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domingo, 29 de noviembre de 2015

La Navidad en las Montañas


I
El sol se ocultaba ya: las nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse un momento entre los obscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosamente de las agudas copas de los abetos e iban por último a envolver la soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habían desafiado ahí durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjeaban de oro y de púrpura estos enormes turbantes formados por la niebla, parecían incendiar las nubes agrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas del remoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras ya invadidas por la sombra, y desaparecían después de iluminar con su última caricia la obscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros del día anunciaban por donde quiera la proximidad del silencio. A lo lejos, en los valles, en las faldas de las colinas, a las orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas las vacadas, los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en busca de sus ocultas guaridas; las aves habían entonado ya sus himnos de la tarde, y descansaban en su lechos de ramas; en las rosas se encendía la alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba a agitarse entre las hojas.
II
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, en decir, que pronto la Noche de Navidad cubriría nuestro hemisferio con su sombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus alegrías íntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año, en su infancia, la poética leyenda del Nacimiento de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los primeros días de la vida?
Yo, ¡ay de mi!, al pensar que me hallaba en este día solemne en medio del silencio de aquellos bosques majestosos, aun en presencia del magnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo mis sentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimación de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa meditación, y encerrarme en un religioso recogimiento, evoqué todas las dulces y tiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegres como un enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otros tiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa, ora al centro de populares ciudades, donde el amor, la amistad y el placer, en delicioso concierto, habían hecho siempre grata para mi corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantes celebran a porfía con bailes, cantos y modestos banquetes del Nochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas por Nacimientos y animadas por la alegría de la familia; recordaba la pequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso Belem, curiosamente levantado en el altar mayor; parecíame oír los armoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido, convocando a los fieles a la misa de gallo, y aun escuchaba con el corazón palpitante, la dulce voz de mi pobre y virtuoso padre, excitándonos a mis hermanos y a mi a arreglarnos pronto para irnos a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buena y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio. Después me parecía llegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde nave, avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme, admirando la hermosura de las imágenes, el portal resplandeciente con la escarcha, el semblante risueño de los pastores, el lujo deslumbrante de los Reyes Magos, y la iluminación espléndida del altar. Aspiraba con delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de pino y del heno que se enredaba en ellas, que cubrían el barandal del presbiterio y que ocultabas el pie de los blandones. Venía después aparecer al sacerdote revestido con su alba bordada, con su casulla de brocado, y seguido de los acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimos. Y luego, la voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotos murmullos del concurso, cuando comenzaban a ascender las primeras columnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árboles de mis bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como el perfume de la infancia, resonaban todavía en mis oídos los alegrísimos sones populares con que los tañedores de arpas, de mandolinas y de flautas, saludaban el nacimiento del Salvador. El Gloria in excelsis, ese cántico que la religión cristiana poéticamente supone entonado por ángeles y por niños, acompañado por alegres repiques, por el ruido de los petardos y por la fresca voz de los muchachos del coro, parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de mi madre, que lloraba de emoción, de mis hermanitos que reían, y de mi padre, cuyo semblante severo y triste, parecía iluminado por la piedad religiosa.
IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO

