domingo, 27 de mayo de 2012

El Cristo del Veneno (Sucedió en la calle de Porta Coeli, hoy Venustiano Carranza)


Interesante y pavorosa leyenda del México Colonia, pero más interesante y atractiva debido a que aún se conserva como irrebatible testimonio el objeto en torno al cual giran estos hechos: ¡El mismo Cristo del Veneno! Todo aquel que quiera comprobar la veracidad de esta leyenda, puede ver tocar y quizás invocar al Cristo del Veneno, que se encuentra en el museo de la Catedral Metropolitana.
Hace algunos años esta negra escultura estuvo expuesta en la iglesia de Porta Coeli, en la hoy sexta calle de Venustiano Carranza, muchos pudimos ver qué cantidad de milagros y ex – votos tenía este cristo. ¿Pruebas éstas de que había causado bien o causado mal? ¿Por qué? Antes veamos un poco de la historia  de donde parte la leyenda, para formar estos hechos extraordinarios, así que subámonos a la máquina del tiempo para ubicarnos en el año de  1603, cuando fueron comprados los terrenos para el convento de los dominicos; en aquellos lotes que formaban parte de las casas de la antigua calzada de Iztapalapa fue concluida la obra en el siglo XVII. El 22 de mayo de 1711 fue dedicada la iglesia, y desde ese día la calle tomó el nombre de Porta Coeli; de entre las imágenes que se colocarían en los altares del templo, estaba un Cristo crucificado de hermosa talla traído de España.
Ahora veamos al personaje que los insólitos acontecimientos iban a ligar con el Cristo: era nada menos que el obispo Gaytán. Pese a su investidura,  se caracterizaba por ser un hombre humilde, vivía en una celda donde se recogía después de rezar ante el Cristo, y todos los días al salir besaba los pies de la escultura, lo cual ya era una invariable costumbre. El obispo era un denodado defensor de la justicias, y sostuvo batallas tremendas contra los múltiples atropellos de la Inquisición; estos hechos nos los cuentan los antiguos documentos en donde describen todo lo que hizo ante los tribunales de la fe. En aquella época nadie tenía derecho a la defensa, cuando el Santo Oficio atrapaba a alguien, muy pocos salían vivos de aquellas infernales mazmorras, a donde el obispo iba a ver a las víctimas para auxiliarlas hasta el final; y respetado por su rango y por su personalidad, entraba a veces hasta las cámaras de tortura para impedir los tormentos.
Pero un día sucedió, que la codicia tomó la forma de hombre y este a su vez, la del Diablo, y fue a tentar a dos oidores, este individuo llevaba por nombre el de Ignacio Alonso de Miranda, quien les relató su historia de cómo hacerse rico en tiempo record: A él y a su compañero don Gaspar de Nuño les informaron de yacimientos de oro en el noroeste del país, pero ya cuando estaban más cerca del tesoro, don Alonso decidió quedarse a divertirse con mujeres; en tanto don Gaspar y dos indios que le condujeron al sitio, marcharon en busca de las minas de oro sorteando peligros, padeciendo mil penalidades, pero dos años más tarde regresó a la ciudad cargado del preciado metal y a la sazón, uno de los hombre ricos de la Nueva España. Una vez concluido su relato,  el codicioso caballero les pidió su ayuda a los oidores para quitarle sus minas y riquezas acusándolo de herejía, ya que el pretexto perfecto eran los indios con sus ídolos.
Ajeno a cuanto se tramaba en su contra, en su lujosa casona don Nuño se preocupaba por catequizar a los indios, enseñándoles la religión cristiana, pero esta calma duraría poco tiempo, pues dos días más tarde se escucharon fuertes golpes a la puerta, seguidos de una siniestra voz que hacía temblar hasta a los más osados: “¡Abrid en nombre de Santo Oficio!”. Tan pronto abre la puerta, oidores y criados se precipitaron al interior de la casa para notificarle que se le acusa de herejía; acto seguido los dos indios tlaxcaltecas, fieles sirvientes y amigos de don Nuño, atacan a los soldados, sucumbiendo ante sus armas. El dueño de la casa aprovecha la confusión y sale huyendo con la agilidad milagrosa que proporciona el miedo, y sobre todo ese miedo al Santo Oficio,  logrando llegar a la calle y de ahí hasta la celda en que vivía el bueno y santo obispo Gaytán.
