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domingo, 25 de octubre de 2015

El hombre que vio a los difuntos (Leyenda de Quintana Roo)

Cuando se aproximan los días de los fieles difuntos, es necesario realizar una labor fuera de la rutina, que consiste en adornar las viviendas, limpiar los espacios que rodean los hogares, sin olvidar los caminos; un altar es preparado con la Santa Cruz, se le coloca al santo una ropa de xookbichuy (bordado de punto de cruz), el altar es cubierto con mantel nuevo, se alistan los lakes (trastes de barro), las jícaras, los chuyuboob (bases de junco para las jícaras). Las velas de colores han de estar preparadas para los pequeños y las de cera para los mayores.
Se tiene la certeza que el 31 de octubre por la noche comienzan a llegar las ánimas de nuestros seres queridos para visitar lo que en vida fue sus hogares y recorrer los sitios conocidos. Hace algunos años, en vísperas de los finados, Francisco Chan había elaborado, muy cuidadosamente, un plan para tener el privilegio de ver a las ánimas o pixanoob.
Es creencia popular que cuando los perros aúllan por la noche, lo hacen porque ven a los seres de ultratumba que vagan en las inmediaciones de los jacales. La estrategia urdida por aquel señor consistía en impregnar un algodón con la secreción lacrimal de Boxní, su perro, y untarse en las pupilas la fibra humedecida, a fin de adquirir la agudeza visual y el don que se atribuye a los canes.
Al fin llegó la noche del 31 de octubre, negra como pocas; tan silenciosa y solemne que ni el canto del chochlem (la cigarra) ni el lúgubre mensaje del xoch (Tecolote) interrumpían la completa quietud del ambiente.
En el jacal del septuagenario Francisco dormían profunda y pesadamente sus hijos, nueras y nietos, mientras un delgado hilillo de humo esparcía discretamente en la estancia el aroma de un leño resinoso. Solamente él estaba despierto, dispuesto a correr el velo del misterio. Acarició a su perro como lo hacía por costumbre y luego procedió ejecutar el plan largamente meditado y madurado: con el líquido que manaba de los ojos del animal impregnó un algodón que de inmediato se frotó en las pupilas. Varias veces repitió a conciencia la operación y luego se retiró hasta un rincón de la casa, en el lugar estratégico donde, a través de los kolojcheoob (paredes de bajareque), podía mirar hacia el exterior.
La espera se inicia con la inquietud y la incertidumbre de atisbar en el arcano del más allá. A la respiración poco trabajosa acompañan los ronquidos de variada intensidad y ritmos y sonidos distintos, haciendo más tensa y nervios a la espera. Repentinamente, en la negra bóveda celeste aparecieron unos diminutos puntos luminosos, semejantes a cocuyos formados en columna; algunos segundos de avance permitieron distinguirlos como velas de una peregrinación que momentáneamente se detuvo para recibir las siguientes instrucciones: “Vayan a sus casas, vayan a ver a sus familiares; sin embargo, no olviden que deben regresar aquí mañana).
Un sudor helado, intensamente frío, bajaba de la frente a la garganta del intrépido Francisco, quien se sentía paralizado, totalmente petrificado como antiguo ídolo, mientras miraba avanzar en dirección suya, parsimoniosamente, un ser del más allá envuelto en alto ropaje, que sostenía la mano un si encendido. La figura fantasmal se detuvo junto a la batea y exclamó: “Voy a lavar mi ropa con esta agua”, asentó la vela y se despojó de su mortaja; acto seguido comenzó a escucharse el ruido característico del agua y de la ropa que se lava. Una ropa blanca, con fragancia de limpieza y de misterio quedó tendida en la soga, moviéndose lentamente, impulsada por los vientos de la medianoche.
Tras un momento de expectación, nuevamente el escalofrío recorrió la columna vertebral del anciano; la vela se desplazaba ahora como si fuera dueña de su voluntad y poseedora de movimiento, en dirección a la choza; crujió la puerta, leve pero claramente, y pasos de pie de descalzo llegaron hasta la mesa de la Santa Cruz. Una voz femenina muy familiar dijo: “Voy a beber el chocolate que está en la jícara con su pan”. Alguien sorbía chocolate de una jícara y comía pan dulce. La vela se había pagado y la oscuridad era total. Francisco se estremecía violentamente de pies a cabeza, su corazón golpeaba con vigor creciente el tórax como queriendo romper el pecho del anciano. Inesperadamente escucho muy de cerca la voz de su difunta esposa que le dijo: “Con que vives en el mundo, esposo; vine a verte porque deseaste mirar a las santas ánimas”. Un círculo blanco tomó las acciones de una cabeza con la mitad descarnada enseñando la cavidad ocular, una cavidad nasal y parcialmente las mandíbulas.
¡Fue demasiado fuerte impacto! Nuestro personaje sintió que el suelo se hundía bajo sus plantas, le fue imposible seguir respirando y, mientras todo giraba vertiginosamente en torno suyo, perdió el conocimiento, al mismo tiempo que escucho una voz remota que decía: “Tienes que pagar tu pecado; te espero en el purgatorio donde paga el hombre sus pecados”.
El canto de las aves mañaneras, el aroma del bosque la luz del sol que hacían huir, presurosas a las tinieblas, para refugiarse en las grutas y cavernas del inframundo, anunciaban un nuevo día. En la humilde habitación escenario del drama todo era agitación y enigma. Todos hablaban atropelladamente, aumentando el desconcierto. Miraban y señalaban, desde prudente distancia, el fémur que se encontraba sobre la mesa del Santo. Otros lloraban alrededor del tatich (anciano), quien hervía en fiebre con las mandíbulas herméticamente cerradas, sin poder emitir sonido alguno. Muchos curiosos miraban atónitos la mano impresa, como con molde al rojo vivo, en la puerta de aquella sencilla morada que de la noche a la mañana cobraba gran notoriedad.
Inútiles fueron los rezos del jmen (chaman), las atenciones de la yerbatera dzak yah. Don Francisco no salió de su mutismo y, cuando se realizaban los preparativos para el bix (ceremonia ocho días después), falleció. Kuch kib les dicen a los que mueren en el día de muertos.
Han pasado muchos años; sin embargo, los días 31 de octubre se escucha a los perros del poblado aullar nerviosamente en las cercanías de la casa donde se protagonizó la tragedia. Tal vez estén mirando dos figuras de ultratumba, con sus cirios encendidos, encaminarse hacia el hogar de sus descendientes: han de ser Francisco y su esposa. ¿Alguien lo quiere comprobar?

