domingo, 30 de octubre de 2016

El Palacio de Iturbide


El solar perteneció a la familia Córdoba, quienes eran descendiente de los primeros conquistadores. Ellos querían edificar un convento de la Orden de Santa Brígida, pero diferentes motivos este deseo se fue postergando por diferentes causas, quedando baldío el terreno por muchos años. Muchos tiempo después dos familias pudientes, que finalmente mandan realizar la construcción de este majestuoso palacio que vemos hoy en día. Doña Teresa de Zaldívar se casa con don Andrés de Berrio.
Tiene un hijo llamado Miguel, quien unas décadas más tarde recibiera de Carlos III el marquesado de Jaral de Berrio; por otro lado don Fernando de Campa Conde San mateo de Valparaíso, que tiene una hija que se casa con el marqués Jaral de Berrio; de este matrimonio nace una niña llamada doña María de Berrio y de la Campa, que luego se compromete con el marqués de Moncada, quien dicen las malas lenguas era una joyita: derrochador y poco afecto a trabajar. Por su puesto los padres de la muchacha no querían que su fortuna cayera en manos de semejante lacra y para esto idearon una buena solución: compraron un terreno en las calles de San Francisco y contrataron al arquitecto don Francisco Antonio de Guerrero y Torres, al cual le dieron la orden de que edificara una casona que igualara la dote de la novia.
Como era de esperarse el artista no escatimo en gastos para levantar una suntuosa mansión, que fue terminada en 1780 ante la admiración de toda la población. Este lugar después fue heredado por el hijo de este matrimonio, es decir el conde de San Mateo de Valparaíso, marqués de Jaral de Berrio y marqués de Moncada.
La fachada consta de cuatro niveles con torreones en las esquinas, el patio imita al del Palacio Real de Palermo, ciudad donde nació el marqués de Moncada; también tiene 18 columnas dóricas con un tallado de la piedra de excelente calidad.
Fue residencia del último virrey Félix María Calleja del Rey, quien fuera cruel con los insurgentes durante la guerra de independencia. El nombre del palacio se debe a que poco tiempo después la habitaría el emperador Agustín de Iturbide, que saliera de ahí para ser coronado.
Con el paso del tiempo funcionaría como hotel (Hotel Iturbide) a medidos de los años cincuenta; en la actualidad es el Centro Cultural Banamex que es sede de importantes exposiciones.

domingo, 23 de octubre de 2016

El Callejón del Infierno (Leyendas de Guanajuato)

