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domingo, 16 de octubre de 2016

La leyenda del hombre lobo

El México Colonial no estuvo exento de la leyenda del hombre lobo, ya que muchos se decía sobre las transformaciones que sufrían los viejos indígenas, tratando de salvar su raza. Hay quienes hablaban de nahuales, lo cierto es que según la leyenda, en la Nueva España hubo acontecimientos que indicaban apariciones de lobos que luego se convertían en seres humanos.
Se dice que todo empezó cuando los españoles arribaron a estas tierras: al convertir a los indígenas en el blanco de las peores torturas y asesinatos. Cuando las ciudades fueron saqueadas en su totalidad y sus mujeres ultrajadas; los hombres ancianos no hacían otra cosa que implorar, a sus dioses, paz en el territorio. Sin embargo, la adoración a estas deidades también les fue prohibida.
Los viejos sabios, entristecidos por los hechos y sobre todo enojados por la traición de algunos nativos, pidieron a los dioses el castigo más cruel contra ellos que se atrevieron a faltarle su raza. Se dice que luego de realizar varios ritos y algunos sacrificios humanos a escondidas de los conquistadores, los ancianos adquirieron poderes sobrenaturales, mismos que coincidían con la luna llena.
De tal forma, sólo los hechiceros se convirtieron en mitad hombre y mitad animal a fin de defender a su raza. Cada noche de luna llena, un aullido despertaba a los pobladores y a los soldados españoles, que envalentonados se apostaban en los alrededores para atacar a la fiera. Pero no tuvieron suerte y muchos de ellos aparecieron muertos, se les encontraba en un charco de sangre con la piel hecha jirones.
Cuenta la leyenda que los hombres lobo atacaban hasta matar, principalmente a los hombres blancos que abusaban de los nativos. Sin embargo, el castigo era diferente para los que traicionaban a la raza; las noches de luna llena, los hombres lobo buscaban a aquellos indígenas que servían a los conquistadores y a las mujeres que habían entablado amoríos con los mismos. El ataque era igual de feroz, pero procuraban no quitarles la vida, pues la condena consistían convertirlos en hombres o mujeres lobo, por el resto de sus días. Así cada mes sufrían la dolorosa transformación que los llevaría asesinar humanos para alimentarse sobrevivir. A consecuencia de esto muchos niños comenzaron a desaparecer y también, animales, que luego eran encontrados muertos.
Durante años, la maldición continuó: un hombre mestizo notificó que había cortado la pata a uno de estos seres pero, cuando la mostró sus a sus familiares y amigos, descubrió que solo era una mano. Razón por la cual lo sentenciaron a muerte, sin que pudiera defenderse. Durante el juicio, insistió que le había cortado la pata un lobo y no a un humano. Así los rumores acerca de los hombres lobo cada vez fueron más frecuentes y durante el periodo de la Santa Inquisición la cacería de bestias comenzó y aunque se dice que condenaron a muchos ancianos y personas porque eran nahuales, lo cierto es que había hombres lobo entre ellos. Y muchos de ellos sobrevivieron durante cientos de años.

