domingo, 30 de noviembre de 2014

La leyenda del maldito

Una de las más extrañas y desconocidas leyendas del México Colonial, habla de un fantasma al individuo que siempre se apareció en las grandes catástrofes que asolaron a la Nueva España en el siglo XVII; principalmente se le vio antes y durante la inundación de 1629, y la peste que sembró la muerte y la desolación años más tarde. Pero entre los hechos que fueron reales y fantasías pasmosas, se encuentra esta leyenda arcaica, y es un tesoro literario, como todas las leyendas y tradiciones de la Colonia. Esta sombría y natural leyenda colonial se le conoce como “La leyenda del maldito”. ¿Quién era? ¿De dónde llegó? ¿Cuál era su edad? ¡Nadie lo supo! Apareció por vez primera en el primer tercio del siglo XVII.
Corría el año de 1629 cuando un mediodía de agosto el herrero Juan Cedeño y su ayudante trabajaban en su herrería de la antigua calle de la Canoa, hoy segunda de Donceles; cuando don Juan que se encontraba trabajando, percibió una sombra junto al yunque, y a la vez su ayudante tuvo un mal presentimiento de que algo malo iba a suceder en la herrería. Quisieron olvidar lo sucedido y continuaron trabajando; y entonces al descargar el golpe, este es amortiguado por algo, algo blando que no lo deja golpear el hierro, y ante los ojos de los herreros un extraño ser se hace visible en el momento. Caen hierro y marro de las manos de los dos hombres, y con los ojos desorbitados miran la sangre sobre el yunque; de pronto aquella visión que estaba ahí, apenas unos segundos antes, se desvanece para volver a parecer en la puerta, y se escucha otro grito espantoso, escalofriante, que retumba en todos los ámbitos de la herrería. El siniestro y fantasmal sujeto llega a la calle pero allí mismo se vuelven nada, sólo su grito crispante resuena en la calleja.
Entonces el herrero manda en el acto a su ayudante a buscar al cura. Acude con presteza el religioso de Santo Domingo, a quien le relatan lo ocurrido; este llegó a la conclusión de que se trataba de un alma en pena que había salido del purgatorio, y para prevenir cualquier altercado futuro, echó agua bendita por todos los rincones, en la fragua y en el yunque (en el cual la sangre se desapareció). Momentos después, no muy seguros de que aquella aparición no volviera, despiden al cura de Santo Domingo; este llegó presuroso al convento de su orden, en donde se puso examinar viejos infolios, buscando explicación a la aparición aquella. Al no encontrar nada, se fue a postrar ante Jesucristo, pidiéndole lo minada su cerebro.
Esa misma tarde, el virrey es despertado por los gritos de una de sus sirvientas, quien le avisa de un caballero enviado por el rey, quién deseaba verlo con urgencia. La sirvienta invita a pasar al personaje aquel, cuya estampa lujosa hacía pensar en un caballero de importancia, pero no bien ha atravesado la puerta, se transforma en un grotesco personaje que hace lanzar una exclamación de horror al virrey. Por toda pregunta que si el virrey, sólo obtenía un impresionante mirada fija y silencio; después se dibujó en los labios tumefactos del espectro una sonrisa satánica, mientras decía, que sólo venía a prevenirlo, pues dentro de veinticuatro horas estaría sumergido en la desesperación, su llanto sería tan copioso como el agua que cubriría a esta capital de la Nueva España, el junto con sus súbditos se volverían locos. El virrey salió de su alcoba y mandó llamar a los guardias, para que sacaran al ente endemoniado, pero los soldados y el sirviente buscan por todos los rincones de sin encontrar a nadie. En esos mismos momentos, la sirvienta daba salida al elegante personaje de negro, quien le dio una propina, pero al caer en la palma de la mano de la mujer, la moneda se hace lumbre y humo; en el ambiente queda flotando un olor pestífero, olor de infierno. En esos momentos, los dos soldados y el sirviente palaciego, llegan ante la azafata para que describiera al caballero que había entrado con el virrey, y ella con el rostro desencajado repuso convencida, que todos le conocían y sabían quién era: ¡el Demonio!
Al día siguiente por la tarde, cuando el virrey se dispone a dormir su siesta, se veía por las ventanas que una tormenta estaba por avecinarse. Entonces cruzan los cielos rayos espantosos y se desata la tormenta y pronto se llenan las acequias, el agua escurre por los empedrados y azoteas en verdaderos torrentes; para las cinco de la tarde, las calles eran ríos que arrastraban muebles, utensilios y cuanto podía flotar en el agua, pronto comenzaron las escenas trágicas: las gentes comenzaron a ser arrastradas por las aguas, en vano trataron de sobrevivir. La corriente más poderosa y funesta fue la de la Villa, que arrastró hasta la capital con toda clase de animales ahogados; muchos rayos cayeron desgajando árboles en el centro de la ciudad aumentando el pánico entre los habitantes; y con el fin de pedir a Dios que calmase su ira, varias congregaciones religiosas sacaron al santo patrono de su orden en reverente procesión. Del convento de las monjas Carmelitas salió también una implorante procesión, más cuando transitaban por el callejón de Corpus Christi, recibieron el impacto de las aguas que habían aumentado en ese sector; las monjas, no por religiosas, se salvaron de ser arrastradas por las aguas y sus cuerpos, visibles por el hábito blanco, quedaron atorados en atarjeas y en sitios arbolados. Los muertos dentro de sus ataúdes fueron sacados del cementerio por las aguas.