En Guanajuato existen rincones evocadores, callecita romántica si callejón estéticos que la leyenda ha inmortalizado, por lo que son muy visitados por turistas, deseosos de conocer las fábulas que guarda esa ciudad colonial.
El Callejón del Infierno, es uno de los que tienen leyenda y existen personas dedicadas a relatar lo sucedido en ese lugar. Guanajuato tuvo una época de gloria, por el siglo XVIII todo era bonanza, el oro y la plata corrían a raudales y no solamente los señores se daban la gran vida, sino humildes gambusinos despilfarraban el producto de la generosa tierra de Guanajuato. La Valenciana y Mellado prodigaban al mundo sus vetas de oro y plata por lo que la ciudad progresaba, había verdaderos palacios, en pocos días se amasaban grandes fortunas pero; también así se dilapidaban.
Los gambusinos, buscones y barreteros encontraban “su mina de oro”, de penando “migajas”, con lo que vivían admirablemente bien, el que lograba encontrar un filón, era como si se sacase una lotería; el ordenado, y va formando su capital y a través de los años podía decirse hombre rico. Pero, había muchos que decían: “El que guarda para otro día, de Dios desconfía”, y con este pensamiento derrochaban lo que tenían con amigos, en fiestas y con mujeres. Al día siguiente con una “cruda” moral y física, cabizbajos continuaban buscando los metales para poder seguir disfrutando de la vida.
Florentino Montenegro era un gambusino pródigo. Hombre agradable, alegre a quien todos sus amigos seguían por tener “ángel”, donde gentes y ser muy desprendido. Tenía mucha suerte, seguido se encontraba filones de oro, los que cambiaba por monedas en la Casa de Moneda de la Ciudad de Guanajuato, iniciaba la parranda rodeado de amigos.
Se cuenta que como corría tanto dinero, también proliferaban las cantinas y los tugurios de mal vivir, los que eran visitados no solamente por los humildes, sino que a los señores también se les veía con frecuencia en esos lugares bailando con las de tacón dorado. Pero había tabernas que eran selectivas a las que solamente entraban los “de la alta”, prohibiéndoles la entrada a los prelados, aunque trajeran mucho dinero. Para estos había otras “emborracherías”, en donde se divertían de lo lindo.
En el callejón de Robles había una serie de tabernas de casas de mala nota, las que eran muy visitadas por los barreteros y gambusinos; allí, con frecuencia se encontraba a Florentino Montenegro y sus amigos, los que gastaban dinero a manos llenas, por lo que eran consentidos, tanto de los dueños de los establecimientos como de las muchachas que los divertían.
Una noche de invierno, en la que hacía un frío glacial, Florentino que había bebido muchas copas y se sentía cansado salió de la cantina. Sus amigos insistían que se quedara pero él, que se sentía mareado, prefirió irse a su casa. Salió de la cantina haciendo “eses”, dio la vuelta en la esquina y tomó el callejón de Perros Muertos, de pronto oyó una voz que le hablaba por su nombre, volvió la cabeza y siguió caminando. Pero la voz insistió llamándole “Florentino, Florentino, ven entra”, aquello lo hizo voltear. En una puerta angosta, estaba parada una mujer que no solamente con la voz, sino con las manos lo invitaba entrar. “Pasa Florentino, hace mucho frío, aquí te doy el calor necesario para calentar tu cuerpo que está helado”. Florentino descontrolado se paró frente aquella mujer, y sintió que algo helado le recorría el cuerpo. En una mujer bella, vestida de blanco y con un pelo blondo, quien con voz suave lo invitaba entrar a su cuarto.
Mareado, mareado, Florentino no pudo resistir la invitación aquella dama; como pudo entró al cuarto. En medio había una mesa en donde se encontraban varias botellas de vino, alrededor de la mesa, cuatro sillas, al fondo un anafre que estaba prendido, en donde se calentaba café oloroso. En un rincón una cama desvencijada y la pared estaba adornada con varias calaveras. Aquella mujer misteriosa vestida de blanco, le ofreció a su invitado un vaso de licor, que Florentino se tomó con ansiedad sentía como que la cabeza le crecía, la lengua no le cabía en la boca y con ganas de gritar como Tarzán. La dama de blanco, que no le quitaba los ojos de encima, le dijo: “Me agrada que estés contento”, pero no dejaba que Florentino se le acercara. Tarareaba una canción y bailaba alrededor de él.
Con gran zalmería la mujer le dijo Florentino, que lo iba a llevar a un lugar precioso, en donde se van a divertir mucho, y tomándolo del brazo lo llevó un rincón del cuarto, en donde había una puerta, de ahí una escalera llevaba a un subterráneo que parecía iluminado y estaba envuelto en una nube tibia que daba una calor acogedor. Bajaron varios escalones, el lugar y estaba oscuro y Florentino comenzó a sentir miedo, un escalofrío le recorrió el cuerpo, quiso retroceder pero su entre “hombría” se lo impidió y dándose valor siguió adelante del brazo de aquella dama “la que no tenía malos bigotes”, además le gustaba la aventura. Tomó de la mano a la dama para darse valor y siguió descendiendo por aquel lugar lúgubre, oscuro y húmedo y que empezaba oler azufre.
Bajaban, bajaban y bajaban, y los escalones no terminaban; se vuelve a ver el resplandor rojo y nubes de humo que los envolvían. Dice la leyenda que de trecho a trecho, como en el tiro de una mina se veían algunos cruceros y socavones en que había seres indefinidos que lanzaban lamentos que hacían estremecer a Florentino, quien le apretaba la mano a la mujer, disimulando su miedo. Muchas veces quiso regresar pero su “hombría” se lo impedía, y seguí adelante.