domingo, 14 de diciembre de 2014

Las pastorelas

Los teatros daban funciones alusivas a la solemnidad del nacimiento de Jesús, y entre ellas las más populares eran las Pastorelas, cuyo fin y carácter revelo en la siguiente descripción.
La Pastorela da principio con un famoso Conciliábulo. Al alzarse el telón aparece en uno de los antros del infierno Luzbel, cuyo vestido es como sigue: camiseta y calzón de malla color de carne, con zapatilla negra bordada de lentejuela; tonelete de mangas perdidas, con forro rojo y adornado de cintas del mismo color y brichos de oro, ceñida la cabeza con corona de laurel. Preséntase triste y apenado por la próxima venida al mundo del Mesías, y medita en los medios que para vengarse ha de poner en juego a fin de perder al hombre, oponiéndose al decreto divino de su redención. Los improperios salen de su boca, y para llevar a cabo sus designios, con acento iracundo llama al Pecado, furia infernal que ha de prestarle eficaz ayuda. Este diablo sale por escotillón, diciendo con toda arrogancia: -¿Quién me llama?- Y responde Luzbel: -Tu príncipe señor. Enseguida disponen su plan de operaciones, mas como para realizarla, engañando al hombre, necesitan de la Astucia, demonio de tonelete y corona como los otros, sale al llamado de Luzbel, de entre los bastidores que figuran, con el telón de fondo, las lóbregas cavernas del infierno, haciendo igual pregunta que el Pecado y recibiendo idéntica respuesta.
Animado Luzbel, por las exhortaciones y baladronadas de sus compañeros, se enfurece y amenaza al cielo, haciéndole aquellos coro. Cuando la exaltación está en toda su fuerza, gran cantidad de cohetes chisperos, encendidos entre las bambalinas, arrojan una copiosa y persistente lluvia de fuego; los diablos van y vienen levantando los brazos y lanzando sus amenazas con voz iracunda, como quienes van a comerse al mundo, hasta que ya fatigados, agotada la pólvora y terminada a tiempo la perorata, cae el telón dando fin al Conciliábulo, cuyas infernales escenas, para mayor persuasión, dejan apestando a azufre todo el recinto del teatro.
A esta furiosa tempestad de fingidas pasiones y del arte pirotécnico, síguese en los demás actos el desarrollo de la pastorela, cuyos caracteres principales son: la calmuda sencillez de los pastores, vestidos a la usanza de los Elvinos y Nemorinos de las Operas; las desavenencias y riñas domésticas de Bato y Gila; las sandeces de Bato y Bras, tan perseguidos por la saña de Luzbel; la aparición del Arcángel San Gabriel a los pastores para anunciarles el nacimiento del Mesías, en los momentos en que, sentados en rueda, platican y cenan a mandíbulas batiente, y la gran contienda sostenida por los tres arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael contra Luzbel, el Pecado y la Astucia.
Después de muchos dimes y diretes, los batalladores, ya con el colmo de la exaltación, acaban por desnudar las espadas y empieza la lid, más no en silencio, sino acompañando a los golpes de los aceros las fanfarrón nadas propias de los valientes callejeros, excepción hecha de las palabras malsonantes, hasta que al escucharse el grito de Miguel: -¿Quién como Dios, bestia fiera?, Caen desplomados los tres diablos a los pies, respectivamente, de los arcángeles sus vencedores. Aquellos, humillados, desaparecen al fin por escotillones, a tiempo que la música y el canto de los pastores que se escuchan a lo lejos, celebran el triunfo alcanzado contra el infierno. Libres ya los pastores de las asechanzas del demonio se dirigen al portal de Belén para decir requiebros y ofrecer sus dones al recién nacido.
Yo también, de niño, fui actor en uno de esos coloquios, pues era costumbre que las familias los representaran en teatros caseros y algunas veces en teatrillos alquilados. Una tía lejana que en una pastorela desempeñaba el papel de Ardelia, me tomó por su cuenta: púsome un lujoso vestido de respingo, medias de seda y sandalias de raso con sus ligas correspondientes; ajustóme unas alas de hojadelata, sobre las que caía recogido un manto de seda verde y sobre mi rizado pelo colocó una diadema adornada de piedras, al parecer preciosas, la que terminaba con una airosa pluma, también verde; y de esta manera en un abrir y cerrar de ojos me convirtió en el arcángel Gabriel. Ensayado bien mi papel que no era otro que el de anunciar a los pastores la buena nueva y la de dar mandobles a diestra y siniestra y tener por algún tiempo humillado bajo un pie al demonio de la Astucia, di con todos los de la comparsa en el teatrillo conocido con el prosaico nombre de Pambazo, o de casas y baños de Murguía, calle del Puente Quebrado. Figúrate, caro lector, mis apuros al actuar ante un público escogido, como era de invitación, en el momento en que asentado mi pie izquierdo en el tablado y hollando con el derecho el cuerpo hercúleo de la Astucia, a la vez que tenía que tomar la actitud del vencedor, sosteniendo en alto la espada triunfadora. Las contorsiones de aquel diablo blasfemo, cegado por la cólera, no me permitían guardar el cuerpo en equilibrio y poco faltó para que viniese a tierra mi celestial persona; sin embargo, mantúveme firme a costa de mil esfuerzos.
Tales eran las famosas pastorelas que, si no han desaparecido, del todo, de nuestros hábitos, han perdido mucho de su antiguo carácter.
También era costumbre de los teatros en aquellos tiempos, poner en escena, en tiempo de Navidad, la pieza titulada: El mayor contrario amigo, o el Diablo Predicador, cuyo protagonista, el lego, Fray Antolín, era caracterizado, unas veces por la festiva María Cañete que vino a México siendo casi una niña, y otras por Antonio Castro, ambos de muchísimo gracejo.
Cuando sea tiempo y haya Posadas caseritas, cuidaré, amable lector de llevarte a ellas.

