domingo, 26 de enero de 2014

La casa del Diablo (Pedregal de San Ángel, donde hoy está el monumento a Obregón)

Durante el siglo XVI muchos españoles navegaban al continente americano en busca de fortuna; entre los viajeros estaba don Rodrigo  de Villanueva y su familia, que llegaron al Nuevo Mundo sin mucho dinero, para tomar posesión de una casa que habían heredado.
Cuando llegaron, el lugar señalado, su sorpresa fue grande al ver que la casa se encontraba en ruinas, y a pesar de ser muy grande, las tierras ubicadas en el frente estaban abandonadas. La esposa e hijo de don Rodrigo se negaban a quedarse  en ese lugar, pero no tenían otra opción, debido a que no tenían el suficiente dinero para regresar a España. A pesar de los intentos del padre de familia para darles ánimo con sus palabras, su hijo presentía que había una extraña energía, la cual se fue intensificando conforme recorrían las áridas tierras.
Mientras caminaban escucharon como retumbaban unas siniestras carcajadas, todos miraron a su alrededor y no encontraron a nadie cerca, pero cuando don Rodrigo preguntó quién andaba por ahí, desaparecieron de inmediato; el silencio se apodero del lugar y una ligara corriente de viento se dejó sentir. Entonces de la casa salió un anciano con un aspecto desagradable; tenía la piel opaca, los ojos hundidos y amarillentos y sonreía con una boca carente de dientes. Aquel hombre camino hacia donde estaban los españoles, diciéndoles que aquel viento venía del mismísimo infierno y que no iba a descansar hasta que la casa fuera destruida. Nadie se había atrevido nunca a enfrentarlo…
Don Rodrigo se volteó molesto hacia el anciano para reclamarle, pero al voltear, este ya había desaparecido de manera extraña, ¿A dónde se había ido?  Su esposa se acercó para calmarlo, haciéndole entender que era más importante buscar un lugar seguro para pasar la noche.
Al día siguiente salieron  muy temprano para buscar trabajadores dispuestos a labrar las tierras, pero éstos al ver el lugar del que trataba, salían corriendo como alma que lleva el Diablo. Don Rodrigo pensaba que estaban obsesiones, pero si hijo les daba la razón, pues sentía que aquella casa estaba maldita, aunque su papá no le creía. En ese momento se volvieron a escuchar las mismas siniestras carcajadas, y al volver sus miradas vieron como aquel anciano salía de una de las habitaciones en ruinas, pero ahora tenía un tic nervioso que lo obligaba a cerrar el ojo, y entonces les advirtió que por más que se esforzaran en levantar la casa, el viento del Diablo vendría a acabar con todo. Molesto don Rodrigo desenvainó su espada para correrlo, pero cuando volteó ya había desaparecido.
Los días siguientes fueron de trabajos pesados, pues al no encontrar gente que quisiera labrar las tierras, ellos solos tuvieron que levantar aquella casa en ruinas y sembrar las áridas tierras. Pocos meses después los meses después, los maizales crecieron en un hermoso color verde, que le daba un toque distinto a todo el lugar, todo se veía totalmente diferente.
Todo marchaba viento en popa, la familia iba a juntar suficiente dinero, sin embargo, cierta noche, cuando se disponían a dormir, una fuerte viento comenzó a soplar en los campos, que se volvió más violento a los pocos minutos. Así como llegó el viento, se detuvo de repente, dejándose escuchar después unos aterradores gritos, los cuáles parecían de alguien que estaba a punto de morir. Don Rodrigo despertó con sobresalto, y al mismo tiempo la puerta de la habitación se abrió violentamente; por la ventana se podía ver como el fuerte viento arrastraba la tierra.
Don Rodrigo quería encontrar alguna explicación a tal fenómeno, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, cuando hijo entró a la habitación con un miedo que le helaba la sangre, él sabía que esto solo podía ser obra del Demonio; su padre no le hizo caso a los temores de su hijo. Entre los dos intentaron cerrar la ventana, pero el viento soplaba tan fuerte, que se los impidió; a los lejos se dejó escuchar otro desgarrador lamento, como si fuera el augurio de que algo terrible iba a suceder. Después se dejó venir un silencio sepulcral, seguido de un viento todavía más fuerte que arrancó el tejado de la casa, los corrales de los animales y el sembradío. De nada sirvió los fervorosos rezos de la familia, pues el viento sopló toda la noche.
Al día siguiente, todo estaba en ruinas como cuando llegaron, la esposa de don Rodrigo lloraba desconsolada, mientras su hijo trataba de convencer a su padre de que el anciano les había advertido claramente del peligro que ahí corrían, pero don Rodrigo molesto le dijo que por nada del mundo abandonaría la casa, de ser necesario lucharía contra el Demonio. La familia no intentó contradecirlo porque el señor era muy necio, y sabían que nada lo haría cambiar de opinión; así que con el rostro lleno de tristeza, ingresaron a la casa en ruinas.
