domingo, 29 de mayo de 2016

El pirata de Barbillas (Leyenda de Campeche)

A finales del siglo XVI, el puerto de Campeche se había convertido en uno de los más importantes del nuevo mundo; hasta este lugar llegaban, procedentes de Europa, comestibles, todo tipo de telas, vinos, entre otras cosas. Sin embargo, está situación de abundancia pronto acarreó problemas, pues los piratas arribaban al puerto para hacer de las suyas: secuestraban a personas de alto rango para pedir rescate, raptaban mujeres, y saqueaban los negocios e incendiaban las ciudades.
El puerto de Campeche, en innumerables ocasiones, fue víctima de estos actos criminales, sin embargo, el Pirata de Barbillas es el bandido que más se recuerda en la región. Cuenta la leyenda que luego de atacar y quemar la Torrecilla del Lerma (utilizada para alertar a las tropas de la presencia de los bárbaros marinos), el malandrín arribo al puerto con la intención de cobrar un rescate.
Una vez en tierra tomó otra identidad para pasar desapercibido, la gente creyó que era uno de los tantos extranjeros que llegaban a la ciudad con el propósito de establecer un negocio. Mientras caminaba disfrazado por las calles, el pirata observó a una mujer, cuya belleza era extraordinaria: la hija de un hombre importante de la región, perteneciente a una de las familias más acaudaladas.
El padre de la dama cuidaba con recelo a su única heredera, por lo que no permitía que cualquier hombre se acercara a la joven. Para poder cortejarla era requisito indispensable, provenido la familia respetable y con buena posición económica, pues la mujer estaba acostumbrada a vivir con el mayor de los lujos. Los deseos del patriarca eran que la vida de su hija no cambiase, al contrario, exigía que quien se comprometiera con ella, también debía cumplir al pie de la letra con sus caprichos.
El Pirata de Barbillas había logrado acercarse a la bella mujer, y ésta aceptó sin ninguna dificultad sus galanteos por lo que en un par de días logró enamorarla. Muy pronto la gente comenzó a  rumorar al respecto y estos comentarios llegaron a los oídos del celoso padre, quien a toda costa, ordenó investigar a los abro caballero.
El de Barbillas había engañado a todos cuantos se habían cruzado en su camino, les aseguro ser un hombre de gran riqueza e hijo de un hacendado radicado en Cuba. El padre prohibió a su hija sostener más encuentros con el hombre, mientras no lo conociese, pues aún no sería bien a bien quién era y de dónde venía. La orden molestó mucho a la joven, sin embargo, el amor por el supuesto cubano fue más fuerte y continuo viéndolo escondidas.
Una noche el padre encontró a su preciado tesoro en brazos del galante caballero, inmediatamente se percató de que no era quien decía ser, pues él si los había reconocido: era el temible Pirata de Barbillas quien había enamorado a su hija para divertirse durante su estancia en el puerto.
Lleno de ira el padre desenmascaró al pirata frente a su hija, quien desconcertada se echo a llorar por el engaño del cual había sido víctima. Ambos hombres protagonizaron una sangrienta pelea, en la que salió victorioso el pirata; sin piedad dió muerte al padre de la joven, e incrédula, no podía creer lo que había pasado. Se dice que la mujer jamás pudo recuperarse de la impresión que le causó presenciar el asesinato de su padre ni, superar el dolor que le causó el engaño de un pirata. Se le recluyó en un convento donde sólo se le escuchaba decir: ¡Pirata, pirata!
La joven murió y tiempo después, las personas allegadas a la familia, aseguraban que en ciertos días, se escuchaba lamento de una mujer que lloraba amargamente, mientras maldecía: ¡Pirata, pirata!

