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domingo, 16 de noviembre de 2014

La fundación de México-Tenochtitlán

Después de mucho andar y discurrir por kilómetros, aquellos hombres encontraron un ojo de agua de gran belleza, en donde vieron cosas fantásticas y de gran admiración, las cuales habían ya pronosticado sus sacerdotes, diciéndole al pueblo por mandado de su ídolo: lo primero que encontraron en aquel manantial fue una sabina blanca muy hermosa al pie de la cual brotaba aquella fuente; después vieron que todos los sauces que rodeaban aquella fuente, eran todos blancos, sin tener una sola hoja verde, y todas las cañas y espadañas de aquel sitio eran blancas;  y al mismo tiempo que observaban tantas maravillas, comenzaron a salir del agua ranas todas blancas y muy vistosas; aquella agua salía de entre dos peñas, tan clara y tan limpia que asombraba.
Entonces los sacerdotes acordaron de lo que su Dios les había dicho, y comenzaron a llorar de gozo y alegría, y con gran placer dijeron: “ya hemos llegado al lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de este cansado pueblo mexicano; ya no hay más que desear; pues lo que nos prometió nuestro Dios ya lo hemos encontrado; pero callemos, no digamos nada, volvamos al lugar donde ahora estamos; donde guardaremos lo que nos mande nuestro señor Huitzilopochtli”. Regresaron al lugar de donde salieron, luego la siguiente noche apareció Huitzilopochtli en los sueños de uno de los hombres, y le dijo: “ya estaréis satisfechos como yo no os he dicho cosa que no haya sido verdadera y habéis visto y conocido las cosas que os prometí en este lugar, donde yo les he traído, pues esperar que aún les  hace falta ver más cosas; ya recordarán como os mande matar a Copil, hijo del hechicera que se decía mi hermana, y os mande que le sacaran el corazón y lo arrojasen entre los carrizales y espadañas de esta laguna, lo cual habéis hecho: saber que este corazón cayó sobre una piedra, y de él salió un tunal, que está tan grande y hermoso con águila habita en él, y allí encima se mantiene y come de los mejores pájaros que hay, y allí extiende sus hermosas y grandes salas, y recibe el calor del sol y la frescura de la mañana. Ir allá a la mañana, que encontrarán la hermosa águila sobre el tunal y alrededor de él, verán mucha cantidad de plumas verdes, azules, coloradas, amarillas y blancas de los pájaros con los que se alimenta del águila, y a este lugar donde encontrarán el tunal con el águila encima, le pongo el nombre de Tenuchtitlan”. Este nombre lo tiene hasta ahora hoy la Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada de los mexicanos se llama México, que quiere decir lugar de los mexicanos, y en cuanto a la disposición del lugar se llama Tenuchtitlan, porque tetl es la piedra y nochtli, que significa el tunal y la piedra en que estaba, y añadiéndole el tlan, que significa lugar del tunal en la piedra.
Al día siguiente sacerdote mandó juntar a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos, mozos y niños, sin que nadie faltara, y puestos de pie comenzó a contarles su revelación encareciendo las grandes muestras, mercedes que cada día recibían de su dios con una prolija plática, concluyendo con decir que “en este lugar del tunal está nuestra bienaventuranza, quietud y descanso, aquí ha de ser engrandecido y ensalzado el nombre de la nación mexicana, desde este lugar ha de ser conocida la fuerza de nuestro valeroso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón con que hemos de rendir todas las naciones y comarcas, sujetando de mar a mar todas las remotas provincias y ciudades, haciéndonos señores de oro y plata, de las piedras preciosas y joyas, plumas y mantas ricas, etcétera. Aquí hemos de ser señores de todas estas gentes, de sus haciendas, hijos e hijas; aquí nos han de servir y tributar, en este lugar se ha de edificar la famosa ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás, donde hemos de recibir todos los reyes y señores, y donde ellos han de acudir y reconocer como a suprema corte. Por tanto, hijos míos, vamos por entre estos cañaverales, espadañas y carrizales donde está la espesura de esta laguna, y busquemos el sitio del tunal, que pues si nuestro dios lo dice no duden de ello, pues todo cuanto nos ha dicho hemos hallado verdadero”.
Una vez terminada la plática del sacerdote, todos le dieron gracias a su dios, y por diversas partes entraron a la espesura de la laguna, buscando por una y otra parte, tratando de encontrar la fuente que el día antes habían visto y vieron que el agua que antes salía muy clara y linda, aquel día manaba una casi como sangre, que se dividía en dos arroyos, y en la división del segundo arroyo del agua salía tan azul y espesa, que era cosa de espanto, y aunque ellos pensaron en que aquello no carecía de misterio, no dejaron de pasar adelante a buscar el pronóstico del tunal y el águila, y después de andar por un rato, finalmente encontraron el lugar del tunal, encima del cual estaba el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él, y en las uñas tenía un pájaro con bellas plumas resplandecientes.
Apenas vieron los sacerdotes al ave, comenzaron a hacerle reverencia como si se tratara de cosa divina, y el águila al verlos, bajó la cabeza a todas partes donde ellos estaban, los cuales al ver el acto del águila y que ya habían visto lo que deseaban, comenzaron a llorar y a hacer grandes extremos, ceremonias y visajes con muchos movimientos en señal de alegría y contento, y en modo de agradecimiento decían: “¿Dónde merecimos tanto bien?, ¿Quién nos hizo dignos de tanta gracia, excelencia y grandeza? Ya hemos visto lo que anhelábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, ya hemos encontrado nuestra ciudad y asiento, sean dadas gracias al señor de lo criado, y a nuestro Dios Huitzilopochtli.

