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domingo, 16 de octubre de 2016

La leyenda del hombre lobo

El México Colonial no estuvo exento de la leyenda del hombre lobo, ya que muchos se decía sobre las transformaciones que sufrían los viejos indígenas, tratando de salvar su raza. Hay quienes hablaban de nahuales, lo cierto es que según la leyenda, en la Nueva España hubo acontecimientos que indicaban apariciones de lobos que luego se convertían en seres humanos.
Se dice que todo empezó cuando los españoles arribaron a estas tierras: al convertir a los indígenas en el blanco de las peores torturas y asesinatos. Cuando las ciudades fueron saqueadas en su totalidad y sus mujeres ultrajadas; los hombres ancianos no hacían otra cosa que implorar, a sus dioses, paz en el territorio. Sin embargo, la adoración a estas deidades también les fue prohibida.
Los viejos sabios, entristecidos por los hechos y sobre todo enojados por la traición de algunos nativos, pidieron a los dioses el castigo más cruel contra ellos que se atrevieron a faltarle su raza. Se dice que luego de realizar varios ritos y algunos sacrificios humanos a escondidas de los conquistadores, los ancianos adquirieron poderes sobrenaturales, mismos que coincidían con la luna llena.
De tal forma, sólo los hechiceros se convirtieron en mitad hombre y mitad animal a fin de defender a su raza. Cada noche de luna llena, un aullido despertaba a los pobladores y a los soldados españoles, que envalentonados se apostaban en los alrededores para atacar a la fiera. Pero no tuvieron suerte y muchos de ellos aparecieron muertos, se les encontraba en un charco de sangre con la piel hecha jirones.
Cuenta la leyenda que los hombres lobo atacaban hasta matar, principalmente a los hombres blancos que abusaban de los nativos. Sin embargo, el castigo era diferente para los que traicionaban a la raza; las noches de luna llena, los hombres lobo buscaban a aquellos indígenas que servían a los conquistadores y a las mujeres que habían entablado amoríos con los mismos. El ataque era igual de feroz, pero procuraban no quitarles la vida, pues la condena consistían convertirlos en hombres o mujeres lobo, por el resto de sus días. Así cada mes sufrían la dolorosa transformación que los llevaría asesinar humanos para alimentarse sobrevivir. A consecuencia de esto muchos niños comenzaron a desaparecer y también, animales, que luego eran encontrados muertos.
Durante años, la maldición continuó: un hombre mestizo notificó que había cortado la pata a uno de estos seres pero, cuando la mostró sus a sus familiares y amigos, descubrió que solo era una mano. Razón por la cual lo sentenciaron a muerte, sin que pudiera defenderse. Durante el juicio, insistió que le había cortado la pata un lobo y no a un humano. Así los rumores acerca de los hombres lobo cada vez fueron más frecuentes y durante el periodo de la Santa Inquisición la cacería de bestias comenzó y aunque se dice que condenaron a muchos ancianos y personas porque eran nahuales, lo cierto es que había hombres lobo entre ellos. Y muchos de ellos sobrevivieron durante cientos de años.

Leyenda del perro del conquistador

En la época de la conquista algunos perros fueron utilizados como armas mortales en las batallas contra los guerreros nómadas. Los españoles los llevaban a las poblaciones de indios desprevenidos, donde dichos animales no distinguía en edad o sexo para atacar:
Cuenta la leyenda que en una de estas jornadas de ataque, una india no pudo huir; se quedó paralizada y sola ante la presencia de uno de estos perros. El animal corrió hacia ella y la mujer se sentó en la tierra, y comenzó a hablarle:
-Perro, perrito, señor perro, perrito…
El fiero animal, acostumbrado al ataque y a la agresión, frenó su embestida homicida, se quedó perplejo; acercándose a ella le mostró sus afilados colmillos; la joven india permanecía sentada sobre la tierra del desierto; veía al animal, sin miedo, con ternura, le decía:
-Perro, perrito, señor perro, no me coma perrito, señor perro, está india lo quiere. Señor perro escúcheme…
Sus manos poco a poco se acercaron a las fauces del perro; la india sintió pánico, que sin embargo, supo ocultar, y el perro, percibió su amor y ternura, y sorpresivamente se dejó acariciar. Lejos de ahí, los hispanos reían, y la daban por muerta; se entretenían con otros perros persiguiendo indios; la joven, sin más arma que el poder de sus ojos, y su voz, mantenía tranquilo al animal, que meneaba la cola lentamente.
-Perro, señor perro. No me coma perrito. Lo quiero señor perro.
Cuenta la tradición, que esa noche, desapareció sin haber muerto, el primer perro hispánico; paulatinamente fueron muchos perros más, utilizados por los españoles en la conquista, que desaparecieron para volverse indios. De ahí en adelante a los españoles no les fue posible atacar un rancho desprevenido para sorprender más a los indios. Los perros ya no eran rivales para ellos.

