domingo, 28 de agosto de 2016

La esquina del degollado (Ciudad de México)

Esquina de la Pila Seca, ubicada en los alrededores del Bosque de Chapultepec y a principios del siglo XVII, fue el escenario de un asesinato vil, perpetrado por un hombre despiadado que, tiempo después, recibiría su castigo. Sin embargo, los vecinos del lugar padecieron las consecuencias de esta muerte, pues desde entonces son espectros se aparecía para exigir justicia sobre todo, venganza.
Cuenta la leyenda que el espíritu en pena era el de un buen hombre llamado Fernando, quien había sido asesinado por un hacendado de nombre Matías; éste le clavó su espada en el pecho y luego cortó su cabeza, abandonando el cuerpo junto a la Pila Seca. Se dice que el amor de una mujer fue motivo del crimen, pues ambos pretendían a Margarita, una hermosa doncella, hija de un oficial real.
Fernando y Margarita mantenían un romance a escondidas, pues el padre de la joven había decidido comprometerla en matrimonio con el hacendado. Una vez hecho el trato, la mujer estaba obligada a contraer nupcias lo más pronto posible y eso la tenía hundida en una tristeza profunda, pues sólo deseaba casarse con su amado. Para que nada ni nadie lo separase, un buen día, los enamorados decidieron huir juntos, así que acordaron reunirse por la tarde y planear la fuga para esa misma noche. Margarita acudió puntual a la cita, pero Fernando nunca llegó.
Cuentan que aquella noche la joven decepcionada se sentó en la pila, a llorar, cuando sus oídos llegó un gemido triste que la hizo correr asustada. Como el temor se apoderó de ella, grito que alguien la ayudará y de entre los árboles apareció un caballero que al reconocerla le ofreció acompañarla hasta su casa. La joven no pudo contenerse más y estalló en llanto al ver que el hombre que la acompañaba era Matías, su futuro marido, quien le acariciaba el rostro y el cabello, tratando de tranquilizarla para que pudiera contarle lo sucedido. Ella por su parte, creía en la falsa bondad de aquel hacendado, quien debajo de ese aspecto bonachón, escondía  las más terribles intenciones.
Al arribar a la casa de Margarita, el hombre pidió hablar con su padre. Matías deseaba desposar lo más pronto posible a Margarita por lo que solicitaba que se adelantará la boda. Cuando lo supo la desbastada joven, se encerró en su alcoba y dio rienda suelta su dolor. Su corazón fue presa de los más terribles recuerdos, al imaginarse nuevamente junto a su amado, a quien reprochaba haberla abandonado en aquel lugar.
Fernando era el primer y único amor de Margarita, ambos decidieron mantener su relación en secreto debido a que él, pertenecía a una familia humilde y no poseía ningún tipo de fortuna por lo que sabía que el oficial real se opondría tajantemente este matrimonio. Luego de tanto llorar, Margarita se quedó dormida; las ventanas de su habitación se estremecieron con un viento terrible, por lo que la dama se levantó para asegurarlas. En el momento en que  aproximó la cara a los cristales, lanzó un grito de horror; un espectro se acercaba ella y le pedía lo escuchara. Ella se desmayó. Aquella pobre mujer ignoraba que, aquel siniestro ser, era el espíritu de su amado Fernando, quien días atrás estaba tan ilusionado, como ella, por la huida que emprenderían. La pareja nunca imaginó que Matías, siendo nombre celoso y poderoso, mandó espiar a su prometida. Así fue como se enteró de que Margarita entregaba su amor a otro hombre.
Aquel día en que escaparían, Matías se apostó a los alrededores de la Pila Seca, cuando vio que Fernando se acercaba, impidió que el joven enamorado llegara a su cita, hundiéndole sin piedad una espada en el pecho. Fernando cayó moribundo y sus últimas palabras fueron para su amada, que metros más adelante lloraba por su demora. Matías no conforme y cegado por la ira que sentía, cortó la cabeza del joven y la arrojó en el caudal más cercano. Luego del sangriento asesinato, el hacendado escuchó a la desesperada Margarita. La mujer, precisamente en este momento, echó a correr pero se topó con Matías, quien se ofreció llevarla hasta su casa.
