domingo, 27 de julio de 2014

El legendario Palacio de Lecumberri

El Palacio de Lecumberri se encuentra ubicado al noreste del Centro de la Ciudad de México, en la Delegación Venustiano Carranza. El edificio fue originalmente construido como penitenciaría y actualmente es sede del Archivo General de la Nación.

Historia
Conocido popularmente en México como El Palacio Negro de Lecumberri, se inauguró el 29 de septiembre de 1900 por Porfirio Díaz, sirvió como penitenciaría desde ese año hasta 1976.

Construcción
Su construcción surgió como consecuencia de la Reforma al Código Penal de 1871, mismo al que se anexó un proyecto arquitectónico para la creación de una Penitenciaría; dicho proyecto fue elaborado por el Ingeniero Antonio Torres Torija y la construcción corrió por parte del Ingeniero M. Quintana; siendo su primer director el prestigioso jurista Miguel Macedo. Se inició su construcción el 9 de mayo de 1885.
El edificio responde al denominado modelo panóptico (tipología de establecimientos penitenciarios propia del siglo XIX), con una rotonda o cuerpo central poligonal destinado al cuerpo de vigilancia de la penitenciaría, y radial, mediante galerías de forma estrellada que convergen en el espacio central, en el cual se erigía una torre de 35 metros de altura destinada para la vigilancia de todo el penal.
Originalmente planeado para albergar una población de 800 varones, 180 mujeres y 400 menores de 18 años. Contaba con 804 celdas, talleres, enfermería, cocina y panadería. Tenía un área de Gobierno, sección de Servicio médico y Salas de Espera.
Las crujías tenían celdas para un sólo preso con cama y servicio de sanitario. En cada crujía existía una celda de castigo con puertas sólidas que tenían una mirilla. Se regía por un Consejo de Dirección que hacía las veces de Jefe Inmediato de todas las áreas. En 1908 se dio autorización para ampliar la construcción en donde originalmente tenía una capacidad para 996 internos y en el año de 1971 tuvo una población aproximada de 3800 internos.

Presos famosos
Entre los prisioneros más conocidos se encuentran David Alfaro Siqueiros, Valentín Campa, Heberto Castillo, el asesino de Trotsky Ramón Mercader, José Agustín, José Revueltas, William Burroughs, Francisco Guerrero "el chalequero", Juan Gabriel, y el escritor colombiano Álvaro Mutis.
Durante La decena trágica, el presidente Francisco I. Madero, así como el vicepresidente José María Pino Suárez, fueron asesinados camino a Lecumberri en 1913.

Fugas
Durante sus 76 años como prisión, hubo dos escapes. Uno fue el de Alberto Sicilia Falcon, quien escapó a través de un túnel que cruzaba la Avenida Héroe de Nacozari; el otro Dwight Worker, un narcotraficante estadounidense de cocaína, cuyo caso fue presentado por el canal de televisión estadounidense National Geographic en su programa Preso en el Extranjero. Con la ayuda de su esposa Barbara Worker, Dwight escapó el 17 de diciembre de 1975 disfrazado de mujer.

Palacio Negro
Adquirió el adjetivo "Negro", derivado de las historias macabras que contaban los presos a sus familiares y amigos, por ello es conocido como El Palacio Negro de Lecumberri.
La penitenciaria albergó a ambos sexos hasta el año de 1954, en que se puso en servicio la cárcel de mujeres.
Dejó de ser prisión el 27 de agosto de 1976 al ser clausurado por su último Director, Sergio García Ramírez, para posteriormente convertirse en la sede del Archivo General de la Nación (AGN) en 1982. El AGN es uno de los más antiguos archivos históricos de América, y constituye una fuente inagotable para la investigación histórica y para diversas disciplinas.
En seguida hubo críticas acerca de la inadecuación de la estructura del edificio para tareas archivísticas, además del riesgo de inundación por el desnivel respecto de la calle y la cercanía del Gran Canal de Desagüe, que favorecía el desarrollo de hongos y otros contaminantes nocivos para el papel. Después de varios proyectos que no alcanzaron a concretarse, se optó por construir un nuevo edificio para el AGN en el mismo predio, en las oficinas ocupadas anteriormente por el Registro Nacional de Población, que serían demolidas.

