso se dibujó en el tronco el portón de una iglesia.
Dicen las personas que viven en la localidad que una noche de verano, aquellos que pasan por el árbol y ven el portón de una iglesia, miran tras de él un gran número de feligreses y a un sacerdote sin cabeza oficiando la misa en latín. Dicen las malas lenguas que del cuello del sacerdote brotan chorros de sangre y que las palabras que pronuncia parecen brotarle del corazón, seguramente es porque en vida fue un fiel juzgado injustamente.

domingo, 19 de julio de 2015

La tenebrosa casa del Inquisidor (Sucedió en la hoy calle de Justo Sierra)

Allá por el año del señor de 1801, aún levantábase en lo que fuera calle de Chavarría, hoy Maestro Justo Sierra, un ruinoso edificio de tenebroso aspecto, que fue la casa del odioso y cruel Inquisidor don Pedro Sarmiento de Tagle, hombre ante quien temblara de pavor toda la Nueva España. ¿Qué sucesos espantosos y siniestros ocurrieron en esta casona allá en pasados siglos, cuando todo era supersticiones y pavura? ¿Quieren saber la historia de una campana, cuyo tañido helaba la sangre en los cuerpos de los habitantes de esta capital?
Allá por 1692, la casona marcada con el número dieciocho de la entonces calle de Chavarría, estaba en pie y habitable, aunque con muchos años de abandono, en ese entonces era conocida por el vulgo como “la tenebrosa casa del inquisidor” y por obvias razones, todos temían acercarse a ella; sin embargo, cierto día del mes de noviembre del año antes mencionado, llegó hasta la casa un hombre temerario llamado don Andrés Camargo, era un joven médico que venía a establecerse en la capital de Nueva España con el fin de ejercer su profesión, quien decide comprar la casona donde había vivido el inquisidor setenta años atrás, a pesar de las advertencias del vendedor.
El joven entró a la casona, hallándose en medio de un ambiente de lujo siniestro y abandono, sin el menor temor se arrellanó en un confortable sillón de una gran mesa de trabajo, en ese momento un raro estremecimiento invadió todo su cuerpo, parecía como si alguien estuviese a sus espaldas, se incorporó de un salto  y quedó de pie mirando tras el sillón; allí en el muro  estaba un gran retrato de un hombre siniestro al que hizo caso omiso, y pensando que aquel aire de abandono de su nueva morada lo hacía alucinar, decide salir a la calle para pedir a una humilde pareja que pasaba casualmente, le limpie la casa a cambio de una muy buena paga, a lo que  le contestaron con un rotundo no, y sin decir más al médico salieron corriendo asustados.
A pesar de mostrarse persuasivo y generoso, después de varias horas el joven no lograba hallar a ningún osado, y al fin pasado el mediodía logró echar mano de dos plebeyos que apestaban a sudor y a vino; poco después los dos tipos se encontraban entregados a la tarea de limpieza y bebiendo vino, y a decir verdad  hacían su trabajo de prisa y bien hecho, a pesar de hallarse ya casi ebrios. Ya caída la tarde, la tarea estaba casi concluida, y uno de aquellos hombres limpiaba el retrato de inquisidor, cuando vio que este movían los ojos, asustado le dijo a su compañero, el cuál corroboró su historia; acto seguido los dos ebrios huyeron despavoridos ya sin importarles cobrar la paga prometida, sino salir de la siniestra casona lo más rápido posible, en vano el dueño quiso detenerlos. Horas después, el médico se disponía a entregarse al descanso, había sido un día de ardua tarea y emociones, de pronto un infernal alarido resonó en toda la solitaria casona, pero el hombre pensó que serían los ebrios que venían a asustarlo para sacarle dinero y vino.
Decidido a dar un escarmiento a quien lo importunaba, el doctor salió de la alcoba  espada en mano, entonces escuchó como si un ave siniestra volara por la casa, levantó la cabeza y vio a un búho de apariencia extraña, emitiendo aquellos siniestros gritos, trepado en una soga atada a una campana; en ese momento escuchó una voz que le decía que la campana tocaría la hora de su muerte. Sin saber porque, como si alguien le mandara hacerlo, el joven se volvió e iluminó el retrato del inquisidor, y se percató que eran sus ojos eran los mismos del búho; creyendo que las sombras de la noche despertaban su imaginación, decide volver a su alcoba para tomar un merecido descanso.
La luz del nuevo día disipó todos los temores del joven médico, quien de todos modos salió a la calle con el fin de platicar con alguien en una taberna llamada “Taberna del Toro”, y dado lo temprano de la hora no había parroquianos, pero el viejo tabernero los atendió; el joven estaba decido a descubrir el misterio del antiguo propietario de la casona maldita que había comprado,  momentos después al tabernero se le soltaba la lengua ante la vista de unos ducados de oro, y le relató que don Pedro Sarmiento de Tagle había sido uno de los inquisidores más crueles y despiadados que había tenido Nueva España, se regocijaba viendo sufrir a los reos en tormento y lanzaba carcajadas cuando ardían en la hoguera; entre muchas más atrocidades le relató el tabernero. Todos le temían a  la famosa campana maldita, pues cuando la tocaba, era indicio de que su cerebro  enfermo y demoníaco había urdido otra forma de tortura y muerte, y siempre sin falta alguien moría de la manera más cruel, “novedosa” y perversa que mente humana haya imaginado.
