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domingo, 24 de julio de 2016

La monja y la decapitada (Sucedió en las calles del Apartado, hoy Corregidora)

¿Quién es esa monja de la voz doliente que gime por los patios conventuales? ¿Quién es el espectro a quien persigue sin lograr darle la paz? ¡Son la monja y la decapitada! Reza esta conseja colonial del siglo XVII. Sabor colonial y misterioso el de esta casa de los condes de Villaverde, que se levantaba en donde hoy es la plazuela Aquiles Serdán. En su frontispicio, fueron quedando grabados los escudos condales de las rancias familias que la habitaron, en sus hornacinas, los santos que fueron de la devoción de los linajudos barrios, Quesadas y los López, de Peralta y Villar y Villamil. Famosa fue la casa que quedaba frente al “Colegio de las Bonitas”, hoy escuela de la Corregidora, porque en ella vivió la “Güera” Rodríguez.
En la época en que ocurrieron estos hechos, habitaron la casona don Genaro García de Villanueva y su esposa, la condesa doña Mariana de Pedroza; casados por conveniencias familiares, y de índole económica, don Genaro y doña Mariana casi eran niños cuando se desposaron. Se dijo que el conde no amaba a la condesa, y que ella lo amo con locura, y todos los días ella le pedía a la virgen por su amado conde para que nunca se alejara de su lado. Nunca, hasta que vio acercarse a la madurez, la condesa temía tanto perder el cariño del conde.
En casi toda la colonia era sabido que el conde sostuvo amoríos con una joven y bella mujer llamada Juana de Armendáriz, que vivía en la calle del Apartado, después de la Moneda. Era costumbre del maduro galán, el despedirse de la amante no bien amanecía. Como desde hacía varios meses, al llegar a su casa el conde se encontró con la misma escena: su esposa lo aguardaba en vela. La condesa no hizo dramáticas escenas al marido, pero cada día, cada noche, sentía que los celos y el rencor corroían más su corazón.
Al fin, después de semanas y semanas de noches de lloros y de angustias, la condesa decide actuar contratando a alguien para que averiguara el nombre de aquella mujer y en donde vivía. Días después, con los datos que comprara, la condesa se dirigió a la casa de la amante de su esposo. Si ningún plan de violencia; además sentía a veces temor de enfrentarse esa mujer y en muchas ocasiones trato de desistir de aquella empresa. Más los celos y su orgullo herido, le daban fuerzas, sabía que Juana estaba sola, según le informara el espía que ella pagara.
Su mano trémula levanta el pesado aldabón y al fin, después de una pausa, lo dejó caer varias veces… Las dos mujeres comenzaron a discutir muy acaloradamente, hasta que la condesa cansada de escuchar las ofensas de Juana y sorda por la ira y la desesperación, sacó un puñal y lo tiro hacia el pecho de su odiada rival, más quiso el destino que la punta pegara sobre un medallón y quebróse la hoja sin cumplir su trágica misión. Al ver aquello, Juana se llena de soberbia y se burla de la condesa diciéndole que era una anciana y una vieja decrépita; loca, ciega de ira, doña Mariana reparo en una espada que se encontraba colgada en la pared y la cogió decidida, y acto seguido lanzó furioso, diabólico mandoble contra aquella mujer que sea burlándose. Fue tan tremendo el golpe, llevaba tanta furia, que la filosa espada degolló a la mujer.
Durante unos minutos, la condesa permaneció muda ante aquel cuadro macabro, sangriento y espantoso, después, sus ojos se hicieron enormes; su mente se dislocó y presa de una enajenación comenzó a reír y creyó oír como la cabeza se burlaba de ella. Fuera de sí, furiosa, impulsada por el diablo, doña Mariana pateó la cabeza de su víctima. Pero poseída de esa locura que suele invadir a los criminales, siguió oyendo a la cabeza burlarse de ella, trató de cubrirla pero todo fue inútil. Siguieron unos momentos espantosa confusión, en que pareció que la condesa vencía al fin y a veces, que aquella cabeza se defendía, y al fin vencida por sus nervios, por no poder resistir aquella emoción terrible, la mujer se desmayó. Más quiso la suerte que despertará antes de la hora en que llegaría el conde según le informaron, y al ver la sangre se da cuenta del crimen que acaba de cometer; entonces aprovechando la ausencia del conde quema las ropas manchadas de sangre. Ordenó al cochero que enganchara el tiro de caballos y aprovechando la oscuridad de la noche, se alejó de la ciudad.
Horas después llegó a su casa de campo, situada en lo que hoy es calle del Doctor Garciadiego, colonia de los Doctores, y ordenó a los criados que si preguntaban, dijeran que ella llegó desde el día anterior por la tarde.
Al día siguiente, la colonia se espantó al saber la noticia de la muerte de doña Juana de Armendáriz. Ante aquel espantoso crimen, el Santo Oficio decide investigar a fondo, al final de cuentas, por orden del virrey, por lo que se le pide a la condesa regresar a su casa de la calle de Villamil, en donde le interrogaron, pues todo apuntaba a que ella era la asesina. Los investigadores del Santo Oficio se retiraron ante la insistencia de la condesa de sostener su inocencia.
En el interior de la casa de los condes, la candente acusación brotó de labios del dolido esposo, pero la cara impasible, fría de la condesa, no reveló sino un rictus de burla en la comisura de sus labios. Huyendo de la maledicencia popular y de la continua acusación del conde, la mujer regresa esconderse a su casa de campo, afuera de la traza, esa misma noche; de pronto, los caballos relincharon espantados, se encabritaron y se negaron a seguir. ¡Hacia delante había algo que les causaba miedo! Presa de terror, la condesa se dio cuenta que apareció ante ella el espectro de Juana sin cabeza, el cual extiende sus manos en actitud de imploración hacia aquella que le había dado muerte, y cuanto más se acercaba aquel fantasma decapitado, creció el pavor de la mujer. Logró al fin la condesa eludir aquella aparición y fustigó a los caballos huyendo del lugar a toda carrera.
Al día siguiente, la condesa trató inútil y desesperadamente de recordar en donde pudo esconder la cabeza de Juana de Armendáriz, pero si ella trataba de recordarlo durante el día, por la noche alguien llegaba a refrescarle la memoria: el espectro de Juana que imploraba ante el balcón. Noche a noche la condesa escuchaba el macabro arrastrar de aquellos pies y sentía que le tocaban esas manos suplicantes; al mismo tiempo, el conde agobiado por el dolor de la muerte de su amante, se ahoga en vino, y como el vino no lograba aminorar su pena, decidió poner fin a todo escándalo y se ahorcó.
Temerosa y transida de dolor por la muerte del esposo, la condesa decidió refugiarse en un convento y llevando una cuantiosa dote, ingresó como novicia en el convento de las Carmelitas Descalzas, que se localiza, aún en nuestros días, junto a la iglesia del cerrito en la Villa. La mujer cayó el secreto que la atormentaba, mientras pedía a Dios la iluminación para encontrar la cabeza de Juana de Armendáriz, porque el espectro le imploraba y la seguí hasta el convento y la llamaba noche a noche. Era ya un tormento horrible aquel arrastrar de pies hasta cerca del ventanillo de su celda. Y es tanta la frecuencia con que se apareció el espectro, que varias monjas pudieron verle.
La noche del 14 de octubre de 1689, la condesa sufrió un intempestivo ataque, cayendo presa de estertores delirantes, se levantó como una sonámbula, y con la astucia que suele ayudar en estos casos, salió a la calle por la puerta de la capilla, y sin que nadie la vea, continuó hacia la calle repitiendo: “¡ya la veo… Ya la veo… Si… Al fin sé en dónde está”. Rascando con sus propias manos, hizo un hoyo en un solar baldío, y después de excavar con febriles movimientos, extrajo la cabeza descarnada de Juana de Armendáriz, a la que la luna ilumina en forma espantosa.
Con aquella cosa horripilante, volvió por sus pasos tomando la misma calle de Medicinas; mientras tanto, la hermana Refugio de Carabantes, que parecía disentería, salió al patio descubriendo la puerta interior de la capilla abierta, e inmediatamente da noticia de ello. Con gran estupor las monjas viejas comprobaron que lo dicho por la hermana Refugio era verdad, por lo que se convocó a una reunión urgente para ver si alguna de las novicias se había escapado; aún no se cumplía la orden, cuando la portera descubrió algo en el interior de la capilla: una novicia venía entrando con una cabeza humana en las manos. Doña Mariana, presa de una extraña hipnosis, extendió hacia las monjas la cabeza de doña Juana de Armendáriz, y cuando presas del terror no la recibieron, la condesa la dejó caer para ella misma dar sobre el suelo, desmayada.
Fray Juan Manuel de Pazos se hizo cargo al día siguiente del despojo humano, al que dio sepultura junto con su cuerpo, en el cementerio en donde fuera enterrada la mujer por su amante conde.
Y cuenta esta leyenda que jamás volvió a merodear por el convento, ni las calles de la capital de la Nueva España, aquel espectro sin cabeza. ¿Más, que fue de la condesa-novicia después que hubo entregado aquel despojo? Se  supo muy muy poco al respecto, pero se dice que reveló el secreto que agobiaba su alma. Los anales conventuales son secretos, más se dijo en ese tiempo que la condesa fue despojada del hábito de novicia, pues con el pecado que traía cuestas no le permitieron profesar. Su cuerpo fue cubierto con una saya gris de penitente, se le mantuvo encerrada en una celda.
La leyenda termina aquí. ¡Nunca se supo que fue de ella! Ni cómo ni cuándo, la noche del asesinato oculto la cabeza de su rival. ¿Cómo explicárselo del fantasma decapitado?, lo de la cabeza. ¿Demencia de la condesa o castigo divino?… Ustedes dirán

