domingo, 30 de agosto de 2015

Picardías presidenciales

PASAR A MEJOR VIDA

Todo hábil político que se considera con posibilidades presidenciales, evita crearse compromisos innecesarios. El taimadísimo Adolfo Ruiz Cortines, poco antes de que el partido oficial lo nominara candidato a la presidencia de la República, supo “torear” con destreza a los cazadores de oportunidades que veían en él a uno de los posibles elegidos. Y poniendo juegos sus grandes cualidades de actor teatral, al recibir a quienes le manifestaron su interés en apoyarlo, les decía:
- Les agradezco su confianza. Pero otro es el rumbo. ¿Porque no ven mejor a Casas Alemán? Yo ya me siento muy viejo y achacoso como para andar en los trotes de la política.
Algunos políticos le insistieron:
- Anímese, don Adolfo. Nosotros tenemos la seguridad de que usted va a ser la gran sorpresa del PRI.
Debilitada su ronca voz y entristecido el mirar, Ruiz Cortines repuso:
- Ah, qué caray. Sólo porque creo en su discreción, podía confiarles mi certeza de que pronto pasaré a mejor vida.
Los visitantes vieron detrás del escritorio ministerial a un viejecito minado por la edad y las enfermedades. Se retiraron persuadidos de que por allí no soplaban los vientos afortunados.
Cuatro días después, el PRI se pronunció por la candidatura del “viejecito achacoso” al que muchos suponían con un pie en el sepulcro; y quien como por arte de magia se recuperó de sus supuestos males y se irguió sonriente, decidido, lleno de energías.
Los políticos a los que diera a entender, 96 horas antes, que se hallaba en las últimas; haciéndoles torcer equivocadamente el rumbo, se quejaron ante el general Rodolfo Sánchez Taboada, jefe del PRI y organizador de la campaña presidencial:
- ¡Pero si hace apenas cuatro días parecía muy enfermo y nos dijo que pronto pasaré a mejor vida!
Con una sonrisa sarcástica, Sánchez Taboada les dijo:
- Y no les mintió, no sean pendejos. ¿O no les parece una mejor vida a la presidencia de la República?

PRESIDENTE, NO SEMENTAL

Suelen los presidentes interesarse en conocer los chistes que acerca de ello se hacen. En alguna ocasión, Ruiz Cortines le dijo a uno de sus colaboradores:
- Cuénteme con entera franqueza el chiste o chisme referente a mi persona, que más repitan por ahí.
Respondió el colaborador:
- Señor Presidente, ya sabe usted cómo es la gente de habladora. Murmuran que es usted una persona de mucha edad y que, disculpando la expresión, el pito ya no se le para.
Sonrió y movió la cabeza Ruiz Cortines al decir:
- Pues me eligieron para Presidente, no para semental, que nos hagan pendejos.
Y como siempre que proferir alguna mala palabra, don Adolfo agregó la frase con que se disculpaba ante su dignidad presidencial:
- Perdón, investidura.

GOBERNADOR ALFABETIZADO

En un libro de Armando de María y Campos se cuenta que el ex gobernador de Querétaro, Saturnino Osornio -quien fuera mandatario estatal de 1931 a 1935-, fue detenido en Tlalnepantla, Estado de México, bajo el cargo de comerciar con objetos robados.
Al tomarle declaración el agente del Ministerio Público, le preguntó:
- ¿Sabe usted leer y escribir?
- Si sepo. Espacito, pero sepo -contestó Saturnino.
Es evidente que el nivel cultural del exgobernador estaba la misma altura deshonestidad.

