jueves, 18 de octubre de 2012

La leyenda de la Llorona (Parte 1)


Una de las leyendas más populares de nuestro México, y que ha roto las barreras del tiempo, es sin duda alguna, la Llorona; de la que se deprendieron muchas versiones con el paso de los siglos, y dependiendo también la región de que se tratara. En la primer parte de este video, podremos ver sobre la trama de este leyenda, y como fue una importante fuente de inspiración para algunos filmes cinematográficos.


domingo, 14 de octubre de 2012

El Paseo del Pendón

La primera disposición para solemnizar la fiesta, se remonta al 31 de julio de 1528; acordando aquel día el Cabildo, que “las fiestas de San Juan y Santiago y San Hipólito, y Nuestra Señora de Agosto se solemnice mucho, y que corran toros, y que jueguen cañas, y que todos cabalguen, los que tovieren bestias, so pena de diez pesos de oro”. El 14 de agosto del mismo año se mandaron librar y pagar cuarenta pesos  y cinco monedas de oro;  estos dineros fueron repartidos a distintos personajes para  la compra de la ornamentación, sedas, alimentos, etc.
Gracias a este acuerdo, se sabe que el Pendón que se sacaba de paseo no era el que había traído Cortés, sino otro que fue hecho nuevamente, en colores rojo y blanco; en este punto todavía no se habla del paseo, pero es de suponerse que  para este se hizo el Pendón. Al siguiente año de 1529, se estableció oficialmente esta festividad, disponiéndolo el Cabildo de la siguiente manera el 11 de agosto: “Los dichos señores ordenaron y mandaron de que aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del Señor de San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, y que de ellos se maten dos, y que se den por amor de Dios a los monasterios y hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad de la Casa del Cabildo, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito, y allí se digan sus víspera solemnes, y se torne a traer dicho Pendón a la dicha Casa del Cabildo, y otro día se torne a llevar el dicho Pendón  en procesión a pie hasta la dicha Iglesia de San Hipólito , y llegada allí toda la gente y dicha su misa mayor, se torne  a traer el dicho Pendón hasta la Casa del Cabildo, a caballo, en el cuál dicha casa del Cabildo esté guardado el dicho Pendón, y no salga de él; y en cada año se elija el nombre de dicho Cabildo a una persona, para que saque el dicho Pendón, así para le dicho día de San Hipólito, como para otra cosa que se ofreciere.”
El día 27 del mismo mes se mandaron “librar y pagar a los trompetas doce pesos de oro, por lo que tañeron y trajeron el día de San Hipólito”. Tal vez por ser el año del estreno de las festividades, los trompetistas fueron largamente recompensados; pero  lo desquitaron al siguiente año, ya que para el 28 de agosto de 1530, el Cabildo ordenó que no se les diese cosa ninguna.
No solo en la Nueva España se celebraba el Paseo del Pendón, pues se tiene registro de que también se llevaba a cabo en otras ciudades de la Indias, especialmente el Lima el día de la Epifanía; el orden que debía llevarse durante la celebración, fue siempre materia de varias disposiciones en la Corte, con las cuáles se crearía una de las leyes de Indias. Según documentos antiguos, en México se estilaba de la siguiente manera:
La fiesta comenzó a perder su encanto allá por 1651, no importaba que los regidores echaran la casa por la ventana, simplemente ya no era lo de otros tiempos. Para darnos una idea de cómo eran estas celebraciones, vamos a conocer la descripción de fray Diego de Valdés, en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que años después escribiera en Roma en el año de 1578: “En el año de 1521,  un 13 de agosto fue la caída de la gran Tenochtitlán, los españoles para recordar ésta feliz hazaña y su victoria, los ciudadanos comenzaron a festejar llevando en procesión el pendón con el que se había ganado la ciudad; saliendo de la casa de Cabildo y terminaban en el templo de San Hipólito. Aquel día todo era algarabía y celebración de múltiples espectáculos festivos, como las corridas de toros. Toda la nobleza aprovechaba aquel día para lucir sus telas más finas y sus joyas más costosas. En la procesión participaban los personajes más importantes de la época, caminando en estricto orden jerárquico: hasta adelante iba el virrey, después los oidores, regidores y alguaciles; todo ellos acompañados de caballería ostentando carísimas galas, llegan a San Hipólito en donde el arzobispo y el Cabildo loes esperan con los hermosos cantos de los órganos, las trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos musicales. Acabando esta ceremonia, el virrey y sus acompañantes vuelven a sus residencias y el Pendón es depositado en la Casa de Cabildo.  Al día siguiente vuelven todos los asistentes  a dicha iglesia, donde el arzobispo celebra la misa, ahí se predica el sermón y oración para exhortar al pueblo para dar gracias a Dios, por haberles concedido la victoria a los españoles en donde tanta sangre fue derramada. El Pendón regresa nuevamente a su morada y… ¡la fiesta comienza!
En la víspera y día de San Hipólito se adornaban las plazas y calles desde el Palacio, hasta el templo, yendo por la calle de Tacuba, y por las calles de San Francisco, todo el camino se podía ver lleno de arcos triunfales de ramos y flores, algunos sencillos y otros más con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Los vecinos colgaban en las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, ataviados con costosísimos enjaezados; todos los ahí presentes aprovechaban este paseo para presumir a todos los ahí presentes sus mejores y más caras pertenencias.
El recorrido era amenizado por el alegre repique de las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral; aunque a veces se veía opacado por las lluvias, pues recordemos del mes de octubre es todavía tiempo de aguas; cuando los asistentes sean sorprendidos por este fenómeno natural, se refugiaban los primeros zaguanes que encontraran abiertos hasta que la tormenta hubiese pasado, después continuaban su camino. Apenas se enteró el rey, expidió en el acto una cédula, en la que prohibía que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.
Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regimiento encargado de llevar el pendón, la ciudad de ayudaba con tres mil pesos.  Con el paso del tiempo esta conmemoración fue perdiendo su encanto, y por tal motivo en el año de 1745 el virrey, por orden de la corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo invitado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus inicios fue muy lucida, vino después a ser ridícula, cuando  el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el Pendón iba asomado por una de las portezuelas del coche del virrey.
Finalmente las Cortes de España decidieron abolirla por decreto el 7 enero 1812, y la fiesta de San Hipólito se redujo a que el virrey, audiencia y autoridades asistieran a la Iglesia como en cualquier otra función ordinaria; está por demás decir que esta última parte cesó con la Independencia.

