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domingo, 19 de abril de 2015

El Señor del Buen Despacho

Esta leyenda causó revuelo en la capital de la Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia, asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño, acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan, anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas, se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña. Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado, hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos. Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al bulto hasta quedar exhausto;  llegó la media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un  Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.

domingo, 4 de mayo de 2014

El Altar de los Reyes o Capilla Real

Este hermoso retablo es una de las joyas de la Catedral más representativas del barroco estípite latinoamericano y una obra de arte universal. Su propósito era servir como Capilla Real, como era costumbre en las catedrales españolas, para cuando los Reyes de España visitaran sus colonias en América.  El retablo fue decorado con reyes y reinas del cielo y de la tierra para dar alabanza a Dios.
El altar ocupa todo el ábside y conserva su misma forma, está dedicado en primer lugar a la realeza del cielo. En el centro del retablo está el cuadro de “La Adoración de los Reyes”, que representa a los primeros reyes que adoraron al Rey de Reyes, que es nuestro señor Jesucristo; arriba de éste podemos ver el cuadro de “La Asunción de la Virgen de los Cielos”, que conmemora a la Virgen como patrona de la Catedral, primera y única Reina Universal. Alrededor del retablo se colocaron las esculturas de reinas y reyes santos, que gobernaron a la Luz del Evangelio.
El autor de este portento de retablo fue don Jerónimo de Balbás, quien utilizó por vez primera la pilastra estípite, colocó ángeles balbacianos y terminó al remate con un casquete que unificó todo el conjunto, presidido por el Padre Eterno.
Si nos vamos a la parte superior, arriba de cada pilastra, podemos observar cuatro esculturas de ángeles que portan atributos de la Virgen, predichos en el Antiguo Testamento, entre los que destacan: Ángel con Pozo de terna sabiduría ó de Agua Viva, Ángel con Casa de Oro, Ángel con Torre de David y Ángel con Fuente Sellada.
Trabajo de esta capilla se construyeron las Criptas Arzobispales, como las viejas catedrales españolas. Detrás del retablo, en el año de 1836 fueron depositados los restos del presidente interino don Miguel Barragán, siendo el único que ocupó este lugar, ya que en aquella época, les corresponde a la cripta a los presidentes de la República Independiente.

Algunos datos para ser tomados en cuenta:
-El retablo mide 25 m de alto, 13.75 m de ancho y 7.5 m de profundidad.
-En 1635 se concluyó ábside.
-En 1718 se inició la obra del retablo.
-En 1722 fueron colocadas las esculturas de madera, talladas, doradas y policromadas, midiendo 2.20 m de altura.
-En 1725 se concluyó la obra.
-En 1726 Juan Rodríguez Juárez pintó los cuadros del retablo.
-En 1736 el retablo fue dorado con lámina de oro de 23.5 quilates, por Francisco Martínez.
-En 1737 se realizó la solemne dedicación.
-En 1775 se concluyeron los dos retablos laterales.

Retablos colaterales de la Capilla Real

Fueron concluidos en el año de 1775, miden 11 × 5 m cada uno, en ocho lienzos del pintor Juan Rodríguez Juárez, realizados en 1726; las pinturas tuvieron que ser recortadas para adecuarlas al tamaño de los retablos. Los lienzos del retablo poniente tienen escenas de la vida de la Virgen y las pinturas del retablo oriente, llevan escenas de la vida de la Virgen y el Niño Jesús. El costo de las obras fue pagado por los Arcedianos de la Catedral, Luis y Cayetano Torres.

Altar de la Capilla Real 

Fue realizado por el escultor Miguel ángel Soto Rodríguez en 1965. Estado adornado con cuatro relieves con las figuras de los tetramorfos, las cuales representan a los cuatro evangelistas, son de madera tallada recubiertos con lámina de plata.
En la puerta del Sagrario está realizada la figura de un pelícano, que sangra al arrancar las plumas de su pecho para cobijar a sus polluelos y salvarlos de la muerte; este símbolo representa a Jesucristo, que dio su sangre para la salvación de la humanidad.
En la parte trasera del altar se encuentra una custodia monumental, hecha de plata labrada de dorada, pesa 387 kilos y mide 2.10 m de altura. Fue realizada en 1924 para conmemorar el Primer Congreso Eucarístico, y se utilizó nuevamente hasta mayo del año 2000. La Custodia salió de la Catedral en una gran procesión que recorrió el Centro Histórico de la Ciudad de México, fue recibida en el Templo Expiatorio de San Felipe, donde quedó expuesta a la adoración popular por un tiempo.


