domingo, 22 de diciembre de 2013

La educación de las mujeres en Nueva España


La educación femenina estaba a cargo de las amigas, quienes eran ancianas que se encargaban de impartir las nociones más básicas en religión, lectura, escritura y labores manuales. Durante la época de la colonia no se hizo ninguna modificación a las normas para poner en regla a las amigas, en donde se establecía solamente que no tenían permitido ingresar a esos centros educativos a los niños varones, prohibición que nunca se cumplió al pie de la letra. 
Para abrir una amiga, la aspirante debía pedir una licencia por escrito para poder ejercer la profesión, al Juez de Informaciones de Maestros de Escuela. Dicha solicitud debía ir acompañada de una certificación del párroco de estar instruida en la Doctrina Cristiana, un papel del confesor que la acreditaba como una mujer de buena vida y costumbres, y la fe de bautismo para justificar la limpieza de sangre.
Ya para el año de 1779 había en la ciudad de México un total de 24 maestros de escuela examinados y 7 sin examen; comparativamente el número de maestras amigas los rebasaba por mucho, pues tan solo en los cuarteles mayores primero, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, según datos estadísticos,  llegaron a la cantidad de 91 escuelas. La población escolar, tomando en cuenta que en las dieciocho escuelas del cuartel mayor primero era de cuatrocientas y ocho niñas, se puede llegar a la conclusión de que aproximadamente, en las amigas de la capital de la Nueva España, a fines del siglo XVIII había tres mil pupilas.
Durante toda la centuria se le dio mucha importancia a la pureza de sangre para poder adquirir el título de maestro, y solo llegaron a tenerlo un total de ochenta personas en el transcurso de un siglo. La enseñanza en general no se puede asegurar que haya caído en un punto de decadencia, pues nunca despuntó en todos los siglos que duró la colonia, siempre fue mala. Don Rafael Ximeno, Maestro Mayor del Gremio, en un escrito del  6 de agosto de 1791, decía los siguiente: “El arte de leer el escribir se hallaba muy abatido por la falta de buenos maestros y de método uniforme y que había que desarraigar muchos abusos que la misma ignorancia e inhabilidad de los malos maestros ha introducido y son perniciosos a la enseñanza.”
En un informe que rindió el virrey don León Ignacio Pico en el año de 1817, sobre la calidad educativa dijo: “Es en efecto lastimoso el estado en que se halla la instrucción pública de la niñez, y pone en tortura a todo padre cuidadoso sin saberse que hacer, ni a quien entregar a sus hijos, cuando comienzan a entrar en la edad de ser enseñados.”
Había una gran cantidad de maestros de los examinados y aprobados, que debían ser sometidos a pruebas nuevamente, pues estos exámenes se habían convertido en todo un lucro que el maestro en cuestión no podía pagar (setenta pesos); tanto dinero para que solo le hicieran unas cuantas preguntas ridículas. Era casi imposible hallar como mínimo a seis maestros verdaderamente instruidos en las letras y los números, por desgracia, los que salían perjudicados eran los pobres niños, que adquirían hábitos equivocados que luego con el paso de los años era muy difícil desarraigar.
En cuanto a las maestras de amiga, eran casi todas unas ancianas de los más ignorantes o fanáticas o visionarias, sin educación y sin principios, que solo ejercían este oficio porque no tenían otro medio de que subsistir, y el único requisito que necesitaban era querer hacerlo.
En las escuelas pías (caridad), como parroquias y conventos, por lo general tenían instalaciones bastante malas, para dar clases se buscaban al primer charlatán que le aquejara el hambre y que no le quedara otra opción mejor.
En las escuelas, aún en las más formalizadas, se  les enseñaba a pintar la letras y a memorizar el Catecismo; se dice que de vez en cuando los maestros les explicaban a sus alumnos, lo que si era muy raro es que les importara su aprendizaje, a la mayoría no le importaba el nacer de las ideas en sus pequeñas mentes. Donde sí los torturaban era en algunos tratados geográficos y en las matemáticas.
A principio del siglo XVII, los que más se habían esmerado en aprender a leer, escribir y contar, fueron los indios, mulatos y negros; quienes se esforzaron en que sus hermanos de raza también adquirieran esos conocimientos. Como la mayoría de la población pertenecía a estas castas, el virrey de Zúñiga quitó la prohibición de estos individuos a dar clases, por lo que ahora ya podían ejercer todos por igual la profesión de maestro, sin ninguna limitación para presentar los exámenes de aptitudes.
Las Ordenanzas dieron mucho peso en la enseñanza de la escritura, al rezo del Catecismo y las prácticas devotas; fue en error que prevaleció durante mucho tiempo, el creer que con estas enseñanzas el problemas moral del hombre y la familia estaban resueltos. La educación de las mujeres en las amigas, lo único que hizo fue fomentar el fanatismo y la ignorancia, que después transmitían a sus hijas; las ancianas que tenían una amiga enseñaban a medio leer y nunca a escribir, para que las mujeres no pudieran comunicarse con sus novios. En cambio les llenaban la cabeza depuras tonterías: los milagros de los santos, los difuntos aparecidos, las profecías de la Madre Matiana, las profecías de San Malaquías y las maravillas de San Pedro Claver, entre otras más, que lo único que conseguían era tener generaciones de personas atormentadas, en el día con la ira de Dios, y en la noche con temor de la ira del demonio y los muertos en pena. Para principios del siglo pasado, los sueldos diarios de los maestros eran de cincuenta centavos diarios, con lo que vivían en la más absoluta miseria.  
Durante la época de la colonia los betlemitas eran los leones, con una teoría que en ese tiempo resultó de lo más innovadora: La letra con sangre entra. Algunas de las sentencias con las que trabajaban estos religiosos en su labor educativa, era:

  • El rigor es el manjar con el que se debe alimentar a la juventud.
  • Los maestros son tan respetables en la tierra como el mismo Dios.
  • La sabiduría no se adquiere sino a fuerza de castigos.
  • El niño que desobedece a su maestro se hace reo de las penas del infierno.
  • La pereza es un vicio que  no se destierra sino con los azotes.
  • Los azotes, aunque lastiman un poco el cuerpo, dan salud al alma.


Seguían otras sentencias tan claras y “consoladoras” como las citadas arriba, y los pobres muchachos, mientras copiaban esas horribles frases, alzaban la vista y veían con el corazón encogido, las disciplinas que imponían los frailes.
Durante el mandato del virrey Revillagigedo, hubo en gran avance en materia educativa, pues con él se empezaron a establecer escuelas pagadas con el fondo oficial; escuelas que eran llamadas reales o del rey, con cuya denominación se conocían todavía a fines del siglo antepasado. Lo malo es que había muy pocas y mal servidas.



domingo, 15 de diciembre de 2013

Una navidad memorable (Guanajuato)


