domingo, 25 de septiembre de 2016

La Llorona de Lagos (Leyenda de Lagos de Moreno Jalisco)

Una de las tradiciones que nuestra tierra atesora y quizá, la más antigua que corre de boca en boca entre personas que gustan de relatos fantásticos; la leyenda de la Llorona. En tiempo de la Revolución muchas familias emigraron tanto de Zacatecas como de Aguascalientes, Durango, León y otros Estados, a la ciudad de Lagos de Moreno, la que se convirtió en el lugar propicio para refugiarse las acaudaladas familias, por el temor de ser saqueadas por revolucionarios, lo que hasta las hijas les querían robar. La ciudad de Lagos de Moreno, era un lugar atractivo, aristocrático, muy culto y acogedor, en donde las familias que emigraron encontraron un oasis. Todas eran personas conocidas o emparentadas en alguna manera.
Muchas veces se reunían en numerosas tertulias; realizaban recitales poéticos, musicales, o se juntaban a escuchar algún relato del diestro cuentista, que nunca falta. Y entre estos se platicaba que la Llorona, la que también echó sus reales en la pintoresca ciudad de Lagos, cuna de grandes escritores, poetas y artistas plásticos. Dice la leyenda que en una de las mejores familias del lugar, después de varios años de espera, llegó a este mundo una hermosa niña. El lugar de los señores Peón Valdez y Ariscorneta se llenó de alegría por aquel deseado advenimiento.
Blanca Rosa se llamó la primogénita de don Rubén y doña Blanca Peón Valdez, a la que le dieron todo su cariño y sus cuidados. Era una niña dulce, tan blanca que parecía de porcelana y tan sonriente como una sonaja. Pasaron los años y el matrimonio tuvo otro hijo, Francisco, al que también querían entrañablemente, pero Blanca Rosa, la “niña de mis ojos”, como le llamaba el padre, tenía un lugar muy especial en el corazón de sus progenitores.
Pertenecían a la flor y nata de la sociedad laguense, y quienes tenían fama por ser muy buenos anfitriones y recibir en su casa que era un palacio a lo más granado de la aristocracia lugareña. Blanca Rosa, era muy bella, tenía pretendientes de su alcurnia, jóvenes apuestos que pretendían su blanca mano, pero ella, mustiamente los despreciaba, al grado que sus padres pensaban que su vocación era de religiosa, por lo que estaban muy contentos. Pasaron algunos años y Blanca Rosa, “no daba color”, ni se metía al convento, ni aceptaba relaciones con ninguno de los partidos que la acosaban.
Una noche, como todas, la niña fue a que sus padres le dieran la bendición y las buenas noches. Se retiró a su aposento…
Las campanas de la iglesia llamaban a misa de seis, el sol empezaba a salir y doña Blanca lista para salir a su acostumbrada misa mañanera, a buscar a su hija, su fiel acompañante. Llevó una gran sorpresa; la cama no estaba destendida, la niña no se encontraba en su aposento y de la ventana a medio abrir, colgaba una cuerda. La madre dando de gritos salió del cuarto; preguntaba a la servidumbre por su hija y nadie daba razón de su paradero. Se registraron los pasillos, la azotea, las bodegas, las covachas, y ni su luz de Blanca Rosa. Pensaron que había sido un plagio. Se hacían cruces, no era posible la desaparición de la niña. La justicia tomó providencias, pero todo fue inútil, la niña no se encontraba y la noticia corría como reguero de pólvora por toda la ciudad.