domingo, 26 de octubre de 2014

La cabeza errante

Crispante en todos sus detalles es esta leyenda del siglo XVI, que forma parte de la rica policromía de nuestras leyendas, la ofrecemos aquí con todas las reservas que es de imaginarse. Tú sabes si comprendes, cuídate de no andar por las noches de luna entre las sombras de copales y pirules porque puedes toparte con… ¡Ella!

Porque tus pies pueden hechizarse, porque tus ojos pueden hechizarse. ¡Porque tu vida puede acabar de pronto! Así dice textualmente cierto antiguo manuscrito, en el que se relata esta leyenda. ¿Quién es ella? ¿Qué cosa es lo que causa el terror y la muerte? Yo te lo voy a decir, porque ésta es cosa que han dicho los antiguos y los que la han visto. Si vas a caballo por los caminos de esta tierra, en noches de luna, desviarlo de estas sombras; si no lo haces, puedes tropezar con ella, y tú y tu cabalgadura, quedar allí muertos. Porque allí te quedarás, paralizado de pavor, mientras “ella” ríe con una risa sin sonido y te mira con unos ojos que no ven.
Tampoco, si eres caminante, pases sobre esas sombras que proyectan los ramajes bañados de luna; sus ojos taladran el corazón, y sus labios, que no hablan, pero al moverse perturban la mente. “Ella”, camina aunque no tiene pies y puede llegar hasta ti; bañarte con su aliento fétido inmortal, y te quedarás allí, muerto el grotesco, con mueca de terror. Mientras la cabeza errante, la cabeza horripilante, continuará reptando, vagando por las noches en los caminos. Siete veces, siete te lo digo, para que siete veces lo recuerdes. ¡No tropieces con esa cabeza errante!

