domingo, 31 de mayo de 2015
La casa del Niño (Sucedió en la hoy calle República del Salvador)
domingo, 26 de enero de 2014
La casa del Diablo (Pedregal de San Ángel, donde hoy está el monumento a Obregón)
domingo, 28 de abril de 2013
La casa del niño quemado
domingo, 10 de febrero de 2013
Leyenda del edificio de la Aduana
domingo, 6 de enero de 2013
La Casa de los Hermanos Malditos (Sucedió en la calle de Mesones)
Corría el año de 1611, cuando ese lugar era habitado por Florián Rivadeneyra y Lucinda de Zavala, que nunca habían tomado los votos matrimoniales, solo eran una pareja de borrascosos amantes y sus aventuras de amor desenfrenado causaban gran escándalo entre los habitantes, quienes continuamente decían que con sus actitudes llenaban las calles de vergüenza y pecado. Aquella gente exigía castigo para aquellos pasionales amantes, pues conductas indecorosas iban en contra de la moral y las buenas costumbres de un ciudadano decente.
Una noche, dos caballeros caminaban por aquella calle, y al pasar cerca de la casa escucharon los gemidos desenfrenados de los amantes, como de costumbre cada noche y que representaban una gran ofensa y oprobio para todas las personas; aquellos caballeros comentaron que la pareja debía de ser castigada, cuando en ese momento observan a fray Dorantes a los lejos, que era un fraile ejemplar apegado a los preceptos que dicta la Santa Madre Iglesia y de una gran devoción; el religioso se acercó a saludar a aquellos caballeros, y al mismo tiempo se oía una oleada de risas eufóricas.
Los hombres preguntaron al fraile si no era posible que Florián y Lucinda fueran castigados por las leyes cristianas, fray Dorantes contestó que nada podía hacer, pero que había una justicia divina que tarde ó temprano iba a castigarlos severamente por sus aquellos terribles pecados.
En la casa, cada noche era de continuos excesos de amor, vino, risas, cantos y fiestas, en pocas palabras: una auténtica orgía. El amor que se tenían aquellos amantes era tanto, que hasta los sirvientes salían corriendo a esconderse detrás de las cortinas de terciopelo rojo. Y aquel lugar, que un día fuera tema de comentario de los ciudadanos, dejó de serlo cuando de repente una noche no hubo ruido alguno, pasando así algunas semanas en que reinaba la paz y tranquilidad. De repente una noche los vecinos despertaron precipitadamente al escuchar unos gritos, y vieron a un hombre en el balcón gritándole a su amada.
Aquella fue la última vez que los vecinos vieran a Florián, pues cuenta la leyenda que desde esa noche lo único que hubo después fueron sombras y silencio; lo único vivo que había en la casona era un sirviente que todas las noche salía a encender el farol, pero un día también abandonó el lugar, igual que toda la demás servidumbre. Se dice que aquel criado fue a ver al licenciado don Miguel Osornio y Huicochea, que era apoderado de Florián; le entregó las llaves de la casa y un sobre cerrado.
La desaparición de los fogosos amantes llegó a iodos de las autoridades virreinales, que iniciaron una investigación para aclarar aquel misterio, e hicieron llamar al licenciado Osornio, quien declaró lo siguiente:
“Solo puedo decirles que los dueños de la casa están en Perú, ya que de acuerdo a las instrucciones escritas que me entregó el criado del caballero Rivadeneyra, envié allá el dinero, fruto de la venta de sus bienes y en cuanto la casa sea vendida, de inmediato enviaré el dinero”.
Las autoridades eclesiásticas le pidieron las llaves de la casa al licenciado, para hacer una investigación más profunda, pues se decía que los amantes habían sido asesinados y que ese lugar estaba maldito. Cuando los alguaciles fueron a la casona no encontraron rastro alguno de violencia; el tiempo pasó y la casona no pudo ser vendida porque los rumores de que ahí habitaban fantasmas cada vez iban más en aumento.
En abril de 1614, llegaron a Nueva España don Cosme Jiménez Catalám y sus dos hijos Cosme y Cecilia; se hospedaron en una posada que se encontraba en las calles de Balvanera, en donde fueron visitados por su amigo don Pedro de Alcántara. El objetivo de don Cosme era casar a sus hijos con personas prominentes, a lo cuál su camarada le comento que no le sería difícil, ya que provenían de noble cuna.
Don Cosme tenía interés en comprar la casona de Mesones, la gente le advirtió que ahí vivían almas en pena y seres malignos; pero el hombre hizo caso omiso de las advertencias y compró la casona, trasladándose a ella el 19 de septiembre de ese mismo año. Todos se instalaron en sus respectivas habitaciones, sintiendo cada uno de ellos una extraña sensación, Cecilia se estremeció con un desagradable escalofrío.
