domingo, 28 de febrero de 2016

El címbalo de oro (Leyenda de Yucatán)

En el tiempo que no se cuenta hubo en la tierra del faisán y del venado un pueblo feliz. Feliz el pueblo de aquel reinado porque olvidando guerras y sacrificios supo cuidar los campos de tal modo, que hasta los cerros florecieron, y más feliz el rey sabedor de los bienes de sus súbditos, viendo ensancharse la ciudad, rica ciudad, alrededor del palacio blanco que habitaba, siempre guardado por muchos y muy buenos guerreros devotos de la “serpiente de plumas de oro”, su jefe y señor. Pero la mano que todo lo domina, la que reparte el rocío del cielo y el calor de la tierra, tiene dispuesto lo que sucedió y que vas a oír.
Cerca de los dominios del rey feliz y en la falda de un monte misterioso, habitado por corcovados, había un pueblo y en el pueblo una vieja hechicera que conocía los secretos de las hierbas y podía recoger la plata de la luna. Habitaba una cabaña formada con tierra y hojas de palmera en el confín del pueblo; nadie vivió en ella nunca sino la vieja desde hacía muchos años, hasta que sintiendo próxima su muerte, quiso tener un hijo. Para lograrlo, fuese una noche al monte de los corcovados misteriosos y de ellos recibió un huevo grande, más grande que los de las águilas, que puso incubar debajo de la tierra de su choza. Del huevo brotó un niño con cara de hombre que no creció más de siete palmos y dejó de crecer; pero era despierto como una ardilla y desde que nació hablaba y sabía tantas cosas que maravillaba a las gentes. La vieja contó que era su nieto, para que se lo creyeran.
La vieja acostumbraba ir todos los días con su cántaro a traer agua del pozo público, y el enano quedaba solo en la casa y lo registraba todo. Sucedió que él había puesto su atención en que su abuela no se separaba nunca de las tres piedras del hogar, y cuando iba a salir, las tapaba cuidadosamente. El enano quiso saber lo que había allí escondido. Para esto, como era sagaz y malicioso, imagino hacer un agujero en el fondo del cántaro, para que cuando la vieja fuese con él por agua, no lo pudiese llenar y tardará mucho y entonces él tuviera tiempo de remover las cenizas del fogón. Y aquel día, mientras la abuela estaba esperando que el cántaro agujereado se llenara, el enano fue y removió las cenizas y metió las manos adentro de ellas; y he aquí que sacó afuera un címbalo de oro. Y fue y lo golpeó con una varita. El címbalo resonó con un sonido terrible, como el de un trueno espantoso, que se oyó en toda la tierra el estremeció.
Corre viene la abuela y dice desolada al enano:
-¿Qué has hecho, infeliz?
Y él dice:
-Yo no he hecho nada, un pavo fue que gritó dentro del monte. Y ya había ocultado presuroso el címbalo bajo las cenizas.
Pero la vieja sabía la verdad y no le creyó.
Estaba dicho que aquel que encontrar el címbalo de oro escondido debajo de la tierra y del fuego, haciéndolo sonar, destrozaría al rey feliz del vecino reinado, por lo que la noticia se esparció por toda la comarca con gran alboroto y el viejo rey que estaba dormido en la casa blanca, despertó y de los pies a la cabeza templo de espanto.
Hizo marchar a sus hombres por todos los caminos a buscar al que había tocado el instrumento terrible de la terrible música; los que encontraron al enano lleváronlo delante del viejo rey, quien lo espero sentado en su trono en medio de la plaza y debajo de una ceiba que tenía 1000 años. Todos los consejeros del rey corrieron al ver llegar al enano pensando que era muy pequeño para destronar a su señor, por lo que le aconsejaron lo pusiera a prueba. Entonces dijo el anciano rey al enano:
-Si de verdad eres el que ha de sucederme, demuéstramelo.
Y el enano contestó:
-Pregunto, cómo he de demostrarlo.
