domingo, 26 de abril de 2015

La niña del cántaro/ El cráneo que grita

La niña del cántaro
Durante el reinado de Luis XI en Francia, la población entera sentía un miedo espantoso a la Santa Inquisición, situación por la cual debían de cuidar muy bien cada uno de sus actos y las palabras que salían de sus bocas.
En un bonito pueblo francés vivió una joven a quien todos apodaban “la niña del cántaro”, porque siempre se le veía con un cántaro lleno de agua fresca, y en las horas más calurosas del día ofrecía a los leñadores y campesinos, a cambio de lo que ellos desearán darle. Era huérfana de padre y su madre estaba muy enferma como para trabajar; por lo que ella tuvo que hacerse cargo de alimentar a su madre y a sus hermanos pequeños.
Al atardecer, diariamente regresaba a su casa con un poco de leña, granos, frutas y hortalizas, que se ganaba con su trabajo. Con la leña prendió el fuego y con los vegetales preparaba una comida deliciosa. Frecuentemente su madre asombrada siempre le decía, que resultaba increíble, que con vegetales tan sencillos pudiera preparar algo tan exquisito.
Sus hermanos también le halagaban mucho el gran talento culinario que poseía; y cuando le preguntaban cuál era su secreto, ella solo les decía que una buena cocinera no debía revelar sus secretos. Pero nada se le comparaba en lo delicioso como su agua, que no sólo saciaba la hacer sino que dejaba una sensación de profundo bienestar. La famosa niña del cántaro no era agraciada físicamente ni tenía ninguna gracia aparente, era más bien una chica del montón, pero después de que sus clientes probaban su agua, crean ver en ella a la más hermosa y graciosa joven del mundo.
Su fama se fue extendiendo, y como nunca falta la gente envidiosa llena de malicia, no tardaron en denunciarla ante la Santa Inquisición. Una tarde, mientras la muchacha preparaba su deliciosa comida, llegaron tres hombres a detenerla. La pobre niña se quedó asombrada de ver en los rostros aquellos hombres una maldad tan grande, que lo único que pude hacer fue sentir pena por ellos. Aquellos malvados corazones deben estar muy tristes, pensó ella y quiso ablandarlos con un poco de agua, pero a los policías se les había advertido que aquella agua estaba embrujada, por lo que se negaron a beberla y se la llevaron violentamente.
Las retorcidas mentes de los inquisidores decidieron que  la tortura ideal para la niña, sería la del agua; así que procedieron a atarla a una mesa para que quedara totalmente inmovilizada. El verdugo le metió un trapo en la boca hasta que le quedó la garganta, después le fue echando agua lentamente, produciéndole una terrible sensación de ahogamiento. Cuando el verdugo notaba que la muchacha no resistiría más, le sacaba el trapo de la boca y la dejaba descansar unos momentos; la pobre niña tosía y jalaba aire desesperadamente, con la boca bien abierta. Después aquel perverso hombre volvía a meterle el trapo y continuaba torturándola.
Cuando eran las dos de la mañana, el verdugo comenzó a sentir sueño y fue reemplazado por otro; pero éste decidió hacerle unos cambios al suplicio: le quitó el trapo y le echo en la boca varios litros de agua presión. La pobre niña del cántaro murió ahogada.
Cuenta la leyenda que en el sitio donde fueron enterrados sus restos mortales, surgió de pronto un arroyo y las personas que beben de sus aguas sienten una agradable sensación de bienestar.

El cráneo que grita
Durante el año en gracia de 1600, las hermanas Griffith de Burton, Agnes Hall en Humberside Inglaterra, se vieron envueltas en una terrible tragedia: la más chica de las tres, Anne fue herida gravemente por un salteador de caminos.
En su lecho de muerte les hizo prometer a sus hermanas que le cortarían la cabeza y la colocarían en una mesa en el salón de la casa. Aceptaron la última voluntad de la joven, pero fue sepultada sin cumplir su escalofriante deseo. Al poco tiempo comenzaron a escucharse extraños quejidos, que provocaron que los sirvientes salieran huyendo de la residencia. Cuando las hermanas hubieron desenterrado el cuerpo de Anne y llevaron el cráneo a la casa, los quejidos dejaron de escucharse.
Tiempo después, una mujer arrojó por descuido el cráneo una carreta, los caballos se encabritaron y la casa tembló hasta que el cráneo fue devuelto a su lugar. Hubo muchos intentos por deshacerse de él, pero todos resultaron inútiles y acababan mal. Finalmente el cuarto donde estaba el cráneo fue tapiado con un muro, donde permanece hasta nuestros días.

