miércoles, 27 de febrero de 2013

Real Monasterio de Jesús María (Parte 1)

Ubicado en la calle de Jesús María esquina con Soledad en pleno Centro Histórico, podremos encontar uno de los templos mejor conservados que podremos visitar en esta ciudad, cosa que no podemos decir de lo que queda del convento, que está ya en la ruina total. Sus origenes se remontan hasta finales del siglo XVI, cuando las monjas concepcionistas deciden trasladarse de los rumbos de la Santa Veracruz, hasta su ubicación actual, lugar que era ya mucho más espacioso y confortable.
Hoy en día esta calle está llena del bullicio comercial, característico del Centro Histórico, en donde podrás contrar toda clase de artículos.


domingo, 24 de febrero de 2013

La dama ensangrentada (Sucedió en la calle 5 de febrero)

Mucho se ha hablado de la percepción extrasensorial, mientras unos la niegan, otros la aceptan sin recelos. La presente leyenda que data del siglo XVII nos revela que puede haber comunicación entre los vivos y los muertos; ahora veamos este escalofriante suceso ocurrido en la calle que hoy conocemos como cinco de febrero, para ser exactos, nos iremos a la casona marcada con el número 157.
Cuanta la leyenda que, en el mes de febrero de dicho año, llegó a esa casona ocupada por los condes de Ferráldez, el joven caballero Miguel de Ubeda y Carmona, que iba como huésped de los condes, quienes lo recibieron con muestras de gran afecto, y éste su vez fue recíproco. Aquel joven iba a pasar larga temporada en Nueva España, al menos esas eran sus intenciones; pero el duende del amor hizo su presencia dos noches después, al descubrir él, en el jardín  de la casa contigua a la de los condes a una bellísima muchacha. Noche a noche Miguel admiró la belleza de la joven y empezó a cortejarla, hasta que entre susurros acordaron reunirse en el jardín la noche siguiente a la misma hora; pero él tenía que ver el modo de bajar de su ventana para reunirse con su amada.
Al día siguiente el joven enamorado se entregó febrilmente  a la fabricación de una escala, y esa misma noche escaló el grueso muro, mientras Margarita ya lo aguardaba ansiosa.
Durante varias noches, los enamorados pasearon por el jardín iluminado por la luna, escondiéndose de miradas indiscretas. Así el tiempo pasó, hasta que llegó el momento de las confidencias de enamorados, en donde la muchacha le confiesa a su amado que pronto lo iba a dejar de ver porque sus padres la iban meter de novicia a un convento; el joven le dice que irá a hablar con ellos para que se desposaran en sagrado matrimonio, pero la muchacha le asegura que eso jamás lo permitirían. Margarita llorosa y desesperada, corrió hacia el interior de su casa; y momentos después Miguel, en su cama se revolvía presa de los más diversos pensamientos.
Al día siguiente, el joven miró a todas horas el jardín de la casa de su amada, sin notar signo alguno de vida. Cerca de las once de las once de la noche, cuando Miguel bajó, quien iba a decirle que por última vez utilizaría aquella escalera; una en tierra Margarita pálida y acongojada le dice que al día siguiente la mandarían sus padres al convento, y por más que intentó convencerlos de lo contrario, todos sus esfuerzos fueron en vano. Entonces  la joven le dice a su amado que el único camino que hay es que huyan juntos y se casen, mientras ella fingiría estar enferma para retardar su destino. Se reunirían la noche siguiente a la hora acostumbrada.
El día siguiente, Miguel lo pasó arreglando sus cosas personales y reuniendo su capital, aunque pidió algún dinero al conde, calló el motivo de su urgencia de oro. Esa noche el joven aguardó ansioso la hora en que iría a l encuentro de su amada, más pronto dícese que hizo inoportuna aparición el conde de Ferráldez, quién le pidió de favor que le ayudara a hacer unas cuentas. No pudo negarse a ayudar al conde y menos decirle que le hacía tarde para raptar a Margarita; y mientras ayudaba a hacer las cuentas, no cesó de mirar aquel reloj de arena que marcaba  la hora en que debería estar aguardando su amada. Continuaron atareados en el libro, el conde y el ansioso Miguel, cuando se dejaron escuchar fuertes y extraños ruidos en la casa vecina, a lo que el joven pide permiso para salir a tomar un poco de aire fresco.