Florentino se sentía agotado, cuando vio lugar que hacía descanso en la escalinata y pensó sentarse a recuperarse un poco, la mujer no lo permitió, jalándolo. Por fin se llegaron a un gran salón en donde se encontraban seres endemoniados los que se golpeaban, gritaban y chillaban como ratas aplastadas. Otros daban grandes lamentos como el ulular del viento. Florentino, se pellizcaba, pensaba estar soñando pero… La realidad era esa. La mujer lo tenía tomado de la mano fuertemente le lanzaba miraditas lánguidas de amor, lo que desconcertaba al hombre.
De pronto y sin saber cómo, la dama lo soltó de la mano y Florentino vio cómo se fue convirtiendo en calavera, se fueron cayendo las carnes de la cara de la mujer, así como del cuerpo y un esqueleto rumbero se encontraba frente a él. De las paredes de aquel antro se desprendían capas de lava hirviendo así como chorros de agua caliente, que lo hacían correr de un lado a otro para librarse de ser quemado por aquel líquido. Florentino se hizo “mono” en un rincón, cuando vio que uno de los diablos de descomunales proporciones tenía en brazos a la mujer, convertida huesos -la que lo había guiado- reconociéndola por un moño blanco que tenía la cabeza, que para entonces ya era calavera. Los dos miraban fijamente a Florentino y le lanzaban insultos. Mientras los otros demonios bailaban desnudos frente a él.
Horrorizado Florentino, al que para entonces ya se le había bajado la borrachera, busco la salida, encontró aquellas escaleras iluminadas y brincando de dos a tres escalones subió y subió hasta que encontró una puerta que daba al cuarto de la mujer. Vio en la mesa varias botellas de vino, así como los dos vasos. En una de las sillas estaba su sombrero, lo recogió y salió como alma que lleva el diablo de aquel cuartucho en donde había entrado llamado por una bella mujer. Florentino desde aquel momento, no recordó más. Ni él mismo supo cómo llegó a su casa. Su mujer arrastrando lo metió a su cuarto en donde pasó varios días en un estado lamentable. Parecía que estaba idiotizado, no pronunciaba palabra y tenía la mirada fija en un solo punto. Su esposa consulta un curandero el que le dijo que estaba hechizado, que necesitaba de una limpia para poder volver a la normalidad. Pero a su señora le dio miedo. Y sin pensar más a buscar al sacerdote de la parroquia para ver si él podía ser algo por Florentino.
El padre visitó al hombre y después de contemplarlo por mucho rato le preguntó qué era lo que le pasaba: “descarga tu alma y platica tus penas que esto te hará bien”. Y así fue como Florentino contó al sacerdote todo lo que le había pasado aquella noche en la cantina. El señor cura no lo creía, le pidió reposar ese día, comiera y durmiera bien y en dos días más regresaría para continuar con aquella plática. El mismo señor cura pensó que Florentino Montenegro había perdido la razón, se fue preocupado y no dejo de pensar en él. A los dos días lo fue a visitar, Florentino y estaba muy arreglado esperándolo, y los dos salieron de la casa.
“Me vas a decir, le dijo el padre, en donde es la casa en que la mujer te invito a entrar”. Y caminando llegaron hasta un costado del callejón de Perros Muertos. Al señalar Florentino la casa al cura, éste se llevó una gran sorpresa. Aquel cuarto, en efecto, era la morada de una damisela, la que había fallecido hacia cerca de 30 años, y a quien el padre ayudó a bien morir. Muerta aquella mujer su cuarto quedó abandonado, estaba totalmente deteriorado, Florentino acompañado del sacerdote quiso entrar. Estaba la mesa, las botellas de vino y los dos vasos a medio servir. En el lugar preciso en que Florentino señaló estaba la puerta y la escalinata infernal. Vieron los peldaños que conducían a una salida falsa que daba a otro callejón.
El padre le dijo a Florentino que no había sido un sueño, que había pasado una experiencia diabólica ocasionada por la vida desordenada que llevaba y este aviso de Dios era para que volviera al buen camino, a su familia y dejara el licencioso camino que se había trazado, de parrandas y borracheras, lo que lo conducía la perdición. Florentino le pidió al padre que lo acompañará a la parroquia para jurar ante la virgencita que sería otro hombre, a cambio de que se le borrara aquel espeluznante pasaje de su vida, que lo tenía aterrado. Cuenta la leyenda que Florentino regreso su trabajo; aquel hombre simpático, dicharachero y vacilador, se convirtió en una persona seria, la que sólo se dedicaba trabajar y disfrutar del cariño de su esposa y sus hijos.
Los amigos se le empezaron a retirar, el hombre desprendido se había hecho “agarrado”, todo lo que encontraba en la mina lo llevaba su casa, y se dice que llegó a ser uno de los hombres ricos de la ciudad. Nadie sabía la razón del cambio radical que había tenido, que le había convertido en un ermitaño, sólo el sacerdote conocía su secreto.
El padre, días más tarde de la confesión de Florentino, volvió a la casa de aquella mujer alegre, la exorcizó, la regó con agua bendita y le pidió a Dios que no se volviera aparecer a algún trasnochador, ya que si ella estaba juzgada por el Señor, dejara en paz a los parroquianos. Pero cuenta la leyenda, que por el Callejón del Diablo, se aparece una mujer de blanco que recorre toda la calle, a veces se le escucha cantar, otras dar tristes lamentos y las más de las veces acompaña (sin ser vista) a quienes pasan por ese lugar, les habla, los invita a pasar y cuando voltean, no hay nadie. 

