domingo, 28 de abril de 2013

La casa del niño quemado




Pavorosa y sobrenatural es esta leyenda cuyos sucesos no pueden explicarnos sino los mismos seres del más allá; en los escritos de Riva Palacio y Luis González Obregón, así como en documentos del Archivo General de la Nación, se han encontrado los elementos necesarios para llevar a ustedes amigos lectores esta leyenda.
Hasta el siglo pasado existieron las ruinas de esa casa, en lo que hoy es esquina de Bucareli y Avenida Chapultepec, desde lo que fue campo florido hasta más allá delo que hoy es Niza apenas si había unas cuantas casonas, una ellas que fue la que construyó el conquistador Pedro Soto. Muy cerca, casi en frente de la casonaderruida que se encontraba precisamente en donde hoy hay un edificio de la época del Porfiriato y que ocupa en la parte baja una cantina.
Corría el año de 1717 cuando llegó a la Nueva España don Eulogio de Olivares y Tafoya trayendo consigo a su esposa y su hijo Ambrosio de once años; esta familia iba a habitar la casona que fuera de Pedro de Soto; pero al cruzar el carruaje frente a la casa en ruinas un hálido siniestro se dejó sentir, pero no habían avanzado unos metros cuando el chico presintió lo sobrenatural, así fue como los hipersensibles oídos del niño percibieron lamentos ultraterrenos; este volvió hacia su madre atónito, acto seguido miró hacia el bosque y creyó percibir algo. Los padres hicieron caso omiso a lo que les decía el muchacho. No pasó mucho tiempo cuando finalmente la familia llegó a la que sería su nueva morada que era una casona hermosa y enorme; los recién llegados cenaron y se aprestaron a descansar de tan cansado y largo viaje, sin saber que a partir de esa noche sus vidas cambiarían.
Serían poco después de las once de la noche cuando el chico, por las emociones del viaje no pudo conciliar el sueño, y en ese momento se figuró escuchar débiles susurros que arrastraba el viento, fueron ayes dolientes y lastimeros que parecían emitir la misma noche, con lo que Ambrosio experimentó un sobresalto. Los lamentos cada vez se escuchaban más cercanos, más dolientes y obligaron al muchacho a cercarse a la ventana; pero sus ojos vivaces e inquietos solo vieron sombras presintieron una rara presencia entre el follaje; entonces el viento arrastró los lamentos y aquella presencia se convirtió en un susurro que opacó el misterio de la noche, y sin poder dormir esperó vestido hasta que llegara el día siguiente sin decir una sola palabra a sus padres.
Poco antes de la media noche los lamentos lastimeros se volvieron a escuchar y Ambrosio se levantó rápidamente, salió de su casa y se lanzó hacia el bosque en persecución de quien se lamentaba tan dolorosamente, pero no veía a nadie y a pesar de todo sentía su presencia. El chico seguía corriendo y bajo sus pies se podía escuchar el ruido de la hojarasca y los susurros lastimeros en el silencio de la noche en el soplar del viento, siguió su camino hasta que sin darse cuenta llegó hasta aquella casa quemada que hubiera visto al ir en el carruaje. Allí, frente a la puerta cuyas maderas habían sido consumidas por el fuego, volvió a escuchar aquel lúgubre lamento.
Al día siguiente muy temprano un criado llevó ante sus padres el cuerpo inerte del pequeño, relatando el primero que lo había encontrado desmayado en el bosque mientras buscaba leña.
A partir de entonces el niño se levantaba noche a noche y seguir la dirección de los dolientes ayes, y cada mañana era encontrado dormido ó desmayado frente a las sucias ruinas; tal cosa tenía a sus padres profundamente preocupados pues creían que la criatura era sonámbula; pero lo curioso fue que durante esos días el niño jamás mencionó que era lo que había visto u oído, pero lo cierto es que su salud desmejoró y cuando se le vigiló de modo que no pudo hacer más escapatorias nocturnas, esto provocó que cayera en cama con una fuerte fiebre repitiendo cosas sobre un pobre niño atormentado que no podía obtener el perdón de alguien.
Los padres del chico hablaron el doctor y este les relató la historia de un alma que lleva mucho tiempo atormentada, vagando por aquella casona abandonada y que la única forma de curar a su hijo era ayudando a aquella alama en pena. ¿Quién ni es capaz de hacer por un hijo cuanto sea preciso?, pues eso hizo don Eulogio y se lanzó esa noche al bosque con un farol en la mano dispuesto a averiguar que era aquello que perturbaba la salud de su hijo; no pasó mucho tiempo cuando llegó a pocos metros de la casa quemada y se situó cerca de un árbol para poder espiar de cerca. Poco antes de la media noche, la débil brisa nocturna llevó a sus oídos unos débiles quejidos; acto seguido se puso de pie, dispuesto a averiguar quién vagaba por el bosque. Las débiles pisadas sobre la hojarasca se fueron acercando llenando de inquietud a don Eulogio, de repente en ese momento sintió que junto a él pasaba ese “alguien” que se convirtió en una ráfaga helada de aire de ultratumba que lo llevó hacia la casa quemada; en ese momento el hombre escuchó como si escaparan de la puerta calcinada aquellos gemidos lastimeros y acto seguido un impulso temerario y de ansiedad lo lanzó hasta la puerta misma de la casa quemada, y gritó a los cuatro vientos, pero solo obtuvo como respuesta un silencio sepulcral, solo el viento que movía el follaje y levantaba las hojarascas ¡nada más!.
