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domingo, 1 de febrero de 2015

La tenebrosa cárcel de la Acordada (Sucedió en la hoy Avenida Juárez)

Cuántos crímenes espeluznantes, cuantas escenas de terror ocurrieron en el interior de la tenebrosa prisión de "La Acordada". Este relato que enmarca una leyenda tenebrosa, tiene todo lo suficiente para llenarnos el espíritu de horror; será difícil saber en dónde empieza y en donde acaba lo sobrenatural.
A principios del siglo XVIII, salteadores y bandidos infestaban todo el territorio de la Nueva España cometiendo mil desmanes, a pleno día, en las afueras de la capital, se cometían robos y asaltos, cientos de crímenes fueron cometidos en esa época cruenta. El bandidaje tomaba cada día un auge peligroso; tanto en la capital como en la provincia se cometieron actos de robo con violencia; en su osadía, los bandidos llegaron hasta entrar a casas habitadas. Ante la terrible situación, el virrey duque de Linares, llamó a la Audiencia de la Nueva España, para ver qué se "acordaba" al respecto, y de aquella reunión entre estos personajes, nació el Tribunal de la Acordada; y se "Acordó" también levantar unos galerones, que fue la primitiva cárcel de "La Acordada"; éstos estuvieron en Chapultepec.
Pero como sabía "Acordado" levantar un edificio propio para encerrar a los ladrones y asaltantes de camino, se comenzó a edificar este en parte de lo que fue elegido de la Concha, su frente daba a la antigua calle que el Calvario (o en Avenida Juárez), su costado oriente hacia lo que hoy es Balderas, y su parte poniente halago y calle de Humboldt. En el año de 1751 quedó terminado el tétrico edificio de piedra roja basáltica, con molduras, ambas pilastras y cornisas de recinto y cantería; se le llamó cárcel de "La Acordada", como derivados de aquella "Acordada" obsesión tenida entre el virrey duque de Linares y Audiencia. Pronto comenzaron a llegar remesas de bandidos y criminales para recibir el castigo acorde a sus delitos; entonces se nombró alcalde y jefe de Omnímodo de la tenebrosa prisión, a don Miguel de Velázquez que era cruel perseguidor de bandidos, la fama de este hombre sanguinario fue tremenda, se le temía y hasta los hombres más perversos temblaban ante su presencia. Como única condición para gobernar la prisión, de Velázquez pidió al virrey que se le dieran amplias facultades: sería juez y verdugo de los criminales.
Poco se le hacía el tiempo a aquel hombre para golpear brutalmente a los criminales y mandarlos al patíbulo; todos los días por la mañana y por la noche visitaba los prisioneros para castigarlos. Como lo hacía el cruel alcalde y verdugo, nunca antes una horca trabajo tanto como entonces. En cuanto a castigos, nunca tampoco los hubo más crueles, desde azotes, cadenas y hasta ratas que se devoraban vivas a las víctimas.
Contando con 2000 hombres armados, de las que salía a perseguir a los bandidos fuera de la capital, y así iba limpiando, dejando vestigios macabros de su paso, el cruel y sanguinario perseguidor de bandoleros; después de hacer justicia, el feroz sujeto no sentía la menor carga en la conciencia. Cuando llegaban nuevos envíos de hombres a la tenebrosa prisión los hacinaban materialmente; entonces don Miguel ordena una limpieza de cuerpos para recibir a las nuevas víctimas, y para llevar a cabo esta tarea, en el fondo de la cárcel existió un foso que se llenó varias veces al año como huesos y carroña. Allí fueron arrojados sin piedad, moribundos y viejos, enfermos y los que morían de hambre. A veces, a propósito para que vieran de cerca "su justicia", de Velázquez dejaba los huesos descarnados colgados de los muros.
Años después, el virrey mandó llamar al verdugo sanguinario para confiarle una delicada misión: la custodia de un importante personaje, que era el marqués de Torrecillas, que estaba próximo a llegar del Perú; tenía que traerlo con su esposa y servidores, sanos y salvos a la capital de Nueva España. Don Miguel con 11 hombres valientes y disciplinados, partió hacia el puerto de Acapulco, era seguro que nadie iba a estorbar la misión, pero en un lugar cercano a lo que hoy es Iguala, un soldado explorador regresó nervioso y les dijo que cinco jinetes se aproximaban. Don Miguel meditó un momento, y después impartir las órdenes a sus soldados, tendientes a sorprender a los cinco desconocidos jinetes, todo se ocultaron entre el follaje y tras las peñas; pronto aparecieron por el camino cuatro jinetes españoles y un monje negro de la orden de "Los Tenebrarios", venían deprisa, como si les urgiese llegar a un sitio determinado y no se dieron cuenta de la presencia de Velázquez. Cuando estuvieron aquellos desconocidos dentro del cerco de soldados, saltaron al camino; tomando siempre la ventaja, don Miguel les ordenó a los jinetes que desmontaran y se identificaran, y así lo hicieron, todos eran los hermanos García de Pimentel, y se dirigían a la capital de la Nueva España en busca del doctor de Silva, para que curara a su enferma madre.