Nadie supo lo que había pasado, se dice que los espíritus de los amantes hicieron contacto con el cuerpo de los hermanos, y en efecto fue así; los espectros habían encontrado cuerpos físicos en que materializarse.
Pasaron dos semanas y no ocurrió nada extraño, todo lo contrario, don Cosme andaba muy entusiasmado con los preparativos de la fiesta, donde sus hijos serían presentados ante la alta sociedad de Nueva España. Esa misma noche el feliz padre escuchó unas voces que venían de la planta baja, tomó una vela y bajo las escaleras para reprender a sus hijos por aquel escándalo, pero al llegar a la estancia, se quedo mudo ante lo que vio: ¡Sus dos hijos estaban besándose y riéndose como lujuriosos amantes!
Don Cosme incrédulo y alarmado, gritó con desesperación se detuvieran, y les pidió una explicación ante su incestuosa conducta; los hermanos se desmayaron y al despertar no recordaban nada de lo ocurrido. Cada noche se repetía la misma escena y claro, esto no pudo pasar inadvertido a los criados y al poco tiempo los habitantes de la colonia ya estaban al tanto, y si pasaban cerca de la casa maldita lo hacían rápidamente.
Don Cosme sin saber que hacer, solicitó la ayuda del santo varón fray Baltasar de Rebollo; al contarle todo lo acontecido con sus hijos, el religioso le relató la historia de los amantes borrascosos que en vida habían habitado esa casona y que ahora sus espíritus errantes poseían los cuerpos de los muchachos para satisfacer sus más bajas pasiones; y la única solución era que uno de ellos debía morir.
El angustiado padre estuvo meditando en las palabras del varón, entonces esa misma noche tomo su arco y su flecha, se escondió tras una cortina mientras y le dio un flechazo al corazón de Cecilia, cayendo al suelo sin vida mientras el espíritu que todavía estaba en el cuerpo del mancebo gritaba de angustia.
Cuenta la leyenda que Cosme tomó a la muerta en sus brazos al sótano, seguido por don Cosme, gray Rebollo y dos representantes de la ley; dejó a la joven en rincón y juró alcanzarla para amarla por la eternidad. El fraile hizo los conjuros para romper aquella maldición; y dicen los documentos del Santo Oficio que los sortilegios se rompieron en mil pedazos, al tiempo Cosme quedó liberado y vio a su hermana muerta, su padre intentó consolarlo suplicándole no le pidiera explicaciones.
Una vez que salieron padre e hijo del sótano, los hombres que trajera fray Rebollo comenzaron a excavar siguiendo sus instrucciones; en ese lugar encontraron los esqueletos de los amantes, que se encontraban unidos fuertemente por un abrazo; el religioso hizo un conjuro para deshacer aquel abrazo maldito; y en ese momento se escucharon unos horribles lamentos.
Don Cosme y su hijo abandonaron aquel maldito lugar y regresaron a España. Nunca se supo quien mató a Florián y Lucinda, ni quien los sepultó abrazados.
Los documentos de la época dicen que el abogado era la única persona capaz de explicarlo, pero un día desapareció sin dejar rastro y este misterio jamás pudo ser resuelto.
martes, 22 de junio de 2010
Los macabros moradores de la casa de los Arcos (Sucedió en la calle de Analco, hoy Arcos de Belem)
De la época colonial son pocos los vestigios que quedan en la hoy llamada Avenida Arcos de Belem; si acaso el templo y el convento de los betlemitas, que después fuera por muchos años la Escuela Médico Militar.
En nombre del progreso han entrado en los viejos edificios el pico y la pala con su obra devastadora, demoliendo casas llenas de historia y tradición; tal fue el caso del Palacio de Doña Soledad de Castaño y Burgos, dama sobre la cual se aborda una extraordinaria historia y espeluznante leyenda y que, según las crónicas vivió en el año 1642. En aquella época era virrey el duque de Escalona, conocido entre otras cosas por haber dado a su gobierno el aspecto de una ostentosa corte, en la que privaban la corrupción y la intriga.
Mucho se habló de amoríos secretos entre el duque y doña Soledad, que nadie sabía de dónde había obtenido su cuantiosa fortuna, el hecho que la dama en cuestión hacía honor a la época de lujo, derroche y disipación ofreciendo grandes saraos en su palacio de la calle de Analco. Nunca se le vio al virrey asistir a una de esas fiestas, pero si, en cambio se veía sumamente concurrida por cortesanos y nobles que se disputaban una sonrisa ó una mirada de doña Soledad, desde los más jóvenes hasta los más maduros; siempre había riñas entre los caballeros asistentes y para que las cosas no pasaran mayores intervenía la dueña de la casa.