Servicios
Archivo General de la Nación: Eduardo Molina 113 (entrada por Héroe de Nacozari), col. Penitenciaría Ampliación, deleg. Venustiano Carranza,  Teléfono 5133 9900.

Horario de lunes a viernes, de 9:00 a 17:00 horas y sábados de 10:00 a 14:00 horas.
También puedes visitar el sitio web en: http://www.agn.gob.mx/index.html

Fuente: http://www.excelsior.com.mx/

Si se quedaron con ganas de adentrarse un poco más en el tema, les dejo los siguientes videos:




domingo, 20 de julio de 2014

El fantasma del preso (Antigua Penitenciaría de Lecumberri)

Era una noche común, como cualquier otra. Yo estaba terminando de limpiar las oficinas de recepción, que era la parte que dejaba al final de la jornada, porque era donde el personal pasaba los últimos momentos antes de salir. Recogí la basurilla que quedaba en el piso y pasé el trapeado húmedo por el mismo lugar, para después llevar todos los utensilios de limpieza a la pequeña bodega donde guardo mis cosas.
La bodeguita está al final de un pasillo largo, lleno de eco, donde algunas veces había ya sentido sutil escalofrío, que con el paso de los 10 hacía más y más intenso. Aquella noche había terminado aún más tarde que de costumbre. Cuando comencé a caminar por el corredor, escuché un suspiro prolongado, que me hizo saltar del susto, pero no encontré  a nadie. Me quedé algo sugestionado y ya no pude estar en paz, hasta que salí y me fui a mi casa a descansar. Nunca, en los dos años que apenas llevaba de trabajar ahí, había escuchado algo así, a pesar de los comentarios de muchos compañeros de que ahí “espantaban”.
Los siguientes días escuchaba lo mismo, pero nunca encontré a nadie ni me sentí con la confianza de contárselo a algún compañero de trabajo, por temor a las burlas, o a qué pensarán que estaba volviéndome loco y correr el riesgo de perder mi trabajo. Una semana después del primer incidente, me lleve el peor susto de mi vida.
Al caminar por el oscuro corredor escuché de nuevo el suspiro, y al volver la vista vi un hombre de aspecto demacrado sentado en una silla de la recepción. Sentí que el corazón me daba un vuelco y que perdía el conocimiento, pero sería tal vez mayor mi curiosidad que, en vez de desvanecerme, me acerqué con un intenso temblor en todo el cuerpo, a pasos muy lentos hacia dónde se hallaba ese misterioso personaje.
-¿Quién es usted…? ¿Cómo entró aquí?-Pregunté con una voz que casi causaba risa, del temor que me embargaba.
El hombre suspiró de nuevo con una profunda melancolía. Me miró con absoluta indiferencia y después agachó la mirada. Volvió a suspirar.
-Otra vez no vino, ¿verdad?
-¿No vino, quien?-Pregunté yo.
-Amalia… No vino. ¿No la vio usted?
Ahora caigo en la cuenta de que me interese más en seguir el hilo de la conversación, en vez de averiguar quién era ese personaje y que hacía ahí. Pregunté de nuevo:
-¿Quién es Amalia? ¿Trabaja aquí?
-Amalia es mi esposa.
“Me di cuenta entonces que portaba un uniforme gris, a rayas. Se veía gris por lo desgastado y sucio. Era el uniforme de un reo de los años cuarenta. No parecía ser un fantasma. Más bien se veía como un hombre enfermo, agotado, abatido y con una profunda tristeza.
-¿Por qué está usted aquí estas horas? Ya se fueron todos.
Volteé un momento para dejar mi cubeta en el piso y el trapeador recargado en la pared, mientras hacía una pregunta más.
-¿Trabaja usted a…?
Al volver la vista, ya no estaba.
Sentí, ahora sí, que perdía el conocimiento. Tuve que poner mi mano en la pared para no perder el equilibrio, mientras revisaba con la mirada cada rincón de la habitación. El hombre había desaparecido así como así, sin hacer ruido alguno, sin una sola puerta que estuviera cerca, para atravesarla velozmente. Sólo aquel lúgubre pasillo, tan largo que era imposible que un hombre lo recorriera en un parpadeo para desaparecer al final de él.
