domingo, 23 de diciembre de 2012

La calle del Puente del Cuervo



Nuestra leyenda tiene como protagonista a un cuervo que causara sobrecogimiento y pavor en los habitantes de la Capital de la Nueva España. ¿Qué tenía en particular este avechucho?
Encaminemos nuestros pasos a un puente de corta zancada, que corría por atrás del Colegio de San Pedro y San Pablo, perteneciente a los padres jesuitas; estaba construido de anchos tablones y baranda tosca. Aquel cuervo de plumaje negro azulado todas las noches sin falta se posaba en el burdo barandal, crascitando toda la noche interrumpiendo el plácido sueño de los vecinos, preguntándose de donde había salido aquel animal que se callaba hasta que sonaban las campanadas de las doce, largas y profundas, que lo hacían elevar el vuelo de manera precipitada; pero a la siguiente noche regresaba y se posaba en el puente, perturbando con sus graznidos las paz y quietud del vecindario.
Ya nadie se acordaba de la existencia de aquella ave desde hacía dos años que la habían visto con terror, y sus sospechas se vieron confirmadas cuando un vecino lo vio volar desde el puente, hasta los balcones de la arruinada casa que habitara un temible señor llamado don Santiago Améndola
Ese pájaro era el diablo, el cuál fue propiedad  de aquel horrible caballero, en cuya vieja casa se metía noche a noche, dando incesantes graznidos. Este anciano llevaba una vida extraña, así como también lo fue su muerte. 
Las amistades de don Santiago eran de la peor calaña, delincuentes, gente habladora, baldía y soez, todos iban a aquella elegante morada a conversar, beber de  los mejores vinos, jugar tablas y quínolas, convirtiendo todo esto en un relajo total. Los gritos desaforados frecuentemente salían de los balcones  y las ventanas, llegando a escuchar riñas y disputas que iban desde palabras altisonantes, y si la situación subía de tono, algunas veces  casi se daban hasta con la cubeta.
Todas la noches era la misma bulla en aquella casa, hundiéndose en risotadas y tronaban ásperas blasfemias, reniegos y porvidas; ajos, cebollas y culebrones salían de las bocas de aquellos bellacos, y Don Santiago cuando no echaba maldiciones, soltaba estruendosas carcajadas. Tan sucia era su fama como un andrajo lleno de estiércol.
Y así como la mala reputación que tenía, así era su traje. Este hallaba tan sucio y puerco como su alma, su sombrero negro lleno de tierra y más grasa que una tocinería, debajo de este traía un tiliche mantecoso amarrado a la cabeza para protegerse de los fríos porque según esto padecía vaguidos, su cabello era grasoso y con años de no pasarle ni los dedos para cepillarlo, y de lo más asqueroso que tenía eran sus barbas ¡infestadas de liendres! , ¡Que asquerosidad! … pero aún falta más. Los pechos de su luengo casacón parecían paletas de pintor, con un sin número de manchas de toda la gama de colores imaginable; en la chupa había reunido con mucho esfuerzo y dedicación una completísima colección de lamparones, chorreaduras y costras de otra época de todas las especies y tamaños, la usaba desabrochada tal vez para “lucir” una variada serie de salpicaduras que daban conocer el menú de hace quien sabe cuánto; en el cuello traía un tiliche asqueroso que fungía como bufanda; sus calzones se hallaban todos sobados y raídos con goteros de grasa y comida, por sus medias tenía gran cantidad de líquidos escurridos de tonos negruzcos con verde olivo y para rematar el “bonito” decorado, tenía salpicaduras de lodo, manchas rojas y amarillas; los zapatos eran más viejos que Matusalén y siempre estaban hechos una porquería, tenían superpuestas capas y más capas de tierra, tal vez si se escarbara se hubiera sacado un fósil.
Con esta imagen tan decadente que mostraba a los ojos de la gente, gustaba de salir a exhibirla para que todos los distinguieran por su “único” estilo de portar su atuendo, pero lo único que inspiraba era asco y pena ajena. Imagínate a que olería su casa, toda una asquerosidad, y de olor que desprendía este caballero ¡mejor ni hablamos!
Don Santiago tenía como  compañero de tertulia al cuervo antes mencionado, le hablaba como si fuera un compañero confidente al que se le cuentan las cosas más íntimas; conversaba largo y tendido con el animalito, el cuál le respondía con chillidos a modo de respuesta. El anciano gustaba de contemplar a su mascota en el balcón, como si tratara de descubrir alguna habilidad, o hiciese alguna gracia, o bien mantenía el hilo de la conversación; todo este comportamiento llenaba de asombro a la gente. Todos creían que el cuervo entendía lo que su patrón le decía, incluso que interpretaba cosas con más alcance y significado, pues tal perecía que inclinaba la cabeza como asintiendo o meditando, otras veces la ladeaba a ambos lados, sacudía las alas para negar algo y gritaba. El señor lo escuchaba atentamente como si realmente le pudiera hablar, a veces el cuervo le metía el pico al oído como si le contase un secreto que Dios le tuviese reservado.
El cochino anciano bautizó a su compañero con el nombre de Diablo, y si alguno de sus compañeros osaba burlarse,  estallaba en cólera y acto seguido lo molía a golpes; pero si alguien le llenaba de halagos a su pájaro, mostraba blandura y halago, no sabía ya que fiestas hacerle.
Así, si la servidumbre rompía algo en la casa, echaban la culpa al avechucho, a los que don Santiago solo decía: “Si lo hizo el Diablo está bien hecho”, y con mano cariñosa le acariciaba su negro plumaje y le daba apasionados besos en el pico.
De repente un día el mugroso caballero y su cuervo desparecieron como si la tierra se los hubiese tragado. Los criados no se dieron cuentea a qué hora ocurrió esto, sus cuates lo buscaron hasta por debajo de las piedras sin éxito; y de repente alguien recordó que Don Santiago tenía un cuartito misterioso al que no le gustaba que nadie entrara, a lo que procedieron a derribar la puertecilla y la entrar, lo único que los iluminaba era una alta claraboya tupida de rejas, vieron que no había ni un solo mueble, solo sucias estrazas e hilachas. Las paredes estaban tendidas de cal y en el piso solo había grandes baldosas húmedas, había también un Cristo de madera enclavado en una cruz chapada de carey en afiligranadas cantoneras de plata, a un lado unos recios azotes de varios ramales y muchas plumas negras. Se llegó a la conclusión de que eran de aquel cuervo maldito y que con aquellas ásperas ramas don Santiago azotaba al Cristo. Unos clérigos aseguraron  que esta conjetura no era engañosa.
La desaparición del mugriento señor causo revuelo en todos los alrededores, pues el solo hecho de pensar en aquello sucesos, hacía que a cualquiera se le erizaran los cabellos de miedo y espanto, no existía un solo corazón en que estos sentimientos no hubieran entrado. La casa quedó abandonada, lo que provoco que con el tiempo se fuera deteriorando y cayendo; la gente contaba que por las noches se podía ver el andar de una luz por los balcones, salir por las cuarteaduras y alargarse por las claraboyas  temblorosa, larga y fina, lanzando rayos de una siniestra claridad.
De lo que en definitiva se percataron todos los habitantes, fue que jamás volvió a aparecer el cuervo, sino hasta dos años después que venía todas las noches, y posado en el puente perturbaba la paz nocturna, que solo cesaba cuando sonaban las doce campanadas de media noche. Viendo a aquel siniestro pájaro, el cual todos aseguraban que venía del mismísimo infierno, las buenas gentes elevaban oraciones mientras que formaban sobre sí la santa señal de la cruz.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El día de los Santos Inocentes


Se celebra el 28 de diciembre. Desafortunadamente esta tradición está casi en vías de extinción, solo algunos medios todavía hacen algunas bromitas para recordar este día.
El Día de los Santos Inocentes tiene sus orígenes en el relato del Evangelio según Mateo, en donde relata que aquel día Herodes ordenó matar a los niños recién nacidos de Belén, esto con el objetivo de deshacerse del Niño Jesús, ya que representaba una seria amenaza para los romanos en Oriente y las religiones paganas.
¿Cuándo se comenzó a celebrar en México? En su Crónica, Antonio de Robles indica que la orden de los betlemitas, establecida en  1673, celebró su fiesta el 28 de diciembre de 1703: “Hoy, Día de los Santos Inocentes, se celebró en la iglesia de los Betlemitas, la fiesta de su título y la colocación y estreno del retablo del altar mayor…”
En 1820, cuando quedó suprimida esta orden, la fiesta dejó de celebrarse.
Durante la época de Colonia, es este día se acostumbraba ya gastarse bromas entre amigos y familiares; lo que hacían ellos era pedir prestado dinero o algún objeto de poco valor, y una vez que esto era obtenido, a la víctima inocente se le decía lo siguiente:
Inocente palomita
que te ha dejado engañar,
sabiendo que en este día
nada se puede prestar.