Siempre al terminar una fiesta doña Soledad esperaba a un caballero en su alcoba, en esta ocasión fue don Vicente, pero el afortunado resultó un joven que astutamente había permanecido escondido. Su juvenil corazón empezó a latir furiosamente, al oír que los criados cerraban el portón, y los menudos pasos de la dama por el corredor, salió de su escondite y le habló de lo que los sentimientos que habían despertado en su corazón. Sin embargo, a pesar de mostrarse sorprendida y hasta escandalizar, lo cierto es que a la poco escrupulosa doña Soledad le halagaba en apasionamiento del muchacho; afecta a buscar nuevas experiencias una vez más dio rienda suelta a sus pasiones.
Don Vicente llegaría dos horas después, que traía una llave de una puertecita secreta que la mujer le había dado, pero al querer entrar en la alcoba que según le habían dicho se encontró nada menos que al joven y acto seguido entraron en combate, y sin más el chico lanzó un furioso mandoble sobre el sorprendido don Vicente que apenas pudo esquivar; pero el segundo más diestro y experimentado en el manejo de la espada, pronto cedió el lance en su favor; doña Soledad creyó perdido al mancebo y ofuscada por el miedo se arrojo sobre don Vicente armada de filoso puñal, pero desafortunadamente el caballero cayó hacia delante y accidentalmente atravesó al indefenso joven, ambos cayeron heridos de muerte.
La dama rectificó que nadie se hubiera percatado de los hechos, y acto seguido arrastro el cadáver de don Vicente al otro extremo del corredor donde movió una moldura de la decoración de la pared, ésta cedió dejando ver una escalera que bajaba en medio de la oscuridad, arrojó en seguida el cuerpo inanimado del hombre dando tumbos hasta chocar con una corriente de agua, después hizo lo mismo con el joven. La pared se volvió a cerrar y doña Soledad se dispuso a limpiar cuidadosamente la sangre de piso y muros y a pensar en una historia creíble de las repentinas desapariciones.
Al día siguiente los sirvientes no hicieron preguntas acerca del joven, por lo que la mujer aprovechó esto para diseminar la versión de que se había ido de la casa sin dar aviso alguno y como si nada hubiera pasado siguió con su vida de orgías y disipación; aunque para los habitantes del México Colonial pasaban cosas extrañas en torno a doña Soledad, sus amantes que desaparecían sin dejar rastro, brujería, entre otros rumores. Pero el tío del joven, don Andrés de Calderón y Díaz no se podía quedar tranquilo y decidió averiguar las extrañas actividades de aquella mujer llendo a su casa para hablar también sobre la repentina desaparición de su sobrino. La discusión entre ambos llegó a tal grado, que doña Soledad aprovechó esto para llorar y que aquel hombre que era todo un caballero no podía ver lágrimas en los ojos de una dama sin sentirse conmovido.
Don Andrés estaba a punto de retirarse, cuando la mujer le ofreció alojamiento en su casa, insistiéndole hasta poderlo convencer y nuevamente el caballero se vio desarmado ante ella; pero la oferta de la dama no era de a gratis, ya que esa misma tarde inició sus labores de seducción con una rica comida, decidida a hacer que el señor de Calderón se olvidara de investigar lo que había sido de su sobrino Diego.
Cuando por la noche se retiraron a dormir, don Andrés ya no podía apartarla de su pensamiento, soñando con doña Soledad permaneció largo rato, hasta que de pronto sitió la presencia de alguien más en su habitación, y no precisamente que estuviera vivo; pasado el suceso, el hombre sentía escalofríos y se sirvió un vaso de vino, pero al querer llevárselo a los labios sintió que algo le jalaba el brazo, la impresión que le hizo aquel contacto invisible y helado lo hizo soltar aterrorizado el vaso. Los cabellos se le erizaron y miró asustado a su alrededor, la temperatura comenzó a disminuir y eso lo hizo estremecerse de pies a cabeza, acto seguido la luz de la bujía se apagó y sin embargo, la habitación quedó iluminada por una extraña y lúgubre fosforescencia. El terror había paralizado a don Andrés, pues la silueta que se destacaba en una de las esquinas de la habitación empezó a moverse lentamente hacia él, hasta que se destacó claramente ante sus ojos el rostro de aquella aparición, que conocía muy bien: era su sobrino Diego. El joven pálido y frío le lanzó una tristísima mirada y entreabrió los labios como para decir algo; pero una sombra gigantesca surgió y lo envolvió totalmente, dejando la habitación sumida en la oscuridad; acto seguido entró la seductora doña Soledad alarmad, al verle tembloroso y con el rostro pálido pregúntole que le acontecía, para lo que el hombre le relato aquel sobrenatural suceso.