domingo, 28 de diciembre de 2014

La importancia de saber latín



Sor Javiera de la Asunción era monja concepcionista, profesa en el Real Monasterio de Santa Inés; la mujer llevó el nombre de Casilda Ibarra antes de entrar de lleno en la religión. Este sor se caracterizó desde su niñez, por ser en extremo golosa; no existía en su casa un escondite o alguna llave de alta seguridad que valiera, para tener a buen recaudo las jaleas, conservas, mermeladas, jericallas, cajetas y todo género de cosas apetitosas para la muchacha. Todo lo encontraba en el acto y sin aguardar un segundo sus dientes hacían su trabajo.

Moza muy donosa,
almendra, dulce y pan,
aunque las guarde el ángel
¡me lo descubrirán!


No había otra cosa que Casilda disfrutará hacer en esta vida que darle gusto a la lengua, por lo que aplicó todas sus energías en aprender a hacer dulces; se dedicó en cuerpo y alma a estudiar en los viejos y sapientísimos recetarios de la abuela, en los magníficos conventuales y en otros de autores famosos, ya fueran sacados de estampa en oficinas mexicanas o en buena imprentas de España. Fueron tantos los libros que consultó y el empeño que puso en aprender, que con el tiempo la autodidacta se volvió toda una experta en el arte de la repostería fina, nadie le ganaba en sus habilidades. Todo su ingenio lo ponía en los almíbares de sus confituras; en los puntos adecuados de sus cocadas y yemates; en que durase solidificada de la leve espuma de las claras batidas, para poner con ellas airosos copetes blancos a las copas de amarilla boca de dama, o con nítidos turrones de almendra o con sonrosados de fresas, que podían conservar por un largo tiempo su textura blanda; como pasar por alto las peras y duraznos cristalizados, que más bien parecían unas hermosas joyas: duros por fuera y por dentro una exquisita suavidad. Casilda llegó a perfeccionar su arte a tal grado, que todo mundo la llenaba de halagos, pues saborear todo lo que ella preparaba era casi como tocar el cielo; al aquellas delicias casi se podían oír sones arpas, de liras, de flavioletes, la laúdes tañidos por celestiales manos de ángeles y serafines.
Casilda desde niña fue mandada a estudiar en el convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza, escuela de María, larguísimo nombre que le diera su fundadora coahuilense,  doña María Azlor y Echéverez, pero por obvias razones la gente solo le decía “La Enseñanza”, pues era prácticamente imposible aprenderse ese nombre de memoria.
Con la diestra dirección de las monjas, la muchacha aprendió a leer, contar, rezar, labores caseras y saber dirigir con habilidad un hogar; supo también labrar de aguja ropas blancas, confeccionar vestidos, bordados matizados con lindos colores, arácnidos deshilados, sutiles draperías, hermoso tejidos de gancho, donde la perfección y el gusto eran más que evidentes. Las religiosas de dicho convento tenían fama de ser muy buenas en el arte culinario, pero en caso de Casilda, ella se las llevaba de frente a todas; mientras se la pasaba metida en la cocina preparando delicias, entre las probaditas que daba y lo que quedaba ya terminado, se dedicaba a comer y comer hasta saciarse, aunque para su gran apetito no había golosina que le bastara. En el convento amplió su menú: alfajores, huevitos de faltriquera, peteretes del piña y coco, almendrones de azúcar, palanquetas, panochitas de leche, gajorros, alfeñiques, cabellos de ángel, rosquetes y gusanillos de almendra y frutillas de los mismo, picones de todas frutas y de sabores insignes. Desde que Dios amanecía, y hasta que anochecía, la glotona de Casilda también le entraba bonito a los jamoncillos, pirulíes, almendras garapiñadas, piñones cubiertos, pepitorias, calabazates, nogada, acitrones, correosas, cabezonas charamuscas.
Con esos atracones que se daba, no era raro verla con frecuencia con  males estomacales, los cuáles curaba con tecitos de manzanilla, de cedrón, de muicle, de suelda, de estafiate, del amargosísimo hojasén y de otras hierbas astringentes y purgantes, que le ayudaban a barrer todas las golosinas que se empaquetaba alegremente.
Finalmente la gula en dos pies salió de La Enseñanza con toda la buena maestría. Como sus señores padres eran gente muy importante en la ciudad, con frecuencia tenían en su lujosa casa saraos muy lucidos; convidaban también a meriendas en su residencia en San Cosme y a días de campo en San Ángel o bajo las frescas arboledas de Tacubaya, en los que había bailes y deliciosas comidas.
En una de esas fiestas Casilda conoció a un guapo y rico mancebo, de nombre Florián Rey de Alarcón, del cual quedó enamorada perdidamente; y el caballero logró ganarse el corazón de la joven gracias a los poemas de sus platillos favoritos:

Eres miel con requesón,
cocada y calabazete,
el más suculento uvate
que llena mi corazón.

Meses después el par de tórtolos fijaron la fecha de la boda, con el consentimiento de los padres de por medio, pero el destino le tenía otra cosa preparada a la joven pareja, pues sucede que a pocos días del matrimonio, la muerte tocó las puertas de Florián al caerse de un caballo que se encabritó al tronar unos fuegos artificiales en el atrio de San Sebastián. El pobre hombre falleció al instante al golpearse la cabeza contra unas piedras. Al enterarse Casilda de la terrible noticia, se encerró en su habitación y lloró por varias semanas, hasta que después decide ir al convento de Santa Inés, donde sostenía largas conversaciones con las religiosas; palabras iban y palabras venían, por lo que decide entrar de monja en ese santo reclusorio de paz.
Pasó Casilda su noviciado y profesó en la religión concepcionistas, siendo ahora su nombre el de Sor Xaviera de la Asunción, desposándose llena de dicha con el creador y en consecuencia, con el paso del tiempo logró encontrar la paz que tanto necesitabas si alma. Llegó a ser muy querida por todas las monjas, gracias a su dulzura y por las maravillas que sus lindas manos hacían en la cocina; las asombraba aquel ingenio y capacidad de crear nuevas recetas, las cuales llegaron a ser muy famosas fuera del convento.
No había sarao, celebración en convento de frailes o festejo en Palacio, en que no figuraran las exquisiteces que salían del convento de Santa Inés. Sor Asunción, como buena glotona que se preciara, no solo dedicaba su tiempo a lamer los peroles hasta dejarlos rechinando de limpio, ya ni era necesario lavarlos, pues el cobre quedaba sin rastros de lo que ahí se había cocinado; también en su ardua labor de limpieza guardaba una “pequeña” porción, que en un dos por tres se la empacaba con singular alegría. Su fase célebre de la monjita era: “de lo bueno mucho y si es muy bueno, comerlo más de dos veces por lo menos”, pero el detallito era que ella repetía hasta cuatro veces. Después de atascarse venían los inevitables retortijones de panza, en donde ya la religiosa sentía arrepentimiento y lo tomaba como una manera de pagar su terrible pecado; poco le duraba su remordimiento, pues una vez que se aliviaba volvía a las andadas. No tardaría mucho en que la golosa monja pagara muy caro su insaciable vicio por las golosinas.
En cierta ocasión se les encargó a las religiosas la elaboración de jamoncillo de pepita, como era de esperarse, salió de las manos de sor Javiera uno de gran tamaño que lucía su franja escarlata de vino, después fue colocado en un plato enorme de talavera y sobre unos papeles de china que picaron pacientemente las monjas. Sor Xaviera elaboró un jamoncillo igual para ella sola, el cual se comió en menos de lo que canta un gallo, después se bebió un vaso de agua nevada de piña, y acto seguido se zampó un dulce de cacahuate y un platazo de hermoso postre de mamey y almendra. No era ni media tarde, cuando ya sufría uno grandísimos dolores en el vientre, que la despedazaban y traspasaban.
¡Ahora si la monjita sabía lo que era amar a Dios! Tal parecía que la Llorona estaba metida en el convento, con los contantes y largos quejidos de la enfermita. Le empezó a correr sudor frío por todo el cuerpo, mientras los tormentosos dolores iban en aumento, no paraba de invocar a toda la corte celestial, sentía que sus horas en este mundo estaban contadas. Mil y un hierbas curativas se le administraron, se le untaron pomadas, imágenes milagrosas de Santos eran sobadas en su vientre, las religiosas hacían ofrecimientos de promesas,  ayunos, penitencias rigurosas; pero todo cuanto hacían era inútil. Al ver la madre superiora que todos sus esfuerzos habían sido en vano, mando a alguien para que fuera en el acto por el médico don Antolín Antúnez, que trabajaba en el Hospital de Amor de Dios, y quedaba a contra esquina de la iglesia de Santa Inés.
Llegó al convento para ver a la enferma que se retorcía de dolor, entonces procedió con toda paciencia a auscultar el elevado y duro vientre. Don Antolín va rápido al Hospital para traer el remedio a los males de sor Xaviera; al poco tiempo traía unos envoltorios con polvos curativos y unos frascos con un líquido oloroso a acre que vaporizaba. También traía una jeringa de latón, de la que destellaba un brillo siniestro, a la que le cabían más de tres cuartillos de líquido.  Las religiosas le administraron la medicina milagrosa que don Antolín les proporcionara, y claro que con previas instrucciones.
El médico regresó después para ver como seguía sor Xaviera,  las madres  le dijeron que esa sustancia cáustica había sido de lo más terrible, pues en cuanto él se marchó se lo pusieron en el ínter mientras volvía. No lo había soportado por mucho tiempo y se lo tuvieron que quitar en el acto. Ahora la pobre monja tenía un nuevo dolor muy atroz, ya no sabía a cuál de los dos hacerle caso, si al del cólico o al de la quemadura del cáustico. ¿En dónde le habrán puesto a la enferma el cáustico las santas señoras?