domingo, 18 de octubre de 2015

Las calaveras literarias

Las calaveras literarias tienen su origen durante el siglo XIX, pocos años después de consumada la Independencia. Surge cuando artistas y literatos del grabado se burlaban de los versos funerarios heredados del virreinato, pues esto se enaltecía nada los muertos con pocas o falsas virtudes; aquellos versos de banal ilustración llegaban en el ridículo.
Aquellos hechos y anécdotas fueron las bases para que surgieran las calaveras literarias como versos lacerantes en la pluma de los nuevos escritores mexicanos, quienes utilizaban su creatividad como un arma para cuestionar los excesos del poder y la lambisconería aristocrática. Las calaveras literarias nos hablan de la descomposición de los grupos en el poder, siendo el descaro de los políticos es tan sucio y bajo, que es mejor plasmarlo en una divertida calavera literaria. Se podría decir que la calavera es una venganza del pueblo, encabezada por los ilustradores y literatos, contra aquellos que dicen servir a la nación y forman parte de la mafia política.
Sin embargo, también existen aquellas calaveras dirigidas cariñosamente a personalidades del mundo artístico y de la farándula. Los versos dedicados a estas personas se basan en la vida privada y en su trayectoria; dedicar calaveras a un artista es un motivo de festejo.
En lo que se refiere a la iconografía de la Muerte que vemos junto al texto, viene acompañada de un pensamiento moral en Europa llamado la Danza Macabra, allá por el siglo XIV. En dicha danza, la Muerte con su guadaña en mano, se presenta ante los mortales para anunciarles que muy pronto morirán y que deben arrepentirse de todos sus pecados y tienen que dejar arreglado sus asuntos pendientes; al más allá se va ligero, sin bultos y sin carne que aquí se queda para corromperse. Esta es la imagen de la muerte que le damos de Europa, a la cual le agregamos el rostro de mi Mictlantecuhtli, Señor del Mictlán y el tzompantli; dichas imágenes son muy parecidas a las de un ábaco, con la diferencia de que las cuentas eran cráneos de los guerreros vencidos.
Pero será durante el siglo XIX, en la corriente literaria del romanticismo cuando las calaveras literarias comienzan a emerger. Uno de sus mayores representantes fue José Guadalupe Posada (1852-1913), quien creó la mayor cantidad y variedad de calaveras, como la famosa Catarina. Gracias a su fértil imaginación consolidó la tradición de las calaveras. Las impresiones se vendían muy bien en la Ciudad de México, en especial en el Día de Muertos.
José Guadalupe Posada cambió la imagen de la muerte, dejando a un lado su aire misterioso y macabro, para convertirla en personajes variados. La disfrazó de humor, a los personajes cotidianos les quitó la piel para dejar al descubierto todos sus vicios y miserias, dejándolos sólo con su osamenta.