Esta es la terrible advertencia de un viejo hechicero, tal y como obra en aquellos manuscritos. Más veamos la historia de esta leyenda aterradora.
Corría el siglo XVI: en los terrenos que hoy ocupa el Hospital Juárez, se levantaba una casona sombría y aislada, edificada por don Antón García y Ballesteros. Érase éste un español natural de Guipuzcoa, que ante el repudio de la colonia se había casado con bella mestiza; ella era se hacendosa, callada y buena, atributos que la hacían buena mujer para el español. Más parecía que una onda, profunda pena la embargaba y que la melancolía mordía su corazón, porque de tarde en tarde, la mestiza permanece estática muchas horas contemplando hacia lo lejos, lo que había sido señorío azteca, a lo que siempre su esposo acudía para saber porque siempre hacia lo mismo, pero ella respondía que solamente le gustaba mirar.
Pasaron los días y los meses y la mestiza parecía cada vez más triste, más ensimismada. A medida que aumentaba el refinamiento de la esposa de don Antón, así aumentaban sus celos, hasta que una noche, asaltado por un inexplicable presentimiento, fue hasta la habitación de la mestiza y misteriosa mujer. Mas iba a abrir la puerta cuando escucha fuertes ruidos y relinchos se caballos en la caballeriza. Se arma de paso y en cosa de segundos se planta ahí para averiguar con uno de sus criados lo que pasaba, quien le comentó que a  uno de sus caballos algo le había asustado, pues había salido huyendo desbocado y relinchando por el pantano, tampoco había visto a la mestiza. En ese momento voltearon y encontraron abierta la puerta del huerto, pero al salir al sólo advirtieren sombras ominosas que forma el follaje bañado por la luna, entonces el criado se percata de unas huellas frescas que hay en la tierra, siguen el rastro hasta que llegan ante la mestiza, pero no se percatan de su transformación. Bajo la impresión recibida por la repentina presencia de la mujer, el hermoso no se atreve a decir nada, hasta que mira hacia unos matorrales en donde hay un animal al que le comieron las entrañas; asustados prefieren irse a un lugar seguro, y cuál no fue su sorpresa cuando vieron que la mujer ya no estaba.
Cuando don Antón hubo subido a sus aposentos, encontró a su mujer profundamente dormida. ¿Cómo había logrado llegar tan rápido? Finalmente el hispano comprobó que su esposa sólo salía a dar esos paseos, las noches de los martes y los viernes, y eso le hizo avivar el fuego de los celos, pues amando a la mestiza, natural era que la celara.
Y una noche de martes, don Antón decide velar para ver cuándo su esposa abandona la casa; así era, si la mestiza se iba a entrevistar con alguien, ese alguien o era invisible o se tornaba en sombras y misterios. Un silencio absoluto, imponente, invadía huerto, los caminos, la tezcalera y el pantano.  Y ese silencio y el gran misterio que flotaba bajo la luz misteriosa de la luna, hicieron caer al español en un profundo sueño, y al despertar ya había amanecido, y su mujer ya se estaba levantando para arreglarse.
Envenenado por los celos, el esposo hizo un plan: fingiría alejarse de su casa, para volver en la noche y sorprenderla, aquel día era viernes. Escondida en una cueva cercana, Antón deja caer la noche, para poner en práctica su plan; después de amarrar el hocico del caballo, para evitar un relincho que lo denunciara, se dirigió hacia su casa. Como si fuese un taimado bandido, ata a su caballo a la sombra de un árbol grueso, con sigilo y emoción llega hasta el huerto, y empuñando su espada abre la puerta de la recámara de su esposa, comprobando la vacía. Más furioso aún porque piensa que su esposa se encuentra con su amante, vuelve a bajar para dirigirse al huerto, pero al pasar ante la puerta de la cocina, tuvo un extraño presentimiento, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Creyendo que su esposa está en el interior, ingresa para buscarla, algo se mueve entre las sombras, algo viscoso y terrorífico, Antón retrocede en busca de una gran luz; con su espada de la luz, penetrar la cocina con el temor invadiendo su alma, pero al alumbrar con su farol se halla con un espantoso descubrimiento: ¡la cabeza cercenada de su esposa! Más de pronto se detiene, se da cuenta de que no hay ni una gota de sangre en torno al cuello, ni en las cercanías, también movía los labios y de sus ojos brotaban lágrimas. El pobre