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domingo, 13 de diciembre de 2015

La manta de Juan Diego


¿Qué milagro encierra tu imagen grabada en la manta de Juan Diego? ¿Fueron tus celestiales manos las que bordaron la celestial efigie como prueba de la verdad de tu aparición al humilde indio convertido a la fe? ¿O fueron los ángeles los que, prendados de tu bondad y misericordia, quisieron que los hombres se recreasen en tu contemplación y tuviesen una visión de tu presencia para que acudiesen a ti en busca de paz consuelo? Sea cual fuere la causa oigamos el relato de la maravillosa aparición.
Diez años habían  transcurrido desde que la antigua ciudad azteca fue conquistada y sobre sus ruinas se empezó a edificar la que española ciudad de México. Diez años en que la labor de los conquistadores guerreros se unía la no menos gloriosa conquista de tantos miles de almas que permanecían en la ignorancia de la verdadera fe de Cristo. Miles y miles de personas que desconocían la existencia de María, la Reinas de los Cielos, madre del Redentor.
Un humilde indio llamado Juan Diego, había sido de los primeros que se convirtieron a la fe que predicaban los sacerdotes que acompañaban a los guerreros conquistadores de su tierra, de su México tan querido. ¿Será posible que el Dios que adoraban aquellos hombres fuese tan bondadoso y humilde como decían? ¡Qué diferencia entre los sanguinarios y altivos dioses de sus antepasados que a él, a Juan Diego, habían enseñado a idolatrar! En su primitiva inteligencia no cabía la idea que con  humildad y amor se pudiese conquistar el mundo. Él estaba acostumbrado a ver como los poderosos sojuzgaban y oprimían a los débiles y no acaba de comprender que Jesús, el Cordero Divino como le llamaban los misioneros, pudiese hacerse querer y respetar siendo tan humilde y generoso.
Como todo buen cristiano, el indio cumplía con los deberes que le imponía su nueva fe y cada domingo iba a la capilla de los misioneros y se postraba ante la crucificada imagen del Hijo de Dios, rezando las oraciones que los padres les habían enseñado sin atreverse a levantar los ojos hasta la ensangrentada imagen. Infundíale profundísimo respeto y hasta algo así como remordimiento, pues se consideraba un tanto culpable de su muerte. En cambio, la Madre de Jesús, María, a ella sí que podía mirarla a los ojos y pedirles remedio a sus tribulaciones. La bella Señora sí que sabía consolarle. Los ojos de la Virgencita, con solo mirarlos, llenaban su alma de inefable dicha. 
A impulsos de sus pensamientos se habían acelerado los pasos de Juan Diego. De pronto se detuvo como si sus pies hubiesen echado raíces en el suelo. ¿Qué era aquello? Una luz vívida, resplandeciente, inundaba el camino. ¿Se había ocultado el sol y solamente uno de sus rayos alumbraba el mundo? Dirigió una mirada en torno suyo y vio que el astro seguía iluminándolo todo como momentos antes. Entonces, ¿Qué era aquella luz que obscurecía la del mismo sol? Despavorido volvió los ojos… y entonces una dulcísima voz, la misma que tantas veces había oído en sueños, llegó hasta él. Juan Diego cayó de rodillas en medio del camino. La voz decía:
“No temas, Juan Diego. Soy María; la madre de Jesús, que vengo a ti para que seas mensajero de mis deseos.”
Los trémulos labios del indio musitaban:
-María…, la Virgen… ¡Mi Virgencita adorada…!
Lentamente una celestial figura avanzaba hacia él. ¡Era ella, la Señora ante la que tantas veces se había inclinado en la capilla de los misioneros!
La divina voz continuó diciendo:
“Quiero que vayas al palacio del Obispo y le expreses mi voluntad de que aquí, en Guadalupe, se me erija un templo donde podáis venir vosotros a que yo os consuele, quiero ser la patrona de muy amado pueblo mexicano.”
Desvanecióse la aparición y todo volvió a quedar como antes.
Juan Diego hundió el rostro en el polvo, besando las huellas dejadas por los divinos pies mientras de su garganta brotaban sollozos de felicidad…
Cuando Juan Diego se hubo calmado un tanto corrió al palacio del Obispo y le expuso los deseos de la Virgen-
-Padre, creedme –dijo al terminar su relato-, no ha sido un sueño, no. He visto a la Patroncita con mis propios ojos  y oído su voz. Creedme, Padre, creedme.
Eran tan sinceras las palabras del pobre indio que el Obispo se sentía inclinado a darlas fe. No obstante, respondió:
-Sí; hijo mío. Creo que es cierto lo que me dices, pues eso y más puede hacer la Señora, pero como comprenderás no está en mi mano tomar una resolución sin más pruebas que tus palabras.
Algo desanimado salió Juan Diego del palacio del prelado. ¿Cómo, Virgencita, obtener las pruebas que convenciesen al Obispo y demás interesados? ¡Ilumíname, Virgencita Guadalupana! Cayó la noche, las horas transcurrían lentamente y el infeliz no podía dormir, torturado por  haber fracasado en la misión que le había confiado la Señora.     
Al amanecer se echó la manta al hombro y salió al camino, dispuesto a volver al sitio en que se produjo la aparición, al llegar se arrodilló en busca del auxilio de la Virgencita. La misma voz de la víspera se oyó de nuevo:
“Ya sé, Juan Diego, la causa de tu congoja. EL Obispo desea pruebas y vamos a proporcionárselas. Sube a lo alto de aquel cerro, llena tu manta con las flores que allí encontrarás y llévaselas al prelado. Eso le convencerá”.
-¡Oh señora! –respondió muy compungido Juan Diego-. ¿Cómo queréis que hayan flores entre esos pedregales en lo que no puede crecer ni la más ni la más pequeña brizna de hierba?
“Ten fe y obedece Juan Diego.”
El indio, arrastrando la manta, emprendió l ascensión de la empinada cuesta. Sudoroso llegó a la cumbre y, ¡oh, milagro!, vio que entre los riscos habían brotado las más hermosas flores: rosas, nardos, azucenas… Llenó su manta con ellas y volvió al palacio del Obispo.
Ya en presencia del eclesiástico explicó la nueva aparición del Virgen y lo que le había ordenado. Sacó las flores, extendiéndolas por encima de la mesa. El aposento se inundó de fragancia.  El Obispo movió tristemente la cabeza. Dijo:
-Muy bellas son estas flores, Juan Diego, pero no son pruebas de lo que dices. Lo siento hijo mío, pero nada puedo hacer.
Dos lágrimas resbalaron por las atezadas mejillas del indio, el cuál cogiendo la manta que había dejado caer al suelo la desplegó para echársela sobre los hombros. ¡Y  entonces sí que todos creyeron en el milagro! En el revés de la manta, por la parte que había estado en  contacto con las flores, éstas, destilando sus más puras esencias, habían dibujado la silueta de la Virgen María, la que sería Virgencita Guadalupana.
Todos cayeron de rodillas, disipadas sus dudas ante lo que veían sus ojos.
Algún tiempo después ya estaba construido el templo y desde entonces se venera en él la imagen de María Inmaculada, la Virgencita Guadalupana, patrona de todos los mexicanos.
    

