Mostrando entradas con la etiqueta Piratas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Piratas. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de junio de 2016

Los bucaneros

Hacia la mitad del siglo XVII, el poder marítimo español había disminuido sensiblemente. Esto era satisfactorio para el gobierno inglés en esa época, y consecuentemente, las andanzas de los corsarios disminuyeron. En cambio aumentaron, en torno a las islas y costas del mar de las Antillas, las de los piratas. Para éstos siempre había un barco que atacar una ciudad por saquear.
Fue en ese periodo cuando actuaron los bucaneros. Éste nombre fue dado primero a los habitantes de Haití. Eran blancos de diversos orígenes que se habían establecido en la isla como colonos. Comían carne que aunaban sobre el “boucan”, artefacto formado por palos usados precisamente para ese fin. Del nombre “boucan” derivó el de bucaneros, que vino a ser sinónimo de piratas.
Primero fueron simples cazadores y pastores. Cuando la isla se empobrecen productos y salvajina, y los bucaneros no encontraron con que vivir en los bosques, lo buscaron fuera de la isla, especialmente en el mar. Y siguiendo el ejemplo dejado por Drake y sus hombres, se hicieron piratas: en vez de seguir las pistas de los bueyes, casaron galeones. Los ingleses que se encontraban entre ellos se llamaban “freebooters” o sea merodeadores, término del que derivaron el francés “filibustiers” y el castellano “filibustero”. Durante un tiempo, los bucaneros se distinguieron de los filibusteros; pero luego los dos nombres sirvieran para designar, indiferentemente a los piratas de las Antillas de los piratas en general.
La guarida de los bucaneros estuvo situada, durante mucho tiempo, en una isla muy adecuada para ese fin. Tiene un sólo camino de acceso, y alrededor se elevaban costas altísimas y ripios completamente inaccesibles. Los descubridores de la isla la habían combatido al dorso de una enorme tortuga, y por eso la denominaron La Tortuga. De ese refugio, y luego de otro situado sobre las costas de Jamaica, partieron las expediciones de las más grandes y crueles piratas de la época: Bartolomé Portoghese, Francisco Nau, llamado “el Olonés”, Rock “el brasileño” y el famoso Enrique Morgan.
Estos canallas, que se llamaban entre sí “hermanos de la costa”, durante más de medio siglo sembraron el terror en las colonias españolas de América Central, de México y de sus costas septentrionales de América del Sur.

Táctica de combate
Era muy difícil que un barco enemigo, que pasará lejos, no fuera avistado por los piratas. Durante las travesías, todos los ojos estaban fijos en el horizonte, porque el primero que viera una presa tenía derecho a un premio. Cuando una vela estaba a la vista, la tripulación tomaba las armas y corría a su puesto de combate. En la proa se colocaban los que estaban armados de mosquete; otros se extendían sobre el puente para no ser vistos. Entre tanto, el timonel conducía el barco a toda velocidad sobre la estela del otro. En esa forma le presentaba siempre la proa, ofreciéndole un blanco estrecho en caso de que disparara.
Una vez junto a la presa, los piratas enganchaban su barco al otro. Una orden del capitán, saltaban sobre el puente enemigo. Cuando la tripulación de los barcos atacados se rendía, los piratas se apoderaban de todo lo de valor que encontraban a bordo.

Las Leyes de la Piratería
La vida de los piratas, en lo que se refería a la casa de cada uno, a los deberes hacia sus compañeros, ya los derechos al botín, era regulada por normas escritas que se llamaban “carta partida”.
Los feroces piratas, capaces de toda clase de infamias, solían comportarse entre ellos formando una especie de fraternidad delictuosa, nacida a veces en el mismo presidio. Por eso constituyeron una fuerza inmensa, regida por una disciplina feroz, impuesta por los más fuertes.
La parte de botín de los tripulantes aumentaba en caso de heridas, y cada herida tenía su precio. Así, por ejemplo, la pérdida de los ojos o de las piernas tenía un premio de 600 escudos; la pérdida del pulgar o del índice de la mano derecha, o de un ojo, 300 escudos; por cada otro dedo, 100 escudos, y así sucesivamente.
A menudo, los barcos y su material eran puestos a disposición de los piratas por una sociedad o un “caballero” particular. En ese caso correspondía a estos cómplices una tercera parte del botín.

domingo, 29 de mayo de 2016

El pirata de Barbillas (Leyenda de Campeche)

A finales del siglo XVI, el puerto de Campeche se había convertido en uno de los más importantes del nuevo mundo; hasta este lugar llegaban, procedentes de Europa, comestibles, todo tipo de telas, vinos, entre otras cosas. Sin embargo, está situación de abundancia pronto acarreó problemas, pues los piratas arribaban al puerto para hacer de las suyas: secuestraban a personas de alto rango para pedir rescate, raptaban mujeres, y saqueaban los negocios e incendiaban las ciudades.
El puerto de Campeche, en innumerables ocasiones, fue víctima de estos actos criminales, sin embargo, el Pirata de Barbillas es el bandido que más se recuerda en la región. Cuenta la leyenda que luego de atacar y quemar la Torrecilla del Lerma (utilizada para alertar a las tropas de la presencia de los bárbaros marinos), el malandrín arribo al puerto con la intención de cobrar un rescate.
Una vez en tierra tomó otra identidad para pasar desapercibido, la gente creyó que era uno de los tantos extranjeros que llegaban a la ciudad con el propósito de establecer un negocio. Mientras caminaba disfrazado por las calles, el pirata observó a una mujer, cuya belleza era extraordinaria: la hija de un hombre importante de la región, perteneciente a una de las familias más acaudaladas.
El padre de la dama cuidaba con recelo a su única heredera, por lo que no permitía que cualquier hombre se acercara a la joven. Para poder cortejarla era requisito indispensable, provenido la familia respetable y con buena posición económica, pues la mujer estaba acostumbrada a vivir con el mayor de los lujos. Los deseos del patriarca eran que la vida de su hija no cambiase, al contrario, exigía que quien se comprometiera con ella, también debía cumplir al pie de la letra con sus caprichos.
El Pirata de Barbillas había logrado acercarse a la bella mujer, y ésta aceptó sin ninguna dificultad sus galanteos por lo que en un par de días logró enamorarla. Muy pronto la gente comenzó a  rumorar al respecto y estos comentarios llegaron a los oídos del celoso padre, quien a toda costa, ordenó investigar a los abro caballero.
El de Barbillas había engañado a todos cuantos se habían cruzado en su camino, les aseguro ser un hombre de gran riqueza e hijo de un hacendado radicado en Cuba. El padre prohibió a su hija sostener más encuentros con el hombre, mientras no lo conociese, pues aún no sería bien a bien quién era y de dónde venía. La orden molestó mucho a la joven, sin embargo, el amor por el supuesto cubano fue más fuerte y continuo viéndolo escondidas.
Una noche el padre encontró a su preciado tesoro en brazos del galante caballero, inmediatamente se percató de que no era quien decía ser, pues él si los había reconocido: era el temible Pirata de Barbillas quien había enamorado a su hija para divertirse durante su estancia en el puerto.
Lleno de ira el padre desenmascaró al pirata frente a su hija, quien desconcertada se echo a llorar por el engaño del cual había sido víctima. Ambos hombres protagonizaron una sangrienta pelea, en la que salió victorioso el pirata; sin piedad dió muerte al padre de la joven, e incrédula, no podía creer lo que había pasado. Se dice que la mujer jamás pudo recuperarse de la impresión que le causó presenciar el asesinato de su padre ni, superar el dolor que le causó el engaño de un pirata. Se le recluyó en un convento donde sólo se le escuchaba decir: ¡Pirata, pirata!
La joven murió y tiempo después, las personas allegadas a la familia, aseguraban que en ciertos días, se escuchaba lamento de una mujer que lloraba amargamente, mientras maldecía: ¡Pirata, pirata!