hombre sale gritando desesperadamente para pedir auxilio, creyendo que a su mujer le habían dado muerte; entonces de la nada se le aparece un indio hechicero diciéndole que él es el único que lo puede ayudar; entonces le comienza a contar de su larga lucha a través de los siglos contra brujas como su esposa, y cabe aclarar que el español no debe contarlo a nadie: la mujer tiene la capacidad de abandonar su cabeza separándola del cuerpo; la cabeza pierde el habla, pero no la vida y el movimiento, y en muy raras ocasiones puede recuperar la voz; el cuerpo así tomar la cabeza de un animal o de otro ser deforme, y se va por el mundo a causar males. Cuando se aproxima al amanecer, vuelve a casa, recupera el cuerpo la cabeza que suya, y el hechizo termina. ¡Vuelve a ser normal!
Al enterarse don Antón de aquellos horrores, quiere salir corriendo de su casa lo más pronto posible, acto seguido el brujo le advierte que no lo debe hacer, porque si no la bruja lo perseguirá hasta hacerlo víctima de sus malas artes. ¿Entonces qué había que hacer? El español debía seguir al lado de ella, contando con la ayuda del indígena para destruirla, y la única manera de lograrlo es evitando que su cuerpo vuelva a recuperar su cabeza humana. Ambos hombres hicieron un pacto, y si el español llegaba a flaquear, caerían sobre él todas las maldiciones.
Amanece cuando don Antón vuelve a casa, encontrando ya normal a la mestiza. Transcurrieron los días sin incidentes y así llega el martes. Aquel amor que alguna vez había sentido por ella, ahora era una inmensa pavura.
Hace horas que le huerto, el tezcal y el pantano se han sumido en el silencio, cuando Antón se dirigió a la cocina; todo estaba quieto, la puertecilla abierta indicaba que la bruja había salido.  Entonces comienza por verter sal molida y blanca dentro de una escudilla, principio de aquel rito contra brujas, y hace las siete señales que indican la hechicería antigua, después se sitúa en el oriente sur de la cocina y rocía la sal a los cuatro vientos. Venciendo su pavor de acercarse a la horripilante cabeza cercenada, lleva la sal sobre la que ha trazado los siete signos, y recordando las palabras del hechicero: “… Coge la cabeza y aunque veas que sus ojos lloran, y aunque oigas que hable úntale la sal en el cuello, si demoras la bruja tendrá tiempo de recuperar su cabeza; hazlo sin titubear, porque ella ya se ha enterado de todo”.
Y sucedió una cosa horrible: mientras Antón le untaba la sal en el cuello, la cabeza movía los ojos abriéndolos desmesuradamente, y fue tanto su esfuerzo que al fin, de aquellos labios pavorosos  escapó una voz infrahumana, preguntándole,  ¿por qué le había hecho daño tan grande?, ¿qué mal le había hecho para condenarla a no volver a su vida natural?; También le dijo de lo mucho que lo amaba y lo feliz que era su lado, pero también debía dedicarse al oficio que había heredado de sus padres. Entonces la cabeza dejó caer amargo y doloroso llanto que conmovió a don Antón, quien después de todo había amado a la mestiza, retrocede horrorizado; más a pesar de todo su arrepentimiento, el mal ya estaba hecho, la sal hechizada escarchaba el cuello de aquella cabeza horrible.
Y dice la leyenda que Antón huyó enloquecido de dolor y arrepentimiento, y no se le volvió a ver por la Nueva España. Días después de este suceso, unos amigos que llegaron a visitar al matrimonio, hallaron el cuerpo sin cabeza de la mestiza; en el acto llegaron al Santo Oficio y los alguaciles, que en vano buscaron la cabeza de la mujer, a quien suponían asesinada por el esposo.
Pero la cabeza de la bruja había huido hacia los montes, buscando las sombras que proyecta bajo la luna el ramaje de los árboles; allí aguarda el paso de sus víctimas, a quienes mata para saciar la venganza que originó su muerte injusta a manos de su esposo. Sube a las ramas nudosas, se confunde entre ellas ¡porque es ella misma, nudos y muerte!
Y así dice la leyenda que ha ido rodando, rodando, y ha de rodar por los siglos y los siglos ¡eternamente! Muchos casos se cuentan de hombres muertos entre esas ramas, por donde rampante y siniestra se esconde la cabeza errante. En la misteriosa península yucateca, existe una leyenda similar que haya conocen por “pol”, que el lenguaje maya quiere decir cabeza. ¿Más, quien puede decirnos que esa cabeza con sus tremendos poderes, no pueda ser la misma? 