domingo, 6 de diciembre de 2015

El callejón del Muerto


En la calle que hoy se le conoce como de República Dominicana, allá por los rumbos de la Villa de Guadalupe, fue ésta testigo de que las promesas que se les hacen a los santos hay que cumplirlas…vivos o muertos.
Nuestra historia comienza con don Tristán  de Alzucer, un buen hombre que tenía un hijo con su mismo nombre, a quien amaba por su parecido físico a él, de buena apariencia, pero sobre todo por ser buen hijo y buen cristiano. A los 25 años de edad aproximadamente, el joven regresó de  su viaje a las Filipinas, después de haber fracasado en el intento de obtener fortuna; el muchacho volvió a reanudar su vida en tierras mexicanas ahora como comerciante poniendo un estanquillo, en el que pondría todo su empeño y esfuerzo para que el negocio prosperara, pues apenas con lo que ganaba le alcanzaba para vivir modestamente.
Tiempo después, el joven se vio obligado a emprender un viaja a Veracruz porque iba escoger y comprar mercancía para su surtir su negocio; así emprendió su largo viaje hasta aquel lugar, y apenas hubo arribado a su destino, comenzó a escoger entre una gran cantidad de artículos de buena calidad, las mejores ropas que apenas habían llegado a la costa. Apenas había trascurrido dos días de su estancia en la costa, cuando cayó gravemente enfermo de una fiebre que se le conocía como terciaria, la cual le recorría todo el cuerpo sin permitirle respiro; su padre al enterarse fue presa de la desesperación y el dolor de no poder hacer algo por su hijo, pues era el único que tenía, sin saber qué hacer, se hincó ante una imagen de la Virgen de Guadalupe para pedirle que su retoño recuperara la salud, prometiéndole que si se recuperaba, se iría caminando hasta el templo del Tepeyac para agradecerle el favor concedido, y que si era necesario se iría de rodillas cargando una cruz .
Finalmente el milagro fue concedido, a pesar de que los médicos no le daba esperanzas de vida al muchacho, debido a las terribles fiebres terciarias que lo aquejaban, el excesivo calor de sangre, pero sobre todo porque venía de  una zona que se encontraba a varios metros sobre el nivel del mar y un clima templado, siendo en Veracruz todo lo contrario.
El milagro ya estaba hecho, entonces ¿Qué seguía?, pues cumplir la promesa, pero el problema era que a don Tristán se le había olvidado dicha promesa, más no la intención de llevarla  a cabo, pues pensaba hacerlo cuando  tuviera más tiempo , estuviera de mejor humor y que el negocio marchara mejor, pues en aquel momento era temporada de bajas ventas. Don Tristán que siempre fue buen cristiano, contaba con la amistad de don Fray Gama de Santa María Mendoza, arzobispo de México, por lo que cierto día, después de haber terminado la misa, se acercó al religioso para que le diera consejo. Le contó sobre la terrible enfermedad de la que logró aliviarse su hijo, y la promesa que le hizo a la virgen de Guadalupe si este recuperaba la salud, Fray Gama  de carácter bonachón, considerando a su buen amigo, le perdonó aquella promesa, pues según sabía él, la virgen era conocida por su generosidad y el amor que tenía al prójimo; así que lo más seguro era que lo dispensaría. Don Tristán salió muy contento de la plática sostenida con el religioso, centrando ahora su preocupación en sacar a la venta los artículos que tenía en bodega para que no se le echaran a perder con la humedad y el salitre que se formaba, pues recordemos que la ciudad de México siempre ha padecido de inundaciones.
El 12 de mayo 1608 el arzobispo fray García, se encaminó al Tepeyac como cada año solía hacerlo; cuando hubo arribado a su destino se la pasó ahí la mayor parte de día rezando y meditando, y ya para cuando el sol comenzaba a ponerse abordó su carruaje para que la noche no lo agarrara en el camino y llegar a buena hora. Cuando entro por la calle de San Andrés, grande fue su sorpresa al encontrar a don Tristán dirigiéndose hacia el norte, por lo que el religioso intrigado le preguntó a donde iba con tanta premura, a lo que su amigo le respondió que iba a cumplir su promesa porque Dios no le iba a perdonar un olvido tan grande, también le pidió que rogara por su alma. El buen hombre hablaba con una voz cavernosa que le retumbaba en el pecho y su rostro pálido presentaba las cuencas de los ojos hundidas, como si de un difunto se tratase.
Cuando fray García volvió a buscar a su amigo, se dio cuenta que este había desaparecido, así como había llegado: de la nada. Impresionado y temiendo lo peor, el religioso se dirigió a la casa de don Tristán, rogando a Dios en el camino que no fuera lo que estaba pensando y que aquella horrible visión fuera producto del cansancio de su viaje. Sin embargo, al llegar el arzobispo a la casa de su amigo, lo encontró tendido en la cama con las manos cruzadas y atadas sobre el pecho, sujetando con sus inertes dedos un Cristo de metal oscuro, el cuerpo estaba rodeado por cuatro cirios y su hijo al pie de la cama llorando desconsoladamente por la muerte de su amado padre. El religioso cayó de rodillas aterrorizado y arrepentido hasta lo más profundo de su alma, por haber mal aconsejado a su amigo.
Así que ya sabes, si alguna vez te llegas a topar a un hombre de estas características que vaya rumbo a la Villa, ya sabrás que se trata de don Tristán de Alzucer, pero no te asustes, mejor rézale una oración para pedir por el descanso de su alma.
¿Ya cumpliste tu promesa? No te vaya a pasar  lo que a don Tristán.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El Milagro de la Virgen