Pasaron varios días y Margarita no tenía noticias de Fernando, iba todas las tardes al rosario, con la única finalidad de encontrarse con él, pero nunca hubo tal encuentro, por lo que su corazón se reaccionaba a cada momento. Asistía además, al lugar donde solían encontrarse, sin embargo, parecía no haber rastros del paradero del joven. Por entonces, la gente comenzó a rumorar que en la Pila Seca se apareció un espíritu que vagaba exigiendo justicia y venganza; los pobladores se resistían a pasar por el lugar, pues temían toparse con el espectro.
Este aparecido también se presentaba todas las noches en la alcoba de Margarita, quien aterrada, gritaba que la dejara en paz. Su padre y la servidumbre se convencieron de que la mujer estaba perdiendo la razón, motivo por el cual, se pidió a Matías aplazar la boda, debido al estado de salud de la novia. Así, llegó la víspera de la boda, la mujer no había parado de llorar y de recriminar a Fernando por haberla abandonado. Cuando parecía morir de dolor, las ventanas nuevamente comenzaron a estremecerse y una ráfaga helada la envolvió. Minutos después una voz hueca y sepulcral le dijo:
-Yo acudía a la cita, cuando la espada de un asesino acabó con mi vida.
Margarita reconoció la voz de Fernando, quien prometió llevarla a un lugar donde pudieran vivir su amor eterno, pero para que eso sucediera, tenía que ir hasta la Pila Seca. El padre de Margarita le impidió salir de la casa y la obligó a dormir, pues se casaría a la mañana siguiente. Luego de la ceremonia, Matías la condujo hasta su casa en el barrio de Coyoacán; ahí Margarita se encerró en la habitación y se negó a participar de la magna celebración que el hacendado había preparado.
Los días pasaban y el hacendado no recibía respuesta de su esposa, quien se mantenía oculta en la alcoba. Por tal motivo, Matías intentó forzar la puerta, pero la encontró fuertemente asegurada; lleno de ira ingresó a la habitación y con desdén se dirigió a Margarita:
-Enterado estoy de tu deshonor. Antes de ser mi esposa entregaste tu amor a otro hombre. Pero esta falta ya está reparada.
La mujer comprendió que el asesino de su amado Fernando había sido el propio Matías, por lo que no pudo soportar su presencia y salió corriendo de la habitación. Esta vez fue encerrada por Matías y le advirtió que por fin consumarían el matrimonio. El hombre bajó a cenar y bebió dos botellas de vino, regocijante se dirigía a la alcoba donde tenía presa a su mujer; con dificultad introdujo la llave en la cerradura de la puerta, y cuando al fin pudo abrirla, sus ojos se exaltaron al ver ante él la cabeza de su obstinado rival.
Aterrorizado Matías corrió por la casa, sentía sobre sí las acusadoras miradas del degollado. Al llegar a la escalera de piedra, perdió el paso rodó dando tumbos hasta estrellarse de cabeza en el suelo. En ese momento doña Margarita atravesó el recinto y salió de la casa, actuaba como si estuviera hipnotizada. Iba a encontrarse al fin con su amado sin importarle la gran distancia que tendría que recorrer para llegar a la Pila Seca.
Se dice que todos los habitantes de Coyoacán vieron pasar a aquella mujer que parecía estar en un profundo ensueño. Aquella caminata concluyó el amanecer. Por la tarde Margarita fue encontrada sin vida al pie de la pila. Se cuenta que sus zapatos estaban destrozados por la larga travesía y se dice también que desde aquel día, el degollado dejó de aparecer en la Pila Seca y la ciudad volvió a la normalidad.

domingo, 21 de agosto de 2016

Dar lo más por lo menos



¡Qué mala, que malísima suerte, era la de Nabor Orihuela! Nunca le podía salir nada bien al pobre hombre; como dicen por ahí, andaba con el santo de espaldas. La fortuna era inconstante señora en la vida de este triste ser: clavó su rueda con firmeza y con los fuertes clavos que le puso ya no la dejó subir. No había cosa que emprendiera Nabor que le saliese bien. Decían que desde antes de nacer le echó terribles maldiciones una tal que fue amasia de su padre, quien la dejó en abandono para casarse, como Dios manda, con la buena y apacible madre de Nabor, el de la siniestra ventura.