domingo, 7 de octubre de 2012

Las tres fuentes (Leyenda del Estado de Hidalgo)


Estamos en el año de 1720, año en que se presentaba una de las sequías más severas que jamás se hayan vivido, ya había pasado más de un año sin que se viera gota alguna de agua cayendo del cielo. Como era de esperarse, la gente estaba desesperada porque los depósitos de agua potable ya estaban vacíos y tenían que caminar largas distancias para conseguir un poco del vital líquido.
Los cultivos se estaban secando, pues la poca agua que lograban acarrear no era suficiente para la tierra seca y sedienta. La escasez del líquido y la hambruna comenzaron a imperar en el pueblo; entonces los religiosos establecidos en estas tierras deciden  con desesperación, hacer procesiones pidiendo a la Providencia les concediera el milagro de que vinieran las lluvias para no morir de hambre y sed.
Lo curioso del asunto fue que sin ponerse de acuerdo los frailes para llevar a cabo la procesión, se dio la casualidad de que coincidieran en la plaza principal del centro de la ciudad tres órdenes religiosas, para partir de ese punto hacia lugares diferentes con la misma intención: implorar a Dios que vinieran las lluvias. Cada grupo se encaminó al sitio elegido en donde llevarían a cabo una solemne misa, con los altares improvisados que llevaban para cumplir su objetivo. Una vez que hubieron llegado a su destino comenzaron a levantarlos: uno en donde está la Torre de Independencia, otro en la  que hoy conocemos como esquina de Morelos y Mina, y el tercero en la plazoleta donde desembocaban las calles de Tres Guerras y el callejón de Mosco.
El día seleccionado para tal ritual fue un 10 de noviembre a las nueve de la mañana, cuando los religiosos, los nobles  y el pueblo se reunieron para empezar a recorrer los lugares que incluía la ruta del peregrinaje; las plegarias, ruegos, súplicas, rosarios, cánticos y oraciones fervorosas se podían ver en todos los asistentes a los tres rumbos trazados. Mientras aquellas personas se encontraban  en misa y justo en el momento en que los sacerdotes elevaron las hostias, el cielo comenzó a oscurecerse y a cuajarse de nubarrones, para dar como resultado la milagrosa caída de las ya tan aclamadas lluvias; la gente estaba sorprendida, llena de alegría, la gratitud religiosa invadió todo su ser, y movidos por estos sentimientos comenzaron a elevar oraciones y cánticos de agradecimiento, por la bendición de tener lluvias nuevamente. Un Te Deum colectivo subió desde la ciudad en alabanza a la infinita bondad divina.
En los tres lugares antes mencionados, en donde fue hecha la petición, la gente del pueblo decide mandar construir unos depósitos de agua, los cuáles abastecieron a las poblaciones desde aquel momento. Las tres fuentes fueron bautizadas con los nombres de Fuente de San Miguel, Fuente de los Limones y Fuente de las Tres Coronas, sin que nunca se supiera él porque de estos nombres.