En aquella sosegada tertulia de pueblo tranquilo, que se hacía tarde con tarde en la botica de don Florestán Henestrosa, escucho referir muchas veces Venancio Riquelme, de las grandes riquezas de México y el Perú, reinos en los cuales las piedras de plata y oro estaban regadas a manos llenas por todos los montes, diciendo que había minas de esos metales preciosos y que con sólo remover un poco la tierra, surgían relucientes para dar bonanza perpetua, se hacía poderoso con muy poco trabajo el feliz descubridor. Estas historias fantásticas, eran contadas por el inca Garcilaso de la Vega, y el famoso capitán Bernal Díaz del Castillo.
Venancio Riquelme era un personaje muy activo en la botica del licenciado don Florestán Henestrosa, y frecuentemente dejaba de moler en el mortero, de revolver los ingredientes que le decía su patrón y de redondear pastillas, para oír con atención la conversación de aquellos señores de lento hablar y ademanes parsimoniosos.
Decían que Roque Pedraza dejó el arado y la azada, se fue a México y fue señor de varias tierras, con un suntuoso palacio y muchos criados para servirle; que Teobaldo Carmona, era dueño de vastas riquezas, se le trataba con gran respeto y todos le pedían consejo; que Torcuato Antúnez en cierta ciudad mexicana, era dueño de tienda de paños y sedas, que iba en creciente bonanza su dicha, cuando apenas hace menos de un año, andaba por las calles de Osuna pregonando ropa vieja; que Domitilo Alderete poseía todo bien y felicidad; que ahora era todo un caballero acaudalado Melchor Dorantes…
Venancio se la pasaba todas las noches sin dormir, imaginando que iba a México y pronto encontraba una mina de oro, que vivía lleno de opulencia entre terciopelos en un palacio imponente, las mejores telas, vajillas de oro, los mejores muebles; debido a su crecida fortuna y a su espíritu dadivoso, tenía el apodo de Fúcar Oxoniense.
Con estas continuas y deslumbrantes fantasías ante sus ojos, dejó Venancio Riquelme la apacible ciudad de Osuna, sin más capital que el día y la noche y el testamento en las uñas. A pie, bajo el quemante sol andaluz de los días de agosto, llegó a Cádiz para buscar trazas para ir al fabuloso México de sus sueños de pobre. Uno de los galones iba a zarpar y en uno de ellos se acomodó como paje de escoba, además de ser vigilante del reloj. Venancio querría ir de polizón y encontró trabajo remunerado.
La flota corrió con viento prosperó. Después de tocar diferentes tierras se pusieron las proas hacia Veracruz y ya navegaron sin variar el rumbo; por fin tocaron el puerto y la deseada ribera. El corazón de Venancio se llenó de un gran gozo cuando sus pies se posaron sobre la tierra de la Nueva España; llegó falto y miserable, sin tener casa en que abrigarse y sólo el suelo duro por cama, pero ya embarcaría, se dijo, unos años después con ostentosa riqueza, porque tendría muy prósperos sucesos, cada vez con nuevos y grandes acrecentamientos.
Iba a estar cargado de muchas honras y haberes. En la calle principal de Osuna construiría un palacio al que le iban a llamar todos los osunenses “el de plata”, porque todo en el sería de este metal labrado con el mayor primor, y Su Majestad el rey por lo mucho que le iba a dar para sus reales cajas y cámara, le echaría gustoso sobre los hombros un hábito de Santiago, o de Montesa o de Calatrava y hasta lo haría conde o marqués. Viendo sus paisanos toda aquel fausto el poderío, la envidia les iba a corroer las entrañas.
Venancio se puso en marcha hacia la ciudad de México en larga conducta, acompañado de varias mercancías que los buques traían en su seno con destino a los comerciantes de todo el reino: sedas granadinas, paños de Segovia y de Béjar, cántaros con aceite, barriles con buenos vinos de los mejores viñedos, hierro de Vizcaya, cueros de Córdoba, muebles de maderas preciosas, jabones, tapices, alfombras, vajillas, variedad infinita de cristales, y muchas cosas más para el adorno de las casas.
Venancio iba con los ojos fijos en el suelo, agrandados para ver mejor, y a cada rato se bajaba del bamboleante carro para recoger con ansiosa avidez un pedrusco que brillaba orillas del camino, y anhelante el observaba para ver si era oro o plata, lo cual despertaba las risas entre los concheros. Durante toda la marcha lo repetía una y otra vez, y también era sin fin las burlas que le hacían, mezcladas con carcajadas. Toda esta faramalla duró hasta que la conducta entró por las calles de la ciudad y llegó al mesón de “Las cinco estrellas”, donde terminó el viaje.
En esta posada, cercana al convento de la Merced, Venancio tomó un descanso en su estrecha alcoba y salió, pero no a conocer la ciudad, ni las calles, ni los templos, ni los palacios, ni sus anchas plazas, ni los portales, ni los canales, ¡nada! El inocente hombre iba a lo suyo, y se dirigió lo más pronto que pudo al campo en busca de riquezas. Pensaba encontrar en el acto gruesas bolas de oro o grandes trozos de plata rodando por los caminos.
Venancio anduvo buscando y rebuscando por aquí y por allá, por todas las montañas del Ajusco, por el cerro del Chiquihuite y todos los demás de la Villa de Guadalupe y hasta se fue a trepar a las sierras nevadas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl, sin miedo alguno de caer al vacío. Todas sus expediciones resultaban en vano; pero a pesar de todo, siguió buscando aquellas fantasías: su palacio, sus carruajes relucientes, sus hermosos caballos, sus vajillas, sus incontables criados y su fastuoso casamiento.
Cuando le hubo contado a los huéspedes el motivo por el que había venido a la Nueva España, Venancio fue el hazme reír de todos ellos, no lo bajaban de idiota y estúpido. Para divertirse todavía más a sus costillas, le inventaron que en este reino existían unos árboles con hojas de perpetuo tintineo, en un repique continuo y claro, eran árboles musicales. Venancio se lo creyó todo, dedicándose a tener el oído alerta para escuchar el campanilleo del árbol música, el cual nunca llegó.
Aunque permanecía atento al  sonido de los árboles, sus ojos seguían afanosamente buscando por los suelos, aquellos pedazos rodantes de oro y plata. Vino en pos de esas riquezas fáciles y no alcanzó nada, todo su trabajo y tiempo fueron malgastados. Ya Venancio había caído en calamidad y miseria, no había pagado el alojamiento y asistencia en el mesón y varios huéspedes le cobraban los préstamos. Para poder vivir y saldar sus deudas, se metió trabajar en la  botica “Buen Suceso” de don Bruno Otea, en la calle de las Damas.
En los días de descanso, se dirigía el tontuelo a los campos en busca de oro y plata o aquellos árboles que campanilleaban dulcemente. En la botica Venancio conoció a una anciana que compraba ungüentos para calmar sus achaques, quien con dulce tono maternal le dijo que, todo aquello que buscaba con tanto afán eran puras patrañas, y que el mejor método para enriquecerse de la noche a la mañana era acudir al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe y pedirle con fervor lo que quisiera, pues ella se lo iba a dar.
Venancio echo cuentas, llegando a la conclusión de que sólo necesitaría ochocientos cincuenta mil pesos para levantar un suntuoso palacio y darse la gran vida durante dos años, después le pediría más a la dadivosa Virgen mexicana. Acudió varias veces al Santuario para implorarle le diera pronto aquella suma, pero los meses pasaron y el dinero no le cayó del cielo.
Entonces un día pensó: ¡tonto de mí!, Dándose un sonoro manotazo en la frente, ¿cómo me va a escuchar la Guadalupana, si cuando le pido ese favorcito, hay una multitud de gente rogándole les haga distintas mercedes? El trabajo se le carga a la divina Señora. La idea ver cuando esté más desocupada, para que sólo a mí me preste atención.
Venancio acudía a verla a eso de las dos de la tarde, cuando no había nadie en el santuario, se arrodilló ante la imagen y le volvió a pedir la nada despreciable suma de dinero que necesitaba para cumplir sus fantasías.
En esos momentos escucho una voz angustiada, la cual entre lágrimas le suplicaba a la Virgen, que lo socorriera con dos pesos que necesitaba para pagar al médico y comprar las medicinas, que salvarían a su esposa María Antonieta de la pulmonía que la aquejaba. Venancio levantó la voz y repitió su ardiente imploración, después el afligido sujeto volvió a repetir su súplica.
Entonces Venancio, cansado de que el sujeto distrajera a la Virgen con sus simplezas, le da dos pesos para que de una vez se calle la boca. ¡Tanto pedir y pedir por dos pesos! El angustiado hombre le abrió tamaños ojos y con gesto de sorpresa, ya con los dos pesos en la mano y lleno de llanto le dio gracias a la Virgen.
Venancio se quedó sólo en el santuario, gozoso y frotándose las manos; entonces le volvió a pedir encarecidamente de su infinita piedad, para que le mandará los ochocientos cincuenta mil pesos que tanto necesitaba. Verdaderamente este pobre diablo, tenía en los desvanes del cerebro cinco libras de burro.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Atentado en la Basílica de Guadalupe