Leyenda del perro del conquistador

En la época de la conquista algunos perros fueron utilizados como armas mortales en las batallas contra los guerreros nómadas. Los españoles los llevaban a las poblaciones de indios desprevenidos, donde dichos animales no distinguía en edad o sexo para atacar:
Cuenta la leyenda que en una de estas jornadas de ataque, una india no pudo huir; se quedó paralizada y sola ante la presencia de uno de estos perros. El animal corrió hacia ella y la mujer se sentó en la tierra, y comenzó a hablarle:
-Perro, perrito, señor perro, perrito…
El fiero animal, acostumbrado al ataque y a la agresión, frenó su embestida homicida, se quedó perplejo; acercándose a ella le mostró sus afilados colmillos; la joven india permanecía sentada sobre la tierra del desierto; veía al animal, sin miedo, con ternura, le decía:
-Perro, perrito, señor perro, no me coma perrito, señor perro, está india lo quiere. Señor perro escúcheme…
Sus manos poco a poco se acercaron a las fauces del perro; la india sintió pánico, que sin embargo, supo ocultar, y el perro, percibió su amor y ternura, y sorpresivamente se dejó acariciar. Lejos de ahí, los hispanos reían, y la daban por muerta; se entretenían con otros perros persiguiendo indios; la joven, sin más arma que el poder de sus ojos, y su voz, mantenía tranquilo al animal, que meneaba la cola lentamente.
-Perro, señor perro. No me coma perrito. Lo quiero señor perro.
Cuenta la tradición, que esa noche, desapareció sin haber muerto, el primer perro hispánico; paulatinamente fueron muchos perros más, utilizados por los españoles en la conquista, que desaparecieron para volverse indios. De ahí en adelante a los españoles no les fue posible atacar un rancho desprevenido para sorprender más a los indios. Los perros ya no eran rivales para ellos.