Fuente: Leyendas Mexicanas de todos los tiempos

domingo, 22 de mayo de 2016

Piratas y corsarios

“¡He aquí Panamá!” -exclamó Pedro-. Nos detuvimos y contemplamos durante largo rato, desde lo alto de la colina, el lugar del que fluye todo el oro del mundo. Se pueden distinguir los galeones del puerto, la “flota” del Pacífico con barcos llenos de oro del Perú. Nuestro capitán extendió la mano hacia la bahía. “Mirad –dijo- es ese lugar para los españoles cargan sus galeones. Algún día pasaré por allí con todas las velas desplegadas. ¿Os gustaría estar también vosotros?” El lugarteniente Oxenham, antes que ninguno, dijo: “Capitán Drake: aunque me echarais a latigazos, o seguiría!”.
Así escribía en su diario, en 1573, uno de los 18 marineros que se habían internado en el istmo para sorprender y robar las caravanas que transportaban fabulosas riquezas a la costa atlántica.
Los 18 marineros, al mando del capitán Drake, formaban parte de la tripulación de dos naves inglesas que algunos meses antes habían desembarcado en una isla deshabitada del mar de las Antillas. El capitán había preparado la expedición con el consentimiento de la reina Isabel, que a menudo se sirvió de los piratas para debilitar la potencia colonial española. Esta reina extendía a los capitanes “patente de corso”, es decir, un documento con el cual se demostraba que se capitán cooperaba con el gobierno británico. En cierto modo, esto volvía legal su actuación. A causa del nombre del documento, tales marineros eran llamados corsarios.
Desde mediados del siglo XVI, y durante todo el siglo XVII, numerosos buques corsarios ingleses surcaron el mar de las Antillas para pillar los galeones españoles o, directamente, saquear las ciudades costeras.
Bajo el reinado de Isabel, la guerra de corso era estimulada en toda forma. La reina protegió y subvencionó no sólo las empresas de Drake, sino también las de otros famosísimos corsarios, tales como Tomás Cavendish, Ricardo Hawkins, Martín Frobisher, Jorge Clifford y otros.
En muchos libros que narran las aventuras de los piratas a los jóvenes, las ilustraciones en las cuales los piratas están representados con magníficos vestidos: deslumbrantes túnicas rojas, amplias y vistosas fajas alrededor de la cintura, pantalones introducidos en enormes botas, sombreros emplumados de anchas alas, etcétera. Pero esto no corresponde a la realidad, especialmente si se desea representar a los piratas de las Antillas que navegaban bajo el sol abrasador de los trópicos.  Las ropas, si se las puede llamar así, eran mucho más simples y pobres. Sobre la cabeza llevaban un sombrero descosido una tela multicolor que la envolvía a manera de turbante. En el cuerpo llevaban una camisa rústica. Los pantalones eran de cuero o de tejido grueso. Alrededor de la cintura se colocaban una correa o una faja roja; de ellas sumaban las pistolas y el largo e infaltable cuchillo. Completaban el atavío anillos en las orejas y tatuajes en los brazos y el pecho. Un conjunto de indumentaria, a tono con su figura siniestra.

domingo, 24 de enero de 2016

Vendetta (Leyenda de Campeche)

