domingo, 31 de mayo de 2015

La casa del Niño (Sucedió en la hoy calle República del Salvador)

A pesar del progreso de las grandes urbes, aunque el modernismo arquitectónico haya cambiado la fisonomía de las calles, ninguna fuerza es capaz de borrar maldiciones y leyendas, como es esta espeluznante leyenda que tuvo como escenario una de las calles de nuestra ciudad.
A fines del siglo XVI esta casa estuvo marcada con el número nueve y la calle se llamaba calle del Arco de San Agustín, pues hasta aquí llegaba el famoso convento de los frailes Agustinos; en aquel tiempo se conoció esta casa como “la casa del niño”, pero debido a esta hornacina, algunos se confundieron y llamaron “casa del nicho”. Sin embargo, los tenebrosos sucesos ocurridos tras sus recios muros escribieron con sangre la verdadera designación de esta casona. En el año de gracia de 1597 ocuparon esta casona don Francisco Ruiz de Tagle, su esposa doña Sol de Castrejón y sus hijos Erasmo Ruíz de Castrejón y Francisca; el señor de Tagle había comprado dos haciendas y un mineral y eran sus  intenciones de asentarse Nueva España, al igual que comprar la rica mina que poseía un tal don Mendo Garciadiego en Nueva Galicia
Al día siguiente, cuando don Francisco Ruiz y su esposa salieron a la calle, fueron testigos del espectáculo horrible deprimente: la ciudad era azotada por un gran brote de peste y escorbuto; al ver tal espectáculo ambos se apresuraron para llegar a la casa de don Mendo, y al poco andar ya se encontraban llamando a su casa, que estaba situada cerca del convento de Portacoeli. Una mujer sirvienta de la casa salió abrirles y los puso sobre aviso, pues la peste ya había entrado a aquella casa, y sin pérdida de tiempo los esposos se alejaron de la residencia, sólo para enfrentarse a ese cuadro de dolor y de muerte. Los ojos atónitos de doña Sol se fijaron en un hombre que parecía ir vivo aún en las carretas donde se acostumbraba llevar a los cadáveres, y sin medir las consecuencias la mujer corre hacia la carreta para dar aviso, pero los frailes exigieron que se alejara. Poco después, tristes y abatidos llegaban a su casa.
Y haya sido porque respiraron el aire malsano de la ciudad, o por el ligero contacto con los apestados, lo cierto es que doña Sol enfermo de gravedad, y que don Francisco tampoco se sintió bien de salud, y cierto también fue que a los tres días un médico fue llamado para curarles, pero no había curación posible porque habían sido contagiados por la peste y lo mejor era que los hijos dieran aviso a los frailes camilos. Pero quiso Dios que los esposos muriesen antes de ser llevados en carretas con todos los apestados; los dos hijos y los viejos criados los llevaron al panteón. No había pasado aún el dolor y las tumbas estaban frescas cuando Erasmo, enfermo de codicia quiso saber que sería de la cuantiosa fortuna de su padre, pero el problema era que la herencia iría manos del mayor de los hijos, siendo su hermana la que le llevaba ventaja. Francisca tenía a la sazón 23 años y su hermano tocaba penar los 19, ella comenzó a manejar haciendas y mineral por medio de fieles administradores; mientras tanto, Erasmo se debatían celos y desconfianza, al pensar que su hermana pudiese enamorarse casarse y por ende ser despojado de su herencia, y en su mente enferma de codicia y su juramento: jamás permitiría que se casara. Quiso el destino que esa misma noche Erasmo diera violentas muestras de su envidia y sus celos cuando escucho un silbido en la calle, y pensando que era un pretendiente de su hermana, sin medir peligros salió espada en mano a la calle para interceptar a un misterioso caballero embozado. A partir de entonces las escenas semejantes se repitieron con frecuencia.
Sin embargo, fue la misma Francisca quien días más tarde le expresó sus claros y urgentes deseos de matrimonio antes de que se le empezará notar más la edad; el hermano monto en cólera y la amenazó con que si se casaba el mismo mataría a quien se le acercara. Aquella fue la primera y última vez que Francisca habló de matrimonio con Erasmo, desde entonces se le vio discurrir silenciosa por la casa; él notó el cambio de comportamiento de su hermana, y aprovecho para interrogar a los criados y ellos le dijeron que estaba enferma. La enfermedad de Francisca avanzó a tal grado que pasaba días sin salir de su alcoba; y al fin una noche, un acontecimiento insólito vino a revelar la clase de enfermedad que padecía: en medio de la noche se escuchó el llanto de un recién nacido.