Lo prestado se era devuelto poco tiempo después. La costumbre decía que el dinero u objeto en cuestión, debía regresarse en un charolita de hojalata, y encima debía de traer un juguete en miniatura. Si la engañada era una mujer, se colocaban juguetes relacionados con su rol: escobetas, planchas escobas; si era un hombre, entonces cambiaba a: martillos, pinzas,  serruchos, escaleras y carros. Una vez que los objetos eran devueltos a sus dueños, se agregaba a la charolita una tarjeta con el siguiente verso:

Herodes cruel e inclemente
nos dice desde su fosa
que considera inocente
al que presta alguna cosa.

Todavía en nuestros días es muy probable en algunos mercados lleguemos a ver como cosa perdida algunos regalitos en miniatura para esta fecha, aunque la gente ya no lo relaciona con los Santos Inocentes. 
También estaban las “inocentadas”, que consisten en divulgar de manera muy convincente una noticia o un chisme que fuera difícil de creer o de ocurrir, para que la víctima en cuestión se tragara el cuento; todo era parte de cómo se divertía la gente con cosas tan simples en aquella época.
Esta costumbre también se celebra en otros países y en diferentes fechas; por ejemplo, en Francia se festeja el 1 de abril y la llaman Poisson d´ abril.
El 28 de diciembre es sin duda alguna, un día en el que el mexicano pone todo su ingenio para hacer una broma lo suficientemente creativa a sus conocidos. Así que ya sabes estimado lector, si en este te cuentan un chisme o te piden prestado trata de no caer en el engaño, sino estarás escuchando la típica frase: “Inocente palomita que te ha dejado engañar, sabiendo que en este día nada se puede prestar.”

domingo, 2 de diciembre de 2012

Atentado en la Basílica de Guadalupe


Uno los sucesos de los que más se tengan memoria a lo largo de la historia guadalupana, es el atentado que se hizo contra la imagen de la Virgen de Guadalupe la mañana del 14 de noviembre de 1921. ¿Quién y porque querría destruir la imagen?
En aquella época el gobierno Federal tenía una política antirreligiosa muy agresiva, alentando a sectores tanto de izquierda como de derecha; el sindicato más importante de aquel entonces era el CROM (Confederación Obrera Mexicana), dirigida por Luis N. Morones, quién recibió todo el apoyo y preferencia  del “jefe máximo” de la Revolución Mexicana, el general Plutarco Elías Calles. Las siglas de dicha organización fueron cambiadas tanto al derecho como al revés,  por otras frases que iban en contra de los políticos, que para eso los mexicanos hemos sido bien creativos: “Como Roba Oro Morones”, “Más Oro Roba Calles”. Las dirigencias sindicales y personajes políticos como Tomás Garrido Canabal, implementaron políticas anticlericales bastante cruentas, y grupos de  enfrentamiento.
Como antecedentes al atentado de la Basílica, el 6 de febrero de 1921 fue lanzado un cartucho de dinamita a la casa del arzobispo de México, José Mora y del Río, quien para su buena suerte, se encontraba ausente; este ataque fue motivado porque días antes el santo varón se había expresado negativamente sobre el comunismo ante la prensa se difundió el rumor de tras aquel atentado se encontraban los integrantes de la CROM. Pocos meses habían pasado, cuando el 4 de junio una bomba fue detonada en la residencia del arzobispo de Guadalajara, Jesús Orozco y Jiménez, quien salió ileso. En medio de este ambiente violento y hostil sucedería el otro atentado que quedaría plasmado en la historia guadalupana.
Era la mañana del 14 de noviembre de 1921, cuando se celebraba una misa en la Antigua Basílica de Guadalupe, debida a la toma de posesión de una prebenda en el coro por el presbítero Antonio Castañeda; una vez terminado el evento religioso, el sacristán se acercó al presbiterio, acudiendo al llamado de los canónigos. En ese momento, cuando eran las 10:30 de la mañana, de entre un grupo de personas vestidas de obreros, caminó hacia delante un hombre pelirrojo ataviado con un overol azul nuevo, quien colocó un ramo de flores en el altar, todo parecía normal hasta ahora, pero al poco tiempo se produjo una tremenda explosión que sacudió a toda la Basílica.
Los periódicos católicos de la época refieren que después del aquel hecho, los fieles corrieron tras el grupo de los obreros impostores para linchar al culpable; entonces en aquel momento llega el presidente municipal de la Villa para llevarse al individuo pelirrojo a sus oficinas, custodiado y protegido por la policía. Se cuenta que momentos más tarde el culpable fue sacado de la zona en un camión  militar.
Después se supo que el autor del atentado era Juan M. Esponda, nacido en Chiapas y era empleado de la secretaría particular de la Presidencia de Obregón; por otro lado,  los periódicos católicos afirmaban que el nombre del dinamitero era Luciano Pérez  y se le asociaba con la CROM. Dejando el nombre verdadero del autor material de los hechos a un lado, lo que si fue real es que no fue enjuiciado ni sentenciado, además de tener un vínculo directo con la Presidencia  de Obregón.
Debido a la explosión, se cayeron los candeleros, las flores, las cortinas que enmarcaban el cuadro de la Virgen y un pesado crucifijo de bronce que se dobló hacia atrás por el estallido; esta deformación peculiar hizo que la gente le apodara como el “Señor del atentado” o el “Cristo del Atentado”, teniendo gran devoción entre los creyentes, quienes dicen que es muy milagroso. Tomando este suceso del lado poético, se podría decir que  el Hijo amoroso recibió el impacto para proteger a su madre. Todavía en la actualidad podemos visitar la imagen deformada cerca de la entrada de las catacumbas de la Nueva Basílica.
Después de los atentados, la imagen de la Virgen de Guadalupe que estaba protegida por un cristal normal para evitar los daños del medio ambiente, milagrosamente no sufrieron daño alguno; en cambio dentro de la misma Basílica y en edificios cercanos, hubo varios vidrios rotos. La comisión pericial nombrada por la Iglesia, declaró que el dispositivo con se llevó a cabo la explosión era un cartucho de dinamita marca Hércules, los cuáles era utilizados para trabajos de minería; que fue colocado en el ángulo que formaban la plancha de mármol de la parte posterior del altar (se fisuró) y la placa inferior del marco en donde estaba la imagen de la Virgen; además se aflojaron los tornillos que sostenían el cuadro de San Juan Nepomuceno ubicado detrás del altar.
El 18 de noviembre, la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), organizó una manifestación, que desfiló por el Centro Histórico por la calle de Madero, la iglesia de San Francisco, hasta el Zócalo; ahí se dijeron discursos, se cantó el “Te Deum” acompañado con los tañidos de las campanas de Catedral, después se ofició una solemne misa para dar gracias por haber salvado la imagen.
Siete años después del atentado en la Basílica, cuando era presidente reelecto, el general Álvaro Obregón muere en un segundo atentado contra él, cuando el joven católico José de León Toral lo baleó en el restaurante “La Bombilla” en San Ángel. En el lugar de los hechos fue erigido un monumento, donde por muchos años estuvo exhibiéndose su brazo en un frasco de formol.
En 1926  se desencadenó uno de los periodos más sangrientos de la Guerra Cristera, siendo presidente Plutarco Elías Calles, quien también era fanático, pues recordemos que se dejaba curara por el Santo Niño Fidencio.
Las relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano se rompieron en 1920, y se reanudaron hasta el año de 1992.

