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domingo, 2 de octubre de 2016

Las inundaciones más célebres del valle de México


La Cuenca de México se formó después de cincuenta millones de años de actividad volcánica, relacionada con frecuentes hundimientos tectónicos. En los últimos 700,000 años la mayor parte de la actividad volcánica ocurrió al sur; con las potentes erupciones del Chichinautzin, la lava obstruyó el drenaje que iba al río Balsas y transformaron los valles en una cuenca cerrada de 9600 km2. Para el postclásico (750 – 1519 A. C.) ya contaba con siete lagos: Apan, Techac, Tecocomulco, Zumpango, Xaltocan, Texcoco y Chalco – Xochimilco.
Fue en el islote central del lago de Texcoco en donde se asentaron Tlatelolco y Tenochtitlán, que después se le conocería como “Isla de México”;  fueron fundadas durante el primer tercio del siglo XIV, impulsados por la necesidad de guarecerse de la contante hostilidad de los pueblos vecinos y por el mensaje que un dios les había mandado a sus sacerdotes. Ya establecidos comenzaron con las obras de control hidráulico, que incluían calzadas, calzadas – diques, canales, diques, suelos creados de forma artificial con fin habitacional o productivo (chinampas), puentes y embarcaderos, entre otros.
Después de la conquista, los españoles comenzaron la construcción de la ciudad colonial, pero también debían de enfrentarse a las frecuentes  inundaciones que vendría a ser uno de sus mayores dolores de cabeza.
Francisco de la Maza registró como inundaciones notables las de 1604, 1607 y la de 1629; pero como el agua siempre iba a tender a retomar su cauce natural, la ciudad volvió a quedar bajo el agua en 1647, 1691 y 1697; pero también estuvieron las de 1555 y 1580.
En 1555 el español Francisco Gudiel propuso la construcción  de un desagüe general por el pueblo de Huhuetoca, sin embargo  en el mes de octubre del mismo año hubo abundancia de lluvias, lo que provocó que se desbordaran las lagunas sobre la ciudad y todas las poblaciones ribereñas, provocando que durante más de tres días solo fuera posible trasladarse en rústicas embarcaciones; este problema se estuvo presentando en los siguientes años, unos con mayor intensidad que otros,  así lo consta la documentación fechada el 3 de septiembre de 1607 en donde el cabildo pidió al virrey a causa de la inundación: “que respecto a que ya los bastimentos ya no pueden entrar por las acequias principales de la ciudad y calzada, y en muchas calles no pueden salir de las casas los vecinos si no es en canoas, que Su Excelencia se sirva mandar que los naguatlatos hagan traer algunas canoas de los pueblos comarcanos de la laguna para que se repartan por la ciudad y en calles particulares.”
Se llevaron a cabo numerosos proyectos para solucionar el gravísimo problema de las inundaciones, hasta que después de la de 1607 el virrey don Luis de Velazco  elige el proyecto de Enrico Martínez por ser el más viable, que consistía en perforar un cerro para permitir la salida de las aguas; sin embargo la mayoría de los hombres que trabajaban en la obra murieron y para colmo la paga era muy poca. Después de enfrentar muchas dificultades, el túnel fue inaugurado, pero por falta de mantenimiento se fue tapando y en 1627 el río de Cuauhtitlán se desbordó para inundar una vez más la ciudad. Entonces se volvió a analizar lo que según ellos era el único proyecto que daría la solución definitiva: cortar el cerro de Nochilstongo, removiendo toneladas de tierra para darle salida al agua, pero no tuvieron mucho tiempo para pensarlo, ya que otra calamidad les iba a venir poco tiempo después.