Para conocer más de la Catedral, puedes consultar: “Como vemos la Catedral Metropolitana de México y su Sagrario en el siglo XXI”. Escrito por: María del Socorro Sentiés Corona, Carlos Vega Sánchez, Marcelino Zamora Rivero, María Amada López Estala y Enriqueta Mercedes Chartt León.

domingo, 16 de junio de 2013

Capilla de la Concepción o Capilla de la Conchita (Belisario Domínguez 5, esquina Callejón del 57)


Durante el México Colonial, era un barrio de indígenas, conocido como Cuepopan, que en náhuatl quiere decir “donde abren sus corolas las flores”. Hoy en día lo conocemos como el  barrio de la Concepción, que tomó el nombre por el convento, no estaba muy poblado por el año de 1830, ya que todavía no se habían construido las casas ubicadas en el lado norte de la plazuela, que hasta nuestros días conocemos como plaza de la Concepción, y en la antigüedad no tenía salida hacia el poniente. Durante aquella época la calle era llamada de la "rejas" de la Concepción.
 Esta calle corre de sur a norte después de la del Puente de la Mariscal, siendo ahí su comienzo, y sufrir en la esquina de la plazuela de la Concepción. Cabe destacar, que llevó el nombre de "calle de la Rejas de la Concepción" porque el lado del convento que daba esa calle, las monjas mandaron hacer sus locutorios, denominados "rejas", para así comunicarse con las personas que las visitaban.
El estado tan primitivo de la calle provoco que se hicieran varios cambios en ella; en el año de 1793, por disposición del Virrey Conde de Revillagigedo, la zanja que servía de cauce a las aguas del canal que abastecía a las acequias del Carmen y de Santa Ana, fue convertida en atarjea, trayendo para los habitantes consecuencias beneficiosas para la higiene, evitando así la fetidez y las inmundicias, pero a pesar de todo el aspecto seguía siendo muy triste porque no había casas, y en los altos muros del convento lo único que se veían eran las puertas cerradas y polvorientas de los locutorios, que se abrían los jueves y domingos por las tardes en los tiempos que no eran de Cuaresma ni de Adviento.
Con la exclaustración de las religiosas, las cosas vendrían a cambiar; en el año de 1861 fue abierta la calle del Progreso (hoy Primera de República de Cuba), que partía desde el convento en su lado occidental, quedando la larga calle de las Rejas dividida en dos partes: la primera, de la esquina de la calle de la Espalda de San Andrés, hasta la nueva del Progreso; la segunda, desde esta última, hasta la esquina de la plazuela de la Concepción. Entre los siglos XVIII y XIX se empezaron a construir muchas casas con sus respectivos comercios, dándole vida a aquellos antes solitarios rumbos.
El callejón de la Concepción es una calle transversal, situada de sur a norte, a través de la Iglesia de San Lorenzo, seguida de la calle del Cincuenta y Siete. Antes de ser abierta a esta última y la del Progreso, dicho callejón se hallaba cerrado por el poniente y sur, y dichas calles fueron abiertas hasta el año de 1861, decisión muy acertada que mejoró mucho su aspecto.
Ahora vamos a ir a una de las partes más interesantes de la plaza de la Concepción, en donde podremos encontrar en su centro una capillita en forma octagonal,  que fue levantada sólidamente durante el primer tercio del siglo XVII por los franciscanos, dedicada a Santa Lucía. 
Su hermosa portada barroca es custodiada por dos óculos laterales que iluminan el interior, su redonda bóveda representa a San Francisco y a los dos símbolos marianos que se encuentran en los extremos del friso. 
El pequeño nicho está constituido por una concha con pilastras estradas de capitel  toscano; en la parte superior está representada la Virgen María y en su  interior se encuentra una escultura de cantera de Jesús Nazareno cargando la Cruz,
Se dice que en esa capilla se celebró la primera misa en el México católico, y se supone que para conmemorar aquel acto religioso, fue levantada dicha capilla. Muchos autores reconocidos dicen que esta versión es pura mentira, siendo el verdadero origen de la capilla la construcción de su iglesia, y que en la de la Concepción pertenecía a la parroquia de Santa María la redonda. La historia nos cuenta el cura que cuidaba era franciscano, y al igual que todos los demás templos, tenía su mayordomo y su sacristán que atendían a su aseo y a abrirla los días en que se rezaba en ella, o se celebraba misa, porque era de las que disfrutaban de este privilegio y también de tener campana.
Muchas iglesias por desgracia no se salvaron de la destrucción, pero ésta sobrevivió gracias a que la de Santa Lucía no se encontraba en ninguna vía que estorbase, ni servía de depósito de inmundicias porque un hermano tercero que vivía frente a la capilla, cuidaba de ella todo el tiempo, la abría con frecuencia y no faltaban las almas piadosas que fueran a depositar en su altar velas encendidas y tiestos con flores.
Muerto aquél buen hombre, la capillita quedó sin que nadie la cuidara, no faltando quien solicitara se le vendiera la plazuela y con ella se incluía el pequeño templo; pero el mayordomo del Convento de la Concepción, don Jorge Madrigal, se opuso a esta medida, presentando una serie de documentos ante el Cabildo, que acreditaban la propiedad del Convento sobre aquella Plazuela. Las leyes de Reforma concluyeron con esa propiedad, vendiéndose en tre mil pesos a una sociedad compuesta de dos personas, quienes a su vez la vendieron a don Ignacio Unzain, pasando después a don Ignacio Alas, y de éste a don Silvestre Olguín. La plazuela se hallaba en su poder cuando la ciudad planeó poner el depósito de cadáveres de los pobres, y para tal fin en la compró en seis mil pesos. A finales del siglo XIX se le conoció como la Capilla de los Muertos, porque ahí eran depositados los cuerpos de los pordioseros; algunos aseguran que esta historia es un engaño y que dicho depósito nunca existió.
Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles fue instalada en la capilla una biblioteca, resultó ser un rotundo fracaso. De sus elementos originales que tenía en el interior, no queda rastro alguno de su existencia. Fue declarada monumento histórico el 9 de abril de 1931.

