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domingo, 15 de mayo de 2016

La escuela de los espectros



Nos encontramos en el municipio de Atizapán de Zaragoza, donde había sido construida una nueva y flamante secundaria de dos pisos; aquel día tan especial era por demás soleado y la alegría emanaba de todos los asistentes a dicho evento. Durante aquel tiempo, aquella región apenas  comenzaba con la urbanización, sus calles de terracería fueron sustituidas por el pavimento, las unidades habitaciones empezaron a proliferar como hongos, algunos lugares de tradición fueron destruidos en aras de la modernidad, usos y costumbres fueron reemplazados por escandalosos motores, al igual que el silencio de la noche por el bullicio de los jóvenes estudiantes, quienes se reunían en pequeños grupos en las calles para comentar su día a día; todos estos cambios propiciaron que más personas se fueran a vivir por aquellos rumbos, lo que ocasionó la desconfianza de los antiguos pobladores hacia los recién llegados, pues temían que sus vicios y malas costumbres corrompieran aquellas tranquilas y pacíficas comunidades.
Pero por más modernidad y vanguardia que pueda haber en una población, su pasado nunca puede ser enterrado del todo, porque a veces le da por hacer de las suyas, recordándonos que debemos respetar el lugar que habitamos, pues no olvidemos que muchas personas estuvieron antes que nosotros, dejando en esta tierra sus vivencias, sufrimientos, alegrías y tristezas; la gran cantidad de estas emociones que quedan flotando en el aire, donde desde tiempos remotos  hay asentamientos humanos, resultan evidentes para aquellos que tienen la sensibilidad para observarlas, es decir, el poder establecer contacto con seres del más allá. Este tema es sobre el que girará nuestra narración escalofriante del día de hoy. ¿Me acompañan?
Había mucha reticencia entre los viejos pobladores para comunicarse con los nuevos habitantes, también era la causa de que además la inmobiliaria había prometido escuelas en la zona para atraer potenciales compradores y que ningún intruso debía saber que le predio donde se iba a levantar la escuela había sido un panteón durante muchos años.
Los albañiles y el velador, quienes habitaban un cuartucho de madera, habían ido con el ingeniero de la obra en varias ocasiones para advertirles sobre seres de ultratumba que los golpeaban, les movían las herramientas de su lugar, e incluso le daban de nalgadas a la secretaria del ingeniero.
Cuando comenzaron a excavar para poner los cimientos, encontraron una gran cantidad de ataúdes de madera carcomidos por el paso del tiempo; a los albañiles les fue prohibido hablar de dichos descubrimientos para no infundir pavura entre los padres de los futuros estudiantes. Los cadáveres fueron trasladados en el más absoluto de los secretos en un carro de volteo, a lo que unos ancianos que observaban la obra, predijeron que aquellos muertos iban a reclamar su tierra y que las cosas no iban a ir bien de ahora en adelante.
No mucho tiempo después la obra fue terminada, algunos ancianos sonreían con cierta malicia, pues suponían que no iba a tardar mucho en suceder algo terrible y que aquella escuela no tardaría en ser abandonada.
El primer suceso sobrenatural fue durante la víspera de la inauguración del plantel. Los protagonistas de los sucesos son un matrimonio, conformado por Juan, Azucena, su hija Laurita de doce años y Ramiro de trece años. Todo comenzó cuando una noche los esposos bajaban del autobús en la esquina del plantel, ya la noche había caído desde hacía un rato, siempre llegaban tarde a su casa debido a que su lugar de trabajo estaba en la Ciudad de México, pero eso no importaba porque ya contaban con su propia casa aunque fuera algo retirada.
Antes de dar la vuelta a la esquina para dirigirse a su hogar, la mujer descubrió en la calle a un niño como de tres años, que jugaba con sus caballitos de madera, sus ropas eran humildes y calzaba huarachitos, el pequeño levantó el rostro y le sonrió cuando ella se detuvo unos segundos a verlo; por otro lado el marido venía preocupado por  sus hijos porque se la pasaban solo todo el día, y absorto en sus pensamientos no notó la presencia del niño. Entonces la mujer le dijo que no podían dejar ahí a la pobre criatura pasando frío, pero al voltear se dio cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro, el marido no le dio importancia y la animó para que siguieran su camino. La mujer decidió no comentar nada a sus hijos.
Mientras Azucena preparaba a Laurita para que se fuera a acostar, le pareció ver a un grupo de personas andrajosas observando su ventana desde el otro lado de la calle, sintió que la sangre se le helaba y acto seguido apagó la luz para poder ver mejor a los intrusos; ahí estaban, con ropas hechas jirones, cubiertos de barro y polvo, se acercó a la ventana para observar sus rostros; pero estuvo a punto de desmayarse cuando vio que los ocho visitantes tenían las parte de los ojos y la nariz demasiado oscuras, como si las tuvieran huecas, en ese momento sintió una presencia atrás de ella y volteó gritando, Laura despertó sobresaltada y encendió la luz, frente a ellas estaba Juan, extrañado por la reacción de su esposa, entonces ella soltó a llorar y lo abrazó. El trató de que sus hijos se fueran tranquilos a la cama y tranquilizó a su mujer, tal vez el cansancio la había hecho alucinar.
Al día siguiente, después de la inauguración, Laura y su hermano se retiraron a sus respectivos salones; el jovencito con su alegre carácter hizo amigos inmediatamente y salió con ellos en tropel al recreo, en cambio su tímida hermana prefirió quedarse sentadita en su banca, para ella era muy difícil socializar y aquel día más porque estaba consternada con el ataque de pánico que había tenido su madre. No tardaron en acercarse a la muchacha otras dos compañeras de su grupo, Angélica y Margarita; Laura comenzó a platicar con ellas, y salió el tema de lo sucedido con su mamá, la primera chica esbozó una sonrisa burlona, y la otra palideció de inmediato, pues ella y su hermana habían vivido algo similar. Estas experiencias sobrenaturales hicieron que entre las jóvenes naciera una gran amistad, sabían que desde aquel momento serían inseparables. Siempre damos las cosas por hecho o que nuestro día va a terminar como lo planeamos, pero a veces el destino decide cambiar todo esto, ya sea para bien o para mal; algo similar pasaría con la amistada de las chicas.
Acabó el recreo y regresaron a su aula de clases, al poco tiempo de comenzada la jornada, Laura pide permiso para ir al baño, su amiga iba levantar la mano para acompañarla, pero una voz cargada de maldad resonó en su cabeza: ¡No lo hagas! Laura le sonrió antes de salir, sin saber que sería la última vez en su vida que lo haría…
Sin saber lo que le esperaba, caminó tranquilamente por el pasillo, hasta llegar a los alejados y fríos baños, entró a ellos sin ninguna preocupación, el lugar estaba completamente solo, se metió en el último sanitario mientras tarareaba una canción de moda, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió un escalofrío al ver por la parte de abajo un par de pies cubiertos de barro, que calzaban unos huaraches carcomidos por el tiempo. La muchacha respiró profundamente y con su temblorosa mano entreabrió la puerta, ante sus ojos se encontraba un niño sucio con harapos, que sostenía en la mano un crucifijo de metal con los orificios por medio de los cuáles se había atornillado a su ataúd. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de su boca salió un aire pestilente al mismo tiempo que una amenaza: ¡Lárgate de aquí!
En ese momento entraron otras niñas, pero se detuvieron en seco cuando encontraron a Laura en el fondo temblando de miedo, su timidez le había impedido gritar, por lo que todo el terror que sentía se le quedó guardado, en ese momento la muchacha cayó desmayada.
Margarita fue la última persona en escuchar frases más o menos coherentes de su amiga, quien había perdido la razón, por lo que fue llevada a una institución psiquiátrica donde recibe atención.  
Las autoridades se han negado rotundamente a clausurar la escuela y ninguna persona volvió a mencionar haber visto seres de ultratumba deambulando por la escuela. Mientras tanto, Margarita decide abandonar sus estudios en dicho plantel, temerosa de tener visiones aterradoras; en cuanto al hermano de Laura, con dificultades terminó su formación académica, habiendo perdido su alegre carácter y siempre evitó ir a los baños de la escuela.
El último hecho del que se tiene registro, es cuando un niño perdió un juguete en un hueco que se había formado por las lluvias bajo la acera de los salones de primer grado; pero al meter la mano en aquel hueco fue mordido con mucha fuerza, a tal grado que estuvo a punto de perder un dedito de la mano derecha. Al principio se pensó que había sido una rata, pero cuando el doctor analizó con detenimiento las marcas de la mordida, confirmó que se trataba de una dentadura humana; y como en el caso de Laurita, se decidió guardar silencio ante la Sociedad de Padres de Familia.