Pasaron los meses y don Rodrigo con su familia volvieron a levantar la casa, construyendo los corrales y sembrando; las tierras pronto volvieron a reverdecer, todo volvía a ser como antes. Todos estaban inmensamente felices, hasta que escucharon aquella infernal voz que les dijo: “De nada os servirá tanto esfuerzo, porque esta noche el viento del infierno volverá”. Cuando la oscuridad llegó, los vientos violentos volvieron a soplar y los desgarradores lamentos se volvieron a escuchar; y como en  caso anterior, un silencio sepulcral invadió el ambiente, seguido de un viento todavía más fuerte. El techo comenzó a desprenderse, pero la señora trataba de luchar con rezos.  El muchacho angustiado y desesperado salió de casa, para tratar de detener a los animales que se escapaban, al ver que los corrales ya no estaban; como pudo tomó a uno de los caballos de las riendas, el cual lo arrastró hacia una colina. Los angustiados padres no sabían dónde estaba su hijo, pero aquella siniestra voz sí: “Busquen a su hijo en la Boca del Diablo”.
Los padres salieron en busca del muchacho, pero al parecer nadie sabía en donde estaba dicho lugar, entonces se dedicaron a recorrer cada rincón de los alrededores durante varias horas. Cuando encontraron a su hijo nada ya pidieron hacer por él, ya estaba sin vida, presentaba señales de tortura y al parecer su muerte había sido lenta y dolorosa.
Finalmente don Rodrigo comprendió que la propiedad estaba maldita. En ese instante aparece el anciano  para decirles que el espíritu de su hijo vagaría por aquellas tierras, hasta que el mal fuera expulsado. Don Rodrigo estaba molesto, ya había pensado irse inmediatamente a España, pero las palabras del anciano lo hicieron desistir.
Los días siguientes fueron pasando lentamente, hasta que una semana después se dejaron escuchar uno tristes lamentos de su hijo, pidiéndoles ayuda  a sus padres. Al abrir la ventana vieron con horror al espectro, que lloraba y se lamentaba por andar penando. El muchacho les advirtió que se tenían que ir porque cosas peores se venían; apenas hubo terminado de decir aquellas palabras despareció.
Al día siguiente esperaban con ansias que la noche cayera para poder ver a su hijo nuevamente y averiguar la forma de poderlo ayudar. La visión que se les hizo presente era mucho pero, pues ahora ya tenía sus carnes a medio consumir y se desprendía de él olor fétido; aun así su madre lo abrazó. El fantasma les dijo lo mismo de la noche anterior e igual volvió a desparecer.  La siguiente noche se volvió a aparecer para hacerles saber que la maldición del lugar desaparecería cuando alguien tomara una cruz y se parara en el centro de la casa, la tierra desvía tapar todo; era la única manera en el que muchacho podría obtener el descanso eterno. Era la última  vez que los padres verían a su hijo.
Al día siguiente fueron en busca de un sacerdote, pero ninguno se ofreció a ayudarlos.  Cuando creyeron que todo estaba perdido, encontraron en su camino a un fraile que sólo iba de paso, el cual traía un caballo que se comenzó a alocar y salió corriendo hasta la propiedad de los españoles; don Rodrigo trató de calmar al caballo, pero éste lo atacó causándoles severas heridas. Al fraile se le caía la cara de vergüenza por lo que había pasado, pero ya ni llorar era bueno por qué el hombre ya estaba muerto; su esposa lloraba destrozada.
Desesperada la mujer, le relató al fraile todo lo que había acontecido en torno a la casa maldita, y le pidió encarecidamente su ayuda; lleno de curiosidad el religioso se trasladó hasta la ciudad para informarse de lo que había pasado en ese lugar. Pregúntale preguntando, se enteró que unos brujos habían lanzado una maldición y está no puede romperse hasta que alguien fuera sepultado con una cruz por la tierra que volaba el viento, por lo que todos los ahí presentes creyeron que era el momento de que esta maldición llegará a su fin. Las personas que se ofrecieron ayudar, enterraron a don Rodrigo en forma vertical sin una cruz en su ataúd y rociado con agua bendita; al caer la noche todos estaban ansiosos por saber qué iba a ocurrir.
Cerca de la medianoche el viento comenzó a soplar, acto seguido el fraile colocó una cruz en el ataúd y el resto de los ahí presentes se refugiaron en las ruinas de la casa; todos empezaron a rezar, al mismo tiempo que el religioso buscaba refugio. Cuenta la leyenda que el espíritu de don Rodrigo salió de su tumba y empezó a luchar contra los vientos, después le pidió a su esposa que se fuera de aquel lugar, pues ahí se debió edificar una iglesia para terminar con la maldición de una vez por todas.