Fuente: Leyendas Mexicanas de todos los tiempos

domingo, 22 de mayo de 2016

Piratas y corsarios

“¡He aquí Panamá!” -exclamó Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú. Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a latigazos, o seguiría!”.
Así escribía en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas riquezas a la costa atlántica.
Los 18 marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran llamados corsarios.
Desde mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
Bajo el reinado de Isabel, la guerra de corso era estimulada en toda forma. La reina protegió y subvencionó no sólo las empresas de Drake, sino también las de otros famosísimos corsarios, tales como Tomás Cavendish, Ricardo Hawkins, Martín Frobisher, Jorge Clifford y otros.
En muchos libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos: deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura, pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas, etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador de los trópicos.  Las ropas, si se las puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto de indumentaria, a tono con su figura siniestra.

domingo, 15 de mayo de 2016

La escuela de los espectros



Nos encontramos en el municipio de Atizapán de Zaragoza, donde había sido construida una nueva y flamante secundaria de dos pisos; aquel día tan especial era por demás soleado y la alegría emanaba de todos los asistentes a dicho evento. Durante aquel tiempo, aquella región apenas  comenzaba con la urbanización, sus calles de terracería fueron sustituidas por el pavimento, las unidades habitaciones empezaron a proliferar como hongos, algunos lugares de tradición fueron destruidos en aras de la modernidad, usos y costumbres fueron reemplazados por escandalosos motores, al igual que el silencio de la noche por el bullicio de los jóvenes estudiantes, quienes se reunían en pequeños grupos en las calles para comentar su día a día; todos estos cambios propiciaron que más personas se fueran a vivir por aquellos rumbos, lo que ocasionó la desconfianza de los antiguos pobladores hacia los recién llegados, pues temían que sus vicios y malas costumbres corrompieran aquellas tranquilas y pacíficas comunidades.
Pero por más modernidad y vanguardia que pueda haber en una población, su pasado nunca puede ser enterrado del todo, porque a veces le da por hacer de las suyas, recordándonos que debemos respetar el lugar que habitamos, pues no olvidemos que muchas personas estuvieron antes que nosotros, dejando en esta tierra sus vivencias, sufrimientos, alegrías y tristezas; la gran cantidad de estas emociones que quedan flotando en el aire, donde desde tiempos remotos  hay asentamientos humanos, resultan evidentes para aquellos que tienen la sensibilidad para observarlas, es decir, el poder establecer contacto con seres del más allá. Este tema es sobre el que girará nuestra narración escalofriante del día de hoy. ¿Me acompañan?
Había mucha reticencia entre los viejos pobladores para comunicarse con los nuevos habitantes, también era la causa de que además la inmobiliaria había prometido escuelas en la zona para atraer potenciales compradores y que ningún intruso debía saber que le predio donde se iba a levantar la escuela había sido un panteón durante muchos años.
Los albañiles y el velador, quienes habitaban un cuartucho de madera, habían ido con el ingeniero de la obra en varias ocasiones para advertirles sobre seres de ultratumba que los golpeaban, les movían las herramientas de su lugar, e incluso le daban de nalgadas a la secretaria del ingeniero.
Cuando comenzaron a excavar para poner los cimientos, encontraron una gran cantidad de ataúdes de madera carcomidos por el paso del tiempo; a los albañiles les fue prohibido hablar de dichos descubrimientos para no infundir pavura entre los padres de los futuros estudiantes. Los cadáveres fueron trasladados en el más absoluto de los secretos en un carro de volteo, a lo que unos ancianos que observaban la obra, predijeron que aquellos muertos iban a reclamar su tierra y que las cosas no iban a ir bien de ahora en adelante.
No mucho tiempo después la obra fue terminada, algunos ancianos sonreían con cierta malicia, pues suponían que no iba a tardar mucho en suceder algo terrible y que aquella escuela no tardaría en ser abandonada.
El primer suceso sobrenatural fue durante la víspera de la inauguración del plantel. Los protagonistas de los sucesos son un matrimonio, conformado por Juan, Azucena, su hija Laurita de doce años y Ramiro de trece años. Todo comenzó cuando una noche los esposos bajaban del autobús en la esquina del plantel, ya la noche había caído desde hacía un rato, siempre llegaban tarde a su casa debido a que su lugar de trabajo estaba en la Ciudad de México, pero eso no importaba porque ya contaban con su propia casa aunque fuera algo retirada.