Cierta reunión llevada a cabo el 22 julio de 1576, en casa de don Martín de Ortega, cuando se celebraba el santo de su señora esposa, doña Magdalena de la Cruz, se trató un asunto de suma importancia para la entonces recién fundada Villa de Nuestra Señora de la Concepción de Zelaya. Entre los ilustres vecinos que ahí se encontraban reunidos estaban don Domingo de Silva, que había sido primer alcalde ordinario; don Martín Fernández, actual alcalde mayor; los regidores; don Francisco Hernández Molinillos, quien años más tarde en hiciera a una donación a la Orden de Carmelitas Descalzos para la fundación de su convento; don Francisco Ramírez, el alguacil mayor; y muchas otras personas más, quienes en su mayoría habían contribuido a la fundación de la Villa antes mencionada. Entre largas discusiones se llegó al siguiente acuerdo: que cuando se fundó la Villa y se designó al primer Ayuntamiento, el día 1 enero de 1571, se platicó entre los vecinos que, debido a que se le había bautizado como Nuestra Señora de la Limpia Concepción, se debía traer una imagen de bulto para fundar una cofradía en honor de ese ministerio. Don Martín de Ortega fue quien hizo aquella proposición, ya que era muy devoto de aquella Santa, había pedido al virrey que se le diera el nombre a dicha villa, y quería ser él quien trajera la imagen de España a toda costa; don Domingo de Silva se ofreció a ser aquella importante tarea, pero prefirió no retar a don Martín de Ortega, y fue entonces comisionado para hacer los arreglos necesarios a fin de adquirir la imagen.
La hechura de la imagen de la virgen fue encargada a Valencia, lugar que tenía fama de poseer a los mejores escultores, ignorándose como fueron hechas las gestiones de compra-venta y de cómo fue a llegar la cantidad de trescientos cincuenta pesos. Don Martín de Ortega manifestó que los gastos de traslado de la imagen correrían por su cuenta.
Durante aquella época las comunicaciones con España eran bastante irregulares y tardías, pues había que esperar el arribo y el retorno de alguna de las flotas que hacían el servicio de conducción de los correos para el Virreinato, al igual que el transporte de los colonizadores que venían en busca de fortuna a nueva España; así pasó más de un año sin que se volviera a tener noticia alguna, hasta que el 12 septiembre de 1577, en que se recibieron noticias de que la tan anhelada imagen ya se encontraba en Veracruz. Entonces se dio por hecho de que en la festividad titular del 8 diciembre, la imagen de la Purísima Concepción ya podría ser llevada al templo levantado por los padres franciscanos, para lo que se hicieron todos los preparativos que hicieran falta.
Así llegó el 8 diciembre, pero la santa imagen no hizo lo propio; aun así la festividad se llevó a cabo con tristeza y frustración. Pasaron los días sin que se volvió a saber nada de la santa imagen; así llegó el 24 diciembre, fecha en que se debía de celebrar la Nochebuena; la tarde ya estaba empezando a caer, las mujeres y los niños estaban reunidos en el atrio de la iglesia, en donde se entonaban alegres villancicos:

Venid ¡oh! Pastores, pastoras también,
A adorar al Niño nacido en Belem;
A ese niño hermoso, con amor cubrid
Que es hijo del Cielo, hijo de David...
Allá en el Oriente, brilla una estrellita,
Es la estrella blanca de la...

De pronto los cánticos se vieron interrumpidos por unos gritos destemplados: "¡Arre mula!... ¡Levántate bestia!...", exclamaciones que vienen acompañadas de golpes. Se trataba de un grupo de arrieros que inútilmente trataban de hacer que uno de sus animales se levantaran y que hacía echada en medio de la calle, frente a la iglesia, con una pesada carga que traía, la cual era una enorme caja; los palos y los gritos siguieron y fue tanto al alboroto causado, que algunos de los vecinos tuve nunca intervenir. Como no había manera de hacer que el animal se levantaran, una persona sugirió que la carga le fuera desatada, para aligerar el peso, la mula al sentirse libre se levantó y salió corriendo a toda velocidad, saliendo los arrieros tras ella a toda velocidad; con la ayuda de unos indios, los vecinos y algunos curiosos llevaron la caja para depositarla la Iglesia para entregarla después a sus dueños. Entonces sucedió algo que en ninguno de los representes esperaba: uno de los religiosos se acercó con una vela a examinar la caja, la cual iba destinada a don Martín de Ortega; rápidamente se les va dar aviso y cuando estuvo presente, ordenó que fuera abierta. Cuando la tapa fue retirada, apareció perfectamente acojinada la imagen de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, ¡la mismísima que fue encargada en España!
La noticia se corrió como reguero de pólvora por toda la Villa; era un lugar tan pequeño que sólo fue cuestión de escasos minutos para qué la mayoría de los vecinos estuvieran presentes; llegaron el alférez real y el alguacil mayor para proceder con todas las formalidades necesarias para desempacar la imagen. La imagen era de una notable belleza, como ninguno de los presentes le había imaginado; medía  vara y media, su vestido era de talla, su actitud modesta devota, con aire infantil y a la vez majestuoso, el rostro correspondía a una jovencita de 15 años apacible y encantadora, la boca risueña con expresión de bondad, los rasgos de su cara eran perfectos, sus manos de buena forma y delicadas.

Después de examinarla, todos quedaron profundamente admirados; acto seguido procedieron a colocarla provisionalmente en un altar, retirándose llenos de felicidad todos los vecinos ahí presentes, para ya celebrar jubilosamente aquella Nochebuena... así fue como el 25 diciembre de 1577 resultó una Navidad muy memorable para Celaya, pues ese mismo día se bendijo la Santa Imagen de la Purísima Concepción, quedando colocada en la parte superior del altar de la primera iglesia de San Francisco.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El caporal Ardilla (Aguascalientes)