Y sobre todo ese horror, sobre toda esa tragedia, se levantó la siniestra figura horrible, la figura espectral que vieran antes los artesanos y el virrey; algunos hombres que estaban trepados en un árbol tuvieron el infortunio de ver al ente, y llenos de miedo se alejaron del lugar, luchando además con la fuerte corriente del agua que todo lo cubría. La visión del tétrico personaje, en muchos lugares de la capital de la Nueva España, y la versión que criados del virrey dieron, dio motivo a que el vulgo lo designara desde entonces, con el nombre de “El Maldito”.
Muchos creían que este ser, había traído la desgracia por un desaire que le hizo el virrey; ni había habido tal desaire, ni mucho menos, pero lo cierto es que llovió torrencialmente durante tres días sus noches. Y tal y como se lo dijera aquel personaje, su llanto fue como la lluvia, inacabable.
Días más tarde, el virrey hacía un recorrido triste por la ciudad que era un cementerio. El Maldito no volvió aparecerse por mucho tiempo; pero se le vuelve a mencionar, en los días primeros de la tremenda sequía que azotó a la Nueva España.
Al calor se sumó la falta de agua, y comenzaron aparecer brotes de viruela negra, la peste hizo víctimas lo mismo entre los humildes que entre la gente acomodada, por el rumbo del puente de  la Tlaxpana había un manantial que fue necesario vigilar para evitar abusos y disturbios, y fue por ese tiempo cuando vuelve a hacer su aparición en esta capital de la Nueva España aquel espectro, el cual pedía agua a las personas que acudían a llenar su cántaro. Todos se alejaban espantados ante la presencia de aquel ser horripilante, sólo una mujer pareció compadecerse de él, entonces llevó el cantará sus labios pero ocurrió algo extraño, el líquido no llegó a su boca y al mismo tiempo ocurrió otra cosa increíble: ¡el manantial se había secado!
Efectivamente, el manantial que surtía de agua a la que fuera famosa fuente de la Tlaxpana, no manó ya nunca agua. Momentos después en otra herrería, la de don Félix Orvieto, ubicada en la calle del Portillo, el espectro volvió a hacer su aparición, y cuando el herrero menos se dio cuenta, el Maldito estaba cerca de la puerta y lanzaba su escalofriante grito de dolor. Su eco resonaba en todos los ámbitos de la calle; luego su figura se esfumaba, igual que en su primera aparición.
Poco a poco se extendía la peste en toda la ciudad, las gentes se retorcían por las calles y después morían. ¡Era el terrible Matlazahuatl! (viruela negra). Al tercer día de estallada la viruela, había muerto una tercera parte de la población. Se sacaba en carretas a todos los apestados, para sepultarlos en grandes zanjas al noroeste de la ciudad, y allí, sobre la carreta de apestados, apareció la figura horrible de el Maldito; tal parecía que gozaba con aquello, porque invariablemente lanzaba al aire enrarecido su hiriente carcajada.
Muchas fueron las veces en que el siniestro personaje que nos ocupa, apareció entonces, y los que no morían de la peste, morían del terror al verlo. Y las pocas gentes que no habían caído víctimas de la peste trataban de huir, aunque tuvieran que abandonar a los suyos que ya estaban enfermos. La noticia del ser maldito que presagiaba desastres, pestes, muertes y sequía, corrió por toda la ciudad; y esto dio margen a muchos actos de crueldad, ya que jorobados, deformes, cojos y feos, fueron muertos creyéndoles malditos. Esta conseja del Maldito yo también lugar a otros actos injustos,  pues se sabe que fueron varios los hombres pordioseros, con defectos físicos, condenados a la hoguera.
Lo cierto es que las versiones orales dicen que el Maldito volvió aparecerse muchas veces. Los hombres se hallaban cobardes y temerosos, a las mujeres les temblaban las carnes, no podían dar un solo paso, o se desmayaban. México vivió aterrorizado por largos años con la aparición del Maldito, al que se le conectó con epidemias, catástrofes, crímenes pasionales, venganzas, etcétera.
Esta leyenda tiene orígenes antiquísimos. Existía ya cuando los conquistadores entraron a la gran Tenochtitlán de Moctezuma, pues fray Bernardino de Sahagún la cita en su libro Historia General de las cosas de Nueva España. Escribía que los aztecas lo relacionaban con actos de mala suerte, destrucción y muerte; y que anunció la llegada de los españoles y la destrucción del reino indígena. Hasta los últimos años del siglo XVII, anduvo el Maldito por calles y campos de México, después desapareció para siempre.
Algunos dicen que el siniestro espectro se apareció el día del temblor de 1957, que tanto daño hizo la Ciudad de México. ¿Volverá a aparecer uno de estos días de catástrofes y maldad? ¡Quién lo sabe!