La viruela le dejó múltiples e indelebles marcas en el rostro; la tiña le exterminó mucha parte del pelo; un mal de estómago le descompuso la salud para siempre la salud y le dejó permanentes agruras que le quemaban como brasas el esófago, también lo dejó muy flaco, los huesos se le transparentaban por la piel, toda arrugada y reseca. En sus tiempo de juventud anduvo en la soldadesca, y en una escaramuza sin maldita importancia, una bala de arcabuz mal dirigida le partió en dos el hueso de una pierna y para siempre se quedó con el paso desnivelado; en otra ocasión un lanzazo por poco le quiebra un ojo, solamente le quedó una ancha cicatriz que le pasaba desde la nariz hasta la oreja. Se casó después con  una buena y excelente mujer, y al poco tiempo viudo se quedó. Probó el amor con sufrimiento, su corazón estaba hecho un mar crecido de amargura, pasaron por él grandes avenidas de penas. Cada día traíale un sufrimiento nuevo y así tantos dolores y angustias le tenían hecho a prueba de trabajos, armó a su alma de resignación y no salía de paciencia; bienaventurados los mansos porque de ellos es el reino de los Cielos.
Fue Nabor oficial de péñola en el Consulado de Comercio; desempeñó bajo oficio con el almotacén del Ayuntamiento; después aún más ínfimo al lado del balanzario de la Real Casa de Moneda; en seguida sirvió como portero de la Alhóndiga; al poco tiempo en el hospital de San Andrés daba unciones en la sala del morbo gálico, pues allí quitaba Mercurio lo que daba pródigamente doña Venus; lo hicieron bedel en el Colegio de Infantes Músicos de la Catedral Metropolitana; fue criado que repartía comida en las oscuras mazmorras de la Acordada; pasó a la Sala del Crimen a atar legajos con el rojo balduque y de ahí lo bajaron a mozo de retrete. Cada vez empeoraba más el infeliz Orihuela, iba dando más miserable caída.
Andaba todo traspillado, roto y lleno de flecos, aunque algunos agujeros de sus viejísimas ropas los tapó de inhábil manera con remiendos a grandes puntadas. Prácticamente se moría de hambres en un cuartucho de extramuros de la ciudad; muebles no había entre aquellas cuatro paredes llenas de telarañas, de adobe descubierto, ahí el duro suelo tenía por cama el pobre Orihuela. Su fortuna y ajuar lo llevaba a cuestas y el testamento en una uña. Lo apretaba la necesidad y ya estaba en lo último de la miseria; no tenía en que caerse muerto, ni cosa que llevarse a la boca. Era Nabor Orihuela el más pobre entre los pobres.
Encontróse una mañana en el portal de Agustinos, también llamado de la Preciosa Sangre, con su amigo Oropeza, quien le comento que un alto ministro de nombre Tadeo Grajales, estaba buscando a una persona de fiar que mantuviera bien  barrida y sin telarañas, una finca que llevaba tiempo sin rentar. Nabor aceptó ir a presentarse con aquel personaje para que le diera el puesto. Don Tadeo le vio a Orihuela cara de hombre muy de bien y sacó de un cajón de su bufete una gran llave de hierro, y le dijo el número de la casa, el precio del arrendamiento, y le recomendó mucho el cuidadoso aseo de la finca para  que tuviera mejor ver a los ojos del interesado alquilador. Loa casa era muy vieja y maciza, del siglo XVI, con bastos balcones de hierro vizcaíno, dos enormes patios de elevados muros; el aspecto de la casona deshabitada era por demás asombroso.
Nabor Orihuela recorría aquellas vastas habitaciones vacías. ¿Quiénes habrían vivido en aquellos cuartos de elevada techumbre? ¿Cuál era la ocupación de esas gentes? ¿Alegre o plácida fue su vida, o acaso, se metió en ella como en la suya, la malaventura? ¿Cuántos habrían muerto en esas estancias? Pensando en esto le saltó inquieta en su cerebro esa idea peregrina: ¡”Ay, qué bueno sería si alguno de los que vivieron aquí hubiese enterrado dinero, se me apareciera y me dijese dónde está;  yo en recompensa, para el bien de su alma le mandaría decir dos misas!”
Desde aquel día Orihuela traía ese pensamiento metido en la cabeza, con  él se dormía y levantaba; a diario acudía a misa a las iglesias cercanas: Santo Domingo, la capilla del señor de la Expiación, San Lorenzo, la Enseñanza, y no hacía otra cosa más que pedir a Dios que le concediera aquel milagro que tanto anhelaba su corazón, repitiendo a su vez el ofrecimiento de las misas. No solo se le imploraba al creador, sino que también a toda la corte celestial; dicha petición la hacía a todas horas del día. Gastaba la noche en la oración y durante el día replicaba sus ruegos con más llanto y sollozos.
