Mostrando entradas con la etiqueta Historia Calles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia Calles. Mostrar todas las entradas

domingo, 3 de abril de 2016

El paseo más importante de México: La Alameda


El paseo más antiguo de la ciudad de México y en el que se podía ver a toda hora del día un gran número de gente, era sin duda alguna la Alameda. Fue una amplia extensión cubierta de árboles, situada al oeste de la traza y en los terrenos que el Regidor Ruy González había robado a la laguna cuando la desecó abriendo las acequias.
Bajo el octavo gobierno de la Nueva España, el virrey don Luis de Velasco, hijo del que había sido segundo virrey, decidió que se hiciese en la Ciudad de México una Alameda para recreación de los vecinos; el Cabildo de la ciudad aceptó muy gustoso la idea en acuerdo del día 13 enero de 1572, citando a los Regidores para que al siguiente día asistieran en compañía del virrey, para decidir cuál sería el sitio más adecuado para dicho proyecto.
Y como hubo de suceder, al día siguiente siendo un  de 14 de enero, como a las dos de la tarde salieron los Regidores junto con el virrey y se acordó que se hiciese una Alameda adelante del tianguis de San Hipólito y que se pusiese en ella una fuente y árboles que sirvieran de ornato la ciudad y de recreación a sus vecinos; para tal trabajo se mandó que Cristóbal Carballo, alarife de la ciudad, hiciese un proyecto de cómo había de ser, con las plantas que más convinieran y que un caballero Regidor fuera designado superintendente de la obra y que un ciudadano asistiera a su ejecución, con alguna paga.
Las dimensiones originales de la Alameda fueron primeramente cuadradas; tenía por el lado oriente la plazuela de Santa Isabel, donde hoy se levanta el Palacio de Bellas Artes; por el poniente la plazuela de San Diego, en donde se encontraba el Quemadero de los judíos; al norte le quedaba la calzada de Tacuba, por donde venía la cañería que traía el agua Santa Fe; y por el sur la calzada del Calvario. En sus inicios sus dimensiones eran de 1500 varas (1253.85 m) en su perímetro, rodeada por una zanja ancha y profunda, que la mayor parte del tiempo estaba llena de agua lamosa y fétida, y se le colocó en el centro una gran pila. Se mandaron traer indios del pueblo de Iztapalapa para qué sin sueldo; sino únicamente por la comida que les daba el Ayuntamiento, se encargarían de abrir la zanja, las calles y plantar los árboles, que en un principio fueron álamos, de donde le vino el nombre de "Alameda".
Rodeada de una acequia ancha y profunda, no se puede entrar sino por una puerta ubicada en su lado oriente, causando gran incomodidad para la gente que quería ir a dar una vuelta en ese lugar; por lo que el ayuntamiento dispuso en el año de 1618, que se le mandara hacer otra puerta por el lado de San Diego con su respectivo puente y reja; tomando esta iniciativa se hicieron otras dos puertas, una para el tianguis de San Hipólito y otra para la Calzada Real (hoy Avenida Juárez), cuyas llaves tenía el Alcaide o Jefe de la Alameda, para el cual se construyeron también habitaciones dentro del propio jardín.
El paseo favorito de los ciudadanos tampoco se salvó de las inundaciones que padece y sigue padeciendo la ciudad de México, ya que en cierta estación pluvial, el lugar quedó muy maltratado; para lo que el virrey marqués de Cerralvo dispuso que se hiciera una nueva plantación de árboles, agregando fresnos y Sauces, pues los álamos no tenían un bonito aspecto. La mayoría de los virreyes y autoridades municipales siempre se preocuparon por embellecer la Alameda, como el virrey don Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, quien dispuso que se viera el modo de ampliar la Alameda con las plazuela de Santa Isabel y San Diego; por fortuna el dictamen fue favorable y en el año de 1771 se inauguró esta mejora; además se construyeron cinco pilas y se cercó con una reja de madera. Las dimensiones del lugar cambiaron, pasando a tener la forma de un paralelogramo, con cuatro calzadas interiores que se destinaron para el paseo de coches y jinetes, y se mandó cerrar con un muro de piedra.
 La zanja o acequia del perímetro fue cegada hasta el año de 1874, durante el gobierno del Presidente Lerdo de Tejada. Al concluir el siglo XVIII la Alameda tenían 1995 árboles, que eran en su mayoría fresnos, álamos y sauces.
A mediados del siglo XIX, a consecuencia de los frecuentes cambios de gobierno, la pobreza y la desidia del Ayuntamiento y el abandono en el que se encontraba toda la Ciudad de México, la Alameda presenta un aspecto desolador y está asqueroso; las acequias de los alrededores estaban llenas de inmundicias que despedían un olor nauseabundo, las banquetas se encontraban derruidas, los árboles crecían para todos lados, la maleza le había invadido su totalidad. Nadie ya se atrevía entrar, pues como era de suponerse se había convertido en guarida de ladrones y malhechores que habían construido en su interior sus viviendas. ¿Y qué creen amigos lectores? Por pura casualidad se descubrió esta peligrosa guarida hasta mayo de 1873, lo que afortunadamente origino, que se retirara toda la maleza acumulada.
Después de la guerra de independencia en los primeros años de la República, la Alameda fue rescatada del olvido, con la remodelación de sus estatuas, fuentes, glorietas, reforestación; cabe destacar que fue construida una fuente de una mujer que representa la libertad. Así la gente vuelve a retomar la costumbre de dar el ya tradicional paseo vespertino en la Alameda. 
Durante todo este tiempo a nadie se le había ocurrido alejar las espesas tinieblas con algo de luz; hasta que en el año de 1868 se instalaron 36 faroles que se alimentaban con una mezcla de trementina y aguardiente, pero a duras penas medio iluminaban. En 1872 se quitaron y sustituyeron con 100 mecheros de gas y se embaldosaron las cuatro calles que la rodeaban;  la luz eléctrica se puso hasta el año de 1892.
Durante la época del Porfiriato, la Alameda contaba con numerosas fuentes y quioscos para los músicos que jueves y domingos realizaban conciertos; al costado sur, del lado de la avenida Juárez, se levantaba un edificio de hierro y cristal, conocido con el nombre de Pabellón Morisco, donde se llevaban a cabo los sorteos de la Lotería de la Beneficencia. Frente a la Iglesia de Corpus Christi se encontraba el Pabellón, pero después desapareció para ser reemplazado por el Hemiciclo a Juárez en 1910, con motivo de las fiestas del Centenario. En cuanto al quiosco morisco, fue retirado en 1904 para ser trasladado a la Alameda de Santa María la Ribera.
En la actualidad el nombre de "Alameda", se usa como un simple recuerdo, dado que los árboles que predominan son los fresnos; el cultivo de los álamos tuvo que abandonarse por considerar su desarrollo demasiado lento. Tiene la forma de un paralelogramo, cuyos lados mayores, de oriente a poniente miren 513 m; su anchura es de 259 m. Es importante destacar las antiguas pérgolas (plantas de ornato), el monumento a Beethoven hecho en bronce negro, el cual fue obsequio de la colonia alemana a la ciudad en el centenario de la Novena Sinfonía (1921).
El 26 noviembre 2012 durante el gobierno de Marcelo Ebrad, la Alameda fue remodelada con la plantación de árboles, la mejora de los prados, la restauración de sus fuentes, sus esculturas y el Hemiciclo a Juárez; tampoco debemos olvidar la construcción de cuatro fuentes en las esquinas de la Alameda, instalación de más alumbrado público para garantizar la seguridad de los ciudadanos, y convertir en peatonal la calle de Ángela Peralta.