Al día siguiente apenas llegó el médico, don Eulogio le relató todo lo sucedido; esa misma noche ambos se hicieron acompañar de un criado y colocaron una serie de faroles para ver si el espectro se manifestaba, este último sintió temor y pidió autorización para retirarse. El médico y don Eulogio se quedaron solos en el bosque aguardando la llegada del ser que gemía, pasaba el tiempo y comenzaban a sentirse desesperados cuando cerca de la media noche percibieron aquel susurro, alguien se acercó lanzando al aire de la noche dolorosos gemidos, los pasos continuaron y estupefactos los españoles vieron como parecía levantarse hojarasca al ser hollada por pies invisibles, en ese momento se dejó sentir la presencia de aquel ser y se escuchó su lastimero llanto. En ese momento ocurrió un fenómeno misterioso e inexplicable, pues algo se interpuso entre la visión de los españoles y el farol, no era un ser denso, pero proyectó su sombra contra las mismas sombras de la casona ruinosa y renegrida; aquellos hombres quedaron atónitos y después discutieron los hechos preguntándose porque aquella alma en pena no podía cruzar la puerta.
Día tras día, noche tras noche los lamentos dolorosos continuaron perturbando el bosque y la salud del pequeño Ambrosio cada día era más precaria; llegó la situación a tal punto que pasadas varias noches su salud se agravó, y temiendo por la vida de su vástago, pidió con urgencia don Eulogio a su mujer hacer lo necesario . Momentos más tarde llegó el doctor con gray Ezequiel de Alonso, un viejo franciscano del templo de San Antonio, y el español desesperado imploró al fraile cuanto le fue posible para que salvara la atormentada alma de su pequeño. El religioso se quedó a solas con el niño para escuchar su confesión, esta la hizo con mucha lucidez a pesar de la fiebre que no cedía y con lujo de detalle le relató al religioso sobre los macabros acontecimientos del bosque. Minutos más tarde salió el fraile, dirigiéndose a don Eulogio y al doctor que aguadaban les dijo que el pequeño se encontraba muy mal, sin embargo sabía el remedio para esta situación; así que el religioso les dio la instrucción a los españoles de que prepararan antorchas y faroles y acto seguido se dirigieron al bosque.
Aquella extraña comitiva que iba a luchar con un fantasma se internó en el bosque rumbo a la casa quemada, y una vez que llegaron colocaron los faroles sobre las escaleras, uno de cada lado y las antorchas fueron colocadas a lo largo del camino que recorría la doliente alma. Los tres hombres se quedaron aguardando la aparición del fenómeno y los criados se marcharon; poco antes de la media noche se escuchó el susurro y los gemidos dolorosos, y acto seguido el fraile se precipitó hacia la entrada de la casa mientras se dejaban escuchar los pasos y el arrastrar de algo sobre la hojarasca, entonces sonaron los gemidos y ante el asombro del doctor y don Eulogio, el fraile comenzó a hablar hacia el viento del bosque implorando al Señor que se llevara consigo a aquellas almas a su eterna morada y permitiera que aquella puerta se abriera.
Se escucharon pasos sobre los escalones y el hollar de la hierba cerca de la puerta, luego se materializó “aquello” al pasar por delante de los faroles colocados en el interior, cuyas flamas vacilaban y “aquello” se interpuso entre la escalera y el cura: ¡un ser de ultratumba!; después sin ningún motivo las antorchas y faroles se apagaron, y en medio de la oscuridad se vieron dos figuras espectrales horrorosas, después solamente se escuchó la voz del fraile que decía: “Dios sea bendito y alabado. ¡Juan, quedáis con vuestra madre!”.
En aquel momento se encendieron nuevamente y solos, los faroles y antorchas, sopló un viento fresco y todo pareció volver a la normalidad; y aún tembloroso por la emoción pasada, el religioso regresó ante los asustados caballeros y momentos más tarde los tres actores de estos hechos sobrenaturales estuvieron en la casa de don Eulogio, el espectáculo ultraterreno aún los tenía sobrecogidos.
El fraile les relató a los españoles sobre aquellas almas atormentadas que conoció en vida: se trataba de un mozuelo que abandonó a su madre por irse en pos de una mítica aventura, y el chico que llevara en vida el nombre de Juan Henriquez de Pineda, deslumbrado por relatos de viejos soldados se marchó en busca de siete ciudades de oro perdidas, y en vano suplicó su viuda madre para que no la dejara en el desamparo, pero él se marchó dejándola sumida en un amargo llanto. Una noche según se dice, de manera accidental y otros dicen que fue provocado, la casona tomó fuego y la madre de Juan nada hizo por apagar las llamas, ni pedir auxilio, pues se dejó morir en aquella hornaza y de aquella casa amplia y alegre solo quedaron ruinas humeantes, renegridas y en silencio; más tarde se supo que el muchacho había muerto ¡quemado! en su malhadada aventura, pero finalmente su alma encontró el descanso eterno al lado de su madre. En esos momentos la madre del niño Ambrosio entró feliz a comunicarles que este ya no tenía fiebre, todos se regocijaron con la buena nueva. Don Eulogio días más tarde cambióse de casa y de rumbo por aquello de las dudas.
Fray Alonso, en su celda del templo de San Antonio escribió sobre este suceso sobrenatural, pero habiendo sido más tarde del conocimiento del vulgo se desató una avalancha de testimonios de gentes que aseguraban haberse topado con los espectros de la casa quemada, pero así como hubo dichos de gente grosera y a leguas mentirosa, también se registraron otros de personas serias e insospechables. Hay tesis de que este tipo de fenómenos suelen repetirse; así que cuando dirijan sus pasos por ese rumbo, cuídense de toparse con esas almas en pena.