DEMOCRACIA TRANSPARENTE

El político campechano Carlos Sansores Pérez asumió la presidencia del PRI en diciembre de 1976. Muy afecto a los términos y las frases que suenen bonito, aunque nada digan, Sansores Pérez inventó la expresión “democracia transparente”, que en 1977 era su orgulloso descubrimiento “ideológico”, y que soltaba a cada paso.
En septiembre de ese año, a la ciudad de Puebla, alguien le preguntó al líder obrero Fidel Velázquez:
- Don Fidel, ¿qué opina usted de la “democracia transparente” de la que habla Carlos Sansores Pérez?
Velázquez respondió:
- Que de tan transparente, ni siquiera puede vérsele.

DIPUTADOS Y ANFETAMINAS

En diciembre de 1977, al terminar el segundo período ordinario del Congreso de la Unión, el diputado priísta Hugo Castro Aranda, demandó:

Es preciso que se impartan a los diputados cursos sobre economía, sociología y otras materias que involucran las iniciativas.

Por su parte, el diputado Jesús Puente Leyva, dijo:

Los diputados que se duermen durante las sesiones padecen de problemas personales. Yo recomiendo a esos legisladores dormilones que tomen anfetaminas para que no hagan el ridículo.

Algún diputado de Acción Nacional comentó a otro diputado del mismo partido:
- Date cuenta de lo que ha dicho el despistado ese. Puente Leyva debe de creerse un legislador muy despierto. Si lo fuera, no se permitiría ciertas intervenciones abusivamente soporíferas, que deben recordar, y para las que no hay anfetaminas que valgan.


FUENTES: ANECDOTARIO MEXICANO. INGENIO Y PICARDÍA. JORGE MEJÍA PRIETO.

domingo, 23 de agosto de 2015

Los libros prohibidos de la Santa Inquisición

La costumbre de prohibir y quemar libros, se remonta cuando el Concilio de Efeso en el año 150 d. C. prohibió una biografía no autentificada de San Pablo. Hubo otros casos que son importantes de mencionar: en 1140, Inocencio II ordenó quemar los escritos de Pedro Abelardo; en 1230, Gregorio IX hizo lo propio con los ejemplares del Talmud; y en 1256, Alejandro IV dio la orden de que fuera quemado un trabajo de Guillaume de Saint Amour, donde criticaba las órdenes mendicantes. La situación dio un giro radical en el año de 1543, cuando fueron impuestas fuertes sanciones a quienes vendieran los libros prohibidos en las listas episcopales, y el cardenal Carafa ordenó que ningún libro sería impreso sin el permiso de la Inquisición.
Tanto Carafa y Paulo III, sabían lo poderosas que podían ser las palabras impresas, por lo que decidieron utilizarlo junto con los cardenales Aleandro y Contarini para escribir una obra que instruyera a los predicadores en el método apropiado de exponer la doctrina cristiana a las diversas clases de la sociedad.
En 1559 fue publicado el Índice titulado Index Auctorum et Librorum Prohibitorum, en el cual se daba la prohibición simultánea de libros y autores; dentro de la iglesia esto era una innovación importante y tuvo consecuencias de mucho alcance. En algunos casos se prohibía solamente un libro, debido a los puntos de vista heterodoxos que se exponían, pero en otros toda la obra de un autor era prohibida; el caso más notable que tenemos fue el de Erasmo. En 1564 se publicó al finalizar el Concilio de Trento otro Índice con modificaciones y ampliaciones; a ésta se le denominó el Índice Tridentino y sería la base de todas las listas posteriores. Las 10 reglas fundamentales, que en el futuro constituirían la base de todos los Índices, eran las siguientes:

  1. Todos los libros condenados antes de 1515, que no estuvieran en este Índice, eran condenados en cualquier caso.
  2. Los libros de heresiarcas quedaban completamente prohibidos.
  3. Las traducciones de escritos eclesiásticos estaban permitidas y no contenía nada contrario a la doctrina ortodoxa.
  4. Se requería permiso del inquisidor o del Obispo para leer traducciones de la Biblia.
  5. Los libros editados por herejes podía leerse tras su corrección.
  6. Los libros relativos a controversias entre herejes y católicos contemporáneos, escritos en la lengua vulgar, estaban sujetos a las mismas reglas que las traducciones de la Biblia.
  7. Los libros obscenos y los libros lascivos debían prohibirse.
  8. Los libros que fueran buenos pero que contuviesen partes heréticas podrían autorizarse después de ser corregidos por teólogos católicos.
  9. Los libros sobre geomancia, hidromancia, nigromancia, etcétera, o que tratarán de hechicería, eran rechazados categóricamente.
  10. El Índice indicaba el procedimiento para la aprobación de libros.
Fueron publicados varios Índices entre los que destacan el de Valdés, el de Lovaina, el de Tridentino, el Expurgatorious, el de Sotomayor, el de Zapata, de Pérez Prado, Rubín de Cevallos. La violación de cualquiera de estas disposiciones se castigaba con la pena de muerte la confiscación de bienes. Felipe II aprobó toda esta serie de medidas, prohibiendo a sus súbditos de los Países Bajos que estuvieran en Francia y obligó a sus súbditos de la Corona de Castilla que estudiaran o dieran clases en el extranjero, excepto en los colegios de Polonia, Roma, Nápoles y Coimbra, que regresarán en un plazo de cuatro meses a Castilla. Para que las medidas fueran vigentes en los demás reinos, convoco a las Cortes en Cataluña a partir de 1573, en Valencia desde 1580, y en Aragón en 1592.
Los universitarios y humanistas vieron como la libertad académica se les escapaba de las manos, y junto con ella el sueño de una república de las letras de ámbito internacional, al obligar a los intelectuales a quedarse dentro de sus fronteras y a no tener que escribir en latín para los intelectuales del resto de Europa, sino en sus lenguas vernáculas.
Entre los autores literatos afectados por el Índice estaban Gil Vicente, Hernando de Talavera, Bartolomé Torres Naharro, Juan de la Encina, Jorge Montemayor Maquiavelo, Boccaccio y Savonarola. Los Índices controlaron la creación literaria en general y la científica en particular, al mismo tiempo que manifestaron hostilidad y censura con los elementos de la espiritualidad autóctona.
Nadie, absolutamente nadie, se escapaba de su control, incluso Lope de Vega apareció en el Índice, pero un siglo después de su muerte. Además de estos ataques abiertos contra la libertad del pensamiento, hubo otros más difíciles de detectar, que fueron los perjuicios ocultos, como la autocensura, que debieron imponerse los autores para evitar el encontronazo con la terrible Inquisición, viéndose obligados a usar un lenguaje codificado con palabras de doble sentido.