La astuta mujer se las ingenió para salirse con la suya una vez más, pues don Andrés sucumbió a sus encantos como tantos otros, sin embargo, no por eso se tranquilizó. A la mañana siguiente el día estaba nublado y los corredores de la casa sumamente oscuros; pero cuando el abandonó su cuarto para dirigirse al comedor volvió a experimentar una extraña sensación, pues sentía que varias presencias invisibles y etéreas lo seguían, pero sin volver la cabeza apresuró el paso hasta entrar en el comedor. Sin embargo, cuando más tarde volvió a tener la misma sensación empezó a intrigarse seriamente sobre lo que podría ser; pero mientras más hacía por vencer el miedo y establecer contacto con todos aquellos fantasmas, más parecía impedirlo, ya que la sombra gigantesca que siempre los cubría para hacerlos desaparecer.
Intrigado por estos acontecimientos sobrenaturales, don Andrés decide dar parte a las autoridades del Santo Oficio, aún exponiéndose a que lo acusaran de herejía; pero doña Soledad se entera de sus planes y pone el grito en el cielo, pero al resultarle imposible convencerlo de los contrario, recurre nuevamente a sus armas de seducción para impedirle al preocupado hombre que pusiera en marcha sus propósitos. Finalmente don Andrés quedó convencido de que podía ir al Santo Oficio a la mañana siguiente.
La noche se presentó oscura y desapacible, fuerte vendaval estremecía las copas de los árboles y cimbraba puertas y ventanas de la casa. Mientras tanto, dentro de las casa, el caballero había podido dormirse tal vez por no haberlo hecho bien la noche anterior y la mujer lo contemplaba de una manera muy extraña planeando algo por demás malo; del buró preciosamente tallado que había junto a su cama, extrajo una filosa daga de mango de marfil y acto seguido levantó la mano para descargar un brutal golpe de cuchillo sobre el corazón de don Andrés, pero hubo de soltar la daga casi en seguida, pues sintió que dos manos fuertes y vigorosas le atenazaban el brazo para impedirle todo movimiento; entonces comenzó a sentir que el brazo le ardía de una manera horrible y al escuchar los gritos, se despierta el caballero, quien quiso aliviarla de su dolor y fue cuando advirtió unas manchas enrojecidas en el tornado y blanco brazo de la dama, y don Andrés ayudado por los sirvientes colocó compresas frías en su brazo, pero esto servía de nada porque los dolores eran cada vez más intensos, hasta que finalmente perdió el sentido.
El tío de Diego, dado a los acontecimientos decide ir acto seguido al Santo Oficio a relatar los sucesos. Entre tanto doña Soledad se encontraba en sus aposentos recobrando el sentido y una de sus sirvientas le relata lo que el caballero fue a hacer.
Ante el azoro de la sirvienta, la mujer saltó del lecho y quiso salir de la habitación, la primera quiso detenerla, pero la segunda la apartó con un vigoroso empujón. La dama salió espantada por el corredor, mientras la criada daba desesperadas voces; doña soledad llega al final del corredor y mueve la moldura de la pared se introduce en la puerta que se abrió y en ese preciso momento llegaban don Andrés y el sacerdote, quienes sorprendidos la vieron descender por aquella escalera oscura y lúgubre; optaron por seguirla, la oscuridad era cada vez más impenetrable y el sacerdote encendió el cirio bendito que llevaba.
Doña Soledad se encontraba en el último peldaño de la escalera mirando como hipnotizada las negras aguas que se abrían a sus pies; don Andrés y los sacerdotes contemplaron algo que los dejó de una pieza: de las turbulentas aguas surgió una extraña embarcación con un tétrico remero que se acercó hasta donde se encontraba la mujer y le tendió la mano, ella de manera instintiva retrocedió, pero aquella mano peluda y bestial la aferró fuertemente del brazo haciéndola lanzar un alarido de dolor; en ese momento, de debajo de las aguas surgieron infinidad de espectros y bestias infernales, que la hicieron entrar a la siniestra embarcación y debatiéndose con desesperación entre aquellos entes infernales, doña Soledad se alejó de la orilla a bordo de la lancha remada por el extraño encapuchado.
En sacerdote miró con el rostro desencajado a don Andrés, corroborando el religioso lo que el caballero le había venido a relatar momentos antes.