Corrí por todas partes buscándolo. Aumentaba mi sorpresa y mi temor al ver que todas las puertas de acceso estaban cerradas con llave y gruesos candados. Aunque tuviese llaves, aquel misterioso sujeto no tendría tiempo de abrir las chapas y salir. Simplemente se esfumó en el aire.
Después de esa noche ya no fue fácil quedarme a trabajar por las noches. La sugestión y mis temores me jugaban bromas muy a menudo y comencé enfermarme de los nervios. Las sombras parecían cobrar vida y acercarse a mí amenazadoramente. No obstante, pasaron varios días sin que algún incidente me sorprendiera.
Yo sé que usted no me lo va a creer, pero fíjese que este hombre volvió a aparecer ante mí, y así lo hizo durante un tiempo.
Todos los viernes terceros de cada mes aparecía, siempre preguntándome por su esposa Amalia, aquella que según me contó, nunca fue visitarlo. Pero, ¿quién era este hombre? En efecto, en un fantasma.
Su nombre era Jacinto. Le apodaban el “Venado”, en son de burla, pues su esposa le había jugado chueco con su compadre, y le habían “puesto el cuerno”. Además, para colmo, lo “venadearon”. El compadre y la esposa infiel planearon un robo y un asesinato. Los adúlteros mataron a una señora muy rica, que había contratado a Jacinto para que trabajara en su casa, haciendo algunas reparaciones. Al darse cuenta de que la señora tenía mucho dinero, la mataron y robaron las cosas de valor, usando el juego de llaves de la casa que Jacinto tenía su poder. En un largo juicio, la esposa testificó en contra de Jacinto, alegando que éste había planeado todo. El “Venado” no quiso que su esposa se fuera a la cárcel, así que aceptó los cargos que le imputaron, con la falsa promesa de eterno amor por parte de Amelia.
Jacinto esperó y esperó en cada viernes de visita, a que su amada esposa lo visitara, pero ella nunca vino. Desapareció con el compadre del “Venado”, llevándose todo el dinero que habían robado. Jacinto nunca más supo de ella, así que se hundió en una profunda depresión. Estuvo sólo dos meses y medio en prisión, pues el último viernes que no tuvo la visita de Amelia, se quitó la vida, colgándose del barandal del segundo piso del pabellón cuatro, el que ahora es la enorme oficina que colinda con el pasillo por donde pasa guardar mis cosas.
Todo esto él mismo me lo dijo, aunque nadie me cree que platiqué con un fantasma, por más de dos meses.
En una ocasión le dije a Luis, un compañero de trabajo, lo que pasaba, y él solo me dijo que estaba loco y que me tomaba mis cervezas en horas de trabajo, pero yo le dije que era cierto y lo invité a que se quedara conmigo la noche del viernes, para que lo viera con sus propios ojos.
Así lo hicimos y el viernes en la noche Luis estaba conmigo, pero Jacinto no se apareció esa noche. Tal vez no quiere ser visto por cualquier persona; sólo por mí. Luis se volvía burlar y me dijo que estaba loco.
Una noche en que Lupita, la chica que tiene las llaves de los cajones donde están los registros, me dejó revisar en las bitácoras, descubrí, para mi asombro, que Jacinto si existió y que todo lo que me contó fue verdad.
La última noche en que vi el fantasma de Jacinto, se veía muy triste y me dijo que no podía vivir así, con esa pena a cuestas. Él cree que está vivo, y actúa como si así fuera. Cada vez que yo le decía que era un fantasma y que ya estaba muerto, me cambiaba la conversación, o simplemente ignoraba mis comentarios. Tal vez sea la verdadera condena que debe pagar, aun después de muerto; vagar eternamente, cada año, reproduciendo los momentos más tristes y motivos que pasó en esa prisión, cuando injustamente fue privado de su libertad, cargando con la intensa pena de sentirse traicionado por la mujer que amaba.
Estoy seguro que mi compañía de algo le debe haber servido.