domingo, 16 de octubre de 2016

La leyenda del hombre lobo

El México Colonial no estuvo exento de la leyenda del hombre lobo, ya que muchos se decía sobre las transformaciones que sufrían los viejos indígenas, tratando de salvar su raza. Hay quienes hablaban de nahuales, lo cierto es que según la leyenda, en la Nueva España hubo acontecimientos que indicaban apariciones de lobos que luego se convertían en seres humanos.
Se dice que todo empezó cuando los españoles arribaron a estas tierras: al convertir a los indígenas en el blanco de las peores torturas y asesinatos. Cuando las ciudades fueron saqueadas en su totalidad y sus mujeres ultrajadas; los hombres ancianos no hacían otra cosa que implorar, a sus dioses, paz en el territorio. Sin embargo, la adoración a estas deidades también les fue prohibida.
Los viejos sabios, entristecidos por los hechos y sobre todo enojados por la traición de algunos nativos, pidieron a los dioses el castigo más cruel contra ellos que se atrevieron a faltarle su raza. Se dice que luego de realizar varios ritos y algunos sacrificios humanos a escondidas de los conquistadores, los ancianos adquirieron poderes sobrenaturales, mismos que coincidían con la luna llena.
De tal forma, sólo los hechiceros se convirtieron en mitad hombre y mitad animal a fin de defender a su raza. Cada noche de luna llena, un aullido despertaba a los pobladores y a los soldados españoles, que envalentonados se apostaban en los alrededores para atacar a la fiera. Pero no tuvieron suerte y muchos de ellos aparecieron muertos, se les encontraba en un charco de sangre con la piel hecha jirones.
Cuenta la leyenda que los hombres lobo atacaban hasta matar, principalmente a los hombres blancos que abusaban de los nativos. Sin embargo, el castigo era diferente para los que traicionaban a la raza; las noches de luna llena, los hombres lobo buscaban a aquellos indígenas que servían a los conquistadores y a las mujeres que habían entablado amoríos con los mismos. El ataque era igual de feroz, pero procuraban no quitarles la vida, pues la condena consistían convertirlos en hombres o mujeres lobo, por el resto de sus días. Así cada mes sufrían la dolorosa transformación que los llevaría asesinar humanos para alimentarse sobrevivir. A consecuencia de esto muchos niños comenzaron a desaparecer y también, animales, que luego eran encontrados muertos.
Durante años, la maldición continuó: un hombre mestizo notificó que había cortado la pata a uno de estos seres pero, cuando la mostró sus a sus familiares y amigos, descubrió que solo era una mano. Razón por la cual lo sentenciaron a muerte, sin que pudiera defenderse. Durante el juicio, insistió que le había cortado la pata un lobo y no a un humano. Así los rumores acerca de los hombres lobo cada vez fueron más frecuentes y durante el periodo de la Santa Inquisición la cacería de bestias comenzó y aunque se dice que condenaron a muchos ancianos y personas porque eran nahuales, lo cierto es que había hombres lobo entre ellos. Y muchos de ellos sobrevivieron durante cientos de años.

