Está ubicada en las calles de Moneda y Licenciado Verdad, antes llamada Cerrada de Santa Teresa la Antigua. Actualmente es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Palacio del Arzobispado
Leyenda del Convento de los Agustinos (Sucedió en el Estado de Michoacán)
En este hermoso estado de la República existe un
pequeño poblado llamado Cuitzeo, en donde podrán encontrar un convento; con un
desolado e inmenso atrio que estuviera guardado por tapias terminadas en arcos
invertidos, se levantaba la soberbia construcción. La enorme puerta del templo
descansa sobre una escalinata hecha de la misma piedra, coronada con una doble
cornisa que da soporte al amplio y hermoso ventanal, y encima de este podrás
ver un nicho con la estatua de piedra de la Magdalena; todos estos elementos se
encuentran rematados por la cornisa superior que cobija las insignias de la
orden de San Agustín y los escudos con el indio mexicano Metl (maguey). Ahora
caminaremos al lado norte de la fachada para ver un enorme estribo rematado en
una espadaña donde cuelgan el esquilón y la campana mayor; si nos dirigimos al
lado sur apreciaremos los ennegrecidos picos de sus almenas, las cuales
protegieron durante la época de la colonia a los arqueros y sirvieron de apoyo
para las culebrinas y arcabuces.
Para poder ingresar a este convento-fortaleza,
habrá que golpear con fuerza su puerta cubierta de grandes rosetones de hierro
y clavos forzados a martillo, puerta que fue profanada por primera y última vez
cuando los soldados del general Nicolás de Régules, emulando al Pípila, con
grandes piedras en la espalda destruyeron con hachas parte del postigo,
venciendo así la resistencia de los conservadores.
Detrás de la pesada puerta los grandes cerrojos
gravados a cincel y la gruesa cadena que a duras penas de abrir un poco el
postigo, rechinan quejumbrosamente para dejar el paso libre. Después de cruzar
la portería, ingresaremos a los claustros con sus grandes arcos y su patio de
anchas losas u un hermoso brocal en su centro; en la parte media de las
columnas se encuentran los canalones sostenidos por grifos, serpientes y
dragones de piedra, de estos canalones se sustenta una bóveda subterránea capaz
de abastecer de agua de lluvia a la gran parte de las casas del pueblo.
sus gruesos muros de más de 3 m de espesor fueron
construidos en el año de 1550; patios, torres y almenas necesarias en aquella época no para encerrar
monjes, sino para resistir los violentos levantamientos de los indios que
entraban en las nacientes poblaciones españolas; y además numerosos subterráneos
construidos estratégicamente, que conducían a las afueras del convento y cuya
existencia está nuestros días es todo un misterio; sus pasillos en medio de los
muros, que según cuentan algunos tenían la función de emparedado los religiosos
delincuentes. Todos estos elementos combinados hacen de este convento un lugar
atrayente y a la vez macabro.
En el interior del templo hallaremos una escalera
monumental que se retuerce cuatro veces sobre sí misma para conducir al piso
más alto; cuenta con tres descansos, una cruz de cantera en el remate de la
baranda, más arribo un ventanal por donde entra la luz y y si nos asomamos
veremos una huerta, y la bóveda de clavería con aristas que forman nudos en los
rincones de los muros. Al terminar de subir la escalinata, una puerta se abre
para dar acceso a los claustros superiores y junto a ella la reja de una
ventana, en donde pondremos encontrar a altas horas de la noche la espectral
figura de un religioso en pena, esto claro está, si somos lo suficientemente
valientes para comprobarlo con nuestros propios ojos. Por la descripción que
dan los testigos oculares del fantasma, la gente asegura que es fray Hilario
García, quien en vida fue prior de este convento, dotó a la parroquia del reloj
público que ostenta y fue millonario porque gobernó el convento en los tiempos
en que tenía grandes haciendas como Cuaracurío, La Labor, La Pasera, entre
otras. Son memorables las fiestas que este religioso hacía en honor de la
patrona de la Provincia de Agustinos: la Virgen del Socorro; en medio de esta
ostentación, el buen hombre falleció y se cree que por haber quebrantado el
voto de pobreza su alma está penando en el mundo terrenal. Se dice que en una
noche de festejo un sacerdote agustino tuvo la ocurrencia de bajar por la
amplia escalinata, pero más grande su asombro cuando vio que el espectro de
fray Hilario quería bajar con él; el horrorizado religiosos regresó a su celda,
muriendo a los pocos días en medio de constantes alucinaciones, en donde el
espectro le decía que había un tesoro oculto en los muros del templo.