FUENTE: Leyendas del México sobrenatural. Héctor López.

domingo, 13 de julio de 2014

La monja y el clérigo

Nos encontramos en el siglo XVII en el monasterio de Jesús María, donde una serie de extraños acontecimientos inquietaban de sobremanera a las religiosas. Pero había un lugar en especial donde las manifestaciones sobrenaturales eran más intensas, ahí podían escucharse, ver y sentir cosas que ponen los pelos de punta hasta al más valiente; el aposento en cuestión, era la sala de labores de las monjas, donde pasaban la mayor parte de tiempo dedicándose a los ejercicios que se acostumbraban en la época, como la costura.
El horario no era implicaba un impedimento para las manifestaciones, pues la monjas podían experimentar cualquiera de éstas a plena luz del día. Por la mañana para ir a rezar a la capilla, debían de cruzar el patio central con una hermoso jardín lleno de rosas, pero al pasar por ahí siempre escuchaban unos pasos que se alejaban entre los matorrales. Al caer la medianoche terminaban sus últimas oraciones y se iban las religiosas a recoger a sus aposentos, pero cuando estaban a punto de conciliar el sueño escuchaban que alguien tocaba a su puerta y acto seguido una voz ronca y apagada pronunciaba el nombre de la aterrorizada hermana. Otra cosa que ya se les había vuelto una costumbre era cuando encendían una veladora, se apagaba de la nada, sin ninguna corriente de aire que lo pudiera provocar; y se decía también que al momento que se apagaba el fuego de la veladora se podía ver una sombra, que con su sola presencia extinguía las luces. Otro fenómeno que llenaba a las religiosas de pavor, era  cuando se encontraban rezando, detectaban un aroma inconfundible de una fragancia que poco a poco se apoderaba del lugar; se trataba de un olor agrio y penetrante, el cuál era tremendamente parecido al de un cementerio.
Algunas monjas aseguraban haber visto durante dos Jueves Santos seguidos la figura de un monje que subía de las escaleras principales lentamente, con un aire cansado y silencioso; y a juzgar por la apariencia que tenía, aseveraban que estaba muerto, es decir, se trataba nada menos que de un alma en pena; pero debido al terror que tenían las hermanas a aquel espectro, siempre trataban de evitar que este tema saliera en alguna conversación.
Los meses y años pasaron sin pena ni gloria en aquel monasterio, con todo y su fantasma incluido que seguía haciendo de las suyas; pero todo cambiaría un día en que llegara al convento una viuda llamada Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza, que su esposo había fallecido hacía apenas dos días, quien llevase el nombre de don Francisco Pimentel. Y grande era la pena de Tomasina ante aquella pérdida pues al morir le dejó una raquítica cantidad de dinero como herencia; pues en el testamento de este hombre decía claramente lo siguiente: “La única condición a la que tiene que responder doña Tomasina Guillen Hurtado de Mendoza para acceder a esta suma de dinero, es que entre de monja al convento de Jesús María”.
La pobre de Tomasina no había tenido una vida feliz, pues desde su infancia había sufrido terriblemente al lado de su madre, quien era una mujer muy mala que no tenía el menor reparo en golpearla o encerrarla; trataba también a su desdichada hija con excesivo rigor, siempre la tenía entre tablas hilando oro, la reprendía por cualquier cosa y la golpeaba con el huso hasta que  la descalabraba. No satisfecha la progenitora con los malos tratos que le daba a Tomasina, decidió recluirla en el convento de Jesús María apenas cumplió los quince años de vida; sin embargo a la señora poco le duraría el gusto, pues no la muchacha se las ingenió para escaparse a las pocas semanas de estar ahí, pues sentía que la vida religiosa no era para ella, así que en cuanto puso un pie en el exterior, se dedicó a explorar y conocer el mundo que se la había negado a su corta edad.
En aquella época las calles eran sucias y muy insalubres, así que Tomasina no tardó en contraer varias enfermedades, y una de ellas la puso al borde de la muerte. Sin saber qué hacer, agonizante y desesperada por no tener nada que comer, decidió regresar al lado de su madre para pedirle ayuda; debido a la situación en que se encontraba, la muchacha le prometió a Dios y a su progenitora que si lograba recuperar la salud, se iría de motu proprio a recluir al convento, dedicándose en cuerpo y alma a llevar una vida religiosa hasta su muerte.
Pero como toda jovencita, Tomasina tenía ganas de vivir y no cumplió su promesa, pues apenas se recuperó volvió a llevar la vida de libertades que tanto le gustaba; pero su madre no toleró esta situación y movió cielo, mar y tierra para encerrarla en el convento de Santa Isabel, donde las monjas eran educadas bajo reglas muy estrictas; y como en el caso anterior, poco le duró el gusto a la señora, pues su destrampada hija logró darse a la fuga. Ya fuera del santo lugar, encontró a un hombre del cual cayó perdidamente enamorada y con quien se casara a los pocos meses de conocer, y se trataba de nada menos que de don Francisco Pimentel.