domingo, 2 de junio de 2013

La capillita de Manzanares

Si nos tomamos el tiempo de recorrer el antiguo barrio de la Merced, encontraremos un pequeño templo levantado a fines del siglo XVIII, el cual se distingue de los demás porque se parece una iglesia de juguete, y por ser uno de los mejor conservados del Centro Histórico. Siempre que visites el recinto, lo podrás encontrar muy limpio, con flores frescas y en general muy bien cuidado.
Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán, mandó construir siete ermitas en diversos puntos del valle de México, siendo la capilla de Manzanares la única sobreviviente en  la actualidad; pero la arquitectura que vemos actualmente no es la de la construcción original, sino de una remodelación hecha durante el siglo XVIII.
La historia del recinto se encuentra estrechamente relacionada con el suburbio del mismo nombre, el cual durante el siglo XVI era un barrio netamente indígena, ubicado en las salientes del lago de Texcoco; justamente detrás de la capillita pasaba uno de los dos brazos de la Acequia Principal, que venía desde Xochimilco y desembocaba en el lago. La corriente de agua existió hasta el siglo XVIII, cuando a pesar de la oposición de los vecinos, fue cegada.
La Iglesia tuvo siempre sus puertas abiertas para recibir a los indígenas de los barrios circundantes, hasta que le tocó enfrentarse con las Leyes de Reforma, de las que se salvó milagrosamente gracias al arduo cuidado de los vecinos.
Al ver su portada, podremos apreciar que es de estilo barroco churrigueresco, con sus columnas estípites y sus correspondientes campanas, la puerta bellamente tallada, su construcción en cantera muy característica de aquella época y que en cada uno de sus lados tiene una torre; también cuenta con una casa de curas.
Al ingresar al templo, veremos un minúsculo coro iluminado por las ventanas de la cúpula  que abre a la fachada y sus figuras estofadas de excelente factura, pero lo que más salta a la vista en su hermoso retablo barroco con la imagen del Señor de la Humildad en su nicho central. La fiesta de Santo se lleva a cabo el seis agosto, donde todo se convierte en una fiesta y algarabía, con mariachis, bandas, danzantes, juegos mecánicos, la imagen colocada al frente de la Iglesia para recibir las muestras de agradecimiento de los habitantes.
Debido a su pequeño tamaño, se podría estimar que caben cerca de veinte personas. A pesar de la belleza del lugar, durante el siglo XIX adquirió fama de ser el recinto sagrado de malvivientes, ladrones y mujeres de la vida galante.