domingo, 24 de mayo de 2015

La calle de Donceles

Cuando los conquistadores vinieron a la Nueva España, algunos nobles jóvenes que fundaron mayorazgos y títulos en México escogieron para vivir, las calles que en la actualidad conocemos con el nombre de Justo Sierra y Donceles. Como mucho se podrán imaginar, el nombre de Donceles, que se le dio a la calle, se deriva de la juventud y alcurnia de sus habitantes. Aún después de la primera época de la colonia, esta calle fue la preferida por los principales vecinos de la ciudad, de manera que allí se aposentaban los Záldívar, los Medrano, los Villegas y otros no menos ilustres varones.
Después de consumada la conquista y resuelta la reedificación de la ciudad, se repartieron los solares para que edificarán en ellos los conquistadores sus residencias. Sin embargo, se desconoce cómo fue la designación de estos pedazos de terreno, lo que nos deja en penumbra para poder identificar los predios, además de que en aquella época no se acostumbraba poner el nombre de la calle, si es que lo tenía, sino solamente el de los colindantes del solar. Más hay una prueba para demostrar que el nombre de los Donceles vino de la repartición de los solares, y es el acta del primer Cabildo celebrado en esta ciudad después de haberse instalado su Ayuntamiento.
En dicha acta se lee que Antonio Marmolejo hizo una petición al Cabildo exponiendo que: se le había dado un solar en la calle de los Donceles, a espalda de la casa de Gregorio Ávila, pero que como aquel escribano no lo había asentado, demandaba que se le informase la donación y se hiciera constar, escribiéndolo como era debido. El Capitán don Sebastián de Barreda, en 1634 como albacea de su esposa doña Mariana Castillo y Lazcano, procedió a fundar un vínculo o mayorazgo a favor de su hijo don Nicolás Antonio, en tres casas: una en la Plazuela del Rastro y la calle de Donceles, y la otra en la de San Juan.
Con el paso del tiempo, las diversas fracciones de la calle de los Donceles fueron tomando diferentes nombres, quedando el de los Donceles reducido a la porción comprendida entre la calle de Cordobanes y la de la Canoa, en tanto que en la antigüedad se llamaba de ese modo todas las calles que corrían en línea recta, desde la Espalda de San Andrés hasta la de Chavarría.
En la casa que forma esquina con la primera calle de Santo Domingo, marcada ahora con el número 80, nació el bienaventurado fray Bartolomé Gutiérrez, según consta en la causa de su beatificación, y por ella se sabe también que fue el 4 de septiembre de 1580, siendo hijo de Alonso Gutiérrez y de su mujer Ana Rodríguez. Sus padrinos lo fueron Juan Fernández y Catalina Rodríguez. Fray Bartolomé Gutiérrez perteneció a la orden de los Agustinos habiendo tomado el hábito en el convento grande de la ciudad de México y procesado el 1 de junio de 1597.

Al decir de los cronistas, la carrera apostólica del padre Gutiérrez fue más gloriosa que la de San Felipe de Jesús, pues habiéndose dedicado a la conversión de los infieles en el Japón, fue quemado vivo a fuego lento en Nagasaki, el 3 de diciembre de 1632, a los 52 años de edad. A pesar de su glorioso martirio, su beatificación se tardó bastante, siendo hasta el 7 de mayo de 1867, cuando el Papa Pío IX dio la Bula correspondiente. Desde entonces se hicieron en la catedral de México, el día 2 de marzo, funciones muy solemnes con procesión y sermón, en honor a fray Bartolomé, estando los oficios a cargo siempre de algún religioso agustino.

domingo, 17 de noviembre de 2013

La calle de 5 de mayo


Durante el año de 1554 frente a la Catedral existía un enorme edificio construido en el solar más grandes de la ciudad, el cuál pertenecía a Hernán Cortés donde se encontraban construidas sus casas, eran tan grandes que cuando uno de los interlocutores de Cervantes de Salazar contempló el lugar por primera vez, lo único que alcanzó a exclamar fue: “… eso no es palacio, sino otra ciudad”.  Para finales del siglo XVI los descendientes del marqués del Valle ya veían aquel lugar como un elefante blanco, y para darle un uso decidieron convertirlo en alcaicería.
En 1605 las casas fueron puestas a la venta, y como nos indica Báez Macías, fueron hechas dos trazas para la disposición del sitio, la primera fue realizada por Andrés de la Concha en 1611, y la segunda por Sebastián Zamorano en 1615, esta última fue la que finalmente se eligió. El enorme terreno quedó dividido en cuatro partes, y a modo de crucero se trazaron dos calles interiores para formar una intersección perpendicular, de la cual surgió la Calle de la Alcaicería de norte a sur y los Callejones de Arquillo y Mecateros de oriente a occidente; estos últimos iban de la Catedral a La Profesa.
En 1861  los partidarios de la Reforma decidieron prolongar estos callejones demoliendo el claustro de la Profesa y una buena parte del convento de Santa Clara; para de esta forma dar paso a una nueva calle que comenzaba desde Empedradillo (Monte de Piedad) y terminaba en Vergara (Bolívar), atravesando por la Alcaicería (Palma) y la de San José el Real (Isabel la Católica).
Como dato curioso, te cuento que en aquel enorme solar estuvieron las casas viejas de Moctezuma, quedando limitadas por solo cuatro calles: al norte Tacuba, al sur Plateros, al oriente Empedradillo y al occidente San José  el Real, que también fue conocida como de la Carrera de los Caballos y después como de los Oidores.
A mediados del siglo XVIII el aspecto del edificio era bastante irregular, pues se habían construido tiendas y casas a los largo del tiempo, ya  fuera por el incendio de 1642 o porque muchas de estas se arruinaban. En aquellas tiendas había todo tipo de comercios como: talabarteros, espaderos, chapineros, entre otros más con oficios similares; esta situación provocó que el virrey y el Ayuntamiento le dieran la orden de reconstruir el edificio al gobernador del estado y al marquesado del Valle de Oaxaca, labor de la que se ocuparon a partir de 1755 Manuel Álvarez y Lorenzo Rodríguez.  De esta época datan las fachadas exteriores, que correspondían a las calles antes mencionadas, y las interiores daban a los Callejones de la Alcaicería, la Cazuela y la Olla.
Volviendo a 1861, te cuento que se demolieron los conventos antes mencionados para prolongar los callejones del Arquillo y Mecateros hasta la Calle de Vergara, de tal suerte que se abriría para descubrir la fachada del Teatro Principal o de Santa Anna, cuya construcción comenzó el viernes 18 de febrero de 1842, para ser inaugurado el 10 de febrero de 1844.
En 1862 a la calle se le dio el nombre de 5 de mayo. Cinco años más tarde fue remodelado su aspecto y fueron levantados muchos edificios en el tramo que iba de San José el Real a Vergara; entre las construcciones nuevas podemos mencionar el Hotel Gillow, en cuya parte baja fue puesta una agencia de inhumaciones.
Ya para 1881, el tramo antes mencionado fue alineado con los callejones del Arquillo y Mecateros, y con estos trabajos finalmente quedó ampliada la calle en 1883; de este modo se podía ver desde la torre occidental de la Catedral el Teatro Principal. Cabe mencionar que en los trabajos de alineación, a la Casa de los Azulejos le fue recortada una parte bastante grande para que quedara tal y como se había proyectado la nueva calle.
Años más tarde este sitio de entretenimiento fue demolido, dando su última función de la ópera “Aída”, interpretada por mexicanos, el 3 de octubre de 1900; en 1901 se comenzaron los trabajos para echarlo abajo y en 1905 quedó la calle totalmente abierta hasta el Teatro de Bellas Artes, que fue levantado en donde estuvo el convento de Santa Isabel.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Los nombres de las calles a través de la historia