¡Pobre de Tomasina! La mala suerte parecía perseguirla a donde quiera que fuera, pues la vida de sufrimiento que llevó con su madre no tuvo comparación con la que llevaría con su esposo, pues al segundo de día de contraer  nupcias don Francisco cubrió todas las ventanas de la casa para impedir que su mujer se asomara o alguien la viera desde el exterior; cuando el caballero salía a la calle se aseguraba de encerrar a su esposa en el más apartado y frío de los cuartos, colocando decenas de candados y cadenas.; pero otra cosa que tenía el señor Pimentel es que era muy celoso, razón por la cual siempre peleaba con su mujer.  
Para buena suerte de Tomasina, su “adorado” marido murió a los dos meses y dos semanas de haberse desposado; y cuando llegó la hora de leer el testamento, se dio cuenta de que tendría que entrar de novicia al convento de Jesús María para poder disponer de la herencia. Y como dice el dicho, no hay día que no llegue  ni plazo que no se cumpla, pues finalmente Tomasina tuvo que cumplir aquella promesa que había hecho años atrás, que era dedicarse a la vida religiosa hasta el día de su muerte.
Una vez que ingresó al convento, la igual que las demás monjas, comenzó a escuchar aquellos extraños ruidos. Al principio creyó era producto de su imaginación y de su mente tan confundida; pero conforme pasaba el tiempo, aquellas manifestaciones se hicieron más frecuentes y ocurrían en cada vez más lugares; para lo que ella, al igual que otras religiosas, decidió callar, pues el solo hecho de pronunciar lo que todas sabían la hacía estremecerse y paralizarse de miedo.
Las cosas comenzaron a empeorar cuando Tomasina comenzó a tener extraños sueños, en donde se le aparecía el clérigo que todas las monjas aseguraban haberlo visto por una de las escaleras del monasterio. En ese sueño, el religioso le pedía a Tomasina que ella y sus hermanas, le elevaran oraciones para ayudar a la salvación de su alma, con el fin de que pudiera salir de los tormentos y castigos del Purgatorio, lugar donde se encontraba desde hace mucho tiempo, pues no había logrado que alguna monja lo escuchase.
Tomasina le relató aquellos sueños a su confesor, pero este le dijo que todo era pura fantasía, pero ella estaba totalmente convencida de que todo era real. Por varias noches la pobre monja tuvo ese mismo sueño, pero en una de esas ocasiones fue diferente, pues aquella alma le pidió de una manera tan desgarradora le ayudara a que su pena terminara, que sus hermanas le elevaran oraciones y un ayuno a pan y agua, que solo ella debía hacer. En cuanto Tomasina aceptó ayudar a aquella alma terminar con su pena, el difunto tomó su brazo y  al instante la monja sintió un terrible dolor que la hizo gritar y acto seguido todas las religiosas se hallaban despiertas.
Tomasina les relató todo lo ocurrido a sus hermanas y les enseñó la marca de la mano que tenía impresa en su brazo, quien no paró de llorar  y gritar por el terrible dolor que le causaba.
Se cuenta también que los medicamentos de la época no ayudaron a sanar aquella herida, que las quemaduras no eran de este mundo, pues dicen que se podían observar las marcas de las yemas de los dedos y poros del difunto. Este acontecimiento hizo que se mandaran decir misas y se rezaran rosarios; a pesar de que Tomasina no pudo hacer su ayuno debido a su estado delicado de salud, muchas monjas se ofrecieron a suplantarla, y así finalmente los ruegos desesperados de la pobre ánima fueron escuchados.
Pocos días después el clérigo se le volvió a aparecer a Tomasina, pero no en sueños, para manifestarle su agradecimiento por lo que ella y sus hermanas estaban haciendo por él, que su sufrimiento en el Purgatorio ya no era tan grande, que por las quemaduras no se preocupara, pues tan pronto subiera al Cielo aquellas marcas y dolores desaparecerían por completo, y que le sabría recompensar todas las bondades que había tenido con él, pues solo ella lo había escuchado y ayudado.  
Al fin, después de que el pobre clérigo anduvo penando en el convento por cuarenta años, finalmente logró que su atormentada alma lograse descansar; y cuando por fin consiguió subir al cielo, los malestares de Tomasina desaparecieron. Después de estos acontecimientos la vida que llevó aquella monja fue ejemplar hasta el día de su muerte. Cambió sus atuendos hechos de delicadas telas por unas túnicas que la cubrían incluso en los días en que el calor era fuerte; en vez de usar finos colchones y sábanas, durmió en dos toscas tablas de madera tapándose solo con una delgada colcha; incluso llegó a colocar en sus zapatos algunas piedritas y algunos clavos. Tomasina casi no hablaba, pues guardaba su dulce voz para las oraciones y los cantos de medianoche, aunque algunas de sus hermanas decían que la oían platicar con alguien ya muy avanzada la noche, y cuando esto ocurría se podía percibir en el ambiente un olor a carne quemada, que después se convertía en un intenso aroma a flores marchitas. Se decía que cuando esto ocurría, el clérigo visitaba a Tomasina en medio de la oscuridad y silencio de la noche.       
Así que ya sabes: si transitas por la calle de Jesús María y observas a una monja y un clérigo, ya sabrás quienes son… dulces sueños.

