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domingo, 24 de abril de 2016

Nachito (Guadalajara)

Nachito, a decir de los testigos, se pasea desde hace décadas por el cementerio (panteón de Belén, en el centro de Guadalajara) cuyo valor histórico es tal que cuenta con la protección del Instituto Nacional de Antropología e Historia, y está arreglado como Tesoro Arquitectónico Nacional. Y no sólo eso; es que además allí se encuentra la tumba del pequeño, sobre la que siempre flores frescas…
La historia que da pie a esta leyenda no es menos siniestra. Los comienzos los encontramos en el año del hambre, de 1785 y 1786, cuando la ciudad se vio asolada por una terrible hambruna que llevó por delante a demasiada gente. Los cadáveres se repartían por las calles, delgados, muertos de hambre. Los cementerios se vieron saturados de difuntos, por lo que el obispo fray Antonio Alcalde ordenó la construcción de un camposanto junto al hospital. Esta orden se dio 1792, y por una serie de vicisitudes que no vienen al caso, no se terminó hasta julio de 1843, cuando al fin fue inaugurado con el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, más tarde Belén y Santa Paula, para finalmente quedarse con el actual Panteón de Belén. Pues bien, es en ese período cuando comienzan a producirse fenómenos extraños, que acaban por dar una fama tremenda a uno de estos supuestos fantasmas: el de un niño llamado Nachito.
Pero, ¿quién es este Nachito? En el libro Fantasmas, la otra realidad; se afirma que “Ignacio Torres Altamirano nació el 24 de mayo de 1881. Se dice que al nacer, el médico que atendió el parto, quedó aterrado al ver que el niño lloraba cuando se quedaba en la oscuridad. El padre de Nachito ordenó colocarle lámparas de aceite alrededor de su cuna, las cuales debían estar encendidas toda la noche. Un descuido hizo que los sirvientes olvidaran agregarle aceite a las lámparas, haciendo que esta se apagaran durante la madrugada. El niño despertó y al darse cuenta que estaba en plena oscuridad, murió a causa del terror que sintió”.
La cuestión es que una vez fue enterrado, apenas transcurridas 24 horas, el sepulturero se quedó helado al comprobar que aliena había desenterrado el ataúd. Asustado, devolvió la caja a su agujero, pero un día después comprobó que de nuevo había sido desenterrado. Y así durante dos semanas…
Los responsables del cementerio hicieron saber a los familiares de Nachito lo que estaba ocurriendo, y éstos decidieron dejar el féretro en el exterior, iluminado por cuatro antorchas que no deben apagarse jamás el motivo es sencillo: los familiares determinaron que el miedo de Nachito a la oscuridad no cesó ni después de muerto…
Continuaba el citado libro relatando que “a partir de este momento, surge la leyenda de que en el Panteón de Belén se aparece el fantasma de Nachito. Los panteoneros dicen haberlo visto, así como los días de turistas (estos con mayor razón) al igual que los pseudo investigadores de lo paranormal, han aprovechado esta leyenda para hacer sus fraudes y montajes”.
Montaje o no, lo cierto es que los testigos se cuentan por decenas, y conforme se acerca la Navidad parece que aumentan. Primero porque son más los que deciden visitar su tumba y dejar una enorme cantidad de muñecos sobre la misma. Y segundo, porque la tradición asegura que sale a pasear durante la noche, buscando a alguien entre lamentos que le dé dulces, como el niño que es. Lamentos que han sido grabados en otras ocasiones a través de grabadoras digitales, en las que se pueden escuchar voces muy sugestivas. Y todo ello junto a una tumba que siempre está iluminada…

Fuente: Revista Enigmas. Número 234.