jueves, 23 de abril de 2015

Criptas de Arzobispos

Acompáñame a este recorrido por las Criptas de Arzobispos de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, en donde podrás conocer toda su historia y algunos datos curiosos que despertarán tu interés. Si al final de te quedaste picado, te invito a que visites mi otro video de la Primitiva Catedral y las publicaciones de mi blog en donde podrás conocer otros sitios de Catedral.


domingo, 19 de abril de 2015

El Señor del Buen Despacho

Esta leyenda causó revuelo en la capital de la Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia, asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño, acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan, anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas, se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña. Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado, hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos. Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al bulto hasta quedar exhausto;  llegó la media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un  Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.

domingo, 12 de abril de 2015

La Calle de la Joya (Hoy 5 de febrero)

La florida leyenda colonial que nos habla de una maldita joya ensangrentada, clavada sobre una recia puerta, dio nombre a la que hoy es calle 5 de febrero, desde finales del siglo XVIII la gente la conoció como: la Calle de la Joya. Durante años aquella joya estuvo expuesta sin que nadie osara robarla, pero un día un sujeto quiso quitarla de su sitio y entonces se le apareció el demonio.
¿Qué poderoso maleficio pesaba sobre aquella joya ensangrentada? Algunos historiadores y gentes ancianas, dicen haber visto todavía el agujero que hizo el puñal sobre la madera, pero muy pocos fueron testigos de los momentos en que el Cabildo ordenó abrir las puertas de aquella casa, para ver lo que en su interior había.
Empieza nuestra historia allá por las calles de Mesones, donde felices de su amor un nido habían formado, don Gaspar y doña Violante, compañera fiel y de limpio corazón; mas era tanta la belleza de la esposa, que Gaspar la tenía rodeada de espinas, altos muros y de rosas, para protegerla de las miradas de los hombres. La inmaculada mujer veía así pasar las horas, presa entre flores y el canto de su aves.
Don Gaspar, de las intrigas de la corte ajeno, sabía que su tesoro estaba allá escondido, y que de salones palaciegos, mejor era el tibio perfume de su nido. Toda la gente de la colonia sabía que aquel hombre tenía a su mujer encerrada por temor a la infidelidad. Cuanto más demoraba don Gaspar en la calle, más tardaba en regresar al lado de su esposa amada. En tanto la azafata de Violante, una negra atrevida llamada Maravatía, y tan prieta como tunante, aprovechando la ausencia del patrón, la mujer la tentó como el diablo lo hizo con Lucía, para que saliera a la calle y la acompañara a la casa de la gitana. Vacila la dama, pero finalmente acepta y sube al lujoso carruaje, tirado por finos caballos de negro pelaje, y en ese carro Violante y la negra fueron en aquella ocasión a preguntarle a la adivina las cosas del corazón; la bella mujer se detiene ante la puerta, asustada del talante de una gitana tuerta, quien le hace la predicción de que en poco tiempo vendrá un caballero que prendado de su belleza perderá a tal punto la cabeza, y acabará matándola. Espantada por aquellas palabras de la vieja, Violante la negra corren prestas a la calle.
Pocos meses han pasado desde aquel vaticinio de la bruja, y la mujer con labores de la aguja, pasa el tiempo con su esposo amado; olvidada estalla la gitana, lejos muy lejos sus temores, cuando se escuchan redobles de tambores, cuyo eco traspasa la ventana. Al escuchar tal cosa, ambos corrieron asomarse a la ventana; llegaba el capitán Diego Fajardo, doncel de noble cuna poseedor de gran fortuna y de un porte muy gallardo, y quiso el destino ¡oh desdichada! Que el mancebo mirara la hermosura de Violante allí asomada. Montado en su yegua Jerezana, cuenta la leyenda que desde aquel instante no pudo arrancar su corazón de la ventana; entonces detuvo el paso, la miró extasiado y fuese volviendo el rostro a cada instante, mientras que Gaspar confuso y agitado quería desbaratar aquel semblante; desde ese instante el capitán Fajardo sentía encajado como dardo, la sublime belleza de Violante. Y a su gente plática de aquella que le absorbido la mente, y poco le importó saber que la mujer era casada, estaba dispuesto a conseguir su amor al que tuviera que pagar con su propia vida.
