domingo, 29 de junio de 2014

Las esmeraldas malditas de Hernán Cortés

Dios bendice a los hombres buenos, el diablo maldice a los hombres malos. La maldición es un fluido satánico que persigue a todas las gentes por igual: les causa apenas e incluso la muerte.
Esta leyenda nos habla de una terrible maldición que los siglos no pudieron borrar, ¿quién de nosotros ha sido maldito? Esta insólita y tremenda leyenda, tuvo su origen precisamente un día 13, día de San Hipólito, del mes de agosto de 1521 cuando cayó Tenochtitlán. Los soldados del vencedor Hernán Cortés corrían entre los muertos y la sangre que empapaba las calles, llevando en sus brazos todo el oro que podían; no fueron pocas las escenas bochornosas de soldados españoles peleando entre sí, por la posesión del oro azteca, en las cuales intervenía el capitán, y los soldados echando maldiciones, tienen que obedecer y llevar el oro hasta el sitio en donde lo concentra Hernán Cortés. Con él se encuentra la Malinche, y le pide que lo acompañe al templo; ambos ascendían las escalinatas sangrientas cuando a la mujer le asalto un presentimiento terrible, su acompañante la ignoró.
Mudos de espanto y sobrecogimiento quedan Hernán Cortés y la Malinche, al hallarse de pronto en el altar de una deidad monstruosa: ¡Coatlicue!, diosa de la fertilidad y de la muerte. La Malinche señala al conquistador un receptáculo al pie de la deidad, en donde destellan cinco maravillosas esmeraldas, los ojos del conquistador sienten una extraña atracción hacia las piedras y de sus garganta sale una sola exclamación: ¡qué belleza!, sus codiciosas manos se extendieron hacia las gemas; la Malinche le advirtió que las joyas estaban malditas y su simple contacto era peligroso, pero Cortés ignoró sus palabras.
Desde que tuvo en sus manos aquellas esmeraldas, el español sintió que un influjo misterioso, poderoso, corría por todo su cuerpo, se regocijaba al contacto de las piedras; cuando sintió la presencia de un extraño y al volver el rostro, descubrió una figura imponente, era un sacerdote que al ver que tenía las joyas, le advirtió que mientras las tuviera en su poder la buena suerte le acompañaría, pero si las perdía caería sobre él la más grande de las desdichas.
Pasó el tiempo, la colonia española se estableció, levantándose sobre los restos de la ciudad lacustre, todo le sonreía a Hernán Cortés que recibía triunfos y favores; mandó montar en oro la esmeralda. Poco después se vio el conquistador obligado a marchar a España, para poner en claro ciertas cosas.
Cuando llego desembarcó en la Rápida, adonde su llegada congregó a mercaderes y curiosos, entre ellos, los mercaderes genoveses que al ver la joya en la armadura, se le acercaron interesados para saber en dónde la había adquirido, después le hicieron varias ofertas muy tentadoras para que las vendiera, pero por obvias razones no lo hizo. Fue tanta la fama de aquellas esmeraldas, que en toda España no se hablaba de otra cosa, la noticia traspuso los muros palaciegos y llegó a oídos de la emperatriz Isabel, esposa del rey de España Carlos V, quien quería tener en su poder aquellas joyas.
A regañadientes, pues Cortés no tenía carácter de cortesano, accedió a permutar por dinero y concesiones en la Nueva España aquellas esmeraldas; entonces, no supo decir nunca si dormido despierto, vio ante él a la monstruosa Coatlicue y al sacerdote azteca, y sintió que la deidad gigantesca e impresionante se le caía encima. Atraída por los gritos, llega ante él una de las sirvientas para saber qué le ocurría, a quien le dijo que solamente había sido una pesadilla.
Al día siguiente, cuando el conquistador fue a ver al rey, había cambiado de opinión y se negó rotundamente a entregarle las joyas, explicándole que algo invencible lo obligaba a permanecer junto a las piedras. Deseoso de resarcirse de sus pérdidas, Cortés va en busca de su esposa Juana, a quien le exige la entrega de las gemas, después de luchar contra su marido, Juana logra zafarse de sus manos y sale aterrorizadas y el patio, gritando; furioso la alcanza y la toma por el cabello, intercambiando golpes e insultos, ante la mirada de los capitanes que se abstienen de intervenir. Vencida al fin la mujer, le grita mientras le arroja una llave en donde guardaba las esmeraldas, y apenas acabo de hacerlo se hizo presente la maldición, puesto que se estaba separando de ellas por propia voluntad: el conquistador le propina un golpe que la hace caer dentro de un pozo.Y dicen las crónicas orales que recogió la colonia, que Cortés nada hizo por sacar de allí a su esposa, y así ella se convirtió en la primera víctima del maleficio verde que despedían las esmeraldas malditas.