Uno los sucesos de los que más se tengan memoria a lo largo de la historia guadalupana, es el atentado que se hizo contra la imagen de la Virgen de Guadalupe la mañana del 14 de noviembre de 1921. ¿Quién y porque querría destruir la imagen?
En aquella época el gobierno Federal tenía una política antirreligiosa muy agresiva, alentando a sectores tanto de izquierda como de derecha; el sindicato más importante de aquel entonces era el CROM (Confederación Obrera Mexicana), dirigida por Luis N. Morones, quién recibió todo el apoyo y preferencia  del “jefe máximo” de la Revolución Mexicana, el general Plutarco Elías Calles. Las siglas de dicha organización fueron cambiadas tanto al derecho como al revés,  por otras frases que iban en contra de los políticos, que para eso los mexicanos hemos sido bien creativos: “Como Roba Oro Morones”, “Más Oro Roba Calles”. Las dirigencias sindicales y personajes políticos como Tomás Garrido Canabal, implementaron políticas anticlericales bastante cruentas, y grupos de  enfrentamiento.
Como antecedentes al atentado de la Basílica, el 6 de febrero de 1921 fue lanzado un cartucho de dinamita a la casa del arzobispo de México, José Mora y del Río, quien para su buena suerte, se encontraba ausente; este ataque fue motivado porque días antes el santo varón se había expresado negativamente sobre el comunismo ante la prensa se difundió el rumor de tras aquel atentado se encontraban los integrantes de la CROM. Pocos meses habían pasado, cuando el 4 de junio una bomba fue detonada en la residencia del arzobispo de Guadalajara, Jesús Orozco y Jiménez, quien salió ileso. En medio de este ambiente violento y hostil sucedería el otro atentado que quedaría plasmado en la historia guadalupana.
Era la mañana del 14 de noviembre de 1921, cuando se celebraba una misa en la Antigua Basílica de Guadalupe, debida a la toma de posesión de una prebenda en el coro por el presbítero Antonio Castañeda; una vez terminado el evento religioso, el sacristán se acercó al presbiterio, acudiendo al llamado de los canónigos. En ese momento, cuando eran las 10:30 de la mañana, de entre un grupo de personas vestidas de obreros, caminó hacia delante un hombre pelirrojo ataviado con un overol azul nuevo, quien colocó un ramo de flores en el altar, todo parecía normal hasta ahora, pero al poco tiempo se produjo una tremenda explosión que sacudió a toda la Basílica.
Los periódicos católicos de la época refieren que después del aquel hecho, los fieles corrieron tras el grupo de los obreros impostores para linchar al culpable; entonces en aquel momento llega el presidente municipal de la Villa para llevarse al individuo pelirrojo a sus oficinas, custodiado y protegido por la policía. Se cuenta que momentos más tarde el culpable fue sacado de la zona en un camión  militar.
Después se supo que el autor del atentado era Juan M. Esponda, nacido en Chiapas y era empleado de la secretaría particular de la Presidencia de Obregón; por otro lado,  los periódicos católicos afirmaban que el nombre del dinamitero era Luciano Pérez  y se le asociaba con la CROM. Dejando el nombre verdadero del autor material de los hechos a un lado, lo que si fue real es que no fue enjuiciado ni sentenciado, además de tener un vínculo directo con la Presidencia  de Obregón.
Debido a la explosión, se cayeron los candeleros, las flores, las cortinas que enmarcaban el cuadro de la Virgen y un pesado crucifijo de bronce que se dobló hacia atrás por el estallido; esta deformación peculiar hizo que la gente le apodara como el “Señor del atentado” o el “Cristo del Atentado”, teniendo gran devoción entre los creyentes, quienes dicen que es muy milagroso. Tomando este suceso del lado poético, se podría decir que  el Hijo amoroso recibió el impacto para proteger a su madre. Todavía en la actualidad podemos visitar la imagen deformada cerca de la entrada de las catacumbas de la Nueva Basílica.
Después de los atentados, la imagen de la Virgen de Guadalupe que estaba protegida por un cristal normal para evitar los daños del medio ambiente, milagrosamente no sufrieron daño alguno; en cambio dentro de la misma Basílica y en edificios cercanos, hubo varios vidrios rotos. La comisión pericial nombrada por la Iglesia, declaró que el dispositivo con se llevó a cabo la explosión era un cartucho de dinamita marca Hércules, los cuáles era utilizados para trabajos de minería; que fue colocado en el ángulo que formaban la plancha de mármol de la parte posterior del altar (se fisuró) y la placa inferior del marco en donde estaba la imagen de la Virgen; además se aflojaron los tornillos que sostenían el cuadro de San Juan Nepomuceno ubicado detrás del altar.
El 18 de noviembre, la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), organizó una manifestación, que desfiló por el Centro Histórico por la calle de Madero, la iglesia de San Francisco, hasta el Zócalo; ahí se dijeron discursos, se cantó el “Te Deum” acompañado con los tañidos de las campanas de Catedral, después se ofició una solemne misa para dar gracias por haber salvado la imagen.
Siete años después del atentado en la Basílica, cuando era presidente reelecto, el general Álvaro Obregón muere en un segundo atentado contra él, cuando el joven católico José de León Toral lo baleó en el restaurante “La Bombilla” en San Ángel. En el lugar de los hechos fue erigido un monumento, donde por muchos años estuvo exhibiéndose su brazo en un frasco de formol.
En 1926  se desencadenó uno de los periodos más sangrientos de la Guerra Cristera, siendo presidente Plutarco Elías Calles, quien también era fanático, pues recordemos que se dejaba curara por el Santo Niño Fidencio.
Las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano se rompieron en 1920, y se reanudaron hasta el año de 1992.