domingo, 16 de febrero de 2014

La leyenda de los volcanes


Muchísimas son las leyendas y poesías que se han escrito, inspiradas por el Popocatépetl y el Iztaccihuatl; entre las más importantes se encuentran los versos del poeta peruano José Santos Chocano:

El Iztaccihuatl traza la figura yacente de una mujer dormida, bajo el sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las complicaciones de una extraordinaria canción.

Iztaccihuatl - hace ya miles de años - fue la princesa más parecida a una flor,
que de la tribu de los viejos caciques del más gentil capital se enamoro.

El padre augustamente abrió los labios y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza del cacique enemigo clavada en un lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo, el festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fue a la guerra con esta esperanza en el corazón:
domó la rebeldía de las selvas obstinadas, el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes, la asechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados, por años de años gallardamente combatió.

Al fin tomó a la tribu, y la cabeza del cacique enemigo sangraban su lanzón.

Halló el festín del triunfo preparado, pero no así el lecho de su amor:
en vez de el lecho encontró el túmulo en que su novia, dormida bajo el sol,
esperaba en su frente el beso póstumo de la boca que nunca en vida la besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas el haz de flechas; y en una sorda voz,
conjuró las sombras de sus antepasados contra las crueldades de su impasible dios.

Era la vida suya, muy suya, porque contra la muerte de la ganó:
tenía la riqueza, el poderío; pero no tenía el amor...

Entonces, hizo que veinte mil esclavos alzaran un gran túmulo ante el sol;
amontonó diez cumbres en una escalinata como de alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada, y él mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y para siempre,
quedose en pie alumbrando en el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Iztaccihuatl; nunca los tiempos borrarán los perfiles de tu casta expresión.


Vela en paz, Popocatépetl; nunca los huracanes apagarán tu antorcha eterna con amor