Después que la cuidad de Tenochtitlán quedara en ruinas, arrasados uno por uno los teocallis y edificios; después el lugar sería abandonado debido al insoportable hedor que despedían mil cadáveres, y todo el tiempo permanecían encendidas unas enormes luminarias para que purificaran aquel hedor; hubo que dejar pasar 5 meses para comenzar a levantar lo que sería la capital de Nueva España. Pero fue tan fácil, ya que el dilema era en que sitio se levantaría la ciudad, algunos conquistadores decían que en Coyoacán, otros que en Tacuba, otros más en Tetzcoco, pero sobre todos ellos prevaleció la opinión de Hernán Cortés, que dijera: “ Que pues esta cibdad en tiempo de los indios avía sido señora de las otras provincias a ella comarcanas que también hera razón que los fuese en tiempo de los cripstianos e que ansí mismo decía que pues Dios Nuestro Señor en esta cibdad avía sido ofendido con sacrificios e otras idolatrías que aquí fuese servido con que su santo nombre fuese onrado e ensalzado más que en otra parte de la tierra”.
La limpieza del terreno y la titánica tarea de levantar la cuidad comenzó entre finales de diciembre de 1521 y principios de enero de 1522, pues esta evidencia se encuentra asentada en un carta de D. Hernando al Emperador Carlos V. El trabajo fue grande y pesado, ya que hubo que remover todos los escombros, tirar algunos muros que todavía quedaban en pie, terminar de destruir ídolos, cegar fosos y canales y levantar lo que se había demolido.
Una de las primeras medidas que tomó el Ayuntamiento para darle forma de Nueva España, fue empezar con la traza de la cuidad, en donde la gente podría saber en donde iban a estar ubicadas las plazas, las calles, en que terrenos podrían levantar sus casas los nuevos habitantes, los lugares en que se ubicarían las Casas de Cabildo, la fundición, la carnicería, la horca y la picota, elementos necesarios en la sociedad de aquella época.
El perímetro que delimitaba el plano de la cuidad, estaba ubicado hacia el norte, donde todavía podemos encontrar las calles del Carmen, Apartado, Pulquería de Celaya, Puerta Falsa de Santo Domingo, Espalda de la Misericordia, Cerca del San Lorenzo hasta el Puente del Zacate: hacia el poniente por esta última calle y las Rejas de la Concepción, Puente de la Mariscala, Santa Isabel, San Juan de Letrán, Hospital Real, 1°, 2° Y 3° de San Jerónimo, Cuadrante de San Miguel, Buena Muerte y San Pablo, y hacia el oriente, por las de Muñoz, Curtidores, la Danza, Talavera, Santa Efigenia, Alhóndiga, calles de la Santísima, hasta el callejón del Armado.
Una vez que la traza fue una realidad, se hizo la repartición de los solares para todos aquellos que quisieron avecindarse, tocando uno a cada vecino, con l obligación de edificar, y dos a cada conquistador, Hernán Cortés se adueño de muchos y distribuyó para que edificasen sus amigos, criados y todo persona cercana a el.
La construcción de las primeras casas fueron hechas por los indios vencidos, que no recibieron retribución alguna y muchos murieron en aquella labor; pero eso si, la ciudad se empezó a levantar rápidamente como por arte de magia. Las primeras casas tenían el aspecto de una fortaleza, con pesados y gruesos muros, troneras y torres, escasas y bajas puertas hacia la calle; y por dentro enormes patios, habitaciones, cuadras para caballos, cuartos para sirvientes, chozas para esclavos e indios. El material de construcción fue cal y canto, especialmente el tezontli, las azoteas planas, cuyas gruesas vigas eran de cedro.
Poco a poco las calles comenzaron a tomar forma, pero pocas tenían nombre y para que los vecinos pudieran ubicarlas, por ejemplo: tal persona vive a las casas de Alvarado, del Bachiller Alonso Pérez ó junto a los solares de Casanova, de Grijalva, de Melchor de San Miguel. También muchas otras calles como la de Tacuba, Atacauba ó Tlacopan y la de Donceles que existen todavía con sus primeros nombres; la de las Atarazanas, los Bergantines hoy Santa Teresa, Hospicio de San Nicolás y Santísima, la calles de Itztapalapan, que comenzaba en Flamencos y se extendía hasta la del Reloj; la de la Celada, desde Zuleta hasta la Merced; la del Hospital, ahora de Jesús y la de la Guardia, Real, Zalapa, Juan Ceciliano, y Benito Bejel, que se ignora a cuáles corresponden.
También la cuidad tuvo tres mercados: el de la plaza mayor, en la de Tlatelolco y entre Santa Isabel y la Alameda, llamado este último Tianguis de Juan Velázquez. Así es como lentamente la cuidad colonial comienza a tomar forma en sus primeros años de existencia.

domingo, 4 de marzo de 2012

El Palacio de Chavarría


Si caminamos hacia el número cincuenta y cinco por la calle que hoy conocemos como Maestro Justo Sierra, que antiguamente se le conocería en su primer tramo como Monte Alegre, y en el segundo se le denominaba de Chavarría, podremos encontrar la casa que se dice perteneció al Capitán don Juan de Chavarría y Valero. La amplia casona construida en tezontle consta de dos pisos,  marcos de cantera, hermosas sobrias ventanas de un muy acoplado estilo; el nicho que adorna la fachada tiene una mano que sostiene una custodia, aunque en aquella época será más común poner un santo.
Don Juan nació en la ciudad de México, y fue bautizado en el Sagrario Metropolitano el 4 de junio de 1618. Dos lugares de la República llevan su apellido patronímico por haberlos explorado el de Chavarría: la Sierra de Durango – Sinaloa inclinada hacia el Río Presidio y cercana hacia el Espinazo del Diablo, y la Roca de Barra en Tamaulipas, que comunica la Laguna de San Andrés con el Golfo de México.
Algunos hechos que coincidieron con el capitán Valero son:
A fines del siglo XVI llegó a tierras mexicanas don Rodrigo de Vivero y Velazco, y poco tiempo después contrajo matrimonio con Melchora Aberrucia, después tuvieron un hijo que llevó el mismo nombre del padre; el primogénito don Rodrigo de Viviero y Aberrucia fue el primer Conde del Valle de Orizaba y primer Vizconde de San Miguel Tecamachalco. Años más tarde se desposó con doña Leonor Ircio de Medoza, con quien procreara un niño y una niña.
Este niño se convertiría en el segundo Conde de Orizaba, don Luis de Vivero Ircio de Mendoza, fue el que aupó la famosa Casa de los Azulejos; pasan los años y contrae nupcias con doña María Hurtado de Mendoza, naciendo de esta unión el tercer Conde Orizaba don José Vivero Hurtado de Mendoza, edificador de la residencia campestre de Mascarones.
El capitán don Juan de Chavarría y Valero emparentó con los condes de Orizaba, casándose con la hermana del segundo Conde, doña María Luisa Lorenza de Vivero Ircio de Mendoza, tuvieron tres hijos: Juan, Luis y José de Chavarría y de Vivero.
Corría el año de1582, cuando doña María Saldívar y Mendoza y su esposo don Santiago del Riego, decidieron ser patronos para la fundación del Convento de San Lorenzo, recibieron ayuda económica de don Juan Fernández Riofrío y su esposa doña María Gallardo de Riofrío; sin embargo ninguna de las parejas llegó a ver terminado dicho trabajo, a cargo del arquitecto don Pedro Briseño. Después la responsabilidad recayó en don Juan de Chavarría, siendo quien llevara el proyecto a feliz término, recibió también  la bula de Clemente VIII y la cédula aprobatoria del Rey Felipe II de España.
Por esta labor, Valero fue premiado con la orden de Caballero de Santiago, la cual rivalizaba con  las de Espuela de Oro, la de San Gregorio, la de San Silvestre y la del Santo Sepulcro; Chavarría llegó a sentir un amor tal por aquella iglesia, que mandó labrar su sepulcro con su estatua orante, y que todavía podemos ver en su interior.
Se cuenta que por aquellos años, vivió un sacrílego ladrón llamado Eufrasio Pedontero, que tenía fama de ser toda una joyita en las artes del robo. El 11 de diciembre de 1676 decidió urtar las tres potencias de oro del Santo Cristo de la Caña, en el Templo de San Agustín, pero al llevar a cabo este acto, el miedo y espanto invadieron su alma, acto seguido resbaló entre los barrotes arrastrando velas y cirios. Con miedo, ansias y agonías, el caído no sobrevivió, desencadenando el accidente un terrible incendio en todos los rincones de la iglesia. Las crónicas de la época nos cuentan lo sucedido aquel trágico día: “… Noche desgraciada para la Nueva España, esta del 11 de diciembre. Se celebraba el aniversario de la aparición de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San Agustín, cuando un caballero, vistiendo un traje de capitán, fuerte y robusto, como de 58 años de edad, sea abrió paso entre la multitud y penetró en la iglesia, cuyo interior era un horno. Y exponiendo su vida avanzó más, hasta el altar mayor, y con fuerte mano tomó  la custodia del Divinísimo. Y rápido y decidido como entró, abandonó el templo, casi ahogado y con las copas ardiendo. Ese hombre, don Juan de Chavarría y Valero, piadoso y rico, fue el valeroso militar quien rescató la divina forma…” 
El templo fue reedificado más tarde, y por haber  puesto en peligro su existencia, en ese tan noble acto heroico, el Rey le concedió permiso para honrar su casa con el símbolo que vemos actualmente en la hornacina que se mencionó al principio.    