Erasmo corrió inmediatamente en busca del llanto del niño y llegó hasta la puerta de la alcoba de su hermana, el viejo criado tímido abrió después de largo rato, confirmándole que Francisca había dado a luz y que su esposa le había ayudado en el parto. Hecho una fiera se precipitó al interior como una tromba, pero su hermana se había desmayado, por lo que no le quedó de otra más que salir, lanzando maldiciones.
Al día siguiente apenas levantado el sol, Erasmo ya medio embriagado de vino corrió ver a su hermana para exigirle el nombre del padre del niño, pero ella se negó hablar. Transcurrieron los días, Francisca se restableció pero en vez de hablar y revelar su secreto parecía haber enmudecido; temiendo que un día llegase el padre del niño pretendiendo casarse con su hermana, Erasmo no dejaba de martirizarla en todas formas, y decidió dejarla encerrada en su alcoba. Al prolongado encierro siguieron las cadenas y el ayuno, sin que Erasmo consiguiera que Francisca soltará la lengua; finalmente el profirió una sórdida amenaza: si no revelaba su secreto le quitaría a su hijo y jamás volvería saber de él.
Dos días después, Erasmo mandaba construirla hornacina que durante muchos años remataba la casa de esta historia, enfatizando a los obreros que debían dejar un hueco suficiente para contener según él, un pequeño cofrecillo lleno de recuerdos familiares. Una semana después quedaba terminada la obra. Esa misma tarde, Erasmo volvía a exigir a su hermana la revelación de su secreto, y ante el mismo silencio lanzó su última amenaza.
Esa noche, burlando el sueño de Francisca, el perverso hermano penetró su alcoba y se robó al niño; cosa increíble y terrible: Erasmo subió hasta la hornacina y colocó a la criatura en el hueco dejado por el albañil, después cubrir el hueco con piedras y argamasa, dejando allí al niño sepultado vivo. En cuanto Francisca se dio cuenta exigió la entrega del niño, pero de nada le valieron gritos, llantos ni gemidos. Creyendo que su hermano no atentaría contra la vida de su hijo, deja pasar los días hasta que una noche escucha unos llantos, y enloquecida, llena de ansiedad recorre la casa buscando a su hijo. En su desesperación llegaste el hecho de su hermano a quien despierta para exigirle le devuelva al niño, pero todo fue en vano. Durante varias noches la mujer recorrió la casa buscando ansiosamente a su hijo. Al fin, una noche Erasmo se despierta sobresaltado, pues también ha escuchado el llanto de su pequeña víctima, y sin darse cuenta que su hermana estaba atrás de él, grita en voz alta el horrendo crimen que cometió. Al escuchar aquel espantoso secreto, las manos ansiosas de Francisca buscan en la sombre y de pronto se arma de un puñal, y sólo tiene que aguardar unos pasos, unos segundos, entonces lo apuñala. Erasmo herido de muerte, rueda escaleras abajo, quedando muerto boca abajo, al pie del hogar.
La hoja del puñal aún brillaba en su espalda por donde manaba sangre en abundancia. Francisca obliga a los viejos criados a levantar el cadáver de su hermano, para enterrarle en el patio de su casa, quedando en el piso una extraña mancha de sangre en forma de mariposa. Tres días más tarde Francisca entrega fuerte suma en oro a sus dos viejos criados para comprar su silencio y los embarca rumbo a España, pero al entrar de nuevo a su casa queda atónita, al ver allí en el mismo sitio aquella extraña mancha de sangre. Pero una y 100 veces llega a las baldosas, sin lograr borrar aquella mancha.
Transcurre el tiempo, pasan los años. Francisca, cuyo secreto guardó siempre, no lleva a su casa a hombre alguno y vive sola y silenciosa. Ya casi a mediados del siglo XVII, los habitantes de la Nueva España ven salir de la casa nueve del Arco de San Agustín a un espectro de mujer; vieja, encorvada, desdentada y con los signos inequívocos de la demencia, nadie al verla pensó que era doña Francisca Ruiz de Castrejón. Sin embargo lo era, su cerebro perturbado la hizo lanzarse a la calle y al ver a un niño de pecho iba tras él.