FUENTE

El libro de mis recuerdos. Antonio García Cubas

domingo, 25 de diciembre de 2011

Una historia de Navidad


En San Luis Potosí, así como en  otras regiones, los niños escriben emocionados su cartita al viejito regordete y bondadoso de las barbas blancas, que algunos le dicen Santiclos, Santa Claus, Santita, o simplemente Santa. La tradición de pedir juguetes es más bien para los Reyes Magos,  pero el 24 de diciembre es una fiesta que en la mayoría de las ocasiones solo es de juguetes.
Ya que sabemos en qué momento nos encontramos, llegó de la hora de conocer esta escalofriante historia que ocurre en estos fríos tan crudos, o como la gente de esta ciudad le dice “frío matacabras”.
Nos encontramos con una mujer llamada Marina, casada con un rico terrateniente, quien desde el mes octubre preparaba una gran cantidad de obsequios para repartirlos entre los que menos tenían, en especial los niños; ella no deseaba otra cosa más que ver a los infantes con una sonrisa en el rostro al recibir un juguete, o también en algunas ocasiones podían ser suéteres y cobijas.
Marina tenía muchas amistades, las cuáles al ver la labor tan noble que hacía, se ofrecieron a participar en la misma, con lo que la cantidad de regalos iba en aumento para aquella celebración tan especial. Los regalos eran llevados a la Iglesia de la Compañía, en donde los benefactores eran muy buenos amigos de los sacerdotes, quienes se encargaban de repartir los regalos.
Muy temprano por la mañana del 25 de diciembre, después de la misa de ocho, se podía como una larga fila de niños se formaba en la puerta de la iglesia, emocionados por ver que regalos les tocaban; todos se formaban muy parejitos, en perfecto orden.
Ese día todos estaban felices y jubilosos, pero el seguramente el más animado era el joven párroco, quién no cesaba de dar gracias a Marina y a Dios por brindar algo de felicidad.
Del barrio de San Miguelito venía doña Carmen, quien fuera una de las primeras en llegar con sus dos hijos, tres sobrinos y un grupo de 15 a 20 niños conocedores del evento, y que se sentían muy acompañados con aquella mujer. Un niño de nombre Pepito, proveniente del barrio de Montecillo, se encontraba ansioso esperando su turno, iba solito pues tuvo que salir a escondidas de su casa, ya que su padrastro lo regañaba y de no haberlo visto en la mañana habría estallado en santa ira, debido a que lo obligaba a trabajar de mandadero en el mercado. También se encontraba Lupita de 11 años, quién por desgracia había nacido con retraso mental, lo único que hacía era imitar lo que las demás niñas hacían para esperar su regalo.
Los niños se encontraban expectantes, cuando en ese momento sale el párroco al tiempo que se escucha al unísono un grito de júbilo; acto seguido los ayudantes de la parroquia comenzaron a apilar los regalos en la puerta de la iglesia, ante las miradas ansiosas de los pequeñines.
Como en esos días hace un frío que cala hasta los huesos, el párroco sin perder tiempo comenzó a repartir los juguetes con la ayuda de los jóvenes seminaristas. La felicidad de la Navidad se hacía presente en este hermoso acto de bondad, regalando alegría e ilusión entre los muchachitos. El pequeño Pepito  dejó sorprendido al cura cuando rechazó una pelota grande y preferir un carrito, recordemos que venía a escondidas de su padrastro.
Se podían encontrar regalos  de toda clase, desde los juguetes más modestos, hasta los más caros, pero el religioso no hacía distinción alguna, solo se dedicaba a tomarlos y ponerlos en la manita de cada niño. Se podía apreciar la montaña de juguetes y era tal la cantidad, que se realizó una segunda entrega. Imagínense ¡Muchos niños nunca habían soñado con tener un solo juguete! ¡Y ahora iban a tener dos!
Poco a poco se fue vaciando el lugar, mientras el párroco, los seminaristas y doña Marina daban gracias a Dios por permitirles vivir  un año más para darles un poquito de felicidad a los infantitos. La caritativa mujer se despidió de todos los ahí presentes, y se dirigió a uno de los portales que había a un costado de la plaza, dedicándose a caminar un rato mientras el sol comenzaba a calentar el día.
Pero no paseaba por pasear, esta mujer tenía un motivo para hacerlo. No pasó mucho tiempo cuando a lo lejos vio a una niña de unos cinco o seis años de edad, que avanzaba con el rostro lleno de gusto por verla de nuevo. Esta chiquilla se trataba de nada menos que de María Rodríguez, quien nunca llegaba a la repartición de juguetes cuando estaban todos, pero siempre llegaba una hora más tarde. Mariquita, como le decía de manera cariñosa doña Marina, se acercó a ella y de la bolsa del abrigo sacó una hermosa muñeca que incluía zapatitos, lentes, bolso, entre otros accesorios más.
La niña escozó una sonrisa  y con un gesto que decía más que mil palabras,  agradeció su regalo  con una pequeña y graciosa caravana antes de dar media vuelta para regresar de donde había llegado. Marina se persignó y oró en silencio, mientras observaba como Mariquita se iba perdiendo en el paisaje.
Contenta la dama, encaminó los pasos hacia su casa.
Pero ¿Qué creen? ¡María había fallecido tres años atrás en un accidente terrible, mientras se encontraba en su casa! …pero nunca faltaba al reparto de juguetes en la Navidad.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Misas de Aguinaldo