Uno de los principales atributos de Velázquez era la desconfianza y la rapidez de movimientos, en instantes tomó la decisión de decir que aquel doctor no existía, y que ellos eran solamente unos bandoleros que pretendían asaltar y robar la diligencia del marqués de Torrecillas, y por lo tanto ordenó a sus guardias aprehenderlos y buscar un árbol para colgarles.
Sin información de causa, sin escuchar razonamientos, don Miguel es sanguinario ordenó colgar a los cinco. Muertos los que se decían hermanos, le tocó el turno al fraile negro de la orden de los Tenebrarios, entonces en esos momentos en los ojos del fraile se cruzó una luz siniestra de venganza y abrió los labios para gritarles que aguardaran un momento, y en un rápido inesperado movimiento el religioso le arrojó a Velázquez un extraño medallón de plata redondo, con el símbolo de la eternidad, que lo perseguiría y conduciría hasta la muerte; echando una maldición lo lanzó lejos. Don Miguel y sus hombres galoparon hacia Acapulco, quedando atrás el fraile muerto, con su índice macabro apuntando hacia ellos. De Velázquez y sus hombres trajeron a la capital al marqués de Torrecillas y lo escoltaron hacia Veracruz; el ilustre viajero y su séquito no tuvieron contratiempo alguno y pudieron embarcarse rumbo a España que era su destino.
Transcurrió el tiempo... cierta noche un carcelero entró presuroso a dar un informe insólito al verdugo sanguinario: ¡tenían cinco prisioneros demás! El carcelero la aseguró que los había contado varias veces, y siempre le sobraban cinco. Dispuesto a sacarlo del error, don Diego decide ir el mismo, y para su asombro confirmar la cuenta. Al día siguiente se volvió a confirmar que era el mismo número, llevándose a cabo la misma operación durante siete días, pero siempre daba el mismo resultado; entonces para que las cuentas le salieran bien, ordenó que se sacaran a  cinco prisioneros y se les colgaran. Esa misma tarde se llevaron a cabo las ejecuciones ordenadas por aquel cruel hombre, para corregir un error en la población de presos.
Tres días después don Miguel se hallaba repasando las notas de su libro de presidio, cuando uno de los carceleros le interrumpió para decirle que había cinco prisioneros más nuevamente, y para darle fin a esta broma de una buena vez manda construir una macis ahorca para colgar a los prisioneros excedentes; la construcción duró varios días, según órdenes de Velázquez se recubrió con planchas de plomo. Esa noche el verdugo pensó estrenar la nueva horca, cuando creyó escuchar una voz siniestra que le decía que él mismo estrenaría su horca; creyendo que era alguien que quiere atemorizarlo, comenzó gritar y a blasfemar. Creyendo que era un sueño, alucinaciones y como la voz favor escucharse, se volverá dormir.
Al día siguiente muy temprano, don Miguel fue a recrearse con su horca terminada. ¡Ansiaba ponerla pronto en servicio! Conforme en iniciar sus ahorcamientos hasta el día siguiente, el verdugo se puso a hacer una lista de los que serían ajusticiados, pero en esos momentos penetró un frío helado, como de muerte, haciendo volar los papeles; mientras los recogía se dio cuenta de la presencia de cinco personajes, el viento había apagado las velas. Al momento levantó la vista para quedar frente a cinco espectrales formas que parecían confundirse con las sombras, uno de ellos habló con cavernosa voz, para decirle que venían en pos de justicia, de las que sintió en extraño escalofrío ¿en dónde había escuchado esa voz y cuándo? Entonces el espectro negro le volvió a hablar, ¡era el mismo que noches anteriores había venido a decirle que el estrenaría la horca! El verdugo quiso gritar, mas no pudo, un nudo en la garganta se le hizo y apenas balbuceó.