Por la marisma de levante avanzaba hacia las costeras del puerto de Campeche los miembros de una banda de corsarios. La colonial población dormía plácidamente la silenciosa madrugada, y nadie en ella sospechaba siquiera la inminencia del peligro que se cernía amenazante sobre un pacífico sueño. Por el rumbo del convento franciscano, y a pocas brazas de la playa, en la nocturnal negrura de la hora, desvanecía su aviesa mole la barca que transportara a los impíos y crueles forbantes.
Las huestes piratas habían escogido al rico puerto peninsular para comenzar una serie de saqueos en dependencias españolas, a inspiración nefanda de su jefe y director, campechano de origen, hombre de mar y de no muy baja extracción. Apodado “El Romanero”, este audaz capitán huyó años antes de esos sucesos, de las cárceles coloniales donde fuera recluido por delitos contra la propiedad. Llegado que hubo a su necesario destino como presidiario que era, la  Isla de la Tortuga, y poniendo en juego sus grandes dotes de organizador y conductor, reunió a un grupo de aventureros ingleses, firmando con ellos la tradicional Charte-partie y armando en guerra la nave El Corcel, que amparó bajo las banderas de la rubio Albión, cuyo gobierno le concediera una patente de corsos para atacar toda clase de posesiones españolas. Y ya jinete en el nuevo azote de los mares, se dedicó a la más cruel piratería.
Durante los últimos años vividos en Campeche. “El Romanero” estuvo enamorado de una bella muchacha, hija única de la familia con blasones y talegos, nombrada Doña Elena del Carmen. Como lógica consecuencia de sus requiebros, en aquellos tiempos de orgullo de sangre y apellido, la más fría indiferencia respondió sus amorosos requerimientos, pese a que socialmente provenía de la clase media y que su educación y trato dejaban bien poco que desear. Con tal motivo, y obedeciendo su natural ambición y sin escrúpulos dedicó sus oficios de procurarse dineros por todos los medios a su alcance, habiendo conseguido labrar una fortuna respetable por medio del fraude y el despojo, cuando cayó sobre él todo el peso de una justicia por demás estricta.
Es por ello que sus ojos brillaban con gozosa ferocidad al aproximarse en la noche a la ciudad dormida, guiando con seguro paso a la horda aventurera que organizara. Su cerebro cesó la soga maliciosamente imaginando las depredaciones que habrían de cometer en el puerto que fue su cuna, pero que tan duramente había cortado el vuelo de sus más caras aspiraciones económicas y sentimentales. Y la idea motriz que llevaba entraban en la mente era devengar el desprecio de doña Elena, obteniendo por la fuerza lo que no pudo alcanzar de buen grado.
Los habitantes del puerto, tomados de sorpresa y no obstante haber peleado con singular bravura, sucumbieron ante el arrollador impulso de la fase invasora, haciendo honor a su hidalguía y bien sentada fama de valientes. La población quedó inerme a la brutalidad de la hueste pirática. Asaltos, robos, violaciones, saqueos, asesinatos e incendios, presencia aterrada la gente campechana por espacio de dos largos días y una más larga noche, durante los cuales “El Romanero” tuvo oportunidad de llevar a cabo su sonado desquite, apoderándose de doña Elena del Carmen y cometiendo en ella gravísimos ultrajes.
Por fin, un puñado de valientes y denodados individuos, que se habían guarecido en las inmediaciones de la asolada población, por el rumbo de tierra adentro y en las colinas de la Sierra Alta, de la batalla que tras encarnizada lucha obligó a los piratas a soltar la rica presa que significaba por ellos la ciudad de Campeche. Y de tal suerte violenta fue la estampida huyeron los forbantes, que no pudieron llevar consigo ninguno de los tesoros obtenidos en el despojo, ni siquiera la bella y deseada doña Elena, la que había sido sacada a viva fuerza de la casa que habitaba con su esposo hacía ya dos años y conducida a la presencia del vengativo Romanero, quien la vejó y ultrajó con los excesos de su crueldad y su lujuria.
Una vez libre en la ciudad de la espantosa pesadilla de aquellos días de horror, el marido de doña Elena, caballero distinguido ciudadano, de juventud fogosa y decidida y quien recibió con las aguas lustrales el nombre de Carlos, para desahogar la indignación y furia que lo ha pasa llevan por lo sucedido su señora, a la que no pudo socorrer por encontrarse viajando los días del asalto y a quien adoraba con pasión entrañable, coste o de su peculio particular, que era abundante, los gastos necesarios para armar en guerra una nave de alto bordo con la que se dispuso a perseguir y exterminar en los mares la infección que sufrían de bucaneros de toda laya y jaez, pero principalmente con el ánimo de dar caza al navío de “El Romanero”. Con esta idea partió el mismo en el barco que bautizó con el alusivo nombre de Vengador.
Durante luengos meses navegó el Vengador por aguas del Golfo de México, en continua lucha con los piratas y corsarios que lo infestaban. Luego de haber obtenido varios triunfos y no habiendo encontrado la nave buscada con sin igual ahínco, arribaron por tercera vez a las playas de la bahía de Campeche para avituallarse y embarcarse de nuevo, salir del Golfo y atravesar el canal de Yucatán en busca del huidizo Romanero. Al saltar a tierra recibió don Carlos la nueva de que le había nacido un heredero, y cuando el sucesor esperado, no dejó de ser para él una encantadora sorpresa el advenimiento de su primogénito. Al chiquillo, recibido con grande alborozo, le fue puesto el nombre de su padre, quien para hacer honor al fausto acontecimiento, retrasó varios días el inicio de su viaje. Antes de zarpar, el dueño del Vengador llamó a su medio hermano, don Sebastián, de mucha mayor edad que él y que le quería con sincero afecto, recomendándole la educación del pequeño para el caso de que sucumbieron en la arriesgada empresa que acometía.
A las cuatro horas de la madrugada del siguiente día, entre rojos celajes de aurora partió de las playas campechanas para no volver a verla nunca, el navío de don Carlos con sus animosos tripulantes. “El Romanero”, enterado de la búsqueda de que era objeto, así como de la demoledora artillería del Vengador, organizó un crucero de cinco velas, salió al encuentro de sus perseguidores y los abatió feroz entre las negras ondas del Atlántico.
Meses después, y al recibirse la infausta nueva, se apagaron en la Muy Noble y Liberal Ciudad y Puerto de San Francisco de Campeche, las lámparas votivas encendidas permanentemente por el buen eximo de la partida contra los piratas, y se prendieron sirios por el eterno descanso de las almas de los frustrados vengadores.
En el hogar de doña Elena ocurrían también profundos trastornos. La adolorida viuda se trasladó a la capital de la Nueva España, profesando en un convento de teresianas y dejando a su hijo bajo el solícito cuidado de su tío don Sebastián, a quien dejó el encargo de entregarle con sus bienes, cuando llegase a su mayoría de edad, una carta en la cual explicaba los motivos que la indujeron a separarse de él siendo aún niño.
El austero don Sebastián educo al huérfano dentro del ambiente severo rígido de las rancias tradiciones familiares, haciéndole llevar siempre traje negro en dolorosa recordación de la misión de venganza que tenía su vida. Continuamente inculcaba el niño en la idea de un implacable castigo contra quien mancilló la honra de su madre procuró la prematura muerte de su padre. Cuando el muchacho tuvo pleno uso de sus facultades y siendo todavía un adolescente, su tío le tomó el juramento de quería cruento desquite en “El Romanero”, donde quiera que éste se hallase, y que ninguna circunstancia como no fuera la de su propia muerte, le impediría cumplir ese propósito.
Al ocurrir el deceso de don Sebastián y por orden previa del mismo, el apoderado de los bienes del joven entregó a este cierta cantidad de numerario para que fuera dizque a hacer estudios a la capital cubana, o a otro sitio cualquiera que se le antojase, dándole así ocasión de cumplir su juramento. Partió el mozo de Campeche con el decidido empeño de ejecutar su designio y, llegando a La Habana, comenzó a ser sutiles investigaciones. Tras un año de viajar por la isla de realizar frecuentes visitas a ciertos puntos del continente, obtuvo la ansiada noticia sobre paradero de su hombre. “El Romanero” vivía en aquel entonces en los alrededores de la posesión portuguesa que con el tiempo había de ser capital de la República brasileira, bajo el nombre de don Augusto el Catalán, como un rico armador y olvidado ya de sus hábitos de marino y de pirata, dedicado a mantener el fuego de un hogar que adornaban dos preciosas jovencitas.
Torno Carlos a Cuba luego de averiguar minuciosamente todos los pormenores referentes a la situación y custodia de la finca en que pasaba sus últimos días el audaz aventurero de otros tiempos. Pidió dinero a su apoderado en Campeche, armó una expedición y partió personalmente ejecutar su venganza como en otro tiempo y desde playas campechanas hiciera su malogrado padre.
El asalto fue dado de noche y, pese a haber encontrado la resistencia inesperada de una milicia portuguesa, llevaron a cabo su propósito. Nada fue respetado, Carlos sacrificó de su propia mano a “El Romanero” y sus hombres asesinaron a la servidumbre, en medio de una impresionante orgía de sangre, que tuvo por trágico corolario el atentado contra la honestidad de las jóvenes Carmencita y Laura, hijas del pirata; siendo esta última mancillada por el vengativo joven, en brutal complemento de una venganza que así sacrificaba víctimas inocentes. Y luego de asesinar, saquear y robar en la residencia del tristemente célebre corsario, levaron anclas sin volver siquiera el rostro al fuego y la desolación que marcará su paso, al igual que 24 años antes hiciera en Campeche un grupo semejante.
Con el amargor de la venganza consumada impregnando todavía sus labios, el joven Carlos arriba a Campeche para hacerse cargo de su cuantiosa herencia y usufructuar los placeres de una vida que se le ofrecía prometedora por delante. Y un día memorable rasgo el sobre que contenía la carta en que su madre le explicaba por qué la había abandonado a un niño para profesar, y se enteró horrorizado don espantoso secreto: él era hijo de “El Romanero” y hermano de Laura, la joven sacrificada para saciar su insano deseo de venganza.
Durante muchos años vivió en el Convento de San Francisco de Campeche un fraile humilde que había sido muy rico y poderoso; joven aún donó sus bienes a la Iglesia y se cerró por siempre en sus paredes grises, que todavía hoy reflejan por las noches la sombra tormenta del hijo de un pirata.