Otras de las festividades típicas de las fechas Navideñas, eran las Misas de Aguinaldo y la Misa de Gallo, que en lagunas partes todavía se siguen celebrando, la primera por la mañana después del novenario, y la segunda a las doce de la noche del 24 de diciembre.
Las Misas de Aguinaldo han cambiado mucho a lo largo de los siglos; antiguamente la ceremonia y le templo eran víctimas de graves ultrajes, que hoy en día una sociedad civilizada como la nuestra no debe aceptar. Dichos ultrajes consistían en la música de las murgas y en los versos que se entonaban en estas, llegando en muchas ocasiones a rebasar los límites del buen comportamiento.
En la actualidad el desorden que propiciaba dicho festejo, se ha ido tomando en su justa dimensión, pues hoy vamos a la iglesia a escuchar dicha misa y una vez que llega a su fin, procedemos a regresar a nuestras casas para la tradicional cena navideña, momento ideal para que toda la familia conviva y lime asperezas. Este tema me hace recordar uno de los platillos más representativos para esta ocasión, que es el ya tan famoso Pavo Navideño. ¿Quieres saber cómo se prepara? Entonces, sigue leyendo.

RELLENO
250 gr de castañas cubiertas
300 gr de ciruelas pasas
3 o 4 manzanas de California
150 gr de mantequilla
1 pieza de pan
150 gr de azúcar
1 cucharadita de sal
2 gr de clavo en polvo
2 gr de canela en polvo
¼ de litro de jerez

PARA COCERLO
100 gr de manteca
3 cebollas con rabo
1 limón
1 litro de agua
Sal y pimienta

MODO DE PREPARACIÓN
Se deshuesan las ciruelas, se ponen a cocer en cuatro litros de agua, se agregan las manzanas mondadas en cuadritos, el vino, el azúcar, sal y todas las especias; por último el pan se parte en cuadritos y dorado en mantequilla; se deja sazonar a que quede casi seco. El pavo se limpia, se le agrega sal y pimienta, el jugo de una limón por dentro y por fuera, se rellena el estómago y el buche, se cose, se le pone la manteca, los rabos de las cebollas y cebolla rebanada; se coloca en la charola que podemos comprar en cualquier tienda de autoservicio, poniéndolo al calor solo abajo hasta estar perfectamente cocido; después se pone el calor arriba para que dore; debe estar en el horno por 2 ó 3 horas. Se sirve entero para trincharlo en la mesa, o ya partido, poniendo en el centro el relleno y las raciones alrededor.

sábado, 8 de enero de 2011

Festejo de los Reyes Magos en diferentes países


En la actualidad, los cristianos celebran las fiestas de la Epifanía el 6 de enero, en el cuál se dan por terminadas las festividades navideñas que empiezan el 25 de diciembre. En los países hispanos los tres Reyes Magos Oriente reciben cartas de los niños con los regalos que desean que les traigan la noche del 5 enero y para disfrutarlos al día siguiente. En algunos lugares la gente acostumbra dejar a los mágicos personajes, como bebidas para ellos y comida y bebida para para los animales, porque según dice la tradición es la única noche del año en que ingieren alimentos.

Pero hay otras costumbres que para nosotros no son habituales; un ejemplo es Europa Oriental en donde se bendicen las casas, y en otras ocasiones se intercambian regalos simbólicos de oro, incienso y mirra (los significados de estos elementos los puedes consultar en la publicación del 2010). En Alemania, durante la víspera de reyes, se elevan oraciones y se queman hierbas ya bendecidas, la puerta de la casa es rociada con agua bendita y por último el dueño escribe con un pedazo de tiza las letras C + M + B, junto con el año. El significado de las letras puede interpretarse de dos formas: las iniciales de Casper, Melchoir y Balthasar; la otra forma es: ChristusMansionemBenedictat (Cristo bendice estas casa).

En Austria y Bavaria, desde el 1 hasta el 6 de enero los niños se visten de reyes, y van por las casas cargando una estrella y cantando villancicos; en ocasiones también escriben las iniciales de los tres reyesen la puerta principal, para que así les traigan a sus moradores muchas bendiciones en el año que comienza, y los vecinos les “pagan” con dinero y dulces. Las donaciones antes eran enviadas a los veteranos y desempleados, ahora son destinadas para las caridades de la iglesia.

En Bélgica y Francia la familia comparte una torta que contiene una pequeña imagen del Niño Jesús, que es conocida como broadbean (haba); quien encuentre el haba es proclamado rey por el resto de las fiestasy lleva una corona de cartón que se compra junto con el cake. A veces llega a venir una reina; a esta costumbre se le conoce como sorteo de reyes.

En algunas ciudades de Italia, como en Sicilia llevan, que a las iglesias a un niño pobre de la parroquia y lo visten para que represente al Niño Jesús; cuando termina los servicios religiosos, una procesión de sacerdotes y fieles, acompañados de gaitas y cargados de regalos, devuelve el niño a su casa.

Los milaneses celebran cada 6 de enero el honor de haber guardado los cuerpos de los Tres Reyes Magos durante 6 siglos, con una parada en que los participantes van ataviados como se acostumbraba en la época medieval.

En América, durante la colonización española, el día de Reyes era un día de asueto para los esclavos, que salían a bailar a las calles al ritmo de sus tamboras; esto dio origen al nombre de Pascua de los Negros, y todavía en la actualidad ese día sigue conociéndose así en algunos países como Chile.