domingo, 7 de agosto de 2011

La calle de las Escalerillas (Hoy República de Guatemala)

Este pequeño tramo alguna vez formó parte de la calle de Tacuba, ubicada atrás de la Catedral. Los cronistas nos cuentan que se le llamó así porque había unas escalerillas que daban subida al atrio de la Catedral, y otros más dicen que el templo dedicado a Huitzilopochtli tenía unas escalerillas que conducían a una plataforma superior y que daba hacia esa calle, que en aquel entonces era el principio de la calzada de Tacuba.
Dando vuelta a la calle, en la Plazoleta del Márquez, frente a donde se encontraban las casas de Hernán Cortez, Marqués del Valle de Oaxaca, que hoy conocemos mejor como Nacional Monte de Piedad, los indígenas construían sus humildes chozas a pesar de las prohibiciones de las autoridades, que muchas veces los expulsaron de manera violenta y hacían cachitos su humildes moradas; este comportamiento de los naturales se debía a que en ese lugar había sido la sede de su Templo Mayor, que habitado por sus deidades, y por esta razón los pobres sufrían y lloraban terriblemente porque veían los restos de lo que quedaba del gran teocalli, la destrucción de su ciudad, la gran México – Tenochtitlán.

Los vestigios prehispánicos
La calle de las Escalerillas, como se mencionó anteriormente, se encuentra justa atrás de Catedral, la cual es uno de los sitios más importantes del Centro Histórico, tanto por su basta historia, como de su arquitectura.
La iglesia del Sagrario de la Catedral fue construida sobre los vestigios prehispánicos de la pirámide dedicada al Dios Sol (Tonatiuh). Cuando dieron inicio los trabajos para reforzar los cimientos de dicho Templo (debido a su hundimiento progresivo), fueron encontrados restos de dicha pirámide, por lo que se decidió colocar una placa que explicara todo lo relativo a aquellos hallazgos, que dice lo siguiente:
En templo del Sol y el glifo Chalchíhuitl, bajo este acceso hecho expresamente fue descubierto durante las obras de recimentación del Sagrario, en febrero de 1976, el talud septentrional de la Pirámide del Sol, al ser hallada un lápida tallada en relieve con el glifo chalchiuitl o símbolo solar, este petroglifo fue descubierto en el frente de dos (en las excavaciones subterráneas que se practicaron bajo el sagrario), a una profundidad de 5.54 metros, desde el nivel del piso terminado de feligresía del sagrario.
La lápida, que se encontró ya fragmentada en una de las esquinas, se hallaba boca abajo. Al ser volteada se descubrió que estaba labrada. Es cuadriforme y en su anverso está adornada con el jeroglífico de Chalchíuitl, glifo relacionado con el sol.
El glifo ha sido descifrado como Chalco y expresa la primera sílaba de Chalchíuitl “Piedra preciosa de color verde” con que los mexicanos representaban al astro diurno. El jeroglífico se lee como “Lugar de lo precioso o sagrado”, en el interior de este acceso, sobre una parte del talud piramidal que se pudo conservar, se encuentra una segunda lápida, similar a la primera, todavía en situ, y una tercera, que se encontró bajo el talud este que actualmente se puede ver en el propio museo de la Catedral, las tres se encuentran totalmente policromadas en colores similares (La segunda y tercera) presentaban los siguientes colores, según análisis del INAH: círculo central: rojo; segundo círculo: verde turquesa; tercer círculo: rojo; elementos radiales: blanco delineado en negro; círculos pequeños: blanco delineado en negro, y espacios circundantes rojo."

domingo, 24 de julio de 2011

La calle de la Soledad

En los inicios de la época de la Colonia, esta calle estaba todavía indefinida; pero sería ya en 1542 cuando se empieza a hacer referencia a ella como “la calle en que vive el licenciado Núñez”. En aquella época el solar que hoy en día hace esquina con la hoy calle de Correo Mayor, en la acera sur de la Soledad, era propiedad de Cristóbal Garnica y limitaba con el que pertenecía a un hombre de apellido Pérez.
Esta calle hace honor a su nombre, pues la mayor parte del tiempo es un lugar con poco tránsito de gente, a comparación de Madero o Moneda. Sin embargo, entre los años 1869 y 1928, un pequeño tramo  que corre entre las actuales calles de la Santísima y Margil, ya llegando hasta el fondo, llevó por nombre de la Alegría; las denominaciones de los otros tramos fueron: 
  • Cerca del Parque de la Moneda (entre Correo Mayor y la Academia)
  • Estampa de Jesús María (entre Academia y Jesús María)
  • Machincuepa (entre Jesús María y Santísima)
  • La mencionada de la Alegría, y de Puente de Solano o de la Santa Cruz, a partir de Margil hasta llegar a la Plaza de Santa Cruz y Soledad.

Finalmente esta calle acabó tomando el nombre de la Soledad, debido al templo religioso que se encuentra en la misma, cuyo  nombre completo es el de parroquia de la Santa Cruz y Soledad de Nuestra Señora. ¿Cuándo nace este templo? Vamos a tomar nuestra máquina del tiempo y nos vamos a ubicar en el siglo XVI, cuando este rumbo era un barrio humilde donde vivían indígenas pobrísimos, quienes eran muy devotos de San Sebastián y debido a que la distancia que debían recorrer para adorar al santo era cada vez más larga, debido al crecimiento del barrio, se decidió mandar construir una capilla, que al principio fue dependiente del San Sebastián Atzacoalco, pero después con el paso del tiempo logró obtener su independencia administrativa y pasó a convertirse en parroquia, y bajo su jurisdicción quedó un terreno bastante amplio. En 1772, debía atender el territorio comprendido de la siguiente manera:
  • Norte=> Desde la Plazuela de la Santísima hasta San Lázaro
  • Oriente=> Desde el límite del lago hasta la calle que iba a San Ciprián (hoy en día lo ubicamos detrás del Mercado de la Merced)
  • Sur=> Desde la calle de San Ciprián hasta el Puente de Curtidores (actual Misioneros a la altura de la Plaza Juan José Baz)
  • Poniente=> Desde el Puente de Curtidores hasta la Plazuela de la Santísima (corría por la calle de Talavera hacia el norte); a este territorio se añadieron después el Peñón de los Baños, el Rancho del Tesoro y el rancho de Pacheco o de Balbuena.