La Reina de los Mares

Ahora vamos a cambiar radicalmente de tema, para descubrir que incluso bajo el mar la Morenita del Tepeyac nos cuida; sin importar en donde nos encontremos, ella siempre estará con nosotros.
 El 12 de diciembre de 1958 en el puerto de Acapulco, la Virgen fue proclamada por cientos hombres y mujeres rana, los lancheros de Caleta y la bahía principal, como la Reina de los Mares. Para una celebración tan importante y emotiva, se mandó fabricar con todos los ahorros de la gente una imagen de dos metros de altura y de 450 kg  de peso, capaz de soportar el ambiente marino. Aquí nace el tradicional paseo por lancha  con piso de cristal en la bahía de Caleta, para ver a la Virgen submarina, sobre todo los días 11 y 12 de diciembre, cuando se puede ver como una decena de hombres rana bajan al fondo para ofrendarle un ramo de rosas rojas.
El 3 de agosto de 2002, desde la Basílica de Guadalupe la nueva Reina de los Mares salió en una solemne procesión rumbo al puerto de Acapulco. La nueva escultura de 700 kg fue transportada en una camioneta a la vista de todos, adornada y escoltada por motociclistas de la Confederación Internacional.
Durante el viaje, la imagen pernoctó en Cuernavaca velada por la gente de la ciudad; en Izcatiopan donde descansan los restos de Cuauhtémoc, los pobladores salieron entusiasmados a recibirla desde un kilómetro antes; en Teloloapan les querían dar dinero por haberla llevado; en Tecpan  la velaron más de  mil personas; en San Jerónimo, al padre se le ocurrió decirle a la gente que le hicieran sus peticiones a la Virgen aprovechando su estancia, entonces una señora muy preocupada por la sequía se acercó a pedirle que les mandara lluvia. Milagrosamente a los 15 minutos comenzó a llover a cántaros, de los cielos caía agua a raudales, ocurriendo lo mismo en Atoyac.
Después de un viaje que nadie olvidaría, llegó la Reina de los Mares al puerto de Acapulco el 10 de agosto de 2002, después de siete días de procesión desde el cerro del Tepeyac.   

domingo, 25 de noviembre de 2012

El corcel del fantasma de Tacubaya (Sucedió en la antigua Villa de Tacubaya)