La última voluntad de don Rodrigo fue cumplida al pie de la letra, ya que al día siguiente su esposa se embarcó rumbo a España y la vieja Casa del Diablo, fue demolida y sobre estos terrenos fue levantada una pequeña iglesia, que con el paso del tiempo tuvo que ser reubicada.

domingo, 19 de enero de 2014

Los antiguos calendarios

Al igual que en la época actual, se acostumbraba publicar cada fin de año para el siguiente; muchos calendarios adquirieron gran popularidad, pero con títulos tan extravagantes como: Astrolabios, Pronósticos, Lunarios, Efemérides, Uranías, entre otros más.
Los autores eran personas distinguidas, astrónomos médicos, arquitectos, agrónomos, matemáticos, individuos instruidos como los bachilleres y doctores de la Real y Pontificia Universidad de México.
Fueron publicados en el siglo XVI, el Pronóstico por el Licenciado Brambila; en el siglo XVII el reconocido autor de las obras del desagüe, Enrico Martínez, un Lunario para el año de 1606; el famoso anticuario, don Carlos de Sigüenza y Góngora, una serie de Pronósticos, desde 1671 hasta 1690; y el doctor Juan de Saucedo otro Pronóstico para el año de 1677.
A principios del siglo XVIII, el doctor Manuel Alcibia arregló los Pronósticos, de 1707 a 1711, y las Efemérides mexicanas le tocaron don Pedro Alarcón, quien era médico, astrólogo, matemático  y a veces poeta. Para que alguien pudiera hacer un calendario tenía que cubrir una serie de requisitos, se requería entonces ser matemático para los cálculos, astrólogo para predecir el fututo, doctor en medicina para anunciar las enfermedades y prevenirlas, agrónomo para guiar a los agricultores, y poeta para dedicarle hermosas palabras a la Virgen de Guadalupe.
En esta misma centuria surgieron otros autores; el Dr. don José Escobar  y Morales (1714-1721),  el Dr. Miguel Mussientes y Aragón (1716-1735), don José Villaseñor (1738), don Miguel Francisco de Illarregui (1750), don Domingo Lasso (1776), con muy mala suerte este último, pues al parecer nunca le dieron la licencia para poder publicar su calendario; y el Lic. Ignacio Vargas, abogado de la Real Audiencia e individuo del Ilustre Colegio de esta Corte, que en 1791, dio a la prensas un Calendario Curioso  o Verdaderas Efemérides de Nueva España, dedicado al célebre conde de Revilla Gidedo, llamándolo “Padre de la Patria, benefactor, conservador y protector de cuanto es útil y glorioso.”   
Otro personaje importante es don Juan Antonio Mendoza y González, contador de la Santa Catedral de Puebla y profesor de ciencias matemáticas, que desde 1708 y hasta 1728, se dedicó a elaborar un meridiano de México, que era un Lunario con el nombre de “Uranía Americana Septentrional”, para el acierto de las ramas de la medicina, la navegación  y de la agricultura. Cada año este personaje imploraba al Santo Tribunal, la licencia para añadir un eslabón más a la cadena de favores que le otorgaban los Señores del Santo Oficio, a quienes siempre estuvo muy agradecido.
Los calendaristas más famosos del siglo XVIII, gracias a sus amplios conocimientos y por la utilidad de sus publicaciones, fueron don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, quien era filo-matemático y Agricultor titulado de Tierras, Aguas y Minas de todo el Reino, y su hijo Marino de Zúñiga y Ontiveros, quien compartía con su padre la misma afición. Don Felipe estuvo trabajando desde 1752 hasta 1794; al morir el padre, don Mariano continuó con el trabajo desde 1795 hasta muchos años después de consumada la Independencia. Arreglaron los meridianos de México y Puebla, así como sus publicaciones que salieron a la luz en diferentes fechas: Calendario Manual, pequeño (bolsillo); Ephémeris (agricultores y enfermos); Calendario Manual y Guía de Forasteros (iglesia, ejército y políticos).
Ahora que ya tenemos una idea de cómo eran los calendarios que circulaban en la Nueva España, cabe destacar que estos autores incluían predicciones agrícolas, náuticas y médicas; además de futuros contingentes y casos que se ya dejaban a libre criterio (guerras, paces, motines). El Pronóstico que se preparaba en 1648 para el año de 1649, aseguraba que habría fiestas a morir, músicas y danza, que introducirían nuevas modas, que si el planeta Venus auguraba muchos casamientos, los mercados obtendrían buenas ganancias, que los negros e indios se entregarían a más borracheras, que si se harían peregrinaciones y romerías a los templos, etc.