Don Miguel bajó la vista y descubrió horrorizado que tenía sobre su pecho aquel maldito amuleto que le lanzara el fraile, fuera de sí, abatirá su alma de horror, comenzó a retroceder; mientras lanzaba gritos espantosos, alaridos que extrañamente nadie escucho, los cinco espectros arrastraron hacia afuera a Velázquez, hasta que lo llevaron al pie de la horca revestida de plomo. El fantasma del fraile negro se quitó el cordón de su hábito para utilizarlo de soga, y con fuerza su romana los espectros arrastraron al horrorizado Velázquez por las escaleras,  le colocaron la cuerda alrededor del cuello y jalaron fuertemente. Para los seres de ultratumba nada hay imposible.
Al día siguiente los ojos profundos y apagados de los prisioneros, vieron colgado a su verdugo en la horca nueva, nadie pudo explicarse lo sucedido y menos cómo y por qué se ahorcó con un cordón viejo y podrido del hábito de un fraile tenebrario. Muerto Miguel de Velázquez, la prisión de la Acordada continuó funcionando bajo un régimen menos severo, pero igual de injusto y arbitrario.
Se aseguran documentos históricos que continuaron las ratas y el foso, llenándose de la carne de moribundos y  muertos; y asientan que en 1774 cuando se inauguró el "Hospicio de Pobres", niños y maestros frailes, comenzaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba, procedentes de la anexa cárcel de la Acordada. Luego en el año de 1788 ocurre un terremoto que causó grandes daños a dicha prisión, al grado de que todos creyeron que era un castigo divino; así la tétrica prisión casi fue reducida a escombros, cayeron sus muros y sus rejas, sepultando a muchos infelices.
Aunque se reconstruyó la macabra prisión, ya no funcionó igual, sino como una cárcel ordinaria y común; y años después los reos fueron trasladados a la cárcel de Belem y los años hicieron lo demás.

domingo, 20 de julio de 2014

El fantasma del preso (Antigua Penitenciaría de Lecumberri)

Era una noche común, como cualquier otra. Yo estaba terminando de limpiar las oficinas de recepción, que era la parte que dejaba al final de la jornada, porque era donde el personal pasaba los últimos momentos antes de salir. Recogí la basurilla que quedaba en el piso y pasé el trapeado húmedo por el mismo lugar, para después llevar todos los utensilios de limpieza a la pequeña bodega donde guardo mis cosas.
La bodeguita está al final de un pasillo largo, lleno de eco, donde algunas veces había ya sentido sutil escalofrío, que con el paso de los 10 hacía más y más intenso. Aquella noche había terminado aún más tarde que de costumbre. Cuando comencé a caminar por el corredor, escuché un suspiro prolongado, que me hizo saltar del susto, pero no encontré  a nadie. Me quedé algo sugestionado y ya no pude estar en paz, hasta que salí y me fui a mi casa a descansar. Nunca, en los dos años que apenas llevaba de trabajar ahí, había escuchado algo así, a pesar de los comentarios de muchos compañeros de que ahí “espantaban”.
Los siguientes días escuchaba lo mismo, pero nunca encontré a nadie ni me sentí con la confianza de contárselo a algún compañero de trabajo, por temor a las burlas, o a qué pensarán que estaba volviéndome loco y correr el riesgo de perder mi trabajo. Una semana después del primer incidente, me lleve el peor susto de mi vida.
Al caminar por el oscuro corredor escuché de nuevo el suspiro, y al volver la vista vi un hombre de aspecto demacrado sentado en una silla de la recepción. Sentí que el corazón me daba un vuelco y que perdía el conocimiento, pero sería tal vez mayor mi curiosidad que, en vez de desvanecerme, me acerqué con un intenso temblor en todo el cuerpo, a pasos muy lentos hacia dónde se hallaba ese misterioso personaje.
-¿Quién es usted…? ¿Cómo entró aquí?-Pregunté con una voz que casi causaba risa, del temor que me embargaba.
El hombre suspiró de nuevo con una profunda melancolía. Me miró con absoluta indiferencia y después agachó la mirada. Volvió a suspirar.
-Otra vez no vino, ¿verdad?
-¿No vino, quien?-Pregunté yo.
-Amalia… No vino. ¿No la vio usted?
Ahora caigo en la cuenta de que me interese más en seguir el hilo de la conversación, en vez de averiguar quién era ese personaje y que hacía ahí. Pregunté de nuevo:
-¿Quién es Amalia? ¿Trabaja aquí?
-Amalia es mi esposa.
“Me di cuenta entonces que portaba un uniforme gris, a rayas. Se veía gris por lo desgastado y sucio. Era el uniforme de un reo de los años cuarenta. No parecía ser un fantasma. Más bien se veía como un hombre enfermo, agotado, abatido y con una profunda tristeza.
-¿Por qué está usted aquí estas horas? Ya se fueron todos.