domingo, 17 de mayo de 2015

Maestro que hizo escuela

El decir maestro denotaba hambre y necesidades; estas van unidas como la carne con la uña. No desean tener beneficios, se conforman con que no les falte un buen plato de caldo, un trozo de carne, los indispensables frijoles duros propios para apedrear en un motín o si están agusanados mucho mejor, pues así son demás alimento; como olvidar también el jarrito de café. Con el estómago pegado a la espalda y bostezos continuos, con estómago exhausto y con hambre a toda hora, así viven sin vivir, estos escuálidos y abnegados seres. El hambre es su sopa caliente, su pan y su agua, así como su padre nuestro y suave María.
Hombres con menos carne que un leño, pero con grandes ojeras, al borde del desmayo, con su ropa raída, agujerada y desgastada, todos roñosos y desgreñados. De estos tristes mortales, que a duras penas viven, era Cristóbal de Trujillo, descarnado y de mandíbula transparente, ocioso de boca y liso de barriga. Estaba el infeliz casi sin alientos, exánime, y su andar era como de sonámbulo, sin moverse, tieso y erguido, como forjado en una sola pieza; pero esta lentitud sólo era una precaución para no desarmarse al hacer un movimiento brusco. La sotana era un puro lamparón; contenía más, mucho más grasa que una tocinería, pero los puños y en los bajos colgábanle abundantes arambeles y flecos que combinaban muy bien con aquellas greñas llenas de liendres, que traía siempre revueltas ya sobre los ojos, ya le colgaban todas lacias y enmantecadas casi hasta los hombros.
Tenía este hambreado Trujillo abierta escuela en donde atendía hasta dos docenas de chicos revoltosos. Era fraile profeso de Santo Domingo y clérigo ordenado de corona; enseñaba a deletrear, a decorar, a leer de corrido; enseñaba la doctrina y las cuatro reglas; hacer palotes, luego letra bastarda, y redondilla después, y todo esto entre palmetazos horrendos que sacaban hasta humo de las manos, de disciplinazos feroces que procuraba con gran cuidado cayeran en lo más carnoso del cuerpo, y se pasaba el día con amenidad desdentando a diestra y siniestra con bélicos mojicones a los chicos analfabetos; o si no tenía el humor sulfurado, ponía a sus educandos las orejas de burro.
Pero de pronto este ser diáfano de flacura, empezó a cubrirse los huesos con buenas carnes, se le sonrosaron  los pellejos de su cara y hasta tomó cierto balance al andar, grácil, como de pluma en brisa. Ya tenía en su mesa abundancia de buenos guisados, pan rebanado a pasto y cántaros de vino. Ya andaba el escuálido Padre Trujillo en grandes regodeos con aquello que en otros tiempos era sólo un sueño, pechugas de pavo, lonjas mantecosas de cerdo, pescados y pollos. Recordaba sus antiguos bodrios y escupía de repugnancia. Pero ¿de dónde salieron esos guisos que ya comía a diario con buen acompañamiento de pan blanco y de vino? Pues eran debidos a la peregrina invención de su muy peregrino ingenio. Como los chicos no le pagaban, y si por acaso le pagaban era tarde y mal, él se vengaba dándoles, por lo que hacía o por lo que podían hacer, aquellas tremendas golpizas diarias en parte blanda, desnuda y noble con las que temblaba el misterio y ésta se ponía a valar el cordero pascual. Lo que discurrió un terrible ingenio el magro pedagogo para acrecentar los músculos y tener una poca de grasa de reserva, fue enseñar a sus discípulos a robar. Singular enseñanza con la que les perfeccionaba y pulía los naturales instintos a la rapiña de los más de sus alumnos, ya con hábil precocidad para este arte u oficio que recibieron en herencia con la primera leche.
Les enseñaba a hurtar y les mandaba que hurtasen los bienes y hacienda de sus padres, y así por su mandato los discípulos lo hacían, y si no lo hacían les amenazaba imponía temores infinitos. Y por todo el señor Juan Bautista, fiscal y alguacil mayor de la ciudad de Oaxaca, lo denunció el 22 de septiembre de 1571 ante el provisor de la Santa Iglesia Catedral, bachiller Leandro Martínez, y desde luego le abrió proceso el deán en oficio de juez eclesiástico. Se citaron a numerosos muchachos y todos declararon como los obligaba el señor maestro aquel le dijesen los objetos que había por sus casas, y que escogía entonces los que le parecía mejor y más adecuados para que se los trajesen, y que al que no quería hacerlo le amenazaba horriblemente con penas que llenaban de escalofríos, y que por temor y hasta por respeto lo obedecían sin chispar, y además les tenía mandado que cuando fuesen a confesar no dijeran nada de los hurtos. Los muchachos decían osadamente lo que les enseño; ya sin miedo le aclaraba sus buenas enseñanzas, pero inerme de disciplinas y palmetas con las que les hizo terribles estragos en sus carnes para demostrar que la letra con sangre entra. Pero Cristóbal de Trujillo contestaba medio riendo, que quien le daba crédito a muchachos, que se necesitaba ser bobo de nacimiento para tomarles en cuenta sus dichos, y con fecha de 5 de octubre de 1571 escribía su defensa; en la cual aclara que los muchachos no rebasan los dos años de edad, y que todo aquello que declararon carece de veracidad alguna porque ellos solo quieren su mal; así también exigía su pronta libertad porque al ser inocente no tenía el por qué estar en prisión.
Entre afirmaciones contundentes de los chicos y sus padres, y de la gente a quien le fue a vender lo que habían robado, para satisfacer su hambre atrasada de años, se pasaron largos meses, y al fin el reverendo deán provisor dictó la sentencia: el maestro Cristóbal Trujillo fue condenado a prisión y a un año de destierro, entre otras más. El 9 de octubre de ese año fue llevado a la Santa Veracruz a cumplir la penitencia a la que se le condenó. Lo pusieron en el presbiterio en una alta tarima para que se le viese bien desnudo de pie y pierna y con vela en la mano, tal como se mandaba en la sentencia; el pobre hombre estaba descolorido, como en sus desastrosos tiempos de hambre, con la barbilla pegada al pecho, sus largos y aceitosos cabellos le colgaban sobre la frente, tapándole los ojos. Al terminar de leer el Evangelio el sacerdote oficiante, el fiscal se puso de pie y con preciosa voz dijo una tremenda oración a los fieles en la que les explicaba, pormenorizadamente porque se hallaba allí aquel “maestro de niños”, cosa enteramente inútil porque todos los concurrentes lo sabían a las 1000 maravillas. Cristóbal de Trujillo se afana escrupulosamente en sacar discípulos competentes y bien logrados en las disciplinas de Caco para que tuvieran después sonada reputación. Lástima de esfuerzos.