en otra ocasión el fantasma tocó la puerta de la
celda del padre Álvarez, religioso muy querido por la comunidad, que vivió
muchos años solitario en el convento y nunca pudo cantar misa por ser
aficionado al alcohol; bajo la
influencia de éste se encontraba esta noche, rápidamente se levantó y alcanzó a
ver la figura de fray Hilario que se alejaba, agarró una escoba y lo siguió
hasta que llego a los excusados, entonces el espectro volteo y le hizo una
señal para llamarlo, por el borrachito al ver que aquel rostro estaba
descarnado, regresó corriendo a su celda curado de la embriaguez.
Otra razón por la que se cree que ande penando el
religioso es la siguiente: Entre la escalera antes mencionada y los muros del
templo, hay un salón grande llamado la Celda Provincial, en donde jugaban a la
pelota un religioso y un cuñado de fray Hilario; cierto día sucedió que con los
rebotes del juguete se desprendió una capa de estuco de la pared norte, dejando
a la vista un tapón de madera empotrado, el asombro de los jugadores fue
mayúsculo cuando se dieron cuenta de que por la abertura que dejaba libre el
tapón cabía todo el brazo. Ante tal descubrimiento, fueron a dar cuenta al
padre prior que era en aquel entonces fray Hilario, quien los regaño para que
no se volvieran a meter con lo que tenía ahí guardado. Al poco tiempo el
religioso cabo un boquete detrás del muro y extrajo seis barriles de dinero
cometiendo así la injusticia de no hacer partícipes a sus verdaderos
descubridores.
Muchos cuentan y refieren, que en el interior de
los muros de este convento abundan fabulosos tesoros enterrados o emparedados.
Se cuenta también que la Celda Provincial tiene una puerta en su lado oriente,
que da a una zote huela con un portal adosado al muro del templo; entre la
celda sorda y la celda por donde oían misa los enfermos, existe un pasillo que
ya queda dentro del muro del templo, en donde se puede encontrar una abertura,
que conduce exactamente atrás del altar de la Virgen de la Consolación, se cree
que está la verdadera entrada que conduce a otra subterránea, y este lugar es
donde se cree que está el famoso tesoro.
Cuando este relato comenzó en verdad a cobrar vida,
fue en el año de 1911, cuando se encontraba en la parroquia de cura o sacerdote
muy entusiasta, que mandó remodelar y reparar el convento; durante estos
trabajos descubrió un escondite e invitó a dos vecinos de la población para
ingresar al subterráneo. Con hachones en mano ingresaron al escondite, la
oscuridad era tan densa que éstos no les serán suficientes para iluminarse,
pero con la poca claridad que tenían pudieron ver los enormes sillares que forman
los cimientos del templo y en uno de ellos vieron con asombro la siguiente
inscripción en latín el sacerdote tradujo sus compañeros: «En el año del Señor
de mil quinientos setenta fueron
descargadas en ente lugar ochenta mulas con barras de oro y plata de la
conducta del virrey y que corresponden al Real Quinto de su majestad el
Emperador, que Dios guarde muchos años». En el preciso instante en que fue
terminada de leer la inscripción, los hachones apagaron súbitamente y fue
imposible hacerlos arder de nuevo, los ahí presentes llenos de horror salieron
en estampida del subterráneo, dejando su aventura para otra ocasión en que
estuvieran mejor provistos de luces.