domingo, 6 de julio de 2014

La hija del encomendero (Sucedió en la Piedad San Miguel Amantla)

Sabido es que entre los aventureros venidos con Hernán Cortés fue que se hizo el primer reparto de tierras en lo que había sido la gran Tenochtitlán. La razón, fue que decepcionados los conquistadores cuando entraron en una ciudad en ruinas, donde no había las riquezas que esperaban, exigieron tierras en compensación y fue así como nacieron las encomiendas.
Mucho se ha hablado de las crueldades y abusos de esa soldadesca enriquecida y vencedora, ebria de sangre y poder,  hasta que el 20 de noviembre  de 1542 el emperador Carlos V expidió las leyes de indias, tendientes a evitar los desmanes del sistema de encomiendas; no obstante, los viejos conquistadores continuaron cometiendo aquellos abusos, sin obedecer el real mandato.
Tal fue el caso de don Eloy de Chavarría y Sánchez, mayorazgo de uno de los soldados de Cortés que había heredado en encomienda las tierras de San Miguel Amantla, en el rumbo de Tacuba. Hombre déspota y cruel, no solo heredó las tierras, sino también los gustos sanguinarios de su padre y su afición a abusar de las jóvenes indias, de quienes siempre se escuchaban sus gemidos y alaridos de auxilio. Los infelices encomendados oían y callaban, aunque no siempre podían disimular el gesto de rabia y amargura que se pintaba en sus rostros por aquello.
En esta ocasión le tocó ser víctima a una hermosa joven india descendiente de los nobles tecpanecas. Los alaridos de la infeliz muchacha cesaron al anochecer, y más tarde, amparada por las sombras de la noche, una silueta femenina se deslizó hasta las chozas de los encomendados, hasta que llegó a la de su padre, en donde le platicó todas las atrocidades que le había  hecho don Eloy, diciéndole que ya no era digna de ser su hija. En un arranque desesperado la muchacha quiso abrirse el pecho con un cuchillo de pedernal que su padre tenía oculto, entonces el cacique comenzó a gritarle a su hija desesperadamente; al escuchar  el escándalo Alfonso acudió rápidamente a auxiliarlo. La vida de los naturales se había convertido en un verdadero infierno desde que la llegada de los españoles, pasando de ser los dueños de estas tierras, a ser sus esclavos. Para poder escapar de aquella terrible pesadilla, con el permiso del padre de la muchacha; sin más tiempo que perder, esa misma noche burlando la estrecha vigilancia de los guardianes de don Eloy, la juvenil pareja se alejó de los campo de encomienda, perdiéndose al poco tiempo en la lejanía para no verse nunca más.
Si se advirtió la fuga de los dominios de don Eloy, no le dieron importancia, por lo que el incidente de la india Catalina pareció olvidarse para siempre. Melchor, el cacique tecpaneca murió meses después sin haber vuelto a saber de su hija, y todo habría quedado sumido por siempre en el olvido, de no ocurrir que años después un caballero que iban cabalgando por tierras bastante lejanas se encontró con una grotesca figura, que la verla el caballo salió huyendo como alma que lleva el diablo;  aquel ser hacía varias muecas extrañas, y sin  dejar de sonreír extrañamente hizo al español la seña de que la siguiera para perderse en la espesura, mientras caminaba se escuchó en la lejanía el aullido de un coyote, seguido de un soplo de viento helado que calaba hasta los huesos. Nuevamente se movió algo entre los matorrales y alcanzó a ver la grotesca figura femenina haciéndole figuras y muecas, brillando atrás de ella el resplandor de una hoguera y eso acabó haciendo que el español se decidera en seguir a la criatura para pasar una caliente y confortable noche. La enana hizo una nueva cabriola y se alejó hacia el monte, seguida esta vez del jinete derribado.