Desesperado y nervioso, se situó frente al zaguán de la casa contigua. De pronto, dice la leyenda, se abrió quedamente zaguán y apareció la dulce figura de la amada, pero al observarla de cerca se dio cuenta, horrorizado que mientras la mantenía en sus brazos, llevaba un puñal clavado al pecho. Ella le dice que pensó que no llegaría a la cita o que la había engañado y por eso decide suicidarse. Cargó a la sangrante Margarita, pero se encontró con la puerta de la casa cerrada, y con que ni sus padres ni criados habían salido tras ella; entonces va a toda prisa la casa de los condes y la sube a sus habitaciones, después la acostó sobre la cama, asegúrase que ella se quejaba débilmente y él, no había tenido valor para arrancarle el puñal del pecho.
Miguel no comunicó cuanto sucedió al conde Ferráldez, pero cuando regresó acompañado del doctor, los condes lo recibieron al pie de la escalera  y finalmente les contó todo lo que había pasado; los otros desconcertados le dijeron al joven que no tenían ninguna Margarita por vecina.
El joven insistió en que la vieran, pero cuando ingresaron a la alcoba no había rastro alguno de la muchacha, la única evidencia de su presencia era la sábana ensangrentada y un prendedor que portaba en el pecho. Intrigados por los argumentos de Miguel y lo que encontraron, se dirigieron a la casa de sus vecinos, y al llegar fue el conde quien hablo primero, pero se vio interrumpido por la esposa del otro caballero, al decir que el joven era el asesino de su hija: la pareja aseguró que él le había dado muerte a muchacha diez años atrás.
Miguel le aseguró al ofendido padre que había salido hace escasos momentos con un puñal clavado en el pecho, pero la pareja aseguraba que él era el asesino;  entonces se aclaró el asunto de que al joven que tenían por huésped se llamaba  Miguel de Ubeda y Carmona, y el otro era Miguel  Moreda, y solo tenía escasos dos meses de haber llegado a la Nueva España. Sin embargo al joven no le creían, hasta que les mostró el prendedor con el que aseguraron sus padres, la habían enterrado. ¿Qué explicación había ante este fenómeno?
Ya en su aposento, Miguel desesperado cae ante el Cristo, pidiendo le ayudara a resolver este misterio. A partir de aquel día, lo empezó a invadir una gran melancolía, de una tristeza infinita, la cual se iba incrementando al paso de los días; entonces los condes viendo esta situación deciden enviarlo de regreso a España para que con el tiempo y la distancia lograra olvidar su macabra aventura. La marcha de Miguel ocasionó otro fenómeno, pues a partir de la noche del día en que partió, se dejaban escuchar los gemidos agonizantes de una mujer, que después de dirigía a la calle. Fueron varios los vecinos de la capital de la Nueva España, que vieron aparecer a tal fantasma al que dióse  el nombre de: “La dama ensangrentada”. Y así se conoció por el vulgo la calle que como sabemos se llamaba también calle de la Joya.
Cuentan las versiones sobre esta leyenda que los ancianos padres de la muerta Margarita, la vieron también varias noches, pero no todos los seres de este mundo tienen facultad para hablar con los de ultratumba, entonces llamaron a los frailes exorcizadores; aseguran que gracias a estas prácticas, Margarita desapareció de la casa y de la calle, que con un grito espantoso se alejó para perderse en las sombras de esa región, de la dimensión desconocida e inexplicable de los muertos.
En aquel siglo no se encontró explicación a tal fenómeno, pero ahora podemos explicarlo gracias a que sabemos de la existencia de la percepción extrasensorial; esta no solo permite ver y hablar con los seres de otro mundo, sino hasta llegar a tocarlos, como aconteció con Miguel de Ubeda y Carmona en el siglo XVII.

