
domingo, 29 de noviembre de 2015
La Navidad en las Montañas

domingo, 14 de diciembre de 2014
Las pastorelas
domingo, 25 de diciembre de 2011
Una historia de Navidad
domingo, 18 de diciembre de 2011
Misas de Aguinaldo
sábado, 8 de enero de 2011
Festejo de los Reyes Magos en diferentes países

En la actualidad, los cristianos celebran las fiestas de la Epifanía el 6 de enero, en el cuál se dan por terminadas las festividades navideñas que empiezan el 25 de diciembre. En los países hispanos los tres Reyes Magos Oriente reciben cartas de los niños con los regalos que desean que les traigan la noche del 5 enero y para disfrutarlos al día siguiente. En algunos lugares la gente acostumbra dejar a los mágicos personajes, como bebidas para ellos y comida y bebida para para los animales, porque según dice la tradición es la única noche del año en que ingieren alimentos.
Pero hay otras costumbres que para nosotros no son habituales; un ejemplo es Europa Oriental en donde se bendicen las casas, y en otras ocasiones se intercambian regalos simbólicos de oro, incienso y mirra (los significados de estos elementos los puedes consultar en la publicación del 2010). En Alemania, durante la víspera de reyes, se elevan oraciones y se queman hierbas ya bendecidas, la puerta de la casa es rociada con agua bendita y por último el dueño escribe con un pedazo de tiza las letras C + M + B, junto con el año. El significado de las letras puede interpretarse de dos formas: las iniciales de Casper, Melchoir y Balthasar; la otra forma es: ChristusMansionemBenedictat (Cristo bendice estas casa).
En Austria y Bavaria, desde el 1 hasta el 6 de enero los niños se visten de reyes, y van por las casas cargando una estrella y cantando villancicos; en ocasiones también escriben las iniciales de los tres reyesen la puerta principal, para que así les traigan a sus moradores muchas bendiciones en el año que comienza, y los vecinos les “pagan” con dinero y dulces. Las donaciones antes eran enviadas a los veteranos y desempleados, ahora son destinadas para las caridades de la iglesia.
En Bélgica y Francia la familia comparte una torta que contiene una pequeña imagen del Niño Jesús, que es conocida como broadbean (haba); quien encuentre el haba es proclamado rey por el resto de las fiestasy lleva una corona de cartón que se compra junto con el cake. A veces llega a venir una reina; a esta costumbre se le conoce como sorteo de reyes.
En algunas ciudades de Italia, como en Sicilia llevan, que a las iglesias a un niño pobre de la parroquia y lo visten para que represente al Niño Jesús; cuando termina los servicios religiosos, una procesión de sacerdotes y fieles, acompañados de gaitas y cargados de regalos, devuelve el niño a su casa.
Los milaneses celebran cada 6 de enero el honor de haber guardado los cuerpos de los Tres Reyes Magos durante 6 siglos, con una parada en que los participantes van ataviados como se acostumbraba en la época medieval.
En América, durante la colonización española, el día de Reyes era un día de asueto para los esclavos, que salían a bailar a las calles al ritmo de sus tamboras; esto dio origen al nombre de Pascua de los Negros, y todavía en la actualidad ese día sigue conociéndose así en algunos países como Chile.
En Ixhuacán de los Reyes México, la celebración se lleva a cabo con bailes populares, carreras de caballos, pelas de gallos, cabalgatas y eventos deportivos, como torneos de pesca, remo, carreras de bicicletas y de motos.
En Puerto Rico, la celebración navideña más importante del año se lleva a cabo el 6 de enero; no se sabe porque la gente tiene tan arraigada la Fiesta de los Reyes Magos, aunque hay varias teorías:
1. Se asegura que un 6 de enero se llevó a cabo la primera misa en América, lo cual con el paso del tiempo pudo haber sido olvidado.
2. Es posible que proceda de una fiesta similar a la de los Diablillos, que es una celebración carnavalesca española, donde se representa el bien y el mal con diversos personajes, todo esto fue documentado por el cubano Fernando Ortiz, quien relata que esta celebración era básicamente hecha por gente de piel negra; la ocasión la aprovechaban estas personas para ir a pedir limosnas de casa en casa vestidos de diablos para no ser reconocidos.