La Reina de los Mares

Ahora vamos a cambiar radicalmente de tema, para descubrir que incluso bajo el mar la Morenita del Tepeyac nos cuida; sin importar en donde nos encontremos, ella siempre estará con nosotros.
 El 12 de diciembre de 1958 en el puerto de Acapulco, la Virgen fue proclamada por cientos hombres y mujeres rana, los lancheros de Caleta y la bahía principal, como la Reina de los Mares. Para una celebración tan importante y emotiva, se mandó fabricar con todos los ahorros de la gente una imagen de dos metros de altura y de 450 kg  de peso, capaz de soportar el ambiente marino. Aquí nace el tradicional paseo por lancha  con piso de cristal en la bahía de Caleta, para ver a la Virgen submarina, sobre todo los días 11 y 12 de diciembre, cuando se puede ver como una decena de hombres rana bajan al fondo para ofrendarle un ramo de rosas rojas.
El 3 de agosto de 2002, desde la Basílica de Guadalupe la nueva Reina de los Mares salió en una solemne procesión rumbo al puerto de Acapulco. La nueva escultura de 700 kg fue transportada en una camioneta a la vista de todos, adornada y escoltada por motociclistas de la Confederación Internacional.
Durante el viaje, la imagen pernoctó en Cuernavaca velada por la gente de la ciudad; en Izcatiopan donde descansan los restos de Cuauhtémoc, los pobladores salieron entusiasmados a recibirla desde un kilómetro antes; en Teloloapan les querían dar dinero por haberla llevado; en Tecpan  la velaron más de  mil personas; en San Jerónimo, al padre se le ocurrió decirle a la gente que le hicieran sus peticiones a la Virgen aprovechando su estancia, entonces una señora muy preocupada por la sequía se acercó a pedirle que les mandara lluvia. Milagrosamente a los 15 minutos comenzó a llover a cántaros, de los cielos caía agua a raudales, ocurriendo lo mismo en Atoyac.
Después de un viaje que nadie olvidaría, llegó la Reina de los Mares al puerto de Acapulco el 10 de agosto de 2002, después de siete días de procesión desde el cerro del Tepeyac.   

domingo, 4 de diciembre de 2011

Los milagros de la Virgen de Guadalupe


La cantidad de milagros que ha hecho la morenita del Tepeyac a sus fieles devotos durante tantos siglos, son innumerables. En esta ocasión mencionaremos algunos de estos, que sin duda alguna fueron de los que más dejaron huella en nuestra historia. ¿Quiere saber de qué se trata?, entonces sigue leyendo.