Satisfecha a medias su curiosidad, el médico se marchaba de la taberna, pero antes de hacerlo preguntó que había sido del inquisidor, el tabernero le dijo que había sido un misterio donde fue enterrado. El joven hizo algunas compras y después se dirigió a su casa para entregarse al estudio de las enfermedades que diezmaban a la gente de la Nueva España, así estuvo todo el día hasta que la noche los sorprendió; de pronto sintió de nuevo esa sombra a sus espaldas, el ambiente se hizo tenso y parecía que algo flotaba sobrenatural flotaba en la casona, y de pronto, como un latigazo que azotó las sombras, sonó aquel alarido infernal, el joven se incorporó de un salto y vio la búho al que le lanzó un libraco con toda su furia, tratándolo de matar; entonces el ave voló para posarse encima del cuadro del inquisidor, el médico le aventó otro libro y el búho lanzó un graznido y voló hacia lo alto del techo, sumergido en profundísimas tinieblas. El doctor entonces analizó con detenimiento el cuadro y observó que tenía una gran similitud con el ave; pensando que el cansancio avivaba su imaginación.
A partir de entonces el médico no iba a poder dormir el resto de su vida, porque la tenebrosa casa del inquisidor estaba ya poblada de seres infernales, y de pronto en un rincón de la habitación, apareció el búho con sus ojos siniestros fijos en él,  pero parecía tener una luz de burlona crueldad; el ave sale volando y el joven decide ir en su persecución, armado de un garrote corrió rumbo al salón del retrato, bien sabía que en lo alto se ocultaba el plumífero, peor al llegar no había ni rastros de esta. Entonces al iluminar con la luz de la vela el cuadro hizo un terrible descubrimiento: ¡el inquisidor no estaba! En esos momentos el médico escuchó con claridad el roce de pesadas vestiduras y volvió hacia atrás, y lo que vio lo llenó de terror, de un miedo invencible, ¡frente a él se encontraba el mismo inquisidor!
Sin hablar, con el ceño fruncido y los ojos siniestros, el inquisidor señaló al joven un banquillo en el centro del salón; anonadado y sin voluntad tomó asiento en el banquillo de los acusados, entonces hizo su aparición otro siniestro y silencioso personaje, que traía un candelabro para hacer luz, y en medio de aquel ambiente de pesadilla se vieron las tres figuras de otros personajes.
Aquellos personajes cuchichearon algo ininteligible, parecían musitar algo espantoso, a veces parecía que solo abrían la boca, una boca que era un pozo profundo de tinieblas; fuera de sí, pero como impotente para levantarse del banquillo, el gritó que eran unos asesinos, de pronto un ráfaga de viento helado apagó las velas y todo quedó en tinieblas, solo un amarillento círculo de luz alumbraba la aterrorizada figura del doctor.
Cuando los ojos del joven se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver hacia el inquisidor sacando un grueso libro, del hueco que quedó salieron una gran cantidad de enormes ratas, y cuando la última hubo salido se dejó escuchar una risa perversa de satisfacción. Como si obedecieran a diabólico mandato, las enormes ratas rodearon en una horrible danza al petrificado médico, después se formaron cerca de sus pies haciendo un círculo que causaba escalofríos, sus ojillos rojos tenían fulgores infernales, y a la orden de una voz gutural como venida desde muy profundo, los roedores cerraban más el círculo, arrancándole alaridos de dolor con sus mordiscos.
Pronto las voraces ratas comenzaron a destrozar el cuerpo del doctor. Cerca de la media noche, rezagados bebedores de la taberna del Toro, escucharon alarmados el tañer de una campana, pero como todos tenían miedo de ir a la casona maldita, decidieron ir al día siguiente.
Cuando se asomaron los primeros rayos de sol matutinos, los cinco personajes de la taberna se encaminaron decididos a la casa del inquisidor, llamaron a la puerta sin obtener respuesta, entonces entraron todos con el tabernero a la cabeza, pero no tuvieron que buscar mucho, pues al llegar al tenebroso pasillo, colgado de una soga de la campana, estaban los despojos humanos, horriblemente mutilados y sangrientos de quien fuera el médico; entonces al grupo de caballeros se les ocurre ir a ver el cuadro del inquisidor, y cuál no fue su sorpresa al ver que entre sus manos tenía una rata con el hocico ensangrentado , y el con una sonrisa diabólica, como si acabase de dar muerte cruel a una de sus víctimas, llenos de miedo salieron de casa a toda prisa.
Aquella fue la última vez que la tenebrosa casa del inquisidor fue habitada, después vinieron los siglos de olvido y demoliciones. Ahora no sabemos exactamente en donde estaba aquella casa, ¿la conocieron ustedes? 