Le contó todo lo sucedido al religioso, y este decide esconderlo en Porta Coeli mientras cae la noche para mandarlo rumbo Texcoco con unos amigo. Y como en  todos los casos, el obispo recurre a la escultura del crucifijo para implorarle ayuda en su lucha por la justicia, y como fuera siempre su costumbre, besa con profunda unción los pies del Cristo.
Mientras tanto, en la lujosa casa de don Nuño en la calle de Balvanera, el Santo Oficio incitado por la codicia y la maldad, destruía todo por medio del fuego; por supuesto que iban a buscar al caballero por cielo mar y tierra para apresarlo. Esa misma noche el obispo envía con un cochero de confianza al perseguido hasta un sitio en que encontraría seguridad.
Al día siguiente se indica la causa en ausencia en contra de don Gaspar de Nuño, acusándole de diabólicos procedimientos y actos de hechicería; mientras se llevaba a cabo la lectura del veredicto entra el obispo Gaytán gritando que tal acusación era una vil mentira, en la sala se produce conmoción, pues hasta entonces nadie había osado llamar mentiroso  a ninguno de los crueles fiscales y oidores, pero el religioso junto con el auxilio del Cristo de Porta Coeli avanzó sin inmutarse. Entonces se inició un juicio que duró días, tantos documentos, tantos testimonios de las obras de caridad  cristiana y de socorros que hacía a la iglesia don Gaspar de Nuño, que logr´po que fallaran que era inocente; por primera vez en la Nueva España, un pregonero del Santo Oficio hizo público su fallo.
Ni tardos ni perezosos, los oidores falaces y ambiciosos fueron a intrigar ante el arzobispado, buscando la venganza contra quien les había evitado hacerse ricos, y nadie sabe cómo y porque, pero prosperó cizaña contra el bondadoso obispo. Días más tarde un fraile le entregaría una carta, en la que decía que debía permanecer en el convento de Porta Coeli en quieto retiro hasta que se le ordenara lo contrario; el religioso solo se arrodilló a orar, de sus labios no salió una frase contra sus enemigos, y después de ese día observó con resignación y disciplina la orden que se le había dado.
A fin de evitar la venganza del Santo Oficio, don Nuño desapareció de la Nueva España, y entonces don Ignacio centró su odio en el obispo y sin mucha demora entró en acción esa misma tarde,  cuando  vio salir al sacristán de Porta Coeli y decide valerse de el para obtener informes del religioso, claro que mediante módica suma de oro soltó la lengua sobre su rutina diaria, pero sin obtener mucha información decide citarlo en un lugar más privado para que le cuente todo con lujo de detalle.  Días más tarde se reúnen en una taberna, el sacristán le relata al don Ignacio el día a día del obispo hasta el más mínimo detalle, entre ellos la costumbre que tenía de besar los pies del Cristo después de la oración; esto haría que el codicioso caballero formularía un plan para acabar con su enemigo.
Noches después don Ignacio le hace entrega al sacristán, de un pomo conteniendo activísimo veneno para que lo depositara en los  pies del Cristo; entonces el sobornado obedece y vierte, ocultándose de la gente, el líquido en los pies de la imagen. Al día siguiente el sacristán vigila al obispo Gaytán que reza ante el Cristo; pero después de concluidas sus oraciones, se inclina para besar los pies del redentor, entonces ante el asombro y el espanto del sacristán, la imagen empieza a encoger las piernas, y a medida que las iba encogiendo para evitar que el religioso bese sus pies, el Cristo se va poniendo negro.  El obispo sorprendido alza los ojos y ve que se ha puesto totalmente negro, entonces el sacristán cae de rodillas pidiendo perdón y poco después confiesa que don Ignacio le dio una botella con un líquido para que lo vaciara en los pies del Cristo.