domingo, 20 de enero de 2013

La hoy ya olvidada Primitiva Catedral de México


 Es un templo del que pocos se toman la molestia de hablar, ya que nunca se le consideró digno de esta gran ciudad; sin embargo, desempeñó sus funciones a la perfección mientras estuvo en pie. Vamos a viajar en el tiempo para conocer cómo era la primer Catedral de México.
Cuando vamos de visita a la actual Catedral, a  nuestro lado izquierdo, de bajo de una cruz, podremos ver unas enormes piedras labradas en forma de bases de columnas y que en su parte inferior presenta extraños relieves; pues bien, estas piedras formaban parte de aquel templo.
Después de la caída de la gran Tenochtitlán y comenzada la conquista espiritual, Hernán Cortés ordenó la construcción de la primera Iglesia Mayor, en el año de 1524. Para su edificación fueron utilizadas las mismas piedras de los adoratorios mexicas, que Cortés se encargó de hacer pedazos durante el sitio de la ciudad y la mano de obra fueron los pobres conquistados.
Esta iglesia fue edificada en 1525; que no fue la primera, ya que la de San Francisco  es anterior. Se encontraba orientada de Este a Oeste, con la puerta principal, llamada del Perdón como en la catedral nueva, hasta el Occidente. Venía entonces a dividir la gran plaza, que hoy en día es una sola; además se sabía que dicho templo había sido levantado es el sitio que ocupaba el gran teocalli de México, y que las piedras sagradas de los indios habían servido  de cimientos a la iglesia católica y hasta  de pedestales a sus columnas.
En 12 de diciembre de 1527  fue creada la Diócesis de México – Tenochtitlán, y para 1528 arribó a tierras mexicanas fray Juan de Zumárraga como primer obispo. En 1530 fue elevado a la categoría de Catedral, y Metropolitana en 1547, eso solo después de que Zumárraga fuera nombrado Arzobispo Metropolitano el 11 de febrero de 1546; tomando la denominación de metropolitana porque es la Sede del Arzobispo.
Con el paso del tiempo la iglesia comenzó a resultar pequeña, por lo que en 1573 comenzaron los trabajos de construcción de la actual Catedral, cuando era rey en España Felipe II y cuarto virrey de Nueva España, Martín Enríquez de Almanza, quién estuvo a cargo de la obra junto con el tercer arzobispo don Pedro Moya de Contreras.
Pronto se ordenó que se levantara un nuevo templo, acorde a la suntuosidad y grandeza de la Colonia, más esta fábrica tropezó con tantos obstáculos para su comienzo, con tantas dificultades, que el templo viejo vio pasar en sus estrechas naves suntuosas ceremonias del virreinato; y solo cuando el hecho que las motivaba revestía gran importancia, preferíase otra iglesia, como la de San Francisco, para levantar en su enorme capilla de San José de los indios el túmulo para las honras fúnebres de Carlos V.
Al ver que la conclusión de la iglesia iba para largo, ya comenzada su fábrica, en el año de 1584 se decidió reparar en su totalidad a la vieja catedral, que sin duda era poco menos que ruinosa. El libro de cuentas de dicha reparación, que duró más de un año, se guarda en el Archivo General, nos permite saber ahora cómo era el templo en esa fecha, junto con otros datos importantes.
La iglesia tenía de largo poco más que el ancho de la catedral nueva; sus tres naves separadas por columnas toscanas no alcanzaban treinta metros de ancho y estaban techadas, la central con una armadura de media tijera, las de los lados con vigas horizontales. Además de la puerta del Perdón, había otra llamada de Canónigos y quizás una tercera que daba a la placeta del Marqués (hoy Monte de Piedad).
Sin embargo, la tragedia envolvió las reparaciones en el año de 1584, cuando el arquitecto que dirigía la obra, que también lo era de la nueva catedral, cayó de un andamio perdiendo así la vida. El difunto era el capitán Melchor del Ávila y su sobrino Rodrigo le sucedió en sus puestos.
Después de mucho batallar, finalmente quedó reparada la catedral vieja, para resistir otros cuarenta años más; hasta que la nueva, surgida al final del sopor que en un principio opacaba su fábrica, la arrasó en 1626, dejando enterrados en el sitio basamentos de sus columnas, junto con las piedras del gran teocalli.