Pocos días después el sacerdote recibió su cambio,
después llegó la revolución y ya para el
6 enero 1918 estaba por entrar a la
población el bandolero José Inés Chávez García, entonces el prior del convento
decide mandar tapiar la entrada del pasillo, quedando así cerrado el escondite
hasta el día de hoy.
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domingo, 16 de septiembre de 2012
La viuda resucitada (Leyenda de Guanajuato)
Allá por el año de 1860 se cantaban en las calles y
plazuela de Celaya unos versos o tonadas, algunas veces incluso se hacía
reparto de azucarillos; entre aquellos versos hechos canción, podemos encontrar
uno que nos relata sobre una terrible enfermedad que sacudió a la gente de
aquella época:
« Del Cólera
Grande el año
Por toditos
muy mentado
Y con horror
recordado,
Por su mucho
y grave daño;
En una triste
calleja
Del seminario
nombrada,
De una alma
atribulada
Se levantó
esta queja:
¡Virgen
hermosa del Carmen,
Has que en
este mismo día
Vuelva
conmigo mi madre!
Por la pena
acongojada
Así una niña
decía,
Y la Virgen
le volvía
¡Su madre
resucitada!...
Sí, Señor,
resucitada
En el mismito
panteón,
Donde la
hecho el carretón
¡Ya muerta y
engarrotada!»
La peste del «cólera grande» azotaba la región de
El Bajío, en la ciudad de Celaya a mediados de julio de 1833, la situación era
terrible, sobre todo entre la gente de menores recursos que moría por
centenares diariamente, sin que sus familiares pudieran comprar al menos un
miserable cajón para enterrar a sus muertos, ya que los pocos carpinteros que
quedaban vivos no podían dar abasto a la alta demanda de ataúdes que se
necesitaban.
Por si esto fuera poco, las autoridades implementaron como medida
de seguridad, que excede sepultarán inmediatamente los cadáveres para evitar en
la medida de lo posible que la peste se propagara, a cuyo efecto en las calles
eran recorridas constantemente por
carretones que recogían a los fallecidos casa por casa; sin dar más tiempo para
otra cosa, los cuerpos serán semienvueltos en un petate o cobija, después la
fúnebre carga era llevada al panteón de San Antonio, en donde eran arrojados a
una fosa común, que era segada con tierra en cuanto se llenaba totalmente,
llevando acto seguido a la parroquia una lista de todos los difuntos para que
fueran asentadas las «partidas de entierro».
Debido a la elevadísima tasa de mortandad que
generaba la peste, era prácticamente imposible que un médico declarara
legalmente muerto al infectado, lo que dio lugar a que más de una persona fuera
enterrada viva. El caso que vamos a conocer, es un ejemplo típico, pero resultó
distinto a los demás por que la población atribuyó tal milagro a mera
intervención divina.
En la calle del Seminario vivía una humilde familia
compuesta por don Alfonso Patiño, empleado de la fábrica de hilados y tejidos
de Zempoala, su esposa doña Elisa Ochoa de Patiño y seis niños, de los
cuales Rebeca era la mayor, llegando apenas a tener nueve años de edad. La
peste se encontraba en todo su apogeo, cobrando centenares de vidas, entre las
que se encontraron después los esposos Patiño, que murieron ambos el mismo día,
con diferencia de dos o tres horas; el llanto y los gritos de sus hijos eran
desgarradores, quedando el orfandad y el más triste desamparo, aquellos
lamentos Hicieron que los vecinos enterarán de lo sucedido, y cumpliendo con su
deber mandaron llamar a los encargados de recoger los cadáveres. La oscuridad
ya casi se hacía presente, cuando se dejó ir por la calle del Seminario el
taller de la campana que anunciaba la presencia del carretón de la muerte,
deteniéndose frente a la casa de los Patiño; el carretones ayudante recogieron
los cuerpos y los arrojaron en su carro, aquel espantoso cuadro era presenciado
por los niños que no paraban de llorar. Las ruedas chirriaron con un aire
siniestro, el carretón se puso en marcha lentamente, llevándose a los padres de
aquellas inocentes criaturas.