domingo, 12 de julio de 2015

Isabel y la Inquisición

Durante el siglo XVI en la calle de Mesones de Talavera de la Reina, vivía una mujer llamada Isabel; estaba casada con Esteban un aventurero, intrépido y temerario marinero que ya había recorrido los siete mares, amaba profunda y tiernamente a su esposa, el amor era recíproco; pero a pesar de todo no eran felices, sufrían mucho porque Isabel no podía quedar embarazada.
En una ocasión Esteban zarpó al Puerto de Cádiz en España; su esposa se quedaba sola durante muchos meses, sin tener noticias de su marido.
En aquella época cualquier comportamiento podía ser visto como sospechoso, cosas tan inofensivas, como bañarse diario era visto como un acto herético, pues solo los judíos acostumbraban hacerlo.
Isabel era una ferviente católica, pero adoraba bañarse. Todos los días se la pasaba metida en la tina relajándose para sentir un poco de consuelo por la ausencia de su marido y el hecho de no poder tener hijos.
Cierto verano hizo más calor que el acostumbrado y la mujer abrió las ventanas de par en par; claro, no falta la típica vecina metiche, que se dio cuenta que Isabel acostumbraba bañarse diario y la denunció a la Inquisición.
Los verdugos ataron sus muñecas a un anillo de hierro empotrado en la pared y los tobillos a otro anillo que estaba en el piso; acto seguido jalaron fuertemente la soga, hasta dislocarle los huesos.
Por fortuna Isabel fue declarada inocente, porque uno de los inquisidores la había visto en la iglesia pidiéndole a Dios le diera un hijo.
Esteban regresó dos años después, trayendo muchos obsequios de lejanas tierras para su esposa. El nunca se enteró del sufrimiento por el que pasó su mujer.
Isabel pudo disfrutar muy poco de la compañía de su marido, pues al año volvió a abandonarla; como ya estaba acostumbrado a andar de aventurero no le gustaba estar todo el día metido en su casa.
La mujer pensó que los inquisidores ya no la molestarían más porque la habían absuelto, por lo que decidió bañarse diario y abrir las ventanas; la  misma vecina fue a denunciarla otra vez a los tribunales del Santo Oficio, no le hicieron caso, pues ya habían comprobado que la chica era una ferviente católica, pero las insistencias de la vecina fueron tales, que fueron a inspeccionar el lugar. Grande fue su asombro cuando vieron a Isabel en la tina y al mismo tiempo fumando un puro.
La pobre chica solo por hacer estas inocentes actividades fue brutalmente torturada. Los inquisidores le pusieron un cinturón, cuyo interior estaba cubierto de pichos de hierro. Al ceñirlo en la cintura, los pinchos laceraban y desagarraban la carne con cada pequeño movimiento que hiciera. Así la dejaron por muchas horas, hasta que la obligaron a confesarse hereje y la condenaron a morir quemada viva.
Cuando Esteban regresó pudo ver la tina aún llena en la que habían crecido algunos nenúfares. Los vecinos le contaron lo sucedido y loco de dolor, corrió hacia el río gritando el nombre de Isabel, acto seguido se arrojó al agua y murió ahogado. Tiempo después en las orillas del río crecieron unos nenúfares.
Cuenta la leyenda que durante las noches se pueden escuchar los desgarradores gritos de Isabel gritando de dolor y a Esteban llamando a su esposa.