La casa fue bendecida y se dijeron muchos exorcismos para liberarla de los espíritus infernales, que se creía la habitaban, pero con todo eso, continuaron las pariciones de Diego y otros más, entre los que se reconocieron los antiguos amantes de doña Soledad, y por ese motivo la casa a la que le decían de los Arcos por estar frente a los Arcos de Belem, fue llamada también de los moradores macabros.
Don Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla, Duque de Escalona fue destituido a poco de estos acontecimientos, pues mucho se dijo que en parte fue por haber sido protector de doña Soledad.
La casa quedó abandonada. Don Andrés decidió mandar decir varias misas en sufragio del alma de su sobrino Diego; y siglo y medio después, cuando empezaba a hablarse de las insurrecciones contra España, la casa de los Arcos ó de los habitantes macabros fue demolida, pero al arrasarla encontraron entre el lodo que había en sus cimientos varios esqueletos, para lo cual se dio parte a la Inquisición, pero misteriosamente no dio importancia al hecho, ¿la razón?, quizá porque seguían pensando que aquel lugar era la entrada del infierno, y que los cadáveres encontrados pertenecían a personas codenadas por sus culpas.
domingo, 25 de abril de 2010
La incestuosa casa de los Ruvalcaba(Sucedió en la hoy calle de Uruguay)
Horrendo en el relato de lo ocurrido en una casona que aún hoy levanta sus viejos muros en la que conocemos por la calle de Uruguay número 92. Se tratan de hechos monstruosos que dieron fama siniestra a la casa de los Ruvalcaba, allá en el primer cuarto del siglo XVII.
Allá por el año de 1628, es decir durante la primea cuarta parte del siglo XVII, piratas holandeses habían desembarcado en el puerto de Acapulco, muchas familias hispanas huyeron a las selvas escondiendo sus tesoros e hijas; si embargo, los piratas al mando del audaz capitán Spilberg se marcharon sin causar daño, tomaron víveres, vinos, frutas e hicieron agua dulce y se marcharon en paz. Por esos mismos días, por el canal de las Bahamas, merodeaba otro pirata sanguinario llamado Pedro Hein, este andaba en pos de naves españolas y portuguesas para arrebatarles sus tesoros; el pirata llevaba diestros artilleros y pesados cañones en ambas bandas así, el 19 de septiembre los piratas se apoderaron de una nave española que llevaba doce millones de pesos fuertes.
Por ese tiempo era virrey en Nueva España don Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralvo, y todos los habitantes estaban preocupados por la presencia y hazañas de los piratas. En aquellos días vivía en la calle que se llamó de Ortega, de Tiburcio, San Agustín, de don Juan Manuel, Balvanera, San Román, Puerta Falsa de la Merced, Santiaguito y que hoy conocemos por Uruguay, un riquísimo anciano llamado don Servando de Sáenz y Ruvalcaba, quien era dueño de dos minas de oro y una de plata, cuyas vetas producían más cada día, y cuanto más tenía más avaro se hacía y su sed de atesoramiento también, evitaba el pago de diezmos y eludía llevar su metal a la Casa del Apartado. El anciano era viudo y tenía dos hijos: Manuel de 26 años y Paz de 19, pero a pesar de su abundante riqueza no les compraba nada de ropa, la poca que tenían eran casi harapos, apenas les daba de comer y no tenían criados.
Don Servando, teniendo conocimiento de los piratas que acechaban los océanos y el solo hecho de pensar en que su fortuna fuera robada, se dio a la tarea de una intensa actividad; preparó una mezcla y había comprado varios cientos de ladrillos de barro cocido, piedra y tezontle, llevó argamasa, materiales y herramientas hasta el interior de su recámara y pese a su avanzada edad y a su escaso conocimiento de albañilería, comenzó a levantar un muro.
Varias semanas después, una carreta entraba a la capital de Nueva España, al peso de la madrugada nadie osaba curiosear; el vehículo de tracción animal se detuvo ante la casa de don Servando y el caballero llamó a la puerta dando tres golpes como señal; el anciano salió a indagar quien llamaba, después con gran sigilo empezaron a descargar la preciada carga de la carreta, que eran nada menos que lingotes de oro y plata, que iba anotando meticulosamente en una libreta. Después de algunas horas de trabajo lograron descargar todos los lingotes del carromato y al poco tiempo fueron obligados a salir de la casa.
Casi al alba, don Servando había logrado meter a su recámara todos los lingotes del metal recibidos la noche anterior y después abría un cuarto secreto, el mismo que construyera en el fondo de su alcoba y en una tercera maniobra los guardaba en un cuarto secreto junto con el resto de lo que ya tenía. Concluido su trabajo, se retiró a dormir vigilando su valioso tesoro.