Cuando el carro hubo llegado al panteón de San
Antonio y había anochecido, por lo que los hombres se concentraron en arrojar a
la fosa los cadáveres, sin tomarse la
molestia de cubrirlos con tierra, pues ese trabajo le correspondía a los
sepultureros que ya parece ahora se habían retirado; al terminar se treparon a
su vehículo y se alejaron del tétrico lugar.
Las horas pasaron y un helado viento otoñal invadió
la gran fosa, haciendo que los árboles circundantes se inclinaran, en ese
momento uno de los cuerpos que yacía en el cementerio se movió, después trató
de salir, lográndolo con éxito: ¡era la señora Patiño que había vuelto a la
vida! ¡Qué horrible impresión debió haber pasado aquella pobre mujer al verse
rodeada de cadáveres! Impidiendo a toda costa que el terror invadiera su alma,
pensó en sus hijos que ahora estaban solos y abandonados.
Solo el instinto maternal le dio la fuerza
necesitaba en esos crítico momentos; apoyándose sobre las fríos y rígidos
cadáveres, logró ponerse de pie e tambaleando, logra acercarse a los bordes de
la fosa, que por fortuna no era muy profunda y con gran esfuerzo logra salir.
Ya afuera trata de cargarse de energías, apoyándose en la cruz de piedra de un sepulcro y,
abrazando el símbolo de la redención, permaneció por un largo tiempo en un
estado de inconsciencia, pues a diferencia de una mujer normal, ¡ella no mostraba el menor signo de miedo! Con trabajos
comenzó a moverse; casi arrastrándose logró hacer el recorrido desde el panteón
de San Antonio hasta la calle del Seminario, frente a la fábrica de hilados
Zempoala, llegando a la puerta de su casa casi al amanecer…
Mientras la mujer iba rastras hasta su casa, los
niños más pequeños cansados de llorar se habían quedado dormidos; los más
grandes, Rebeca y Pedrito de nueve y ocho años respectivamente, lloraban en
silencio, pensando que sería de ellos y de sus hermanitos al llegar el nuevo
día. En arranque de desesperación y dolor, la niña implora: “¡Oh, Madre mía,
Virgen Santísima del Carmen, devuélveme a mis padres!” En aquel momento se
escucha que tocan a la puerta. Los niños presintiendo algo inesperado corren en
el acto a abrir, recibiendo la mejor sorpresa de su vida: ¡era su madre ¡El
milagro había ocurrido!
La señora tardó varios días en recuperarse totalmente,
no tanto de la enfermedad, sino del choque nervioso que había sufrido. La
noticia de aquel milagro corrió como la pólvora por la ciudad entera, después no
faltaron almas de buen corazón que ofrecieran ayuda a la Viuda Resucitada,
apodo que el vulgo le diera por su repentino y milagroso regresos a la vida;
sucesos de los cuáles nació el siguiente poema:
Y la Virgen
le volvía
La Viuda
Resucitada…
Sí, Señor, resucitada
En el mismito
panteón,
Donde la echó
el carretón
¡Ya muerta y
engarrotada!
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Leyendas de provincia
domingo, 9 de septiembre de 2012
Las heroínas de la Independencia
El corazón de la mujer siempre ha encerrado los más
suaves y delicados perfumes, la santidad de la virtud, la piedad de la religión
y el cariño abnegado de esposa, madre e hija. La mujer mexicana entrega el alma
a sus hijos desde el momento en que nacen, protegiéndolos y alentándolos con su
ejemplo en los peligros y combates, entre el fragor de las armas y la rojiza
llama de los incendios.