domingo, 10 de febrero de 2013

Leyenda del edificio de la Aduana


Corría el año de 1740, cuando era virrey de la Nueva España don Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de Santiago, y asunto extraño: era oriundo de Perú.
En aquel año en particular, trascurría un frío y cruel invierno que calaba hasta los huesos, haciendo que la ciudad se volviera más lenta; sucedió que por estos días el coronel prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis cayó profundamente enamorado de la hermosa y joven sobrina del virrey, doña Sara de García Somera y Acuña. La hermosa dama contaba con solamente dieciocho años de edad, en plena flor de la vida; con estos atributos no era de asombrarse que todo el tiempo se pudieran ver pretendientes rondando por su casa, ubicada en la segunda calle del Relox (hoy república de Argentina). Decían los caballeros más atrevidos que su hermoso y bien formado cuerpo iluminaba cualquier alcoba.
¿Dónde conoció don Juan a la bella dama? Fue en una fiesta en el palacio virreinal en que la vio por primera vez, y desde ese día comenzó a cortejarla; desde luego Sara se dejaba querer, pero se negaba a darle en tan anhelado “si”.
¿Quién era aquel caballero enamorado como jovencito? Era un buen hombre de noble alcurnia, que llegara a la Nueva España con una gran fortuna, la cual acrecentó al igual que su fama de potentado; por si esto fuera poco, tenía un importante cargo en la Aduana al servicio del rey. Todas estas cualidades le habían otorgado una muy buena reputación, a la que su dinero había contribuido en gran medida. Se le podía ver en cuanto sarao había, pues su estatus de caballero de la Orden Militar de Santiago le daba todo el derecho del mundo.
El amor de don Juan hubiera sido perfecto, si no hubiera tenido una gran desventaja en su contra, que ni todo su dinero podía cambiar: su edad, pues tenía ya casi los sesenta años. Para el eso no importaba, dicen que el amor no tiene edad y mientras haya ganas de vivir y mucho entusiasmo, hasta se puede rejuvenecer un poco; esto precisamente le sucedió al caballero enamorado, a quien se le podía ver caminando más erguido, con más energía y vitalidad, por dentro se sentía más joven.
Como todo hombre rico que se precie, don Juan llevaba la ostentación al extremo. Toda su vida se le había visto trasladarse en su litera o en una carroza jalada por los más finos caballos; ambos medios de transporte estaban recubiertos de seda, decoradas con cortinillas de terciopelo rojo y bordadas con hilos de oro y plata. Ya desde 1716 tenía fama de ostentoso, y más cuando asistió a los festejos de la toma de posesión del virrey don Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, marqués de Valero y duque de Arión, perteneciente a la cámara de Su Majestad. Cabe destacar que el nuevo virrey fue el primer gobernante en llegar soltero a la Nueva España, ya que era muy joven y por desgracia también  murió joven, después de dejar durante cinco años el gobierno virreinal. Hay documentación que corrobora su prematuro deceso, en donde dice que en el año de 1722 enviaron a Madrid su corazón para que fuera guardado en el convento de las monjas capuchinas. Aquel gobernante siempre se caracterizó por lucir siempre de lo más elegante, y en ocasiones especiales le gustaba lucir una gran peluca blanca al estilo Luis XV.
En una de aquellas fiestas, en especial la celebrada en el año de 1716, asistió el infaltable don Juan Gutiérrez Rubín con 14 años menos en su haber; en aquella ocasión el caballero se fue al extremo en lujo y ostentación: llegó con su traje tapizado de joyas, con hermosos bordados de perlas e incrustaciones de pedrería, cadenas, anillos, alfileres de oro prendidos sobre la seda blanca con encajes en cuellos y pecho, broches de oro y plata en su sombrero de ala ancha, hebillas de oro en su calzado y las incrustaciones de rubíes en las empuñaduras de su espada y daga ambas de lo mejor de Toledo. El acaudalado caballero no perdía la oportunidad de exhibir su riqueza en el palacio virreinal, ya que las joyas con ese brillo espectacular que tienen, es imposible que pasen inadvertidas bajo las luces de las lámparas de aceite.
El tiempo pasó y a don Juan le dio por enamorarse ya hasta los sesenta años, cuando conoció a la bella jovencita sobrina del virrey marqués de Casafuerte; sin embargo, doña Sara dudaba en aceptar la propuesta de matrimonio del viejo rejuvenecido, pero fue tanta su insistencia, que finalmente le puso una condición aconsejada por su tío: le daba un plazo de seis meses para que terminara de construir el edificio de la Aduana que se encontraba en muy malas condiciones. ¡Eso era imposible! ¿Cómo construir un edificio en tan poco tiempo? El viejo salió de la casa de su amada con el ánimo en el suelo, pero su ánimo se vio otra vez arriba cuando leyó un verso del “Libro del buen amor”, del Arcipreste de Hita: 
Esta dueña me hirió con saeta envenenada,
Me atravesó el corazón y la traigo en él clavada;
No la puedo arrancar por más fuerza que haga,
La llaga va en aumento y el dolor no aminora nada.