domingo, 10 de agosto de 2014

Criptas Arzobispales

Con el objetivo de que los restos de los Arzobispos tuvieran un lugar como corresponde a su investidura y al igual que ocurre en la mayoría de estas edificaciones, en la Catedral Metropolitana se construyeron Criptas para los Arzobispos.
Fue hasta el año de 1937, cuando el Arzobispo Primado, Monseñor Luis María Martínez y Rodríguez (1937-1956) que se comenzaron las excavaciones bajo el Altar de los Reyes; siendo posible que poco a poco se reunieran la mayor parte de los restos para depositarlos en los nichos correspondientes.
Al mismo tiempo también se iba construyendo la zona que conforman las criptas familiares compuestas aproximadamente por 10,000 criptas; éstas se ubican en pequeños espacios en forma de capilla y al igual que las 14 capillas que hay en la parte interior del templo catedralicio, cada grupo de nichos tienen la misma dedicación. A esta zona de criptas por tratarse de particulares, únicamente tienen acceso quienes adquirieron este derecho.
El espacio dedicado a la Cripta de los Arzobispos, consta de un hemiciclo en el que hay 79 criptas, llegando únicamente hasta el número 40; algunas están selladas con placas de bronce en las que está grabado el escudo de cada arzobispo, al igual que las fechas de inicio y término de su nombramiento; a esto se agrega que no en todas están depositados los restos, pues se dio el caso de que algunos no cubrieron su cargo por diversas causas.
En el centro del recinto hay un altar realizado en cantera, sobre el cual se celebran misas en ocasiones especiales. En la parte alta de la bóveda veremos un arco sobre el que esté escrito una frase en latín que dice: “Luz perpetua para ellos”. En la parte inferior del altar a modo de basamento, hay una piedra prehispánica cuyos lados fueron cortados para que encajara con la estética; dicha pieza forma parte de los hallazgos realizados durante las excavaciones bajo la Catedral y sirvió como base de columna de la Primitiva Catedral.

El 19 de noviembre de 1954, al celebrarse las bodas de oro sacerdotales de Monseñor Luis María Martínez, bendijo la Cripta Catedralicia donde se depositaron los restos de Fray Juan de Zumárraga (1528-1548) y de Don Pascual Díaz Barreto (1929-1936).
La entrada está cripta cuenta con una reja especial, pues fue hecha con la lápida de mármol que cubrió la tumba de Monseñor Don Juan de Mañozca y Zamora (1643-1650); tiene grabado en uno de sus lados con plomo derretido, la biografía de este personaje, y en el otro, el escudo de armas de España.
En el interior de la cripta y a los lados de la reja hay cuatro espacios en los muros con forma de gaveta, que llevan por nombre catafalcos (también conocidos como pudrideros), cuya función es la de guardar en su interior el féretro con el cuerpo del Arzobispo fallecido. Esto se comienza a realizar a partir de la muerte de Monseñor Luis María Martínez Rodríguez, ya que fue el primer cuerpo que ocupó una de las gavetas. El segundo cuerpo depositado fue el de Monseñor Miguel Darío Miranda y Gómez (1956-1977) y por último, Don Ernesto Corripio Ahumada en el año 2008; los dos últimos cuerpos aún permanecen en estas gavetas hasta que transcurra el tiempo necesario en años, para colocarlos en su nicho.
En el caso de Monseñor Luis María Martínez y Rodríguez, debido a su trayectoria, actualmente siervo de Dios y se está en espera de su beatificación, por tal situación, sus restos fueron exhumados y depositados en una de las capillas de la Catedral.
Al ingresar a las criptas, lo primero que se puede admirar es el monumento dedicado a la memoria de Fray Juan de Zumárraga, cuyos restos fueron colocados en el primer nicho. Al frente de dicho monumento hay una pieza prehispánica tallada en cantera que tiene la forma de un cráneo, que simboliza la muerte de acuerdo con la cultura mexica, al igual que el tallado alrededor de la base. En lo que se refiere al resto de la plancha, están grabados los símbolos que muestran la orden a la que perteneció Zumárraga, su escudo, su cargo y en su casulla está grabada la imagen de la Virgen de Guadalupe, indicando que durante su cargo sucedió el Milagro de las Apariciones.
En la bóveda, justo a la altura del monumento de Zumárraga está la Cruz de Jerusalén, y en forma lateral hay dos rejas pequeñas, en una de las cuales se conservan dos esculturas hechas de madera de una sola pieza, que representa la figura de dos canónigos que formaron parte del Cabildo Metropolitano, y fueron tallados por Miguel Ángel Soto Rodríguez.
Antes de que se construyera la Catedral que vemos hoy, hubo otra de 1523 a 1626, que fue demolida para edificar la actual, y no fue sino hasta 1937 que se construyeron las criptas. Con su estilo sobrio, representan una parte muy importante de la historia de la Iglesia en México. A 300 años de haberse terminado de construir este lugar, sigue invitándonos a conocer sus tesoros, en historia, leyendas, arte y religión.

