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domingo, 31 de mayo de 2015

La casa del Niño (Sucedió en la hoy calle República del Salvador)

A pesar del progreso de las grandes urbes, aunque el modernismo arquitectónico haya cambiado la fisonomía de las calles, ninguna fuerza es capaz de borrar maldiciones y leyendas, como es esta espeluznante leyenda que tuvo como escenario una de las calles de nuestra ciudad.
A fines del siglo XVI esta casa estuvo marcada con el número nueve y la calle se llamaba calle del Arco de San Agustín, pues hasta aquí llegaba el famoso convento de los frailes Agustinos; en aquel tiempo se conoció esta casa como “la casa del niño”, pero debido a esta hornacina, algunos se confundieron y llamaron “casa del nicho”. Sin embargo, los tenebrosos sucesos ocurridos tras sus recios muros escribieron con sangre la verdadera designación de esta casona. En el año de gracia de 1597 ocuparon esta casona don Francisco Ruiz de Tagle, su esposa doña Sol de Castrejón y sus hijos Erasmo Ruíz de Castrejón y Francisca; el señor de Tagle había comprado dos haciendas y un mineral y eran sus  intenciones de asentarse Nueva España, al igual que comprar la rica mina que poseía un tal don Mendo Garciadiego en Nueva Galicia
Al día siguiente, cuando don Francisco Ruiz y su esposa salieron a la calle, fueron testigos del espectáculo horrible deprimente: la ciudad era azotada por un gran brote de peste y escorbuto; al ver tal espectáculo ambos se apresuraron para llegar a la casa de don Mendo, y al poco andar ya se encontraban llamando a su casa, que estaba situada cerca del convento de Portacoeli. Una mujer sirvienta de la casa salió abrirles y los puso sobre aviso, pues la peste ya había entrado a aquella casa, y sin pérdida de tiempo los esposos se alejaron de la residencia, sólo para enfrentarse a ese cuadro de dolor y de muerte. Los ojos atónitos de doña Sol se fijaron en un hombre que parecía ir vivo aún en las carretas donde se acostumbraba llevar a los cadáveres, y sin medir las consecuencias la mujer corre hacia la carreta para dar aviso, pero los frailes exigieron que se alejara. Poco después, tristes y abatidos llegaban a su casa.
Y haya sido porque respiraron el aire malsano de la ciudad, o por el ligero contacto con los apestados, lo cierto es que doña Sol enfermo de gravedad, y que don Francisco tampoco se sintió bien de salud, y cierto también fue que a los tres días un médico fue llamado para curarles, pero no había curación posible porque habían sido contagiados por la peste y lo mejor era que los hijos dieran aviso a los frailes camilos. Pero quiso Dios que los esposos muriesen antes de ser llevados en carretas con todos los apestados; los dos hijos y los viejos criados los llevaron al panteón. No había pasado aún el dolor y las tumbas estaban frescas cuando Erasmo, enfermo de codicia quiso saber que sería de la cuantiosa fortuna de su padre, pero el problema era que la herencia iría manos del mayor de los hijos, siendo su hermana la que le llevaba ventaja. Francisca tenía a la sazón 23 años y su hermano tocaba penar los 19, ella comenzó a manejar haciendas y mineral por medio de fieles administradores; mientras tanto, Erasmo se debatían celos y desconfianza, al pensar que su hermana pudiese enamorarse casarse y por ende ser despojado de su herencia, y en su mente enferma de codicia y su juramento: jamás permitiría que se casara. Quiso el destino que esa misma noche Erasmo diera violentas muestras de su envidia y sus celos cuando escucho un silbido en la calle, y pensando que era un pretendiente de su hermana, sin medir peligros salió espada en mano a la calle para interceptar a un misterioso caballero embozado. A partir de entonces las escenas semejantes se repitieron con frecuencia.
Sin embargo, fue la misma Francisca quien días más tarde le expresó sus claros y urgentes deseos de matrimonio antes de que se le empezará notar más la edad; el hermano monto en cólera y la amenazó con que si se casaba el mismo mataría a quien se le acercara. Aquella fue la primera y última vez que Francisca habló de matrimonio con Erasmo, desde entonces se le vio discurrir silenciosa por la casa; él notó el cambio de comportamiento de su hermana, y aprovecho para interrogar a los criados y ellos le dijeron que estaba enferma. La enfermedad de Francisca avanzó a tal grado que pasaba días sin salir de su alcoba; y al fin una noche, un acontecimiento insólito vino a revelar la clase de enfermedad que padecía: en medio de la noche se escuchó el llanto de un recién nacido.
Erasmo corrió inmediatamente en busca del llanto del niño y llegó hasta la puerta de la alcoba de su hermana, el viejo criado tímido abrió después de largo rato, confirmándole que Francisca había dado a luz y que su esposa le había ayudado en el parto. Hecho una fiera se precipitó al interior como una tromba, pero su hermana se había desmayado, por lo que no le quedó de otra más que salir, lanzando maldiciones.
Al día siguiente apenas levantado el sol, Erasmo ya medio embriagado de vino corrió ver a su hermana para exigirle el nombre del padre del niño, pero ella se negó hablar. Transcurrieron los días, Francisca se restableció pero en vez de hablar y revelar su secreto parecía haber enmudecido; temiendo que un día llegase el padre del niño pretendiendo casarse con su hermana, Erasmo no dejaba de martirizarla en todas formas, y decidió dejarla encerrada en su alcoba. Al prolongado encierro siguieron las cadenas y el ayuno, sin que Erasmo consiguiera que Francisca soltará la lengua; finalmente el profirió una sórdida amenaza: si no revelaba su secreto le quitaría a su hijo y jamás volvería saber de él.
Dos días después, Erasmo mandaba construirla hornacina que durante muchos años remataba la casa de esta historia, enfatizando a los obreros que debían dejar un hueco suficiente para contener según él, un pequeño cofrecillo lleno de recuerdos familiares. Una semana después quedaba terminada la obra. Esa misma tarde, Erasmo volvía a exigir a su hermana la revelación de su secreto, y ante el mismo silencio lanzó su última amenaza.
Esa noche, burlando el sueño de Francisca, el perverso hermano penetró su alcoba y se robó al niño; cosa increíble y terrible: Erasmo subió hasta la hornacina y colocó a la criatura en el hueco dejado por el albañil, después cubrir el hueco con piedras y argamasa, dejando allí al niño sepultado vivo. En cuanto Francisca se dio cuenta exigió la entrega del niño, pero de nada le valieron gritos, llantos ni gemidos. Creyendo que su hermano no atentaría contra la vida de su hijo, deja pasar los días hasta que una noche escucha unos llantos, y enloquecida, llena de ansiedad recorre la casa buscando a su hijo. En su desesperación llegaste el hecho de su hermano a quien despierta para exigirle le devuelva al niño, pero todo fue en vano. Durante varias noches la mujer recorrió la casa buscando ansiosamente a su hijo. Al fin, una noche Erasmo se despierta sobresaltado, pues también ha escuchado el llanto de su pequeña víctima, y sin darse cuenta que su hermana estaba atrás de él, grita en voz alta el horrendo crimen que cometió. Al escuchar aquel espantoso secreto, las manos ansiosas de Francisca buscan en la sombre y de pronto se arma de un puñal, y sólo tiene que aguardar unos pasos, unos segundos, entonces lo apuñala. Erasmo herido de muerte, rueda escaleras abajo, quedando muerto boca abajo, al pie del hogar.
La hoja del puñal aún brillaba en su espalda por donde manaba sangre en abundancia. Francisca obliga a los viejos criados a levantar el cadáver de su hermano, para enterrarle en el patio de su casa, quedando en el piso una extraña mancha de sangre en forma de mariposa. Tres días más tarde Francisca entrega fuerte suma en oro a sus dos viejos criados para comprar su silencio y los embarca rumbo a España, pero al entrar de nuevo a su casa queda atónita, al ver allí en el mismo sitio aquella extraña mancha de sangre. Pero una y 100 veces llega a las baldosas, sin lograr borrar aquella mancha.
Transcurre el tiempo, pasan los años. Francisca, cuyo secreto guardó siempre, no lleva a su casa a hombre alguno y vive sola y silenciosa. Ya casi a mediados del siglo XVII, los habitantes de la Nueva España ven salir de la casa nueve del Arco de San Agustín a un espectro de mujer; vieja, encorvada, desdentada y con los signos inequívocos de la demencia, nadie al verla pensó que era doña Francisca Ruiz de Castrejón. Sin embargo lo era, su cerebro perturbado la hizo lanzarse a la calle y al ver a un niño de pecho iba tras él.
Varias veces, durante una de sus desdichadas y dementes correrías, Francisca fue detenida por la guardia cuando pretendió arrebatar un niño, y otras veces fueron las mismas madres de las criaturas, ayudadas por sus siervas, quienes golpearon a la loca mujer.
Al fin, casi dos años después, dos religiosas detienen a la infeliz Francisca para enviarla al hospital para dementes en donde murió. En 1693 el Cabildo que se había posesionado de bienes y fortuna de los Ruíz Castrejón, vendió la casa a una familia de apellido Coronado. Nada hacía sospechar a los nuevos dueños la terrible historia que se había escrito dentro de los ya estéticos muros de la casa, hasta que quisieron lavar la mancha de sangre y vieron que no se quitaba. Aquello fue sólo el principio de los hechos sobrenaturales que iban a llenar de pavura a los nuevos propietarios. Una noche escucharon a una mujer gimiendo y clamando por un niño, y tras los lúgubres lamentos se dejó escuchar el llanto del niño. No bien había salido de su alcoba el señor Coronado se topó con una visión horripilante: el espectro de una mujer que pedía que le devolvieran a su hijo y que lo había matado. Aquella visión aterradora heló la sangre en las venas del señor, que parecía próximo a perder el conocimiento, cuando sonó un grito en la parte baja de la casa, y dándole la espalda a la muerta bajó con la prisa que el momento le permitía, al escuchar el grito angustioso de su hijo. No acababa de bajar el señor cuando estuvo ante otra aparición aterradora justo sobre la mancha de sangre.
Armándose de valor el señor Coronado se enfrentó al escalofriante espectro y le preguntó cuál era el motivo de su penar; entonces escucho una voz hueca, de ultratumba, que electrizaba de horror: dijo que su cuerpo se encontraba enterrado en esta casa por un espantoso crimen cometido y había sepultado viva a una criatura en la hornacina de la casa, y al sacarlos despojo del niño la mujer dejaría de perturbar con su siniestra aparición. Y como había aparecido, de la nada se esfumó el aterrador fantasma de don Erasmo, dejando temblando de miedo y próximos al desmayo a padre e hijo.
Al día siguiente don Coronado consultó el caso con fray Pedro Bracamontes y éste lo acompañó con dos hombres hasta el hornacina, se descubrió la improvisada tumba del niño y cuenta la leyenda que al destaparle y exponer los restos al aire lanzó un agudo llanto, y entonces ocurrió lo inexplicable, lógico a la fecha: al contacto del aire, los tiernos huesos del niño tantos años enterrados se desintegraron. Con la exhumación de los restos del infante, dejó de vagar el espíritu atormentado de Francisca y por ende, ya nos escucharon sus gemidos y lamentos. Sin embargo, el alma en pena de Erasmo aun perturbó varias noches al dueño de la casa; y cierta noche le pidió que llevara sus culpas ante un confesor y después que sacara sus huesos del patio y los llevara a camposanto.
Aconsejado por fray Bracamontes y corridos los trámites legales, fue exhumado también el cuerpo de don Erasmo, enterrado en el patio de la casa desde hacía muchos años. Con la cristiana sepultura dada a los despojos del criminal y codicioso Erasmo, su fantasma dejó de vagar por aquella casa. El hecho de que al exhumar los despojos del niño, se escucharon el llanto de éste, corrió de boca en boca y por eso el vulgo bautizó esta casa como “la casa del niño”; sin embargo, al transcurso de los años la gente que vio la hornacina o nicho vacío, torció las cosas y la designó como “casa del nicho”. Volvieron a pasar los años, sobrevino el movimiento de Independencia que vino a conformar la estructura de la patria, después la aplicación drástica de las leyes de Reforma y con ellas, el cambio de fisonomía de la que fuera capital de Nueva España.
La tétrica casa del niño, que fuera el nueve de calle del Arco de San Agustín, hoy República del Salvador, sufrió también modificaciones y nuevos moradores llegaron a ella. ¡Aún en nuestros días, nada es imposible! Nadie ha podido borrar esa mancha, ni aun utilizando líquidos químicos modernos. ¿Quieren verla y probar?