Transcurre el tiempo, y el conquistador es enviado a esa malhadada expedición a Argel, entonces uno de sus soldados repara en la joya, a quien le explicara que son un amuleto. Y Cortés tuvo suerte, mientras llevó las gemas encima, quedó demostrado durante aquella tormenta que sorprendió a la escuadra española; en la vía "Esperanza" en que viajaba, se hizo pedazos contra unos riscos. El conquistador envolvió las esmeraldas en un pañuelo, incluso la de su armadura y se lanzó al agua; de todos cuantos iban a bordo, fue el único en salvarse, pero al llegar a la playa y tocarse el costado en donde llevaba el pañuelo, palideció de angustia al darse cuenta que había perdido las gemas.
Desde entonces, tal y como se lo dijo el sacerdote ante la diosa Coatlicue, la desgracia y el infortunio persiguieron a Cortés ya que fracasó también en su expedición a California, en cuya preparación gastó 300.000 escudos, quedándose sin nada. Destrozados por las largas caminatas, hambrientos y enfermos, los soldados sólo hallaban un poco de reposo durante el sueño, menos el conquistador que noche a noche era perseguido por aquella visión, que nunca supo si era sueño o realidad.
La desgracia seguía cebándose sobre él, ya viejo el pobre. Así como le era imposible rescatar las esmeraldas, también le era trasponer las puertas de palacio, había vuelto a España tratando inútilmente de ser recibido por el rey. Meses y meses pasaron sin que Cortés pudiese entregarle al rey su memorial; en esa espera lo sorprendían las noches y la lluvia.
Al fin un día, la carroza del rey de España sale de palacio y el conquistador decide interceptarla, pero del monarca no recibió más que el desprecio. Y así, enfermo, abandonado y viejo, Hernán Cortés murió el 2 diciembre de 1547, en el pueblo de Castilleja de la Cuesta, en Sevilla, España.
¿Qué había sido pues de las esmeraldas malditas halladas por Cortés a los pies de Coatlicue? Cuenta la leyenda que en el siglo XVII, unos pescadores las hallaron en una playa del mar Mediterráneo. Si eran, las esmeraldas malditas cuya posesión y contacto, traían triunfos y fortuna, así lo había dicho al conquistador el sacerdote azteca, y así se cumplía la profecía. Y al pescador, las joyas le prodigaron ambas cosas poco tiempo más tarde, dándole éxito en el negocio pesquero mientras las tuvo en su poder, pero cuando se le ocurrió darlas en venta a un anticuario, y tres días más tarde encontró la muerte.
Ese mismo anticuario partió a Sevilla con el fin de vender las esmeraldas, sin saber que tras él llevaba la terrible maldición. Al día siguiente de su arribo, celebró un trato con el anticuario francés Pierre Leclerc, y casi al salir del negocio, el vendedor encontró una muerte inexplicable. En cambio Pierre, comenzó a tener una clientela que jamás sueño y al ganar dinero en negocios inmediatos; entre los clientes se encontró al matrimonio García de Gálvez, quienes compraron las joyas por una muy buena suma.
Al día siguiente los esposos nuevos poseedores de las gemas, embarcaron hacia la Nueva España, y al mismo tiempo allá en la tienda, la justicia hallaba muerto al anticuario. Fue así como llegaron de nuevo a su lugar de origen, aquellas cinco esmeraldas que protegían una maldición.
Como todos en este siglo, trataban de ostentar riquezas e influencias ante la corte virreinal de la colonia. Las joyas se mandaron mutilar y montar en un collar, para que doña Juana García de Gálvez lo luciera en uno de los bailes de la corte. La maldición decía que al separarse de las esmeraldas, caería la desdicha y el infortunio, ¿pero qué sucedió al destrozarlas? Una noche doña Juana tuvo un extraño sueño que la despertó, pero sin darle mucha importancia se volvió a dormir.
Al día siguiente, en su recorrido los esposos se detienen ante una excavación, en donde al fondo del agujero se encontraba la colosal imagen de la Coatlicue; la diosa se había padecido la noche anterior en el sueño de Juana, para advertirle que nunca se deshiciera de las joyas, sino ambos morirían. Al no poder mover la deidad, decidieron cubrirla nuevamente con tierra.
Y doña Juana lució durante años, su collar de esmeraldas en fiestas palaciegas, y cuentan las viejas crónicas que es su esposo gustaba ir de noche en noche, a admirar las extrañas gemas restantes.
Han transcurrido los siglos y esas esmeraldas parece que se han perdido definitivamente, y con ellas la maldición; pero ésta sigue persiguiendo a don Hernán Cortés, a pesar del correr de los siglos. Quizás si las gemas volvieran a los restos del conquistador, donde quiera que se encuentren, la paz definitiva, batalla que no ha ganado Cortés aún, sería factible.