Volteé un momento para dejar mi cubeta en el piso y el trapeador recargado en la pared, mientras hacía una pregunta más.
-¿Trabaja usted a…?
Al volver la vista, ya no estaba.
Sentí, ahora sí, que perdía el conocimiento. Tuve que poner mi mano en la pared para no perder el equilibrio, mientras revisaba con la mirada cada rincón de la habitación. El hombre había desaparecido así como así, sin hacer ruido alguno, sin una sola puerta que estuviera cerca, para atravesarla velozmente. Sólo aquel lúgubre pasillo, tan largo que era imposible que un hombre lo recorriera en un parpadeo para desaparecer al final de él.
Corrí por todas partes buscándolo. Aumentaba mi sorpresa y mi temor al ver que todas las puertas de acceso estaban cerradas con llave y gruesos candados. Aunque tuviese llaves, aquel misterioso sujeto no tendría tiempo de abrir las chapas y salir. Simplemente se esfumó en el aire.
Después de esa noche ya no fue fácil quedarme a trabajar por las noches. La sugestión y mis temores me jugaban bromas muy a menudo y comencé enfermarme de los nervios. Las sombras parecían cobrar vida y acercarse a mí amenazadoramente. No obstante, pasaron varios días sin que algún incidente me sorprendiera.
Yo sé que usted no me lo va a creer, pero fíjese que este hombre volvió a aparecer ante mí, y así lo hizo durante un tiempo.
Todos los viernes terceros de cada mes aparecía, siempre preguntándome por su esposa Amalia, aquella que según me contó, nunca fue visitarlo. Pero, ¿quién era este hombre? En efecto, en un fantasma.
Su nombre era Jacinto. Le apodaban el “Venado”, en son de burla, pues su esposa le había jugado chueco con su compadre, y le habían “puesto el cuerno”. Además, para colmo, lo “venadearon”. El compadre y la esposa infiel planearon un robo y un asesinato. Los adúlteros mataron a una señora muy rica, que había contratado a Jacinto para que trabajara en su casa, haciendo algunas reparaciones. Al darse cuenta de que la señora tenía mucho dinero, la mataron y robaron las cosas de valor, usando el juego de llaves de la casa que Jacinto tenía su poder. En un largo juicio, la esposa testificó en contra de Jacinto, alegando que éste había planeado todo. El “Venado” no quiso que su esposa se fuera a la cárcel, así que aceptó los cargos que le imputaron, con la falsa promesa de eterno amor por parte de Amelia.
Jacinto esperó y esperó en cada viernes de visita, a que su amada esposa lo visitara, pero ella nunca vino. Desapareció con el compadre del “Venado”, llevándose todo el dinero que habían robado. Jacinto nunca más supo de ella, así que se hundió en una profunda depresión. Estuvo sólo dos meses y medio en prisión, pues el último viernes que no tuvo la visita de Amelia, se quitó la vida, colgándose del barandal del segundo piso del pabellón cuatro, el que ahora es la enorme oficina que colinda con el pasillo por donde pasa guardar mis cosas.
Todo esto él mismo me lo dijo, aunque nadie me cree que platiqué con un fantasma, por más de dos meses.
En una ocasión le dije a Luis, un compañero de trabajo, lo que pasaba, y él solo me dijo que estaba loco y que me tomaba mis cervezas en horas de trabajo, pero yo le dije que era cierto y lo invité a que se quedara conmigo la noche del viernes, para que lo viera con sus propios ojos.
Así lo hicimos y el viernes en la noche Luis estaba conmigo, pero Jacinto no se apareció esa noche. Tal vez no quiere ser visto por cualquier persona; sólo por mí. Luis se volvía burlar y me dijo que estaba loco.
Una noche en que Lupita, la chica que tiene las llaves de los cajones donde están los registros, me dejó revisar en las bitácoras, descubrí, para mi asombro, que Jacinto si existió y que todo lo que me contó fue verdad.
La última noche en que vi el fantasma de Jacinto, se veía muy triste y me dijo que no podía vivir así, con esa pena a cuestas. Él cree que está vivo, y actúa como si así fuera. Cada vez que yo le decía que era un fantasma y que ya estaba muerto, me cambiaba la conversación, o simplemente ignoraba mis comentarios. Tal vez sea la verdadera condena que debe pagar, aun después de muerto; vagar eternamente, cada año, reproduciendo los momentos más tristes y motivos que pasó en esa prisión, cuando injustamente fue privado de su libertad, cargando con la intensa pena de sentirse traicionado por la mujer que amaba.
Estoy seguro que mi compañía de algo le debe haber servido.


FUENTE: Leyendas del México sobrenatural. Héctor López.