Leyenda del perro del conquistador

En la época de la conquista algunos perros fueron utilizados como armas mortales en las batallas contra los guerreros nómadas. Los españoles los llevaban a las poblaciones de indios desprevenidos, donde dichos animales no distinguía en edad o sexo para atacar:
Cuenta la leyenda que en una de estas jornadas de ataque, una india no pudo huir; se quedó paralizada y sola ante la presencia de uno de estos perros. El animal corrió hacia ella y la mujer se sentó en la tierra, y comenzó a hablarle:
-Perro, perrito, señor perro, perrito…
El fiero animal, acostumbrado al ataque y a la agresión, frenó su embestida homicida, se quedó perplejo; acercándose a ella le mostró sus afilados colmillos; la joven india permanecía sentada sobre la tierra del desierto; veía al animal, sin miedo, con ternura, le decía:
-Perro, perrito, señor perro, no me coma perrito, señor perro, está india lo quiere. Señor perro escúcheme…
Sus manos poco a poco se acercaron a las fauces del perro; la india sintió pánico, que sin embargo, supo ocultar, y el perro, percibió su amor y ternura, y sorpresivamente se dejó acariciar. Lejos de ahí, los hispanos reían, y la daban por muerta; se entretenían con otros perros persiguiendo indios; la joven, sin más arma que el poder de sus ojos, y su voz, mantenía tranquilo al animal, que meneaba la cola lentamente.
-Perro, señor perro. No me coma perrito. Lo quiero señor perro.
Cuenta la tradición, que esa noche, desapareció sin haber muerto, el primer perro hispánico; paulatinamente fueron muchos perros más, utilizados por los españoles en la conquista, que desaparecieron para volverse indios. De ahí en adelante a los españoles no les fue posible atacar un rancho desprevenido para sorprender más a los indios. Los perros ya no eran rivales para ellos.

domingo, 9 de octubre de 2016

La dama de Negro (Leyenda de Celaya)