El marqués de Guadalupe fue uno de los hombres más acaudalados de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes, durante el siglo XVII; este hombre se caracterizaba por ser bondadoso injusto, virtudes que no le quitaban rectitud y energía para con sus sirvientes. Durante el recorrido por uno de sus ranchos, se encontró a un hombre hábil e inteligente de apellido Resendes, a quien decidió encargar del cuidado de administración del lugar; este hombre tenía amplios conocimientos de ganado y se caracterizaba por ser un trabajador incansable a quien por su agilidad en los ejercicios ecuestres, fue apodado "El Caporal Ardilla".
Resendes era una persona agradable, que le gustaba trabajar pero también la diversión en exceso; era fanfarrón, dicharachero, le gustaban mucho los fandangos, coleaderos y rodeos, y claro que era muy mujeriego. Los maridos y los padres tenían que cuidar mucho a sus mujeres, pues a Resendes no se le escapaba ninguna. Derrochaba el dinero a manos llenas, del que decía: "se hizo redondo para que ruede..." y era tan dispendioso, que las bailarinas y cantante se peleaban por estar cerca de él, así como también los músicos que las acompañaban, por les daba muy buenas propinas. No había celebración o evento que se le pareciera, en que no estuviera presente; pero las grandes cantidades de dinero que gastaba los coincidían con lo que ganaba por su trabajo de caporal, estas inconsistencias llamaron la atención de la gente que lo conocía, pues no hayaban explicación de dónde sacaba tanto para derrocharlo en una sola noche. Cuando los curiosos le preguntaban al respecto, el hombre les contestaba con cierto orgullo que todo se lo debía a su trabajo, pues lo hacían tan bien, que el marqués lo recompensaba ampliamente debido a que siempre hacía crecer el número de ganado, y esto lo había convertido en su mejor trabajador.
Al poco tiempo la gente dejó de creer en esa versión, cuando empezó a correr el rumor de que el caporal había hecho pactos con el Diablo, entregándole su alma a cambio de riqueza infinita; también se comentaba que el Maligno le proporcionaba todo el dinero que quisiera para costear sus juergas hasta que Resendes le entregara su alma. Esta escalofriante historia no era un rumor, pues resulta que el plazo fijado por el ser demoniaco corría y estaba a punto de vencerse, por lo que el caporal "vivía al máximo" los siete días de la semana; pero ahí no acaba la cosa, pues también fue favorecido en cuestiones laborales, ya que habían acordado que los esqueletos de todas las veces que él vendiera, cobrarían vida por arte de magia y se reunirían en los potreros, pasando así a propiedad de su acaudalado patrón con sólo sonar un cuerno como trompeta apocalíptica.
Durante la temporada de los herraderos, el marqués visito sus haciendas para ponerse al tanto de cómo iban las cosechas, el número de ganado y las noticias referentes a sus propiedades; el caporal Ardilla siempre le entregaba resultados fantásticos: enormes partidas de ganado vacuno y caballar e inmensos rebaños de cabras y carneros; nadie podía dar explicación alguna de dónde salían tantos animales, y de cómo el caporal siempre entregaba las cuentas en tiempo y forma, si toda la vida se la pasaba de juerga. El tiempo pasó y Resendes fue dejando de ser un hombre alegre y fiestero, apenas en un par de meses. Las culpas y los remordimientos habían comenzado a invadirle su alma, en su rostro comenzaba a reflejarse una tremenda preocupación, pues sabía que tarde o temprano tendrá que entregarle cuentas al Diablo; y después de hacer profundas reflexiones, pudo al fin tener conciencia de cada una de sus acciones y sabía que no lo podría reparar con nada. Desesperado por su situación, lloraba día y noche, sabía que su fin se encontraba cerca, pero en vez de resignarse a su funesto fin, decidió trazar un plan para salir de aquel problemón. Llegó a la conclusión de que debía pedirle un plazo al Maligno con el pretexto de tener un importante compromiso de honor con su patrón, el cual era construir una barda alrededor de todas sus tierras.
Llegó aquel día tan temido por el caporal en que explicó con lujo de detalle al Señor de las Tinieblas lo que debía hacer, le enfatizó que se sentía con la necesidad de cumplir con ese encargo del marqués, pues hacía sido muy buena persona con él y no podía faltarle; Resendes le indicó que le podía ayudar para que todo se realizará en un tiempo más corto y así consumaran lo más pronto posible su pacto. Satanás sin sospechar aceptó la prórroga pero con una condición: si la barba era concluir antes de que cantaran los primeros gallos, inmediatamente se lo llevaría en cuerpo y alma, y lo llevaría a lo más profundo de los infiernos; y en el caso contrario el caporal estaría libre de cualquier compromiso. No le quedó otra opción más que aceptar el reto; e inmediatamente montó en su caballo se dirigió al gallinero, en donde se dio a la tarea de elegir al mejor gallo y lo escondió debajo de su brazo, emprendiendo después el camino de regreso.
Mientras el Maligno estaba muy entretenido construyendo la valla según las indicaciones de Resendes, cuando sólo faltaba un pequeño tramo y todavía varias horas para que amaneciera, el caporal apretó al gallo, el cual fue seguido por todos los demás gallos de la región. Esta situación molestó enormemente al Señor de las Tinieblas, quien se fue echando espuma por la boca por el coraje que había hecho, pensando que había perdido esta batalla, quedándole como consuelo que el caporal no tardaría en caer en la tentación y podría finalmente cobrar la venganza.
Cuenta la leyenda, que Resendes estaba profundamente arrepentido de sus actos pasados, llegando incluso a pedirle perdón a Dios, ofreciéndole su vida. Acongojado fue a buscar al marqués hasta Aguascalientes, en donde pide audiencia para hablar con él, situación que le extrañó al noble caballero, pensando que una situación muy grave debía ocurrirle para abandonar así el rancho. El arrepentido le confesó a su patrón sobre sus pactos con Satanás, de las condiciones, del miedo que sintió cuando la fecha estaba muy próxima, la prórroga y de cómo había logrado engañarlo.
Al marqués se le heló la sangre al escuchar cómo el caporal le narraba aquella escalofriante historia con tanta serenidad; al concluir su relato le pidió que lo acompañara a conocer la valla que Satanás había construido en escasos minutos, y al ver la quedó sorprendido. El noble caballero al ver aquella evidencia decidió perdonar a su caporal, lamentando nada más que en tan mala hora se le ocurriera hacer cantar al gallo, pues de otra forma habría tenido totalmente cercadas sus propiedades sin costo alguno.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Cueva cerrada o sellada (Leyenda de Veracruz)

En el estado de Veracruz hay muchas cuevas que están cerradas, ya sea por grandes piedras o por montes muy espesos, que las hace prácticamente inaccesibles para cualquier persona. Dichas cuevas solo son mostradas el día del encanto, que corresponde al 24 de junio, fiesta de San Juan, permaneciendo abiertas hasta las doce de la noche de este día.  
Existen también muchísimas leyendas en torno a las misteriosas cuevas; una de ellas nos cuenta que un día un campesino salió como de costumbre a trabajar sus tierras, y mientras se encontraba realizando sus labores, de pronto vio una enorme cueva e impulsado por la curiosidad entró a investigar. En su interior había un gran lago de aguas muy cristalinas, en donde nadaban cisnes blancos que se convertían en hermosas mujeres, que se multiplicaban cada vez más. La belleza de ese escenario hizo que aquel hombre quedara extasiado con todo lo que ahí había, por lo que pensó que había estado ahí un solo día, pero lo que él  no sabía era que dentro de la cueva el día equivale a un año.
Preocupada su esposa porque el señor no regresó a la hora acostumbrada, fue a pedir ayuda a los vecinos para que la ayudaran a encontrarlo. Durante varios días un grupo de hombres trató de dar con él, encontrando solamente su azadón y el morral con el bastimento, y cansados de buscar decidieron darlo por muerto y desaparecido. Mientras tanto, el hombre se encontraba en el interior de la cueva pensando que ya era tarde y la noche ya estaba cerca, se retiró y pasó a buscar su azadón y su morral que ya no estaban, y pensó que se lo habían robado.  Resignado emprendió el camino a su casa y durante el trayecto encontró personas que le preguntaban en donde había estado, pero él no le dio importancia alguna y solo contestó que había ido a trabajar a su milpa, respuesta que soltó más de una risa. Cuando llegó a su casa vio a su esposa vestida de negro y triste, quien al verlo se sorprendió muchísimos y comenzó a llorar, interrogándolo sobre donde había estado todo este tiempo. EL sorprendido hombre le relató todo lo que había visto, y que solo había estado ausente por un día. Su esposa le dijo que ya había pasado un año exactamente y lo pudo comprobar al ver a sus hijos más grandes de como los había dejado.
Otra leyenda nos narra de un hombre que había intentado ingresar a una cueva tapada por una piedra, y sucedió que un día 24 de junio encontró abierta la cueva y por fin podía penetrar para ver que secretos guardaba con tanto celo. Una vez dentro, halló una fonda muy arreglada que tenía joyas y piedras preciosas de todas partes; las mesas estaban cubiertas de los manteles más finos, y sobre estos había charolas de plata con los manjares más exquisitos que alguna vez haya probado.  Nunca supo quién había preparado aquellas delicias. Durante el tiempo que estuvo allí vio a mujeres con la cara cubierta con un rebozo, que eran quienes servían los platos.
Después de estar ahí varias horas descubrió en la cabecera de la mesa  a un hombre  alto y negro que parecía el dueño; en distintas ocasiones se acercó para pedirle que lo dejara salir, pero el negro le decía siempre que no. Siguió insistiendo repetidas veces hasta que el misterioso personaje le dio permiso, pero con la condición de que debía regresar al otro día. Cuando estuvo fuera, se dirigió a su casa; en el camino encontró a muchas personas que se dirigían  a la cueva, quienes se sorprendieron al verlo, pero el más sorprendido fue el al enterarse de que se trataba del   24 de junio pero del siguiente año. ¡Había ya pasado un año, mientras él creía que había sido un día! 
A todos les contó lo que le había pasado y que pudo salir prometiendo que regresaría, cosa que no pensaba hacer. Tres días después murió de manera repentina  y fue encontrado a un lado de la cueva.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La calle de 5 de mayo