domingo, 26 de enero de 2014

La casa del Diablo (Pedregal de San Ángel, donde hoy está el monumento a Obregón)

Durante el siglo XVI muchos españoles navegaban al continente americano en busca de fortuna; entre los viajeros estaba don Rodrigo  de Villanueva y su familia, que llegaron al Nuevo Mundo sin mucho dinero, para tomar posesión de una casa que habían heredado.
Cuando llegaron, el lugar señalado, su sorpresa fue grande al ver que la casa se encontraba en ruinas, y a pesar de ser muy grande, las tierras ubicadas en el frente estaban abandonadas. La esposa e hijo de don Rodrigo se negaban a quedarse  en ese lugar, pero no tenían otra opción, debido a que no tenían el suficiente dinero para regresar a España. A pesar de los intentos del padre de familia para darles ánimo con sus palabras, su hijo presentía que había una extraña energía, la cual se fue intensificando conforme recorrían las áridas tierras.
Mientras caminaban escucharon como retumbaban unas siniestras carcajadas, todos miraron a su alrededor y no encontraron a nadie cerca, pero cuando don Rodrigo preguntó quién andaba por ahí, desaparecieron de inmediato; el silencio se apodero del lugar y una ligara corriente de viento se dejó sentir. Entonces de la casa salió un anciano con un aspecto desagradable; tenía la piel opaca, los ojos hundidos y amarillentos y sonreía con una boca carente de dientes. Aquel hombre camino hacia donde estaban los españoles, diciéndoles que aquel viento venía del mismísimo infierno y que no iba a descansar hasta que la casa fuera destruida. Nadie se había atrevido nunca a enfrentarlo…
Don Rodrigo se volteó molesto hacia el anciano para reclamarle, pero al voltear, este ya había desaparecido de manera extraña, ¿A dónde se había ido?  Su esposa se acercó para calmarlo, haciéndole entender que era más importante buscar un lugar seguro para pasar la noche.
Al día siguiente salieron  muy temprano para buscar trabajadores dispuestos a labrar las tierras, pero éstos al ver el lugar del que trataba, salían corriendo como alma que lleva el Diablo. Don Rodrigo pensaba que estaban obsesiones, pero si hijo les daba la razón, pues sentía que aquella casa estaba maldita, aunque su papá no le creía. En ese momento se volvieron a escuchar las mismas siniestras carcajadas, y al volver sus miradas vieron como aquel anciano salía de una de las habitaciones en ruinas, pero ahora tenía un tic nervioso que lo obligaba a cerrar el ojo, y entonces les advirtió que por más que se esforzaran en levantar la casa, el viento del Diablo vendría a acabar con todo. Molesto don Rodrigo desenvainó su espada para correrlo, pero cuando volteó ya había desaparecido.
Los días siguientes fueron de trabajos pesados, pues al no encontrar gente que quisiera labrar las tierras, ellos solos tuvieron que levantar aquella casa en ruinas y sembrar las áridas tierras. Pocos meses después los meses después, los maizales crecieron en un hermoso color verde, que le daba un toque distinto a todo el lugar, todo se veía totalmente diferente.
Todo marchaba viento en popa, la familia iba a juntar suficiente dinero, sin embargo, cierta noche, cuando se disponían a dormir, una fuerte viento comenzó a soplar en los campos, que se volvió más violento a los pocos minutos. Así como llegó el viento, se detuvo de repente, dejándose escuchar después unos aterradores gritos, los cuáles parecían de alguien que estaba a punto de morir. Don Rodrigo despertó con sobresalto, y al mismo tiempo la puerta de la habitación se abrió violentamente; por la ventana se podía ver como el fuerte viento arrastraba la tierra.
Don Rodrigo quería encontrar alguna explicación a tal fenómeno, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, cuando hijo entró a la habitación con un miedo que le helaba la sangre, él sabía que esto solo podía ser obra del Demonio; su padre no le hizo caso a los temores de su hijo. Entre los dos intentaron cerrar la ventana, pero el viento soplaba tan fuerte, que se los impidió; a los lejos se dejó escuchar otro desgarrador lamento, como si fuera el augurio de que algo terrible iba a suceder. Después se dejó venir un silencio sepulcral, seguido de un viento todavía más fuerte que arrancó el tejado de la casa, los corrales de los animales y el sembradío. De nada sirvió los fervorosos rezos de la familia, pues el viento sopló toda la noche.
Al día siguiente, todo estaba en ruinas como cuando llegaron, la esposa de don Rodrigo lloraba desconsolada, mientras su hijo trataba de convencer a su padre de que el anciano les había advertido claramente del peligro que ahí corrían, pero don Rodrigo molesto le dijo que por nada del mundo abandonaría la casa, de ser necesario lucharía contra el Demonio. La familia no intentó contradecirlo porque el señor era muy necio, y sabían que nada lo haría cambiar de opinión; así que con el rostro lleno de tristeza, ingresaron a la casa en ruinas.
Pasaron los meses y don Rodrigo con su familia volvieron a levantar la casa, construyendo los corrales y sembrando; las tierras pronto volvieron a reverdecer, todo volvía a ser como antes. Todos estaban inmensamente felices, hasta que escucharon aquella infernal voz que les dijo: “De nada os servirá tanto esfuerzo, porque esta noche el viento del infierno volverá”. Cuando la oscuridad llegó, los vientos violentos volvieron a soplar y los desgarradores lamentos se volvieron a escuchar; y como en  caso anterior, un silencio sepulcral invadió el ambiente, seguido de un viento todavía más fuerte. El techo comenzó a desprenderse, pero la señora trataba de luchar con rezos.  El muchacho angustiado y desesperado salió de casa, para tratar de detener a los animales que se escapaban, al ver que los corrales ya no estaban; como pudo tomó a uno de los caballos de las riendas, el cual lo arrastró hacia una colina. Los angustiados padres no sabían dónde estaba su hijo, pero aquella siniestra voz sí: “Busquen a su hijo en la Boca del Diablo”.
Los padres salieron en busca del muchacho, pero al parecer nadie sabía en donde estaba dicho lugar, entonces se dedicaron a recorrer cada rincón de los alrededores durante varias horas. Cuando encontraron a su hijo nada ya pidieron hacer por él, ya estaba sin vida, presentaba señales de tortura y al parecer su muerte había sido lenta y dolorosa.
Finalmente don Rodrigo comprendió que la propiedad estaba maldita. En ese instante aparece el anciano  para decirles que el espíritu de su hijo vagaría por aquellas tierras, hasta que el mal fuera expulsado. Don Rodrigo estaba molesto, ya había pensado irse inmediatamente a España, pero las palabras del anciano lo hicieron desistir.
Los días siguientes fueron pasando lentamente, hasta que una semana después se dejaron escuchar uno tristes lamentos de su hijo, pidiéndoles ayuda  a sus padres. Al abrir la ventana vieron con horror al espectro, que lloraba y se lamentaba por andar penando. El muchacho les advirtió que se tenían que ir porque cosas peores se venían; apenas hubo terminado de decir aquellas palabras despareció.
Al día siguiente esperaban con ansias que la noche cayera para poder ver a su hijo nuevamente y averiguar la forma de poderlo ayudar. La visión que se les hizo presente era mucho pero, pues ahora ya tenía sus carnes a medio consumir y se desprendía de él olor fétido; aun así su madre lo abrazó. El fantasma les dijo lo mismo de la noche anterior e igual volvió a desparecer.  La siguiente noche se volvió a aparecer para hacerles saber que la maldición del lugar desaparecería cuando alguien tomara una cruz y se parara en el centro de la casa, la tierra desvía tapar todo; era la única manera en el que muchacho podría obtener el descanso eterno. Era la última  vez que los padres verían a su hijo.
Al día siguiente fueron en busca de un sacerdote, pero ninguno se ofreció a ayudarlos.  Cuando creyeron que todo estaba perdido, encontraron en su camino a un fraile que sólo iba de paso, el cual traía un caballo que se comenzó a alocar y salió corriendo hasta la propiedad de los españoles; don Rodrigo trató de calmar al caballo, pero éste lo atacó causándoles severas heridas. Al fraile se le caía la cara de vergüenza por lo que había pasado, pero ya ni llorar era bueno por qué el hombre ya estaba muerto; su esposa lloraba destrozada.
Desesperada la mujer, le relató al fraile todo lo que había acontecido en torno a la casa maldita, y le pidió encarecidamente su ayuda; lleno de curiosidad el religioso se trasladó hasta la ciudad para informarse de lo que había pasado en ese lugar. Pregúntale preguntando, se enteró que unos brujos habían lanzado una maldición y está no puede romperse hasta que alguien fuera sepultado con una cruz por la tierra que volaba el viento, por lo que todos los ahí presentes creyeron que era el momento de que esta maldición llegará a su fin. Las personas que se ofrecieron ayudar, enterraron a don Rodrigo en forma vertical sin una cruz en su ataúd y rociado con agua bendita; al caer la noche todos estaban ansiosos por saber qué iba a ocurrir.
Cerca de la medianoche el viento comenzó a soplar, acto seguido el fraile colocó una cruz en el ataúd y el resto de los ahí presentes se refugiaron en las ruinas de la casa; todos empezaron a rezar, al mismo tiempo que el religioso buscaba refugio. Cuenta la leyenda que el espíritu de don Rodrigo salió de su tumba y empezó a luchar contra los vientos, después le pidió a su esposa que se fuera de aquel lugar, pues ahí se debió edificar una iglesia para terminar con la maldición de una vez por todas.