domingo, 21 de abril de 2013

La educación en Nueva España


Fray Pedro de Gante
 Después de que los conquistadores armados sometieran al pueblo mexica el 13 de octubre de 1521, llegaron los conquistadores de almas: los misioneros. Ni tardo ni perezoso, Hernán Cortés manda traer frailes para la evangelización de los naturales. En 1523 llegan tres religiosos franciscanos: dos eclesiásticos, Johann Vanden Auwera y Johann Dekkers, cuyos nombres españolizados eran fray Juan de Tecto  y fray Juan de Ahora, y el lego Pierre de Gand, conocido como gray Pedro de Gante. Los tres pertenecían al convento de San Francisco de la ciudad de gante.
Fray Pedro de Gante empeñó todos sus esfuerzos en evangelizar a los naturales, lo que lo llevó primero a Tezcoco, debido a que México – Tenochtitlán permanecía aún en ruinas; allí enseñó a leer y escribir, a cantar y tocar instrumentos musicales, sin descuidar la predicación de la doctrina. Cabe destacar, que el religioso merece un lugar preferente entre los educadores, porque fue el primero en establecer un colegio para instruir a los indios y por haber fundado el primer colegio de América.
Es probable este personaje haya sido el primer fraile que se dio cuenta de que en la enseñanza debía ponerse más atención a los niños, y por tal decidió levantar una escuela a la que asistían  los hijos de los señores. Más tarde les enseñaría a pintar imágenes y a tallar retablos para los templos; a otros se les enseñó los oficios como de cantero, carpintero, sastre, zapatero o herrero, entre otros menesteres.  Aprendió la lengua mexicana de tal manera, que la hablaba como si el también fuese un indígena. Instituyó cofradías y fue autor de una suntuosa capilla, San José de los Naturales, a espaldas del convento de San Francisco, de la Ciudad de México; edificó también otras iglesias más.
En el convento de San Francisco fundó una escuela, de la que se dice llegó a tener mil alumnos, que fue también de primeras letras, industrias y bellas artes, adquiriendo por lo tanto un carácter más bien de escuela normal, pues de ella salían los indígenas que difundían lo aprendido en otros pueblos. Otro punto a destacar es la enseñanza del latín.
El religioso mostró siempre un gran amor por los indígenas y una entrega total a su labor evangélica, al grado de escribir cartas a frailes flamencos para que le ayudasen en su misión. Grande fue también el amor que los indígenas le manifestaron, y su muerte fue muy sentida por todos ellos; siendo sepultado en la capilla de San José de los Naturales.
En los cincuenta años que fray Pedro de Gante pasó en la Nueva España, adquirió una gran influencia tanto el a población indígena, como entre los frailes, sus hermanos de orden y la población española; a tal grado fue, que el segundo arzobispo fray Alonso de Montúfar de la orden de Predicadores, llegaría a decir: “Yo no soy arzobispo de México, soy fray Pedro de Gante”.

Las Escuelas
Las escuelas en donde se les impartía a los niños los conocimientos básicos para que pudieran desenvolverse en la sociedad de aquella época, mejor conocidas como primarias, no nacerían hasta muchos años de después de consumada la conquista, sino hasta el siglo XVI. ¿Por qué?
  1. Cuando llegaron los frailes a tierras mexicanas, lo que menos les importaba era tener un pueblo culto e ilustrado, sino más bien devoto; para tal fin bastaba con que aprendieran la doctrina cristiana y las oraciones que forman el credo y la práctica de la religión católica.
  2. Se les enseñaba a rezar y a cantar las alabanzas en el colegio de San Francisco y a trabajar en los oficios necesarios para el fomento del culto, como construir capillas, labrar la cantera, tallar la madera, bordar ornamentos, pintar los retablos y a entonar en latín las respuestas de los oficios litúrgicos. Un ejemplo claro lo tenemos en el colegio de San Juan de Letrán, en donde se les instruía en el arte de saber pedir limosnas y enterrar muertos; en el de Santiago de Tlatelolco se recibían alumnos de la nobleza indígena.

Los grupos de alumnos en un principio eran muy pequeños y por lo general las clases se impartían a domicilio; por lo general los profesores eran capellanes o frailes que aceptaban el cargo, sin que este constituyera una profesión seria.
Con el paso de los años, fue aumentando la población de criollos y mestizos, que sentían la necesidad de instruirse y prepararse intelectualmente para el buen desempeño de sus profesiones, administración de bienes y comercios. El aspecto social y económico del país estaba cambiando, iba adquiriendo una instrucción más amplia y difundida, las enseñanzas literarias empezaban a resultar poco prácticas, se necesitaba más bien instrucciones para poder afrontar las situaciones de la vida cotidiana.
Esta necesidad hizo que se fueran abriendo en la segunda mitad del siglo de la conquista (XVI), algunas escuelas particulares en las principales ciudades de la colonia. Los colegios eran instalados en las propias casas de los profesores, quienes con el pago de una cuota semanal les daban clases.