Durante muchos tiempo dejaron pasar una serie de vulgaridades astrológicas, como el indicar las horas del día en que se podía tomar purga, tragar píldoras, bañarse, evacuar flemas, sangrarse cualquier parte de cuerpo, lavarse la cabeza, etc.; porque según ellos los planetas iban a influir de manera positiva o negativa. Pero también había Manuales de Medicina Doméstica, en que se indicaban las predicciones de cada mes:
  • Enero: dolores de pecho, costado y pulmones
  • Febrero: Fiebres, anginas, apoplejías y llagas en parte ocultas
  • Marzo: Irritaciones, sangre, laringitis y viruelas
  • Abril: Pulmonías y dolores de costado
  • Mayo: Mismas dolencias
  • Junio: Fiebres, dolores de cerebro y algunas viruelas
  • Julio: Convulsiones, dolores de costado y pecho
  • Agosto: Dolores de huesos
  • Septiembre: Fiebres y dolores de costado
  • Octubre: Mismas dolencias
  • Noviembre: Gripas y abortos
  • Diciembre: Mismas dolencias
¿Y porque todos estos horrendos augurios? Porque Mercurio  y la Luna andaban fríos, Saturno destemplado, Júpiter colérico, Marte displicente, Venus amorosa y el Sol andaba confabulándose con los signos de Zodiaco; para descargar sobre la pobre gente vientos, huracanes, granizos, neblinas, nevadas, relámpagos, y más desgracias.

domingo, 12 de enero de 2014

La novia fantasma (Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

La siguiente historia, que los siglos han convertido ya en leyenda, figura en los anales antiguos y misteriosos de la Nueva España, tuvo lugar durante el siglo XVII…
Ahora vamos a tomar nuestra máquina del tiempo y nos vamos a trasladar a la Capital de la Nueva España al año en gracia de 1664. La gente comentaba con acres palabras la actitud escandalosa del virrey don Juan de Leyva y de la Cerda, Marqués de Leyva y Ladrada, conde Baños; desde la virreina, los hijos y las hijas, eran causantes de escándalos, así en la calle como en el Palacio.
En la casa de don Miguel Pérez de Valdivia se discutía un delicado asunto de bodas, pues la familia deseaba que el virrey apadrinara al joven matrimonio, pero su escandalosa vida hacia que el acontecimiento se tuviera que aplazar a cada rato, por lo que mejor se decidió esperar al próximo virrey que ya no tardaría mucho en llegar a tierras mexicanas.
El 15 de octubre de 1664, hizo su entrada solemne a la capital el nuevo virrey don Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, quien representó una esperanza para los ciudadanos, cansados de pleitos entre la Audiencia, Virreyes y Arzobispos. La llegada del virrey vino  a salvar el compromiso a don Miguel, ya que su hija doña Juliana, casó con el joven caballero don Juan Antonio Orduña y Gómez; como regalo de bodas, don Miguel les regaló la casa número 12 de la entonces calle segunda de San Agustín, hoy Uruguay.
Transcurrieron ochos días, sin que ningún incidente malo perturbara la iniciada felicidad del matrimonio, pero a la novena noche, don Juan Antonio se hallaba en la biblioteca, cuando creyó escuchar un gemido, y pensó que su mujer se hallaba enferma, entonces salió al corredor para distinguir cerca de la escalera una sombra; creyendo que era su esposa, decidió seguirla, pero al llegar al pie de la escalera, la sombra de mujer se había esfumado. Preocupado y deseoso de averiguar si había visto a su esposa, o más de la cuenta, se dirigió a la alcoba, y fue grande su sorpresa al encontrarla profundamente dormida.
La segunda experiencia tuvo lugar tres noches después, y toco la suerte a doña Juliana, cuando al filo de la media noche, creyó escuchar unos gemidos; y como si alguien la llamara por su nombre, vio hacia donde estaba su vestido de novia y descubrió una sombra a la cuál le preguntó quién era,  a lo que la mortal aparición respondió lanzado un profundo suspiro y se abrazó al blanco vestido de novia. Al darse cuenta la muchacha de que se trataba de una muerta, pegó un espantoso grito y en el acto se desmayó; al escucharla su marido despertó  y le habló de inmediato, doña Juliana despertó alterada y le contó todos sucedido con la sombra que había visto.
Durante tres noches no volvieron a oír no ver nada los esposos, pero a la cuarta noche don Juan leía y su esposa lo aguardaba dormitando, ya que por obvias razones tenía miedo de dormir sola. Al ver el joven que su mujer se estaba quedando dormida, decide dejar su lectura para el día siguiente, para después subir juntos las escaleras rumbo a su alcoba. Apenas trataba de conciliar el sueño, cuando oyeron ambos un gemido, y la esposa que ya sabía el sitio de la aparición, señalo hacia su vestido de novia, quedando ambos horrorizados al ver como la muerta abrazaba la prenda. Con la garganta anudada por el miedo, don Juan se dirigió a la muerta para preguntarle quien era, pero al no recibir respuesta le pide que en nombre de Dios se marche, al igual que doña Juliana, quien temerosa busca la protección de su marido mientras habla. Al invocar el nombre de Dios, la horrible aparición se desvaneció en las sombras.