domingo, 12 de octubre de 2014

La hermana de los Ávila

El convento de la Concepción fue de los primeros en ser levantados en la recién conquistada Nueva España, y por consiguiente, de los primeros en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Durante aquella época vivían en la esquina de lo que hoy son las calles de Argentina y Guatemala, los hermanos Gil, Alfonso y doña María de Ávila; ella era una joven muy bonita y de gran elegancia, y esto sirvió para que tuviera pretendientes que no correspondían a su condición social. Entonces sucedió que la muchacha se enamoró de un mestizo de familia humilde, conocido como Arrutia, quien se aprovechó del amor que le tenía doña María para casarse, y así gozar de su fortuna y alcurnia.
Por obvias razones, los hermanos Ávila se opusieron rotundamente a que el mestizo cortejara a su hermana, en especial Alonso de Ávila, quien le prohibió buscar a su hermana; pero Arrutia con el mayor descaro le dijo que él nada podía hacer, si doña María lo amaba, y que poco importaba si se oponía, pues el corazón de la joven ya era suyo. Lleno de santa a ira, don Alonso fue en el acto a contarle lo sucedido a su hermano Gil, quien propuso que la mejor solución sería matar en duelo al oportunista, pero don Alonso pensó que no valdría la pena mancharse las manos de sangre porque solamente se trataba de un despreciable mestizo, y que lo mejor sería darle una pequeña lección. Después de meditar las cosas detenidamente, los hermanos decidieron ofrecerle una buena cantidad de dinero para que desapareciera de la capital de la Nueva España.
Al escuchar aquella jugosa propuesta, el mestizo aceptó sin pensarlo,  marchóse a Veracruz y de ahí a otros sitios; mientras tanto por dos años la desconsolada doña María sufría y lloraba sin consuelo.
Gil y Alonso, al ver sufrir y llorar a su querida hermana, la convencieron para que ingresara de novicia en un convento, pues tal vez en los rezos y la cercanía con Dios, la ayudarían a encontrar la paz espiritual. Finalmente eligieron el convento de la Concepción, y después de pagar como dote una fuerte cantidad de dinero; entonces la llevaron enclaustrar diciéndole que el mestizo, el amor de su vida y la razón de sus tristezas, jamás regresaría su lado, ya que sabían de muy buena fuente que había fallecido.
Sin mucho entusiasmo doña María ingresó como novicia al convento, en donde empezó a llevar una vida claustral, pero sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo entre rezos, ángelus y maitines. Durante las noches, en la soledad de su celda olvidaba su amor a Dios, su fe y de todo lo religioso, para dedicar sus energías a pensar en su adorado Arrutia, el dueño de su corazón.
Pasó el tiempo, y mientras se encontraba recluida en el convento, se enteró de que su amado había vuelto, pues había regresado a pedir más dinero a los hermanos Ávila. Finalmente una noche, cuando ya no pudo resistir más aquella pasión que la quemaba por dentro, decidió quitarse la vida ante la ausencia de su amado. Sujetó una cuerda, se hincó ante Jesucristo para pedirle perdón, y acto seguido se dirigió hacia la fuente que había en la huerta del convento, amarró la cuerda una de las ramas del árbol de duraznos, volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer, y por último se lanzó para así dar fin a su vida.
A la mañana siguiente, la madre portera del convento la encontró muerta, balanceándose de un lado a otro con el viento. Los restos mortales de María fueron bajados y sepultados esa misma tarde en el cementerio interior del convento, y hasta aquí parecía que está triste historia de amor había terminado. Un mes después, una de las novicias vio una aparición reflejada en el agua de la fuente; pero esta no sería la única, pues dichas apariciones se volvieron cada vez más frecuentes, por lo que se llegó a prohibir a las monjas que salieran a la huerta después de que se metiera el sol.
Durante muchos años en el antiguo convento de la Concepción, que hoy se ubicaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las religiosas veían en la huerta aquella figura blanca y espantosa de doña María en su hábito, colgada del árbol de durazno. Así, durante mucho tiempo las monjas veían aquella figura espantable; de nada les sirvieron los rezos, las misas y duras penitencias, para que el alma en pena se alejara del convento.