Desde entonces el mexicano hace actos de reverencia e irreverencia hacia la Muerte que nos acompaña desde el momento en que nacemos. Y no nos queda más que saborear las deliciosas calavera y tras de azúcar, amaranto o chocolate; y también reírnos un buen rato a expensas de los políticos y sus visajes.

domingo, 19 de octubre de 2014

Representaciones de la muerte

Aunque la Santa Muerte parezca una novedosa veneración popular mexicana y no católica, se sabe que desde fines del siglo antepasado se comparte su culto con otros países latinoamericanos de tradición cristiana. Aunque se presentan algunas variantes y diferentes nombres, su origen y su esencia son los mismos. Para conocer estos orígenes, tenemos que remontarnos hacia el medioevo, cuando la Iglesia Católica predicó la Buena Muerte, cuyos creyentes conformaron cofradías y congregaciones para evitar tener una Mala Muerte.
Por tales motivos y otros de índole histórica-epidemiológica, como la peste, la muerte tuvo una larga gesta católica que se remonta en Europa hasta el siglo XIII y se insertó en el Nuevo Mundo después de la conquista en sus distintas versiones en todos los virreinatos.
Su representación iconográfica fue manejada en cinco versiones: el cráneo con los fémures cruzados, el cráneo simple, el cuerpo humano casi etéreo, el semidescarnado y el esqueleto seco.
Sin embargo, entre los siglos XVII y XVIII, en algunos lugares de Nueva España y Guatemala la muerte ya había sido bautizada por algunos grupos, como San Pascual Rey, Justo Juez o Presagiadora; en tanto que hoy en día se le llama San la Muerte, la Santa Muerte, la Santísima, San Bernardo, San Pascualito Bailón, la Blanca, Niña o Hermana Blanca.

La Buena Muerte

La Iglesia Católica sembró en las mentes a todos sus devotos desde el medioevo estar preparados cada día en espera de la ineludible muerte, habiendo cumplido con todo un ritual: tener una vida de sacrificios, respetar los diez mandamientos, hacer testamento o profesión de fe contando con buena salud, confesarse, comulgar y recibir los santos óleos en las vísperas finales para obtener el perdón de sus pecados. Así también, el cuerpo en descomposición debía ser enterrado según el ritual judaico, anhelando la resurrección y la vida eterna, promesas básicas que dicho credo ejemplifico con la crucifixión de Cristo y la muerte de algunos santos. Por otro lado, el alma acompañada por San Miguel, aguardará el juicio final en el cielo, en el purgatorio o en el infierno.
El temor por la vida eterna en el averno representó una de las preocupaciones más grandes de los católicos. El mundo creyente vivió angustiado por tener una Buena Muerte y se organizaron en  cofradías, las cuales garantizaron a sus miembros el cumplimiento de todos esos servicios antes y después de expirar, recibir el hábito escogido para que el Santo en devoción lo sacara del purgatorio, y cumplir con la obligación de orar hasta el fin de sus días para salvar el alma de sus iguales, así como darle a su cuerpo un sitio cercano al altar. En el fondo, todas las cofradías tuvieron como objetivo proporcionar a sus miembros un seguro de Buena Muerte. La efigie utilizada por la Cofradía de la Buena Muerte fue el Calvario con la Virgen, María Magdalena y Señor San José, y este último fue conocido como su protector.
Cuando los fieles ricos no tuvieron descendientes o herederos, su alma se convirtió en la única beneficiaria sus bienes se dedicaron a misas, rosarios, oraciones, obras pías, etcétera, para su rescate. Se cuenta el caso excepcional del poblano Andrés de Carvajal, quien dejó pagadas 600,000 misas.
Éstas disposiciones fueron para aquellos que tuvieron algo que testar, ya que la mayoría no gozo de ellas por no contar con los recursos económicos, a decir de las actas de defunción; sus almas esperaron la compasión de sus familiares y de los demás cuando se rezó por el ánima sola. Aunque la muerte fue democrática, la Iglesia no, así que los pobres fueron enterrados en los atrios o fueron a la fosa común, ayudados por alguna Cofradía penitencial.
Entonces, la Mala Muerte, como contraparte de la Buena Muerte, significó no tener al alcance dicho sacramentos, morir súbitamente o por accidente, ser enterrado fuera de sagrado o no haber dejado en orden sus últimos deseos, lo que garantizó al creyente terminar eternamente ardiendo en las llamas del infierno, para su gran horror.

