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domingo, 1 de febrero de 2015

La tenebrosa cárcel de la Acordada (Sucedió en la hoy Avenida Juárez)

Cuántos crímenes espeluznantes, cuantas escenas de terror ocurrieron en el interior de la tenebrosa prisión de "La Acordada". Este relato que enmarca una leyenda tenebrosa, tiene todo lo suficiente para llenarnos el espíritu de horror; será difícil saber en dónde empieza y en donde acaba lo sobrenatural.
A principios del siglo XVIII, salteadores y bandidos infestaban todo el territorio de la Nueva España cometiendo mil desmanes, a pleno día, en las afueras de la capital, se cometían robos y asaltos, cientos de crímenes fueron cometidos en esa época cruenta. El bandidaje tomaba cada día un auge peligroso; tanto en la capital como en la provincia se cometieron actos de robo con violencia; en su osadía, los bandidos llegaron hasta entrar a casas habitadas. Ante la terrible situación, el virrey duque de Linares, llamó a la Audiencia de la Nueva España, para ver qué se "acordaba" al respecto, y de aquella reunión entre estos personajes, nació el Tribunal de la Acordada; y se "Acordó" también levantar unos galerones, que fue la primitiva cárcel de "La Acordada"; éstos estuvieron en Chapultepec.
Pero como sabía "Acordado" levantar un edificio propio para encerrar a los ladrones y asaltantes de camino, se comenzó a edificar este en parte de lo que fue elegido de la Concha, su frente daba a la antigua calle que el Calvario (o en Avenida Juárez), su costado oriente hacia lo que hoy es Balderas, y su parte poniente halago y calle de Humboldt. En el año de 1751 quedó terminado el tétrico edificio de piedra roja basáltica, con molduras, ambas pilastras y cornisas de recinto y cantería; se le llamó cárcel de "La Acordada", como derivados de aquella "Acordada" obsesión tenida entre el virrey duque de Linares y Audiencia. Pronto comenzaron a llegar remesas de bandidos y criminales para recibir el castigo acorde a sus delitos; entonces se nombró alcalde y jefe de Omnímodo de la tenebrosa prisión, a don Miguel de Velázquez que era cruel perseguidor de bandidos, la fama de este hombre sanguinario fue tremenda, se le temía y hasta los hombres más perversos temblaban ante su presencia. Como única condición para gobernar la prisión, de Velázquez pidió al virrey que se le dieran amplias facultades: sería juez y verdugo de los criminales.
Poco se le hacía el tiempo a aquel hombre para golpear brutalmente a los criminales y mandarlos al patíbulo; todos los días por la mañana y por la noche visitaba los prisioneros para castigarlos. Como lo hacía el cruel alcalde y verdugo, nunca antes una horca trabajo tanto como entonces. En cuanto a castigos, nunca tampoco los hubo más crueles, desde azotes, cadenas y hasta ratas que se devoraban vivas a las víctimas.
Contando con 2000 hombres armados, de las que salía a perseguir a los bandidos fuera de la capital, y así iba limpiando, dejando vestigios macabros de su paso, el cruel y sanguinario perseguidor de bandoleros; después de hacer justicia, el feroz sujeto no sentía la menor carga en la conciencia. Cuando llegaban nuevos envíos de hombres a la tenebrosa prisión los hacinaban materialmente; entonces don Miguel ordena una limpieza de cuerpos para recibir a las nuevas víctimas, y para llevar a cabo esta tarea, en el fondo de la cárcel existió un foso que se llenó varias veces al año como huesos y carroña. Allí fueron arrojados sin piedad, moribundos y viejos, enfermos y los que morían de hambre. A veces, a propósito para que vieran de cerca "su justicia", de Velázquez dejaba los huesos descarnados colgados de los muros.
Años después, el virrey mandó llamar al verdugo sanguinario para confiarle una delicada misión: la custodia de un importante personaje, que era el marqués de Torrecillas, que estaba próximo a llegar del Perú; tenía que traerlo con su esposa y servidores, sanos y salvos a la capital de Nueva España. Don Miguel con 11 hombres valientes y disciplinados, partió hacia el puerto de Acapulco, era seguro que nadie iba a estorbar la misión, pero en un lugar cercano a lo que hoy es Iguala, un soldado explorador regresó nervioso y les dijo que cinco jinetes se aproximaban. Don Miguel meditó un momento, y después impartir las órdenes a sus soldados, tendientes a sorprender a los cinco desconocidos jinetes, todo se ocultaron entre el follaje y tras las peñas; pronto aparecieron por el camino cuatro jinetes españoles y un monje negro de la orden de "Los Tenebrarios", venían deprisa, como si les urgiese llegar a un sitio determinado y no se dieron cuenta de la presencia de Velázquez. Cuando estuvieron aquellos desconocidos dentro del cerco de soldados, saltaron al camino; tomando siempre la ventaja, don Miguel les ordenó a los jinetes que desmontaran y se identificaran, y así lo hicieron, todos eran los hermanos García de Pimentel, y se dirigían a la capital de la Nueva España en busca del doctor de Silva, para que curara a su enferma madre.
Uno de los principales atributos de Velázquez era la desconfianza y la rapidez de movimientos, en instantes tomó la decisión de decir que aquel doctor no existía, y que ellos eran solamente unos bandoleros que pretendían asaltar y robar la diligencia del marqués de Torrecillas, y por lo tanto ordenó a sus guardias aprehenderlos y buscar un árbol para colgarles.