domingo, 26 de mayo de 2013

Antiguo Panteón de Santa Paula

ESTA HISTORIA ES COLABORACIÓN DE GUILLERMO FÉLIX, UN APASIONADO DE LAS HISTORIAS Y LEYENDAS DE NUESTRO MÉXICO


En los escritos de los antiguos cronistas con frecuencia lee uno sobre el panteón de Santa Paula, muchas veces acompañado de una foto que muestra una elegante y lujosa tumba rodeada de árboles. Estuvo situado en el rumbo de Santa María la Redonda, a la altura de la Plaza de Garibaldi. En lo que es hoy Paseo de la Reforma Norte y las calles que allí convergen Moctezuma, Mosqueta, Camelia y otras más estuvo el cementerio de Santa Paula que perteneció al Templo de Santa María la Redonda.
Las crónicas cuentan que fue establecido formalmente hacia 1784, aunque operaba desde 1779, año en el que la viruela volvió a diezmar ferozmente a la población, particularmente a la de bajos recursos. El hospital de San Andrés, dueño del cementerio, dispuso un espacio especial en la orilla para los que morían de la epidemia y evitar en lo posible el contagio a través del aire, que pensaban que esparcía la enfermedad.
El sitio contaba con una bella capilla, consagrada al Salvador, y 35 sepulcros para personas pudientes que, por humildad, quisieran ser enterradas ahí. No era un cementerio público: durante muchos años sólo fueron sepultados los pacientes del hospital de San Andrés. Uno de los benefactores más importantes del nosocomio, don Manuel Romero de Terreros, pidió ser sepultado en el lugar, rodeado de la gente a quién siempre buscó socorrer; entre otras obras pías, fue benefactor del Monte de Piedad, fundado en 1775 por su abuelo, don Pedro Romero de Terreros.
En 1836, ya en el México Independiente, fue declarado cementerio general y todas las personas que morían en la Ciudad de México tenían que ser enterradas en él. Unos años más tarde surgieron otros panteones, pero Santa Paula se volvió el de moda. Entre quienes buscaron ocupar un sitio en ese lugar, aun adelantándose a su momento final, estuvo Antonio López de Santa Anna, quien dispuso que la pierna que había perdido en combate, en 1838, fuese sepultada en Santa Paula, en solemne ceremonia, a la que acudió numeroso público; dos años más tarde el mismo pueblo profanó la tumba y arrastró la pata por toda la ciudad.
Esta fue la última morada de doña Leona Vicario (1789-1842) quién, por cierto, vivía en una bella casona que todavía existe, en la Plaza de Santo Domingo. Otros huéspedes distinguidos fueron varios combatientes de la defensa del Molino del Rey y del Castillo de Chapultepec, durante la invasión estadounidense de 1847; entre otros, Lucas Balderas y Felipe Santiago Xicoténcatl.
En ese lugar eran sepultadas personas de escasos recursos. Por humildad, ahí se hizo enterrar el primer Conde de Regia. También fue última morada del Gral. Melchor Múzquiz, presidente interino de la República (del 14/08 al 25/12 de 1832), y de la última virreina de México, María Josefa Sánchez Barriga y Blanco de O´Donojú, quien nunca pisó salones del palacio virreinal ya que su esposo, antes de llegar a la Ciudad de México, suscribía los Tratados de Córdoba en los que se reconocía la Independencia de la Nueva España, dejando así de regir sus destinos.
 A mediados del siglo XIX, el cementerio fue decayendo y en 1869 el gobierno capitalino ordenó su clausura. El crecimiento de la ciudad fue devorándolo, subsistiendo milagrosamente la linda capilla y su plazuela El último vestigio de Santa Paula, la capilla de San Ignacio de Loyola, que servía como frontispicio, sobrevivió hasta 1963, cuando fue demolido para ampliar Paseo de la Reforma hacia el norte.  


domingo, 4 de noviembre de 2012

Misa macabra en el panteón de Saucito (Sucedió en San Luis Potosí)