Transcurría el mes de septiembre del año en gracia de 1629, cuando cayeron sobre la ciudad lluvias torrenciales. Cuando finalmente cedieron y el sol salió, todos con horror se dieron cuenta de que la ciudad había quedado bajo las aguas, y el río de Cuahtitlán se había vuelto a desbordar sobre la laguna de Zumpango y a la vez ésta se vació en el lago de Texcoco, quedando todo el valle como un enorme lago, en donde solo se podían ver las torres de las iglesias y algunas construcciones de dos pisos. La gente ya estaba acostumbrada a que en época de lluvia la ciudad quedara nadando, pero en aquella ocasión los daños fueron titánicos, ya que el agua alcanzó una increíble altura de dos metros sobre el nivel de las calles. A diferencia de otros años, esta vez no paró de llover en varios días. Como era de esperarse, los alimentos y el agua potable escasearon, muchos murieron; los que quedaron vivos necesitaban algún consuelo espiritual, por lo que  las autoridades eclesiásticas comenzaron a oficiar misas en canoas y a llevar altares portátiles en las mismas.
Cuando las aguas bajaron un poco su nivel, se podían ver a las órdenes religiosas de hombres y mujeres, llevando en procesión a la Virgen de los Remedios por toda la ciudad; pero al ver que la Santa no les hacía caso, decidieron llevar esta vez la tilma en donde estaba impresa  la imagen de la Virgen de Guadalupe, en un  procesión de canoas; no paso mucho tiempo, cuando milagrosamente dejó de llover y las aguas descendieron. Los años siguientes hubo poca lluvia y los lagos tuvieron sus cauces normales, situación que hizo muy felices a los habitantes.
En el siglo  XVII se pensó incluso  mudar la capital de Nueva España a Tacuba y Tacubaya, poniéndose en tema en discusión después de la terrible inundación que duró de 1629 a 1635, la cual provoco que la ciudad casi quedara despoblada.
Durante la colonia se trató de solucionar el problema de las inundaciones sin éxito alguno; esta lucha seguía todavía hasta época independiente. Fue entonces que de muchos proyectos que se habían propuesto, se eligió el de Francisco de Garay en 1857, que consistía en construir un canal de 50 km que saliera desde San Lázaro, atravesando los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango, para canalizar sus aguas y la de los ríos que se cruzaran en su camino, después otro túnel de 9 km colocado al final, conduciría el líquido al río Tequixquiac; también se construirían otros canales similares en los lagos de Chalco y Xochimilco, comunicándolos con el de Zumpango.
La gente creyó que con la obra porfiriana el problema de las inundaciones sería cosa del pasado, pero el destino les jugó una mala pasado cuando en el año de 1920 la ciudad volvió a quedar nadando; luego a mediados de los años cincuenta hubo grandes inundaciones porque la urbe comenzó con los problemas de hundimiento, debido a la extracción de agua del subsuelo.
La obra porfiriana finalmente colapsó y en 1975 se comienza la construcción de una gigantesca obra de ingeniería, que vendría a ser el drenaje profundo, pero también ha resultado perjudicada por los hundimientos.
De las inundaciones que se tienen registro de lo que va en este milenio, es la ocurrida en el año 2000 en Chalco porque las coladeras se taparon por falta de mantenimiento; y en el año 2003  se pudo ver que el drenaje profundo ha comenzado a perder su efectividad en la Avenida San Antonio y Periférico.
Como pudieron ver ustedes amigos lectores, la historia se repite una y otra vez: el hombre contra la naturaleza. Recordemos que el sitio donde se cimentó la ciudad originalmente fue un lago, y recordemos también que siempre las aguas van a reconocer su sitio de origen, aunque pasen los siglos. ¿Ustedes quien creen, que sea el vencedor de la batalla?

domingo, 30 de noviembre de 2014

La leyenda del maldito

Una de las más extrañas y desconocidas leyendas del México Colonial, habla de un fantasma al individuo que siempre se apareció en las grandes catástrofes que asolaron a la Nueva España en el siglo XVII; principalmente se le vio antes y durante la inundación de 1629, y la peste que sembró la muerte y la desolación años más tarde. Pero entre los hechos que fueron reales y fantasías pasmosas, se encuentra esta leyenda arcaica, y es un tesoro literario, como todas las leyendas y tradiciones de la Colonia. Esta sombría y natural leyenda colonial se le conoce como “La leyenda del maldito”. ¿Quién era? ¿De dónde llegó? ¿Cuál era su edad? ¡Nadie lo supo! Apareció por vez primera en el primer tercio del siglo XVII.