El segundo milagro
En una ocasión había una fiesta llena de alegría durante la procesión por la calzada del Tepeyácac para acompañar a la Virgen, pero también hubo aun herido de muerte: en la ocasión en que se trasladaba la sagrada imagen al primer templo que se erigió su honor, en medio del sol en hicimos ceremonial, procesión nutrida seguida de gran número de indios que daban muestras de inusitado regocijo con alegres danzas y mitotes, simulaciones de combates y otras cosas por el estilo, en esos actos a uno de ellos se le disparó una flecha por accidente, que fuera clavarse en el cuello de otro indio, produciéndole la muerte instantánea; llevado fue hasta los pies de la imagen, acto seguido se le extrajo la flecha y milagrosamente volvían la vida, los ahí presentes quedaron estupefactos y después llenos de beneplácito del regio y nutrido concurso.
A este hecho se le puede considerar el segundo milagro Guadalupano, recordemos que la Virgen se aparece a los pies de un moribundo Juan Bernardino, tío de Juan Diego, para hablarle y salvar así su vida.

Las mandas y los milagros
La manda es una promesa que tenemos que cumplir como un pago por un favor celestial concedido; miles de personas llegan de rodillas durante el año, por la calzada de los Misterios hasta los pies de la imagen; exhaustos, heridos, la miran, levanta los brazos con su adolorido cuerpo, derraman lágrimas en compañía de su familia más cercana, de los amigos, y los más valientes van  solos. Antes de ponerse en pie hablan con la Morenita, le piden, les suplican o le da las gracias a gritos. Esta es la imagen que podemos ver de manera cotidiana en la basílica de Guadalupe.


La lámpara de aceite
Otro milagro, fue cuando un hombre que rezaba frente a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe le cayó sobre la cabeza una lámpara de aceite caliente que pendía del techo; no la pasó absolutamente nada a pesar del tremendo golpe, y lo curioso es que también la lámpara y el fuego salieron ilesos. ¡Asombroso! ¿No crees?

¡Este dolor me está matando!
Se cuenta también, que un hombre vivía atormentado por un terrible dolor de cabeza llovidos, pidió encarecidamente que lo llevaron al templo del Tepeyac, en donde se puso rogarle con toda la fuerza de su corazón para que lo aliviara. Al regreso del santuario ya no sentía dolor.

La Virgen quería luz
El licenciado Acuña se preparaba para iniciar su misa, en ese momento dos relámpagos salieron de la sagrada imagen, y acto seguido se encendieron las aceras del altar mayor de la ermita.

La terrible epidemia de Matlazáhuatl
Corría el año de 1737, cuando tuvo lugar la decimoséptima (peste) en la serie de epidemias que azotaron a la población de la Nueva España desde la Conquista española, siendo ésta una de las peores de que se tenga registro. La capital agonizaba, las crónicas nos relatan que una pira funeraria ardió por más de tres meses con los cadáveres de aquellos que murieron aniquilados por la fiebre, dejando la ciudad impregnada de un hedor insoportable. Los muertos finalmente llegaron a la cantidad de 40.000 en total.
Como lo largo de la historia siempre ha sucedido, los indios y los pobres llevaron la peor parte, y las autoridades eclesiásticas argumentaban que estaban pagando por sus antiguos pecados y su idolatría; pero la epidemia no sólo fue la capital de Nueva España, pues también se extendió a los estados de Puebla y Oaxaca, cobrando también miles de vidas.
Viéndose presas de la desesperación, decidieron recurrir a la ayuda del Cielo, inicialmente se pensó traer a la Virgen de Guadalupe a la Catedral, pero esto nunca se llevó a cabo. Fue cuando el ayuntamiento, entonces solicitó la intervención divina de la Niñita Celeste, solicitando al arzobispo que se reconociera a Nuestra Señora de Guadalupe como la patrona principal de la capital. Después de miles de peticiones, la peste finalmente cedió, y la Morenita del Tepeyac fue declarado oficialmente por las autoridades como la gran patrona.

Sólo cinco años
Juan B. Galindo se encaminaba a la villa de Guadalupe, como cada 12 septiembre con su padre y su hermano, desde el Río Grande, Texas. Siempre con una manda por delante siguieron por 30 años esta tradición, hasta que murió su padre a los 55 años, después su hermano también a los 55 años. Juan siguió cumpliendo con sus mandas cada 12 septiembre en nombre de los tres, pero cuando su cumpleaños número 55 se acercaban, temió por su vida; entonces le pidió a la Morenita le concediera cinco años más de vida para terminar de educar a sus hijos.
El 12 septiembre 1996, al subir el último escalón de la Basílica, desde donde ya podía ver la imagen de la Virgen, Juan sintió un golpe en el pecho, su sobrino lo ayuda  a recostarse y antes de morir alcanzó a meter la mano en el bolsillo de su pantalón para coger la medalla de oro de Guadalupe que pertenecía su padre. En la fecha antes mencionada, se cumplían los cinco años de la promesa, ni un día más, ni un día menos.
Éstos sólo son algunos de los milagros más importantes que se han registrado en torno a la Virgen de Guadalupe, pues si intentáramos contabilizarlos y mencionarlos todos, simplemente nunca terminaríamos, podríamos pasarnos una vida entera hablando de ellos, y aún así siempre tendríamos mucho que contar.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Investigaciones hechas al manto de la virgen de Guadalupe

Estrellas, estrellas y más estrellas

Si observamos este manto detenidamente, nos podremos percatar de que las estrellas plasmadas, están representadas con mucha fidelidad, tanto que el cielo del solsticio de invierno de 1531 que tuviera lugar a las 10:40 un martes 12 de diciembre, hora de la cuidad de México. En la imagen se hayan representadas todas las constelaciones, que se pueden apreciar a la hora en que sale el sol, y el momento justo en que Juan Diego enseñase su tilma al obispo Fray Juan de Zumárraga.