De las ciudades de más sabor colonial, en América destaca San Luis Potosí; y al igual que la antigua capital de la Nueva España, es pródiga en leyendas y sucedidos. Macabra es esta leyenda potosina, que nos habla de misa oficiada y presenciada por espectros, teniendo como escenario el conocido cementerio de El Saucito.
Aún hay gentes en San Luis que recuerdan la cadena de hechos sobrenaturales que rodean este sucedido, y esto nos da pauta para iniciar el relato. La escena macabra mencionada, al parecer la vio  por penúltima vez en 1909 consuelo Meléndez viuda de Hinojosa; se sabe que alguien más la presenció, pero no vivió para contarlo. Con los ojos desorbitados por el miedo y sintiéndose desfallecer, la señora Meléndez logra llegar al centro de la ciudad y llamar desaforadamente ante la puerta de la casa del señor cura Antonio Cabañas; lo inoportuno de la hora y el estado de cosas de la época, hace que el cura tome tiempo y precauciones antes de abrir, al ingresar a la vivienda la mujer, le contó al religioso las macabras apariciones que había presenciado hace unos momentos. Curiosa la señora le pregunta de dónde surgieron los espectros, el cura  le contesta que estos sucedidos se remontan a la época de la Colonia, y decide contarle el origen de aquellas misas. Sentémonos y escuchemos ahora el relato del señor cura.
Este sucedido comienza en la entonces capital de Nueva España. Estamos en el segundo tercio del siglo XVI; de España había llegado en un maduro caballero llamado don Rodrigo de Quevedo y Coronado, con una cédula real que ordenaba se le debiese la mejor encomienda. el virreinato trataba de un millar a los descendientes de Cortés y por eso la encomienda que correspondía a Martín Cortés, se le dio a don Rodrigo. al caballero le parecía poco y creyéndose el mismo rey de España, exigía más y más; así era él, inconforme, y cada vez que alguien le preguntaba acerca de la encomienda, lo único que hacía era quejarse de todo el tiempo, acusando a sus esclavos del ladrones, patanes y haraganes.
Las condiciones en que trabajaban los indígenas en la encomienda de don Rodrigo, eran miserables e inhumanas, todo esto por su afán de enriquecerse  más rápidamente como lo había prometido al rey de España; y cada vez que el capataz le rendía cuentas del producto de su encomienda, estallaba el cólera, recortando cada vez más los gastos y matando de hambre a los esclavos. Los  pobres infelices en esas condiciones caían agotados sobre los surcos; y en esos momentos aparece la siniestra figura de don Rodrigo tiene hecho una fiera, descarga una tanda de latigazos sobre aquellos inocentes; una y otra vez cae el látigo sobre las espaldas desnudas y las flácidas de aquellos infelices, hasta que el capataz decide intervenir para decirle que lo único que está azotando son cadáveres, pues aquellos hombres ya habían muerto de hambre y agotamiento.
Tantos desmanes cometió don Rodrigo, tantas injusticias y muertes, que el virrey decidió intervenir para terminar aquello, para lo que manda llamar a Palacio al ilustre conde de Montalbán, a quien le dio tan delicada misión; ambos estuvieron cambiando impresiones, y entre la plática comentaron que era necesario dotar de tierras a un descendiente de Alvarado. Sin pérdida de tiempo el conde va a casa de un don Rodrigo y habla con él, explicándole que por fin el rey le había concedido el tan anhelado potosí que tanto había deseado; sin pensarlo dos veces aceptó y hechos todos los preparativos se encamina a buscar sus anheladas tierras. Semanas después llega al valle en donde hoy se levanta la hermosa ciudad es San Luis Potosí, viendo don Rodrigo que aquellas llanuras inhóspitas de las que ha sido nombrado dueño y señor, no son las tierras veraces que soñara, pero pidiendo información se dio cuenta que el verdadero tesoro se encontraba tierra abajo: ¡yacimientos de oro y plata!