Como en todos los pueblos se empezó a hablar de Blanca Rosa, y pronto salió un corrido que se escuchaba en la Plaza de Armas, en el atrio de la iglesia, en las esquinas. “Año de 1900 presente lo tengo yo, que en la casa de los Peón, una tragedia paso, una tragedia paso… Dejaron la jaula abierta y Blanquita se escapó y Blanquita se escapó”. Nunca se supo el paradero de la niña. Decían las malas lenguas que Chicho el caballerango se había enamorado de ella, y como no era de malos bigotes, también Blanca Rosa se perdió por los soñadores y chinos ojos de Narciso Romo. Como sabían que era imposible su matrimonio, decidieron huir; no se sabía si para San Pancho en Aguascalientes, o a Valparaíso en Zacatecas en donde Chicho tenía parientes.
Pasaron muchos años, la señora Peón Valdez falleció de la pena de no saber nada de su hija, y poco a poco, en la memoria del pueblo se fue olvidando aquel suceso que fuera un escándalo y que se había quedado en el misterio más profundo, sepultado por el pueblo el que había lanzado un rumor, y que sobre él, se bordaban toda clase de historias. También se habló de que Narciso Romo, el caballerango de los Peón Valdez, se había aburrido de la aristócrata dama, y la había dejado llevándose a sus cuatro hijos. De esto no se supo a ciencia cierta, pero cuenta la Leyenda que el día que murió don Rubén, se vio una silueta envuelta en un velo blanco, la que cruzaba las calles y plazas de la ciudad; llevaba en sus brazos un bulto y como una sombra se veía correr después de las 12 de la noche, hasta llegar al río en donde desaparecía.
El bulto lo tiraba al río, pero antes daba un alarido y gritando: ¿En dónde los hallaré?, Parecía que caminaba por encima del riachuelo, dando unos hondos quejidos y luego se perdía. Otros cuentan que a los niños, Chicho los mató por haberla encontrado con otro hombre. Y estaba pagando su pecado. Lo cierto es que por muchos años se vio y escuchó aquella cosa sobrenatural, lo que todos decían era el alma de Blanca Rosa, la “niña de los ojos” de don Rubén y doña Blanca, la que por su mala cabeza los había abandonado, y arrepentida lloraba sus pecados. El pueblo le comenzó a llamar la Llorona, y así se le conoció por mucho tiempo; hasta que un buen día, sin saber cómo, jamás volvió a aparecer esta figura blanca con un bulto en los brazos.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El Palacio del Arzobispado


Está ubicada en las calles de Moneda y Licenciado Verdad, antes llamada Cerrada de Santa Teresa la Antigua. Antes estuvo ahí el adoratorio de Tezcatlipoca, muy cerca del gran teocalli de los mexicas. Cuando llegaron los españoles este lugar fue destruido y en su lugar se edificó el Palacio del Arzobispado.
El predio fue adquirido por Juan de Zumárraga en 1530 durante los trabajos de contrucción; se dice que ahí el indio Juan Diego le mostró al obispo la tilma donde quedó plasmada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Pasaron los años y las inclemencias del tiempo fueron deteriorando la construcción, pero en el siglo XVII el virrey arzobispo don Antonio de Vizarrón y Eguiarreta lo reedificó en su totalidad. Entre el estípite (espacio ente dos columnas de tipo estípite) del lado izquierdo se lee la frase: “Ecce nova Facio Omnia”, que se traduce así: “He aquíque todo se hace de nuevo”.
El encargado de hacer estas obras fue el reconocido arquitecto y artista de origen sevillano Jerónimo de Balbás, quien fuera el encargado de introducir en Nueva España la columna estípite; se cuenta que el balcón central alguna vez estuvo en la primitiva catedral.
Funciono como Arzobispado hasta 1859, cuando al clero le fueron confiscados sus bienes pasando a ser propiedad del Gobierno, quien lo destinó primero a Contaduría Mayor de Hacienda, después jardín de niños y luego bodega; actualmente es el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Don Ernesto Pallares narra en su libro de casonas sobre la reconstrucción del Palacio y la felicidad que implicó este acontecimiento:
“…se habían puesto a dialogar las campanas de la cuidad. Doña María, San José y la Santa Bárbara, de la Catedral; platicaban con sus hermanas María de los Ángeles, María de Guadalupe y San Joaquín, de la Santísima.