domingo, 21 de agosto de 2016

Dar lo más por lo menos



¡Qué mala, que malísima suerte, era la de Nabor Orihuela! Nunca le podía salir nada bien al pobre hombre; como dicen por ahí, andaba con el santo de espaldas. La fortuna era inconstante señora en la vida de este triste ser: clavó su rueda con firmeza y con los fuertes clavos que le puso ya no la dejó subir. No había cosa que emprendiera Nabor que le saliese bien. Decían que desde antes de nacer le echó terribles maldiciones una tal que fue amasia de su padre, quien la dejó en abandono para casarse, como Dios manda, con la buena y apacible madre de Nabor, el de la siniestra ventura.
La viruela le dejó múltiples e indelebles marcas en el rostro; la tiña le exterminó mucha parte del pelo; un mal de estómago le descompuso la salud para siempre la salud y le dejó permanentes agruras que le quemaban como brasas el esófago, también lo dejó muy flaco, los huesos se le transparentaban por la piel, toda arrugada y reseca. En sus tiempo de juventud anduvo en la soldadesca, y en una escaramuza sin maldita importancia, una bala de arcabuz mal dirigida le partió en dos el hueso de una pierna y para siempre se quedó con el paso desnivelado; en otra ocasión un lanzazo por poco le quiebra un ojo, solamente le quedó una ancha cicatriz que le pasaba desde la nariz hasta la oreja. Se casó después con  una buena y excelente mujer, y al poco tiempo viudo se quedó. Probó el amor con sufrimiento, su corazón estaba hecho un mar crecido de amargura, pasaron por él grandes avenidas de penas. Cada día traíale un sufrimiento nuevo y así tantos dolores y angustias le tenían hecho a prueba de trabajos, armó a su alma de resignación y no salía de paciencia; bienaventurados los mansos porque de ellos es el reino de los Cielos.
Fue Nabor oficial de péñola en el Consulado de Comercio; desempeñó bajo oficio con el almotacén del Ayuntamiento; después aún más ínfimo al lado del balanzario de la Real Casa de Moneda; en seguida sirvió como portero de la Alhóndiga; al poco tiempo en el hospital de San Andrés daba unciones en la sala del morbo gálico, pues allí quitaba Mercurio lo que daba pródigamente doña Venus; lo hicieron bedel en el Colegio de Infantes Músicos de la Catedral Metropolitana; fue criado que repartía comida en las oscuras mazmorras de la Acordada; pasó a la Sala del Crimen a atar legajos con el rojo balduque y de ahí lo bajaron a mozo de retrete. Cada vez empeoraba más el infeliz Orihuela, iba dando más miserable caída.
Andaba todo traspillado, roto y lleno de flecos, aunque algunos agujeros de sus viejísimas ropas los tapó de inhábil manera con remiendos a grandes puntadas. Prácticamente se moría de hambres en un cuartucho de extramuros de la ciudad; muebles no había entre aquellas cuatro paredes llenas de telarañas, de adobe descubierto, ahí el duro suelo tenía por cama el pobre Orihuela. Su fortuna y ajuar lo llevaba a cuestas y el testamento en una uña. Lo apretaba la necesidad y ya estaba en lo último de la miseria; no tenía en que caerse muerto, ni cosa que llevarse a la boca. Era Nabor Orihuela el más pobre entre los pobres.
Encontróse una mañana en el portal de Agustinos, también llamado de la Preciosa Sangre, con su amigo Oropeza, quien le comento que un alto ministro de nombre Tadeo Grajales, estaba buscando a una persona de fiar que mantuviera bien  barrida y sin telarañas, una finca que llevaba tiempo sin rentar. Nabor aceptó ir a presentarse con aquel personaje para que le diera el puesto. Don Tadeo le vio a Orihuela cara de hombre muy de bien y sacó de un cajón de su bufete una gran llave de hierro, y le dijo el número de la casa, el precio del arrendamiento, y le recomendó mucho el cuidadoso aseo de la finca para  que tuviera mejor ver a los ojos del interesado alquilador. Loa casa era muy vieja y maciza, del siglo XVI, con bastos balcones de hierro vizcaíno, dos enormes patios de elevados muros; el aspecto de la casona deshabitada era por demás asombroso.
Nabor Orihuela recorría aquellas vastas habitaciones vacías. ¿Quiénes habrían vivido en aquellos cuartos de elevada techumbre? ¿Cuál era la ocupación de esas gentes? ¿Alegre o plácida fue su vida, o acaso, se metió en ella como en la suya, la malaventura? ¿Cuántos habrían muerto en esas estancias? Pensando en esto le saltó inquieta en su cerebro esa idea peregrina: ¡”Ay, qué bueno sería si alguno de los que vivieron aquí hubiese enterrado dinero, se me apareciera y me dijese dónde está;  yo en recompensa, para el bien de su alma le mandaría decir dos misas!”
Desde aquel día Orihuela traía ese pensamiento metido en la cabeza, con  él se dormía y levantaba; a diario acudía a misa a las iglesias cercanas: Santo Domingo, la capilla del señor de la Expiación, San Lorenzo, la Enseñanza, y no hacía otra cosa más que pedir a Dios que le concediera aquel milagro que tanto anhelaba su corazón, repitiendo a su vez el ofrecimiento de las misas. No solo se le imploraba al creador, sino que también a toda la corte celestial; dicha petición la hacía a todas horas del día. Gastaba la noche en la oración y durante el día replicaba sus ruegos con más llanto y sollozos.
Una noche después de su miserable cena, Orihuela se hallaba sentado en el tranco de la puerta de la estancia anchurosa que tenía por morada en aquel caserón; mientras pensaba como escapar de su pobreza vio un bulto alto y blanco que salía de atrás del brocal del pozo, que caminó con pasos tácitos y lentos y al fin se paró inmóvil bajo el arco que unía a los dos patios. Tremendo susto se pegó Orihuela, estaba totalmente fuera de sus sentidos, y con el corazón a mil por hora. Aquella figura espectral sacó un brazo de entre la vaporosidad de la túnica que la envolvía y varias veces, con enérgico ademán, señaló un punto entre los cipreses; después desapareció de la misma manera en que había venido.
A Orihuela se le metió un frío muy sutil hasta el tuétano de los huesos y los seguían bañando copiosísimos trasudores. Por fin le entró el sosiego y con él una leve y graciosa alegría que le recorría el cuerpo. Apenas hubo amanecido salió en busca de las herramientas necesarias para sacar el tan anhelado tesoro de sus sueños. Poco después volvió a la vetusta casona, trayendo pala y zapapico y con diligencia se puso a abrir un ancho hoyo en el lugar indicado por el aparecido. Pronto quedó abierta una zanja, en donde aparecieron los amarillos huesos de un esqueleto humano, entre las costillas estaba un orinecido puñal. De pronto apareció un panzudo cantarillo; de puro gusto se frotaba las manos Orihuela.  “Allí están los dineros que voy a recibir como justa  recompensa de tantas y tantas desdichas y trabajos que me ha dado la vida. Ese oro es el que merezco, pues que oro ha de ser por lo pequeñín de la vasija”, se dijo a sí mismo seguro convencimiento y rebosante regocijo.  Y añadió: “Tu querido difunto, cuenta con un triduo de misas de sufragio con ornamentos negros, con  tus responsos, además de los rosarios y de los quince sudarios ya ofrecidos”.
Con un contundente golpe rompió el cantarillo, y en vez de encontrar un fabuloso tesoro, lo único que obtuvo fue veinticuatro centavos de cobre, negros y orinecidos. Orihuela estaba pasmado, no podía creer que el espectro se burlara así de su esperanza. Otra vez quedó ajeno a sus sentidos. Cuando le volvió el alma al cuerpo dio un gran puñetazo en el aire y comenzó a echar chispas por los ojos y hasta humadas por la narices, ¡y ni se diga lo que salió de su boca!, ¡puras maldiciones y más pestes!
Pronto se le bajó aquella terrible llama de furor al infeliz Orihuela, pues era de natural manso y pacífico, y con pasos arrastrados se vino caminando, lente y trabajosamente, con el cuerpo inclinado con agobio hacia delante. Se sentó en el quicio de la puerta y se puso a llorar.