Desde entonces, las sombras protectoras rondando aquella calle le envolvían y unas tras otras, siempre las auroras en el mismo lugar le sorprendían, buscando de Violante los favores siempre se topaba con el muro cubierto de cardos y de flores. Al fin desesperado un día decidió atentar a la infiel Maravatía dándole una buena cantidad de oro para que le entregara una esquela. La astuta negra metió bajo la puerta aquella esquela llena de ternura, más para la honesta y fiel bella Violante, era más que letra muerta aquella petición de una aventura. No obstante así, el galán no se cansaba de rondar la casa de la bella, y a veces pensaba que sería más fácil para el echar mano a una estrella, hasta que una noche la azafata impía, al galán se acerca cautelosa para ofrecerle la llave de la puerta a cambio de una muy buena cantidad de oro. Tres noches más tarde la maldita condujo al enamorado galán hasta los aposentos; de súbito la dama se estremece, cuando se abre la puerta y a sus ojos, el capitán Fajardo se aparece, y va a apostarse ante sus pies para pedirle calme esta pasión que inflama su pecho, pero ante aquel caballero suplicante, la honesta de Violante con encaje el llanto enjuga y le ordena salir de su aposento. Todito el capitán corrido salió de la casa de la dama.
Más no faltó ni infame, quien a don Gaspar dijera que su esposa le era infiel con don Fajardo, y dos días después hizo sus planes, inventando que salía aquella noche y fingiendo alejarse en raudo coche. Brillaba el pomo de su espada cuando Fajardo entró en pos del amor de la casada, pero obtuvo una vez más la misma respuesta de rechazo. Ya que no le podía pagar a la dama a un pecado, entonces sería por su honestidad: un brazalete de oro cincelado que vierte vivos resplandores, en el que con diamantes se ha formado el escudo condal de sus mayores.
En tanto Gaspar entre la negra sombra, mira salir al hombre de su casa, y cuando junto a él airado pasa le reconoce y hasta nombra en voz alta. Como león que su melena agita, lanzó un rugido y a su mansión se precipita; trémulo, vacilante, loco, ciego, siente del odio el espantoso fuego, al descubrir la joya de Fajardo en las manos de aquel ángel silencioso. Está celoso, entonces descubre aquella daga con que Violante estaba dispuesta a defender su nombre, ni la inquiere ni  la insulta; pero en tremenda cólera desechó 100 veces el puñal sobre el honrado pecho de su esposa. Aunque la mujer lo mira con ternura, más el odio en su corazón se inflama; y la sangre en ardorosa llama, tiñe de rojo la blancura. Muerta ya, así sin clemencia, la pálida Violante parece pregonar más su inocencia; entonces su marido recoge con crispada mano aquella joya que dejó el villano, y la ve llena de sangre, tibia, ardiente de la esposa que así cobró una infamia según el punto, solamente alcanza a pensar a devolver la joya, y consumar en sangre la venganza.
Recorre la ciudad con talante fiero, descubre al fin la casa del artero en lo que hoy es 5 de febrero, sus ojos encendidos de fuego, son ojos de un ente poseído por el diablo; su pecho se agita en 1000 espasmos y la sangre se agolpan sus venas. Ante la puerta de la casa aquella, siente que flaquea, que va a caer y que su corazón estalla, entonces toma la joya ensangrentada y clavel filoso puñal; la gruesa puerta de madera cruje y las piedras preciosas a la luz de la luna, iluminan el rostro del hombre cruel. Echa mano al pomo de su espada, pues a cobrar con sangre va lo que supone una afrenta, pero quiere el cielo que el celoso Gaspar que de allí muerto, es víctima de un ataque y no termina lo que su venganza sería.
Encuentran con gran desconcierto a don Gaspar muerto, ante la casa de Fajardo, y la joya ensangrentada pendiente del puñal en la puerta ya clavado; por temor y por respeto a los representantes de la leí aguardaron hasta que el capitán salió, y se da cuenta con pavura de la joya ensangrentada, adivinando de Violante su fin. El llanto enjuga y sus ojos se tornan fieros, y ordena la ronda ir a la casa de la bella mujer para que le informaran de todo lo que hubiera pasado. De los funerales de tan bella como casta dama, encargóse el audaz capitán, causante indirecto de tan triste drama, y ordenó que del portón de su casa nunca fuera arrancado el puñal, ni la joya manchada de sangre. Desde entonces el capitán Fajardo no abandonó su casa, embargada como el de honda tristeza, no comía, no dormía y se oía gemir dolientemente, la culpa no lo dejaba vivir; y dice la crónica y el cuento que después de llorar su desventura, fue a sepultarse un convento.
Lejos del mundo y sus mentidas galas, a Cristo Jesús tendió sus alas, mientras la gente que pasaba por su casa miraba con codicia la joya; más cuando alguien trató de robar la joya, como por arte de magia comenzaba de nuevo a llenarse de sangre, y a muchos les marchó el rostro; otros al tratar de tomar aquella alhaja, vieron que su sombra se perfilaba al diablo. Tiempo hacía que ni guardia había, y aquella casa por maldita se tenía, y es de creerse que algún maleficio hubo, pues muchos fueron los que tomar la joya creyeron, otros aseguraron que quedar presos parecieron cuando afianzaban aquella maldita joya, y no faltó quien dijese que la guardia que antes un soldado hizo, Lucifer ocupaba después. Hasta cronos frailes mandados por el Santo Oficio, desprendieron el puñal y la joya de la puerta de la casa de Fajardo, y la autoridad abrió la casa, encontrando en su interior joyas y dinero diseminados por doquier. Aquí termina este colonial cuento, y según el Provincial Montoya  que vivió con Fajardo en el convento, por esto se le dio el nombre de la Calle de la Joya, que hoy es 5 de febrero.   