Las Ordenanzas
El 9 de octubre de 1600 se expidieron en México las Ordenanzas paras las escuelas primarias, con las que se pretendía normalizar el ejercicio de la profesión de maestro y el funcionamiento de los planteles existentes en la ciudad. Establecían lo siguiente:
  • Un requisito primordial era la pureza de sangre, es decir, que el individuo probara no ser negro, ni mulato, ni indio. Solamente español.
  • Tener sanas costumbres y vida arreglada.
  • Los aspirantes a profesores a presentar una prueba en la que los ponían a leer y escribir con diferentes tipos de escrituras y las operaciones aritméticas más básicas.
  • Al maestro que abriera una escuela sin tener la aprobación,  era castigado con la clausura del lugar y con una multa de veinte pesos de oro común.
  • Por la mañana se debía rezar en todas las escuelas y por la tarde se les enseñaran las sumas, restas, multiplicaciones y divisiones; algunos días los alumnos debía de ir a ayudar a las misas, y un día a la semana que el maestro eligiera, hacerles exámenes sobre la Doctrina Cristiana.
  • La distancia entre cada escuela debía de ser de al menos dos cuadras.

Las Ordenanzas se enfocaron a que la educación fuera religiosa por excelencia; nada se menciona del aprendizaje de la escritura, la lectura y los métodos para transmitir eficazmente los conocimientos. Estas normatividades continuaron vigentes por más de un siglo, tal como las había aprobado el conde de Monterrey, pues en el año de 1709, el Maestro Mayor, don Manuel de Meraz, y los Veedores del Arte, don Domingo Fernández de Otero y Francisco Javier de Ariza y Valdés, decían la virrey que ya era tiempo de que se prohibiera a las casta e indígenas el ejercicio de la profesión, pues decían que era un mal ejemplo para los niños.  