domingo, 22 de junio de 2014

Hospital de la Purísima Concepción o de Jesús Nazareno

El sitio que ocupa el hospital, antes de la conquista se llamaba Huitzillan, que fue en donde sucedió el primer encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés. En el libro de cabildo, en el año de 1524 se habla ya de este hospital, el primero establecido en el Continente Americano y cuya labor asistencial se ha mantenido sin interrupción hasta nuestros días.  Al hospital en los primeros años se le llamó Hospital de la Purísima Concepción, en los inicios de la Colonia el pueblo también le llamaba el Hospital del Marqués, después se le cambió a Hospital de la Limpia Concepción de nuestra Señora, más tarde Hospital de la Concepción y Jesús Nazareno, y al final se quedó con el nombre de Hospital de Jesús.
Cortés destinó para su fundación la manzana entera que ocupan la Iglesia, el hospital y otros edificios pertenecientes a este; la disposición de este lugar parece haber sido desde su origen la misma que ahora tiene, pues casi todas sus paredes son antiguas, sin que se advierta alguna alteración notable. Hernán Cortés y sus descendientes directos, estuvieron a cargo del Patronato perpetuo del Hospital de Jesús, por lo que el Segundo Patronato fue de su primogénito Martín Cortés, hijo de su segunda esposa doña Juana de Zúñiga, y después de él, lo fue don Pedro Cortés, tercer Marqués del Valle. Durante 400 años los descendientes del conquistador estuvieron ligados a la administración de esta institución, el último de los cuales fue el Príncipe Pignatelli, muerto en un accidente en Estados Unidos alrededor de 1932.
Es muy probable que los inmuebles fueron trazados por Pedro Vázquez. Las salas de enfermería forman un crucero, reuniéndose como punto central en la capilla, para que los enfermeros puedan escuchar misa; las habitaciones de capellanes facultativos y enfermero, independientes entre sí se comunican con la enfermería, y la iglesia separada de todo, sólo tiene por el hospital las entradas precisas para su servicio. Desde su inicio, contó con prácticamente dos departamentos, uno de 20 camas para hombres y otro de 11 camas para mujeres.
Esta fue probablemente la segunda Iglesia de México, pues antes de que se estableciera la parroquia que se formó en la plaza, dentro del recinto del templo mayor, que sirvió por mucho tiempo para la administración de los sacramentos; ya que Cortés había hecho establecer una capilla para la celebración de los oficios divinos en el templo de Huitzilopochtli, antes de la conquista de la ciudad, dejando esta por varios años sin Iglesia, hasta la venida de los franciscanos.
El hospital estuvo en su principio a cargo del padre fray Bartolomé de Olmedo, quien fue uno de los mejores administradores que haya tenido, ya que su persistencia e interés por esta obra pía, consiguió muchos donativos en aquel entonces a favor de esta institución, más aparte los fijados por don Hernando en su testamento; cuentan las crónicas que con este religioso murió los indios habían estado todo el tiempo, desde su fallecimiento hasta que lo enterraron, sin comer bocado.
Habían pasado ya 130 años sin que el hospital tuviera otra Iglesia, cuando dos circunstancias accidentales proporcionaron lo que hoy existe; vivió en México a mediados del siglo XVII un hombre extraordinario por su actividad, su celo y por el influjo que su virtud y caridad habían hecho adquirir; éste fue el Bachiller Antonio de Calderón Benavides, que nació en esta capital en el mes de junio de 1630. El capitán Pedro Ruiz de Colima, que gobernaba el Estado y Marquesado de Valle durante 1662, nombró Benavides capellán mayor del hospital.
Por aquellos días falleció Petronila Gerónima, india rica, en su oratorio tenía una imagen muy venerada de Jesús Nazareno, la que en su testimonio mandó se sorteará entre cinco iglesias que designó, debiendo ser donada a aquella quien la suerte favoreciera; entre ellas se encontraba la del hospital de la Purísima Concepción, y a ésta le tocó la suerte por tres veces el sorteo se repitió. El celo y relaciones del nuevo capellán, y la veneración de la imagen de Jesús Nazareno, hicieron abundar las limosnas, que ayudando a los fondos del hospital proporcionaron lo suficiente para qué en poco tiempo se terminara la Iglesia, a la cual el hospital mismo el uso común hizo cambiar de nombre, conociéndose desde ese entonces como el de Jesús Nazareno.

