domingo, 29 de septiembre de 2013

La casa de los Jáuregui


Esta leyenda sucedió en la calle de Mecateros, que hoy en día es la séptima del 5 demayo; para darle amplitud a esta calle fueron derribados en 1881 los callejones del Arquillo y Mecateros.
En el estrecho callejón de Mecateros hubo una vieja casona que los vecinos llamaban como “la de los Jáureguis”, la cual constaba  de un portón clavado con piedra armera, amplios balcones salidizos, fornidas rejas de fierro de Vizcaya y gruesos canalones. La casa tenía un aspecto lúgubre y sombrío.
Corría el tiempo en que la Reforma estaba en su estaba su apogeo, y a esta vetusta casona fueron a refugiarse unas monjas que tuvieron que huir debido a que su convento fue arrasado por los liberales. Las dueñas de la casa eran unas mujeres mayores que llevaban una vida de recogimiento y oración; las monjitas que fueron recibidas llevaban una vida muy agradable por los cuidados que recibían de aquellas buenas mujeres que les tendieron la mano. Con mucho fervor y entrega, las religiosas elevaban sus oraciones  y se dedicaban a hacer lo que mejor sabían: dulces y deliciosos pasteles.
Sus vidas en aquel lugar corrían tranquilamente, hasta que cierta noche, todo se vería alterado por una misteriosa e intrigante visita. Como era costumbre, las monjas se encontraban en una estancia acondicionada de oratorio rezando los maitines, en ese momento entra en la habitación una mujer ataviada de negro de pies a cabeza, llevaba una vela encendida en la mano y en su pecho podía apreciarse un hermoso collar de rubíes; cruzó la estancia  y se arrodilló silenciosa entre las religiosas apretando fuertemente contra su pecho un pequeño bulto, termina la hora del rezo, se levanta, da un profundo suspiro y sale de la habitación así como llegó. Las monjas intrigadas pensaron que tal vez se trataba de una de las señoras de la casa.
La siguiente noche a la hora del rezo vuelve a entrar aquella misteriosa mujer a la estancia, siempre con el rostro cubierto por un grueso manto, su vela encendida y el pequeño fardo en los brazos; se arrodilla e inclina, permaneciendo en esta posición  todo el tiempo; llega la hora de término de los maitines y sale con paso lento. Así noche a noche sigue asistiendo la dama puntualmente, entrando silenciosa y saliendo del mismo modo, solo que algunas veces podía oírsele suspirar, su suave caminar hacia que pareciera que flotaba.
Las monjas comenzaron a extrañarse por la asistencia de la dama enlutada, ya no pensaban que fuera una de las señoras de la casa, pues eran bajas de estatura y regordetas, en cambio la mujer misteriosa era delgada y muy alta; tal vez era una amiga de ellas o una vecina. Intrigadas las monjas fueron a preguntarles a las dueñas de la casa por la visita misteriosa que tenían noche a noche, a lo que ellas les respondieron que con los tiempo tan revueltos que corrían, lo mejor era tener cerrado el portón, nadie más entraba de la calle. Con aquella noticia, todas comenzaron a inquietarse, un temor las comenzó a llenar de sobresalto. ¿Quién era aquella mujer?
Al caer la noche las devotas señoras asisten curiosas al rezo nocturno. A la hora de siempre llega la dama enlutada con los mismos aditamentos que trae a diario, termina el maitines y sale de la estancia como si flotara en el piso, pero al llegar a la puerta levanta el rostro, y lo poco que se podía adivinar tras el grueso manto era un rostro pálido por el que rodaban lágrimas, cubierto por un caballo lacio y aceitoso; una ráfaga de viento le abre el manto y se alcanza a apreciar que el bulto que trae pegado al pecho se trata nada de menos que de un niño dormido. La mujer misteriosa caminó hasta el fondo del pasillo hasta perderse en una habitación, pero el  problema es que esta llevaba muchísimo años cerrada, y lo único que se guardaba ahí eran muebles viejos de desecho. Las mujeres se apresuraron a buscar la oxidada llave de la estancia, se dispusieron a abrir la puerta cubierta de telarañas, la cual dio muchos trabajos para que finalmente cediera; al entrar en el lugar se encontraron con unos asustados ratones, olor a ranciedad y abandono. El temor invado a las mujeres, que no dejaban de santiguarse y diciendo con voz ahogada: ¡Ave María Purísima!