Una noche después de su miserable cena, Orihuela se hallaba sentado en el tranco de la puerta de la estancia anchurosa que tenía por morada en aquel caserón; mientras pensaba como escapar de su pobreza vio un bulto alto y blanco que salía de atrás del brocal del pozo, que caminó con pasos tácitos y lentos y al fin se paró inmóvil bajo el arco que unía a los dos patios. Tremendo susto se pegó Orihuela, estaba totalmente fuera de sus sentidos, y con el corazón a mil por hora. Aquella figura espectral sacó un brazo de entre la vaporosidad de la túnica que la envolvía y varias veces, con enérgico ademán, señaló un punto entre los cipreses; después desapareció de la misma manera en que había venido.
A Orihuela se le metió un frío muy sutil hasta el tuétano de los huesos y los seguían bañando copiosísimos trasudores. Por fin le entró el sosiego y con él una leve y graciosa alegría que le recorría el cuerpo. Apenas hubo amanecido salió en busca de las herramientas necesarias para sacar el tan anhelado tesoro de sus sueños. Poco después volvió a la vetusta casona, trayendo pala y zapapico y con diligencia se puso a abrir un ancho hoyo en el lugar indicado por el aparecido. Pronto quedó abierta una zanja, en donde aparecieron los amarillos huesos de un esqueleto humano, entre las costillas estaba un orinecido puñal. De pronto apareció un panzudo cantarillo; de puro gusto se frotaba las manos Orihuela.  “Allí están los dineros que voy a recibir como justa  recompensa de tantas y tantas desdichas y trabajos que me ha dado la vida. Ese oro es el que merezco, pues que oro ha de ser por lo pequeñín de la vasija”, se dijo a sí mismo seguro convencimiento y rebosante regocijo.  Y añadió: “Tu querido difunto, cuenta con un triduo de misas de sufragio con ornamentos negros, con  tus responsos, además de los rosarios y de los quince sudarios ya ofrecidos”.
Con un contundente golpe rompió el cantarillo, y en vez de encontrar un fabuloso tesoro, lo único que obtuvo fue veinticuatro centavos de cobre, negros y orinecidos. Orihuela estaba pasmado, no podía creer que el espectro se burlara así de su esperanza. Otra vez quedó ajeno a sus sentidos. Cuando le volvió el alma al cuerpo dio un gran puñetazo en el aire y comenzó a echar chispas por los ojos y hasta humadas por la narices, ¡y ni se diga lo que salió de su boca!, ¡puras maldiciones y más pestes!
Pronto se le bajó aquella terrible llama de furor al infeliz Orihuela, pues era de natural manso y pacífico, y con pasos arrastrados se vino caminando, lente y trabajosamente, con el cuerpo inclinado con agobio hacia delante. Se sentó en el quicio de la puerta y se puso a llorar.

domingo, 14 de agosto de 2016

La paz colonial

La llamada paz colonial, es cierto que en un periodo de tres siglos sólo se alteró contadas veces por movimientos de carácter político, pues el único que se puede citar de esta clase, por su trascendencia fue el promovido por los hijos de Cortés y los hermanos Ávilas, que intentaron separar formalmente en el siglo XVI la Colonia de la Metrópoli. Algunos otros intentos semejantes se registraron en el curso de los siglos XVII y XVIII, pero las ambiciones, más o menos notables, no vinieron a ser de importancia, sino a fines de la última de aquellas centurias y a principios de la siguiente, en que se crearon cuerpos de ejército permanente o se acantonaron tropas, cuando asomaba el peligro de ataque de enemigos extranjeros.
Las conspiraciones y sublevaciones que fueron más frecuentes obedecían a insurrecciones de indios que pretendían restablecer sus antiguos cultos idolátricos, o que eran víctimas de vejaciones en los minerales, maltratados por los corregidores y alcaldes de los pueblos, o que se levantaban en armas cuando el hambre los acosaba por la carestía de los víveres, que alzaban altos precios durante las pérdidas de las cosechas, por las heladas, escasez de lluvias y punibles monopolios.
En la llamada paz colonial, estuvo siempre en constante tensión la tranquilidad de los habitantes de rancherías, haciendas, pueblos y ciudades, por otro orden de acontecimientos, a saber: los asaltos, rapiñas y robos, de que eran víctimas los citados habitantes de estos lugares, que muchas veces fueron teatro de escenas en las cuales imperó la violación, el incendio y el asesinato.