domingo, 19 de mayo de 2013

Lo que contó la difunta


Cuidad de México, antes capital de la Nueva España, cuidad prodigiosa en leyendas y sucedidos espantosos como este que vamos a relatar. Este sucedido puso los pelos de punta a los habitantes de la colonial cuidad, y aún hoy sobrecoge el ánimo.
La leyenda se inicia en un lúgubre convento, el de las Capuchinas; en el siglo XVII, cuando aquella casona sombría estaba rodeada de un alto muro, ¡cuántas cosas misteriosas sucedieron en aquellos recios conventos; hechos que quedaron encerrados tras sus altos muros!
El convento estaba precisamente en la calle llamada de Capuchinas, hoy Venustiano Carranza; durante la época de la Colonia, esta calle era triste, estrecha, ensombrecida por altos edificios conventuales… ¡y el silencio!. Ahora que ya conocemos el convento, quiero hablarles de una colección de los terribles instrumentos que utilizaban las monjas en sus disciplinas conventuales, ¿piensan que hay hoy una mujercita, capaz de resistir un cinturón de garfios acerados, torturando sus carnes? o ¿podría asegurarme una chica de hoy, poder recibir veinte latigazos?, claro que no, y menos podrían aceptar que había tremendos castigos, como ¡cortarle la lengua a una monja! ¿lo creen?
Escuchad pues la leyenda que con gran verdad y sentimiento, escribió la vieja monja Salustina; se refiere a lo que ocurrió en el convento, de las dulces madres capuchinas.
Se trata de un suceso envuelto en el misterio, que con notas de terror y de salterio nos ha dejado la colonia. En fila procesional iban las monjas; la luz de sus velas las bañaba en oro; los claustros ha tiempo estaban en las sombras; y ellas, calladas y tenues, iban hacia el coro… descalzas, sin choclos ni escarpines; con la vista al suelo misteriosas; por los muros, en que había pintados querubines, se iban untando aquellas religiosas, ¿qué ceremonia ritual se celebraría a esas horas?, ¿por qué las mandaban formar las superioras?; en medio del recinto abovedado, próxima a ser escarnecida y flagelada, yacía dulce y demudada novicia al frente del Cristo Ajusticiado…
La Madre Superiora se adelanta, y leyendo un viejo papel garrapateado, grita en una voz que insulta y canta, que van a castigar a Sor Mirtel por un pecado; en los ojos de las novicias hay miedo y azoro, y al sentarse en la alfombra sillería, que es como de un teatro de elevada galería, ven que no solo para cantar sirve el coro y acto seguido, sobre esa carne virginal y pura, caen azotes, que causan dolor y amargura; así se azotaba solo a los galeotes; la monja resiste los tormentos más cuando los golpes se tornan más impíos, salen tristes lamentos de sus labios fríos; se azotan con temor escapularios, la monja vieja azota con inquina y la luz de inquietos tenebrarios, cae una y otra vez la disciplina; y al fin todo termina, yace la novicia sobre el suelo y sin que nadie se apiade de ella, muestra como Jesús, una llaga en el costado.
Se tornan a bajar esos espíritus cristianos; y en la fría y silenciosa lobreguez, solo se acierta a ver temblor de manos y en los rostros mortecina palidez; saben que antes de maitines como sucede miércoles y lunes, las monjas solían rodarse en unas plantas espinosas que eran puestas en el piso; y una a una, las monjas que violan las duras leyes conventuales sufren dolores sin recato, mientras piensan en cosas celestiales; más amanece y termina aquel calvario, felices las monjas capuchinas van cada mañana al confesario como parvadas de alegres golondrinas; después llega la tarde, brilla el oro tras las montañas, ya no arde el sol, por lo que las monjas van al coro musitando triste letanía se acomodan, y hay en su rostro, y en sus manos luz de luna cuando llenan aquella sillería, suenan entonces voces de oro, junto al cascado canto de las viejas y de esos cantos, hay uno muy sonoro, que tiene mucho de dolor y quejas, pero a pesar de todo era una voz muy hermosa, pero por más que las monjas buscaban la voz angelical, jamás descubrieron a su dueña; y después de tanto investigar, un día, la madre juró que contaría a las monjas al bajar y que sorpresa se llevaría que cuando terminó eran 67 novicias, siendo que deberían ser 66; acto seguido corre a avisarle del recuento a la vieja abadesa del convento, sorprendida, pensó que era un error de la hermana y le pidió las contara otra vez al otro día.
La noche siguiente fue de azoro y de temor general, pues la dulce voz fantasmal, volvió a escucharse en el coro; con que emoción, con que ternura, ¡que tesitura tan bella!; terminada la hora del coro la vieja monja se situó en la puerta y con cuidado contó; trémula cual si hubiera visto llegar su hora, fue a la madre superiora, a repetir la noticia y la primera le juró a la segunda haber visto en la fila sor Luisa del Sacramento, la cuál había muerto años atrás; la superiora, pensando que la madre había alucinado la mandó a sus aposentos y rezara unas oraciones, quedándose la superiora nada serena.
A la mañana siguiente, la madre escuchó una voz que de murmullo y encanto tornábase en llanto y en queja a Dios, y cuando ya iban a bajar del coro se fue hasta la puerta y se dedicó a contar y para salir bien de dudas, la abadesa testaruda siguió a las novicias a sus celdas, hasta que vio a una que no entró a sus aposentos, sino que se siguió a lo largo de un pasillo largo y oscuro; resultó ser cierto que sobraba una monja, que toda unciosa y silente, se alejaba por la fuente, bañada de luz de luna; parece que no camina, como tenue lampadario, va la monja capuchina ¡se oye el rumor de un rosario!. Para aclarar el misterio la madre la sigue y ve que cruza la reja del panteón; es noche tranquila; y hay penumbra en el huerto y a lo lejos una esquila parece doblar a muerto, la novicia misteriosa llega al camposanto y entonces un llanto de dolor y de tristeza la abate, se detiene ante una cruz, y la abadesa decide, bajo la luna y su luz, preguntarle si era del mundo de los vivos ó los muertos.
La monja desconocida comenzó a hablar con su voz que sonaba a salterio, queda, dulce, argentada, más no se aclaraba el misterio ¿quién era esa novia con la cabeza inclinada? La abadesa decidida, sin ninguna dilación, decide tomar medidas para una declaración, entonces la monja comienza a relatar su triste historia: en vida, tan hermosa como huraña y llena de liviandades, a mil hombres de Nueva España, burló con frivolidades, no hubo mujer pizpireta y coqueta, ni con mayor desenfado, engañó a más hombres mujer alguna; les mostraba ternura y les fingía gran cariño, amándola con locura; heridos de amor y con celos y por ella llorando, despachó a muchos hombres, algunos no pudieron con la pena y se suicidaron, de repente su vida dio un repentino giro cuando un apuesto caballero, llamado Pedro Lastey que tenía bruscos modales con sus criados; la mujer loca de amor le envió una carta y al día siguiente unos regalos, pero a pesar de todo el la ignoraba, desesperada le enviaba cartas, cartas y más cartas; hasta que un día fue a buscarlo a su casa, la mujer nada consiguió más que rechazo y humillaciones. Con el corazón roto se fue a su casa, y por tres meses se la pasó encerrada sufriendo por aquel amor no correspondido. Un día fue a la iglesia a confesarse, viéndola todos por primera vez con los ojos anegados en lágrimas; y casualmente ese mismo día su amado se casaba en el templo de la Profesa, viendo que se festejaba con mucha pompa; triste se fue la muchacha a su casa, sabiendo que ya no tendría esperanza alguna, se fue a su casa llorando su desventura, a tal punto que un día para olvidar se sumió en el vicio y en los excesos, sin encontrar consuelo en brazos de otros hombres; decidió un día ir a tocar las puertas del convento, entregándose a la fe cristiana, pero aún así ella seguía pensando en aquel doncel y para expiar su culpa todas las noches se sometía a severos castigos en su celda, los cuales eran los latigazos y revolcarse en espinas e incluso quemarse las manos con una bujía. Un día le rogó a Dios se la llevara de éste mundo para no sufrir más y dicho y hecho, a los pocos días cayó víctima de una enfermedad y murió en diciembre de 1670; y así terminó su relato la monja pecadora de desacato.
La muerta en aquel momento deja de estar inclinada y al lanzarle una mirada, grita la abadesa al ver su rostro descarnado, le otorgó en perdón y rezó por el descanso de su alma, pensando que así obtendría su descanso eterno, pero dice la leyenda, que hasta el año 87, fueron las monjas del coro, 67. ¿Cuándo dejó de penar la fantasmal capuchina?, no lo llegó a comprobar la escribana Salustina, ni ella ni nosotros; aún en éste siglo, hay quienes juran que en la mitad de la calle de Venustiano Carranza, donde antes se levantó el coro…
Se aparece sor Luisa, la monja pecadora ¿Quieren comprobar esta leyenda?, entonces los invito a las doce de la noche, recuérdenlo, donde estuvo en convento de las Capuchinas.