El 16 de septiembre de 1635, el Marqués de Cerralvo dejó el poder para ser sucedido por Lope Díez de Armendáriz, Marqués de Cadereita, uno de los virreyes de más triste memoria en la Nueva España. Fue durante su época que tuvieron lugar los espeluznantes  sucesos, como los crímenes de don Juan  Manuel de Solórzano; y fue conocido don Lope como un gobernador déspota y poco escrupuloso, que mostraba demasiada blandura ante los desmanes de sus hombres de confianza.
Se cuenta que cierto comendador  de su época, de nombre Jesús María de Alcocer y Quiroz, abusaba de la autoridad y del favor del virrey para cometer toda clase de villanías; poseía una hermosa villa en Tacubaya y hacia allá llevaba a una muchacha, quien sufrió tremenda impresión al volver en sí, ella trató de huir, pero fue en vano todo su intento, estaba a merced de aquel hombre y acabó por sucumbir.
Pasadas dos semanas de aquel acontecimiento, doña Teresa de Pedraza logró escapar al fin de su raptor, y como pudo llegó a su casa situada en la calle de Zuleta, hoy Venustiano Carranza. La muchacha contó a su padre todo lo sucedido, y después de una larga discusión le  reveló el nombre de su captor; pero no podía hacer algún acto de venganza en contra de aquel hombre, pues era muy amigo del virrey, con quien el indignado progenitor decide ir a hablar. Don Manuel de Pedraza y Horcasitas era respetado ciudadano de la colonia y el virrey de Cadereita no tuvo objeción en recibirlo; el buen caballero le contó el abuso del comendador en contra de su hija, exigiendo se hiciera justicia, a lo que el virrey le decía que iba castigar severamente a don Jesús de comprobársele su culpabilidad.
Satisfecho dejó don Manuel la sala de audiencias del Palacio Virreinal, sin imaginarse que el amigo del virrey se encontraba escondido tras las cortinas escuchando todo; el villano salió de su escondite y su amigo le dice que lo va a “desterrar” a su hacienda de Tacubaya hasta que las cosas se calmaran, claro que podía llevar una moza para entretenerse mientras cumplía su “castigo”.
De esa suerte cuando don Manuel quiso saber del castigo que el seductor de su hija había sufrido, supo desconcertado que el galán había huido sin que nadie supiera a donde; pero  el padre ofendido no se tragó aquel cuento, bien sabía que esa justicia nunca iba a suceder, decide guardar silencio, pero al salir del Palacio llevaba ya en mente un plan de venganza.
Febrilmente se dedicó  a investigar el paradero de don Jesús, que pasaba el tiempo en Tacubaya divirtiéndose alegremente; lo cierto era que muchas honras habían sido destrozadas por aquel apuesto comendador, sus enemigos se contaban por docenas, ellos ya estaban enterados de que se encontraba en su villa gozando de la vida con una doncella, y estaban por demás decididos a ir entre todos a darle muerte. Fue aquella noche airosa y destemplada, se podía oír el aullar de los coyotes en los bosques cercanos de Tacubaya, y los cascos de los caballos de aquellos hombres, enemigos del comendador, resonaban lúgubremente en el camino.
Ajenos a la sorpresa  que se les avecinaba, don Jesús María y su acompañante gozaban de su amor, pero se vio interrumpido cuando escucharon los cascos de los caballos, y de la nada el ruido ces, por unos instantes no se oyó más que el monótono golpear de la lluvia en las ventanas. Casi en seguida la puerta de la habitación cedió con gran estrépito, y la pareja azorada vio a varios caballeros ante ellos; don Manuel de Pedraza y Horcasitas, seguido de don Gustavo de Rodríguez, avanzó hacia el comendador. Menuda sorpresa se llevó don Gustavo al ver que su hija estaba con aquel canalla, lleno de ira y loco de furor lanzó mortal estocada sobre la muchacha. Don Jesús estaba acorralado  contra la pared, el señor de Pedraza y los demás padres ofendidos lo rodeaban amenazadores, el cobarde cayó de rodillas implorando piedad. Entonces don Manuel deja caer por fin el primer mandoble sobre el cuerpo del comendador, acto seguido se arrojaron como fieras los demás, desahogando su furia contenida durante tanto tiempo, hasta que saciada su sed de venganza, lo dejaron tendido en un charco de sangre.
Minutos después los vengadores abandonaron aquel lúgubre recinto y las pisadas de sus caballos se confundían con el caer de la lluvia; casi al mismo tiempo, en las caballerizas del comendador, uno de los equinos escapa enfurecido, haciendo pedazos su encierro; los caballerangos retrocedieron espantados mientras el animal, parándose sobre las patas traseras, lanzaba escalofriantes relinchos, y ante azoro de los sirvientes, después de lanzar casi lumbre por los ojos, emprende veloz carrera para perderse monte arriba. Los caballeros cruzaron el patio que separaba las caballerizas y habitaciones de la servidumbre de los aposentos de su señor, sorprendiéndose mucho al encontrar abiertas las puertas de su casa, desconcertados ingresaron en el lugar, solo que imaginar la impresión que los hombres recibieron al penetrar en la alcoba de don Jesús, y encontrar los dos cuerpos sin vida.
La noticia se supo al día siguiente por toda la Colonia y el virrey decretó un luto de dos días por la muerte del comendador, asimismo se buscó  afanosamente a los criminales, pues no había duda de que don Jesús había sido víctima de algunos asaltantes. Los funerales del señor Alcocer fueron imponentemente lujosos, el propio virrey y todos los funcionarios del virreinato estuvieron presentes, y después de tres días la normalidad volvió a la capital de Nueva España. Los pasos del sereno se alejaron por  la calle de Zuleta, y casi en seguida el relinchar de una bestia se escuchó en la oscuridad, los cascos  de sus pezuñas resonaron en los adoquines de las calles, acercándose lentamente al sereno, que unos pasos más adelante repetía su lúgubre pregón, pidiendo un Padre Nuestro y un Ave María por el alma del recién fallecido. El vigilante se detuvo de pronto al sentir  una presencia helada y extraña a sus espaldas, un belfo ardiente le llegó a la nuca y se volvió sobresaltado, lanzando casi en seguida un grito de horror; el sereno se desplomó  sin vida mientras la bestia emprendía  veloz galope a lo largo de la calle  y se detenía ante cierta mansión. En su aposento, don Manuel  se disponía a irse a la cama  cuando oyó aquel golpear en el portón de la casa; el golpeteo se hizo más fuerte e insistente, el caballero con una bujía en la mano, se dispuso a acudir a aquel llamado, al asomarse sintió que los cabellos se le erizaban; paralizado de terror vio un rostro espectral y cadavérico mirándolo al otro lado de la mirilla: ¡era don Jesús que venía vengar su muerte!
Don Manuel pudo reaccionar al fin, y despavorido trató de alejarse del portón, mientras tanto en sus aposentos, los criados escucharon los gritos de sus amo y se apresuraron a acudir en su auxilio, pero al llegar al patio se detuvieron empavorecidos  ente lo que se presentó frente a sus ojos: un embravecido caballo acababa de derribar el portón. Aquella bestia jineteada por espectral caballero, se arrojó furiosa sobre el indefenso anciano, y con saña infernal golpeó el cráneo y el cuerpo entero de don Manuel hasta dejarlo exánime en el patio; doña Teresa había acudido al oír el escándalo y casi enloqueció de horror al presenciar aquel espectáculo, entonces la muchacha toma un crucifijo para defenderse, un horrible relincho hendió los aires y en medio de espantoso estruendo, aquella bestia desapareció en una nube de humo. Fue hasta entonces que los criados pudieron acercarse a su señor que yacía sin vida.
Mucho se comentó el suceso extraño en la ciudad durante los días siguientes, pero poco crédito dieron a lo dicho por los criados; Doña Teresa no pudo ser interrogada ya que, después de sufrir penosa enfermedad por la impresión, había quedado tocada del juicio.
Poco a poco pareció olvidarse el incidente, hasta que una noche apareció ante los serenos el espectral caballo y su jinete, dejando escapar un siniestro relincho y sembrando el terror por donde quiera que pasaba; por fin se detuvo ante una de las casas de Teponaxco, hoy San Antonio Abad. En la biblioteca de su mansión, don Gustavo de Rodríguez oyó que llamaban a la puerta, dejó su asiento y ya se dirigía a la puerta de la estancia cuando escuchó un alarido que le heló la sangre en las venas: era el portero que pegó un grito de horror. Apresurado abrió la biblioteca pero no pudo dar un paso fuera de ella, entonces un escándalo espantoso en el que se mezclaron gritos de horror y dolor, con piafar y relinchos acompañados de golpes brutales, se escucharon en toda la casa a partir de entonces.
Cuando los criados acudieron al lugar de los hechos, solo encontraron a su amo revolcándose en su propia sangre con el rostro destrozado, una tenue neblina rodeaba al cadáver, una neblina con espantoso olor azufre y muerte. Fueron encontradas las huellas de herraduras en diversas partes de la casa, por lo que se probó que era cosa del caballo infernal.
Días después tuvo lugar un hecho de esta naturaleza, otro de los enemigos del comendador de Alcocer fue encontrado muerto en su propia alcoba con huellas de herraduras en el rostro. Los soldados de la ronda acabaron de convencer a las autoridades, que decidieron enterar del caso al Santo Oficio, quienes decidieron acudir a los lugares de los hechos. La casa de la calle de Zuleta, así como la de Teponaxco, fueron bendecidas y selladas, lo mismo se hizo en la casa de don Ceferino Pérez Arce. Sin embargo, la noche en que el Santo Oficio dio por concluido el extraño caso, los cascos de un caballo resonaron en la oscuridad.
Al día siguiente otro conocido caballero colonial aparecía muerto en su propia alcoba, presentado señales de haber sido golpeado por las patas de un caballo; el pánico hizo presa en los habitantes de la ciudad, que se retiraban temprano a sus casas y no abrían a nadie cuando oían llamar a la puerta. Fueron varios los caballeros coloniales que sufrieron similar muerte; nadie podía explicarse aquel hecho tan escalofriante y extraño, hasta que hubo un santo varón franciscano que creyó encontrar la explicación, al confesar a una demente moribunda, que era nada menos que Teresa de Pedraza, quien le relató al religioso sus espantosas experiencias sin omitir la venganza que su padre  había tomado en el comendador;  el franciscano le pidió los nombres de aquellos hombres para poder evitar un desgracia, pero la mujer empezó a fatigarse después de haber hecho una lista casi completa de los enemigos de don Jesús. Los ojos de la dama  parecieron salírsele de las órbitas mientras los clavaba en una esquina de la habitación, en donde se había hecho presente el espectro del comendador; al mismo tiempo se dejó escuchar una horrísona carcajada, que la final sonó lo mismo que el relinchar de un caballo llenó los ámbitos de la  habitación. El fraile cayó de rodillas formulando algunas jaculatorias y la espantable aparición se desvaneció en el aire, dejando un repugnante hedor a azufre y muerte, después volvióse enseguida hacia doña Teresa, quien aún con la mirada fija en aquel rincón, acababa de expirar, el franciscano cerró los ojos de la muerta y le cubrió piadosamente el rostro, arrodillándose poco después para rezarle algunos responsos.
Más tarde salió de ahí y se dirigió a su convento de San Francisco para reparar algunas cosas, le pidió a San Francisco de Asís le ayudara a derrotar al demonio, y en seguida alargó las manos y despojó la sagrada imagen del cordón que le ceñía la túnica, asimismo se proveyó de un cirio y una botella de agua bendita. Las campanas del convento daban ya el toque de ánimas cuando el piadoso varón se aventuró a lo largo de la calle de San Francisco; cuando llegó a la Plaza Mayor se detuvo indeciso sin saber qué rumbo tomar, decidió cruzar dicha plaza, y fue entonces cuando a sus oídos llegó el claro relinchar de un caballo. El religioso se volvió sobre sí mismo y se plantó ante la infernal bestia, que cruzaba la plaza en ese momento, los ojos del animal parecían  lanzar llamaradas de fuego sobre el rostro del fraile, quien permaneció impasible con sus armas en la mano; el caballo volvió a encabritarse, y el sacerdote, enarbolando el cordón de San Francisco, lo lanzó hacia su cuello. La bestia  lanzó un chillado que despertó a todos los habitantes de las inmediaciones y el fraile, sacando fuerzas de la fe, logró montarse sobre él.
Los habitantes de la ciudad de México del años de 1636 no olvidarían jamás el dantesco espectáculo que se presentó ante sus ojos aquella noche memorable. El franciscano, sin dejar de formular sus jaculatorias, rociaba de agua bendita las crines del animal, que daba horribles respingos tratando de librarse de sus jinetes; la lucha fue cediendo, la bestia dobló las patas, y lanzando un horrible relincho, se desplomó al fin.
Los testigos de aquel escalofriante suceso se aproximaron hacia donde el piadoso franciscano se incorporaba ya, aun murmurando sus oraciones; de entre la gente que rodeaba la escena, de pronto alguien exclamó que la bestia estaba desapareciendo, y ante los ojos de todos tuvo lugar un hecho sorprendente: el caballo sufrió un espantosa transformación hasta dejar al descubierto un cadáver descarnado y putrefacto. Los presentes retrocedieron asustados y no faltó quien reconociera aquellos restos descompuestos, que pertenecían a don Jesús María de Alcocer y Quiroz.
Aquel prodigio dejó perplejos a funcionarios civiles y eclesiásticos de la colonia, quienes dispusieron abrir la tumba del comendador, el ataúd fue abierto en presencia de todos, encontrándolo vacío; en toda la caja se apreciaban huellas de cascos de caballo, con lo que no quedó duda de que le jinete de aquella bestia infernal, era el propio comendador Alcocer.
El suceso fue celosamente guardado  en secreto por algún tiempo, pues el virrey Cadereita no quiso que se comentara demasiado el fin de don Jesús María; sin embargo en las actas del convento de San Francisco y de Santo Domingo, se consignó el extraordinario prodigio del caballo del comendador. Las casa visitadas por la bestia infernal quedaron selladas y abandonadas para siempre, hasta que se ordenó su demolición; sin embargo a mediados del siglo pasado, se supo de una persona que al transitar por aquellas calles  escuchó algo así como el espectral galopar de un caballo. ¿Habrá sido su imaginación, o aun vagará por ahí el caballo del comendador?