La última voluntad de don Rodrigo fue cumplida al pie de la letra, ya que al día siguiente su esposa se embarcó rumbo a España y la vieja Casa del Diablo, fue demolida y sobre estos terrenos fue levantada una pequeña iglesia, que con el paso del tiempo tuvo que ser reubicada.

domingo, 28 de abril de 2013

La casa del niño quemado




Pavorosa y sobrenatural es esta leyenda cuyos sucesos no pueden explicarnos sino los mismos seres del más allá; en los escritos de Riva Palacio y Luis González Obregón, así como en documentos del Archivo General de la Nación, se han encontrado los elementos necesarios para llevar a ustedes amigos lectores esta leyenda.
Hasta el siglo pasado existieron las ruinas de esa casa, en lo que hoy es esquina de Bucareli y Avenida Chapultepec, desde lo que fue campo florido hasta más allá delo que hoy es Niza apenas si había unas cuantas casonas, una ellas que fue la que construyó el conquistador Pedro Soto. Muy cerca, casi en frente de la casonaderruida que se encontraba precisamente en donde hoy hay un edificio de la época del Porfiriato y que ocupa en la parte baja una cantina.
Corría el año de 1717 cuando llegó a la Nueva España don Eulogio de Olivares y Tafoya trayendo consigo a su esposa y su hijo Ambrosio de once años; esta familia iba a habitar la casona que fuera de Pedro de Soto; pero al cruzar el carruaje frente a la casa en ruinas un hálido siniestro se dejó sentir, pero no habían avanzado unos metros cuando el chico presintió lo sobrenatural, así fue como los hipersensibles oídos del niño percibieron lamentos ultraterrenos; este volvió hacia su madre atónito, acto seguido miró hacia el bosque y creyó percibir algo. Los padres hicieron caso omiso a lo que les decía el muchacho. No pasó mucho tiempo cuando finalmente la familia llegó a la que sería su nueva morada que era una casona hermosa y enorme; los recién llegados cenaron y se aprestaron a descansar de tan cansado y largo viaje, sin saber que a partir de esa noche sus vidas cambiarían.
Serían poco después de las once de la noche cuando el chico, por las emociones del viaje no pudo conciliar el sueño, y en ese momento se figuró escuchar débiles susurros que arrastraba el viento, fueron ayes dolientes y lastimeros que parecían emitir la misma noche, con lo que Ambrosio experimentó un sobresalto. Los lamentos cada vez se escuchaban más cercanos, más dolientes y obligaron al muchacho a cercarse a la ventana; pero sus ojos vivaces e inquietos solo vieron sombras presintieron una rara presencia entre el follaje; entonces el viento arrastró los lamentos y aquella presencia se convirtió en un susurro que opacó el misterio de la noche, y sin poder dormir esperó vestido hasta que llegara el día siguiente sin decir una sola palabra a sus padres.
Poco antes de la media noche los lamentos lastimeros se volvieron a escuchar y Ambrosio se levantó rápidamente, salió de su casa y se lanzó hacia el bosque en persecución de quien se lamentaba tan dolorosamente, pero no veía a nadie y a pesar de todo sentía su presencia. El chico seguía corriendo y bajo sus pies se podía escuchar el ruido de la hojarasca y los susurros lastimeros en el silencio de la noche en el soplar del viento, siguió su camino hasta que sin darse cuenta llegó hasta aquella casa quemada que hubiera visto al ir en el carruaje. Allí, frente a la puerta cuyas maderas habían sido consumidas por el fuego, volvió a escuchar aquel lúgubre lamento.
Al día siguiente muy temprano un criado llevó ante sus padres el cuerpo inerte del pequeño, relatando el primero que lo había encontrado desmayado en el bosque mientras buscaba leña.
A partir de entonces el niño se levantaba noche a noche y seguir la dirección de los dolientes ayes, y cada mañana era encontrado dormido ó desmayado frente a las sucias ruinas; tal cosa tenía a sus padres profundamente preocupados pues creían que la criatura era sonámbula; pero lo curioso fue que durante esos días el niño jamás mencionó que era lo que había visto u oído, pero lo cierto es que su salud desmejoró y cuando se le vigiló de modo que no pudo hacer más escapatorias nocturnas, esto provocó que cayera en cama con una fuerte fiebre repitiendo cosas sobre un pobre niño atormentado que no podía obtener el perdón de alguien.
Los padres del chico hablaron el doctor y este les relató la historia de un alma que lleva mucho tiempo atormentada, vagando por aquella casona abandonada y que la única forma de curar a su hijo era ayudando a aquella alama en pena. ¿Quién ni es capaz de hacer por un hijo cuanto sea preciso?, pues eso hizo don Eulogio y se lanzó esa noche al bosque con un farol en la mano dispuesto a averiguar que era aquello que perturbaba la salud de su hijo; no pasó mucho tiempo cuando llegó a pocos metros de la casa quemada y se situó cerca de un árbol para poder espiar de cerca. Poco antes de la media noche, la débil brisa nocturna llevó a sus oídos unos débiles quejidos; acto seguido se puso de pie, dispuesto a averiguar quién vagaba por el bosque. Las débiles pisadas sobre la hojarasca se fueron acercando llenando de inquietud a don Eulogio, de repente en ese momento sintió que junto a él pasaba ese “alguien” que se convirtió en una ráfaga helada de aire de ultratumba que lo llevó hacia la casa quemada; en ese momento el hombre escuchó como si escaparan de la puerta calcinada aquellos gemidos lastimeros y acto seguido un impulso temerario y de ansiedad lo lanzó hasta la puerta misma de la casa quemada, y gritó a los cuatro vientos, pero solo obtuvo como respuesta un silencio sepulcral, solo el viento que movía el follaje y levantaba las hojarascas ¡nada más!.
Al día siguiente apenas llegó el médico, don Eulogio le relató todo lo sucedido; esa misma noche ambos se hicieron acompañar de un criado y colocaron una serie de faroles para ver si el espectro se manifestaba, este último sintió temor y pidió autorización para retirarse. El médico y don Eulogio se quedaron solos en el bosque aguardando la llegada del ser que gemía, pasaba el tiempo y comenzaban a sentirse desesperados cuando cerca de la media noche percibieron aquel susurro, alguien se acercó lanzando al aire de la noche dolorosos gemidos, los pasos continuaron y estupefactos los españoles vieron como parecía levantarse hojarasca al ser hollada por pies invisibles, en ese momento se dejó sentir la presencia de aquel ser y se escuchó su lastimero llanto. En ese momento ocurrió un fenómeno misterioso e inexplicable, pues algo se interpuso entre la visión de los españoles y el farol, no era un ser denso, pero proyectó su sombra contra las mismas sombras de la casona ruinosa y renegrida; aquellos hombres quedaron atónitos y después discutieron los hechos preguntándose porque aquella alma en pena no podía cruzar la puerta.
Día tras día, noche tras noche los lamentos dolorosos continuaron perturbando el bosque y la salud del pequeño Ambrosio cada día era más precaria; llegó la situación a tal punto que pasadas varias noches su salud se agravó, y temiendo por la vida de su vástago, pidió con urgencia don Eulogio a su mujer hacer lo necesario . Momentos más tarde llegó el doctor con gray Ezequiel de Alonso, un viejo franciscano del templo de San Antonio, y el español desesperado imploró al fraile cuanto le fue posible para que salvara la atormentada alma de su pequeño. El religioso se quedó a solas con el niño para escuchar su confesión, esta la hizo con mucha lucidez a pesar de la fiebre que no cedía y con lujo de detalle le relató al religioso sobre los macabros acontecimientos del bosque. Minutos más tarde salió el fraile, dirigiéndose a don Eulogio y al doctor que aguadaban les dijo que el pequeño se encontraba muy mal, sin embargo sabía el remedio para esta situación; así que el religioso les dio la instrucción a los españoles de que prepararan antorchas y faroles y acto seguido se dirigieron al bosque.
Aquella extraña comitiva que iba a luchar con un fantasma se internó en el bosque rumbo a la casa quemada, y una vez que llegaron colocaron los faroles sobre las escaleras, uno de cada lado y las antorchas fueron colocadas a lo largo del camino que recorría la doliente alma. Los tres hombres se quedaron aguardando la aparición del fenómeno y los criados se marcharon; poco antes de la media noche se escuchó el susurro y los gemidos dolorosos, y acto seguido el fraile se precipitó hacia la entrada de la casa mientras se dejaban escuchar los pasos y el arrastrar de algo sobre la hojarasca, entonces sonaron los gemidos y ante el asombro del doctor y don Eulogio, el fraile comenzó a hablar hacia el viento del bosque implorando al Señor que se llevara consigo a aquellas almas a su eterna morada y permitiera que aquella puerta se abriera.
Se escucharon pasos sobre los escalones y el hollar de la hierba cerca de la puerta, luego se materializó “aquello” al pasar por delante de los faroles colocados en el interior, cuyas flamas vacilaban y “aquello” se interpuso entre la escalera y el cura: ¡un ser de ultratumba!; después sin ningún motivo las antorchas y faroles se apagaron, y en medio de la oscuridad se vieron dos figuras espectrales horrorosas, después solamente se escuchó la voz del fraile que decía: “Dios sea bendito y alabado. ¡Juan, quedáis con vuestra madre!”.
En aquel momento se encendieron nuevamente y solos, los faroles y antorchas, sopló un viento fresco y todo pareció volver a la normalidad; y aún tembloroso por la emoción pasada, el religioso regresó ante los asustados caballeros y momentos más tarde los tres actores de estos hechos sobrenaturales estuvieron en la casa de don Eulogio, el espectáculo ultraterreno aún los tenía sobrecogidos.
El fraile les relató a los españoles sobre aquellas almas atormentadas que conoció en vida: se trataba de un mozuelo que abandonó a su madre por irse en pos de una mítica aventura, y el chico que llevara en vida el nombre de Juan Henriquez de Pineda, deslumbrado por relatos de viejos soldados se marchó en busca de siete ciudades de oro perdidas, y en vano suplicó su viuda madre para que no la dejara en el desamparo, pero él se marchó dejándola sumida en un amargo llanto. Una noche según se dice, de manera accidental y otros dicen que fue provocado, la casona tomó fuego y la madre de Juan nada hizo por apagar las llamas, ni pedir auxilio, pues se dejó morir en aquella hornaza y de aquella casa amplia y alegre solo quedaron ruinas humeantes, renegridas y en silencio; más tarde se supo que el muchacho había muerto ¡quemado! en su malhadada aventura, pero finalmente su alma encontró el descanso eterno al lado de su madre. En esos momentos la madre del niño Ambrosio entró feliz a comunicarles que este ya no tenía fiebre, todos se regocijaron con la buena nueva. Don Eulogio días más tarde cambióse de casa y de rumbo por aquello de las dudas.
Fray Alonso, en su celda del templo de San Antonio escribió sobre este suceso sobrenatural, pero habiendo sido más tarde del conocimiento del vulgo se desató una avalancha de testimonios de gentes que aseguraban haberse topado con los espectros de la casa quemada, pero así como hubo dichos de gente grosera y a leguas mentirosa, también se registraron otros de personas serias e insospechables. Hay tesis de que este tipo de fenómenos suelen repetirse; así que cuando dirijan sus pasos por ese rumbo, cuídense de toparse con esas almas en pena.