La leyenda de la Llorona es antiquísima y se generalizó en muchos lugares de nuestro país, como una mujer que recorría caminos, pueblos y ciudades buscando a los hijos que había perdido. Y así llegó a Celaya, causando gran terror en la gente que la veía o escuchaba.
Fue a principios del siglo pasado, cuando en la ciudad de Celaya corrió la versión de que la llorona había llegado ese lugar. Una mujer enlutada recorría la vía pública por las noches. Iba en un carruaje con 2 caballos percherones, guiado por un cochero que parecía de ultratumba; tenía la cara pálida como de muerto, los ojos hundidos y los pómulos salientes. A su paso y con el silencio de la noche, se escuchaban prolongados gemidos y tristes lamentos, hasta llegar al templo de San Francisco, en donde la mujer bajaba, ayudada por el auriga con gran parsimonia. En la puerta, daba el último grito y penetraba a la Iglesia por la puerta cerrada. Permanecía mucho rato, y salía de la misma manera. El fúnebre carretero la recibía, le ayudaba a subir a la carroza y volvía hacer el mismo recorrido. Entraba y salía por lo que es hoy la calle de Guadalupe con rumbo al camino de Camargo y Santa Rita.
Cuenta la leyenda que por aquellos días no había luz eléctrica y la ciudad, por las noches parecía “boca de lobo”. Solamente en determinados sitios había quinqués los que alumbraban con velas o combustible, que daba una luz muy tenue. Cuando no había luna, de una esquina a otra no se podía ver. Por aquella época se acostumbraba que hubiera serenos, vigilantes que hacían rondas por la noche. Éstos serán designados por el jefe de cuartel y se turnaban para recorrer sus respectivos distritos -los que eran cuatro en la ciudad-. Contaba Jesús Zárate, que “a la ronda del cuartel primero correspondía la calle de Palafox hacia el oriente, y por lo tanto a los que les tocaba ver la aparición”. Al principio, al ver aquella mujer extraña, vestida de negro, pensaban que era una feligresa que tenía algún enfermo grave e iba a buscar al señor cura. Pero al percatarse que la sombra traspasaba la puerta cerrada, les dio tal susto que corrieron despavoridos.
Todo era macabro, se escuchaba el ruido de las patas de los caballos cuando pegaban en el empedrado, apareciendo un carruaje guiado por la figura quijotesca de un hombre. Atrás, una mujer enlutada, que se cubría la cara con un velo. Ella descendía del carro y se perdía en la puerta del templo. Cuando los serenos auxiliados por sus linternas llegaban al lugar, el carruaje desaparecía y se situaba en otro sitio. Después a una hora determinada, salía la dama y el cochero la esperaba en la puerta de la iglesia. Se volvía escuchar el ruido de las patas de los caballos, así como los gritos y lamentos de una mujer atormentada, que daba hondos quejidos y un grito desesperado de ¡Ay mis hijos, en donde estarán mis hijos…!
Aquello sucedía todas las noches y los vigilantes esperaban con terror la hora en que hacía su aparición el carro, y al acercarse, a estos hombres se les “erizaban los cabellos”, temblaban de pies a cabeza, y sin embargo observaban aquello como si tuvieran imán los acontecimientos. Nunca se atrevieron a seguir la carretela para conocer el final de su destino; sabían que aquella mujer no era de este mundo, sino un espectro de ultratumba que venía penando y que llegaba a la Iglesia de San Francisco expiar sus pecados.
Los serenos se transmitían el suceso entre ellos, a la vez, lo platicaban a otras personas y aquello se volvió “la comidilla del día”, todo el pueblo sabía lo que ocurría por las noches en el templo de San Francisco y al pasar frente a él, miraban con cierto temor la puerta por donde traspasaba la sombra de aquella mujer misteriosa, que podría ser el demonio. Señalaban con curiosidad el lugar en donde decían se paraba el carruaje con el cochero de ultratumba.