domingo, 14 de junio de 2015

Los temibles piratas en México

Filibusteros de la Cofradía de los Hermanos de la Costa.
Iniciado el siglo XVII, fray Diego López de Cogolludo relata el saqueo sufrido por la villa de Campeche el 11 de agosto de 1633, llevado a efecto por “más de 500 infantes de diversas naciones, holandeses, ingleses, franceses y algunos portugueses”, llegando en 10 navíos de los cuales siete eran de medio porte. Tan constante se volvieron los ataques piratas a este puerto, que desde entonces comenzó un largo periodo de fortificación de la villa, lo que sin embargo no impidió los asedios de James Jackson en 1644, acompañado de 1500 hombres y 13 navíos de alto bordo; de Henry Morgan, el 17 de enero de 1661, cuando asalto y robó dos fragatas españolas cargadas de mercancías, y su posterior desembarcó dos años después, junto con Christopher Myngs, apoyado con una escuadra de 11 naves.
En noviembre de 1642, la villa de Salamanca Bacalar (o el Chetumal), en el extremo meridional de la península yucateca, fue saqueada por piratas comandados por Diego el Mulato. Desde ese momento aquella comarca quedó abierta al arribo de corsarios y filibusteros, tienes 15 años después establecerían en el territorio de Belice, con el propósito de explotar los bosques y crear una base de operaciones.
En 1667 filibusteros ingleses se dirigieron a las costas de Tabasco, apoderándose más tarde de la villa de Santa María de la Victoria (después Villahermosa), en donde sólo lograron un “pingüe botín”. Pero 10 años después fue trasladada intencionalmente esa villa, refundándose como San Juan Bautista, ante el acoso constante de los piratas ingleses procedentes de la Isla de Términos, que denominaba “de Txis” y utilizaban como base de operaciones.
Aunque el número de incursiones piratas fue mayor en Campeche, el puerto de Veracruz no resultó ajeno a los asedios. El 17 de mayo de 1683 una armada de más de 10 naves, comandada por Francois  Gramont, Lorencillo, o Laurens de Graaf, se abalanzó sobre la ciudad, la cual fue tomada en el transcurso de un “cuarto de hora”. La actividad pirata comenzó con el asalto a las casas reales y al cuerpo de guardia. Los vecinos sorprendidos fuera de casa fueron atacados por los asaltantes, y una orden de  Lorencillo las casas fueron saqueadas. Los habitantes aprehendidos fueron conducidos a la plaza central, y luego encerrados en la parroquia principal.
El sitio duró casi una semana, lo mismo que el encierro de los rehenes, quienes fueron sometidos a severos castigos y amenazas a fin de que entregaran los bienes exigidos por sus captores. Al final fueron desnudados y utilizados como bestias de carga para trasladar todo lo robado a las naves piratas. El monto del botín sumado al costo de las pérdidas y destrozos ascendió a la cantidad de 7 millones de pesos. 300 fueron los muertos.
La lamentable historia volvería repetirse el 6 de julio de 1685, pero ahora en la villa de Campeche, asaltada por una armada filibustera compuesta de 10 navíos, seis balandras, un “barco luengo” y 22 piratas, al mando de los odiados y temidos Lorencillo  y Grammont. Sorpresivamente, 700 filibusteros desembarcaron en el paraje del Beque y formaron cuatro escuadrones de asalto.
Les bastaron unos días para lograr el control total de la comarca, dedicándose a talar los bosques, y saquear las haciendas, ranchos y retiros, robando ganado y cuanto encontraron; todo ello en un perímetro que abarcaba más de 20 poblaciones.
56 días duró la toma del puerto, y la devastación dejada por los piratas resultó más grave que la acometida en Veracruz. A ello contribuyó la huida de los campechanos y la negativa de la autoridad meridense a pagar un rescate por la población y prisioneros de $80,000 y 400 reses mayores. Esa negativa provocó la violenta respuesta de Grammont, quien quemó la villa e inició la ejecución de los cautivos. Antes de zarpar rumbo a Isla Mujeres, los piratas destruyeron todos los cañones del castillo y llevaron consigo a 200 prisioneros. Más tarde, los sobrevivientes describieron el desolador escenario: “Todo estaba arrasado y quemado: casas y barrios enteros; las calles con cuerpos insepultos y degollados. Lo mismo se veía en el interior de las casas y en los pozos. Todo estaba lleno de hediondez de caballos y mulos muertos.”

