domingo, 27 de octubre de 2013

El callejón de la Muertería (Hoy Tabaqueros)

El callejón de la Muertería, después llamado de Tabaqueros, fue el escenario de esta leyenda macabra, que parece mover los personajes con los hilos escalofriantes de ultratumba. Se llamaba a este callejón también de los Muerteros, porque en sus accesorías vivían fabricantes de ataúdes. Con frecuencia llevaban a esas funerarias cadáveres para que les hicieran su féretro a la medida; y cuando entregaban la caja con el muerto, podían observarse escenas macabras  en las que llevaban el féretro en una carretilla y pasar por la calle se escuchaba como la cabeza del difunto rebotaba en el interior de sus caja, dando una escena que les ponía los pelos de punta a los transeúntes. A estos espectáculos macabros se sumaba este otro: algunas gentes solían llevar a sus muertos hasta el fabricante de ataúdes, envueltos en sábanas y amarrados a una silla para poderlo cargar.
Espiridión Sepúlveda, notorio muertero de la colonia, era la representación física de la muerte, y todo aquel que iba quedaba sin ánimos de responderle a lo que dijera, pues aquel hombre complementaba su esquelética figura con una voz cavernosa y profunda. Así, ante los ojos sin vida del cadáver, el carpintero se daba a la tarea de fabricar el ataúd; y una vez que los terminaba, el mismo se encargaba de entregar el cuerpo con su ataúd. Hasta aquí las cosas parecían más o menos normales, este tétrica negocio del callejón de la  Muertería o de los Muerteros.
Pero la figura de Espiridión estaba rodeada de misterio, nadie sabía de donde había  llegado a la  Nueva España, nadie sabía cuántos años tenía; todos le habían conocido así de viejo, y siempre seguido por un perro flaco que parecía estar siempre mojado. La gente aseguraba que desde 1560 en que se levantaron las primeras casas del callejón, ya él vivía en aquella casa estilo mudéjar. De todos los muerteros, Espiridión era el que más trabajo tenía. ¿Acaso sería por su parecido extraordinario con la muerte? Más extrañas aún resultaban sus costumbres, pues cierto día cierto caballero le pidió a que fuera a su casa a tomarle medidas a un familiar muerto, y solo con una buena cantidad de oro aceptó, pues él tenía la firme costumbre de que le llevaran los cuerpos a su lugar de trabajo y llevarlos en el ataúd a casa de la familia. Pero antes de terminar aquel trato, la siniestra y profunda voz del muertero volvía a sonar para pedirle como condición al caballero de que mandara a uno de sus criados para que ocupara la caja en el trayecto, pues de su taller nunca había salido una caja vacía. Era así como la rara costumbre de aquel más raro personaje, era observada, y aunque no era cadáver lo que en su interior viajaba, no dejaba de escucharse aquel traqueteo siniestro. Así la caja era llevada al domicilio, y el muertero firme a sus costumbres del oficio, metió el cadáver en la caja y lo acomodó con cuidado.        
Después de ese trabajo, Espiridión Sepúlveda fabricó una ataúd que no podía ser más a la medida ¡porque era para él! Y esa misma noche, el caballero don Luis de Salamanca que había perdido a su madre, fue en busca del muertero; bajan del carruaje don Luis y su hermana Rústica, con el fin de mandar hacer el ataúd. Los dos personajes se acercan al taller, de donde escapaban raudales de luz rojiza, al entrar grande fue su sorpresa cuando encontraron un ataúd con cirios que le rodeaban; intrigados los hermanos fueron en busca de alguien y en el acto aparecieron los colegas de Espiridión. Tocó entonces a cuatro de estos hombres formar el cortejo fúnebre que llevó el ataúd hasta el cementerio de San Andrés, y como siempre, volvió a resonar hueca e impresionante la madera que guardaba el cuerpo alargado del muertero. Los enterradores cumplieron su triste cometido, mientras un coro grave de carpinteros rezaba algunas oraciones. Durante aquella época no se tomaban las precauciones de ahora, pues los cadáveres eran enterrados casi a flor de tierra.
Y de pronto se dejó escuchar un escalofriante crujir de madera y de repente al alumbrar al perro de Sepúlveda, aquel hombre vio como una esquelética mano salía del ataúd; el vigilante queda mudo de terror al ver como aquella figura emerge de la tumba, y sin poder resistir más cae desmayado.
El resucitado y fantasmal Espiridión se alejó por entre las tumbas a grandes zancadas, le seguía su perro, flaco y de pelaje hirsuto, que parecía eternamente mojado. ¡Par escalofriante que causaba miedo a cualquiera! Pasados algunos momentos, el vigilante se incorpora, pero ya no era el mismo, sus ojos extraviados parecía  no ver y su cerebro no entender en donde estaba. Se puso de pie y dando tropiezos por sobre las tumbas y cruces, buscó la salida de aquel recinto lúgubre. Instintivamente buscó el camino a su casucha, ante cuya puerta se detuvo para gesticular que había visto a la muerte; atraída por los gritos de su esposo, sale la mujer a averiguar, y Mateo el vigilante del cementerio, quedó ahí muerto de miedo a los pies de su esposa.