domingo, 5 de abril de 2015

Los ojos del Nazareno

En la hermosa iglesia del convento de las pobres capuchinas se honraba y reverenciaba con adoración una imagen de Jesús Nazareno, que fue elaborada por diestras  manos guatemaltecas para la capilla privada del palacio de los condes de Santiago de Calimaya, y un señor de esta noble estirpe regaló la imagen a las monjas.
En una figura alta, delgada, descolorido rostro, lleno de las rojas llagas que le fueron abiertas a golpes y de las cuales le corrían hilillos de sangre  que le corrían ondulantes hasta el cuello y de ahí a todo el cuerpo; su mirada se hallaba caída con humildad, pero aún así, la fijeza de sus ojos de vidrio parecía muy real; su entretejida corona cuyas múltiples espinas le claveteaban la frente, hincábanse en torno de la cabeza, de la que colgaba revuelta cabellera humana, y de ella, mechones pegoteados de sangre y sudor, le llegaban hasta los hombros y otros le colgaban lacios de la frente lacerada y se mecían por delante de su rostro. Sus manos descarnadas llenas de heridas y uñas de marfil ya amarillo, a las que llegaba la sangre que descendía de los brazos; aquellas flacas manos se mantenían unidas con fuerte nudos de una cuerda; vestía una floja túnica morada, de donde se dejaba ver los pies desgarrados con anchas heridas, terribles.
Esta imagen llena de angustioso dolor, salía en la dramática procesión del Viernes Santo por las calles de la ciudad y la rodeaban personas, cuyas espaldas desnudas y iban mostrando la rojez de los azotes que se daban fuertemente, y que hacía saltar la sangre sobre la multitud que presenciaba silenciosa del desfile de cristos y dolorosas, seguido de sus enlutadas cofradías con cirios en las manos.
La cofradía que lo tenía designado como su santo patrono, le celebraba cada año un lucido novenario, y durante esos nueve días lo ponen en un lindo altar provisional en el presbiterio; se le reemplazaban sus tres lisas potencias de plata por unas magníficas de oro, y de sus rayos uno era de esmeraldas, otro de rubíes, otro de diamantes, alternando todas estas gemas para formar un conjunto resplandeciente, que tenía por base una gran amatista rodeada de perlas.
El altar lucía hermosas telas cocidas con hilos de oro por las pacientes monjas, y lo adornaban jarros con exquisitas flores, y altos candeleros dorados de plata mestiza se erguían con majestuosidad cuando eran colocadas sus numerosas velas escamadas por las mágicas manos de las madres capuchinas.
Una tarde, a horas de siesta, en que todo quedaba hundido en un gran silencio y la Iglesia permanecía cerrada; el sacristán, Domitilo Alderete se encontraba en el altar arreglando el pesado cortinaje de damasco carmesí, pues no estaba del todo convencido de cómo caían los pliegues. Este personaje había sido en años anteriores un hombre diestro y gracioso, pero en cierta ocasión al realizar algunos peligrosos equilibrios en una maroma que estaba a varios metros del suelo, se quebró algunos huesos y quedó mal de por vida; con este accidente ya no pudo hacer sus ejercicios acrobáticos, por lo que se dedicó a la pacífica profesión de sacristán de monjas, pero le quedó viva su agilidad y fuerza.