En Colombia se entregan regalos el 25 de diciembre y el 6 de enero es día festivo, en el cuál dan por concluida la temporada Navideña con diferentes actividades, como: una fiesta en la que todos se lanzan maicena.
En algunos lugares de Venezuela se hacen representaciones teatrales, donde representan el portal de Belén con la Virgen María, San José y el Niño Jesús, acompañados por un grupo de ángeles y los Reyes cargados de regalos. La costumbre de cada año es que el día 5 de enero antes de irse a acostar, los niños ponen su zapatito con la cartita encima, ya sea debajo del árbol de navidad oen la puerta de sus habitaciones para que los Reyes depositen los presentes o dinero.
En algunos países de América Latina se acostumbra partir la famosa Rosca de Reyes, que es un pan en forma de círculo u óvalo recubierto de azúcar y pedazos de fruta; dentro de este pan se colocan unas figuritas de niño, y la tradición dice que a las personas que les toque la “suerte” de sacarlo tendrán que invitar a todos sus amigos atole y tamales, que esto se le conoce como el día de la Candelaria, que se festeja el 2 de febrero; esto marca el termino definitivo de la Navidad, y se conmemora el día en que el Niño Jesús fue presentado en el templo por sus señores padres, según lo dicta la costumbre judía.
En España la costumbre es hacer cabalgatas nocturnas, donde se pueden apreciar a los celestiales personajes desfilando con su séquito, quienes lanzan luces para los niños y les dan regalos; en la ciudad de Alicante presumen que su cabalgata es la más antigua del mundo.
En algunos centros comerciales de New York, los Reyes reciben a los niños igual que lo hace Santa Claus Macy’s, y colocan un buzón a un lado para que los infantes depositen sus cartitas.
sábado, 1 de enero de 2011
La balada del año nuevo

En la alcoba muelle, acolchonada y silenciosa, apenas se oye la blanda respiración del enfermito. Las cortinas están echadas: la veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen de la Virgen vela a la cabecera de la cama. Bebé está mal o muy malo… Bebé muere…
El doctor a auscultado el blanco pecho del enfermo: con sus manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre ángel, y frunciendo el ceño, ve con tristeza al niño y a los padres. Pide un pedazo de papel; se acerca a la mesilla veladora, y con su pluma de oro escribe… escribe. Sólo se oye en la alcoba, como él pesado revoloteó de un moscardón, el ruido de la pluma, corriendo sobre el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despellejados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos témpanos de hielo… Bebé está malo… Bebe está muy malo… Bebé va a morir…
Clara no llora, ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, despertaría a su pobre niño. ¿Qué escribiría el doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, sí Clara supiera, lo aliviaría en un solo instante! ¡Pues qué!, ¿no se puede contra el mal? ¿No hay medios para salvar una existencia que se apaga? ¡Ah! Los hay, sí, debe haberlos; Dios es bueno, Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, son desamorados, poco les importa la honda aflicción de los amantes padres; por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé sigue muy malo; por eso Bebé, el pobre Bebe, se va a morir. Y Clara dice con llanto en los ojos.
- ¡Ah!, ¡si yo supiera!
La calma insoportable del doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? ¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué no puede? Pues entonces de nada sirve la medicina, es un engaño, es un embuste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sabios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar la vida del niño, aún ser que no ha hecho mal a nadie, pero no ofende a ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfumé de la casa?
Y el doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Volverá a martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos? – No, ya no, dice la madre, ya no quiero. El hijo de mi alma tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras el aprietan, vuelven los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor lo vence, y se queda en su cuna quieto, sin sentido y quejándose aún, en voz muy baja, de sus cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios que lo martirizan, de esos doctores sin corazón que tasajean su cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me matan a mí también, pero me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus quejas. Lo escucho y no puedo defenderlo: ¡veo que lo están matando y lo consiento!
El niño duerme y el doctor escribe, escribe. – Dios mío, Dios mío, no quieras que se muera: mandan otra pena, otro suplicio: lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te ha hecho? Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere besarlo y abrazarlo: ¡acaso esas caricias sean las últimas! Pero el pobre enfermito estaba dormido y su mamá no quiere que despierte.