domingo, 23 de noviembre de 2014

Picardías y anécdotas Revolucionarias

HUERTA SOMETIDO A INHUMANAS TORTURAS

A veces guarda el destino refinados sarcasmos para los brutales y los soberbios, a los que de pronto exhibe en toda su ridícula debilidad. Buen ejemplo de ello es el caso de Victoriano Huerta que aquí se relata.
Obligado por las circunstancias, el usurpador renunció al poder a mediados de julio de 1914. El mensaje de dimisión que dirigió a los mexicanos -obra maestra de la hipocresía-finalizaba así: “Que Dios los bendiga ustedes y a mí”.
El ex dictador marchó a Europa junto con su familia. Estuvo en Londres y luego en Barcelona, ciudad esta última en la que se hizo asiduo de un restorán en el que el mesero, tan pronto le veía parecer, descorchar una botella de coñac que el dipsómano agotaba sumido en tétrico silencio.
Poco después, Victoriano entró en contacto con agentes del gobierno alemán, que le ofrecieron armas y dinero para retomar la Presidencia de México y declarar la guerra a los Estados Unidos, que en esa forma -pensaban-se abstendrían de intervenir en la conflagración europea a favor de los aliados.
Aceptado el compromiso, el general embarcó hacia Nueva York, a donde arribó a mediados de abril de 1915.
El contraespionaje norteamericano descubrió la conjura. Y Huerta fue aprehendido el 25 de junio de ese año en la estación ferrocarrilera de Newman, Nuevo México, junto con Pascual Orozco, que se le había unido para sacar adelante los planes de reconquista del poder. Conducidos a El Paso, se les dejó libres bajo fianza, a condición de residir en esa ciudad. Mas como a los pocos días huyó Orozco de la urbe, Huerta fue detenido una vez más y encerrado en el presidio militar de Fort Bliss, en el cual permaneció de julio a noviembre.
Y fue en Fort Bliss en donde se produjo el episodio grotesco, divertido y delirante que protagonizó El Chacal.
Algunos periodistas norteamericanos fueron enviados por sus respectivos diarios a entrevistar al militar mexicano prisionero. Y entonces Victoriano -el soldadote brutal que no vaciló en traicionar a Madero y asesinarlo, el hombre despiadado y sin escrúpulos que ensangrentó a su desdichada patria y pudo sustentar su dictadura en el crimen sistemático, la inhumanidad de los horrores-, convertido en un guiñapo desconsuelo, exclamó ante los sorprendidos reporteros:
-¡Señores, es terrible lo que me sucede! ¡Con una falta absoluta de sentido humanitario se me ha negado el coñac! ¡Véanme! ¡Tengo 12 días sin probar una copa y me siento morir! ¡Por caridad, hagan algo, no me dejen sufrir así!
Y la fiera, vencida y acobardada por la forzosa abstinencia, rompió el llanto siniestro.
Al verlo agravarse por la falta de alcohol y la angustia, las autoridades norteamericanas le permitieron salir del presidio y reunirse con su familia, que había llegado de España. Y Huerta pudo al fin escanciar, con temblorosa mano, el coñac profundamente anhelado.
Murió en su cama, de cirrosis hepática, el 14 de enero de 1916.