Varias veces, durante una de sus desdichadas y dementes correrías, Francisca fue detenida por la guardia cuando pretendió arrebatar un niño, y otras veces fueron las mismas madres de las criaturas, ayudadas por sus siervas, quienes golpearon a la loca mujer.
Al fin, casi dos años después, dos religiosas detienen a la infeliz Francisca para enviarla al hospital para dementes en donde murió. En 1693 el Cabildo que se había posesionado de bienes y fortuna de los Ruíz Castrejón, vendió la casa a una familia de apellido Coronado. Nada hacía sospechar a los nuevos dueños la terrible historia que se había escrito dentro de los ya estéticos muros de la casa, hasta que quisieron lavar la mancha de sangre y vieron que no se quitaba. Aquello fue sólo el principio de los hechos sobrenaturales que iban a llenar de pavura a los nuevos propietarios. Una noche escucharon a una mujer gimiendo y clamando por un niño, y tras los lúgubres lamentos se dejó escuchar el llanto del niño. No bien había salido de su alcoba el señor Coronado se topó con una visión horripilante: el espectro de una mujer que pedía que le devolvieran a su hijo y que lo había matado. Aquella visión aterradora heló la sangre en las venas del señor, que parecía próximo a perder el conocimiento, cuando sonó un grito en la parte baja de la casa, y dándole la espalda a la muerta bajó con la prisa que el momento le permitía, al escuchar el grito angustioso de su hijo. No acababa de bajar el señor cuando estuvo ante otra aparición aterradora justo sobre la mancha de sangre.
Armándose de valor el señor Coronado se enfrentó al escalofriante espectro y le preguntó cuál era el motivo de su penar; entonces escucho una voz hueca, de ultratumba, que electrizaba de horror: dijo que su cuerpo se encontraba enterrado en esta casa por un espantoso crimen cometido y había sepultado viva a una criatura en la hornacina de la casa, y al sacarlos despojo del niño la mujer dejaría de perturbar con su siniestra aparición. Y como había aparecido, de la nada se esfumó el aterrador fantasma de don Erasmo, dejando temblando de miedo y próximos al desmayo a padre e hijo.
Al día siguiente don Coronado consultó el caso con fray Pedro Bracamontes y éste lo acompañó con dos hombres hasta el hornacina, se descubrió la improvisada tumba del niño y cuenta la leyenda que al destaparle y exponer los restos al aire lanzó un agudo llanto, y entonces ocurrió lo inexplicable, lógico a la fecha: al contacto del aire, los tiernos huesos del niño tantos años enterrados se desintegraron. Con la exhumación de los restos del infante, dejó de vagar el espíritu atormentado de Francisca y por ende, ya nos escucharon sus gemidos y lamentos. Sin embargo, el alma en pena de Erasmo aun perturbó varias noches al dueño de la casa; y cierta noche le pidió que llevara sus culpas ante un confesor y después que sacara sus huesos del patio y los llevara a camposanto.
Aconsejado por fray Bracamontes y corridos los trámites legales, fue exhumado también el cuerpo de don Erasmo, enterrado en el patio de la casa desde hacía muchos años. Con la cristiana sepultura dada a los despojos del criminal y codicioso Erasmo, su fantasma dejó de vagar por aquella casa. El hecho de que al exhumar los despojos del niño, se escucharon el llanto de éste, corrió de boca en boca y por eso el vulgo bautizó esta casa como “la casa del niño”; sin embargo, al transcurso de los años la gente que vio la hornacina o nicho vacío, torció las cosas y la designó como “casa del nicho”. Volvieron a pasar los años, sobrevino el movimiento de Independencia que vino a conformar la estructura de la patria, después la aplicación drástica de las leyes de Reforma y con ellas, el cambio de fisonomía de la que fuera capital de Nueva España.
La tétrica casa del niño, que fuera el nueve de calle del Arco de San Agustín, hoy República del Salvador, sufrió también modificaciones y nuevos moradores llegaron a ella. ¡Aún en nuestros días, nada es imposible! Nadie ha podido borrar esa mancha, ni aun utilizando líquidos químicos modernos. ¿Quieren verla y probar?