domingo, 21 de diciembre de 2014

El Primer Conservatorio de Música

En la casa que forma la esquina de las avenidas de Guatemala y del Brasil, se estableció el primer Conservatorio de Música que hubo en México, que fue fundado por Lucas Alamán. Esta institución tuvo un gran éxito con el que alcanzó la prosperidad, pues muchos fueron sus alumnos.
Aunque en una de las extensas salas de la antigua Casa de Moneda (Museo Público de Historia Natural, Arqueológico y de Historia), se instaló una escuela de música, en donde se ofrecían clases relativas a este tema, nunca llegó a ser un conservatorio, sino una simple academia para fomentar esos estudios. El primero fue el que se abrió gracias a la buena iniciativa de don Lucas Alamán y duró funcionando muchos años, pero después vinieron varios inconvenientes que nadie quiso enfrentar, y al fin está casa terminó cerrando sus puertas y ya no hubo en México escuela especial para la enseñanza musical.
Don José María Tornel dio que hacía mucha falta aquella escuela para encausar en ella de manera conveniente la vocación de muchos, y entonces solicitó al gobierno que abriese aquel establecimiento, lo cual pidió en un Remitido que fue publicado en el periódico El Telégrafo el 23 febrero 1834.
En el año de 1866, un grupo de señores amantes de la buena música formó la agrupación "Sociedad filarmónica mexicana" y en la calle que el Factor, fundaron una escuela para el aprendizaje musical, y en poco tiempo acudieron muchos alumnos que ya no cabían en el reducido local, por lo que se le hizo la petición al Presidente don Benito Juárez, quien les concedió el edificio de la antigua Universidad, que por aquel entonces estaba sin ningún empleo, pues la Secretaria de Fomento se estableció en otro lugar.
Aquella escuela la sostenida únicamente con fondos de la "Sociedad filarmónica" y estando muy próspera a la nacionalizó el gobierno de don Porfirio Díaz, pues dijo que él y sólo él debería entenderse con la armonía, y no los particulares. Su primer director fue don Alberto Balderas, después le siguieron en ese cargo don Alfredo Bablot y don José Rivera, ya más actuales se encuentran don Ricardo Castro, don Gustavo Campa y don Carlos J. Meneses.