domingo, 10 de febrero de 2013

Leyenda del edificio de la Aduana


Corría el año de 1740, cuando era virrey de la Nueva España don Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de Santiago, y asunto extraño: era oriundo de Perú.
En aquel año en particular, trascurría un frío y cruel invierno que calaba hasta los huesos, haciendo que la ciudad se volviera más lenta; sucedió que por estos días el coronel prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis cayó profundamente enamorado de la hermosa y joven sobrina del virrey, doña Sara de García Somera y Acuña. La hermosa dama contaba con solamente dieciocho años de edad, en plena flor de la vida; con estos atributos no era de asombrarse que todo el tiempo se pudieran ver pretendientes rondando por su casa, ubicada en la segunda calle del Relox (hoy república de Argentina). Decían los caballeros más atrevidos que su hermoso y bien formado cuerpo iluminaba cualquier alcoba.
¿Dónde conoció don Juan a la bella dama? Fue en una fiesta en el palacio virreinal en que la vio por primera vez, y desde ese día comenzó a cortejarla; desde luego Sara se dejaba querer, pero se negaba a darle en tan anhelado “si”.
¿Quién era aquel caballero enamorado como jovencito? Era un buen hombre de noble alcurnia, que llegara a la Nueva España con una gran fortuna, la cual acrecentó al igual que su fama de potentado; por si esto fuera poco, tenía un importante cargo en la Aduana al servicio del rey. Todas estas cualidades le habían otorgado una muy buena reputación, a la que su dinero había contribuido en gran medida. Se le podía ver en cuanto sarao había, pues su estatus de caballero de la Orden Militar de Santiago le daba todo el derecho del mundo.
El amor de don Juan hubiera sido perfecto, si no hubiera tenido una gran desventaja en su contra, que ni todo su dinero podía cambiar: su edad, pues tenía ya casi los sesenta años. Para el eso no importaba, dicen que el amor no tiene edad y mientras haya ganas de vivir y mucho entusiasmo, hasta se puede rejuvenecer un poco; esto precisamente le sucedió al caballero enamorado, a quien se le podía ver caminando más erguido, con más energía y vitalidad, por dentro se sentía más joven.
Como todo hombre rico que se precie, don Juan llevaba la ostentación al extremo. Toda su vida se le había visto trasladarse en su litera o en una carroza jalada por los más finos caballos; ambos medios de transporte estaban recubiertos de seda, decoradas con cortinillas de terciopelo rojo y bordadas con hilos de oro y plata. Ya desde 1716 tenía fama de ostentoso, y más cuando asistió a los festejos de la toma de posesión del virrey don Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, marqués de Valero y duque de Arión, perteneciente a la cámara de Su Majestad. Cabe destacar que el nuevo virrey fue el primer gobernante en llegar soltero a la Nueva España, ya que era muy joven y por desgracia también  murió joven, después de dejar durante cinco años el gobierno virreinal. Hay documentación que corrobora su prematuro deceso, en donde dice que en el año de 1722 enviaron a Madrid su corazón para que fuera guardado en el convento de las monjas capuchinas. Aquel gobernante siempre se caracterizó por lucir siempre de lo más elegante, y en ocasiones especiales le gustaba lucir una gran peluca blanca al estilo Luis XV.
En una de aquellas fiestas, en especial la celebrada en el año de 1716, asistió el infaltable don Juan Gutiérrez Rubín con 14 años menos en su haber; en aquella ocasión el caballero se fue al extremo en lujo y ostentación: llegó con su traje tapizado de joyas, con hermosos bordados de perlas e incrustaciones de pedrería, cadenas, anillos, alfileres de oro prendidos sobre la seda blanca con encajes en cuellos y pecho, broches de oro y plata en su sombrero de ala ancha, hebillas de oro en su calzado y las incrustaciones de rubíes en las empuñaduras de su espada y daga ambas de lo mejor de Toledo. El acaudalado caballero no perdía la oportunidad de exhibir su riqueza en el palacio virreinal, ya que las joyas con ese brillo espectacular que tienen, es imposible que pasen inadvertidas bajo las luces de las lámparas de aceite.
El tiempo pasó y a don Juan le dio por enamorarse ya hasta los sesenta años, cuando conoció a la bella jovencita sobrina del virrey marqués de Casafuerte; sin embargo, doña Sara dudaba en aceptar la propuesta de matrimonio del viejo rejuvenecido, pero fue tanta su insistencia, que finalmente le puso una condición aconsejada por su tío: le daba un plazo de seis meses para que terminara de construir el edificio de la Aduana que se encontraba en muy malas condiciones. ¡Eso era imposible! ¿Cómo construir un edificio en tan poco tiempo? El viejo salió de la casa de su amada con el ánimo en el suelo, pero su ánimo se vio otra vez arriba cuando leyó un verso del “Libro del buen amor”, del Arcipreste de Hita: 
Esta dueña me hirió con saeta envenenada,
Me atravesó el corazón y la traigo en él clavada;
No la puedo arrancar por más fuerza que haga,
La llaga va en aumento y el dolor no aminora nada.