Durante el año de 1554 frente a la Catedral existía un enorme edificio construido en el solar más grandes de la ciudad, el cuál pertenecía a Hernán Cortés donde se encontraban construidas sus casas, eran tan grandes que cuando uno de los interlocutores de Cervantes de Salazar contempló el lugar por primera vez, lo único que alcanzó a exclamar fue: “… eso no es palacio, sino otra ciudad”.  Para finales del siglo XVI los descendientes del marqués del Valle ya veían aquel lugar como un elefante blanco, y para darle un uso decidieron convertirlo en alcaicería.
En 1605 las casas fueron puestas a la venta, y como nos indica Báez Macías, fueron hechas dos trazas para la disposición del sitio, la primera fue realizada por Andrés de la Concha en 1611, y la segunda por Sebastián Zamorano en 1615, esta última fue la que finalmente se eligió. El enorme terreno quedó dividido en cuatro partes, y a modo de crucero se trazaron dos calles interiores para formar una intersección perpendicular, de la cual surgió la Calle de la Alcaicería de norte a sur y los Callejones de Arquillo y Mecateros de oriente a occidente; estos últimos iban de la Catedral a La Profesa.
En 1861  los partidarios de la Reforma decidieron prolongar estos callejones demoliendo el claustro de la Profesa y una buena parte del convento de Santa Clara; para de esta forma dar paso a una nueva calle que comenzaba desde Empedradillo (Monte de Piedad) y terminaba en Vergara (Bolívar), atravesando por la Alcaicería (Palma) y la de San José el Real (Isabel la Católica).
Como dato curioso, te cuento que en aquel enorme solar estuvieron las casas viejas de Moctezuma, quedando limitadas por solo cuatro calles: al norte Tacuba, al sur Plateros, al oriente Empedradillo y al occidente San José  el Real, que también fue conocida como de la Carrera de los Caballos y después como de los Oidores.
A mediados del siglo XVIII el aspecto del edificio era bastante irregular, pues se habían construido tiendas y casas a los largo del tiempo, ya  fuera por el incendio de 1642 o porque muchas de estas se arruinaban. En aquellas tiendas había todo tipo de comercios como: talabarteros, espaderos, chapineros, entre otros más con oficios similares; esta situación provocó que el virrey y el Ayuntamiento le dieran la orden de reconstruir el edificio al gobernador del estado y al marquesado del Valle de Oaxaca, labor de la que se ocuparon a partir de 1755 Manuel Álvarez y Lorenzo Rodríguez.  De esta época datan las fachadas exteriores, que correspondían a las calles antes mencionadas, y las interiores daban a los Callejones de la Alcaicería, la Cazuela y la Olla.
Volviendo a 1861, te cuento que se demolieron los conventos antes mencionados para prolongar los callejones del Arquillo y Mecateros hasta la Calle de Vergara, de tal suerte que se abriría para descubrir la fachada del Teatro Principal o de Santa Anna, cuya construcción comenzó el viernes 18 de febrero de 1842, para ser inaugurado el 10 de febrero de 1844.
En 1862 a la calle se le dio el nombre de 5 de mayo. Cinco años más tarde fue remodelado su aspecto y fueron levantados muchos edificios en el tramo que iba de San José el Real a Vergara; entre las construcciones nuevas podemos mencionar el Hotel Gillow, en cuya parte baja fue puesta una agencia de inhumaciones.
Ya para 1881, el tramo antes mencionado fue alineado con los callejones del Arquillo y Mecateros, y con estos trabajos finalmente quedó ampliada la calle en 1883; de este modo se podía ver desde la torre occidental de la Catedral el Teatro Principal. Cabe mencionar que en los trabajos de alineación, a la Casa de los Azulejos le fue recortada una parte bastante grande para que quedara tal y como se había proyectado la nueva calle.
Años más tarde este sitio de entretenimiento fue demolido, dando su última función de la ópera “Aída”, interpretada por mexicanos, el 3 de octubre de 1900; en 1901 se comenzaron los trabajos para echarlo abajo y en 1905 quedó la calle totalmente abierta hasta el Teatro de Bellas Artes, que fue levantado en donde estuvo el convento de Santa Isabel.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Picardías y anécdotas Revolucionarias

CIEN FUEGOS CONTRA PANCHO VILLA

Digno de memoria es el ingenio que tuvo el general Álvaro Obregón, quien lo cultivaba y sabía usar oportunamente, valiéndose muchas veces de los significados de nombres y palabras para improvisar sus humoradas, que brotan de sus labios aún en situaciones comprometedoras.
Antes de iniciarse lo combates en Celaya, en abril de 1915, don Álvaro disponía la estrategia a seguir, cuando uno de sus ayudantes se acercó a informarle preocupado.
-Mi general, la posición de Villa es privilegiada. Se calcula que ha logrado más de veinte mil hombres. De un momento a otro nos atacará, y para apoyar sus cargas de caballería ha desplegado en el frente veintidós bocas de fuego.
-¿Nada más veintidós bocas de fuego? Pues entonces nos hace los mandados. ¡Nosotros llevamos a Cienfuegos! – dijo Obregón, señalando al jefe de su Estado Mayor, de ese apellido.

CINCO DEDOS PARA EL HURTO

Con sentido del humor muy particular, el general Obregón se burlaba en ocasiones de sí mismo, como punto de partida para burlarse de los demás. Esta forma poco usual del ingenio no fue entendida, es evidente, por el famoso novelista español Vicente Blasco Ibáñez, cuando vino a México y entrevistó al caudillo para escribir un libro sobre el militarismo revolucionario en nuestro país.
El escritor visitante se desconcertó ante las declaraciones de general, ya para entonces presidente de México.
-A usted le habrán dicho que soy algo ladrón.
Blasco Ibáñez no supo que responder. Y Obregón insistió.
-Sí, se lo habrán dicho. Y sé que aquí todos somos un poco ladrones.
El escritor hizo un gesto de protesta.
-¡Oh, general! No debe hacerse caso de las murmuraciones, de las calumnias.
Sin darse por enterado de las palabras de disculpa del novelista, Obregón prosiguió:
-Soy ladrón, lo reconozco. Pero tome en cuenta que yo no tengo sino una mano, mientras que  mis adversarios tienen dos. Por eso es que la gente me prefiere a mí, pues no puedo robar tanto como los otros.

LONGEVIDAD POR DECRETO

En 1901, cuando tenía setenta y un años, don Porfirio Díaz enfermó de gravedad, suscitándose las esperanzas de todos los que estaban cansados del anciano dictador.
Pero Díaz parecía eterno. Y pronto volvió a erguirse, altivo y férreo.
El escritor italiano Carlo de Fornaro, quien estuvo en nuestro país allá en la primera década del siglo pasado, refería la singular plática que tuvo con un mexicano.
-Ay, don Carlo, ya estamos de don Porfirio hasta la coronilla.
-Lo entiendo, mi amigo. Pero deben ustedes tomar en cuenta que, dado lo avanzado de su edad, no puede durarles mucho.
-No se crea. Este viejo es demasiado astuto y sabe darse maña para que las cosas salgan siempre a su favor. El día que sienta la llegada de la muerte, se las arreglará para lanzar un decreto que prolongue su vida por veinte o treinta años más.   