Días después en la casa de don Eloy el anciano padre del  español extraviado el bosque, don Urbano, acudió a hablar con este para que investigara la muerte de su hijo, ya que el cuerpo semidevorado por las fieras había sido encontrado en los terrenos del encomendero. Después de una fuerte discusión en la que don Eloy se negaba a hacer investigaciones y dándole a entender que no le importaba, el padre del muchacho se marchó indignado mientras el otro dejaba escapar una estrepitosa carcajada.
El anciano había abordado su carruaje y se alejaba hacia la ciudad, pero al doblar en un recodo los animales se detuvieron, el cochero los fustigó con furia, pero los caballos se negaron a seguir, antes bien cayeron al suelo dolidos por los golpes. Don Urbano se apeó del vehículo para ver si podía auxiliar, pero en ese momento la grotesca figura de la enana había surgido de pronto y obstruía el paso al coche. L a pequeña monstruosidad empezó a hacer muecas y a sonreír de modo espantoso, cosa que hizo que se erizaran los cabellos de don Urbano; entonces el caballero tuvo el acierto de santiguarse al tiempo que murmuraba una nueva jaculatoria, aquello operó el prodigio de que la extraña criatura diera un salto descomunal y se perdiera corriendo en la espesura, el cochero había enmudecido de asombro, entonces reaccionó cuando las bestias se pusieron nuevamente en pie, y acto seguido reanudaron la marcha lo más pronto que pudieron para salir de ese endemoniado lugar.
Don Urbano contó a su confesor lo ocurrido y le pidió que hiciera llegar bajo secreto de confesión, aquel relato macabro a los tribunales, solo que el santo tribunal actuaba con rapidez en contadas ocasiones cuando de personas influyentes se trataba, y él no lo era. El anciano se encontraba en su estudio meditando sobre aquella situación, cuando su hija ingresó a la habitación para informarle que don Eloy le había mandado en muchas ocasiones cartas de amor, pidiéndole también una entrevista. Don Urbano quiso entonces arreglar el ingreso provisional de su hija en un convento, pero tropezó con serias dificultades, pues en todas partes le pedían el pago de la dote, dinero con el que no contaba.
Mientras tanto, en casa del anciano uno de los criados le dice a la joven que su padre fue arrollado y que debe acudir inmediatamente a auxiliarlo, y sin sospechar que todo era un engaño, acudió a salir en seguimiento de aquellos indígenas; caía la tarde ya, y al doblar en una esquina, un grupo de hombre embozados le taparon fuertemente la boca y en vilo la subieron a un carruaje, que partió velozmente en el acto. El vehículo tomaba camino a San Miguel Amantla poco después, los enloquecidos caballos habían emprendido una veloz carrera que hicieron volcar el carruaje metros adelante. Por algunos minutos todo quedó en silencio, tal parecía que nadie había salido con vida; el primero en levantarse fue uno de los indígenas, que había dado con su humanidad a varios metros de distancia, pero al despertar se encontró con aquella grotesca criatura y lo único que el pobre infeliz hizo fue pedir perdón a la que creía era la madre de todos los indios (Cihuacóatl), antes de dejar de existir. Su compañero en el pescante había muerto al golpearse la cabeza contra una roca; en tanto que, en el interior del