domingo, 27 de abril de 2014

El niño artillero

A pesar de sus muchos años, el viejo soldado de Morelos seguía entusiasmándose con el relato de sus campañas, no careciendo de elocuencia sus conversaciones. Era un amable anciano con sus cabellos enteramente blancos, su rostro rugoso por el paso de los años y boca desdentada, pero en sus ojos seguía conservando toda la vida y juventud de la que su cuerpo carecía.
Se sentaba cómodamente acompañado de la montera en su venerable cabeza, de la que salían mechones de pelo rebelde y plateado; sus manos las apoyaba sobre un bastón, que de repente movía para accionar e indicar en el piso lo que describía, imaginándose que dibujaba planos de las batallas, de las fortalezas o de las ciudades que fueron escenario de sus propias hazañas o de las que le habían contado.
Las épicas narraciones de aquel simpático viejecito, fueron plasmadas en papel por el célebre cronista Luis González Obregón, en el libro de Croniquillas de la Nueva España, en donde con su hábil pluma trató de reproducir la sencillez encantadora de aquel soldado:

"Luego que supimos en Cuautla que el feroz Calleja venía a sitiarnos, nadie descansó un instante. Todos los habitantes se aprestaron a sostener el sitio. Se acopiaban víveres y municiones, se abrían fosos y se levantaban trincheras, principalmente en las boca-calles, por donde podía entrar el enemigo.
¡Hubiera usted visto, joven, me decía, como todos nos ayudaban, secundando las órdenes y los planes de nuestro gran Morelos!"

Aquí el anciano hacía ademán de levantarse de la montera, como homenaje póstumo a la memoria del que había sido su general. Debo advertir que siempre que pronunciaba su nombre, trataba de hacer lo mismo, y aún muchas veces le vi ponerse en pie y dejar rodar copiosas lágrimas, que se bebía, llorando de entusiasmo.

"Si joven, todos: los soldados de nuestras tropas y los vecinos de Cuautla; mujeres y hombres, ancianos y niños: todo se preparaban a la lucha.
En la mañana del día miércoles 19 febrero 1812, el realista Calleja, creyendo que iba a tomar luego la plaza, nos atacó por primera vez y con ímpetu.
El empuje de sus fuerzas fue tremendo y prolongado. Duró más de seis horas. Retumbaban los disparos de cañón: silbaban las balas de los fusiles y las piedras de las hondas; chocaban las espadas en los encuentros personales, pues hubo puntos que por breves momentos llegaron ocupar nuestros enemigos; y se hundían en las puntas de las lanzas en las carnes de los que atrevidos habían saltado las trincheras, o de los que acá adentro defendíamos, chorreando sangre, pero ebrios de obtener victoria.
De repente cundió la voz entre nosotros de que don Hermenegildo Galeana había perdido la plaza de San Diego con tanto esfuerzo y valor defendida por los soldados que estaban a su mando. Aquí fue el ver caras pálidas y rostros de mujeres desfigurados. No por el miedo ¡por qué en Cuautla ni los niños lo conocían! Sino por la consideración de que triunfasen los realistas.
Esa falsa alarma sembró confusión en los defensores de una de las calles orientadas en la plaza de San Diego que entonces llamaban Callejón del Encanto al que le hacían costado la casa de un tal Lazo, casa que después fue de mi comadre la Silva, y la cerca de la huerta que lindaba con el campo de cañas de San Martín.
Tras de la trinchera del callejón había quedado abandonada una pieza de artillería calibre de cuatro, ya cargada y próxima a disparar la metralla destructora. Entonces un niño de 12 a 13 años de edad, llamado Narciso García Mendoza, natural del pueblo, y que a la sazón se hallaba oculto entre las casuchas del lado Norte de la plaza de San Diego, vio venir la columna enemiga de dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y arrojado jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba aún alazán, hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos, ahogándose por la fatiga, el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron junto al parapeto, en donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y yacentes soldados nuestros, que habían caído allí mortalmente heridos, pero vitoreando a nuestra causa y a nuestro gran Morelos.
El niño García Mendoza no espero más. Salto sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y allá, y corre en dirección de la pieza. Uno de los jinetes, previendo lo que el niño iba a ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera e hirió a Narciso en el brazo derecho.
El niño, para no caer, se afianzó de una estaca, y rápido como el pensamiento que había concebido, tomó la mecha encendida que se hallaba enclavada y da fuego al cañón. Relampaguea la luz del fogonazo; el humo de la pólvora asciende por los aires: el disparo hace ensordecer los oídos y estremecer el piso, la trinchera y las casas de la calle...
El Conde de Casa Rul cae herido y es llevado por los suyos para morir después. Algunos dragones muertos quedaron al otro lado del parapeto; otros bien contusos, y todos acobardados, retroceden y huyen, dejando también el cadáver del que hirió al valiente, ¡al sublime niño! Galeana, que ha logrado restablecer el orden, aparece en esos instantes en aquel callejón, que por algo se llamo del Encanto, y tras de la trinchera abandonada, mira al niño herido pero orgulloso, satisfecho y sonriente. Lo toma en brazos, lo estrecha con efusión y lo lleva ante el gran Morelos, a quien relata su acción heroica.
Morelos sabía apreciar y premiar actos tan grandes como el de García Mendoza. También lo abraza y le señala un tostón diario como premio. Nosotros, los patriotas insurgentes, salvados aquel día por hecho tan memorable como el de aquel niño, lo paseamos triunfante por las principales calles de Cuautla; todavía manchadas sus ropas con la sangre de la herida que recibió en el brazo; gritándole entusiastas vivas y saludándole con atronadores aplausos, los habitantes del pueblo, a los niños, los jóvenes decentes, las mujeres de nuestros soldados, estos y nuestros jefes, incluso el gran Morelos...".