domingo, 10 de julio de 2016

El perro del agarrotado y La maldición del hombre lobo

El perro del agarrotado


Como era bien sabido, la mezcla de razas en la Nueva España era mal vista, tanto por los conquistadores como por los nativos, de tal manera que los mestizos eran discriminados en la región; por los consideraban como la conjunción de lo peor de ambas estirpes.
Lázaro, hijo de una indígena y de un soldado español -que abandonó a la mujer en cuanto supo que estaba embarazada-, estaba enamorado de una damisela criolla, quien le correspondía su amor.
La pareja decidió entablar un amorío y mantenerlo en secreto, pues sabían que los padres de la joven se opondrían y harían hasta lo imposible por separarlos. No se sabe cuánto tiempo duro su relación, sin embargo, se cuenta que una tarde el padre de la criolla los descubrió; lleno de cólera juró vengar con sangre el ofensa que Lázaro había cometido en contra de su familia.
Sin perder tiempo, interno a su hija en un convento; se dirigió hacia el Santo Oficio y acusó al muchacho de ser brujo y practicar hechicería, ya que sólo de esa manera había logrado que la criolla se enamorara de él. Los inquisidores atendieron el llamado del caballero y por lo tarde se presentaron en casa del acusado para capturarlo.
Con la ayuda de la hermana de Lázaro, este fue aprehendido y llevado a los calabozos; debido a las influencias que el padre de la criolla tenía ante el tribunal inquisitorial, la sentencia fue cosa de días, se le condenó a morir mediante el tormento del garrote. El mestizo falleció pero al poco tiempo, un extraño perro apareció por la ciudad, se dice que es su aullido amedrenta va todo si mantenía alerta a la población. El rumor de que algunas personas perdían la vida cuando el animal se aparecía corrió por todos los rincones, por ello, hombres y mujeres evitaban salir a la calle, no querían encontrarse con la criatura infernal.
Una noche, la ronda observó como el perro entraba a la casa de un caballero adinerado; el hombre se había casado con la hermana de Lázaro y tenían apenas unos días de vivir juntos. La muchacha miró hacia la puerta de su alcoba, sintió como se materializaba tras ellos, un espectro que les parecía conocido. La mujer grito aterrorizada cuando se percató que aquel aparecido era su hermano Lázaro; inmediatamente se arrodilló ante él y le suplico perdón, dijo estar arrepentida de haberlo entregado. Las lágrimas le brotaron y la desesperación la invadió al darse cuenta de que sus ruegos no causaban ningún efecto en Lázaro. Cegada por el miedo y tal vez por la culpabilidad tomó un cuchillo y sin pensarlo, se lo clavó en el pecho quitándose la vida.
Su marido fue testigo de los hechos y no pudo más que decir que un perro se había parecido en su casa. Alterado por el suicidio de su mujer, perdió la razón y a los pocos días falleció, no sin antes advertir que el perro se vengaría de todos. A partir de entonces la gente empezó a decir que ese animal era un mensajero de la muerte; por ello, la gente oraba y pedía en misa no escuchar nunca sus terroríficos aullidos.
Los rumores corrieron por toda la capital, incluso se extendieron hasta la ciudad de Puebla, donde llegaron a muy altos oídos, entre ellos, los del padre de la criolla, quien sintió como se le erizaban todos los vellos de su cuerpo al recordar lo ocurrido, meses atrás. No olvidaba que un mestizo había osado enamorar a su hija y él, lleno de rabia, lo acusó falsamente de hechicería ante el Santo Oficio; recordó también que había sobornado a la hermana de Lázaro para que lo delatara y se sintió culpable, aunque más que la culpabilidad, lo inundaba el terror; lo paralizaba el pensamiento horrible de que Lázaro hubiera vuelto de la tumba para vengarse de los que habían acabado con subir injustamente.
Salía a la calle con cierto temor, sin embargo, prefería creer que la venganza no llegaría hasta esa región. Una tarde, luego de convivir con amigos en la taberna, se dispuso a regresar a su casa. Las calles lucían sombrías y se sentía un ambiente lúgubre; caminó lentamente, sólo se oía el eco de sus pisadas y el ruido de su respiración. De repente, tuvo la sensación de que alguien lo seguía, sin embargo, por más que se esforzaba no vio a nadie. Cuando por fin llegó a su casa, intento abrir el portón, al tiempo que notó una sombra que se cernía sobre él, sintió que se le erizaban los vellos de su nuca y percibió un viento helado. Se volteó súbitamente y lo que vio lo dejó paralizado de terror; sólo escucho un grito estrangulado que brotó de sus labios.
El cuerpo del hombre fue encontrado a la mañana siguiente ya sin vida; tenía en el cuello la marca de unos colmillos. No tardó en correr la trágica noticia por toda la ciudad: el perro había atacado de nuevo. Todo indicaba que se trataba de Lázaro, el mestizo que había muerto injustamente a manos de la Inquisición. Las autoridades encargadas del Santo Oficio se enteraron de lo sucedido, sabían que ellos eran los que faltaban en la lista de Lázaro. Temerosos ante su inminente asesinato, se les ocurrió exculpar post mortem al agarrotado, para limpiar su nombre. Enviaron a varios pregoneros a todas las ciudades para que informarán a los pobladores de la reivindicación del joven.
La noche en que se estaba oficiando la última misa, todos los asistentes comenzaron estremecerse a sentir un repentino viento helado. En ese instante se escuchó el espeluznante aullido de un perro, además de golpes y arañazos. Todos permanecieron como clavados en su sitio, sin poder articular palabra ni moverse, pues creían que la muerte había llegado pasta ellos. La puerta del templo se abrió bruscamente, aparecieron dos seres, un hombre acompañado de un perro. Era Lázaro quien pidió a los feligreses no tener miedo, pues no buscaba venganza, sólo pedía que le dieran cristiana sepultura a su amada, quien había muerto lentamente al escapar del convento.
La figura del agarrotado se fue desvaneciendo y sólo quedó el perro para guiar a las personas hasta la capital, a la humilde choza donde el cadáver de la criolla permanecía sin ser descubierto. Se dice que aún a pesar de que el perro término su misión, los pobladores continúan escuchando su lastimero aullido; otros juran que en ocasiones se le ve vagar por las calles, junto a una pareja de enamorados.