En Ixhuacán de los Reyes México, la celebración se lleva a cabo con bailes populares, carreras de caballos, pelas de gallos, cabalgatas y eventos deportivos, como torneos de pesca, remo, carreras de bicicletas y de motos.

En Puerto Rico, la celebración navideña más importante del año se lleva a cabo el 6 de enero; no se sabe porque la gente tiene tan arraigada la Fiesta de los Reyes Magos, aunque hay varias teorías:

1. Se asegura que un 6 de enero se llevó a cabo la primera misa en América, lo cual con el paso del tiempo pudo haber sido olvidado.

2. Es posible que proceda de una fiesta similar a la de los Diablillos, que es una celebración carnavalesca española, donde se representa el bien y el mal con diversos personajes, todo esto fue documentado por el cubano Fernando Ortiz, quien relata que esta celebración era básicamente hecha por gente de piel negra; la ocasión la aprovechaban estas personas para ir a pedir limosnas de casa en casa vestidos de diablos para no ser reconocidos.

En Colombia se entregan regalos el 25 de diciembre y el 6 de enero es día festivo, en el cuál dan por concluida la temporada Navideña con diferentes actividades, como: una fiesta en la que todos se lanzan maicena.

En algunos lugares de Venezuela se hacen representaciones teatrales, donde representan el portal de Belén con la Virgen María, San José y el Niño Jesús, acompañados por un grupo de ángeles y los Reyes cargados de regalos. La costumbre de cada año es que el día 5 de enero antes de irse a acostar, los niños ponen su zapatito con la cartita encima, ya sea debajo del árbol de navidad oen la puerta de sus habitaciones para que los Reyes depositen los presentes o dinero.

En algunos países de América Latina se acostumbra partir la famosa Rosca de Reyes, que es un pan en forma de círculo u óvalo recubierto de azúcar y pedazos de fruta; dentro de este pan se colocan unas figuritas de niño, y la tradición dice que a las personas que les toque la “suerte” de sacarlo tendrán que invitar a todos sus amigos atole y tamales, que esto se le conoce como el día de la Candelaria, que se festeja el 2 de febrero; esto marca el termino definitivo de la Navidad, y se conmemora el día en que el Niño Jesús fue presentado en el templo por sus señores padres, según lo dicta la costumbre judía.

En España la costumbre es hacer cabalgatas nocturnas, donde se pueden apreciar a los celestiales personajes desfilando con su séquito, quienes lanzan luces para los niños y les dan regalos; en la ciudad de Alicante presumen que su cabalgata es la más antigua del mundo.

En algunos centros comerciales de New York, los Reyes reciben a los niños igual que lo hace Santa Claus Macy’s, y colocan un buzón a un lado para que los infantes depositen sus cartitas.

sábado, 1 de enero de 2011

La balada del año nuevo

En la alcoba muelle, acolchonada y silenciosa, apenas se oye la blanda respiración del enfermito. Las cortinas están echadas: la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está mal o muy malo… Bebé muere…

El doctor a auscultado el blanco pecho del enfermo: con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y frunciendo el ceño, ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora, y con su pluma de oro escribe… escribe. Sólo se oye en la alcoba, como él pesado revoloteó de un moscardón, el ruido de la pluma, corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo… Bebé está malo… Bebe está muy malo… Bebé va a morir…

Clara no llora, ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribiría el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, sí Clara supiera, lo aliviaría en un solo instante! ¡Pues qué!, ¿no se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah! Los hay, sí, debe haberlos; Dios es bueno, Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados, poco les importa la honda aflicción de los amantes padres; por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; por eso Bebé, el pobre Bebe, se va a morir. Y Clara dice con llanto en los ojos.

- ¡Ah!, ¡si yo supiera!

La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina, es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida del niño, aún ser que no ha hecho mal a nadie, pero no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfumé de la casa?

Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos? – No, ya no, dice la madre, ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras el aprietan, vuelven los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor lo vence, y se queda en su cuna quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de sus cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que lo martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me matan a mí también, pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas. Lo escucho y no puedo defenderlo: ¡veo que lo están matando y lo consiento!

El niño duerme y el doctor escribe, escribe. – Dios mío, Dios mío, no quieras que se muera: mandan otra pena, otro suplicio: lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho? Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo: ¡acaso esas caricias sean las últimas! Pero el pobre enfermito estaba dormido y su mamá no quiere que despierte.

Clara lo ve, lo ve constantemente con sus grandes ojos negros y serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara el cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus brazos rechonchos, hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos, negros como los de su mamá, están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.

- ¡Dios mío, Dios mío no quiero que se muera!

Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada: Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde, Bebé no quiso corretear por el jardín, sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pide a su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde y todavía no se levanta. Ahí están a los pies de la cama, y esperándole, los botincitos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.