CARRANCISTAS DESHONESTOS

En agosto de 1918, dos hombres de negocios coahuilenses radicados en la Ciudad de México, y amigos personales de Carranza, fueron a verlo al Palacio Nacional para informarle, indignadísimos, que cuatro de sus generales se estaban enriqueciendo en forma ilícita e inmoderada.
Dijo uno de ellos:
-Le traemos documentos que prueban la rapacidad esos malos elementos de su ejército, así como testimonios de personas honestas a las que han despojado.
Agregó el otro:
-El nombre de nuestra antigua amistad, le pedimos que intervenga para castigar a esos militares indignos que manchan el nombre de usted y el de su régimen.
Carranza les escucho con atención. Después, mesando sus barbas blancas con la estudiada lentitud que le era característica, les dijo:
-Señores, ustedes son mis viejos y muy queridos amigos, y seguramente no desean mi mal. Por eso les ruego que traten de comprenderme. Yo sé, sin necesidad de examinar los papeles que me han traído, que mis generales -los cuatro que mencionan y todos los restantes- son una punta de bandidos. Pero si me pusiera a exigirles responsabilidades se alzarían contra mí, y en menos de una semana me quedaría sin ejército.

UN PERFUME DE GLORIA

El 2 de mayo de 1913 tuvo lugar en la capital del país una manifestación de apoyo a Victoriano Huerta, el asesino de Madero.
Daba principio el gobierno de la usurpación. Y aceptaron colaborar con él diversos intelectuales, entre ellos Carlos Pereyra, Nemesio García Naranjo, Toribio Esquivel Obregón y Federico Gamboa.
Se dio también el caso de que el gran poeta Salvador Díaz Mirón aceptara ser diputado huertista y director de El Imparcial, periódico subvencionado por la dictadura.
Alguna vez, durante aquella temporada de oprobio, el general Huerta hizo una visita al local del diario mencionado. Y al siguiente día, el poeta publicó un artículo ditirámbico en el que aseguraba que Huerta se había retirado “dejando a su paso un perfume de gloria”.
El chiste que entonces se hizo fue este:
- De creerlo a Díaz Mirón, la gloria tiene un olor del carajo, porque a lo que apesta Huerta es a coñac trasudado.

ADOLFO EL PURITANO

Considerándolo un elemento de lealtad comprobada, Obregón, al asumir la presidencia de la República, llamó a Adolfo de la Huerta a colaborar en su gabinete, nombrándole secretario de Hacienda.
Por cierto que De la Huerta se hacía insoportable como persona, pues siendo abstemio puritano (purito ano, decían sus malquerientes) acostumbraba soltar prédicas moralizantes a todo mundo. Y tenía fastidiados a los demás colaboradores presidenciales, que echaban pestes del sermoneador ministro.
Pero Obregón y Calles lo defendían. “Fito es un hombre bien intencionado, y sólo quiere hacerlos a ustedes menos parranderos y borrachotes”.
El 25 de septiembre de 1923, De la Huerta renunció al ministerio de Hacienda para aceptar su postulación como candidato presidencial. Y en vista de que Obregón lo menospreció, dando todo su apoyo a Plutarco Elías Calles, partió hacia el puerto de Veracruz y allí se levantó en armas, desconociendo al régimen del 7 de diciembre de ese año.
Furioso, Calles comentó Obregón:
- ¡Qué te parece! Fito, a quien suponíamos un alma de Dios, se rebela contra tu gobierno.
Obregón estalló:
- ¡Hijo de su putísima madre! A su virtud pendejada de no tragar alcohol agrega ahora la infamia de traicionar a sus amigos.