domingo, 5 de julio de 2015

Cámara de tortura

En la cámara de tortura de la Santa Inquisición ocurrieron cosas tan atroces y escabrosas, que ni los peores sádicos ó asesinos seriales podrían imaginar; ni si quiera las descripciones más meticulosas detalladas con lujo de detalle podrían describir las torturas infligidas a las pobres víctimas y el terrible dolor por el que pasaron.
A cualquier persona se le pone la carne de gallina al leer la historia de un hombre que le queman los testículos con un hierro al rojo vivo ó a una mujer que le desgarran los senos con picas y muchas cosas más; pero lo que vivieron en carne propia estos horribles tormentos, saben el infierno que fue la Inquisición.
La leyenda que a continuación se relata ocurrió en Europa durante la Edad Media en un antiguo edificio, el cuál se quedó abandonado por mucho tiempo después de que la Santa Inquisición fue abolida. Mucho tiempo después un funcionario público obtuvo el permiso del gobierno para abrir sus puertas al público.
El edificio fue restaurado y se convirtió en un centro cultural muy exitoso, en el que se podían encontrar diferentes actividades artísticas y literarias como aprender a tocar instrumentos musicales, actuar, escribir poemas, esculpir, pintar y bailar; también contaba con una biblioteca en al que acudían personas de todas las edades a saciar su sed de aprender.
Su director y fundador, que no le gustaba ser llamado por su nombre era conocido como El Maestro, estaba muy satisfecho con lo que había logrado y cada día se esforzaba más para mejorar el lugar y para obtener nuevas donaciones para ofrecer un mejor servicio.
Los salones fueron instalados en lo que antiguamente fueron las oficinas de la Inquisición y la biblioteca en lo que fue la cámara de tortura. Desde el día en que empezaron a remodelar ésta última los trabajadores sintieron mucho miedo, incluso muchos llegaron a renunciar porque escuchaban gritos, súplicas y lamentos desgarradores.
El Maestro no les hizo mucho caso, ya que era muy escéptico en lo que a cosas de espíritus se refiere; al poco tiempo la biblioteca  fue abierta al público y algunas personas se quejaron de oír y sentir cosas que les hacía estremecerse; pero en vez de que disminuyeran la cantidad de visitantes, estos aumentaron.
Así pasó el tiempo y  una tarde que se encontraba a escasos días de que el centro cultural festejara su primer aniversario, El maestro citó a un grupo de jóvenes voluntarios en la biblioteca, para que le ayudaran a hacer los preparativos de la fiesta.
Los muchachos se encontraban muy entusiasmados discutiendo  su participación en el festejo, pero éste agradable momento no duraría mucho, ya que fue interrumpido por un espantoso quejido.
Como es natural todos se asustaron, El Maestro trató de aparentar una calma que no sentía, iba a decirles unas palabras tranquilizadoras, cuando se escucharon los gritos de un hombre que sufría muchísimo.
-¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡No!! ¡Por favor se los suplico! ¡Tengan piedad! ¡Ayyyyyyyyyy!
Algunos de los muchachos se quedaron petrificados de miedo y otros salieron corriendo y gritando, como si hubieran visto al mismísimo Satanás.
Los que se quedaron en la biblioteca, entre ellos El Maestro siguieron escuchando:
-¡Juro por que no hice nada! ¡Soy un ferviente católico! ¡Por favor! ¡Por piedad! ¡Ya no me hagan daño!
Después todo se sumió en un silencio sepulcral, que duró una eternidad, después se escuchó una diabólica carcajada que hizo estremecer los muros del edificio.
Todos salieron de ahí lo más rápido que les dieron sus piernas. Esa noche ni el velador se quedó.
Y como dijera el dicho, “Pueblo pequeño, chisme grande”, por más que El Maestro tratara de ocultar los hechos; al otro día todo el pueblo ya estaba enterado y el centro cultural tuvo que ser cerrado, sin llegar a festejar su aniversario.
El director mandó a ingenieros y físicos a que inspeccionaran la biblioteca, pero no pudieron darle una explicación científica a los extraños y espeluznantes fenómenos.
Su esposa le sugirió hacer una sesión espiritista; aunque su marido era escéptico a esas cosas, pero su curiosidad y anhelo de abrir el centro cultural pudieron más, pese a su incredulidad.