Durante los tiempos de guerra, las mujeres
mexicanas recorrían las ciudades y campos de batalla, como diosas protectoras
anunciando el comienzo de nuestra independencia. Un testigo ocular de aquellos
acontecimientos, decía que las mujeres mexicanas, ya fueran casadas con
españoles o criollos, era secreta o abiertamente partidarias de aquel
movimiento; aunque esto les podría costar que fueran castigadas, pero su amor
por la patria era más grande que su temor. durante la revolución ella siempre
fueron fieles a la causa independiente, mostrando en la mayor parte de las
ocasiones su valor e intrepidez. Los nombres de estas grandes heroínas quedaron
inmortalizados en el papel y en la memoria del pueblo mexicano; algunas de
ellas muy conocidas, y otras más que en estos tiempos se niegan a ser
olvidadas.
Una de aquellas mujeres, es aquella que a la mitad
de la noche envía un emisario a Hidalgo, para informarle que la conspiración de
Querétaro fue denunciada, dando como respuesta el eco de las campana de Dolores
a doña Josefa Ortiz de Domínguez, que gracias a su oportuno aviso y sacrificios
posteriores, pasaría a ser considerada la primera y una de las más grandes
heroínas de la patria.
Otra mujer que sentía un gran amor hacia la
Independencia desde los 19 años de edad, era nada menos que el Leona Vicario;
quién improvisa correos, alienta a los tímidos, remite recursos a los independientes,
que protestan morir antes que denunciar a los conspiradores, que sufre
resignada una prisión de la cuál logra evadirse para ir en pos de la guerra,
llevando consigo una imprenta que reproduce los pensamientos y aspiraciones de
los patriotas insurgentes.
una vez que logra reunirse con los suyos, lucha
incansablemente y sin tregua por la patria.
Con luchar, ya que para comprar el bronce con que se habían de fundir
cañones en Tlalpujahua en el año de 1812, decide vender sus joyas; hecho que
despertó la admiración de todos lo que la rodeaban: heroína mexicana vende sus
joyas para defender y alcanzar la libertad de un pueblo.
No fue tan conocida como la Corregidora y Leona
Vicario, pero al igual que ellas, amante
de su país, fue la esposa de don Manuel Lazarín, doña Mariana Rodríguez del
Toro. Era la noche del lunes santo de 1811, cuando se encontraban en su casa reunidos en una
amena tertulia Lazarín y un grupo de amigos, quienes no eran muy afectos a la
independencia; después de las 8:30 de la noche la reunión se ve interrumpida
por un repique de las campanas de la Catedral y una salva de artillería. Tal
escándalo respondía a que el Gobierno virreinal festejaba con gran regocijo la
aprehensión de Hidalgo y sus compañeros, un triunfo para los realistas y una
tragedia para los insurgentes. En casa de la Lazarín y la noticia cayó como un
balde de agua fría, y entre el silencio de los tímidos surge la voz de una
mujer que clama por no dejarse vencer. Aquella noche nació la conjuración
conocida como la Conspiración del Año de 11, la cual fracaso, pero despertó el
espíritu del pueblo, a tal grado que pudo ser de en terribles consecuencias
para el gobierno español porque en ella estuvieron involucrados escritores,
abogados, miembros del clero y de la nobleza. Doña Mariana sufrió crueles
persecuciones y fue hecha prisionera junto con su esposo, siendo libre hasta el
año de 1820.
También en el campo de batalla luchando junto a los
insurgentes, hubo heroínas; de las cuales destacan Manuela Medina, originaria
de Tetzcoco y María Fermina Rivera, nacida en Tlaltizapan.
La primera fue conocida como «La Capitana», quien
estuvo muy involucrada durante la guerra, y para conocer al gran Morelos
emprendió un largo viaje de más de 100 leguas, y al final de la travesía dijo
que ya podía morir a gusto, al quedar despedazaba una bomba de Acapulco.
Manuela Medina murió su ciudad natal en marzo de 1822, por consecuencia de dos
heridas que sufren combate y que la tuvieron postrada año y medio en el lecho
del dolor.