sábado, 14 de septiembre de 2013

La piedra parlante


Transcurría el reinado de Moctezuma sin pena ni gloria, y un buen día se dio cuenta de que no había hecho labor alguna que preservara su memoria para la posteridad; entonces se le ocurrió mandar labrar una imagen de la diosa Cihuacóatl para ser colocada en el templo de Huitzilopochtli, que fuera de tamaño mayor y dos codos más alta que la que allí se encontraba. Así, los canteros y albañiles de los cuatro barrios de Teopan, Moyotlan, Atzacualco y Cuepopan, fueron a buscar un pesada piedra que para que labrasen una piedra como la que estaba arriba del Cú del Huitzilopochtli, excepto que debía ser mayor con una braza más de ancho y dos codos más alta.
Después de caminar durante un largo tiempo, al fin la encontraron  adelantito de Ayotzingo en Acolco, la midieron conforme les fue ordenado, tuvieron que ir después de diez a doce indios para sacarla de donde estaba para ponerla en un razo para labrarla; una vez que fue bajada llano comenzaron a darle la forma, los de Chalco les daba de comer a los canteros, pero después se acabaría porque en la ardua labor había treinta oficiales con picos de pedernal. Cuando la imagen fue terminada se le dio inmediatamente el aviso al rey Moctezuma y fueron para traerla todos los chalcas, chinampanecas y de Nauchteuctliu; y como la traían con tanto ruido por el gran peso, la llevaron hasta Iztapalapan, donde descansaron los indios dos o tres días, pero el día que iban a entrar a Tenochtitlán, Cihuacóatl hizo llamar a los chocarreros que eran los bailarines del palo cuauhtlatlazque o quahuilacatzoque, a los viejos cantes de teponaztli (instrumento de percusión) y a los sacerdotes con cornetas y atabales; y para que trajeran a la brevedad la escultura, los mayordomos fueron enviados para que llevasen de comer a los canteros y los principales que la traín, que tomaran su desayuno al alba, comieran a las nueve y merendaran a las tres.
Los perfumadores o sahumadores, que se les llamaba tlenamacaque, se dispusieron a ir donde se encontraba la imagen, llevando mucho copal blanco, grande y ancho, mantas ricas y pañetes, catles y cotaras; pero antes de partir la piedra  cortaron cabezas de codornices y empezaron a untarla de sangre y a sahumarle, después vinieron los bailes y cantos típicos. A pesar de todos estos estos rituales religiosos, se dieron cuenta que conforme iban avanzando era más difícil avanzar, era como si la piedra tuviera vida propia y se resistiera a que se la llevaran  a Tenochtitlán; ante tal extraño acontecimiento, fueron algunos indios a darle la noticia a Moctezuma.
En el segundo intento trataron de trasladar la imagen, pero con resultados infructuosos, y para ayudar en esta labor fueron enviados  todos los tecpanecas, serranos, montañeses, Chiapan, Xilotepec, Xiquipilco, Huatitlán, Mazahuacán; una vez que llegaron todos, finalmente lograron arrancar a la piedra del sitio donde estaba tan afianzada, pero en ese momento ocurrió algo que ninguno de los ahí presente esperaba: ¡la piedra habló! ¿Y qué dijo? Sigue leyendo.  “Por más que hagáis “, todos se quedaron mudos y la piedra prosiguió: “¿Que me queréis llevar? Pues no me he de rodar para ir a donde me queréis llevar”, lo presentes ignoraron sus palabras y continuaron con las labores de traslado, pero la imagen no tardó en protestar nuevamente: “Pues llevadme que acullá os hablaré”. 
Después de una larga y cansada jornada llegaron hasta  Tlapitzahuayan, y acto seguido fueron un  principal y un cantero  a dar aviso al rey de lo acontecido con la piedra protestona. Una vez que llegaron y le relatarle a Moctezuma lo sucedido, este pensó que los hombres estaban borrachos o que habían perdido y el juicio, mando a llamar a su mayordomo Petlacalcatl y le ordeno que mandara presos a ese par de mentirosos. Moctezuma envió a seis principales a gran prisa para que averiguasen que era lo que pasaba, los que arrastraban la pesada carga les contaron a estos exactamente la misma historia, y  ese momento la piedra habló: “Por más que hagáis no me llevaréis”, “Pues llevadme, que acullá les diré lo que será “. 
Los mensajes regresaron con la misma versión de los hechos y su testimonio sobre la piedra que hablo, a lo que el rey ordeno al mayordomo que soltara a los prisioneros; Moctezuma mandó a estos últimos que a que llamasen a todos los de Aculhuacán, Chinampanecas y Nauchteuctli para que fuesen a traer la piedra. Una vez que llegaron todos, lograron llevarla hasta Techichco, y para que la piedra se sintiera motivada de llegar a su destino final, los indios comenzaron traer cornetas y a cantarle, después comenzaron a tirar de ella, el trabajo se volvía cada vez más difícil conforme avanzaban, a lo que la piedra volvió a hablar: “¿No acabáis de entender vosotros? ¿Qué me queréis llevar? Qué no he de llegar a México,; decidle a Moctezuma ¿Qué para que me quiere? ¿Qué, qué aprovecha que tengo que hacer allá, y que vaya a donde tengo que estar arrojada? Que ya no es tiempo de hacer lo que ahora acuerda, que antes lo había de haber hecho, porque ya ha llegado su término de él, ya no es tiempo, y el Moctezuma ha de ver por sus ojos lo que será presto, porque está ya dicho y determinado, porque parece que quiere aventajar a Nuestro Señor, que hizo el cielo y la tierra, más con todo, llevadme que allí será mi llegada, ¡pobres de vosotros! Vamos caminando”.
La gente arrancó nuevamente a la piedra de su lugar, sin dejar de tocar las cornetas; llegaron a Tozititlán junto a la albarrada de Santiesteban, donde pasaron la noche. Nuevamente fueron a llevarle el mensaje de la piedra a Moctezuma, el rey quedó muy intrigado y pensativo sobre lo que les deparaba el futuro, pero finalmente decidió mandar sacerdotes para que le hicieran sacrificios de codornices, la llenaran de sahumerio, todos los viejos teponaztli fueron a cantarle y bailarle, para que así se entusiasmara aunque fuera un poquito.
Pero cuando llegaron al puente de Xoloco y estando justo a la mitad, la piedra dijo: “Hasta aquí ha de ser y no más”, dicho esto el puente se quebró cayendo  junto con los que la llevaban jalando, algunos perdieron la vida y otros más lograron escapar a nado. Los sobrevivientes corrieron a darle la noticia a Moctezuma. El rey fue a ver con sus propios ojos lo que había sucedido,  una vez que regresó a su palacio mandó llamar a los principales y los envió a Xochimilco, Cuitláhuac, Mízquic y Tlacochcalco para que reclutaran a los mejores buzos, y fueran a  averiguar al fondo de las aguas en donde estaban la piedra y la gente que se llevó consigo.
Moctezuma también fue al sitio acompañado de una sombrerera o quitasol al medio día, vio como ocho de los buzos se metían a las claras y cristalinas aguas, donde estuvieron aproximadamente media hora, después salieron les comunicaron al rey, los sacerdotes de los templos, y todos los principales mexicanos, que de la piedra y la gente no encontraron rastro alguno.
Entonces Moctezuma mandó a los canteros al sitio de donde habían sacado la piedra, y cuál no sería su sorpresa que en efecto ahí estaba todavía con el papel que le habían por cobertor y el copal blanco que le habían pegado, y para tener con que corroborar que esto era verdad, arrancaron el papel y rascaron el copal para llevárselo al rey. Y así termina la aventura que viviera una piedra de Chalco. 