La suerte de las monjas cambiaría al día siguiente, pues ya se sabía dónde estaban escondiéndose e iban a ir por ellas para llevarlas presas junto con las señoras que les dieron asilo; al enterarse de que iban a ser apresadas todas salieron como alma que lleva el diablo. Poco tiempo después regresaron las dueñas de la casa y volvieron a ver a la dama enlutada, incluso una noche la escucharon llorar con largos y lastimeros gemidos. No soportaron más esta situación y decidieron vender el inmueble.
El comprador fue el bibliófilo don José Herrera, quien era un hombre escéptico que no creía en aparecidos ni en cosas por el estilo, pues le contaron que en su nueva morada había duendes y ánimas en pena, a lo que él respondió con una sonrisa incrédula. Pasó el tiempo y compró unos hermosos muebles para darle su toque personal a las habitaciones; todo era perfecto para el caballero, pero una noche todo esto cambió cuando escuchó un persistente llanto al pie de su cama, acto seguido encendió la luz y el lloro se fue alejando poco a poco hasta que se apagó por completo. Don José quedó muy inquieto sin poder conciliar el sueño durante el resto de la noche.
El pobre hombre ya no sonreía desde ese día, todo el tiempo apretaba contra su corazón la foto de su novia, doña Guadalupe Gutiérrez Vázquez, para de este modo darse ánimos.
Días después, en otra noche escuchó que alguien arrastraba un pesado cuerpo por todas las habitaciones, acompañado por gritos de angustia. El señor se levantó y registró toda la casa sin encontrar absolutamente a nadie, todas las puertas estaban cerradas. ¿Quién las abriría para que entraran a arrastrar aquel cuerpo? ¿Quién gemía? ¿Quién volvió a cerrar la puerta? Y como en la ocasión anterior, se volvió a escuchar aquel llanto así como venía de la nada, desaparecía  de igual forma.
Don José estuvo durante varios días pensando en porque eran aquellos sucesos, hasta que por fin se le ocurrió algo bastante descabellado: había dinero enterrado en la estancia donde desaparecían los sollozos ¡Claro que sí, esa era la razón! ¿Cómo no se le ocurrió antes?
NI tardo ni perezoso esa misma tarde quitó las tablas del suelo y comenzó a cavar muy afanoso, mientras hacía su labor pensaba en todo lo que iba a poder comprar con aquel tesoro que descubriría, en ese momento apareció ante sus ojos una dama vestida de negro con el cabello enmarañado sobre su rostro, un niño en los brazos y sosteniendo una veladora, a la luz de la llama se podía ver como los rubíes brillaban con un aire siniestro. Sin mover los labios y con una voz honda que se escuchaba muy lejana, le dijo al caballero: “Aquí ni hay tesoro alguno; y lo que hay tú no has de descubrirlo. No escarbes más”.
La mujer se alejó lentamente dando un largo sollozo antes de desaparecer. Don José se quedó con la boca abierta y parpadeando atónito, petrificado de miedo. Ese mismo día abandonó la casa y la poco tiempo la puso en venta.
Para los trabajos de apertura de la calle de 5 de mayo en 1861, fueron derribadas la Casa de la Profesa y el Convento de Santa Clara, y en 1881 el Ayuntamiento acordó echar abajo las casa del lado Sur de los callejones de Mecateros y del Arquillo; el segundo se llamaba así porque se entraba por el por un arco de piedra, antes se le llamó de la Guardia por estar a un  lado de la guardia del palacio de Hernán Cortés; al primer callejón antes mencionado se le dio este nombre porque los cordeleros tenían ahí sus tiendas. Durante los trabajos de demolición fue tirada la casa de los Jáuregui, debido a que llevaba muchos años abandonada, pero al echar abajo uno de sus muros los trabajadores se encontraron con una momia emparedada con las características de aquella dama enlutada que noche a noche se manifestaba en la casa. ¿Por qué tuvo ese final tan horrible aquella mujer? Sigue leyendo.
La historia nos cuenta que en cierta casona amueblada con los más lujosos muebles, los mejores tapices, las mejores vajillas de plata y porcelana blasonada; vivía doña Inés de Jáuregui, dama grácil, alta, afable y de largas manos blancas. La vida de esta mujer cambiaría para siempre cuando en una fiesta de estafermos conoció a cierto caballero, el cuál se caracterizaba por sus destrezas y su infinita arrogancia; doña Inés quedó impactada mirándolo por largo tiempo a este hombre, quien llevaba por nombre don Pedro Solares. Sus miradas se cruzaron con singular encanto, después estas pasarían a convertirse en amor y esto lo confirmaba el temblor de las manos de las despedidas.