domingo, 22 de diciembre de 2013

La educación de las mujeres en Nueva España


La educación femenina estaba a cargo de las amigas, quienes eran ancianas que se encargaban de impartir las nociones más básicas en religión, lectura, escritura y labores manuales. Durante la época de la colonia no se hizo ninguna modificación a las normas para poner en regla a las amigas, en donde se establecía solamente que no tenían permitido ingresar a esos centros educativos a los niños varones, prohibición que nunca se cumplió al pie de la letra. 
Para abrir una amiga, la aspirante debía pedir una licencia por escrito para poder ejercer la profesión, al Juez de Informaciones de Maestros de Escuela. Dicha solicitud debía ir acompañada de una certificación del párroco de estar instruida en la Doctrina Cristiana, un papel del confesor que la acreditaba como una mujer de buena vida y costumbres, y la fe de bautismo para justificar la limpieza de sangre.
Ya para el año de 1779 había en la ciudad de México un total de 24 maestros de escuela examinados y 7 sin examen; comparativamente el número de maestras amigas los rebasaba por mucho, pues tan solo en los cuarteles mayores primero, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, según datos estadísticos,  llegaron a la cantidad de 91 escuelas. La población escolar, tomando en cuenta que en las dieciocho escuelas del cuartel mayor primero era de cuatrocientas y ocho niñas, se puede llegar a la conclusión de que aproximadamente, en las amigas de la capital de la Nueva España, a fines del siglo XVIII había tres mil pupilas.
Durante toda la centuria se le dio mucha importancia a la pureza de sangre para poder adquirir el título de maestro, y solo llegaron a tenerlo un total de ochenta personas en el transcurso de un siglo. La enseñanza en general no se puede asegurar que haya caído en un punto de decadencia, pues nunca despuntó en todos los siglos que duró la colonia, siempre fue mala. Don Rafael Ximeno, Maestro Mayor del Gremio, en un escrito del  6 de agosto de 1791, decía los siguiente: “El arte de leer el escribir se hallaba muy abatido por la falta de buenos maestros y de método uniforme y que había que desarraigar muchos abusos que la misma ignorancia e inhabilidad de los malos maestros ha introducido y son perniciosos a la enseñanza.”
En un informe que rindió el virrey don León Ignacio Pico en el año de 1817, sobre la calidad educativa dijo: “Es en efecto lastimoso el estado en que se halla la instrucción pública de la niñez, y pone en tortura a todo padre cuidadoso sin saberse que hacer, ni a quien entregar a sus hijos, cuando comienzan a entrar en la edad de ser enseñados.”
Había una gran cantidad de maestros de los examinados y aprobados, que debían ser sometidos a pruebas nuevamente, pues estos exámenes se habían convertido en todo un lucro que el maestro en cuestión no podía pagar (setenta pesos); tanto dinero para que solo le hicieran unas cuantas preguntas ridículas. Era casi imposible hallar como mínimo a seis maestros verdaderamente instruidos en las letras y los números, por desgracia, los que salían perjudicados eran los pobres niños, que adquirían hábitos equivocados que luego con el paso de los años era muy difícil desarraigar.
En cuanto a las maestras de amiga, eran casi todas unas ancianas de los más ignorantes o fanáticas o visionarias, sin educación y sin principios, que solo ejercían este oficio porque no tenían otro medio de que subsistir, y el único requisito que necesitaban era querer hacerlo.
En las escuelas pías (caridad), como parroquias y conventos, por lo general tenían instalaciones bastante malas, para dar clases se buscaban al primer charlatán que le aquejara el hambre y que no le quedara otra opción mejor.
En las escuelas, aún en las más formalizadas, se  les enseñaba a pintar la letras y a memorizar el Catecismo; se dice que de vez en cuando los maestros les explicaban a sus alumnos, lo que si era muy raro es que les importara su aprendizaje, a la mayoría no le importaba el nacer de las ideas en sus pequeñas mentes. Donde sí los torturaban era en algunos tratados geográficos y en las matemáticas.
A principio del siglo XVII, los que más se habían esmerado en aprender a leer, escribir y contar, fueron los indios, mulatos y negros; quienes se esforzaron en que sus hermanos de raza también adquirieran esos conocimientos. Como la mayoría de la población pertenecía a estas castas, el virrey de Zúñiga quitó la prohibición de estos individuos a dar clases, por lo que ahora ya podían ejercer todos por igual la profesión de maestro, sin ninguna limitación para presentar los exámenes de aptitudes.
Las Ordenanzas dieron mucho peso en la enseñanza de la escritura, al rezo del Catecismo y las prácticas devotas; fue en error que prevaleció durante mucho tiempo, el creer que con estas enseñanzas el problemas moral del hombre y la familia estaban resueltos. La educación de las mujeres en las amigas, lo único que hizo fue fomentar el fanatismo y la ignorancia, que después transmitían a sus hijas; las ancianas que tenían una amiga enseñaban a medio leer y nunca a escribir, para que las mujeres no pudieran comunicarse con sus novios. En cambio les llenaban la cabeza depuras tonterías: los milagros de los santos, los difuntos aparecidos, las profecías de la Madre Matiana, las profecías de San Malaquías y las maravillas de San Pedro Claver, entre otras más, que lo único que conseguían era tener generaciones de personas atormentadas, en el día con la ira de Dios, y en la noche con temor de la ira del demonio y los muertos en pena. Para principios del siglo pasado, los sueldos diarios de los maestros eran de cincuenta centavos diarios, con lo que vivían en la más absoluta miseria.  
Durante la época de la colonia los betlemitas eran los leones, con una teoría que en ese tiempo resultó de lo más innovadora: La letra con sangre entra. Algunas de las sentencias con las que trabajaban estos religiosos en su labor educativa, era:

  • El rigor es el manjar con el que se debe alimentar a la juventud.
  • Los maestros son tan respetables en la tierra como el mismo Dios.
  • La sabiduría no se adquiere sino a fuerza de castigos.
  • El niño que desobedece a su maestro se hace reo de las penas del infierno.
  • La pereza es un vicio que  no se destierra sino con los azotes.
  • Los azotes, aunque lastiman un poco el cuerpo, dan salud al alma.


Seguían otras sentencias tan claras y “consoladoras” como las citadas arriba, y los pobres muchachos, mientras copiaban esas horribles frases, alzaban la vista y veían con el corazón encogido, las disciplinas que imponían los frailes.
Durante el mandato del virrey Revillagigedo, hubo en gran avance en materia educativa, pues con él se empezaron a establecer escuelas pagadas con el fondo oficial; escuelas que eran llamadas reales o del rey, con cuya denominación se conocían todavía a fines del siglo antepasado. Lo malo es que había muy pocas y mal servidas.