También esta parroquia absorbería en su jurisdicción a la capilla de Manzanares, la Parroquia de Santo Tomás la Palma, la Capilla de  la Candelaria de los Patos y la de San Jerónimo.
El templo de la Soledad tuvo que recorrer un largo camino para poder llegar a ser tal como lo conocemos actualmente, y este comienza con la enorme labor realizada por el doctor Gregorio Pérez Cansino, quien fuera párroco a partir del año de 1753 y recurriera a todos los medios honestos a su alcance para reunir los fondos suficientes para el levantamiento de un nuevo edificio, ya que la antigua capilla tenía una pésima calidad de construcción. Esta situación llevó al buen hombre a enfrentar grandes dificultades, incluso llegó a parar a la cárcel de manera injusta, y por desgracia la muerte lo sorprendió antes de que pudiera ver concretada la parroquia por la que tanto había luchado.
Regresando al siglo XXI, si recorremos esta calle, podremos encontrar distintos comercios que se dedican a la venta de ropa, como pijamas, uniformes escolares y enfermería, boneterías, ropa de bebé para todas las ocasiones; caminando hacia la esquina con Correo Mayor podremos encontrar locales donde nos venden infinidad de ropa para muñecas Barbie a buenos precios y de todos los modelos, colores, tamaño y formas que puedas imaginar.
La casa marcada con el número 2, 6 y 7 son tres hermosos edificios que datan desde el siglo XVIII, y ahora son utilizados como locales comerciales; la fachada marcada con el número 8 fue modificada en los años 40’s, la cual tenía unas piedras que la adornaban que fueron llevadas al convento de Churubusco; la casa que lleva el número 9 es del siglo XIX; la que está marcada con el número 8 fue una vecindad durante el siglo XVIII y abarcaba hasta la que hoy ocupa el número 11, pero fue fraccionada; el inmueble con el número 12 es del siglo XIX y cuenta con patio interior y tres niveles, originalmente fue casa habitación, pero hoy es utilizado para locales comerciales y viviendas; el lugar que lleva el número 14 comenzó su existencia en el siglo XVIII, al igual que la que se ubica al otro lado de la calle de Academia, enfrente, y la de la contraesquina.
Otros edificios que entran en la clasificación de monumentos históricos son los marcados con los siguientes números: 15, 17, 20, 29, 30, 31, 32, 33 – 35, 40, 42, 43, 44 – 46, 45, 48 y 54; todos estos datan desde el siglo XVIII, varios fueron modificados en el siglo XIX y XX. A partir del número 20 hay establecimientos especializados que ofrecen todo lo necesario para los bautizos, en especial ropones, en donde la tradición es que los padrinos compren estas prendas para el niño. Esta costumbre que con el paso del tiempo se va perdiendo, tiene un significado  muy especial porque los padrinos están para proteger y cuidar, y el primer gesto ante Dios es envolver al niño en una prenda vistosa que también le de calor; también tenemos la vela, los zapatitos, la concha para el agua bendita, las medallitas y las esclavas son parte de esta fiesta tan importante. Un requisito que hay que cumplir es la utilización de ropa blanca porque con ella se desea ver la presencia de Cristo a través del alma del niño porque es pura e inocente; se le obsequia una vela para que vea brillar por primera vez la luz de Cristo, y los padrinos es para que le ayuden a vivir como un buen cristiano. 
Como dato curioso  te cuento que la casa que lleva el número 66, fue declarada monumento en el Diario Oficial el 11 de abril de 1980, esto es debido a que en ese lugar nació el 14 de enero de 1920 el compositor Salvador “Chava” Flores. ¿Cómo ves?
Ahora encaminando nuestro pasos hacia el templo de la Soledad, llegando a su atrio podremos apreciar que es una de las construcciones más solemnes del Centro Histórico , pues su arte está dedicada a la Pasión y Muerte de Cristo, pero ante todo al dolor y soledad de la Virgen María.

lunes, 27 de junio de 2011

La calle de Espíritu Santo

Durante el siglo XVI, a esta calle  se le conoció como de los Oidores, debido a que algunos de estos altos funcionarios tenían ahí sus respectivos hogares, esto con el objetivo de que les quedara cerca la Real Casa, lugar donde hacían y deshacían las leyes para así ejercer una mejor justicia. Después a esta calle se le vendría a llamar  del Espíritu Santo, debido a que en ese lugar se encontraba la iglesia y el hospital del mismo nombre, después se le cambio a su nombre actual, que es el de Isabel la Católica.
Actualmente ya no quedan vestigios de la existencia de estos santos lugares, lo único que queda es una placa que dice sobre la existencia de esta casa de Dios y la de beneficencia,  señalada con fecha de 1600; y en su lugar se encuentra hoy en día el Casino Español. Vamos a regresar en el tiempo y no vamos a ubicar en este año, cuando Alonso Rodríguez de Vado y su esposa, Ana de Saldívar crearon esta noble fundación. Don Alonso era un  hombre muy rico, muy cristiano y sobre todo, muy caritativo; siempre brindaba su ayuda sin escatimar nada, no solo a su fundación, sino a cualquier persona que se le acercara a pedirle le resolviera resolver cualquier menester.
La construcción del hospital del Espíritu Santo era magnífica, dotado tanto este como la iglesia de fincas urbanas de buena renta, de las que había esparcidas por toda la ciudad, unas procedentes de negocios y otras que vinieron de herencia de antepasados. Entre las propiedades que dieron al hospital y al convento para que nunca le faltara nada, estaban las dos del Portal de la Fruta.
Don Francisco y su esposa entregaron los recién creados edificios a los frailes franciscanos, para que ahí abrieran un colegio para enseñar teología y otras disciplinas eclesiásticas. Como siempre, había personas a favor y otros en contra; los de un bando querían que el instituto comenzara su funcionamiento y el lado contrario se oponía rotundamente a esto.
Este caso fue tomado por las autoridades para dictaminar cuál sería la mejor solución, y después de exámenes detallados de los papeles, comunicaron a don Alonso que, conforme al derecho común y decisiones del Concilio Tridentino, no podía dictar constitución alguna para ese hospital sin haber tenido antes la licencia del prelado eclesiástico, y lo que pretendía llevar a cabo obraba contra el objeto de ella, pues lo que se diera a los religiosos se le quitaba a los pobres; además agregaron los entendidos letrados, que al hospital no podrían ir mujeres a atenderse, debido a que  estaba a cargo de los frailes franciscanos, pero el proyecto original era que todas las personas sin distinción de sexo tuvieran la oportunidad de asistir a este pio lugar.
El Ayuntamiento acordó que el procurador mayor saliera al pleito con los letrados, y después de discusiones, gritos y sombrerazos, finamente dictaron si veredicto con fechas de 23 de mayo, 13 de junio  y 30 del mismo mes  y año de 1608, en el cuál piadosos y limoneros fundadores  no lograron su noble intento de ayudar al más necesitado. Se decidió entonces, que el hospital se pusiera para ser administrado por las manos cariñosas y expertas de los hipólitos, dichos también Hermanos de la Caridad, cosa que se llevó a cabo y fue un atinado acierto.
La institución que tantos dolores de cabeza causó, finalmente paso a manos de estos religiosos, el Vado y su bondadosa mujer se mostraron liberales y dadivosos al aumentar los productos de fondo dotal con nuevas aportaciones de fincas urbanas: “tres pares de casas y una de entresuelo y ocho tiendas” y otra principal con un jardín, huerta llena de árboles y tierra fértil, todo esto frente a la pila de la Tlaxpana y frente a la esquina del Marqués del Valle. Con todas estas magníficas donaciones, tanto el hospital como la iglesia fueron de los más ricos en propiedades y recursos.
Pero como dice el dicho, nada es para siempre, pues una tremenda inundación acaecida en el año de 1634, causo grandes y severos daños al hospital y a la iglesia, así como también en infinidad de fincas de la ciudad, llegando a tal estado  de ruina que no fue posible rescatar nada que se pudiera aprovechar de lo poco que quedó en pie. Los hipolitanos mandaron reparar sus propiedades y luego el hospital, que con trabajos que se hicieron quedó mejor que antes de la inundación.
Los benefactores se hallaban muy complacidos por la excelente administración que llevaban los religiosos, mejorada  día a día por espacio de veinticinco años por los Hermanos de la Caridad, tanto en las cosas internas del hospital, como en las rentas que los ayudaban a cubrir gastos, y por todo esto decidieron ceder a su hermandad el patronato que ellos habían conservado, lo hicieron el 3 de abril de 1634.
Los hipólitos no se quedaron en su zona de confort, pues todos los días trabajaban duro por el aumento de su institución, ponían singular cuidado y esmero en servir a sus enfermos y hasta aumentaron en doce el número de camas para atender mayor cantidad de dolientes; y gracias y toda su dedicación y esfuerzo lograron labrar de nuevo la iglesia, el hospital y el convento.
A pesar de los trabajos de restauración y remodelación hecho después de la inundación, empezaron a aparecer hondas cuarteaduras por varios sitios, llegando a amenazar con un derrumbe. Al ver tales problemas que aquejaban a la comunidad, el padre prior mexicano Fray Basilio Patricio Martínez, “de ardiente caridad y gran espíritu”, se hizo cargo de la titánica tarea de reconstruir todo de nuevo. Contando con pocos recursos, al santo varón le encantaba aventarse a proyectos difíciles, ejecutando esta obra en poco tiempo, ahondó cimientos y los macizó con piedras firmes, echando sobre ellas grandes muros que en poco tiempo fueron elevándose y cubriéndose con bóvedas en unas partes, con labradas viguerías en otras. Lo primero en ser levantado porque urgía hacerlo, fue el hospital, después el convento y finalmente la iglesia. El lugar ya terminado fue dedicado después muchas dificultades el 19 de mayo de 1715.
En su fiesta titular, que era el Primer Día de la Pascua del Espíritu Santo, bullía en la calle entre música y estallidos de cohetes, con alegre gentío; el templo se encontraba decorado con grandes cortinajes de terciopelo, plata labrada, múltiples luces, flores a más no poder, todo acompañado de cantos y un pomposo sermón.
En uno de los claustro se encontraba un crucifijo  de hermosa factura, donde los viernes de Cuaresma  y los del Espíritu Santo, no solo acudían los vecinos del barrio, sino también gente de todas partes de la ciudad para llevarle flores y velas. Ante esta divina imagen se llevaban a cabo con solemnidad unos ejercicios que se les llamaban Desagravios de Cristo.
Esta festividad iba acompañada de una esplendorosa comida, la que disfrutaban con singular alegría los señores de las cofradías, compuesta de diversos platillos, los mejores vinos, suculentos y apetitosos dulces conventuales que llenaban de gozo las almas y cuerpos como inapreciables bienes; también eran partícipes del banquete los huéspedes del hospital y sus enfermos, pero sin comer todo lo que las personas sanas podían, a ello se les daba caldo condimentado, gelatinas, jericallas, rompopes, huevos espirituales y la infaltable copita de jerez o de Málaga.

