domingo, 31 de mayo de 2009

El imperial convento de Santo Domingo



En 1527 fue iniciada la construcción de Santo Domingo. Años después, en 1550 la iglesia y la casa fueron reedificadas; en la obra intervinieron los canteros Francisco Martín, Juan Sánchez Talaya y Ginés Talaya. De la iglesia se hicieron cargo Claudio de Arciniega, Francisco Becerra y Juan de Alcántara (1557); éste último estaba asociado con la orden domínica y es muy probable que haya intervenido en la construcción Yanhuitlán, Oaxaca. En esos años se hizo un nuevo claustro, pues, se según los arquitectos, el que estaba se encontraba muy arruinada. La iglesia fue consagrada en 1590, muy suntuosa.
Se halla descrita por el cronista Hernando de Ojea y sabemos que la sacristía se adornó con obras de Pereyns, Requena y Zumaya, hacia 1579. Para 1720 se encontraba hundida y anegada, de tal manera, que se decidió sustituirla por otra iglesia, que le fue encomendada a Pedro de Arrieta.
El antiguo convento fue creciendo con el tiempo y sus dependencias aumentaron, en el siglo XVII fue remodelado y las capillas se fueron estrenando una por una. La del Rosario, y la de Puebla fueron, así como la de Santo Domingo, fueron obra de Medina Vargas Machuca, tubo retablos de Manuel de Velazco y fue adornada con cuanta palta poseía la archicofradía que la sostenía; en el siglo XVIII le fueron colocados retablos churriguerescos soberbios, obra de San Isidoro Vicente de Balbás (1745). La Capilla del Tercer Orden fue adornada con retablos de Esquivel y Tomás Juárez; y en el siglo XVIII la remodeló Lorenzo Rodríguez (1758), adornado con retablos de Anaya. La iglesia fue riquísima, todavía se conserva mucho; sin embargo actualmente se encuentra muy abandonado, ésta situación es algo triste ya que en México se está dejando que nuestro patrimonio sea deteriorado por el tiempo. Arruinado y convertido aún en patios de vecindad y vivienda popular, la última oportunidad de salvar lo que queda, probablemente se vaya para siempre, pues los problemas del Centro Histórico, superan los actuales propósitos de rescate. Sin embargo, no todo está perdido, todavía es posible conservar adecuadamente lo que aún subsiste, claro, si se hace el esfuerzo necesario.
La historia de la destrucción de Santo Domingo comenzó en abril de 1861; cuando fue demolida la barda del atrio, la galería de arcos de la portería, la capilla del Tercer Orden y la Capilla del Rosario; y todo esto para abrir un calle de los más tonta: Leandro Valle, que servía para tres cosas (para nada, para nada y para nada), pues no va ni viene a ningún lado.

domingo, 24 de mayo de 2009

Convento de San Diego de religiosos descalzos de San Francisco



El Convento de San Diego fue construido enfrente de la Alameda y fue patrocinado por Don Mateo Mauleón a principios del siglo XVII. En aquella época se estilaba que se heredaran los patronazgos, es decir, pasaban la responsabilidad a parientes cercanos; y dada la particularidad de haber sido propiedad particular de los patrones, después fue heredado al convento.
En San Diego se acostumbraba realizar una ceremonia anual, en donde los patrones recibían las llaves del convento y de manera simbólica se las entregaban a los frailes.
El patronazgo pasó por varios propietarios; entre ellos, los condes del Valle de Orizaba y el último conde –aquel que acompañó a la emperatriz Carlota a Roma – éste se lo escrituró a su primo Andrés Davis. Este caballero decidió entonces fraccionar la propiedad, temeroso de ser castigado por el gobierno; entonces, en 1867 puso a la venta varios lotes, entre ellos: la huerta, el noviciado y el convento.
La iglesia, que era muy sobria, fue reedificada en 1778 y fue construida la capilla de los Dolores y templo después pudo lucir dos hermosas cúpulas.
A mediados del siglo XIX el exterior fue remodelado y se impuso el clasicismo así el templo llegó renovado a los años de la Reforma. Al realizarse la remodelación, los retablos desaparecieron, pero en su lugar el convento era rico en pinturas y libros.
Se dice que en alguna parte del edificio fueron sepultados los condes de Orizaba, y que sus tumbas estaban de azulejos y se encontraban adornados con los escudos de la familia. Al desaparecer ésta parte del convento, los azulejos de las tumbas fueron colocados en las escaleras de la casa de los condes del Valle de Orizaba (actualmente Sanborns).
San Diego todavía se conserva en parte. Una fracción del convento y la iglesia y la capilla de los Dolores sirven de Pinacoteca Virreynal; lo demás fue convertido en estacionamiento, subestación eléctrica y edificio de despachos, y el noviciado en restaurante. La huerta desapareció.
Afortunadamente, ya se cuenta con un proyecto para reintegrar el conjunto, gracias a la Dirección de Arquitectura del Instituto Nacional de Bellas Artes.