domingo, 18 de noviembre de 2012

El Caporal (Leyenda de Puebla)


En la hermosa ciudad de Puebla, se cuenta que existía una hacienda muy famosa y reconocida en todos los alrededores, cuyo propietario era un hombre malvado y cruel, ya que para malos tratos con sus trabajadores no se tocaba el corazón. Todos los días, a primera hora de la mañana, don Manuel Romero recorría caballo su hacienda para observar cómo trabajaban sus peones.
Un buen día, llegó a aquellos lugares un muchacho en busca de trabajo, joven y fuerte aun; don Manuel al ver que tenía un físico para aguantar el trabajo duro, lo contrató pensando que este hombre sería por demás muy eficiente. Pablo, pero en nombre del muchacho, cumplirá su deber a la perfección, pero aun así no dejaba de indignarle la mala situación en que se encontraban los trabajadores del hacienda, le parece injusto que personas que daban su mejor esfuerzo no recibiera un sueldo acorde con su labor, y que prácticamente no obtuviera beneficio alguno. La paga era tan pobre que los peones vivían con muchas carencias, y lo poco que ganaban sólo podían gastarlo en las tiendas de raya, lugares dedicados exclusivamente a venderles a los campesinos. Los trabajadores de la hacienda al descubrir que aquellos productos se les vendían a precio de oro y que en otros lados eran mucho más baratos, se inconformaron aun más con sus patrones; además los lugares donde habitaban y trabajaban, eran insalubres y ni siquiera contaban con un médico, el muchacho observaba las pésimas condiciones de trabajo, y eso lo hacía enojar mucho, pero lo que más le podía era el hambre que padecía la gente.
Cierto día, Pablo decidió entrar a la tienda de raya y robar algunos panes para dárselos a la familia más pobre del lugar, y aunque sus intenciones fueron buenas, el rumor no dejó de llegar a oídos del dueño de la hacienda, que lo consideró una traición por parte de su empleado. Don Manuel Diego inmediatamente la choza de los campesinos, en donde encontró los panes, y con toda su furia lo aventó contra la pared, acto seguido tomó del brazo al padre de la familia y le exigió que le dijera quién le había dado los panes, sin embargo el hombre asustado no se atrevía a denunciar a su benefactor y no soltó ni una palabra; encolerizado en su patrón, lo arroja contra la pared para hacerlo confesar, después le da una golpiza, y sin sacarle palabra alguna, su víctima cae al piso sin vida.
En ese momento llega Pablo, quién le dice con voz fuerte y decidida que él había sido el ladrón de los panes, la primera reacción del patrón fue golpearlo, cosa que hizo de una forma brutal; luego lo mando amarrar para aplicar el castigo que había considerado más conveniente para el muchacho; juzgó que un desacato de tal magnitud ponía en riesgo el orden de su hacienda, por lo que debía de castigar de manera ejemplar al jovenzuelo, por lo que una vez que lo tuvo bien atado, saco un machete afilado y de un golpe le cercenó la mano, el pobre Pablo emitió los terribles gritos que se pudieron oír hasta los lugares más recónditos del sitio. Para no despertar sospechas, don Manuel les dijo a los trabajadores que habían corrido al muchacho del hacienda, pero lo que realmente pasó es que lo habían llevado a un llano lejano, en donde fue asesinado; así el cuerpo quedó enterrado en aquel lugar y su mano perdida en la hacienda.
Transcurrieron seis años después de aquellos cruentos hechos, sucedió que un día don Manuel abrió uno de los cajones de su escritorio, observando con terror y sorpresa como una mano salía disparada de ahí; en un arranque de histeria, y por miedo a que se pudiera escapar, el patrón ordenó a los trabajadores que encerraran aquella parte del cuerpo en una caja de madera completamente sellada con candados y cadenas. Este incidente dejó muy mal a don Manuel, su palidez y preocupación no delataban; desde aquel día le era casi imposible conciliar el sueño, y cuando lo lograba, las pesadillas atormentaban para despertarlo una y otra vez. Esto comenzó ocurrirle todas las noches desde el hallazgo de la mano, y siguió hasta el último día de su vida,
Para todos era muy extraño que don Manuel no hubiera salido montado en su caballo a observar a los trabajadores, por tal motivo comenzaron a sospechar que algo andaba mal; además de que un olor pestilente, de putrefacto, salía de la casa, por lo que se atrevieron a ingresar en ella, ya que tampoco habían percibido ruido alguno. Tres días habían pasado sin saber nada del patrón, hasta que un grupo de trabajadores decidieron investigar y cuál no fue su sorpresa al encontrarlo muerto en su cama con marcas de estrangulamientos en su cuello, y con una mano cercenado a su lado. La gente lo atribuyó a que fue una venganza por la cruel muerte de Pablo, aquel muchacho valiente que se atreviera a enfrentar al patrón el retablo por las injusticias cometidas contra todos sus trabajadores.

Coplas populares de la Revolución Constitucionalista

Deja de arar campesino

Deja de arar campesino,
echa los bueyes al monte,
quema el arado de palo
y quedas igual de pobre.

Ya no asegundes la milpa
ni cultives la esperanza,
que de todos los elotes
a ti no te toca nada.

Campesino, campesino,
ya se va a venir la pizca,
mejor entierra la hoz
para no cortar la milpa.

Ya no hagas tú la cosecha
para que suba el patrón,
la tierra es para los hombres
como para el mundo del sol.

Ay, que malo es el patrón

Ay, qué malo es el patrón,
tiene el alma sanguinaria,
pues cree que somos nosotros
como cualquier maquinaria.

Nos echa tantito aceite
y nos pone a trabajar
y no sabe que nosotros
también queremos gozar.

El cree que con la comida
ya nos quedamos contentos
y que no nos damos cuenta
que estamos sudando pesos.

Y cuando no se faltamos
de tantas explotaciones
y reclamamos derechos,
dicen que somos ladrones.

Ay, qué cruel es del patrón
para los trabajadores,
más ya le demostraremos
lo que podemos los pobres.

Nos roban a nuestras hijas,
la echan a la desgracia
y les niegan a sus hijos
cuando se viene la crianza.

Si la muchacha es bonita
la agarra el patrón para él
y luego que ya le enfada
nomás la avienta al burdel.

Y tantas barbaridades
no piensan que uno las siente,
¡anden ricos desgraciados,
ya probarán mi machete!