En aquella tarde cuando Domitilo andaba haciendo los arreglos de la cortina, escuchó cómo alguien hacía llave o ganzúa en la chapa en la fornida puerta de acceso al templo, después la puerta apenas se abrió, y acto seguido un hombre se deslizó prontamente en el interior y torno a cerrar con gran cuidado, quedando todo otra vez silencioso. El sacristán se ocultó detrás de las cortinas y vio que aquel sujeto andaba velozmente en puntillas para no hacer el menor ruido, se dirige entonces al altar del Nazareno para trepar en él con gran agilidad, y rápidamente arrancó a la imagen de la lacerada cabeza una de las refulgentes potencias, que en un abrir y cerrar de ojos guardó; ya está por quitarle las otras, pero Domitilo con suma delicadeza tomó una de las jarras, se enderezó con rapidez y por encima del hombro del Nazareno le asestó en la cabeza al sacrílego un tremendo porrazo, que lo sacó por completo de concentración.
El ladrón cayó rodando altar abajo, ya en el suelo abrió los ojos y se encontró con la alucinante mirada del ensangrentado Nazareno, una mirada húmeda como si hubiese llorado, y dio tan grandísimo grito que retumbó en todos los rincones del templo; el cuerpo le temblaba, hielo de mortal pavor se derramaba en sus venas y en su rostro había toda expresión de miedo y horror de que es capaz el semblante humano. Su rostro era de color de cera en los ojos alocados. El ladrón sacrílego se llamaba Teodosio Liñán, en quien desde niño perdido la vergüenza, entregándose a los vicios, y con la edad fue perfeccionándolos con el mayor empeño hasta llegar a ser un depravado sobresaliente de la peor calaña; cómo era un bellaco de lo peor, frecuentemente le faltaba el dinero, pues todo lo despilfarraba en los pecados del vicio y la lujuria.
Domitilo descendió rápidamente del altar, y con su agilidad de acróbata que conservaba intacta, levantó a Teodosio como si fuese una liviana viruta, salió con él a la calle y lo condujo al Palacio Virreinal, y ante todos los alcaldes de la Corte lo acusó de sacrílego. El ladrón no escuchaba ni atendía nada, sólo echaba por la boca cosas incoherentes, entonces lo enviaron a la Cárcel de Corte y allí no paraba de dar gritos de furioso y temblaba lleno de susto por las cosas extrañas que veía y que lo perseguían. Como se convencieron con evidencia de razón de que estaba sin seso, lo condujeron al hospital de San Hipólito, en el cual se albergaba a los pobres dementes con el juicio perdido. En dicho lugar, el ladrón se la pasaba sentado en un rincón, toco encogido; la quijada la tenía clavada en el pecho y con las manos se tapaba el rostro, pues no se le apartaba en ningún momento la penetrante fijeza de los ojos del Nazareno, que con empeño lo buscaban. Lleno de pavura, lanzaba tremendos alaridos de angustia con todo el cuerpo tembloroso, como si tuviera un recio frío; a todas horas se veía a aquel hombre lleno de pavor y espanto.
Entre sus frases sobresalía una que decía bien clara y la repetía con insistencia, tocándose la cabeza: "Aquí medió Él una bofetada", y volvía con sus gritos de desesperada angustia. El miedo lo hizo entrar en congoja continua, y no lo podía echar fuera de sí, era algo que no le cabía en el pecho.
Así pasaron los meses y muchos años, en los que Teodosio vivió sumido en los abismos del miedo, con aquel perpetuo terror y sin tener punto de paz, con la mirada del Nazareno delante de sí. Por fin la muerte le dio el sosiego deseado, pero hasta el último momento tuvo adelante la tétrica imagen de aquellos ojos inmóviles, inquietantes, que unas veces preguntaban imperiosamente y otras, lloraban llenos de ternura.