Antes de dar la vuelta a la esquina para dirigirse a su hogar, la mujer descubrió en la calle a un niño como de tres años, que jugaba con sus caballitos de madera, sus ropas eran humildes y calzaba huarachitos, el pequeño levantó el rostro y le sonrió cuando ella se detuvo unos segundos a verlo; por otro lado el marido venía preocupado por  sus hijos porque se la pasaban solo todo el día, y absorto en sus pensamientos no notó la presencia del niño. Entonces la mujer le dijo que no podían dejar ahí a la pobre criatura pasando frío, pero al voltear se dio cuenta de que había desaparecido sin dejar rastro, el marido no le dio importancia y la animó para que siguieran su camino. La mujer decidió no comentar nada a sus hijos.
Mientras Azucena preparaba a Laurita para que se fuera a acostar, le pareció ver a un grupo de personas andrajosas observando su ventana desde el otro lado de la calle, sintió que la sangre se le helaba y acto seguido apagó la luz para poder ver mejor a los intrusos; ahí estaban, con ropas hechas jirones, cubiertos de barro y polvo, se acercó a la ventana para observar sus rostros; pero estuvo a punto de desmayarse cuando vio que los ocho visitantes tenían las parte de los ojos y la nariz demasiado oscuras, como si las tuvieran huecas, en ese momento sintió una presencia atrás de ella y volteó gritando, Laura despertó sobresaltada y encendió la luz, frente a ellas estaba Juan, extrañado por la reacción de su esposa, entonces ella soltó a llorar y lo abrazó. El trató de que sus hijos se fueran tranquilos a la cama y tranquilizó a su mujer, tal vez el cansancio la había hecho alucinar.
Al día siguiente, después de la inauguración, Laura y su hermano se retiraron a sus respectivos salones; el jovencito con su alegre carácter hizo amigos inmediatamente y salió con ellos en tropel al recreo, en cambio su tímida hermana prefirió quedarse sentadita en su banca, para ella era muy difícil socializar y aquel día más porque estaba consternada con el ataque de pánico que había tenido su madre. No tardaron en acercarse a la muchacha otras dos compañeras de su grupo, Angélica y Margarita; Laura comenzó a platicar con ellas, y salió el tema de lo sucedido con su mamá, la primera chica esbozó una sonrisa burlona, y la otra palideció de inmediato, pues ella y su hermana habían vivido algo similar. Estas experiencias sobrenaturales hicieron que entre las jóvenes naciera una gran amistad, sabían que desde aquel momento serían inseparables. Siempre damos las cosas por hecho o que nuestro día va a terminar como lo planeamos, pero a veces el destino decide cambiar todo esto, ya sea para bien o para mal; algo similar pasaría con la amistada de las chicas.
Acabó el recreo y regresaron a su aula de clases, al poco tiempo de comenzada la jornada, Laura pide permiso para ir al baño, su amiga iba levantar la mano para acompañarla, pero una voz cargada de maldad resonó en su cabeza: ¡No lo hagas! Laura le sonrió antes de salir, sin saber que sería la última vez en su vida que lo haría…
Sin saber lo que le esperaba, caminó tranquilamente por el pasillo, hasta llegar a los alejados y fríos baños, entró a ellos sin ninguna preocupación, el lugar estaba completamente solo, se metió en el último sanitario mientras tarareaba una canción de moda, pero sus pensamientos se interrumpieron cuando sintió un escalofrío al ver por la parte de abajo un par de pies cubiertos de barro, que calzaban unos huaraches carcomidos por el tiempo. La muchacha respiró profundamente y con su temblorosa mano entreabrió la puerta, ante sus ojos se encontraba un niño sucio con harapos, que sostenía en la mano un crucifijo de metal con los orificios por medio de los cuáles se había atornillado a su ataúd. Las cuencas de sus ojos estaban vacías y de su boca salió un aire pestilente al mismo tiempo que una amenaza: ¡Lárgate de aquí!
En ese momento entraron otras niñas, pero se detuvieron en seco cuando encontraron a Laura en el fondo temblando de miedo, su timidez le había impedido gritar, por lo que todo el terror que sentía se le quedó guardado, en ese momento la muchacha cayó desmayada.
Margarita fue la última persona en escuchar frases más o menos coherentes de su amiga, quien había perdido la razón, por lo que fue llevada a una institución psiquiátrica donde recibe atención.  
Las autoridades se han negado rotundamente a clausurar la escuela y ninguna persona volvió a mencionar haber visto seres de ultratumba deambulando por la escuela. Mientras tanto, Margarita decide abandonar sus estudios en dicho plantel, temerosa de tener visiones aterradoras; en cuanto al hermano de Laura, con dificultades terminó su formación académica, habiendo perdido su alegre carácter y siempre evitó ir a los baños de la escuela.
El último hecho del que se tiene registro, es cuando un niño perdió un juguete en un hueco que se había formado por las lluvias bajo la acera de los salones de primer grado; pero al meter la mano en aquel hueco fue mordido con mucha fuerza, a tal grado que estuvo a punto de perder un dedito de la mano derecha. Al principio se pensó que había sido una rata, pero cuando el doctor analizó con detenimiento las marcas de la mordida, confirmó que se trataba de una dentadura humana; y como en el caso de Laurita, se decidió guardar silencio ante la Sociedad de Padres de Familia.

