domingo, 8 de agosto de 2010

El Palacio de los Condes de Calimaya


En 1528 don Hernán Cortés le cedió este solar a su primo don Juan Gutiérrez Altamirano, quien inmediatamente empezaría a diseñar su nueva morada; para 1536 contrataría al cantero maestro de obras Bartolomé Coronado para que realizara los trabajos de reedificación de su mansión. Se cuenta que el mismísimo don Juan ayudó a acarrear la enorme cabeza de serpiente, al cuál originalmente formaba parte del “coatepantli”, la plataforma de serpientes que rodeaba el recinto del Templo Mayor destruido por los españoles para luego ser colocada en la esquina de su casona en la parte inferior, como señal de triunfo sobre la antigua civilización.

El rey español Felipe III en 1616, le concede a la familia en título de Condes de Santiago de Calimaya y Senescal de las Filipinas; y de ahí deriva el nombre de la casona que conocemos actualmente. El palacio fue reconstruido en su totalidad en 1774 por uno de los arquitectos barrocos más importantes de la época: don Francisco de Guerrero y Torres, quien también es autor de la Capilla del Pocito en la Villa de Guadalupe.

La casona esta hecha con cantera y tezontle, su espléndido zaguán cuenta con unas imponentes y enormes puertas de cedro bellamente labradas con figuras alusivas a la heráldica de la familia; en cuanto a la herrería es de Toledo y forjada a mano.

Su bello patio en las enjutas de los arcos, se aprecian los escudos de las familias emparentadas con la casa de Santiago; la fuente adosada en la pared, tiene la forma de una concha y el surtidor es una sirena de dos colas tocando una guitarra. La escalera hecha en piedra, tiene en su arranque las figuras de dos leones. Pasando al piso superior, destaca la portada de la capilla doméstica con un hermoso trabajo de cantera labrada.

El Conde de Calimaya contaba con el poder de tener sus propios guardias en su casa; uno de los descendientes suprimió esta actividad y en sus lugar mandó poner en el pretil de la azotea, soldados de piedra con lanza y casco colocados en unas cortas plataformas sobre cañones que sirven como gárgolas; en la esquina un soldado de cuerpo entero portaba alabarda en la mano derecha.

Para 1826, las figuras fueron retiradas y se dice que fueron enterradas cuidadosamente y en secreto en diversas partes de la casona; pero desgraciadamente nunca se tomaron cartas en el asunto para tratar de localizarlas.

Algunas leyendas hablan sobre un gran tesoro que se encuentra por ahí escondido y que durante la noche se escuchan los alaridos que profiere el Marqués don Carlos, quien muriera vilmente asesinado a mediados del siglo XVIII; manos llenas de sangre que dejan sus huellas en los muros y lastimeros llantos de niños chiquitos que parecen salir del fondo de la fuente.

En la parte alta estuvo alguna vez el estudio del pintor Joaquín Clausell, que estuvo casado con una de las descendientes de los condes. Toda la pared se puede ver decorada con esbozos que el artista hacía para pintar sus pinceles. Actualmente es el Museo dela Cuidad de México.

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