domingo, 20 de mayo de 2012

Iglesia del Colegio de Porta Coeli


Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.
Pasaron algunos años ya establecidos en la capital de Nueva España, cuando fundaron el colegio de Santo Domingo de Porta Coeli, a un costado de la Plaza del Volador, donde podemos visitar el templo hoy en día. Para llevar a cabo dicho proyecto compraron las casas de doña Isabel de Luján, nieta de Alonso de Estrada, la cual las vendió a la Provincia de Santiago de México por la suma de doce mil ochocientos dos pesos; los inmuebles fueron arreglados para el fin que se les pretendía dar, y la Provincia tomó posesión de estos el 18 de agosto del mismo año.
El colegio tuvo como primer rector al padre fray Cristóbal de Ortega,  lectores de teología a fray Antonio de Hinojosa y fray Diego Pacheco y como profesor a fray Damián Porras, en donde impartieron cursos de gramática, filosofía y teología. Porta Coeli fue aprobado en el capítulo provincial de 1604 y por el general de la orden fray Gerónimo Xavierre en el capítulo celebrado en Valladolid de Castilla, en siguiente año; con esta serie de trámites se le concedía a la recién fundada institución los privilegios que gozaban los demás colegios y universidades de la orden de predicadores, para lo cual fue ratificado por el siguiente general de la orden fray Agustín Galamino, en noviembre de 1609.
La iglesia fue terminada varios años después, ya que hasta 1711 fue dedicada. El colegio fue ampliado comprando casas contiguas, el pequeño templo conservó sus dimensiones originales y su aspecto no fue modificado en lo absoluto, así que podríamos decir que esta joyita quedó atrapada en un  túnel de tiempo. Pero no por ser una iglesia pequeña hay que menospreciarla, ya que es notable por sus altares y adornos; situado de sur a norte, teniendo en esta orientación su puerta principal y el fondo el altar mayor. Sus torrecillas apenas sobresalen de las azoteas contiguas, en tanto que en su fachada todavía podemos ver aquel aire de otra época en la leyenda en latín, que dice: “Terriblis est locus iste. Domus Dei est. Et Porta Coeli”, que traducido al español quiere decir, “Este es un lugar estremecedor. Es la Casa de Dios. Y la Puerta del Cielo.”
En frente del colegio fue colocado un tablado para que los jueces se sentaran para presenciar el auto de fe celebrado en la Plaza del Volador en 1649; dicho tablado se encontraba comunicado con el interior por medio de una abertura, dentro de la cual se levantó un  dosel negro con las armas reales bordadas en oro, una mesa revestida de terciopelo negro  con sus almohadas y sillas que hacían juego, y un hermoso tintero de plata para el tribunal; la fachada fue adornada con ocho columnas jaspeadas y el texto escrito del tema que debía tratarse durante el sermón; sobre el arco que sostenía la parte superior de la abertura se colocaron las armas del Pontífice reinante Inocencio X, y a sus lados las estatuas de la Fe y la Justicia .
Durante aquella época las órdenes religiosas buscaban en estos colegios la instrucción que les diera la fuerza necesaria para guiar y combatir, pues el ideal era aparecer anonadados ante la grandeza de Dios, pero a la vez proyectar la imagen de fuertes y poderosos ante la sociedad y la naturaleza, combinando estas actividades con la meditación. La orden de predicadores sujetaba a sus integrantes a tres votos: unión con la comunidad, libertad exterior y la ilustración que da el estudio; esta filosofía se extendió por todas partes y entre los miembros más destacados estuvieron fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas.
De la grandeza de Porta Coeli solo quedan las crónicas escritas en papel, que nos recuerda lo que tras sus muros vivieron sus integrantes para formar religiosos que pudieran enfrentarse a la época que les tocó vivir; apenas algunas personas recuerdan al pasar por aquella humilde iglesita, que allí se afanaron otros más en la expansión en la intelectualidad y el fomento de la sed del saber.
Con la entrada de las Leyes de Reformas, el convento pasó a ser de propiedad privada  y el templo fue cerrado, pero años después fue abierto nuevamente para el culto. Afortunadamente se libró de la destrucción que desencadenaron dichas leyes, y hoy en día podemos apreciar su belleza; no  debemos de perder la oportunidad de visitar la réplica del Señor del Veneno, protagonista de muchas leyendas. El templo de Porta Coeli hoy en día está dedicado al culto católico del rito greco malaquita o melkita.