domingo, 2 de marzo de 2014

El Dios de la Sombra (Leyenda de Centroamérica)

Comenzaba la segunda mitad del siglo XIX, cuando en cierta región de Centroamérica causó sensación la mestiza Elvira Liebre, quien provenía de una región en donde las personas del pueblo usaban como apellido el del primer animal que se presentaba después de su nacimiento, y de esa misma región era José Caimán, que seguía a la joven por todas partes; al igual que él, docenas de hombres miraban con pasión a la bella mujer. Elvira además de hermosa y muy rica, no aceptaba a nadie como novio.  Cuando llegó a su casa, la nodriza le contó sobre la leyenda del Dios de las Sombras:
Entre los montes y los lagos de aquella región había un lugar escondido en la sierra, al cual le llamaban la Cueva del Tesoro; según la leyenda un pirata atraco en las playas cercanas en el siglo XVIII, luego desembarcó, llevando a tierra firme un valioso botín a la gruta de la provincia de León, y así fue también cómo se llamo al lugar la Cueva del Tesoro. Cuando los piratas habían internado profundamente, un extraño sonido de tambores llegó hasta ellos, luego vieron con terror la proyección de el Dios de la Sombra, mientras aumentaba el ruido de los tambores; pero aquello era un laberinto del que era muy difícil salir, así algunos piratas perecieron por no poder encontrar la salida, y otros pasaron el resto de su vida sin nunca poder encontrar el tesoro, que permaneció en la cueva sin que nadie se atrevía entrar por temor al Dios de la Sombra.
Cuando la bella Elvira terminó de escuchar el relato, se le ocurrió algo con lo que podría obtener aquel fabuloso tesoro sin arriesgarse. Con una expresión maliciosa en su rostro, corre a las márgenes del río en donde sabe que muchos galanes se asoman en busca de muchachas, así que pacientemente se dispone a esperar. De pronto un jinete se detuvo al oír el canto de la sirena, o sea la canción que estaba tarareando la joven; como ya lo esperaba pronto aparece el primer galán, un oficial de la artillería, que cayó rendido ante la belleza de la mujer. Ante tan ardientes piropos, ella le pide una prueba de amor: él  debía acudir a la cueva del tesoro, para traerle un brazalete o una prenda de oro; pero conociendo los peligros que había en la cueva, el hombre se negó y se fue.
Al día siguiente a buscar suerte a la entrada de la iglesia, dejando caer un pañuelo a los pies del primer galán que se cruzara en su camino; al instante el hombre en cuestión lo recogió. Más tarde fueron a dar un paseo y el enamorado le confesó sus sentimientos a Elvira, a lo que ella le pidió aquella prueba de amor, pero una vez más obtuvo la misma respuesta.
Ésa tarde, José Caimán acecho el paso de la joven, por quien su amor no tenía límites, entonces decidió seguirla y por fin hablarle para decirle que estaba dispuesto a llevar a cabo aquella prueba, y si conseguía salir victorioso, se casaría con Elvira. Si no oír una sola palabra más, José se dirigió decididamente a la cueva del tesoro, penetró en ella, alumbrándose con una antorcha y sin más arma que un cuchillo en el cinto; cegado por su amor entró sin reflexionar. Aquel hombre se estremecía ante aquellas cámaras de piedra, que a la luz de la antorcha presentaban un paisaje fantasmagórico, era como introducirse en la región de los sueños o de la vida ultraterrestre; de pronto se escuchó el tam-tam de una extraña percusión y al mismo tiempo encontró el cofre del tesoro, un mal presagio perturbó la alegría del hallazgo. Tomó un puñado de joyas apresuradamente, dispuesto a salir huyendo, pero una sombra proyectada en las paredes parecía cerrarle el paso, despavorido salió corriendo. José tenía toda su voluntad dispuesta a cumplir su promesa, y antes de que perdiera las esperanzas vio la boca abierta de la salida.
Al llegar nuevamente al aire libre, un gran grito se extendió entre los montes, luego desfalleciente alcanzó a llegar ante Elvira, que esperaba en la plaza principal, acto seguido le entregó las joyas. Cuando ya sentía conquistada la belleza de la joven, José empezó a llenarse de asombro, algo le sucedió a la doncella, algo que llenó de horror al galán: mientras ella apretaba codicioso el insólito trofeo, en pocos minutos su belleza se transformó en horror, ¡de diosa exquisita se convirtió en bruja espantosa! Los curiosos también se horrorizaron y salieron huyendo como alma que lleva el diablo. Elvira corrió su casa y se apresuró a entrar en su cuarto para verse en el espejo, sufriendo un vértigo de espanto al ver en lo que se había convertido su hermoso rostro. ¡El Dios de las sombras la había castigado con la destrucción de su belleza! Pero la historia ahí no acaba, faltaba que José Caimán cumpliera su promesa de casarse con ella.
La joven se entrevistó con su abogado para emprender acciones legales en contra de su prometido, pues por obvias razones se negaba a casarse. Poco después José fue detenido por la justicia y llevado ante un tribunal, donde declaró que ya no aceptaba casarse con la doncella por no ser la misma y por haberle impuesto una prueba llena de crueldad. Finalmente se le obligó a cumplir su promesa de matrimonio, pero logró librarse violentamente de sus custodios y se lanzó a la calle, perseguido por los alguaciles.
Como buscando un desenlace más violento aún, José se echó a un abismo, y cuentan las crónicas que entonces su cabeza se atoró en unas ramas, desprendiéndose al instante; el cuerpo descabezado robo al fondo del barranco. También se cuenta que los alguaciles bajaron en busca del cadáver, pero nunca le encontraron.
Las mismas crónicas señalan que la cabeza, en el tajo de la barranca adoptó la forma de un fruto extraño recubierto de hojas, y que Elvira humillada y dolida, fue rechazada por todos y se refugió sus habitaciones para siempre. Años después, cuando quisieron explorar nuevamente la cueva del tesoro, sucedió algo espeluznante: muy pocos mortales lograron llegar hasta la cámara del cofre; pero los pocos que lo lograron tuvieron la horrible visión de "el descabezado de la cueva". Todos salieron huyendo aterrorizados, y fue entonces que se fue extendiendo la fama de que nadie debía atreverse a entrar, si no querían encontrarse con aquella espantosa visión. Porque todo  ello fue dispuesto por el Dios de las Sombra.