Pasó el tiempo y llegó la tan esperada fiesta de bodas, la pareja recién casada vivía en su pequeño mundo en que todo era perfecto y feliz, pero como nada es para siempre, poco a poco se empieza a acabar aquella alegría y empiezan a aflorar los caracteres tal y como son: el de ella dulce, con un toque de enérgica obstinación; el de él, áspero, autoritario y cruel.
Don  Pedro Solares siempre fue un libertino que solo se ocupaba de satisfacer sus apetitos y sus vicios; la prueba más palpable de  este abuso fue que la fortuna que le dejaran sus padres le duró el día y la víspera. Este hombre era de costumbres infames y ruines, tenía el alma tan podrida, que cuanto caía a su pensamiento se le corrompía al punto, era borracho, pendenciero y muy jugado; pasaba los días dándose gusto en cuanta taberna y mesón encontraba, siempre lleno estos locales de gente de la peor calaña.
Don Pedro le fingió amor a doña Inés para poder desposarse con ella apoderarse de su cuantiosa fortuna, y no tardó mucho en empezar a derrochar los bienes de la pobre mujer, llegando a gastar en un día más de lo que adquirieron en un año largo los padres de la esposa; e esta la engañaba diciéndole que era para hacer negocios y aumentar la fortuna para tener el pretexto de meterle mano al dinero, invirtiendo según el en productivas hipotecas, compra de tierras y casas. Así se fue aquel patrimonio, sin que nunca llegaran las tan esperadas ganancias, pero lo que si llegaron fueron las discusiones, los pleitos, los malos tratos; a doña Inés le esperaban largos de días de sufrimiento junto a aquel vicioso.
Pasó el tiempo y arribó a este mundo un niño, pero en vez de traer alegría como en toda familia que se preciara, traería un terrible desenlace para la madre primeriza ¿Cómo terminó doña Inés? Sigue leyendo.
La mujer decidió negarse a las exigencias monetarias de su marido, pues lo poco que le quedaba sería para asegurar el futuro de su hijo. Ante tal decisión Don Pedro montó en cólera y pocas fueron las palabras y los golpes para descargar su ira hacia aquellos dos seres inocentes condenados a la desgracia.
Cierta noche el esposo vio que del cuello de su mujer pendía un hermoso collar de rubíes, a lo que quiso apoderarse de la joya, pero ella opuso resistencia; las malas palabras no se hicieron esperar la igual que los golpes. Amenazó a doña Inés de dar muerte a su hijo, ella lo apretó contra sus brazos. Don Pedro ciego de rabia, la arrastró hacia un hueco que había en la pared, metió a empellones afianzándola al muro con cuerdas atadas en alcayatas para que no pudiera salir, y empezó el siniestro trabajo de emparedarla, cubriendo el hueco lo más rápido que pudo.
Doña Inés gritaba con los ojos desorbitados, y el lleno de furor ni siquiera la veía, echaba argamasa y afianzaba piedras y más piedras. La pobre mujer estaba ronca de tanto gritar, se retorcía desesperada queriendo desasirse de aquellas cuerdas que la tenían prisionera, sus aterrados ojos veían como poco a poco las hileras de ladrillos iban subiendo, desesperada pedía le decía a don Pedro que tomara todos sus bienes y que la dejara vivir, a lo que él hizo caso omiso. Con enorme angustia veía como los ladrillos iban subiendo, primero a las rodillas, después a la cadera, luego rebasaba el pecho, posteriormente la cabeza y por último la oscuridad total.
Doña Inés finalmente quedó tapiada y lo único que se escuchaba desde el exterior era una voz débil y apagada. El llanto ya había cesado, el silencio reinó llenando a la casa entera de este ambiente, el cual solo fue quebrantado por una distante campanita de un convento.