Compañeros, a la lucha,
ya es tiempo de combatir,
vamos a ver de cual leño
más rajas pueden salir.



jueves, 15 de noviembre de 2012

La leyenda de la Llorona (Parte 2)

Una de las leyendas más populares de nuestro México, y que ha roto las barreras del tiempo, es sin duda alguna, la Llorona; de la que se deprendieron muchas versiones con el paso de los siglos, y dependiendo también la región de que se tratara. En la segunda parte de este video, podremos ver sobre la trama de este leyenda, y como fue una importante fuente de inspiración para algunos filmes cinematográficos.

domingo, 11 de noviembre de 2012

México en 1906: Tacuba, Santa Clara y San Andrés


Nuestra ciudad cambia y evoluciona constantemente todos los días, un día vemos un edifico, y al otro día ya no está o ha cambiado su uso. Pero ahora vamos a regresar un siglo en el tiempo para ver cómo era la ciudad en el año de 1906, época en que don Porfirio Díaz era presidente.  Toda la información que aquí podrás leer, fue extraída del libro “Ciudad de México. Breve guía Ilustrada”, editada en el año de 1906.
¿Sabías que en aquel año la ciudad contaba con solamente 400,000 habitantes?
La antigua calzada de Tlacopan comunicaba  a la ciudad por el Oeste, con el histórico pueblo de ese nombre, hoy Tacuba. Hoy la calzada está convertida en avenida de gran tráfico, que empieza desde Empedradillo, al costado poniente de la Catedral, y concluye en la esquina de las calles de Manrique y San José el Real. Siguiendo hacia el citado rumbo Poniente, se hallan diversos puntos y edificios notables que se irán mencionando más adelante.
La calle de Santa Clara, continuación occidental de la de Tacuba, lleva este nombre por el convento de monjas clarisas que a la fecha casi ha desaparecido por construirse sobre sus cimientos casas particulares, quedando únicamente en pie la iglesia de una sola nave y sin detalles notables. En el lugar donde estuvo dicho convento, años más tarde fue construido para el centenario de la Independencia el Palacio de Bellas Artes.

Escuela Nacional de Ingenieros
Adelante, en la calle de San Andrés, se levanta el espléndido edificio de la Escuela Nacional de Ingenieros, antiguo Colegio de Minería, de arquitectura suntuosa, obra del distinguido arquitecto español don Manuel Tolsá, el mismo artífice que proyectó y vació de un solo lance la Estatua Ecuestre de Carlos IV.
En esta escuela se cursan las carreras de Ensayador Beneficiador de Metales, de Ingeniero Topógrafo, Electricista, Industrial, Civil, de Minas, Geógrafo, etc.; cuenta con magníficos laboratorios y gabinetes, con ricas colecciones de mineralogía y paleontología, ente las cuales destaca la de piedras meteóricas instaladas en el vestíbulo y al pie de la escalera del edificio.
En la esquina de este mismo Palacio que da hacia el callejón de Betlemitas, así denominado por otro viejo convento, se encuentra el Ministerio de Fomento, Colonización e Industria, y en el propio callejón, en edificio muy moderno, se hallan instalados los talleres tipográficos de dicho Ministerio; la Comisión de Parasitología Agrícola, sumamente útil por sus trabajos prácticos y muy bien dotada; la Oficina de Patentes de Investigación y Marcas de Fábrica, y la Oficina de Pesas y Medidas. El Sistema Métrico Decimal, es obligatorio y el único legal en toda la República, según ley de 6 de junio de 1905.


El Nuevo Correo
Al costado Poniente de Minería se encontraba la fábrica colonial del Ex hospital de Terceros que fue derribado para edificar en su lugar el Nuevo Correo, de aspecto grandioso y original arquitectura, proyectado por el artista italiano Adamo Boari. Este edificio está terminado, pero aún no se inaugura. El Presidente de la República colocó solemnemente la primera piedra. Forma esquina con  la antigua calle de Santa Isabel que, al reconstruirse Tenochtitlán, como Capital de Nueva España, formó el límite Poniente de la llamada traza; de suerte que quedaba a orillas de la Capital, y hoy se encuentra sensiblemente colocado en el centro topográfico de ésta.   

El Nuevo Teatro Nacional
En terrenos del que fue convento de monjas de Santa Isabel, de la iglesia de este nombre, por el Puente de San Francisco y Mirador de la Alameda, se labran los cimientos  del que será suntuoso Teatro Nacional, en sustitución del que existió en la calle de Vergara, y que fue destruido para prolongar la Avenida del Cinco de Mayo hasta este sitio. El proyecto es del arquitecto Adamo Boari. La estructura de acero está armándose ya; y el Coliseo levantará su mole de mármol dando frente al Puente de San Francisco, enteramente aislado entre el Nuevo Correo y el parque de la Alameda.
La calle de Santa Isabel conduce: hacia el Norte, al Teatro Circo Orrín, y al Sur, a San Francisco, San Juan de Letrán, Independencia, etc.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Misa macabra en el panteón de Saucito (Sucedió en San Luis Potosí)