domingo, 14 de abril de 2013

El fantasma de la monja atormentada




“Maldito aquel que revelare lo que en estos documentos contenido. Su indiscreción le causará la muerte… Santa Inquisición. Tribunal del Santo Oficio. Año e 1576”. Bajo la más terrible pena de muerte se ha guardado durante varios siglos este secreto hasta hora inviolado. ¿Qué misterio oculto bajo el sello temible de la Santa Inquisición, contienen estos pergaminos que no pudieron revelarse? Para conocer el gran misterio sobre este temible sucedido, es preciso retroceder al siglo XVI.
Estamos en España en el año en gracia de 1569, durante el cruel reinado del rey Felipe II, a quien todos tenían por descreído  o alejado de la iglesia, daba terribles muestras de fe; y esta fe se traducía en castigos horrendos  a herejes y en instalaciones, siniestras para castigar y torturar incrédulos. En aquella época vivía el religioso fray Pedro Moya de Contreras, a quien siempre molestaban por ser el cuñado del rey, pues teniendo a un pariente tan influyente se preguntaban por qué no le pedía el cargo de Obispo; por lo general siempre eran grupos de borrachitos que armados de valor con el licor,  le decían de todo al santo varón.  Como era costumbre, fray Pedro se alejaba lleno de indignación, dejando en paz a las banditas de bebedores.
Se decía que una hermana del religioso había tenido amores con el rey Felipe II, de los cuáles había nacido una niña;  al principio eran solo simples rumores, pero con el paso de los años se convirtieron en una certeza, por lo que la gente lo comentaba ya convencida, y a medida que pasaba el tiempo, las hablillas se multiplicaron al por mayor. Se dice que cansado de tantas burlas de clérigos y gente, fray Pedro Moya de Contreras fue a ver al rey Felipe II, y lo que ahí se dijo no queda nada para comprobarse, más por lógica podemos deducir que el religioso le reclamó al monarca su proceder; nadie fue testigo de semejante entrevista, y lo que respondió su majestad al fraile solo hablan los hechos posteriores.  Por órdenes del rey, fray Pedro ayudó a la fundación de los Santos Tribunales, dejando instalados monstruosos aparatos de tortura para castigar a los incrédulos e irreverentes, comprobando el mismo las formas inhumanas de castigo.
Se dice que la presión moral del religioso no cesaba ante el rey Felipe, así un día se salió con la suya y logró que fuera nombrado el primer Inquisidor de la Nueva España, también la iglesia lo eleva al rango de Arzobispo; días más tarde el religioso es enviado a la Nueva España en el galeón hispano “San Honorio”, buena estrategia del rey para mantenerlo lejos de tierras europeas.
Fray Pedro llega a la Villa Rica de la Veracruz en 1570, acontecimiento que fue pregonado por todo lo alto; se anunció siete veces por las calles de la capital, yendo en la comitiva el alguacil mayor del Santo Oficio Francisco Verdugo de Bazán, el Secretario Pedro de los Ríos, el Receptor Pedro de Arriara y Gaspar Salvago, Silvestre Espíndola y Juan Saavedra como testigos. A petición del  Inquisidor General fray Pedro, el virrey don Martín Enrique de Almanza ordenó a los dominicos cedieran un edificio, entonces se hicieron los arreglos necesarios y se instaló en el inmueble la tan temida Santa Inquisición, que aún podemos ver hoy en día. El funcionamiento del tribunal de la fe comenzó a funcionar de acuerdo con las instrucciones dictadas por fray Tomás de Torquemada; dicho tribunal se hizo temible, porque la víctima nunca sabía quién le acusaba y quienes eran los testigos, pues todo se hacía en el más absoluto de los secretos. El Inquisidor Mayor daba los tormentos y después de lograr la confesión, entregaba al reo convicto al brazo secular; y fue precisamente durante el tiempo que permaneció en tan temible cargo, que fray Pedro pensó en ejercer siniestra venganza en contra de quien había manchado su honra, el problema era que se trataba del rey; al no poder desquitarse con el entonces decide descargar toda su ira en contra del fruto del pecado: su sobrina.
El religioso manda llamar a los miembros del santo tribunal para darles la orden de que apresaran a los herejes, hechiceros, relapsos e irreverentes; así cumplía con las ordenes de rey y después cuando menos se diera cuenta, ejercería su espantosa venganza. Más si su cargo de Inquisidor le dictaba cometer severos castigos y tormentos, como arzobispo solía recatarse un poco; sin embargo,  entre esas pasiones contrarias se levantaba el pecado de su hermana, que él consideraba su mayor deshonra. Tres años después, en 1573, fray Moya hacía sentir su odio y la crueldad del santo tribunal, y ahora a los condenados se les iba a ejecutar en el primer y más monstruoso acto de fe que se guarde memoria; uno a uno durante toda  la noche y el día siguiente, fueron ardiendo aquellos herejes, ¡hasta acabar achicharrados los 73 reos!