¡Solo tenía seis meses! ¡Había que empezar lo antes posible! En el acto don Juan de Celis fue a buscar al arquitecto más reconocido de la época, don Pedro de Arrieta, quien le dijo que terminar un edificio así en tan poco tiempo era prácticamente imposible, apurándose le quedaría en dos años. Ante la respuesta negativa del constructor, el rejuvenecido caballero fue con todos los arquitectos que había, pero todos le salieron con lo mismo.
Desesperado por conseguir el amor de doña Sara, decide el mismo dirigir la obra. Contrató a negros, criollos, españoles, indios, mestizos y a cuanta gente estuviera dispuesta a trabajar, ahora si ¡manos a la obra! El trabajo comenzaba desde las seis de la mañana y concluía hasta las ocho de la noche. A don Juan incluso se le ocurrió que vinieran las esposas de los trabajadores para que ahí mismo les dieran de comer y beber; muchos indios y mulatos dormían en el lugar de la obra, son Juan  les había proporcionado los suficientes petates y cobijas para tenerlos cerca.
Los días iban pasando rápidamente, y con ellos el insomnio del caballero iba en aumento, debido a que la obra iba avanzando muy lentamente; ya iba para el cuarto mes y tuvo que contratar más gente. Los canteros, carpinteros y herreros comenzaron a trabajar de noche.
Cuando faltaba solamente un mes para que el plazo llegara a su fin, apenas empezaban a poner las vigas del techo de la segunda planta; todo era trabajo, trabajo y más trabajo, no había tiempo que perder, cada minuto y cada segundo eran valiosos. El tiempo pasó, y cuando ya faltaban escasos quinces días, don Juan regañó a los herreros porque la herrería de los balcones y de los pasillos estaba bastante mal hecha, pero no había tiempo para volverla a hacer, ya como cayera, el chiste era terminar la obra.
Por fin llegó el 28 de junio de 1741 día en que el plazo llegaba a su vencimiento; los habitantes hasta se levantaron temprano presas de la curiosidad y el morbo. Don Juan Gutiérrez, vestido con sus mejores galas, con una nerviosa sonrisa y su corazón aceleradas palpitaciones, subió a su carruaje y se dirigió a la casa de su amada; al llegar tembloroso le dijo que había cumplido con la condición que le había pedido y ahora era el turno de ella de cumplir su palabra. A la doncella le costaba trabajo creer tal cosa, hasta que el caballero le entregó sobre un cojín de terciopelo rojo, las llaves de la Aduana; halagada doña Sara tomó las llaves y esbozó una sonrisa.     
En agosto del mismo año la pareja contrajo nupcias en la Catedral: la bella jovencita de dieciocho primaveras y el hombre de sesenta con todo y su rejuvenecida de amor. Toda la gente más importante de la época fue invitada a la boda, y como siempre no faltan los colados que se metieron con un pequeño soborno a los guardias, que ya andaban bien borrachos.
Desde aquel día, don Juan vivió muy feliz el resto de sus días; en cuanto a doña Sara, nadie lo sabe. Pero los que si podemos saber, es que la Aduana está en frente de la Plaza de Santo Domingo, recordándonos que para el amor no hay obstáculos ni cosas imposibles de hacer, con tal de estar con la persona amada.

domingo, 6 de enero de 2013

La Casa de los Hermanos Malditos (Sucedió en la calle de Mesones)



En esta calle todavía existe una vieja casona entre las Calles de Cinco de Febrero e Isabel la Católica, que durante la noche causa pavor a quien pase, debido a los macabros sucesos que tuvieron lugar. Desde la época de la colonia esa casona siempre tuvo muy mala fama, de ahí nació ese nombre que tuvo por muchos años.
Corría el año de 1611, cuando ese lugar era habitado por Florián Rivadeneyra y Lucinda de Zavala, que nunca habían tomado los votos matrimoniales, solo eran una pareja de borrascosos amantes y sus aventuras de amor desenfrenado causaban gran escándalo entre los habitantes, quienes continuamente decían que con sus actitudes llenaban las calles de vergüenza y pecado. Aquella gente exigía castigo para aquellos pasionales amantes, pues conductas indecorosas iban en contra de la moral y las buenas costumbres de un ciudadano decente.
Una noche, dos caballeros caminaban por aquella calle, y al pasar cerca de la casa escucharon los gemidos desenfrenados de los amantes, como de costumbre cada noche y que representaban una gran ofensa y oprobio para todas las personas; aquellos caballeros comentaron que la pareja debía de ser castigada, cuando en ese momento observan a fray Dorantes a los lejos, que era un fraile ejemplar apegado a los preceptos que dicta la Santa Madre Iglesia y de una gran devoción; el religioso se acercó a saludar a aquellos caballeros, y al mismo tiempo se oía una oleada de risas eufóricas.
Los hombres preguntaron al fraile si no era posible que Florián y Lucinda fueran castigados por las leyes cristianas, fray Dorantes contestó que nada podía hacer, pero que había una justicia divina que tarde ó temprano iba a castigarlos severamente por sus aquellos terribles pecados.
En la casa, cada noche era de continuos excesos de amor, vino, risas, cantos y fiestas, en pocas palabras: una auténtica orgía. El amor que se tenían aquellos amantes era tanto, que hasta los sirvientes salían corriendo a esconderse detrás de las cortinas de terciopelo rojo. Y aquel lugar, que un día fuera tema de comentario de los ciudadanos, dejó de serlo cuando de repente una noche no hubo ruido alguno, pasando así algunas semanas en que reinaba la paz y tranquilidad. De repente una noche los vecinos despertaron precipitadamente al escuchar unos gritos, y vieron a un hombre en el balcón gritándole a su amada.
Aquella fue la última vez que los vecinos vieran a Florián, pues cuenta la leyenda que desde esa noche lo único que hubo después fueron sombras y silencio; lo único vivo que había en la casona era un sirviente que todas las noche salía a encender el farol, pero un día también abandonó el lugar, igual que toda la demás servidumbre. Se dice que aquel criado fue a ver al licenciado don Miguel Osornio y Huicochea, que era apoderado de Florián; le entregó las llaves de la casa y un sobre cerrado.
La desaparición de los fogosos amantes llegó a iodos de las autoridades virreinales, que iniciaron una investigación para aclarar aquel misterio, e hicieron llamar al licenciado Osornio, quien declaró lo siguiente:
“Solo puedo decirles que los dueños de la casa están en Perú, ya que de acuerdo a las instrucciones escritas que me entregó el criado del caballero Rivadeneyra, envié allá el dinero, fruto de la venta de sus bienes y en cuanto la casa sea vendida, de inmediato enviaré el dinero”.
Las autoridades eclesiásticas le pidieron las llaves de la casa al licenciado, para hacer una investigación más profunda, pues se decía que los amantes habían sido asesinados y que ese lugar estaba maldito. Cuando los alguaciles fueron a la casona no encontraron rastro alguno de violencia; el tiempo pasó y la casona no pudo ser vendida porque los rumores de que ahí habitaban fantasmas cada vez iban más en aumento.
En abril de 1614, llegaron a Nueva España don Cosme Jiménez Catalám y sus dos hijos Cosme y Cecilia; se hospedaron en una posada que se encontraba en las calles de Balvanera, en donde fueron visitados por su amigo don Pedro de Alcántara. El objetivo de don Cosme era casar a sus hijos con personas prominentes, a lo cuál su camarada le comento que no le sería difícil, ya que provenían de noble cuna.
Don Cosme tenía interés en comprar la casona de Mesones, la gente le advirtió que ahí vivían almas en pena y seres malignos; pero el hombre hizo caso omiso de las advertencias y compró la casona, trasladándose a ella el 19 de septiembre de ese mismo año. Todos se instalaron en sus respectivas habitaciones, sintiendo cada uno de ellos una extraña sensación, Cecilia se estremeció con un desagradable escalofrío.
Nadie supo lo que había pasado, se dice que los espíritus de los amantes hicieron contacto con el cuerpo de los hermanos, y en efecto fue así; los espectros habían encontrado cuerpos físicos en que materializarse.
Pasaron dos semanas y no ocurrió nada extraño, todo lo contrario, don Cosme andaba muy entusiasmado con los preparativos de la fiesta, donde sus hijos serían presentados ante la alta sociedad de Nueva España. Esa misma noche el feliz padre escuchó unas voces que venían de la planta baja, tomó una vela y bajo las escaleras para reprender a sus hijos por aquel escándalo, pero al llegar a la estancia, se quedo mudo ante lo que vio: ¡Sus dos hijos estaban besándose y riéndose como lujuriosos amantes!
Don Cosme incrédulo y alarmado, gritó con desesperación se detuvieran, y les pidió una explicación ante su incestuosa conducta; los hermanos se desmayaron y al despertar no recordaban nada de lo ocurrido. Cada noche se repetía la misma escena y claro, esto no pudo pasar inadvertido a los criados y al poco tiempo los habitantes de la colonia ya estaban al tanto, y si pasaban cerca de la casa maldita lo hacían rápidamente.
Don Cosme sin saber que hacer, solicitó la ayuda del santo varón fray Baltasar de Rebollo; al contarle todo lo acontecido con sus hijos, el religioso le relató la historia de los amantes borrascosos que en vida habían habitado esa casona y que ahora sus espíritus errantes poseían los cuerpos de los muchachos para satisfacer sus más bajas pasiones; y la única solución era que uno de ellos debía morir.
El angustiado padre estuvo meditando en las palabras del varón, entonces esa misma noche tomo su arco y su flecha, se escondió tras una cortina mientras y le dio un flechazo al corazón de Cecilia, cayendo al suelo sin vida mientras el espíritu que todavía estaba en el cuerpo del mancebo gritaba de angustia.
Cuenta la leyenda que Cosme tomó a la muerta en sus brazos al sótano, seguido por don Cosme, gray Rebollo y dos representantes de la ley; dejó a la joven en rincón y juró alcanzarla para amarla por la eternidad. El fraile hizo los conjuros para romper aquella maldición; y dicen los documentos del Santo Oficio que los sortilegios se rompieron en mil pedazos, al tiempo Cosme quedó liberado y vio a su hermana muerta, su padre intentó consolarlo suplicándole no le pidiera explicaciones.
Una vez que salieron padre e hijo del sótano, los hombres que trajera fray Rebollo comenzaron a excavar siguiendo sus instrucciones; en ese lugar encontraron los esqueletos de los amantes, que se encontraban unidos fuertemente por un abrazo; el religioso hizo un conjuro para deshacer aquel abrazo maldito; y en ese momento se escucharon unos horribles lamentos.
Don Cosme y su hijo abandonaron aquel maldito lugar y regresaron a España. Nunca se supo quien mató a Florián y Lucinda, ni quien los sepultó abrazados.
Los documentos de la época dicen que el abogado era la única persona capaz de explicarlo, pero un día desapareció sin dejar rastro y este misterio jamás pudo ser resuelto.

martes, 22 de junio de 2010

Los macabros moradores de la casa de los Arcos (Sucedió en la calle de Analco, hoy Arcos de Belem)

De la época colonial son pocos los vestigios que quedan en la hoy llamada Avenida Arcos de Belem; si acaso el templo y el convento de los betlemitas, que después fuera por muchos años la Escuela Médico Militar.