martes, 24 de mayo de 2011

La calle de la Palma

Prolongación de Lerdo, ahora Palma, en un principio no  se le conocía como la Calle Real, denominación que se le daba a aquellas calles que carecían de un nombre; pero cuando se comenzó a hacer la repartición de solares, ya adquirió el nombre de calle de Jerónimo López, quien fuera un valiente y aguerrido conquistador. Al Jerónimo al que hacemos referencia es al Viejo, apodo que se le puso para poderlo diferenciar de su hijo al que llamaban el Mozo, para así poder diferenciarlos a ambos.
Las crónicas nos cuentan que en los papeles que tenía en su poder Don Ignacio del Villar Villamil, Duque de  Castroterreño, se podía leer sobre los dueños de algunas casonas de la calle de la Palma, en especial la que diera el nombre actual a esta calle. Vamos  a ver de qué se trata.
Los papeles en cuestión nos hablan de un tal Miguel, cuyos apellidos se perdieron en el tiempo, tuvo en su poder una cantidad amplia de terreno en la esquina de Palma y Avenida 16 de Septiembre, pero pasaron 2 años y el caballero en cuestión no hizo construcción alguna por falta de fondos, el Ayuntamiento le quito el solar y se lo cedió a Juan Rodríguez de Villafranca, quien en menos de lo que canta un gallo levanto un gran edificio, que hacía honor a aquel rico negociante; el tiempo pasó y el caballero vendió la finca a un elevado precio, pues construyó una mucho mejor en otra parte. El nuevo dueño pasó a ser Juan Lasala o de la Sala, pues se le conocía de las dos formas; murió este señor y la casa pasó a heredarla su hija Juana, quien era viuda y tenía seis o siete hijos. La mujer pidió una licencia y puso la casa en venta para pagar deudas que también para su mala suerte heredó.
A esta vieja casona que Juana pusiera en venta se le conocía como la de la Palma, pues en un jardincillo que tenía a un lado había una muy crecida palma que se mecía elegante con el aire; no se sabe quién la sembró, tal vez el pobre Miguel, el rico Juan Rodríguez o Lasala, porque esa planta ya era muy vieja. Nunca sabremos de donde llegó.
El caserón deteriorado lo adquirieron después los frailes dominicos por medio del procurador Fray Alonso de Herrera, y al poco tiempo comenzaron los trabajos para reedificar aquel tan deteriorado edificio, que se podía caer si una mosca pasaba volando; y tal vez fue durante estos trabajos cuando la famosa palma fue arrancada de raíz. Esta planta debió haber durado mucho tiempo en ese lugar y haber sido muy grande, como para ganarse a pulso que se bautizara una calle, que conocemos hoy como  Cuarta de Palma y que antes se llamase Manuel Lerdo de Tejada; quien fuera a pensar que el nombre de un ilustre ciudadano pasara a ser sustituido por el de una humilde planta.
Los trabajos de reconstrucción que los dominicos habían mandado hacer estaban hechos con las patas, pues al poco tiempo el lugar comenzó a cuartearse y a hundirse, para lo que optaron por vender la casona a un tal Hinojosa, el cuál pignoró a otra persona así paso a diferentes dueños por un largo tiempo, con el consecuente deterioro del edificio que solo se mantenía en pie con pequeñas composturas.
El último propietario optó por demoler la casa en ruinas en 1840, para levantar una con aspecto grandioso y monumental, ya que así eran los edificios en aquella época; y por aquella belleza y esmero con que se construyeron las casonas y palacios, México adquirió fama entre los viajeros como la Primera Ciudad de América.
La calle de Palma fue la primera en ser empedrada durante el virreinato de Don Matías de Gálvez, siguiendo estos trabajos hasta el gobierno de Revilla Gigedo.
Para el año de 1840 llegó a México un italiano llamado José Besssoni, un hombre de agradable trato y conversación amena y fácil, quien al poco tiempo comenzó a levantar un edificio en donde había estado el de la famosa palma. Construido a base de ladrillo fue el primero en que se utilizó este material en la ciudad de México, pero a pesar de la críticas tan duras que recibió de la calidad del material se logró concretar la obra; sin embargo cuentan las crónicas que soportó terremotos y duró en pie muchos años. La edificación se hizo en tiempo record de cinco meses, pues Bessoni se comprometió con el dueño a terminar en este plazo, y si excedía este tiempo debía pagar $500 por cada día. El edificio era muy grande como para terminarlo en el plazo establecido, pero para sorpresa del dueño, el italiano terminó la obra faltando solamente un cuarto de hora para que se cumplieran los cincos meses.
Regresando a nuestra historia, te cuento que el edificio una vez terminado se convirtió en el hotel Bella Unión, en donde en la parte de arriba se encontraban las alcobas, que adquirieron fama por su comodidad y limpieza, y en su planta baja había un restaurante con el mismo nombre, el cuál poseía un alto prestigio por sus platillos franceses e italianos; no había mejores macarrones, ravioles y espaguetis en toda la ciudad, un auténtico deleite al paladar.
La Bella Unión cambió de propietario y su nombre pasó a ser el de Hotel des Gaulois, que durase muchos años funcionando, pero lo que había sido el restaurante pasó a ser cafetería y persistió con su antiguo nombre; después cambió su nombre a el Fulcheri, que era un lugar donde la gente adoraba ir por su ostentoso lujo, los ricos vinos, la excelente cocina y los criados que les adivinaban el pensamiento a sus clientes.
Años después el Hotel des Gaulois cambió su nombre por Hotel de la Independencia, y para hacerle honor al nombre se mandaron colocar en las puertas del segundo piso los bustos de los héroes de la Independencia, entre ellos se encontraba Antonio López de Santa Anna, pero más tardaron en poner la imagen de este personaje que la gente en acabar con él a pedradas y echando injurias y oprobios; y no solo destruyeron el busto de su Alteza Serenísima, sino que también anduvieron arrastrando la famosa pata por toda la ciudad y destruyeron cuanta imagen encontraron.
Regresando al edificio que  nos ocupa, les cuento que en ese lugar fue donde se tramó la rebelión de lo polkos y se firmaron varios tratados de paz entre gobiernos y pronunciados; en 1847 se podía leer en las fachadas de los edificios de la calle del Refugio y de la Palma lo siguiente: “Se admiten abonados a la mesa redonda por $25.00 mensuales. Almuerzos a las diez y media. Comida a la oración”.
Entre otros edificios importantes en esta calle, tenemos uno que lleva el número 34, en donde por muchos años estuvo el lujoso Círculo Francés, que fue construido por el arquitecto Lorenzo de la Hidalga. Tenía una puerta secreta que salía hacia la calle de Bilbao por si había que emprender la graciosa huída.
En esta casa vivió también don Ignacio de Villar Villamil, duque de Castroterreño, a quien no se le podía ocultar el origen  de ninguna familia mexicana, incluyendo en la lista a conquistadores y pobladores de la Nueva España, conociendo vida y milagros de cada integrante de la familia sin importar si estaba vivo o  muerto, los orgullos y las vergüenzas, los buenos y los malos, en fin, no había detalle que este caballero no conociera. La casa de don Ignacio fue tirada para edificar en la que viviría Francisco Aquiles Bazaine por varios años.
Siguiendo nuestro recorrido, ahora nos detenemos en la casa que lleva el número 35, lugar donde vivió el doctor don Eusebio Ventura Beleña, gran jurista del “Consejo de su Majestad, oidor de la Real Audiencia, consultor del Santo Oficio de la Inquisición, maestro de la Real y Pontificia Universidad de México, juez protector de la villa y santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, asesor de la Renta de Correos, del juzgado general de Naturales y del Real Tribunal del importante Cuerpo de Minería”; y todavía este personaje se dio el tiempo se escribir los libros de “Recopilación Sumaria de todos los autos acordados de la Real Audiencia y Sala del Crimen de esta Nueva España y provincias de su superior gobierno”.