HERMANOS IDÉNTICOS

En 1915, Venustiano Carranza creó la Fuerza Aérea Mexicana. Dos años más tarde, se estableció en nuestro país la primera escuela militar de aviación, cuyo director fue Alberto Salinas. De esa escuela surgieron dos magníficos pilotos: los hermanos jaliscienses Guillermo y Rafael Ponce de León, quienes después de alcanzar varios ascensos en su carrera de aviadores militares, participaron en la política como diputados por su entidad, en el año de 1925.
Cierto día, un general que necesitaba hablar con uno de los referidos hermanos, llamó por teléfono a la casa donde ambos vivían. La llamada fue recibida por un asistente, con el que el general sostuvo este diálogo:
- Bueno, ¿a dónde hablo?
- A la casa de los hermanos Ponce de León.
- Deseo hablar con uno de ellos, pero no recuerdo cómo se llama. Es un gordito él.
- Los dos son gorditos, señor.
- No la joda. Ya sé, con el que se aviador militar.
- Lo siento, señor, pero los dos son aviadores militares.
Ya alterado, el general dijo entonces:
- ¡Me lleva el carajo! Comuníqueme entonces con el que sea más hijo de la chingada de los dos.
- Lamento no poder servirle, pues los dos son igual de hijos de la chingada -dijo el asistente y  colgó la bocina.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La fundación de México-Tenochtitlán

Después de mucho andar y discurrir por kilómetros, aquellos hombres encontraron un ojo de agua de gran belleza, en donde vieron cosas fantásticas y de gran admiración, las cuales habían ya pronosticado sus sacerdotes, diciéndole al pueblo por mandado de su ídolo: lo primero que encontraron en aquel manantial fue una sabina blanca muy hermosa al pie de la cual brotaba aquella fuente; después vieron que todos los sauces que rodeaban aquella fuente, eran todos blancos, sin tener una sola hoja verde, y todas las cañas y espadañas de aquel sitio eran blancas;  y al mismo tiempo que observaban tantas maravillas, comenzaron a salir del agua ranas todas blancas y muy vistosas; aquella agua salía de entre dos peñas, tan clara y tan limpia que asombraba.
Entonces los sacerdotes acordaron de lo que su Dios les había dicho, y comenzaron a llorar de gozo y alegría, y con gran placer dijeron: “ya hemos llegado al lugar que nos ha sido prometido; ya hemos visto el consuelo y descanso de este cansado pueblo mexicano; ya no hay más que desear; pues lo que nos prometió nuestro Dios ya lo hemos encontrado; pero callemos, no digamos nada, volvamos al lugar donde ahora estamos; donde guardaremos lo que nos mande nuestro señor Huitzilopochtli”. Regresaron al lugar de donde salieron, luego la siguiente noche apareció Huitzilopochtli en los sueños de uno de los hombres, y le dijo: “ya estaréis satisfechos como yo no os he dicho cosa que no haya sido verdadera y habéis visto y conocido las cosas que os prometí en este lugar, donde yo les he traído, pues esperar que aún les  hace falta ver más cosas; ya recordarán como os mande matar a Copil, hijo del hechicera que se decía mi hermana, y os mande que le sacaran el corazón y lo arrojasen entre los carrizales y espadañas de esta laguna, lo cual habéis hecho: saber que este corazón cayó sobre una piedra, y de él salió un tunal, que está tan grande y hermoso con águila habita en él, y allí encima se mantiene y come de los mejores pájaros que hay, y allí extiende sus hermosas y grandes salas, y recibe el calor del sol y la frescura de la mañana. Ir allá a la mañana, que encontrarán la hermosa águila sobre el tunal y alrededor de él, verán mucha cantidad de plumas verdes, azules, coloradas, amarillas y blancas de los pájaros con los que se alimenta del águila, y a este lugar donde encontrarán el tunal con el águila encima, le pongo el nombre de Tenuchtitlan”. Este nombre lo tiene hasta ahora hoy la Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada de los mexicanos se llama México, que quiere decir lugar de los mexicanos, y en cuanto a la disposición del lugar se llama Tenuchtitlan, porque tetl es la piedra y nochtli, que significa el tunal y la piedra en que estaba, y añadiéndole el tlan, que significa lugar del tunal en la piedra.
Al día siguiente sacerdote mandó juntar a todo el pueblo, hombres y mujeres, viejos, mozos y niños, sin que nadie faltara, y puestos de pie comenzó a contarles su revelación encareciendo las grandes muestras, mercedes que cada día recibían de su dios con una prolija plática, concluyendo con decir que “en este lugar del tunal está nuestra bienaventuranza, quietud y descanso, aquí ha de ser engrandecido y ensalzado el nombre de la nación mexicana, desde este lugar ha de ser conocida la fuerza de nuestro valeroso brazo y el ánimo de nuestro valeroso corazón con que hemos de rendir todas las naciones y comarcas, sujetando de mar a mar todas las remotas provincias y ciudades, haciéndonos señores de oro y plata, de las piedras preciosas y joyas, plumas y mantas ricas, etcétera. Aquí hemos de ser señores de todas estas gentes, de sus haciendas, hijos e hijas; aquí nos han de servir y tributar, en este lugar se ha de edificar la famosa ciudad que ha de ser reina y señora de todas las demás, donde hemos de recibir todos los reyes y señores, y donde ellos han de acudir y reconocer como a suprema corte. Por tanto, hijos míos, vamos por entre estos cañaverales, espadañas y carrizales donde está la espesura de esta laguna, y busquemos el sitio del tunal, que pues si nuestro dios lo dice no duden de ello, pues todo cuanto nos ha dicho hemos hallado verdadero”.
Una vez terminada la plática del sacerdote, todos le dieron gracias a su dios, y por diversas partes entraron a la espesura de la laguna, buscando por una y otra parte, tratando de encontrar la fuente que el día antes habían visto y vieron que el agua que antes salía muy clara y linda, aquel día manaba una casi como sangre, que se dividía en dos arroyos, y en la división del segundo arroyo del agua salía tan azul y espesa, que era cosa de espanto, y aunque ellos pensaron en que aquello no carecía de misterio, no dejaron de pasar adelante a buscar el pronóstico del tunal y el águila, y después de andar por un rato, finalmente encontraron el lugar del tunal, encima del cual estaba el águila con las alas extendidas hacia los rayos del sol, tomando el calor de él, y en las uñas tenía un pájaro con bellas plumas resplandecientes.
Apenas vieron los sacerdotes al ave, comenzaron a hacerle reverencia como si se tratara de cosa divina, y el águila al verlos, bajó la cabeza a todas partes donde ellos estaban, los cuales al ver el acto del águila y que ya habían visto lo que deseaban, comenzaron a llorar y a hacer grandes extremos, ceremonias y visajes con muchos movimientos en señal de alegría y contento, y en modo de agradecimiento decían: “¿Dónde merecimos tanto bien?, ¿Quién nos hizo dignos de tanta gracia, excelencia y grandeza? Ya hemos visto lo que anhelábamos, ya hemos alcanzado lo que buscábamos, ya hemos encontrado nuestra ciudad y asiento, sean dadas gracias al señor de lo criado, y a nuestro Dios Huitzilopochtli.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Etapas constructivas del Templo Mayor