Tiempo más tarde, como una atalaya que vigilaba adusta que el feudo interminable, le fue construida al caballero una casona de buena fábrica; desde ahí salían diariamente en busca del ansiado potosí grupos de indios mandados por un español. Bajo condiciones terribles recorrían grandes distancias, en busca del mineral que ansiaba don Rodrigo; los indios aquella comarca buscaban también riqueza empleando el método de sus ancestros, que consistía en tirarse de barriga hacia dónde sale el sol, buscando entonces un vapor que debía escapar de la tierra. Cuando descubrían ese vapor casi imperceptible corrían hacia allá sin perderlo de vista, y excavaban con manos rápidas y deseosas, como si temieran que la riqueza mágica se les fuese escapar. En efecto, varias piedras de colores con que los antiguos indios fabricaban collares y adornos, brillaban al sol en las manos de los indígenas; presa de emoción, pensando en servir a su amo y ser recompensado, el español las llevó ante él aquellas piedras brillantes, pero se le cayeron las salas del corazón cuando el señor le dijo que sólo eran guijarros que no servían para nada. Conforme pasaban los días, don Rodrigo enloquecía pensando en oro, pues sus nuevos dominios casi no producían, ya que la gente la dedicaba buscar afanosamente el mineral amarillo; con el crecimiento de la ambición del caballero, igualmente la población iba en aumento, ya ella llegaron un día dos hermanos expertos gambusinos. Eran los hermanos Juan y Pablo de la Rosa, recién llegados de España en busca de fortuna, y ambos naturalmente encontraron acomodo con el hombre a quien la ambición de oro consumía; buscaron y rebuscaron un indicio del valioso metal, pero no había indicios de éste por ningún lado. Después los dos hermanos se enteraron de que los indios, arcano se extraía mineral de un antiguo socavón y deciden experimentara, pero transcurrieron los meses y los hermanos finalmente admiten su fracaso ante su tirano patrón; el español fija su mirada llena de odio y de locura en el canal que corre cerca del túnel de la mina y entonces se le ocurren una idea monstruosa: le ordena a los hermanos que ingresen a la mina y que miran cuantas varas habían excavado, ellos penetran al interior en donde hay más de 200 indios; tan pronto como han enterrado, don Rodrigo ordena a dos de sus más serviles capataces que desvíen el canal hacia la mina, y bajo la amenaza de su patrón, desvían el agua que comienza a correr a raudales al interior de la mina. En el interior las escenas de muerte y desesperación son horrorosas: gritos, ingresos y hayes lastimeros. Después del acto tan criminal, durante varios días el hombre codicioso no sale de su casona, después se debe vagar enloquecido por el valle exigiendo oro.
Conforme pasan los días, los remordimientos empiezan a clavarse en el alma seca y dura de don Rodrigo, el castigo del Señor no se deja esperar y empieza a ver aterradoras visiones; tanto crimen, tanto mal lo está pagando el soberbio señor con noches y días plagados de imágenes terribles que empiezan a hacer que pierda la razón. Cuenta la leyenda que una noche se le aparece un rey, mas no el de España, si no San Luis rey santo patrono de San Luis, entonces el reaparecido le muestra un impresionante procesión fantasmal y lo incrimina, acto seguido don Rodrigo clama, implora y ruega por que algún día el perdón le  sea otorgado. Lo que sucedió aquella noche en el alma de don Rodrigo, se vuelve conjeturas; al día siguiente se le vio vagar por las calles del poblado, y a cuanto menesteroso encontraba a su paso, fuera indígena o hispano, le llenaba las manos de oro.