El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues que, ¿le ve tan malo? El lacayo corre la botica.

- ¡Doctor, doctor mi niño va a morirse!

El médico contesta en voz muy baja:

- Cálmese usted, que no despierte el niño

En este instante llega Pablo. Hace 15 minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira a la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza; el ángel rubio duerme aún en su cama: no se ha ido. Un minuto después, el niño cambio de postura, abre los ojos poco a poco, y dice con una voz que apenas suena:

- ¡Mamá! ¡Mamá!

- ¿Qué quieres mi vida? ¿Verdad que estas mejor? ¡Dime que sientes! ¡Pobrecito mío! ¡trae acá las manecitas, voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos sirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a poner qué bueno.

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca en todas partes. ¡Ahora si puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, ante secos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:

- ¡Mamá, mamá, no llores!

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca ya su turno. El es fuerte, el es hombre, él no llora. Y entretanto, el doctor que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharita de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va cubrir con su oleaje del océano.

Bebé, Bebé, vida mía. Anímate, incorpórate. Hoy es año nuevo. ¡Ven! Aquí en tu mesita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.

Sitia libias, te compraré una carretela y dos borregos blancos. ¿Quién es mejor un velocípedo? ¿Sí...? Pero ¿si te caes?

Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido…

Los ojos del enfermito se iluminaron. Se incorpora un poco, y abraza la caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.

- Mamá, mamá, yo quiero un dulce.

Clara, que está llorando a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; éste consiente y Pablo, descolgando cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos son almendra y dice:

- ¡Papá, abre la boca!

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más, besa los dedos que ponen esa almendra entre los labios, y llora, llora mucho.

Bebé vuelva a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta con sus manos, y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. Lo pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira; ya no se queja, nada más tose, y de cuando en cuando, dice con voz apenas perceptible:

- ¡Mama, mamá, no me dejes sólo!

Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! Él enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja; tose, tose. Tuercen los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira su padre diciéndole: - ¡Defiéndeme! Vuelve a cerrarlos… ¡ay! Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ¡ya está muerto!

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle:

- ¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!

MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA

domingo, 19 de diciembre de 2010

El tenedor de libros

Sentado delante de una mesa sobrecargada con grandes libros, vuelto de espaldas a la chimenea, y con medias mangas de lustrina, que le suben hasta el codo, se haya trabajando Santiago Ferlac: máquina fatalmente destinado a estampar nombre y cifras, desde la mañana hasta la noche.

Un año hace que lleva los libros de la casa Durand, percibiendo como sueldo, ciento veinticinco francos mensuales. Mezquina es la cantidad, tanto más que Santiago Ferlac tiene una hija que educar. ¡Y cuántas privaciones deberá imponerse para que ella no carezca de lo más indispensable!

En el reloj del escritorio suenan lentamente seis campanadas. Es la hora de libertad para Santiago, que se levanta y se restriega los ojos fatigados por la luz de gas, tira de las sobremangas que guarda cuidadosamente dentro de un cajón, pónese gabán y sombrero; y apoyando la mano sobre el botón del cristal, abre la puerta que le separa del almacén, el cuál es grande, espacioso.

Dependientes van y vienen de derecha a izquierda, y por todos lados: unos leen periódicos; otros, bostezando, forman gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en un abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.

De repente, todo vuelve al orden: en abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos han desaparecido, los laboriosos dependientes arreglan y acomodan las piezas de tela, que, esparcidas aquí y allá, se habían extendido, durante el día, para la venta.

Más…. ¿de donde proviene tan brusco cambio? Simplemente de que se ha oído a alguien, que sube la escalera, sonarse con estrépito. Y ese alguien, los dependientes lo saben muy bien, no puede ser sino su patrón, el señor Durand, que con el acostumbrado trompetazo, les anuncia su llegada.

Ha entrado el señor Durand, que es un hombre alto y seco, de mirada de águila.

Lanza luego, en torno suyo, una rápida ojeada de investigación, y encontrándose con Santiago, que tímidamente le da vueltas al sombrero entre dos dedos:

- ¡Hola! ¿Qué tal va la contabilidad?… le pregunta.

- Pues… bien, señor… - contesta apenas el aludido, sigue allí inmóvil, vacilando, porque tiene algo que decir y no se atreve.

Al fin, armándose de todo su valor:

- Señor… - empieza, tan quedo, como si fuera a confesar un crimen… no soy rico, usted lo sabe… ¿Tendría inconveniente en facilitarme alguna cosa a cuenta de mi mes?

El patrón, de pronto, arruga el entrecejo; pero como en el fondo es un buen hombre, al observar el aire contristado de Santiago, responde:

- No acostumbro hacer anticipos, usted lo sabe; pero, en fin, comprendo; mañana es Noche Buena, y usted necesitará fondos. Vamos, pase a la caja para que le ministren a cuenta de su mes, unos cincuenta francos; el resto de su mensualidad se le completará el día 31.