La sesión se llevó a cabo en la biblioteca; todos los asistentes se sentaron en círculo, quedando la médium en la cabecera. Los presentes guardaron silencio y esperaron a que la médium se pusiera en trance; de pronto la mujer empezó a agitarse y después a convulsionarse, se movía como si tuviera al mismísimo diablo dentro. Con la voz de un hombre dio horribles alaridos, suplicando piedad; conforme avanzaba la sesión su rostro se deformaba, como si estuviera sufriendo un espantoso suplicio. Los presentes estaban horrorizados y desesperados de no poder hacer nada para regresar a la mujer a la realidad. Este horror duró casi una hora, después la médium abrió los ojos y con un horror indescriptible, dijo:
-¡Acabo de ser torturada por un inquisidor! ¡Estuve en una cámara de tortura! ¡Vi y sufrí algo de lo que nunca me recuperaré! ¡Este edificio es el infierno! ¡Demuélanlo! ¡Tiene que ser destruido desde sus cimientos!

Dicho y hecho: el edificio fue demolido porque el infierno se quedó ahí.

domingo, 26 de abril de 2015

La niña del cántaro/ El cráneo que grita

La niña del cántaro
Durante el reinado de Luis XI en Francia, la población entera sentía un miedo espantoso a la Santa Inquisición, situación por la cual debían de cuidar muy bien cada uno de sus actos y las palabras que salían de sus bocas.
En un bonito pueblo francés vivió una joven a quien todos apodaban “la niña del cántaro”, porque siempre se le veía con un cántaro lleno de agua fresca, y en las horas más calurosas del día ofrecía a los leñadores y campesinos, a cambio de lo que ellos desearán darle. Era huérfana de padre y su madre estaba muy enferma como para trabajar; por lo que ella tuvo que hacerse cargo de alimentar a su madre y a sus hermanos pequeños.
Al atardecer, diariamente regresaba a su casa con un poco de leña, granos, frutas y hortalizas, que se ganaba con su trabajo. Con la leña prendió el fuego y con los vegetales preparaba una comida deliciosa. Frecuentemente su madre asombrada siempre le decía, que resultaba increíble, que con vegetales tan sencillos pudiera preparar algo tan exquisito.
Sus hermanos también le halagaban mucho el gran talento culinario que poseía; y cuando le preguntaban cuál era su secreto, ella solo les decía que una buena cocinera no debía revelar sus secretos. Pero nada se le comparaba en lo delicioso como su agua, que no sólo saciaba la hacer sino que dejaba una sensación de profundo bienestar. La famosa niña del cántaro no era agraciada físicamente ni tenía ninguna gracia aparente, era más bien una chica del montón, pero después de que sus clientes probaban su agua, crean ver en ella a la más hermosa y graciosa joven del mundo.
Su fama se fue extendiendo, y como nunca falta la gente envidiosa llena de malicia, no tardaron en denunciarla ante la Santa Inquisición. Una tarde, mientras la muchacha preparaba su deliciosa comida, llegaron tres hombres a detenerla. La pobre niña se quedó asombrada de ver en los rostros aquellos hombres una maldad tan grande, que lo único que pude hacer fue sentir pena por ellos. Aquellos malvados corazones deben estar muy tristes, pensó ella y quiso ablandarlos con un poco de agua, pero a los policías se les había advertido que aquella agua estaba embrujada, por lo que se negaron a beberla y se la llevaron violentamente.
Las retorcidas mentes de los inquisidores decidieron que  la tortura ideal para la niña, sería la del agua; así que procedieron a atarla a una mesa para que quedara totalmente inmovilizada. El verdugo le metió un trapo en la boca hasta que le quedó la garganta, después le fue echando agua lentamente, produciéndole una terrible sensación de ahogamiento. Cuando el verdugo notaba que la muchacha no resistiría más, le sacaba el trapo de la boca y la dejaba descansar unos momentos; la pobre niña tosía y jalaba aire desesperadamente, con la boca bien abierta. Después aquel perverso hombre volvía a meterle el trapo y continuaba torturándola.
Cuando eran las dos de la mañana, el verdugo comenzó a sentir sueño y fue reemplazado por otro; pero éste decidió hacerle unos cambios al suplicio: le quitó el trapo y le echo en la boca varios litros de agua presión. La pobre niña del cántaro murió ahogada.
Cuenta la leyenda que en el sitio donde fueron enterrados sus restos mortales, surgió de pronto un arroyo y las personas que beben de sus aguas sienten una agradable sensación de bienestar.