Ante suceso tan insólito, se mandaron hacer investigaciones y descubrieron que el líquido misterioso era un muy potente veneno que el Cristo había absorbido. Pero lo que no sabía ni el obispo ni el sacerdote investigador,  es que las tantas veces pecador Ignacio Alonso de Miranda, por designios del señor, recibiría en esos momentos  terrible castigo: sus amigos asustados retroceden, don Ignacio lanza un grito de terror y cae de la silla, y vieron con espanto como las piernas se le encogían como al Cristo de Porta Coeli; y así por muchos años vivió, si así puede llamársele a lo que pasó en la tierra al terrible pecador.
Al conocerse los pormenores del  increíble suceso, cientos de fieles y curiosos acudieron a la iglesia de Porta Coeli para admirar al Cristo Negro, y pronto la imagen se le conoció como “El Cristo del Veneno”, pues era ya mucha la fama de que curaba toda clase de envenenamientos. Según nos dice la leyenda, la milagrosa imagen evitaba envenenamientos, pero las hechiceras buscaron la forma maléfica de que obrase en sentido inverso, y se cuenta también que una dama fue a  la iglesia para rezar al revés las oraciones que le diera una bruja, y el vulgo sostuvo que allá en casa de la amante del esposo, este había muerto envenenado.
Muy pronto en toda la Colonia se dijo que el Cristo de Porta Coeli, así como aliviaba a los envenenados, causaba también la muerte por veneno. Y se asienta en documentos, que doña Herlinda Astudillo de Guevara, bella y joven mujer fue víctima de una cruel venganza de su despechado enamorado con el piquete de una serpiente, y mientras un criado mataba al reptil, los ancianos padres encomendaban la vida de su hija  al Santo Cristo del Veneno, prometiéndole que la muchacha ingresaría a un convento; Doña Herlinda se salvó de la muerte, profesó y con los años fue superiora del convento de las Capuchinas.
Mucho luchó la iglesia por terminar con la malvada e insana leyenda en torno del Cristo. Transcurrieron los años, vino la Independencia junto con las leyes de Reforma, en donde el colegio y convento de Porta Coeli, fue intervenido por orden del presidente Juárez. En el convento se instalaron comercios, entre ellos la famosa tienda de don Blas Sanromán, conocida como “Las Siete Puertas”; con el tiempo el templo fue abierto para el culto, pero lo que siempre continuó sin interrupción  en esa iglesia fue el culto al Cristo del Veneno. ¿Tantos milagros y exvotos que se retiraban  periódicamente patentaron los milagros obrados por el Cristo?
Luego vinieron otra vez tiempos difíciles para el clero y los templos católicos fueron cerrados, y ya nadie tuvo acceso a la iglesia de Porta Coeli, pero cuando se reabrieron templos se notó que el Cristo del veneno había desaparecido. Pero las lenguas se soltaron y hubo quien dijo que la iglesia para evitar culto tan tremendo, cuando por maldad se hacía, se decidió  incinerar el Cristo; y por esa época se dijo también que el Cristo fue escondido en una casa en Tacubaya. Lo cierto es que la imagen rodó de aquí para allá con peligro de perderse, de que llegara a destruirse tan maravillosa y antigua obra del arte colonial, pero hace años unas damas religiosas llevaron a la Catedral Metropolitana la maravillosa y legendaria escultura.
Después de mucho pensarlo, un religioso decidió no colocarla en altar alguno para evitar los milagros y contra – milagros, hasta que un día el encargado del museo religioso de México descubrió la escultura. ¡Y ahí la tienen! La pueden visitar todavía y podrán ver que está negro con las piernas encogidas, tal como nos cuenta la leyenda. Quizás alguno de ustedes vuelva a invocarla… si, para bien o para mal. ¿Creen que existe tal cosa? ¡Prueben!  
No, sería peligroso, recuerden el desagradable fin de don Ignacio.

domingo, 20 de mayo de 2012

Iglesia del Colegio de Porta Coeli


Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.