Avances en la medicina y médicos destacados

El doctor Pedro López, el primero de la dinastía de este nombre de médicos famosos en la Nueva España, y que fue designado protomédico en 1527, por encargo de Román Cortés, estuvo en el Hospital de Jesús; este doctor había acompañado al conquistado en su viaje a las Hibueras, regresando años después a la Ciudad de México. Pedro López fue uno de los médicos más importantes de la época, que trabajó en esta pía institución, y según parece hizo las primeras disecciones.
Fray Bernardino Álvarez, después de trabajar por más de 10 años, enfermero, comenzó una cruzada en favor de la fundación de centros hospitalarios en la Nueva España; y para 1556 este fraile del Hospital de Jesús, fundó el primer Hospital para Enfermos Mentales, que fue el primero de su tipo en el Continente Americano, que conocemos como San Hipólito y desempeñó sus funciones durante tres siglos y medio.
En 1646, casi un siglo después de fundado el Hospital, se llevaron a cabo las primeras autopsias del Continente Americano, para el conocimiento de la enseñanza anatómica de los estudiantes de la Real y Pontificia Universidad de México, hechas por el médico Juan Correa y el doctor Andrés Martínez de Villavisiosa; este primero también era cirujano del Santo Oficio.
En 1715, gracias al impulso que le dio el personal del Hospital, se estableció en este lugar la "Regia Academia  Mariana Práctica Médica", que durante el siglo XVIII desempeñó una labor complementaria muy importante en la enseñanza médica de la Nueva España.
En tiempos más recientes, la administración de la institución, y después de cuatro siglos, ha estado en manos de médicos mexicanos sin relación filial con el conquistador de México. En 1932 asumió el Patronato un médico mexicano, trabajador y honesto que dedicó su vida profesional, mejorando las instalaciones, el equipo, entre otras; el doctor Benjamín Trillo, duró como Patrono 30 años, muriendo en 1962. En diciembre de 1963, Gustavo Baz, un eminente médico, toda una institución en la vida pública del país y un hombre que aportó mucho al mundo de la medicina, asumió el Patronato hasta agosto de 1976, dándole una nueva proyección a los servicios médicos asistenciales.

Para conocer más sobre el Hospital de Jesús, te puedes dirigir al sitio:


domingo, 8 de junio de 2014

El Callejón de la Condesa

Cualquiera que camine por las calles de México conoce cierto callejón llamado de la Condesa, ubicado junto a la Casa de los Azulejos, y que fue célebre por cierta anécdota que se cuenta de dos hidalgos que demostraron un amor propio exagerado.
Al callejón que desde entonces ha sido estrecho, un buen día entraron por sus extremos opuestos dos hidalgos en sus respectivos coches, que eran enormes según la moda de aquellos años, de esos,  de amplias cajas para que dentro cupieran hasta cuatro personas, de alto pescante, y anchas portezuelas; y claro, no cabían ambos vehículos al mismo tiempo, de modo que para pasar uno tenía que ceder el paso al otro, y eso de retroceder no entraba en la voluntad de ninguno de los dos personajes.
Discutieron, alegaron razones más o menos contundentes, dijeron que su nobleza, que sus pergaminos, que el lema de sus cuarteles, que las hazañas de sus antepasados, no les permitían dejar el paso a nadie fuere quien fuere, y hubo un momento en que las tizonas iban a dirimir el pleito, lo que evitaron las autoridades reunidas en el lugar del suceso, terminando por meterse cada uno en su carruaje, en donde estuvieron por tres días sin salir del mismo, como si estuvieran en sus respectivas casas.
La condesita Martina, que vivía en una de las mansiones de aquella calle, se asomó a la ventana detrás de las cortinas, atraída por el escándalo que había afuera, entonces vio brillar las espadas y ordenó a su lacayo recurrir a las autoridades.
Pero daba la casualidad de que la condesa quería hacer salir su propio coche, y no tenía por el momento algún caballero que sacara la cara por ella; cansada de estos soberbios y prepotentes varones, hace una petición formal en una carta redactada y escrita por su confesor, para que acudieran las autoridades competentes lo antes posible a resolver el problema que le impedía salir de su propia casa.
Los jueces intervinieron, los abogados de los ilustres señores no dejaron de consultar textos legales, para probar que su respectivo cliente debería ganar el asunto, y hasta el mismo Virrey, después de reír bastante de la tenacidad de ambos contendientes, ordenó sin réplica alguna que los coches deberían retroceder al mismo tiempo, y salir por donde habían entrado, el uno hacia la calle de San Andrés, y el otro hacia la Plazuela de Guardiola, veredicto que se cumplió al pie de la letra, quedando así en su verdadero lugar la rancia nobleza que tenían aquellos tercos mancebos. Lo que no dice la tradición es el nombre de caballeros tan arrogantes y tan difíciles de convencer.
Desde aquel acontecimiento tan pintoresco, aquel lugar se le conoció como el Callejón de la Condesa, y todavía están nuestros días lleva dicho nombre.