LA SUPURANTE HERIDA DE OBREGÓN

En bien sabido que, en junio de 1915, el general Obregón perdió en brazo derecho al serle cercenado por un fragmento de metralla de la artillería villista, durante los combates de Celaya.
Después de la intervención quirúrgica de urgencia a la que fue sometido, el general convalecía en Lagos de Moreno, Jalisco, hasta donde llegó  uno de sus oficiales, procedente de la ciudad de México, para informarse del estado de salud de su jefe. Obregón, a su vez, le pidió noticias acerca de los que se decía en la capital del país.
-En México, mi general, se cuentan chismes sobre la persona de usted.   
Amoscado, don Álvaro inquirió:
-¿Qué clase de chismes?
-Bueno, se ha soltado el rumor de que ha quedado muy mal de la herida del brazo, y hasta dicen que le supura.
Obregón permaneció caviloso unos momentos, y luego dijo con ira creciente:
-Supura…supura… ¡Su pura ma…, hijos de la chin…! ¡Todavía hay Obregón para rato!      
Y era verdad. Álvaro Obregón viviría aún trece años de triunfos.

EL CASAMIENTO DE PANCHO VILLA

A Pancho Villa el pueblo lo idealizó por valiente, pero también por mujeriego.
En abril de 1914, el famoso revolucionario destrozó a la flor y nata de las tropas huertistas en las afueras de San Pedro de las Colonias, Coahuila, ocupando luego la población.
El día de su victoriosa entrada al lugar, vio en la plaza de armas a una preciosa muchacha como de diecisiete años, acompañada de una mujer madura, al parecer la madre de la chica.
A Villa le encantó la joven. Y dio instrucciones a su asistente.
-Averíguate quien es y donde vive esa chulada de potranca, y me buscas como de rayo.
La muchacha se llamaba Lolita y era hija menor de una viuda de condición humilde. Esa misma noche, en Centauro la requirió  de amores. Pero la chica tan juiciosa como bella, puso algunas objeciones.
-Es para mí un honor, general Villa, que se haya fijado en una muchacha humilde como yo, siendo usted un hombre famoso. Sin embargo, debo decirle que no soy mujer fácil ni de aventuras, y que le prometía a mi padre, que en gloria esté, que me casaría de blanco y en la iglesia.
Puntualizó Villa:
-¡Válgame mialma, usted no se me preocupe, se casa conmigo de rojo, de blanco o de azul, del color que le guste! Aquí tiene este dinero para que se compre el ajuar que más le cuadre. Y vaya escogiendo el templo en el que será el casorio el domingo que viene.
Grande fue el júbilo de la linda y sensata Lolita al contraer nupcias con el general Villa. Tan grande como su desencanto al enterarse, no mucho tiempo después,  que era la novena esposa “legítima” de Pancho, quien estaba igualmente casado con Luz Corral, Cristina Vázquez, Manuela Casas, Juana Torres, Austreberta Rentería y tres señoras más.
Y es que Pancho Villa acostumbraba decir, más con ingenuidad que con cinismo:
-Yo de amor soy muy respetuoso. Nada de amasiatos. Por eso, tan luego me enamoro, me caso por la ley y por la iglesia, ¡no faltaba más!     

FUENTES: ANECDOTARIO MEXICANO. INGENIO Y PICARDÍA. JORGE MEJÍA PRIETO.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Las tradicional ofrenda en el Zócalo (Dedicada a José Guadalupe Posada)

Al llegar a la plancha del Zócalo, aparentemente había muy poco que ver, pero solo era cuestión de comenzar a caminar, para darse cuenta que debajo de las enormes carpas, nos esperaba un mundo lleno de colores,  aromas y tradición.
Conforme se van recorriendo las ofrendas de distintas delegaciones y dependencias gubernamentales, se podían apreciar la creatividad y dedicación con la que montaron cada uno sus respectivas ofrendas. El aroma de las flores de cempasúchil y el copal invadía el medio, impregnando todo a su paso, para crear así esa atmósfera que solo se puede vivir en las tradicionales ofrendas mexicanas, llenas misticismo.
Se podían ver desde las más tradicionales con los siete niveles del inframundo, otras con los tres niveles (Padre, Hijo y Espíritu Santo); con los elementos típicos como la comida que le gustaba al difunto, las velas, la sal, el papel picado, las calaveritas de azúcar, etc.
Algunas otras tenían hermosas imágenes con aserrín pintado, que le daban un toque especial y colorido a la ofrenda, al igual que los esqueletos hechos de cartón, los alebrijes, figuritas de barro, etc. Cabe destacar, que en la mayoría de las ofrendas estuvieron presentes nuestros fieles compañeros, tanto en la vida, como en la muerte: los perros.
Las había desde las más ostentosas, hasta las más austeras, pero ninguna era para menospreciarse, pues todas tenían su propio encanto. Si no pudiste asistir a este evento, aquí podrás disfrutarlo de manera virtual estés donde estés:




domingo, 27 de octubre de 2013

El callejón de la Muertería (Hoy Tabaqueros)