domingo, 23 de febrero de 2014

Los Piratas en México

La literatura antigua consigna a los griegos como los primeros piratas europeos, dada su calidad de buenos marinos y su posición geográfica del Mediterráneo. Posteriormente surgieron los piratas “berberiscos”, comandados durante décadas por los hermanos Barbarroja.
Entre los siglos XV y XVI, los hubo de distintas nacionalidades, que asolaron el Canal de la Mancha, las costas de África y las colonias españolas en América. En la caribeña isla de Santo Domingo surgió el gremio de piratas autodenominado Cofradía de los Hermanos de la Costa, que bajo ciertas normas de conducta y organización se dedicó a asaltar y robar embarcaciones, ciudades y puertos de las colonias españolas en América.

Franceses e ingleses en el Golfo de México

De todas las incursiones corsarias en el golfo de México, destacaremos las de mayor impacto político social entre las potencias europeas, porque de darse en un marco de confrontación.
En diciembre de 1522, el corsario francés Jean  Fleury o Juan Florín, asaltó dos carabelas españolas enviadas a la península ibérica por Hernán Cortés, que entre otras cosas transportaban invaluables tesoros del imperio de Moctezuma. Toda Francia está orgullosa de la magnitud del asalto, y especialmente el rey Francisco I, quien con esta acción descubrió las inmensas posibilidades de sacar provecho a la guerra que mantenía con España.
En la década de 1560-1570, brilló la figura de John Hawkins, traficante de esclavos negros y corsario inglés quien durante ese periodo realizó varias expediciones a las Antillas y al Golfo de México, provocando gran temor por la forma violenta de llevar a cabo sus propósitos comerciales. Durante su cuarta expedición en 1568, una tormenta en el mar Caribe lo obligó a continuar su pillaje por las costas mexicanas. El 16 septiembre su armada de seis buques llegó a la sonda de San Juan de Ulúa, siendo confundida por las autoridades portuarias con la flota de nuevo virrey, Martín Enríquez de Almanza, de quien se esperaba inminentemente su llegada. Los guardacostas españoles subieron a las naves de Hawkins, siendo tomados inmediatamente como rehenes. Al día siguiente arribaron a la zona las 13 naves que acompañaban al virrey, generándose una gran tensión entre ambos bandos.
Después de una corta tregua que permitió a los españoles desembarcar  y a los ingleses reparar sus naves, el virrey Enríquez planeó combatir a los intrusos. Ante la sospecha de los corsarios, los españoles iniciaron el ataque mediante un toque de clarín, y con repentina furia atacaron a los ingleses tanto la playa como en sus navíos.
Los corsarios lograron escapar de la feroz batalla con tan sólo dos naves: el Minion y el Judith, este último al mando de Francis Drake, quien adelantó la huida. A la mañana siguiente, la almiranta Minion al mando de Hawkins hizo escala en la muy cercana Isla de los Sacrificios, y posteriormente navegó durante muchos días en un "mar desconocido, con los corazones acongojados, hasta que el hambre nos obligó a buscar tierras, porque los pellejos no parecían buena comida, y ni las ratas, gatos, ratones ni perros escaparon si podían ser atrapados, papagayos y monos que tanto precio los teníamos y los encontramos más productivos si servían de alimento a una cena".
El 8 octubre los maltratados corsarios desembarcaron en el Bajo Pánuco (cerca de Tampico), para aprovisionarse de agua y víveres. Ante los reclamos de la tripulación por las inclemencias, 100 hombres fueron abandonados en tierra, mientras otros tantos continuaron la travesía rumbo a su país.
De los desembarcados sobrevivieron 78, a causa de las agresiones sufridas por los nativos chichimecas, los efectos del hambre, el paludismo y los problemas para abrirse paso la selva. Más tarde fueron rescatados y juzgados como "herejes protestantes" por la Inquisición novohispana.