Sin información de causa, sin escuchar razonamientos, don Miguel es sanguinario ordenó colgar a los cinco. Muertos los que se decían hermanos, le tocó el turno al fraile negro de la orden de los Tenebrarios, entonces en esos momentos en los ojos del fraile se cruzó una luz siniestra de venganza y abrió los labios para gritarles que aguardaran un momento, y en un rápido inesperado movimiento el religioso le arrojó a Velázquez un extraño medallón de plata redondo, con el símbolo de la eternidad, que lo perseguiría y conduciría hasta la muerte; echando una maldición lo lanzó lejos. Don Miguel y sus hombres galoparon hacia Acapulco, quedando atrás el fraile muerto, con su índice macabro apuntando hacia ellos. De Velázquez y sus hombres trajeron a la capital al marqués de Torrecillas y lo escoltaron hacia Veracruz; el ilustre viajero y su séquito no tuvieron contratiempo alguno y pudieron embarcarse rumbo a España que era su destino.
Transcurrió el tiempo... cierta noche un carcelero entró presuroso a dar un informe insólito al verdugo sanguinario: ¡tenían cinco prisioneros demás! El carcelero la aseguró que los había contado varias veces, y siempre le sobraban cinco. Dispuesto a sacarlo del error, don Diego decide ir el mismo, y para su asombro confirmar la cuenta. Al día siguiente se volvió a confirmar que era el mismo número, llevándose a cabo la misma operación durante siete días, pero siempre daba el mismo resultado; entonces para que las cuentas le salieran bien, ordenó que se sacaran a  cinco prisioneros y se les colgaran. Esa misma tarde se llevaron a cabo las ejecuciones ordenadas por aquel cruel hombre, para corregir un error en la población de presos.
Tres días después don Miguel se hallaba repasando las notas de su libro de presidio, cuando uno de los carceleros le interrumpió para decirle que había cinco prisioneros más nuevamente, y para darle fin a esta broma de una buena vez manda construir una macis ahorca para colgar a los prisioneros excedentes; la construcción duró varios días, según órdenes de Velázquez se recubrió con planchas de plomo. Esa noche el verdugo pensó estrenar la nueva horca, cuando creyó escuchar una voz siniestra que le decía que él mismo estrenaría su horca; creyendo que era alguien que quiere atemorizarlo, comenzó gritar y a blasfemar. Creyendo que era un sueño, alucinaciones y como la voz favor escucharse, se volverá dormir.
Al día siguiente muy temprano, don Miguel fue a recrearse con su horca terminada. ¡Ansiaba ponerla pronto en servicio! Conforme en iniciar sus ahorcamientos hasta el día siguiente, el verdugo se puso a hacer una lista de los que serían ajusticiados, pero en esos momentos penetró un frío helado, como de muerte, haciendo volar los papeles; mientras los recogía se dio cuenta de la presencia de cinco personajes, el viento había apagado las velas. Al momento levantó la vista para quedar frente a cinco espectrales formas que parecían confundirse con las sombras, uno de ellos habló con cavernosa voz, para decirle que venían en pos de justicia, de las que sintió en extraño escalofrío ¿en dónde había escuchado esa voz y cuándo? Entonces el espectro negro le volvió a hablar, ¡era el mismo que noches anteriores había venido a decirle que el estrenaría la horca! El verdugo quiso gritar, mas no pudo, un nudo en la garganta se le hizo y apenas balbuceó.
Don Miguel bajó la vista y descubrió horrorizado que tenía sobre su pecho aquel maldito amuleto que le lanzara el fraile, fuera de sí, abatirá su alma de horror, comenzó a retroceder; mientras lanzaba gritos espantosos, alaridos que extrañamente nadie escucho, los cinco espectros arrastraron hacia afuera a Velázquez, hasta que lo llevaron al pie de la horca revestida de plomo. El fantasma del fraile negro se quitó el cordón de su hábito para utilizarlo de soga, y con fuerza su romana los espectros arrastraron al horrorizado Velázquez por las escaleras,  le colocaron la cuerda alrededor del cuello y jalaron fuertemente. Para los seres de ultratumba nada hay imposible.
Al día siguiente los ojos profundos y apagados de los prisioneros, vieron colgado a su verdugo en la horca nueva, nadie pudo explicarse lo sucedido y menos cómo y por qué se ahorcó con un cordón viejo y podrido del hábito de un fraile tenebrario. Muerto Miguel de Velázquez, la prisión de la Acordada continuó funcionando bajo un régimen menos severo, pero igual de injusto y arbitrario.
Se aseguran documentos históricos que continuaron las ratas y el foso, llenándose de la carne de moribundos y  muertos; y asientan que en 1774 cuando se inauguró el "Hospicio de Pobres", niños y maestros frailes, comenzaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba, procedentes de la anexa cárcel de la Acordada. Luego en el año de 1788 ocurre un terremoto que causó grandes daños a dicha prisión, al grado de que todos creyeron que era un castigo divino; así la tétrica prisión casi fue reducida a escombros, cayeron sus muros y sus rejas, sepultando a muchos infelices.
Aunque se reconstruyó la macabra prisión, ya no funcionó igual, sino como una cárcel ordinaria y común; y años después los reos fueron trasladados a la cárcel de Belem y los años hicieron lo demás.