Ahora analicemos detenidamente el manto de la Virgen, el cuál detrás de una aparente simpleza, encierra muchas cosas que apenas hoy en día con la ayuda de la tecnología se están descubriendo:

Si nos vamos a la parte derecha del manto podremos encontrar las principales constelaciones del cielo del Norte y en el lado izquierdo las del lado Sur, las cuáles son visibles en la madrugada de invierno desde el Tepeyac; el Este se ubica en la parte superior y el Oeste el parte inferior. Pero como el manto se encuentra abierto, todavía podemos encontrar otro conjunto de estrellas que no se señalan en la imagen, pero si están en el cielo. La Corona Boreal se encuentra en la cabeza de la Virgen, Virgo en su pecho a la altura de las manos, Leo en su vientre sobre el signo del Nahui Ollin (Sol en Movimiento), con su astro principal llamado Régulo el pequeño rey, Géminis se ubica a la altura de las rodillas y Orión en donde está el ángel. Como pudiste leer anteriormente, en el manto de la Morenita se pueden identificar todas las principales estrellas de invierno, todas ellas en el lugar donde deben de estar, solo con un margen de error ínfimo.

La proporción dorada

La proporción dorada, el aurea ó divina, son aquellas medidas que guarda el cuerpo humano, las cuáles se encuentran formadas por un cuadrado al que se le agrega un rectángulo, para de este modo formar un espacio donde el lado menor corresponde al mayor en una relación de 1 a 1.6181; a este se le denomina número áureo.

Tomando los estudios y minuciosos análisis hechos a la imagen de la Virgen, se pude decir que es de una belleza extraordinaria. De acuerdo con Alberti, una pintura deben observarse todos sus aspectos generales como el color, posición, la línea y composición; esta última se define como la unión armónica de las partes para formar un todo, constituyendo así una unidad en la diversidad de los objetos.

La proporción dorada la podemos hallar en todas las manifestaciones de índole artística; desde Egipto, Grecia y Mesopotamia, hasta la época actual. Ha sido estudiado por Euclides, Pitágoras y Vitrubio; en el Renacimiento lo hicieron Uccello, De la Francesca, Paccioli y Alberti. Miguel Ángel, Rafael, Leonardo Da Vinci y Durero la empleaban cosntantemente y aún hoy en día algunos lo hacen, como Mondrian. También se emplea en lo que es la escultura y la arquitectura, desde Ictinos en el Partenón, hasta Le Corbusier; estas proporciones se encuentran en las diferentes partes del cuerpo humano y de animales.

Viviendo a la Tilma de Juan Diego, podemos decir que la identificación de la Proporción Dorada es evidente en la Virgen de Guadalupe; ella le confiere una belleza especial y al coincidir en su desarrollo, con todos los elementos de la figura, refuerza su esencia e integridad, y con esto refuta de manera contundente, la extraña idea de que se le han hecho añadidos; también es un importante argumento a nivel estético de la imagen, que no se le puede añadir ni quitar de su lugar ningún elemento sin deteriorar su belleza.

domingo, 13 de diciembre de 2009

La Virgen de Guadalupe

El culto a la Virgen de Guadalupe está muy arraigado a la cultura mexicana, pero esta veneración nació debido a las cuatro apariciones, que ocurrieron del 9 al 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac.
Juan Diego, un indígena náhuatl, bautizado en la fe católica presencio estas apariciones y dio el mensaje de la Virgen a fray Juan de Zumárraga, el cual consistía en erigir un templo dedicado a ella en el lugar donde ocurrieron las apariciones; la “señal milagrosa” del surgimiento de la flores en le Tepeyac, la milagrosa curación del tío de Juan Diego, el cuál se encontraba gravemente enfermo. El milagro que le sucedió al obispo: la impresión de la imagen de la Morenita en la tilma de Juan Diego y por último, los efectos que tuvieron estos acontecimientos en la vida social, religiosa y cultural de México.

El Ayate de Juan Diego Cuauhtlatoatzin
La imagen de la Virgen quedó impresa en una tela de manufactura tosca hecha de fibras de maguey, la cuál era usada por los indígenas para acarrear cosas. Un ayate tenía una confección burda y muy sencilla, que podemos apreciar si observamos el manto donde se encuentra emoresa la Virgen y lógicamente, ningún pintor hubiera usado esta clase de material. La tela tiene una dimensión 1.70 x 1.05m, pero sus medidas originales eran de 2.26 x 1.55m y estaba formado por tres retazos¸ unos fueron descosidos y otros cortados para enmarcar la imagen en vidrio, que fue adquirido en España en 1647.
Durante siglos en famoso ayate paso inadvertido ante los ojos de los científicos, pero fue hasta finales de los años 60, cuando investigadores de todas partes del mundo empezaron a estudiarlo, quedando asombrados ante el significado de su simbología. Uno de los descubrimientos más importantes es el manto de la Virgen.

El manto estrellado
En lado izquierdo podemos encontrar las estrellas circumpolares del Hemisferio Norte: La Osa Mayor, los Lebreles, el Dragón, la Cabellera de Berenice y el Boyero.
En la parte derecha del ayate, los investigadores encontraron la Cruz del Sur, el Centauro, la Hidra, el Lobo, el Escorpión, Libra y Ofiuco.
En la parte interior del lado de la Virgen, hacia la izquierda se encuentran tres estrellas de Tauro que están por desaparecer en el horizonte occidental y hacia el lado derecho se encuentra Sirio.
Las tres estrellas del manto que cubre el pie derecho de la Morena corresponden a Tauro. En la parte de arriba se aprecia un cuadro semejante a la Osa Mayor y en el lado derecho se observa la Cruz del Sur; todas las constelaciones antes mencionadas representan el cielo abierto.
A pesar de esto, la configuración de las constelaciones varían en otros lugares; cuando se integran las regiones del sur y el norte, en el centro se ubican constelaciones muy importantes en la parte superior de la Virgen, enfrente de ella la corona Boreal, a la altura de sus manos encontramos la constelación de Virgo, hacia el oeste la los Gemelos, y en el lugar del ángel la constelación del gigante Orión. Así en el cielo del solsticio de invierno de 1531, aparece la constelación de la Virgen por el este, culmina el León en lo más alto del firmamento y por el este se ocultan el Toro y Orión.
Estudios hechos por la UNAM demuestran que el solsticio ocurrió el 12 de diciembre de 1531 a las 10:40 horas.