domingo, 7 de julio de 2013

Las palmas del tesoro

La conquista y establecimiento de la Colonia, trajo no solo consigo riquezas y poder, sino también muerte y sobresaltos para los conquistadores, y despertó la codicia de piratas y aventureros que llegaron a las costas mexicanas causando grandes depredaciones; allá por el siglo XVII ocurrió este suceso en que se amalgaman la codicia y el misterio, lo sobrenatural y lo espantoso…
Una tarde de aquel siglo, apareció frente a las costas veracruzanas un barco pirata que, a juzgar por su aspecto, había sufrido uno de los desastres marinos propios del Golfo de México, o bien, trabado fiero combate del que saliera mal librado. ¿De quién era ese barco con la espantable insignia pirata? ¿Del mulato, de Lorencillo, o del sanguinario Morgan? Nadie los sabe, solo que amparado en las sombras de la tarde, un fiero pirata abandonó la nave, alejándose a golpe rápido de remo.
 A una distancia prudente, vuelve los ojos inyectados de odio, gritándoles a la tripulación que todos morirían y echándoles de maldiciones; de pronto se escucha un estruendo espantoso, y la nave pirata vuela en mil pedazos, y mientras arde el barco, y muere destrozada o achicharrada la tripulación, el fiero pirata escapa en una lancha mientras abre el cofre que lleva a bordo, y se regocija contemplando su contenido, pero un trozo ardiente de mástil que ha volado debido a la explosión, tuvo el mal tino de caer justo encima del pirata, el cuál lucha con desesperación en vano, por quitarse aquella brasa. Al fin logra quitarse y arrojar al mar el trozo de madera ardiente, pero queda mal herido. Los últimos resplandores rojos del  cielo alumbran confusamente el bote, al pirata y…. ¡al tesoro! Las horas pasan y el oleaje arroja hasta la playa veracruzana la embarcación y su cargamento.
Cerca de la media noche el pirata herido, vacilante se acerca a una casucha de pescadores, está dispuesto a conseguir auxilio por las buenas o por las malas, toca la puerta y acto seguido salen dos hombres: Adrián, Fernández y Marcos Iturralde, que abren tímidos la puerta, son humildes pescadores españoles. El pirata les ordena a gritos que lo curen, pero antes de que pudieran sostenerlo, el recién llegado pega un grito y muere; los pescadores se asustaron porque creían que los tripulantes que venían con el desconocido andarían en algún lugar cercano, se quedaron mudos mirando el cadáver del fiero pirata, allí en la choza. Después de un rato, Adrián reacciona y le dice a su compañero que lo ayude a llevarlo a la playa, y a la claridad nocturna y tropical, los dos pescadores sacan al pirata.
De pronto Marcos  y Adrián descubren el bote del pirata, se acercan para inspeccionar su única carga que era un cofre, y cuál no fue su sorpresa cuando al abrirlo encontraron un fabuloso tesoro de oro y joyas de incalculable valor, todo parecía un sueño o una fantasía. Cuando ambos pescadores parecen repuestos de la impresión, Adrián propone primer que nada, enterrar al muerto lo más lejos posible y buscar un sitio adecuado para ocultar el cofre. Adrián y Marcos se alejan por el mar llevando aquel tesoro y salen de la ensenada, al llegar, con grandes trabajos proceden a sacar el pesado cofre del bote y lo llevan hacia la selva.
Exploraron, hasta encontrar un lugar adecuado para esconder el tesoro, el cuál fue al pie de unas palmas que formaban una figura inconfundible, los dos pescadores excavan para enterrar el cofre con su fabuloso contenido, pasaron varias horas haciendo su labor, hasta que de manera inevitable los sorprenden los primeros rayos del sol. Adrián no quería compartir el tesoro con su compañero, para lo que encontró una solución rápida y fácil: darle muerte, y en forma artera y cruel golpea con furia la cabeza de Marcos; acto seguido Adrián Fernández cubre el cadáver ensangrentado.
Concluida su criminal obra, se aleja grabándose bien la señal de las dos palmeras que señalaban el tesoro, se dispone a remar hacia las rocas, sobre las cuáles ha de abandonar el bote para que la furia del mar lo destruyera, pero de pronto navío y ocupante son arrastrados por una súbita e incontrolable corriente marina, y por breves minutos la embarcación es juguete del oleaje hasta que el mar lo azota contra los riscos haciéndolo astillas, y el cadáver del codicioso Adrián queda desarticulado grotescamente y colocado sobre uno de los riscos.
Pasa el tiempo, y el cuerpo es devorado por las fieras, su casucha, así como sus botes y redes, van siendo destruidos por el abandono. Nadie sabe ellos, todos ignoran que sucedió a Marcos de Iturralde y a Adrián Fernández, pescadores venidos de Mallorca, hasta que una noche, cuatro pescadores que se han alejado más allá de la ensenada ya cerca de los riscos, escuchan por primera vez un lamento que les sobrecoge de pavor, y después ven algo que los paraliza de miedo: ¡un espectro en las escolleras!, y casi al mismo tiempo se deja escuchar un grito que hiela la sangre, procedente de la selva. Durante de una larga distancia, todavía parece resonar en sus oídos ese grito escalofriante, repetido por el mar y por la noche. Los cuatro pescadores avezados al mar y sus peligros, se alejan de allí, temerosos de lo desconocido y sobrenatural.
A partir de entonces fueron tantas y frecuentes las escalofriantes apariciones y los lamentos que llegaban de la selva, que los pescadores aprovecharon la llegada del padre Francisco de Salinas, para hacerle un relato de los hechos, el religioso les sugirió que alguien fuera a preguntarles en nombre de Dios a aquellas almas en pena, que era lo que los tenía vagando en este mundo, pero como no hubo valiente alguna que se atreviese, entonces había que esperar que un día llegara alguien predestinado para  ayudar a reunir a las ánimas en pena. ¿Quién sería?
Sucedió que un día apareció por aquella aldea de pescadores un pobre hombre barbado y sucio, en cuyo rostro demacrado se notaba el hambre y la fatiga, caminó durante un rato más, hasta que encontró a una buena persona que le abrió las puertas de su humilde morada, el viajero descansó en la casa del pescador, gracias al cual sació su hambre y sed, poco después el invitado y el anfitrión charlaban amigablemente, en donde el primero le contó que había sido poseedor de una gran fortuna, y de un día para otro quedó en la calle. ¿Quién era ese hombre? ¿Mendigo del camino o prófugo de la justicia? Nada de eso, su historia aparece consignada en las consejas de la Colonia.