domingo, 16 de agosto de 2015

La bordadora de sambenitos

Cierto día se encontraron por casualidad dos jóvenes amigas: Rosa y Susana. Se manifestaron el gusto que les daba verse una a la otra y comenzaron a platicar sobre lo que había pasado en sus vidas.
A Susana la había abandonado su marido cuando estaba embarazada de su tercer hijo, por lo que se fue a vivir a casa de su madre, pero eran muy pobres, a duras penas le alcanzaba el dinero para medio darles de comer a sus hijos. Se dedicaba a la limpieza de  las casas, en donde recibía malos tratos y una miserable paga.
Por el otro lado, Rosa le estaba yendo muy bien como bordadora de sambenitos, pues era un oficio que los inquisidores pagaban generosamente. La mujer le recordó a su amiga los excelentes bordados que hacía, pudiendo explotar todo su talento y ya no tener más apuros económicos. Susana estaba espantada, ¿cómo podía Rosa dedicarse a un trabajo tan horrible?, Entonces le lanzó una mirada reprobatoria a su amiga y prefirió cortar la conversación.
Cuando llegó a su casa y enfrentó la pobreza en la que vivía, sintió envidia de la bordadora. ¿Y si le pidiera que le consiguieron trabajo? Acto seguido agitó la cabeza, tratando de sacar esa espantosa idea de su cabeza, y trató de pensar en otra opción. Los días pasaron, y por más que hizo para no contemplar esa posibilidad, la idea de irle a pedir ayuda a su amiga cada vez se fijaba más a su mente. Se enfrentaba a otro problema: el invierno estaba cerca, no tenía dinero para comprarles la ropa adecuada a sus hijos, pasarían hambre y frío. Cierta noche en la que la desesperación y la angustia no le permitieron conciliar el sueño, tomó la decisión de ir a buscar a Rosa muy temprano por la mañana.
Fue a buscar a su amiga a casa de sus padres para preguntarles dónde estaba su domicilio; el padre ya había muerto, pero la madre todavía estaba viva y pudo darle la dirección de su hija. Susana llego a casa de su amiga, pidiéndole disculpas por haberla tratado con tanta frialdad, le explicó entonces la difícil situación que tendría que enfrentar. Rosa acepta ayudarla y la lleva de inmediato al taller de la Inquisición.
Llegaron ante el administrador, quien recibió a la mujer con mucho júbilo; iba a ser celebrado un solemne auto de fe y necesitaban con urgencia muchos sambenitos. Susana se estremeció al pensar que trabajaría para tan siniestros patrones, pero no le quedaba de otra si quería sacar adelante a sus hijos. El administrador le mostró a la recién llegada como tenía que confeccionar los bordados, colocando sobre la mesa varios modelos y empezó a instruir a la nueva trabajadora:
  • Los negros son para los herejes obstinados y reincidentes: las imágenes debían de ser espeluznantes, cosas que espantaron hasta al mismísimo demonio; nunca debían faltar las llamas y los penitentes ardiendo en ellas, los rostros de las víctimas tenían que expresar un sufrimiento atroz, mientras los demonios disfrutan del espectáculo de lo lindo. Estos sambenitos debían que ser los más tétrico si mejor bordados, y la paga era mucho mayor.
  • Los amarillos son aquellos que usan los penitentes que se han arrepentido sinceramente o que son culpables de delitos menores. Aquí sólo se tenía que bordar la Cruz de San Andrés en rojo o anaranjado brillante; en algunos sambenitos la Cruz iba en el pecho, y en otros, en la espalda.