Al día siguiente, Espiridión estaba como de costumbre trabajando en su oficio de muertero, y dos mujeres que lo vieron salieron espantadas de ahí diciendo que era un fantasma; atraídos por los gritos salieron los carpinteros incrédulos de lo que decían, y presas de la curiosidad prefirieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. El taller estaba abierto y escuchan el golpear del mazo sobre la madera, y al llegar advirtieron mudos de terror, que en efecto, allí estaba el muertero entregado a su labor, y si antes de “morir” era un hombre de pocas palabras, ahora parecía mudo. No habló, a sus colegas una sola palabra, se concretó a mirarles. Después, como si no hubiese visto a nadie, volvió a entregarse a su trabajo y los muerteros volvieron a sus negocios temblando de miedo.
Horas después llegaron dos caballeros que querían mandar hacer un ataúd para un amigo muerto en duelo, acto seguido Espiridión les mostró una caja recién terminada, y el muertero a toda pregunta que le hicieron solo movía la cabeza en sentido negativo y extendió la mano huesuda y sarmentosa para recibir la paga.
El regreso de Espiridión y su actitud extraña, provocó la consiguiente curiosidad y miedo de sus colegas y vecinos.  Así, entre hipótesis y asombro de los habitantes del callejón de la Muertería, se llegó el domingo;  las gentes salían de oír misa en el cercano templo, entre ellas iba don Gaspar de Oriandi, conocido prestamista, y un amigo que le acompañaba. Los dos caballeros con el fin de evitar un encuentro repulsivo con Espiridión, desvían  su camino, pero éste les acorta el paso. Silencioso, con un atrevimiento que propició la sorpresa, el muertero saca su cordón de medir y lo extiende de arriba abajo del amigo de don Gaspar. Aquella actitud extraña pensaron que se trataba solamente de una desagradable broma, más no fue así, pues esa misma noche, víctima de un “dolor de costado”, estaba muerto don Hernán en su casa en las calles de Balvanera.
Y fue el mismo don Gaspar, y la viuda quienes llegaron al taller de Espiridión a encargar el ataúd. Silencioso, como si fuese mudo, les señaló un ataúd terminado y para las preguntas no hubo respuestas, el muertero solo extendió su huesuda mano para recibir la paga ¡y nada más! Noches después Espiridión se encontraba frente a la casa de don Antonio de Aguilar, pues tenía un ataúd sobre su carretón, y no pasó mucho tiempo para que se dejaran escuchar en el interior de la casa, ayes y llantos de familiares y sirvientes.
En ese rostro agudo, anguloso y mortal, de quien ya vaticinaba muertes aparece una sonrisa de satisfacción; pasan los meses y su fama de ave de mal agüero, de cómplice de la muerte, crece. Por ese tiempo se habían instalado en el callejón de la Muertería algunas mujeres torcedoras de tabaco, que fueron quienes más festejaron, que fueron quienes más festejaron “el sentido mortal” de Espiridión.  Silencioso, espantable, sin parpadear siquiera el muertero se acerca a las mujeres con su cordón de medir, y presa del terror, una de las tabaqueras echa a correr tratando de huir de aquel hombre, pero pierde el paso y su cabeza choca contra las aristas de los escalones que daban acceso al canal y queda ahí.
Ante sucesos tan increíbles como inexplicables, tres caballeros van en busca de consejo con el padre Ramón, quien les dice que deben de ir a inspeccionar la tumba donde fue enterrado el muertero. Se dedican a investigar, preguntar y repreguntar, y tienen el testimonio de la esposa del vigilante que murió  de miedo. El padre Ramón, del templo de Jesús, fue entonces al ver al  muertero para preguntarle cómo había clavado su propio ataúd, y por primera vez desde que regresara de ultratumba, aquel siniestro personaje le responde que igual como clavará la suya. Acto seguido lo empuja a una caja y la clava. Momentos antes de amanecer, el barrio de la muertería, volvió a escuchar aquel macabro rebotar del cadáver sobre el empedrado de la calle. Era Espiridión que llevaba el cadáver del cura Ramón a entregarlo a su anciana hermana Hilaria ¿cómo había muerto el cura?  Nadie se preocupó por averiguarlo. Todos creían a pies juntillas que el muertero adivinaba, presentía quien iba a morir y nada más.
Todos le evitaban por temor a ser “medidos”, pero él siempre tenía el ataúd adecuado a quien moría; y así su casa y su taller fueron centro de atracción, temor y de consejas. Y un buen día desapareció Espiridión ¿Qué fue de él? Nadie logró saberlo. Simplemente se esfumó.
Y junto con el desapareció su siniestro perro, y su no menos tétrico carricoche. Años después se instalaron en ese callejón de la Muertería los tabaqueros, y luego árabes y judíos fabricantes de babuchas.
Pasados los años la casa estilo mudéjar de Espiridión se hizo más notoria, pues en ella habitó una nieta del cura Hidalgo, llamada doña Guadalupe. El callejón ya se llamaba por entonces de Tabaqueros, y la casa del macabro personaje estaba marcada con el número diez. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Los cementerios: el sitio del sueño eterno