domingo, 8 de mayo de 2016

Historia de una madre (Juan Cristián Andersen)

En una fría noche de invierno, la Muerte, bajo la apariencia de un pobre viejo, entró en una casucha donde una madre velaba desde hacía tres días y tres noches a su enfermo hijito. La pobre mujer, cansadísima, se durmió un momento; pero cuando volvió a abrir los ojos poco después, ya no vio al viejo ni al pequeñín. Se precipitó fuera de la casa, desesperada, y la Noche, que estaba envuelta en un gran manto negro y sentada en la nieve, le dijo:
-He visto pasar a la Muerte con tu niño en brazos. Si me cantas todas las canciones de cuna que acostumbras cantarle a él, te indicar el camino que han tomado.
La madre, llorando, cantó, y la Noche, satisfecha, le indicó el camino del bosque. La pobre mujer penetró en el sin miedo, pero no tardó en encontrarse ante dos caminos.
- Si me calienta sobre tu corazón, te indicaré que camino ha tomado la Muerte -le dijo un rosal que crecía allí cerca.
La mujer lo estrecho con tanta fuerza contra su pecho, que las espinas le penetraron en las carnes y las hicieron sangrar, y el rosal bañado en aquella sangre, germinó milagrosamente. Después, indicó el camino a la mujer, que reanudó su fatigosa marcha; pero al llegar a la orilla de un lago, quedó perpleja porque no veía puente ni barca para poder pasar al otro lado.
-Si me das tus ojos, que son las perlas más relucientes que visto, te llevaré a la a la orilla -murmuró el lago.
Y la mujer, sin vacilar un momento, dio sus ojos; pero como quedó ciega, no sabía hacia dónde dirigirse cuando llegó a la orilla opuesta. Entonces, la guardiana del lugar le dijo:
-Si me das tus cabellos negros, te llevaré al gran invernadero de la Muerte.
La madre dio sus cabellos, y la mujer la condujo a un invernadero inmenso, donde crecían millones y millones de plantas, cada una de las cuales representaba una vida humana. En medio de ellas, la pobre ciega reconoció enseguida la plantita frágil de su hijo y se puso ante ella para protegerla contra la Muerte, que precedida por un viento glacial, se estaba aproximando.
-Devuélveme a mi hijo -sollozó la madre.
-Escúchame mujer -contestó la Muerte -, y ante todo toma tus ojos, que he cogido en el fondo del lago, y mira en este arroyo. Ahí, verás reflejadas dos existencias, una de las cuales es la reservada a tu hijo en caso de que continúe viviendo. Pero no te puedo decir cuál de las dos es.
La mujer miró y vio una vida llena de felicidad y de bondad, y otra llena de dolores y culpas.
-Pues bien, ¿qué quieres? ¿Deseas que viva o que lo lleve conmigo al país desconocido?
Con el corazón angustiado, sin saber que desear, en la horrible duda de que a su hijo le estuviera reservada la vida desgraciada de penas y dolores, la pobre madre cayó de rodillas y oro:
-Dios Omnipotente, haz lo que quieras de mi hijo. Lo que tú hagas estará bien hecho. Entonces, la Muerte partió con el niño en brazos hacia el país lejano y desconocido.

domingo, 1 de mayo de 2016

La Cruz de Culiacán (Leyenda de Guanajuato)

La Santa Cruz, que se celebra el 3 de mayo, es una festividad que se remonta a la época del México colonial; aunque en la actualidad está casi por desaparecer, sólo los albañiles siguen con ésta bonita celebración, colocando una cruz adornada con flores y papel picado de muchos colores. Para celebrar el día de la Santa Cruz, dejemos que el cronista Luis González Obregón nos relate la siguiente leyenda del bonito Estado de Guanajuato:

I

En el antiguo camino que seguían los viajantes para ir de Celaya a Salamanca, estaba la charca famosa, lugar muy pantanoso donde las diligencias se atascaban, dándose el caso que para recorrer el corto tramo que había entre aquellas poblaciones se emplearan hasta tres o cuatro días, con desesperación infinita de los pasajeros y a costa de gran pujanza de los pobres animales.
Siguiendo este camino se descubría a la izquierda un alto y riscoso cerro -llamado de Culiacán-, y en su elevada cima una cruz bastante venerada de los campesinos de los alrededores, principalmente de los de Salvatierra y Cortázar, pues el legendario cerro se eleva en los límites de estas dos municipalidades.
La cruz podía verse en los días apacibles, y en las noches serenas y estrelladas, a la simple vista; no así en las mañanas frías y nebulosas de invierno, o en las tardes o noches de tempestad, porque entonces las espesas neblinas o los negros nubarrones la ocultaban.
En las noches de luna, durante un período de 20 años y por el segundo tercio del siglo XVII, las buenas gentes de las rancherías y estancias circunvecinas escuchaban un llanto tristísimo, doloroso y prolongado, como de persona angustiada a quien atormentasen materialmente o sufriese cruel pena para la que no hallaba consuelo; y a la vez veían, o se imaginaban ver, una blanca y vaporosa sombra, a modo de fantasma, que recorría errante en torno del cerro, lanzando desgarradores gemidos…
Noche con noche se oía aquel llanto, y las muchachas y mozos despreocupados decían con desdén: “Son aullidos de lobos o coyotes”; las viejecitas de rugosos rostros y blancos cabellos aseguraban que sería la Llorona, porque ella vive en la imaginación popular desde antes de la Conquista; y la mayoría de los sencillos labradores de aquellos lugares afirmaban que eran almas en pena, y todos santiguábanse devotamente.

II

Pero la Cruz del riscoso y elevado cerro tiene su leyenda. Poco tiempo había transcurrido de la fundación de Salvatierra -que según unos fue en 1673 y según otros en 1674-cuando un indio anciano, en unión de su mujer y de una hija suya de 16 años, llegó cierto día a la cima del cerro con los pocos muebles de su humilde hogar; y sin que nadie los ayudara, los tres construyeron una choza, que desde entonces fue la habitación de aquella familia, la cual vivía aislada, casi sin comunicarse con los pueblos y ranchos situados en los bajos y en las laderas de dicho cerro.
Madre e hija iban los domingos a oír misa a la iglesia de San Ángelo, del convento carmelita de Salvatierra, pero el indio anciano tenía fama de hechicero e idólatra, y algún campesino contaba que lo había visto hacer sacrificios de aves, ofrendas flores y quemar oloroso copal ante un idolillo labrado en forma de culebra con plumas, que quizá figuraba al dios Quetzalcóatl.
Otros lo habían sorprendido exhortando a su hija, y poco más o menos la habían oído decir: “Tú, hija mía, eres preciosa como cuenta y pluma rica; eres carne de mi carne y sangre de mi sangre; y pues tienes ya sobrado uso de razón y muchas veces has visto crecer las cañas de las milpas, reverdecer el pasto de los campos, florecer las rosas en los jardines y madurar los frutos en los huertos, es preciso que entiendas que en este mundo no hay verdadero placer ni descanso, sino sólo trabajos, aflicciones, abundancia de miserias y pobrezas.”
“¡Oh, hija mía, botón tierno en tu niñez llora flor en tu juventud! ¡Nuestra diosa Xochiquetzal te ha dado perfumes y belleza! Pronto serás amada de los hombres, pero huye de los blancos que son malos como el Dios Tlacatecólotl. Ellos se apoderaron de nuestras tierras; han esclavizado a los nuestros para que encorvados con el arado labren las cementeras; para que sepultados en las profundas tinieblas de las minas saquen el oro; para que muevan como bestias las piedras de los molinos, y para martirizarlos a fin de que entreguen los tesoros. Los encomenderos destruyen teocalis y quiebran dioses; azotan y abofetean hasta hacer salir sangre; predican la humildad, y son soberbios; predican la caridad, y despojan a los pobres; dicen: “Sed castos”, y raptan doncellas; dicen: “No matarás”, y acuchillan mujeres, niños y viejos al apoderarse de los pueblos.
“¡Oh inocente flor de estas montañas! ¡No pierdas tu lozanía con su liviano aliento! Se cauta y huye de ellos como el cervatillo cuando se acerca el cazador artero. Aborrécelos. Esos hombres no se saciarán con todo el oro de las entrañas de nuestra tierra ni con el que arrastran las aguas de nuestros ríos.
“Por esto, ¡oh virgen de estas soledades! Te he traído a vivir en la cima del cerro del Dios de nuestros antepasados. Y primero te daré muerte, quitaré la vida tu madre me sacrificaré yo mismo, antes que consienta que seas de alguno de esos hombres blancos, que son malos como el Dios Tlacatecólotl.”
Dicen que después guardó silencio el indio anciano y retórico como eran los indios ladinos, que de seguro no pertenecía la bárbara tribu otomí, principal pobladora del territorio de Guanajuato; y que por los dioses que invocaba, el culto que les tenía y haber establecido su hogar en el cerro de Culiacán, debe haber sido descendiente de los toltecas; tal vez sacerdote gentílico, que en el silencio y apartamiento de aquella sima continuaba oficiando con sus antiguos ritos.
La joven nada respondió: bajo los negros ojos, púsose en pie y fue a escardar en un pequeño campo que cultivaba lado de la choza.