Iconografía católica de la muerte

La calavera cruzada por dos fémures
Según nos dice la Biblia, la muerte surgió cuando Dios castigo a los primeros hombres, Adán y Eva, entre otras cosas con la muerte y los expulsó del Paraíso en donde hubieran sido inmortales. Por lo tanto, para recrear dicho dogma junto al más importante de los misterios de la religión católica, la Pasión de Cristo por la redención de los pecadores y su resurrección al tercer día, los teólogos utilizaron el cráneo cruzado por dos fémures para simbolizar al padre Adán, y con él la mortalidad de todos los hombres y el memento mori; la calavera empezó a ser el icono en la base de todas las cruces y éstas representaron “el triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte”.
Por su parte, los piratas y corsarios tomaron el cráneo cruzado como metáfora de “peligro de muerte”, razonamiento que debían de hacer inmediatamente quienes enfrentaran con ellos; hoy en nuestra cultura alegórica continua teniendo el mismo significado.

La calavera simple
Por su parte, la calavera simple se utilizó como símbolo para promover entre los católicos la reflexión sobre la sabiduría de la muerte. Este emblema acompañó a los santos y ermitaños que se retiraron del mundo para filosofar sobre la proximidad de la otra vida y la vanidad de los bienes terrenales. El mismo Niño Dios como “Niño de la Pasión” o de “las Suertes” duerme sobre ella, figurando al recogimiento sobre su futuro sacrificio.


FUENTE: Revista Arqueología Mexicana

domingo, 20 de octubre de 2013

Los cementerios: el sitio del sueño eterno



Durante los días de muertos, siempre leemos u oímos hablar sobre las tradicionales ofrendas, sus elementos y significado, sobre todo de la prehispánica, pero ¿y los panteones dónde quedan? Acompáñame a conocer más sobre este tema.
Durante la época de la colonia fue por mucho tiempo costumbre sepultar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias; algunas instituciones más tenían un lugar especial para los entierros, como los hospitales, así podemos ver que un lugar especial para el descanso eterno del cuerpo no existía.
En 1779 hubo una terrible epidemia de viruela y para atender a tantos enfermos se recurrió a la ayuda de los particulares: se dividió la cuidad en dos zonas y para atender a cada una se nombró una comisión, una de esta zonas abarcaba desde la esquina del callejón del Ave María a la Plazuela del Rastro y de allí a la Guarda de San Antonio Abad , donde sirviendo de zanja y yendo hacia el Poniente, hasta la calle de Necatitlán y por esta misma acera hacia el Norte, hasta la Pila de la esquina del Ave María; esta zona estuvo a cargo de Don José de las Torres, Don Pedro Camdereche, Don Francisco de la Cotera y Don Juan Manuel González de Cossío, y según los datos que registran los cronistas, en la semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre, hubo el movimiento siguiente:

Enfermos socorridos -------------------  403
Muertos --------------------------61
Convalecientes ------------------ 280
Existentes ------------------------ 62
SUMA -----------------------------403