domingo, 15 de enero de 2012

Iglesia de la Santa Veracruz


Hernán Cortés fundo la Archicofradía de la Cruz para dar gracias por haber llegado a Veracruz, el Viernes Santo de 1519 cuando piso por vez primera tierras mexicanas; y por tal motivo se le bautizó al puerto  de esa manera. Es la segunda parroquia más antigua de la ciudad, junto con Santa Catarina.
En dicha asociación solo podrían  participar  las personas más importantes de la cuidad, solicitando su ingreso los títulos de Castilla y los mayorazgos, quienes tuvieron pase automático; en cuanto al virrey, se le postuló como jefe de la aristocrática hermandad. Todos los integrantes querían que se les diera el estatus de orden militar, así como los de Calatrava, Montesa, Santiago y Alcántara, para así tener el título tan rimbombante de “Caballeros de la Santa Veracruz”, y sobre el pecho portaban orgullosos unas cruces rojas.
Una vez formada la asociación, sus integrantes pidieron al Ayuntamiento que se les concediera un terreno para establecer una iglesia y una iglesia, autorización que fue dada inmediatamente y ni tardos ni perezosos empezaron los trabajos de construcción, declarándose parroquia en diciembre de 1586.
La iglesia hecha de tezontle que podemos en la actualidad, no es la construcción original que se fundó. La primera se fue deteriorando a lo largo de dos siglos que se mantuvo en pie, después se le mandaron hacer trabajos de reparación, que solo le ayudaron a extender su vida útil por 31 años más. Los Caballeros de la orden al ver el estado tan deplorable en que se encontraba su templo, decidieron derribarlo y mandar construir uno nuevo, que es el que podemos apreciar hoy en día. La obra fue comenzada en mayo de 1759, quedando 5 años más tarde terminada, y fue dedicada el 13 de septiembre de 1764 en una muy solemne ceremonia, en donde asistieron personajes como el arzobispo don Manuel Rubio y Salinas, el cabildo catedralicio, el clero, los prelados de todos los conventos, la nobleza no podía faltar y todo el señorío de la ciudad; por todos lados se podía ver el derroche de lujo y riqueza, con sus galas y joyas.
Al rey Carlos V de España le fue obsequiado por el papa Paulo III, un hermoso Cristo crucificado, a lo cual el soberano decidió donarlo a la iglesia de la Santa Veracruz; a esta imagen religiosa se le conocería como el Cristo de los Siete Velos, esto debido a que  se concedían cierto número de indulgencias plenarias  a los fieles que lo visitaran y pudiesen quitarle las siete telas que le cubrían. También  es importante mencionar que, Carlos V donó varias reliquias de santos y un lignum crucis. La imagen del Cristo es  de origen italiano, y data de fines del año 1400.
¿Qué hacían los cófrades? Todos los miembro, tenían la obligación de asistir y consolar a los condenados a muerte en sus últimos días de vida, también los acompañaban hasta el patíbulo llevando al Cristo de los Siete Velos y cubrían sus gastos fúnebres.
Durante muchos tiempo solo loa gente rica podía formar parte de la Archicofradía, asunto que no a muchos les agradaba, por lo que el virrey decidió decretar que pudiera integrarse quien deseara, con la condición de cumplir sus obligaciones, sino se haría merecedor de una multa quinientos pesos. Con el paso del tiempo los integrantes eran en su mayoría comerciantes y agricultores, quienes no lo hacían tanto por ayudar a los más necesitados, sino más bien  para tener el pomposo título de “Caballero de la Santa Veracruz”, y poderlo lucir con todos los cuates. Después el vulgo les empozó a apodar, como los “Caballeros del Petate” porque estaban escasos de fondos para cubrir los gastos de los entierros.
Entre las múltiples  cofradías establecidas en esta parroquia, había una cuyo fin era recoger los cuerpos de los muertos por justicia para darles cristiana sepultura, cosa de la que ya no se ocupaban los ilustres Caballeros del Petate; además los cófrades también recogían las cabezas y las manos de los condenados a muerte a los que se había dispuesta cercenarlas para exhibición, para así devolverlas a sus pobres dueños y que pudieran presentarse completitos el día del Juicio Final.
Como dato curioso, les cuento que el célebre arquitecto don Manuel Tolsá era muy afecto a asistir a esta parroquia, por lo que al morir sus restos fueron sepultados en dicho recinto, después fueron trasladados al Panteón de San Fernando.