domingo, 14 de abril de 2013

El fantasma de la monja atormentada




“Maldito aquel que revelare lo que en estos documentos contenido. Su indiscreción le causará la muerte… Santa Inquisición. Tribunal del Santo Oficio. Año e 1576”. Bajo la más terrible pena de muerte se ha guardado durante varios siglos este secreto hasta hora inviolado. ¿Qué misterio oculto bajo el sello temible de la Santa Inquisición, contienen estos pergaminos que no pudieron revelarse? Para conocer el gran misterio sobre este temible sucedido, es preciso retroceder al siglo XVI.
Estamos en España en el año en gracia de 1569, durante el cruel reinado del rey Felipe II, a quien todos tenían por descreído  o alejado de la iglesia, daba terribles muestras de fe; y esta fe se traducía en castigos horrendos  a herejes y en instalaciones, siniestras para castigar y torturar incrédulos. En aquella época vivía el religioso fray Pedro Moya de Contreras, a quien siempre molestaban por ser el cuñado del rey, pues teniendo a un pariente tan influyente se preguntaban por qué no le pedía el cargo de Obispo; por lo general siempre eran grupos de borrachitos que armados de valor con el licor,  le decían de todo al santo varón.  Como era costumbre, fray Pedro se alejaba lleno de indignación, dejando en paz a las banditas de bebedores.
Se decía que una hermana del religioso había tenido amores con el rey Felipe II, de los cuáles había nacido una niña;  al principio eran solo simples rumores, pero con el paso de los años se convirtieron en una certeza, por lo que la gente lo comentaba ya convencida, y a medida que pasaba el tiempo, las hablillas se multiplicaron al por mayor. Se dice que cansado de tantas burlas de clérigos y gente, fray Pedro Moya de Contreras fue a ver al rey Felipe II, y lo que ahí se dijo no queda nada para comprobarse, más por lógica podemos deducir que el religioso le reclamó al monarca su proceder; nadie fue testigo de semejante entrevista, y lo que respondió su majestad al fraile solo hablan los hechos posteriores.  Por órdenes del rey, fray Pedro ayudó a la fundación de los Santos Tribunales, dejando instalados monstruosos aparatos de tortura para castigar a los incrédulos e irreverentes, comprobando el mismo las formas inhumanas de castigo.
Se dice que la presión moral del religioso no cesaba ante el rey Felipe, así un día se salió con la suya y logró que fuera nombrado el primer Inquisidor de la Nueva España, también la iglesia lo eleva al rango de Arzobispo; días más tarde el religioso es enviado a la Nueva España en el galeón hispano “San Honorio”, buena estrategia del rey para mantenerlo lejos de tierras europeas.
Fray Pedro llega a la Villa Rica de la Veracruz en 1570, acontecimiento que fue pregonado por todo lo alto; se anunció siete veces por las calles de la capital, yendo en la comitiva el alguacil mayor del Santo Oficio Francisco Verdugo de Bazán, el Secretario Pedro de los Ríos, el Receptor Pedro de Arriara y Gaspar Salvago, Silvestre Espíndola y Juan Saavedra como testigos. A petición del  Inquisidor General fray Pedro, el virrey don Martín Enrique de Almanza ordenó a los dominicos cedieran un edificio, entonces se hicieron los arreglos necesarios y se instaló en el inmueble la tan temida Santa Inquisición, que aún podemos ver hoy en día. El funcionamiento del tribunal de la fe comenzó a funcionar de acuerdo con las instrucciones dictadas por fray Tomás de Torquemada; dicho tribunal se hizo temible, porque la víctima nunca sabía quién le acusaba y quienes eran los testigos, pues todo se hacía en el más absoluto de los secretos. El Inquisidor Mayor daba los tormentos y después de lograr la confesión, entregaba al reo convicto al brazo secular; y fue precisamente durante el tiempo que permaneció en tan temible cargo, que fray Pedro pensó en ejercer siniestra venganza en contra de quien había manchado su honra, el problema era que se trataba del rey; al no poder desquitarse con el entonces decide descargar toda su ira en contra del fruto del pecado: su sobrina.
El religioso manda llamar a los miembros del santo tribunal para darles la orden de que apresaran a los herejes, hechiceros, relapsos e irreverentes; así cumplía con las ordenes de rey y después cuando menos se diera cuenta, ejercería su espantosa venganza. Más si su cargo de Inquisidor le dictaba cometer severos castigos y tormentos, como arzobispo solía recatarse un poco; sin embargo,  entre esas pasiones contrarias se levantaba el pecado de su hermana, que él consideraba su mayor deshonra. Tres años después, en 1573, fray Moya hacía sentir su odio y la crueldad del santo tribunal, y ahora a los condenados se les iba a ejecutar en el primer y más monstruoso acto de fe que se guarde memoria; uno a uno durante toda  la noche y el día siguiente, fueron ardiendo aquellos herejes, ¡hasta acabar achicharrados los 73 reos!
Enfermo de crueldad y puesto su poder de manifiesto, noches más tarde pone en marcha su siniestro plan, mandando a alguien de su confianza para que secuestrara a su sobrina en Sevilla España, y pobre del infeliz si era descubierto porque iba a sentir la ira del ofendido. Una vez que la joven pisó tierras mexicanas, su vida comenzó a ser un verdadero infierno, pues su malvado tío la utilizaba para probar cada tormento diabólico que su enferma cabeza urdía; pero la diversión le duraría poco, ya que noches más tarde fue conducido a la celda de su infeliz sobrina, quien ya debilitada y enferma no podía resistir una tortura más, entonces su tío decide meterla de novicia en el convento de Jesús María, y le ordena a la madre superiora que una vez curada, debía obligarla a flagelarse, ayunar y disciplinarse con dureza. La casi moribunda muchacha fue conducida al monasterio por un túnel secreto.
En cuanto se repuso la joven, las monjas entraron en acción, ordenándole que debía disciplinarse hasta sangrar antes de cada alimento y al acostarse, obediente y sumisa comienza su cruel castigo; pero eso no era todo el tomento para la pobre muchacha, pues a su tío no le parecía suficiente, entonces decide mandarla traer cada martes y viernes a través de secretos túneles (que se pusieron al descubierto con las excavaciones del metro), conducían a la infeliz hasta cierto lugar. Al llegar la recibían silenciosos encapuchados que se hacían cargo de la desdichada novicia, cantaban extrañas letanías y se alejaban a través de los extensos túneles que corrían por debajo de la ciudad, hasta que al fin llegaban a la tenebrosa cámara de torturas de la Inquisición. La inocente doncella parecía no resistir más tormento. Allí la entregaban al verdugo, que debía de continuar con el cruel tormento a quien según el tío consideraba el fruto de un pecado; y no contento con eso, el perverso observaba los tormentos a su sobrina  a través de una cerrada celosía. Después la desdichada novicia era regresada a su convento, siguiendo los mismos túneles secretos. Al fin, la noche del 9 de agosto de 1578, terminó el martirio de la hija de Felipe II y la hermana del primer inquisidor; la joven muere sin nunca saber que pecado tan terrible había cometido  para ser castigada de una manera tal cruel y despiadada.
Meses después aquella novicia muerta, cuyo nombre no registró el libro del convento, comenzó a vagar por los jardines lanzando al aire quieto y agorero sus más tristes lamentos, causando el espanto entre las monjas que le vieron, y estas sabían perfectamente que era la religiosa muerta en pecado y tortura. Años después la tristísima figura de la monja salió de los muros conventuales y se lanzó a la calle con todo y sus desgarradores lamentos que erizaban los cabellos hasta al más valiente; en poco tiempo el vulgo la bautizó como “La monja atormentada”.
Durante muchos años la fantasmal novicia vagó por lo que hoy es esquina de Correo Mayor y Moneda; después, lanzando su doliente queja avanzó  hasta la esquina del Palacio Virreinal, y se situaba ante la puerta cerrada. El motivo por el cuál llegaba el fantasma hasta aquel lugar, no era otro, según creyó la gente, que el de ir en busca de su tío, pues ya en 1584 había sido nombrado el arzobispo Pedro Moya de Contreras, sexto virrey de la Nueva España. El fantasma doliente permanecía  allí hasta pasada la media noche, después regresaba a su convento, pero aunque la monja atormentada no salía a gemir todas noches, la gente rehuía pasar por la Plaza Mayor; y tanto dio el vulgo en asegurar que el espectro  iba en busca del virrey, que se tomaron cartas en el asunto enviando una comisión eclesiástica  y palaciega para que hablara con fray Pedro Moya de Contreras, quien después de dialogar con ellos, decide enfrentar al fantasma al día siguiente en punto de las doce de la noche, para así devolver la paz a la Nueva España.
A nadie extrañó  que se levantara a toda prisa un templete frente al Palacio Virreinal, el cual quedó terminado sin que la gente supiera los fines para los que fue construido, pues todo era secreto en esos días. La noche del 9 de junio, muy cerca de la medianoche salió de Palacio fray Moya de Contreras y su extraña comitiva, quienes llevaba un crucifijo, estandartes y reliquias para exorcizar trasgos, fantasmas y demonios; la plaza  estaba solitaria y la noche tranquila y tibia, el grupo se dirige al templete para tomar asientos cada uno en su respectivo lugar, acto seguido comenzaron a elevar plegarias a Dios mientras aguardaban la hora indicada, pero no paso mucho tiempo cuando estalló un grito espeluznante que llenó de pavor sus corazones: la macabra monja se había hecho presente para lanzar sus gritos dolientes. De acuerdo  con los cánones religiosos, fray Moya de Contreras invocó a la muerta, y para asombro de todos, la monja respondió en verso, en donde le imploraba que quería dejar de penar en este mundo; el virrey  atemorizado no pudo articular palabras en forma de verso, y  sin que nadie pudiera impedirlo, se arrojó a los pies de aquel fantasma para implorarle perdón con lágrimas en los ojos. Varios minutos permaneció  allí el religioso, sobre el suelo  de la Plaza Mayor, hasta que al fin los frailes y oidores se atrevieron a levantarlo.
El virrey declaró en el Legajo de una Causa Triste del Santo Oficio todo lo acontecido aquella noche, así como también la identidad de la monja; dicho documento fue sellado con lacre y cayó la maldición sobre quien revelase aquel secreto, más aún sucedido histórico, debe salir a la luz.