jueves, 9 de abril de 2009

La venganza del encadenado (Sucedió en la calle del Empedradillo, hoy Monte de Piedad)


El Empedradillo fue el nombre que recibió esta calle por haber una de las primeras que se empedraron en la capital de la Nueva España, muchas eran residencias de nobles y cortesanos que se levantaban a lo largo de aquella calle, pero destacaba sobre todo la de Don Sebastián Medina del Campo, descendiente de un grande de España; fue en los alrededores de esta mansión, que a fines de 1681 empezaron a suceder ciertos acontecimientos que sobrecogieron de temor a los vecinos del Empedradillo; mucho sorprendía a quienes habían sido testigos de aquellas apariciones y que éstas ocurrieran precisamente en las cercanías de la casa de Don Sebastián; en una ocasión dos caballeros se encontraban cerca la casona de aquel noble, pero se vio interrumpida por un espectro, el cuál se dice, que la persona que se atreva a verlo, incluso el más valiente termina loco; aquellos hombres se esbozaron en sus capas, caminaron calle abajo mientras el espectro misterioso se detenía a las puertas del señor Medina del Campo. Don Sebastián, era en efecto hombre de gran estimación en la corte del virrey Tomás de la Cerda y Aragón, Conde de Paredes, que había subido al poder el 30 de noviembre de 1680. Por esas fechas Don Sebastián le pidió la mano a una hermosa y noble muchacha llamada Doña Soledad de Sarmiento y Osorio, sumamente agradado recibió Don Íñigo de Sarmiento aquella noticia.
La dama no se sentía menos halagada, puesto que Don Sebastián, además de ser uno de los caballeros más ricos de la colonia, era también muy apuesto; y como le había prometido el virrey, se efectuó un sarao anunciando el compromiso, evento al que concurrió lo más granado de la nobleza virreinal, fue en esa ocasión también que Doña Soledad y Don Sebastián se dieron cuenta de que serían muy felices, puesto que se amaban y no solo se casarían por las conveniencias de la corte, saboreando aquellos momentos pasados al lado de su amada regresaba más tarde el caballero a su casa del Empedradillo; pero de repente el cochero detuvo el carruaje a las puertas de la mansión, donde un mendigo cerraba el paso, acto seguido Don Sebastián se dirigió al pordiosero, y con gran asombro se dio cuenta de que era su hermano Felipe pidiéndole limosna; entonces Don Sebastián y su infinita bondad que lo caracterizaba insistió hasta que hizo subir a aquel pordiosero a su carruaje, que al fin pudo entrar en la mansión. Felipe había perdido sus propiedades en juegos de apuestas y de puro milagro había podido escapar de las galeras y se conmovió profundamente por la bondad de su hermano, que lo había recibido tan bien.
Mientras Felipe saciaba su apetito, Don Sebastián le habló de lo feliz que era por su próximo enlace con la señorita de Sarmiento y Osorio, su hermano le dijo que no quería causarle momentos vergonzosos debido a su aspecto y se negó a ser presentado a otras personas, pero el otro de ninguna manera se avergonzaba de el, y tuvo que aceptar lo que le pedía, sin embargo no permitió que se marchara de ahí.
Don Felipe se desempeñó muy bien y Don Sebastián estaba seguro de que su hermano estaba realmente arrepentido por su azarosa existencia pasada, lejos estaba de imaginarse que el joven, siendo como era de mala índole, empezaba a maquinar un diabólico plan: tomar el lugar de su hermano; la confianza de Don Sebastián le había permitido inspeccionar la casa de lado a lado, conocía perfectamente el acceso a las bodegas, y en una ocasión hizo cierto descubrimiento; una puerta secreta que conducía a una oscura galería abovedada a cuyos lados se abrían tétricas mazmorras, Don Felipe recorrió aquel corredor hasta llegar a donde terminaba en una puerta condenada, en ese momento una diabólica sonrisa se dibujó en su rostro y cuando salió de ahí llevaba ya formulado cierto plan.
La boda de Don Sebastián se aproximaba y eso lo tenía distraído y ocupado en otras cosas, casi no se fijaba en los informes que su hermano le daba de sus negocios, y cierta noche decidió llevar a cabo su maquiavélico plan y le dio de beber, con el pretexto de que había que tratar un asunto muy importante; Don Sebastián accedió y a poco los dos hermanos se encontraban libando en abundancia, y Don Felipe acuciaba a su hermano a seguir bebiendo mientras le hablaba de su prometida; absorto en hablar de su dama no advertía que su hermano no bebía tanto como el, así sucedió, Don Sebastián acabó durmiéndose sobre la mesa y Don Felipe se apresuró a levantarlo de ahí; tan bebido estaba Don Sebastián que no se dio cuenta del sitio a que su hermano lo conducía, Don Felipe abrió la puerta que conducía al subterráneo y dejó caer el cuerpo de su hermano en una de las mazmorras, procedió luego a encadenarlo, y sin que Don Sebastián hubiera recobrado el sentido salió de ahí; los criados no se dieron cuenta de la desaparición de su amo, pues Don Felipe tomó su lugar desde esa noche ocupando su propia habitación y ese mismo día fue a conocer a Doña Soledad, los criados obedecieron y a poco se encontraba el señor de Medina del Campo en compañía de la muchacha, sin embrago ella notó algo diferente en su futuro esposo, su comportamiento ya era el de un educado y galante caballero, sino el de alguien vulgar y poco galante y eso lo demuestra, que el joven le dijo que toda duda se le quitaría cuando la tuviera en sus brazos la noche de bodas; aquellas palabras ofendieron el pudor de la dama y ofendida le ordeno la llevara a su casa.
Como los criados seguían intrigados por la ausencia de el que ellos creían Don Felipe, el nuevo amo les dio una explicación aceptable, argumentando que se aburría en la casa y se había ido a recorrer mundo.