sábado, 2 de abril de 2011

La calle de Jesús María, un lugar lleno de misterio y leyendas

La historia de esta calle tiene sus orígenes desde el siglo XVI, pero en esa época todavía no era construido el convento que le dio el nombre que hasta la fecha conocemos, donde alguna vez estuvieran las monjas concepcionistas. Sacudiéndoles el polvo a los documentos de la época, nos topamos con que se le conocía con el nombre de “calle que va de la Trinidad a San Pablo”, también en otras referencias la encontramos como “calle del Matadero de las Vacas”, esto debido a que conducía a un matadero que se encontraba un poco apartado de los límites del sur de la antigua traza de la ciudad, es muy probable que se ubicase en Fray Servando Teresa de Mier.

Ya para 1530, donde ahora está el tramo de Emiliano Zapata y la Soledad, se encontraba el Hospital del Amor de Dios, que colindaba con los terrenos asignados a Juan Moscoso y al Padre Francisco Martínez. La nomenclatura que tenía la calle en el siglo XIX, se conservó hasta las primeras tres décadas del siglo XX, que fue conservando de épocas anteriores, donde podemos mencionar: de Cuevas (entre San Pablo y Regina), de la Quemada (entre Regina y Mesones), de los Ciegos (entre Mesones y República del Salvador), del Puente de Fierro (entre República del Salvador y República de Uruguay), de la Estampa de la Merced (entre República de Uruguay y Venustiano Carranza – Plaza Alonso García Bravo), del Puente de Jesús María (entre Venustiano Carranza – Plaza Alonso García Bravo y Corregidora), de Jesús María (entre Corregidora y Soledad), Primera de Vanegas (entre Soledad y Emiliano Zapata), Segunda de Vanegas(entre Emiliano Zapata y República de Guatemala).

Sin duda laguna, la construcción más importante y emblemática de esta calle, es el exconvento de Jesús María, del cual su edificación data desde finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, remodelado en el siglo XVIII y renovado totalmente en sus fachadas y la decoración interior en 1779 por el arquitecto Antonio González Velázquez, quien fuera director de Arquitectura en la Academia de San Carlos y que diseñase la peculiar y pintoresca decoración floral de las portadas.

Este convento originalmente había sido instalado en otra parte, en unas casas cercanas al Templo de Santa Veracruz, en la esquina del callejón de Santa Veracruz y Mariscala. Con el apoyo económico de don Pedro Tomás Denia y con el objetivo de admitir mujeres que fueran descendientes de los conquistadores que no tenían recursos para pagar una dote; esto nos indica que el convento era muy humilde, esto era ya para el año de 1578. Poco después, siete monjas del convento de la Concepción fueron trasladadas a ese lugar, siendo la primera abadesa Sor Ana de Santamaría.

Después la situación del convento daría un giro radical, pues en el año de 1580 la corona española ofreció su apoyo, a tal grado que paso a ser Convento Real, dotándolo de elevados fondos y sería trasladado a su ubicación actual, terrenos que alguna vez le pertenecieron a Juan Jaramillo, el viudo de Doña Marina o la Malinche. Pero tanta generosidad no era de manera gratuita, había un interés muy poderoso de por medio…. ¿cuál?, vamos a conocerlo: Felipe II había procreado a una hija ilegítima con una de las hermanas del arzobispo de México, Pedro Moya de Contreras, que también fuera virrey, y como Inquisidor Mayor tuvo la tarea de establecer los Tribunales de la Santa Inquisición en estas tierras. Para no hacerles el cuento largo, les platico que la niña en cuestión nació mal de sus facultades mentales, estando loca toda su vida; y para evitar escándalos en la corte, una buena solución fue encerrar a la loquita en el convento de Jesús María. ¿Cómo ven amigos?....

La construcción de la Iglesia comenzó en 1580, terminada en 1597, pero hubo que hacer reparaciones que se terminaron en 1621.

Actualmente es una de las calles con actividad comercial más activas del Centro Histórico, aquí podrás encontrar: las bodegas de telas, las tiendas que venden plásticos, manteles y cortinas para baño, las mercerías y los expendios de hilos y estambres. Si caminas hacia la parte sur, cerca de Mesones, Regina y San Pablo, hallarás tiendas de jarcería (objetos hechos de mimbre), venta de partes y reparación de muñecas, sombrererías, tienda de disfraces y máscaras. Si encaminas tus pasos hacia el local marcado con el número 112, podrás encontrar una tienda especializada en la venta de papel picado, llamada La Zamora, que fue fundada en 1860.

Si deseas conocer más a fondo la calle de Jesús María, te recomiendo el libro de Antonio García Cubas, titulado El Libro de mis Recuerdos, editado por vez primera en 1904.