La maldición del hombre lobo

Fray Bernardo pertenecía a la congregación de los Agustinos, tiene la misión de dirigirse hasta Valladolid para informar al padre superior acerca de la construcción del nuevo convento que alojaría a la hermandad. Como desconocía la zona, llevó consigo a Felipe, un muchacho huérfano, de apenas 14 años y quien sería su bien la travesía. El camino estaba muy accidentado y ello dificultaba el paso del carruaje, ya se habían retrasado por lo menos un día. Decidieron descansar en un paraje solitario, pues para llegar al siguiente pueblo todavía debían recorrer una gran distancia.
La luna llena iluminaba su velada, mientras cenaban un aullido los alertó. Inmediatamente creyeron que una jauría de lobos los rondaba, su mayor preocupación eran los 2 caballos, los cuales se mostraban inquietos y no paraban de moverse. De repente, algo entre la maleza comenzó a moverse y lentamente se acercó hasta ellos.
Fray Bernardo se armó con un palo y Felipe observaba todo desde la carreta. Un lobo se acercó sigilosamente hasta donde se encontraba el religioso, paralizado por el miedo no se atrevió a apalearlo; temblaba ante la animal y este al percibir su temor, le dijo que se tranquilizara que no le haría daño. El fraile estaba a punto de desmayarse, cuando su acompañante lo sostuvo de la cintura; el lobo se sentó. Un poco más tranquilo fray Bernardo miraba con curiosidad al animal que comenzó a sollozar; el religioso sin soltar el palo le preguntó qué era lo que le sucedía. Entonces se lobo procede a narrar su desdicha. Dijo que él y su esposa eran unos indígenas, quienes presas por el temor que infundieron los conquistadores, aceptaron ser evangelizados y abrazar la religión católica; el principal motivo de esta decisión es que esperaban un bebé.
Luego de que su tribu se enteró, fueron llamados por uno de los sabios ancianos, quien les advirtió que un terrible castigo caería sobre ellos y su descendencia, si continuaban traicionando a los suyos. Como el terror hacia los españoles era mayor, pronto se bautizaron. Una noche fueron sorprendidos por otros indígenas quienes los condujeron hasta donde yacía el hechicero. Este, enojado, les recriminó su traición y la osadía de abandonar sus costumbres. Entonces el hombre pronunció algunas palabras y celebro un ritual, un par de horas después dio un brebaje a los esposos y les dijo que estaban a punto de recibir su castigo:
-¡Serán convertidos en bestias y así estarán condenados a vivir por el resto de sus días! Su descendencia correrá con la misma suerte, pagará su traición.
Esa noche de luna llena, el hombre y la mujer sufrieron una terrible transformación.
-Y así hemos vivido durante muchos años- dijo el lobo.
Fray Bernardo no podía creer lo que escuchaba; el hombre lobo por su parte, le pidió acompañarlo hasta una madriguera, pues ahí se encontraba su esposa, gravemente enferma. El animal pidió el clérigo darle los santos óleos y rezarle un oración. Incierto el padre caminó al lado de lobo, Felipe los esperaba en la carreta, ya que si algo malo sucedía, el sería el encargado de avisar a las respectivas autoridades. Cuando llegaron vio a un lobo moribundo que jadeaba con dificultad, terminó el rito que los sacerdotes realizan en un caso como éste pero no ofreció la eucaristía. Preocupado, fray Bernardo rasgó la carne de la loba y debajo de ella descubrió la piel arrugada de una ancianita; con lo que confirmó la historia de lobo. Dio la comunión y la bestia dejó de respirar.
El padre fue conducido por el lobo donde estaba la carreta, en el camino, Bernardo preguntó por el hijo que esperaban. Afligido el animal respondió que nació lobito y se unió a una jauría por lo que no habían vuelto a saber de él.
Cuenta la leyenda que el fraile prometió al hombre lobo visitarlo, sin embargo, se cree que este también murió, pues nunca más se le volví a ver. Así que cada vez que se escucharon lobo aullar muy probablemente se trate de los descendientes de aquellos que traicionaron a su raza.