Aquella noche, cuando los criados se hubieron retirado, Don Felipe bajó a las mazmorras del subterráneo, Don Sebastián había llegado a un grado de desesperación tal que no le importaba actuar como loco maldiciendo y jurando venganza ante el regocijo de su malvado hermano, aún oyendo los gritos de Don Sebastián, Don Felipe salió de ahí, porque a partir de ese día se dedicó a atormentar despiadadamente a su hermano, llevándoles comida para cerdos, burlándose de el y hablándole de Doña Soledad. Después Don Sebastián ya no protestaba, sufría aquellas humillaciones en silencio, sus ojos brillaban con fulgor extraño al oír todo lo que le decía su hermano, pero ni eso lo hacía pronunciar palabra.
Así llegó el día de la boda de Don Felipe y Doña Soledad, fue una suntuosa ceremonia, se ofreció después un banquete en la misma casa del señor de Medina; la joven miraba a su esposo sintiendo una extraña congoja en el pecho, Don Felipe bebía sin parar y en un momento pidió que se le disculpara un instante; mientras la dama obedecía la indicación de su marido, el se dirigía a la bodega, tambaleándose llegó Don Felipe a la mazmorra en que su hermano estaba prisionero agonizando, pidiendo un sacerdote para ser confesado; pero sin hacer caso de las súplicas de su hermano, Don Felipe dio la vuelta para dejarlo solo de nuevo, la voz de su hermano fue haciéndose más débil hasta que no pudo hablar más y se desplomó sin vida; en ese momento entraba Don Felipe al salón del banquete, donde todos se divertían regocijados, las copas se levantaron y fue cuando sucedió algo espantoso: las puertas se abrieron violentamente y un hombre barbudo y andrajoso apareció en el umbral, Don Felipe retrocedió asustado, reconociendo en aquel hombre a su hermano; el extraño intruso avanzó hacia Don Felipe señalándolo con dedo de fuego, todos se asombraron de su extraña palidez y el sudor sanguíneo que perlaba su frente, algunas damas se desmayaron y mientras los caballeros sentían que los cabellos se les erizaban, aquella horrible aparición lanzando una furiosa mirada a Don Felipe, se desvaneció en el aire. EL perverso hermano no aceptó responder ninguna de las preguntas que le llovieron a continuación.
Aún temblando por el susto Don Felipe llegó a la alcoba donde esperaba Doña Soledad, el acercó su boca a la de ella, pero entonces se empezaron a escuchar unos quejidos lastimeros, Doña Soledad volvió de pronto el rostro a sus espaldas y dejó escapar una alarido al ver aquella aparición horrible, gritando maldiciones a Don Felipe y jurando venganza. Doña Soledad no pudo soportar la impresión y se desplomó desmayada mientras el espectro de Don Sebastián acosaba a su hermano, y exhalando un angustioso, aquella espantable figura desapareció; y a partir de aquel día empezaron las apariciones en la calle del Empedradillo, los que habían tenido la mala suerte de toparse con el lo veían surgir de entre las baldosas de la calle unas cuadras más adelante.
Tras de recorrer las cuadras que separaban el lugar en que se aparecía de la casa de Don Sebastián, aquel espectro se detenía ante las puertas de la mansión, y todos lo veían traspasar la pesada puerta al tiempo que lanzaba un pavoroso alarido. Dentro de la casa nadie tenía ya tranquilidad; Doña Soledad rechazaba la compañía de su marido porque siempre que estaban juntos, aquel horrible fantasma se hacía presente; los sirvientes empezaron a abandonar la casa y llegó el día en que la propia Doña Soledad lo hizo también.
Don Felipe vio desesperado como se quedaba solo y trató de irse también, pero estaba a punto de salir, cuando el fantasma se lo impidió; solo se podría ir cuando fuera al templo de Santo Domingo a pedir la sepultura de su hermano y la absolución de sus pecados. Don Felipe, con tal de irse de ahí juró a su hermano en falso, que iba a cumplir aquella petición; los huecos ojos del espectro brillaron extrañamente y luego su esquelética mano la clavó en el cuello de su hermano, el dolor hizo a Don Felipe perder el sentido, mientras la horrenda aparición se alejaba gimiendo dolorosamente.
Los religiosos de Santo Domingo empezaron a intrigarse por aquellas apariciones que ocurrían muy cerca de donde estaba su convento, entonces, dos de ellos decidieron esperar esa noche a que el prodigio ocurriese; una vez que se tornó todo oscuro, en escalofriante gemido surcó los aires en ese momento, del suelo surgía en ese momento el horrible espectro de Don Sebastián y sin hacer caso de las palabras de los religiosos, que rezaban con febril ansiedad, el espectro prosiguió su camino.
Al día siguiente los frailes comunicaron lo sucedido a su superior, y en aquella época no había porque dudar de la palabra de dos religiosos y menos si eran de la orden de Santo Domingo, y se ordeno una investigación; así se hizo, y fue grande la sorpresa de todos al dar con la galería subterránea donde había muerto Sebastián Medina, bajaron a continuación y vieron al infeliz encadenado en aquella espantosa mazmorra, al final había una puerta, entonces clérigos y civiles avanzaron a lo largo de la galería hasta llegar a la puerta que conducía a la bodega de la mansión de Don Sebastián, todos traspusieron el umbral y subieron por la escalera que daba a la casa; Don Felipe apareció en ese momento, presentaba un extraño aspecto, no soportó tantas emociones y cayó de rodillas ante los clérigos, confesó todo, causando gran asombro en los presentes; de repente Don Felipe abrió mucho los ojos clavándolos en un rincón de la habitación, gritando de horror; pero aquellas fueron sus últimas palabras, pues el infeliz se desplomó agonizante, con la frente perlada por el mismo sanguíneo que se aprecia en el espectro de su hermano.