Los españoles que llegaban para radicar en lo que sería San Luis Potosí, lo veían asombrados y extrañados cuando les detenía para rogarles les perdonara sus ofensas; en cuanto a leprosos y llagados que causaban repulsión de todos, don Rodrigo parecía buscarlos, no dudaba en desgarrar sus finas ropas y con ellas vendar las llagas putrefactas y espantosas. Y sucedió que un día llegó por estos lares, la dulce figura de un fraile franciscano misionero, llamado fray Benedicto de Guzmán, que de tan bueno tenía fama de Santo, y fue hasta este don Rodrigo para implorarle el perdón de sus pecados; le besa su saya polvosa t desgarrara, y besa sus pies con lobo de todos los caminos, después el fraile le impone 12 penitencias y que su confesor oficie una misa de cuerpo presente, cuando Dios le llamara al pecador a rendir cuentas.
Pero todavía tuvieron que transcurrir 24 largos años, antes de que don Rodrigo muriese. Entonces doña Soledad García Coronado, familiar del difunto, presenció la apertura del testamento del muerto, puesto mucho antes en manos del notario; en dicho documento tendría como última voluntad que  ciertas personas estuvieran presentes en su misa, el problema es que los hay nombrados ya estaban muertos. Con el fin de dar cumplimiento al testamento, doña Soledad viene a la capital, en donde habla con una hija de Juan de la Rosa para pedirle que asistiera a dicha misa, pero la muchacha se negó rotundamente; el segundo paso de la dama fue ir en busca del padre Ledesma, y se llevó la sorpresa de que había fallecido; después acude con el heredero del conde de Montalbán sin éxito alguno. La mujer regresa a su casa de San Luis, en donde rezagando cuenta a Dios de que hizo todo lo posible para que la misa se llevara a cabo.
Pero la voluntad de Dios es inmanente; tres años después, cuando doña soledad rezaba un rosario por el sufragio de don Rodrigo muerto tres años atrás, algo sucede: se escuchan cantos funerarios por la calle y como si la llamaran, se ve impulsada a asomarse a la ventana, y ante sus ojos aparece un cortejo fúnebre, y extrañamente aquellas personas se le hacían conocidas. Desde ese momento ya no tiene voluntad doña Soledad, y como si extrañas voces le ordenaran, se lanza en pos del cortejo; caminar deprisa pero no logra darles alcance, pero aún así les ve entrar al panteón de El Saucito, a la luz de la luna la mujer ve que se celebra una misa de difuntos, con cuerpo presente; da vuelta por entre unas tumbas para ver quién es aquella gente, y al verles el rostro descubre que son seres de ultratumba, no obstante los reconoce. Doña soledad no puede resistir aquello y se aleja con el corazón dándole tumbos, al llegar a su casa cae de rodillas y da gracias al cielo porque al fin don Rodrigo había obtenido el perdón que tanto había implorado en vida.
¿Morar en paz? ¡Eso fue lo que creyó! Mas lo sucedido a otras ramas prueban lo contrario. Veamos cómo termina el relato del sucedido del cura a la asustada dama potosina en 1909. El religioso le dice a la mujer, que Dios dispuso que aquella misa se celebre cada 100 años, y el total de estas deben sumar siete, entonces faltarían tres misas más. Faltan... faltan, pero se cree que esos hechos sobrenaturales se han repetido sin que hayan transcurrido los años necesarios. ¿Por qué? Eso sólo lo sabe el señor. Lo cierto es que en 1939 un panadero encontró muerta una mujer a las puertas del panteón de El Saucito. ¿Acaso presenció la misa macabra? ¡Y eso no es todo! En los años 60 un chofer de taxi llevó a una mujer hasta las puertas del panteón, y cuando éste trató de darle el cambio, con horror se dio cuenta de que su pasajera era un ser de ultratumba. ¿Misa es ahora, y en un panteón? No cabe duda alguna, es el fantasma iba a asistir a la misa macabra para don Rodrigo. ¿Desean averiguar la verdad? Vayamos pues a San Luis Potosí y esperemos la noche en el panteón de El Saucito... ¡si es que tenemos valor!