El cráneo que grita
Durante el año en gracia de 1600, las hermanas Griffith de Burton, Agnes Hall en Humberside Inglaterra, se vieron envueltas en una terrible tragedia: la más chica de las tres, Anne fue herida gravemente por un salteador de caminos.
En su lecho de muerte les hizo prometer a sus hermanas que le cortarían la cabeza y la colocarían en una mesa en el salón de la casa. Aceptaron la última voluntad de la joven, pero fue sepultada sin cumplir su escalofriante deseo. Al poco tiempo comenzaron a escucharse extraños quejidos, que provocaron que los sirvientes salieran huyendo de la residencia. Cuando las hermanas hubieron desenterrado el cuerpo de Anne y llevaron el cráneo a la casa, los quejidos dejaron de escucharse.
Tiempo después, una mujer arrojó por descuido el cráneo una carreta, los caballos se encabritaron y la casa tembló hasta que el cráneo fue devuelto a su lugar. Hubo muchos intentos por deshacerse de él, pero todos resultaron inútiles y acababan mal. Finalmente el cuarto donde estaba el cráneo fue tapiado con un muro, donde permanece hasta nuestros días.

domingo, 25 de enero de 2015

La cabeza rodante

Vivió durante la época colonial don Bernardo Alvar y Fuentes, conde de Lafragua y Loreto, quien era un apuesto caballero, arrogante como el mismo, pues tenían encomienda muchos pueblos y una renta incalculable en ducados de oro; por tal motivo se había rodeado de muchos enemigos, pero también por su mala costumbre de hablar de “vos”, incluso a las personas más encumbradas de la sociedad novohispana, lo cual tomaban como una gran ofensa.
Don Lucas Aldama y Rivas, un visitador del virrey, se preguntó quién era aquel tipo, después de habérselo encontrado en la Plaza Mayor, durante la ejecución a garrote vil de varios sospechosos de sedición y de algunos herejes reincidentes, que portaban sambenitos negros, en los cuales estaban plasmadas las llamas del infierno y demonios que las alimentaban. Un clérigo le dio a don Lucas santo y seña de aquel individuo, a lo que el visitador le dijo que ni siquiera se había quitado la gorra al verlo. Su comportamiento resultaba muy sospechoso, por lo que había que tenerlo muy vigilado, pues no dudaban que estuviera envuelto en una rebelión contra su majestad Carlos V.
Cuando el evento terminó, el carruaje de don Lucas le ganó el paso al caballo de don Bernardo, naciendo a partir de entonces una terrible rivalidad entre ellos; el arrogante caballero dirigió su malestar sonriendo mientras se acomodaba su gorra con detalles de oro y plumas de faisán.
Pocos días después, la tarde del miércoles de Tinieblas de Semana Santa, se dio el segundo y decisivo encuentro entre aquellos caballeros, luego de que los pífanos de la guardia anunciaran que el virrey salía de Palacio Real para decir vísperas en la Iglesia Mayor, ya decorada con los colores que marca la ocasión. En esta ocasión don Bernardo de los caballeros que la acompañaban quisieron ganar del paso al visitador del rey y a sus guardias en su camino a la misa de Tinieblas; dicho encuentro terminó en insultos y un golpe de guante dado por el funcionario real al petulante personaje. Era tanto el odio que se tenían, que programaron el duelo para el Domingo de Resurrección, poco les importo faltarle al respeto a Nuestro Señor.
El encuentro se dio en el bosque de Chapultepec, don Bernardo llevó ventaja desde un principio y término por herir al funcionario, quien cayó desangrándose sobre la hierba. En esos momentos los alguaciles de la Inquisición se dirigen al sitio, enterados del sacrílego evento. Don Bernardo fue avisado por uno de sus acompañantes, que el Santo Oficio se acercaba, pero antes de intentar la huida, alcanzó a rematar al visitador con su puñal; acto seguido monto en su caballo lo más rápido posible, pero no alcanzó a llegar muy lejos, ya que fue rodeado por un grupo de jinetes y decidió entregarse.
Cuando algunos de sus amigos fueron torturados, se les hizo jurar en falso que don Bernardo quería terminar con la autoridad virreinal y autoproclamarse rey, puesto que su padre y su abuelo habían contribuido a ganar esa tierra a los naturales. Por haber pecado contra Dios y el Rey, se le condenó a morir decapitado, como era costumbre hacer con los delincuentes, en especial con los salteadores de caminos de más baja categoría. El arrogante don Bernardo se puso a llorar por semejante humillación.
Llegó el día de la ejecución, después de decir sus pecados ante el sacerdote confesor, rezó los salmos penitenciales, fue exhibido ante el escarnio del público con cadenas a los pies. La gente cercana a él lo veía con una profunda lástima; pero no se la acusó solamente por el sacrilegio que cometió el Domingo de Resurrección al matar a un funcionario del rey, sino más bien porque su poder e influencia en aumento representaban un peligro para la autoridad virreinal.
Después de que su cabeza cercenada rodó sobre el tablado, su casa fue demolida y el terreno arado y regado con sal, para que la mala hierba no volviera a crecer ahí nunca, con lo que se quería decir que se daba por terminado su linaje. El arrogante don Bernardo no había tenido hijos, pero su viuda la ejecución le provocó un aborto, provocando la muerte del que hubiera sido el futuro heredero. En donde estuvo antes la casona se colocó un letrero que decía: “Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, la Real Audiencia y el Tribunal del Santo Oficio de México”.
La pobre viuda murió poco tiempo después en la más absoluta miseria, pues hasta el virrey le negó una pensión por los servicios que su difunto marido había ofrecido a la Corona en su calidad de caballero y encomendero. Con el paso del tiempo fue construido un hospicio para pobres en el terreno donde estuvo la propiedad de don Bernardo.
Cierta noche de tormenta, un par de monjas que se encontraban de guardia vieron rodar una cabeza barbada por las duelas del piso, dejando sangre regada su paso. Aquella espantosa visión duró lo suficiente para que la religiosa de más edad perdiera el conocimiento; la más joven relato aquel increíble suceso, el cual se repitió durante algunos años, siempre en un Domingo de Resurrección. La siniestra aparición cesó hasta que el edificio fue demolido para abrir una calle.