La casa fue bendecida y el cadáver de los hermanos gemelos sepultados en tumbas contiguas, pero aunque se creyó que con aquello cesarían las apariciones, días después se supo que había sido así. ¿Don Felipe ó Don Sebastián?, uno de ellos debió seguir penando hasta expiar todas sus culpas; se dijeron misas y se rezaron novenarios, y aunque la crónica en que se consigna esta historia es muy precisa para dar datos y fechas, no habla de cuando cesaron las apariciones.
Todo es posible en ésta vida y quizá aún por lo que antes era el Empedradillo, se oigan en ciertas noches las lamentaciones del encadenado ¿Quién sabe?

lunes, 30 de marzo de 2009

Doña Francisca la embrujada (Sucedió en la hoy calle de Venustiano Carranza)

Que nadie ose negar la existencia de poderes diabólicos y sobrenaturales, que se sustentan del alma y cuerpo humanos, la maldad y hechicería, son hijas del demonio y las sombras de la noche…
Si, este suceso ocurrido en el siglo XVI, aquí en nuestra capital, nos habla de un caso de hechizo diabólico y perverso; se que algunos de los lectores dudarán de éstos poderes, sin embargo, sépase que en México y en otros países, aún sigue practicándose la hechicería.
Retrocedamos al año 1554, a plena mitad del siglo XVI y veamos en una visión retrospectiva, esta casona y esta calle que llamóse de la Cadena; gobernaba en ese siglo el virrey Don Luis de Velasco I, y ésta casa tenía el número siete, de la que hoy es Venustiano Carranza. Habitaba la casa en cuestión, Doña Felipa Palomares de Heredia, rica viuda de uno de los conquistadores, de quien fuera heredera; pero si Felipa había heredado nombre y fortuna del esposo, también habíale quedado un hijo joven y apuesto, llamado Domingo de Heredia y Palomares, criado con lujo desmedido y cuidados extremos, érase este joven Domingo la adoración y consuelo de la madre, y llevada de su amor maternal, lo cuidaba y mimaba con exceso y siempre le recordaba que ya estaba en edad casadera, que encontrara a una chica que le gustara, que tuviera alcurnia y abolengo, claro, la madre tenía que aprobar a la muchacha.
El joven deseaba en verdad esposa y buscaba con ansias entre las chicas una de la Nueva España; solía reunirse con otros jóvenes también deseosos de casorio y escogían así a las mejores muchachas. Durante varios meses buscó a la chica que le gustase y fuese un buen partido del agrado de la madre, sin hallarla; pero al fin cierta tarde, vio acercarse al templo a una hermosa chiquilla, cuyo nombre y cuna desconocía, sin embargo era de una belleza virginal, que hizo dar vuelcos al corazón del joven Domingo; llena de misticismo y de candor, pasó junto al joven, el cuál lanzó un hondo suspiro. Ella entró a la iglesia y mientras oraba con fervor, el chico la miraba cada vez más cautivado por esa angelical figura; al terminar de orar, ella se acercó a la pila de agua bendita y el le ofreció sus dedos húmedos, emocionado, después, como era la costumbre en ese siglo, el la siguió a prudente distancia, para saber donde vivía, la chica, que al parecer se dio cuenta de que la seguían, no trató de apresurar el paso; entonces ella llegó ante una casa de mediana fábrica, allá por entonces calle Cerrada de Nacatitlán (hoy Novena de Cinco de Febrero); ella sin embrago, volvió sus glaucos ojos hacia el joven y le clavó una mirada que llevaba toda la ternura del mundo.
A partir de entonces, Domingo de Heredia y Palomares, acompañado de un juglar y amigos, comenzó el asedio de la chica, llamada Doña Francisca de Bañuelos y era hija única de padres humildes; al fin una noche escapó entre barrotes y tiestos florecidos una mano trémula que recibió ardiente beso de amor, y noches después, entre suspiros y perfumes de jazmines, unos labios musitaron la declaración de amor.
Más la Colonia era chica y pronto dos lenguas oficiosas fueron con la noticia de estos amores a la madre de Domingo, lo que le contaron a la mujer no le agradó en absoluto, pero más tardaron en marcharse las dos damas informantes, que Doña Felipa en salir rumbo a la casa de Francisca, acto seguido, su mano firme, cruel, golpeó contra el zaguán el pesado aldabón, había en sus golpes furia y decisión; fue las misma muchacha la que abrió el zaguán, su sorpresa no tuvo límites, pues conocía ya a la furiosas dama; la joven invitó a pasar a la mujer a su casa, como la noto indecisa le repitió la invitación, entonces empezó a hablar, comunicándole no volviera a ver a Domingo, pues ella era una plebeya sin nombre ni fortuna y que su hijo la iba obedecer sin reclamos; en ese momento apreció el joven y ante el asombro de Felipa que jamás había visto a su hijo en tal actitud, el joven defendió su amor y autonomía; furiosa la madre se fue, mientras los dos jóvenes ratificaban su amor y sus deseos de casarse. Pero cuanto más mostraba su decisión por casarse con Francisca, Doña Felipa sufría más y más, llenando su dolor con lágrimas amargas; en su loca desesperación por evitar la boda de su hijo, Doña Felipa supo la existencia de una bruja tan poderosa como temida y fue a verla, ansiosa por lograr por medio de siniestros maleficios, el alejamiento de los enamorados, se apresuró a buscar a la bruja en su jacal, la hechicera la recibió como si supiera a que iba la dama, ésta le explicó su caso a aquella mujer, la segunda le prometió para tenerle la solución para el jueves y la angustiada Felipa le pagaría con largueza.