El callejón de la Muertería, después llamado de Tabaqueros, fue el escenario de esta leyenda macabra, que parece mover los personajes con los hilos escalofriantes de ultratumba. Se llamaba a este callejón también de los Muerteros, porque en sus accesorías vivían fabricantes de ataúdes. Con frecuencia llevaban a esas funerarias cadáveres para que les hicieran su féretro a la medida; y cuando entregaban la caja con el muerto, podían observarse escenas macabras  en las que llevaban el féretro en una carretilla y pasar por la calle se escuchaba como la cabeza del difunto rebotaba en el interior de sus caja, dando una escena que les ponía los pelos de punta a los transeúntes. A estos espectáculos macabros se sumaba este otro: algunas gentes solían llevar a sus muertos hasta el fabricante de ataúdes, envueltos en sábanas y amarrados a una silla para poderlo cargar.
Espiridión Sepúlveda, notorio muertero de la colonia, era la representación física de la muerte, y todo aquel que iba quedaba sin ánimos de responderle a lo que dijera, pues aquel hombre complementaba su esquelética figura con una voz cavernosa y profunda. Así, ante los ojos sin vida del cadáver, el carpintero se daba a la tarea de fabricar el ataúd; y una vez que los terminaba, el mismo se encargaba de entregar el cuerpo con su ataúd. Hasta aquí las cosas parecían más o menos normales, este tétrica negocio del callejón de la  Muertería o de los Muerteros.
Pero la figura de Espiridión estaba rodeada de misterio, nadie sabía de donde había  llegado a la  Nueva España, nadie sabía cuántos años tenía; todos le habían conocido así de viejo, y siempre seguido por un perro flaco que parecía estar siempre mojado. La gente aseguraba que desde 1560 en que se levantaron las primeras casas del callejón, ya él vivía en aquella casa estilo mudéjar. De todos los muerteros, Espiridión era el que más trabajo tenía. ¿Acaso sería por su parecido extraordinario con la muerte? Más extrañas aún resultaban sus costumbres, pues cierto día cierto caballero le pidió a que fuera a su casa a tomarle medidas a un familiar muerto, y solo con una buena cantidad de oro aceptó, pues él tenía la firme costumbre de que le llevaran los cuerpos a su lugar de trabajo y llevarlos en el ataúd a casa de la familia. Pero antes de terminar aquel trato, la siniestra y profunda voz del muertero volvía a sonar para pedirle como condición al caballero de que mandara a uno de sus criados para que ocupara la caja en el trayecto, pues de su taller nunca había salido una caja vacía. Era así como la rara costumbre de aquel más raro personaje, era observada, y aunque no era cadáver lo que en su interior viajaba, no dejaba de escucharse aquel traqueteo siniestro. Así la caja era llevada al domicilio, y el muertero firme a sus costumbres del oficio, metió el cadáver en la caja y lo acomodó con cuidado.        
Después de ese trabajo, Espiridión Sepúlveda fabricó una ataúd que no podía ser más a la medida ¡porque era para él! Y esa misma noche, el caballero don Luis de Salamanca que había perdido a su madre, fue en busca del muertero; bajan del carruaje don Luis y su hermana Rústica, con el fin de mandar hacer el ataúd. Los dos personajes se acercan al taller, de donde escapaban raudales de luz rojiza, al entrar grande fue su sorpresa cuando encontraron un ataúd con cirios que le rodeaban; intrigados los hermanos fueron en busca de alguien y en el acto aparecieron los colegas de Espiridión. Tocó entonces a cuatro de estos hombres formar el cortejo fúnebre que llevó el ataúd hasta el cementerio de San Andrés, y como siempre, volvió a resonar hueca e impresionante la madera que guardaba el cuerpo alargado del muertero. Los enterradores cumplieron su triste cometido, mientras un coro grave de carpinteros rezaba algunas oraciones. Durante aquella época no se tomaban las precauciones de ahora, pues los cadáveres eran enterrados casi a flor de tierra.
Y de pronto se dejó escuchar un escalofriante crujir de madera y de repente al alumbrar al perro de Sepúlveda, aquel hombre vio como una esquelética mano salía del ataúd; el vigilante queda mudo de terror al ver como aquella figura emerge de la tumba, y sin poder resistir más cae desmayado.
El resucitado y fantasmal Espiridión se alejó por entre las tumbas a grandes zancadas, le seguía su perro, flaco y de pelaje hirsuto, que parecía eternamente mojado. ¡Par escalofriante que causaba miedo a cualquiera! Pasados algunos momentos, el vigilante se incorpora, pero ya no era el mismo, sus ojos extraviados parecía  no ver y su cerebro no entender en donde estaba. Se puso de pie y dando tropiezos por sobre las tumbas y cruces, buscó la salida de aquel recinto lúgubre. Instintivamente buscó el camino a su casucha, ante cuya puerta se detuvo para gesticular que había visto a la muerte; atraída por los gritos de su esposo, sale la mujer a averiguar, y Mateo el vigilante del cementerio, quedó ahí muerto de miedo a los pies de su esposa.
Al día siguiente, Espiridión estaba como de costumbre trabajando en su oficio de muertero, y dos mujeres que lo vieron salieron espantadas de ahí diciendo que era un fantasma; atraídos por los gritos salieron los carpinteros incrédulos de lo que decían, y presas de la curiosidad prefirieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. El taller estaba abierto y escuchan el golpear del mazo sobre la madera, y al llegar advirtieron mudos de terror, que en efecto, allí estaba el muertero entregado a su labor, y si antes de “morir” era un hombre de pocas palabras, ahora parecía mudo. No habló, a sus colegas una sola palabra, se concretó a mirarles. Después, como si no hubiese visto a nadie, volvió a entregarse a su trabajo y los muerteros volvieron a sus negocios temblando de miedo.
Horas después llegaron dos caballeros que querían mandar hacer un ataúd para un amigo muerto en duelo, acto seguido Espiridión les mostró una caja recién terminada, y el muertero a toda pregunta que le hicieron solo movía la cabeza en sentido negativo y extendió la mano huesuda y sarmentosa para recibir la paga.
El regreso de Espiridión y su actitud extraña, provocó la consiguiente curiosidad y miedo de sus colegas y vecinos.  Así, entre hipótesis y asombro de los habitantes del callejón de la Muertería, se llegó el domingo;  las gentes salían de oír misa en el cercano templo, entre ellas iba don Gaspar de Oriandi, conocido prestamista, y un amigo que le acompañaba. Los dos caballeros con el fin de evitar un encuentro repulsivo con Espiridión, desvían  su camino, pero éste les acorta el paso. Silencioso, con un atrevimiento que propició la sorpresa, el muertero saca su cordón de medir y lo extiende de arriba abajo del amigo de don Gaspar. Aquella actitud extraña pensaron que se trataba solamente de una desagradable broma, más no fue así, pues esa misma noche, víctima de un “dolor de costado”, estaba muerto don Hernán en su casa en las calles de Balvanera.
Y fue el mismo don Gaspar, y la viuda quienes llegaron al taller de Espiridión a encargar el ataúd. Silencioso, como si fuese mudo, les señaló un ataúd terminado y para las preguntas no hubo respuestas, el muertero solo extendió su huesuda mano para recibir la paga ¡y nada más! Noches después Espiridión se encontraba frente a la casa de don Antonio de Aguilar, pues tenía un ataúd sobre su carretón, y no pasó mucho tiempo para que se dejaran escuchar en el interior de la casa, ayes y llantos de familiares y sirvientes.
En ese rostro agudo, anguloso y mortal, de quien ya vaticinaba muertes aparece una sonrisa de satisfacción; pasan los meses y su fama de ave de mal agüero, de cómplice de la muerte, crece. Por ese tiempo se habían instalado en el callejón de la Muertería algunas mujeres torcedoras de tabaco, que fueron quienes más festejaron, que fueron quienes más festejaron “el sentido mortal” de Espiridión.  Silencioso, espantable, sin parpadear siquiera el muertero se acerca a las mujeres con su cordón de medir, y presa del terror, una de las tabaqueras echa a correr tratando de huir de aquel hombre, pero pierde el paso y su cabeza choca contra las aristas de los escalones que daban acceso al canal y queda ahí.
Ante sucesos tan increíbles como inexplicables, tres caballeros van en busca de consejo con el padre Ramón, quien les dice que deben de ir a inspeccionar la tumba donde fue enterrado el muertero. Se dedican a investigar, preguntar y repreguntar, y tienen el testimonio de la esposa del vigilante que murió  de miedo. El padre Ramón, del templo de Jesús, fue entonces al ver al  muertero para preguntarle cómo había clavado su propio ataúd, y por primera vez desde que regresara de ultratumba, aquel siniestro personaje le responde que igual como clavará la suya. Acto seguido lo empuja a una caja y la clava. Momentos antes de amanecer, el barrio de la muertería, volvió a escuchar aquel macabro rebotar del cadáver sobre el empedrado de la calle. Era Espiridión que llevaba el cadáver del cura Ramón a entregarlo a su anciana hermana Hilaria ¿cómo había muerto el cura?  Nadie se preocupó por averiguarlo. Todos creían a pies juntillas que el muertero adivinaba, presentía quien iba a morir y nada más.
Todos le evitaban por temor a ser “medidos”, pero él siempre tenía el ataúd adecuado a quien moría; y así su casa y su taller fueron centro de atracción, temor y de consejas. Y un buen día desapareció Espiridión ¿Qué fue de él? Nadie logró saberlo. Simplemente se esfumó.
Y junto con el desapareció su siniestro perro, y su no menos tétrico carricoche. Años después se instalaron en ese callejón de la Muertería los tabaqueros, y luego árabes y judíos fabricantes de babuchas.
Pasados los años la casa estilo mudéjar de Espiridión se hizo más notoria, pues en ella habitó una nieta del cura Hidalgo, llamada doña Guadalupe. El callejón ya se llamaba por entonces de Tabaqueros, y la casa del macabro personaje estaba marcada con el número diez. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Los cementerios: el sitio del sueño eterno