Este mendigo era nada menos que don Jerónimo de la Peña y Lucientes, caballero de la orden Calatrava, que estuvo a punto de ser el primer ganadero de la Nueva España, pero no sucedió así, porque días más tarde le llegaba al caballero una fatal noticia: el barco que traía parte de su fortuna había naufragado; pero no se dejó doblegar y días después ya se encontraba haciendo tratos con unos hacendados, a través del capataz, pero éste no iba a mover un dedo hasta que le fuera pagada la cantidad que oro que quería, y para esto el caballero de la orden de Calatrava tenía que llevar la preciada carga hasta Tlaltenango. Antes de que transcurriera más tiempo, empaco todo y se fue rumbo a aquel lugar, pero para su mala suerte, poco antes del amanecer, el carruaje de don Jerónimo fue asaltado y robado del oro por cuatro sujetos que, según se dijo, estaba en complicidad con el capataz. Los salteadores mataron al cochero y dejaron por muerto a don Jerónimo, quien fue encontrado horas después por una escolta de caballería, lo recogieron y lo llevaron hasta su casa, donde fue atendido por un médico que manifestaba su confianza en que ha de curarse.
Convaleciente aún, don Jerónimo se dio cuenta con tristeza que lo había perdido todo muy pronto, sin embargo se mantenía optimista para salir de ésta mala racha y recuperar su fortuna, y para eso quiso buscar apoyo moral y amor en su esposa Constanza, decido entonces ir hasta su alcoba. Sus ojos afanosos no hallaban a su mujer, pero si descubren una carta, la lee y su contenido le llena de odio y de dolor, pues ésta decía que se había marchado con su amante el capitán de Gálvez.
A una desdicha se eslabonaba otra, pues poco tiempo después don Jerónimo recibía la visita del dueño de la casa que habitaba por calle de Balvaneras para exigirle el pago de la renta, pero como ya tenía ni en que caerse muerto, al día siguiente salió pobre, sin fortuna y sin honor.
Se dio a vagar primero por las calles de la capital de la Nueva España, pregonando su infortunio y su mala suerte, decide recurrir ante prestamistas y usureros, pero todo en vano, y para colmo de sus  males y ruina económica, recibe una gran golpe moral al toparse cierto día con la que fuera su esposa Constanza y el capitán de Gálvez, ni siquiera una tizona lleva para vengar la afrenta, y sin fijarse en aquel hombre a quien tomaron por pordiosero, siguen su camino haciéndose caricias y sonriendo.
Y como había dicho, si n fortuna y sin honor, decidió alejarse para siempre de la capital de la Nueva España, está cansado de pedir e implorar, su idea es la de llegar a Veracruz y de allí, de algún modo, embarcarse a España en donde podrá rehacer su vida. Este es el hombre que duerme y descansa bajo la sombra amistosa del pescador. Despierta a la mañana siguiente, pero antes de emprender sus pasos a Veracruz, el pescador y su esposa le advierten que tenga cuidado con los espectros que llenan de pavura a la gente.
El viajero echa a andar de nuevo, ahora lleva agua y algo de comer para su larga caminata hasta el puerto de la Villa Rica de la Vera Cruz, y de pronto se detiene, la selva se ha quedad en total silencio, el menor viento no agita la espesura, como para hacer marco a un grito espantoso que de súbito escucha. Tensos los nervios, pero sin sentir pavor, el viajero al buscar el sitio de donde escapaba el grito espeluznante, descubre a un impresionante espectro, y decidido se le acerca pidiéndole en nombre de Dios le dijera el motivo por el que penaba y lloraba; el fantasma habla a través de la horrible oquedad de lo que fue su boca y le explica que el motivo está enterrado bajo sus pies y la causa de su penar es por el cuerpo de amigo que se encuentra lejos de él, después el caballero le pregunta que debe hacer para que al fin descanse en paz. ¿Qué será?
Siguiendo las instrucciones que con voz cavernosa le dio el fantasma, don Jerónimo se oculta esa noche en los escollos, no tiene que esperar mucho, pues a la medianoche se deja escuchar aquel lamento espeluznante, y muy cerca de él se hace visible aquel esqueleto fosforescente, que fuera motivo de terror por parte de los pescadores. Venciendo su temor y cumpliendo con la palabra dada al otro espectro, le abraza y le sujeta, y sin pérdida de tiempo le carga  y le conduce por la playa hasta la selva; cumplida la parte del trato que le correspondía a don Jerónimo, vuelve a salir aquella voz hueca de la boca descarnada y le dice que cuando salga el sol, las palmas proyectarían sobre el suelo una sombra en forma de cruz, ahí debía escarbar para encontrar los restos del espectro y debajo un cofre con el fabuloso tesoro, que sería ¡todito para él!. La condición final era que los despojos mortales de ambos difuntos, reposaran en el mismo foso.
El espectro desaparece en la negrura, solo queda ahí el esqueleto casi destruido por el tiempo, y en efecto, cuando llegó el amanecer las dos palmeras cruzadas marcan el sitio del tesoro y don Jerónimo excava valido de improvisados instrumentos, y como le había dicho el fantasma la noche anterior, descubre un esqueleto y después más abajo el tesoro. Poco a poco, pero grandemente emocionado, el hombre traslada aquel fantástico tesoro hasta otro sitio en lo más denso de la selva, y después coloca juntos conforme a los deseos del espectro, los dos esqueletos que hasta entonces penaba separados, al fin descansaban en paz Marcos y Adrián.
Don Jerónimo regresó a la aldea y tras platicar al pescador su notable hallazgo, lo gratificó con largueza. Los pescadores estaban felices, pues de tal manera sabían que tocaba a su fin las espeluznantes apariciones y además, buenas monedas de oro dio a cada uno. Escoltado por los pescadores don Jerónimo llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz, en donde compró un carruaje, su tiro de caballos y rica ropa, se despidió de todos y emprendió en camino de regresó a la cuidad.
Días más tarde nuevamente rico y poderoso, llegaba a la capital de la Nueva España, pero ahora bien cambiado, venía con una larga barba, las sienes plateadas por las humillaciones y sufrimientos, pero lucía aún más apuesto; y pasado un tiempo la afrenta a su honor lavó, al humillar a quien fuera su esposa y que un día cuando la fortuna le fuera adversa, lo abandonó.

Y así terminó la leyenda que el vulgo conoció como “Las Palmas del Tesoro”. Pero aún queda algo, según varios veracruzanos en aquella selva quedaron muchas monedas de oro y joyas, que don Jerónimo no alcanzó a transportar, y según las investigaciones hechas por varios historiadores, el sitio se localiza cerca de lo que hoy es Tecolutla. ¿Quieren ustedes ir a buscarlas? ¿O temen encontrarse con los fantasmas? Bueno, ¡Aquí nos vemos la próxima semana!