domingo, 24 de mayo de 2015

La calle de Donceles

Cuando los conquistadores vinieron a la Nueva España, algunos nobles jóvenes que fundaron mayorazgos y títulos en México escogieron para vivir, las calles que en la actualidad conocemos con el nombre de Justo Sierra y Donceles. Como mucho se podrán imaginar, el nombre de Donceles, que se le dio a la calle, se deriva de la juventud y alcurnia de sus habitantes. Aún después de la primera época de la colonia, esta calle fue la preferida por los principales vecinos de la ciudad, de manera que allí se aposentaban los Záldívar, los Medrano, los Villegas y otros no menos ilustres varones.
Después de consumada la conquista y resuelta la reedificación de la ciudad, se repartieron los solares para que edificarán en ellos los conquistadores sus residencias. Sin embargo, se desconoce cómo fue la designación de estos pedazos de terreno, lo que nos deja en penumbra para poder identificar los predios, además de que en aquella época no se acostumbraba poner el nombre de la calle, si es que lo tenía, sino solamente el de los colindantes del solar. Más hay una prueba para demostrar que el nombre de los Donceles vino de la repartición de los solares, y es el acta del primer Cabildo celebrado en esta ciudad después de haberse instalado su Ayuntamiento.
En dicha acta se lee que Antonio Marmolejo hizo una petición al Cabildo exponiendo que: se le había dado un solar en la calle de los Donceles, a espalda de la casa de Gregorio Ávila, pero que como aquel escribano no lo había asentado, demandaba que se le informase la donación y se hiciera constar, escribiéndolo como era debido. El Capitán don Sebastián de Barreda, en 1634 como albacea de su esposa doña Mariana Castillo y Lazcano, procedió a fundar un vínculo o mayorazgo a favor de su hijo don Nicolás Antonio, en tres casas: una en la Plazuela del Rastro y la calle de Donceles, y la otra en la de San Juan.
Con el paso del tiempo, las diversas fracciones de la calle de los Donceles fueron tomando diferentes nombres, quedando el de los Donceles reducido a la porción comprendida entre la calle de Cordobanes y la de la Canoa, en tanto que en la antigüedad se llamaba de ese modo todas las calles que corrían en línea recta, desde la Espalda de San Andrés hasta la de Chavarría.
En la casa que forma esquina con la primera calle de Santo Domingo, marcada ahora con el número 80, nació el bienaventurado fray Bartolomé Gutiérrez, según consta en la causa de su beatificación, y por ella se sabe también que fue el 4 de septiembre de 1580, siendo hijo de Alonso Gutiérrez y de su mujer Ana Rodríguez. Sus padrinos lo fueron Juan Fernández y Catalina Rodríguez. Fray Bartolomé Gutiérrez perteneció a la orden de los Agustinos habiendo tomado el hábito en el convento grande de la ciudad de México y procesado el 1 de junio de 1597.

Al decir de los cronistas, la carrera apostólica del padre Gutiérrez fue más gloriosa que la de San Felipe de Jesús, pues habiéndose dedicado a la conversión de los infieles en el Japón, fue quemado vivo a fuego lento en Nagasaki, el 3 de diciembre de 1632, a los 52 años de edad. A pesar de su glorioso martirio, su beatificación se tardó bastante, siendo hasta el 7 de mayo de 1867, cuando el Papa Pío IX dio la Bula correspondiente. Desde entonces se hicieron en la catedral de México, el día 2 de marzo, funciones muy solemnes con procesión y sermón, en honor a fray Bartolomé, estando los oficios a cargo siempre de algún religioso agustino.