Santiago, entre mil demostraciones de agradecimiento, se adelanta hacia el ventanillo, donde le prestan en filas tres monedas de oro, las cuáles han recogido y deslizado con precaución en su viejo portamonedas. Sale por fin del almacén, saludando al patrón primero, y luego a los dependientes, sin advertir, según parece, las sonrisas irónicas que estos últimos le dirigen.

Al llegar a la calle, un frío penetrante le sacude. Súmese entonces hasta las orejas el cuello del gabán, húndese el sombrero en la cabeza, y con las manos en los bolsillos, oprimiendo cariñosamente el dicho portamonedas, se aleja a grandes pasos y lanza, de cuando en cuando, una mirada a los curiosos objetos que los aparadores están exhibiendo.

Los juguetes le atraen; uno, sobre todo. Es un escaparate inundado de luz, donde los juguetes de diversas clases se hallan reunidos en abigarrada confusión, una muñeca, blonda y rizada, con grandes ojos de esmalte, sonríe, tendiendo hacia el sus manos llenas de hojiyos.

Una alucinación le perturba. ¡Si, no cabe duda, esa muñeca se parece a su Gabriela!

Entonces se olvida de que es pobre, vehementísimos deseos le acometen de comprar aquella muñeca para ofrecérsela a su niña.

- ¡Ah… pero debe costar caro! – se dice.

Y continúa allí parado, indeciso, preguntándose si entrará ó no.

En eso, la dueña del almacén aparece en el umbral de la puerta. Es una señora ya de edad y de figura respetable y simpática.

Santiago avanza señalando con cierta cortedad a la muñeca. - ¿Podría usted, señora, informarme del precio de este juguete? – Para usted, caballero, voy a enseñárselo.

Santiago penetra en el almacén tras de la propietaria, que abre el aparador, y tomando a la preciosa rubia, consulta una etiqueta que pende de uno de los dedos.

- Veinte francos, - dice.

Pero como el semblante del modesto caballero expresa la sorpresa, la interrogada creyó conveniente añadir:

- ¡No es cara! ¡Vea usted que linda! Mueve la cabeza, cierra los ojos… Y al decir esto, se la acuesta en los brazos, para que muestre a Santiago sus párpados cerrados.

El la contempla y se figura ver a su hija dormida.

Desesperado toca, oprime el portamonedas.

- ¡No puedo, - dice al fin – no puedo, es muy cara!

Y su semblante denuncia tal dolor, que la buena señora conmovida, le pregunta:

- ¿Era para su hija de usted?

- Si, señora; y por desgracia no soy rico. Tenedor de libros en una sola casa, dispongo del tiempo necesario para trabajar en otras; y las he buscado, pero, con tan mala fortuna, que hasta hora no he podido encontrar... ¡Es bien poco los que gano! Y luego, a fin de que a la niña no le falta nada, hace mucho tiempo que llevo esta misma levita, aunque las gentes rían al verme pasar, porque eso no me preocupa. Una sola caricia suya me basta para olvidar todas esas pequeñas miserias. Con tal de que ella sea feliz, yo también lo soy. Mañana es la Noche Buena, a ella le encantan los juguetes. Oh! si, sus ojos le revelan claramente cuando salimos a paseo; nada dice la remonísima… porque es tan razonable… con sus ocho años. ¡Si usted viera lo bien que se da cuenta de nuestra situación…! Al pasar por aquí, y ver esta muñeca que tanto se le parece, he sentido así, de pronto, no se porque, el vivo deseo de comprarla. Ahora, si usted pudiera rebajar algo del precio que me ha pedido, yo señora… al cabo, la compraría, porque no quiero haber molestado a usted inútilmente.

La señora enternecida escuchaba:

- Tómela usted – acabó por decirle, con voz segura; - se la dejaré al precio de costo, doce francos; pero no lo diga a nadie.

Y sin esperar respuesta, continuó:

Además, todo podrá arreglarse bien, usted, según me ha informado, es tenedor de libros, y yo, precisamente, deseaba uno. Hasta ahora yo misma me ocupaba de los papeles de la casa, pero como voy haciéndome vieja, tengo necesidad de alguien para labores. Venga usted, pues, a desempeñarlas, tan pronto como pueda, y tráigame a su hijita: yo adoro a los niños, por consiguiente, tendré un verdadero placer en conocerla… ¡Ah! Olvidaba decirle a usted que le pagaré ciento cincuenta francos al mes.

- ¡Ciento cincuenta francos! – repetía gozoso Ferlac.

- ¡Dios mío! ¡Eso junto con lo que gano ya, la riqueza!... ¡Oh, señora, que buena, cuan buena es usted! Y Santiago Ferlac rompió a llorar como un niño.

Entre tanto, el almacén se llenaba de gente, y el partió llevándose a su muñueca.

Momentos después sintiéndose verdaderamente feliz, llegaba a su casa.

Al entrar, una niña encantadora, de ocho años, corrió al encuentro, abrazándole y besándole cariñosamente.

