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domingo, 15 de noviembre de 2015

La niña sabia

- ¿Qué haces ahí, amor mío, con ese libro en la mano? Y ¿Dónde se ha metido el ama y te deja sola?
La voz de la madre le hizo levantar la cabeza a Juanita, que estaba sentada en el suelo, sosteniendo laboriosamente su volumen abierto.
- Vaya, no te muevas – añade la madre, acercándose –, que estás tan graciosa así, con el libro abierto en tus manecitas. Cualquiera diría que estuvieras leyendo. Déjame ver, que quizá tenga el libro cabeza abajo… Pero, no; lo tienes bien, por casualidad… Algún día, cuando seas mayor, aprenderás a leer. Te gustará, seguramente. Fíjate, están son las letras; esa redondita es una O, y ese palito que está al lado…
- E s una l – dijo la niña.
- ¡Dios Santo! – exclamó la madre, estupefacta –. ¿Cómo puedes tu saber eso?
- Y la letra que está al lado es una v – prosigue la pequeña –, y toda la palabra dice olvido  Y lo que vienes después se lee…
Y ante el asombro de la madre, a quien  la emoción ha hecho enmudecer, lee todo un párrafo, con pronunciación clara y correcta-
- Puedo también escribir lo que dice – añade la niña, al acabar la lectura.

Y, en efecto, se levanta y va en busca de lo necesario para escribir. Entre tanto, su madre, en un arrebato de satisfacción, fue a llamar a su esposo y otros deudos para que comprobasen el milagro. Y el milagro es real. La niña, a los tres años, ha aprendido a leer y escribir sin que se enterasen sus padres. Otro día hablan en presencia de Juanita  de las Universidades y Escuelas donde se enseñan ciencias y una cosa que ella no entiende y que ellos llaman Humanidades, pero que le parece buena, porque es preciso estudiar para aprenderla. Y ante el asombro de los mayores, la niña, que ya tenía seis años, exclamó de pronto:
- Yo iré a aprender a una de esas Universidades.
- ¡Lástima! – le contestó su padre, fingiendo gravedad –. Tú eres mujer, Juana, y en las Universidades solo pueden estudiar los hombres.
Juanita acusó una honda contrariedad; pero al cabo de uno momentos su semblante se animó y dijo:
- Entonces iré vestida de hombre.
Esta vez costó más trabajo persuadirla, y durante varios meses importunó a su madre pidiendo que le encargase un traje varonil y la enviase a alguna de aquellas Universidades.
Rendidos al fin por tanta tenacidad, sus padres le dieron un profesor de latín, y aunque solo tomó de él veinte lecciones, o sea, el número que necesitáis para aprender mediante las principales declinaciones, su esfuerzo y asiduidad le permitieron dominarlo perfectamente en tan poco tiempo. Posteriormente, posteriormente su madre advirtió cierto cambio en el tocado y para comprender lo que había le pidió que se volviera de espaldas.
- Si, mamá – dijo Juana con visible contrariedad –, me he cortado yo misma el pelo unos cinco o seis  dedos, como ves. Quiero aprender una cosa antes de que me vuelva a crecer, y si al tenerlo otra vez largo no hubiera conseguido aprenderla, me lo volveré a cortar… Es un buen método de disciplina, ¿no te parece? ¿Para qué he de tener tanto cabello en la cabeza, si me falta conocimiento?
La fama de la erudición e ingenio de Juana se extendió hasta alcanzar los oídos del Virrey, quien la llama a su palacio y la confía a la Virreina como dama de compañía. Y para comprobar si es merecida su fama, cuarenta profesores de la Universidad la someten en el palacio a un examen público y riguroso. Los hay de todas las facultades: teólogos, doctores en Sagradas Escrituras, filósofos, matemáticos, humanistas. Las preguntas y contrapreguntas llueven sobre la muchacha, y ella sale al paso de todas, defendiéndose, según lo expresa el Virrey, como una galera real embestida por un tropel de chalupas. No hay que decir que los cuarenta sabios y toda la corte virreinal quedan mudos de asombro, y se inclinan ante su genio. Quizá alguno de vosotros habrá adivinado que esta mocita de talento prodigioso era la que se llamó al entrar en religión Sor Juana Inés de la Cruz, la apasionada y sutil poetisa mexicana, a la sazón máxima figura de las letras en todo el vasto imperio español y uno de los mayores genios femeninos de todos los tiempos.