Después del rápido “curso de capacitación”, el administrador le entregó una prenda para poner la prueba, y si le gustaba el bordado quedaría contratada inmediatamente. Al salir de la Inquisición, las amigas se fueron caminando silenciosamente hasta una esquina, después se despidieron y cada una tomó su camino.
Cuando Susana hubo llegado a su casa rompió en llanto, no sabía si podría algún día perdonarse por trabajar para personas tan crueles y malvadas. No podía perder el tiempo llorando, la responsabilidad de sus hijos lo obligaron a secarse las lágrimas y ponerse a trabajar. Además de ser una excelente bordadora, también era muy creativa e ingeniosa, tenía la capacidad de crear figuras y escenas muy originales: el infierno, sus horrores y el sufrimiento de los condenados.
Pasaron muchas horas sin que se le ocurriera nada, no podía representar el averno de ninguna manera. Entonces se le ocurrió una forma para hacerlo: trato de imaginar cómo sería el castigo que se merecía por haberse vendido a los inquisidores; su culpa era tan grande, que fue mucho más despiadada con ella misma de lo que habría sido Satanás. Sólo los inquisidores podían ver aquellas escenas sin que el horror y las pesadillas los abrumaran.
Su nuevo patrón quedó encantado con el bordado, estaba tan fascinado con la creatividad de la mujer, que decidió pagarle el doble. Susana estaba contenta, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando le dijo que la prenda iba a ser portada por un judío rico y acaudalado, por lo que consideraba justo que ella recibiera una parte de aquellos bienes.
Desde ese día, los problemas económicos de la bordadora de sambenitos se acabaron, pero las angustias y terrores comenzaron mucho más intensos de los que causaba la pobreza. Para que su madre y sus hijos lo descubrieran a que se dedicaba, pidió permiso a su patrón para que la dejara trabajar en el taller, y le dijo a su familia que hacía la limpieza en la casa del señor muy rico.
Ocultar su nuevo oficio la hacía sentirse muy culpable y fue a pedirle consejo a su amiga, quien le dijo que lo más honesto sería que confesara la verdad, pues tarde o temprano lo descubrirían. Los niños tenían que aprender a ver estas cosas con naturalidad; además  que representaba una ventaja trabajar para la Santa Inquisición, pues nunca iban a ser víctimas de alguna acusación en caso de alguna denuncia a amigos o familiares.
Después de la conversación que tuvo con Rosa, Susana se fue a su casa más perturbada que antes, se juró a sí misma que jamás sus hijos sabrían a que se dedicaba. Para evitar que la culpa alcanzará niveles insoportables, se limitaba a cumplir con su trabajo sin hacer preguntas. Nunca más se enteró de lo que su jefe le decía sobre las víctimas, ni conocía los procesos inquisitoriales y jamás había asistido a un auto de fe. Pero llegó un día en el que tuvo que enfrentarse a la espantosa realidad: el administrador del taller entrevistó a una joven costurera, que quiso saber exactamente cómo se hacían los autos de fe, y el hombre encantado le contó todo los detalles del “ciclo de vida” de un sambenito al ser portado por un condenado, o cuando era colgado en lo alto de la Iglesia o parroquia más cercana a la casa del acusado, para que todos recordaran su acto imperdonable.
Susana recordaba haber visto alguna vez unos trapos amarillos en lo alto de la parroquia la que asiste a los domingos con su familia, pero no les había dado importancia. Su otro trabajo consistía en bordar, en pedazos de tela amarilla los nombres y datos que su patrón le proporcionaba, pero nunca se había preguntado para qué se utilizarían.
Cuando salió del taller fue la Iglesia en cuyo atrio se detuvo y levantó la mirada, viendo en lo alto colgados tantos sambenitos como trozos de tela amarilla. Sus ojos se llenaron de lágrimas, los remordimientos la torturaban cada vez más, ya no se podía perdonar nunca el haber sido cómplice de los despiadados inquisidores. Llevaba poco más de tres años bordando sambenitos y había juntado una buena suma de dinero para que sus hijos salieran adelante durante un buen tiempo.
Le di unas monedas al sacristán para que le permitiera subir a la torre de la iglesia, después se asomó por la ventana de la torre, y con la ayuda de un palo jaló un sambenito que se puso encima de su propia ropa, y luego subió al alféizar de la ventana para gritar a voz en cuello que había hecho cosas imperdonables, que era más culpable que nadie, que había ayudado a los inquisidores a esparcir el dolor y el sufrimiento. Acto seguido se arrojó al vacío. Cuando llegó al piso ya estaba muerta.


domingo, 9 de agosto de 2015

Los Sambenitos

Eran prendas utilizadas para tanto los condenados a muerte como los que se salvaban de ese destino; estas prendas eran utilizadas por los acusados según fuera el castigo, era el color que portarían:
  • Negro: Eran utilizados por los herejes obstinados y reincidentes y las imágenes bordadas debían de tener imágenes relacionadas con el infierno, penitentes ardiendo en llamas y expresando su sufrimiento.
  • Amarillo: Los usaban los penitentes que se arrepentían sinceramente ó si eran culpables de delitos menos graves; estos solo tenían bordada la cruz de San Andrés en rojo o anaranjado brillante. En algunos sambenitos la cruz iba en el pecho  y otros en la espalda.