Es interesante llamar la atención sobre algunas cosas y hechos, que demuestran el estado continuo de alarma en que vivían los vecinos y las mismas autoridades en aquellos tiempos, que por no ser bien conocidos se han juzgado de paz envidiable. Las casas, los templos, los monasterios y los edificios públicos, eran verdaderas fortalezas por su aspecto exterior. Gruesos los muros, coronadas las azoteas de torreones y almenas; con fuertes rejas las claraboyas, las ventanas y los garitones. Las puertas de sólidas maderas forradas de láminas sostenidas con grandes clavos, y aseguradas en el interior por sendas chapas, pasadores y cerrojos de hierro, como si no fuera bastante todo esto, atrancadas con vigas que se introducían por sus extremos en agujeros hechos al efecto en los alféizares de las puertas y ventanas. Todavía más. Pesadas cadenas cruzaban por el interior de las puertas, con objeto de que, al entreabrirlas, se pudiese observar sin peligro quien era el que llamaba por fuera al sonar los aldabones. Otras tenían pequeñas ventanillas, bien enrejadas para ver también a los que las tocaban.
En el interior de las habitaciones, las puertas estaban provistas a su vez de trancas, picaportes, cerrojos y aldabones; y aún las ventanas que caían a los patios, estaban aseguradas con fuertes rejas; y los cubos de los zaguanes y en la parte superior de las escaleras, a la entrada de los corredores, había casi siempre portones de hierro o de madera.
No satisfecho los vecinos de la Nueva España con tal lujo de seguridades, despiertos o dormidos, estaban siempre armados y sus joyas y dinero, los encerraban en herrados arcones, en muebles llenos de secretos, en alacenas cubiertas con tapices, y muchos los enterraban para tenerlos más seguros. Vivían en continua alarma, temiendo los de las poblaciones lejanas de la capital del virreinato los asaltos de los indios bárbaros, que no respetaban sexo ni edad en sus rapiñas y homicidios. En las ciudades se repetían, noche a noche, en las calles, los robos a mano armada, y los escalamientos de las casas, a pesar de las rondas de corchetes y alguaciles, que con sus varas y farolillos por más prisas que se daban, al oír los gritos de auxilio socorro, casi siempre llegaban tarde.
Los caminos eran un doble problema para los viajeros y las autoridades. El que viajaba, previa confesión general y otorgamiento de disposiciones testamentarias, encomendaba su ánima a Dios y a todos los santos de que era devoto. Buscaba la compañía de los arrieros que conducían sus recuas sobre los convoyes de carros. Si era rico capitalista o hacendado, aparte de ir en cómoda litera o en coche monumental, tirado por dos o más troncos de mulas, se hacía seguir y rodear de números escolta de criados, que cabalgaban en buenos caballos con buenas monturas, vestido de cuero, y armados hasta los dientes, con espadas, machetes, puñales, pistolas, mosquetes y al arcabuces, llevando, además, recias reatas que también le servían como un arma de defensa.
No obstante tamañas precauciones, en las goteras de la ciudad, en medio del camino, al pie de una loma o cerro, junto a un río, a la entrada, en el centro a la salida de un bosque, al pasar un puente o al llegar un pueblo, los viajeros eran detenidos, vejados, despojados de sus vestidos, robados de todo lo que llevaban, incluso sus armas, y si ponían mucho poca resistencia, los mataban o cuando menos salían apaleados o aporreados.
Desde el siglo XVI, los caminos estuvieron infestados de ladrones y asesinos, los cuales formaban cuadrillas con sus respectivos capitanes, de a pie o de a caballo, bien armados o provistos sólo de garrotes, y unas veces eran indios que pertenecían a broncas e irreductibles tribus, y otras eran españoles, negros, mulatos o mestizos, desechos repugnantes del vicio o de la vagancia que imperaban en las ciudades coloniales; y no fue raro el caso en que tales cuadrillas estuviesen constituidas al mando de los hijos de nobles corrompidos arruinados.