Clara lo ve, lo ve constantemente con sus grandes ojos negros y serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara el cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus brazos rechonchos, hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acariciaron tantas veces. Sus ojos, negros como los de su mamá, están agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito.
- ¡Dios mío, Dios mío no quiero que se muera!
Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va a caer. Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus labios. Era muy sano: Bebé no tenía nada: Pablo y Clara se miraban en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin cansarse jamás. Pero una tarde, Bebé no quiso corretear por el jardín, sintió frío; un dolor agudo se clavó en sus sienes y le pide a su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde y todavía no se levanta. Ahí están a los pies de la cama, y esperándole, los botincitos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del jardín.
El doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues que, ¿le ve tan malo? El lacayo corre la botica.
- ¡Doctor, doctor mi niño va a morirse!
El médico contesta en voz muy baja:
- Cálmese usted, que no despierte el niño
En este instante llega Pablo. Hace 15 minutos que salió de esa alcoba y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un loco. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si el balcón estaba abierto. Llega, mira a la cara del doctor y las manos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza; el ángel rubio duerme aún en su cama: no se ha ido. Un minuto después, el niño cambio de postura, abre los ojos poco a poco, y dice con una voz que apenas suena:
- ¡Mamá! ¡Mamá!
- ¿Qué quieres mi vida? ¿Verdad que estas mejor? ¡Dime que sientes! ¡Pobrecito mío! ¡trae acá las manecitas, voy a calentarlas! Ya te vas a aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos sirios al Santísimo. La Madre de la Luz ya va a poner qué bueno.
El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo amparo. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca en todas partes. ¡Ahora si puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de ternura, sus ojos, ante secos, se cuajan de lágrimas, y Clara no sabe ya si besa o llora. Algunas lágrimas ardientes caen en la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para quejarse, dice:
- ¡Mamá, mamá, no llores!
Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cunita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le toca ya su turno. El es fuerte, el es hombre, él no llora. Y entretanto, el doctor que se ha alejado, revuelve la tisana con la pequeña cucharita de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La molécula de arena que va cubrir con su oleaje del océano.
Bebé, Bebé, vida mía. Anímate, incorpórate. Hoy es año nuevo. ¡Ven! Aquí en tu mesita están las cosas que yo te fui a comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo que me has pedido!
Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entreabiertas. Por eso pedía no más esos juguetes.
Sitia libias, te compraré una carretela y dos borregos blancos. ¿Quién es mejor un velocípedo? ¿Sí...? Pero ¿si te caes?
Dame tus manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, aquí está la gran casa de campo que me habías pedido…
Los ojos del enfermito se iluminaron. Se incorpora un poco, y abraza la caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la vista a la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces.
- Mamá, mamá, yo quiero un dulce.
Clara, que está llorando a los pies de la cama, consulta con los ojos al doctor; éste consiente y Pablo, descolgando cucurucho, desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos amarillos son almendra y dice:
- ¡Papá, abre la boca!
Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más, besa los dedos que ponen esa almendra entre los labios, y llora, llora mucho.
Bebé vuelva a caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; Clara los aprieta con sus manos, y los besa. ¡Todo inútil! El doctor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. Lo pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira; ya no se queja, nada más tose, y de cuando en cuando, dice con voz apenas perceptible:
- ¡Mama, mamá, no me dejes sólo!
Clara y Pablo lloran, ruegan a Dios, suplican, mandan a la muerte, se quejan del doctor, enclavijan las manos, se desesperan, acarician y besan. ¡Todo en vano! Él enfermito ya no habla, ya no mira, ya no se queja; tose, tose. Tuercen los bracitos como si fuera a levantarse, abre los ojos, mira su padre diciéndole: - ¡Defiéndeme! Vuelve a cerrarlos… ¡ay! Bebé ya no habla, ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ¡ya está muerto!
Dos niños pasan riendo y cantando por la calle:
- ¡Mi Año Nuevo! ¡Mi Año Nuevo!
MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA
domingo, 19 de diciembre de 2010
El tenedor de libros
Sentado delante de una mesa sobrecargada con grandes libros, vuelto de espaldas a la chimenea, y con medias mangas de lustrina, que le suben hasta el codo, se haya trabajando Santiago Ferlac: máquina fatalmente destinado a estampar nombre y cifras, desde la mañana hasta la noche.
Un año hace que lleva los libros de la casa Durand, percibiendo como sueldo, ciento veinticinco francos mensuales. Mezquina es la cantidad, tanto más que Santiago Ferlac tiene una hija que educar. ¡Y cuántas privaciones deberá imponerse para que ella no carezca de lo más indispensable!
En el reloj del escritorio suenan lentamente seis campanadas. Es la hora de libertad para Santiago, que se levanta y se restriega los ojos fatigados por la luz de gas, tira de las sobremangas que guarda cuidadosamente dentro de un cajón, pónese gabán y sombrero; y apoyando la mano sobre el botón del cristal, abre la puerta que le separa del almacén, el cuál es grande, espacioso.
Dependientes van y vienen de derecha a izquierda, y por todos lados: unos leen periódicos; otros, bostezando, forman gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.
De repente, todo vuelve al orden: en un abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos de papel, que van alineando por orden de tamaño sobre un banco.
De repente, todo vuelve al orden: en abrir y cerrar de ojos, periódicos y gallitos han desaparecido, los laboriosos dependientes arreglan y acomodan las piezas de tela, que, esparcidas aquí y allá, se habían extendido, durante el día, para la venta.
Más…. ¿de donde proviene tan brusco cambio? Simplemente de que se ha oído a alguien, que sube la escalera, sonarse con estrépito. Y ese alguien, los dependientes lo saben muy bien, no puede ser sino su patrón, el señor Durand, que con el acostumbrado trompetazo, les anuncia su llegada.
Ha entrado el señor Durand, que es un hombre alto y seco, de mirada de águila.
Lanza luego, en torno suyo, una rápida ojeada de investigación, y encontrándose con Santiago, que tímidamente le da vueltas al sombrero entre dos dedos:
- ¡Hola! ¿Qué tal va la contabilidad?… le pregunta.
- Pues… bien, señor… - contesta apenas el aludido, sigue allí inmóvil, vacilando, porque tiene algo que decir y no se atreve.
Al fin, armándose de todo su valor:
- Señor… - empieza, tan quedo, como si fuera a confesar un crimen… no soy rico, usted lo sabe… ¿Tendría inconveniente en facilitarme alguna cosa a cuenta de mi mes?
El patrón, de pronto, arruga el entrecejo; pero como en el fondo es un buen hombre, al observar el aire contristado de Santiago, responde:
- No acostumbro hacer anticipos, usted lo sabe; pero, en fin, comprendo; mañana es Noche Buena, y usted necesitará fondos. Vamos, pase a la caja para que le ministren a cuenta de su mes, unos cincuenta francos; el resto de su mensualidad se le completará el día 31.
Santiago, entre mil demostraciones de agradecimiento, se adelanta hacia el ventanillo, donde le prestan en filas tres monedas de oro, las cuáles han recogido y deslizado con precaución en su viejo portamonedas. Sale por fin del almacén, saludando al patrón primero, y luego a los dependientes, sin advertir, según parece, las sonrisas irónicas que estos últimos le dirigen.
Al llegar a la calle, un frío penetrante le sacude. Súmese entonces hasta las orejas el cuello del gabán, húndese el sombrero en la cabeza, y con las manos en los bolsillos, oprimiendo cariñosamente el dicho portamonedas, se aleja a grandes pasos y lanza, de cuando en cuando, una mirada a los curiosos objetos que los aparadores están exhibiendo.
Los juguetes le atraen; uno, sobre todo. Es un escaparate inundado de luz, donde los juguetes de diversas clases se hallan reunidos en abigarrada confusión, una muñeca, blonda y rizada, con grandes ojos de esmalte, sonríe, tendiendo hacia el sus manos llenas de hojiyos.
Una alucinación le perturba. ¡Si, no cabe duda, esa muñeca se parece a su Gabriela!