domingo, 21 de abril de 2013

La educación en Nueva España


Fray Pedro de Gante
 Después de que los conquistadores armados sometieran al pueblo mexica el 13 de octubre de 1521, llegaron los conquistadores de almas: los misioneros. Ni tardo ni perezoso, Hernán Cortés manda traer frailes para la evangelización de los naturales. En 1523 llegan tres religiosos franciscanos: dos eclesiásticos, Johann Vanden Auwera y Johann Dekkers, cuyos nombres españolizados eran fray Juan de Tecto  y fray Juan de Ahora, y el lego Pierre de Gand, conocido como gray Pedro de Gante. Los tres pertenecían al convento de San Francisco de la ciudad de gante.
Fray Pedro de Gante empeñó todos sus esfuerzos en evangelizar a los naturales, lo que lo llevó primero a Tezcoco, debido a que México – Tenochtitlán permanecía aún en ruinas; allí enseñó a leer y escribir, a cantar y tocar instrumentos musicales, sin descuidar la predicación de la doctrina. Cabe destacar, que el religioso merece un lugar preferente entre los educadores, porque fue el primero en establecer un colegio para instruir a los indios y por haber fundado el primer colegio de América.
Es probable este personaje haya sido el primer fraile que se dio cuenta de que en la enseñanza debía ponerse más atención a los niños, y por tal decidió levantar una escuela a la que asistían  los hijos de los señores. Más tarde les enseñaría a pintar imágenes y a tallar retablos para los templos; a otros se les enseñó los oficios como de cantero, carpintero, sastre, zapatero o herrero, entre otros menesteres.  Aprendió la lengua mexicana de tal manera, que la hablaba como si el también fuese un indígena. Instituyó cofradías y fue autor de una suntuosa capilla, San José de los Naturales, a espaldas del convento de San Francisco, de la Ciudad de México; edificó también otras iglesias más.
En el convento de San Francisco fundó una escuela, de la que se dice llegó a tener mil alumnos, que fue también de primeras letras, industrias y bellas artes, adquiriendo por lo tanto un carácter más bien de escuela normal, pues de ella salían los indígenas que difundían lo aprendido en otros pueblos. Otro punto a destacar es la enseñanza del latín.
El religioso mostró siempre un gran amor por los indígenas y una entrega total a su labor evangélica, al grado de escribir cartas a frailes flamencos para que le ayudasen en su misión. Grande fue también el amor que los indígenas le manifestaron, y su muerte fue muy sentida por todos ellos; siendo sepultado en la capilla de San José de los Naturales.
En los cincuenta años que fray Pedro de Gante pasó en la Nueva España, adquirió una gran influencia tanto el a población indígena, como entre los frailes, sus hermanos de orden y la población española; a tal grado fue, que el segundo arzobispo fray Alonso de Montúfar de la orden de Predicadores, llegaría a decir: “Yo no soy arzobispo de México, soy fray Pedro de Gante”.

Las Escuelas
Las escuelas en donde se les impartía a los niños los conocimientos básicos para que pudieran desenvolverse en la sociedad de aquella época, mejor conocidas como primarias, no nacerían hasta muchos años de después de consumada la conquista, sino hasta el siglo XVI. ¿Por qué?
  1. Cuando llegaron los frailes a tierras mexicanas, lo que menos les importaba era tener un pueblo culto e ilustrado, sino más bien devoto; para tal fin bastaba con que aprendieran la doctrina cristiana y las oraciones que forman el credo y la práctica de la religión católica.
  2. Se les enseñaba a rezar y a cantar las alabanzas en el colegio de San Francisco y a trabajar en los oficios necesarios para el fomento del culto, como construir capillas, labrar la cantera, tallar la madera, bordar ornamentos, pintar los retablos y a entonar en latín las respuestas de los oficios litúrgicos. Un ejemplo claro lo tenemos en el colegio de San Juan de Letrán, en donde se les instruía en el arte de saber pedir limosnas y enterrar muertos; en el de Santiago de Tlatelolco se recibían alumnos de la nobleza indígena.

Los grupos de alumnos en un principio eran muy pequeños y por lo general las clases se impartían a domicilio; por lo general los profesores eran capellanes o frailes que aceptaban el cargo, sin que este constituyera una profesión seria.
Con el paso de los años, fue aumentando la población de criollos y mestizos, que sentían la necesidad de instruirse y prepararse intelectualmente para el buen desempeño de sus profesiones, administración de bienes y comercios. El aspecto social y económico del país estaba cambiando, iba adquiriendo una instrucción más amplia y difundida, las enseñanzas literarias empezaban a resultar poco prácticas, se necesitaba más bien instrucciones para poder afrontar las situaciones de la vida cotidiana.
Esta necesidad hizo que se fueran abriendo en la segunda mitad del siglo de la conquista (XVI), algunas escuelas particulares en las principales ciudades de la colonia. Los colegios eran instalados en las propias casas de los profesores, quienes con el pago de una cuota semanal les daban clases.

Las Ordenanzas
El 9 de octubre de 1600 se expidieron en México las Ordenanzas paras las escuelas primarias, con las que se pretendía normalizar el ejercicio de la profesión de maestro y el funcionamiento de los planteles existentes en la ciudad. Establecían lo siguiente:
  • Un requisito primordial era la pureza de sangre, es decir, que el individuo probara no ser negro, ni mulato, ni indio. Solamente español.
  • Tener sanas costumbres y vida arreglada.
  • Los aspirantes a profesores a presentar una prueba en la que los ponían a leer y escribir con diferentes tipos de escrituras y las operaciones aritméticas más básicas.
  • Al maestro que abriera una escuela sin tener la aprobación,  era castigado con la clausura del lugar y con una multa de veinte pesos de oro común.
  • Por la mañana se debía rezar en todas las escuelas y por la tarde se les enseñaran las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones; algunos días los alumnos debía de ir a ayudar a las misas, y un día a la semana que el maestro eligiera, hacerles exámenes sobre la Doctrina Cristiana.
  • La distancia entre cada escuela debía de ser de al menos dos cuadras.