Debido a esta epidemia, el señor Arzobispo Haro y Peralta improvisó  un hospital en el edificio de San Andrés, y como el campo que tenía era muy pequeño para enterrar, se decidió hacer un cementerio en un lugar cercano a la iglesia de Santa María la Redonda, llamado Santa Paula; fue bendecido por el mismo señor Arzobispo y lo entregó al hospital para su servicio.
En la víspera de la ceremonia de la bendición de los cementerios, se acostumbraba colocar   cruces de madera, siendo la mayor la del centro, y en cada una eran colocadas tres velas; durante la ceremonia el obispo se arrodillaba frente a la cruz principal, rezaba las letanías de los santos, esparce agua bendita en el cementerio y recita los salmos penitenciales, que consistía en elevar delante de la cruz oraciones que manifestaran la esperanza de la remisión de los pecados y de la resurrección de los muertos  y concluía con la bendición episcopal. Cuando el obispo delegaba sus facultades en algún presbítero, este hacía la bendición  pero con una ceremonia  menos solemne. Así, Santa Paula fue el primer lugar que existió en aquella época, destinado  para enterrar a los muertos.
Durante aquellos tiempo los testadores se preocupaban mucho de sus funerales y de su alma, esto podemos apreciar en los testamentos, por ejemplo en el de Juana de Sosa, esposa de Don Luis de Castilla, hombre prominente de la época cercana a la Conquista, en 1557 manda los siguiente: “Que le digan misa cantada de réquiem y que la entierren en la capilla que contiene el monasterio de Santo Domingo, que la acompañen  en el entierro cuatro curas de la Santa Iglesia. Ordena que se le digan cien misas en Santo Domingo, cincuenta en San Francisco, cincuenta en San Agustín y cien por las almas de sus deudos difuntos, en las iglesias que elijan sus albaceas”.
Los entierros eran hechos con mucha solemnidad; al morir una persona doblaban las campanas, dando tres toques para los hombres y dos para las mujeres, cinco por los sacerdotes y por los religiosos y más por los papas, cardenales, entre otras autoridades más.
El párroco iba a la casa del difunto acompañado de otras personas, con la cruz y el agua bendita, ordenándose la procesión al salir de la siguiente manera: Al frente iban las cofradías de los legos, después la cruz, luego el clero regular y detrás el secular, todos acomodados de dos en dos y cantando los salmos, en seguida de este acompañamiento iba el párroco, después el féretro llevado en hombros y por último los dolientes particulares, llevando todos velas encendidas.
Al salir el cadáver de la casa comenzaba a doblar las campanas hasta que la comitiva llegaba a la iglesia en donde se celebraban las diferentes ceremonias, según fuera la hora, y terminadas estas, el difunto era llevado  al sepulcro, acompañado de los clérigos que cantaban la antífona. Al llegar se bendecía la sepultura y se procedía al entierro, y con las velas apagadas se regresaba en el mismo orden a la iglesia.

jueves, 28 de octubre de 2010

¿Cómo se festeja el día de muertos hoy en día?

Una de las festividades más importantes en México, sin duda alguna son los Días de Muertos, la cuál se llevan a cabo el 1 y 2 de noviembre; en estos dos días la tradición es poner una ofrenda con una serie de elementos que la caracterizan, los cuáles podrás leer su significado en la publicación de hace una año así como también los festejos que se practicaban en la época prehispánica.En México se tiene una perspectiva diferente hacia la muerte, ya que en ningún otro país del mundo se colocan ofrendas en panteones o en las casas, y mucho menos compartir con el difunto la comida, bebida, quemar copal y un momento de convivencia con el ser querido como si estuviera vivo. A algunas personas esto les puede parecer macabro, pero es una tradición tan antigua y arraigada a la cultura popular de México, que esto simplemente ya es parte de nosotros; por su puesto esta tradición ha ido cambiando a través de los siglos.

Todavía se conservan hasta nuestros días muchos elementos prehispánicos en la puesta de la ofrenda, pero con la llegada de los españoles a tierras mexicanas en el siglo XVI, no solo cambiaría la forma de hacer este ritual sino también la forma de ver a la muerte, ya que los conquistadores infundirían el terror hacia ella, y según cuenta fray Bartolomé en sus notas que hiciera cuando viajo a las Indias, los españoles fueron de los más brutales y crueles hacia la cultura y creencias de los indígenas en lugares como el Caribe, antes de llegar a tierras más centrales como México.

Los antiguos mexicanos no conocían lo que era el infierno, pero los religiosos españoles les impusieron la religión católica, en base a sus costumbres politeístas trasculcaron aquellas costumbres, hasta que finalmente ganaran los españoles. Existen pruebas verdaderas de esta imposición de la religión católica, esto lo podemos encontrar por ejemplo en Amatlán Morelos en donde se puede observar una iglesia construida en la parte alta de una pirámide, y en la entrada principal de la primera se pueden apreciar un par de columnas de serpiente emplumada, esto tal vez puede ser símbolo de rebelión de los antiguos mexicanos hacia la nueva religión. Como dato curioso, en el pueblo de Amatlán es donde se cree que nació Quetzalcóaltl, y esto los visitantes con orgullo lo tienes plasmado en la entrada con un letrero que dice: “Aquí nació Quetzalcóatl con sus sandalias de oro”.

Volviendo a la época actual, comentábamos que los días 1 y 2 de noviembre todo mexicano que se precie tiene la obligación moral de poner una ofrenda para recordar a sus difuntos como se merecen, no importa en tamaño de esto sino la voluntad, la buena fe y el cariño con que se haga.