Etapa III
Aquí podremos observar un drenaje hecho de tabiques, que data del año de 1900; durante su construcción se destruyó en un diámetro de 2 metros todas las etapas constructivas del templo y se encontraba debajo de la calle de Santa Teresa, que hoy conocemos como Guatemala. Es como un túnel de tiempo, que nos lleva a descubrir las diversas etapas del recinto. Una de ellas  destaca particularmente, pues se aprecian algunas copias de esculturas reclinadas sobre la escalinata del lado de Huitzilopochtli. Los originales se pueden visitar en el interior del museo. Al parecer representan a los centzohuitznahuas o 400 sureños, contra los que lucha Huitzilopochtli.
Cabe aclarar, que aquí nos relatan los viejos mitos como el de la diosa de la tierra, Coatlicue, quien hacía penitencia en su adoratorio cerca de Tula, cuando vio un plumón de algodón que tomó el guardó en su seno; de manera instantánea quede embarazada. Cuando sus otros hijos, los surianos y Coyolxauhqui, se enteraron de lo ocurrido, acordaron ir al cerro de Coatépec (Cerro de la Serpiente) para matar a su madre por aquel misterioso embarazo. Se preparan para la guerra y se ponen en marcha. Cuando iba subiendo por la ladera del cerro, nace Huitzilopochtli, dios de la guerra, quien ataca a sus hermanos, los separa y a Coyolxauhqui la captura, la decapita y arroja el cuerpo desde lo alto del cerro, el cual al caer se va desmembrando. De esta forma como se le representa a la diosa: muerta y mutilada después del combate.
Por medio de este mito, los aztecas justifican sus guerras de conquista, pues debe seguir el camino que el dios siguió desde su nacimiento: combatir al enemigo. Sin embargo, el mito se ha interpretado como la lucha entre los poderes diurnos, presentes en el dios solar Huitzilopochtli, y los poderes nocturnos, propios de la Luna, representada como Coyolxauhqui. Entonces los sureños serán las estrellas que día con día son dispersadas por el rayo solar, de ahí que el mito hable de la poderosa arma de Huitzilopochtli, la xiuhcóatl o serpiente de fuego, que no se trata de otra cosa, que el rayo matutino que  dispersa las tinieblas de la noche.
Dicha etapa constructiva corresponde al año 1430 aproximadamente, cuando Tenochtitlán era gobernada por Itzcóatl (1427-1440 d. C.). El tlatoani, junto con las ciudades de Texcoco y Tacuba, logró la independencia tenochca  de los tepanecas de Azcapotzalco, a quienes estaban sujetos los mexicas por aquel entonces.