En tiempos del virrey don Luis de Velasco, así el año de 1554, por el poniente noroeste de la Nueva España los asaltos de indios chichimecas fueron muy frecuentes. Por el año de 1569, los chichimecas estaban muy insolentes, haciendo gran daño a los viajantes que iban a Zacatecas, por lo cual había dado orden el virrey de que de distancia en distancia se erigieran presidios, principalmente en los puestos que llaman Ojuelos y Portezuelos, sitios a propósito para las emboscadas de aquellos bárbaros, y que aunque en el gobierno de don Luis de Velasco se habían mandado fortificar, parece que en aquella obra no se había puesto mano. En esto entendía cuando fue avisado de los indios huachichiles, que eran un ramo de los chichimecas, que hacían excursiones hasta Guanajuato, robando y matando cuanto encontraban.
Los reyes sucesores de Velasco y de Enríquez continuaron estableciendo colonias, que a medida que se poblaban se erigían sucesivamente en villas, pueblos y ciudades. En la parte más septentrional de la Nueva España, los asaltos de indios bárbaros llegaron a ser un permanente azote no sólo para los viajeros, sino también para los pacíficos vecinos de las pequeñas poblaciones, y aun para las ciudades de alguna importancia. Los asaltos eran seguidos de robos, violaciones, martirios de misioneros abnegados.
El pánico que sembraron los salvajes, obligó a los virreyes a no dejar de seguir estableciendo nuevas colonias militares, llamadas “Presidios”, que además del cuartel, tenían una iglesia, donde reside a los misioneros, pero cuartel e Iglesia presentaban en su construcción toda la solidez de una fortaleza.
En el interior del país, los bandoleros de otras razas y castas se multiplicaron durante los siglos XVII y XVIII. No hubo camino ni poblado que no asaltaran y robaran. Viajeros y habitantes vivían en perpetuo alarma. El gobierno español, reflexionando que no eran suficientes los cuadrilleros de la Santa Hermandad que infatigables recorrían los caminos, persiguiendo sin tregua colgando de los árboles a los bandidos, resolvió instituir el célebre Tribunal de la Acordada, privativa para perseguir, aprisionar y juzgar a los ladrones. Los jueces de este Tribunal, ejecutaron centenas de bandoleros, que como el famoso “Pillo Madera”, llegaron ser legendarios por sus crímenes.
En la misma ciudad de México, los asaltos y robos a mano armada tenían aterrorizados a los vecinos, por lo frecuentes que eran y por las circunstancias trágicas que algunos revistieron. Los azotes que se daban a los ladrones por las calles, montados en sendas cabalgaduras, eran espectáculos repugnantes, casi diarios, pero necesarios. La horca y el garrote funcionaban de continuo en la Plaza Mayor, frente a frente del Real Palacio.
Se necesitó, para atenuar tanta plaga de bandidos, que el talento y la mano férrea de un Revillagigedo, organizara un verdadero servicio de policía, y que con ejemplar actividad y severidad procediera a formar causas tan ejecutivas como la celebérrima de los asesinos de Dongo.
Resumiendo: la llamada paz colonial, relativamente a las conjuras políticas y a los intentos de emancipación, se mantuvo con más o menos dificultades y con sólo una guardia de alabarderos y las milicias que se organizaban al asomar una guerra, al estallar un motín, en los corregimientos y alcaldías; pero aquella paz colonial fue casi un mito en tratándose de la seguridad pública.

domingo, 7 de agosto de 2016

El Callejón de la Condesa (Leyendas de Guanajuato)

Uno de los lugares de provincia en donde más se cuentan leyendas, es sin duda en Guanajuato, sitio evocador en donde parece que se detuvo el tiempo, dando la idea de que en cada bocacalle saldrá un conde de capa y espada, o una carretela tirada de caballos de donde descenderá una elegante dama.
Cada residencia o callejón tiene su propia historia, relatos amorosos, trágicos, espeluznantes o cómicos, los que fueron conocidos y el vulgo se encargó de esparcirlos y que al paso del tiempo se convierten en una leyenda que se multiplica y no se pierde por ser parte de la vida misma del pueblo.
El Callejón de la Condesa, era una calle estrecha llamada de los Depósitos (conocida hoy como calle de Pocitos) a donde daba la puerta de la servidumbre de la Casa del conde de Valenciana. Esta residencia obra del arquitecto Eduardo Tresguerras, (al lado del antiguo Palacio de Gobierno de esta capital), fue escenario de importantes acontecimientos, de los cuales el que más destaca es sobre la vida de la condesa María Ignacia de Obregón de la Barrera, esposa del que fue primer conde don Diego Rul, llamado “Conde de Valenciana”.