Doña María Fermina Rivera, re viuda del coronel de
caballería don José María Rivera, y al igual que La Capitana, ella también
lucho junto con sus compañeros de guerra en el campo de batalla hasta el final,
sin nunca doblegarse ante nada. Murió en la acción de Chichihualco defendiéndose
con gran valentía al lado de don Vicente Guerrero en febrero de 1821.
junto a estas grandes mujeres, no debe faltar
Manuel Herrera, que pierde a su madre al nacer; y años más tarde decide unirse
a la guerra de independencia, por lo que decide quemar su hacienda para no
dejar recurso alguno a sus enemigos. Cabe destacar que ella alojó a Mina en el
rancho del Venadito, en donde cae prisionera con su huésped; es perseguida,
robada e insultada por una soldadesca
sin escrúpulos, situación que la obligó a vivir en los bosques desnuda y
hambrienta, pidiendo hasta el final de sus días a Dios por la salvación de la
patria.
La guerra de Independencia en México tuvo también
heroínas mártires. Los insurgentes nunca fusilaron a ninguna mujer del partido
realista, pero este último no se tocó el corazón para manchar con ellas sus
armas de sangre.
Era una noche en el mes de agosto de 1814, cuando
cerca del pueblo de Valtierrilla bajo las órdenes de don Ignacio García, un
grupo de realistas sostenía un combate con los patriotas independientes. En
aquella noche llovía a cántaros y el terreno fangoso y surcado de arroyos,
hacía más difícil aquella gloriosa acción, que duró desde las 8:30 de la noche
hasta las 7:30 de la mañana del día siguiente. En aquella batalla cayeron
prisioneros los patriotas Miguel Yáñez, José Esquivel y Eustaquia Hernández; el
jefe superior don Agustín de Iturbide no tuvo piedad alguna con los vencidos, y
decide mandarlos fusilar a todos, entre los condenados se encontraban María
Tomasa Estévez, a quien se le encomendó la tarea de seducir a la tropa debido a
su hermosa figura. Las ejecuciones se verificaron en la entonces villa de
Salamanca en el mismo mes de agosto de 1814. Aquella hermosa mujer murió por su
patriotismo y por su atractivo físico.
Como han podido ver ustedes amigos lectores, hubo
muchas más mujeres involucradas en la guerra de independencia de las que ustedes se puedan imaginar, pero
no son solamente aquellas que ustedes conocieron en este texto, ya que lo más
seguro es que muchos nombres se hayan perdido para siempre en esta batalla.
Faltan muchas más heroínas por mencionar, pero en una pequeña entrada del blog
es muy difícil darles un espacio a todas como Dios manda. En publicaciones
futuras iremos conociendo una breve reseña de sus vidas y de su lucha por la Patria.
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Festividades,
Independencia
domingo, 2 de septiembre de 2012
Como la gente se divertía en 1810
Los entretenimientos han ido cambiando a lo largo
de los siglos, de acuerdo a la época o circunstancia que se viva en ese
momento, un ejemplo claro lo tenemos en los niños que presenciaron la quema de
los condenados de la Inquisición, pues de aquí nació un juego en el que los
pequeñines quemaban muñequitos, lo que después diera origen a los famosos Judas
que hoy en día se les prende fuego en los festejos de Semana Santa.
Ahora vamos a detener nuestra máquina de tiempo en
el año de la Independencia para averiguar cómo se divertían nuestros
tatarabuelos en aquellos tiempos tan revueltos. A todos les encantaba asistir a
las Sombras Chinescas, que eran proyecciones luminosas que se hacían con la
ayuda de linternas, y sobre el fondo de un telón se proyectaban imágenes de los
episodios y hechos destacados que acontecían en aquel momento; estas
representaciones se llevaban a cabo en lugares cerrados, era algo parecido como
a un teatro de títeres, pero en vez de tener muñecos que representaran a los
personajes, solo se tenían puras sombras de estos. Se llegó incluso a
representar el grito de Dolores, llegando a despertar odios, desprecios e iras
en contra de los tiranos opresores.