Enfermo de crueldad y puesto su poder de manifiesto, noches más tarde pone en marcha su siniestro plan, mandando a alguien de su confianza para que secuestrara a su sobrina en Sevilla España, y pobre del infeliz si era descubierto porque iba a sentir la ira del ofendido. Una vez que la joven pisó tierras mexicanas, su vida comenzó a ser un verdadero infierno, pues su malvado tío la utilizaba para probar cada tormento diabólico que su enferma cabeza urdía; pero la diversión le duraría poco, ya que noches más tarde fue conducido a la celda de su infeliz sobrina, quien ya debilitada y enferma no podía resistir una tortura más, entonces su tío decide meterla de novicia en el convento de Jesús María, y le ordena a la madre superiora que una vez curada, debía obligarla a flagelarse, ayunar y disciplinarse con dureza. La casi moribunda muchacha fue conducida al monasterio por un túnel secreto.
En cuanto se repuso la joven, las monjas entraron en acción, ordenándole que debía disciplinarse hasta sangrar antes de cada alimento y al acostarse, obediente y sumisa comienza su cruel castigo; pero eso no era todo el tomento para la pobre muchacha, pues a su tío no le parecía suficiente, entonces decide mandarla traer cada martes y viernes a través de secretos túneles (que se pusieron al descubierto con las excavaciones del metro), conducían a la infeliz hasta cierto lugar. Al llegar la recibían silenciosos encapuchados que se hacían cargo de la desdichada novicia, cantaban extrañas letanías y se alejaban a través de los extensos túneles que corrían por debajo de la ciudad, hasta que al fin llegaban a la tenebrosa cámara de torturas de la Inquisición. La inocente doncella parecía no resistir más tormento. Allí la entregaban al verdugo, que debía de continuar con el cruel tormento a quien según el tío consideraba el fruto de un pecado; y no contento con eso, el perverso observaba los tormentos a su sobrina  a través de una cerrada celosía. Después la desdichada novicia era regresada a su convento, siguiendo los mismos túneles secretos. Al fin, la noche del 9 de agosto de 1578, terminó el martirio de la hija de Felipe II y la hermana del primer inquisidor; la joven muere sin nunca saber que pecado tan terrible había cometido  para ser castigada de una manera tal cruel y despiadada.
Meses después aquella novicia muerta, cuyo nombre no registró el libro del convento, comenzó a vagar por los jardines lanzando al aire quieto y agorero sus más tristes lamentos, causando el espanto entre las monjas que le vieron, y estas sabían perfectamente que era la religiosa muerta en pecado y tortura. Años después la tristísima figura de la monja salió de los muros conventuales y se lanzó a la calle con todo y sus desgarradores lamentos que erizaban los cabellos hasta al más valiente; en poco tiempo el vulgo la bautizó como “La monja atormentada”.
Durante muchos años la fantasmal novicia vagó por lo que hoy es esquina de Correo Mayor y Moneda; después, lanzando su doliente queja avanzó  hasta la esquina del Palacio Virreinal, y se situaba ante la puerta cerrada. El motivo por el cuál llegaba el fantasma hasta aquel lugar, no era otro, según creyó la gente, que el de ir en busca de su tío, pues ya en 1584 había sido nombrado el arzobispo Pedro Moya de Contreras, sexto virrey de la Nueva España. El fantasma doliente permanecía  allí hasta pasada la media noche, después regresaba a su convento, pero aunque la monja atormentada no salía a gemir todas noches, la gente rehuía pasar por la Plaza Mayor; y tanto dio el vulgo en asegurar que el espectro  iba en busca del virrey, que se tomaron cartas en el asunto enviando una comisión eclesiástica  y palaciega para que hablara con fray Pedro Moya de Contreras, quien después de dialogar con ellos, decide enfrentar al fantasma al día siguiente en punto de las doce de la noche, para así devolver la paz a la Nueva España.
A nadie extrañó  que se levantara a toda prisa un templete frente al Palacio Virreinal, el cual quedó terminado sin que la gente supiera los fines para los que fue construido, pues todo era secreto en esos días. La noche del 9 de junio, muy cerca de la medianoche salió de Palacio fray Moya de Contreras y su extraña comitiva, quienes llevaba un crucifijo, estandartes y reliquias para exorcizar trasgos, fantasmas y demonios; la plaza  estaba solitaria y la noche tranquila y tibia, el grupo se dirige al templete para tomar asientos cada uno en su respectivo lugar, acto seguido comenzaron a elevar plegarias a Dios mientras aguardaban la hora indicada, pero no paso mucho tiempo cuando estalló un grito espeluznante que llenó de pavor sus corazones: la macabra monja se había hecho presente para lanzar sus gritos dolientes. De acuerdo  con los cánones religiosos, fray Moya de Contreras invocó a la muerta, y para asombro de todos, la monja respondió en verso, en donde le imploraba que quería dejar de penar en este mundo; el virrey  atemorizado no pudo articular palabras en forma de verso, y  sin que nadie pudiera impedirlo, se arrojó a los pies de aquel fantasma para implorarle perdón con lágrimas en los ojos. Varios minutos permaneció  allí el religioso, sobre el suelo  de la Plaza Mayor, hasta que al fin los frailes y oidores se atrevieron a levantarlo.
El virrey declaró en el Legajo de una Causa Triste del Santo Oficio todo lo acontecido aquella noche, así como también la identidad de la monja; dicho documento fue sellado con lacre y cayó la maldición sobre quien revelase aquel secreto, más aún sucedido histórico, debe salir a la luz.