Don Pedro se desenfrenó como nunca en sus vicios y al poco tiempo murió apuñalado en una bulliciosa mancebía de la calle de las Gayas.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Los nombres de las calles a través de la historia


Después que la cuidad de Tenochtitlán quedara en ruinas, arrasados uno por uno los teocallis y edificios; después el lugar sería abandonado debido al insoportable hedor que despedían mil cadáveres, y todo el tiempo permanecían encendidas unas enormes luminarias para que purificaran aquel hedor; hubo que dejar pasar 5 meses para comenzar a levantar lo que sería la capital de Nueva España. Pero fue tan fácil, ya que el dilema era en que sitio se levantaría la ciudad, algunos conquistadores decían que en Coyoacán, otros que en Tacuba, otros más en Tetzcoco, pero sobre todos ellos prevaleció la opinión de Hernán Cortés, que dijera: “ Que pues esta cibdad en tiempo de los indios avía sido señora de las otras provincias a ella comarcanas que también hera razón que los fuese en tiempo de los cripstianos e que ansí mismo decía que pues Dios Nuestro Señor en esta cibdad avía sido ofendido con sacrificios e otras idolatrías que aquí fuese servido con que su santo nombre fuese onrado e ensalzado más que en otra parte de la tierra”.
La limpieza del terreno y la titánica tarea de levantar la cuidad comenzó entre finales de diciembre de 1521 y principios de enero de 1522, pues esta evidencia se encuentra asentada en un carta de D. Hernando al Emperador Carlos V. El trabajo fue grande y pesado, ya que hubo que remover todos los escombros, tirar algunos muros que todavía quedaban en pie, terminar de destruir ídolos, cegar fosos y canales y levantar lo que se había demolido.
Una de las primeras medidas que tomó el Ayuntamiento para darle forma de Nueva España, fue empezar con la traza de la cuidad, en donde la gente podría saber en donde iban a estar ubicadas las plazas, las calles, en que terrenos podrían levantar sus casas los nuevos habitantes, los lugares en que se ubicarían las Casas de Cabildo, la fundición, la carnicería, la horca y la picota, elementos necesarios en la sociedad de aquella época.
El perímetro que delimitaba el plano de la cuidad, estaba ubicado hacia el norte, donde todavía podemos encontrar las calles del Carmen, Apartado, Pulquería de Celaya, Puerta Falsa de Santo Domingo, Espalda de la Misericordia, Cerca del San Lorenzo hasta el Puente del Zacate: hacia el poniente por esta última calle y las Rejas de la Concepción, Puente de la Mariscala, Santa Isabel, San Juan de Letrán, Hospital Real, 1°, 2° Y 3° de San Jerónimo, Cuadrante de San Miguel, Buena Muerte y San Pablo, y hacia el oriente, por las de Muñoz, Curtidores, la Danza, Talavera, Santa Efigenia, Alhóndiga, calles de la Santísima, hasta el callejón del Armado.
Una vez que la traza fue una realidad, se hizo la repartición de los solares para todos aquellos que quisieron avecindarse, tocando uno a cada vecino, con l obligación de edificar, y dos a cada conquistador, Hernán Cortés se adueño de muchos y distribuyó para que edificasen sus amigos, criados y todo persona cercana a el.
La construcción de las primeras casas fueron hechas por los indios vencidos, que no recibieron retribución alguna y muchos murieron en aquella labor; pero eso si, la ciudad se empezó a levantar rápidamente como por arte de magia. Las primeras casas tenían el aspecto de una fortaleza, con pesados y gruesos muros, troneras y torres, escasas y bajas puertas hacia la calle; y por dentro enormes patios, habitaciones, cuadras para caballos, cuartos para sirvientes, chozas para esclavos e indios. El material de construcción fue cal y canto, especialmente el tezontli, las azoteas planas, cuyas gruesas vigas eran de cedro.
Poco a poco las calles comenzaron a tomar forma, pero pocas tenían nombre y para que los vecinos pudieran ubicarlas, por ejemplo: tal persona vive a las casas de Alvarado, del Bachiller Alonso Pérez ó junto a los solares de Casanova, de Grijalva, de Melchor de San Miguel. También muchas otras calles como la de Tacuba, Atacauba ó Tlacopan y la de Donceles que existen todavía con sus primeros nombres; la de las Atarazanas, los Bergantines hoy Santa Teresa, Hospicio de San Nicolás y Santísima, la calles de Itztapalapan, que comenzaba en Flamencos y se extendía hasta la del Reloj; la de la Celada, desde Zuleta hasta la Merced; la del Hospital, ahora de Jesús y la de la Guardia, Real, Zalapa, Juan Ceciliano, y Benito Bejel, que se ignora a cuáles corresponden.
También la cuidad tuvo tres mercados: el de la plaza mayor, en la de Tlatelolco y entre Santa Isabel y la Alameda, llamado este último Tianguis de Juan Velázquez. Así es como lentamente la cuidad colonial comienza a tomar forma en sus primeros años de existencia.