domingo, 10 de julio de 2016

El perro del agarrotado y La maldición del hombre lobo

El perro del agarrotado


Como era bien sabido, la mezcla de razas en la Nueva España era mal vista, tanto por los conquistadores como por los nativos, de tal manera que los mestizos eran discriminados en la región; por los consideraban como la conjunción de lo peor de ambas estirpes.
Lázaro, hijo de una indígena y de un soldado español -que abandonó a la mujer en cuanto supo que estaba embarazada-, estaba enamorado de una damisela criolla, quien le correspondía su amor.
La pareja decidió entablar un amorío y mantenerlo en secreto, pues sabían que los padres de la joven se opondrían y harían hasta lo imposible por separarlos. No se sabe cuánto tiempo duro su relación, sin embargo, se cuenta que una tarde el padre de la criolla los descubrió; lleno de cólera juró vengar con sangre el ofensa que Lázaro había cometido en contra de su familia.
Sin perder tiempo, interno a su hija en un convento; se dirigió hacia el Santo Oficio y acusó al muchacho de ser brujo y practicar hechicería, ya que sólo de esa manera había logrado que la criolla se enamorara de él. Los inquisidores atendieron el llamado del caballero y por lo tarde se presentaron en casa del acusado para capturarlo.
Con la ayuda de la hermana de Lázaro, este fue aprehendido y llevado a los calabozos; debido a las influencias que el padre de la criolla tenía ante el tribunal inquisitorial, la sentencia fue cosa de días, se le condenó a morir mediante el tormento del garrote. El mestizo falleció pero al poco tiempo, un extraño perro apareció por la ciudad, se dice que es su aullido amedrenta va todo si mantenía alerta a la población. El rumor de que algunas personas perdían la vida cuando el animal se aparecía corrió por todos los rincones, por ello, hombres y mujeres evitaban salir a la calle, no querían encontrarse con la criatura infernal.
Una noche, la ronda observó como el perro entraba a la casa de un caballero adinerado; el hombre se había casado con la hermana de Lázaro y tenían apenas unos días de vivir juntos. La muchacha miró hacia la puerta de su alcoba, sintió como se materializaba tras ellos, un espectro que les parecía conocido. La mujer grito aterrorizada cuando se percató que aquel aparecido era su hermano Lázaro; inmediatamente se arrodilló ante él y le suplico perdón, dijo estar arrepentida de haberlo entregado. Las lágrimas le brotaron y la desesperación la invadió al darse cuenta de que sus ruegos no causaban ningún efecto en Lázaro. Cegada por el miedo y tal vez por la culpabilidad tomó un cuchillo y sin pensarlo, se lo clavó en el pecho quitándose la vida.
Su marido fue testigo de los hechos y no pudo más que decir que un perro se había parecido en su casa. Alterado por el suicidio de su mujer, perdió la razón y a los pocos días falleció, no sin antes advertir que el perro se vengaría de todos. A partir de entonces la gente empezó a decir que ese animal era un mensajero de la muerte; por ello, la gente oraba y pedía en misa no escuchar nunca sus terroríficos aullidos.
Los rumores corrieron por toda la capital, incluso se extendieron hasta la ciudad de Puebla, donde llegaron a muy altos oídos, entre ellos, los del padre de la criolla, quien sintió como se le erizaban todos los vellos de su cuerpo al recordar lo ocurrido, meses atrás. No olvidaba que un mestizo había osado enamorar a su hija y él, lleno de rabia, lo acusó falsamente de hechicería ante el Santo Oficio; recordó también que había sobornado a la hermana de Lázaro para que lo delatara y se sintió culpable, aunque más que la culpabilidad, lo inundaba el terror; lo paralizaba el pensamiento horrible de que Lázaro hubiera vuelto de la tumba para vengarse de los que habían acabado con subir injustamente.
Salía a la calle con cierto temor, sin embargo, prefería creer que la venganza no llegaría hasta esa región. Una tarde, luego de convivir con amigos en la taberna, se dispuso a regresar a su casa. Las calles lucían sombrías y se sentía un ambiente lúgubre; caminó lentamente, sólo se oía el eco de sus pisadas y el ruido de su respiración. De repente, tuvo la sensación de que alguien lo seguía, sin embargo, por más que se esforzaba no vio a nadie. Cuando por fin llegó a su casa, intento abrir el portón, al tiempo que notó una sombra que se cernía sobre él, sintió que se le erizaban los vellos de su nuca y percibió un viento helado. Se volteó súbitamente y lo que vio lo dejó paralizado de terror; sólo escucho un grito estrangulado que brotó de sus labios.
El cuerpo del hombre fue encontrado a la mañana siguiente ya sin vida; tenía en el cuello la marca de unos colmillos. No tardó en correr la trágica noticia por toda la ciudad: el perro había atacado de nuevo. Todo indicaba que se trataba de Lázaro, el mestizo que había muerto injustamente a manos de la Inquisición. Las autoridades encargadas del Santo Oficio se enteraron de lo sucedido, sabían que ellos eran los que faltaban en la lista de Lázaro. Temerosos ante su inminente asesinato, se les ocurrió exculpar post mortem al agarrotado, para limpiar su nombre. Enviaron a varios pregoneros a todas las ciudades para que informarán a los pobladores de la reivindicación del joven.
La noche en que se estaba oficiando la última misa, todos los asistentes comenzaron estremecerse a sentir un repentino viento helado. En ese instante se escuchó el espeluznante aullido de un perro, además de golpes y arañazos. Todos permanecieron como clavados en su sitio, sin poder articular palabra ni moverse, pues creían que la muerte había llegado pasta ellos. La puerta del templo se abrió bruscamente, aparecieron dos seres, un hombre acompañado de un perro. Era Lázaro quien pidió a los feligreses no tener miedo, pues no buscaba venganza, sólo pedía que le dieran cristiana sepultura a su amada, quien había muerto lentamente al escapar del convento.
La figura del agarrotado se fue desvaneciendo y sólo quedó el perro para guiar a las personas hasta la capital, a la humilde choza donde el cadáver de la criolla permanecía sin ser descubierto. Se dice que aún a pesar de que el perro término su misión, los pobladores continúan escuchando su lastimero aullido; otros juran que en ocasiones se le ve vagar por las calles, junto a una pareja de enamorados.

La maldición del hombre lobo

Fray Bernardo pertenecía a la congregación de los Agustinos, tiene la misión de dirigirse hasta Valladolid para informar al padre superior acerca de la construcción del nuevo convento que alojaría a la hermandad. Como desconocía la zona, llevó consigo a Felipe, un muchacho huérfano, de apenas 14 años y quien sería su bien la travesía. El camino estaba muy accidentado y ello dificultaba el paso del carruaje, ya se habían retrasado por lo menos un día. Decidieron descansar en un paraje solitario, pues para llegar al siguiente pueblo todavía debían recorrer una gran distancia.
La luna llena iluminaba su velada, mientras cenaban un aullido los alertó. Inmediatamente creyeron que una jauría de lobos los rondaba, su mayor preocupación eran los 2 caballos, los cuales se mostraban inquietos y no paraban de moverse. De repente, algo entre la maleza comenzó a moverse y lentamente se acercó hasta ellos.
Fray Bernardo se armó con un palo y Felipe observaba todo desde la carreta. Un lobo se acercó sigilosamente hasta donde se encontraba el religioso, paralizado por el miedo no se atrevió a apalearlo; temblaba ante la animal y este al percibir su temor, le dijo que se tranquilizara que no le haría daño. El fraile estaba a punto de desmayarse, cuando su acompañante lo sostuvo de la cintura; el lobo se sentó. Un poco más tranquilo fray Bernardo miraba con curiosidad al animal que comenzó a sollozar; el religioso sin soltar el palo le preguntó qué era lo que le sucedía. Entonces se lobo procede a narrar su desdicha. Dijo que él y su esposa eran unos indígenas, quienes presas por el temor que infundieron los conquistadores, aceptaron ser evangelizados y abrazar la religión católica; el principal motivo de esta decisión es que esperaban un bebé.
Luego de que su tribu se enteró, fueron llamados por uno de los sabios ancianos, quien les advirtió que un terrible castigo caería sobre ellos y su descendencia, si continuaban traicionando a los suyos. Como el terror hacia los españoles era mayor, pronto se bautizaron. Una noche fueron sorprendidos por otros indígenas quienes los condujeron hasta donde yacía el hechicero. Este, enojado, les recriminó su traición y la osadía de abandonar sus costumbres. Entonces el hombre pronunció algunas palabras y celebro un ritual, un par de horas después dio un brebaje a los esposos y les dijo que estaban a punto de recibir su castigo:
-¡Serán convertidos en bestias y así estarán condenados a vivir por el resto de sus días! Su descendencia correrá con la misma suerte, pagará su traición.
Esa noche de luna llena, el hombre y la mujer sufrieron una terrible transformación.
-Y así hemos vivido durante muchos años- dijo el lobo.
Fray Bernardo no podía creer lo que escuchaba; el hombre lobo por su parte, le pidió acompañarlo hasta una madriguera, pues ahí se encontraba su esposa, gravemente enferma. El animal pidió el clérigo darle los santos óleos y rezarle un oración. Incierto el padre caminó al lado de lobo, Felipe los esperaba en la carreta, ya que si algo malo sucedía, el sería el encargado de avisar a las respectivas autoridades. Cuando llegaron vio a un lobo moribundo que jadeaba con dificultad, terminó el rito que los sacerdotes realizan en un caso como éste pero no ofreció la eucaristía. Preocupado, fray Bernardo rasgó la carne de la loba y debajo de ella descubrió la piel arrugada de una ancianita; con lo que confirmó la historia de lobo. Dio la comunión y la bestia dejó de respirar.
El padre fue conducido por el lobo donde estaba la carreta, en el camino, Bernardo preguntó por el hijo que esperaban. Afligido el animal respondió que nació lobito y se unió a una jauría por lo que no habían vuelto a saber de él.
Cuenta la leyenda que el fraile prometió al hombre lobo visitarlo, sin embargo, se cree que este también murió, pues nunca más se le volví a ver. Así que cada vez que se escucharon lobo aullar muy probablemente se trate de los descendientes de aquellos que traicionaron a su raza.