- ¿Por qué vuelves tan tarde?

Más como desde luego fijara con seriedad sus grandes ojos en el paquete que traía su padre, éste le dijo sonriente:

- ¡Mira, mi Gabriela, mira lo que el niño Dios me ha enviado para ti!

Ella desenvolvió el paquete: acostada dentro de una caja forrada de seda, apareció la muñeca.

Y no pudo más, pero en sus ojos brilló una perla, una lágrima.

- ¡Ah padre! – exclamó.

Verdad era, pues, aquella niña comprendía.

A poco, rodeando con sus brazos el cuello de Santiago, y entre inflexiones de voz, a cuál más tiernas:

- ¡Cuánto me quieres! – dijo… -Pero yo también te quiero mucho, ¿eh? ¡mucho!

Estático ante la inmensa alegría de su hija, Santiago Ferlac olvidaba todo. De súbito se acordó:

- Oye Gabriela, vamos a ser ricos.

Y sentándose y poniéndola sobre sus rodillas, le contó lo bueno que había sido para con ellos el Niño Dios.

domingo, 3 de enero de 2010

Los Reyes Magos


Dice la historia, que cuando nació Jesús una estrella apareció en el cielo y guió a los Reyes Magos a Belén. No se sabe a ciencia cierta cuantos Reyes eran, los orientales dicen que son 12 y los occidentales 3 ¿Quién tiene la razón?; la historia cristiana tampoco tiene un número exacto: una pintura de Pedro y Marcelino ubicada en el cementerio de estos santos, en Roma muestra dos; y otra que se encuentra en el Museo Lateranense en el Vaticano, aparecen tres; y en un cuadro del cementerio de Domitilla aparecen cuatro; incluso hay fuentes que hay más de 100.
Al inicio de su historio estos personajes no tenían nombres, ni tampoco se les decía Reyes, eran llamadas sabios ó magos, porque eran consideradas personas muy educadas, astrólogos y eruditos capaces de interpretar los sueños y controlar los demonios. La leyenda dice que practicaban la religión de Zoroastro, quien era un profeta que vivió cinco siglos antes de Cristo.
La versión occidental dice que fueron bautizados por Santo Tomás, incluso que llegaron a ser obispos y se dedicaban a predicar el cristianismo; dice una leyenda que en la parte final de sus vidas se encontraban en época de Navidad, siguieron la estrella de Belén como lo hacían cada año y murieron con pocos días de diferencia unos de otros. Se dice que sus restos descansan en la Catedral de Colonia, en Alemania, en ataúd de plata dorada con incrustaciones de piedras preciosas, decorado con imágenes de los Profetas del Viejo Testamento y los 12 apóstoles. Los cuerpos fueron entregados a la madre del Emperador Constantino el Grande, Santa Elena, durante un viaje a Palestina y Tierra Santa en el siglo IV DC, la mujer llevó los restos a la Iglesia de Santa Sofía, en Constantinopla. El siglo siguiente (V), fueron llevados a Milán, y en 1164 fueron enviados al arzobispo de Colonia. Pero esos restos ¿eran realmente de los famosos Reyes Magos?
Marco Polo asegura en su libro de viajes que no, pues dice el que visitó sus tumbas en Persia; este viajero anduvo indagando sobre los orígenes de los Reyes Magos y esto fue lo que averiguó:
Tres Reyes habían ido a adorar a un niño recién nacido, que se decía era el salvador y le llevaron diferentes tres diferentes obsequios, oro (rey terrenal), incienso (es un dios) y mirra (un sanador); dependiendo de con cuál se quedara es lo que aquel niño iba a ser, al final se quedó con los tres presentes. A cambio los Reyes recibieron de Jesús un cofre con un piedra como símbolo de que debían mantenerse firmes en la fe que habían recibido de el.
Ya para el siglo III eran conocidos como “los Reyes cargados de regalos”; y serían bautizados en la Edad Media con los nombres que conocemos actualmente: Melchor, Gaspar y Baltasar. Pasaron unos cuantos siglos, nos ubicaremos en el siglo VIII que cuando un autor eclesiástico llamado San Bede, hace las primeras descripciones de cada Rey Mago; Melchor es descrito como un hombre de pelo blanco y una barba larga, quien llevó oro al niño; a Gaspar como un joven Rey sin barba, quien le llevó incienso y a Baltasar como un hombre de tez morena, mediana edad y espesa barba, quien llevara mirra.
Actualmente el día de Reyes se celebra el 6 de enero, que es cuando finaliza la temporada navideña, que empieza el 25 de diciembre. En los países hispanos los niños acostumbran escribir una carta con sus peticiones a estos personajes, quienes les traen regalos la noche del día 5; en algunas partes se acostumbra dejar bebida para los Reyes y agua comida para los animales, porque la tradición dice que esa noche es la única en la que ingieren bocado. En algunos países se acostumbra hacer una colecta de juguetes para que los niños de bajos recursos tengan un regalito de día de Reyes.