sábado, 19 de marzo de 2011

La calle de Correo Mayor


Comienza desde República de Guatemala y termina hasta San Jerónimo, donde ya son los territorios de la Plaza de San Pablo. Es una de las calles más importantes del Centro histórico, no solo por su historia, sino también porque es una de las referencias principales en la actividad comercial.
Correo Mayor comienza su existencia desde el siglo XVI, según nos cuentan algunos documentos de aquella época, pero antes de adquirir el nombre que tiene hoy en día, se hacía referencia a ella como “la calle que corre detrás de las Casas del Marqués”, esto fue porque daba a la parte posterior del terreno que se le asignó Hernán Cortés durante la repartición de los solares, cuando apenas se empezaba a levantar la ciudad. Les cuento que años después, por aquellos rumbos Fray Juan de Zumárraga tenía la intención de establecer el primer convento de monjas de la Nueva España, cosa que jamás se llevó a lograr a pesar de los intentos de reducir el ancho de la calle para extender el terreno conventual, pues no faltaron los vecinos que te protestaran, para lo que el Ayuntamiento tuvo que tomar cartas en el asunto; total que la fundación del convento quedó frustrada en esa zona, pero la construcción del sitio religioso fue trasladada hacia el noroeste, naciendo el primer convento femenino llamado de la Concepción. La calle que nos ocupa después fue bautizada como “la calle que viene del monasterio de las monjas a San Pablo”.
Ya para el siglo XVII, fue cuando empezó a tomar el nombre de Correo Mayor, pero solamente el tramo que actualmente está a espaldas del Palacio Nacional, y se empezó a llamar así porque en aquel rumbo vivía la persona que tuvo el cargo de Correo Mayor; incluso si ustedes caminan por esta calle podrán apreciar una placa, la cual hace referencia de que en ese lugar estuvo la primera sede de aquella institución; esto lo pueden encontrar en una de aquellas casas, que se encuentran en esquina con Soledad.
Viajamos por el túnel del tiempo y nos detenemos en el siglo XIX, cuando los tramos de la calle eran conocidos con distintos nombres, heredados de épocas antiguas, como por ejemplo:
  • Del Indio Triste (se encuentra ubicada entre las calles de Guatemala y Moneda)
  • Del puente del Correo Mayor o del Parque de la Moneda (se encuentra entre Moneda y Venustiano Carranza)
  • De la Estampa de Balvanera (entre Venustiano Carranza y Uruguay)
  • Del Puente de Balvanera (ubicado entre Uruguay y Salvador)
  • De Olmedo (se encuentra entre Salvador y Mesones)
  • De los Migueles ( entre Mesones y Regina
  • De San Camilo (entre Regina y San Jerónimo)
Las calles de la Estampa y del Puente de Balvanera, alguna vez tuvieron los nombres de las Rejas y de los Bajos de Balvanera respectivamente; esto se conservó hasta 1928.
Al igual que muchas calles del Centro, Correo Mayor cuenta con una riqueza arquitectónica muy destacable, aunque algunas casonas han perdido parte de su belleza a través del tiempo, eso no les quita su grandiosidad, algunos ejemplos que lo ilustran son los edificios, que desde el siglo XVII y XVIII, con algunas variantes en el siglo XIX en el siglo XX; inclusive en algunos números tienen sus orígenes desde el siglo XVI, tenemos las siguientes: 1,2, 3, 5, 7, 8, 10, 11, 12, 13, 14, 16, 18, 22-24, 28, 30-32, 40-42, 49, 55, 57, 59, 60, 62, 68, 74, 78, 87, 101, 103, 105, 106, 112, 114, 116, 123 y 127.
Pero no sólo existen edificios coloniales, también los hay del siglo XX, entre los más emblemáticos tenemos uno que se encuentra ubicado en la esquina con Venustiano Carranza, el cual es el Edificio Sotres y Dosal, que es considerado el primer ejemplo de la arquitectura nacionalista.
Todos estos hermosos edificios los podemos apreciar hoy en día aún mejor, porque hace algunos años el comercio ambulante fue retirado de las calles del Centro, lo que nos permite apreciar otra cara distinta de este hermoso lugar, la elegancia y el señorío de sus palacios y sus casonas, hermosos tallados y detalles que ahora podemos observar con más detenimiento, en fin, ver en todo su esplendor a esta muy noble y leal Ciudad de los Palacios.
Algunos edificios pasaron a ser propiedad del INAH, como el que lleva el número 11 que fue remodelado en el siglo XIX por el prestigiado arquitecto Lorenzo de la Hidalga, quien diseñase la cúpula del templo de Santa Teresa la Antigua, y como dato curioso les cuento que esté lugar fue utilizado para festejar por todo lo alto las fiestas del escolar inicial centenario de la Independencia.
En la actualidad en esta calle podemos encontrar diferentes tipos de establecimientos dedicados a la venta de bonetería, mercería, ropa para niños, hilos y estambres; si desean hacer algunas compras de estos productos, se los recomiendo porque Corre Mayor tiene fama de contar con las mercerías mejor surtidas de todo el Centro Histórico.

domingo, 6 de marzo de 2011

La calle de las Canoas

Las calles van recibiendo sus nombres, de acuerdo a los hechos históricos o leyendas que ahí acontecieran en algún tiempo lejano, y que muchos de ellos todavía se conservan hasta nuestros días; pero desgraciadamente a lo largo de la historia hemos perdido algunos sucesos y aconteceres, los cuáles jamás podremos llegar a saber. Pero afortunadamente muchas historias que han pasado de generación en generación, las podemos disfrutar todavía en nuestros días, como la que les voy a relatar a continuación.

La traza de la cuidad de los antiguos mexicanos podía ser de tres maneras:

  • De agua, para que las canoas pudieran circular libremente
  • De tierra
  • Mitad tierra y mitad agua

Después de la Conquista, se empezó a hacer la traza de la ciudad, donde se marcaban los límites de la española con la indígena; así poco a poco los conquistadores fueron levantando la ciudad de entre las ruinas de la antigua civilización. Para llevar a cabo esta tarea, muchas calles donde corría el agua fueron cegadas, pero hubo una sola que siempre destacó de entre todas las demás, no solo por ser una de las más largas, sino por los nombres que fue adquiriendo a lo largo del tiempo: la Calle de las Canoas.

Esta famosa calle comenzaba su recorrido desde el costado de Palacio Nacional y terminaba en lo que hoy es Eje Central. La calle formaba un canal largo, que empezaba desde el Puente de la Leña, que según nos cuenta Orozco: “Al extender los franciscanos su monasterio cegaron parte de la acequia, resultando el callejón de Dolores, y otro callejón que salía con una acequia para la calle de Zuleta, y que subsistía en 1782”; y después de hacer todo este recorrido, su destino era el Hospital Real.

Durante aquella época no existía la Primera calle de Independencia, y que lo que era el callejón de Dolores, comenzaba desde la esquina de Gante y terminaba hasta el Coliseo, ésta última también fue llamada de la Acequia, lo mismo que todas las cabeceras que seguían hasta el Puente de la Leña; que durante la época de la Conquista era mejor conocido como las Calle de las Canoas. El callejón de Dolores estuvo cerrado en el lado oeste hasta que el convento de San Francisco fue derribado.

Pasó el tiempo y la acequia de la Calle de las Canoas se fue secando, hasta quedar solo tierra firme; primero los Franciscanos contribuyeron cuando construyeron su monasterio, después el primer Conde de Revilla Gigedo, don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, entre 1753 y 1754, mando construir una bóveda desde el Coliseo hasta la Diputación; y por último en septiembre de 1781 durante el virreinato de don Juan Vicente Güemes, segundo Conde de Revilla Gigedo, fue mandado tapar hasta el Colegio de Santos, la cual después sería conocida como de la Acequia.

La Calle de las Canoas, fue llamada así porque durante la época de la conquista cuando fue construido el teatro primitivo, a esa sección se le denominó Coliseo; después este teatro fue demolido y se levantó lo que es el Teatro Principal, después la calle pasaría a llamarse Coliseo Viejo. Las cabeceras siguientes adoptaron otros nombres, como del Refugio, Tlapaleros, Portales de la Diputación y de las Flores, Puente de Palacio, Meleros, Acequia (después de Zaragoza), y Puente de la Leña.

A lo largo de todo lo que era la calle de las Canoas, para atravesar de Sur a Norte, el lugar contaba con varios puentes que después dieron nombre a las calles en cuyas extremidades estuvieran situados; entre los cuales tenemos: los puentes de Espíritu Santo, de Correo Mayor y de Jesús María; y según nos cuentan las crónicas también existieron los puentes del Coliseo Viejo, de la Palma, de los Pregoneros, en la esquina de la Monterilla, y de Palacio,, pues con este último nombre se designó la acera Norte inmediata al Portal de las Flores. El Puente de la Leña corría de oriente a poniente.

Esta es la historia de una de las calles más antiguas del Centro Histórico, o sea, la calle de las Canoas, la cual se le diese nombre, debido a que por ella entraban multitud de canoas llenas de legumbres, frutas y flores, que los indios cultivaban en sus chinampas ni en los jardines circundantes, para de este modo venir a venderlas en plazas y portales, cerca de donde pasaba el canal que recorría la longitud que abarcaba esa calle. Durante los primeros siglos después de la conquista, el tráfico era abundante, principalmente en los días de la Semana Mayor y en especial en el Viernes de Dolores, muy temprano se podían ver infinidad de chalupas cubiertas de toda clase de flores, que se realizaban en grandes cantidades. Esta costumbre dio origen al paseo que se llevaba a cabo en la Vida, antes Puente de Roldán, y que al igual que muchas costumbres mexicanas han ido desapareciendo con el paso del tiempo, debido a la vida tan rápida y agitada que se vive hoy en día en la urbe; pasando a formar parte de los dichos y leyendas populares.