domingo, 17 de mayo de 2009

El Convento de San Francisco


Se dice que existió una iglesia primitiva de san francisco en donde está hoy en día la Catedral de México. Los franciscanos decidieron mudarse a un lugar en donde pudieran estar cerca de los indios, frente a las acequias del occidente de la ciudad. En éste sitio habrían de obtener un enorme solar, capaz de dar albergue a la iglesia, la capilla de indios y el convento; es muy probable que esto haya ocurrido y que fray Diego de Gante dispusiera la escuela de indios en el enorme atrio de su convento.
La iglesia en un principio fue muy modesta, después fue reedificada, pero aun así era insuficiente; esto explica porque cuando hubo exequias para Carlos V en 1559, no se realizarían en la iglesia, sino en la capilla de los Naturales.
En 1590 fue levantado un templo y con el paso del tiempo se fue enriqueciendo y expandiendo sus territorios, pero todo esto se arruino con el hundimiento que sufrió de casi cuatro varas.
Como todos sabemos, antes se acostumbraba poner muchos ornamentos en los recintos religiosos; en el caso de ésta iglesia, contaba Torquemada que tenía un retablo que fue donado por Don Francisco de Heredia con un costo de 14 mil pesos, con 16 esculturas de bulto y tablas de algún afamado artista, que tal vez fue Echave de Orio, autor de las pinturas del retablo de Tlatelolco; entre otras donaciones tenemos una magna escultura de San Francisco sobre un mundo sostenido por cuatro ángeles, la Purísima Concepción estofada y policromada y el Calvario.
Entre los tesoros de San Francisco en el siglo XVII, se contaban dos frontales de plata, hechos por el masonero Miguel Ruíz Parra en 1657, y el servicio litúrgico (cálices, patenas, crismeras, etc.), realizado por Alonso Paris en 1663. En cuanto a los retablos, hubo uno, del Santo Despedimento, obra de Francisco Arjona Montalvo, que se trasladó a la capilla de los Naturales, éste artista también fue autor del retablo de Culhuacán y de un lateral para la capilla del Tercer Orden de San Francisco.
El convento viejo fue reedificado entre los siglos XVI y XVII; el claustro de 1649 se rehízo en 1701, el cuál adquirió un estilo barroco. Fue decorado con pinturas de Baltzar de Echave. Con todas estas modificaciones en convento tenía un aspecto imponente.
En el siglo XVIII el convento se reedificó nuevamente, junto con todas sus capillas, la iglesia grande fue reconstruida y estrenada en 1716, y a finales de éste siglo su retablo fue reemplazado.
La capilla del Tercer Orden fue reconstruida por Pedro de Arrieta, quien después se encontró en un gran predicamento, pues la obra no la realizó como era de esperarse; fue necesario pedir peritaje de varios arquitectos y por fin la capilla fue estrenada en 1732.
La capilla de Aranzazú, del siglo XVII fue remodelada en su interior a finales del siguiente siglo, pero le pusieron retablos neoclásicos.
En los siguientes siglos se hicieron otros trabajos de reconstrucción y remodelado. Benito Juárez, en el siglo XIX, nacionalizó los bienes de la iglesia y mandó demoler varios conventos e iglesias, entre ellos parte del convento de San Francisco. Años después fue construida la Torre Latinoamericana. Actualmente se da mantenimiento y lo único que queda hoy en día es la iglesia de San Francisco y en la panadería La Ideal todavía quedan vestigios.