Se dice que don Diego, bizarro y donjuanesco, cortesano y galante, caballeroso y diabólico, fue un aventurero hispano que vino a México a mediados del siglo XVIII, sin más recursos que los que traía puestos.
Cuenta Juan José Prado, que se estableció en la villa de Salamanca, provincia de la entonces intendencia de Guanajuato, en donde abrió un pequeño negocio de compraventa de semillas; pero ambicioso y audaz se relacionó con las autoridades de la Intendencia y de la Corona de España, logrando primero el título de Vizconde de las Tetillas de la provincia de Zacatecas y más tarde, el de Conde de Valenciana.
Comerciar con semillas se le hizo de poca categoría, más sabiendo de la bonanza minera en Guanajuato, con el descubrimiento que se hizo en 1767 de plata y oro, nuestro personaje cambió se dedicó a la minería.
Con el fin de descollar y hacerse indispensable, don Diego que ya para entonces tenía muchos amigos, gestionó ser nombrado comandante de las milicias provinciales, y se sabe que en varias ocasiones peleó al lado del general Félix María Calleja del Rey, distinguiéndose por su valor y disciplina.
El entonces vizconde de las Tetillas, era buen tipo, tenía unos enormes ojos soñadores, nariz larga, boca fina. Según el retrato que eligiera el pintor Roberto Montenegro, es un caballero pleno de marcialidad, de rasgos nobles y finos, lleva con bizarría el vistoso uniforme del coronel de las Milicias Provinciales. Era tan fino y caravamiento que parecía un embajador japonés, con actos de cortesía que enloquecían a las mujeres.
Este hombre ambicioso y enamorado, conoció a la condesa doña María Ignacia Obregón de la Barrera, hija de don Antonio Obregón y Alcocer y de doña María Guadalupe Barrera y Torrescano (este matrimonio tuvo tres hijos, don Antonio Obregón de la Barrera, doña María Ignacia que se casó con Diego de Rul y doña María Gertrudis, esposa de don Antonio Pérez de Andújar Gálvez, Crespo y Gómez, primer conde de Pérez Gálvez). Después de algún tiempo de noviazgo, pensaron en casarse, siendo ella una condesa, don Diego quiso obtener un título igual y logró el de “Conde de Valenciana”, entroncando con la casa de Valenciana, al unirse en matrimonio con doña María Ignacia.
Poco tiempo después de casados, empezaron las dificultades. Las hazañas militares en que participó siguieron en ascenso, contándose entre las más notables el asalto y toma de Zitácuaro, villa que redujo a cenizas por órdenes de Calleja casi en los albores de la Guerra de Independencia, acción que le valió la designación de gobernador de la Villa. Sus hechos de guerra se sucedían, así como sus aventuras amorosas.
Doña María Ignacia conocía sus andanzas, las “amigas”, se desvivían por irle a contar lo que sabían del Vizconde de las Tetillas, Conde de la Casa Rul y esto, le entristecía cada vez más. Se “murió” para el mundo, jamás volvió a salir por la puerta principal de su residencia, cuando tenía necesidad de arreglar algún asunto en la calle, lo hacía por la puerta de la servidumbre, quedaba el callejón de los Depósitos, y eso, a la hora en que nadie pudiera verla.
Se cuenta que doña María Ignacia la condesa de la Casa Rul y Valenciana, encareció como María Antonieta -en una noche- su pelo era completamente blanco, y su rostro, que aún era joven, se le enjuto poniéndosele apergaminado; sus ojos, de tanto llorar le quedaron chiquitos y saltones.
El tiempo corría su marcha irremediable y la condesa sólo sabía de su marido por lo que le contaban, las hazañas militares eran constantes, él acumulaba triunfos y ella, decepciones. Cuando incógnita salía la condesa, acompañada de sus doncellas, sentía que la gente la miraba, y ella, sin hacer aprecio aparente, sólo veía con el rabo del ojo las miradas de curiosidad que le lanzaban algunas personas. Un día en el mes de mayo, doña María Ignacia tuvo noticias de que su esposo, el intrépido don Diego de Rul, el conde de Valenciana, había muerto. Su deceso, en el cumplimiento de su deber, había sido en Cuautla, lugar glorioso para las gestas insurgentes. En el mensaje que le fue entregado decía, que el que fuera comandante de las Milicias Provinciales había recibido los honores militares póstumos que a su jerarquía y valor, correspondían…
La condesa no quería creerlo, aún amaba a don Diego su esposo, del que tenía esperanza regresara algún día pidiéndole perdón de sus calaveradas y ella, seguramente lo perdonaría. Con un dolor intenso, y un rasgo de nobleza, quiso ver a su esposo y emprendió el viaje hasta Cuautla, recogió el cadáver y se lo llevó a la Ciudad de México en donde le dio cristiana sepultura en la iglesia de San Hipólito, previas las solemnes y lujosas exequias que en su memoria hizo celebrar.