domingo, 15 de julio de 2012

La maldición de la casa de Regina 27



¿Qué maldición había caído sobre la casa número 27 de la hoy calle de Regina? ¿Qué secretos del más allá guardaban sus añosos muros? Esta leyenda, extraída de entre el polvo del siglo XVII, nos habla de un caso de apariciones sobrenaturales que en nuestros días aún puede ocurrir….
 Estamos en 1642, en la capital de la Nueva España, cuando hace su entrada triunfal el nuevo virrey don García Sarmiento de Sotomayor, quien tenía dos títulos de conde de Salvatierra y marqués de Sobroso, llegó a la capital el 23  de noviembre de ese año; pero no llegaba solo, entre los personajes que traía en la comitiva estaba don Ambrosio Torres de Medina y Linares, su esposa doña Lorenza y sus tres hijos. A su llegada, la familia quedó instalada en la casa de las calles de Regina; ellos tenían la impresión de que en estas nuevas tierras iban a ser muy felices, pero lo que no sabían era que  dentro de aquella casa había un extraño maleficio… La primera noche que pasaron en la casona, la dama escuchó sollozos lastimeros, además de aquellos gemidos dolorosos se escuchaban en la planta baja, ruidos y sonidos inexplicables; entonces alarmada doña Lorenza, decide despertar a su esposo y le platica los sucedido, pero este pensó que serían las sirvientas que extrañaban España, por lo que no puso atención y se volvió a dormir.
 Al día siguiente, picada de curiosidad la dama preguntó a la servidumbre y estos creían que ella había llorado; entonces le contó a su esposo lo ocurrido y tres días más tarde lo fenómenos psíquicos iban en aumento. No bien caía la tarde, las puertas se abrían al acercarse a estas, como si un mayordomo invisible abriera; pero a pesar de las palabras reconfortantes de marido hacia su familia, los sucesos extraordinarios se incrementaban cada vez más, a los lastimeros gemidos le siguieron después unos ruidos, todos lo escuchaban sin experimentar un gran miedo; aquel ruido parecía como si alguien cosiera un duro costal de arpillera, entonces los criados armados de valor recorrieron la casa, sin encontrar nada anormal.
Durante dos años la familia de don Ambrosia y sus criados soportaron aquellas manifestaciones de ultratumba. Era precisamente la tarde del 26 de noviembre de 1644, doña Lorenza daba a sus hijos una bebida caliente, cuando  como si alguien la llamara, volteó a ver hacia la puerta, hallándose ante una aparición horrible; la aterrada dama permaneció sin decir palabra a sus hijos  por temor de que se espantaran, y acto seguido inclinó la cabeza para orar, pidiendo al cielo que sus hijos no vieran aquello. Cuando volvió a mirar hacia la puerta, el espectro de la mujer de gris había desaparecido; en esos momentos entró una de las criadas y le informó a su patrona que había visto al mismo ser de ultratumba que ella, pero no hablaron mucho de tema porque los niños podían escucharlas. En vano guardaron silencio sobre la aparición a las niñas, pues una noche la mujer de gris, con su rostro malévolo y siniestro espiaba a una de ellas; la pequeña al ver aquel horrible ente pegó un grito de terror, y al escuchar  los alaridos de susto de su hija, don Ambrosio corrió a la alcoba, para cuando llegó el espectro ya se había ido, y pensando que la niña había tenido un mal sueño, la dejó en su cama y se volvió a dormir.
La noche del 3 de febrero de 1645, doña Lorenza fue despertada por un viento helado que corría por la alcoba, creyó haber dejado la ventana abierta y se levantó con el fin de cerrarla, pero cuando iba a descorrer las cortinas salió de atrás un brazo y una mano descarnada, entonces el espantoso miembro frío y oloroso a humedad la cogió del pelo, presa del miedo gritó.
Al día siguiente, doña Lorenza contó a su esposo lo ocurrido y este tomó la  determinación de aceptar la invitación  que el virrey le había hecho junto con otras familias, a pasar unos días en Coyoacán, por lo que manda a su esposa e hijos para que se alejasen unos días de la casa embrujada, mientras el trataría de encontrar una solución.
Don Ambrosio se quedó solo y esa noche, decidió poner algunos asuntos al corriente; había quedado una criada, el criado y lo acompañaba su perrito Titi, que estaba a sus pies; era cerca de la media noche cuando el pequeño can comenzó a gruñir como si alguien se acercara, ante la extrañeza de su amo, el animalito buscó refugio aullando espantado; y como si alguien lo llamara, don Ambrosio miró a la puerta, hallándose ante una aparición horrible, se trataba de una macabra aparición de una monja con su hábito desgarrado, con sus rostro, manos descarnadas y unos cuencos en lugar de ojos que parecían mirarlos con dolor; con gran entereza el caballero se puso de pie, hablándole a la aparición para saber qué era lo que la hacía vagar por este mundo, pero la monja muerta dejó escapar un hondo suspiro y se alejó gimiendo. Con ánimo dispuesto, don Ambrosio siguió a la aparición, que tomó el rumbo de jardín interior de la casa, la religioso gimió más sonoro al llegar debajo a un árbol de fresno, y allí como tragada por la tierra desapareció, dejando un olor a tumba, a misterio, a cosa del más allá.