domingo, 26 de febrero de 2012

El nahual


A fines del siglo XVI, el terror invadía los asentamientos de indios que se hallaba fuera de la traza de la entonces capital de Nueva España; los gritos atronaban la noche llena de aullar de perros y el llanto de los niños, un ser monstruoso mitrado hombre mitad animal causaba el pánico y el desconcierto entre las gentes timoratas. Aquel ser que corría, que desaparecía entre las sombras y parecía asaltar y volar, se robaba a los recién nacidos, entonces algunos hombres osados en defensa de sus hijos, de sus vidas y propiedades, le lanzaban flechas, piedras y lanzas, todo esfuerzo que hacían era inútil. Los habitantes consternados fueron al día siguiente a ver al cura de su parroquia para contarle lo sucedido, quien se molestó porque todavía los naturales creían en esas cosas y les dijo que se encomendaran a Dios. Los indios alejaban cabizbajos, sin encontrar el apoyo en quien pensaban podía ayudarles, porque no creía en lo que estaba ocurriendo.
Entre tanto el nahual continuaba merodeando cerca de la capital, saltando por los puentes y los ríos y provocando el miedo, muchos arrieros y viajeros vieron al monstruoso ser mitad hombre mitad coyote o fiera, con unas garras afiladas y unos ojos de felino, pero ninguno de los españoles aceptaba la existencia de esta criatura, hasta que una noche el nahual se metió a la casa de don Alvar de Ordóñez. Emitiendo un gruñido infernal, sacaba con sus garras lo que encontraba en un arcón, dentro de la alcoba de doña Mariana, hasta que gruñido de la bestia y la ausencia del marido, hizo que la dama se despertaré lanzar un grito de terror; los creados a lo oír los gritos de su ama, corrieron presurosos a auxiliarla. Al llegar hallaron a la mujer gritando en la ventana abierta, y al asomarse a la ventana pudieron ver a la criatura que corría por los tejados, llevándose cuanto había podido hurtar del arcón de su alcoba.
Don Alvar fue a ver a los auditores de la Santa inquisición para informarles de tan terrible suceso, pero si los curas se negaban a creer lo que decían era patraña, los del Santo Oficio no podían hacer nada, entonces el caballero decide ir al Palacio Virreinal, en donde entonces funcionaba el tribunal de la Acordada; allí fue recibido por el entonces famoso capitán Zendejas, espadachín valiente y héroe de las batallas de Flandes, quien escuchó con calma al angustiado hombre, pero una vez terminada la conversación el capitán le pidió pruebas de lo que estaba diciendo, ¿de dónde las iría sacar?
La suerte acompañó días después a don Alvar, pues caminando por la calle que se conocía como del Muerto (hoy Republica Dominicana), vio que venía en sentido contrario una india que vestía las ropas que le fueron robadas a su esposa, y ni tardo ni perezoso detuvo a la mujer mientras gritaba a todo pulmón, y no tardó en ser arrestada. El capitán Zendejas encontró pruebas suficientes, y la india que dijo no hablar español ni dio su nombre, fue encerrada en la celda, pasando gran parte de la noche lanzado al aire una chocante cantinela; y hastiado, cansado de escucharla, el guardia se acercó para gritarle que se callara, la india fijos sus ojos negros odiosos en el guardia y le aseguró que esa misma noche saldría de ese lugar, parte de las celdas daban hacia la calle que hoy es Corregidora y otra a Correo Mayor. Se cree que por una de estas calles se entró el nahual para liberar a la india, bajo el peso de la noche o de la madrugada, el capitán Zendejas vio incrédulo la forma en que había sido doblada la reja de hierro de la celda, pues tal parecía que fuera el mismísimo diablo quien entró una noche a casa de don Alvar Ordoñez, situada en la entonces calle de Cruz Verde, hoy Quinta de Regina; y todo lo destrozo,  así muebles como cortinajes de seda, brocatel, muebles y tibores de la China, y lo que fue peor, es que diera muerte a doña Mariana sobre su mismo lecho, en donde fue hallada degollada, con la garganta destrozada, tenía zanjadas horribles como de garras de una fiera pero el cuello era el destrozado por el que había escapado usual.