Esa misma noche, Domingo y su madre tuvieron otra discusión, con respecto a la decisión de el de casarse con Francisca, pidiéndole aguardar hasta el viernes.
La noche del jueves Doña Felipa fue en busca de la bruja, que le reveló un plan siniestro y de venganza, el cual consistía en que ambos jóvenes se casaran y después darle un diabólico presente a Francisca, que la iría matando poco a poco. ¿Quieres saber que es? Entonces, sigue leyendo.
Aún sin salir de su incredulidad los jóvenes estos se casaron y fueron recibidos muy bien por Doña Felipa; pronto se dieron cuenta de que si la chica no era de linaje, su belleza y dones espirituales sobrepasaban cualquier deseo. A esas mismas horas en la laguna de Macuitlapilco, la bruja celebrará un diabólico rito con un ánade (una especie de patito); y la bruja degolló más patos, hasta contar siete y con su sangre se embijó el rostro mientras continuaba su invocación a Satanás. Tres días después, cuando todo era dicha y felicidad entre los recién casados, se presentó muy amable Doña Felipa, la cuál le dio aquel presente a Felipa, que era un cojín de plumas muy bonito, relleno de aquellas plumas de pato embrujadas; desde esa noche, el cojín de terciopelo fue la almohada donde reposaba su cabeza la ingenua Francisca, pero he aquí que desde le día siguiente, la joven se levantó de la cama con un extraño malestar: dolo de cabeza, mareos. En efecto, corrieron ante Doña Felipa, a quien le contaron el extraño malestar con que había amanecido la hermosa recién casada; pero ni cuidados ni descansos fueron suficientes, día con día se sentía Francisca desmejorada y pálida, de fresca y lozana habíase tornado paliducha y débil y su alegría había desaparecido para dar paso a una honda tristeza; pero a medida que pasaron los días, la muchacha se sentía peor, ya su rostro desencajado era cadavérico, Y Domingo viendo el estado de su esposa llamó al médico, que desde luego examinó a la enferma, para rendir un diagnóstico, que no fue nada bueno, pues la pobre mujer presentaba el aspecto de los presos de las galeras y mazmorras. Los temores de Francisca no fueron infundados, antes de deis meses había muerto víctima de aquel extraño mal; una vez enterrada Domingo se encerró en su alcoba durante días y días, apenas si comía lo que tomaba de la cocina por las noches y se negó por mucho tiempo a dejar entrar a su ,madre que fingidamente trataba de consolarle, sin embargo su desgracia del joven por las noches le pesaba enormemente regando el lecho de su amado con su llano; e hizo entonces un santuario en su alcoba y besó los lugares que ella tocaba y durmió sobre su cojín de terciopelo rojo.
Al fin, una de esas noches Domingo se despertó sobresaltado, al sentir la presencia de algo sobrenatural junto a su lecho; surgió entonces de entre las sombras dela alcoba, la visión más horrenda que pudieran contemplar ojos humanos: era Doña Francisca descarnada, que había venido de ultratumba a advertirle del cojín embrujado, el cuál provocó su muerte, chupándole la sangre poco a poco, hasta llevarla a la tumba, y que las autoras del crimen habían sido su madre y la bruja.
Antes de que el horrible fantasma se diluyera entre las sombras, Domingo le hizo un juramento, que era vengar su muerte; entonces, el muchacho salió a hurtadillas de la casa y se dirigió a hacer la denuncia ante el Santo Oficio, que esa misma tarde se presentó a la casa; de un tajo fue roto el cojín de terciopelo rojo, cayendo al suelo extrañas plumas de ánade, lo espantoso fue que, a la hora de oprimir el cañón de las plumas, se escapó un líquido rojo, que era sangre humana, de aquella victima, Francisca de Bañuelos. Y al ver las plumas caídas en el suelo, se comprobó que se movían como sierpes (víboras), como impulsadas por una satánica fuerza, furioso, piso aquellas plumas Domingo, hasta que la sangre que contenían formó extenso charco. Tratando de hallar piedad en su acto criminal, Doña Felipa cayó de rodillas ante el fraile.
Sometida a torturas crueles, Doña reveló el sitio donde se hallaba la bruja, de allí la sacó el Santo Oficio; cabe decir que, aunque establecido el Tribunal de la Fe, hasta 1571, los castigos contra brujas y herejía se practicaban ya en Nueva España, y que estos juicios se celebraban en forma rápida y expedita; los acusados eran encarcelados tras el juicio y después conducidos a la horca ó la quema. En un juicio sumario, se condenó a ambas mujeres a morir quemadas en la entonces Plaza de Santo Domingo; Doña Felipa de Heredia y la bruja, cuyo nombre real jamás se supo, fueron atadas a los postes, y según rezaba la sentencia, fueron quemadas en leña verde, para después esparcir sus cenizas a los vientos diabólicos de la noche.
Durante algunos mese Domingo de Hurtado y Palomares se encerró en su casona rumiando su tristeza, tal vez su arrepentimiento; la gente y el mismo se señalaba como el delator de su madre y el responsable de su horrible y vergonzante muerte.
No volvió a saberse nada sobre Domingo, aunque algunos aseguran se marchó a España, llevándose consigo pena y fortuna.
¿Y después de leído este verídico suceso, aún hay quien dude que la brujería existe y perdure hasta nuestros días? No lo duden más y mientras lo piensan, yo les prepararé otra historia macabra y real como ésta. Nos vemos la próxima semana.