Desesperados y angustiados por esta situación, al día siguiente doña Juliana se va a confesar, y mientras tanto don Juan va a hablar con fray Tereso de Santiago, quien  tenía fama de ser experto en cosas de ultratumba. El religioso lo escuchó con atención, y la terminar su relato, le contó que aquella casa fue de las hermanas de Solís y Covarrubias, la cual estaba en vuelta en un gran misterio, pues solo se sabía que algo espantoso había ocurrido en su interior, pero era difícil saber que fue porque la protagonista de la historia había muerto años atrás en un asilo de locos. 
Como lo prometió fray Tereso, se presentó tres noches después en la casa de los esposos para aguardar pacientemente a que el espectro hiciera acto de presencia en la alcoba; sin faltar a su cita, la aparición se manifestó al paso de la medianoche con un sepulcral gemido. Allí estaba la fantasmal mujer y el fraile se apresuró para hacerle frente para preguntarle quien era y el motivo de su penar. Por la horrible boca fétida de la muerta comenzó a salir una triste historia:

“Sabed que fui en vida doña Pilar de Solís y Convarrubias, y que está fue mi casa. Sabed que próxima estaba a desposarme con mi joven y apuesto galán, don Fernando de Peñalva, y yo no supe cuándo ni porque mi hermana mayor, Anunciación, comenzó a odiarme, y al parecer se enamoró de mi prometido que nada sabía de aquella pasión. Ajenos a todo cuanto de maldad había en el alma de mi hermana, cierto día pedimos su venia para casarnos, pero ella nos aconsejó que debíamos aguardar un año. Así dando vueltas y rodeos, fueron pasando los meses, hasta que un día mi prometido le hizo saber que ya no podía aguardar más para casarse. Grande fue su sorpresa cuando Anunciación le confesó que ardía de pasión por él, a lo que este le contestó que era algo monstruoso.  Pero lo más monstruoso iba a ocurrir noches después, cuando el alma perversa de mi hermana la impulsó al crimen: sorprendiendo mi sueño plácido, sin temores, me apuñaló sin piedad. Contenta por lo que me había hecho, abrió una oscura fosa  en el patio de esta casa y en ella me dio sepultura, cubriendo mi huesa con la losa, y después la disimuló sembrando hermosas flores que regaba con deleite.
Cuando días después se presentó mi enamorado, Anunciación le dijo que desconocía  mi paradero y que me había escapado con un galán criollo. El pobre y engañado Fernando salió acongojado y triste, y se fue a su casa en la calle de Vergara (hoy Bolívar), después de mucho llorar su desventura se ahorcó de una cuerda. Al día siguiente sus padres lo encontraron muerto, y maldijeron su mal amor”.

Así terminó la historia aquella muerta, que tenía llenos de pavor suspenso al fraile y a los esposos; entonces le preguntaron por qué perturbaba a los esposos y porque deseaba el vestido de novia. Volvieron a salir las voces tenebrosas de aquella boca amarillenta: el espectro le pidió a Dios no morir ni descansar su alma, sin antes vestir traje de desposada. Doña Juliana dijo entonces, que en nombre de Dios, ella le regalaba su vestido nupcial, si eso la quitaba de penar. La pesadilla ya había terminado para los esposos…
Ya estaba alto el Sol cuando el matrimonio despertó de una extraña suerte de sueño profundo, al principio creyeron que lo ocurrido a noche había sido solo una pesadilla, pero al darse cuenta de que el vestido no estaba ya en el perchero, vieron que todo había sido real. Es esos momentos una de las sirvientas llegó a confirmarles la realidad, avisándoles que la Justicia los buscaba; alarmado por aquel aviso, don Juan bajó para hallarse ante los representantes de la Alcaldía de Crimen, quienes traían una orden para excavar en el patio de la casa para exhumar un cadáver.
Una vez que explicaron a los esposos el motivo de su presencia, se dirigieron al sitio indicado, en donde fueron arrancadas las bellas flores sembradas años antes, para descubrir la fosa. Tras horas de excavar, pusieron el descubierto unos maderos, los hicieron a un lado y la mirar al interior, todos quedaron mudos de miedo… de asombro. ¡Sí! Porque en el fondo de aquella fosa, estaba el esqueleto de doña Pilar de Solís y Covarrubias, ataviado con el vestido de novia de doña Juliana.