domingo, 15 de mayo de 2016

La escuela de los espectros



Nos encontramos en el municipio de Atizapán de Zaragoza, donde había sido construida una nueva y flamante secundaria de dos pisos; aquel día tan especial era por demás soleado y la alegría emanaba de todos los asistentes a dicho evento. Durante aquel tiempo, aquella región apenas  comenzaba con la urbanización, sus calles de terracería fueron sustituidas por el pavimento, las unidades habitaciones empezaron a proliferar como hongos, algunos lugares de tradición fueron destruidos en aras de la modernidad, usos y costumbres fueron reemplazados por escandalosos motores, al igual que el silencio de la noche por el bullicio de los jóvenes estudiantes, quienes se reunían en pequeños grupos en las calles para comentar su día a día; todos estos cambios propiciaron que más personas se fueran a vivir por aquellos rumbos, lo que ocasionó la desconfianza de los antiguos pobladores hacia los recién llegados, pues temían que sus vicios y malas costumbres corrompieran aquellas tranquilas y pacíficas comunidades.
Pero por más modernidad y vanguardia que pueda haber en una población, su pasado nunca puede ser enterrado del todo, porque a veces le da por hacer de las suyas, recordándonos que debemos respetar el lugar que habitamos, pues no olvidemos que muchas personas estuvieron antes que nosotros, dejando en esta tierra sus vivencias, sufrimientos, alegrías y tristezas; la gran cantidad de estas emociones que quedan flotando en el aire, donde desde tiempos remotos  hay asentamientos humanos, resultan evidentes para aquellos que tienen la sensibilidad para observarlas, es decir, el poder establecer contacto con seres del más allá. Este tema es sobre el que girará nuestra narración escalofriante del día de hoy. ¿Me acompañan?
Había mucha reticencia entre los viejos pobladores para comunicarse con los nuevos habitantes, también era la causa de que además la inmobiliaria había prometido escuelas en la zona para atraer potenciales compradores y que ningún intruso debía saber que le predio donde se iba a levantar la escuela había sido un panteón durante muchos años.
Los albañiles y el velador, quienes habitaban un cuartucho de madera, habían ido con el ingeniero de la obra en varias ocasiones para advertirles sobre seres de ultratumba que los golpeaban, les movían las herramientas de su lugar, e incluso le daban de nalgadas a la secretaria del ingeniero.
Cuando comenzaron a excavar para poner los cimientos, encontraron una gran cantidad de ataúdes de madera carcomidos por el paso del tiempo; a los albañiles les fue prohibido hablar de dichos descubrimientos para no infundir pavura entre los padres de los futuros estudiantes. Los cadáveres fueron trasladados en el más absoluto de los secretos en un carro de volteo, a lo que unos ancianos que observaban la obra, predijeron que aquellos muertos iban a reclamar su tierra y que las cosas no iban a ir bien de ahora en adelante.
No mucho tiempo después la obra fue terminada, algunos ancianos sonreían con cierta malicia, pues suponían que no iba a tardar mucho en suceder algo terrible y que aquella escuela no tardaría en ser abandonada.
El primer suceso sobrenatural fue durante la víspera de la inauguración del plantel. Los protagonistas de los sucesos son un matrimonio, conformado por Juan, Azucena, su hija Laurita de doce años y Ramiro de trece años. Todo comenzó cuando una noche los esposos bajaban del autobús en la esquina del plantel, ya la noche había caído desde hacía un rato, siempre llegaban tarde a su casa debido a que su lugar de trabajo estaba en la Ciudad de México, pero eso no importaba porque ya contaban con su propia casa aunque fuera algo retirada.
Antes de dar la vuelta a la esquina para dirigirse a su hogar, la mujer descubrió en la calle a un niño como de tres años, que jugaba con sus caballitos de madera, sus ropas eran humildes y calzaba huarachitos, el pequeño levantó el rostro y le sonrió cuando ella se detuvo unos segundos a verlo; por otro lado el marido venía preocupado por  sus hijos porque se la pasaban solo todo el día, y absorto en sus pensamientos no notó la presencia del niño. Entonces la mujer le dijo que no podían dejar ahí a la pobre criatura pasando frío, pero al voltear se dio cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro, el marido no le dio importancia y la animó para que siguieran su camino. La mujer decidió no comentar nada a sus hijos.
Mientras Azucena preparaba a Laurita para que se fuera a acostar, le pareció ver a un grupo de personas andrajosas observando su ventana desde el otro lado de la calle, sintió que la sangre se le helaba y acto seguido apagó la luz para poder ver mejor a los intrusos; ahí estaban, con ropas hechas jirones, cubiertos de barro y polvo, se acercó a la ventana para observar sus rostros; pero estuvo a punto de desmayarse cuando vio que los ocho visitantes tenían las parte de los ojos y la nariz demasiado oscuras, como si las tuvieran huecas, en ese momento sintió una presencia atrás de ella y volteó gritando, Laura despertó sobresaltada y encendió la luz, frente a ellas estaba Juan, extrañado por la reacción de su esposa, entonces ella soltó a llorar y lo abrazó. El trató de que sus hijos se fueran tranquilos a la cama y tranquilizó a su mujer, tal vez el cansancio la había hecho alucinar.
Al día siguiente, después de la inauguración, Laura y su hermano se retiraron a sus respectivos salones; el jovencito con su alegre carácter hizo amigos inmediatamente y salió con ellos en tropel al recreo, en cambio su tímida hermana prefirió quedarse sentadita en su banca, para ella era muy difícil socializar y aquel día más porque estaba consternada con el ataque de pánico que había tenido su madre. No tardaron en acercarse a la muchacha otras dos compañeras de su grupo, Angélica y Margarita; Laura comenzó a platicar con ellas, y salió el tema de lo sucedido con su mamá, la primera chica esbozó una sonrisa burlona, y la otra palideció de inmediato, pues ella y su hermana habían vivido algo similar. Estas experiencias sobrenaturales hicieron que entre las jóvenes naciera una gran amistad, sabían que desde aquel momento serían inseparables. Siempre damos las cosas por hecho o que nuestro día va a terminar como lo planeamos, pero a veces el destino decide cambiar todo esto, ya sea para bien o para mal; algo similar pasaría con la amistada de las chicas.
Acabó el recreo y regresaron a su aula de clases, al poco tiempo de comenzada la jornada, Laura pide permiso para ir al baño, su amiga iba levantar la mano para acompañarla, pero una voz cargada de maldad resonó en su cabeza: ¡No lo hagas! Laura le sonrió antes de salir, sin saber que sería la última vez en su vida que lo haría…
Sin saber lo que le esperaba, caminó tranquilamente por el pasillo, hasta llegar a los alejados y fríos baños, entró a ellos sin ninguna preocupación, el lugar estaba completamente solo, se metió en el último sanitario mientras tarareaba una canción de moda, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió un escalofrío al ver por la parte de abajo un par de pies cubiertos de barro, que calzaban unos huaraches carcomidos por el tiempo. La muchacha respiró profundamente y con su temblorosa mano entreabrió la puerta, ante sus ojos se encontraba un niño sucio con harapos, que sostenía en la mano un crucifijo de metal con los orificios por medio de los cuáles se había atornillado a su ataúd. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de su boca salió un aire pestilente al mismo tiempo que una amenaza: ¡Lárgate de aquí!
En ese momento entraron otras niñas, pero se detuvieron en seco cuando encontraron a Laura en el fondo temblando de miedo, su timidez le había impedido gritar, por lo que todo el terror que sentía se le quedó guardado, en ese momento la muchacha cayó desmayada.
Margarita fue la última persona en escuchar frases más o menos coherentes de su amiga, quien había perdido la razón, por lo que fue llevada a una institución psiquiátrica donde recibe atención.  
Las autoridades se han negado rotundamente a clausurar la escuela y ninguna persona volvió a mencionar haber visto seres de ultratumba deambulando por la escuela. Mientras tanto, Margarita decide abandonar sus estudios en dicho plantel, temerosa de tener visiones aterradoras; en cuanto al hermano de Laura, con dificultades terminó su formación académica, habiendo perdido su alegre carácter y siempre evitó ir a los baños de la escuela.
El último hecho del que se tiene registro, es cuando un niño perdió un juguete en un hueco que se había formado por las lluvias bajo la acera de los salones de primer grado; pero al meter la mano en aquel hueco fue mordido con mucha fuerza, a tal grado que estuvo a punto de perder un dedito de la mano derecha. Al principio se pensó que había sido una rata, pero cuando el doctor analizó con detenimiento las marcas de la mordida, confirmó que se trataba de una dentadura humana; y como en el caso de Laurita, se decidió guardar silencio ante la Sociedad de Padres de Familia.