domingo, 22 de marzo de 2009

La venganza del Caballero Escarlata

La calzada de Tlacopan (Tacuba), corría desde atrás de la Catedral, hasta la Talxpana, pero algunos tramos tuvieron nombres diferentes, por ejemplo: san Hipólito, Puente de Alvarado, Rivera de san Cosme, etc. Un tramo de ésta calzada, hoy Primera y Tercera de Tacuba, llamose San Andrés; se le dio ese nombre, debido a que, en un tiempo hubo un colegio con ese nombre en dicho tramo. Lo ocupaban las Jesuitas, quienes al ser expulsados (1767) se dispuso que pasara a ese edificio el colegio de San Juan de Letrán.
Por 1779, precisamente cuando apareció en la Nueva España la epidemia de viruelas, habíase terminado de construir una elegante casona junto a dicho colegio, la cuál pasó a ocupar Mariana de Añorve y sus tíos y tutores Pablo y Jerónimo.
Si bien, en la literatura universal amorosa, ha habido célebres parejas como Romeo y Julieta y Abelardo y Eloísa, Mariana y Juventino de Muñoz, fueron la pareja más famosa de enamorados de la Nueva España. No hubo amor más puro y sincero que el que esa pareja, que aguardaba un navío de España para casarse. Navío en el cuál, los padres de Juventino le enviarían inmensa fortuna para que el galán pudiese pagar esponsales, y fincar su futuro.
Pero una corriente perversa se oponía a la celebración del matrimonio: Don Pablo y Don Jerónimo, tíos de Mariana, éstos rechazaban el matrimonio, porque tendría que rendir cuentas de bienes y fortuna a su sobrina y en intento desesperado de reponer las pérdidas económicas decidieron probar suerte en el juego. Pero así como aumentaba cada día el amor de Juventino y Mariana, así jugaban noche y día con desesperación, apostando cada vez sumas más fuertes; pero en vez de ganar las partidas las perdían y claro, la fortuna de Mariana iba disminuyendo día con día. Las celebraciones de sus esporádicas ganancias se prolongaban hasta la madrugada en varias tabernas de la Nueva España. Durante varias semanas fueron estas las actividades de los perversos tíos de la enamorada Mariana: juego y francachelas.
Al fin un día, llegó Juventino de Muñoz a la casa de su amada y llamó ansiosamente al zaguán, había angustia, casi terror en su rostro, cuando entró a la casa y le habló a Mariana; al saber la urgencia con que los llamó el joven, los tíos temieron que habían sido descubiertos; pero en la mente de Jerónimo hubo algo más que temor: MALDAD Y MUERTE; fue el quien se enfrentó al muchacho, pero cuando habló en galán, hubo un gran tono de tristeza en sus palabras y la joven, viendo la actitud de su amado, intervino para que hablara de lo que aquejaba su alma, entonces Juventino relató su triste historia: el navío que traía su herencia naufragó en las traidoras aguas de Florida y sin ese dinero no podría pagar la dote para desposarse con su amada.
La revelación llenó de júbilo a los tíos, pues no casándose con Mariana, no tendrían que rendir cuentas de la mermada herencia. Don Jerónimo se adelantó fingiendo pesadumbre, al tiempo que su perversa mente fraguó un plan: el tío le dijo al muchacho que la boda no se cancelaría, pues el un hombre de bien y con buenas amistades, pronto amasaría una gran fortuna.
En esos momentos Juventino, el enamorado galán hizo un juramento que iba a dar origen a esta leyenda: mientras el fuego de su amor no se extinguiera y su corazón siguiera latiendo el siempre vestiría de color escarlata.
A partir de aquel día, la figura de Juventino de Muñoz fue una de las más admiradas en la capital de Nueva España; pasaba el tiempo, el joven se hizo famoso, tanto como Mariana pobre, pues sus tíos continuaron dilapidando su fortuna en el juego; durante el trayecto de la casa de juego a su casona, Pablo no pudo preguntar nada a su hermano, pero al fin se decidió: no les alcanzaba el dinero para pagar una deuda de juego, discutieron lo que iban a hacer al respecto y finalmente decidieron ir a pedir un préstamo a Don Lizardo de Zavaleta, un hombre avaro.
Al otro día fueron con el prestamista a primera hora, pero la garantía que les pidió el viejo y repulsivo avaro a los tíos de Mariana, no fue cuantiosa, pero su increíble: ¡la misma Mariana como esposa!; a cambio de devolverles su fortuna intacta. Pero había un problema; la joven ya estaba comprometida con el caballero escarlata, la forma en que iban a quitar del en medio a Juventino fue de los más cruel y cobarde: ¡el asesinato por medio del puñal!; armados como los truhanes, de puñales, aguardaron a que el joven se acercara a su casa y acto seguido le clavó el arma blanca en el pecho; sin embargo la flaqueza de Pablo al causar la muerte, Juventino cayó agonizante al suelo.
Fue tal la fuerza del golpe, que el puñal de Don Jerónimo quedó clavado hasta la empuñadura en el pecho del galán; próximo a la muerte lanzó su segundo juramento: juró ante Dios vengar su propia muerte y pidió permiso para quedarse en el mundo terrenal a velar por su amada.
Pablo y Jerónimo de Añorve huyeron como los criminales, mientras Juventino lanzaba su último suspiro.