Al medio día llegó Pelayo, que era su administrador para recibir órdenes de trabajo; después de haber terminado sus labores, por órdenes de su patrón le comentó que muchos mancebos deseaban pedirle en matrimonio a su hija, al escucha tal cosa, el anciano se levantó furioso, como si lo hubieran movido al impulso de un resorte alegando que jamás daría en matrimonio a su hija. Esa noche don Servando tuvo horribles sueños de que sanguinarios piratas lo atacaban para despojarlo de su incalculable tesoro y que uno de esos feroces piratas se robaba a su hija Paz; el anciano despertó de tan tremendo sueño gritando desesperado y tardó tiempo para volver a la realidad y comprobar que todo había sido un mal sueño. El resto de la noche ya no pudo dormir pensando en su hija, en su tesoro y en todo; ya para el amanecer su mente enferma había ideado un plan incestuoso y perverso, en cuanto se levantó mando llamar a sus dos hijos y dijo que para que un aventurero no se hiciera de su fortuna debían casarse entre ambos. Los hermanos quedaron mudos unos momentos, estupefactos, incrédulos ante aquella orden y esta vez Paz rompió el silencio diciendo que eso que planeaba era horrible, después la secundó su hermano tachando de monstruoso ese casamiento.
Don Servando al ver que los muchachos se negaban les dio tres días para “recapacitar”, mientras se cumplía el plazo a cada uno los encerró en su alcoba teniéndolos a pan y agua; si pasado ese tiempo se seguían negando los dejaría morir de hambre.
Estaban por completarse los tres días de castigo a pan y agua de los muchachos, cuando recibió la visita urgente de don Pelayo , su administrador para darle la terrible noticia de que una de las minas se había derrumbado debido a las torrenciales lluvias y amenazaba con inundarse; muchos hombres habían muerto (claro, eso no le importaba a don Servando). Una hora después el viejo cerraba precipitadamente su casa con las más fuertes cerraduras y cadenas que había y sin preocuparle nada más que su querida mina ordenó a su administrador partir en el acto.
El anciano se dedicó en cuerpo y alma a la titánica tarea de despejar la mina de derrumbes y cadáveres sin importarle la lluvia dirigía los trabajos de desagüe del mineral, el cuál duró varios días con la consecuencia de que don Servando cayera gravemente enfermo y ante la imposibilidad de trasladarlo a la capital don Pelayo lo atendió en su casa.
Tres meses después ya aliviado completamente, el anciano regresó a la capital y lo primero que hizo fue corroborar que las cerraduras estuvieran intactas, después fue al cuarto secreto donde guardaba sus lingotes de oro y plata y por último fue a abrir la puerta de cada cuarto de sus hijos; encontró a ambos muertos, descarnados, en una posición de angustia sobre el suelo, los pobres desdichados habían muerto de sed y hambre y las larvas se los habían comido, quedando solo horripilantes despojos y evidencia de una terrible agonía. El cruel avaro, lejos de condolerse por la muerte de sus hijos estalló en risotadas pues así ya no iba a tener que gastar en ellos un centavo; nada había más importante para el viejo que su tesoro, casi perdiendo el juicio colocó los esqueletos de sus hijos a la mesa y fingía hablar con ellos, convivir. Don Servando era tan miserable que cocía un caldo a base de hueso de jamón que le duraba ¡meses! y lo acompañaba con vino.
Una de las minas aumentaba su producción, así del mismo modo la codicia del anciano y su locura; una noche en vez de recibir ochenta quintales recibió la nada despreciable cantidad de doscientos once, mucho más oro que nunca la pila del preciado metal iba en aumento.
Un día de pronto la casa quedó en silencio, pasaron los meses y don Pelayo temiendo una desgracia fue a buscar la ayuda de la justicia; llegaron al lugar llamando a la puerta sin obtener respuesta, entonces todos entraron respirando una aire tétrico a humedad y abandono y de pronto los soldados hicieron el macabro descubrimiento de los muchachos muertos sentados a la mesa. A los despojos se les dio sepultura, pero de don Servando nunca se supo nada, pasaron los años y la casa se convirtió en ruinas.
En la segunda mitad del siglo XVII se funda el mayorazgo de los Cortina y esta familia compra la casona; en 1725 doña María Ana de Gómez de la Cortina hereda el condado de su apellido y casa con primo Vicente y aunque son dueños de inmensa fortuna y el mayorazgo, un golpe de suerte los hace todavía todavía más ricos, pues al derribar la puerta secreta hallan la fabulosa fortuna y el esqueleto de don Servando, que murió sepultado por su querido oro.