Etapa VI
En nuestro viaje por el tiempo, toca trasladarnos a las etapas posteriores. Ahora nos encontramos en la parte norte del templo, en donde veremos el piso de lajas del recinto ceremonial, que pertenece también a la penúltima etapa constructiva. Llaman poderosamente la atención los tres adoratorios alineados a lo largo de la plataforma; el más cercano está orientado hacia el poniente, mientras que el de en medio está decorado con más de 240 cráneos de piedra.
El que se ubica al oriente, se encuentra ricamente pintado en varios tonos, predominando el rojo; al norte de ellos hay un conjunto del que se destacan dos escaleras, en una de ellas se observan cabezas de águilas en las alfardas. No obstante, en dicha plataforma había otra etapa anterior que fue descubierta; su interior se puede apreciar si nos trasladamos hacia el sitio donde se ubica el enorme techo que protege lo que se ha denominado Recinto de las Águilas o Casa de las Águilas.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Promesa cumplida


Pedro Arias era del Burgo de Osma; hombre de buenos bigotes, pero con la cabecita rellena de puro aire. Desde joven se podía apreciar su escaso cerebro, siendo siempre de cascos cerrados, no le entraba  ninguna idea, y de su boca solo salían puros desatinos.
La gente contaba que cuando este hombre era bebe, su madre le dio con bastante fuerza en la cabeza con una llave de hierro de dos cuartas, la cual lo dejó para que en su cabecita no entrara nada de razón. Lo mandaron a la escuela y a duras penas le entraron las letras, poquísima doctrina, y números todavía menos.
Era tan bronco, que su bruta simplicidad y habilidades no superaban a las de un caballo; y a pesar de todo esto, el hombre se fue a estudiar a Salamanca, pero su ingenio tan confuso,  dio como resultado que acabara saliendo tal como entró, sin saber nada; bien dice el dicho: “Lo que natura no da, Salamanca con empresta”. De posición acomodada, siempre vestía elegantemente, pero de nada le servía traer un empaque muy bonito, si el interior ya estaba defectuoso.
Total que sus padres murieron, quedando solo en el mundo; su vieja casa abolenga, las tierras paniegas, un molino triguero, el extenso olivar con su almazara, sus merinas, todas estas cosas y hasta los muebles pasaron a manos de acreedores y de cicateros prestamistas, quedando el pobre Pedro en la calle. Aunque su cerebro no le ayudaba en mucho, sus entendederas alcanzaban para que supiera que en los países de América había más oportunidades, y en ellos puso todo su anhelo  y hacia Nueva España se embarcó, pues creía que en aquellas tierras se hacía fortuna con facilidad.
Una vez que llegó pensó que obtener riqueza era con solo escarbar o dar dos pasitos, y ya ahí estaba; por este pensamiento tan equivocado que tenía, iba y venía de fracaso en fracaso, sin embargo el inocente no perdía la esperanza como otros tantos que venían a hacerse ricos, hasta que ya después de mucho tiempo se daban cuenta de su realidad.
Pedro con tristeza veía que cuando iba a cambiar sus piedras que recolectaba, por una buena cantidad de dinero, le bajaban el ánimo al decirle que sus pedruscos carecían de valor alguno, y a pesar de sus fracasos, todos los días se trepaba a todos los cerros existentes para recoger rocas, que él creía firmemente escondían en sus entrañas oro o plata, cuya presencia le avisaba el fulgente brillo exterior que echaba reflejos.