Y dijo el rey:
-Si eres tú quien ha de sucederme, has de tener más sabiduría que yo mismo. Dime pues, sin equivocarte en uno solo, cuantos frutos hay en las ramas de esta ceiba que nos tiene a su sombra.
Y el enano miro las ramas del árbol grande, lleno todo de frutos menudos, y respondió:
-Yo te digo que son 10 veces 100.000 y dos veces 73 y si no me crees, sube tú mismo al árbol y cuéntalos uno por uno.
Quedo confuso el viejo rey; pero entonces salió de la ceiba un gran murciélago que le dijo al oído:
- El enano ha dicho la verdad.
Mas no se dio por vencido y para proponer al enano una segunda prueba, levantó los ojos llenos de orgullo y dijo:
-Bien saliste, al parecer, de la primera prueba; pero esto no es bastante. Mañana mandaré que alcen un tablado en medio de esta plaza y allí, delante de todo el mundo, el Ministerio de Justicia romperá sobre tu cráneo, con un mazo de piedra, una medida llena de cocos. Si puedes quedar a salvo, será verdad que eres el rey venido a sustituirme.
Oyó el enano y dijo:
-Consiento, pero siempre que hacerte sufrir la misma prueba si yo quedo vivo.
-Yo sufriré lo mismo que tú puedas sufrir- dijo el rey viejo.
Vuelve, pues, por donde viniste y preséntate mañana aquí.
-Iré y volveré- habló la enano. Pero el camino que trae aquí desde mi casa es estrecho pedregoso, no es camino para que pase un rey. Yo haré un digno de mí y por él vendré mañana a buscarte. Descansa, te deseo.
Y el enano se volvió la cabaña de su abuela. Y no se sabe cómo, pero durante esa sola noche, el camino que llevaba a los dominios del rey, fue todo hecho de piedra lisa y brillante. Por el camino al amanecer el enano con la vieja y gran cortejo de gentes asombradas, hasta la presencia del rey, que muy espantado estábale esperando, sin haber dormido en toda la noche. Delante de todo el pueblo subió el enano al tablado y el ministro de Justicia rompió sobre su cabeza, uno por uno, todos los frutos de palmera que estaban preparados, golpeándolos con un pesado martillo de piedra. El enano no se movió ni hizo otra cosa que reír con una pequeña risa, pues sabía que su abuela le había puesto, secretamente, una plancha de cobre encantado debajo de los cabellos. Por eso no sintió nada. Cuando el viejo rey lo vio levantarse vivo y sano se estremeció diciendo entre dientes: “Si es”. Pero no se dio, porque el tener poderío sobre los hombres es cosa muy dulce que no se deja fácilmente y así dijo al enano:
-Bien está. Pero como es preciso que no queda duda de que eres mi sustituto, soporta las otras pruebas, duerme por y en mi casa blanca y mañana hemos de ver.
A lo que contestó el enano:
-Permaneceré en la comarca; pero no en tu palacio que no es digno de un rey como yo. Durante esta noche, levantaré un palacio digno de mí y de él me verás salir mañana. Y así fue. Delante del palacio del viejo rey apareció la mañana siguiente uno más alto, labrado y deslumbrante, todo de piedra pulida. Por la soberbia puerta salió el enano y bajó la escalera acompañado por muchos vasallos (alguien dijo que los vasallos eran los corcovado del monte).
Así llegó hasta donde el viejo rey estaba, turbado y temeroso. Y propuso al enano la tercera prueba:
-Hagamos cada uno una estatua a nuestra propia imagen y pongámosla a arder en el fuego. La estatua que el fuego respete será la de aquel que deba ser rey.
-Bien está-dijo el enano-, comienza tú.
El viejo rey hizo su estatua de madera durísima y en cuanto la puso fuego, se consumió reduciéndose a ceniza y carbón.
Entonces le dijo el enano:
-Te hago gracia, puedes fabricar otra si quieres.