La esquila de San Miguel Arcángel y la sonora de San Agustín, de Santa Catalina, tenían coloquios con la tiple de San Gregorio y de San Rafael, de Loreto.
La grave de San Juan Bautista, el Evangelista y las dobles de San Pedro y San Pablo, de la Enseñanza, respondían a las llamadas de los esquilones de La Purísima, de Santiago el Apóstol y del Ángel Custodio, de la Encarnación. A lo lejos, San Lorenzo platicaba con la Concepción.
De la primera, el esquilonete de Jesús se entrelazaba con la de Santo Domingo de Guzmán. De la segunda, la peregrina de San Ignacio, abrazaba con sus ecos a la acordonada de San Francisco…”.
Para conocer más a fondo todo lo que se hacía en el Palacio del Arzobispado, Manuel Romero de Terreros lo relata en su libro “La vida social en la Nueva España” y Francisco de la Maza en su obra “La Cuidad de México en el Siglo XVII”.

domingo, 11 de septiembre de 2016

El libro del cáliz (Leyenda de Veracruz)

Un hombre anciano llegó procedente de Europa, a la Villa Rica de la Vera Cruz; la gente lo miraba con extrañeza pues traía consigo varios baúles. No llegó buscando hospedaje, pues, se decía, ya había comprado un lugar para vivir. Sin embargo y lejos de lo que todos pensaban, su nueva morada no era lujosa ni grande, por el contrario, era un sitio pequeño en el que solamente cabía una persona. El viejo era misterioso, no platicaba con nadie, sólo se le veía los domingos en misa, entraba a la miscelánea a dotarse de víveres y por las noches se le oía cortar, que clavar y pegar madera. La incertidumbre invadía a los curiosos, pues el ruido nocturno había aumentado.
Al siguiente día, su duda fue disipada. El anciano abrió una pequeña librería de viejo, todos los textos serán suyos pero había decidido venderlos, intercambiarlos y a su vez comprar otros tantos. Afortunadamente hubo varias personas interesadas en el nuevo lugar y gustosos entraban a hojear los textos, se maravillaban de la antigüedad de los mismos y sobre todo muchas personas se sorprendían al contemplar las ilustraciones.
Joaquín era un joven ávido de emociones, gustaba de los libros de historia pero sobre todo de los religiosos, pues era castizo y necesitaba saber bajo que convenciones sus antepasados fueron sometidos y obligados a profesar la religión católica. La librería que había abierto el anciano le brindó una puerta hacia temas desconocidos y una visión distinta, ya que había textos en otros idiomas. Durante varias semanas visitó la librería, y aunque el viejo ya lo conocía, se negaba a entablar cualquier tipo de relación con él; Joaquín por su parte, trataba de interrogarlo sobre el origen de los libros y los autores, pero el dueño no aportaba ningún tipo de información. Por tanto, el joven se vio en la la necesidad de hojear todos los libros religiosos existentes; en el fondo de un anaquel se encontró con un texto que no había visto, aún tenía polvo y las portadas estaban descuidadas y muy viejas; ahí estaba la ilustración de un cáliz que llamó mucho su atención, pues hasta ahora no había visto algo similar.
Pregunto por el precio y el costo era muy elevado, a pesar de pertenecer a una familia un tanto adinerada, no alcanzaba a cubrir el monto. Varios días pasaron y no había juntado ni siquiera la mitad del dinero, por lo que decidió llevárselo a escondidas del viejo, leerlo, estudiar la ilustración y regresarlo nuevamente a  la librería. No tuvo mayor dificultad para sacarlo. El camino a casa fue diferente, pues a pesar de recorrer siempre la misma distancia, esta vez había fatigado un poco. Al entrar en su alcoba miró la ilustración, el cáliz se mostraba reluciente, contrastaba con el resto de las imágenes y de las páginas que lucían amarillentas y carcomidas, sin embargo la imagen le parecía distinta a cuando la había observado por primera vez.