Durante los días de muertos, siempre leemos u oímos hablar sobre las tradicionales ofrendas, sus elementos y significado, sobre todo de la prehispánica, pero ¿y los panteones dónde quedan? Acompáñame a conocer más sobre este tema.
Durante la época de la colonia fue por mucho tiempo costumbre sepultar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias; algunas instituciones más tenían un lugar especial para los entierros, como los hospitales, así podemos ver que un lugar especial para el descanso eterno del cuerpo no existía.
En 1779 hubo una terrible epidemia de viruela y para atender a tantos enfermos se recurrió a la ayuda de los particulares: se dividió la cuidad en dos zonas y para atender a cada una se nombró una comisión, una de esta zonas abarcaba desde la esquina del callejón del Ave María a la Plazuela del Rastro y de allí a la Guarda de San Antonio Abad , donde sirviendo de zanja y yendo hacia el Poniente, hasta la calle de Necatitlán y por esta misma acera hacia el Norte, hasta la Pila de la esquina del Ave María; esta zona estuvo a cargo de Don José de las Torres, Don Pedro Camdereche, Don Francisco de la Cotera y Don Juan Manuel González de Cossío, y según los datos que registran los cronistas, en la semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre, hubo el movimiento siguiente:

Enfermos socorridos -------------------  403
Muertos --------------------------61
Convalecientes ------------------ 280
Existentes ------------------------ 62
SUMA -----------------------------403