Corría el año de 1629 cuando un mediodía de agosto el herrero Juan Cedeño y su ayudante trabajaban en su herrería de la antigua calle de la Canoa, hoy segunda de Donceles; cuando don Juan que se encontraba trabajando, percibió una sombra junto al yunque, y a la vez su ayudante tuvo un mal presentimiento de que algo malo iba a suceder en la herrería. Quisieron olvidar lo sucedido y continuaron trabajando; y entonces al descargar el golpe, este es amortiguado por algo, algo blando que no lo deja golpear el hierro, y ante los ojos de los herreros un extraño ser se hace visible en el momento. Caen hierro y marro de las manos de los dos hombres, y con los ojos desorbitados miran la sangre sobre el yunque; de pronto aquella visión que estaba ahí, apenas unos segundos antes, se desvanece para volver a parecer en la puerta, y se escucha otro grito espantoso, escalofriante, que retumba en todos los ámbitos de la herrería. El siniestro y fantasmal sujeto llega a la calle pero allí mismo se vuelven nada, sólo su grito crispante resuena en la calleja.
Entonces el herrero manda en el acto a su ayudante a buscar al cura. Acude con presteza el religioso de Santo Domingo, a quien le relatan lo ocurrido; este llegó a la conclusión de que se trataba de un alma en pena que había salido del purgatorio, y para prevenir cualquier altercado futuro, echó agua bendita por todos los rincones, en la fragua y en el yunque (en el cual la sangre se desapareció). Momentos después, no muy seguros de que aquella aparición no volviera, despiden al cura de Santo Domingo; este llegó presuroso al convento de su orden, en donde se puso examinar viejos infolios, buscando explicación a la aparición aquella. Al no encontrar nada, se fue a postrar ante Jesucristo, pidiéndole lo minada su cerebro.
Esa misma tarde, el virrey es despertado por los gritos de una de sus sirvientas, quien le avisa de un caballero enviado por el rey, quién deseaba verlo con urgencia. La sirvienta invita a pasar al personaje aquel, cuya estampa lujosa hacía pensar en un caballero de importancia, pero no bien ha atravesado la puerta, se transforma en un grotesco personaje que hace lanzar una exclamación de horror al virrey. Por toda pregunta que si el virrey, sólo obtenía un impresionante mirada fija y silencio; después se dibujó en los labios tumefactos del espectro una sonrisa satánica, mientras decía, que sólo venía a prevenirlo, pues dentro de veinticuatro horas estaría sumergido en la desesperación, su llanto sería tan copioso como el agua que cubriría a esta capital de la Nueva España, el junto con sus súbditos se volverían locos. El virrey salió de su alcoba y mandó llamar a los guardias, para que sacaran al ente endemoniado, pero los soldados y el sirviente buscan por todos los rincones de sin encontrar a nadie. En esos mismos momentos, la sirvienta daba salida al elegante personaje de negro, quien le dio una propina, pero al caer en la palma de la mano de la mujer, la moneda se hace lumbre y humo; en el ambiente queda flotando un olor pestífero, olor de infierno. En esos momentos, los dos soldados y el sirviente palaciego, llegan ante la azafata para que describiera al caballero que había entrado con el virrey, y ella con el rostro desencajado repuso convencida, que todos le conocían y sabían quién era: ¡el Demonio!