miércoles, 10 de abril de 2013

Real Monasterio de Jesús María (Parte 2)

Ubicado en la calle de Jesús María esquina con Soledad en pleno Centro Histórico, podremos encontar uno de los templos mejor conservados que podremos visitar en esta ciudad, cosa que no podemos decir de lo que queda del convento, que está ya en la ruina total. Sus origenes se remontan hasta finales del siglo XVI, cuando las monjas concepcionistas deciden trasladarse de los rumbos de la Santa Veracruz, hasta su ubicación actal, lugar que era ya muchos más espacioso y confortable.
Hoy en día esta calle está llena del bullicio comercial, característico del Centro Histórico, en donde podrás contrar toda clase de artículos.


domingo, 7 de abril de 2013

El sarcófago de Catedral


Como todos recordaremos en 1521 fue edificada una pequeña iglesia sobre el templo de Huitzilopochtli. Conforme pasaron los años los indios convertidos al catolicismo fueron aumentando y como aquella se hizo demasiado pequeña para tanta gente, entonces se decidió demolerla y se construyó la Catedral que vemos hoy día.
Durante su construcción los franciscanos vivían ahí en habitaciones provisionales, todo marchaba muy bien, hasta que en 1629 hubo una terrible inundación en la cuál salieron muchos escombros, entre ellos un misterioso sarcófago, que descubrirían los frailes Tomás de Salazar y Miguel de Aviña, que avisaron inmediatamente al padre superior sobre el hallazgo, quien mandó ponerlo en un lugar donde el agua no le causara daño.
Días después que bajaron las aguas, el padre superior fue a hacer averiguaciones del nombre del difunto, su fecha de muerte y lo mandó limpiar.
Cuando fray Tomás terminó de limpiar el sarcófago, agotado, se sentó a descansar un rato encima de el, de repente sintió que algo le jalaba el hábito; sin darle importancia le informó al padre superior que no había datos del difunto. Decidieron dejarlo ahí hasta poder hablar con el seños virrey.
Ese mismo día en la tarde Fermín de Huesca, el joven organista vino a afinar un órgano que recién había llegado de España; vio el sarcófago y tentado por la curiosidad fue a observarlo, observando que tenía una pequeña hendidura en un lado de la tapa, entonces se asomó, de pronto escuchó en su interior un ruido y vio que algo se movía, se retiró asustado, pensando que podía ser una rata.
El lugar donde se hallaba el sarcófago era obscuro y silencioso; esto creaba una atmósfera siniestra, pero en el joven pudo más su curiosidad que su miedo, y acto seguido metió en la hendidura un pequeño pedazo de papel enrollado par ver si el roedor lo mordía, pero cuál no sería su sorpresa cuando sintió que era jalado, lo sacó y vio que la orilla estaba rota y manchada.
Salió corriendo aterrorizado, al tiempo que pedía auxilio e informando que había alguien dentro del sarcófago; afortunadamente en uno de los pasillos se encontró con el padre superior y le informó todo lo sucedido, enseñándole aquel papelito roto.
Alumbrado con unos cirios, el padre superior fue al lugar donde se encontraba aquel objeto, pensando que eran figuraciones del joven se acercó sin temor alguno y se asomó por la hendidura alumbrándola con un cirio. Aterrorizado comenzó a rezar mientras retrocedía. ¿Qué cosa tan terrible vio?
Al día siguiente el padre superior acudió al Santo Oficio. El señor oidor le pidió al religioso que explicara lo que había visto exactamente dentro del sarcófago; lo único que pudo decir es que era una cosa espantosa. EL santo tribunal dio orden de que nadie entrara a la Catedral y que esa misma noche se llevaría a cabo un exorcismo.
Cayó la noche y llegaron los exorcistas junto con la santa hermandad al lugar de los hechos. A puerta cerrada se realizaron rezos, exorcismos y salmodias religiosas, después se ordenó abrir el sarcófago. La tapa se encontraba sellada, pero después de varios intentos lograron abrirlo, más les hubiera valido nunca haberlo hecho…
La tapa cayó al suelo y acto seguido se escucharon unos sonidos espantosos, la tierra se empezó a mover, una fuerte ráfaga de aire apagó todos los faroles y cirios; y de repente en medio de la penumbra, ante la mirada atónita de los presentes una figura horrible y deforme salió de sarcófago.
Cuando pasaron estos escalofriantes sucesos, los cirios y faroles volvieron a encenderse y descubrieron los cuerpos sin vida del oidor y de un fraile. Uno de los ayudantes hizo un siniestro descubrimiento: unas extrañas huellas sobre el lodo. Ya estaban a punto de retirarse, cuando otro de los ayudantes se asomó el interior del sarcófago y encontró el pedazo de tela del hábito de fray Tomás y el pedacito de papel del organista. Nadie supo que hacer, entonces el señor obispo decidió consultarlo con sus superiores de España.
Pasaron los siglos y en 1935 fue retirado un ciprés frente al altar mayor y debajo de el se encontró el sarcófago de mármol blanco con unos papeles viejos encima y una inscripción en latín. Hasta hoy nadie ha podido descifrar el siniestro misterio de aquel sarcófago encontrado en Catedral. ¿Qué creen ustedes que vieron aquella noche el grupo de exorcistas y la hermandad?