Entonces se olvida de que es pobre, vehementísimos deseos le acometen de comprar aquella muñeca para ofrecérsela a su niña.
- ¡Ah… pero debe costar caro! – se dice.
Y continúa allí parado, indeciso, preguntándose si entrará ó no.
En eso, la dueña del almacén aparece en el umbral de la puerta. Es una señora ya de edad y de figura respetable y simpática.
Santiago avanza señalando con cierta cortedad a la muñeca. - ¿Podría usted, señora, informarme del precio de este juguete? – Para usted, caballero, voy a enseñárselo.
Santiago penetra en el almacén tras de la propietaria, que abre el aparador, y tomando a la preciosa rubia, consulta una etiqueta que pende de uno de los dedos.
- Veinte francos, - dice.
Pero como el semblante del modesto caballero expresa la sorpresa, la interrogada creyó conveniente añadir:
- ¡No es cara! ¡Vea usted que linda! Mueve la cabeza, cierra los ojos… Y al decir esto, se la acuesta en los brazos, para que muestre a Santiago sus párpados cerrados.
El la contempla y se figura ver a su hija dormida.
Desesperado toca, oprime el portamonedas.
- ¡No puedo, - dice al fin – no puedo, es muy cara!
Y su semblante denuncia tal dolor, que la buena señora conmovida, le pregunta:
- ¿Era para su hija de usted?
- Si, señora; y por desgracia no soy rico. Tenedor de libros en una sola casa, dispongo del tiempo necesario para trabajar en otras; y las he buscado, pero, con tan mala fortuna, que hasta hora no he podido encontrar... ¡Es bien poco los que gano! Y luego, a fin de que a la niña no le falta nada, hace mucho tiempo que llevo esta misma levita, aunque las gentes rían al verme pasar, porque eso no me preocupa. Una sola caricia suya me basta para olvidar todas esas pequeñas miserias. Con tal de que ella sea feliz, yo también lo soy. Mañana es la Noche Buena, a ella le encantan los juguetes. Oh! si, sus ojos le revelan claramente cuando salimos a paseo; nada dice la remonísima… porque es tan razonable… con sus ocho años. ¡Si usted viera lo bien que se da cuenta de nuestra situación…! Al pasar por aquí, y ver esta muñeca que tanto se le parece, he sentido así, de pronto, no se porque, el vivo deseo de comprarla. Ahora, si usted pudiera rebajar algo del precio que me ha pedido, yo señora… al cabo, la compraría, porque no quiero haber molestado a usted inútilmente.
La señora enternecida escuchaba:
- Tómela usted – acabó por decirle, con voz segura; - se la dejaré al precio de costo, doce francos; pero no lo diga a nadie.
Y sin esperar respuesta, continuó:
Además, todo podrá arreglarse bien, usted, según me ha informado, es tenedor de libros, y yo, precisamente, deseaba uno. Hasta ahora yo misma me ocupaba de los papeles de la casa, pero como voy haciéndome vieja, tengo necesidad de alguien para labores. Venga usted, pues, a desempeñarlas, tan pronto como pueda, y tráigame a su hijita: yo adoro a los niños, por consiguiente, tendré un verdadero placer en conocerla… ¡Ah! Olvidaba decirle a usted que le pagaré ciento cincuenta francos al mes.
- ¡Ciento cincuenta francos! – repetía gozoso Ferlac.
- ¡Dios mío! ¡Eso junto con lo que gano ya, la riqueza!... ¡Oh, señora, que buena, cuan buena es usted! Y Santiago Ferlac rompió a llorar como un niño.
Entre tanto, el almacén se llenaba de gente, y el partió llevándose a su muñueca.
Momentos después sintiéndose verdaderamente feliz, llegaba a su casa.
Al entrar, una niña encantadora, de ocho años, corrió al encuentro, abrazándole y besándole cariñosamente.
- ¿Por qué vuelves tan tarde?
Más como desde luego fijara con seriedad sus grandes ojos en el paquete que traía su padre, éste le dijo sonriente:
- ¡Mira, mi Gabriela, mira lo que el niño Dios me ha enviado para ti!