domingo, 17 de mayo de 2015

Maestro que hizo escuela

El decir maestro denotaba hambre y necesidades; estas van unidas como la carne con la uña. No desean tener beneficios, se conforman con que no les falte un buen plato de caldo, un trozo de carne, los indispensables frijoles duros propios para apedrear en un motín o si están agusanados mucho mejor, pues así son demás alimento; como olvidar también el jarrito de café. Con el estómago pegado a la espalda y bostezos continuos, con estómago exhausto y con hambre a toda hora, así viven sin vivir, estos escuálidos y abnegados seres. El hambre es su sopa caliente, su pan y su agua, así como su padre nuestro y suave María.
Hombres con menos carne que un leño, pero con grandes ojeras, al borde del desmayo, con su ropa raída, agujerada y desgastada, todos roñosos y desgreñados. De estos tristes mortales, que a duras penas viven, era Cristóbal de Trujillo, descarnado y de mandíbula transparente, ocioso de boca y liso de barriga. Estaba el infeliz casi sin alientos, exánime, y su andar era como de sonámbulo, sin moverse, tieso y erguido, como forjado en una sola pieza; pero esta lentitud sólo era una precaución para no desarmarse al hacer un movimiento brusco. La sotana era un puro lamparón; contenía más, mucho más grasa que una tocinería, pero los puños y en los bajos colgábanle abundantes arambeles y flecos que combinaban muy bien con aquellas greñas llenas de liendres, que traía siempre revueltas ya sobre los ojos, ya le colgaban todas lacias y enmantecadas casi hasta los hombros.
Tenía este hambreado Trujillo abierta escuela en donde atendía hasta dos docenas de chicos revoltosos. Era fraile profeso de Santo Domingo y clérigo ordenado de corona; enseñaba a deletrear, a decorar, a leer de corrido; enseñaba la doctrina y las cuatro reglas; hacer palotes, luego letra bastarda, y redondilla después, y todo esto entre palmetazos horrendos que sacaban hasta humo de las manos, de disciplinazos feroces que procuraba con gran cuidado cayeran en lo más carnoso del cuerpo, y se pasaba el día con amenidad desdentando a diestra y siniestra con bélicos mojicones a los chicos analfabetos; o si no tenía el humor sulfurado, ponía a sus educandos las orejas de burro.
Pero de pronto este ser diáfano de flacura, empezó a cubrirse los huesos con buenas carnes, se le sonrosaron  los pellejos de su cara y hasta tomó cierto balance al andar, grácil, como de pluma en brisa. Ya tenía en su mesa abundancia de buenos guisados, pan rebanado a pasto y cántaros de vino. Ya andaba el escuálido Padre Trujillo en grandes regodeos con aquello que en otros tiempos era sólo un sueño, pechugas de pavo, lonjas mantecosas de cerdo, pescados y pollos. Recordaba sus antiguos bodrios y escupía de repugnancia. Pero ¿de dónde salieron esos guisos que ya comía a diario con buen acompañamiento de pan blanco y de vino? Pues eran debidos a la peregrina invención de su muy peregrino ingenio. Como los chicos no le pagaban, y si por acaso le pagaban era tarde y mal, él se vengaba dándoles, por lo que hacía o por lo que podían hacer, aquellas tremendas golpizas diarias en parte blanda, desnuda y noble con las que temblaba el misterio y ésta se ponía a valar el cordero pascual. Lo que discurrió un terrible ingenio el magro pedagogo para acrecentar los músculos y tener una poca de grasa de reserva, fue enseñar a sus discípulos a robar. Singular enseñanza con la que les perfeccionaba y pulía los naturales instintos a la rapiña de los más de sus alumnos, ya con hábil precocidad para este arte u oficio que recibieron en herencia con la primera leche.
Les enseñaba a hurtar y les mandaba que hurtasen los bienes y hacienda de sus padres, y así por su mandato los discípulos lo hacían, y si no lo hacían les amenazaba imponía temores infinitos. Y por todo el señor Juan Bautista, fiscal y alguacil mayor de la ciudad de Oaxaca, lo denunció el 22 de septiembre de 1571 ante el provisor de la Santa Iglesia Catedral, bachiller Leandro Martínez, y desde luego le abrió proceso el deán en oficio de juez eclesiástico. Se citaron a numerosos muchachos y todos declararon como los obligaba el señor maestro aquel le dijesen los objetos que había por sus casas, y que escogía entonces los que le parecía mejor y más adecuados para que se los trajesen, y que al que no quería hacerlo le amenazaba horriblemente con penas que llenaban de escalofríos, y que por temor y hasta por respeto lo obedecían sin chispar, y además les tenía mandado que cuando fuesen a confesar no dijeran nada de los hurtos. Los muchachos decían osadamente lo que les enseño; ya sin miedo le aclaraba sus buenas enseñanzas, pero inerme de disciplinas y palmetas con las que les hizo terribles estragos en sus carnes para demostrar que la letra con sangre entra. Pero Cristóbal de Trujillo contestaba medio riendo, que quien le daba crédito a muchachos, que se necesitaba ser bobo de nacimiento para tomarles en cuenta sus dichos, y con fecha de 5 de octubre de 1571 escribía su defensa; en la cual aclara que los muchachos no rebasan los dos años de edad, y que todo aquello que declararon carece de veracidad alguna porque ellos solo quieren su mal; así también exigía su pronta libertad porque al ser inocente no tenía el por qué estar en prisión.
Entre afirmaciones contundentes de los chicos y sus padres, y de la gente a quien le fue a vender lo que habían robado, para satisfacer su hambre atrasada de años, se pasaron largos meses, y al fin el reverendo deán provisor dictó la sentencia: el maestro Cristóbal Trujillo fue condenado a prisión y a un año de destierro, entre otras más. El 9 de octubre de ese año fue llevado a la Santa Veracruz a cumplir la penitencia a la que se le condenó. Lo pusieron en el presbiterio en una alta tarima para que se le viese bien desnudo de pie y pierna y con vela en la mano, tal como se mandaba en la sentencia; el pobre hombre estaba descolorido, como en sus desastrosos tiempos de hambre, con la barbilla pegada al pecho, sus largos y aceitosos cabellos le colgaban sobre la frente, tapándole los ojos. Al terminar de leer el Evangelio el sacerdote oficiante, el fiscal se puso de pie y con preciosa voz dijo una tremenda oración a los fieles en la que les explicaba, pormenorizadamente porque se hallaba allí aquel “maestro de niños”, cosa enteramente inútil porque todos los concurrentes lo sabían a las 1000 maravillas. Cristóbal de Trujillo se afana escrupulosamente en sacar discípulos competentes y bien logrados en las disciplinas de Caco para que tuvieran después sonada reputación. Lástima de esfuerzos.