Debido a esta epidemia, el señor Arzobispo Haro y Peralta improvisó  un hospital en el edificio de San Andrés, y como el campo que tenía era muy pequeño para enterrar, se decidió hacer un cementerio en un lugar cercano a la iglesia de Santa María la Redonda, llamado Santa Paula; fue bendecido por el mismo señor Arzobispo y lo entregó al hospital para su servicio.
En la víspera de la ceremonia de la bendición de los cementerios, se acostumbraba colocar   cruces de madera, siendo la mayor la del centro, y en cada una eran colocadas tres velas; durante la ceremonia el obispo se arrodillaba frente a la cruz principal, rezaba las letanías de los santos, esparce agua bendita en el cementerio y recita los salmos penitenciales, que consistía en elevar delante de la cruz oraciones que manifestaran la esperanza de la remisión de los pecados y de la resurrección de los muertos  y concluía con la bendición episcopal. Cuando el obispo delegaba sus facultades en algún presbítero, este hacía la bendición  pero con una ceremonia  menos solemne. Así, Santa Paula fue el primer lugar que existió en aquella época, destinado  para enterrar a los muertos.
Durante aquellos tiempo los testadores se preocupaban mucho de sus funerales y de su alma, esto podemos apreciar en los testamentos, por ejemplo en el de Juana de Sosa, esposa de Don Luis de Castilla, hombre prominente de la época cercana a la Conquista, en 1557 manda los siguiente: “Que le digan misa cantada de réquiem y que la entierren en la capilla que contiene el monasterio de Santo Domingo, que la acompañen  en el entierro cuatro curas de la Santa Iglesia. Ordena que se le digan cien misas en Santo Domingo, cincuenta en San Francisco, cincuenta en San Agustín y cien por las almas de sus deudos difuntos, en las iglesias que elijan sus albaceas”.
Los entierros eran hechos con mucha solemnidad; al morir una persona doblaban las campanas, dando tres toques para los hombres y dos para las mujeres, cinco por los sacerdotes y por los religiosos y más por los papas, cardenales, entre otras autoridades más.
El párroco iba a la casa del difunto acompañado de otras personas, con la cruz y el agua bendita, ordenándose la procesión al salir de la siguiente manera: Al frente iban las cofradías de los legos, después la cruz, luego el clero regular y detrás el secular, todos acomodados de dos en dos y cantando los salmos, en seguida de este acompañamiento iba el párroco, después el féretro llevado en hombros y por último los dolientes particulares, llevando todos velas encendidas.
Al salir el cadáver de la casa comenzaba a doblar las campanas hasta que la comitiva llegaba a la iglesia en donde se celebraban las diferentes ceremonias, según fuera la hora, y terminadas estas, el difunto era llevado  al sepulcro, acompañado de los clérigos que cantaban la antífona. Al llegar se bendecía la sepultura y se procedía al entierro, y con las velas apagadas se regresaba en el mismo orden a la iglesia.

domingo, 13 de octubre de 2013

Iglesia de Porta Coeli

Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.


domingo, 6 de octubre de 2013

La calle de la Machincuepa (Hoy Tercera de la Soledad)