El viejo rey, tembloroso, hizo afanosamente otra estatua suya y la hizo con la piedra más dura; pero en cuanto la pusieron en el fuego, se deshizo en ceniza de cal.
-Déjame por merced, a ser la última- pidió al enano suspirando. El enano, que reía con su pequeña risa, aceptó, y entonces el viejo rey hizo una estatua y ésta fue de metal brillante; mas en cuanto la acarició el fuego, se derritió como si fuera de será tierna.
-Vencido estoy- dijo el viejo rey, más apesadumbrado-, a no ser que el estatua que tú hágase que tan fácilmente como éstas.
Y el enano siempre con su pequeña risa, fue trajo barro mojado y con el hizo una figurita muy parecida su persona. La puso en el fuego, y en el fuego, mientras más se cocía, más fuerte y fina era la estatua de barro. Maravillado el pueblo y convencido de la verdad del enano, pidió fiestas para coronarlo nuevo rey. Pero el enano dijo:
-No puedo coronarme mientras aquí no haya un palacio para mi vieja madre y otros para los príncipes de mi corte, y muchos más para mis guerreros, y un monasterio para las vírgenes del fuego, y una gran plaza para los espectáculos, y un gran templo. Mañana veréis todo esto y mucho más. Ahora, que el viejo rey sufra las pruebas que yo he sufrido, pues así está pactado.
Y el viejo rey fue puesto a la prueba del martillo y el primer golpe quedó muerto. Como lo había prometido el nuevo rey enano, al amanecer del otro día, vio asombrado el pueblo resplandecer una gran ciudad (la grande Uxmal) con numerosos palacios, primorosamente labrados en piedra y numerosos templos y sitios especiales para el juego de pelota. Fue suntuosa la coronación de nuevo rey y hubo muchas bellas danzas en su honor.
“Así floreció Uxmal, como ninguna ciudad del mundo, bajo el reinado de aquel rey. El pueblo se dedicó al cultivo de las artes más bellas; aprendieron a moldear los metales que traían de lejos y a dibujar en la piedra cosas delicadas, y a labrar los hilos de colores vivísimos y variados y a tejerlos y hacer con las pieles de los animales adornos y rodelas. Aprendieron muchos secretos de curar con hierbas y supieron la virtud de las piedras verdes y de las amarillas. Tuvieron conocimiento del hablar bonito y jugaron con las palabras como con las flechas en el aire, y fueron perfectos en la música para la cual inventaron muchos instrumentos nuevos”.
Cuando después de 60 vidas de hombre murió el enano rey que hizo a su pueblo más feliz que antes, todos los hombres lo lloraron e hicieron estatuas con su efigie, de barro fino, pintadas de colores brillantes, para no olvidarlo nunca, y muchos guerreros guardaron su tumba en donde floreció el odorante árbol del copal.

domingo, 21 de febrero de 2016

El nacimiento de la civilización maya


Zamná

En tiempo que nos posible precisar, pero que se fijan una época muy anterior a Jesucristo, apareció por las bocas del Pánuco, río que está entre Tamaulipas y Veracruz, un grupo numeroso de inmigrantes que procedía de las islas. Habían viajado por mar. Dejando algunos de los de su raza, como los huastecos, fueron descendiendo lentamente al sur, hasta que allá por el siglo VII a. C., se presentaron en las costas occidentales de Yucatán y desembarcaron. Eran los mayas.
Con ellos sido notable personaje, dechado de sabiduría, que se llamaba Zamná y también Itzamná e Itzamatul. El, cuando le preguntaban cuál era su nombre, respondía: “Yo soy el rocío del cielo”, que a eso equivale la palabra maya. Fundó un reino cuya capital fue Itzamal, que quiere decir “el rocío diario del cielo”.
La fama de Zamná voló por toda la península y los países vecinos, y de todas partes iban presurosos las gentes a consultarle sobre sus cuidados. Se cuenta que él fue el primero que puso nombre a todas las costas de Yucatán. A él se le atribuye también la invención de la escritura. Era un gran médico, pues sanaba a todo los enfermos. Dícese que también resucitaba a los muertos.