domingo, 10 de mayo de 2015

Santos y Santas

En la religión católica existen una gran cantidad de santos y santas para todas las necesidades, y para abarcarlos a todos, el espacio en este nunca bastaría para mencionar una pequeña reseña de todos, así que mencionamos a algunos de los más conocidos. En posteriores publicaciones iremos hablando de estos personajes, que de tantos aprietos nos han sacado.
San Felipe de Jesús
Nació en la ciudad de México en 1572. Bajo la dirección de los jesuitas, estudió gramática en el Colegio de San Pedro y San Pablo, pero sería expulsado debido a su carácter hiperactivo, después se fue a puebla como novicio y más tarde de dedicó a la platería, oficio en el que duró muy poco tiempo.
Si tener un trabajo fijo, se embarcó hacia Manila para ayudarle a su padre en  los negocios, pero fue tentado por los juegos de azar, y ahí llevó una vida muy desordenada. Tiempo después sintió un tremendo vació por haberse olvidado de Dios, por lo que decide ir a tocar las puertas del convento de Santa María de los Ángeles, donde se convirtió en fray Felipe de Jesús.
Tres años más tarde recibe la noticia de que debía regresar a México para recibir instrucciones sagradas, ya que en Manila no se le podían otorgar por falta de obispo. Entonces en el mes de julio de 1596 se embarca en el galeón “San Felipe”, con destino al puerto de Acapulco, pero sucedió que la embarcación fue detenida en Japón, lugar donde fuera hecho prisionero, martirizado y crucificado. Murió en Nagazaki el 5 de febrero de 1597. Fue canonizado el 8 de julio de 1862.
A este santo lo podremos identificar, porque aparece ataviado con un hábito café de su orden religiosa, abrazando la cruz o sujeto a ella con argollas en el cuello, muñecas, tobillos, y su cuerpo atravesado por dos lanzas. Cuenta con su capilla ubicada en la Catedral Metropolitana.