En nombre del progreso han entrado en los viejos edificios el pico y la pala con su obra devastadora, demoliendo casas llenas de historia y tradición; tal fue el caso del Palacio de Doña Soledad de Castaño y Burgos, dama sobre la cual se aborda una extraordinaria historia y espeluznante leyenda y que, según las crónicas vivió en el año 1642. En aquella época era virrey el duque de Escalona, conocido entre otras cosas por haber dado a su gobierno el aspecto de una ostentosa corte, en la que privaban la corrupción y la intriga.

Mucho se habló de amoríos secretos entre el duque y doña Soledad, que nadie sabía de dónde había obtenido su cuantiosa fortuna, el hecho que la dama en cuestión hacía honor a la época de lujo, derroche y disipación ofreciendo grandes saraos en su palacio de la calle de Analco. Nunca se le vio al virrey asistir a una de esas fiestas, pero si, en cambio se veía sumamente concurrida por cortesanos y nobles que se disputaban una sonrisa ó una mirada de doña Soledad, desde los más jóvenes hasta los más maduros; siempre había riñas entre los caballeros asistentes y para que las cosas no pasaran mayores intervenía la dueña de la casa.

Siempre al terminar una fiesta doña Soledad esperaba a un caballero en su alcoba, en esta ocasión fue don Vicente, pero el afortunado resultó un joven que astutamente había permanecido escondido. Su juvenil corazón empezó a latir furiosamente, al oír que los criados cerraban el portón, y los menudos pasos de la dama por el corredor, salió de su escondite y le habló de lo que los sentimientos que habían despertado en su corazón. Sin embargo, a pesar de mostrarse sorprendida y hasta escandalizar, lo cierto es que a la poco escrupulosa doña Soledad le halagaba en apasionamiento del muchacho; afecta a buscar nuevas experiencias una vez más dio rienda suelta a sus pasiones.

Don Vicente llegaría dos horas después, que traía una llave de una puertecita secreta que la mujer le había dado, pero al querer entrar en la alcoba que según le habían dicho se encontró nada menos que al joven y acto seguido entraron en combate, y sin más el chico lanzó un furioso mandoble sobre el sorprendido don Vicente que apenas pudo esquivar; pero el segundo más diestro y experimentado en el manejo de la espada, pronto cedió el lance en su favor; doña Soledad creyó perdido al mancebo y ofuscada por el miedo se arrojo sobre don Vicente armada de filoso puñal, pero desafortunadamente el caballero cayó hacia delante y accidentalmente atravesó al indefenso joven, ambos cayeron heridos de muerte.

La dama rectificó que nadie se hubiera percatado de los hechos, y acto seguido arrastro el cadáver de don Vicente al otro extremo del corredor donde movió una moldura de la decoración de la pared, ésta cedió dejando ver una escalera que bajaba en medio de la oscuridad, arrojó en seguida el cuerpo inanimado del hombre dando tumbos hasta chocar con una corriente de agua, después hizo lo mismo con el joven. La pared se volvió a cerrar y doña Soledad se dispuso a limpiar cuidadosamente la sangre de piso y muros y a pensar en una historia creíble de las repentinas desapariciones.

Al día siguiente los sirvientes no hicieron preguntas acerca del joven, por lo que la mujer aprovechó esto para diseminar la versión de que se había ido de la casa sin dar aviso alguno y como si nada hubiera pasado siguió con su vida de orgías y disipación; aunque para los habitantes del México Colonial pasaban cosas extrañas en torno a doña Soledad, sus amantes que desaparecían sin dejar rastro, brujería, entre otros rumores. Pero el tío del joven, don Andrés de Calderón y Díaz no se podía quedar tranquilo y decidió averiguar las extrañas actividades de aquella mujer llendo a su casa para hablar también sobre la repentina desaparición de su sobrino. La discusión entre ambos llegó a tal grado, que doña Soledad aprovechó esto para llorar y que aquel hombre que era todo un caballero no podía ver lágrimas en los ojos de una dama sin sentirse conmovido.

Don Andrés estaba a punto de retirarse, cuando la mujer le ofreció alojamiento en su casa, insistiéndole hasta poderlo convencer y nuevamente el caballero se vio desarmado ante ella; pero la oferta de la dama no era de a gratis, ya que esa misma tarde inició sus labores de seducción con una rica comida, decidida a hacer que el señor de Calderón se olvidara de investigar lo que había sido de su sobrino Diego.

Cuando por la noche se retiraron a dormir, don Andrés ya no podía apartarla de su pensamiento, soñando con doña Soledad permaneció largo rato, hasta que de pronto sitió la presencia de alguien más en su habitación, y no precisamente que estuviera vivo; pasado el suceso, el hombre sentía escalofríos y se sirvió un vaso de vino, pero al querer llevárselo a los labios sintió que algo le jalaba el brazo, la impresión que le hizo aquel contacto invisible y helado lo hizo soltar aterrorizado el vaso. Los cabellos se le erizaron y miró asustado a su alrededor, la temperatura comenzó a disminuir y eso lo hizo estremecerse de pies a cabeza, acto seguido la luz de la bujía se apagó y sin embargo, la habitación quedó iluminada por una extraña y lúgubre fosforescencia. El terror había paralizado a don Andrés, pues la silueta que se destacaba en una de las esquinas de la habitación empezó a moverse lentamente hacia él, hasta que se destacó claramente ante sus ojos el rostro de aquella aparición, que conocía muy bien: era su sobrino Diego. El joven pálido y frío le lanzó una tristísima mirada y entreabrió los labios como para decir algo; pero una sombra gigantesca surgió y lo envolvió totalmente, dejando la habitación sumida en la oscuridad; acto seguido entró la seductora doña Soledad alarmad, al verle tembloroso y con el rostro pálido pregúntole que le acontecía, para lo que el hombre le relato aquel sobrenatural suceso.

La astuta mujer se las ingenió para salirse con la suya una vez más, pues don Andrés sucumbió a sus encantos como tantos otros, sin embargo, no por eso se tranquilizó. A la mañana siguiente el día estaba nublado y los corredores de la casa sumamente oscuros; pero cuando el abandonó su cuarto para dirigirse al comedor volvió a experimentar una extraña sensación, pues sentía que varias presencias invisibles y etéreas lo seguían, pero sin volver la cabeza apresuró el paso hasta entrar en el comedor. Sin embargo, cuando más tarde volvió a tener la misma sensación empezó a intrigarse seriamente sobre lo que podría ser; pero mientras más hacía por vencer el miedo y establecer contacto con todos aquellos fantasmas, más parecía impedirlo, ya que la sombra gigantesca que siempre los cubría para hacerlos desaparecer.

Intrigado por estos acontecimientos sobrenaturales, don Andrés decide dar parte a las autoridades del Santo Oficio, aún exponiéndose a que lo acusaran de herejía; pero doña Soledad se entera de sus planes y pone el grito en el cielo, pero al resultarle imposible convencerlo de los contrario, recurre nuevamente a sus armas de seducción para impedirle al preocupado hombre que pusiera en marcha sus propósitos. Finalmente don Andrés quedó convencido de que podía ir al Santo Oficio a la mañana siguiente.

La noche se presentó oscura y desapacible, fuerte vendaval estremecía las copas de los árboles y cimbraba puertas y ventanas de la casa. Mientras tanto, dentro de las casa, el caballero había podido dormirse tal vez por no haberlo hecho bien la noche anterior y la mujer lo contemplaba de una manera muy extraña planeando algo por demás malo; del buró preciosamente tallado que había junto a su cama, extrajo una filosa daga de mango de marfil y acto seguido levantó la mano para descargar un brutal golpe de cuchillo sobre el corazón de don Andrés, pero hubo de soltar la daga casi en seguida, pues sintió que dos manos fuertes y vigorosas le atenazaban el brazo para impedirle todo movimiento; entonces comenzó a sentir que el brazo le ardía de una manera horrible y al escuchar los gritos, se despierta el caballero, quien quiso aliviarla de su dolor y fue cuando advirtió unas manchas enrojecidas en el tornado y blanco brazo de la dama, y don Andrés ayudado por los sirvientes colocó compresas frías en su brazo, pero esto servía de nada porque los dolores eran cada vez más intensos, hasta que finalmente perdió el sentido.

El tío de Diego, dado a los acontecimientos decide ir acto seguido al Santo Oficio a relatar los sucesos. Entre tanto doña Soledad se encontraba en sus aposentos recobrando el sentido y una de sus sirvientas le relata lo que el caballero fue a hacer.

Ante el azoro de la sirvienta, la mujer saltó del lecho y quiso salir de la habitación, la primera quiso detenerla, pero la segunda la apartó con un vigoroso empujón. La dama salió espantada por el corredor, mientras la criada daba desesperadas voces; doña soledad llega al final del corredor y mueve la moldura de la pared se introduce en la puerta que se abrió y en ese preciso momento llegaban don Andrés y el sacerdote, quienes sorprendidos la vieron descender por aquella escalera oscura y lúgubre; optaron por seguirla, la oscuridad era cada vez más impenetrable y el sacerdote encendió el cirio bendito que llevaba.