De las ciudades de más sabor colonial, en América destaca San Luis Potosí; y al igual que la antigua capital de la Nueva España, es pródiga en leyendas y sucedidos. Macabra es esta leyenda potosina, que nos habla de misa oficiada y presenciada por espectros, teniendo como escenario el conocido cementerio de El Saucito.
Aún hay gentes en San Luis que recuerdan la cadena de hechos sobrenaturales que rodean este sucedido, y esto nos da pauta para iniciar el relato. La escena macabra mencionada, al parecer la vio  por penúltima vez en 1909 consuelo Meléndez viuda de Hinojosa; se sabe que alguien más la presenció, pero no vivió para contarlo. Con los ojos desorbitados por el miedo y sintiéndose desfallecer, la señora Meléndez logra llegar al centro de la ciudad y llamar desaforadamente ante la puerta de la casa del señor cura Antonio Cabañas; lo inoportuno de la hora y el estado de cosas de la época, hace que el cura tome tiempo y precauciones antes de abrir, al ingresar a la vivienda la mujer, le contó al religioso las macabras apariciones que había presenciado hace unos momentos. Curiosa la señora le pregunta de dónde surgieron los espectros, el cura  le contesta que estos sucedidos se remontan a la época de la Colonia, y decide contarle el origen de aquellas misas. Sentémonos y escuchemos ahora el relato del señor cura.
Este sucedido comienza en la entonces capital de Nueva España. Estamos en el segundo tercio del siglo XVI; de España había llegado en un maduro caballero llamado don Rodrigo de Quevedo y Coronado, con una cédula real que ordenaba se le debiese la mejor encomienda. el virreinato trataba de un millar a los descendientes de Cortés y por eso la encomienda que correspondía a Martín Cortés, se le dio a don Rodrigo. al caballero le parecía poco y creyéndose el mismo rey de España, exigía más y más; así era él, inconforme, y cada vez que alguien le preguntaba acerca de la encomienda, lo único que hacía era quejarse de todo el tiempo, acusando a sus esclavos del ladrones, patanes y haraganes.
Las condiciones en que trabajaban los indígenas en la encomienda de don Rodrigo, eran miserables e inhumanas, todo esto por su afán de enriquecerse  más rápidamente como lo había prometido al rey de España; y cada vez que el capataz le rendía cuentas del producto de su encomienda, estallaba el cólera, recortando cada vez más los gastos y matando de hambre a los esclavos. Los  pobres infelices en esas condiciones caían agotados sobre los surcos; y en esos momentos aparece la siniestra figura de don Rodrigo tiene hecho una fiera, descarga una tanda de latigazos sobre aquellos inocentes; una y otra vez cae el látigo sobre las espaldas desnudas y las flácidas de aquellos infelices, hasta que el capataz decide intervenir para decirle que lo único que está azotando son cadáveres, pues aquellos hombres ya habían muerto de hambre y agotamiento.
Tantos desmanes cometió don Rodrigo, tantas injusticias y muertes, que el virrey decidió intervenir para terminar aquello, para lo que manda llamar a Palacio al ilustre conde de Montalbán, a quien le dio tan delicada misión; ambos estuvieron cambiando impresiones, y entre la plática comentaron que era necesario dotar de tierras a un descendiente de Alvarado. Sin pérdida de tiempo el conde va a casa de un don Rodrigo y habla con él, explicándole que por fin el rey le había concedido el tan anhelado potosí que tanto había deseado; sin pensarlo dos veces aceptó y hechos todos los preparativos se encamina a buscar sus anheladas tierras. Semanas después llega al valle en donde hoy se levanta la hermosa ciudad es San Luis Potosí, viendo don Rodrigo que aquellas llanuras inhóspitas de las que ha sido nombrado dueño y señor, no son las tierras veraces que soñara, pero pidiendo información se dio cuenta que el verdadero tesoro se encontraba tierra abajo: ¡yacimientos de oro y plata!
Tiempo más tarde, como una atalaya que vigilaba adusta que el feudo interminable, le fue construida al caballero una casona de buena fábrica; desde ahí salían diariamente en busca del ansiado potosí grupos de indios mandados por un español. Bajo condiciones terribles recorrían grandes distancias, en busca del mineral que ansiaba don Rodrigo; los indios aquella comarca buscaban también riqueza empleando el método de sus ancestros, que consistía en tirarse de barriga hacia dónde sale el sol, buscando entonces un vapor que debía escapar de la tierra. Cuando descubrían ese vapor casi imperceptible corrían hacia allá sin perderlo de vista, y excavaban con manos rápidas y deseosas, como si temieran que la riqueza mágica se les fuese escapar. En efecto, varias piedras de colores con que los antiguos indios fabricaban collares y adornos, brillaban al sol en las manos de los indígenas; presa de emoción, pensando en servir a su amo y ser recompensado, el español las llevó ante él aquellas piedras brillantes, pero se le cayeron las salas del corazón cuando el señor le dijo que sólo eran guijarros que no servían para nada. Conforme pasaban los días, don Rodrigo enloquecía pensando en oro, pues sus nuevos dominios casi no producían, ya que la gente la dedicaba buscar afanosamente el mineral amarillo; con el crecimiento de la ambición del caballero, igualmente la población iba en aumento, ya ella llegaron un día dos hermanos expertos gambusinos. Eran los hermanos Juan y Pablo de la Rosa, recién llegados de España en busca de fortuna, y ambos naturalmente encontraron acomodo con el hombre a quien la ambición de oro consumía; buscaron y rebuscaron un indicio del valioso metal, pero no había indicios de éste por ningún lado. Después los dos hermanos se enteraron de que los indios, arcano se extraía mineral de un antiguo socavón y deciden experimentara, pero transcurrieron los meses y los hermanos finalmente admiten su fracaso ante su tirano patrón; el español fija su mirada llena de odio y de locura en el canal que corre cerca del túnel de la mina y entonces se le ocurren una idea monstruosa: le ordena a los hermanos que ingresen a la mina y que miran cuantas varas habían excavado, ellos penetran al interior en donde hay más de 200 indios; tan pronto como han enterrado, don Rodrigo ordena a dos de sus más serviles capataces que desvíen el canal hacia la mina, y bajo la amenaza de su patrón, desvían el agua que comienza a correr a raudales al interior de la mina. En el interior las escenas de muerte y desesperación son horrorosas: gritos, ingresos y hayes lastimeros. Después del acto tan criminal, durante varios días el hombre codicioso no sale de su casona, después se debe vagar enloquecido por el valle exigiendo oro.
Conforme pasan los días, los remordimientos empiezan a clavarse en el alma seca y dura de don Rodrigo, el castigo del Señor no se deja esperar y empieza a ver aterradoras visiones; tanto crimen, tanto mal lo está pagando el soberbio señor con noches y días plagados de imágenes terribles que empiezan a hacer que pierda la razón. Cuenta la leyenda que una noche se le aparece un rey, mas no el de España, si no San Luis rey santo patrono de San Luis, entonces el reaparecido le muestra un impresionante procesión fantasmal y lo incrimina, acto seguido don Rodrigo clama, implora y ruega por que algún día el perdón le  sea otorgado. Lo que sucedió aquella noche en el alma de don Rodrigo, se vuelve conjeturas; al día siguiente se le vio vagar por las calles del poblado, y a cuanto menesteroso encontraba a su paso, fuera indígena o hispano, le llenaba las manos de oro.
Los españoles que llegaban para radicar en lo que sería San Luis Potosí, lo veían asombrados y extrañados cuando les detenía para rogarles les perdonara sus ofensas; en cuanto a leprosos y llagados que causaban repulsión de todos, don Rodrigo parecía buscarlos, no dudaba en desgarrar sus finas ropas y con ellas vendar las llagas putrefactas y espantosas. Y sucedió que un día llegó por estos lares, la dulce figura de un fraile franciscano misionero, llamado fray Benedicto de Guzmán, que de tan bueno tenía fama de Santo, y fue hasta este don Rodrigo para implorarle el perdón de sus pecados; le besa su saya polvosa t desgarrara, y besa sus pies con lobo de todos los caminos, después el fraile le impone 12 penitencias y que su confesor oficie una misa de cuerpo presente, cuando Dios le llamara al pecador a rendir cuentas.
Pero todavía tuvieron que transcurrir 24 largos años, antes de que don Rodrigo muriese. Entonces doña Soledad García Coronado, familiar del difunto, presenció la apertura del testamento del muerto, puesto mucho antes en manos del notario; en dicho documento tendría como última voluntad que  ciertas personas estuvieran presentes en su misa, el problema es que los hay nombrados ya estaban muertos. Con el fin de dar cumplimiento al testamento, doña Soledad viene a la capital, en donde habla con una hija de Juan de la Rosa para pedirle que asistiera a dicha misa, pero la muchacha se negó rotundamente; el segundo paso de la dama fue ir en busca del padre Ledesma, y se llevó la sorpresa de que había fallecido; después acude con el heredero del conde de Montalbán sin éxito alguno. La mujer regresa a su casa de San Luis, en donde rezagando cuenta a Dios de que hizo todo lo posible para que la misa se llevara a cabo.
Pero la voluntad de Dios es inmanente; tres años después, cuando doña soledad rezaba un rosario por el sufragio de don Rodrigo muerto tres años atrás, algo sucede: se escuchan cantos funerarios por la calle y como si la llamaran, se ve impulsada a asomarse a la ventana, y ante sus ojos aparece un cortejo fúnebre, y extrañamente aquellas personas se le hacían conocidas. Desde ese momento ya no tiene voluntad doña Soledad, y como si extrañas voces le ordenaran, se lanza en pos del cortejo; caminar deprisa pero no logra darles alcance, pero aún así les ve entrar al panteón de El Saucito, a la luz de la luna la mujer ve que se celebra una misa de difuntos, con cuerpo presente; da vuelta por entre unas tumbas para ver quién es aquella gente, y al verles el rostro descubre que son seres de ultratumba, no obstante los reconoce. Doña soledad no puede resistir aquello y se aleja con el corazón dándole tumbos, al llegar a su casa cae de rodillas y da gracias al cielo porque al fin don Rodrigo había obtenido el perdón que tanto había implorado en vida.
¿Morar en paz? ¡Eso fue lo que creyó! Mas lo sucedido a otras ramas prueban lo contrario. Veamos cómo termina el relato del sucedido del cura a la asustada dama potosina en 1909. El religioso le dice a la mujer, que Dios dispuso que aquella misa se celebre cada 100 años, y el total de estas deben sumar siete, entonces faltarían tres misas más. Faltan... faltan, pero se cree que esos hechos sobrenaturales se han repetido sin que hayan transcurrido los años necesarios. ¿Por qué? Eso sólo lo sabe el señor. Lo cierto es que en 1939 un panadero encontró muerta una mujer a las puertas del panteón de El Saucito. ¿Acaso presenció la misa macabra? ¡Y eso no es todo! En los años 60 un chofer de taxi llevó a una mujer hasta las puertas del panteón, y cuando éste trató de darle el cambio, con horror se dio cuenta de que su pasajera era un ser de ultratumba. ¿Misa es ahora, y en un panteón? No cabe duda alguna, es el fantasma iba a asistir a la misa macabra para don Rodrigo. ¿Desean averiguar la verdad? Vayamos pues a San Luis Potosí y esperemos la noche en el panteón de El Saucito... ¡si es que tenemos valor!