Se había concentrado tanto en la lectura que se olvidó de comer, solo pasaron unas horas y se sentía muy extraño. Se dirige al sanitario y lo que vio en el espejo lo dejó horrorizado ¡había envejecido por lo menos15 años!, parecía un hombre de por lo menos 35 años, cuando ni siquiera rebasaba los 20. Volvió a mirar la imagen del cáliz y se encontró con que se veían aún mejor, sin embargo sucedía todo lo contrario con él, cada minuto que pasaba se volvía más viejo. Rápidamente tomó la decisión de regresar el texto la tienda, pues pensó que el origen de su mal radicaba en el libro sustraído; al llegar a la librería, se encontró con que aquel viejo, dueño del local, lucía notablemente más joven.
Joaquín atemorizado dejó el libro donde lo encontró pero su aspecto continuaba igual, la piel comenzaba a arrugarse, habían aparecido algunas canas y los achaques, propios de la edad, se hacían presentes. En vano intentó cuestionar al viejo sobre lo que sucedía, pues éste no respondía ninguna pregunta; Joaquín notaba que entre más viejo se volvía el dueño de la librería adquiría una juventud portentosa. La gente al entrar en la tienda confundía al dueño con el viejo Joaquín, quien desesperado trataba de explicar a los visitantes lo que sucedía, sin embargo, sus argumentos fueron desdeñados, ya que el dueño, hábilmente, dijo que debido a la edad tan avanzada de su padre, los desvaríos de éste eran constantes; así que los compradores hicieron caso omiso de los gritos de Joaquín.
Con una malicia inusitada, el dueño de la librería corrió a Joaquín del lugar, le pidió no volverse a parar por ahí, que su acto atrevido había tenido consecuencias, por lo que le sugirió no volver a tomar sin permiso algo que no fuera suyo. El librero aventó el texto del cáliz al fondo de un anaquel y dijo que mientras existieran curiosos como Joaquín, él se mantendría vivo, pues su rejuvenecimiento estaba garantizado.
Cuenta la leyenda que Joaquín murió a los pocos días de causas naturales, nadie reclamó su cuerpo, pensaron que se trataba de algún mendigo; por su parte los padres del muchacho dieron aviso a las autoridades de la desaparición de su hijo e iniciaron la búsqueda. Mientras el dueño de la librería se había convertido en un hombre atractivo para las damas solteras de la ciudad. Se dice que el hombre había vendido su alma al diablo y que éste le devolvería su juventud, a cambio de almas nuevas  y joviales; curiosos que fueran capaces de todo por conseguir el libro del cáliz.

domingo, 4 de septiembre de 2016

La Calle de los Ajusticiados (Leyenda de Guanajuato)

Una de las leyendas que a la fecha se siguen contando en  Celaya, es sobre el origen de la calle de Los Ajusticiados por haber sido una de las tantas injusticias que se cometen en nombre de la ley.
Después de consumada la Independencia de México, por muchísimos años hubo un desajuste natural en toda la República por cambiar un sistema de gobierno que había prevalecido por 300 años. Se cuenta que por el año de 1824, los generales dirigentes de tropas, eran los que tenían la mayor autoridad en los Estados, ya que todavía no se establecían en los municipios los tribunales que otorgaban justicia, así que la última palabra en cualquier acto de la vida política la determinaban los militares, cuyas órdenes no se discutían. Prevalecía el estado de ánimo o criterio de estos -muchas veces improvisados- que eran los que tienen a su cargo establecer la disciplina.