Al día siguiente por la tarde, cuando el virrey se dispone a dormir su siesta, se veía por las ventanas que una tormenta estaba por avecinarse. Entonces cruzan los cielos rayos espantosos y se desata la tormenta y pronto se llenan las acequias, el agua escurre por los empedrados y azoteas en verdaderos torrentes; para las cinco de la tarde, las calles eran ríos que arrastraban muebles, utensilios y cuanto podía flotar en el agua, pronto comenzaron las escenas trágicas: las gentes comenzaron a ser arrastradas por las aguas, en vano trataron de sobrevivir. La corriente más poderosa y funesta fue la de la Villa, que arrastró hasta la capital con toda clase de animales ahogados; muchos rayos cayeron desgajando árboles en el centro de la ciudad aumentando el pánico entre los habitantes; y con el fin de pedir a Dios que calmase su ira, varias congregaciones religiosas sacaron al santo patrono de su orden en reverente procesión. Del convento de las monjas Carmelitas salió también una implorante procesión, más cuando transitaban por el callejón de Corpus Christi, recibieron el impacto de las aguas que habían aumentado en ese sector; las monjas, no por religiosas, se salvaron de ser arrastradas por las aguas y sus cuerpos, visibles por el hábito blanco, quedaron atorados en atarjeas y en sitios arbolados. Los muertos dentro de sus ataúdes fueron sacados del cementerio por las aguas.
Y sobre todo ese horror, sobre toda esa tragedia, se levantó la siniestra figura horrible, la figura espectral que vieran antes los artesanos y el virrey; algunos hombres que estaban trepados en un árbol tuvieron el infortunio de ver al ente, y llenos de miedo se alejaron del lugar, luchando además con la fuerte corriente del agua que todo lo cubría. La visión del tétrico personaje, en muchos lugares de la capital de la Nueva España, y la versión que criados del virrey dieron, dio motivo a que el vulgo lo designara desde entonces, con el nombre de “El Maldito”.
Muchos creían que este ser, había traído la desgracia por un desaire que le hizo el virrey; ni había habido tal desaire, ni mucho menos, pero lo cierto es que llovió torrencialmente durante tres días sus noches. Y tal y como se lo dijera aquel personaje, su llanto fue como la lluvia, inacabable.
Días más tarde, el virrey hacía un recorrido triste por la ciudad que era un cementerio. El Maldito no volvió aparecerse por mucho tiempo; pero se le vuelve a mencionar, en los días primeros de la tremenda sequía que azotó a la Nueva España.
Al calor se sumó la falta de agua, y comenzaron aparecer brotes de viruela negra, la peste hizo víctimas lo mismo entre los humildes que entre la gente acomodada, por el rumbo del puente de  la Tlaxpana había un manantial que fue necesario vigilar para evitar abusos y disturbios, y fue por ese tiempo cuando vuelve a hacer su aparición en esta capital de la Nueva España aquel espectro, el cual pedía agua a las personas que acudían a llenar su cántaro. Todos se alejaban espantados ante la presencia de aquel ser horripilante, sólo una mujer pareció compadecerse de él, entonces llevó el cantará sus labios pero ocurrió algo extraño, el líquido no llegó a su boca y al mismo tiempo ocurrió otra cosa increíble: ¡el manantial se había secado!
Efectivamente, el manantial que surtía de agua a la que fuera famosa fuente de la Tlaxpana, no manó ya nunca agua. Momentos después en otra herrería, la de don Félix Orvieto, ubicada en la calle del Portillo, el espectro volvió a hacer su aparición, y cuando el herrero menos se dio cuenta, el Maldito estaba cerca de la puerta y lanzaba su escalofriante grito de dolor. Su eco resonaba en todos los ámbitos de la calle; luego su figura se esfumaba, igual que en su primera aparición.
Poco a poco se extendía la peste en toda la ciudad, las gentes se retorcían por las calles y después morían. ¡Era el terrible Matlazahuatl! (viruela negra). Al tercer día de estallada la viruela, había muerto una tercera parte de la población. Se sacaba en carretas a todos los apestados, para sepultarlos en grandes zanjas al noroeste de la ciudad, y allí, sobre la carreta de apestados, apareció la figura horrible de el Maldito; tal parecía que gozaba con aquello, porque invariablemente lanzaba al aire enrarecido su hiriente carcajada.