sábado, 14 de septiembre de 2013

La piedra parlante


Transcurría el reinado de Moctezuma sin pena ni gloria, y un buen día se dio cuenta de que no había hecho labor alguna que preservara su memoria para la posteridad; entonces se le ocurrió mandar labrar una imagen de la diosa Cihuacóatl para ser colocada en el templo de Huitzilopochtli, que fuera de tamaño mayor y dos codos más alta que la que allí se encontraba. Así, los canteros y albañiles de los cuatro barrios de Teopan, Moyotlan, Atzacualco y Cuepopan, fueron a buscar un pesada piedra que para que labrasen una piedra como la que estaba arriba del Cú del Huitzilopochtli, excepto que debía ser mayor con una braza más de ancho y dos codos más alta.
Después de caminar durante un largo tiempo, al fin la encontraron  adelantito de Ayotzingo en Acolco, la midieron conforme les fue ordenado, tuvieron que ir después de diez a doce indios para sacarla de donde estaba para ponerla en un razo para labrarla; una vez que fue bajada llano comenzaron a darle la forma, los de Chalco les daba de comer a los canteros, pero después se acabaría porque en la ardua labor había treinta oficiales con picos de pedernal. Cuando la imagen fue terminada se le dio inmediatamente el aviso al rey Moctezuma y fueron para traerla todos los chalcas, chinampanecas y de Nauchteuctliu; y como la traían con tanto ruido por el gran peso, la llevaron hasta Iztapalapan, donde descansaron los indios dos o tres días, pero el día que iban a entrar a Tenochtitlán, Cihuacóatl hizo llamar a los chocarreros que eran los bailarines del palo cuauhtlatlazque o quahuilacatzoque, a los viejos cantes de teponaztli (instrumento de percusión) y a los sacerdotes con cornetas y atabales; y para que trajeran a la brevedad la escultura, los mayordomos fueron enviados para que llevasen de comer a los canteros y los principales que la traín, que tomaran su desayuno al alba, comieran a las nueve y merendaran a las tres.
Los perfumadores o sahumadores, que se les llamaba tlenamacaque, se dispusieron a ir donde se encontraba la imagen, llevando mucho copal blanco, grande y ancho, mantas ricas y pañetes, catles y cotaras; pero antes de partir la piedra  cortaron cabezas de codornices y empezaron a untarla de sangre y a sahumarle, después vinieron los bailes y cantos típicos. A pesar de todos estos estos rituales religiosos, se dieron cuenta que conforme iban avanzando era más difícil avanzar, era como si la piedra tuviera vida propia y se resistiera a que se la llevaran  a Tenochtitlán; ante tal extraño acontecimiento, fueron algunos indios a darle la noticia a Moctezuma.
En el segundo intento trataron de trasladar la imagen, pero con resultados infructuosos, y para ayudar en esta labor fueron enviados  todos los tecpanecas, serranos, montañeses, Chiapan, Xilotepec, Xiquipilco, Huatitlán, Mazahuacán; una vez que llegaron todos, finalmente lograron arrancar a la piedra del sitio donde estaba tan afianzada, pero en ese momento ocurrió algo que ninguno de los ahí presente esperaba: ¡la piedra habló! ¿Y qué dijo? Sigue leyendo.  “Por más que hagáis “, todos se quedaron mudos y la piedra prosiguió: “¿Que me queréis llevar? Pues no me he de rodar para ir a donde me queréis llevar”, lo presentes ignoraron sus palabras y continuaron con las labores de traslado, pero la imagen no tardó en protestar nuevamente: “Pues llevadme que acullá os hablaré”. 
Después de una larga y cansada jornada llegaron hasta  Tlapitzahuayan, y acto seguido fueron un  principal y un cantero  a dar aviso al rey de lo acontecido con la piedra protestona. Una vez que llegaron y le relatarle a Moctezuma lo sucedido, este pensó que los hombres estaban borrachos o que habían perdido y el juicio, mando a llamar a su mayordomo Petlacalcatl y le ordeno que mandara presos a ese par de mentirosos. Moctezuma envió a seis principales a gran prisa para que averiguasen que era lo que pasaba, los que arrastraban la pesada carga les contaron a estos exactamente la misma historia, y  ese momento la piedra habló: “Por más que hagáis no me llevaréis”, “Pues llevadme, que acullá les diré lo que será “. 