domingo, 1 de noviembre de 2015

La amante macabra

Se cuenta que durante la época de la Colonia las historias relacionadas con el vampirismo eran de lo más comunes, pero fueron conocidas muy poco porque la Santa inquisición ocultó con mucho celo esos oscuros acontecimientos. Esta leyenda particular fue resguardada con el más absoluto de los secretos, debido a que su protagonista fue nada menos que un sacerdote.
Nos vamos a remontar aún 23 marzo, pero de 1632, en la calle de la Esmeralda. Ese día las campanas repicaban con singular alegría, pues estaban anunciando un acontecimiento especial: lo ordenación del joven sacerdote Luis de Olmedo y Villasana.
Ante el altar, el joven religioso estaba atento presenciando la solemne ceremonia dirigida por el obispo, el olor de incienso, las flores y los cánticos que se entonaban creaban un ambiente muy especial dentro de la Iglesia.
Lidia Romero al agradecía a Dios por haberle permitido concluir su carrera como sacerdote,  pues uno de los deseos más grandes de su existencia era dedicar su vida entera al Altísimo; el entusiasmo y el fervor que emanaba el joven se podía sentir por toda la iglesia, y todos aquellos asistentes tenían mucha fe en el que este nuevo sacerdote llegaría a las almas por el buen camino, pero una mujer de ojos negros y profundos observaba la figura esbelta y varonil que se distinguía debajo de la sotana.
La bella dama se quedó hasta el final de la ceremonia, pendiente de cada gesto y movimiento que hacía el guapo religioso, y cuando al fin recibió la bendición, las lágrimas inundaron sus ojos, pero no porque estuviera conmovida por este acontecimiento, sino porque al ver el rostro del joven sintió como una profunda pasión le inundaba el cuerpo.
Con la cabeza baja y en silencio, el padre Luis agradecía tímidamente las felicitaciones de la gente que lo abordaba por todos lados, pero al pasar junto a la misteriosa mujer, sintió un impulso extraño que lo hizo voltear hacia donde estaba, y al encontrarse con los ojos de ella sintió el amor, la pasión, la promesa de una absoluta entrega; todo esto le ofrecía aquella desconocida que despertara tales sentimientos en el joven religioso. Extasiado en su contemplación no pudo disimular la pasión extraña y repentina que en él había surgido y sin saber cómo,  logró salir de la iglesia esquivando a la gente  que se arrodillaba o de pie le quería besar la mano; el joven se sentía tremendamente avergonzado porque apenas estaba recién ordenado, su dolor era aún más profundo porque comprendió que acababa de perder su alma.
A partir de aquel día no lograría conseguir la tranquilidad, para purgar su pecado se encerraba semidesnudo en su celda para infringirse terribles penitencias, ayunos, rezos, azotes que lo dejaban con la espalda ensangrentada; pero por  más castigos que se imponía, no lograba sacar de su mente la imagen de aquella mujer, sus pensamientos solo estaban en torno a ella preguntándose quien era ella y como podría verla de otra vez.
Días más tarde una misteriosa manita deslizó un papel bajo la puerta de su celda, acto seguido el religioso intrigado abrió la carta y leyó lo que decía: “Clara Monteagudo. Casa de las Arsinas. Calle de las Doncellas”. A leer el texto, estrujó el papel y lo aventó al piso, pues esa mujer era nada menos que la pecadora más famosa de la corte.
Dos días después como respuesta a sus plegarias, el padre superior le dio un sermón prologado sobre sus obligaciones como sacerdote y le indicó que se había asignado una pobre parroquia en una ciudad muy alejada, la cuál debía de dirigir de manera inmediata, a lo que el padre Luis aceptó muy contento, deseando con toda su alma que el recuerdo de aquella mujer se alejara de su mente, que ya se había convertido en una obsesión. El padre superior creyó que el joven tenía la intención de servir a Dios de un modo humilde y desinteresado, pero muy lejos estaba de imaginarse los verdaderos motivos del otro.
Al día siguiente, muy temprano el padre Luis abandonó el convento n compañía de un novicio, su parroquia se hallaba bastante lejos, al norte de la ciudad, en lo que hoy conocemos como Garita de Peralvillo. Atravesaron la cuidad caminando, pues se acostumbraba que los religiosos hicieran de este modo sus diligencias, pero en una noche fría y silenciosa pasaron en frente de una casona de dos pisos, cuyos balcones destacaban grandes y tenuemente iluminados, el padre se detuvo con el corazón anhelante de que pudiera ver en ese lugar a la mujer que le robaba el pensamiento, cosa que no sucedió.
Dos semanas después llegaron a la parroquia, donde los trabajos eran interminables, mucha gente necesitaba  de sus auxilios materiales y espirituales, entregándose afanoso a esta tarea. Pero al caer la noche, en la soledad de su celda  a la hora del rezo le resultaba inútil concentrarse, pues la imagen  de ella aparecía con aquellos ojos profundos mirándolo fijamente, llamándolo imperiosa y suplicante; atormentado se ponía a llorar y pedía perdón al Cristo que lo miraba en el crucifijo, suplicándole lo librara de aquel terrible maleficio, más luego sentía como daba un beso en la mano de la mujer.  
El religioso se la pasaba reflexionando sobre si realmente servir a Dios sería su vocación, estos pensamientos le asustaban terriblemente, pues tenía miedo de un castigo divino, pero los deseos de volver a ver a aquella mujer eran más fuertes que su voluntad y su devoción. Afuera en el manto de la noche, denso y negro soltó su furia y su deseo mientras los rayos iluminaban el cielo  con grietas luminosas  al tiempo una fuerte tormenta se dejó venir. El padre Luis se puso su sayal y su sombrero, al tiempo que abandonaba la parroquia al amparo de las sombras.
Caminó durante un largo rato, hasta que llegó a los límites de la cuidad y escuchó como una voz ronca y sombría le hablaba por su nombre; el padre volteó a ver al hombre que se hallaba a unos pasos de él, era un mulato de aspecto humilde pero de carácter orgulloso y decidido que traía consigo dos caballos. El religioso molesto le preguntó qué era lo que quería, a lo que el mulato le contestó angustiado que necesitaba auxilio para un moribundo, el padre se negó, y después de tantas insistencias aceptó finalmente, incluso la condición de que debía ir con los ojos vendados. Extrañado, pero tranquilo se dispuso a cumplir lo que creía un acto obligatorio de su investidura; estuvieron cabalgando por un tiempo bajo la incesante lluvia y el silencio de la noche, hasta que aquel misterioso hombre  le ordenó detenerse ayudándolo a desmontar.
El mulato lo guió rápidamente a través de una callejuela hasta que llegaron a un casona, ingresaron y al llegar al aposento le fue retirada la venda, lo que vio fue una estancia de un lujo sorprendente y se preguntó a quién pertenecería, pero ya no tuvo tiempo de hacerlo porque de inmediato fue pasado al interior de la habitación donde se encontraba la persona que entregaría su alma al creador. Por desgracia al entrar ya era demasiado tarde, pues la persona en cuestión ya había fallecido, ahí se encontraba recostada en su lecho y amortajada entre cuatro cirios; el padre Luis no podía creer lo que veía, no sabía qué hacer, pero el sirviente lo sacó de su ensimismamiento diciéndole que debía velar los restos de aquella mujer, el religioso obedeció y sacó su rosario  y comenzó a orar, pero le costaba trabajo concentrarse en terminar las frases y las repetía una y otra vez de manera inconsciente.
Cuando los sirvientes de retiraron de la habitación se atrevió a mirar debajo delas telas que cubrían al cadáver, y su sorpresa fu mayúscula cuando vio que se trataba de nada menos que de aquella mujer que le había robado el pensamiento, ahí yacía su hermoso cuerpo joven que la muerte no parecía haber profanado, pero al tocar una de sus manos sintió aquel frío y rigidez que solo el sueño eterno puede dar.
Así transcurrió la noche el padre velando cuidadosamente a la muerta, sin pensar ni preocuparse ya por el pecado, por el mismo y su futuro, pues solo atendía a su dolor, su amor frustrado y al momento privilegiado que le parecía vivir al estar con su amada aunque fuera de este modo. El amanecer ya se aproximaba y con este la separación definitiva, así al ver su cuerpo inerte recordó aquella pasión prometida y al mismo tiempo sintió el profundo vacío con el que ahora tendría que vivir, y con un impulso irreprimible  se inclinó y beso los labios fríos de su amada; de pronto su beso se detuvo cuando sintió que una leve respiración se unía a la suya junto con la devolución de la caricia, la muerta lo abrazó, su rostro había cobrado vida, y entre susurros les dijo: “¡Te he esperado tanto, que he muerto! ¡Pero volveré a ti todas las noches porque soy tuya!”