De esta singular y curiosa historia, algunos han dicho que si sucedió en realidad, y otros más dicen que es puro cuento, pero lo sí es seguro, es que es una de las leyendas más importantes y emblemáticas de nuestro Centro Histórico. ¿Me acompañas en este viaje?
Durante la época de la Colonia vivió  cierto caballero llamado Don Martín Arellano, quien era muy afecto a comer abundantes banquetes que disfrutaba con singular alegría; pero llegó un día en que hizo un enorme disgusto por cierto negocio, lo que le provocó una embolia cerebral que lo dejó para el resto de sus días postrado en una silla y sin casi poder hablar, el pobre hombre apenas podía comer y medio hablar; lo peor del caso fue que los médicos le prohibieron comer todos aquellos suculentos manjares de los que tanto disfrutó en algún tiempo, esto por temor de que fuera a repetirse la enfermedad. El infeliz señor no encontraba consuelo y paz en su alma, todo lo deseaba  y anhelaba, y finalmente comprendió que aquella salud de hierro de la que tanto gozó jamás volvería a su cuerpo.
Don Martín nunca contrajo nupcias, pero siempre llevó una vida recatada y limpia, lejos de cosas ilícitas, ocupándose solo de sus negocios mercantiles, siendo todo su tráfico y trato el de la seda, dándose muy buena vida con las ganancias que obtenía, pues con el paso de los años llegó a amasar una fortuna bastante cuantiosa, también se convirtió en dueño de varias casas en las mejores calles y fincas rústicas, con las que obtenía grandes utilidades.
Todo lo que Don Martín tenía de ser un exitoso hombre de negocios, su hermano en cambio siempre fue torpe, inútil y acomplejado; argumentado siempre que la suerte estaba en su contra, pues cosa que el emprendía siempre le salía mal, llevándolo su mala estrella siempre hacia el fracaso. Sucedió entonces que se le muere la esposa  de la epidemia de cocolixtle, quedando el pobre hombre sepultado en la tristeza de su ausencia, dolor que lo consumió poco a poco llevándolo a entregar su alma por unas recísimas calenturas; pero aquí no acaba la historia, pues dejó a su hija Trinidad huérfana, a quien don Martín acogió con mucho cariño en su casa, llegando a ser con un segundo padre para ella.
Pero esta muchacha era altiva, dura, cruel, siempre empedernida y obstinada en su orgullo, los regalos y caricias de su tío no ablandaban su cruel corazón. De los criados se hacía temer con malos modos. A todo mundo trataba con altiva descortesía, pero con don Martín se ensañaba más que con nadie, siempre lo veía con gesto torcido airado, le hablaba solo con desprecio y alejamiento; el buen hombre le hablaba y ella solo respondía dándole la espalda, jamás le daba contestación a sus preguntas y si alguna vez llegaba a hacerlo, le respondía con palabras cortantes.
La gente al ver este comportamiento, comentaba que don Martín no era quien le daba cariñoso amparo, sino que ella era “la que favorecía al don Martín”.
El dinero que despilfarraba en lujos doña Trinidad salían de la generosa bolsa de su tío, quien jamás le puso límites a sus gastos, todo lo contrario, pues le complacía verla crujir sedas, arrastrar brocados y resplandecer joyas, andando siempre llena de adornos y ropa muy costosa, parecía arbolito de Navidad. La arrogante damita quería vestirse con la mayor suntuosidad que las elegantes de México, lucir y ser admirada, saliendo cada día con nuevas y vistosas galas desvaneciéndose en un rico vestido, lleno de esplendor y lustre. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de su arreglo personal: maquillaje perfecto, los rizos bien acomodados, perfilarse las cejas, pulirse el lunar, curarse las manos con cebillos olorosos para aumentar si deliciosa tersura; dando como resultado a la vanidad en su estado más puro.
Doña Trinidad solo vivía para darle rienda suelta a su vanidad y para molestar en todo momento a su pobre tío, quien generosamente le tendió la mano para sacarla de la miseria en que había vivido con su padre. Y por si esto fuera poco, a la altiva damita disfrutaba que la llenaran de halagos y alabanzas, que con el dinero que tenía nunca le faltaban; llegando a quedar embriagada de presunción, ya quería casi competir con las estrellas.
Y los habitantes de la Capital se preguntaban ¿Qué iba a pasar con los bienes de Don Martín?, ya que el buen hombre no tenía más herederos que si soberbia sobrina, y por esa razón a la dama no le faltaban pretendientes que le cantaran melosamente al oído, pero a todos los despedía por igual haciéndoles crueles burlas; así todos los que aspiraban a enamorarla salían con el rabo entre las patas, pues su orgullo no toleraba esta clase de cortejos, viéndolos como algo insignificante, valiendo lo que una pelusa o un comino, y los tenía por tontos y mentecatos.
Por donde quiera que esta muchacha pusiera sus pies, sembraba malas voluntades; tal parecía que el hecho de ganarse el odio de la gente le causara cierto placer, en especial le gustaba manifestar este sentimiento hacia su pobre tío, el simple hecho de verlo  hacía que le hirviera la sangre, y cualquier pretexto era bueno para decirle frases cargadas de crueldad y abominables groserías; siendo que don Martín lo único que recibía era bondad, cariño, bienes y ternura constante.
El buen hombre se iba consumiendo poco a poco en aquella tristeza, pues sin razón alguna la frívola y tonta de su sobrina lo único que hacía era despreciarlo, le dolían como terribles heridas aquellas palabras cargadas ponzoña y maldad. En el corazón de doña Trinidad no existían los sentimientos de la caridad, la prudencia y el agradecimiento.
Entre la tristeza que tenía embargada el alma de don Martín, un día salió de sus pensamientos melancólicos y esbozó una amplia sonrisa, se quedó meditando durante un rato y soltó una estridente carcajada; con esta alegre risa solicitó que lo colocaran frente a una mesa para hacer su testamento, y estuvo batallando durante bastante tiempo porque se le dificultaba escribir. Una vez terminado, enrolló el pergamino cuidadosamente, lo lacró por varias partes, le puso un sin número de firmas, rúbricas y sellos con estampilla; al hacer todas estas operaciones, lo único que hacía el señor era sonreír. ¿Qué maquiavélica idea se le habrá ocurrido?