Días después regresaron su esposa y sus hijos, el caballero nada dijo a su mujer sobre la aparición dela monja, pero ella no podía olvidar el escabroso tema y entonces le preguntó si había encontrado alguna solución, él le dijo que había hablado con el maese Toledo, el doctor Tarribá y solo esperarían la llegada de fray Molina, ya que ellos eran especialistas en asuntos sobrenaturales. Pero antes de llegar las personas que iban a exorcizar a los fantasmas, ocurrieron nuevas cosas espantables… una tranquila noche doña Lorenza se encontraba haciendo tranquilamente haciendo su costura, cuando escucha que alguien la llama, pensando que era su esposo va a ver que se le ofrece, pero don Ambrosio no llamaba a sus mujer, el a su vez oía que le llamaban en esos momentos; los dos esposos corrían, uno en pos del otro, creyendo ser llamados mutuamente, y la encontrarse se preguntaban quién llamó a quien. Entonces comprendieron que eran víctimas de las jugarretas fantasmales.
El 7 de marzo llegan por fin los exorcizadores a la fatídica casa de Regina 27, quienes solicitaron al marido que se fueran a descansar a sus aposentos mientras ellos hacían sus trabajos, a lo que él les dijo que ya se había acostumbrado a ver espectros desde que estaba en España, así que no había problema. Aguardaron hasta que sonó la media noche y entonces los gemidos no se hicieron esperar, el fraile invocó la ayuda del cielo, y como si se tratara de una obra de teatro y se levantara el telón, se empezó a ver la escena de un tiempo pasado: una mujer era descubierta por su marido cometiendo adulterio, el canalla escapa y ella pide disculpas al ofendido, pero este la ignora y procede a amarrarla de pies a cabeza, acto seguido mientras gemía doliente y desesperada, él y un amigo cosían el costal de arpillera en donde la habían metido, aquellos gemidos y el coser de algo duro,  eran los ruidos que oyera don Ambrosio y su familia. Los dos caballeros sacaron a la mujer que se debatía y no cesaba de gemir, después con su carga a cuestas llegaron hasta la acequia real en donde la arrojaron; los vengadores, cuyos rostros no podía ver los exorcizadores, quedaron allí hasta que el costal se hubo hundido. En ese momento aquel túnel del tiempo se desvaneció y los caza fantasmas se fueron para reanudar su trabajo en la siguiente sesión, mientras verían si podían averiguar algo sobre la infiel.
Tres noches más después volvieron los exorcizadores a la casa de Regina, esta vez para hablar con la monja. Don Ambrosio ya los esperaba para relatarles la visión que tuvo el día que se quedó solo en su casa; mientras esto ocurría, de pronto  formándose del aire y de sombras, apareció el espectro horrible de la monja, acto seguido el fraile se acercó a ella para conjurarla para que platicara su historia, la respuesta del espectro fue pedir ayuda para lograr su eterno descanso, entonces prosiguió a tomar asiento entre los vivos y gimiendo se preparó a contar su historia: “Herlinda Bauzas y Mellado fue mi nombre, fui rica y bella  en el mundo de los vivos, mil galanes me querían como esposa, pero yo no sentía amor por ninguno y jugaba con sus sentimientos; al enterarse mis padres de mi conducta libertina, decidieron encerrarme en un convento, situación a la que me negué rotundamente ya que ese lugar no era para mí, pero a pesar de mis súplicas y lágrimas  me enclaustraron en Santa María de las Mercedes. Durante muchos días estuve encerrada en mi celda, negándome a comer, a dormir y a rezar, fueron en vano las reprimendas y consejos de la superiora; pero no estaba sola en ese lúgubre lugar, pues había muchas novicias como yo, ya que no podíamos olvidar las pasiones y pecados mundanos.
Durante ciertas noches, nuestros galanes lanzaban escalas que nosotros atábamos a los árboles, por ellas subían y entonces nos entregábamos a la pasión, al amor, al desenfreno… en la misma casa del señor; y como era de esperarse, con tanto deseo contenido, tanta soledad y disciplina debilitaron mi resistencia y cedí. El tiempo siguió su curso, la naturaleza su obra y yo trataba de ocultar mi gran pecado bajo los gruesos hábitos, pero al fin el plazo natural del nacimiento, me revolaba de dolor  en el huerto, cuando fui descubierta por unas beatas que salieron corriendo como si las persiguiera el diablo al ver el estado en que me encontraba, fue lo último que vi. Nunca supe si mi hijo nació vivo o lo mataron ellas, cuando volví ene mi lo sepultaban; días después morí de intensas fiebres, sin que nadie se condoliera de mí.”
Al terminar su triste historia, la monja fantasmal se puso de pie y señalando al fresno  dijo que su hijo se encontraba enterrado bajo este, ya que antes  esos terrenos eran propiedad del convento. El espectro les pide que encuentren el pequeño cadáver y le den cristiana sepultura, en cuanto a ella les pidió encarecidamente que rezaran por su alma pecadora para que obtuviera el sufragio eterno; si los caballeros cumplían lo pactado, ella prometió jamás volver a perturbar las vidas de los moradores de la casa, acto seguido la monja desapareció bajo el añoso fresno.
El 13 de mayo 1648, el virrey conde de Salvatierra fue removido con el mismo cargo en el Perú, con él se fue su fiel servidor son Ambrosio Torres de Medina y Linares y su familia. Respecto a los fantasmas de la casa 27 de Regina, deben saber haber desaparecido, pues la promesa pactada con el espectro fue cumplida. ¿Ustedes que creen? ¿Seguirá todavía la monja penando por su pecado?