domingo, 26 de febrero de 2012

El nahual


A fines del siglo XVI, el terror invadía los asentamientos de indios que se hallaba fuera de la traza de la entonces capital de Nueva España; los gritos atronaban la noche llena de aullar de perros y el llanto de los niños, un ser monstruoso mitrado hombre mitad animal causaba el pánico y el desconcierto entre las gentes timoratas. Aquel ser que corría, que desaparecía entre las sombras y parecía asaltar y volar, se robaba a los recién nacidos, entonces algunos hombres osados en defensa de sus hijos, de sus vidas y propiedades, le lanzaban flechas, piedras y lanzas, todo esfuerzo que hacían era inútil. Los habitantes consternados fueron al día siguiente a ver al cura de su parroquia para contarle lo sucedido, quien se molestó porque todavía los naturales creían en esas cosas y les dijo que se encomendaran a Dios. Los indios alejaban cabizbajos, sin encontrar el apoyo en quien pensaban podía ayudarles, porque no creía en lo que estaba ocurriendo.
Entre tanto el nahual continuaba merodeando cerca de la capital, saltando por los puentes y los ríos y provocando el miedo, muchos arrieros y viajeros vieron al monstruoso ser mitad hombre mitad coyote o fiera, con unas garras afiladas y unos ojos de felino, pero ninguno de los españoles aceptaba la existencia de esta criatura, hasta que una noche el nahual se metió a la casa de don Alvar de Ordóñez. Emitiendo un gruñido infernal, sacaba con sus garras lo que encontraba en un arcón, dentro de la alcoba de doña Mariana, hasta que gruñido de la bestia y la ausencia del marido, hizo que la dama se despertaré lanzar un grito de terror; los creados a lo oír los gritos de su ama, corrieron presurosos a auxiliarla. Al llegar hallaron a la mujer gritando en la ventana abierta, y al asomarse a la ventana pudieron ver a la criatura que corría por los tejados, llevándose cuanto había podido hurtar del arcón de su alcoba.
Don Alvar fue a ver a los auditores de la Santa inquisición para informarles de tan terrible suceso, pero si los curas se negaban a creer lo que decían era patraña, los del Santo Oficio no podían hacer nada, entonces el caballero decide ir al Palacio Virreinal, en donde entonces funcionaba el tribunal de la Acordada; allí fue recibido por el entonces famoso capitán Zendejas, espadachín valiente y héroe de las batallas de Flandes, quien escuchó con calma al angustiado hombre, pero una vez terminada la conversación el capitán le pidió pruebas de lo que estaba diciendo, ¿de dónde las iría sacar?
La suerte acompañó días después a don Alvar, pues caminando por la calle que se conocía como del Muerto (hoy Republica Dominicana), vio que venía en sentido contrario una india que vestía las ropas que le fueron robadas a su esposa, y ni tardo ni perezoso detuvo a la mujer mientras gritaba a todo pulmón, y no tardó en ser arrestada. El capitán Zendejas encontró pruebas suficientes, y la india que dijo no hablar español ni dio su nombre, fue encerrada en la celda, pasando gran parte de la noche lanzado al aire una chocante cantinela; y hastiado, cansado de escucharla, el guardia se acercó para gritarle que se callara, la india fijos sus ojos negros odiosos en el guardia y le aseguró que esa misma noche saldría de ese lugar, parte de las celdas daban hacia la calle que hoy es Corregidora y otra a Correo Mayor. Se cree que por una de estas calles se entró el nahual para liberar a la india, bajo el peso de la noche o de la madrugada, el capitán Zendejas vio incrédulo la forma en que había sido doblada la reja de hierro de la celda, pues tal parecía que fuera el mismísimo diablo quien entró una noche a casa de don Alvar Ordoñez, situada en la entonces calle de Cruz Verde, hoy Quinta de Regina; y todo lo destrozo,  así muebles como cortinajes de seda, brocatel, muebles y tibores de la China, y lo que fue peor, es que diera muerte a doña Mariana sobre su mismo lecho, en donde fue hallada degollada, con la garganta destrozada, tenía zanjadas horribles como de garras de una fiera pero el cuello era el destrozado por el que había escapado usual.