Cuando murió, el pueblo le lloró como a un padre. Sus grandes hechos y singulares virtudes hicieron que fuese considerado ya, no como hombre, sino como una divinidad. Dividieron sus restos mortales en tres partes, y sobre cada una levantaron inmensas pirámides de piedra, es decir, templos grandiosos.
La del Oeste de la plaza contenía la mano derecha y se llamaba Kabul. Era templo famosísimo al que acudían en tropel los peregrinos desde lejanas regiones para llevar limosnas y ricas ofrendas, y atravesando la península por anchas vías que se dirigían hacia los cuatro puntos cardinales.
La mayor parte de las tres pirámides se alzaba sobre la cabeza del profeta, y se llamaba Kinich-Kakmó. Allí se hacían rogativas y sacrificios en tiempos de hambres y pestes. A la hora en que el fuego quemaba el sacrificio, es decir, en el momento en que la luz dorada del sol bajaba del cielo, descendió volando una guacamaya de variados y lindos colores.
La tercera pirámide fue llamada Ppapp-Hol-Chac, y se levantaba sobre el corazón y las cenizas del venerado muerto. En ella moraban los sacerdotes. Zamná fue, pues, el civilizador más antiguo de Yucatán.
La leyenda le pinta como un hombre extraordinario y aún la gratitud popular le convirtió en Dios las grandes pirámides que se han mencionado subsisten aún en Itzamal, y proclaman con sus lenguas de piedra, silenciosamente en la gloria de Zamná y de su pueblo.

Votán

Por la misma época en que Zamná civilizada Yucatán, cuenta la tradición que llegaron otros inmigrantes por las costas de Chiapas, en el Océano Pacífico. Como los mayas, también éstos eran navegantes. Venía capitaneándoles un sacerdote también, cuyo nombre era Votán. Le llamaban, igualmente, Teponahuaste, que quiere decir señor del palo hueco, en memoria de haber llegado por la mar en un barco. Era sabio como Zamná, y obraba prodigios. Dícese que en Soconusco fabricó a soplos un palacio, y nombró una señora con servidumbre, para que lo guardase juntamente con un tesoro que allí depositó.
Los compañeros de Votán, se llamaban a sí mismos culebras, es decir, chanes. Votán era un chan, una culebra. Se estableció en la ciudad de Na-Chan, ciudad de las culebras, que se llamó después Palenque, a poca distancia del Usumacinta, río que viene de las montañas de Guatemala, riega Chiapas, traviesa Tabasco y se arroja majestuoso en el Golfo de México.
Votán hizo frecuentes viajes al lugar de su origen, y dicen que siempre encontraba su regreso mayor número de chanes, lo que significa que la inmigración continuaba. Siguió la corriente del Usumacinta hasta su desembocadura, y toda la región se cubrió de ciudades. Además de Nachán, fue también notable Yaxbite u Ococingo.
Unió a los chanes con la gente del país por medio de matrimonios, y así resultó un nuevo pueblo. Dividió las tierras y las repartió entre las familias, estableciendo así el derecho de propiedad individual,  cosa que no se observa entre los nahoas cuyo sistema fue la propiedad comunal o de comunidades.
Enseñó su pueblo la agricultura. Fundó la religión y el gobierno sacerdotal, como Zamná. El gobierno de los sacerdotes se llama teocracia.
Votán fue, pues, el civilizador de Chiapas. A su muerte fue también verificado; el pueblo le adoro como a un dios. Votánides se llamaron sus descendientes, que continuaron ejerciendo poder sacerdotal y desarrollando aquella brillante civilización del sur. 

domingo, 14 de febrero de 2016

La calle de la Cruz Verde

Durante la época de la colonia se acostumbraba que al construir una casa, se colocara en su fachada la imagen de una cruz o de un santo al que la familia le tuviera devoción, este ornamento religioso era elaborado en cantera o mármol, siempre y cuando los habitantes contaran con los recursos económicos para costearlo.