EL religioso la soltó aterrorizado y confundido, a la vez que el cuerpo volvía a quedar rígido; entonces en ese momento se dejó venir una ráfaga de aire que entró a la habitación y apagó los cirios, y los documentos de la Santa Inquisición nos dicen que el padre Luis se desmayó sobre el cadáver, a lo que el creyó haber tenido una alucinación o haber sido objeto de un hechizo.
Cuando por fin recobró el sentido se encontraba con el padre superior que lo observaba angustiado, y al levantarse de su cama se dio cuenta de que estaba en la celda de su presbiterio, quiso saber que había pasado, pero el superior lo hizo acostarse de nuevo, trató de calmarlo al observar su fatiga y debilidad, le pidió callar y le contó todo los sucedido, agregando al último que el sirviente lo había traído dos días atrás. El joven religioso entonces recordó que su amada estaba muerta y que ya no la volvería a ver, pero debido a la mala fama que tuvo no demostró en ningún momento la tristeza que embargaba su alma.
El religioso se volvió a recostar y cerró los ojos, el superior pensó que ya se había dormido y se retiró, pero el joven estaba muy lejos de lograrlo, pues pensaba en lo ocurrido y dudaba de su veracidad, tal vez había sido un mal sueño, pero en lo que estaba seguro era que la mujer no estaba muerta, no sabía porque pero tenía ese fuerte presentimiento,  también sentía miedo y deseo a la vez volver a ver a su amada.
Cuando la campana de la parroquia terminó de dar los doce tañidos, tocaron a la puerta del recinto, medio dormido se levantó y fue a abrir, para su sorpresa se encontraba ante el aquel mulato que con voz cavernosa lo apuró para que fuera a ver a su ama; el religioso montó el corcel  que corrió libremente y seguro entre el paisaje nocturno, cabalgaron durante un largo rato hasta que llegaron a la casona. El sirviente lo condujo hacia una lujosa habitación, en cuyo lecho se encontraban dispuestos ropajes de las más finas telas para él, se cambió rápidamente su sotana por aquel traje de terciopelo que le quedaba perfectamente a la medida, se miró al espejo y parecía uno de los más gallardos caballeros de la corte.
En ese momento escuchó detrás de él la dulce voz de Clara Monteagudo, no volteó porque quería verla a través del espejo, pero su imagen nunca se reflejó, más al volverse se encontró con ella y sin importarle aquel hecho y su misterioso retorno a la vida, acto seguido vino un beso apasionado, luego el roce, después el deseo de cumplir aquel anhelo que albergaba su alma reprimida.
Ya entrada la noche, el padre Luis se encontraba en el lecho  con su amada, observó su palidez, su expresión desencajada, como la de una moribunda; por un momento llegó a creer que percibía una olor a tierra mojada, o más específicamente a tierra de sepulcro, pero en ese momento sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando ella le pidió una fruta. El religioso le dio una manzana, pero al cortarla se hirió el dedo y la mujer lo que hizo fue beber anhelante las pequeñas gotas de sangre que salían de la herida.
Durante tres semanas el idilio continuó, hasta que una tarde el religioso se encontró en su celda, despertado por el prior, quien se encontraba preocupado porque quería saber la razón del agotamiento del joven, pues se había desmayado durante dos ocasiones mientras oficiaba una misa, se comportaba como un sonámbulo, y lo peor de todo era que sabía que se flagelaba todos los días al terminar el maitines, cosa que le parecía muy extraña debido a sus cualidades de santo varón.  Entonces el padre Luis ya cansado de callar aquello, decidió contarle al padre superior sobre la pesadilla que le aquejaba todas las noches, donde la mujer le daba un copa de vino que lo hacía caer inconsciente; el superior meditó durante un rato y le dijo que fingiera que tomaba la copa y que dormía para que así pudiera averiguar lo que realmente hacía aquella mujer.
Esa misma noche, el padre Luis siguió las instrucciones del superior al pie de la letra, Clara creyendo que el religioso se encontraba profundamente dormido, al principio le acarició el cabello suavemente al tiempo que le decía frases amorosas, pero de pronto comenzó a llorar abrazándolo porque necesitaba tomar de su sangre para poder seguir con vida; después hizo una incisión con una aguja en el brazo derecho y bebió apurada unos cuantos sorbos de sangre, luego le colocó un pequeño emplasto en el lugar de la herida, se sentó a su lado y lo miró con ternura.
El abrió los ojos lentamente, la miró rozagante, llena de vida, en su mirada estaba otra vez el fulgor y en sus pupilas se podía apreciar un brillante color rojizo;  quería decirle que su sangre era toda para ella, también quería amarla como nunca antes, entregarse en cuerpo y alma, pero no pudo hablar, se sentía muy débil, mareado y unas terribles náuseas; de pronto todo se oscureció ante su vista y de muy lejos escuchó la voz angustiada de Clara pidiéndole perdón.
Al día siguiente el padre Luis se encontraba con el prior, no quería contarle lo sucedido porque aún albergaba la esperanza de que todo fuera un sueño, pero el otro religioso lo presionó de ir a cumplir sus obligaciones con Dios y acto seguido levantó la manga de su sotana y se percató del emplasto que cubría la herida, de tal modo que no le quedó otra opción más que confesar que la mujer era un vampiro y que tenía pactos con el maligno, y que ahora podía explicar las otras vidas que se habían esfumado en los últimos tiempos gracias a ella.
El prior decidido a terminar con esto, quedó con el padre Luis de ir a la colina ese mismo día a las cinco de la tarde. Llevando un grueso cordel, una pala y agua bendita, se dispusieron a ascender la cuesta, el prior se encontraba con ánimo enérgico y el otro serio y pensativo; al llegar a la cumbre caminaron hasta detenerse en un llano donde se encontraba un árbol y a su lado una sencilla tumba, en cuyo frente se alzaba una estela de madera con una inscripción que decía: C. M.
El joven religioso se estremeció, caminó hacia atrás pero el superior lo detuvo tajante, acto seguido comenzaron a cavar y al poco tiempo sacaron el pesado ataúd con la ayuda de una cuerda, después abrieron la caja; en su interior se encontraba Clara con su rostro y cuerpo lozanos, como cuando vivía, de sus labios que esbozaban una pequeña sonrisa emanaba una gota de sangre. Al verla así el padre Luis se conmovió, deseaba con toda su alma huir con ella en brazos, de alejarla del prior, quien con la mano temblorosa sostenía una estaca puntiaguda, a lejos se escuchaban los siete repiques del anochecer provenientes del campanario de su parroquia; en ese momento el prior se irguió y justo en el momento en que asestaría el golpe certero, el joven le detuvo el brazo. Después de luchar y discutir, el padre cedió y acto seguido, el prior atravesó el corazón de la mujer con el certero golpe de una estaca, al tiempo que un grito de dolor resonó en la colina.
El rostro de la muerta se volvió rígido, una expresión dura y colérica la cubrió, enseguida el prior roció el cadáver con agua bendita y se convirtió en polvo. La pesadilla había terminado.
En la noche postrado ante el altar murmuraba el padre una súplica de muerte, cuando de pronto percibió un aroma a tierra de sepulcro, al tiempo que un aire frío inundaba la estancia, y al levantar la cabeza vio a Clara pero ahora pálida y demacrada con un gesto duro y sombrío, el religioso le pidió que lo llevara con ella, pero esta desapareció perdiéndose en la penumbra.
Al día siguiente el prior y el sacerdote fueron llamados ante el Santo Oficio para que declararan los acontecimientos que habían presenciado, pues se estableció que muchas muertes acontecidas en ese tiempo, incluso de personas notables, había sido a causa de los vampiros, asegurando que Clara Monteagudo pertenecía a este grupo. El Santo Tribunal determinó que la relación delos hechos fuera guardada muy celosamente para evitar el escándalo, nada debía darse a conocer, sobre todo acerca del destino del sacerdote, cuya exaltación y visos de locura, sellaron el tono de su relato.