Nadie podía explicar el misterio de una mujer que llevaba ya muchos años de muerta y enterrada, portara un vestido nuevo. Nadie explica las cosas sobrenaturales, cuyo origen se remonta a muchos siglos...           

domingo, 5 de enero de 2014

El tesoro del descuartizado (Sucedió en el hospital de San Hipólito)

Los conquistadores entraron en la gran Tenochtitlán la lluviosa tarde del 13 septiembre de 1521, todo lo arrasaban a su paso. Dueños de la ciudad, se entregaron al más desenfrenado saqueo, derribaron templos, rompieron ídolos, y no satisfechos con eso, exigieron más riquezas a don Hernán Cortés, quien accedió a darles tierras, indias y trabajadores en repartimiento como premio a su valor; con aquello hubieron de conformarse los soldados, dando origen al odioso sistema de encomiendas.
Era aquel uno de los más feroces conquistadores, a quien en el repartimiento se la había dado el palacio de uno de los caciques de la gran Tenochtitlán, sus órdenes eran obedecidas al punto; esto lo demuestra el caso de Huitzil, que fue príncipe en la corte de Cuauhtémoc, cuando fue llevado ante este hombre, no pidió misericordia para el destino que le esperaba, a lo que los ojos de don José María brillaron de disgusto, amenazándolo con mandarlo al infierno si no le revelaba el escondite de los tesoros; el azteca permaneció silencioso y el conquistador, fuera de sí, lo mandó al martirio. Éstos hechos tuvieron lugar en el año de 1530, año memorable por haber sido el de la llegada de la II audiencia que gobernó Nueva España, presidida por don Vasco de Quiroga y Ramírez de Fuenleal; desde su llegada, estos caballeros se dedicaron a poner coto a los desmanes de los encomenderos, dictando leyes justas y severas, en donde se exigía protección para los indígenas de los españoles.
Algo alivió en parte las tribulaciones de los indios esta segunda audiencia, pero hombres como Lozano y Quesada no hacían caso de sus leyes; a pesar de que la hacienda del encomendero presión más, se cuenta que en su lecho de muerte clamaba todavía por más riquezas, y antes de poder decir sus últimas palabras, don José María ya no podía contestar y su hijo salió del recinto en busca de un eclesiástico que viniera auxiliarlo; de repente los ojos del moribundo se clavaron de pronto en una esquina de la habitación, lanzando un espantoso alarido: era nada menos que el horrísono espectro del príncipe Huitzil, que parecía contemplarlo con los ojos llameantes y acusadores . Don José María lo vio acercarse, acercarse... la espectral y descarnada mano del indígena se alargó hasta tocar la garganta del moribundo, quien dando un horrible gemido expiró. Momentos después don Ventura (hijo) y el sacerdote entraron, llamando su atención el rostro aterrorizado del recién fallecido y la marca que tenían el cuello, el religioso sintió un escalofrío al ver aquellas huellas espectrales en el cadáver de don José María; en esos momentos don Venturas se santiguó y distraídamente miró hacia la esquina de la habitación, donde se le reveló una espantosa visión: ¡era el príncipe Huitzil nuevamente! Sin embargo el sacerdote bendijo la habitación y rezo todas las exequias que creyó pertinente cero sufragios del alma del difunto. Se hicieron al encomendero solemnes funerales y durante el novenario los cofrades pidieron oraciones por el descanso de su alma, en tanto su hijo entró poco después en posesión de los bienes de su difunto padre, sorprendiéndose el mismo de lo cuantiosos que eran.
Siguiendo los pasos de su progenitor, pero ahora corregido y aumentado, don Ventura fue más duro y cruel con sus peones, dejando éstos el purgatorio para entrar en el mismísimo infierno; y al igual que el difunto, también era demasiado codicioso, recordando con frecuencia las últimas palabras de don José María. Decidido a encontrar los tesoros, dio tormento a infinidad de indios, pero nada saco en claro. Lejos estaba de imaginar que entre sus actuales trabajadores se encontraba nada menos que el hijo del infortunado azteca, un mozalbete de escasos 18 años que ocultaban celosamente su identidad; pero la suerte quiso que se cruzara en su camino doña Mencía, una preciosa jovencita de 15 años hija del hacendado, que lo buscaba con frecuencia para que le platicara de las leyendas de su pueblo,  pasando largas horas escuchando aquellas historias, mirando con inadvertido apasionamiento los oscuros ojos del muchacho. Poco a poco, lo que fue entretenimiento de niños al principio, se convirtió en dulce romance, Mencía no podía apartar el pensamiento del joven Pablillo, quien a su vez correspondía su tierno amor.