Ella desenvolvió el paquete: acostada dentro de una caja forrada de seda, apareció la muñeca.
Y no pudo más, pero en sus ojos brilló una perla, una lágrima.
- ¡Ah padre! – exclamó.
Verdad era, pues, aquella niña comprendía.
A poco, rodeando con sus brazos el cuello de Santiago, y entre inflexiones de voz, a cuál más tiernas:
- ¡Cuánto me quieres! – dijo… -Pero yo también te quiero mucho, ¿eh? ¡mucho!
Estático ante la inmensa alegría de su hija, Santiago Ferlac olvidaba todo. De súbito se acordó:
- Oye Gabriela, vamos a ser ricos.
Y sentándose y poniéndola sobre sus rodillas, le contó lo bueno que había sido para con ellos el Niño Dios.
domingo, 3 de enero de 2010
Los Reyes Magos
Al inicio de su historio estos personajes no tenían nombres, ni tampoco se les decía Reyes, eran llamadas sabios ó magos, porque eran consideradas personas muy educadas, astrólogos y eruditos capaces de interpretar los sueños y controlar los demonios. La leyenda dice que practicaban la religión de Zoroastro, quien era un profeta que vivió cinco siglos antes de Cristo.
La versión occidental dice que fueron bautizados por Santo Tomás, incluso que llegaron a ser obispos y se dedicaban a predicar el cristianismo; dice una leyenda que en la parte final de sus vidas se encontraban en época de Navidad, siguieron la estrella de Belén como lo hacían cada año y murieron con pocos días de diferencia unos de otros. Se dice que sus restos descansan en la Catedral de Colonia, en Alemania, en ataúd de plata dorada con incrustaciones de piedras preciosas, decorado con imágenes de los Profetas del Viejo Testamento y los 12 apóstoles. Los cuerpos fueron entregados a la madre del Emperador Constantino el Grande, Santa Elena, durante un viaje a Palestina y Tierra Santa en el siglo IV DC, la mujer llevó los restos a la Iglesia de Santa Sofía, en Constantinopla. El siglo siguiente (V), fueron llevados a Milán, y en 1164 fueron enviados al arzobispo de Colonia. Pero esos restos ¿eran realmente de los famosos Reyes Magos?
Marco Polo asegura en su libro de viajes que no, pues dice el que visitó sus tumbas en Persia; este viajero anduvo indagando sobre los orígenes de los Reyes Magos y esto fue lo que averiguó:
Tres Reyes habían ido a adorar a un niño recién nacido, que se decía era el salvador y le llevaron diferentes tres diferentes obsequios, oro (rey terrenal), incienso (es un dios) y mirra (un sanador); dependiendo de con cuál se quedara es lo que aquel niño iba a ser, al final se quedó con los tres presentes. A cambio los Reyes recibieron de Jesús un cofre con un piedra como símbolo de que debían mantenerse firmes en la fe que habían recibido de el.
Ya para el siglo III eran conocidos como “los Reyes cargados de regalos”; y serían bautizados en la Edad Media con los nombres que conocemos actualmente: Melchor, Gaspar y Baltasar. Pasaron unos cuantos siglos, nos ubicaremos en el siglo VIII que cuando un autor eclesiástico llamado San Bede, hace las primeras descripciones de cada Rey Mago; Melchor es descrito como un hombre de pelo blanco y una barba larga, quien llevó oro al niño; a Gaspar como un joven Rey sin barba, quien le llevó incienso y a Baltasar como un hombre de tez morena, mediana edad y espesa barba, quien llevara mirra.
Actualmente el día de Reyes se celebra el 6 de enero, que es cuando finaliza la temporada navideña, que empieza el 25 de diciembre. En los países hispanos los niños acostumbran escribir una carta con sus peticiones a estos personajes, quienes les traen regalos la noche del día 5; en algunas partes se acostumbra dejar bebida para los Reyes y agua comida para los animales, porque la tradición dice que esa noche es la única en la que ingieren bocado. En algunos países se acostumbra hacer una colecta de juguetes para que los niños de bajos recursos tengan un regalito de día de Reyes.