III

¿Por qué aquel silencio de la joven india? Porque amaba con pasión a un hombre blanco que vivía en las inmediaciones de Salvatierra, y que la había conocido en esta ciudad, cuando, ya adulta, un buen misionero la había bautizado poniéndole el nombre de María.
La rara y extremada hermosura de María había cautivado a Pedro Núñez, que así se llamaba este joven de gentil presencia; y ella, a hurtadillas de sus padres, había correspondido con inmensa ternura; pero pasado algún tiempo el indio anciano lo supo y le dijo: “Nada ignoro, y como te tengo advertido, primero te veré muerta que en brazos de uno de los hombres enemigos de mi raza”.
María lloró mucho, y arrodillada ante el anciano le pidió perdón por haberle desobedecido; mas dicen que no podía prescindir de aquel amante, que la amaba con el más intenso amor, y que la iba a hacer su esposa, pues aquel hombre, aunque blanco, era bueno.
El anciano, fiero e iracundo, no se convenció, y la joven tuvo que ser depositada en la casa del Alcalde de Salvatierra, y un mes después se verificó el matrimonio en la iglesia parroquial, con cantos, música y flores.
María y Pedro Núñez eran felices. Se continuaron amando como cuando eran novios, y como entonces, solían ir a pasear en las tardes tranquilas cerca de la margen del río Lerma. Al oscurecer de una de esas tardes un campesino encontró el cadáver de María y vio que un anciano indio trepaba como fiera por los riscos del alto cerro; lo siguió, y ya en la cima, contempló un vivo fuego de incendio que consumía la choza.
Desde la noche siguiente los moradores de aquellos sitios comenzaron escuchar el tristísimo llanto de que ya se ha hablado, y creyendo ver el fantasma blanco y vaporoso por las cercanías del cerro. Los prolongados gemidos y las nocturnas apariciones duraron 20 años, y nadie podía darse cuenta de los misteriosos alaridos y de las visiones espantables.
El campesino que encontró el cadáver de María, temeroso de que sobre él pudieran recaer sospechas, no dijo a nadie nada; se contentó con abrir una fosa en el mismo sitio en que halló a la joven muerta, y la sepultó como si hubiera sido deuda suya.
Otra tarde, al cabo de los 20 años citados, todos los que estaban cerca vieron que paso a paso, y con mucha dificultad por la pesada cruz que llevaba las espaldas, subía por el alto y riscoso cerro un fraile carmelita, y que una vez que llegó a la cima, dejó caer, para descansar, la pesada cruz; que enseguida cavaba afanoso la tierra, y que por último, afincada allí la cruz; cruz que desde esa memorable tarde abriría sus amorosos brazos para proteger a los buenos campesinos de la comarca, y ante la cual en las noches tranquilas iría a orar el mismo fraile carmelita, que en el mundo llamose Pedro Núñez.
Cuenta la leyenda que entonces cesaron para siempre los gemidos espantables que perduraron tantos años, y que al resplandor de la silenciosa luna solía verse junto al fraile la figura vaporosa de María.