jueves, 18 de octubre de 2012

La leyenda de la Llorona (Parte 1)


Una de las leyendas más populares de nuestro México, y que ha roto las barreras del tiempo, es sin duda alguna, la Llorona; de la que se deprendieron muchas versiones con el paso de los siglos, y dependiendo también la región de que se tratara. En la primer parte de este video, podremos ver sobre la trama de este leyenda, y como fue una importante fuente de inspiración para algunos filmes cinematográficos.


domingo, 14 de octubre de 2012

El Paseo del Pendón

La primera disposición para solemnizar la fiesta, se remonta al 31 de julio de 1528; acordando aquel día el Cabildo, que “las fiestas de San Juan y Santiago y San Hipólito, y Nuestra Señora de Agosto se solemnice mucho, y que corran toros, y que jueguen cañas, y que todos cabalguen, los que tovieren bestias, so pena de diez pesos de oro”. El 14 de agosto del mismo año se mandaron librar y pagar cuarenta pesos  y cinco monedas de oro;  estos dineros fueron repartidos a distintos personajes para  la compra de la ornamentación, sedas, alimentos, etc.
Gracias a este acuerdo, se sabe que el Pendón que se sacaba de paseo no era el que había traído Cortés, sino otro que fue hecho nuevamente, en colores rojo y blanco; en este punto todavía no se habla del paseo, pero es de suponerse que  para este se hizo el Pendón. Al siguiente año de 1529, se estableció oficialmente esta festividad, disponiéndolo el Cabildo de la siguiente manera el 11 de agosto: “Los dichos señores ordenaron y mandaron de que aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del Señor de San Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, y que de ellos se maten dos, y que se den por amor de Dios a los monasterios y hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad de la Casa del Cabildo, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito, y allí se digan sus víspera solemnes, y se torne a traer dicho Pendón a la dicha Casa del Cabildo, y otro día se torne a llevar el dicho Pendón  en procesión a pie hasta la dicha Iglesia de San Hipólito , y llegada allí toda la gente y dicha su misa mayor, se torne  a traer el dicho Pendón hasta la Casa del Cabildo, a caballo, en el cuál dicha casa del Cabildo esté guardado el dicho Pendón, y no salga de él; y en cada año se elija el nombre de dicho Cabildo a una persona, para que saque el dicho Pendón, así para le dicho día de San Hipólito, como para otra cosa que se ofreciere.”
El día 27 del mismo mes se mandaron “librar y pagar a los trompetas doce pesos de oro, por lo que tañeron y trajeron el día de San Hipólito”. Tal vez por ser el año del estreno de las festividades, los trompetistas fueron largamente recompensados; pero  lo desquitaron al siguiente año, ya que para el 28 de agosto de 1530, el Cabildo ordenó que no se les diese cosa ninguna.
No solo en la Nueva España se celebraba el Paseo del Pendón, pues se tiene registro de que también se llevaba a cabo en otras ciudades de la Indias, especialmente el Lima el día de la Epifanía; el orden que debía llevarse durante la celebración, fue siempre materia de varias disposiciones en la Corte, con las cuáles se crearía una de las leyes de Indias. Según documentos antiguos, en México se estilaba de la siguiente manera:
La fiesta comenzó a perder su encanto allá por 1651, no importaba que los regidores echaran la casa por la ventana, simplemente ya no era lo de otros tiempos. Para darnos una idea de cómo eran estas celebraciones, vamos a conocer la descripción de fray Diego de Valdés, en la parte IV, capítulo 23, de su Retórica Cristiana, que años después escribiera en Roma en el año de 1578: “En el año de 1521,  un 13 de agosto fue la caída de la gran Tenochtitlán, los españoles para recordar ésta feliz hazaña y su victoria, los ciudadanos comenzaron a festejar llevando en procesión el pendón con el que se había ganado la ciudad; saliendo de la casa de Cabildo y terminaban en el templo de San Hipólito. Aquel día todo era algarabía y celebración de múltiples espectáculos festivos, como las corridas de toros. Toda la nobleza aprovechaba aquel día para lucir sus telas más finas y sus joyas más costosas. En la procesión participaban los personajes más importantes de la época, caminando en estricto orden jerárquico: hasta adelante iba el virrey, después los oidores, regidores y alguaciles; todo ellos acompañados de caballería ostentando carísimas galas, llegan a San Hipólito en donde el arzobispo y el Cabildo loes esperan con los hermosos cantos de los órganos, las trompetas, chirimías, sacabuches y todo género de instrumentos musicales. Acabando esta ceremonia, el virrey y sus acompañantes vuelven a sus residencias y el Pendón es depositado en la Casa de Cabildo.  Al día siguiente vuelven todos los asistentes  a dicha iglesia, donde el arzobispo celebra la misa, ahí se predica el sermón y oración para exhortar al pueblo para dar gracias a Dios, por haberles concedido la victoria a los españoles en donde tanta sangre fue derramada. El Pendón regresa nuevamente a su morada y… ¡la fiesta comienza!
En la víspera y día de San Hipólito se adornaban las plazas y calles desde el Palacio, hasta el templo, yendo por la calle de Tacuba, y por las calles de San Francisco, todo el camino se podía ver lleno de arcos triunfales de ramos y flores, algunos sencillos y otros más con tablados y capiteles con altares e imágenes, capillas de cantores y ministriles. Los vecinos colgaban en las ventanas las más vistosas, ricas y majestuosas colgaduras. Para el paseo, la nobleza y caballería sacaba hermosísimos caballos, ataviados con costosísimos enjaezados; todos los ahí presentes aprovechaban este paseo para presumir a todos los ahí presentes sus mejores y más caras pertenencias.
El recorrido era amenizado por el alegre repique de las campanas de las iglesias, que seguían las de la Catedral; aunque a veces se veía opacado por las lluvias, pues recordemos del mes de octubre es todavía tiempo de aguas; cuando los asistentes sean sorprendidos por este fenómeno natural, se refugiaban los primeros zaguanes que encontraran abiertos hasta que la tormenta hubiese pasado, después continuaban su camino. Apenas se enteró el rey, expidió en el acto una cédula, en la que prohibía que tal cosa se hiciera, sino que a pesar de la lluvia continuase adelante la procesión, y así se cumplió.
Por ser muy grandes los gastos que la fiesta ocasionaba al regimiento encargado de llevar el pendón, la ciudad de ayudaba con tres mil pesos.  Con el paso del tiempo esta conmemoración fue perdiendo su encanto, y por tal motivo en el año de 1745 el virrey, por orden de la corte, hubo de imponer una multa de quinientos pesos a todo caballero que siendo invitado dejase de concurrir sin causa justa. La ceremonia, que en sus inicios fue muy lucida, vino después a ser ridícula, cuando  el paseo se hacía ya en coches y no a caballo, y el Pendón iba asomado por una de las portezuelas del coche del virrey.
Finalmente las Cortes de España decidieron abolirla por decreto el 7 enero 1812, y la fiesta de San Hipólito se redujo a que el virrey, audiencia y autoridades asistieran a la Iglesia como en cualquier otra función ordinaria; está por demás decir que esta última parte cesó con la Independencia.