Aún sin que don Alvar se repusiera un poco de su dolor,  el capitán Zendejas le propuso un plan para dar caza al terrible nahual, pues éste no tardaría mucho en darle muerte a al afligido marido, y esa misma tarde decidieron ir con fray Baltasar Quintero para que les diera las armas que acabarían con la bestia; cuando el capitán llegó a ver al dominico, le entregó unas balas de plata benditas de arcabuz,  flechas para ballestas y de preferencia debían darle muerte en la mitad del pecho.
Esa misma noche, con el alma en un hilo, el capitán se apostó cerca de la cama de don Alvar, los otros soldados estaban distribuidos en ventanas y azoteas vigilando la posible llegada del feroz nahual, la noche estaba tensa en los monasterios y conventos  porque la hora del maitines estaba cerca; de pronto se recortó sobre el cielo de la entonces capital de Nueva España, aquella figura horrible espantosa, acto seguido el capitán da la voz de alarma y dispara el arcabuz, otro soldado disparó con la ballesta consagrada, y a pesar de la oscuridad de la noche, los españoles se dieron cuenta de que aquel ser monstruoso había sido herido, entonces aquel maligno ser rodó o se dejó caer siguiendo la inclinación del tejado, lanzando gruñidos pavorosos. Todos lo vieron rodar y caer hacia el patio de la casona del viudo, sin embargo nadie escuchó el ruido de caída alguna, los soldados corrieron lo más pronto que pudieron hacia el patio, pero la bestia había desaparecido, entonces en ese momento uno de los hombres descubrió un charco de sangre y un hilillo que iba hacia la puerta,  continuando sobre el empedrado de la calle. Como había dicho el capitán, aquel ser espantoso, endemoniado, corría a gran velocidad y parecía volar, y sin dejar de observar el rastro de sangre continuaron al galope y casi al amanecer estaban cerca de las cuevas de San Agustín (hoy Tlalpan), entonces uno de los soldados observó que la sangre llegaba hasta una cueva cercana, y dando ejemplo de su valor y su coraje, el capital se colocó las reliquias sagradas junto con sus soldados y lo dirigió hacia la cueva; a llegar a la entrada fueron recibidos por gruñidos espantosos de bestia salvaje, de demonio, y a la luz de una tea que habían llevado por precaución, vieron por primera vez frente a frente al monstruoso y horrible ser, acto seguido el capitán ordenó dispararle. Eso fue suficiente, no pudieron errar de tan cerca y la bestia entró de inmediato en agonía, tenía dentro de su cuerpo balas de plata consagrada y flechas impregnadas de agua bendita y tierra Santa, mas lo terrible e increíble del caso  fue que a medida que el bestial ser agonizaba, ocurría una transformación extraordinaria, y poco a poco el nahual iba perdiendo su horrible aspecto, para convertirse en uno de tantos indígenas que vagaban por las calles vendiendo patos cocidos y carbón de encino, verduras y juncos para adornos.
 Los soldados decidieron inspeccionar los alrededores, ya que sospechaban ese lugar podía ser morada de otros nahuales, subieron de prisa y pronto llegaron a la entrada de dos de esas cuevas, en cuyas cercanías se percibía un nauseabundo olor, el interior de la cueva les causó repugnancia y horror, pues había un altar maligno; se dieron cuenta que allí celebraban los nahuales sus ritos demoniacos, para después transformarse en esos horribles animales que causaban el pavor en la Colonia, también encontraron los huesos de los niños que habían desaparecido.
Con motivo  de la denuncia del capitán Zendejas, el virrey ordenó la detención de todos los indios que se dedicaban a ese culto diabólico,  no se sabe si éste logró abolirse pero aún a principios del siglo pasado, todavía se aparecían nahuales que robaban manteca, alimentos y ropa de los humildes moradores. ¿Ustedes cómo ven?