Por aquellos días en la ciudad de Celaya, el general don Nicolás Bravo estaba al mando del batallón que agrupaba a soldados que combatieron en la guerra de Independencia, pero también a su cargo había tanto indígenas como españoles, que al no conseguir trabajo por la escasez que existía, se habían enrolado en las filas para poder subsistir. La ciudad de Celaya, como todas las del país, estaba inquieta; en ese Estado se había fraguado la Independencia y aún había rencillas y malestar, al grado que las personas sólo salían a la calle para arreglar los asuntos más indispensables. Se acabó la alegría y el bullicio, y la mayoría de la gente no salía de su casa, cuando muchos se veían moverse los visillos de las ventanas para curiosear lo que pasaba afuera. Las “piadosas mujeres”, al clarear el día, salían de sus hogares para asistir a sus deberes religiosos y todos, a temprana hora, se recogían y no se veía ni alma en la calle.
Fue una época difícil, como siempre en una posguerra. Los comestibles escasearon, lo que había era caro y malo y la miseria se asomaba en cada puerta de las casas. En voz baja se comentaba la situación en la que se encontraba el país, la carencia de todo y la falta de trabajo. Esto no les era ajeno a los jóvenes que engrosaban el batallón al mando del general Nicolás Bravo y entre ellos, comentaban el grave problema por el que atravesaba el país, y la situación que ellos estaban pasando, así como la injusticia del nuevo gobierno al no pagarles puntualmente lo poquísimo que percibían, pensando que los alimentaban las golondrinas. Tenían hambre, y veían con una pena profunda que si no podían comer, mucho menos ayudar un poco a su familia, la que se encontraba a punto de morir de inanición.
Ellos platicaban; eran optimistas pensando que pronto cambiaría todo y México florecería, ya que es un país rico, con grandes recursos y trabajando todos, como un solo hombre, se normalizaría la situación. Pasaban los meses y todo era igual, deberían plantear su crítica a sus superiores para que en conciencia aumentaran su salario y sobre todo, que les pagarán puntualmente. Uno de ellos, el más audaz, pensando que la unión hace la fuerza, reunió a sus compañeros haciéndoles ver la conveniencia de que un grupo de ellos en representación del batallón, hablara con el General Bravo, le expusieron la situación y en nombre de todos, pidieron un pequeño aumento para que pudiera solventar con dignidad sus gastos más indispensables.
Pero, nunca falta un delator y entre los compañeros resultó un “Judas” que fue con el “chisme” con el general Nicolás Bravo. Lo escucho con paciencia y una vez que el acusante determinó con la información, se enfureció, no comprendió que el grupo de soldados estaba en su legítimo derecho de pedir un aumento de sueldo, defender sus intereses… Sino que tomó esto como un acto de rebeldía, desobediencia y traición…
Con el poder que tenía el General Bravo, y como si aún estuvieran en guerra, decretó la pena de muerte para aquel grupo de jóvenes que llamo sublevados, los que no se habían apegado a la disciplina del batallón, por lo que deberían morir, por traición a la patria. El soldado delator, al que llamó desleal con sus compañeros, también ideal paredón. Grupos de personas atrevieron a ver al General Bravo, parientes y amigos de los reclutas abogaron por ellos, pero el militar impertérrito, se negó a recibir a las personas y a alguna que lo paró en la calle suplicante, contestó: “La orden está dada”. Y fue en julio de 1824 cuando el grupo de soldados del batallón del general Nicolás Bravo salió del cuartel rumbo al barrio de San Miguel, y en la calle de Lerdo los formaron, siendo al delator a quien se le dio la orden de ejecutar a sus compañeros.