Por lo general la imagen era colocada en la parte central de la fachada, y algunas veces se le ponía un pie de gallo elaborado en hierro, desempeñando la función de poder colgar un farol para que durante la noche el nicho donde permanecía la imagen pudiera ser contemplado por los habitantes de la capital. Si la familia era de alcurnia, en vez de tener imágenes religiosas llegaban aponer su escudo de armas. Sin embargo, la mayoría los habitantes de la capital de Nueva España prefirieron tener en la fachada de sus hogares una cruz, pero no podían poner la efigie nada más porque se les antojaba hacerlo, pues por si no lo sabías, las autoridades eclesiásticas regulaban todos estos menesteres; y esto lo prueba una Junta Eclesiástica  que se llevó a cabo en 1539, en la que se llegó al acuerdo de mandar tirar muchas cruces existentes, en especial las que se encontraban en casas de indios, eso sí, los españoles tenían autorizado colocar estas imágenes con absoluta libertad.
Con el paso del tiempo la Santa Inquisición se percató de que las casas que tenían una cruz en su fachada ya eran numerosas, para lo que se volvió a llevar a cabo otra Junta Eclesiástica a finales del siglo XVII, comisionando a un funcionario para que fuera a recorrer las calles  de la ciudad y revisara si los habitantes de las casonas contaban con la debida autorización.
La gente hizo caso omiso de estas leyes y continuó colocando cruces a placer, incluso se llegaron a contar dos en varias casonas, como una en la calle de la Aduana Vieja y San Jerónimo; además también cuentan las crónicas que la cruz colocada en frente de la casa marcada con el número 5 de la calle de Jesús María, era de color blanco tranzada sobre tezontle negro y tenía grabadas las imágenes de la Pasión de Cristo.
La Calle de la Cruz Verde se encontraba ubicada de poniente a oriente, después de la calle del Corazón de Jesús, pero conocida por el vulgo como  de San Camilo y que antes se llamase de Pachito; se encontraba una casa situada en la calle de Migueles y Cruz Verde, donde se colocara una cruz de ese color, pero no fue de bulto ni en nicho alguno.  De dimensiones grandes, fue tallada en el muro del cuerpo del edificio, de tal forma que su pie formó la esquina y los brazos se doblaban, quedando uno para la calle de la Cruz Verde y el otro para la calle de Migueles.
Según las crónicas, a la calle de que nos ocupa se le llamó así por la imagen de la cruz, pero la leyenda nos cuenta otra cosa diferente. ¿Quieres saber qué es? Sigue leyendo.
El 17 de septiembre de 1556 arribó a tierras mexicanas  Don Gastón de Peralta, que fuese nombrado por el rey Felipe II, virrey  de la Nueva España. Durante aquella época la llegada de un virrey era todo un acontecimiento  de gran solemnidad, con las calles abarrotadas de gente para no perderse la llegada de dicha autoridad.
El cortejo que acompañaba al joven virrey  era muy solemne, pues estuvo acompañado por las personas más importantes de la Nueva España, quienes iban montados en hermosos corceles rodeando a su excelencia, que hacía su triunfal entrada por la ciudad.
Entre estas celebridades había un joven de 27 años de cabello rubio, barba espesa y unos ojos verdes que emanaban amor y alegría por la vida; este caballero traía por vestimenta una trusa blanca bordada en oro, su espalda la cubría un capote de color azul con orlas blancas, y para completar llevaba ceñida a la cintura un hermosa espada con empuñadura de plata. El joven montaba un precioso caballo árabe con una montura bordada en plata; así lo veían los asistentes al evento, como un mancebo guapo, arrogante y por las damas solteras.