Como dijimos anteriormente, los condenados usaban los sambenitos por un tiempo determinado, y cuando este concluía, la prenda era colgada en lo alto  de la iglesia ó parroquia más cercana a la casa del acusado, para que toda la población recuerde que aunque la persona fue perdonada, cometió actos heréticos. Pero como el sol y la lluvia con el tiempo acababan destruyendo el sambenito y es sustituido por una tela amarilla, la cual tiene bordada el nombre del hereje y el motivo por el que fue acusado.
Los sambenitos eran bordados por mujeres y la paga por ellos era muy buena, especialmente con los negros; entre más terrorífica fuera la imagen, más dinero recibía; aquí a las bordadoras se les ponía a prueba su capacidad de imaginar el sufrimiento de los condenados, para plasmarlo en pedazos de tela y convertirlos en una auténtica obra de arte llena de tormentos.

Instrumentos de tortura
La Inquisición comenzó a utilizar la tortura desde Inocencio IV (1243-1254) como método para obtener las confesiones de las víctimas acusadas de herejía, ya fueran culpables ó inocentes y era considerado un medio legítimo para sacar información.
A lo largo de la historia de la Inquisición existieron múltiples instrumentos de tortura, utilizados para infligir dolor en todos los lugares imaginados del cuerpo. Algunos de los más importantes son:
  • La silla de interrogatorios
  • Látigos
  • Pinzas y tenazas ardientes
  • La mordaza de hierro
  • El aplastapulgares
  • La flauta
  • El cepo
  • La cigüeña
  • El collar púas
  • El aplastacabezas
  • El péndulo
  • El potro
  • El garrote
  • Las jaulas colgantes
  • La doncella de hierro
  • La horquilla del hereje
  • La pera oral, rectal ó vaginal
  • El desgarrador de senos
  • La rueda para despedazar
  • La garrucha
  • La “cura” ó tormento del agua
  • La bota española
  • El cinturón de San Erasmo
  • La “horquilla”
  • Ingesta de alimentos salados y falta de sueño
  • Las máscaras infamantes

domingo, 2 de agosto de 2015

El franciscano sin cabeza

El padre franciscano de nuestra historia llevaba una vida ejemplar dedicada a servir a Dios; era muy querido respetado por los fieles y toda persona que lo conocía; pero no todo era perfecto, pues también tenía enemigos que lo envidiaban y lo acusaron a la Inquisición  de tener pacto con el diablo.
Una noche que el padre se encontraba cenando, el padre fue apresado  sin explicación alguna y llevado a una de las cárceles de la Inquisición. Pero como las autoridades eclesiásticas no tenían pruebas para culparlo, decidieron que confesara aplicándole la tortura de trato de cuerda.
El pobre padre al encontrarse a metro y medio de altura lo dejaron caer y lo levantaron de un jalón con dolores  terribles. El padre se confesó una y otra vez inocente; los inquisidores no se conformaron y le pusieron peso en sus pies para que el dolor fuera más intenso, pero aún así el religioso se seguía declarando inocente.
Después de una prolongada y dolorosa tortura el padre se declaró culpable de todos los cargos y fue juzgado y condenado.
El padre fue vestido con un gorro puntiagudo (capirote) y un capote amarillo de lana, que llevaba estampada una cruz de San Andrés, rodeada de llamas (sambenito) para que fuera la gente lo insultara y le arrojara cosas.
Pero como el religioso era muy querido la gente se encerró en su casa para no ver la humillación de la que era víctima.
Después de la procesión el padre fue ahorcado y decapitado. Cuentan los que presenciaron la ejecución que a la hora de ser ahorcado el religioso se dibujó en el tronco el portón de una iglesia.
Dicen las personas que viven en la localidad que una noche de verano, aquellos que pasan por el árbol y ven el portón de una iglesia, miran tras de él un gran número de feligreses y a un sacerdote sin cabeza oficiando la misa en latín. Dicen las malas lenguas que del cuello del sacerdote brotan chorros de sangre y que las palabras que pronuncia parecen brotarle del corazón, seguramente es porque en vida fue un fiel juzgado injustamente.