Esto es lo que sucedió en esta casa, que hoy podemos ver con el número 92 de las calles de Uruguay y hasta la fecha se le conoce como Palacio de los Condes de la Cortina y de la macabra leyenda no queda sino el terror y un amargo recuerdo.
domingo, 24 de enero de 2010
El caballero de la capa escarlata (Sucedió en la Casa del Factor en la calle de Jesús María)
Cuentan las crónicas que este hombre era un hombre sin escrúpulos y cruel, eso no era de sorprenderse en aquella época porque la mayoría era así.
El caballero en cuestión era factor virreinal y su cargo consistía en recaudar las rentas para luego rendir los tributos de la corona; esto propiciaba el desbordamiento de sus más bajas cruentas pasiones, se decía que estas las llevaba hasta sus últimas consecuencias. No tenía compasión con el pobre infeliz que servía de diversión a los amigos de don Diego tratándolo punto menos que un animal, hasta que lo llevaban a la muerte; pero no nada más las víctimas eran para torturarlas, otras veces eran doncellas raptadas de sus casas las que servían de entretenimiento a los comensales.
Como resultado de todas aquellas atrocidades, aquel hombre se había hecho temer entre todos los que le conocían, entre ellos una familia que tenía que dar en matrimonio a su hija con aquel canalla, si se oponía tomaría cruel venganza. Aquella doncella tuvo que plegarse la mandato de sus padres y aceptar el compromiso con don Diego de Quintana; a la pobre muchacha solo le quedaba suspirar resignada, mentalmente decía adiós a sus ilusiones, a sus esperanzas de felicidad y al amor de cierto mancebo. Aquél galán acostumbraba rondar la casa de doña Elena del Río y Cuevas, prometida del factor; ella ya no acostumbraba a salir al balcón a ver su amado, debido a su compromiso matrimonial, y entonces la dama decidió aclarar aquella situación con su galán, don Rubén.
Después de haber escuchado la trágica historia de la doncella, el mancebo decidió tomar cartas en el asunto, no podía permitir que por nada del mundo aquel bergante cruel y desvergonzado le quitara a su amada. Los días pasaron una noche se presentó la oportunidad: el factor regresó más tarde que de costumbre después de haber libado con exceso en la taberna, el alcohol que corría por sus venas le nublaba la razón y la vista, con dificultades reconoció el zaguán de su casa cuando llegó; ocupado en buscar la llave del portón no advirtió que una sombra de un embozado surgía a sus espaldas, y antes de que el pudiera evitarlo, lo había atravesado de lado a lado con su espada. Embozado en su capa, don Rubén de Vicencio y Rendón se alejó por la obscura calle de Jesús María, mientras el cuerpo sin vida del factor quedaba tendido en medio de un charco de sangre frente a su casa.
Gran conmoción causó la muerte de don Diego en la corte, el virrey dispuso solemnes funerales para el; también por disposición gubernamental se sepultó al factor ataviado con la capa tinta en sangre con que lo habían encontrado muerto en la calle. A su paso los caballeros se descubrían y las damas se santiguaban, pero nadie sentía el menor pesar por su muerte y hubo quién como la familia de doña Elena del Río y Cuevas, no solo no sintió pesar, sino que hasta se alegró.
Eran tantos los enemigos del factor que resultó imposible saber cuál de todos le había dado muerte y el asunto se fue olvidando poco a poco; la soberbia mansión que habitó el funcionario en vida quedó abandonada, pero pasado algún tiempo, la gente que vivía en sus cercanías empezó a advertir cosas extrañas en aquella siniestra casa. Se decía que a determinadas horas del a noche se oían risotadas y gemidos en su interior, como cuando el factor atormentaba esclavos ante sus invitados; y también se decía que pasada la media noche salía un extraño caballero embozado en una capa escarlata, y que a todo el que tuviera la desventura de pasar por ahí lo abordaba amenazante. Cuentan que aquel transeúnte le pidió su bolsa de monedas de oro y que al oír la escalofriante carcajada del espectro se desplomó sin vida en la calle. Los cadáveres encontrados en aquel rumbo fueron muchos.
Los acontecimientos de la casa del factor empezaron a llenar de miedo a la gente del vecindario, nadie se atrevía a pasar por ahí por temor de toparse con el siniestro caballero escarlata; a esto se aunaba la continua y extraña presencia de intrusos dentro de la misma casa, delatada por el escándalo noche tras noche. Tan asustada se encontraba la gente que hasta recurrieron a las autoridades para denunciar lo que ahí acontecía.
Las autoridades dispusieron un cateo en la casona abandonada ese mismo día; al derribar la puerta lo único que encontraron fue polvo y un desolado abandono, pero había algo inusual que el alguacil encontró en un perchero: la capa ensangrentada.