Las Ordenanzas se enfocaron a que la educación fuera religiosa por excelencia; nada se menciona del aprendizaje de la escritura, la lectura y los métodos para transmitir eficazmente los conocimientos. Estas normatividades continuaron vigentes por más de un siglo, tal como las había aprobado el conde de Monterrey, pues en el año de 1709, el Maestro Mayor, don Manuel de Meraz, y los Veedores del Arte, don Domingo Fernández de Otero y Francisco Javier de Ariza y Valdés, decían la virrey que ya era tiempo de que se prohibiera a las casta e indígenas el ejercicio de la profesión, pues decían que era un mal ejemplo para los niños.  


domingo, 25 de septiembre de 2011

Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo


Fue edificado en el siglo XVIII por los jesuitas, ubicado en la segunda calle de San Ildefonso, que en algún tiempo se llamó de Monte Pío Viejo, se encuentra ubicado un bellísimo edificio que data de 1573, que lleva por nombre Colegio de San Pedro y San Pablo.
En esta institución se enseñaba literatura, historia, filosofía, ciencias sagradas y teológicas con sus respectivas derivaciones y vulgarización cristiana. En su biblioteca se podían encontrar una gran cantidad de libros, de entre los cuales destacan:
  • El Rusticario Mexicanaii, de Rafael Landívar
  • Heroica Deo Carmina, del padre Diego José Abad
  • Espejo para todos los reyes del mundo, descifrado en la estatua de Nabucodonosor; de fray Juan de San Miguel
  • Oruga Inmunda  en Mariposa Sagrada convertida y en la Mejor Luz Abrasada, de fray Manuel de Anduaga
  • El Gran Monstruo de los Cielos, Señor San Agustín
  • El Comulgador, del mercedario Francisco Gorosito

Existe todavía una larga lista de estos volúmenes, que no podría terminar de mencionarte, pero estos son solo unos cuantos ejemplo para que te des una idea de cómo era la educación en aquella época.
El Colegio era uno de los de más hidalguía que existía en la capital de la Nueva España, fue tal su popularidad que hasta se tuvo que mandar ampliar el lugar colocando un nuevo piso; además tenía un encanto especial que solo el arte que viene de Dios puede dar, una sombra de su infinita belleza.
Desde su fundación, siempre se puso mucho empeño en conservar con toda rigidez la pureza de sus costumbres, la caridad y la laboriosidad que caracterizó a estos religiosos; nunca exigieron limosna alguna o remuneración por los servicios que prestaban, además también hospedaban a toda aquella persona que lo necesitara, dándoles celda, cama, desayuno, comida, cena y les asignaban un religioso para que les sirviese durante el tiempo que permanecieran ahí. A las personas que deseaban estar en el anonimato y a las mujeres de la vida disipada, se les daba de comer en la portería y se les obsequiaba ropa y zapatos de buena curtiduría.
También se decía que los maestros criaban con mayor amor y afecto a sus alumnos, que los propios padres a sus hijos. Cuidaban del aprovechamiento de la virtud y las letras, naciendo del orden el aislamiento de las diversas disciplinas, llevarlas a la práctica en los actos públicos literarios y en las declamaciones recitadas, que servían de ensayos para puestos o cátedras; para cumplir estos fines, también eran utilizados los coloquios y las comedias latinas, que por lo general las representaban los alumnos más aventajados.
Fuera de las calidades y los ejercicios virtuosos notables, que eran impartidos en esta clase de colegios, concurrían otra clase de factores muy provechosos para esa edad, pues la compañía fomentaba entre el alumnado a la castidad, y si alguno de ellos osaba poner el mal ejemplo era expulsado de la comunidad. Los entretenimientos eran mu sanos, acorde a la juventud de la época y de los valores tan conservadores del Colegio. Se invitaba a los padres de familia a que no se afligiesen, ni les diesen un rato amargo y enojo a los hijos, pero que cuando hubiese necesidad de corrección y castigo, debían actuar con mesura y prudencia. En ese Plantel  se reunieron los Constituyentes en 1824, después fue anexado a la Preparatoria Nacional  y luego la Secundaria 6.
Los religiosos jesuitas fueron expulsados del Colegio de San Pedro y San pablo cuando la orden fue prohibida en México en 1767, esto después de haber educado a casi ocho generaciones de estudiantes criollos, tanto el templo como el convento quedaron en el abandono total.
Fueron usados como caballeriza y cuartel, después el Congreso Constituyente establecería sus sesiones en 1822, donde fue coronado Agustín de Iturbide y comenzó la creación de la primera Constitución mexicana en 1824. El lugar después tuvo muchos usos, como  manicomio, salón de baile, bodega y café de trova, hasta que en 1922 José Vasconcelos  mandó instalar una Sala de Discusiones Libres, donde las paredes y ventanas fueron decoradas con arte posrevolucionario, con el mural “Árbol de la Ciencia”, y los vitrales “El jarabe tapatío” y “El vendedor de pericos” de Roberto Montenegro, la pintura “El Zodiaco” de Xavier Guerrero, sin olvidar también los vitrales y las bóvedas hermosamente decoradas. El marzo de 1944 fue inaugurado como Hemeroteca Nacional, después pasó a ser el Museo de la Luz y hace poco tiempo fue abierto el Museo de la Constitución. Cabe mencionar que Montenegro participa en el movimiento de la pintura mundial, por los años de 1922 a 1923, pintando también para el exconvento de San Pedro y San Pablo, una de sus obras llamada “Fiestas de la Santa Cruz”, donde expresa de una manera creativa y decorativa el folklore mexicano, por la simplificación de sus formas, se acerca un poco al estilo de Diego Rivera.
Cuando observamos la portada, podemos apreciar que es de un estilo barroco florido, esto quiere decir, que es relativamente reciente, lo más probable es que sufrió modificaciones cuando la Universidad adquirió el edificio; este cuenta hasta nuestros días con dos patios casi idénticos, circundados por corredores con arcos de medio punto en sus plantas bajas, situados al poniente y al oriente y que están intercomunicados, en el patio poniente está un monumento de homenaje a los antiguos colegios de San Pedro y San Pablo, San Gregorio, edificado por la Universidad Nacional.
Existe una lápida que se encuentra en  la fachada del edificio, sobre la calle de San Ildefonso, que establece que el 25 de febrero de 1775, en la misma, abrió por primera vez sus puertas el Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas, que después llegaría a ser el Nacional Monte de Piedad, fundado por don Pedro Romero de Terreros; la lápida antes mencionado fue colocada en febrero de 1933.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El Colegio de las Vizcaínas