Sobre la muerte del conde, relata don Luis González Obregón: “Entonces un niño de 12 años de edad, llamado Narciso Mendoza, natural del pueblo y que a la sazón se hallaba oculto entre las casuchas del lado norte de la Plaza de San Diego, vio venir a la columna enemiga, de Dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y arrojado Jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba un alazán hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos ahogándose de fatiga, por el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron al parapeto donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y yacente soldados muertos, que habían caído allí mortalmente heridos, vitoreando a nuestra causa y a nuestro gran Morelos. El Niño Narciso Mendoza no espero más, saltó sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y allá, y corre en dirección a la pieza. Uno de los jinetes, prevenido de lo que el niño iba ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera, ella Narciso en el brazo derecho.
El niño, para no caerse se afirmó en su estaca, y rápido como el pensamiento que había concebido, tomó la antorcha encendida que se hallaba enclavada y dio fuego al cañón. Relampagueante la luz del fogonazo; el humo de la pólvora enciende los aires; el disparo base ensordecer los oídos estremecer el piso, la trinchera y las casas de la calle. El Conde de Casa Rul, cae herido y es llevado por los suyos para morir después. Su muerte fue el 19 de abril de 1814.”
Después de que la condesa de Casa Rul y Valenciana sepultó a su marido, regresó a Guanajuato. Aún se encerró todavía más. No quería ver a nadie, y sólo acompañada de sus dos fieles servidoras, asistía a misa. Jamás volvió a salir por la puerta principal de la residencia y dio instrucciones de que ni a su muerte, se violara su voto de no hacer más uso de la puerta principal de la casa de los Condes de Valenciana. Pocos meses le sobrevivió su esposo y su cuerpo fue sacado por la puerta trasera, la de la servidumbre, como muestra decía Juan José prado; “reiterada de su desagrado ante la infidelidad de su esposo, pues la noble dama, con ello, quiso significar que no se consideraba como la dueña de la casa, sino humilde servidora de su desleal marido…”
Después de la muerte de la condesa el callejón de Güirles, como se le conocía, se le empezó a decir “Callejón de la Condesa”, y así se le sigue llamando en recuerdo de aquella silenciosa mujer que como un espectro, salía de su elegante mansión por la puerta de servicio, para hacer patente su tristeza de ser “ninguneada” y despreciada por el hombre que había amado.
Esta historia es relatada con frecuencia por guías, en su mayoría niños, al hacer un recorrido por las calles de Guanajuato, como algo insólito, de pasión, o de locura…
Sin embargo, recién a la muerte de la condesa de Casa Rul y Valenciana, doña María Ignacia de Obregón de la Barrera, mucho se dijo que a alguna hora determinada, se escuchaba cómo se abría la puerta del Callejón de Güirles, y en silencio sale una mujer vestida de negro, que recorría las calles, llegaba a la Iglesia, y se perdía.
Otras personas llegaron a decir que por el callejón de la Condesa se veía caminar una mujer, como una sombra, la que rezaba en voz alta y que al seguirla, desaparecían una pared. A la fecha, al hacer un relato sobre esta leyenda en el propio Callejón de la Condesa, aseguran los relatores que ellos han visto “con estos ojos que sean de, los gusanos”, salir una mujer vestida de negro, con un manto en la cara, acompañada de dos jóvenes sirvientas. Esto sucede todos los días por la mañana.
Otros, aseguran, que las han visto sentadas frente al kiosco de la plaza, del lado en donde se encuentra la Posada de Santa Fe, propiedad de los Herrera Romo. Lo cierto es que en este bello Guanajuato, parece que se detuvo el tiempo y se advierte en el nostálgico Callejón de la Condesa, el espíritu de doña María Ignacia Obregón de la Barrera, la desdichada esposa de don Diego Rul, a quien tan mal sentaron la ambición, las mujeres… y los insurgentes.