Doña Soledad se encontraba en el último peldaño de la escalera mirando como hipnotizada las negras aguas que se abrían a sus pies; don Andrés y los sacerdotes contemplaron algo que los dejó de una pieza: de las turbulentas aguas surgió una extraña embarcación con un tétrico remero que se acercó hasta donde se encontraba la mujer y le tendió la mano, ella de manera instintiva retrocedió, pero aquella mano peluda y bestial la aferró fuertemente del brazo haciéndola lanzar un alarido de dolor; en ese momento, de debajo de las aguas surgieron infinidad de espectros y bestias infernales, que la hicieron entrar a la siniestra embarcación y debatiéndose con desesperación entre aquellos entes infernales, doña Soledad se alejó de la orilla a bordo de la lancha remada por el extraño encapuchado.

En sacerdote miró con el rostro desencajado a don Andrés, corroborando el religioso lo que el caballero le había venido a relatar momentos antes.

La casa fue bendecida y se dijeron muchos exorcismos para liberarla de los espíritus infernales, que se creía la habitaban, pero con todo eso, continuaron las pariciones de Diego y otros más, entre los que se reconocieron los antiguos amantes de doña Soledad, y por ese motivo la casa a la que le decían de los Arcos por estar frente a los Arcos de Belem, fue llamada también de los moradores macabros.

Don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona fue destituido a poco de estos acontecimientos, pues mucho se dijo que en parte fue por haber sido protector de doña Soledad.

La casa quedó abandonada. Don Andrés decidió mandar decir varias misas en sufragio del alma de su sobrino Diego; y siglo y medio después, cuando empezaba a hablarse de las insurrecciones contra España, la casa de los Arcos ó de los habitantes macabros fue demolida, pero al arrasarla encontraron entre el lodo que había en sus cimientos varios esqueletos, para lo cual se dio parte a la Inquisición, pero misteriosamente no dio importancia al hecho, ¿la razón?, quizá porque seguían pensando que aquel lugar era la entrada del infierno, y que los cadáveres encontrados pertenecían a personas codenadas por sus culpas.

domingo, 25 de abril de 2010

La incestuosa casa de los Ruvalcaba(Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

Horrendo en el relato de lo ocurrido en una casona que aún hoy levanta sus viejos muros en la que conocemos por la calle de Uruguay número 92. Se tratan de hechos monstruosos que dieron fama siniestra a la casa de los Ruvalcaba, allá en el primer cuarto del siglo XVII.

Allá por el año de 1628, es decir durante la primea cuarta parte del siglo XVII, piratas holandeses habían desembarcado en el puerto de Acapulco, muchas familias hispanas huyeron a las selvas escondiendo sus tesoros e hijas; si embargo, los piratas al mando del audaz capitán Spilberg se marcharon sin causar daño, tomaron víveres, vinos, frutas e hicieron agua dulce y se marcharon en paz. Por esos mismos días, por el canal de las Bahamas, merodeaba otro pirata sanguinario llamado Pedro Hein, este andaba en pos de naves españolas y portuguesas para arrebatarles sus tesoros; el pirata llevaba diestros artilleros y pesados cañones en ambas bandas así, el 19 de septiembre los piratas se apoderaron de una nave española que llevaba doce millones de pesos fuertes.

Por ese tiempo era virrey en Nueva España don Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralvo, y todos los habitantes estaban preocupados por la presencia y hazañas de los piratas. En aquellos días vivía en la calle que se llamó de Ortega, de Tiburcio, San Agustín, de don Juan Manuel, Balvanera, San Román, Puerta Falsa de la Merced, Santiaguito y que hoy conocemos por Uruguay, un riquísimo anciano llamado don Servando de Sáenz y Ruvalcaba, quien era dueño de dos minas de oro y una de plata, cuyas vetas producían más cada día, y cuanto más tenía más avaro se hacía y su sed de atesoramiento también, evitaba el pago de diezmos y eludía llevar su metal a la Casa del Apartado. El anciano era viudo y tenía dos hijos: Manuel de 26 años y Paz de 19, pero a pesar de su abundante riqueza no les compraba nada de ropa, la poca que tenían eran casi harapos, apenas les daba de comer y no tenían criados.

Don Servando, teniendo conocimiento de los piratas que acechaban los océanos y el solo hecho de pensar en que su fortuna fuera robada, se dio a la tarea de una intensa actividad; preparó una mezcla y había comprado varios cientos de ladrillos de barro cocido, piedra y tezontle, llevó argamasa, materiales y herramientas hasta el interior de su recámara y pese a su avanzada edad y a su escaso conocimiento de albañilería, comenzó a levantar un muro.

Varias semanas después, una carreta entraba a la capital de Nueva España, al peso de la madrugada nadie osaba curiosear; el vehículo de tracción animal se detuvo ante la casa de don Servando y el caballero llamó a la puerta dando tres golpes como señal; el anciano salió a indagar quien llamaba, después con gran sigilo empezaron a descargar la preciada carga de la carreta, que eran nada menos que lingotes de oro y plata, que iba anotando meticulosamente en una libreta. Después de algunas horas de trabajo lograron descargar todos los lingotes del carromato y al poco tiempo fueron obligados a salir de la casa.

Casi al alba, don Servando había logrado meter a su recámara todos los lingotes del metal recibidos la noche anterior y después abría un cuarto secreto, el mismo que construyera en el fondo de su alcoba y en una tercera maniobra los guardaba en un cuarto secreto junto con el resto de lo que ya tenía. Concluido su trabajo, se retiró a dormir vigilando su valioso tesoro.

Al medio día llegó Pelayo, que era su administrador para recibir órdenes de trabajo; después de haber terminado sus labores, por órdenes de su patrón le comentó que muchos mancebos deseaban pedirle en matrimonio a su hija, al escucha tal cosa, el anciano se levantó furioso, como si lo hubieran movido al impulso de un resorte alegando que jamás daría en matrimonio a su hija. Esa noche don Servando tuvo horribles sueños de que sanguinarios piratas lo atacaban para despojarlo de su incalculable tesoro y que uno de esos feroces piratas se robaba a su hija Paz; el anciano despertó de tan tremendo sueño gritando desesperado y tardó tiempo para volver a la realidad y comprobar que todo había sido un mal sueño. El resto de la noche ya no pudo dormir pensando en su hija, en su tesoro y en todo; ya para el amanecer su mente enferma había ideado un plan incestuoso y perverso, en cuanto se levantó mando llamar a sus dos hijos y dijo que para que un aventurero no se hiciera de su fortuna debían casarse entre ambos. Los hermanos quedaron mudos unos momentos, estupefactos, incrédulos ante aquella orden y esta vez Paz rompió el silencio diciendo que eso que planeaba era horrible, después la secundó su hermano tachando de monstruoso ese casamiento.

Don Servando al ver que los muchachos se negaban les dio tres días para “recapacitar”, mientras se cumplía el plazo a cada uno los encerró en su alcoba teniéndolos a pan y agua; si pasado ese tiempo se seguían negando los dejaría morir de hambre.

Estaban por completarse los tres días de castigo a pan y agua de los muchachos, cuando recibió la visita urgente de don Pelayo , su administrador para darle la terrible noticia de que una de las minas se había derrumbado debido a las torrenciales lluvias y amenazaba con inundarse; muchos hombres habían muerto (claro, eso no le importaba a don Servando). Una hora después el viejo cerraba precipitadamente su casa con las más fuertes cerraduras y cadenas que había y sin preocuparle nada más que su querida mina ordenó a su administrador partir en el acto.

El anciano se dedicó en cuerpo y alma a la titánica tarea de despejar la mina de derrumbes y cadáveres sin importarle la lluvia dirigía los trabajos de desagüe del mineral, el cuál duró varios días con la consecuencia de que don Servando cayera gravemente enfermo y ante la imposibilidad de trasladarlo a la capital don Pelayo lo atendió en su casa.

Tres meses después ya aliviado completamente, el anciano regresó a la capital y lo primero que hizo fue corroborar que las cerraduras estuvieran intactas, después fue al cuarto secreto donde guardaba sus lingotes de oro y plata y por último fue a abrir la puerta de cada cuarto de sus hijos; encontró a ambos muertos, descarnados, en una posición de angustia sobre el suelo, los pobres desdichados habían muerto de sed y hambre y las larvas se los habían comido, quedando solo horripilantes despojos y evidencia de una terrible agonía. El cruel avaro, lejos de condolerse por la muerte de sus hijos estalló en risotadas pues así ya no iba a tener que gastar en ellos un centavo; nada había más importante para el viejo que su tesoro, casi perdiendo el juicio colocó los esqueletos de sus hijos a la mesa y fingía hablar con ellos, convivir. Don Servando era tan miserable que cocía un caldo a base de hueso de jamón que le duraba ¡meses! y lo acompañaba con vino.

Una de las minas aumentaba su producción, así del mismo modo la codicia del anciano y su locura; una noche en vez de recibir ochenta quintales recibió la nada despreciable cantidad de doscientos once, mucho más oro que nunca la pila del preciado metal iba en aumento.

Un día de pronto la casa quedó en silencio, pasaron los meses y don Pelayo temiendo una desgracia fue a buscar la ayuda de la justicia; llegaron al lugar llamando a la puerta sin obtener respuesta, entonces todos entraron respirando una aire tétrico a humedad y abandono y de pronto los soldados hicieron el macabro descubrimiento de los muchachos muertos sentados a la mesa. A los despojos se les dio sepultura, pero de don Servando nunca se supo nada, pasaron los años y la casa se convirtió en ruinas.

En la segunda mitad del siglo XVII se funda el mayorazgo de los Cortina y esta familia compra la casona; en 1725 doña María Ana de Gómez de la Cortina hereda el condado de su apellido y casa con primo Vicente y aunque son dueños de inmensa fortuna y el mayorazgo, un golpe de suerte los hace todavía todavía más ricos, pues al derribar la puerta secreta hallan la fabulosa fortuna y el esqueleto de don Servando, que murió sepultado por su querido oro.