carruaje, alguien empezaba a salir: la portezuela se abrió trabajosamente y la joven salió del vehículo, tras ella aparecía una de sus secuestradores en ese momento. En ese instante, los cabellos de aquel hombre se erizaron de pavor ante la aparición de aquella deforme indígena, enloquecido de terror se echó a correr perdiéndose en la oscuridad, escuchándose la poco tiempo un desgarrador alarido. Doña Clara Inés quedó paralizada de sorpresa, miraba a la grotesca figura que ante ella hacía infinidad de muecas y cabriolas;  entonces el aspecto de la pequeña mujercita se hizo horrible, más aún de lo que era naturalmente, y sin poder resistir tan espantosa impresión, doña Clara se desplomó sin sentido.
Don Eloy entre tanto, se impacientaba por la tardanza de los lacayos que había comisionado para secuestrar a la joven, el reloj dio las ocho campanadas y a los lejos aullaban los coyotes, los perros comenzaron a ladrar con furia en ese instante y se originó un gran alboroto entre los indios encomendados, pues alguien hizo sonar la puerta de manera desesperada: era uno de los sobrevivientes del accidente que venía a contarle a su patrón todo lo que había visto y de cómo la criatura se había llevado a su amada. Lleno de ira, don Eloy esa misma noche organizó una expedición a los montes cercanos, hasta que llegaron al lugar de los hechos, pero los hombre que hasta entonces lo había seguido valerosamente, se detuvieron en seco: los caballo se negaban a caminar. El encomendero siguió solo el camino, mientras su comitiva se miraba sobrecogida de temor, santiguándose y elevando plegarias al cielo.
Don Eloy cabalgó y cabalgó por el bosque, que cada vez adoptaba un aspecto más extraño, y de pronto se encontraba al borde de un abismo, que era de donde salía un resplandor rojizo. La pequeña indígena volteó a ver al caballero en ese momento, gritándole que por fin su padre había venido para estar con ella por siempre. El hombre miró a su alrededor, y cuando menos se dio cuenta, estaba rodeado de indígenas que presentaban un aspecto aterrador, entonces la mujercita le dijo que eran todas sus víctimas ya muertas; don Eloy creyó reconocer de pronto a uno de aquellos personajes: la hermosa india Catalina. El encomendero creyó que era víctima de una horrenda pesadilla, echó a correr despavorido sin saber a dónde, pero en ese momento la enana dio nuevos saltos y gesticuló de modo horripilante ante él, que se daba cuenta de que no había escapatoria. La criatura tomó a su padre de la mano, este quiso librarse de la prisión de aquella viscosa y gordezuela manita, pero era como si una extraña fuerza se hubiera apoderado de su cuerpo y su voluntad…
Al amanecer, dos caminantes que pasaban por el camino hacia San Miguel, vieron surgir de la espesura a una hermosa joven. Doña Clara les contó entonces su terrible experiencia, y en compañía de los dos hombres regresó al fin a su casa. Lo dicho por ella hizo que se organizara una expedición para buscar a don Eloy, que fue encontrado en el monte, al parecer devorado por los coyotes.
Pero doña Inés siempre supo cuál había sido el fin del cruel encomendero, cuya historia se pudo reconstruir con datos aportados por otras personas. Lo que no se explicaron jamás fue la razón de que virtuosa joven se hubiera salvado. Muchos piensan que solo fue el anzuelo para atraer a don Eloy. Aunque por el populoso barrio que hoy es San Miguel Amantla, se afirma que aún vaga por las calles el espectro de la monstruosa hija del señor de Chavarría y Sánchez.