En tiempos de la Colonia, existía un solar que se encontraba limitado por los callejones de Pañeras, Caleras, Esmeralda y Gorilla, y que actualmente conocemos como las calles de Vizcaínas, Meave, Aldaco y Echeveste, donde se encuentra construido el famoso Colegio de las Vizcaínas o Colegio de San Ignacio, inaugurado en el año de 1766.
Las crónicas nos cuentan que a mediados del siglo XVIII, vivían en la capital de Nueva España un grupo de tres amigos que habían vivido en comunión espiritual con estrictos entrenamientos; estos hombres eran Ambrosio de Meave, originario de Villa de Durango, Vizcaya; Francisco de Echeveste, de Villa de Usurbil, Guipúzcoa; y José de Aldaco, proveniente de Oyarzun.
El primero de ellos llegó muy joven a tierras mexicanas, haciendo fortuna en el comercio, después el Ayuntamiento y la Archicofradía del Santísimo, le encomendaron la tarea de administrar los fondos para construcción del Hospicio de San Hipólito y la reedificación de los Colegios de Aranzazú y el de las Doncellas.
El segundo fue general del rey de los galeones de Filipinas y embajador enviado al Rey de Tonquín del imperio chino, y en México llegó a convertirse en prior del Tribunal del Consulado.
El tercero fue muy destacado aquí en México por ser  el apartador general de oro y plata, así como también por ser reactor de la Cofradía de Nuestra Señora de Aranzazú.
En 1671 estos tres hombres tuvieron la idea de crear una hermandad que sirviera como centro y escuela de caridad para niñas pobres, donde se tenía preferencia por las vascas en primer lugar, y después las españolas, sin mancha alguna en su nacimiento, pues no se admitían con mezcla de sangre porque desprestigiaban a la institución: Así quedaría conformado en Colegio de Niñas de San Ignacio de Loyola, mejor conocido en nuestro días como el Colegio de las Vizcaínas.
El lugar donde se encuentra en pie este edificio, en algún tiempo fue un terreno baldío que servía de muladar, y que fue comprado por la cantidad de 33 mil 618 pesos fuertes, y la obra costo más de 2 millones. La construcción comenzó a mediados del año de 1734, donde estuvo a cargo el Obispo de Durango, doctor Martín de Elizacochea; el colegio fue terminado el primero de septiembre de 1753, dando su aprobación por su fundación y constitución el rey Carlos III.
Al parecer ya todo estaba terminado, pero el problema que enfrentaban sus fundadores era que quería que la docencia fuera independiente del clero del Estado, situación que siempre los tuvo en una prolongada lucha, que adquiriera grandes penalidades contra prelados y autoridades, llegando a complicarse de tal modo, que uno de los fundadores propuso a sus otros dos compañeros que si no obtenían la autonomía le prendieran fuego a lo que tanto tiempo y recursos les había constado forjar.
El colegio de las Vizcaínas, al igual que el colegio de San Ildefonso, es un claro ejemplo de cómo eran los planteles educativos durante la época de la colonia, cuando el estilo arquitectónico que predominaba  era el barroco. La primera traza del proyecto, según nos cuentan las crónicas, fue de  la autoría de don Pedro Bueno Basori, quien murió cuando se comenzaron los trabajos de construcción, después la obra quedaría a cargo del maestro de arquitectura don Miguel José de Quiera.
Actualmente, cuando pasamos por enfrente de este hermoso lugar, podemos apreciar en su portada la crestería en forma piramidal, lo cual da al edificio un aspecto de inconfundible majestuosidad. La portada de la capilla fue construida en 1786 por Lorenzo Rodríguez; pero lo que se podrá considerar la columna vertebral son los cuatro patios principales, trazados de tal forma pues el tránsito entre corredores queda perfectamente comunicado, y por si no fuera poco también hay que destacar su monumental escalera. Tampoco puede pasar inadvertida su hermosa fachada de tezontle, los portalones de cantería y su fuente, son obras de la más exquisita belleza.
En cuanto a la capilla, afortunadamente todavía conserva sus retablos estilo churrigueresco, y además cuenta con un pequeño museo con pinturas, muebles y objetos de orfebrería, que fueron encontrados todos desperdigados.
El 8 marzo 1800 la ciudad de México sería azotada por un terrible terremoto, que dejó el inmueble bastante dañado; por suerte demandado reparar al poco tiempo y quién quedaría a cargo de este trabajo, fue el director de arquitectura de la Academia don José Antonio González Velázquez, junto con don Ignacio Castera.

Datos curiosos
  • El obispo don Martín Elizacochea  era peninsular, pues nació en Azpilicueta, Navarra fue catedrático en Alcalá y se traslado a la Nueva España como canónigo de México, pero a este hombre se le recuerda por haber erigido en su ciudad episcopal el templo de Santa Rosa.
  •  En el colegio de San Ignacio, estudió doña Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro, quien  siempre se destacó por ser una alumna muy inteligente, pero muy traviesa.
  • Se dice que don Benito Juárez, le bautizó con el nombre de Colegio de la Paz.
Hoy en día podemos ver todavía en pie el colegio de San Ignacio o de las Vizcaínas, mejor conocido con este último nombre, pero desgraciadamente se encuentra bastante deteriorado, y es difícil creer que en ese lugar se hagan eventos importantes, debido a que el rumbo no es muy bonito que digamos, pues con todo el dinero que sacan de la renta lo mínimo que podrían hacer los encargados es tener bonita del edificio, no sólo para organizar eventos, sino por su enorme valor histórico y cultural.