domingo, 11 de enero de 2015

Una bruja peligrosa

En la Edad Media, las mujeres europeas vivían en familia. Aquellas que no llegaban a contraer matrimonio, permanecían al lado de sus padres y se dedicaban a cuidar a sus sobrinos. Una de aquellas solteras, era una mujer portuguesa llamada Lucila, quien estaba enamorada de un hombre que la despreció, y por tal motivo, no quiso casarse con ninguno de sus pretendientes. Cuando la mujer hubo pasado la edad de casamiento, sus padres y hermanos comenzaron a presionarla, diciéndole que se olvidara de aquel hombre, ya que al ser bonita pretendientes le sobraban.
Ella no contestaba a las réplicas, pues no tenía caso alguno explicarles lo que no entenderían; a pesar de muchas insistencias, todo permanecía en un nivel tolerable, hasta que un día el padre le dijo que no estaba dispuesto a tener una hija solterona, y que si no se casaba la recluiría en un convento.
Como en cualquier otra casa, las órdenes del padre se acataban sin discusión, pero Lucila tuvo la osadía de replicarle, que no estaba de acuerdo con ninguna de las dos opciones, y que solamente se casaría con su único amor; pero tampoco quería ser monja.
El valor y la firmeza que demostró al expresar su decisión, dejó atónitos a todos los de su familia, siendo su padre el más impresionado; una réplica de uno de sus hijos habría sido una osadía inaceptable, pero viniendo de una de sus hijas ¡era algo terrible! ¡Qué mujer se atreve a desobedecer a su padre! ¡Con qué derecho toma sus propias decisiones! El padre se la quedó viendo como si fuera el mismísimo demonio y le dijo: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva!
El hombre no discutió más con la muchacha y arregló su matrimonio con el hijo de uno de sus amigos. A Lucila se le informó de la fecha en que se celebraría la boda, y estando su madre presente, recibió varias visitas de su futuro marido. Siempre fue grosera y fría con él, pero cuando el joven se marchaba, ella se encerraba en su cuarto a llorar.
Su madre la veía con los ojos enrojecidos, sintiendo una enorme pena por ella y trataba de consolarla, diciéndole que era un buen muchacho y que sabría hacerla feliz. Días antes de la boda, Lucila empacó sus cosas, escribió varias cartas de despedida y se fue para siempre en medio de la noche.
En un pueblo lejano de su ciudad natal encontró trabajo como cocinera de una fonda, en cuya parte trasera había un cuarto que el dueño le rento. Mientras vivió en aquel lugar, se ganó el respeto de todos porque casi formaba parte de la familia del dueño de la fonda. Pero Lucila se comportaba como una mujer muy adelantada a su época, pues tenía la loca idea de independizarse, por lo que decidió irse a vivir a una cabañita situada en las afueras del pueblo, que le rento una viuda.
Desde el momento en que se instaló en su nuevo hogar, comenzó a despertar sospechas. Durante aquellos tiempos se creía que sólo las brujas vivían solas, porque necesitaban la soledad para planear sus fechorías y entrevistarse con Satanás; otro punto en contra, era que la casa estaba completamente aislada. La gente comenzó a murmurar y a mal pensar las peores cosas de la muchacha.
Para aquella sociedad ignorante y prejuiciosa, cualquier mujer que se comportara de un modo diferente a lo que establecían los roles de su sexo, tenía que ser bruja. Lucila perdió su empleo porque su patrón no podía arriesgarse a que lo acusaran de su cómplice. A todos los sitios donde fue a pedir trabajo, le cerraron las puertas. Los amigos que había logrado hacer, le dejaron de hablar, quedándose completamente sola y sin dinero.
A su casa no podía volver, porque aunque su madre la recibiría con los brazos abiertos, estaba segura que su padre ya la había dado por muerta y nunca le perdonaría su desobediencia. Tenía un miedo horrible, pero no al hambre ni a la pobreza ni al rechazo de la gente, si no a la terrible Santa Inquisición. Debía de huir lo antes posible, a un sitio lejano donde nadie la conociera, antes de que la acusaran de bruja ante el Tribunal del Santo Oficio.
Una noche hizo sus maletas y se acostó temprano para escapar a primera hora del día; pero antes de la media noche, sonaron unos fuertes golpes en la puerta, despertó sobresaltada y aterrada. Estaba segura de que detrás de la puerta se encontraban los alguaciles de la temida institución. Aliviada suspiró cuando vio que su casera venía en compañía de unos hombres; la mujer le pidió que abandonara inmediatamente la casa, pues no quería tener una bruja como inquilina. Salió inmediatamente de la vivienda, pues ya estaba preparada y solamente tuvo que tomar sus cosas.
Al pueblo no podía dirigirse, era muy peligroso, tal vez ya la habían denunciado o la gente podría lincharla y hacer justicia por su propia mano. Entonces decidió cruzar el bosque para llegar al pueblo más cercano; entre la vegetación podía haber animales feroces o ponzoñosos, pero era preferible enfrentarse a esas criaturas que a los humanos.
Caminó durante varias horas bajo la más completa oscuridad y sintiendo mucho miedo por los sonidos que la rodeaban. Tuvo la mala suerte de tropezar con una roca, y al caer se dio un fuerte golpe en la mejilla. Cuando eran ya las siete de la mañana, llegó sana y salva a la entrada del pueblo; pero minutos antes, una serpiente había mordido a una niña, su madre había arrojado una piedra al animal, mientras éste huía, y alcanzó a darle un golpe en la cabeza.
Cuando Lucila se presentó, aquella mujer vio que traía un golpe en la mejilla y gritó: ¡Fue ella! ¡Fue ella! La muchacha sintió un fuerte dolor de angustia en el estómago, no sabía de qué se le acusaba, pero temió que ya hubieran llegado los rumores de sus supuestas prácticas de brujería. Varias personas se reunieron alrededor de las dos mujeres, y la madre de la niña mordida, dijo que Lucila era una bruja que se convertía en serpiente venenosa, señalando el golpe que tenía en la mejilla.
Las explicaciones salieron sobrando, pues todos le creyeron a la supersticiosa aldeana. Amarraron a Lucila, la montaron en una mula y la llevaron al pueblo donde había vivido, porque allí estaban las oficinas de la Santa Inquisición. El grupo de hombres, mujeres y niños que ingresó al pueblo, llamo la atención de todos y lo siguieron por curiosidad; se detuvieron ante las puertas del Tribunal, bajaron violentamente a Lucila de la mula y la arrojaron a los pies del inquisidor que salió a recibirlos. La madre de la niña explicó todo lo sucedido.
Esa misma mañana ya habían empezado a buscar a la muchacha, pues se había levantado una denuncia su contra.
La llevaron a la cámara de tortura, la desnudaron y la ataron de pies y manos. Un verdugo enmascarado le arranco los pezones con unas pinzas, otros se encargó de desgarrarle los senos con unas picas, y finalmente le metieron un hierro al rojo vivo por la vagina. Después la arrojaron a una celda inmunda y la dejaron allí varios días sin comer y obligándola a beber sus propios orines.
El auto de fe fue celebrado una semana más tarde, el pueblo entero se reunió para ver cómo quemaban a la bruja, todos estaban contentos de que si hubiera hecho “justicia”. Mientras Lucila se consumía en las llamas todos le gritaban maldiciones. En medio del horrible sufrimiento de ser quemada viva, recordó las palabras de su padre: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva! 

domingo, 25 de agosto de 2013

La mulata de Córdoba (Sucedió en la calle de la Perpetua, hoy primera calle de República de Venezuela)