Mandó llamar a un escribano y le entregó su última voluntad. Durante todo el día continuó riéndose, argumentando que solo era gozo venido del cielo.
Doña Trinidad continuó tratando a su tío como a un trapo viejo, despidiendo pretendientes y ostentando sus lujos a toda hora del día; el corazón le daba vuelcos de emoción con solo pensar que la fortuna de su enfermo tío iba a pasar a sus manos, y lo mejor de todo es que no iba a tardar mucho en morirse, debido al mal que había venido de súbito y los malos tratos que recibía de ella.
Y como no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, por fin llegó el día en que don Martín de Arellano entregó su alma al creador. ¡Por fin doña Trinidad era la dueña absoluta de todo!
Días después fue abierto el testamento, y al escuchar lo que decía, la dama sintió que se moría del berrinche, gritó y pataleó hasta que se cansó. Don Martín la dejaba como dueña absoluta de la fortuna, pero la condición para tomar los bienes en posesión, era que con el más lujoso de sus tajes y las más esplendorosas joyas, fuera a la Plaza de Santo Domingo, en donde se alzaría un tablado para que ahí hiciera una voltereta  en el aire o mejor conocida en México como manchincuepa. A doña Trinidad casi le da un soponcio al oír que tendría que hacer semejante cosa, y más cuando el notario le dijo que si se negaba a hacer la maroma, perdería toda su herencia y pasaría a manos de conventos de monjas y frailes. Con la mayor rabia del mundo le echó feroces maldiciones a su tío, vertía ponzoña por la boca, prefería morir antes de soportar semejante humillación en público.
Días después, cuando se le hubo pasado un poco el coraje, comenzó a analizar la situación con la cabeza fría, poniéndolo todo en una balanza: Si hacía la voltereta, iba a tener que soportar la humillación y las burlas, pero por el otro lado iba a tener las riquezas para toda la vida; y si se negaba tendría que volver a ser pobre y de paso todos se burlarían grandemente de ella. Su temor a la miseria pudo más que todo y tragándose su ego y su orgullo aceptó a dar aquel espectáculo, claro que sin olvidar echarle de maldiciones a su tío a todas horas. Se mordía las manos de despecho y lloraba de puro coraje.
El tablado se alzó en el lugar antes mencionado, y la noticia corrió como pólvora por toda la ciudad. La gente comenzó a llegar metiéndose por las casas y dando muerta de risa, la Plaza de Santo Domingo se llenó en su totalidad, no cabía ni un grano de arroz; desde ventanas, balcones y azoteas se arracimaba la gente, curiosa de presenciar la humillación de aquella mujer que se creía superior a todos. De repente aparece Doña Trinidad con un gran traje de capichola verde – mar bordado  con flores de oro, lleno de trepas de encajes y brilladoras ondeas de galones; de su pecho muy levantado salían las luces de las joyas, las había también en su cuello, orejas, pulsos y dedos.
Subió al tablado con pasos firmes y decididos, derramando desprecio en su mirada; procedió a inclinarse hasta no poner en el tarimón la cabeza llena de rizos, plumas y lazos con pedrería, y echando rápidamente los pies hacia arriba dio con mucha soltura una voltereta envidiable. Después de trazar sus piernas ese semicírculo, cayó de espaldas con ruidoso batacazo entre un confuso rumor de sedas estrujadas. Se levantó roja de rabia, escuchando las carcajadas de la multitud que parecían interminables, y no hubo una sola persona que no hiciera burla, escarnio y mofa por un largo tiempo.
Se cuenta que doña Trinidad estuvo ensayando días antes la susodicha voltereta para darle ligereza en el cadalso para acabar rápido la oprobiosa humillación, y todo por no enfrentarse a la miseria. Mostrando una braveza grande y mordiendo sus joyas, se subió a su carruaje echando fuego por los ojos y abanicándose sin cesar. Se encerró en su casa ciega de enojo, no podía ni hablar, no volvió a salir jamás. Al verse sola y despreciada, decidió vender todo lo que tenía y se fue sin que se supiera cuando, unos decían que se había marchado a la Tierra Firme y otros más que a Castilla del Oro. La altiva y desdeñosa dama se marchó, pero la calle en que estuvo su mansión se le llamó a partir de entonces como la Manchincuepa, la que echó interesadamente ante todo México para retener una suculenta fortuna.