Se cuenta, que los hombres valientes, haciendo alarde de su hombría acompañaban a los guardias y al observar aquello, se les enchinaba el cuerpo como gallina pelada, y no solamente no se acercaban al lugar, sino que corrían despavoridos al ver la misteriosa aparición. Muchas personas aseguraban que era la Llorona, que sirvió de tema a un drama de capa y espada representado múltiples veces en todo lo largo y ancho del país. Otras, que era una señora muy conocida que por llevar una vida descocada, que fue el escándalo en la ciudad, y estaba en los infiernos; de ultratumba venía arrepentida pidiendo perdón al Altísimo. Se cuenta también que la mujer misteriosa que descendía del carruaje, era una autoviuda la que había asesinado a su marido por encontrarlo con otra mujer. Después de este hecho, salió de Celaya y nunca se volvió a saber nada de ella. Ahora regresaba arrepentida de haberle quitado la vida su compañero y pedía el cielo clemencia.
Otro suceso que se cuenta es sobre una señora de las más “encopetadas” de la ciudad, era esposa de un rico hacendado. Una mujer muy de su casa, que vivía sólo para atender a su esposo y sus cinco hijos. Se dice que era tan exagerada que bañaba a los niños con agua hervida y no permitía que ninguna sirvienta se entendiera de sus pequeños. La familia vivía en la ciudad y los fines de semana se iban a la hacienda para estar todos juntos, ya que el señor, por su trabajo, permanecía el más tiempo posible en el rancho que estaba un  poco retirado de ese municipio.
Pero en una ocasión la señora sintió gran nostalgia por su esposo; le pidió a su cochero se alistaran porque se iban ese mismo día a la hacienda. El hombre al principio se resistió poniéndole algún pretexto, pero al recibir la orden de su patrona, no le quedó más remedio que hacerlo. Y así, muy contenta acompañada de sus hijos, después de haberse llevado hasta el perico, llegó al rancho. Cuál sería la sorpresa de la mujer, al ver que su esposo estaba acompañado por otra mujer la que ocupaba su lugar. Después se enteró que los fines de semana se va Guanajuato, mientras ella permanecía en la hacienda. La esposa, haciéndose que no estaba enterada de lo que pasaba, no dijo una sola palabra. Ordenó a sus hijos saludarán y besaran a su padre, lo mismo que hizo ella, mientras la otra mujer se esfumaba. Todo el día estuvo muy contenta, por lo que el hombre no sabía qué pensar. Su esposa era muy inteligente, comprensiva y tal vez aquí, no había pasado nada.
La señora ayudada por sus criadas hizo pastel para merendar. Al llegar la noche, les habló a su esposo y sus hijos para ir a la mesa. Le sirvió unas deliciosas tazas de chocolate muy espumoso, el que saboreó la familia acompañándolo con el pastel. Habían pasado 20 minutos, cuando uno a uno fueron cayendo muertos. Los había envenenado poniendo arsénico en el chocolate. Aquello fue aterrador, había seis cadáveres en el piso y la mujer enloqueció. Cuentan, que cerró la puerta del comedor, y por horas paso contemplando a sus víctimas, hasta que los criados dieron parte a las autoridades de lo ocurrido.
Por mucho tiempo no se supo más de ella, pero sí se hablaba de aquel hecho criminal, de que al ver que el marido la engañaba, enloqueció y pensó acabar con todo lo que le recordara aquel amante esposo al que había adorado, y terminó con toda la familia. Ella por muchos años estuvo internada en un manicomio y después se supo que había fallecido. Cuando apareció aquella dama de negro que recorría la ciudad en un carruaje, guiado por un cochero de ultratumba, se pensó que era ella, la que había regresado arrepentida y llorando por haber matado a sus hijos y a su marido, en el templo de San Francisco en donde iba a rezar, volvía a pedirle perdón a Dios por lo que había hecho…
Por muchos años se habló de la dama de negro, la enlutada mujer sin entrañas que recorría la ciudad de Celaya llorando y gritando ¡Ay mis hijos, donde están mis hijos…! La que como espectros se aparecía y traspasaba la puerta del templo. Pero después de que murió el último de los ronderos, que dieron fe de estas apariciones fantasmales, las que se contaban en toda la ciudad, se fue esfumando al paso del tiempo el suceso que ocupó la mente de infinidad de personas por mucho tiempo, convirtiéndose en una leyenda que se aplica a la “Llorona”, a su paso por la Ciudad de Celaya.