domingo, 29 de abril de 2012

Panteón de San Isidro


Este cementerio es probablemente el único en su tipo en la ciudad de México, ya que en éste sólo son enterrados los niños, bebés y adolescentes, cuyas vidas terminaron sin siquiera haber empezado.
La leyenda que nos ocupa en esta ocasión tiene como protagonista a Pedro Hernández, quien había sido sepulturero de dicho lugar durante muchos años, y curiosamente es uno de los trabajos más tranquilos que puede haber, pero también a la vez es triste, en más de una ocasión este  hombre sintió un nudo en la garganta al ver a los padres destrozados de dolor enterrar a sus hijos.
Por el otro lado, resultaba ser un trabajo donde se tenían momentos para reflexionar, los altos árboles servían como una extensión del muro exterior del panteón, lo que permitía que quedará totalmente aislado del ruido, brindando una sensación agradable paz.
Aquella mañana Pedro se sentía cansado, ya que el día anterior había tenido que abrir una fosa porque su compañero había enfermado y no había podido asistir, así fue por algunos días. Tomó todo el material necesario para su trabajo y salió de oficina, se dedicó a hacer algunos arreglos, juntar basura y algunas flores marchitas; haciendo todas estas labores el tiempo se le fue como agua, y cuando  se dio cuenta ya eran las doce del día, hora en que estaba programado un servicio fúnebre, se apuró para llegar cuando el cortejo arribara al panteón, el cual estaba compuesto por una camioneta de servicios funerarios en donde llegaría el pequeño cuerpo.
Como en cada labor, Pedro fue por sus herramientas y les indicó el lugar, después se dispuso a esperar junto a la fosa a los asistentes, entre los cuáles se encontraba la inconsolable madre, mujer de baja estatura no mayor de treinta años, vestida de negro con el cabello recogido en un cola de caballo; el padre la llevaba del brazo, era un hombre joven, pero aquel dolor lo había avejentado de una manera increíble. No tardaron en llegar los arreglos florales, que siempre se caracterizaban por ser en grandes cantidades; después llegó el sacerdote para dar la bendición al féretro, lo roció con agua bendita al igual que a la sepultura y recitó el salmo23: "El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes campos me hace reposar", después acercó a los dolientes familiares y les dio algunas palabras de consuelo; el sepulturero pudo escuchar que el difunto era un niño llamado David Gómez de tan sólo ocho años de edad. Pronto llegó uno de los momentos más dolorosos para cualquier familia: el entierro, a veces es también sentía tristeza cuando comenzaba a echar la tierra sobre aquellos pequeños cajoncitos que contenían todas las ilusiones y alegría entera de los padres; era lógico que Pedro tuvieres tus sentimientos, pues tenía dos hijos ya jóvenes, así que siempre fue solidario con los padres que sufrían una pérdida de este tipo, pues el dolor era tan grande, que incluso el paso del tiempo no llegaba a sanar nunca está terrible herida. Cuando moría el esposo o la esposa, la persona en cuestión quedaba viuda; si los padres serán los que fallecían, la persona se quedaba huérfana; pero si moría un hijo ¿seguirían siendo padres? Estos y otros pensamientos más rondaban su cabeza cuando el sacerdote le indicó que era tiempo de bajar el cajón, así con ayuda de unas cuerdas se llevó a cabo su tarea; una vez que estuvo abajo, una lluvia de flores cayó sobre el ataúd del pequeño David, en ese momento la madre del pequeño se arrodilla envuelta en llanto ante la fosa de su adorado hijo.
Era de una escena desgarradora, capaz de conmover hasta el corazón más duro. Pedro poco a poco fue echando la tierra sobre el féretro, los padres permanecieron mucho tiempo después de que los asistentes les hubieran dado el pésame, colocando flores encima de la tierra recién removida. Aquel día en particular fue muy triste para el sepulturero, no podía sacar de su mente la imagen del entierro del pequeño niño, y mientras se dirigía camino a su casa en el metro elevó mentalmente una oración para él y sus padres.
Conforme pasaron los días, Pedro retomó su rutina y fue olvidando aquel incidente poco a poco, hubiera sido así, pero la madre de David todos los días asistía puntualmente antes del medio día y se iba hasta que el panteón cerraba; todo el santo día la destrozada madre, lo pasaba sentada ante la tumba llorando desconsoladamente, la mujer no comía ni bebía nada durante su estancia, durante tantos años el sepulturero nunca había visto nada igual.
Una tarde, cuando Pedro había cerrado las puertas del cementerio para dirigirse a su casa, sintió de pronto un extraño impulso de regresar para revisar que nadie se hubiera quedado en el interior, ya que en varias ocasiones había tenido que sacar a jovencitos, que muy escondidos planeaban pasar la noche en aquel lugar para hacerse los valientes y muy hombrecitos. Miró a su alrededor y no encontró nada, pero casilla para salir paso por la tumba de David, saltaba la vista su lápida blanca y la estatua de un hermoso ángel; de pronto al acercarse vio a un niño o no mayor de 10 años que jugaba con la tierra a sus pies, estaba vestido con un pantaloncito azul claro y una camisita blanca, zapatos blancos y una tierna carita que reflejaba inocencia.