Desde los últimos días de octubre, se empiezan a realizar los preparativos para llevar a cabo estas celebraciones, esto lo podemos ver en poblaciones como los Alfareros de Chililco en Hidalgo, los de Amozoc en Puebla, Atzompa en Oaxaca, Santa Fe de la Laguna en Michoacán; en estos pueblos también se produce hermosa cerámica ornamental como candeleros, ollas, calaveras y recipientes utilizados en las ofrendas.

Los muertos también les dan modus vivendi a los vivos

Panes tradicionales

Los que también tienen un arduo trabajo en estas fechas son los panaderos, los cuáles realizan figuras antropomorfas pintadas con azúcar de diversos colores, entre los que podemos encontrar los tradicionales panes de muertos, roscas de la vida, pan cruzado, huesos de manteca, panes con figura humana y en forma de hueso. Desafortunadamente en la actualidad estas costumbres se van perdiendo poco en este mundo globalizado, dominando cada vez más las tradiciones extranjeras.

Calaveritas de todo tipo

Se podría decir que en México se practica el Canibalismo Simbólico con la costumbre de comer las tan populares calaveritas de azúcar que llevan nuestro nombre en la frente; las podemos encontrar de todos los tamaños y colores que podamos imaginar, también podemos encontrar calaveritas de gomita, chocolate oscuro y blanco.

Ceras, parafinas y un poco más

Estas industrias también en estas fechas están puestas como calcetines para la venta de cirios y veladoras de todas formas y colores. Los que comercian utilería, papel y artesanías se integran a la venta de artículos necesarios para la gente tenga a punto su ofrenda y altar.

Otros elementos indispensables

Tampoco debemos olvidar el tradicional copal, y otros elementos aromáticos que son colocados en la ofrenda; aquí este tipo de industria hace su agostazo y hasta su septiembre en pleno noviembre, pero también no olvidemos las siguientes: licores, flores, juguetes (para ofrendas de los niños), alimentos, entre otras.

Elementos de los que consta una ofrenda, importante actividad económica

El día 1 noviembre es cuando se espera a los “angelitos”, es decir, aquellos niños ya fallecidos y el día 2, se espera a todos los adultos que se adelantaron en el camino. Para recibirlos como se merecen, aquí se tiene un listado de lo que debe llevar nuestro altar:

  • El agua: Simboliza la pureza del alma; se ofrece a los difuntos para que sacien su sed del largo recorrido que hicieron desde el más allá, hasta el que fuera su hogar en vida, y se carguen de energía para su regreso.
  • La sal: Es el elemento purificador del alma; esta tiene el objetivo de que el cuerpo no se corrompa durante el viaje de ida y retorno, para el siguiente año.
  • Ceras: Nuestros antepasados utilizaban el ocote, pero pasaron a ser sustituidos por las veladoras, cirios y velas. La luz que estas irradian simbolizan la luz, la fe y la esperanza; también les ayuda a loes espíritus a encontrar el camino de regreso a su antigua morada. En algunas comunidades indígenas cada vela representa un difunto. Los colores de las ceras también tienen su significado; los cirios ó candeleros morados son señal de duelo y si se pone 4 de estos en forma de cruz representa los 4 puntos cardinales, así de esta manera al ánima puede orientarse mejor.
  • Copal: Los antiguos indígenas se lo ofrecían a sus dioses, pero con la llegada de los conquistadores se conocería lo que es el incienso. El aroma de copal invita a lo que es la oración y la alabanza, lo cuál tiene como función alejar a los malos espíritus para que el difunto pueda arribar sin peligro alguno.
  • Flores: Representan a la festividad, ya que adornan y aromatizan el lugar y de este modo el ánima se irá contenta al más allá. Para el 31 de octubre las flores que no pueden faltar son el alelí y la nube porque su color significa pureza y ternura, esto ayuda y acompaña las almas de los niños.En diferentes lugares del país se acostumbra hacer caminos de pétalos, los cuáles ayudan al espíritu a guiarlo del camposanto a su ofrenda y viceversa. La flor que se utiliza para estos menesteres es la de cempasúchil, que antes era una planta medicinal, pero actualmente solo se utiliza en estas fechas. Cempasúchil viene del náhuatl, que significa: veinte flor; efemérides de la muerte.
  • Petate: En algunos lugares todavía se estila poner este elemento, el cuál sirve para el descanso de las ánimas, así también como de mantel para colocar los alimentos de la ofrenda.
  • Para los niños: En este tipo de altares no deben de faltar el perrito izcuintle de juguete, así estas pequeñas se sentirán contentas cuando lleguen; la figura de este fiel animalito ayuda a las almitas a cruza el río Chiconauhuapan, que es el último obstáculo para llegar al Mictlán.
  • Pan: Es representado por la Santa Madre Iglesia como el Cuerpo de Cristo, y puede ser elaborado de todas las formas que podamos imaginar. Infaltable en nuestro altar.
  • El gollete y las cañas: Su simbolismo se remonta a la época en que se ponía el tzompantli. Los golletes son panes con forma de rueda y se colocan sostenidos por trozos de caña; los panes representan los cráneos de los enemigos vencidos y las cañas las varas donde eran ensartadas.
  • Retrato del difunto: Es uno de los elementos más importantes de la ofrenda; se dice que la imagen debe quedar escondida, de tal modo que solo pueda verse con un espejo, esto es para dar a entender que al se querido se le puede ver, pero que ya no pertenece al mundo de los vivos.
  • Ánimas del purgatorio: Estas imágenes se ponen para que el visitante obtenga la libertad, por si acaso se encontrara en ese lugar ó en si no contamos con este elemento, podemos colocar una cruz pequeña hecha de ceniza.
  • Imágenes de santos: Ayudan al difunto en su viaje y es un medio de comunicación entre vivos y muertos.
  • Mole pollo, gallina ó guajolote: Es uno de los platillos más típicos que preparan los indígenas para sus muertos.
  • Chocolate de agua por si acaso: Cuanta la tradición prehispánica, que esta bebida se prepara con el agua que utilizaba el difunto para bañarse, así de este modo los visitantes se impregnan de su esencia.
  • La infaltable calaverita de azúcar: Las de tamaño mediano nos recuerda que la muerte siempre está presente, y las chicas representan a la Santísima Trinidad y la más grande al Padre Eterno.
  • Agua manil, jabón y toalla: Por si el difunto desea asearse las manos.
  • Licor: Es para recordar los mejores momentos que tuviera en vida.
  • También a la ofrenda se le coloca lo que es el papel picado, aquellas personas de clase pudiente llegan a poner tela de seda ó satín.