Córdoba es una hermosa ciudad, construida sobre un pequeño montículo, sus huertos son fértiles y fecundos, en donde podremos encontrar deliciosas frutas como los mangos de Manila o el plátano, y si es de nuestro agrado, también podremos disfrutar de un deliciosos café. Esta ciudad posee un clima cálido muy agradable, que nos permitirá pasar un buen día explorando todos sus rincones, su gastronomía y sus costumbres.
Córdoba fue fundada durante el siglo XVII, época en que los negros sublevados por tenían en constante alarma a la población, pues asaltaban a los mercaderes, robaban a los pasajeros, resultando ser un obstáculo para el comercio y la Real Hacienda al interceptar el camino de Veracruz. Para poner fin a este problema, don Juan de Miranda, don García de Arévalo, don Andrés de Illescas y don Diego Rodríguez, vecinos principales del publo de San Antonio de Huatusco, solicitaron y obtuvieron el permiso del Virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para levantar una villa en la loma conocida como Huilango. La villa se declaró fundada el 25 de abril de 1618, tomando su nombre de uno de los apellidos del Virrey. En Córdoba, el café y el mango de Manila fueron aclimatados por el español don Juan Antonio Gómez.
Esta hermosa ciudad también es conocida por su historia y sus leyendas. Una de las más fantásticas y populares es la de la Mulata de Córdoba, que ha sobrevivido el paso de tiempo, gracias a que ha sido transmitida de generación en generación, ya fuera de manera oral o escrita.
Durante la época de la Colonia vivió en Córdoba una mujer que nunca envejecía a pesar de que los años pasaban. Nadie sabía quiénes eran sus padres, solo la conocían como la Mulata. La mayoría de la gente pensaba que ella era una bruja, una hechicera que había hecho pacto con el Diablo, quien la visitaba todas las noches, pues muchos vecinos aseguraban que cuando pasaban a las doce cerca de su casa, habían visto que por las rendijas de su ventana y de las puertas, salía una luz siniestra.
Otros más decían que la habían visto volar por los tejados en forma de mujer, despidiendo de sus negros ojos una satánica mirada, acompañada de una diabólica sonrisa con unos labios rojos y blanquísimos dientes.
Cuando se dejó ver por la ciudad, los jóvenes prendados de su belleza, se disputaban su corazón. A ninguno le correspondía, a todos despreciaba, y de ahí nació la creencia de que el único dueño de sus encantos era el Señor de las Tinieblas. Asistía frecuentemente a los sacramentos, nunca faltaba a misa, hacía obras de caridad, socorría a la gente pobre y acompañaba a los moribundos en su lecho de muerte.
Se decía que la Mulata tenía el don de la ubicuidad, ya que se le llegó a ver en distintos lugares a la misma hora, ya que se llegó a saber que estuvo al mismo tiempo en México y Córdoba; otras personas aseguraron que la vieron en una modesta casucha ubicada en un barrio de muy mala fama, al tiempo que otro la conoció en un vecindad, vestida con un aire vulgar.
La Mulata desempeñaba también el papel de abogada de causas difíciles y desesperadas. Por sus casa se les podía ver desfilar a las muchachas sin novio, las que estaban perdiendo la esperanza de atrapar marido, damas ricas y ambiciosas, militares retirados, médicos sin enfermos, abogados sin pleito, escribanos sin protocolo, jóvenes sin fortuna. Todos acudían a ella para que les solucionara sus cuitas, quedando todos contentos y satisfechos. La fama de aquella mujer era grande, ya que por todos los rincones de la Nueva España, su nombre era repetido de boca en boca.
Nadie sabe cuánto le duró su fama, lo que sí es seguro, es que se supo que había sido llevada a México a las sombrías cárceles del Santo Oficio. Aquella noticia tan buena, logró de milagro escapar de la Inquisición, causando gran atención entre todas las clases sociales, no se hablaba de otra cosa en la Nueva España; hubo incluso alguien que se atrevió a decir que la Mulata no era una hechicera, ni bruja, que había sido pretexto para que el Santo Oficio se apoderara de su fortuna, consistente en diez grandes barriles de barro, llenos de polvo de oro. Otros más decían que un hombre despechado la denunció porque no le había correspondido a su amor.
Pasaron los años, los rumores en torno a la Mulata estaban casi olvidados, hasta que cierto día todo mundo con asombro, se enteró de que en el próximo auto de fe saldría la hechicera con un cucurucho de cartón y una vela verde. Días después el asombro de la gente creció, cuando se enteraron de que la mujer había burlado la vigilancia de los carceleros, y según contaban se había ido a Manila.
¿Cómo le hizo para dejar a los señores inquisidores con un palmo de narices? Nadie sabía cómo había ocurrido todo esto, y un sinnúmero  de explicaciones circularon por toda la ciudad: que si el Diablo la había rescatado, que si los señores del Santo Oficio habían sucumbido a sus encantos, etc.
Los rumores descabellados cesaron cuando salió a la luz la verdad de los hechos. Uno de los carceleros penetró en el inmundo calabozo de la hechicera, quedándose maravillado al contemplar en una de las paredes, un barco dibujado con carbón por la Mulata, la cuál con tono de burla le preguntó:
- ¿Qué le falta a este navío?
- ¡Desgraciada mujer – contestó el interrogado - , si tuvieras temor de Dios, si te arrepintieras de tus pasadas faltas, si quisieras salvar tu alma de las horribles penas del infierno, no estarías aquí, y ahorrarías al Santo Oficio que te juzgue! ¡A este barco únicamente le falte que ande! ¡Es perfecto!
- Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, andará, andará y muy lejos…
- ¡Cómo! ¿A ver? 
- Así – dijo la Mulata. Con agilidad saltó al navío, un poco lento al principio, pero después rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por un de los rincones del calabozo.
El carcelero quedó mudo e inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, con los cabellos erizados y con la boca abierta, vio todo aquello. ¿Y después? Un poeta escribió lo siguiente:

Cuenta la tradición, que algunos años
después de estos sucesos, hubo un hombre
en la casa de locos detenido,
y que hablaba de un barco que una noche
bajo el suelo de México cruzaba
llevando una mujer de altivo porte.
Era el Inquisidor; de la  Mulata
nada volvió a saber; más se supone
que en poder del demonio está gimiendo.
¡Déjenla entre las llamas los lectores!