Santa Teresa de Ávila
Nació el 28 de marzo de 1515 en una familia acomodada, de carácter decidido y alegre. Pertenece al grupo de las tres doctoras de la iglesia, siendo las otras dos: Santa catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús. Reformó a las Carmelitas, llegando fundar treinta y dos conventos por todos los rincones de España.
Sus obras llenas de misticismo son consideradas obras maestras de la literatura, en las que relata sus visiones y experiencias espirituales de manera sencilla, sin exagerar los acontecimientos; entre sus obras más relevantes destaca: Camino a la Perfección, Fundaciones y el Castillo Interior.
Su vestimenta consiste en hábito de  las monjas carmelitas descalzas: color castaño con tocas blancas y velo negro, un amplio manto de lana blanca abrochado en el pecho y sandalias, se le puede ver también portado en birrete doctoral. Como todos los santos, tiene elementos que la caracterizan, los cuáles son: libro y pluma de escritura, bordón pastoral que termina en cruz de doble travesaño como fundadora, en algunas ocasiones la podremos  ver con una crucecita a modo de pectoral colgando en el pecho; también con una paloma (Espíritu Santo) junto al oído o sobre el hombro, ya que representa la inspiración divina en sus escritos.
Es frecuente la escena en que un ángel con un dardo  encendido le inflama el corazón cuando ella se encuentra en éxtasis, por ello a veces tiene un corazón llameante  en sus manos. Enamorada de los sufrimientos de Cristo, su lema era: “Padecer o morir”. El nombre de esta santa no es muy común para referirnos al recorrer el Centro Histórico, se le conoce más comúnmente  a sus templos como: Santa Teresa la Nueva  y Santa Teresa la Antigua.

San Felipe Neri
Segundo de los hijos y primer varón, nació en Italia, Florencia el 21 de julio de 1515. Hombre de buen corazón que toda su vida hizo obras de caridad para ayudar quienes más lo necesitaban, llegando incluso a vender sus libros para socorrer enfermos y pobres.
En 1544 tuvo su primera experiencia mística, en la que se cuenta que una bola de fuego se le metió a la boca, alojándose en su pecho, y lo curioso del asunto fue que cuando le hicieron la autopsia, tenía dos costillas rotas y arqueadas. En otra ocasión se le apareció la Virgen, que lo curó milagrosamente de una enfermedad de la vesícula. Su fama creció como la espuma, y tanto cardenales, como pobres recurrían a él para buscar consejo y ayuda.
Con el apoyo de su confesor, fundó en 1548 la Confraternidad de la Santísima Trinidad, dedicada a ayudar a los pobres, enfermos y peregrinos. En 1551 se ordenó como sacerdote e ingresó a la comunidad eclesiástica de Girolamo en Roma; y con el paso del tiempo sus oraciones se hicieron muy populares, para lo que hubo que mandar construir un recinto especial para que hubiera cupo para los cada vez más numerosos asistentes. Sus conferencias y reuniones eran acompañadas por composiciones musicales, que dieron origen a los llamados “oratorios”. Su fiesta es el día 26 demayo.

San Ignacio de Loyola
En diciembre de 1491, probablemente en un día de Navidad, nace un niño de nombre Iñigo en el seno de una noble familia guipuzcoana en el castillo de Loyola. Fue educado de acuerdo a las costumbres españolas, y de  carácter tenaz y orgulloso, decide entrar al ejército del virrey de Navarra. Durante la ocupación de la ciudad de Pamplona, Ignacio se negaba rotundamente a la rendición del castillo, persuadiendo a los capitanes para que se resistieran a la muerte; resistieron todos los obstáculos que les vinieron, hasta que una bala de cañón de destrozó una pierna y herida la otra. Fue recogido por los mismos enemigos y lo trasladaron al castillo de Loyola, donde su estado se agravó de tal manera, que por poco se muere, pero casualmente por aquellas fechas fue la vigilia de San Pedro, santo al que siempre tanto veneró y decide encomendarse a él; milagrosamente experimentó una notable mejoría y rápido entró en vías de recuperación.
Sin embargo, su convalecencia iba  a llevar un largo tiempo, para lo que solicito libros de caballería a los que tanto era aficionado,  pero a falta de estos, le ofrecieron una Vida de Cristo y un libro de vidas de Santos. Las lecturas religiosas le produjeron una fuerte crisis moral, después una aparición de la Virgen del Niño Jesús, lo hizo decidirse de manera definitiva a cambiar su vida y consagrarse al servicio de Dios.
El 27 de septiembre de 1540 Paulo II, autoriza de manera oficial la fundación de la congregación de la Compañía de Jesús, hecha por Ignacio de Loyola. Dicha compañía era sinónimo de obediencia voluntaria y alegría.
El santo varón murió cerca de Roma el 31 de julio de 1556 y está inhumado junto al altar de Jesús. Fue canonizado por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622.