domingo, 6 de noviembre de 2011

La iglesia de San Hipólito


Fue fundada para recordar la huida y derrota de los españoles  en la llamada Noche Triste, debido a que sufrieron pérdidas casi irreparables a manos de los aztecas guerreros de la ciudad; se puede apreciar una placa alusiva sobre estos trágicos hechos por parte de los conquistadores en la esquina del atrio.
Las crónicas de Cervantes de Salazar nos cuentan que allí estuvo la quinta cortadura o foso que existía para la defensa de la Calzada de Tlacopan; y uno de los sobrevivientes de aquella acción, llamado Juan Tirado, fundó  una capilla y después Hernán Cortés y sus compañeros mandaron hacer una iglesia para conmemorar el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, fecha en que fue tomada la ciudad de México – Tenochtitlán.
Podemos apreciar que la fachada de esta iglesia está adornada con hermosos tapices de argamasa o mezcla calados primorosamente, que también se le conocen como ajaracas de origen mudéjar. El monumento de la cerca ejecutado en relieve, es obra del notable arquitecto mexicano del siglo XVIII José Damián Ortiz de Castro, en donde presenta a un indio con una vestimenta de plumas que es arrebatado por un águila  y transportado por los aires; según nos relata el cronista Durán, este simbolismo hace referencia a uno de los augurios que dicen tuvo Moctezuma II, en donde se anunciaba la caída  de Tenochtitlán.
El recinto de San Hipólito fue muy amplio, ocupó gran parte de los campos baldíos que circundan  la ermita de los Mártires, y con ese fin fue cedido por el Ayuntamiento. El Hospital que ahí se construyó fue destinado para  enfermos, ancianos y locos, poco después fue usado exclusivamente para atender a estos últimos. Fue el  primer hospital para Dementes creado en América, fundado en 1566 por Bernardino Álvarez,  y en 1904 fue demolida la mayor parte para abrir la primera calle de los Héroes, esto se hizo debido a las no muy largas gestiones  de Joaquín D. Casasús para darle importancia a la casa en que vivía. ¿Qué fue de los pobres dementes? Fueron trasladados  primero a San Pedro y San Pablo, al viejo Colegio de San Gregorio, después en 1910 al manicomio de la Castañeda.
Debido a que frente a San Hipólito había un gran espacio sin ocupar, se estableció un mercado, al que se le conocía como tianguis de San Hipólito, se colocaba los jueves y viernes; donde llegaban indios, mulatos, mestizos y negros de las poblaciones aledañas, que llegaban acarreando animales o montados ellos para comprar o vender o carros tirados por estos. Este mercado era competidor con el de la Plaza Mayor. Al oeste del tianguis se instaló un pequeño quemadero, conocido como de San Hipólito, se le dio este nombre para distinguirlo del de San Lázaro; el de San Hipólito se encontraba rodeado por una barda, sobre el piso había sido bien afianzados postes de madera con argollas de hierro, a las cuales eran atados los pobres infelices que iban a ser condenados a la hoguera, acusados por la Santa Inquisición.
La iglesia de San Hipólito contaba con un hospital para dementes, que fue el primero que hubo en su tipo en América, el cuál se encontraba en el edificio adjunto que, fue fundado por Bernardino Álvarez. Actualmente en este lugar podemos encontrar pequeños comercios, viviendas y bodegas, cuyo patio vale la pena ver, si es que te dejan claro está pues yo solo logré verlo un poco cuando pasaba por casualidad y la puerta se encontraba abierta.
Bernardino Alvarez tuvo una apacible muerte el 12 de agosto de 1584, cuando las campanas repicaban con alegría las celebraciones de San Hipólito; los fieles de seguidores y discípulos de la obra de amor y piedad del fallecido, consiguieron en 1585 que su santidad el papa Sixto V instituyera la orden hospitalaria de los Hermanos de la Caridad, que después entre la gente eran mejor conocidos como Hipólitos. “El orden de La Caridad de San Hipólito fue flor de efímera duración en el campo de la Iglesia. Nació en la Nueva España, lozano y vigorozo, efecto, más que de su final destino, de las circunstancias en que su pueblo se hallaba por aquellos días; de donde resultó que se extendiera en este suelo, sin enraizar en los extraños, y aquí mismo murió”.
El virrey don Antonio María de Bucareli y Ursúa ayudó a mejorar las condiciones tan deplorables en que se encontraba el Hospital de San Hipólito, pues debido a la pobreza en la que se encontraban no les era posible que atendieran bien a sus enfermos.  En 1821 el Ayuntamiento se hizo  cargo de este lugar por desgracia, ya que los bienes con los que contaba fueron a  parar a manos deshonestas, esto con el pretexto de que Antonio López de Santa Anna hizo un decreto en que la oficina deTemporalidades podía intervenir en los mismos. Con estos bienes salieron muy beneficiados los miembros de la susodicha oficina.
En 1847 fue Hospital Militar, Hospital Municipal en 1850 y la Escuela de Medicina también estuvo establecida en San Hipólito entre 1850 y 1853.
La iglesia desempeñó un papel muy importante hasta comienzos del siglo XIX, pues en la ceremonia pública se celebraba el Paseo del Pendón, este pendón hacía referencia al de España y la ceremonia estaba dedicada a conmemorar la caída de México – Tenochtilán; esta celebración consistía en un lúcido desfile al que asistían las autoridades más prominentes, militares, eclesiásticos y civiles de la cuidad  con el virrey al frente, las cuáles salían del Palacio Virreinal (Palacio Nacional), por calles muy adornadas. Con el paso del tiempo este desfile dejo de tener importancia, tal vez porque no fue popular ni bien visto por indios y mestizos, las Cortes de Cádiz lo suprimieron en definitiva en 1812, por considerar que hería el sentimiento nacional de los mexicanos.