Muchas fueron las veces en que el siniestro personaje que nos ocupa, apareció entonces, y los que no morían de la peste, morían del terror al verlo. Y las pocas gentes que no habían caído víctimas de la peste trataban de huir, aunque tuvieran que abandonar a los suyos que ya estaban enfermos. La noticia del ser maldito que presagiaba desastres, pestes, muertes y sequía, corrió por toda la ciudad; y esto dio margen a muchos actos de crueldad, ya que jorobados, deformes, cojos y feos, fueron muertos creyéndoles malditos. Esta conseja del Maldito yo también lugar a otros actos injustos,  pues se sabe que fueron varios los hombres pordioseros, con defectos físicos, condenados a la hoguera.
Lo cierto es que las versiones orales dicen que el Maldito volvió aparecerse muchas veces. Los hombres se hallaban cobardes y temerosos, a las mujeres les temblaban las carnes, no podían dar un solo paso, o se desmayaban. México vivió aterrorizado por largos años con la aparición del Maldito, al que se le conectó con epidemias, catástrofes, crímenes pasionales, venganzas, etcétera.
Esta leyenda tiene orígenes antiquísimos. Existía ya cuando los conquistadores entraron a la gran Tenochtitlán de Moctezuma, pues fray Bernardino de Sahagún la cita en su libro Historia General de las cosas de Nueva España. Escribía que los aztecas lo relacionaban con actos de mala suerte, destrucción y muerte; y que anunció la llegada de los españoles y la destrucción del reino indígena. Hasta los últimos años del siglo XVII, anduvo el Maldito por calles y campos de México, después desapareció para siempre.
Algunos dicen que el siniestro espectro se apareció el día del temblor de 1957, que tanto daño hizo la Ciudad de México. ¿Volverá a aparecer uno de estos días de catástrofes y maldad? ¡Quién lo sabe!

domingo, 30 de junio de 2013

El desagüe en el valle de México

La cuenca de México carecía de desagües naturales, por lo que muchos intentos se hicieron a los largo de los siglos para abrirla y darle una salida artificial a sus aguas; lo curioso es que se hicieron obras de este tipo, y otras más para traer agua potable desde sitios cada vez más lejanos o su extracción del subsuelo del propio valle a un altísimo costo económico y ecológico.
Los indígenas aprendieron a convivir con el agua, construyendo diques -  calzadas, compuertas y viaductos, los que les permitió tener algo de control sobre las aguas para aprovechar sus múltiples recursos, mediante las chinampas, la pesca, la caza y la recolección de plantas; así también, era un medio de comunicación y transporte muy eficiente en tiempo y costo.
Al llegar los españoles, introdujeron técnicas de agricultura y ganadería, que comparadas con los indígenas, causaban un enorme impacto en los suelos y cuerpos de agua. Los españoles y sus descendientes criollos y mestizos, veían a los lagos como un enemigo feroz a vencer. A las aguas del lago de Texcoco se les consideraban “aguas muertas”, debido a que carecían de movimiento, algo que podía ser peligroso para la salud, pero aun así fue levantada la capital novohispana sobre las ruinas de Tenochtitlán, en medio del lago, con lo que se comenzó con el problema de las inundaciones y los esfuerzos para  desecar el valle.
Muchas veces se llegaron a aplicar las obras indígenas, utilizando diques y el excedente de agua en canales de navegación e irrigación; hubo también muchas propuestas para combinar la canalización y la contención con el desagüe directo del valle, para lograr un balance que no amenazara a la ciudad. Por desgracia, la idea que siempre predominó fue la de utilizar el desagüe para desecar los lagos.  Uno de los proyectos más importantes que se llevaron a cabo durante la Colonia, fue el de Enrico Martínez, quien dirigió entre 1607 y 1608 las obras para abrir un socavón en Nochistongo, primer desagüe artificial que desviaba las aguas del río Cuautitlán hacia el cauce del río Tula; con el tiempo este proyecto pasó a ser considerado el más importante del mundo preindustrial. No todo fue miel sobre hojuelas, pues dicha obra de ingeniería se vio afectada por varios factores, desde los defectos de construcción, hasta rencillas políticas y decisiones improvisadas. En la década de 1620, el socavón fue clausurado por órdenes del virrey, para investigar qué cantidad de agua era vertida sobre la ciudad; sin tener una solución al problema de las inundaciones, la capital estuvo a punto desaparecer en el año de 1629.