Aún sin que don Alvar se repusiera un poco de su dolor,  el capitán Zendejas le propuso un plan para dar caza al terrible nahual, pues éste no tardaría mucho en darle muerte a al afligido marido, y esa misma tarde decidieron ir con fray Baltasar Quintero para que les diera las armas que acabarían con la bestia; cuando el capitán llegó a ver al dominico, le entregó unas balas de plata benditas de arcabuz,  flechas para ballestas y de preferencia debían darle muerte en la mitad del pecho.
Esa misma noche, con el alma en un hilo, el capitán se apostó cerca de la cama de don Alvar, los otros soldados estaban distribuidos en ventanas y azoteas vigilando la posible llegada del feroz nahual, la noche estaba tensa en los monasterios y conventos  porque la hora del maitines estaba cerca; de pronto se recortó sobre el cielo de la entonces capital de Nueva España, aquella figura horrible espantosa, acto seguido el capitán da la voz de alarma y dispara el arcabuz, otro soldado disparó con la ballesta consagrada, y a pesar de la oscuridad de la noche, los españoles se dieron cuenta de que aquel ser monstruoso había sido herido, entonces aquel maligno ser rodó o se dejó caer siguiendo la inclinación del tejado, lanzando gruñidos pavorosos. Todos lo vieron rodar y caer hacia el patio de la casona del viudo, sin embargo nadie escuchó el ruido de caída alguna, los soldados corrieron lo más pronto que pudieron hacia el patio, pero la bestia había desaparecido, entonces en ese momento uno de los hombres descubrió un charco de sangre y un hilillo que iba hacia la puerta,  continuando sobre el empedrado de la calle. Como había dicho el capitán, aquel ser espantoso, endemoniado, corría a gran velocidad y parecía volar, y sin dejar de observar el rastro de sangre continuaron al galope y casi al amanecer estaban cerca de las cuevas de San Agustín (hoy Tlalpan), entonces uno de los soldados observó que la sangre llegaba hasta una cueva cercana, y dando ejemplo de su valor y su coraje, el capital se colocó las reliquias sagradas junto con sus soldados y lo dirigió hacia la cueva; a llegar a la entrada fueron recibidos por gruñidos espantosos de bestia salvaje, de demonio, y a la luz de una tea que habían llevado por precaución, vieron por primera vez frente a frente al monstruoso y horrible ser, acto seguido el capitán ordenó dispararle. Eso fue suficiente, no pudieron errar de tan cerca y la bestia entró de inmediato en agonía, tenía dentro de su cuerpo balas de plata consagrada y flechas impregnadas de agua bendita y tierra Santa, mas lo terrible e increíble del caso  fue que a medida que el bestial ser agonizaba, ocurría una transformación extraordinaria, y poco a poco el nahual iba perdiendo su horrible aspecto, para convertirse en uno de tantos indígenas que vagaban por las calles vendiendo patos cocidos y carbón de encino, verduras y juncos para adornos.
 Los soldados decidieron inspeccionar los alrededores, ya que sospechaban ese lugar podía ser morada de otros nahuales, subieron de prisa y pronto llegaron a la entrada de dos de esas cuevas, en cuyas cercanías se percibía un nauseabundo olor, el interior de la cueva les causó repugnancia y horror, pues había un altar maligno; se dieron cuenta que allí celebraban los nahuales sus ritos demoniacos, para después transformarse en esos horribles animales que causaban el pavor en la Colonia, también encontraron los huesos de los niños que habían desaparecido.
Con motivo  de la denuncia del capitán Zendejas, el virrey ordenó la detención de todos los indios que se dedicaban a ese culto diabólico,  no se sabe si éste logró abolirse pero aún a principios del siglo pasado, todavía se aparecían nahuales que robaban manteca, alimentos y ropa de los humildes moradores. ¿Ustedes cómo ven? 