domingo, 10 de mayo de 2009

Los Conventos de los frailes

En la historia de México los conventos fueron una parte muy importante a lo largo de muchos siglos; durante ese tiempo existieron tres órdenes de frailes en Nueva España: los franciscano
s (1523), los domínicos (1526) y los agustinos (1533).
Los conventos fueron construidos a distancias muy grandes unos de otros. Los dominicos y los agustinos se ubicaron en sitios opuestos respecto a la Plaza Mayor; Santo Domingo al norte, San Francisco al Occidente y San Agustín al Sur.
En los años que correspondieron al mandato del virrey Antonio de Mendoza (1535-1550), la cuidad se amplió poco a poco, entre ellas estuvo el levantamiento de de la iglesia agustina; y con el paso de los años muchos edificios fueron ampliados con la construcción de atrios, compra de terrenos y donaciones.
En la segunda etapa del siglo XVI, comenzó una nueva etapa en la cuidad con el Virrey Luis de Velasco (sucesor de Mendoza) solicitó los servicios de un arquitecto español muy reconocido en aquella época, llamado Claudio de Arciniega, el cuál fue maestro mayor de arquitectura de la Catedral de México y autor de su traza. En san Francisco hizo trabajos en la sala de Profundis; también construyó las iglesias de San Agustín y Santo Domingo.
Existen muchos datos importantes y curiosos de estos recintos, pero eso lo veremos más adelante cuando se traten más a profundidad.
Como decíamos, en la segunda mitad del siglo XVI, ocurrió una metamorfosis total con la llegada de grandes arquitectos, entre ellos Arciniega, Becerra, entre otros. Las construcciones primitivas fueron remplazadas por suntuosos y elegantes edificios con una fisonomía inscrita en el espíritu renacentista.
Hacia 1572, los jesuitas se alojaron en el convento de San Agustín, todo estuvo bien, hasta que en 1580-1585, cuando decidieron fundar su Casa Profesa, los jesuitas tuvieron que enfrentar muchos conflictos, pues no contaban con terrenos para hacer construcciones en la parte céntrica y los religiosos de otras ordenes, se negaron rotundamente a que fueran vecinos, y estaban en todo su derecho, ya que había derechos pontificios que los protegían, ya que estaba prohibido que se establecieran nuevas ordenes en un área de 400 a 1300 metros a la redonda; y tenían buenas razones para oponerse, pues sus limosnas y donativos reducían considerablemente.
Finalmente, después de algún tiempo, los jesuitas pudieron hacer su construcción en la Calle de San Francisco esquina con Oidores.
Pasaron los años y nuevas órdenes religiosas fueron llegando, como lo mercedarios (1582) y los carmelitas (1585). Los primeros, procedentes de Guatemala, tuvieron noviciado y colegio hasta 1593. Los segundos tuvieron que irse primero a la ermita de San Sebastián y después a los límites de la traza, donde hoy en día se encuentra la Plaza del Carmen. Otras órdenes menos conocidas, como los dieguinos, se establecieron en 1591
Las órdenes hospitalarias fueron instalándose poco a poco, hasta que la ciudad estuvo llena de conventos; los religiosos de cada orden portaban hábitos de distintos colores, con lo cuál se les podía distinguir. Los conventos de frailes se llegaron a convertir en auténticas ciudadelas, a ellos acudían diferentes sectores de la población para formar cofradías y hermandades.
Cada orden respectivo colegio: los dominicos tenían el Colegio de San Pablo y los jesuitas el de San Pedro y San Pablo y el de San Gregorio.
Sin embargo, el tiempo no pasó en balde, éstos edificios de religiosos, hoy en día se encuetran semidestruidos, mutilados, ó arrasados, en su época fueron una parte importante de la capital, dándole una fisonomía a la cuidad y enriqueciendo su nomenclatura. De todos ellos, ninguno de ellos se encuentra completo.
En las siguientes publicaciones visitaremos cada uno de los conventos de frailes, para conocer su historia, noticias y como fue su final y algunos casos, destrucción.
Primero conoceremos los conventos de hombres y posteriormente los de mujeres.