Después de mucho discutir si se trasladaba la ciudad a otra parte, finalmente se decidió dejarla en su sitio y reanudar las obras en e l desagüe de Nochistongo, que continuaría hasta la segunda mitad del siguiente siglo.
La lucha constante contra la naturaleza continuó hasta la época de la independencia. Durante todo el siglo XIX prosiguieron infinidad de debates sobre que hacer con los lagos; mientras que unos decían que era necesario aprovechar la abundancia del vital líquido para el transporte, la canalización y la irrigación, otros se iban por el lado de desecar el valle a como diera lugar. Muchos proyectos fueron presentados, hasta que el de Francisco Garay fue premiado por el gobierno en 1857, ya que combinaba ambas opciones, pero no pudo llevarse a cabo por las condiciones del país. Para que se den una idea del proyecto, Garay propuso construir un canal de 50 km que saliera de San Lázaro, al este de la ciudad, para atravesar los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango y canalizar sus aguas y de los ríos que atravesara su paso; un túnel de 9 km situado al final del canal, conduciría las aguas hacia el río Tequixquiac. También se abrirían tres canales más para desaguar los lagos de Chalco y Xochimilco.
Llegamos ahora a la época del Porfiriato, cuando el país estuvo en condiciones económicas y políticas, para llevar a acabo grandes proyectos de desagüe. Muchos historiadores reconocer la importancia que Porfirio Díaz dio al desagüe del valle, al colocarlo como una prioridad del gobierno. La obra que se llevó a cabo se basó en el proyecto de Francisco Garay, pero un poco más reducido, ya que fue eliminada la parte de ampliar la canalización para la irrigación y la navegación. Entonces fue construido el Gran Canal que, como gustaban decir los burócratas porfiristas, les permitía “gobernar” las aguas del valle.  Entre 1886 y 1900 se llevaron a cabo las obras de un canal de más de 47 km, y en Tequixquiac, un túnel de 10 km, acompañado por un conjunto de presas, puentes y viaductos. Con el proyecto de desagüe, también se ejecutó un plan de saneamiento, que consistía en la construcción de una red de alcantarillado, cuyas aguas residuales se arrojarían al Gran Canal. Se adoptó un sistema combinado, en el cuál las aguas pluviales, residenciales e industriales eran arrojadas en un solo conducto.
A pesar de la importancia y magnitud de las obras porfirianas, no se pudo dar por hecho que el problema de las inundaciones estuviera resuelto, pues a mediados de la década de 1920 la ciudad de México volvió a quedar bajo el agua, la igual que a medidos de la década de los cincuenta. La urbe ahora se estaba hundiendo por la extracción de agua del subsuelo, mediante la excavación de pozos; y como era de esperarse, el Gran Canal fue perdiendo su declive, por lo que fue necesario bombear las aguas para hacerlas correr por su cauce. En la actualidad existen estaciones de bombeo que realizan esta labor tan importante, sin la cual la ciudad  no podría desalojar sus aguas residuales y estaría en riesgo de volverse a inundar.

Ante el colapso del desagüe porfiriano, este fue reforzado con otra obra de ingeniería puesta en funcionamiento en el año de 1975: el drenaje profundo. Fue concedido como una última solución para las inundaciones, el cuál toma el modelo de los desagües coloniales combinado con la tecnología moderna. Consiste en una red de túneles de cientos de kilómetros, instalados a un profundidad entre 22 y 217 m, para desaguar en lecho que no se hunda. Entra funcionamiento durante la época de lluvias, para desalojar las grandes cantidades de agua; sin embargo, algunas investigaciones han revelado que estas obras se están viendo afectadas por los hundimientos.