Los mensajes regresaron con la misma versión de los hechos y su testimonio sobre la piedra que hablo, a lo que el rey ordeno al mayordomo que soltara a los prisioneros; Moctezuma mandó a estos últimos que a que llamasen a todos los de Aculhuacán, Chinampanecas y Nauchteuctli para que fuesen a traer la piedra. Una vez que llegaron todos, lograron llevarla hasta Techichco, y para que la piedra se sintiera motivada de llegar a su destino final, los indios comenzaron traer cornetas y a cantarle, después comenzaron a tirar de ella, el trabajo se volvía cada vez más difícil conforme avanzaban, a lo que la piedra volvió a hablar: “¿No acabáis de entender vosotros? ¿Qué me queréis llevar? Qué no he de llegar a México,; decidle a Moctezuma ¿Qué para que me quiere? ¿Qué, qué aprovecha que tengo que hacer allá, y que vaya a donde tengo que estar arrojada? Que ya no es tiempo de hacer lo que ahora acuerda, que antes lo había de haber hecho, porque ya ha llegado su término de él, ya no es tiempo, y el Moctezuma ha de ver por sus ojos lo que será presto, porque está ya dicho y determinado, porque parece que quiere aventajar a Nuestro Señor, que hizo el cielo y la tierra, más con todo, llevadme que allí será mi llegada, ¡pobres de vosotros! Vamos caminando”.
La gente arrancó nuevamente a la piedra de su lugar, sin dejar de tocar las cornetas; llegaron a Tozititlán junto a la albarrada de Santiesteban, donde pasaron la noche. Nuevamente fueron a llevarle el mensaje de la piedra a Moctezuma, el rey quedó muy intrigado y pensativo sobre lo que les deparaba el futuro, pero finalmente decidió mandar sacerdotes para que le hicieran sacrificios de codornices, la llenaran de sahumerio, todos los viejos teponaztli fueron a cantarle y bailarle, para que así se entusiasmara aunque fuera un poquito.
Pero cuando llegaron al puente de Xoloco y estando justo a la mitad, la piedra dijo: “Hasta aquí ha de ser y no más”, dicho esto el puente se quebró cayendo  junto con los que la llevaban jalando, algunos perdieron la vida y otros más lograron escapar a nado. Los sobrevivientes corrieron a darle la noticia a Moctezuma. El rey fue a ver con sus propios ojos lo que había sucedido,  una vez que regresó a su palacio mandó llamar a los principales y los envió a Xochimilco, Cuitláhuac, Mízquic y Tlacochcalco para que reclutaran a los mejores buzos, y fueran a  averiguar al fondo de las aguas en donde estaban la piedra y la gente que se llevó consigo.
Moctezuma también fue al sitio acompañado de una sombrerera o quitasol al medio día, vio como ocho de los buzos se metían a las claras y cristalinas aguas, donde estuvieron aproximadamente media hora, después salieron les comunicaron al rey, los sacerdotes de los templos, y todos los principales mexicanos, que de la piedra y la gente no encontraron rastro alguno.
Entonces Moctezuma mandó a los canteros al sitio de donde habían sacado la piedra, y cuál no sería su sorpresa que en efecto ahí estaba todavía con el papel que le habían por cobertor y el copal blanco que le habían pegado, y para tener con que corroborar que esto era verdad, arrancaron el papel y rascaron el copal para llevárselo al rey. Y así termina la aventura que viviera una piedra de Chalco. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Mujeres de la Independencia de México: Leona Vicario

Una de las mujeres que más participó en el movimiento de Independencia, fue sin duda Leona Vicario, pues además de ser una mujer valiente, gastó toda su fortuna para que sus partidarios tuvieran el armamento necesario. Leona era una mujer avanzada a su época, pues era muy culta y no le importó renunciar a una vida llena de comodidades.


domingo, 8 de septiembre de 2013

La rodilla del Diablo (Leyenda de Guanajuato)

En la calle de Refugio, que después se llamó Tepetate y actualmente es conocida como Aztecas, antiguamente había una piedra que encajaba perfectamente con una rodilla, la cual delimitaba la esquina con la actual calle de Obregón.
Durante la época de la colonia, la calle del Refugio, era un callejón oscuro que delimitaba una propiedad del convento de los padres Carmelitas, donde no había construcción alguna, sino unas largas y tétricas tapias que empezaban desde la calle de Atarjeas hasta Obregón, terminando en lo que hoy es calle de Benito Juárez, antes Compañía Vieja, nació una de las leyendas más populares de Celaya.