domingo, 2 de octubre de 2016

Las inundaciones más célebres del valle de México


La Cuenca de México se formó después de cincuenta millones de años de actividad volcánica, relacionada con frecuentes hundimientos tectónicos. En los últimos 700,000 años la mayor parte de la actividad volcánica ocurrió al sur; con las potentes erupciones del Chichinautzin, la lava obstruyó el drenaje que iba al río Balsas y transformaron los valles en una cuenca cerrada de 9600 km2. Para el postclásico (750 – 1519 A. C.) ya contaba con siete lagos: Apan, Techac, Tecocomulco, Zumpango, Xaltocan, Texcoco y Chalco – Xochimilco.
Fue en el islote central del lago de Texcoco en donde se asentaron Tlatelolco y Tenochtitlán, que después se le conocería como “Isla de México”;  fueron fundadas durante el primer tercio del siglo XIV, impulsados por la necesidad de guarecerse de la contante hostilidad de los pueblos vecinos y por el mensaje que un dios les había mandado a sus sacerdotes. Ya establecidos comenzaron con las obras de control hidráulico, que incluían calzadas, calzadas – diques, canales, diques, suelos creados de forma artificial con fin habitacional o productivo (chinampas), puentes y embarcaderos, entre otros.
Después de la conquista, los españoles comenzaron la construcción de la ciudad colonial, pero también debían de enfrentarse a las frecuentes  inundaciones que vendría a ser uno de sus mayores dolores de cabeza.
Francisco de la Maza registró como inundaciones notables las de 1604, 1607 y la de 1629; pero como el agua siempre iba a tender a retomar su cauce natural, la ciudad volvió a quedar bajo el agua en 1647, 1691 y 1697; pero también estuvieron las de 1555 y 1580.
En 1555 el español Francisco Gudiel propuso la construcción  de un desagüe general por el pueblo de Huhuetoca, sin embargo  en el mes de octubre del mismo año hubo abundancia de lluvias, lo que provocó que se desbordaran las lagunas sobre la ciudad y todas las poblaciones ribereñas, provocando que durante más de tres días solo fuera posible trasladarse en rústicas embarcaciones; este problema se estuvo presentando en los siguientes años, unos con mayor intensidad que otros,  así lo consta la documentación fechada el 3 de septiembre de 1607 en donde el cabildo pidió al virrey a causa de la inundación: “que respecto a que ya los bastimentos ya no pueden entrar por las acequias principales de la ciudad y calzada, y en muchas calles no pueden salir de las casas los vecinos si no es en canoas, que Su Excelencia se sirva mandar que los naguatlatos hagan traer algunas canoas de los pueblos comarcanos de la laguna para que se repartan por la ciudad y en calles particulares.”
Se llevaron a cabo numerosos proyectos para solucionar el gravísimo problema de las inundaciones, hasta que después de la de 1607 el virrey don Luis de Velazco  elige el proyecto de Enrico Martínez por ser el más viable, que consistía en perforar un cerro para permitir la salida de las aguas; sin embargo la mayoría de los hombres que trabajaban en la obra murieron y para colmo la paga era muy poca. Después de enfrentar muchas dificultades, el túnel fue inaugurado, pero por falta de mantenimiento se fue tapando y en 1627 el río de Cuauhtitlán se desbordó para inundar una vez más la ciudad. Entonces se volvió a analizar lo que según ellos era el único proyecto que daría la solución definitiva: cortar el cerro de Nochilstongo, removiendo toneladas de tierra para darle salida al agua, pero no tuvieron mucho tiempo para pensarlo, ya que otra calamidad les iba a venir poco tiempo después.
Transcurría el mes de septiembre del año en gracia de 1629, cuando cayeron sobre la ciudad lluvias torrenciales. Cuando finalmente cedieron y el sol salió, todos con horror se dieron cuenta de que la ciudad había quedado bajo las aguas, y el río de Cuahtitlán se había vuelto a desbordar sobre la laguna de Zumpango y a la vez ésta se vació en el lago de Texcoco, quedando todo el valle como un enorme lago, en donde solo se podían ver las torres de las iglesias y algunas construcciones de dos pisos. La gente ya estaba acostumbrada a que en época de lluvia la ciudad quedara nadando, pero en aquella ocasión los daños fueron titánicos, ya que el agua alcanzó una increíble altura de dos metros sobre el nivel de las calles. A diferencia de otros años, esta vez no paró de llover en varios días. Como era de esperarse, los alimentos y el agua potable escasearon, muchos murieron; los que quedaron vivos necesitaban algún consuelo espiritual, por lo que  las autoridades eclesiásticas comenzaron a oficiar misas en canoas y a llevar altares portátiles en las mismas.
Cuando las aguas bajaron un poco su nivel, se podían ver a las órdenes religiosas de hombres y mujeres, llevando en procesión a la Virgen de los Remedios por toda la ciudad; pero al ver que la Santa no les hacía caso, decidieron llevar esta vez la tilma en donde estaba impresa  la imagen de la Virgen de Guadalupe, en un  procesión de canoas; no paso mucho tiempo, cuando milagrosamente dejó de llover y las aguas descendieron. Los años siguientes hubo poca lluvia y los lagos tuvieron sus cauces normales, situación que hizo muy felices a los habitantes.
En el siglo  XVII se pensó incluso  mudar la capital de Nueva España a Tacuba y Tacubaya, poniéndose en tema en discusión después de la terrible inundación que duró de 1629 a 1635, la cual provoco que la ciudad casi quedara despoblada.
Durante la colonia se trató de solucionar el problema de las inundaciones sin éxito alguno; esta lucha seguía todavía hasta época independiente. Fue entonces que de muchos proyectos que se habían propuesto, se eligió el de Francisco de Garay en 1857, que consistía en construir un canal de 50 km que saliera desde San Lázaro, atravesando los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango, para canalizar sus aguas y la de los ríos que se cruzaran en su camino, después otro túnel de 9 km colocado al final, conduciría el líquido al río Tequixquiac; también se construirían otros canales similares en los lagos de Chalco y Xochimilco, comunicándolos con el de Zumpango.
La gente creyó que con la obra porfiriana el problema de las inundaciones sería cosa del pasado, pero el destino les jugó una mala pasado cuando en el año de 1920 la ciudad volvió a quedar nadando; luego a mediados de los años cincuenta hubo grandes inundaciones porque la urbe comenzó con los problemas de hundimiento, debido a la extracción de agua del subsuelo.
La obra porfiriana finalmente colapsó y en 1975 se comienza la construcción de una gigantesca obra de ingeniería, que vendría a ser el drenaje profundo, pero también ha resultado perjudicada por los hundimientos.
De las inundaciones que se tienen registro de lo que va en este milenio, es la ocurrida en el año 2000 en Chalco porque las coladeras se taparon por falta de mantenimiento; y en el año 2003  se pudo ver que el drenaje profundo ha comenzado a perder su efectividad en la Avenida San Antonio y Periférico.
Como pudieron ver ustedes amigos lectores, la historia se repite una y otra vez: el hombre contra la naturaleza. Recordemos que el sitio donde se cimentó la ciudad originalmente fue un lago, y recordemos también que siempre las aguas van a reconocer su sitio de origen, aunque pasen los siglos. ¿Ustedes quien creen, que sea el vencedor de la batalla?