domingo, 29 de noviembre de 2009

La vida cotidiana en un convento

La vida religiosa de un convento monjil comenzaba a las seis de la mañana en los Coros. En el alto comenzaba el Oficio Divino. A esa hora se rezaba la “prima”, después seguí la misa conventual oída en el Coro Bajo, a la cual “ninguna monja, prelada ó súbdita, estando sana, puede faltar, y si un día quedara sin oír misa sin causa legítima, coma en el suelo pan y agua y diga su culpa en el refectorio”, según dicta la Regal Jerónima. Después seguía el desayuno y a las nueve se regresaba al Coro para rezar la “tercia”. Luego seguían las ocupaciones en la sala de labor, y a las doce volvían al Coro para entonar la “sexta”. Luego llegaba la hora de la comida y después la siesta.
A las tres regresaba al Coro para la “novena”; a las siete, las “vísperas completas” y, después de la cena, los “matines y laudes”, saliendo por fin del Coro, al toque de la campana gorda del claustro, a sus celdas correspondientes a dormir.
En cuanto a las Capuchinas y Carmelitas, variaban un poco su horario. A las cuatro de la mañana, al “son de las matracas”, empezaban su día y “cada una quisiera ser la primera y que otra no le ganara la primicia en acudir al Coro”, como decía fray Ignacio de la Peña, y recibida la bendición de la prelada, daban gracias. A las cuatro treinta decían entonaban la “prima” y la “tercia” con “devoto tono y solemne pausa”, de lo cuál el poeta Juan Valle escribió:
“Vibra en el templo el órgano sonoro pero doliente, misterioso y lento, mientras las monjas en pausado acento, responden, cual un eco, desde el Coro”.
Después se recitaba la letanía con preces y descendía al Coro Bajo a hacer meditación de un “punto” que era propuesto, el cuál era impreso en unas lindas cartelas. Ahí permanecían durante la misa y, acabando ésta, seguían con la “sexta” y la “nona” y después salían a tomar su colación y la sala de labor. La “vísperas” eran rezadas las dos, y las “completas” a las cinco, estando en oración hasta las seis. Regresaban a comer y luego volvían al Coro, hasta las ocho, en que se iban a dormir, para regresar a las once, también con matracas, a rezar los “matines y laudes”.

domingo, 15 de noviembre de 2009

San Jerónimo


El arzobispo don Pedro Moya de Contreras el 26 de septiembre de 1585, dio la licencia para la construcción de este monasterio, con la advocación de Señor San Jerónimo. Para que se cumpliera el objetivo se mandó “…sacar y traer el convento de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, monjas profesas de antigüedad, aprobación y santa vida…” para que iniciar en la vida conventual a sus aspirantes.
Los patronos fueron Doña Isabel de Barrios y su esposo Don Diego de Guzmán, quienes acondicionaron en su totalidad el lugar.
Las monjas concepcionistas salieron de su casa veladas y en solemne procesión caminaron a su nueva morada, acompañadas de funcionarios eclesiásticos y civiles y del pueblo, que siempre se encontraba presente en estos eventos. La patrona y fundadora las recibió en la entrada del templo y automáticamente pidió un hábito, convirtiéndose en la primera novicia. El templo fue donado por don Luis Maldonado y fue consagrado en 1626 bajo la advocación de San Jerónimo y Santa Paula. Estos conventos, que eran muy grandes tenían otras “sucursales” de índole monjil: cocinas, huerta y refectorios; entre los corredores y claustros, los baños, celdas, salas de labor y salas de penitencia; enfermería, lavaderos, adoratorios y los lugares más concurridos: la portería y los locutorios ó rejas, donde las monjas podían recibir a sus visitas en presencia de una religiosa escucha y del otro lado de la reja sus visitantes. El convento hasta llegó a tener una cárcel para “la que no cumpliera lo que debe por amor, sea obligada a cumplirlo por temor”.
Las monjas se dedicaban exclusivamente a los rezos, elaboración de dulces, las ocupaciones en la sala de labor y la educación de las niñas puestas a su cargo y en cuanto a las labores domésticas, sus criadas eran las encargadas.
Un dato importante es que Juana de Asbaje, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz ingresó a los diez años de edad, escribió acerca de la clausura:

“Para el alma no hay encierro ni prisiones que la impidan,
porque solo la aprisionan las que se forja ella misma”

Después de la exclaustración el convento tuvo múltiples usos, incluyendo un popular cabaret llamado “El Esmirna”. Afortunadamente fue restaurado y actualmente funciona como universidad de estudios humanísticos. Se pueden visitar pequeñas salas acondicionadas como museo, donde se exhiben restos de los baños y cerámica, los patios y el templo, por supuesto con sus coros y en donde se encontraron, parece ser, los restos de sor Juana Inés de la Cruz.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Convento de la Enseñanza

Perteneció a la Orden de la Compañía de María, creada por María Ignacia Azlor, nacida en la Hacienda de Patos e hija del Conde de Guara y de la marquesa de San Miguel de Aguayo y Santa Olaya. Al haber quedado huérfana partió a España para dedicarse a ser una cierva de Dios; años más tarde regresó a Nueva España con 15 religiosas que la acompañaban, para fundar un convento dedicado a la enseñanza de las niñas de la capital. Contando con su cuantiosa herencia compró los terrenos para comenzar la materialización de su sueño.
La obra fue bendecida por el arzobispo don Manuel Rubio y Salinas el 23 de junio de 1754 y cuatro años después fue inaugurado por el siguiente arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta, bajo la advocación de la Virgen del Pilar. Oficialmente fue nombrado como convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza y popularmente se le conoció como La Enseñanza.
El convento era de proporciones considerables, pues contaba con 50 celdas, capilla, enfermería, salones de clases y de labor y abarcaba desde las actuales calles de Donceles hasta la de Luis González Obregón al norte. Parte de esas dependencias son hoy ocupadas por el Colegio Nacional.
Las niñas que recibían su formación eran tanto internas como externas, las cuotas que se cobraban eran bajas y muchas veces era gratuito.
Este templo cuenta con disposiciones arquitectónicas diferentes a las de otros conventos. El eje de la nave es perpendicular a la calle y posee una hermosa fachada, donde destaca San José, patrono de Nueva España. Ocupando el lugar principal está la Virgen del Pilar y arriba una representación de la Santísima Trinidad.
El interior del templo sin duda es uno de los más hermosos del Centro; tiene una sola nave con ábside poligonal que alberga un imponente retablo, que fue uno de los más extraordinarios ejemplos del barroco del siglo XVlll. Las rejas que daban a la clausura de las monjas se encuentran a los lados del retablo principal. La nave está cubierta de pequeños retablos, barrocos de excelente calidad y cuenta con series de pinturas sobre la vida de José y de María. También hay que destacar el púlpito y la tribuna.