Así concluyó el viejo veterano la sencilla narración de aquel heroico episodio, al que nunca se le hizo un monumento o se le inmortalizó o de alguna manera.


domingo, 13 de abril de 2014

Viernes de Dolores

Se festeja de dos a tres semanas antes del sexto viernes de Cuaresma, para recordar el dolor que tuvo que padecer la Virgen al ver morir a su hijo Jesús. Durante la época de la Colonia se realizaban todos los preparativos necesarios para poner el altar; estos consistían en embadurnar de agua de chía, jarros, comales, cantaritos, ladrillos, pinos y objetos de barro muy porosos, cuidan do de echarles el agua diariamente. Sembraban en platos y en macetillas, trigo, lenteja, cebada, alegría y otras semillas, conservando algunas el contacto con el aire para obtener las plantas amarillas, y dejando las demás libres para que crecieran de color verde; por último, utilizaban cuantos muebles, trastes, lienzos y objetos de la casa, para que con mucha imaginación sirvieran de adornos para adornos de los altares.
Cuando al fin llegaba el tan esperado Viernes de Dolores, día grande de animación en la Capital de la Nueva España, ya sea por ser el onomástico de muchas personas, o por la conmemoración del sufrimiento de la Santísima Virgen. Para estos actos civiles y religiosos, la ciudad tenía más actividad que nunca, pues todos salían a comprar todo lo necesario para fiesta de la Lolita, o las flores y adornos para los altares, acto que iniciaba en el ya famoso paseo de las flores. Apenas sonaban las primeras campanadas matutinas y las bandas militares, las calles que conducían a la de Roldán se hallaban llenas de multitudes de gente. Dicha calle no se distinguía por ser agradable, tenía un aspecto desagradable que le daba, los vetustos y destartalados paredones del convento de la Merced, donde estaban abiertas puertas y ventanas sin que siguieran algún orden, y en la acera opuesta se levantaban casas particulares, ruines y desaseadas. La mitad de la calle era tierra, y la otra mitas era pura agua, que bañaba los conventuales muros, que las leyes de Reforma se encargaron de derribar.
El canal que por ahí pasaba, se encontraban lleno de canoas que había llegado para ofrecer a los ciudadanos la gran variedad de producción de las chinampas de Santa Anita, San Juanico e Ixtacalco, que eran hortalizas y flores. Para realizar las compras de aquellos productos, era toda una hazaña poder cruzar los mares de gente que se arremolinaban en el canal para hacer lo propio, pero después de haber adquirido todo lo necesario era muy común que muchos entablaran prolongadas conversaciones. Entre la multitud se colaban los muchachos y mozos de cordel que cargaban grandes cestos y ofrecían a todos sus servicios, y claro que no podían faltar las familias en los balcones de las casas del frente al canal, ni algún mercedario curioso con su hábito blanco asomado por un balcón de su vetusto convento.   
Entre las nueve y diez de la mañana todas las personas se retiraban ya fuera en carruajes a pie, para entregarse en cuerpo y alma a la larga faena de montar el altar de Dolores; se echaba mano de una mesa, algunos cajones de madera y a veces de cofres, después se colocaban de manera simétrica y luego se clavaba en la pared una cortina blanca o de color, de lino o seda; bajo esta se colgaba el cuadro de la Virgen y sobre el la imagen del Santo Cristo. El altar también era forrado con lienzos blancos adornados con moños  y listones de colores; ya por último se procedía a adornarlo. Algunos ayudaban a dorar las naranjas y en hacer