domingo, 19 de febrero de 2012

Los nahuales


Todos alguna vez hemos escuchado hablar de estas criaturas, pero seguramente nunca nos hemos preguntado ¿cuál fue su origen? ¿Desde qué época existieron?
Nahuatl y el plural antiguo de Nanahuatl, son palabras con las que fueron conocidas todas las tribus que hablaban el idioma mexicano, originándose de estas el nombre de las siete naciones Nahuatlacas, que podemos encontrar mencionadas en varias historias y relaciones de México.
Durante la época de la conquista el vocablo “Náhuatl” nos hablaba sobre un hombre ladino, que habla bien su lengua; dicha palabra se deriva de Nahualli, que quiere decir, secreto, misterioso, oculto. Durante su origen es aplicado a las tribus del idioma mexicano, porque fueron sus sacerdotes y señores quienes introdujeron en Temoauchan o Chiapas los misterios en los cuales había derramamiento de sangre humana, los cuales venían acompañados de una multitud de supersticiones, todos estos ritos tomarían después del nombre de Nahualismo. Los Nahualtacas ayudados por la superstición, conspiraron durante más de un siglo para la destrucción de la religión y de la dinastía de los Chanes, y el traslado del imperio de Nahuan o Palenque a Tuhla.
Con el paso del tiempo, la expresión Nahualli fue adoptada como sinónimo de brujo, mago, hombre hábil en las ciencias y en las artes, siendo origen del nombre”Nahualista”. Los pueblos entonces derivaron de estar la palabra “Náhuatl”, para nombrar a los hombres del mismo origen y lenguaje que los mexicanos, así también se les asociaba con la magia y hechicería. El vocablo “Náhuatl” todavía es sinónimo de genio o demonio familiar, y el Nahualismo es el tipo de magia que podemos encontrar más comúnmente en la mayor parte de las provincias mexicanas, llegando hasta la República de Guatemala.
Los primeros nahuales fueron antiguos sacerdotes, que oponiéndose a la nueva religión, trataron de conservar las creencias que habían heredado de sus antepasados, ya que ellos las consideraban como una verdad absoluta; bajo este aspecto fueron muy venerados y se atrajeron multitud de creyentes. Estos personajes vivían en lugares apartados y muy lejanos, y se decía que acostumbraban cortarse el pelo como los monjes, con una corona de cabello y el resto se lo quitaban; pero debido a la constancia inquebrantable de los predicadores cristianos, poco a poco fueron desapareciendo hasta tomar otras formas, transformándose en curanderos.
Estas criaturas son animales que viven dentro de un brujo, y se cuenta que cuando cae la noche sale a alimentarse con el alma de alguien, al que la va consumiendo si energía por medio de una enfermedad. También se dice que los nahuales están hechos de aire, y que para materializarse pueden tomar la forma de diversos animales, como tigres, zorros, gatos, perros, entre otros más; además pueden  adoptar la forma de un fenómeno de un fenómeno natural, como el trueno, el viento o bolas de fuego. En muy raras ocasiones pueden llegar a convertirse en seres pequeños de forma humana, se les puede distinguir porque siempre están aviados de negro y ésta característica los hace más fuertes y peligrosos.
Una vez que las criaturas adoptan su forma, comienzan a rondar la morada de su víctima, ya sea escondiéndose o rondando el lugar aparentando ser un animal inofensivo; además se cuenta que los nahuales hace sus reuniones por la noche para acordar quien será el pobre desdichado al que le robarán  su alma.
Siguiendo las instrucciones de un brujo en quien habita ni a quién sirven, salen todas las noches a cumplir su trabajo; deben escuchar todo lo que está a su alrededor ya sea para proteger o castigar, pero sobre todo para comerse el alma de aquel que haya cometido un grave pecado. Cuando es de día, el nahual al permanecer en reposo en el corazón de su dueño.
Este espíritu es adquirido por algunos brujos, ancianos o personas importantes de un poblado; en algunos lugares de Chiapas de repente comenzaron a haber muertes de niños y mujeres, por lo que fue necesario decapitar a los hombres que rebasan los 50 años de edad, ya que los consideraban posibles poseedores de un nahual, y al morir el hombre también lo hacía aquel espíritu.