La Fábula dice que el día que fueron fusilados los soldados llovía “a cántaros”, los rayos iluminaban la ciudad y después se soltó un aire que silababa como triste lamento que corriera por la ciudad. Los jóvenes, algunos casi niños, indígenas y españoles con estoicismo esperaron la muerte. Algunos invocaron a Dios pidiendo perdón para su verdugo, un patriota grito “Viva México” y otros maldecían a Bravo. Y así uno a uno fueron cayendo en el empedrado de la calle de Lerdo. Aquel acto de barbarie fue conocido por toda la ciudad, causando verdadero pánico entre los celayenses, los que veían y no podían creer; era el infierno de Dante. Las mujeres se santiguaban y lloraban, los hombres indignados guardaba su coraje y odio para los que aplicaban injustamente la “Ley”. ¿Esto era la Independencia de México? Nadie se lo explicada pero estaba sucediendo en Celaya, según la leyenda. La calle de Lerdo se convirtió en una pesadilla; desde entonces el ingenioso pueblo le cambio el nombre, le comenzó a llamar “La Calle de los Ajusticiados”. Nadie quería pasar por ese lugar, pues decían que se escuchaban lamentos, y que la sangre de aquellos “justos”, a pesar de la copiosa lluvia, permanecía allí.
Los soldados tenían temor de hablar, no quería ni pensar para qué no les fuera a leer el pensamiento don Nicolás Bravo y darle a conocer el odio que se había ganado a pulso…
Se bordaron muchas historias de la calle de Lerdo, así como en todo el barrio de San Miguel. Personas aseguraban que por las noches se veía pasear por todo el suburbio la figura de un general, la que llegando a la calle de Lerdo, se perdía. Otras gentes juraban que noche a noche se repetía la escena del fusilamiento; se escuchaban los rezos de los jóvenes soldados, el grito de “Viva México”, así como las maldiciones a Bravo y aún los disparos de aquel momento. Aquello aterra va a los vecinos los que fueron abandonando las casas de la calle de Lerdo, y algunas de las manzanas aledañas.
El tiempo va curando las heridas y olvidando los rencores, aquella historia que se contó de padres a hijos por muchas décadas; se fue olvidando en el tiempo y poca gente conoce este relato que indignó a los habitantes de esa región. Sin embargo, a la fecha se cuentan cosas extrañas que suceden en el barrio de San Miguel, pero nadie sabe el porqué de esos sucedidos. Se dice que un fuereño llegó a la ciudad y compró una propiedad en la calle de Lerdo, la que a su vez alquilaba. Decía que había sido una mala compra, que tenía mala suerte, ya que más tardaba en alquilarse, que en desocuparse al poco tiempo sin saber el motivo, pues era casa grande, agradable y la renta accesible.
Pero un día, uno de sus inquilinos le dijo que aunque tenía contrato, no iba a vivir más allí, porque con frecuencia se veían sombras las que se desvanecían lentamente hasta perderse en la pared de una habitación. Otras veces se escuchaban lamentos, gritos y rezos que salían, quién sabe de dónde, así como ruidos de cadenas que no dejaban dormir. Doña Tencha, la dueña de una tienda del barrio, decía que mucho se hablaba que en una de las casas del callejón de Lerdo, espantaban. Con frecuencia platicaban que veían sombras de figuras de hombres, los que veían cayendo lentamente uno a uno y desaparecían en el suelo. Que por las noches se escuchaba un lastimero ladrido de perro, que nunca se vio por más que lo buscaban en el patio o en la calle. Asimismo se rumoraba que cuando todo estaba en silencio, se escuchaba como si 100 gatos estuvieran peleando, pero al encender la vela, no había nada y el ruido terminaba.
Así se contaban muchas historias que recogía doña Tencha, la de la tienda de la esquina, -que se encontraba a un costado de la callecita de Lerdo,-y que ella oralmente iba transmitiendo, por lo que por mucho tiempo se habló que en el Barrio de San Miguel, a raíz del fusilamiento de los soldados, no se podía vivir en paz, como si en ese lugar se dieran cita todos los muertos de Celaya “a platicar o discutir diferencias”, por lo que los vecinos vivían aterrados. El tiempo fue acabando con esas fantasías hilo de la “Calle de los Ajusticiados”, sólo se cuenta como una de las tantas leyendas que corren y forman tradición de un pueblo.