banderitas con popotes y hojillas de plata y oro volador, otros más se encargaban de preparar las aguas de colores con que habían de llenarse copas, botellones y todo recipiente de cristal disponible en la casa. Eran sacados de su entierro los sembrados amarillos, y los eran traídos de los corredores y azotehuelas los verdes, así como también las plantas con los mejores follajes y flores; mientras las sirvientas comenzaban a moler en sus metates grandes cantidades de pepitas de melón, echaban a remojar la chía, el tamarindo, el perifollo y la flor de Jamaica, exprimían limones y por último hacían polvo la canela. En una gran olla era agregada azúcar, azúcar y más azúcar al agua, probándola de vez en cuando para checar el punto de dulce adecuado. Los procedimientos e ingredientes para la elaboración de las aguas variaba según los recursos económicos dela familia, y no faltaba algún estudiante de química que aplicara sus conocimientos o alguien que era muy entendido en estos temas.
Los ingredientes utilizados para teñir las aguas eran:
  • Coloradas- pétalos de amapola
  • Tornasoladas- los mismos con una piedra de alumbre
  • Doradas- cochinilla y alumbres
  • Carmesíes- palo de Campeche
  • Purpúreas con vivos de fuego-> flor de Jamaica, o carmín púrpura disuelto en amoniaco
  • Azules- sulfato de cobre amoniacal
  • Verdes- el mismo sulfato de cobre con unas gotas de ácido clorhídrico
  • Amarillas- solución acidulada de cromato amarillo neutro, adicionado con carbonato de potasa en pequeña cantidad
Una vez que se reunía todo lo necesario, se procedía a colocar sobre el altar al menos doce velas adornadas con las banderitas doradas y plateadas colocadas en candeleros, las plantitas que habían sido sembradas con anticipación, las naranjas pintadas, etc.
Llegaba entonces la noche tan esperada, cuando las luces del altar proyectaban unos rayos luminosos de vivísimos colores. Después del rezo en algunas cosas, y de la ejecución de algunas piezas musicales, seguían amenas conversaciones sobre el buen gusto con que se había decorado el altar, sus variados y graciosos adornos, las pinturas de Jesucristo y los siete puñalitos clavados el seno de María para expresar los siente dolores. Las conversaciones eran acompañadas por algunas piezas musicales; mientras todos pasaban un buen rato las sirvientas entraban con enormes charolas sobre las que traían vasos de cristal abrillantado para ofrecer las  famosas aguas.
Lo que resultaba un auténtico milagro era la resistencia de aquellos estómagos, que soportaban de manera estoica los excesos en las comidas y las aguas coloreadas, pues era obligatorio que los invitados probaran todos los sabores disponibles.
Durante la conmemoración de los dolores de María, los principales templos de la Capital celebraban ceremonias a todas horas del día, a las que asistían un gran número de almas caritativas. Durante la mañana habían misas solemnes, en las cuáles se cumplía en el Sagrario el precepto anual de los alumnos del Colegio de Minería y los de San Juan de Letrán en la capilla de su Colegio; por la tarde la solemne procesión del Templo de la Santa Cruz, y por la noche el ejercicio de las tres horas en la Tercera Orden de Santo Domingo y en la Santa Escuela del Espíritu Santo. En algunos Colegios, como en el de San Gregorio, los grupos de estudiantes levantaban en sus respectivas aulas altares a la Virgen de Dolores, y los rectores acompañados de algunos catedráticos los visitaban, prestando atención especial a las imágenes que los alumnos habían hecho conducir a sus casas.