¡Solo tenía seis meses! ¡Había que empezar lo antes posible! En el acto don Juan de Celis fue a buscar al arquitecto más reconocido de la época, don Pedro de Arrieta, quien le dijo que terminar un edificio así en tan poco tiempo era prácticamente imposible, apurándose le quedaría en dos años. Ante la respuesta negativa del constructor, el rejuvenecido caballero fue con todos los arquitectos que había, pero todos le salieron con lo mismo.
Desesperado por conseguir el amor de doña Sara, decide el mismo dirigir la obra. Contrató a negros, criollos, españoles, indios, mestizos y a cuanta gente estuviera dispuesta a trabajar, ahora si ¡manos a la obra! El trabajo comenzaba desde las seis de la mañana y concluía hasta las ocho de la noche. A don Juan incluso se le ocurrió que vinieran las esposas de los trabajadores para que ahí mismo les dieran de comer y beber; muchos indios y mulatos dormían en el lugar de la obra, son Juan  les había proporcionado los suficientes petates y cobijas para tenerlos cerca.
Los días iban pasando rápidamente, y con ellos el insomnio del caballero iba en aumento, debido a que la obra iba avanzando muy lentamente; ya iba para el cuarto mes y tuvo que contratar más gente. Los canteros, carpinteros y herreros comenzaron a trabajar de noche.
Cuando faltaba solamente un mes para que el plazo llegara a su fin, apenas empezaban a poner las vigas del techo de la segunda planta; todo era trabajo, trabajo y más trabajo, no había tiempo que perder, cada minuto y cada segundo eran valiosos. El tiempo pasó, y cuando ya faltaban escasos quinces días, don Juan regañó a los herreros porque la herrería de los balcones y de los pasillos estaba bastante mal hecha, pero no había tiempo para volverla a hacer, ya como cayera, el chiste era terminar la obra.
Por fin llegó el 28 de junio de 1741 día en que el plazo llegaba a su vencimiento; los habitantes hasta se levantaron temprano presas de la curiosidad y el morbo. Don Juan Gutiérrez, vestido con sus mejores galas, con una nerviosa sonrisa y su corazón aceleradas palpitaciones, subió a su carruaje y se dirigió a la casa de su amada; al llegar tembloroso le dijo que había cumplido con la condición que le había pedido y ahora era el turno de ella de cumplir su palabra. A la doncella le costaba trabajo creer tal cosa, hasta que el caballero le entregó sobre un cojín de terciopelo rojo, las llaves de la Aduana; halagada doña Sara tomó las llaves y esbozó una sonrisa.     
En agosto del mismo año la pareja contrajo nupcias en la Catedral: la bella jovencita de dieciocho primaveras y el hombre de sesenta con todo y su rejuvenecida de amor. Toda la gente más importante de la época fue invitada a la boda, y como siempre no faltan los colados que se metieron con un pequeño soborno a los guardias, que ya andaban bien borrachos.
Desde aquel día, don Juan vivió muy feliz el resto de sus días; en cuanto a doña Sara, nadie lo sabe. Pero los que si podemos saber, es que la Aduana está en frente de la Plaza de Santo Domingo, recordándonos que para el amor no hay obstáculos ni cosas imposibles de hacer, con tal de estar con la persona amada.