domingo, 7 de junio de 2015

El negrito poeta

Una de las figuras mexicanas más simpática, arraiga de popular es la del Negrito Poeta, el ingenioso improvisador de tantos versos célebres, que la gente no olvida a pesar de los siglos, por la agudeza de su creatividad y la amada figura del juglar de los tiempos virreinales.
Todo investigador, bibliógrafo, cada cronista que se precie, ha dedicado un estudio, un saludo, un recuerdo a aquel humilde Vasconcelos desconcertante que no usaba papel y pluma para rimar, sino que en cualquier lugar, a cualquier hora, estaba listo para recitar sobre un asunto forzado o de cualquier índole. Es así que, el asunto presenta dos aspectos interesantes; el Negrito Poeta llevaba en sí una dualidad personal: la populachera, que todos conocen, y la de expresión profunda que fue admirada por los mismos maestros de retórica y de literatura del Colegio de San Ildefonso, en cuya puerta improvisó ante los doctos, sin haber estudiado nunca.
Claro que, la obra que más perdura y que es más conocida del peregrino rimador callejero, es aquella que por su sencillez y tino está al alcance de la comprensión del vulgo y que, pertenece al folclor nacional, habiendo hecho su propaganda la propia facilidad de los versos que están clavados en el corazón del pueblo. A continuación reproduciremos algunas de las improvisaciones que más fama le dieron; pero antes cabe destacar que la vida del negrito José Vasconcelos discurrió entre los años de 1734 a 1789, abarcando el periodo gubernamental de varios virreyes, con todos los cuales se metió en sus gracejos, aplicándoles sentenciosos versos o sátiras llenas de sal, lo que divertía a Sus Altezas y levantaba comentarios de admiración entre el público amante de su ingenio.
En todos los ámbitos del país son conocidas estas producciones tradicionales del Negrito Poeta: aludiendo a que él era tuerto y el virrey también padecía un defecto ocular, exclamó entre la imagen de Santa Lucía:

Señora Santa Lucía,
por tu singular clemencia,
dame un ojo, Santa mía,
y otro para Su Excelencia.

En relación con los ojos, tuvo esta otra ocurrencia contestando un amigo que le preguntó:

-¿Qué haces aquí, negro tuerto?
-Lo que tú no habrás pensado:
en este mar agitado
navegando para el puerto…

Agradeciendo un peso que le dieron por un acertijo, improvisó:

-El que no llora no mama,
y no me vale ni aún eso.
Sin embargo, cayó un peso;
quien da fruta es buena rama.

Tiene mucha gracia lo que en le contestó a un indigente que le pidió un par de medias viejas, haciendo vieja ella:


¡Pobre de ti, que te quejas
a mí para tu remedio!
¡Qué te partan por en medio
y tendrás dos medias-viejas!

También es muy conocida aquella respuesta que dio la vez que le pidieron que sin ofender al Santo, versificara sobre la siguiente frase: “Santo Domingo es un perro”. En el acto contestó:

En esa opinión no hay yerro;
vive usted desengañado,
pues lo que tiene a su lado
Santo Domingo, es un perro.

Terrible bofetón que asestó a quien le sometió el pie de “El que nació para burro”:

El que nació para burro,
no es otra cosa, por cierto;
yo, dormido, más discurro
que vos estando despierto.

Sobre la impertinencia criolla de “El que nació para guaje”:

El que nació para guaje,
hasta acocote no para;
te ha costado, amigo, cara
la sandez de tu lenguaje.

A una coqueta la puso como no digan dueñas porque los ridiculizó al pasar. La cosa pasó así:

Coqueta:
-Adiós, Negrito Poeta
vestido de tafetán,
taralán, tan, tan.
Negrito:
Cuando nuestro padre Adán
comió la primera fruta,
ya te tenía por… astuta
y moza de un capitán,
taralán, tan, tan.

También se le atribuye, en este género, esta obra respuesta satírica a dos mujeres ligeras que le hicieron burla desde un balcón, tirándole una flor:

Dos flores habéis perdido,
ambas en edades tiernas:
una por abrir las manos
y otra por abrir…