Los inquisidores la sometieron a un riguroso examen y esa noche la dejaron guardada en un armario de la bodega de la inquisición, pero horas más tarde en aquella casona se pudieron escuchar espantosos alaridos de pavor, mezclados con escalofriantes carcajadas.
A la mañana siguiente se hizo un desconcertante descubrimiento en el edificio de la Inquisición: la capa había desaparecido. Acto seguido se hicieron los trámites necesarios para exhumar el cadáver del factor, súbitamente en ese momento el cielo se nubló y después de un rayo atronador, se dejó caer un aguacero torrencial que azotaba sin piedad las tumbas, a pesar de ser media mañana las tinieblas dominaban el cementerio. Los inquisidores no tuvieron otra opción que regresar a su convento, todos ensopados, cada vez más intrigados con los acontecimientos.
Pasando a cosas más agradables, doña Elena y don Rubén eran muy dichosos, ya que dentro de poco tiempo contraerían matrimonio, pero la conciencia del galán a cada momento le reprochaba el crimen que había cometido, y no podía ocultarlo frente a su amada cuando mencionaba su alegría de no haberse desposado con aquel mal hombre. Don Rubén se separó de su amada después de l toque de ánimas de aquella noche y enfiló los pasos hacia su casa, buen cuidado tenía de rodear la casa del factor, pero en esa ocasión iba demasiado distraído y cuando se dio cuenta ya estaba a escasos pasos de ella. Lleno de pavura quiso huir y volvió sobre sus pasos, pero aquella infernal aparición le cerró el paso, el mancebo quiso huir, pero el espectro del factor se lo impidió y lo arrastró al interior de la siniestra mansión.
No faltó sin embargo quien presenciara la espantosa escena y corriera a dar aviso a la prometida del caballero, la joven lo miró horrorizada y desprendiéndose de los brazos de su padre, salió corriendo como una loca a salvar a su amado; pero ella, fuera de si cómo estaba, no escuchó los gritos de su padre y corrió con desesperación hasta la casa del factor. Se llevó la mano al pecho y asió la cruz que de su cuello pendía, invocando la ayuda del altísimo para ayudarle a enfrentar lo que le esperaba en aquella siniestra mansión; rezando todo el tiempo, se detuvo en el umbral del que fuera el salón de fiestas de la casa del factor, y lo que vio ahí la paralizó de horror. Entonces, venciendo aquel miedo que le helaba la sangre, la muchacha enarboló en alto el crucifijo ante aquellos malignos espectros que tenían secuestrado a don Rubén.
Un atronador alarido que parecía venir desde los mismísimos infiernos se escuchó. Aquellos seres infernales, ante la sola vista de aquella figura divina, cayeron al suelo retorciéndose como si sintieran unas quemaduras espantosas, y al último se deshacían dejando en el suelo una fétida masa blanca; acto seguido el factor embozado en su capa trató de huir, pero fue alcanzado por la dama y de un tirón lo despojó de su prenda; mudo de estupor alcanzó a ver el rostro de aquel mal hombre, entonces en un abrir y cerrar de ojos el espectro se esfumó, dejando en el ambiente un horrible hedor a azufre.
Doña Elena cayó de rodillas ante el cuerpo de don Rubén, quien yacía sin sentido, de repente el parpadeó ligeramente, al encontrarse ante su amada la miró angustiado, pidiéndole lo llevara ante un confesor para descargar su conciencia, y poder vivir en paz.
Doña Elena lo complació y poco después lo dejaba en el convento de la Merced, donde el caballero confesó su crimen. Mientras tanto, a pesar de lo avanzado de la noche, la dama llevó a Santo Domingo la capa que le quitara al espectro del factor.
Al día siguiente fue exhumado el ataúd de don Diego Gómez y Quintana, pero al abrirlo se encontraron con que estaba vacío, y esa misma tarde la capa fue quemada, pero cuenta la leyenda que al ser echada al fuego se escuchó un espantoso alarido, y que mientras se consumía una negra columna de fuego se elevó por los aires, dejando ver una siniestra y conocida sombra que a todos llenó de pavor, pues era nada menos que Satanás.
En varios documentos de la época aparee esta espeluznante historia y gracias a eso ha podido ser reconstruida. Sin embargo, no se habla de lo ocurrido después a don Rubén de Vicencio , ni de si fue perdonado por su crimen, quizás después de saber que el caballero escarlata era el malvado factor, su culpa se atenuó y no recibió castigo.
Como quiera que sea, no hay duda de que cuando se transita por las noches cerca de la que fue la casa del factor en la calle de Jesús María se advierte algo extraño en el ambiente. ¿Se aparecerá todavía el siniestro factor de la capa escarlata?