Durante los días de muertos, siempre leemos u oímos hablar sobre las tradicionales ofrendas, sus elementos y significado, sobre todo de la prehispánica, pero ¿y los panteones dónde quedan? Acompáñame a conocer más sobre este tema.
Durante la época de la colonia fue por mucho tiempo costumbre sepultar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias; algunas instituciones más tenían un lugar especial para los entierros, como los hospitales, así podemos ver que un lugar especial para el descanso eterno del cuerpo no existía.
En 1779 hubo una terrible epidemia de viruela y para atender a tantos enfermos se recurrió a la ayuda de los particulares: se dividió la cuidad en dos zonas y para atender a cada una se nombró una comisión, una de esta zonas abarcaba desde la esquina del callejón del Ave María a la Plazuela del Rastro y de allí a la Guarda de San Antonio Abad , donde sirviendo de zanja y yendo hacia el Poniente, hasta la calle de Necatitlán y por esta misma acera hacia el Norte, hasta la Pila de la esquina del Ave María; esta zona estuvo a cargo de Don José de las Torres, Don Pedro Camdereche, Don Francisco de la Cotera y Don Juan Manuel González de Cossío, y según los datos que registran los cronistas, en la semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre, hubo el movimiento siguiente:

Enfermos socorridos -------------------  403
Muertos --------------------------61
Convalecientes ------------------ 280
Existentes ------------------------ 62
SUMA -----------------------------403

Debido a esta epidemia, el señor Arzobispo Haro y Peralta improvisó  un hospital en el edificio de San Andrés, y como el campo que tenía era muy pequeño para enterrar, se decidió hacer un cementerio en un lugar cercano a la iglesia de Santa María la Redonda, llamado Santa Paula; fue bendecido por el mismo señor Arzobispo y lo entregó al hospital para su servicio.
En la víspera de la ceremonia de la bendición de los cementerios, se acostumbraba colocar   cruces de madera, siendo la mayor la del centro, y en cada una eran colocadas tres velas; durante la ceremonia el obispo se arrodillaba frente a la cruz principal, rezaba las letanías de los santos, esparce agua bendita en el cementerio y recita los salmos penitenciales, que consistía en elevar delante de la cruz oraciones que manifestaran la esperanza de la remisión de los pecados y de la resurrección de los muertos  y concluía con la bendición episcopal. Cuando el obispo delegaba sus facultades en algún presbítero, este hacía la bendición  pero con una ceremonia  menos solemne. Así, Santa Paula fue el primer lugar que existió en aquella época, destinado  para enterrar a los muertos.
Durante aquellos tiempo los testadores se preocupaban mucho de sus funerales y de su alma, esto podemos apreciar en los testamentos, por ejemplo en el de Juana de Sosa, esposa de Don Luis de Castilla, hombre prominente de la época cercana a la Conquista, en 1557 manda los siguiente: “Que le digan misa cantada de réquiem y que la entierren en la capilla que contiene el monasterio de Santo Domingo, que la acompañen  en el entierro cuatro curas de la Santa Iglesia. Ordena que se le digan cien misas en Santo Domingo, cincuenta en San Francisco, cincuenta en San Agustín y cien por las almas de sus deudos difuntos, en las iglesias que elijan sus albaceas”.
Los entierros eran hechos con mucha solemnidad; al morir una persona doblaban las campanas, dando tres toques para los hombres y dos para las mujeres, cinco por los sacerdotes y por los religiosos y más por los papas, cardenales, entre otras autoridades más.
El párroco iba a la casa del difunto acompañado de otras personas, con la cruz y el agua bendita, ordenándose la procesión al salir de la siguiente manera: Al frente iban las cofradías de los legos, después la cruz, luego el clero regular y detrás el secular, todos acomodados de dos en dos y cantando los salmos, en seguida de este acompañamiento iba el párroco, después el féretro llevado en hombros y por último los dolientes particulares, llevando todos velas encendidas.
Al salir el cadáver de la casa comenzaba a doblar las campanas hasta que la comitiva llegaba a la iglesia en donde se celebraban las diferentes ceremonias, según fuera la hora, y terminadas estas, el difunto era llevado  al sepulcro, acompañado de los clérigos que cantaban la antífona. Al llegar se bendecía la sepultura y se procedía al entierro, y con las velas apagadas se regresaba en el mismo orden a la iglesia.

domingo, 13 de octubre de 2013

Iglesia de Porta Coeli

Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.


domingo, 6 de octubre de 2013

La calle de la Machincuepa (Hoy Tercera de la Soledad)