domingo, 17 de mayo de 2015

Maestro que hizo escuela

El decir maestro denotaba hambre y necesidades; estas van unidas como la carne con la uña. No desean tener beneficios, se conforman con que no les falte un buen plato de caldo, un trozo de carne, los indispensables frijoles duros propios para apedrear en un motín o si están agusanados mucho mejor, pues así son demás alimento; como olvidar también el jarrito de café. Con el estómago pegado a la espalda y bostezos continuos, con estómago exhausto y con hambre a toda hora, así viven sin vivir, estos escuálidos y abnegados seres. El hambre es su sopa caliente, su pan y su agua, así como su padre nuestro y suave María.
Hombres con menos carne que un leño, pero con grandes ojeras, al borde del desmayo, con su ropa raída, agujerada y desgastada, todos roñosos y desgreñados. De estos tristes mortales, que a duras penas viven, era Cristóbal de Trujillo, descarnado y de mandíbula transparente, ocioso de boca y liso de barriga. Estaba el infeliz casi sin alientos, exánime, y su andar era como de sonámbulo, sin moverse, tieso y erguido, como forjado en una sola pieza; pero esta lentitud sólo era una precaución para no desarmarse al hacer un movimiento brusco. La sotana era un puro lamparón; contenía más, mucho más grasa que una tocinería, pero los puños y en los bajos colgábanle abundantes arambeles y flecos que combinaban muy bien con aquellas greñas llenas de liendres, que traía siempre revueltas ya sobre los ojos, ya le colgaban todas lacias y enmantecadas casi hasta los hombros.
Tenía este hambreado Trujillo abierta escuela en donde atendía hasta dos docenas de chicos revoltosos. Era fraile profeso de Santo Domingo y clérigo ordenado de corona; enseñaba a deletrear, a decorar, a leer de corrido; enseñaba la doctrina y las cuatro reglas; hacer palotes, luego letra bastarda, y redondilla después, y todo esto entre palmetazos horrendos que sacaban hasta humo de las manos, de disciplinazos feroces que procuraba con gran cuidado cayeran en lo más carnoso del cuerpo, y se pasaba el día con amenidad desdentando a diestra y siniestra con bélicos mojicones a los chicos analfabetos; o si no tenía el humor sulfurado, ponía a sus educandos las orejas de burro.
Pero de pronto este ser diáfano de flacura, empezó a cubrirse los huesos con buenas carnes, se le sonrosaron  los pellejos de su cara y hasta tomó cierto balance al andar, grácil, como de pluma en brisa. Ya tenía en su mesa abundancia de buenos guisados, pan rebanado a pasto y cántaros de vino. Ya andaba el escuálido Padre Trujillo en grandes regodeos con aquello que en otros tiempos era sólo un sueño, pechugas de pavo, lonjas mantecosas de cerdo, pescados y pollos. Recordaba sus antiguos bodrios y escupía de repugnancia. Pero ¿de dónde salieron esos guisos que ya comía a diario con buen acompañamiento de pan blanco y de vino? Pues eran debidos a la peregrina invención de su muy peregrino ingenio. Como los chicos no le pagaban, y si por acaso le pagaban era tarde y mal, él se vengaba dándoles, por lo que hacía o por lo que podían hacer, aquellas tremendas golpizas diarias en parte blanda, desnuda y noble con las que temblaba el misterio y ésta se ponía a valar el cordero pascual. Lo que discurrió un terrible ingenio el magro pedagogo para acrecentar los músculos y tener una poca de grasa de reserva, fue enseñar a sus discípulos a robar. Singular enseñanza con la que les perfeccionaba y pulía los naturales instintos a la rapiña de los más de sus alumnos, ya con hábil precocidad para este arte u oficio que recibieron en herencia con la primera leche.
Les enseñaba a hurtar y les mandaba que hurtasen los bienes y hacienda de sus padres, y así por su mandato los discípulos lo hacían, y si no lo hacían les amenazaba imponía temores infinitos. Y por todo el señor Juan Bautista, fiscal y alguacil mayor de la ciudad de Oaxaca, lo denunció el 22 de septiembre de 1571 ante el provisor de la Santa Iglesia Catedral, bachiller Leandro Martínez, y desde luego le abrió proceso el deán en oficio de juez eclesiástico. Se citaron a numerosos muchachos y todos declararon como los obligaba el señor maestro aquel le dijesen los objetos que había por sus casas, y que escogía entonces los que le parecía mejor y más adecuados para que se los trajesen, y que al que no quería hacerlo le amenazaba horriblemente con penas que llenaban de escalofríos, y que por temor y hasta por respeto lo obedecían sin chispar, y además les tenía mandado que cuando fuesen a confesar no dijeran nada de los hurtos. Los muchachos decían osadamente lo que les enseño; ya sin miedo le aclaraba sus buenas enseñanzas, pero inerme de disciplinas y palmetas con las que les hizo terribles estragos en sus carnes para demostrar que la letra con sangre entra. Pero Cristóbal de Trujillo contestaba medio riendo, que quien le daba crédito a muchachos, que se necesitaba ser bobo de nacimiento para tomarles en cuenta sus dichos, y con fecha de 5 de octubre de 1571 escribía su defensa; en la cual aclara que los muchachos no rebasan los dos años de edad, y que todo aquello que declararon carece de veracidad alguna porque ellos solo quieren su mal; así también exigía su pronta libertad porque al ser inocente no tenía el por qué estar en prisión.
Entre afirmaciones contundentes de los chicos y sus padres, y de la gente a quien le fue a vender lo que habían robado, para satisfacer su hambre atrasada de años, se pasaron largos meses, y al fin el reverendo deán provisor dictó la sentencia: el maestro Cristóbal Trujillo fue condenado a prisión y a un año de destierro, entre otras más. El 9 de octubre de ese año fue llevado a la Santa Veracruz a cumplir la penitencia a la que se le condenó. Lo pusieron en el presbiterio en una alta tarima para que se le viese bien desnudo de pie y pierna y con vela en la mano, tal como se mandaba en la sentencia; el pobre hombre estaba descolorido, como en sus desastrosos tiempos de hambre, con la barbilla pegada al pecho, sus largos y aceitosos cabellos le colgaban sobre la frente, tapándole los ojos. Al terminar de leer el Evangelio el sacerdote oficiante, el fiscal se puso de pie y con preciosa voz dijo una tremenda oración a los fieles en la que les explicaba, pormenorizadamente porque se hallaba allí aquel “maestro de niños”, cosa enteramente inútil porque todos los concurrentes lo sabían a las 1000 maravillas. Cristóbal de Trujillo se afana escrupulosamente en sacar discípulos competentes y bien logrados en las disciplinas de Caco para que tuvieran después sonada reputación. Lástima de esfuerzos.