Cuenta la leyenda que un capataz de las obras de reconstrucción que llevaban a cabo los sacerdotes de la Celaya de entonces, acostumbraba elegir entre los trabajadores a los mejores y más saludables hombres, y para ahorrarse trabajos de elección, mandó colocar aquella famosa piedra que tenía la altura de una persona físicamente bien constituía, y a una cierta distancia había dos hoyos en donde también debían embonar los dedos índice y pulgar; quien pasará aquella prueba se podía considerar contratado por el capataz.
La gente contaba que este consejo se lo había dado un capitán que un día se había aparecido en la obra, ataviado con una enorme capa dragona y cubriéndose el rostro con una parte de esta, que era de color negro. El capataz sin pensarlo dos veces aceptó aquel consejo, lo que le daba más tiempo de estar acostado tomando pulque y aguardiente.
Dicen que impulsado por la necesidad, cierto día llegó un jovencito, casi un niño, pero muy bien desarrollado, que dio las medidas perfectas en la piedra y de inmediato comenzó a trabajar; pero al no dar el rendimiento de la gente adulta, el capataz saturado de alcohol descargó su ira sobre aquel muchacho, destrozando de la nariz y dejándole su brazo izquierdo muy lastimado. Cuando sus compañeros de trabajo vieron que ya estaba acá sigues falleciendo, inmediatamente detuvieron el brazo del verdugo, y en ese momento vieron un rostro desfigurado que tenía espuma en la boca, por lo que uno de los trabajadores le aventó un escapulario, que al tocar el cuerpo del malvado vieron que en otra cosa que el capitán de la capa dragona, que al recibir el roce de este, inmediatamente se echó a correr perdiéndose por el lado norte de la ciudad.
Todos se dedicaron a cuidar al pobre muchacho, y fue hasta entonces que vieron al capataz dormido, perdido de tanto embriagarse, ni siquiera se dio cuenta de que el demonio lo había suplantado. El sacerdote encargado de la obra apenas se enteró de lo ocurrido, dio de baja al irresponsable capataz, bendijo la piedra haciendo caso omiso de las advertencias que le hacían, por lo que nunca ordenó que se mandara quitar.
Aquella piedra estuvo por muchos años, pero fue hasta el año de 1960 cuando se empezó a fraccionar por lo que es el rumbo de Aztecas, por lo que la piedra fue quitada de su lugar y así se perdió la tradición de muchos niños, que para medir su valor acudían a medir su rodilla en la piedra y a meter los dedos en las pequeñas cavidades. La gente adulta evitaba en lo posible pasar por aquel lugar, pues no podían evitar sentir cierto escalofrío al recordar, según dicen las consejas, que la piedra que ahí existía la había puesto el mismísimo Diablo.

domingo, 1 de septiembre de 2013

La vestimenta en 1810

Durante aquella época existía una enorme diversidad de formas, colores y cortes de prendas, sombreros y calzado; pero una combinación de lo antiguo con lo presente. Las modas anteriores a la Revolución Francesa se daban la mano con lo último que había a principios del siglo. La miseria de los léperos, la ostentación de los nobles y la sencilla indumentaria de los indios aborígenes, se codeaban en las calles, en las plazas y en los templos.
Todavía en 1810 se podían ver las viejas casacas bordadas, las chaquetas de cuero de colores crudos rojo o amarillo y las empolvadas pelucas, en los hombres; y las faldas amponas, los corpiños ajustados de cintura de avispa y los estrafalarios peinados, en las damas. Ahora eran de verse en señoras y señoritas, túnicas negras de seda, las mantillas de Málaga, listones de lazo angosto o de elaborados tejidos. En señores y señoritos, las camisas de Irlanda, las casacas negras y azules con botones amarillos, elegantes chalecos, pantalones azules, las medidas inglesas de hilo o las francesas de seda.
La plebe, léperos, mestizos, mulatos, chinos o coyotes, andaban casi desnudos, como los panaderos, solamente cubiertos con una manta cuando salían a la calle o iban a misa; algunas excepciones vestían con camisas y calzones de manta, o con calzones cortos de cuero amarillo y media de algodón, o con chaquetas de indiana y calzón hasta las rodillas y de pana, o con capotó negro y sombrero de copa de bacín. Los ricos hacendados montaban hermosos caballos, con sillas vaqueras sencillas o con ribetes de plata incrustada, guarniciones bordadas en plata, al  igual que las cabezadas del freno y bozalillo. El jinete portaba una chaqueta, y una calzón era de gamuza, con botonadura de plata, espada al cinto, escapularios y medallas, botas de campana con ricas espuelas de metal fino o de hierro, en la cabeza un paliacate y un sombrero ancho de copa redonda y baja ribeteado con cinta de seda sencilla, o de galón de plata u oro.