El joven caballero llevaba por nombre Don Álvaro Villafuerte y Mancera, quien iba acompañado de su paje, su recorrido podía haber sido más largo, sino se hubiera detenido en la esquina de una calle a ver a una hermosa dama asomada en su balcón, quien ante los ojos de él apareció con una mirada seductora, sintiendo el corazón dándole vuelcos de emoción. Tan impresionado quedo con esta mujer, que se dio a la tarea de averiguar quién era la que le había robado el aliento; tiempo después se enteró de que llevaba por nombre Doña María Alcántara y Sánchez, y era hija de un funcionario de la Real Hacienda pero sin llegar a un jerarquía muy alta.
EL joven comenzó a rondar la casa de su amada, sin embargo los padres de ella la tenían a buen reguardo, sabiendo  que a su edad se suelen cometer errores irreparables, y por tal motivo a los enamorados se les dificultaba poderse comunicar, no cabe duda que ambos habían encontrado a su alma gemela.
Don Álvaro se sentía frustrado de no poder encontrar alguna oportunidad de conocer a su amada; pero tiempo después para su buena suerte, la madre de Doña María cayó gravemente enferma, por lo que la vigilancia no era tan estricta y por fin pudo llegar a manos de la doncella una carta de amor de Don Álvaro, quien le escribía con una profunda pasión y su deseo de contraer nupcias con ella tal y como lo dicta la Santa Madre Iglesia.
El caballero le suplicó a la dama que si su sentimiento hacia él era correspondido y que si aceptaba ser su esposa; además también le indicó en la carta que si no podía enviarle la respuesta por la vigilancia tan estricta, le hiciera saber que no aceptaba esa propuesta colgando una cruz blanca, pero por el contrario, si la muchacha aceptaba debía de colgar una cruz verde, y la otra opción era responder las cartas del pretendiente.
Los días pasaron y el angustiado caballero no obtenía respuesta alguna, quien todos los días pasaba por la calle de la casa de la dama acompañado de un paje, esperando aquella tan ansiada respuesta; hasta que un buen día temprano por la mañana observó la tan anhelada señal y para su regocijo era de color verde, que era el símbolo de la esperanza.
Ante tal respuesta, Don Álvaro ayudado de un sacerdote intervino con los reacios padres de la muchacha para que aceptaran el compromiso; finalmente cedieron y tiempo después se llevó a cabo la ceremonia nupcial, a la cual asistió la más alta sociedad de la Nueva España, invitada por Don Álvaro, quien según nos cuenta la leyenda, en su pecho no cabía la felicidad.
Aquella señal que fue el motivo de felicidad del joven caballero, hizo que mandara colocar una cruz de piedra color verde en aquella casa, misma que todavía se conserva hasta nuestros días un poco deteriorada por el implacable paso del tiempo. Si deseas ver la cruz que dio origen a esta leyenda, solo tienes que ir a las calles de Correo Mayor y Regina.

domingo, 7 de febrero de 2016

La esposa que volvió de las sombras (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo)

El alma de los muertos no tendrá punto de reposo, cuando alguna pasión insana la detenga en este mundo. Sí, porque algunas almas han sido perturbadas en sus siglos de reposo, gracias a fuerzas diabólicas y perversas. Este relato verídico traído para ustedes desde el siglo XVI, nos habla de un acto de poder sobrenatural, que perturbó el sueño eterno de una muerta.
Miremos por el carcomido hueco hacia el pasado, para ver cómo era la hoy avenida Hidalgo, en el último tercio del siglo XVI. Era en ese siglo virrey en Nueva España, don Martín Enríquez de Almanza, cuya administración fue trágica y siniestra. Vivían en la casa marcada con el número 22 de la que entonces se llamó calle del Portillo de San Diego, dos alegres personas; llamábase ella doña Leonor de Azpeitia y el don Juan de  Rivera y Villavicencio, amantes y fieles esposos llegados de Castilla. Pocos meses tenían de casados y se amaban tan entrañablemente, que no gustaban de separarse ni un momento. Venidos con la corte del virrey de Almanza, todos temían que les contagiara de un trágico destino, más parecía que su amor intenso y puro, los ponía a salvo de toda desdicha y calamidad que azotaba a Nueva España.