Favorecía sus entrevistas con el indio, el hecho de que su padre estaba demasiado ocupada en sus negocios, poca atención prestaba a la educación de su hija, huérfana de madre desde muy pequeña; así aprovechaba la muchacha para verse con su amado escondidas, algunas veces erá por escasos momentos. Sucedió una ocasión en que don Ventura la buscaba, cuando en ese momento ella entró atinadamente en la casa, aquel día había llegado su primo don Domingo, quien la miraba de manera extraña y codiciosa; aquella era la primera vez que su padre la veía con desconfianza, ya que su repentina aparición y desaparición resultaron muy sospechosas. Desde aquel día suprimo prometió acompañarla  a cualquier parte que fuera, sin importar las ocupaciones que éste tuviera, situación que no le agradó nada a doña Mencía. La jovencita obedeció sintiendo el corazón oprimido por negros pensamientos.
Don domingo ganó de modo absoluto la confianza de su tío y en poco tiempo se hizo cargo de la administración de sus haberes, si don Ventura era cruel y despiadado, el sobrino lo era más. Sin hacer caso de las advertencias y sin tomar en cuenta que trataba con seres humanos y no con animales, aquel hombre redobló el mal trato a los esclavos de su tío; hasta que una recia mano detuvo al implacable fustigador, era Pablo que acudían auxilio de un hombre de avanzada edad, y lleno de ira castigó al joven con 50 azotes y al pobre anciano con el doble. El duro castigo se llegó a efecto bajo los regocijados ojos de don Domingo de Lozano, y ese mismo día le relató a su tío el incidente, en inconscientemente doña Mencía dejó escapar una exclamación y los dos hombres la miraron asombrados, entonces ella decidió retirarse a su aposento porque aquellos relatos le causaban malestar. La joven aparentó dirigirse a su alcoba, pero cuando sus parientes se preocuparon de ella salió al patio por una oculta puertecilla, encaminando sus pasos hacia el mísero pajar que servía de alcoba al desdichado indígena, al ver el castigo que había recibido su amado, la joven comenzó a llorar desconsolada. Y Pablo reveló a la jovencita su secreto tan celosamente guardado hasta entonces, sin imaginar que Domingo los escuchaba a pocos pasos, mientras Mencía sollozaba y abrazaba a su amado; en ese momento sale de su escondite el sobrino para llevarse de un jalón a la muchacha,  el indígena quiso intervenir pero el otro le asestó una estocada que le hirió el hombro, casi a rastras llevó después a la joven ante don Ventura, quien montó en cólera al saber lo ocurrido.
El coraje se les pasaría muy pronto al saber el origen noble del indígena, y poco les importó que Pablo estuviera herido y llagado de las espaladas por los latigazos, fue sometido a crueles tormentos; Domingo recurrió a todos los recursos habidos y por haber para hacerlo hablar, incluso a la mutilación, pero el joven soportó estoicamente el suplicio, por lo que el codicioso sobrino se salió de quicio, en su furor empezó a repartir estocadas haciendo volar los miembros de Pablo. Fue hasta que vio a sus pies la cabeza cercenada de su enemigo que volvió en él, después ordenó a los indígenas que tenía como esclavos, que echaran los despojos a los perros y acto seguido se retira del macabro lugar. Lo esperaba una desagradable sorpresa, un sacerdote se disponía a conducir a la joven a un convento por deseo de don Ventura, quien le dice a su hija que antes de irse puede reconocer su culpa para obtener su perdón, a lo que ella la admite plenamente y que ama a Pablo Huitzil; al oír aquellas palabras el rostro de su padre se congestionó, y levantando furioso  la siniestras para maldecir a su hija, trató de hablar, pero antes de pronunciar palabra, se desplomó sin sentido: un ataque al corazón había segado su vida en ese momento. 
Pasados los lutos, Doña Mencía acudió de nuevo al convento para pedir refugio, pues mucho temía al asedio de su primo, quien había pasado a ser poseedor de los bienes de su difunto tío, pero aún no estaba conforme, quería tener a la joven a su lado fuera como fuera, y mientras urdía la forma de sacarla del convento, un extraño ruido proveniente de fuera de la habitación llamó su atención en ese momento. Abrió decidido la puerta y se creyó víctima de una alucinación, al ver que un horrible y espectral pie avanzaba a saltos hacia él, quien presa de indescriptible pavor se encerró en su alcoba, pero el lúgubre sonar de aquel miembro contra el suelo lo siguió hasta su alcoba; don Domingo entonces se apartó instintivamente de la puerta y fue cuando  vio como el pie traspasaba la gruesa puerta de madera para penetrar en el recinto. El hombre retrocede espantado, y al alargar la mano en busca de su espada, tropezó con un objeto helado y viscoso que los hizo dar un grito de horror: ¡era una mano! En ese momento surge de una esquina de la habitación otra espantosa visión, el tronco mutilado del infortunado Pablo Huitzil. Poco a poco aquellos segmentos de cuerpo humano fueron juntándose hasta unirse por completo ante los aterrorizados ojos de don Domingo, enloquecido de horror salió corriendo de su casa, tropezando casi en la puerta con un grupo de cófrades, a quienes les pidió ayuda y les contó la macabra visión que había tenido, y que en ese momento se estaba manifestando, pero solo don Domingo la podía ver. Fue imposible que le creyeran y por lo mismo los condujeron hasta el hospital de San Hipólito, fundado recientemente, un fraile se ofreció a llevarlo hasta los largos pasillos del hospital mientras los cófrades se retiraban, pero antes de hacerlo pudieron ver al espectro del indígena descuartizado, a lo que salieron corriendo lo más rápido que pudieron.