lunes, 4 de mayo de 2009

La carta misteriosa (Sucedió en calle de Zuleta, hoy Primera de Venustiano Carranza)

Corría el año de 1635, las calles se encontraban intransitables debido a una las grandes inundaciones que sufría México en aquella época, capital de Nueva España. El nuevo virrey (marqués de Cadereita) venía a tomar posesión de su cargo, pero debido a las inundaciones tuvo que irse por la calle donde vivía Cristóbal Zuleta.
La familia Zuleta era caritativa y devota a San Francisco. Muy al principio de la construcción del con convento de los franciscanos se mandó hacer una capilla en su interior, para así asegurar los rezos para los miembros de la familia que pasaran a mejor vida.
Años después, el patronato, pasó, por falta de descendencia directa, a una sobrina llamada Ana de Adune y Zuleta, que vivía en España; ella nombró capellán al cura De Silva, pero el sacerdote no pudio venir a la encomienda por falta de permisos; aún con esta situación el convento siguió funcionando, y también la capilla donde ocurrió nuestra leyenda.
Si todavía no sabes bien donde se encuentra este convento, estuvo en unan esquina de San Juan de Letrán, cerca de ésta había una fuente que con el tiempo desapareció, para venirse a instalar comercios y despachos.
Ya saben, el tiempo cambia todo, hasta la capilla de San Antonio, única en México por tener ¡dos pisos!; lo único que queda de ella son trozos de cúpula esmaltada con azulejos, y el “cuento de espantos”, aparecidos y fantasmas. Un fraile franciscano escribió este caso, quedando para la posteridad en papel.
Una noche un lego, encargado de poner aceite a las lámparas, para que el fuego ardiera en honor del Santísima, vio cerca de la flama ya moribunda un brazo y al final de éste una mano que sostenía una carta…
El lego, Lino Jiménez corrió a avisar al Provincial, con gran temor y exaltación de lo que había visto; acto seguido el Provincial hizo sonar las campanas para convocar a los religiosos a una junta urgente, pues el lego juró por su alma que lo había visto era real. En efecto, los frailes comprobaron con sus propios ojos lo que el lego relató, con duda y zozobra rascaron en su conciencia para buscar un motivo de aquel extraño mensaje. Después, bajo ordenes del Provincial, los miembros de la congregación pasaron uno por uno, para solicitar a la mano entregara la carta; pero a todos les negó la carta, moviéndose hacia arriba para no entregarla.
El Provincial intrigado, sacó su lista para ver si faltaba alguien, llamándolos a todos uno por uno, al ausente y por último se percató de que un religioso estaba ausente, y lo mandó traer de inmediato.
Aquel fraile faltante era ciego; poco después llegó acompañado de un lego, que era su lazarillo; una vez que estuvieron en frente de la mano, les entregó la carta y acto seguido desapareció por el muro, detrás de la lámpara del Santísimo. El lego, temblando sacó la carta del sobre y comenzó a leer; el padre provincial exigió información, pero el requerido, aterrado se puso de rodillas, dando gemidos y golpeándose rogó guardar ese secreto, a lo que el Provincial le concedió el “beneficio”. El lego pidió perdón por sus malas acciones a todos los presentes; éste recibió el perdón de todos.
Entonces comunicó que iba a arreglar sus cosas, pues debía hacer un viaje muy largo, por lo que solicitó retirarse, pidiendo a la congregación rezaran por su alma. El Provincial comenzó a entonar el “Miserere”, que es un canto de perdón, todos cayeron en rodillas para formar un coro.
Terminado éste, uno de los frailes se percató de que el lego se hallaba tendido en el piso cerca de unas bancas, cerca de la salida; algunos religiosos se acercaron a el, viéndolo inmóvil y otros, se atrevieron a tocarlo, comprobando con espanto que estaba frío; y cuando el padre Provincial se acercó a tocarlo, solo pudo tomar la ropa entre sus manos.
¡El cuerpo del difunto lego había desaparecido!