Pasaron algunos años ya establecidos en la capital de Nueva España, cuando fundaron el colegio de Santo Domingo de Porta Coeli, a un costado de la Plaza del Volador, donde podemos visitar el templo hoy en día. Para llevar a cabo dicho proyecto compraron las casas de doña Isabel de Luján, nieta de Alonso de Estrada, la cual las vendió a la Provincia de Santiago de México por la suma de doce mil ochocientos dos pesos; los inmuebles fueron arreglados para el fin que se les pretendía dar, y la Provincia tomó posesión de estos el 18 de agosto del mismo año.
El colegio tuvo como primer rector al padre fray Cristóbal de Ortega,  lectores de teología a fray Antonio de Hinojosa y fray Diego Pacheco y como profesor a fray Damián Porras, en donde impartieron cursos de gramática, filosofía y teología. Porta Coeli fue aprobado en el capítulo provincial de 1604 y por el general de la orden fray Gerónimo Xavierre en el capítulo celebrado en Valladolid de Castilla, en siguiente año; con esta serie de trámites se le concedía a la recién fundada institución los privilegios que gozaban los demás colegios y universidades de la orden de predicadores, para lo cual fue ratificado por el siguiente general de la orden fray Agustín Galamino, en noviembre de 1609.
La iglesia fue terminada varios años después, ya que hasta 1711 fue dedicada. El colegio fue ampliado comprando casas contiguas, el pequeño templo conservó sus dimensiones originales y su aspecto no fue modificado en lo absoluto, así que podríamos decir que esta joyita quedó atrapada en un  túnel de tiempo. Pero no por ser una iglesia pequeña hay que menospreciarla, ya que es notable por sus altares y adornos; situado de sur a norte, teniendo en esta orientación su puerta principal y el fondo el altar mayor. Sus torrecillas apenas sobresalen de las azoteas contiguas, en tanto que en su fachada todavía podemos ver aquel aire de otra época en la leyenda en latín, que dice: “Terriblis est locus iste. Domus Dei est. Et Porta Coeli”, que traducido al español quiere decir, “Este es un lugar estremecedor. Es la Casa de Dios. Y la Puerta del Cielo.”
En frente del colegio fue colocado un tablado para que los jueces se sentaran para presenciar el auto de fe celebrado en la Plaza del Volador en 1649; dicho tablado se encontraba comunicado con el interior por medio de una abertura, dentro de la cual se levantó un  dosel negro con las armas reales bordadas en oro, una mesa revestida de terciopelo negro  con sus almohadas y sillas que hacían juego, y un hermoso tintero de plata para el tribunal; la fachada fue adornada con ocho columnas jaspeadas y el texto escrito del tema que debía tratarse durante el sermón; sobre el arco que sostenía la parte superior de la abertura se colocaron las armas del Pontífice reinante Inocencio X, y a sus lados las estatuas de la Fe y la Justicia .
Durante aquella época las órdenes religiosas buscaban en estos colegios la instrucción que les diera la fuerza necesaria para guiar y combatir, pues el ideal era aparecer anonadados ante la grandeza de Dios, pero a la vez proyectar la imagen de fuertes y poderosos ante la sociedad y la naturaleza, combinando estas actividades con la meditación. La orden de predicadores sujetaba a sus integrantes a tres votos: unión con la comunidad, libertad exterior y la ilustración que da el estudio; esta filosofía se extendió por todas partes y entre los miembros más destacados estuvieron fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas.
De la grandeza de Porta Coeli solo quedan las crónicas escritas en papel, que nos recuerda lo que tras sus muros vivieron sus integrantes para formar religiosos que pudieran enfrentarse a la época que les tocó vivir; apenas algunas personas recuerdan al pasar por aquella humilde iglesita, que allí se afanaron otros más en la expansión en la intelectualidad y el fomento de la sed del saber.
Con la entrada de las Leyes de Reformas, el convento pasó a ser de propiedad privada  y el templo fue cerrado, pero años después fue abierto nuevamente para el culto. Afortunadamente se libró de la destrucción que desencadenaron dichas leyes, y hoy en día podemos apreciar su belleza; no  debemos de perder la oportunidad de visitar la réplica del Señor del Veneno, protagonista de muchas leyendas. El templo de Porta Coeli hoy en día está dedicado al culto católico del rito greco malaquita o melkita.