Varias semanas Mariana vistió de luto y lloró inconsolable la muerte del amado; después hizo saber su intención de entrar de novicia a un convento; entonces, ante situación tan desesperada, decidieron decirle la verdad: habían perdido la mayor parte de la fortuna en “negocios” y no había para la dote conventual; pero no todo estaba perdido, ya que podía casarse con algún hombre rico y acaudalado, exactamente el avaro prestamista. Mariana muy confundida, no supo que responder y dijo a sus tíos que hicieran con ella lo que les viniera en gana. Pero cuando los tíos con la buena noticia al viejo avaro les dio la gran sorpresa: sabiendo que ellos le habían dado muerte al joven de la manera más cobarde y vil, decidió romper cualquier tipo de trato con los tíos y nunca volverlos a ver. A partir de entonces, la sangre de Juventino de Muñoz pareció cerrar toda puerta y camino a los dos perversos hermanos de Añorve; cuando vieron que no tenían más que un último recurso, después de haberlo intentado todo, y cometido un crimen, llevaron a su casa a jugar a quien debían: con este caballero tenían una deuda de juego y en dado que perdieran, el podría llevarse a Mariana y los ojos de Don Pedro Agüeros; que era un caballero sin moral y consumado tahúr, brincaron de lujuria, éste hombre comprendiendo que de otra manera jamás le pagarían aquellos hombres, pronunció solo una palabra: ¡Aceptada!
Jugaron las primeras manos de aquella partida vergonzosa; las frentes perladas de sudor y las manos temblorosas, indicaban que los hermanos de Añorve iban perdiendo; poseídos de nerviosismo y desesperación, lo arriesgaron todo a una sola carta, pero desgraciadamente perdieron.
La inocente Mariana no lloró, no gritó ni protestó ante el atentado; bien sabía que todo era inútil. Partió el carruaje a toda velocidad, llevándose su preciada carga; pero cuando apenas había salido de la ciudad, un inesperado personaje, un jinete misterioso comenzó a seguir al carruaje, cubriendo su identidad en las sombras de la noche, le fue a la zaga hasta que llegaron al coto de caza de aquel tahúr inmoral; Don Pedro bajó a la inerte Mariana, pero en esos momentos escuchó una voz siniestra: era Juventino de Muñoz al rescate de su amada, pero esta vez convertido en un horrible y espeluznante espectro. Antes de desmayarse de terror, Mariana pronunció algunas palabras: ¡Juventino! ¡Oh pobre amado mío!
Pero más aterrorizado don Pedro ente aparición tan espantosa, devolvió a la doncella a su carruaje, bajo las indicaciones del espectro. Quedó el tahúr petrificado allí, mientras el “Caballero Escarlata” subía al pescante para guiar a los caballos hacia la cuidad, y lo que había sido cosa de horas, se realizó en segundos; el carruaje entró a la capital de Nueva España; pero ésta causó pavor entre los noctívagos habitantes que tuvieron la desgracia de verlo.
El “Caballero Escarlata” devolvió sana y salva a Doña Mariana a las puertas de su casa y la joven le pidió a su amado le ayudara a poder entrar de novicia a un convento y después de cumplir esto que Dios le concediera el descanso eterno. Mientras tanto los malvados tíos estaban jugando a los naipes, cuando macabros acontecimientos ocurrían y cuando dijeron que respaldarían su apuesta con una casa, propiedad de su sobrina; en ese momento el espectro hizo acto de presencia. Al mismo tiempo que los hermanos reconocieron la voz de Juventino de Muñoz, miran hacia el jugador hallándose ante el horrible espectro; los dos jugadores se miraron extrañados, pues no lo podían ver. Con el terror retratado en sus rostros, los dos hermanos salieron de la taberna y pararon un carruaje para que los llevara a su casa, pero entonces volvió a sonar la voz cavernosa del espectro, causando mayor pavura en los hermanos.
A partir de aquella noche, el fantasma del “Caballero Escarlata” no los dejó salir a la calle; acorralados, aterrorizados, sin otra salida, imploraron el perdón del espectro una noche y dictó entonces su sentencia: pedir limosna para juntar el dinero de la dote y una vez hecho esto, confesar a la ley su crimen.
Dice la leyenda y asientan documentos, que los tíos imploraron la caridad pública, reunieron en dos años la dote conventual y pagaron tan nefando crimen con sus vidas en la horca.
Pero el vulgo que conoció de esto, dio en asegurar que el “Caballero Escarlata” seguía apareciéndose en defensa de enamorados en desgracia, o sea, un espectro pavoroso embellecido con la leyenda.
Como dato curioso les diré que a la iglesia del colegio vecino a la casa de Mariana, se trajo el cadáver de Maximiliano embalsamado; y se dice que Juárez y Lerdo de Tejada efectuaron a media noche y con mucho sigilo, una visita al cadáver del archiduque; era al efecto gobernador José Baz, quien acompañó a los dos personajes.
Y por cierto que las personas adictas al imperio concurrieron en forma tumultuosa, y se dieron a criticar el fusilamiento de Maximiliano, esos mexicanos desorientados, criticaron duramente al gobierno de Juárez y dieron en llamar aquella iglesia “La capilla del Mártir”; pero ninguno se comprometió a hacerlo en el tiempo corto que quería Baz. Y entonces el tomó la cosa por su cuenta.Acompañado de una cuadrilla de gentes, una noche casi demolió la capilla, y luego le prendió fuego a todo con aguarrás; el incendio se propagó rápidamente y terminó también con la casa que ocupara Mariana de Añorve. De la casona no queda nada, ni del colegio de Jesuitas, lo que quedó se demolió durante el gobierno de Porfirio Díaz para construir ahí, la dirección de correos.