Cierto día fundían su amor y su pasión en un abrazo cuando fuertes ruidos vinieron a turbarles el momento: se trataba de la criada, quien traía noticias nefastas diciendo que había espíritus malignos en la calle, pero no era otra cosa más que  la tan temida peste. La peste que asoló en aquellos días la capital de la Nueva España, fue de 1576 a 1577. Nadie conoce a fondo las causas de esta enfermedad que causaba inmensa mortandad entre los naturales; era de presumirse que, los hispanos habían acaparado el agua limpia que entraba la capital.
Entre tanto, los indios se veían obligados a beber agua de las atarjeas y canales navegables contaminados; lo cierto era que los indios caían como moscas a lo largo y ancho de las calles de la entonces capital de Nueva España, había ya en la capital varias órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos y acababan de llegar los jesuitas. Todos con fervor piadoso ayudaban a los miserables apestados, ya tratando de curarlos, ya impartiéndoles los últimos auxilios cristianos.
La campana fúnebre, de la carreta de los apestados, causaba escalofríos. Pronto resultó insuficiente el servicio fúnebre y el virrey ordenó abrir cepas en cualquier calle, y en esas cepas se arrojaban a los muertos apestados y a veces, a muchos que aún alentaban, pero que no vivirían más. Entre las medidas tomadas por algunos particulares, destacó la tomada por el doctor don Juan de la Fuente; este galeno citó en una sala del Hospital Real, a todos los médicos residentes en ese siglo, en la capital de Nueva España, en donde se acordó que se llevaría a cabo una autopsia de los cuerpos para determinar la causa de la enfermedad.
Algunos indios y mestizos que se dieron cuenta de aquellas autopsias comenzaron a murmurar que aquellas personas eran quienes los envenenaban y les hacían todo mal. Así, mientras el doctor de la Fuente y los demás galenos trataban inútilmente de averiguar la causa de la peste, don Juan así otra cosa: lograba ser oído por el virrey de Almanza y por el entonces Arzobispo Moya de Contreras, para saber si se estaba tomando alguna medida para controlar la peste y para ofrecer su ayuda. Don Juan regreso a su casa, satisfecho de sus gestiones y contar a su esposa Leonor todo cuanto había logrado, quien se ofreció a llevar alimentos, ropas y alivio aquellos desdichados. Don Juan no tuvo otro remedio que dejar ir a su esposa, a llevar ayuda para quien lo necesitaba tanto. Todos los jacales de indios eran nido del mal y adentro había quejidos y muerte. Durante días y semanas, la mano blanca y bondadosa de doña Leonor llevó auxilio y consuelo a los enfermos, su presencia daba ánimos a los indios, que recibían comida y frases de aliento de aquella hermosa y rica dama, y tanto trato con los apestados, que al fin ella también pareció sucumbir al mal, y a su esposo no le quedó otro remedio que aguardar el triste desenlace.
La voluntad del creador fue que la hermosa, joven, rica y bondadosa dama, muriese de la terrible peste. Horas y horas pasó junto a la tumba el atribulado esposo, que no se resignaba a tan sensible pérdida, dos de sus criados que le acompañaban se acercaron a suplicarle que debía irse a descansar a su casa, y fue necesario llamar a los caballeros amigos de don Juan para poder sacarlo del cementerio. Durante muchos días, visitó la tumba de su amada, sobre la cual dejó lágrimas y flores después se encerró en su casona, y decidió que no saldría de allí, pues su esposa estaba muerta, esa estancia sería su tumba y muerto estaría muy pronto. Transcurrieron los meses, las vigilias, la pena y su desesperación, fueron perturbando su mente, hasta que enloquecido comenzó a rebelarse contra la voluntad del cielo, maldiciendo a Dios.
Llamó entonces a la criada para preguntarle sobre aquel brujo muy poderoso que había mencionado durante la peste, y le ordenó que lo llevara ante él. Obedeciendo las órdenes de su amo, la india condujo a don Juan hasta una casucha por el entonces barrio de la Candelaria de los Patos; ahí se encontraba a un hombre de avanzada edad con apariencia un poco desagradable.