Además de las Sombras Chinescas o representaciones
de cosas del día, había otros pasatiempos y diversiones en 1810. Era muy
socorrido ir por las tarde en coche en caballo o a pie, al paseo de Bucareli o
a dar la vuelta a la Alameda, en este último durante los tres días en que se celebraban los días
de Pascua de Espíritu Santo, lo paseos cambiaban al Pradito de Belén. El de la
Viga o de la Orilla, empezaba al igual que en los anteriores, en los días de
fiesta ya por las tardes el ánimo se empezaba a ver, desde el primer Domingo de
Cuaresma, hasta que concluía el día de la Ascensión.
Los asistentes a aquellas fiestas llevaban sus
mejores ropas y joyas; a los jinetes se les podía ver en briosos caballos,
luciendo sillas vaqueras ostentosas con
adornos de plata, sombreros galoneados, chaquetas, pantalones de cuero o
chaparreras con pieles de chivo, también muy ostentosas por los galones,
alamares y botonaduras de plata pura y plata quintada.
Por el lado contrario se encontraba la gente pobre,
especialmente en la Viga, que con
alegría y regocijo comían golosinas a la orilla del canal cenagoso, cubierto
por chalupas tripuladas por pintorescas indígenas floreras, ataviados con
trajes típicos, remando a la vez que ofrecían hermosas amapolas o perfumadas
rosas de Castilla; se podían ver también largas y anchas canoas con techos
decorados al gusto popular, en las que al ritmo de arpas, vihuelas, guitarras,
tamboriles y flautas, bailaban y cantaban jarabes y palomos, léperos y chinas,
charros y gatas, con deslumbrantes vestimentas por el hermoso colorido de sus
telas: el satín de los rasos de las faldas y chapines, el brillo de los
galones, lentejuelas y piedras de fantasía.
En 1810 había diversión al por mayor en las
pomposas procesiones del Corpus y de la semana mayor, así como también en las
letanías, las peleas de gallos, las corridas de toros, en las vísperas de las
fiestas titulares de muchos templos y conventos, las tocadas de las bandas de
música de los cuerpos militares, en las ejecuciones públicas, los reos
fusilados en la plaza de Mixcalco, los ahorcados en la picota de la Plaza
Mayor; en los dos últimos casos los coches llegaban desde las tres de la tarde
para alcanzar buen lugar, y poder divertirse de lo lindo viendo esta clase de
espectáculos.
Las personas pudientes lucían siempre sus mejores
joyas y siempre andaban al último grito de la moda; en cambio los que no podían
costearse tales extravagancias, siempre tenían la opción de sacar de sus baúles
olientes a canela o alcanfor sus mejores galas, pero por lo general se
conformaban con admirar el lujo le potentados son nobles; esto fue entonces
considerado como una diversión, ir al Palacio Real, o a los templos en las
festividades religiosas. Aquellos momentos pasaron a ser «los días en que la
corte se vestía de gala», y en los que debían vestir el uniforme los capitanes
generales, mariscales, brigadieres y oficiales del real ejército. Los días en
1810 fueron los siguientes: el 30 mayo, santo del Rey Nuestro Señor; el 13
agosto, Santos Hipólito y Casiano, patronos de la ciudad; el 14 octubre, años
del Rey Nuestro Señor; el 3 diciembre, días del Excelentísimo Sr. virrey; y el
12 del mismo mes, aniversario de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe,
Patrona jurada de esta Nueva España.
Durante aquella época no podía faltar la exhibición
de animales adiestrados, o personas
que tuvieran algún defecto físico de
nacimiento. Un ejemplo
lo tenemos a principios del mes de enero de 1810 cuando se
expuso a la vista pública en la calle de la cerbatana, a María Rosa, india de veinte años, cuya construcción
en el tamaño de su cuerpo era tan digna de notar, que solamente la vista podría
calificar el cómo la naturaleza se ensañó
para crear a criatura tan extraña; por lo que se describen los documentos
de la época, aquella muchacha tenía una estatura muy baja, no considerada como normal en aquella época.
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