Cada vez se aferraba más a la idea de que en México los metales preciosos abundaban, a pesar de que siempre le rechazaban los guijarros que encontraba, pero eso en vez de desilusionarlo, hizo que se le metiera en la cabeza que las piedras que guardaba en su  casa tenían gran valor, y si recolectaba más con el tiempo tendría una gran fortuna. Lleno de felicidad y optimismo, un día se armó de un zapapico  y una pala para ir a cavar en todos los montes cercanos, para encontrar en poco tiempo la fabulosa mina con la que soñaba tanto su cándida alma. Parecía poseído por Xipe, el demonio de las minas de los antiguos mexicanos, que daba la locura a sus devotos para que estuvieran escarbando y escarbando  la tierra sin descanso. Al ver Pedrito que no encontraba el tesoro de sus sueños, poco a poco se le fueron cayendo las alitas del corazón, andaba desconsolado y sin gusto, con sus pensamientos entre tinieblas y sombras.
En la iglesia del convento de San Fernando existía un crucifijo de gran tamaño en un colateral dorado, de complicaciones fastuosas; el vulgo decía que esta imagen  era muy milagrosa cuando se le pedía un favor desde lo más profundo del corazón, nada negaba este Cristo a quien le invocara con fe. Gran cantidad de gente  siempre había  ante el elevando oraciones, implorándole y contándole sus cuitas, entre los que se encontraba frecuentemente a Pedro Arias. El pobre hombre se arrodillaba ante la imagen, pasándose horas, horas y más horas en su ensimismamiento, todos los ahí presentes siempre sentían una enorme lástima por él. Su gesto lleno de optimismo, ahora se encontraba  lleno de profunda pena.
Una tarde había en San Fernando mucha gente, debido a que se le estaban dando gracias al Cristo milagroso; de pronto Pedro hace su aparición  entre el gentío, abriéndose paso a codo y a hombro, pero a diferencia de las demás ocasiones en que asistía a rezar el pobre inocente, ahora se presentaba con la cabeza cubierta de sangre, la cual le escurría  por el cuello hasta caerle por toda su ropita. La gente lo miraba atónita mientras el encaminaba sus pasos hacia el altar,  y cuando hubo llegado empuño un garrote y asestó un certero porrazo al milagroso Cristo, después  le planto otro más formidable. Con el primer golpe la imagen se partió en la cintura, y con el segundo, la rajó como si le hubiera dado con una filosa hacha; con esto la mitad del cuerpo giró sobre el clavo de los pies y cayó con un fuerte estruendo sobre el altar.
Los ahí presentes estallaron en santa ira al ver tal acción sacrílega, y acto seguido agarraron a Pedro hasta quedar bien acogotado. El interior de la iglesia se había un vuelto todo un caos, mientras al pobre tontito lo llevaron primero a la cárcel de la Corte, y de ahí a la tan temida Inquisición; el vulgo exigía contra él un castigo ejemplar, el cuál era que le partieran el cuerpo en dos, otros más querían que se le hiciera lo mismo que al Cristo.
Después se supo los motivos que orillaron a Pedro a cometer tal sacrilegio, quien dijo en su declaración que  ya cansado de tantos fracasos, fue a pedirle ayuda a la imagen de Nuestro Señor Crucificado, ofreciéndole la mitad de lo que le diesen por tres sacos  de piedras que él creía que eran de oro de la mejor calidad y plata pura; fue a ofrecer su valioso tesoro como tantas veces lo había hecho, pero esta vez con un comerciante español de Calahorra, quien tenía una tienda en la calle de los Alguaciles Mayores, y este hombre de mal genio todo el tiempo, al ver aquellas piedras carentes de valor, estalló en cólera, y acto seguido tomó un garrote con el que le asestó cuatro golpes en la cabeza a Pedro, los cuáles fueron con la suficiente fuerza para matarlo, pero solo lograron descalabrarlo. Como el pobre mentecato había prometido la mitad de lo que le diesen, el sin faltar a su palabra le dio dos golpes a la santa imagen. Eso fue lo que consiguió el Cristo; eso fue lo que le dio. El Cristo sabría porque logró para el esos formidables trancazos. ¡Ganas que tendría de la mitad!, pensaba el bárbaro Pedro Arias. ¿No se dice que hay gustos que merecen palos?