Don Juan sin rodeos le pidió al brujo que resucitará su esposa y que a cambio le pagaría una muy buena cantidad de dinero; el anciano le advierte que su poder está limitado por otro superior y que el acto que pide es un reto y puede vencerlo cuando menos lo espere. Sin importarle, don Juan acepta cualquier riesgo, con tal de ver otra vez a su esposa viva; entonces el brujo comienza a invocar a los seres de la oscuridad para qué devuelvan a la vida a la mujer. Don Juan pensando que el brujo era un charlatán, se marcha furioso su casa, pero al llegar encuentra la puerta de la casa abierta, y con no sería su sorpresa cuando de pronto una grácil figura emergió del jardín: ¡era su esposa!
Renacieron los días felices, doña Leonor estaba aún más bella y don Juan aún más enamorado, de su enfermedad, su muerte y resurrección no se hablaba una palabra, pues eso parecía haber sido sólo un horrible sueño. Todo parecía normal, sólo de vez en cuando ocurrían cosas extrañas, como cuando las aves huían de su presencia, y como cuando el minino al sentirla cerca, maullaba y erizaba los pelos. Pero eso nada les importaba, ni se daban cuenta de ello, ocupados como estaban en dar rienda suelta a su amor y su pasión, todavía pasado ya, ninguna nube de temor enturbiaba su vida y sus amores. Así pasaron los meses, entregados al amor y a la pasión, sin preocuparse por los sucesos de la vida exterior.
Mientras tanto, allá en el cubil, el viejo brujo leyendo antiguos manuscritos hace un inesperado descubrimiento: el término de aquella vida se aproximaba, no podría vencer nuevamente a la muerte; por una verdadera rareza, el brujo abandonó su cubil para dirigirse a la ciudad y dar aviso al caballero. Con la rapidez que le permitían sus flácidas y temblorosas piernas, se aventuró por las calles solitarias de la capital de la Nueva España, pero quiso el destino que al cruzar la calle pasara una diligencia con los corceles desbocados, y cuando menos se dio cuenta le pasaron encima, causándole una muerte instantánea.
En esos momentos, allá en la casa de don Juan, doña Leonor sintió que algo extraño lo ahogaba, y sin darle mucha importancia se fueron a dormir. Jamás pensaron los amantes esposos, que ese iba a ser un sueño definitivo y cruel y que el despertar les aguardaba pavoroso. Al día siguiente, tras de despertarse alegre y feliz, don Juan se acercó despertar a su esposa, juguetón y alegre levantó la sábana y entonces se halló ante aquel cuadro horroroso: el rostro antes bello de su esposa, era una máscara horrible, llena de gusanos y carne putrefacta, levantó más las mantas y se halló con que todo el cuerpo era una llaga purulenta cubierta de larvas asquerosas, y ante sus ojos tuvo lugar aquella transformación de horror; los gusanos devoraban la carne de la muerta y poco a poco, quedaba el esqueleto mondo y blanco. Don Juan de ribera y Villavicencio contempló anonadado, que de aquellos lindos ojos sólo quedaban negras oquedades, y de aquellos dientes, de esa boca, una abertura descarnada, que dibujaba una mueca sarcástica y siniestra.
Las sienes de don Juan parecían estallar, su corazón la que aceleradamente su cerebro enloquecía, no podía creer que su esposa había vuelto a morir, gritaba desesperado una y otra vez para que volviera a la vida.
Días más tarde encontraron muerto a don Juan Manuel de Rivera, abrazado al esqueleto de su esposa. Nadie conoce la horrible historia, ni se supo entonces la verdad, creyeron que loco de amor, don Juan había robado el esqueleto. Tal es la verídica historia ocurrida en esta casona hoy en la avenida Hidalgo, que en aquel siglo fue del Portillo de San Diego. Mientras calman sus nervios, dejaré pasar una semana.