domingo, 6 de mayo de 2012

Leyenda de la fundación de Puebla


Durante  la de la Colonia, la población iba creciendo y progresando poco a poco, al igual que su población, ya que debido a las buenas condiciones de vida que existían durante aquella época, muchas familias españolas se venían a vivir a la Nueva España; la gran mayoría de los extranjeros hacían matrimonios de conveniencia con los nativos, así la población mestiza se integraba poco a poco con los descendientes de conquistadores.
El comercio muy activo, por lo que los viajes a Veracruz eran el pan nuestro de cada día, por lo que hizo falta un lugar que fuera como punto medio para descansar unos días durante la travesía.
Durante aquella época existía un lugar en donde eran depositados, quemados o destruidos los restos de los sacrificios  en honor a Huitzilopochtli, al igual que a los dioses tutelares de Tlaxcala y de Chalco, y todos aquellos que murieron durante las Guerras Floridas.  A pesar del oficio sagrado de aquel sitio, era inevitable que la gente viera en este un aire macabro; los aztecas le llamaban Cuetlaxtoapa. Los únicos habitantes que había en ese rumbo eran los encargados del depósito de materia humana, pero por el lado contrario, era uno de los sitios más atractivos como punto estratégico durante la Colonia, debido a la excelente ubicación intermedia que tenía, y esto daría el pretexto ideal para ocultar el pasado religioso adverso a la nueva religión. Una vez que dicho depósito fue abandonado y destruido, se planeó que fuera destinado para que las familias recién llegadas al nuevo continente se establecieran, así como también los indígenas que las zonas circundantes como Cholula y Tlaxcala, que podrían iniciar una vida diferente y agradable. Puebla iba a convertirse en la escala obligada, en un sitio de descanso entre la capital virreinal y la ruta de salida por Veracruz hacia el Golfo de México para la travesía atlántica.
Y aquí es donde se podría decir realmente que nace la leyenda de cómo surgió la Puebla que hoy conocemos, comienza con un religioso de nombre fray Julián de Garcés, quien una noche víspera del 29 de septiembre, día en que se celebra la fiesta de San Miguel, tuvo un sueño donde había un campo muy grande en donde había un río y varios manantiales a su alrededor; además tuvo la visón de unos ángeles que trazaban con unos cordeles estirados y unos compases, una ciudad orientada por cuadrantes, cuyas calles iban de norte a sur y de oriente a poniente.
Cuando el religioso despertó, pensó que  aquel sueño era nada menos que un mensaje divino, por lo que ni tardo ni perezoso después de la misa, se entrevistó con los franciscanos que radicaban al igual que el en Tlaxcala, entre ellos se encontraba Motolinía, quien recordemos que siempre ayudó a los indígenas. Cuando fray Julián les relató a todos su sueño, decidieron ir ante personas de confianza, al lugar previsto por las autoridades, ubicado a cinco leguas de Tlaxcala, y al llegar vieron lo que quedaba del antigua depósito cegado, un paisaje muy parecido a las visiones; entonces el fraile lleno de emoción señaló con el crucifijo que llevaba colgado al cuello diciendo: “Este es el lugar que me mostró el  Señor”.
Con la autorización de la reina de España, comenzaron los trabajos de hacer la traza por cuadrantes de lo que sería Puebla (Ciudad de los Ángeles), fundada en la provincia novohispana de Tlaxacala, fue desde sus comienzos capital de la Intendencia de Puebla, y durante el México Independiente, capital del estado del mismos nombre.
Tal vez se llamó la Ciudad de los Ángeles debido al sueño de fray Julián, donde los mismísimos seres celestiales hicieron la traza; y por si dicha visión no bastara, recordemos que el suceso fue para amanecer el día de San Miguel, y este arcángel es el jefe de las milicias celestiales integradas por ángeles.