Pedro pensó que tal vez haya perdido y decidió hacer algo al respecto, el niño dijo que estaba solo y le pedía su ayuda; pero en el momento que iba a tomar su pequeña mano, el niño ya no estaba, lo buscó por todos lados sin encontrar rastros de él, y pensando que tal vez podría ser un fantasma, sintió mucho miedo. El infante no podía haber salido del panteón, ya que las puertas estaban cerradas, así que la única explicación que pudo encontrar fue que era un ser de otra dimensión; en todos sus años de sepulturero jamás había vivido algo igual, si había escuchado muchas historias de este tipo, pero vivirlo en carne propia ¡nunca! Entonces salió del cementerio como alma que lleva el diablo.
Impresionado por la aparición de aquel día, el pobre hombre cayó en cama, todo le dolía: los huesos, los músculos, las articulaciones, la espalda, todo o se sentía cansado y con un miedo constante, llevó incluso a pedirle a su esposa que no lo dejará solo, pues en todo momento recordaba al niño del cementerio. Diez días después ya era necesario que se presentara a trabajar, visiblemente más delgado y todavía un poco demacrado llegó al panteón; trataba con todas sus fuerzas hacer de cuenta que no existía la tumba del pequeño David, y para su alivio no ocurrió nada durante dos días, pero el tercer día, cuando Pedro se hallaba en su oficina vio pasar a un niño corriendo. Por todo su cuerpo corre un escalofrío, quedó paralizado de miedo en su asiento, sin embargo la curiosidad por ver lo que pasaba fue mayor; lentamente se levantó y salió, camino por el pasillo central hasta que llegó a la tumba del pequeño, en donde nuevamente lo vio. David se acercó al hombre asustado y le pidió que le ayudara, necesitaba que le dijera a su mamá que lo dejara descansar, Pedro le contestó que no podía hacer eso, pero cuando volteó ya no había nadie. El sepulturero regresó a su casa apesadumbrado, ya que no sabía qué hacer; si le decía aquello a la madre del pequeño, pensaría que se había vuelto loco de remate o que la estaba engañando; por el otro lado, si no lo hacía, el espíritu del pequeño deba seguir rondando.
Al día siguiente, Pedro llegó muy temprano a trabajar como era su costumbre, esperaba ver llegar a la madre del pequeño en su hora habitual, pero esta vez no ocurrió; por lo que decidió aguardar al siguiente día, pasaron dos días más y ni señales de la mujer, esto lo preocupó, por lo que decidió ir esa misma tarde, pero antes de poder salir se encontró al pequeño, quien se acercó a su oído y le susurró su recado para su mamá, y acto seguido desapareció. El sepulturero abordó el metro y pronto llegó a su destino, se encontró frente a un condominio en cinco pisos, se acercó y tocó el timbre, una voz femenina le contestó y le comentó que vende un asunto urgente, después lo dejó pasar. Llegó al departamento indicado y espera que le abrieran la puerta, una mujer mayor lo invitó a pasar y se retira, Pedro dio un vistazo a la sala, en todas partes había fotos de la familia que antes había sido feliz, una en particular estaba cuidadosamente colocada en el muro y abajo de ella un pequeño nicho con una veladora, era la carita de David; en ese momento aparece la madre, que parece haber envejecido mucho en poco tiempo.
El sepulturero le dice a la mujer que trae un recado muy importante por parte de su hijo, muy serio le dice donde trabaja y de la aparición del pequeño fantasma que no puede descansar en paz, ya que cada vez que la mujer llora y quiere morir para reunirse con él, lo hace sufrir; le comenta que David dice que está bien, no le hace falta nada y lo único que quieren este mundo es descansar, también la libraba de toda culpa sobre su muerte porque sabe que ella hizo todo lo que estuvo en sus manos para salvarlo, ahora se encuentra en un lugar mejor en donde es muy feliz. No quería ver cómo su madre se destruía poco a poco sin comer y sin dormir, deseaba verla contenta cada vez que lo fuera visitar, y a su tiempo el vendería por ella.
La madre soltó el llanto, a Pedro le dolía ser el causante del sufrimiento de la pobre mujer, por lo que decidió retirarse, pero antes que marcharse le dio la señora tres canicas llenas de barro como prueba de que decía la verdad, y le dijo que a veces jugaba con ellas a los pies de su tumba. Días después, el sepulturero fue visitado por la madre de David, quien le agradeció profundamente cumplir el deseo de su hijo y hacerlo reflexionar sobre su conducta, ambos dieron un paseo por el panteón hasta llegar al sitio donde se encontraba el niño sepultado; ante su tumba se podía ver en la tierra que estaba escrito su nombre, y a los lados se veían las trayectorias trazadas por las canicas al ser lanzadas.
Como podemos ver, los panteones infantiles lejos de ser lugares tristes, pueden llegar a ser a menudo sitios alegres, llenos de globos, juguetes y flores, como si trataran de evocar la vida de risas y juegos que sus huéspedes llevaron durante su corta estancia en el mundo terrenal.