En tiempos de la Colonia, existía un solar que se
encontraba limitado por los callejones de Pañeras, Caleras, Esmeralda y
Gorilla, y que actualmente conocemos como las calles de Vizcaínas, Meave,
Aldaco y Echeveste, donde se encuentra construido el famoso Colegio de las
Vizcaínas o Colegio de San Ignacio, inaugurado en el año de 1766.
Las crónicas nos cuentan que a mediados del siglo
XVIII, vivían en la capital de Nueva España un grupo de tres amigos que habían
vivido en comunión espiritual con estrictos entrenamientos; estos hombres eran
Ambrosio de Meave, originario de Villa de Durango, Vizcaya; Francisco de
Echeveste, de Villa de Usurbil, Guipúzcoa; y José de Aldaco, proveniente de
Oyarzun.
El primero de ellos llegó muy joven a tierras
mexicanas, haciendo fortuna en el comercio, después el Ayuntamiento y la
Archicofradía del Santísimo, le encomendaron la tarea de administrar los fondos
para construcción del Hospicio de San Hipólito y la reedificación de los
Colegios de Aranzazú y el de las Doncellas.
El segundo fue general del rey de los galeones de
Filipinas y embajador enviado al Rey de Tonquín del imperio chino, y en México
llegó a convertirse en prior del Tribunal del Consulado.
El tercero fue muy destacado aquí en México por
ser el apartador general de oro y plata,
así como también por ser reactor de la Cofradía de Nuestra Señora de Aranzazú.
En 1671 estos tres hombres tuvieron la idea de
crear una hermandad que sirviera como centro y escuela de caridad para niñas
pobres, donde se tenía preferencia por las vascas en primer lugar, y después
las españolas, sin mancha alguna en su nacimiento, pues no se admitían con
mezcla de sangre porque desprestigiaban a la institución: Así quedaría
conformado en Colegio de Niñas de San Ignacio de Loyola, mejor conocido en
nuestro días como el Colegio de las Vizcaínas.
El lugar donde se encuentra en pie este edificio,
en algún tiempo fue un terreno baldío que servía de muladar, y que fue comprado
por la cantidad de 33 mil 618 pesos fuertes, y la obra costo más de 2 millones.
La construcción comenzó a mediados del año de 1734, donde estuvo a cargo el
Obispo de Durango, doctor Martín de Elizacochea; el colegio fue terminado el
primero de septiembre de 1753, dando su aprobación por su fundación y
constitución el rey Carlos III.
Al parecer ya todo estaba terminado, pero el problema
que enfrentaban sus fundadores era que quería que la docencia fuera
independiente del clero del Estado, situación que siempre los tuvo en una
prolongada lucha, que adquiriera grandes penalidades contra prelados y
autoridades, llegando a complicarse de tal modo, que uno de los fundadores
propuso a sus otros dos compañeros que si no obtenían la autonomía le
prendieran fuego a lo que tanto tiempo y recursos les había constado forjar.
El colegio de las Vizcaínas, al igual que el
colegio de San Ildefonso, es un claro ejemplo de cómo eran los planteles
educativos durante la época de la colonia, cuando el estilo arquitectónico que
predominaba era el barroco. La primera
traza del proyecto, según nos cuentan las crónicas, fue de la autoría de don Pedro Bueno Basori, quien
murió cuando se comenzaron los trabajos de construcción, después la obra
quedaría a cargo del maestro de arquitectura don Miguel José de Quiera.
Actualmente, cuando pasamos por enfrente de este
hermoso lugar, podemos apreciar en su portada la crestería en forma piramidal,
lo cual da al edificio un aspecto de inconfundible majestuosidad. La portada de
la capilla fue construida en 1786 por Lorenzo Rodríguez; pero lo que se podrá
considerar la columna vertebral son los cuatro patios principales, trazados de
tal forma pues el tránsito entre corredores queda perfectamente comunicado, y
por si no fuera poco también hay que destacar su monumental escalera. Tampoco
puede pasar inadvertida su hermosa fachada de tezontle, los portalones de
cantería y su fuente, son obras de la más exquisita belleza.
En cuanto a la capilla, afortunadamente todavía
conserva sus retablos estilo churrigueresco, y además cuenta con un pequeño
museo con pinturas, muebles y objetos de orfebrería, que fueron encontrados
todos desperdigados.
El 8 marzo 1800 la ciudad de México sería azotada
por un terrible terremoto, que dejó el inmueble bastante dañado; por suerte
demandado reparar al poco tiempo y quién quedaría a cargo de este trabajo, fue
el director de arquitectura de la Academia don José Antonio González Velázquez,
junto con don Ignacio Castera.
Datos
curiosos
- El obispo don Martín Elizacochea era peninsular, pues nació en Azpilicueta, Navarra fue catedrático en Alcalá y se traslado a la Nueva España como canónigo de México, pero a este hombre se le recuerda por haber erigido en su ciudad episcopal el templo de Santa Rosa.
- En el colegio de San Ignacio, estudió doña Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro, quien siempre se destacó por ser una alumna muy inteligente, pero muy traviesa.
- Se dice que don Benito Juárez, le bautizó con el nombre de Colegio de la Paz.
1 comentario:
Agradezco la información que presentas sobre este majestuoso edificio. Pero no coincido con tu comentario sobre "lo deteriorado que se encuentra". Tal vez porque no has tenido la oportunidad de visitarlo por dentro. El Colegio está en perfectas condiciones para cumplir con la función a la que está destinado que es la educación de las futuras generaciones. Espero que puedas tener la oportunidad de tener una visita guiada para que puedas apreciar el museo y el archivo histórico. Gracias.
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