De esta singular y curiosa historia, algunos han dicho que si sucedió en realidad, y otros más dicen que es puro cuento, pero lo sí es seguro, es que es una de las leyendas más importantes y emblemáticas de nuestro Centro Histórico. ¿Me acompañas en este viaje?
Durante la época de la Colonia vivió  cierto caballero llamado Don Martín Arellano, quien era muy afecto a comer abundantes banquetes que disfrutaba con singular alegría; pero llegó un día en que hizo un enorme disgusto por cierto negocio, lo que le provocó una embolia cerebral que lo dejó para el resto de sus días postrado en una silla y sin casi poder hablar, el pobre hombre apenas podía comer y medio hablar; lo peor del caso fue que los médicos le prohibieron comer todos aquellos suculentos manjares de los que tanto disfrutó en algún tiempo, esto por temor de que fuera a repetirse la enfermedad. El infeliz señor no encontraba consuelo y paz en su alma, todo lo deseaba  y anhelaba, y finalmente comprendió que aquella salud de hierro de la que tanto gozó jamás volvería a su cuerpo.
Don Martín nunca contrajo nupcias, pero siempre llevó una vida recatada y limpia, lejos de cosas ilícitas, ocupándose solo de sus negocios mercantiles, siendo todo su tráfico y trato el de la seda, dándose muy buena vida con las ganancias que obtenía, pues con el paso de los años llegó a amasar una fortuna bastante cuantiosa, también se convirtió en dueño de varias casas en las mejores calles y fincas rústicas, con las que obtenía grandes utilidades.
Todo lo que Don Martín tenía de ser un exitoso hombre de negocios, su hermano en cambio siempre fue torpe, inútil y acomplejado; argumentado siempre que la suerte estaba en su contra, pues cosa que el emprendía siempre le salía mal, llevándolo su mala estrella siempre hacia el fracaso. Sucedió entonces que se le muere la esposa  de la epidemia de cocolixtle, quedando el pobre hombre sepultado en la tristeza de su ausencia, dolor que lo consumió poco a poco llevándolo a entregar su alma por unas recísimas calenturas; pero aquí no acaba la historia, pues dejó a su hija Trinidad huérfana, a quien don Martín acogió con mucho cariño en su casa, llegando a ser con un segundo padre para ella.
Pero esta muchacha era altiva, dura, cruel, siempre empedernida y obstinada en su orgullo, los regalos y caricias de su tío no ablandaban su cruel corazón. De los criados se hacía temer con malos modos. A todo mundo trataba con altiva descortesía, pero con don Martín se ensañaba más que con nadie, siempre lo veía con gesto torcido airado, le hablaba solo con desprecio y alejamiento; el buen hombre le hablaba y ella solo respondía dándole la espalda, jamás le daba contestación a sus preguntas y si alguna vez llegaba a hacerlo, le respondía con palabras cortantes.
La gente al ver este comportamiento, comentaba que don Martín no era quien le daba cariñoso amparo, sino que ella era “la que favorecía al don Martín”.
El dinero que despilfarraba en lujos doña Trinidad salían de la generosa bolsa de su tío, quien jamás le puso límites a sus gastos, todo lo contrario, pues le complacía verla crujir sedas, arrastrar brocados y resplandecer joyas, andando siempre llena de adornos y ropa muy costosa, parecía arbolito de Navidad. La arrogante damita quería vestirse con la mayor suntuosidad que las elegantes de México, lucir y ser admirada, saliendo cada día con nuevas y vistosas galas desvaneciéndose en un rico vestido, lleno de esplendor y lustre. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de su arreglo personal: maquillaje perfecto, los rizos bien acomodados, perfilarse las cejas, pulirse el lunar, curarse las manos con cebillos olorosos para aumentar si deliciosa tersura; dando como resultado a la vanidad en su estado más puro.
Doña Trinidad solo vivía para darle rienda suelta a su vanidad y para molestar en todo momento a su pobre tío, quien generosamente le tendió la mano para sacarla de la miseria en que había vivido con su padre. Y por si esto fuera poco, a la altiva damita disfrutaba que la llenaran de halagos y alabanzas, que con el dinero que tenía nunca le faltaban; llegando a quedar embriagada de presunción, ya quería casi competir con las estrellas.
Y los habitantes de la Capital se preguntaban ¿Qué iba a pasar con los bienes de Don Martín?, ya que el buen hombre no tenía más herederos que si soberbia sobrina, y por esa razón a la dama no le faltaban pretendientes que le cantaran melosamente al oído, pero a todos los despedía por igual haciéndoles crueles burlas; así todos los que aspiraban a enamorarla salían con el rabo entre las patas, pues su orgullo no toleraba esta clase de cortejos, viéndolos como algo insignificante, valiendo lo que una pelusa o un comino, y los tenía por tontos y mentecatos.
Por donde quiera que esta muchacha pusiera sus pies, sembraba malas voluntades; tal parecía que el hecho de ganarse el odio de la gente le causara cierto placer, en especial le gustaba manifestar este sentimiento hacia su pobre tío, el simple hecho de verlo  hacía que le hirviera la sangre, y cualquier pretexto era bueno para decirle frases cargadas de crueldad y abominables groserías; siendo que don Martín lo único que recibía era bondad, cariño, bienes y ternura constante.
El buen hombre se iba consumiendo poco a poco en aquella tristeza, pues sin razón alguna la frívola y tonta de su sobrina lo único que hacía era despreciarlo, le dolían como terribles heridas aquellas palabras cargadas ponzoña y maldad. En el corazón de doña Trinidad no existían los sentimientos de la caridad, la prudencia y el agradecimiento.
Entre la tristeza que tenía embargada el alma de don Martín, un día salió de sus pensamientos melancólicos y esbozó una amplia sonrisa, se quedó meditando durante un rato y soltó una estridente carcajada; con esta alegre risa solicitó que lo colocaran frente a una mesa para hacer su testamento, y estuvo batallando durante bastante tiempo porque se le dificultaba escribir. Una vez terminado, enrolló el pergamino cuidadosamente, lo lacró por varias partes, le puso un sin número de firmas, rúbricas y sellos con estampilla; al hacer todas estas operaciones, lo único que hacía el señor era sonreír. ¿Qué maquiavélica idea se le habrá ocurrido?

Mandó llamar a un escribano y le entregó su última voluntad. Durante todo el día continuó riéndose, argumentando que solo era gozo venido del cielo.
Doña Trinidad continuó tratando a su tío como a un trapo viejo, despidiendo pretendientes y ostentando sus lujos a toda hora del día; el corazón le daba vuelcos de emoción con solo pensar que la fortuna de su enfermo tío iba a pasar a sus manos, y lo mejor de todo es que no iba a tardar mucho en morirse, debido al mal que había venido de súbito y los malos tratos que recibía de ella.
Y como no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, por fin llegó el día en que don Martín de Arellano entregó su alma al creador. ¡Por fin doña Trinidad era la dueña absoluta de todo!
Días después fue abierto el testamento, y al escuchar lo que decía, la dama sintió que se moría del berrinche, gritó y pataleó hasta que se cansó. Don Martín la dejaba como dueña absoluta de la fortuna, pero la condición para tomar los bienes en posesión, era que con el más lujoso de sus tajes y las más esplendorosas joyas, fuera a la Plaza de Santo Domingo, en donde se alzaría un tablado para que ahí hiciera una voltereta  en el aire o mejor conocida en México como manchincuepa. A doña Trinidad casi le da un soponcio al oír que tendría que hacer semejante cosa, y más cuando el notario le dijo que si se negaba a hacer la maroma, perdería toda su herencia y pasaría a manos de conventos de monjas y frailes. Con la mayor rabia del mundo le echó feroces maldiciones a su tío, vertía ponzoña por la boca, prefería morir antes de soportar semejante humillación en público.
Días después, cuando se le hubo pasado un poco el coraje, comenzó a analizar la situación con la cabeza fría, poniéndolo todo en una balanza: Si hacía la voltereta, iba a tener que soportar la humillación y las burlas, pero por el otro lado iba a tener las riquezas para toda la vida; y si se negaba tendría que volver a ser pobre y de paso todos se burlarían grandemente de ella. Su temor a la miseria pudo más que todo y tragándose su ego y su orgullo aceptó a dar aquel espectáculo, claro que sin olvidar echarle de maldiciones a su tío a todas horas. Se mordía las manos de despecho y lloraba de puro coraje.
El tablado se alzó en el lugar antes mencionado, y la noticia corrió como pólvora por toda la ciudad. La gente comenzó a llegar metiéndose por las casas y dando muerta de risa, la Plaza de Santo Domingo se llenó en su totalidad, no cabía ni un grano de arroz; desde ventanas, balcones y azoteas se arracimaba la gente, curiosa de presenciar la humillación de aquella mujer que se creía superior a todos. De repente aparece Doña Trinidad con un gran traje de capichola verde – mar bordado  con flores de oro, lleno de trepas de encajes y brilladoras ondeas de galones; de su pecho muy levantado salían las luces de las joyas, las había también en su cuello, orejas, pulsos y dedos.
Subió al tablado con pasos firmes y decididos, derramando desprecio en su mirada; procedió a inclinarse hasta no poner en el tarimón la cabeza llena de rizos, plumas y lazos con pedrería, y echando rápidamente los pies hacia arriba dio con mucha soltura una voltereta envidiable. Después de trazar sus piernas ese semicírculo, cayó de espaldas con ruidoso batacazo entre un confuso rumor de sedas estrujadas. Se levantó roja de rabia, escuchando las carcajadas de la multitud que parecían interminables, y no hubo una sola persona que no hiciera burla, escarnio y mofa por un largo tiempo.
Se cuenta que doña Trinidad estuvo ensayando días antes la susodicha voltereta para darle ligereza en el cadalso para acabar rápido la oprobiosa humillación, y todo por no enfrentarse a la miseria. Mostrando una braveza grande y mordiendo sus joyas, se subió a su carruaje echando fuego por los ojos y abanicándose sin cesar. Se encerró en su casa ciega de enojo, no podía ni hablar, no volvió a salir jamás. Al verse sola y despreciada, decidió vender todo lo que tenía y se fue sin que se supiera cuando, unos decían que se había marchado a la Tierra Firme y otros más que a Castilla del Oro. La altiva y desdeñosa dama se marchó, pero la calle en que estuvo su mansión se le llamó a partir de entonces como la Manchincuepa, la que echó interesadamente ante todo México para retener una suculenta fortuna.