En una ofrenda no importa en si su valor material, porque desde el más rico hasta el más humilde, si ésta la puso con la devoción que se les debe tener a los difuntos, éstos lo agradecerán desde el más allá.

Así que ya saben amigos lectores, no olviden poner aunque sea una pequeña ofrenda como Dios manda, así de este modo entre todos ayudamos a que esta bonita tradición no muera, a la vez que rendimos homenaje a nuestros difuntos.


sábado, 31 de octubre de 2009

La muerte en la sociedad prehispánica

Desde el principio de los tiempo los humanos hemos tratado de encontrar explicaciones lógicas de lo que ocurre entre la vida y la muerte, sobre todo en esta última, que se siente la necesidad de trascender de diferentes formas. El culto a la muerte se ha manifestado en todas las religiones a lo largo de la historia de la humanidad.
En el pueblo mexicano el culto a los muertos alimenta nuestra vida ritual. Entender el porqué festejar a la muerte es algo que define nuestra identidad como cultura y sociedad. En la cultura mexica a la muerte no se la daba el significado que le daba la Santa madre Iglesia, la cual dice que el cielo ó paraíso es un premio y el infierno un castigo. Las culturas antiguas creían que las almas tomaban distintos caminos, según la causa por la que hubieran muerto.

Lugares de reposo en el México Antiguo


Tlalocan: Uno de los caminos que tomaban las almas era el Tlalocan ó paraíso del Dios de la Lluvia (Tláloc); aquí lleganan las personas que habían muerto de causas relacionadas con el agua (ahogados, muertos por un rayo, gota, sarna, hidropesía, bubas, sacrificios en honor de este dios). Tlalocan era un lugar con abundancia, tranquilo, fresco y ameno. Los cuerpos enterrados como las semillas, para que luego germinaran.
Omeyocan: Este lugar era gobernado por Huitzilopochtili, dios de la guerra. Aquí llegaban aquellos que habían muerto en combate, en sacrificios y mujeres que morían al dar a luz. Estas últimas eran llamadas mocihuaquetzque (mujer valiente), pues también eran consideradas unas guerreras al librar una batalla a la hora de parir, ya que se debatían entre la vida y la muerte.
Podemos ver que la mujer era muy tomada en cuenta en esta sociedad, tanto así, que eran enterradas en el patio de palacio a la hora en que el sol se ponía, ya que lo acompañaría desde el cenit hasta su ocultamiento. La muerte de estas mujeres causaba alegría y tristeza a la vez, porque se pensaba que gracias a su valentía el sol las llevaba consigo. Por eso las parteras les dedicaban las siguientes palabras:

“ Habeís ganado con vuestra muerte la vida eterna, gozosa y deleitosa con las diosas que se llaman Cihuapipiltin, diosas celestiales. Pues idos ahora, hija mía muy amada nuestra, poco a poco para ellas y sed una de ellas”.