Esto es lo que sucedió en esta casa, que hoy podemos ver con el número 92 de las calles de Uruguay y hasta la fecha se le conoce como Palacio de los Condes de la Cortina y de la macabra leyenda no queda sino el terror y un amargo recuerdo.

domingo, 24 de enero de 2010

El caballero de la capa escarlata (Sucedió en la Casa del Factor en la calle de Jesús María)


El templo de la Merced, como su nombre lo dice también tuvo su convento, en honor a Nuestra Señora de la Merced, que fue construido a finales del siglo XVI. Este barrio fue uno de los primeros en contar con agua en 1591, hasta fue hecha una pila a un costado del Templo de la Merced. Como el agua es igual a vida, muchos habitantes de la Nueva España buscaron la manera de edificar su morada por esos rumbos, uno de ellos fue don Diego de Gómez y Quintana, quién fuera Factor de la corte del virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, que llegó al poder en 1595, gracias a este caballero don Diego consiguió una casa en las calles de Jesús María.
Cuentan las crónicas que este hombre era un hombre sin escrúpulos y cruel, eso no era de sorprenderse en aquella época porque la mayoría era así.
El caballero en cuestión era factor virreinal y su cargo consistía en recaudar las rentas para luego rendir los tributos de la corona; esto propiciaba el desbordamiento de sus más bajas cruentas pasiones, se decía que estas las llevaba hasta sus últimas consecuencias. No tenía compasión con el pobre infeliz que servía de diversión a los amigos de don Diego tratándolo punto menos que un animal, hasta que lo llevaban a la muerte; pero no nada más las víctimas eran para torturarlas, otras veces eran doncellas raptadas de sus casas las que servían de entretenimiento a los comensales.
Como resultado de todas aquellas atrocidades, aquel hombre se había hecho temer entre todos los que le conocían, entre ellos una familia que tenía que dar en matrimonio a su hija con aquel canalla, si se oponía tomaría cruel venganza. Aquella doncella tuvo que plegarse la mandato de sus padres y aceptar el compromiso con don Diego de Quintana; a la pobre muchacha solo le quedaba suspirar resignada, mentalmente decía adiós a sus ilusiones, a sus esperanzas de felicidad y al amor de cierto mancebo. Aquél galán acostumbraba rondar la casa de doña Elena del Río y Cuevas, prometida del factor; ella ya no acostumbraba a salir al balcón a ver su amado, debido a su compromiso matrimonial, y entonces la dama decidió aclarar aquella situación con su galán, don Rubén.
Después de haber escuchado la trágica historia de la doncella, el mancebo decidió tomar cartas en el asunto, no podía permitir que por nada del mundo aquel bergante cruel y desvergonzado le quitara a su amada. Los días pasaron una noche se presentó la oportunidad: el factor regresó más tarde que de costumbre después de haber libado con exceso en la taberna, el alcohol que corría por sus venas le nublaba la razón y la vista, con dificultades reconoció el zaguán de su casa cuando llegó; ocupado en buscar la llave del portón no advirtió que una sombra de un embozado surgía a sus espaldas, y antes de que el pudiera evitarlo, lo había atravesado de lado a lado con su espada. Embozado en su capa, don Rubén de Vicencio y Rendón se alejó por la obscura calle de Jesús María, mientras el cuerpo sin vida del factor quedaba tendido en medio de un charco de sangre frente a su casa.
Gran conmoción causó la muerte de don Diego en la corte, el virrey dispuso solemnes funerales para el; también por disposición gubernamental se sepultó al factor ataviado con la capa tinta en sangre con que lo habían encontrado muerto en la calle. A su paso los caballeros se descubrían y las damas se santiguaban, pero nadie sentía el menor pesar por su muerte y hubo quién como la familia de doña Elena del Río y Cuevas, no solo no sintió pesar, sino que hasta se alegró.
Eran tantos los enemigos del factor que resultó imposible saber cuál de todos le había dado muerte y el asunto se fue olvidando poco a poco; la soberbia mansión que habitó el funcionario en vida quedó abandonada, pero pasado algún tiempo, la gente que vivía en sus cercanías empezó a advertir cosas extrañas en aquella siniestra casa. Se decía que a determinadas horas del a noche se oían risotadas y gemidos en su interior, como cuando el factor atormentaba esclavos ante sus invitados; y también se decía que pasada la media noche salía un extraño caballero embozado en una capa escarlata, y que a todo el que tuviera la desventura de pasar por ahí lo abordaba amenazante. Cuentan que aquel transeúnte le pidió su bolsa de monedas de oro y que al oír la escalofriante carcajada del espectro se desplomó sin vida en la calle. Los cadáveres encontrados en aquel rumbo fueron muchos.
Los acontecimientos de la casa del factor empezaron a llenar de miedo a la gente del vecindario, nadie se atrevía a pasar por ahí por temor de toparse con el siniestro caballero escarlata; a esto se aunaba la continua y extraña presencia de intrusos dentro de la misma casa, delatada por el escándalo noche tras noche. Tan asustada se encontraba la gente que hasta recurrieron a las autoridades para denunciar lo que ahí acontecía.
Las autoridades dispusieron un cateo en la casona abandonada ese mismo día; al derribar la puerta lo único que encontraron fue polvo y un desolado abandono, pero había algo inusual que el alguacil encontró en un perchero: la capa ensangrentada.
Los inquisidores la sometieron a un riguroso examen y esa noche la dejaron guardada en un armario de la bodega de la inquisición, pero horas más tarde en aquella casona se pudieron escuchar espantosos alaridos de pavor, mezclados con escalofriantes carcajadas.
A la mañana siguiente se hizo un desconcertante descubrimiento en el edificio de la Inquisición: la capa había desaparecido. Acto seguido se hicieron los trámites necesarios para exhumar el cadáver del factor, súbitamente en ese momento el cielo se nubló y después de un rayo atronador, se dejó caer un aguacero torrencial que azotaba sin piedad las tumbas, a pesar de ser media mañana las tinieblas dominaban el cementerio. Los inquisidores no tuvieron otra opción que regresar a su convento, todos ensopados, cada vez más intrigados con los acontecimientos.
Pasando a cosas más agradables, doña Elena y don Rubén eran muy dichosos, ya que dentro de poco tiempo contraerían matrimonio, pero la conciencia del galán a cada momento le reprochaba el crimen que había cometido, y no podía ocultarlo frente a su amada cuando mencionaba su alegría de no haberse desposado con aquel mal hombre. Don Rubén se separó de su amada después de l toque de ánimas de aquella noche y enfiló los pasos hacia su casa, buen cuidado tenía de rodear la casa del factor, pero en esa ocasión iba demasiado distraído y cuando se dio cuenta ya estaba a escasos pasos de ella. Lleno de pavura quiso huir y volvió sobre sus pasos, pero aquella infernal aparición le cerró el paso, el mancebo quiso huir, pero el espectro del factor se lo impidió y lo arrastró al interior de la siniestra mansión.
No faltó sin embargo quien presenciara la espantosa escena y corriera a dar aviso a la prometida del caballero, la joven lo miró horrorizada y desprendiéndose de los brazos de su padre, salió corriendo como una loca a salvar a su amado; pero ella, fuera de si cómo estaba, no escuchó los gritos de su padre y corrió con desesperación hasta la casa del factor. Se llevó la mano al pecho y asió la cruz que de su cuello pendía, invocando la ayuda del altísimo para ayudarle a enfrentar lo que le esperaba en aquella siniestra mansión; rezando todo el tiempo, se detuvo en el umbral del que fuera el salón de fiestas de la casa del factor, y lo que vio ahí la paralizó de horror. Entonces, venciendo aquel miedo que le helaba la sangre, la muchacha enarboló en alto el crucifijo ante aquellos malignos espectros que tenían secuestrado a don Rubén.
Un atronador alarido que parecía venir desde los mismísimos infiernos se escuchó. Aquellos seres infernales, ante la sola vista de aquella figura divina, cayeron al suelo retorciéndose como si sintieran unas quemaduras espantosas, y al último se deshacían dejando en el suelo una fétida masa blanca; acto seguido el factor embozado en su capa trató de huir, pero fue alcanzado por la dama y de un tirón lo despojó de su prenda; mudo de estupor alcanzó a ver el rostro de aquel mal hombre, entonces en un abrir y cerrar de ojos el espectro se esfumó, dejando en el ambiente un horrible hedor a azufre.
Doña Elena cayó de rodillas ante el cuerpo de don Rubén, quien yacía sin sentido, de repente el parpadeó ligeramente, al encontrarse ante su amada la miró angustiado, pidiéndole lo llevara ante un confesor para descargar su conciencia, y poder vivir en paz.
Doña Elena lo complació y poco después lo dejaba en el convento de la Merced, donde el caballero confesó su crimen. Mientras tanto, a pesar de lo avanzado de la noche, la dama llevó a Santo Domingo la capa que le quitara al espectro del factor.
Al día siguiente fue exhumado el ataúd de don Diego Gómez y Quintana, pero al abrirlo se encontraron con que estaba vacío, y esa misma tarde la capa fue quemada, pero cuenta la leyenda que al ser echada al fuego se escuchó un espantoso alarido, y que mientras se consumía una negra columna de fuego se elevó por los aires, dejando ver una siniestra y conocida sombra que a todos llenó de pavor, pues era nada menos que Satanás.
En varios documentos de la época aparee esta espeluznante historia y gracias a eso ha podido ser reconstruida. Sin embargo, no se habla de lo ocurrido después a don Rubén de Vicencio , ni de si fue perdonado por su crimen, quizás después de saber que el caballero escarlata era el malvado factor, su culpa se atenuó y no recibió castigo.
Como quiera que sea, no hay duda de que cuando se transita por las noches cerca de la que fue la casa del factor en la calle de Jesús María se advierte algo extraño en el ambiente. ¿Se aparecerá todavía el siniestro factor de la capa escarlata?