A partir de aquella fecha los habitantes de la Colonia en el año de 1550, mismo en que el virrey Antonio de Mendoza  partió para el Perú, veían aparecer por el rumbo de Tlatelolco el espectro del descuartizado, se le veía abandonar la mansión que fuera de don Domingo de Lozano, y aventurarse calle abajo hasta la vieja calzada de Tlacopan (hoy Tacuba), hasta llegar a San Hipólito, a través de cuyas paredes pasaba ante los azorados ojos de los transeúntes. Don Domingo vivía confinado en una celda, donde con frecuencia era poseído de ataques de desesperada locura; los frailes no sabían que hacer para calmarlo, pues a determinada hora de la noche el espectro aparecía para provocar aquellos ataques, entonces el sacerdote empezaba a orar y la espantable visión del indio se desvanecía mientras el caballero se desplomaba sin sentido.
Noche tras noche se repetía aquella escalofriante escena en su celda, Domingo escuchaba el lúgubre sonar de un pie sobre las baldosas de los corredores del hospital, eran después acompasados aquellos pasos, como hechos por dos espectrales pies, y luego veía surgir por todos lados las partes mutiladas del infortunado indio azteca. Con el tiempo no solo él veía aquellas horribles apariciones, ya que en cierta ocasión un caballero que salía de visitar a los juaninos, pudo ver una mano que flotaba y seguía su camino hasta toparse con otra, mientras de la nada surgía el tronco del mutilado Pablo.
Las apariciones se sucedían con tanta regularidad, que la gente empezó a llamar aquel rumbo “El Camino del Descuartizado”, y cuenta la leyenda que hasta los frailes del hospital de San Hipólito llegaron a verlo una vez;  asustados decidieron buscar ayuda con el padre prior. El Superior los escuchó con atención, y provisto de su libro acudió a la celda de don Domingo, pero cuando los tres frailes irrumpieron en la celda del demente, se detuvieron en seco para ver con terror una macabro espectáculo: don Domingo yacía en el suelo con los ojos abiertos, fijos en un rincón del aposento, muerto de horror, y a través de la ventana se apreciaba el desfigurado rostro de un aparecido que se desvanecía paulatinamente. Los tres sacerdotes cayeron de rodillas elevando sus plegarias al cielo. La crónica consiga que esa noche se escucharon los lúgubres pasos del descuartizado en los corredores del convento de Santa Catarina, y que sor Mencía, una joven novicia hija del finado Ventura de Lozano, había sido testigo de un prodigio extraordinario, pues ante ella apareció el indígena para conducirla fuera de los muros del convento. Nadie supo cómo salieron, pero el hecho es que muchos testigos fueron los que la vieron después marchar en seguimiento del espectro del descuartizado rumbo al barrio de Tlatelolco.
El aparecido la condujo hasta el cobertizo que había sido testigo de su dulce romance y señaló el lugar donde se encontraba el tesoro que le costaría la vida a él y a su padre, acto seguido el espectro se desvaneció ante sus ojos y la dama quedó sola en aquel lugar de lo que había sido su casa, en esa actitud la sorprendió el día, al amanecer se dirigió en busca de su confesor para relatarle lo ocurrido.
Con la autorización del Cabildo se llevó a cabo la excavación, pero no hallaron únicamente los tesoros, sino algo más: los restos mortales de Pablo Huitzil. Al parecer los indios comisionados para echar a los perros los miembros mutilados del príncipe, decidieron darle sepultura donde sabían que existía el tesoro.
Por mucho tiempo se comentó en la Colonia aquel sucedido prodigioso; en cuanto a Doña Mencía regresó al convento, donde murió de avanzada edad. Entre los frailes del San Hipólito por algunos testigos de las apariciones del descuartizado y otras fuentes, se pudo consignar la historia en los archivos del hospital. Si alguno de ustedes vive en alguna colonia donde hubo quizá algún palacio azteca, tengan cuidado: es factible que en sus cimientos se encuentren riquezas que se ocultaron de los conquistadores.