domingo, 5 de abril de 2015

Los ojos del Nazareno

En la hermosa iglesia del convento de las pobres capuchinas se honraba y reverenciaba con adoración una imagen de Jesús Nazareno, que fue elaborada por diestras  manos guatemaltecas para la capilla privada del palacio de los condes de Santiago de Calimaya, y un señor de esta noble estirpe regaló la imagen a las monjas.
En una figura alta, delgada, descolorido rostro, lleno de las rojas llagas que le fueron abiertas a golpes y de las cuales le corrían hilillos de sangre  que le corrían ondulantes hasta el cuello y de ahí a todo el cuerpo; su mirada se hallaba caída con humildad, pero aún así, la fijeza de sus ojos de vidrio parecía muy real; su entretejida corona cuyas múltiples espinas le claveteaban la frente, hincábanse en torno de la cabeza, de la que colgaba revuelta cabellera humana, y de ella, mechones pegoteados de sangre y sudor, le llegaban hasta los hombros y otros le colgaban lacios de la frente lacerada y se mecían por delante de su rostro. Sus manos descarnadas llenas de heridas y uñas de marfil ya amarillo, a las que llegaba la sangre que descendía de los brazos; aquellas flacas manos se mantenían unidas con fuerte nudos de una cuerda; vestía una floja túnica morada, de donde se dejaba ver los pies desgarrados con anchas heridas, terribles.
Esta imagen llena de angustioso dolor, salía en la dramática procesión del Viernes Santo por las calles de la ciudad y la rodeaban personas, cuyas espaldas desnudas y iban mostrando la rojez de los azotes que se daban fuertemente, y que hacía saltar la sangre sobre la multitud que presenciaba silenciosa del desfile de cristos y dolorosas, seguido de sus enlutadas cofradías con cirios en las manos.
La cofradía que lo tenía designado como su santo patrono, le celebraba cada año un lucido novenario, y durante esos nueve días lo ponen en un lindo altar provisional en el presbiterio; se le reemplazaban sus tres lisas potencias de plata por unas magníficas de oro, y de sus rayos uno era de esmeraldas, otro de rubíes, otro de diamantes, alternando todas estas gemas para formar un conjunto resplandeciente, que tenía por base una gran amatista rodeada de perlas.
El altar lucía hermosas telas cocidas con hilos de oro por las pacientes monjas, y lo adornaban jarros con exquisitas flores, y altos candeleros dorados de plata mestiza se erguían con majestuosidad cuando eran colocadas sus numerosas velas escamadas por las mágicas manos de las madres capuchinas.
Una tarde, a horas de siesta, en que todo quedaba hundido en un gran silencio y la Iglesia permanecía cerrada; el sacristán, Domitilo Alderete se encontraba en el altar arreglando el pesado cortinaje de damasco carmesí, pues no estaba del todo convencido de cómo caían los pliegues. Este personaje había sido en años anteriores un hombre diestro y gracioso, pero en cierta ocasión al realizar algunos peligrosos equilibrios en una maroma que estaba a varios metros del suelo, se quebró algunos huesos y quedó mal de por vida; con este accidente ya no pudo hacer sus ejercicios acrobáticos, por lo que se dedicó a la pacífica profesión de sacristán de monjas, pero le quedó viva su agilidad y fuerza.
En aquella tarde cuando Domitilo andaba haciendo los arreglos de la cortina, escuchó cómo alguien hacía llave o ganzúa en la chapa en la fornida puerta de acceso al templo, después la puerta apenas se abrió, y acto seguido un hombre se deslizó prontamente en el interior y torno a cerrar con gran cuidado, quedando todo otra vez silencioso. El sacristán se ocultó detrás de las cortinas y vio que aquel sujeto andaba velozmente en puntillas para no hacer el menor ruido, se dirige entonces al altar del Nazareno para trepar en él con gran agilidad, y rápidamente arrancó a la imagen de la lacerada cabeza una de las refulgentes potencias, que en un abrir y cerrar de ojos guardó; ya está por quitarle las otras, pero Domitilo con suma delicadeza tomó una de las jarras, se enderezó con rapidez y por encima del hombro del Nazareno le asestó en la cabeza al sacrílego un tremendo porrazo, que lo sacó por completo de concentración.
El ladrón cayó rodando altar abajo, ya en el suelo abrió los ojos y se encontró con la alucinante mirada del ensangrentado Nazareno, una mirada húmeda como si hubiese llorado, y dio tan grandísimo grito que retumbó en todos los rincones del templo; el cuerpo le temblaba, hielo de mortal pavor se derramaba en sus venas y en su rostro había toda expresión de miedo y horror de que es capaz el semblante humano. Su rostro era de color de cera en los ojos alocados. El ladrón sacrílego se llamaba Teodosio Liñán, en quien desde niño perdido la vergüenza, entregándose a los vicios, y con la edad fue perfeccionándolos con el mayor empeño hasta llegar a ser un depravado sobresaliente de la peor calaña; cómo era un bellaco de lo peor, frecuentemente le faltaba el dinero, pues todo lo despilfarraba en los pecados del vicio y la lujuria.
Domitilo descendió rápidamente del altar, y con su agilidad de acróbata que conservaba intacta, levantó a Teodosio como si fuese una liviana viruta, salió con él a la calle y lo condujo al Palacio Virreinal, y ante todos los alcaldes de la Corte lo acusó de sacrílego. El ladrón no escuchaba ni atendía nada, sólo echaba por la boca cosas incoherentes, entonces lo enviaron a la Cárcel de Corte y allí no paraba de dar gritos de furioso y temblaba lleno de susto por las cosas extrañas que veía y que lo perseguían. Como se convencieron con evidencia de razón de que estaba sin seso, lo condujeron al hospital de San Hipólito, en el cual se albergaba a los pobres dementes con el juicio perdido. En dicho lugar, el ladrón se la pasaba sentado en un rincón, toco encogido; la quijada la tenía clavada en el pecho y con las manos se tapaba el rostro, pues no se le apartaba en ningún momento la penetrante fijeza de los ojos del Nazareno, que con empeño lo buscaban. Lleno de pavura, lanzaba tremendos alaridos de angustia con todo el cuerpo tembloroso, como si tuviera un recio frío; a todas horas se veía a aquel hombre lleno de pavor y espanto.
Entre sus frases sobresalía una que decía bien clara y la repetía con insistencia, tocándose la cabeza: "Aquí medió Él una bofetada", y volvía con sus gritos de desesperada angustia. El miedo lo hizo entrar en congoja continua, y no lo podía echar fuera de sí, era algo que no le cabía en el pecho.
Así pasaron los meses y muchos años, en los que Teodosio vivió sumido en los abismos del miedo, con aquel perpetuo terror y sin tener punto de paz, con la mirada del Nazareno delante de sí. Por fin la muerte le dio el sosiego deseado, pero hasta el último momento tuvo adelante la tétrica imagen de aquellos ojos inmóviles, inquietantes, que unas veces preguntaban imperiosamente y otras, lloraban llenos de ternura.

domingo, 22 de marzo de 2015

La redención del escultor

Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta, bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos, hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento, en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le era  en aquellos momentos el dinero, aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le adelantara  una tercera parte del pago, igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento y hasta que no tuviera  terminada la escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes, Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y, reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada. Excitado pidió  a gritos que le entregaran unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado. Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación, para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente. Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor, que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más. Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el  conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes, atraídos por el inesperado quejido  en la noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y la vida eternas.

BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.