Mictlán: Este lugar era gobernado por Mictlantecuhtli, dios de la muerte. Aquí llegaban las personas que morían de causas naturales. Este lugar era oscuro, sin iluminación y de aquí las almas nunca podrían salir.
Para llegar al Mictlán el camino a seguir era muy complejo, pues por cuatro años debían transitar por distintos lugares antes poder llegar al Chignahuamitlán, lugar donde las almas de los muertos descansaban ó desaparecían. Para comenzar este largo y sinuoso camino, el difunto era enterrado con un perrito que le ayudaría a cruzar un río para poder llegar a Mictlántecuhtli, a quien ofrendaba manojos de teas y cañas de perfume, algodón, hilos colorados y mantas y los muertos del Mictlán recibían de ofrenda cuatro flechas y cuatro teas atadas a un hilo de algodón.
Los niños fallecidos tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, en donde había un árbol de cuyas ramas brotaba leche, de la cuál se alimentaban. Los niños volvían a la Tierra hasta que se destruyese la raza que la habitaba, así la muerte generaba vida.

Los entierros

Los entierros el cultura azteca variaban según fuera la persona que falleciera; si era un mercader, era sepultado con ropa y envuelto en mantas y plumas, con piedras preciosas, pieles de tigre, joyas de oro, y comida, porque correspondía a las mercancías que comerciaba.
Al ciudadano común se le sepultaba en mantas de plumas y papel, con jícaras, carne guisada, maíz y frijoles, para que tuviera alimento para el camino.
La sepultura de los guerreros era diferente; para ellos era llevada a cabo una solemne ceremonia en la plaza. Los ancianos, portando sus escudos y bastones entonaban cantos fúnebres acompañados del teponaztli. La ceremonio era dedicada al Sol, pues los guerreros muertos eran sus hijos. Estos funerales eran tan importantes, que cuatro días después se confeccionaban figuras semejantes a los difuntos, les hacían los ojos y la boca con papel y les colocaban plumas, bezotes y orejeras. Las figuras eran colocadas en un lugar especial para que las viudas les ofrecieran comida y tortillas, cubrían el suelo con pétalos de flores y encendían copal; y para concluir la ceremonia quemaban las figuras en una enorme hoguera, las viudas lloraban mientras los ancianos les daban palabras de consuelo.
Cuando un tlatoani ó gobernante fallecía, el funeral era de lo más suntuoso. En este caso los sacerdotes entonaban cantos fúnebres ó miccuícatl, había banquetes, los esclavos del difunto eran sacrificados para que lo acompañasen y sirviesen en el otro mundo, y una era construida una tumba muy alta. Para que el noble personaje no pasara pobreza era enterrado con abundantes riquezas, como joyas, mantas y plumas. Después había una procesión en la que iban los familiares, viudas y amigos. El cadáver era quemado, aromatizando la hoguera con copal, y se realizaban ceremonias por ocho días consecutivos.

Las ofrendas

Los entierros eran acompañados ofrendas con objetos que el difunto hubiera usado en vida u objetos que podía requerir para su tránsito al inframundo, como vasos, ollas, adornos, narigueras, concha nácar, caracoles, floreros y vasijas con forma de animales. La elaboración de objetos prehispánicos para las ofrendas era muy popular y no podían faltar; tenemos como ejemplos los vasos policromados mayas de Chamá, donde aparece animales subterráneos y nocturnos; también había instrumentos musicales de barro como timbales y sonajas con forma de calavera. Además se realizaban imágenes de dioses relacionados con la muerte, de cráneos en materiales como la piedra, cristal de roca y jade, braseros, urnas e incensarios con motivos mortuorios.
En estos ritos era muy común ofrendar los Tzompantli, que eran unas hileras de cráneos (con perforaciones a los lados eran ensartados), de los que habían sido sacrificados en honor a los dioses; simbolizaban la conclusión de un ciclo de 52 años y marcaba el inicio de otro, los Tzompantli se colocaban como representaciones escultóricas en sitios prominentes, cerca de los templo principales.