martes, 20 de enero de 2009

Catedral Metropolitana




El segundo recinto sagrado (siendo el primero la Basílica) más importante de la cuidad de México es la Catedral Metropolitana, que se encuentra ubicada en el Centro Histórico. Cada año millones de visitantes nacionales y extranjeros acuden a conocerla, quedando impresionados y maravillados con su magnificencia y majestuosidad; sin embargo éste recinto tiene toda una larga historia que contar, que relataremos a lo largo de éste blog.
La construcción de ésta bella catedral está dedicada a la Asunción de la Virgen María, tiene unas dimensiones de 55 metros de ancho por 110 de largo, cuenta con unas alturas de 30 metros en la nave central. Su construcción duró 242 años y comenzó en 1571, cincuenta años después de la caída de México-Tenochtitlán.
La primera piedra fue puesta por el virrey Martín Enríquez y el arzobispo Pedro Moya de Contreras su construcción tenía el objetivo de que la iglesia tuviera un lugar adecuado para servir a Dios y a la corona española, por eso varios reyes españoles cubrieron todos los gastos, como lo muestra éste pequeño fragmento:

“…la suma del costo de la obra hasta la dedicación de 1657 fue de 1.759.000 pesos. Dichos costo fue cubierto en buena parte por los reyes Felipe II, III y IV Y Carlos II…”

Muchísimos años después, en 1973 el arquitecto al Manuel Tolsá le fue encomendada la tarea de concluir la construcción de la Catedral, que finalmente fue concluida en 1813.
La Catedral fue edificada encima de antiguos recintos aztecas; a lo largo de su construcción y diferentes excavaciones hechas a lo largo de su historia se han encontrada vestigios de templos aztecas. ¿Qué más prueba podemos tener que el Templo Mayor está junto a la Catedral?
Los aztecas ó mexicas llegaron a Aztlán en 1168 y se convirtió en México-Tenochtitlán hasta 1364; a partir de ese año el imperio azteca evolucionó hasta convertirse en una gran cuidad; pero todo esto se acabaría con la llegada de los españoles el 13 de agosto de 1521.
Donde es hoy el Zócalo en aquella época era el centro ceremonial, con una extensión territorial de 500 metros y contaba con 78 edificios, según dicen fuentes documentales.
El edificio que más sobresalía era el Templo Mayor, el cuál fue dedicado a dos deidades: Huitzilopochtli y Tlaloc, dioses de la tierra y el agua.
Después de la conquista, los españoles instauraron la religión católica y con las mismas piedras de los templos construyeron la Catedral.
Fue gracias a las investigaciones realizadas por el programa de la Dirección General de Sitios y Monumentos del Patrimonio Cultural de la Secretaría de Educación Pública desde el año 1991 a 1998 y al programa de Arqueología Urbana, que se ha logrado conocer las edificaciones prehispánicas que se encuentran debajo de la Catedral Metropolitana; entre ellas se encuentra el Templo del Sol ó de Tonatiuh. También se pueden encontrar vestigios de la primera catedral, que data de 1555 a 1562, los restos de ésta descansan en las entrañas de la nueva Catedral, según hallazgos realizados en 1982.
Las investigaciones surgieron por un grave problema que tiene el Centro Histórico: el hundimiento. Esto es debido a que el DF era una zona lacustre y la extracción de agua a través de los años; el hundimiento ha sido de un aproximado de 7 metros.
Curiosidades
- La Biblioteca Turriana era con la que contaba la Catedral, creada el 21 de mayo de 1534.
- Se le llamó “Turriana” en honor a sus fundadores, iniciando con el jurosconsulto Luis Antonio Torres Quintero
- La biblioteca de la Catedral fue creada por la real cédula del 21 de mayo de 1534, y fue la segunda biblioteca pública que se creó en México, después de la que tuvo la Real y Pontificia Universidad de México (actualmente UNAM)
- La Biblioteca Turriana estuvo en servicio por 63 años
- Parte de su acervo lo podemos encontrar el la Biblioteca Nacional de México
REGLAMENTO DE LA BIBLIOTECA TURRIANA
1. No lo tenas por esclavo, pues es libre. Por lo tanto, no lo señales con ninguna marca.
2. No lo hieras ni de corte ni de punta. No es un enemigo.
3. Abstente de trazar rayas en cualquier dirección. Ni por dentro ni por fuera.
4. No pliegues ni dobles las hojas. Ni dejes que se arruguen.
5. Guárdate de garabatear en los márgenes.
6. Retira la tinta a más de una milla. Prefiere morir a mancharse.
7. No intercales sino hojas de limpio de papiro.
8. No se lo prestes a otros…
9. Aleja de el los ratones, la polilla, las moscas y los ladronzuelos.
10. Apártalo del agua, del aceite, del fuego, del moho y de toda suciedad.
11. Usa, no abuses de el.
12. Te es lícito leerlo y hacer los extractos que quieras…
13. Una vez leído no lo retengas indefinidamente.
14. Devuélvelo como lo recibiste, sin maltratarlo ni menoscabado alguno.
15. Quien obre así, aunque sea desconocido, estará en el álbum de los amigos. Quien obrare de otra manera, será borrado.