lunes, 1 de abril de 2013

La hija de la Llorona



En polvosos y carcomidos documentos se han encontrado nuevos ángulos sobre el espectro aterrador que sembró pavor y muerte entre los habitantes de la Nueva España. ¿Quién fue realmente esta mujer?
Fray Bernardino de Sahagún nos habla de la Llorona, identificándola como la diosa Cihuacóatl, la cual se trataron espectro aterrador que en noches de luna aparece voceando y bramando en el aire de la ciudad de ídolos y sangre lo siguiente: “¡Aaaaaaaaaay!  ¡Mis hijos!”; le dijeron entonces al emperador Moctezuma, que este espanto era uno de los más trágicos augurios.  Después sobrevino la conquista y Hernán Cortes destrozó con sus huestes codiciosas la magnífica ciudad imperial, los indios fueron esclavizados, el  oro y riquezas robados; pero la Llorona continuó apareciendo en su misma espantable figura, y su llanto penetrante agudo.
Pasaron nuevamente los años, y no creyendo los hispanos en augurios aztecas, dijeron que el fantasma  era doña Marina que lloraba por haber traicionado a su gente. Y pasan años, años y más años, la colonia instalada siente de nuevo el pavor de este espectro, ojos aterrorizados la ven flotando en la plaza principal de la Nueva España; y con el corazón dándoles vuelcos y las manos crispadas contra el pomo de sus espadas, la ven arrodillarse, y entonces no falta quien armándose de valor se fije en sus macabras fracciones, y diga: “¡Es esa mujer!”. Se decía que el alma en pena lloraba a sus hijos y que iba a pedir perdón por la culpa tan grande que traía.
Así, durante 20 años la colonia cargo con el fantasma bautizado como “La Llorona”, sin que esto fuera obstáculo para que valientes enamorados acudieran a la ventana de la amada, como el caso de don Melchor de Gómez, quien noche a noche acudía a la ventana de su prometida Luisa, un suspiro, un beso que se queda mudo en los labios y el aroma de una flor cercana en la noche enlunada, despiden al amado; acto seguido Luisa cierra el balcón de su casa, y cuando escucha que los pasos de don Melchor se han apagado corre así el interior para ver con ilusión el vestido que usará el día de su boda. Feliz, con 1000 palomas de ilusión revoloteando en su linda cabecita, la joven se prueba el vestido de novia que ha enviado su amado, y esa misma noche después de muchos años decide entrar en la alcoba que alguna vez ocupó su señora madre, pero al entrar y ver aquello tal y como quedara sin saber ella porque, sintió un extraño presentimiento de que algo trágico había ocurrido entre esas cuatro paredes. En ese momento descubre entonces de joyero sobre el tocador, entonces el loable para ver su contenido y decide probarse las joyas, que como era costumbre en aquella época, la hija debió usar las joyas de su madre. Levanta la tapa del joyero y una cascada de luces brota de allí, hay perlas y diamantes y otras piedras preciosas, Luisa se lleva el cuello dos collares de brillantes y perlas engarzadas en oro de fina filigrana, pero al hacer contacto aquellas joyas con su piel blanca y tibia, ocurre algo terrible: ¡se ve reflejada en el espejo como un esqueleto! Aterrorizada por esa visión macabra, arroja las alhajas lejos de sí y sal gritando de allí como loca, entonces su sirvienta Tadea acude rápidamente en su auxilio para enterarse de lo sucedido, y con palabras reconfortantes la acompaña su alcoba con todo y joyero.
La luna entra por la ventana arrastrando en su luz argentada rumores lejanos de la ciudad lacustre, y no había transcurrido ni media hora desde que Luisa se había ido a dormir, cuando despierta sobresaltada al escuchar unos gemidos provenientes del joyero, y asustada pero a la vez curiosa exige que aquella presencia se manifieste, y como si hubiese aguardado solamente ese mandato, un plasma flota, una figura horrible, que era nada menos que era su madre, La Llorona. El espectro le advierte que no debe casarse con su pretendiente porque sino heredaría la maldición, y sin decir nada más sale por la ventana lanzando gemidos lastimeros.
Luisa le exige a Tadea que le diga porque es la hija de aquel ser espantable, entonces dócil y sumisa, la señora obedece la orden de su ama, y entre lloros y frases cortadas le hace su tétrico relato: “Aquella noche en que vuestra madre os apuñaló, siendo vos la más pequeña, creyó que estabais muerta, aquella noche horrible mientras la turba enardecida perseguía vuestra madre, os salvé, y os llevé a casa de mi madre que era curandera, y desde entonces cuidó de vos y de vuestra fortuna, ya que muerto vuestro padre la reclame para vos”.
Sin hacer caso de las advertencias de Tadea decide contraer matrimonio. Veinticinco años de espera de una maldición y veinte que Luisa estaba deseosa de un afecto, hicieron posible la boda en donde lució aquellas joyas que tenían la maldición de la Llorona y a cuyo contacto y ante un espejo obraban de forma diabólica, la sirvienta tampoco lo sabía, pero ese día al salir la pareja del templo pareció presentir aquello. Esa noche, después de la fiesta de bodas la pareja se retiró a su alcoba, había luna llena y misterio en el ambiente colonial; como atraída por un extraño flujo, la joven se ve precisado a sentarse ante el espejo, y entonces como si al tocar las joyas se pusieran en libertad fuerzas demoniacas, ocurre aquello: sin escuchar la voz del amado, como convertida en una fiera la transfigurada Luisa se arroja sobre Melchor de Gómez.
La impresión, el susto y la pena causan la muerte del marido, por fin Luisa saciar su furia infernal dirigida por un alma maldita. Al día siguiente de un amigo íntimo de Melchor de hacer el terrible descubrimiento. No tarda en tomar conocimiento la justicia, que en vano buscó a doña Luisa para que explique  la muerte del esposo, para simplificar las cosas la muerte de aquel hombre se han o a motivos puramente pasionales, para cubrir el expediente [guaso y buscaron afanosamente a la mujer sin hallarla por ninguna parte. Nadie sabía que la fiel Tadea se la había llevado a la casa de sus mayores, en donde la encerró en un calabozo oscuro, desde donde no pueden escucharse en el exterior sus aullidos lastimeros, pero por las noches fuerzas sobrenaturales las sacaban de su celda el empujaban a la calle ¡las mismas noches de luna!
Cuentan las viejas crónicas que al filo de la medianoche, escuchaban por san Pablo lanzar un grito angustioso, y que al mismo tiempo causaba pavura con sus gritos y horrísona presencia allá por la Acordada. ¿Qué explicación sería entonces a esto? Ninguna, porque todos los habitantes de la Nueva España creían que era la misma espectral mujer vagando. Sin embargo, vistas las cosas a la fría realidad del siglo XXI, podemos asegurar que madre e hija vagaban por su cuenta, y por eso la veían a un mismo tiempo en lugares tan distantes uno del otro.
Dicen también estos viejos documentos, que llegó a tal grado el terror en la colonia, que el Santo Oficio decidió intervenir, y fueron comisionados para esa misión dos frailes camilos conocidos como ¡los padres de la buena muerte! Uno oidor y un criminal sacado de prisión. Durante varias noches de luna aguardaron valerosos a que la horrible visión apareciera por las calles, hasta que por fin una noche la tuvieron a la vista y decidieron seguirla para saber en qué lugar se escondía o desaparecía, el espectro lanza un grito escalofriante y los perseguidores tiemblan de pavor, pero sobreponen, y la siguen hasta que llega la casa que fuera de los condes de Montes Claros. Ante la casa muchos años clausurada, aguarda la gente aquélla hasta que el sol ilumina con sus rayos a la Nueva España,  y tan pronto tienen su arma principal que es la luz del cielo, se precipitan a la casa y hacen que Tadea les abra la puerta; como si fuera la respuesta a sus preguntas, en ese momento se escuchó un alarido y sin hacer caso de las protestas de Tadea bajan al sótano, guiados por los gritos logran encontrar el escondite y sin aguardar más, mientras los frailes la exorcizan el oidor y el criminal procuran atarla prontamente. Mientras resuenan secos y siniestros en los golpes de mazo sobre estaca en  el cuerpo de la aprisionada, un grito o libre estalla en los sótanos, mientras la fiel sirvienta llora, el oidor despoja a Luisa de sus joyas, y es el criminal quien señala la realización de aquel fenómeno, pues aquel cuerpo pasó de ser algo aterrador a una mujer joven.
Para que las joyas no volvieran a causar otra desgracia, loca de rabia llorando por no haber descubierto antes el maleficio, Tadea las arroja a un profundo pozo, mientras tanto queda ahí, muerta para siempre la bella Luisa Montes Claros; fiel sirvienta llora desesperadamente a su lado.
Desaparece así una de las Lloronas que nos ha heredado la leyenda, todavía hoy suelen verla por campos y ciudades, pero nadie sabe quién es, ¿quién fue realidad?: ¿Cihuacoatl, doña Malinche, la madre de Luisa? … ¡quien lo sabe!