martes, 12 de julio de 2011

La Escuela de Cristo

En el convento – hospital del Espíritu Santo hubo una Escuela de Cristo, como también la había establecida en otras casas monásticas e iglesias de la ciudad, que tenía como objetivo “enmendar  la vida y aprender a servir mejor a Dios”, cosa ideal y pura, pero difícil para la mayoría de los mortales. Estas “Santas Escuelas” se diferenciaban unas de otras porque cada una tenía un patrón especial, y como maestro común el mismo Jesucristo para aprender de él, según nos dicen los Evangelios. Los religiosos que formaban este instituto eran setenta y dos, podían ser indistintamente eclesiásticos o personas seglares mayores de veinte cuatro años; para darle entrada a  una persona, se investigaba todo lo que hubiera acontecido en su vida y costumbres. Ya aceptado entraba como novicio, y con el paso del tiempo se le podía aceptar como hermano en una ceremonia solemne.
La escuela se encontraba regida por un hermano eclesiástico, al que se le llamaba Obediencia, también había una Junta de Ancianos para que resolvieran los casos graves que surgieran, se encontraba formada por quince hombres que fueran de ejemplo para la comunidad. Existía un cargo bastante desagradable, pero alguien lo tenía que hacer, esto le correspondía a los Nuncios, quienes tenían la tarea de repartir las disciplinas  con las que se daba los hermanos sendas golpizas; pero no todo era desagradable en este cargo, pues también eran encargados de cuidar las cosas del altar y oratorio, dar las cédulas con los puntos de meditación, impedir la asistencia de extraños a oficios privados, como en la confesión mutua de los cófrades, la meditación, o cuando con mucho fervor se aplicaban las golpizas y azotes con cuerdas torcidas con canelones de alambre bien afilada. Recordemos que en aquella época la disciplina dentro de los conventos era muy estricta, tanto con monjas, como con monjes.
Una de los ejercicios que más practicaban aquellos religiosos, al igual que en otros templos, era el del Retiro; y para que los devotos no asistieran a sus casas durante este periodo, la Escuela del Espíritu Santo ideo para estas ocasiones construir en el patio del hospital un entresuelo dividido en aposentos pequeños para que ahí descansaran los retirados, y se entregasen por completo a la meditación, aislados del mundo exterior.
 En la parte baja había un comedor adornado con cuadros de pálidas coloraciones una pequeña cocina para preparar el riquísimo chocolate cada mañana y la comida, que les llevaban de sus casas que les llevaban a los retirados  en canastas cubiertas con  servilletas bordadas.
Las Cortes dieron por terminadas en 1820 las ordenes hospitalarias en toda España, así como también las casas que ahí regían; este decreto vino a cerrar el hospital del Espíritu Santo  y a eliminar a los hipolitanos, camilos o padres agonizantes, betlémicos, antoninos y juaninos, dando por terminada la labor tan noble, que habían realizado los religiosos con tanta paciencia y cariño hacia sus enfermos.
Los hospitales de la ciudad quedaron a cargo del Ayuntamiento, que fueron atendidos no por caridad y amor al prójimo, sino por una paga y la diferencia fue notable. Los bienes de las órdenes hospitalarias pasaron a ser propiedad del Estado y sus templos a los Ordinarios, para que sus Señorías Ilustrísimas discutiesen y decidieran cuáles debían de seguir funcionando para el culto y cuáles debían ser clausurados.
Pasaron los años y llegó la Independencia de México, y el convento de Jesús María estuvo desocupado por mucho tiempo, eso se debía a que algunas personas que se aventuraban a entrar en el recinto, aseguraban se podían escuchar voces y pisadas de un pasado que se negaba a desaparecer. El hospital de Betlemitas pasó a ser  Escuela de Medicina, que llevaba por nombre  Establecimiento de Ciencias Médicas,  El Gobierno cedió a las monjas de  la Enseñanza Nueva el convento del Espíritu Santo, y se dispuso por decreto que el 9 de agosto de 1836 se trasladase con todo y sus cátedras, mientras se les daba a las religiosas un lugar adecuado para su asiento definitivo, y ahí quedo establecida la escuela para curar enfermedades, ya fuera con medicinas o bisturí. La escuela quedó instalada ahí definitivamente y no hubo la prometida mudanza, ya que por decreto se les otorgó la propiedad el 15 de octubre de 1842.
Como la propiedad era inmensa, Don Vicente García Torres solicitó una buena porción del convento para establecer sus oficinas tipográficas, lo que consiguió muy fácilmente porque le caballero era un mañoso de primera y siempre tenía “amigos” que les hacían favores. Así pues, el convento- hospital se hallaba ocupado por la imprenta que abarcaba parte de los altos y bajos del primer patio, el ruido era tremendo; el resto del patio era de la Escuela de Medicina con el bullicio del ir y venir de los alumnos; en el segundo piso se encontraba el señor Chausal con sus habitaciones particulares y su bulliciosa amiga (no piensen mal), así se les llamaba a las escuelas de letras en aquella época.
E los únicos lugares donde se podía tener algo de silencio el convento y la Santa Escuela de Cristo, pues en el resto de la propiedad siempre había ruido. La Escuela de Medicina estuvo a punto de tener en propiedad todo el edificio, quiso quedarse sin compañías que les estorbaran para poderse expandir a sus anchas, pero los demás ocupantes se negaban rotundamente a marcharse porque se hallaban muy  a gusto y contentos, pues no pagaban renta; y mientras la Escuela pensaba en la mejor forma de echar a sus vecinos, llegaron a México el 18 de noviembre de 1844 los padres de la Congregación de San Vicente de Paul, junto con las beneméritas Hermanas de la Caridad; don Antonio López de Santa Anna expidió en Tacubaya un decreto  el 6 de julio de 1856, donde se le quitaba una gran parte a la Escuela de Medicina para darla  a los paulinos, y así la escuela tuvo que abandonar el edificio.
El convento del Espíritu Santo fue vendido a particulares al igual que la iglesia. El patio fue vendido en $9,600, el resto del convento y la iglesia se dividieron en 3 lotes, que fueron valuados en $74,613. La iglesia pasó a convertirse en una amplia tienda de ropa, el convento en un hotel según dicen bastante feo. A pesar de que el almacén se encontraba bien surtido, la gente no le gustaba ir a comprar ahí porque sentía que profanaba el lugar, contribuyendo así a que este comercio siguiera funcionando, llevando en poco tiempo a los dueños a una quiebra irremediable.
Después fue establecida una tienda de comestibles, el cual tuvo la misma suerte que la tienda de ropa, pues ni las moscas se paraban a comprar; y viendo el destino que habían tenido los dos negocios anteriores, ningún comerciante se quiso arriesgar a establecer ahí local alguno, por lo que el sitio fue destinado para almacenar carros y coches, y después bodega de ultramarinos. Después de un tiempo se convirtió en un salón de patinaje, del que fuera dueño don Fernando Veraza, en donde daba tumultuosos bailes de carnaval. Donde estuvo el atrio del templo se construyeron unas casas de mala muerte, destinadas a comercios pobres, como estanquillos y tahonas; poco tiempo después fue comprado todo el ex convento  y ex iglesia para edificar un casino, el cual se encontraba mal instalado y falto de espacio en parte de la casa que fuera de Don José de Borda, por el lado de la calle de Plateros.
El Casino Español fue construido por el arquitecto don Emilio González del Campo y se inauguró en 1903. En esta calle existía una dulcería francesa llamada Gramout, que se volvió toda una moda durante aquella época, en especial los que adquirieron fama eran los exquisitos bombones, piezas de chocolate o azúcar con interior de licor o crema, saboreándolo lentamente hasta el último bocado.