El alto clero era de lo más ostentoso, vestían con lujo y riqueza, puedes aparte de las ricas telas, portaban valiosas joyas, y a algunos se les podían ver hebillas en el  calzado con incrustaciones de perlas y diamantes. El clero bajo en cambio, vivía en  los pueblos y aldeas, humildes y pobres curas, que vivían gracias a las limosnas voluntarias o de mezquinos aranceles, vestían zapatos corrientes, calzón corto, chaqueta de lana, sombrero redondo y un bastón grande para apoyarse. Éste tipo de vestimenta fue el que usó casi siempre en el pueblo de Dolores del Cura Hidalgo.

Los trajes especiales de algunos serán como a modo de uniformes; los tenían el pertiguero de la Catedral, los maceros de la Universidad Pontificia y del Ayuntamiento; y los estudiantes con su manto y la banda de color que traían de acuerdo su facultad. Los que la clarineros y timbaleros que salían en el paseo del Pendón cada 13 agosto, iban montados en mulas, con trajes típicos y con los escudos del México estampados en los instrumentos. Los Regidores utilizaban en las ceremonias solemnes calzón calzón azul, collarín, chaqueta blanca y solapa del mismo color; para distinguirse de otras ciudades llevaban bordados y botones de oro con una corona con la leyenda que decía: " Imperial Ciudad de México"
El ejército de la nueva España se distinguía por su vistoso vestuario; desde el Virrey que era el Capitán General, hasta los Mariscales de Campo, llevaban lujosos uniformes de paños de primera, ricamente bordados con hilos de oro fino. La Guardia del Sr. Virrey, vestía casaca o calzón azul, chaqueta con botones de plata y los Oficiales galón en las costuras. Los Cuerpos Veteranos de Infantería, utilizaban vestimenta de los mismos colores, pero sus botones serán blancos o dorados; los soldados del Regimiento de la Nueva España, usaban vuelta verde sobre casaca blanca, por lo que eran conocidos como "los colorados" ni a los de Puebla como "los morados".
Así a cada uno se le distinguía por las diferentes colores y detalles en los uniformes, de acuerdo al lugar donde habitaban, su rango y la función que desempeñaban: el Real Cuerpo de Artillería, el Batallón Fijo de Veracruz, los regimientos Veteranos de Dragones de Caballería, las Compañías Fijas de blancos o pardos (según la casta a la que perteneciera el soldado.
El ejército insurgente improvisado por Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Jiménez y demás caudillos en 1810, no era propiamente un ejército, ya que iban mezclados soldados que habían pertenecido a las tropas uniformadas de la Nueva España, chusmas de los caporales, de mayordomos y de peones de las haciendas del campo, que de manera voluntaria se habían unido a los jefes de la independencia nacional. La chusma estaba conformada por campesinos semidesnudos o vestidos de cuero, calzando botas de campana huaraches, con sombreros anchos de palma o de fieltro; y armados de toscos garrotes, encorvados machetes y largas picas o lanzas, de viejos arcabuces, de flechas voladoras y arcos de tirantes cuerdas.
Cuando el ejército o chusma estuvo en Acámbaro, nombraron a Miguel Hidalgo como Generalísimo, a Allende Capital General, y Balleza, Jiménez, Arias y Aldama, Tenientes Generales, y Abasolo, Ocón y a los dos Martínez, Mariscales de Campo. Con todo en orden, entonces ya los jefes insurgentes utilizaron sus propios uniformes.
Hidalgo, como Generalísimo, llevaba vestido azul con collarín, bordados de plata y oro, tahalí  negro con bordados, y todos los cabos dorados, colgando al pecho una imagen de oro de la Virgen de Guadalupe. El uniforme de Capitán General, que vestía Allende, consistía en una chaqueta azul, collarín, galón de plata las costuras y un cordón en cada hombro, y una borla colgando hasta el medio del muslo. El mismo uniforme tenían los Tenientes Generales, los Mariscales de Campo y los Brigadieres, distinguiéndose estos primeros porque sólo llevaban un cordón a la derecha, los segundos a la izquierda, y los últimos un angosto bordado. Los demás oficiales insurgentes tenían las mismas divisas que los del Ejército realista.