Cronología de la dulce mirada de la Morenita
Un día de 1929 un fotógrafo de la antigüa Basílica de Guadalupe llamado Alfonso Marcúe, se encontraba trabajando en el manto de la Virgen y su sorpresa fue grande cuando se percató de que en el ojo derecho se percibía la imagen de un hombre barbado. Al hacer tal descubrimiento decidió analizar meticulosamente las fotos que había tomado. Tiempo después dio aviso a las autoridades de la Basílica de este hallazgo, para lo cuál le ordenaron guardar silencio para esclarecer el descubrimiento.
El 29 de mayo de 1951, Carlos Salinas Chávez realizó un estudio similar, pero en esta ocasión fue el ojo izquierdo; a estos análisis se sumaron los del oculista Rafael Torrija Lavoignet, en 1958, quien sacara este descubrimiento a la luz pública, luego de examinar el lienzo con un potente lente.
También el Dr. José Tonsmann, especialista en imagen digital de IBM hizo un análisis de los ojos de Virgen por computadora y es considerado uno de los principales difusores de este hallazgo.

sábado, 13 de diciembre de 2008

La Basílica de Guadalupe












Dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América, se encuentra ubicada en La Villa al norte de las avenidas de Los Misterios y Guadalupe en la parte norte de la Cuidad de México. Aquí podemos encontrar varias construcciones, las cuáles iremos conociendo a lo largo de nuestro recorrido.
La construcción de éste recinto se realiza debido a que la Virgen se le aparece Juan Diego pidiendo le construya un templo a los pies del Tepeyac.
La construcción le ha llevado a lo guadalupanos ¡¡más de 500 años!!, ya que cada uno ha contribuido con su granito arena para que ésto sea posible.
A continuación narraremos los acontecimientos más importantes en orden cronológico, dividido en siglos.

SIGLO XVI
- El primer lugar donde fue guardada la tilma de Juan Diego fue en el oratorio del palacio arzobispal de México.
- Posteriormente se le construyó una ermita que es actualmente la llamada Iglesia Vieja de los Indios.
- Después sería trasladada a la ermita conocida como "ermita de Zumárraga"
-Posteriormente de 1555 a 1566, el segundo arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar reconstruyó la ermita y cambiaría su nombre a "ermita de Montúfar".
-También en éste siglo se hace la cruz atrial de Guadalupe, la cuál custodia el museo de la Basílica.

SIGLO XVII
- Después se decidió cambiar de lugar el santuario y se trasladó donde hoy es Templo Expiatorio Nacional de Cristo Rey (Antigua Basílica).
- La primera piedra fue colocada el 10 de septiembre de 1600; 22 años después fue bendecida por el arzobispo Juan Pérez de Serna.
- Los arquitectos que la proyectaron fueron Alonso de Arias y Damián de Ávila.
- A lo largo de éste siglo se le fueron haciendo varias modificaciones, es decir, fue corregida y aumentada; fue restaurada después de años de abandono y también se edificaron "sucursales" por otras partes.

SIGLO XVIII
-Ésta época fue la de más esplendor para la Virgen. Al iniciar el siglo otro santuario ya estaba en construcción.
- Se inicio la construcción del nuevo santuario, en el cuál el licenciado Ventura de Medina y su madre Isabel Picazo contribuyeron con unos donativos monetarios nada despreciables.
- Fue construido también el acueducto de Guadalupe, que surtía de agua a la Villa y al Santuario desde Tlanepantla y tenía 2,282 arcos. Se construyo desde 1743 hasta 1751
- La capilla del Pocito fue edificada entre 1777 y 1791, diseñada gratuitamente por el arquitecto Francisco Antonio Guerrero y Torres y los albañiles que participaron en su construcción tampoco cobraron.

SIGLO XIX
- En éste siglo básicamente se le da difusión a los recintos y santos del Tepeyac.
- No se hizo construcción alguno en ésta época, únicamente se le daba su manita de gato, es decir, su mantenimiento cada cierto tiempo.
- La iglesia Vieja de los Indios resguardó el estandarte que usara Miguel Hidalgo desde 1853 a 1856.
- Una aportación que favoreció el culto a la Virgen de Guadalupe fue la construcción del ferrocarril del tramo México-Guadalupe, que después se extendería a Veracruz; así los peregrinos encontraban más fácil el viaje.
- El tren recorría la Calzada de los Misterios y su terminal era en el Convento de las Capuchinas.

SIGLO XX
- Se construyeron jardines y zonas públicas para darle más realce al recinto.
-El 23 de junio de 1908 el santuario de Guadalupe fue elevado a la Basílica Menor. A partir de ese momento ya se le conoce como "Basílica de Guadalupe".
- En la Capilla del Cerrito se colocó un altar de mármol en 1913.
- La iglesia de las Capuchinas fue rescatada del deterioro de siglos.
- La actual basílica fue construida y diseñada por el prestigiado arquitecto Pedro ramírez Vázquez entre 1974 y 1976; aquí se encuentra alojada la imagen original de la Virgen. La edificación de la nueva Basílica fue debido a que la antigua se volvió riesgosa pues presenta hundimiento en sus cimientos.
- Cuenta la leyenda que desde que a la Virgen la movieron de su lugar las cosas se volvieron mal para México y que el día que sea devuelta al lugar en el que realmente quiere estar, todo volverá a ser como antes y el país mejorará.


Ya hemos visto de manera breve lo que es la historia de la Villa, ahora conoceremos los recintos que ahí se encuentran.